2
Jon
El palacio de Noctaris tenía un silencio distinto. No era vacío. Era pesado. Como si las paredes respiraran con cautela.
Me encontraba en una habitación amplia del ala este, asignada para vestirme. Tres ayudantes me rodeaban ajustando detalles: el cinturón ceremonial, los broches de los hombros, la capa de azul oscuro con bordes dorados. Todo estaba impecable. Medido. Elegante.
Y todo me resultaba insufrible.
Afuera, se escuchaban risas educadas, conversaciones formales, el tintinear de copas y pasos apresurados por los pasillos. La boda había convocado a nobles, diplomáticos y líderes de ambos reinos. Una danza de máscaras.
Todo iba a ser una mentira.
Y yo era uno de los actores principales.
Conner entró brevemente solo para echarme una mirada de arriba abajo y soltar un "vas a hacer que hasta el hielo se derrita" antes de desaparecer de nuevo entre los pasillos. No respondí. No tenía cabeza para bromas.
Cuando finalmente me indicaron que era hora, avancé por los corredores fríos del palacio. La sala del trono había sido decorada con arreglos que contrastaban: lirios blancos de Solarys y flores oscuras de pétalos gruesos que no conocía, típicas de Noctaris. Una mezcla forzada, pero funcional.
Y entonces lo vi.
Damián.
Venía caminando con paso firme, del brazo de su padre. Bruce, tan inexpresivo como siempre, avanzaba sin vacilar, pero era imposible mirar otra cosa que no fuera él.
Damián.
Vestía un conjunto ceremonial negro con detalles en plata y azul profundo, que abrazaba su figura con precisión. El tejido se ceñía a su cintura, realzando esa silueta suya que parecía haber sido diseñada para ocultarse, pero ahora... brillaba.
Elegante.
Inquebrantable.
Imposible de ignorar.
Su cabello estaba peinado hacia atrás, dejando su rostro completamente expuesto. Ni una joya. Ni una exageración. Solo él.
Y sus ojos verdes, intensos, estaban fijos en mí.
No en la sala. No en su padre. En mí.
Y por un instante, se me olvidó respirar.
Era hermoso.
No solo por cómo se veía. Sino por la fuerza con la que se sostenía. Como si desafiara al mundo entero solo con andar.
Y en ese momento, rodeado de palabras vacías, de alianzas falsas, de expectativas y títulos y presión...
Me di cuenta de algo.
Aunque todo fuera mentira, él era real. Tan real que dolía.
Damian
Mi padre no dijo una sola palabra mientras me conducía hasta el altar. Su brazo era firme, inquebrantable. Como si sostenerme fuera igual que presentar una espada. Como si esto fuera otra batalla más.
Y entonces lo vi.
Jon.
Estaba de pie, derecho como una torre, con ese azul oscuro que envolvía su cuerpo como el cielo antes de la tormenta. El dorado de su atuendo no brillaba: resplandecía. Le pertenecía. No era un adorno. Era parte de él. Como su estirpe. Como su casta. Como todo lo que yo no era.
El cura comenzó a hablar justo cuando quedamos frente a frente. Sus palabras eran solemnes, medidas, estudiadas. Lo habíamos ensayado. Separados, claro. Nunca juntos. No nos dieron esa opción. Cada uno con su propio reflejo, su propio eco, su propio miedo.
La sala estaba llena.
Llenísima.
Gente de ambos reinos ocupaba cada rincón, cada banco, cada escalón. Los estandartes colgaban desde los techos abovedados, mezclando los colores del sol y la noche. El incienso flotaba como una nube lenta entre nosotros, y la música de cuerdas, apenas perceptible, intentaba contener el temblor casi invisible en mis dedos.
Me sentí pequeño.
No era por su altura -aunque era alto- ni por su postura. Era por lo que representaba. Por todo lo que traía consigo. Y no era mi culpa. Yo no elegí esto. No elegí nacer Omega, no elegí tener este cuerpo, no elegí sentirme como una pieza más del tablero.
Pero ahí estaba. Con mis dedos desnudos, a punto de tocar los suyos.
El cura habló más fuerte:
-Tomaos de las manos.
Y lo hicimos.
Su piel estaba caliente. Firme. Sorprendentemente suave.
No me miró como si fuera una obligación. Me miró como si intentara encontrar algo. No sé si lo halló. Yo no pude sostenerle la mirada por más de tres segundos.
Las frases del cura parecían inocentes, pero todos sabíamos lo que significaba. El beso. El símbolo final. Habíamos sido instruidos.
Cinco segundos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. No más. No menos.
Al recordarlo, se me encogió el estómago. Sentía las miradas clavadas. Las de los nobles. Las de los soldados. Las de los invitados vestidos con joyas y máscaras de cortesía. Las de mi madre, fría y calculadora. La de mi hermano, tensa. La de los dioses, si es que existían.
Y entonces llegó el momento.
Nos giramos apenas, el cura nos invitó con un gesto.
Jon me miró. No dijo nada.
Y lo hicimos.
Cinco segundos.
Su boca rozó la mía con precisión. Sin urgencia. Sin ternura. Pero sin desdén. Firme. Real.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Nos separamos.
Y el mundo estalló.
Aplausos, vítores, gritos.
Flores llovieron desde los balcones. Blancas, rojas, doradas. Llenaron el suelo, el aire, los pliegues de mi ropa. La música subió. Las campanas comenzaron a sonar. El incienso pareció arder más fuerte, como si el universo necesitara recordarnos que ya estaba hecho.
Éramos marido y marido.
Jon
Nunca me gustaron las multitudes. Ni los discursos. Ni los bailes. Y sin embargo, ahí estaba, en el centro del salón principal de Noctaris, con cientos de ojos encima y una sola persona frente a mí.
Damián.
La ceremonia había terminado. El beso había sido limpio, correcto. Sus labios no temblaron. Tampoco los míos. Nos dimos cinco segundos de tregua, ni más ni menos. Fue suficiente para hacer creer al mundo lo que querían ver.
Y ahora, tocaba la siguiente farsa.
El baile.
-Vas a abrir el baile principal-
me había recordado mi madre antes de entrar al salón, con esa sonrisa diplomática suya- Da igual si no te gusta. Es tradición. Tienes que mostrar unidad.
Unidad.
La palabra sabía a hierro.
Tomé aire, avancé hacia el centro del salón y me coloqué donde se me había enseñado. Damián ya estaba ahí, en su versión de príncipe impecable, con los dedos esperando los míos.
Cuando nuestras manos se tocaron de nuevo, fue distinto al altar. Más real. Más íntimo. Porque ahora, la música empezaba. Y no había un cura dictando los pasos.
Di el primer paso.
Él me siguió.
El salón era amplio, con vitrales oscuros y lámparas colgantes como estrellas apagadas. La luz era tenue, y la música... suave, casi melancólica. La clase de melodía que pide que los cuerpos se acerquen aunque no quieran.
Poco a poco, las parejas comenzaron a unirse a nuestro alrededor, pero seguíamos siendo el centro. Los espejos, los estandartes, las flores, todos parecían orbitar alrededor de nosotros dos.
-¿Siempre bailas así de recto? -pregunté, sin mirarlo directamente.
-¿Siempre hablas para evitar el silencio?-replicó, sin perder el ritmo.
Sonreí, apenas.
-No. Solo cuando me interesa saber cómo está la persona con la que bailo.
Sus ojos verdes me buscaron fugazmente.
-Estoy aguantando.
-Yo también.
Otro giro. Una respiración compartida. La distancia entre nosotros seguía siendo respetuosa, pero empezaba a sentirse... menos obligada.
-¿Te molesta estar aquí?-pregunté, repitiendo la misma pregunta que lancé en Kori.
-¿Y si dijera que sí?
-Te creería-dije-Y no me ofendería.
Hubo una pausa. Y entonces, su voz, más baja:
-¿Y tú?
-No es como imaginé mi vida. Pero tampoco lo eres tú-admití.
Esta vez sí me miró. Por completo.
-¿Eso es bueno o malo?
-Es incierto.
Damián pareció pensar en ello, pero no respondió.
Seguimos bailando. Las vueltas eran suaves, precisas. Él era elegante, incluso en esto. Disciplinado, contenido. Pero por debajo, podía sentirlo. Como una daga envainada.
Y por primera vez esa noche, pensé que tal vez...
Sobrevivir a este matrimonio no iba a ser suficiente.
Tal vez... iba a tener que aprender a vivirlo.
Damian
Después del baile, vino la cena.
Largas mesas repletas de platos decorados, copas de vino oscuro y dorado, velas altas que chorreaban cera con la paciencia de los que llevan años esperando algo. La sala del banquete estaba decorada con flores que ya no soportaba mirar, y sin embargo, todo era impecable.
Todos querían hablar. Felicitarnos.
Damas de ambos reinos me tendían la mano con sonrisas ensayadas, y al príncipe Jon le llovían apretones de hombro y palabras de admiración, como si hubiera salvado el mundo con un solo beso.
Yo mantenía la compostura.
Sentado junto a él en la mesa principal, asentía cuando tocaba, fingía sonreír cuando alguien lo esperaba y respondía con frases cortas pero educadas. Jon hacía lo mismo. Parecíamos dos estatuas bien entrenadas, dos figuras ceremoniales a las que nadie se atrevía a mirar demasiado tiempo por si se rompían.
Mi madre me observaba desde su sitio con esa mirada orgullosa que sólo muestra cuando todo está bajo control. Para ella, lo importante ya había ocurrido. Y todo iba según el plan.
Pero mis ojos no estaban en ella.
Estaban en Tim.
Mi hermano se movía entre la multitud con esa calma suya que nadie podía imitar. Lo vi en la pista de baile, intercambiando pasos con Conner. Ambos reían. Y aunque intentaran disimular, había algo más que cortesía en esa danza. No lo iba a mencionar. No lo necesitaban. Y, sinceramente, no era asunto mío.
Tim...
Aunque jamás lo diré en voz alta, él es mi mayor ejemplo.
A los dieciocho, fue él quien me explicó -con toda la calma del mundo- que si quería acostarme con alguien, estaba bien. Que no me hacía un objeto, ni un "omega fácil", ni nada que debiera avergonzarme.
Que el deseo era humano.
Y el consentimiento, sagrado. Pero que siempre debía tener cuidado. Siempre.
Tim era todo lo que yo no.
Sabía sonreír sin rendirse. Sabía empujar sus temores al fondo de su mente y actuar como si no existieran. Era diplomático, letal con las palabras, y el mejor estratega que he visto en mi vida. A los veintiséis, ya conocía más del mundo de lo que yo podré saber jamás.
Aceptaría este matrimonio sin rechistar. De hecho, lo estudiaría como una oportunidad. Lo giraría a su favor. Y hasta lo disfrutaría.
Por eso lo quise como mi mano derecha.
No por capricho.
Porque lo necesito.
Porque sin él esto sería aún más insoportable.
Mientras cortaba un trozo de carne con más delicadeza de la que sentía, mis ojos volvieron a encontrarse con esa imagen: Tim y Conner bailando entre las luces cálidas del salón, como si el mundo no estuviera a punto de tragarnos.
Tim sonreía. Conner también. Ninguno parecía estar jugando... pero esa era justo la razón por la que no podía dejar de preguntármelo.
¿Lo estará embaucando?
Mi hermano no hace nada sin motivo. Ni un movimiento, ni una palabra, ni un giro de copa. Lo conozco demasiado bien. Y aunque no puedo imaginarlo seduciendo sin deseo, también sé que, si la situación lo exigiera, podría hacerlo. Tim sabe cómo ganarse a cualquiera. Lo ha hecho antes.
¿Y si esto no es más que eso? Una jugada anticipada. Una red en caso de caída.
Porque lo cierto es que nos vamos a meter en un reino solos.
Sin aliados. Sin red de apoyo. Sin nuestra gente de confianza. Y ese reino no es común.
Es Solarys.
Donde los soldados vuelan, levantan piedras como si fueran papel y pueden quizas oir conversaciones desde la otra punta del pasillo si se concentran. Donde la sangre parece estar mezclada con fuego, luz y poder. Donde el pueblo sigue al heredero como si fuera un dios reencarnado.
Y según todos los informes, Conner es un general.
No uno cualquiera. El mejor que tienen. El que diseñó tres victorias sin perder una sola unidad. El que destruyó un campamento de resistencia con una estrategia que aún hoy nuestros comandantes intentan descifrar. El que sonríe como si el mundo fuera una broma que ya ha entendido.
¿Es él el objetivo?
¿O simplemente una opción más?
No sé si me da miedo que Tim esté manipulándolo o que no lo esté.
Porque si Tim se ha dejado atrapar, si realmente ha bajado las defensas con ese alfa es un milagro.
Jon
La noche siguió avanzando con la misma elegancia sofocante de todo el día. Brindis, saludos, sonrisas prestadas. Bailé con nobles que no recordaba, reí en el momento justo, y fingí estar más relajado de lo que me sentía.
Comí lo justo. Bebí lo justo. Y mantuve a Damian siempre en mi campo de visión.
Nunca demasiado lejos. Nunca demasiado cerca.
Pero entonces, cerca del final del banquete, lo vi caminar hacia mí. Lento. Seguro. Con ese andar que parecía más un desafío que un paseo.
No me dijo nada al principio.
Solo se acercó a mi oído y, con voz baja y cortante, susurró:
-Sígueme.
Y eso hice.
Salimos por uno de los pasillos laterales del salón, dejando atrás las risas, los brindis, las notas de música. Entramos a una sala vacía, apenas iluminada por la luz que se colaba por los ventanales. Desde allí se escuchaba todo a lo lejos, como si el mundo estuviera contenido tras una pared de cristal.
Damián se detuvo, de espaldas a mí al principio.
Y luego, se giró, clavando sus ojos en los míos.
-Ni se te ocurra serme infiel.
Me quedé en blanco. Literalmente.
-¿Qué?
-No soy ciego-añadió, con esa voz suya que parece no subir de tono pero aún así perfora
-No sé de qué hablas-dije.
Pero él no pestañeó.
-De las mujeres. De esas con las que has bailado. De las que te miran como si ya te conocieran-Su mirada bajó un segundo, como si no quisiera ver lo que decía-Mira, me da igual lo que hagas realmente. Pero más te vale respetarme en público.
Lo escuché respirar hondo.
No por nervios.
Por rabia.
Y entonces lo oí.
Su corazón.
Latiendo con furia.
-No pienso ser el del que todos se rían-añadió, más crudo.
Y me atravesó.
Porque tenía razón.
Es verdad. Algunas de esas mujeres... duquesas, hijas de nobles, aliadas de la corte. Hubo noches de escapadas, encuentros secretos, caricias sin nombre. Todo escondido. Todo controlado.
Hasta que conocí a Damián en persona.
Hasta que lo vi caminar en el reino de Kori, hasta que noté cómo hablaba, cómo miraba, cómo respiraba. Y entonces, lo corté. Todo. Sin explicaciones. Sin advertencias.
Porque no quise jugar más con nada que pudiera deshacer esto antes de que siquiera empezara.
Pero cómo decirle eso sin parecer que solo hablaba para calmarlo.
Cómo convencer a alguien que ha vivido rodeado de traiciones... de que esta vez, no va a ser una más.
Así que solo dije lo que me salió, sin pensarlo:
-No quiero que nadie se ría de ti, Damián. Ni en público. Ni en privado.
Y lo dije de frente.
Porque si algo había aprendido esta noche...era que con él no bastaban las palabras correctas. Tenían que ser verdad.
Sus ojos no se apartaban de los míos. Verdes. Fijos. Inamovibles.
-Ya se ríen de mí-dijo en voz baja, casi como si hablara consigo mismo, pero cada palabra era un puñal directo al pecho-Porque saben que esto no es real. Al menos la mitad de ellos lo sabe.
Lo dejé hablar. Por respeto. Por cuidado. Porque sentía que si lo interrumpía, podía romperse. O romperme.
-Y me da igual-continuó, con esa firmeza casi frágil que tiene la gente que ha aprendido a vivir con el orgullo como armadura-De verdad... acuéstate con quien te dé la gana.
Y entonces lo vi.
Una daga.
Apareció en su mano como si siempre hubiese estado ahí. Plateada, elegante, de filo curvo. Pero no era solo eso.
Los bordes resplandecían con un brillo enfermizo. Verde. Vivo.
Kriptonita.
Wo.
Me quedé inmóvil. No por miedo. No exactamente. Era otra cosa.
Un reconocimiento.
Esto ya no era solo un aviso. Era una promesa.
-Pero si en público... si me haces quedar como el que es engañado, como el que no es suficiente, del que se ríen, al que miran con lástima...
Se acercó. Lo tenía justo frente a mí.
Y podría decir que no me intimida. Podría decir que su altura, su cuerpo más pequeño, no debería afectarme.
Pero no es cualquiera.
Es Damian.
Y Damian no necesita levantar la voz. Ni ser más grande.
Es letal por dentro.
Por elección.
Por historia.
-Te mataré.
Lo dijo sin rabia. Sin alzar la daga. Sin pestañear. Y fue la amenaza más honesta que alguien me ha hecho en mi vida.
Podía haberme defendido. Podía haber soltado una de esas frases de "no tienes idea de lo que soy capaz", pero no. No con él.
Así que hice lo único que podía hacer. Lo miré, sin romper el contacto visual.
Y asentí.
Solo una vez.
-No te haré quedar como eso -dije-Porque tú no lo eres.
Damian no bajó la daga. No necesitaba hacerlo. Su mera presencia llenaba la habitación, como si el aire se espantara de tocarlo. Seguía mirándome, esperando que dijera algo estúpido. Algo que lo empujara a clavar ese filo contra mi piel.
Pero no lo haría.
No hoy.
-Además-dije, con la voz más serena de lo que me sentía-
creo que todos te tendrán miedo. Ya lo hacen, en realidad.
Sus ojos se entrecerraron, como si dudara de que eso fuera un cumplido. Pero no lo interrumpí.
-He escuchado lo que dicen de ti, Damian. Que sabes envenenar con solo rozar una copa. Que memorizas venas y arterias como si fueran partituras. Que mataste a tu primer objetivo a los catorce. Que casi nunca fallas cuando lanzas una daga. Que puedes oler la mentira antes de que termine la frase.
Él no dijo nada. Pero bajó lentamente la mano, la daga girando entre sus dedos con fluidez, como si fuera una extensión de su pensamiento. No la guardó. Solo la dejó descansar a un lado de su pierna. Pero el filo seguía allí. Presente. Recordándome que esto no era paz. Era tregua.
Me acerqué apenas. Lo suficiente para hablar más bajo, pero no tanto como para invadirlo.
-Eres la cosita más hermosa y letal que yo me he cruzado en la vida.
Lo vi parpadear.
Solo una vez.
Y eso, en Damian... ya era una grieta.
-No sé si eso te molesta o te halaga-añadí-Pero es verdad.
No lo toqué.
No me atreví.
Damian
La fiesta siguió. Los músicos no paraban. Los invitados seguían brindando, riendo, bailando como si no supieran lo que había en juego. Como si el vino pudiera lavar la realidad.
Yo ya no tenía energía para mantener la máscara.
Jon tampoco.
Cuando nuestras miradas se cruzaron una vez más desde extremos opuestos del salón, fue como si los dos dijéramos sin palabras: basta.
Nos fuimos juntos.
No avisamos. No hizo falta. Los guardias nos vieron pasar, y nadie nos detuvo. Todos sabían que después de una boda de este calibre, los recién casados tenían derecho a desaparecer. Aunque no fuera por lo que todos creían.
Caminamos en silencio por los pasillos iluminados con candelabros altos. Las sombras bailaban en las paredes, largas y delgadas. Jon iba a mi lado. No me rozaba, no decía nada. Y yo se lo agradecía.
Cuando llegamos al cruce de los corredores, el sirviente asignado nos informó que nuestras habitaciones estarían conectadas por una puerta interna, por si "la pareja deseaba comodidad y cercanía".
No dije nada. Solo abrí la puerta de la izquierda y entré.
Jon
Él se fue sin mirar atrás.
Yo me quedé en el umbral unos segundos más, con el eco de las risas lejanas y el peso de una noche eterna sobre los hombros.
No me importaba que durmiéramos separados esa noche. No me hería. No me molestaba.
Me alegraba, en cierto modo.
Él necesitaba espacio.
Y yo necesitaba entender en qué me acababa de meter.
Entré a mi habitación y cerré la puerta tras de mí.
Era elegante, decorada con detalles oscuros, suaves cortinas y un ventanal que daba a los jardines. Me quité el cinturón ceremonial, la capa, la chaqueta. Me pasé una mano por el rostro, sintiendo aún el perfume de las flores en mi ropa.
Desde la puerta interior, no se escuchaba nada. Ni pasos. Ni movimiento.
Supuse que él también necesitaba silencio.
Así que me tumbé en la cama, aún vestido a medias, con la única luz de las velas iluminando el techo.
Recién casados.
Separados por una pared.
Y más conectados de lo que cualquiera en esa fiesta podría imaginar.
Damian
El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas cuando abrí el baúl para empezar a preparar mis cosas. El aire seguía oliendo a incienso de la noche anterior y a flores que ya empezaban a marchitarse. El vestido ceremonial colgaba aún del biombo, como una burla silenciosa.
Mi habitación estaba en silencio... hasta que no lo estuvo.
La puerta se abrió sin anunciarse, y no necesité girarme para saber quién era.
-Buenos días-dijo mi madre con ese tono educado que en otros significaba orden disfrazada.
-Madre-respondí sin dejar de doblar una prenda.
La oí cerrar la puerta detrás de ella, sus pasos seguros sobre el mármol, y luego su figura se reflejó en el espejo frente a mí.
-¿Cómo estás?
No lo dijo con calidez. No con preocupación real. Solo como una formalidad, una línea que debía pronunciarse antes de lo importante.
-Bien-mentí, porque era más fácil que alargar la conversación.
Ella se acercó un poco más, observó mis cosas y luego alzó una ceja, casi con desaprobación.
-Debes recordar que ahora eres la imagen de Noctaris fuera de estas murallas. Tu porte, tu forma de hablar, incluso cómo te sientas... todo habla por nosotros. Ya no eres solo tú.
Lo sabía. Lo había sabido desde que tenía memoria. Desde que me enseñaron a caminar recto, a morderme la lengua, a responder con frialdad y perfección. Pero aún así, dolía oírlo de su boca.
-Lo tengo presente.
-Bien-asintió, y luego...llegó lo que temía.
El cambio de tono. Sutil. Pero definitivo.
-Y respecto a la descendencia...
Solté la tela que tenía entre las manos.
Mi espalda se tensó, y por un segundo, no me moví.
-Aún es pronto-respondí, con cuidado. Medido.
-No demasiado. Sabes cómo funciona. El tratado está firmado, la boda realizada. Los ojos del continente están sobre vosotros. Un heredero sería la confirmación perfecta de la alianza. Una señal clara de estabilidad.
Me giré al fin para mirarla.
-¿Y si no quiero estabilidad? ¿Y si no quiero herederos?
-Entonces habrás perdido el control de la narrativa-
respondió ella, sin pestañear-Y la narrativa... lo es todo, Damián.
Mis labios se apretaron. El pecho, igual.
-No soy solo una herramienta de reproducción.
-Eres un príncipe de sangre real-replicó-Y tu deber no se acaba en firmar papeles.
No dijo más.
No tuvo que hacerlo.
Salió con la misma elegancia con la que entró, dejándome solo entre telas dobladas, baúles medio cerrados y un corazón que latía con más rabia que miedo.
Jon
Esa mañana dejé atrás las capas doradas, los broches, las telas pesadas que aún olían a ceremonia.
Me vestí con ropa sencilla. Una camisa de lino oscuro, pantalones ceñidos al cuerpo, botas de cuero liso. Nada que llamara la atención. Nada que dijera "heredero". Solo yo, como soy cuando nadie está mirando.
Esperé en el patio, apoyado contra una columna mientras el personal del palacio preparaba los caballos. Uno para mí. Otro para Damian. Y un tercero para su hermano.
Tim había llegado hacía unos minutos, puntual, con un tono amable y esa media sonrisa suya que parecía saber más de lo que decía.
-Está terminando de alistarse -informó.
No respondí. Solo asentí, mirando cómo ajustaban el arnés del caballo de Damian con más cuidado del habitual. Como si hasta el cuero supiera que cargaba algo valioso.
Y entonces lo vi.
Apareció desde la entrada lateral, bajando los escalones con paso firme. Llevaba ropa más informal, mucho más él. Pantalones negros algo sueltos, pero que marcaban la caída de su figura sin exagerar. Un jersey gris, el cuello abierto, botas oscuras, gastadas, no por falta de cuidado sino por uso real.
Y, joder, se veía bien.
Igual de guapo que el día anterior.
No.
Mejor.
Porque no parecía una estatua tallada para encajar en una boda.
Parecía él.
El verdadero.
Sin dorados. Sin flores. Sin puñales en el fondo de la copa.
Y por alguna razón... eso fue peor. Porque verlo así, auténtico, humano, afilado y sereno en su propio espacio... lo hizo más real.
Más peligroso para todo lo que estaba intentando contener.
Y aún así, me descubrí observándolo como si ya supiera que no iba a poder evitarlo.
Damian
El aire estaba fresco esa mañana, con esa quietud peculiar que solo se siente cuando todo el mundo intenta fingir que está tranquilo.
Montar a caballo siempre me ha gustado. Me da control. Me da perspectiva. Y sobre todo, me aleja.
Subí de un salto, ajusté las riendas y sentí el cuero bajo mis dedos como una vieja costumbre. A un lado, Tim ya estaba acomodado en su montura, y al otro, Jon hacía lo mismo con una facilidad que delataba que, sí, también había crecido sobre una silla de montar.
Conner y Tim se adelantaron, hablando de... algo ridículo.
-¿En serio no has probado la tarta de miel con cáscara de limón?-decía mi hermano, como si estuvieran debatiendo un asunto diplomático.
-¿Eso no es lo que sirven en las ferias?-respondió Conner- Dije que no confiaba en nada que tuviera dos ingredientes que suenen tan inocentes.
Rodé los ojos.
Detrás de nosotros, los guardias llevaban los carros con nuestro equipaje. También hablaban, pero más bajo, entre risas contenidas y chismes sobre la corte.
Silencio.
Paz fingida.
Todo encajaba.
Hasta que Jon decidió romperla.
-¿Cómo se llama tu caballo?
Lo miré de reojo. Sus ojos azules estaban fijos en mí, serenos. Curiosos.
-Tenebris-respondí sin detener el paso.
-¿Oscuridad?-tradujo.
Asentí.
-Me lo dieron a los quince. Nadie lograba montarlo sin que tirara a alguien al barro.
-Y tú sí.
-Le mostré que no me daba miedo-dije con simpleza.
Jon sonrió. No como burla. Más como si entendiera algo que no dijo en voz alta.
-Tiene sentido.
No dije nada.
-¿Siempre elegiste nombres latinos para tus animales?-
preguntó.
-No tengo muchos. Y no los considero mascotas. No me gusta esa palabra.
-Está bien-dijo-Solo intento conocerte.
Lo miré. Esta vez con más intención.
No parecía fingir. No parecía actuar.
Y eso era lo más raro de todo.
Porque si algo había aprendido en Noctaris... es que las verdaderas amenazas no gritan. Hablan despacio. Miran directo. Y hacen preguntas simples con un peso que arrastra.
-Si quieres conocerme-dije por fin-no empieces por mi caballo.
-¿Y por dónde empiezo?
Lo pensé. Solo un segundo.
-Por aprender a callarte cuando no tienes nada importante que decir.
Y aun así... escuché su risa baja justo después. Auténtica. Casi divertida.
Jon
No sé si Conner es consciente de que lo estoy escuchando.
Va justo delante de mí, montado junto a Tim, y aunque hablan bajo, no lo suficiente como para que el sonido no me alcance. Sus voces se mezclan con el sonido de los cascos golpeando la tierra húmeda, con alguna risa suelta de Tim y el tono descaradamente encantador de mi hermano.
No sé qué están diciendo exactamente -alguna tontería sobre libros, postres de mora o si los diplomáticos de Kori visten mejor que los de Solarys-, pero el ritmo entre ellos es claro. Hay una especie de entendimiento... algo natural.
Y luego miro a mi lado.
Damian.
Cabalga con la espalda recta, el rostro sereno, y los labios cerrados como si temiera que el mundo se desmoronara si se permitía relajar la mandíbula. Desde que salimos apenas ha hablado. Lo justo. Lo necesario. Alguna respuesta seca. Una frase con filo.
Y no es que me moleste. O no debería.
No soy una persona poco sociable. Suelo adaptarme bien. Conozco el arte de leer a los demás, de ajustar mis palabras a quien tengo delante. Pero con Damian...
No funciona.
Cada palabra mía parece una piedra que rebota y cae al suelo sin eco.
Así que empiezo a hacer lo único sensato: callarme.
Si no quiere hablar, no voy a forzar nada. Paso de que me meta esos cortes suyos como cuchillas disfrazadas de educación. Paso de intentar llenar los silencios si él quiere que el mundo siga así, en pausa.
Y mientras él monta como si fuera una estatua de guerra con vida, yo lo miro de reojo...
y no dejo de pensar que, por más distancia que ponga, sigo queriendo entender lo que guarda tan dentro.
Damian
El primer vistazo a Solarys fue una bofetada de luz.
Todo parecía brillar. No solo por el sol, que caía sin pudor desde el cielo despejado, sino porque cada piedra del palacio, cada columna blanca, cada cristal tallado, estaba diseñado para reflejarlo. Como si quisieran recordar a todo el que llegara que aquí reinaban la luz, el poder... y el espectáculo.
Los portones se abrieron y entramos al patio principal.
La gente se alineaba a los lados. Guardias, nobles, sirvientes perfectamente uniformados. Algunos aplaudían, otros sonreían. Todo parecía cordial, correcto, organizado. Demasiado.
Vi a sus padres de pie al fondo de las escaleras: Lois y Clark Kent. Ellos habían salido de mi reino poco después de nosotros estar casados y comiendo. El rey y la reina de Solarys. Poderosos sin esfuerzo, como si la corona no pesara sino que flotara sobre sus cabezas. Ella sonreía con una calidez que casi lograba parecer auténtica. Él me miraba con una calma que no terminaba de fiarme.
Cuando bajamos de los caballos, se acercaron.
-Príncipe Damian-dijo Lois, tendiéndome la mano-
Bienvenido. Estamos muy honrados de recibirte aquí, esta es tu casa ahora.
Su tono era suave, su mirada firme. Política pura.
-Gracias, Majestad-respondí con una inclinación justa. Ni un grado más.
Clark saludó a Tim y a mí con un asentimiento.
-Esperamos que el viaje no haya sido demasiado agotador -dijo. No parecía hostil. Pero tampoco familiar.
-Nada que no esté acostumbrado a soportar-
respondí, y sentí a Tim ahogar una sonrisa detrás de mí.
Entonces Jon se acercó.
Ya no iba vestido con gala. Llevaba ropa de calle, cómoda, pero bien cuidada. Se quitó los guantes con lentitud y se ofreció a tomar uno de mis bolsos.
-Déjalo-dije-Puedo llevarlo yo.
-Lo sé-respondió simplemente, pero igual lo tomó.
Y entonces, sin más ceremonia, comenzó a caminar hacia el interior del palacio.
Lo seguí.
-Te voy a enseñar lo básico-
explicó-Aunque puedes perderte las primeras veces, es normal. El ala este está reservada para los consejeros, Tim tendrá una habitación allí. La zona norte es privada, donde están las habitaciones de la familia real. Tú y yo estaremos en el ala sur, con acceso al jardín privado y a la biblioteca. Nadie entra allí sin permiso.
Mientras hablaba, señalaba pasillos, ventanas, puertas dobles, escaleras en espiral. Lo hacía sin arrogancia. Como si de verdad quisiera que supiera dónde estaba.
-El comedor formal está en el segundo piso. Pero si no quieres ver a nadie, hay un pasillo oculto que lleva a la cocina central. Te lo enseño luego.
Me di cuenta de que hablaba con naturalidad. No como un guía, sino como alguien que se esfuerza en hacer esto más... llevadero.
Yo no dije nada.
Pero mis pasos se mantuvieron firmes a su lado.
Porque estaba claro: este ya no era mi reino.
Pero tampoco pensaba dejarme tragar por el suyo.
Jon
No entré a mis antiguos aposentos.
Eso quedó atrás el día de la boda. El cambio fue inmediato, aunque nadie lo dijo en voz alta. El heredero ya no dormía solo. Ahora compartía espacio con el símbolo viviente de una alianza que podría sostener la paz... o romperla en mil pedazos.
Entramos juntos.
La habitación-nuestra habitación-era enorme. Altos ventanales cubiertos por cortinas de terciopelo azul oscuro, casi negras, que rozaban el suelo como ríos detenidos. Las paredes estaban cubiertas por paneles de madera blanca con detalles dorados discretos, no ostentosos, pero sí imperiales. Todo era amplio, silencioso, frío.
La cama...era absurda.
Un colchón grande como una barca, con sábanas de lino y bordados dorados, suficientes cojines como para construir una fortaleza. Estaba claro que había sido elegida con un único objetivo: que ni siquiera tuviéramos que rozarnos mientras dormíamos.
-¿Nos pusieron esto para que pareciera una elección?murmuré.
Damian no respondió. Estaba colocando sus cosas en el armario más alejado de la ventana, abriendo su baúl, como si organizarlas fuera parte de su defensa.
Las mías ya estaban colocadas. En el lado izquierdo. No por preferencia. Solo porque era el primero que vi.
En medio de la habitación, el mueble más grande no era la cama. Era el escritorio.
Gigantesco. De madera maciza, dividido con una línea de mármol blanco en el centro. Claramente hecho para que ambos pudiéramos trabajar sin invadirnos.
Como si eso funcionara.
-Supongo que esta es tu mitad -dije, señalando su lado, que ya empezaba a llenarse de papeles doblados con el sello de Noctaris, cuchillos de plata, y una pequeña caja cerrada con candado.
-Gracias por permitirme reconocer lo obvio-replicó sin apartar la vista de su cajón.
-Es mi talento-dije con una sonrisa que no esperaba que él viera.
Hubo un silencio breve, solo interrumpido por el sonido del metal y la tela.
Luego, sin mirarme, dijo:
-No ronques, por cierto.
-¿Y tú hablas dormido?
-No.
-Lástima. Me habría servido para espiarte.
Me arriesgué a mirarlo de reojo, esperando un corte frío, una daga verbal. Pero solo vi cómo doblaba una prenda con lentitud, con las cejas fruncidas.
-¿Siempre haces bromas para llenar los vacíos?-pregunta.
-Solo cuando no me apetece dejar que el silencio hable por mí.
-Entonces vas a cansarte muy rápido conmigo-dijo.
Damián
Después de colocar mis cosas -dejar cada objeto en su sitio preciso, cada prenda doblada a mi manera, cada daga oculta donde solo yo podría encontrarla-Jon me dijo que iba a enseñarme el palacio.
No pregunté si era necesario. Él ya lo había decidido.
-No quiero que te pierdas-dijo con esa sonrisa suya, medio confiada, medio insoportable.
-No me pierdo-respondí, cerrando mi baúl.
-Es enorme. Hay pasillos que llevan a ningún sitio, escaleras que cambian de lugar, puertas que no deberían abrirse nunca...
-Perfecto. Justo como mi vida.
Él rió. Yo no.
Pero lo seguí.
Empezamos por el ala este.
-Aquí está la sala de reuniones secundarias, pero nadie las usa. A veces se hacen cenas privadas aquí, o ensayos diplomáticos-dijo, mientras señalaba puertas dobles con relieves dorados.
-¿Ensayos diplomáticos?
-Sí. Gente que practica cómo hablarse sin odiarse.
Podríamos venir.
Lo miré. No le di el gusto de responder.
-¿Memorizas rápido?-preguntó cuando cruzamos una galería con columnas de mármol.
-Sí.
-¿Y tienes sentido de la orientación?
-Sí.
-¿Y humor?
Lo miré con la misma expresión con la que observo una amenaza potencial.
-Depende del tipo de humor.
-¿Y qué tipo soportas?
-El que no me haga perder el tiempo.
No se ofendió. Al contrario, parecía más divertido mientras caminábamos.
-Aquí está la biblioteca-dijo, abriendo una puerta doble que revelaba estantes tan altos que necesitaban escaleras para alcanzarlos-La mitad son libros políticos y de estrategia. La otra mitad son textos poéticos porque mi madre insiste en el equilibrio del alma.
-Solo me interesa la mitad útil.
-¿Entonces vas a ignorar los poemas de amor?
-¿Eso era una insinuación?
-¿Tú qué crees?
No respondí. Pero el silencio fue suficiente para que él soltara una carcajada baja mientras seguía caminando.
Vimos los pasillos ocultos, los accesos al jardín interior, los pasadizos de escape que claramente no debía mostrarme...pero lo hizo. Sin miedo.
-Si hay un problema grave, por aquí puedes salir sin que te vean.
-¿Y por dónde sales tú?
-Contigo, se supone.
-Espero que no corras lento.
-¿Esperas que corra?
Volvimos después de más de una hora de recorrido.
Lo recordaba todo.
Cada puerta. Cada atajo. Cada detalle.
Mientras entrábamos a la habitación compartida, Jon me miró de reojo.
-¿Sabes que no tenías que memorizarlo todo tan rápido?
-No me gusta depender de nadie.
-Y sin embargo-dijo, tirando su chaqueta sobre una silla-aquí estamos, esposos, compartiendo cama, techo y planes de fuga.
-Tranquilo-dije mientras abría la caja con mis papeles-Si llega el día en que tenga que elegir entre salvarte o salvarme...-Lo miré con calma.
-correré más rápido que tú.
Damian
La primera cena con los reyes de Solarys fue todo lo que esperaba.
Fría.
Formal.
Innecesariamente fastuosa.
Nos sentamos alrededor de una mesa tan larga que, para hablar en voz normal, habría que gritar. Estaba cubierta de un mantel blanco bordado con hilos dorados, y tan cargada de platos, candelabros y copas que apenas cabían los brazos.
Los reyes, Lois y Clark, presidían cada extremo. Mi hermano, Tim, se sentó cerca de Lois; Conner, junto a él.
Y yo…junto a Jon.
Por supuesto.
La comida fue presentada en bandejas de plata, con platos de sabores intensos, especiados, dulces, todo al mismo tiempo. Y sin embargo, no podía recordar a qué sabían.
Porque apenas comía.
Porque apenas escuchaba.
Porque, aunque mi cuerpo estaba presente, mi mente no terminaba de asentarse en ese lugar.
Lo que sí oía, alto y claro, era la conversación de Tim y Conner.
Los dos hablaban animadamente. Sobre cualquier cosa: caballos de guerra, vinos de Kori, libros que había que leer "antes de volverse demasiado viejo".
Se reían.
Se pasaban comentarios rápidos, naturales.
No forzados.
No estudiados.
No diplomáticos.
De verdad pienso que ellos dos son los que deberían haberse casado.
Porque o mi hermano está haciendo un buen papel como siempre...o de verdad tienen química.
Muchísima más de la que Jon y yo tenemos en este momento.
Porque entre nosotros, no hay conversación.
No hay risas.
No hay palabras suaves que disimulen lo que realmente es esta unión.
Simplemente comemos.
Yo cortaba la carne con precisión quirúrgica. Llevaba la copa a los labios cuando era apropiado. Respondía con monosílabos cuando Lois o Clark me preguntaban cosas como:
-¿Qué te parece el clima de Solarys?
-Es agradable.
-¿Es de tu agrado la habitación?
-Sí, gracias
Sin añadir ni una palabra más.
Jon tampoco forzaba nada. Solo se limitaba a comer en silencio a mi lado, como si entendiera que para mí, cualquier intento de charla sería como echar sal sobre una herida abierta.
En otra vida, en otro escenario, quizá habría hecho un esfuerzo.
Aquí no.
Aquí simplemente éramos dos aliados incómodos compartiendo pan…mientras, a dos asientos de distancia, dos personas que de verdad parecían haber nacido para entenderse.
Entramos en la habitación sin hablar.
No hacía falta.
Cada se fue a su lado de la cama, como soldados perfectamente entrenados en ignorarse. Me cambié de espaldas a él, escuchando los sonidos suaves de su ropa rozando la tela.
Ni un roce.
Ni una mirada.
Ni una palabra.
Mi camisa cayó a los pies de la cama y me puse una más ligera para dormir, mientras sentía su presencia haciendo exactamente lo mismo al otro extremo de la habitación.
Cuando finalmente nos acostamos, lo hicimos lo más lejos que el colchón nos permitía. Un abismo de sábanas y aire tenso entre nosotros.
Su olor y el mío llenaban el espacio.
Él olía a algo limpio, eléctrico. Como cuando una tormenta está por romper el cielo.
Yo, más denso, amaderado y ácido de puro nervio contenido.
Ambos olores vibraban en el aire.
En tensión.
En guerra silenciosa.
Durante unos minutos, sólo hubo el sonido de nuestras respiraciones.
Hasta que él decidió, en su infinita estupidez, intentar romper la tensión.
-¿Sabes?-dijo en voz baja-
Podríamos... no sé...-hizo una pausa como buscando las palabras correctas-Quitarnos la incomodidad de encima de una forma más... tradicional.
Me giré lentamente para mirarlo. Mi expresión debía ser suficiente porque él levantó las manos en señal de rendición, todavía recostado.
-¡Era una broma!-añadió rápidamente-Perdón.
Bufé, dejando salir el aire por la nariz con fuerza, y me volví a girar de inmediato, mostrándole la espalda.
Estúpido.
Idiota.
Cerré los ojos.
Y dejé que el silencio, de nuevo, cubriera todo como un manto pesado.
Hasta que el sueño, lento y desconfiado, me atrapó por fin.
El desayuno fue silencioso.
Otra vez.
Pero al menos esta vez, cuando terminé de beber el último sorbo de café amargo, rompí yo mismo el hielo.
-¿Dónde puedo entrenar?
Jon, que estaba terminando un trozo de pan con miel, levantó la mirada sorprendido. Luego sonrió, de esa forma suya que no sabías si era burla o buena voluntad.
-Te llevo-Dejó el plato y se puso de pie de inmediato-Hay un patio de entrenamiento detrás de la armería principal. Normalmente lo usan los soldados y los capitanes para prácticas privadas.
Asentí, sin decir nada más.
Ya iba vestido para ello.
Pantalones negros cómodos, camiseta ajustada de mangas cortas, botas de combate reforzadas. Mi cinturón de dagas ceñido a la cintura, cada hoja en su sitio. Cada peso, conocido de memoria.
Caminamos por los corredores en silencio, mientras el palacio empezaba a despertarse de verdad. Sirvientes con bandejas, consejeros hablando en voz baja, caballeros dirigiéndose a sus turnos. Todos me miraban.
Como si fuera una mancha sobre la perfección blanca de Solarys.
Como la oveja negra entre el oro.
Me daba igual.
La opinión de desconocidos nunca me salvó la vida. No iba a empezar ahora.
Mientras bajábamos las escaleras hacia el ala de entrenamiento, Jon rompió el silencio:
-Tim y Conner han ido a montar a caballo esta mañana -comentó, como quien habla del clima.
-Me alegro por ellos-respondí seco.
Jon soltó una risa muy breve, como si no esperara menos.
Finalmente llegamos al patio de entrenamiento.
Estaba vacío.
Las armas colgaban ordenadamente en los soportes: espadas, lanzas, escudos, ballestas. Todo limpio, brillante, bien mantenido.
Demasiado...pulcro.
Yo no me molesté en mirar dos veces.
Mi mano rozó el cinturón y acaricié una de mis dagas, familiar, cómoda, mía.
Me dirigí directamente hacia las dianas de práctica colocadas a lo largo de la pared de piedra.
Sin pedir permiso.
Sin necesidad de avisar.
Jon se quedó un par de pasos detrás de mí, cruzado de brazos, observando.
-¿Cómo eran tus entrenamientos en Noctaris? -preguntó, genuinamente curioso.
-Duros-respondí, mientras medía la distancia al primer blanco-Comenzaban al amanecer. Terminaban cuando alguno de nosotros caía.
Deslicé una daga de su funda. Su peso, perfecto. Sentí cómo el cuero del cinturón tiraba ligeramente contra mi cadera al moverme.
-¿Cuándo aprendiste a lanzar así?-preguntó, mientras me veía preparar el primer tiro.
Sonreí apenas, sin girarme.
-¿Antes o después de que me enseñaran a no fallar?
Y entonces lancé.
La daga surcó el aire como un rayo negro.
Se clavó en el centro exacto de la diana, con un golpe seco.
El sonido resonó en el patio vacío.
Me enderecé, tomando otra daga sin prisa.
Jon
Me apoyé contra una de las columnas del patio, cruzando los brazos, mientras lo observaba.
La precisión con la que Damian se movía era hipnótica. Cada paso, cada respiro, cada giro de muñeca… como si todo su cuerpo supiera exactamente qué hacer, exactamente cuándo hacerlo. No había duda. No había titubeo.
Solo control absoluto.
Y por alguna razón absurda, no podía dejar de mirarlo.
-¿Quién te enseñó a lanzar así? -pregunté, mi voz rompiendo el pequeño vacío entre nosotros.
-Mi primer instructor-respondió sin girarse, mientras lanzaba otra daga que voló recta, rápida, hasta incrustarse en la diana junto a la anterior-Era más estricto que cualquier castigo real. Me hacía lanzar con peso en los tobillos. Con vendas en los ojos. Bajo la lluvia.
La naturalidad con la que lo decía me dejó en silencio unos segundos.
Damian volvió a girar otra daga entre los dedos, el metal brillando bajo la luz del sol.
No podía evitarlo.
Mis ojos bajaron por instinto.
A su cintura.
A cómo el cinturón ceñía sus caderas de forma perfecta, marcando la curva de su trasero firme bajo los pantalones oscuros.
A la tensión suave de sus muslos cada vez que daba un paso, un ajuste de peso casi imperceptible.
Simplemente...
Me pareció perfecto.
No de una manera cursi.
No de una manera decorativa.
Sino en ese tipo de perfección que tiene algo peligroso, algo que sabes que puede herirte… y aun así, no puedes evitar querer tocar.
Tragué saliva discretamente y volví a subir la mirada justo cuando clavaba otra daga en el centro exacto.
No fallaba.
No dudaba.
-¿Tú también entrenabas con alguien de pequeño?-preguntó entonces, sin mirarme.
-Sí-respondí rápido, intentando centrarme-Mi padre. Y luego los mejores instructores del reino.
-¿También lanzaban dagas contigo?
-No-sonreí-Ellos intentaban que no tirara platos de la mesa cuando me enfadaba.
Damian soltó una risa breve, seca, pero real.
Seguí observándolo mientras lanzaba una nueva daga. El sonido seco del impacto resonó otra vez en el patio vacío, como un latido firme.
No pude evitar querer saber más.
Había algo en Damian que no encajaba con la imagen tradicional que muchos se habían hecho de un príncipe omega. Demasiado él.
-¿Y los venenos?-pregunté, empujado más por la curiosidad genuina que por otra cosa-¿Quién te enseñó a usarlos?
Damian soltó la daga que tenía en la mano, dejándola clavada con un golpe suave en una diana más lejana.
Esta vez sí se giró un poco, lo suficiente para lanzarme una mirada por encima del hombro.
-Mi tía-respondió, como si hablara del clima-Hermana menor de mi madre. Era la encargada de las sombras en Noctaris. No podía luchar como los demás, así que perfeccionó el arte de matar sin necesidad de tocar.
Me quedé un momento en silencio, absorbiendo la imagen: un niño de mirada feroz aprendiendo a distinguir entre un veneno que paraliza y uno que mata, memorizando plantas, polvos, líquidos invisibles al ojo desnudo.
-¿Y no te dio miedo?-pregunté.
-¿Tener a alguien cerca enseñándote a matar sin ser visto?-ladeó la cabeza apenas, pensativo-No. Me dio poder. Y con el poder...viene la elección-Tomó otra daga
-Saber cómo destruir algo-añadió mientras la pesaba en su mano-no significa que tengas que hacerlo. Pero te da la opción.
Se volvió a concentrar en las dianas, como si la conversación nunca hubiera ocurrido.
Yo lo seguí mirando. Cada movimiento de su cuerpo era afilado y elegante, natural como respirar.
-¿Qué edad tenías?-pregunté de nuevo, casi en un susurro.
-Once-respondió sin dudar-Mi primer veneno fue una sustancia que solo dormía al objetivo durante dos horas. Mi tía dijo que primero debía aprender a silenciar... antes de aprender a matar.
Me apoyé de nuevo contra la columna, sin poder quitarle los ojos de encima.
No era la historia de un príncipe.
No era la historia de un niño protegido.
Era la historia de alguien que había aprendido, desde pequeño, que el mundo no iba a ofrecerle nada.
Y yo, como un idiota, pensando en lo hermoso que se veía cuando la luz de la mañana bordeaba sus hombros, dibujando su figura contra la piedra clara del patio.
Firme.
Letal.
Y completamente, inevitablemente, fascinante.
Mientras Damian recogía sus dagas una por una, con la misma meticulosidad con la que un pintor limpiaría sus pinceles, me encontré cruzando los brazos y dejando que las palabras salieran antes de pensarlo demasiado.
-¿Te apetece pelear?
No hubo pausa.
No hubo duda.
Damian enderezó la espalda, se giró hacia mí con una expresión neutral, como si le hubiera ofrecido compartir una copa de vino en lugar de invitarlo a un combate.
-Acepto-dijo simplemente, guardando la última daga en su cinturón con un chasquido limpio.
Nos movimos hacia el cuadrado de combate delimitado en el suelo de piedra. No había espectadores. Solo el sonido distante del viento entre las torres del palacio y el eco de nuestros pasos sobre las baldosas.
Me quité la capa ligera que llevaba y la dejé a un lado.
No usaría mis sentidos sobrehumanos.
Ni mi fuerza fuera de lo normal.
No quería eso.
Quería probarlo a él.
Como igual.
Nos miramos.
Él se quitó el cinturón de dagas, dejándolo a un lado, con un pequeño ritual que me hizo sonreír por dentro. Nada de trampas. Nada de venenos ocultos.
Solo habilidad.
Hice una leve inclinación de cabeza. Él respondió con otra, más breve. Como dos guerreros antiguos acordando que este duelo era entre ellos y nadie más.
El primer movimiento fue suyo.
Damian se lanzó hacia mí, rápido y bajo, con un impulso preciso que habría sorprendido a cualquier oponente desprevenido. Me obligó a retroceder dos pasos antes de que siquiera intentara atraparlo.
Era escurridizo.
No era fuerza bruta. No era choque de músculo contra músculo.
Era velocidad, agilidad, inteligencia.
Se movía como un susurro entre ráfagas de viento.
Sin un gramo de peso innecesario.
Giró sobre su pie izquierdo, y cuando intenté alcanzarlo, ya no estaba donde creía. Mi brazo se cerró en el aire, vacío, mientras él deslizaba su cuerpo a un lado con una facilidad irritante.
Me lancé de nuevo. Esta vez más rápido.
Intenté acorralarlo, forzarlo contra el borde del cuadrado de piedra, pero Damian bajó el centro de gravedad, esquivó el intento, y deslizó su pierna detrás de la mía en un amago de barrida.
Tuve que saltar hacia atrás para no caer.
Sonrió apenas.
No burlonamente.
Sino como alguien que sabe que pertenece aquí.
Mi pecho ardía.
No por el esfuerzo.
Por el orgullo.
Mi esposo.
Mi compañero en este lazo maldito.
El príncipe de Noctaris.
Mi Omega.
Y maldita sea si no era magnífico.
Cerré el puño, sonriendo un poco, y me lancé de nuevo.
Esta vez, no para probarlo.
Sino para demostrarle que respetaba cada centímetro de esa fuerza silenciosa que llevaba dentro.
Cada respiración, cada giro de su cuerpo pequeño, letal y perfecto.
La pelea siguió, una danza rápida de movimientos, fintas y silencios.
A otra persona, seguramente, ya la habría matado.
Lo vi claro.
Cada ataque suyo era preciso, dirigido a zonas vulnerables: el cuello, las costillas, detrás de la rodilla. No eran golpes para impresionar. Eran golpes para terminar.
Y si no fuera por mis reflejos —entrenados hasta la obsesión y, en parte, bendecidos por lo que corre en mi sangre— habría terminado en el suelo más de una vez.
O peor.
Me agaché justo a tiempo para esquivar un giro de su pierna, pasándola a centímetros de mi cabeza, y rodé hacia un lado, levantándome con una carcajada suave.
-¿Siempre peleas así en los entrenamientos?-pregunté, mientras me sacudía el polvo de las rodillas.
Damian no respondió de inmediato. Se limitó a girar en guardia, evaluándome.
-¿Así cómo?
-Como si tu vida dependiera de ello-dije, sonriendo, sin ocultar el respeto.
Finalmente, respondió con voz baja, sin apartar la mirada de mí:
-Mi vida siempre ha dependido de ello.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier golpe físico.
Frías. Verdaderas.
Dolorosas.
Me lancé de nuevo, midiendo mejor la distancia, intentando no subestimar su siguiente movimiento. Damian se agachó, me esquivó y, en un destello, su brazo pasó rozando mi estómago, como una sombra amenazante.
-¿Y nunca pensaste en detenerte?-pregunté, entre respiraciones, mientras esquivaba un nuevo ataque que casi me tomaba por sorpresa.
-Detenerse es morir-contestó simple, lanzando un golpe recto hacia mi costado.
Lo bloqueé con el antebrazo, sintiendo la fuerza justa en su impacto. Firme. Calculada.
Retrocedimos unos pasos, midiendo la distancia de nuevo.
-¿Y confiar?-pregunté, esta vez bajando un poco el tono-¿Tampoco?
Vi un destello en sus ojos verdes. Algo que no era burla. Algo más… vulnerable.
-Confiar-dijo despacio, bajando apenas la guardia-es más peligroso que cualquier daga.
La verdad en su voz era tan pesada que casi podía verla caer entre nosotros, en el suelo de piedra. Nos quedamos mirándonos unos segundos. Respirando. Midiendo no solo la fuerza física, sino todo lo que no podíamos decir en voz alta.
-Supongo que tendré que ganarme eso entonces-dije finalmente, con una sonrisa ladeada.
Damian no sonrió.
No asintió.
Solo se acomodó de nuevo en su postura de combate.
-Suerte con eso-murmuró.
Y esta vez, cuando me lanzó el siguiente ataque, lo recibí de frente, preparado para algo más grande que una simple pelea.
Preparado para la guerra que sería amar a alguien como él.
Damián
El sudor resbalaba por mi sien, pero apenas lo sentía.
Estaba demasiado concentrado en controlar la respiración, en medir a Jon, en no perder ni un segundo de ventaja. Su forma de moverse era limpia y fuerte. En ese momento, el sonido de risas rompió el aire tenso como una piedra lanzada a un lago en calma.
-¿Así es como pelean los recién casados?-escuché la voz inconfundible de Conner, cargada de burla.
Me giré hacia el borde del patio y allí estaban: Conner y Tim.
A pie, caminando relajados entre la grava, como si hubieran salido de un paseo por el jardín. Sus ropas de montar estaban arrugadas, los cabellos revueltos, pero ninguno parecía cansado. De hecho, venían sonriendo.
Tim soltó una risa seca, medio divertida, mientras empujaba a Conner ligeramente con el hombro.
-Al menos ellos saben esquivar -dijo con una ceja alzada-No como ciertos alfas sobrevalorados.
Conner abrió los brazos en un gesto de fingida ofensa.
-¿Sobrevalorado?-Rie Conner
-Yo no he señalado a nadie-
Dice mi hermano-Si te das por aludido.
-¿Quieres comprobarlo, estratega?
-Cuando quieras-respondió Tim, con esa calma peligrosa suya.
Se miraron un segundo.
Sin necesidad de más palabras, se quitaron las chaquetas y cruzaron el patio, acercándose a una zona libre.
Vi a Conner sonreír de lado, confiado, girando los hombros como si fuera a entrar en una batalla real.
Vi a Tim estirarse el cuello, el gesto casi perezoso, pero sus ojos...esos ojos estaban fijos y afilados como cuchillas escondidas.
Jon se acercó a mi lado, todavía respirando un poco más agitado de lo normal, con una media sonrisa.
-¿Apostamos quién cae primero?-me murmuró.
Ruedo los ojos.
-No me interesa apostar en peleas obvias-dije, aunque en el fondo, admitía que ver a mi hermano sacar ventaja de su mente fría sobre el músculo impulsivo de Conner prometía ser...entretenido.
Nos quedamos allí, al borde del cuadrado de piedra, observando como ahora eran ellos quienes se lanzaban, cruzando puñetazos, fintas y ataques rápidos, cada uno luchando de una forma que revelaba más de sí mismo de lo que las palabras jamás podrían.
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