Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

14

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Jon

Estoy frente a la tienda de Damián durante varios minutos antes de atreverme a entrar.

Mis manos tiemblan. Mis manos que han empuñado espadas, que han estrangulado monstruos, que han sostenido el peso de un reino... tiemblan ante la posibilidad de que me rechace. Pero Elara tiene razón. He estado protegiéndome del rechazo sin comprobar si existe.

Empujo la solapa.

Damián está sentado en una de las sillas de madera, con una túnica de dormir de seda oscura que apenas llega a medio muslo, dejando al descubierto sus piernas pálidas, fuertes, perfectas. Tiene un mapa extendido sobre la pequeña mesa. Su cabello negro está húmedo, recién lavado, y cae sobre sus hombros en mechones que me hacen querer perder los dedos en ellos.

-Alteza-dice sin levantar la vista-
¿Hay novedades en el frente?

Su voz es hielo puro. Es el invierno de Noctaris en pleno verano. Es todo lo que me dijo Elara que sería, pero peor.

Cierro la entrada de la tienda. Me acerco hasta la silla donde está sentado y, con cuidado, la giro para que quede frente a frente conmigo.

-Vengo a hablar de algo importante.

-Entonces hablad-dice, y finalmente me mira.

Sus ojos verdes son dos esmeraldas enterradas en hielo. No hay calor o eso intenta mostrar. Pero veo cómo sus dedos se cierran con fuerza sobre los brazos de la silla, los nudillos blancos, tensos.

-No es sobre la guerra-digo.

-Entonces no me interesa.

-Cariño...

-Alteza...Si no tenéis asuntos militares que tratar, os ruego que os retiréis. Necesito descansar.

Me arrodillo.

La acción es lenta, deliberada, un acto de rendición completa. Caigo sobre mis rodillas delante de él, entre sus pies descalzos, y veo cómo se estremece, cómo su respiración se detiene un segundo.

-No puedo irme de aquí-digo, y mi voz sale ronca, vulnerable, desnuda-
hasta recuperar a mi esposo.

El silencio se expande. Damián no se mueve. Mantiene la espalda recta, la barbilla alta, la expresión perfecta. Pero escucho su corazón. Ese sonido que conozco mejor que el mío propio, ahora late demasiado rápido, demasiado fuerte, traicionandolo.

-No tenéis esposo aquí-dice, y su voz tiembla apenas-Solo tenéis a un aliado.

Mis manos encuentran uno de sus tobillos desnudos, fríos, y siento cómo se estremece bajo mi tacto. Beso su piel allí, en el hueso, suavemente, reverentemente.

-Perdóname-susurro contra su piel-
Perdóname por no abrazarte cuando regresaste. Perdóname por no llamarte como es debido cuando eres mi mundo.

Mis labios ascienden lentamente, besando su pantorrilla, la curva de su rodilla, el interior de su muslo donde la piel es más suave, más vulnerable. Siento sus manos en mi cabello, primero para apartarme, luego aferrándose, indecisas.

-Jon...-su voz se se vuelve una grieta en el hielo.

-Te eché tanto demenos-
continúo, besando más arriba, sintiendo cómo sus muslos se tensan, cómo su cuerpo traiciona su frialdad-Eché de menos tu voz diciendo mi nombre, eché de menos ser tu alfa, Damián. Tu esposo, no tu aliado.

Mis manos suben por sus muslos, encontrando los bordes de su túnica, y él jadea, una respiración entrecortada. Beso el interior de su muslo, cerca de donde su piel es más sensible, y huelo cómo se humedece, cómo su cuerpo de omega responde a mi a pesar de su voluntad.

-No sabes...-comienza, y hay lágrimas en su voz-No sabes cuánto dolió.

-Lo sé-susurro, y beso más arriba, una promesa, una súplica-Y te juro que pasaré el resto de mi vida demostrándote...

-Basta.

La palabra corta el aire como una espada.

Damián se incorpora de golpe, apartándose de mí, de mis manos, de mis labios. Se pone de pie con una agilidad que contradice su rigidez anterior, y se aleja hasta el otro extremo de la tienda, con la espalda hacia mí, los hombros temblando.

-Marchaos-dice, y su voz es fría de nuevo, reconstruida, impenetrable.

Me quedo arrodillado, confundido, el sabor de su piel todavía en mis labios.

-Damián...

-Os he dicho que marchéis-Se gira. Sus ojos están húmedos, pero su expresión es de piedra-Si de verdad me respetáis-dice, y cada palabra es un golpe-marchaos. Ahora. No vengáis a mi tienda a suplicar con el cuerpo lo que no sabéis pedir con palabras. No me tocéis como si eso arreglara semanas de silencio.

-Yo solo quería...

-¿Qué?-su voz se eleva, agrietándose-¿Demostrarme que podéis tenerme cuando queráis? ¿Que con unos cuantos besos olvidaré que me dejasteis de lado como a un desconocido?-Da un paso hacia mí, y hay fuego en sus ojos ahora, no hielo. Fuego que quema-No soy una conquista, Jon. No soy un territorio que reclamar con labios y manos. Si de verdad me respetáis...idos. Y no volváis hasta que sepáis cómo hablarme sin tocarme. Cómo pedir perdón sin desvestirme.

Me quedo quieto, arrodillado en su tienda, con el corazón destrozado y el cuerpo todavía ardiendo por él.

-Damián, por favor...

-Idos.

Su voz es un susurro ahora, roto, cansado.

-Por favor.

Me levanto. Lentamente. Con las piernas temblando, con la dignidad en ruinas. Camino hacia la salida, y salgo.

Y cierro.

A la mañana siguiente, encuentro a Elara en el desayuno. Está sentada sola, revisando unas vendas, y cuando me ve acercarme con mi cuenco de gachas intacto, arquea una ceja.

-No tienes aspecto de haber dormido-dice.

Me siento frente a ella. El banco de madera cruje bajo mi peso.

-Fui a verlo anoche-digo, sin preámbulos.

-¿Y?

Se lo resumo muy por encima centrándome más en la reacción que tuvo el. Elara guarda silencio. Luego, lentamente, asiente.

-Entonces eso es lo que debes hacer.

-¿Cómo?-mi voz se quiebra-¿Cómo hablo con mi esposo sin tocarlo? ¿Cómo pido perdón sin...?

-Con palabras, Jon-dice suavemente-Solo con palabras. Y con tiempo. Y con presencia, no con posesión.

Así que intento.

Los días siguientes son una tortura de contención. Me siento junto a él en las reuniones, a una distancia prudente, y hablo de estrategias militares, de provisiones, del tiempo que hará mañana. Hablo de cualquier cosa que no sea nosotros, porque cuando intento hablar de nosotros, mi voz se vuelve ronca, mis manos tiemblan, y él se pone rígido, y sé que estoy a punto de estropearlo todo otra vez.

Traigo comida a su tienda. No entro. Dejo la bandeja fuera, y lo aviso nada más. A veces, cuando vuelvo, la bandeja está vacía. A veces no. Cada vez que está vacía, siento una victoria pequeña, ridícula, que me alimenta durante horas.

Traigo agua caliente para que se lave. Mantas nuevas. Cosas que no requieren que me vea, que me hable, que me tolere. Cosas que simplemente digan "estoy aquí" sin necesidad de pronunciar las palabras.

Pero duermo solo.

Esa es la tortura más grande. Mi tienda está a diez pasos de la suya, y cada noche me acuesto en el camastro frío, sintiendo el vacío donde debería estar su cuerpo, oliendo mi propia piel en lugar de la suya, y me duele hasta los huesos. Mi alfa se revuelve, desesperado, buscando su omega, y no encuentra nada. Solo silencio. Solo soledad.

Y luego están los celos.

Dioses, los celos.

Veo a un soldado ayudarle a levantar una caja de suministros, y sus manos se rozan, como después de queda cerca de más y siento cómo algo oscuro y caliente se enciende en mi pecho. Quiero cruzar el campamento, arrancar las manos de ese hombre de su cuerpo, marcar a Damián con mis dientes para que todos sepan que es mío.

Pero no lo hago. Me quedo quieto, con las uñas clavadas en mis propias palmas, respirando lentamente hasta que el impulso pasa.

Veo a otro acercarse a él, hablarle en voz baja, reírse de algo que Damián dice, y siento que la vista se me nubla de rojo. Soldados, que tiene derecho a su cercanía, a su confianza, a su afecto. Yo, que soy su esposo, no tengo derecho a nada. Y eso me consume, me corroe, me hace querer gritar.

Pero me quedo quieto.

Una tarde, veo a una sanadora-joven, de cabello oscuro, ojos grandes-inclinarse demasiado cerca de él para revisar una herida en su brazo. Su mano se demora en su piel, y Damián no se aparta, y siento que el suelo tiembla bajo mis pies, que el mundo entero se inclina hacia un abismo. Quiero ir allí, quiero apartarla, quiero decirle que solo yo puedo tocarlo, que solo yo tengo derecho a sus heridas, a su piel, a su tiempo.

Pero no lo hago.

Me quedo en mi tienda, mirando a través de la rendija de la entrada, con el corazón martilleando contra las costillas, con la mandíbula tensa hasta que duele, y espero. Espero a que ella se vaya. Espero a que él esté solo. Y entonces, solo entonces, salgo y dejo cerca de su tienda una botella de agua limpia, sin decir nada, sin que me vea.

Hablo con él cada día.

Palabras vacías, la mayoría. Sobre el clima. Sobre los suministros. Sobre la posición de las tropas en el flanco este. Palabras que no significan nada, pero que están ahí, constantes, como un río que sigue su curso aunque las rocas intenten detenerlo.

Una vez, intento hablar de nosotros. De verdad. Le digo que siento haberle hecho daño. Que sé que no tengo derecho a su perdón, pero que lo necesito. Que lo necesito a él, más que al aire, más que a la guerra, más que a mi propio nombre.

Me mira. Sus ojos verdes son insondables, un océano donde me ahogo cada día.

-Gracias por decirlo-responde, y su voz es neutral, educada, de príncipe a príncipe.

Y se aleja.

No me toca. No me deja tocarlo. Y yo respeto, porque eso es lo que me pidió, porque eso es lo que merece, porque si toco ahora, si rompo este pacto de silencio físico, perderé para siempre la posibilidad de que algún día me deje entrar de nuevo.

Así que sigo hablando sin tocar. Siguiendo presente sin poseer. Siguiendo amando sin ser amado, o al menos sin saber si soy amado.

Damián

La observo desde la distancia, como siempre hago ahora.

Jon tiene esa cara. Esa cara de perro abandonado que odio y que me parte el corazón simultáneamente. Esos ojos grandes, tristes, que me siguen por todo el campamento sin descanso. Que me encuentran cuando estoy revisando suministros, cuando hablo con los soldados.

Maldigo en silencio cada vez que lo veo dejar algo cerca de mi espacio. Agua, comida, mantas. Cosas que no pide reconocimiento, que no exige gratitud. Cosas que simplemente dicen estoy aquí, lo siento, por favor.

Y lo peor es que funciona.

Mi omega, ese traidor que llevo dentro, se agita cada vez que detecta su olor. Mi cuerpo reconoce su alfa antes que mi mente pueda prohibirlo. Siento mi piel erizarse cuando pasa cerca, siento el pulso acelerarse cuando escucho su voz hablando de banalidades-el clima, las provisiones, la posición de las tropas-solo para mantenerme cerca sin tocarme.

Está haciendo exactamente lo que le pedí. Y eso me enfurece y me ablanda en proporciones iguales.

Cada mañana está en el campo de ejercicios, trabajando con los soldados, mostrándoles cómo usar la espada, cómo caer, cómo levantarse. Y lo hace bien. Lo hace con paciencia, con dedicación, con esa fuerza suya que no necesita demostrar porque simplemente existe.

Una vez, después de una demostración particularmente exhaustiva, vino a mi tienda. Estaba sudoroso, con el cabello pegado a la frente, la respiración aún agitada. Dejó una botella de agua fresca en la entrada, sin decir nada, sin mirarme directamente. Solo la dejó allí, con una mano que temblaba levemente, y se alejó.

Quise llamarlo. Quise decirle que entrara, que se lavara, que me dejara oler su piel caliente. Quise arrodillarme ante él y pedirle que me tocara, que me reclamara, que pusiera fin a esta tortura.

Pero no lo hice.

Porque también recuerdo. Recuerdo la noche en que me miró como si fuera un extraño. Recuerdo el como me hablo mi nombre pronunciado con frialdad. Recuerdo la semana de noches abrazando una almohada mientras él olvidaba que existía.

Y Jon merece un castigo.

Así que lo provoco.

No es consciente, o quizás sí lo es. Pero encuentro excusas para acercarme a otros. Para dejar que sus manos se demoren en mi piel cuando me ayudan a levantar algo. Para reírme de los chistes de los soldados, para inclinarme hacia ellos cuando hablan bajo, para crear la ilusión de intimidad que sé que él observa.

Gael es uno de ellos. Joven, fuerte, de sonrisa fácil. Me ayuda con los mapas a veces, se inclina sobre mi hombro para señalar posiciones, y yo dejo que su cabello roce mi mejilla, dejo que su mano descanse en mi hombro un segundo más de lo necesario.

Y siento los ojos de Jon sobre nosotros.

Estamos hablando esa tarde-Gael y yo-revisando las posiciones de las tropas para el día siguiente. Estoy de espaldas a la entrada del campamento, pero sé que Jon está ahí. Lo siento en mi piel, en la nuca, en ese vínculo invisible que nos une a pesar de todo.

Gael dice algo gracioso. Me río. Es una risa real, no forzada, porque Gael tiene esa facilidad. Y en ese momento, en el instante exacto en que mi risa resuena, siento el cambio en el aire.

Giro ligeramente la cabeza.

Ahí está Jon.

Está tenso. Rígido. Sus manos se cierran en puños a los costados, los nudillos blancos, la mandíbula apretada hasta que parece que va a romperse. Sus ojos-esos ojos que me han mirado con tanta ternura-ahora son oscuros, peligrosos, cargados de un celo que no puede disimular.

Me mira directamente.

Y yo lo miro a él.

Por un segundo, solo un segundo, dejo que mi expresión diga todo lo que no puedo pronunciar: sí, estoy hablando con otro. Sí, mereces cada segundo de este dolor.

Pero también, en lo más profundo de mi mirada, dejo que vea la verdad: pero te estoy mirando a ti, no a él. Siempre a ti.

-Príncipe Damián-dice Gael, bajando la voz-¿Todo bien?

-Perfectamente-respondo, volviéndome hacia él, sonriendo-
Continúa.

Pero mi sonrisa es para Jon.

Para que la vea.

Para que sufra.

Y cuando Jon finalmente se aleja, con pasos rígidos, con la espalda recta y los hombros tensos, siento una satisfacción amarga en el pecho. Una victoria pírrica.

Porque sí, lo estoy castigando.

Pero también me estoy castigando a mí mismo.

Y cuando cae la noche, cuando estoy solo en mi tienda, huelo la botella de agua que dejó esa mañana. Aún conserva su olor. Primavera. Tormenta. Promesa.

Y mi invierno se derrite un poco más.

-¿No te cansas de torturarme?-
escucho cuando, después de unos minutos de que el capitán Gael saliera de mi tienda, la solapa se mueve y Jon entra sin permiso. Cierra tras de sí con un movimiento firme, decidido, y el sonido de la tela al caer es como un veredicto.

Lo miro. Está tenso, hermoso, peligroso. Sus ojos buscan los míos con una desesperación que intenta disfrazar de furia.

-¿Acaso crees que no me doy cuenta?-su voz es baja, rasposa, un animal herido-Cada vez que te acercas a otro, cada vez que ríes con ellos, me estás matando. Estoy celoso, Damián. Estoy enfermo de celos. No me castigues con otros. Por favor.

Quiero ser cruel. Quiero que sufra más, que pague cada segundo de silencio, cada noche de soledad que me hizo pasar.

-¿Y qué propones?-mi voz es un cuchillo, es la indiferencia que no siento-Llevo meses solo. Necesito alguien que me complazca.

Jon se mueve.

Rápido, como un depredador que ha olido sangre. Me acorrala contra la mesa, tan cerca que siento el calor de su cuerpo irradiando contra el mío, pero sin tocarme. No hay contacto. Solo proximidad asfixiante. Su rostro está cerca de mi cuello, su aliento caliente contra mi piel, y siento-traición, maldición-cómo mi entrada se humedece, cómo mi cuerpo de reconoce su alfa y se prepara para él, a pesar de mi voluntad.

-Sabes que yo puedo complacerte-
susurra Jon contra mi cuello, y su voz vibra, es fuego-Solo yo. Nadie más sabe cómo. Nadie más te conoce como yo.

Cierro los ojos. Siento que algo se derrite, que mi veneno, se mezcla con su fuego, con esta necesidad que me consume.
Es demasiado.
Es insoportable.
Es inevitable.

Dejo caer la bata.

El sonido de la seda al caer es un suspiro.

-Entonces hazlo-digo, y mi voz no tiembla, es orden, es desafío, es súplica disfrazada-Pero no podrás besarme. Nada de caricias. Solo complácerme. Eso es todo lo que permito.

-Pero yo quiero besarte-su voz se quiebra, es casi un gemido-Damián, por favor, déjame...

-No-corto, firme, implacable-No mereces besarme. No mereces tocarme con ternura.

Veo el dolor en sus ojos, y lo saboreo, y me odio por ello.

Me subo a la mesa. Me echo lentamente hacia atrás, apoyando la espalda contra la madera fría, dejando que mis piernas se abran, que mi cuerpo quede expuesto, ofrecido, reclamado. La posición es vulnerable, es poder disfrazado de entrega.

-Solo tu boca-ordeno-Nada más.

Jon duda. Sus manos tiemblan a los lados, queriendo tocarme, queriendo acariciar mis muslos, mi cintura, mi rostro. Pero no lo hace. Respira hondo, una vez, dos. Y luego se inclina.

Siento su aliento primero, cálido, tentador, contra mi entrada. Luego su lengua, suave, reverente, probando. Gimo, involuntario, traicionero, y mis manos se mueven por encima de mi cabeza, buscando algo a lo que aferrarme, encontrando el borde de la mesa, agarrándose con fuerza.

-Maldito seas-susurro, pero es una bendición.

Jon no responde. No puede, su boca está ocupada en mí, devorándome, reclamándome de la única forma que le permito. Es intenso, es humillante, es glorioso. Siento cada movimiento de su lengua, cada presión, cada succión. Mi cuerpo se arquea contra la madera, buscando más fricción, más contacto, más de él.

Mis piernas se abren más, instintivas, desesperadas. Empujo contra su boca, contra su rostro, usandolo para mi placer porque eso es lo que le dije que hiciera, porque en este momento él es mío, solo mío, aunque no pueda besarlo, aunque no pueda mirarlo a los ojos con ternura.

Siento que el mundo me empieza a dar vueltas.

Siento como empuja.

Siento como me mareo.

Necesitaba esto desesperadamente.

Siento que me acerco, que el placer se acumula en mi vientre, que mi omega grita victoria porque finalmente, después de meses, su alfa está donde debería estar. Y cuando llego, cuando el orgasmo me atraviesa como una espada, es su nombre el que quiero gritar, es su olor el que lleno mis pulmones, es su presencia la que me sostiene aunque mis manos solo agarren madera fría.

Me quedo quieto, jadeando, con la vista perdida en la tela de la tienda.

Jon se aparta lentamente. No se limpia. Me mira con esos ojos de perro abandonado que odio, que amo, que me destrozan.

-Vete-digo, cerrando los ojos, incapaz de mirarlo-Ya has hecho lo que te pedí.

Escucho su respiración entrecortada. Escucho cómo se levanta, cómo se aleja, cómo la solapa se abre y se cierra.

Y solo entonces, cuando estoy seguro de que se ha ido, dejo que las lágrimas caigan.

Porque tenía razón.

No merece besarme.

Pero yo, Dioses, yo merecía que me besara.

Y esa es la tortura más grande de todas.

Damián me deja complacerlo algunas noches.

Y otras, me arroja al olvido como quien arroja un paño usado.

No hay lógica que descifre, no hay patrón escrito en las estrellas que pueda leer. Algunas veces llamo a la entrada de su tienda-siempre llamo, siempre espero, siempre presento mis manos vacías como ofrenda-y el silencio me devuelve permiso. Otras, el mismo silencio se vuelve muro, y su voz desde el interior, apenas un suspiro: vete. Y yo me voy, arrastrando mi sombra como cadena.

Pero cuando me deja...Cuando me deja, convierto su cuerpo en altar y mi boca en oración.

Estoy arrodillado en la tierra de su tienda, la espalda erguida, las manos abiertas sobre los muslos en señal de rendición absoluta. Espero. Siempre espero. Damián está sentado en su vama, envuelto en seda, y me mira como quien mira una herramienta que no decide si usar o guardar en el olvido.

Cuando me da el permiso me arrastro hacia él. No me pongo de pie-nunca de pie, nunca igual, nunca esposo-me arrastro por la tierra hasta quedar entre sus piernas abiertas, hasta que mi rostro se alinea con su cadera, hasta que su olor me invade: invierno, escarcha, esa nieve que es solo suya y que me hace arder.

Lo tomo en mi boca y él jadea-una vez, solo una-y ese sonido lo guardo como el tesoro más precioso, la única moneda que me deja acumular, el único que me concede en medio de tantos no.

Trabajo con lengua y garganta. No es amor lo que hago. Es liturgia. Es penitencia. Es la única forma que tengo de pronunciar te amo sin que él me corte la lengua por atreverme a hablar.

Siento sus manos en mi cabello. No para acariciar-nunca para acaricia-sino para sujetar, para dirigir, para usar mi boca como instrumento de su placer. Y eso me excita más de lo que puedo confesar: que me use así, desesperado, sumiso, solo mi boca para él mientras el resto de mí permanece intacto, no tocado, no besado, no querido.

Cuando se llega, lo trago todo. Cada gota. Es mi comunión, mi redención, la única forma en que me permite tragarme.

Algunas noches, después, me señala el suelo junto a su cama. Y yo duermo ahí, en la tierra, como perro, como guardián, como cualquier cosa menos su esposo. Escucho su respiración sobre mí, huelo su sueño, siento su calor en el aire que no compartimos. Y es suficiente. Es más de lo que merezco. Es el cielo y el infierno simultáneamente.

Pero otras noches...Otras noches se limpia con un paño-un gesto simple, mundano, devastador-me mira, y dice: ya está. Vete.

Y yo me voy.

Me levanto del suelo, con las rodillas marcadas por la tierra, con la boca aún sabiendo a él, con el corazón hecho pedazos que nadie verá. Salgo de su tienda sin una palabra, sin una queja, cumpliendo la única orden que me queda. Porque si me quedo después de que me diga que me vaya, perderé incluso esto. Perderé las noches en que me deja quedarme.

Damián

El sol de mediodía cae sobre el campo de entrenamiento como látigo de oro. Estoy solo, practicando movimientos con la espada que deberían ser automáticos-parar, esquivar, contraatacar-pero mi mente vaga por la noche anterior, por la forma en que Jon me miró desde el suelo.

Escucho pasos detrás de mí. Me giro, la espada levantada, lista.

Es Jon.

Está en la entrada del campo, rígido, con su propia espada colgando inútil de la mano. Sus ojos se abren cuando ve que estoy solo, cuando se da cuenta de que ha interrumpido algo privado. El color abandona su rostro.

-Lo siento-dice, y su voz es un susurro forzado- No sabía que estabas aquí. Me voy.

Gira sobre sí mismo, apresurado, torpe, tan ansioso por obedecer las reglas que ni siquiera se detiene a pensar que quizás...quizás yo quiero que se quede.

-Quédate-digo, y la palabra sale antes de que pueda detenerla, antes de que mi orgullo pueda censurarla.

Se detiene. Se gira.

-¿Qué?

-Quédate-repito, bajando mi espada-
Entrena conmigo.

Duda. Siempre duda ahora, siempre espera el rechazo. Pero asiente. Se acerca. Coge posición frente a mí, a una distancia prudente, y levanta su espada.

Empezamos.

Es diferente a entrenar con otros. Con los soldados, con Tim, soy preciso, calculador, frío. Con Jon... Jon siempre retiene el golpe. Siempre detiene la espada un centímetro antes de que pueda tocarme. Hace barreras con su cuerpo, con sus movimientos, creando espacios de seguridad entre nosotros que me enfurecen y me conmueven al mismo tiempo.

Me ataca por la izquierda. Paro. Contraataca por la derecha. Él bloquea, pero la fuerza del golpe es apenas un susurro, una promesa de lo que podría ser. Giro, buscando abrirse paso, y él se mueve conmigo, siempre adelantándose, siempre protegiéndome incluso cuando debería estar intentando vencerme.

Es exasperante.

Es perfecto.

Es insoportable.

Hago un movimiento de distracción -un fintar hacia su hombro que él bloquea automáticamente-y luego, por instinto, por memoria muscular de todos los entrenamientos que compartimos antes de que todo se rompiera, salto.

Mis piernas se cierran alrededor de su cintura con la fuerza de un reflejo, de un recuerdo, de una necesidad que mi cuerpo no ha olvidado aunque mi mente intente negarla. Jon suelta la espada-un sonido metálico contra la tierra-y sus manos suben para sujetarme por los muslos, para sostenerme, para evitar que caiga.

Presiono la daga contra su cuello, suavemente, sin fuerza, solo el contacto del frío metal contra su piel cálida.

-Lo siento-dice Jon, y su cuerpo está rígido bajo mí, tenso, esperando el rechazo-Lo siento.

-¿Por qué?-mi voz sale más suave de lo que pretendo.

-Por tocarte-dice, y sus manos tiemblan en mis muslos, queriendo soltarme, queriendo aferrarse, dividido entre el deber y el deseo.

Suelto una risa. Es breve, casi un sollozo disfrazado. Niego con la cabeza mientras mis manos-traidoras, desesperadas, mías- suben a su rostro. Siento su mandíbula bajo mis dedos.

Inclino mi cabeza hasta que nuestras frentes se juntan. Cierro los ojos. Respiro su olor. Rozo mi nariz con la suya. El contacto es eléctrico, devastador, hogar.

-Por todos los miserables dioses...-Susurro, y mi voz tiembla, se parte, se derrite-Jon, eres todo lo que alguien desearía tener.

-¿Qué?-su voz es un aliento, una pregunta, una esperanza que no se atreve a formular.

Y lo beso.

No es suave. No es tímido. Es un rayo que nos partes a los dos. Es lengua y dientes y aliento mezclándose, es sus manos que finalmente, finalmente, se aferran a mí en lugar de soltarme, es mi cuerpo que se derrite contra el suyo, es el mundo entero que deja de girar para que nosotros podamos encontrarnos.

Cuando nos separamos, ambos jadeamos. Ambos temblamos. Ambos miramos como si viéramos por primera vez.

-Idiota-susurro, y lo beso de nuevo.

-Lo sé-dice contra mi boca-Lo sé, amor. Lo sé.

-Nunca más.

-Nunca.

Vuelvo a ser suyo.

Y él vuelve a ser mío.

Jon

El trueno retumba tan fuerte que durante un instante pienso que me ha reventado un tímpano.

Todo el campamento parece estremecerse con él.

Las lonas de las tiendas se sacuden violentamente bajo el viento, las cuerdas tensadas entre estacas vibran y las hogueras que todavía sobreviven están protegidas dentro de pequeños braseros de hierro. La lluvia cae de lado, gruesa, helada, convirtiendo la tierra en barro bajo nuestras botas.

He decidido hacer guardia.
No porque me corresponda.

De hecho, uno de los capitanes ha intentado convencerme de que volviera a mi tienda porque llevo demasiadas noches durmiendo poco.

Pero con esta tormenta era imposible. Y, sinceramente, también sabía que acabaría despertando a Damián.

Me ha jodido levantarme de su lado.
Ahora que por fin volvemos a dormir abrazados, abandonar el calor de las mantas y su cuerpo acurrucado contra el mío me ha parecido una crueldad de los dioses. Pero llevaba casi una hora cambiando de postura. Primero boca arriba, después de lado, luego otra vez boca arriba.

Damián ha gruñido dormido dos veces. Una tercera y seguramente habría abierto esos ojos verdes para informarme de que, si pretendía seguir comportándome como un pez fuera del agua, podía irme a dormir con los caballos.

Así que aquí estoy.

-Esto es una mierda-murmura uno de los soldados que comparte guardia conmigo.

-Una observación excelente-respondo.

-Gracias, alteza.

Otro trueno. Esta vez incluso los caballos relinchan. Miro hacia las murallas provisionales que hemos levantado alrededor del campamento. Más allá apenas existe nada. La noche es completamente negra y las nubes han devorado la luna. Ni siquiera mis ojos solarianos consiguen atravesar bien semejante cortina de agua.

Y entonces llega el relámpago.

Durante un segundo...El mundo se vuelve blanco.
Los árboles.
Las tiendas.
Las murallas.
Las montañas lejanas.
Y algo en el cielo.

Se me detiene el corazón.

La oscuridad regresa.

No digo nada.

Los dos hombres que están conmigo tampoco. Nos quedamos completamente inmóviles.

-¿Habéis...?

Otro relámpago. Esta vez lo veo con una claridad aterradora.

Alas.

Un cuerpo enorme cubierto de escamas.

Una cola larga atravesando la tormenta.

Después otro.

Y otro más detrás.

No.

No puede ser.

El soldado que está a mi izquierda deja escapar una risa nerviosa.

-Jódeme más...-Y entonces corre hacia la campana.

-¡ALARMA!

El bronce empieza a sonar.

Una vez.

Dos.

Tres.

El campamento despierta de golpe.

-¡GIVERNOS!-grita-¡GIVERNOS EN EL CIELO!

Me quedo mirando hacia arriba.

Givernos.

Estoy viendo givernos.

Criaturas de los cuentos de guerra más antiguos de Solarys. Bestias que aparecen dibujadas en manuscritos de siglos atrás, cuando los reinos todavía combatían con ejércitos capaces de hacer desaparecer ciudades enteras.

No son dragones.

Eso es lo primero que recuerdo.

Los dragones de las historias antiguas tenían cuatro patas además de las alas. Los givernos tienen dos patas traseras y las alas nacen directamente de sus extremidades delanteras. Son más pequeños que los grandes dragones descritos en las crónicas.

Aunque llamar pequeño a algo cuyo cuerpo parece superar la longitud de tres carromatos resulta bastante absurdo.

Otro relámpago.

Cuento cinco.

No.

Seis.

-Por todos los dioses...

Las tiendas empiezan a abrirse.
Salen soldados medio vestidos colocándose cinturones de armas mientras corren. Los arqueros buscan posiciones elevadas. Alguien grita que protejan a los heridos. Otro ordena encender los grandes braseros.

Y entonces escucho un rugido.
No se parece al de las criaturas anteriores.
Este es profundo.
Antiguo.

Hace vibrar el aire dentro de mis pulmones.

Uno de los givernos desciende.

-¡ABAJO!-Me arrojo sobre el soldado más cercano.

Una sombra gigantesca pasa sobre nosotros. El viento producido por sus alas arranca una de las lonas de su estructura y la manda volando varios metros. Escucho madera quebrarse.

Me incorporo inmediatamente.

-¡Arqueros! ¡Esperad a que desciendan! ¡No desperdiciéis flechas con este viento!

-Proteged las tiendas médicas! ¡Que nadie deje solos a los caballos! ¡Traed las ballestas de torno!

Escucho otra vez al capitán.

Otro relámpago ilumina el cielo.
Uno de los givernos gira entre las nubes y entonces veo algo que hace que toda mi sangre se vuelva hielo.

Lleva una montura.

No natural.

Cuero.

Metal.

Correas alrededor del cuello y el pecho.

-No...

Entrecierro los ojos.

Otro fogonazo.

Sí.

Definitivamente.

-No son salvajes-murmuro.

El soldado que está conmigo me mira.

-¿Qué?

Señalo hacia arriba.

-¡Llevan monturas!

Su expresión cambia. Eso significa exactamente lo que ambos pensamos.

Desenvaino mi espada y entonces recuerdo algo.

Damián.

Mierda.

Miro hacia nuestra tienda. Está al otro extremo del campamento.
Probablemente la alarma no haya terminado de sonar y ese lunático ya estará colocándose sus dagas.

-Que los dioses me ayuden-
murmuro.

Kara

Nunca había visto un giverno.

Había leído sobre ellos, por supuesto. Hay tapices antiguos en las salas de Solarys donde aparecen reyes montando criaturas semejantes, y algunos códices militares hablan de ellos como bestias que antiguamente podían decidir una batalla antes siquiera de que los ejércitos chocaran.

Pero una cosa es ver uno bordado con hilo dorado sobre un tapiz y otra muy distinta tener uno descendiendo hacia ti en mitad de una tormenta.

-¡Vamos!-grito.

El giverno abre las alas justo encima de mí.

Me arrojo hacia un lado.

Las garras golpean el barro donde estaba un instante antes y levantan tierra y piedras. Ruedo, clavo una rodilla en el suelo y utilizo la espada para incorporarme.

-¡Ven aquí, bastardo!

No sé por qué estoy insultando a un animal. Probablemente porque es más satisfactorio que admitir que estoy aterrorizada.

El giverno vuelve a elevarse.

Corro detrás.

Es ridículo.

Estoy persiguiendo por tierra a una criatura que vuela. Pero cuando el viento es tan fuerte como esta noche, no pueden mantenerse demasiado tiempo en el aire. Las ráfagas los obligan a descender, a buscar corrientes más estables entre las tiendas y las murallas. Cada vez que bajan tenemos una oportunidad.

Un relámpago convierte la noche en día y entonces lo veo.

Al jinete.

-¿Qué...?

Es humano. Completamente humano.

Va inclinado sobre el cuello del giverno, sujeto mediante una silla de montar hecha de cuero oscuro y varias correas que rodean el torso de la criatura. Viste de negro desde las botas hasta el cuello. Incluso lleva una capa corta oscura, empapada por la lluvia y pegada a su espalda.

No lleva ningún blasón.

Ningún estandarte.

Ningún color de reino.

Eso me preocupa más que si llevara uno. Porque un hombre que oculta su emblema sabe exactamente lo que está haciendo.

Y está armado.

Una espada curva cuelga de su cintura. Lleva un arco corto cruzado a la espalda y algo parecido a una lanza enganchado en uno de los laterales de la montura.

Nuestros ojos se encuentran.

-Oh.

Desengancha la lanza.

-Mierda.

El giverno desciende.

Corro.

Escucho sus alas detrás de mí, cada batida tan poderosa que siento el aire golpearme la espalda.
No tengo que ser más rápida que él.
Solo necesito saber cuándo atacará.

Uno.

Dos.

Escucho las garras.

Tres.

Me dejo caer.

La lanza pasa exactamente donde estaba mi cabeza. Giro sobre el barro, levanto la espada con ambas manos y golpeo el asta.

La madera se parte.

El jinete pierde el equilibrio.

-¡Ahora eres mío!

-¡Kara!-grita alguien detrás de mí.

Demasiado tarde.

Ya estoy corriendo.

El giverno aterriza torpemente unos metros más adelante y el jinete tira de unas correas para obligarlo a girarse.

Eso también lo veo.

No existe cariño entre ellos.

El hombre no guía al animal.

Lo domina.

Hay piezas metálicas alrededor de su cabeza. Una especie de bocado cruel que se hunde cerca de las comisuras de la mandíbula. Las riendas están conectadas a él.

El giverno abre la boca y ruge. Pero no me está mirando a mí. Está intentando sacudirse al hombre de encima.

-Dioses...-Estas criaturas no están luchando voluntariamente.

El jinete tira violentamente de las riendas. El giverno emite un sonido que jamás habría esperado escuchar de algo semejante.

Dolor.

Mi miedo cambia.

Se convierte en rabia.

-Hijo de puta.

El hombre salta de la montura.
Desenvaina la espada curva y viene hacia mí.

Metal contra metal.

Su primer golpe es rápido.

Lo bloqueo.

El segundo busca mi vientre.

Retrocedo.

El tercero intenta alcanzar mi cuello.
Me agacho y respondo con un corte hacia su costado.

Lo evita.

Es bueno.

Muy bueno.

No es un soldado cualquiera.

Su ropa negra está hecha para combatir. Cuero reforzado sobre el pecho, brazales, pequeñas placas metálicas cosidas en los hombros. Ninguna ornamentación. Nada que pueda decirme de dónde procede.

-¿Quién eres?-pregunto mientras nuestras espadas vuelven a encontrarse.

No responde.

-Qué conversador.

Me lanza otro golpe.

Bloqueo.

-¿De qué reino?

Nada.

-¿Quién os envía?

Intenta clavarme la espada.

Desvío su muñeca.

-Perfecto. Seguimos con el silencio.

Le doy un cabezazo.

Retrocede tambaleándose.

Aprovecho.

Golpeo su muñeca con la empuñadura y la espada curva cae al barro. Él intenta sacar una daga.
Le doy una patada en el pecho y cae de espaldas. Pongo inmediatamente mi espada contra su garganta.

-No te muevas.

Me mira y sonríe.

Eso no me gusta.

-¿Qué?

Entonces escucho el rugido detrás de mí.

Me giro.

El giverno está levantándose.

Pero no me ataca.

Sacude violentamente la cabeza.

Una vez.

Otra.

Las correas tintinean.

Está intentando librarse del bocado.

Miro al hombre.

Después al animal y comprendo.

-Vosotros los controláis.

Su sonrisa desaparece.

Interesante.

-¿Cómo?

Silencio. Presiono ligeramente la hoja contra su cuello.

-Podemos hacer esto por las buenas o bajo tortura.

Sus ojos cambian.

Ah.

Eso sí lo conoce.

Sonrío.

-Entonces quizá prefieras empezar a hablar conmigo-Un chillido atraviesa el campamento.

Levanto la mirada. Otros dos givernos vuelan sobre nosotros.
También tienen jinetes.
Uno lleva espada.
Otro un arco.

Humanos montando bestias que deberían pertenecer únicamente a las leyendas y entonces siento algo extraño. Fascinación. En mitad del miedo, la lluvia y la sangre, no puedo evitar mirar a aquellas criaturas.

Son magníficas.

Terribles, sí.

Pero magníficas.

Las alas parecen enormes velas oscuras cuando las extienden contra los relámpagos. Las escamas brillan bajo la lluvia. Sus cuerpos se mueven con una fuerza que ningún caballo de guerra podría igualar.

Y alguien ha conseguido someterlas.

Crear monturas para ellas.

Entrenarlas.

Utilizarlas como armas.

Esto no se improvisa. No es obra de unos cuantos alquimistas escondidos en una torre. Para alimentar estas criaturas hacen falta animales, terrenos, cuidadores.

Para fabricar estas monturas hacen falta herreros. Para enseñar a hombres a combatir desde sus lomos hacen falta años.

Miro otra vez al prisionero bajo mi espada.

-¿De donde venís?

Sus ojos me dicen suficiente.
Un trueno sacude el cielo.
Aprieto la espada.

Tim

He escuchado a Kara gritar que no matemos a los givernos.

Solo a los jinetes.

Una orden estupenda.

Realmente admirable.

El pequeño inconveniente es que los givernos escupen fuego. Una llamarada atraviesa el campamento a mi derecha y convierte la lluvia en vapor antes siquiera de tocar el suelo. El calor me golpea la cara con tanta fuerza que retrocedo instintivamente, levantando un brazo para protegerme los ojos.

-¡Sí, Kara!-grito mientras corro- ¡Intentaré explicárselo al próximo!

No sé si me escucha.

Los truenos, los rugidos, las campanas de alarma y los gritos de cientos de hombres convierten la noche en un estruendo continuo.
Otro relámpago ilumina el cielo.
Veo tres givernos.

Uno sobrevolando las tiendas. Otro encaramado a una de las torres de madera que construimos hace apenas unos días.

El tercero está en tierra.
Su jinete ya no está sobre él.
Aprieto la empuñadura de mi espada y corro.

El barro intenta tragarse mis botas con cada paso. Un hombre vestido completamente de negro aparece entre dos tiendas.
Humano.
Espada recta.
Armadura.
Sin blasón.
Me ve.
Yo lo veo.

Ninguno necesita presentación.
Carga. Su espada baja hacia mi hombro, la bloqueo y el impacto me recorre el brazo hasta el codo.

Es fuerte. Pero comete el error de intentar ganar mediante fuerza.
Yo nunca he necesitado ser el más fuerte.

Desvío su hoja, giro sobre un pie y dejo que su propio impulso lo haga avanzar demasiado. Mi espada encuentra el hueco bajo su brazo.

Un movimiento. Cae. Ni siquiera compruebo si está muerto.
Otro viene hacia mí.
Daga y espada corta.
Más rápido.

Retrocedo ante el primer golpe y esquivo el segundo. La daga pasa a centímetros de mi vientre.

-Casi-Me lanza una estocada.

La desvío. Ataca. Esta vez lo dejo acercarse. Demasiado. Agarro su muñeca armada con la mano libre, giro y utilizo mi hombro como punto de apoyo. Escucho un crujido.

La daga cae.

Mi espada entra bajo sus costillas.
Saco la hoja. El hombre se desploma en el barro.

No siento satisfacción.

No tengo tiempo.

A mi alrededor aparecen más. Eso también confirma algo que Kara ya debe de haber comprendido. Los jinetes no dependen completamente de sus monturas. Cuando aterrizan, desmontan y combaten.

Y saben hacerlo. Esto no es una estampida de criaturas salvajes.

Caballería aérea. Una idea tan fascinante como aterradora.
Escucho un rugido encima de mí.
Levanto la cabeza.
Error.

-Mierda.

El pecho de un giverno se ilumina.
Corro. El fuego cae detrás de mí, el mundo se vuelve naranja, el calor me alcanza la espalda y me arrojo al suelo. Ruedo por el barro mientras la llamarada atraviesa exactamente el lugar donde estaba un instante antes.

Me incorporo tosiendo.

-¡No matéis al animal!-escucho nuevamente a Kara en alguna parte.

-¡Estoy empezando a discrepar!

Un soldado cercano se ríe. No sé cómo. Yo estoy demasiado ocupado intentando conservar las cejas.
Corro entre las tiendas.
Necesito terreno abierto.

Aquí los givernos tienen ventaja cada vez que descienden y nosotros apenas podemos verlos hasta que están encima. Entonces aparecen cuatro hombres vestidos de negro.

Dos tienen espada.

Uno lleva una lanza.

El último, un hacha.

Perfecto.

Cuatro.

Cambio la espada de mano durante un segundo para limpiar el agua de mis ojos.

Ellos se separan.

Intentan rodearme.

Eso me gusta todavía menos, asique retrocedo hacia un carro volcado. La lanza llega primero, desvío la punta hacia un lado y el hombre del hacha aprovecha.

Me agacho. El filo pasa por encima de mi cabeza y se clava en la madera del carro.

Idiota.

Le doy una patada en la rodilla y cae. Mi espada encuentra su cuello antes de que pueda levantarse.

Uno.

El de la lanza vuelve. Agarro el asta después de esquivarla y tiro.
Él se resiste y utilizo precisamente esa resistencia para acercarme.

Mi frente golpea su nariz.

Sangre.

Suelto la lanza.

Espada.

Dos.

Los otros vienen juntos y tengo que retroceder.

Metal.

Barro.

Respiración.

Otro trueno.

Uno intenta mantenerme ocupado mientras el segundo busca mi flanco. Lo veo. Cambio de dirección en mitad del movimiento,.el primero esperaba que retrocediera.

Avanzo.

Chocamos.

Mi hombro contra su pecho.

Pierde el equilibrio.

Lo empujo contra su compañero.

Ambos tropiezan.

No les doy tiempo.

Tres.

El último consigue levantarse antes de que llegue hasta él. Nuestras espadas chocan.

Una.

Dos.

Tres veces.

Es bueno.

Me hace retroceder.

Su hoja roza mi mejilla. Siento inmediatamente el calor de la sangre mezclándose con la lluvia.

Para conseguir alcanzarme ha abierto demasiado el costado.

Entro por ahí.

Cuatro.

Su cuerpo cae.

Respiro.

Una vez.

Dos.

El corazón me golpea las costillas y entonces pienso en Conner. No debería. Durante una batalla pensar en alguien que amas es una forma excelente de cometer errores.

Pero no puedo evitarlo.

No sé dónde está.

No he visto ni una sola vez ese maldito cabello oscuro entre la lluvia, no he escuchado su voz y con todos los rugidos tampoco puedo distinguir nada.

Espero que esté con Jon...O con los soldados solarianos, protegiendo a los heridos. En cualquier parte.

Siempre que no esté entre las fauces de una de estas bestias....o entre sus garras.

Está bien.

Me lo repito. Conner es un general, un solariano, uno de los hombres más fuertes que conozco.

Está bien.

Tiene que estarlo.

Un rugido me obliga a levantar la cabeza. Otro giverno desciende.
Su jinete salta al suelo antes incluso de que la criatura termine de aterrizar.

Desenvaina una espada.

Lo miro.

Él me mira.

Suspiro y vuelvo a colocarme en guardia.. Aprieto los dedos alrededor de la empuñadura.

Primero sobrevivo a esta noche.
Después encuentro a Conner.

Elara

Cuando llega la mañana, no entiendo cómo sigo viva.

No lo pienso como una bendición.

Ni siquiera como suerte.

Simplemente miro a mi alrededor y no encuentro ninguna explicación lógica para que mi corazón continúe latiendo cuando hay tantos otros que han dejado de hacerlo.

El amanecer llega gris.

No dorado.

No hermoso.

El sol parece avergonzado de salir después de lo que ha ocurrido durante la noche. Apenas consigue atravesar las nubes, y su luz débil cae sobre un campamento que ya no reconozco.

Tengo el cabello completamente suelto. En algún momento perdí la cinta que sujetaba mi trenza. Ahora los mechones rubios están empapados, sucios de barro, humo y sangre, pegados a mis mejillas y a mi cuello.

Mis manos también están cubiertas de sangre.

No sé de quién.

Esa es probablemente la peor parte.
Durante la noche sabía sus nombres. Ahora solo conozco colores.

Rojo.

Negro.

Gris.

Camino.

No sé exactamente hacia dónde.
Quizá simplemente necesito comprobar que todavía puedo hacerlo. Mis botas pisan barro mezclado con cenizas. Hay flechas rotas, espadas abandonadas, pedazos de tela, una muñeca de madera que probablemente pertenecía al hijo de alguno de los evacuados.

Y cuerpos.

Demasiados.

Algunos están cubiertos.

Otros todavía no.

Paso junto al lugar donde ayer estaba una de nuestras tiendas de curación. Ya no existe. Solo quedan postes carbonizados y pedazos de lona negra adheridos a la tierra.

Me detengo.

No quiero mirar.

Pero miro.

Había doce hombres allí.

Doce.

Lo sé porque fui yo quien hizo el recuento antes de que cayera la noche. Uno tenía las piernas rota, otro había perdido tres dedos y las costillas eniy mal estado, había un muchacho con una herida profunda en el abdomen al que conseguí convencer de que probablemente volvería a montar a caballo.

Me preguntó si realmente lo creía.

Le dije que sí.

Mentí.

Pero sonrió.

Ahora no importa. Cuando llegó el fuego de los givernos, ninguno podía correr.

No tuvieron oportunidad.

Eso es lo que más me duele.

No tuvieron oportunidad.

Los soldados que estaban fuera pudieron levantar sus espadas.
Pudieron correr.
Pudieron esconderse.
Pudieron morir peleando.

Ellos no.

Estaban tumbados esperando sanar.

Esperando otra mañana.

Y la mañana llegó.

Solo que ellos no llegaron con ella.
Me agacho frente a los restos de la tienda. Entre la ceniza encuentro algo metálico.

Una pequeña medalla.

La limpio con el pulgar.

Reconozco inmediatamente el símbolo. Era del muchacho del caballo. Cierro los dedos alrededor de ella.

No lloro.

Todavía no.

Creo que mi cuerpo ha olvidado cómo hacerlo.

Continúo caminando. Alguien está colocando los cadáveres en filas.
Qué extraño.

Durante la vida nos esforzamos tanto por diferenciarnos.

Príncipes.

Duques.

Soldados.

Campesinos.

Alfas.

Betas.

Omegas.

Después llega la muerte y nos coloca a todos exactamente a la misma altura.

Sobre la tierra. Un soldado pasa cargando a otro hombre.

-Con cuidado-murmura.

El hombre está muerto. Pero aun así le pide al compañero que lo ayude a bajarlo con cuidado. Eso consigue romper algo dentro de mí.

Porque incluso cuando ya no puede sentirlo...Lo trata con ternura.

Me llevo una mano a la boca.

Respiro.

No funciona.

Las lágrimas llegan sin ruido.

Se mezclan con la lluvia que todavía permanece sobre mi rostro. Ayer uno de aquellos hombres me llamó ángel como siempre.

Me río al recordarlo.

Un sonido horrible.

Vacío.

Qué ángel tan inútil.

Los ángeles deberían salvar personas.

Yo pasé toda la noche eligiendo.
Este primero.
Aquel puede esperar.
Este todavía respira.
Aquel ya no.
Presiona aquí.
Cose aquello.
Dale agua.
No gastes medicina con ese.

No porque no la mereciera.

Porque otro tenía más posibilidades. Eso es la guerra.
Convertir vidas humanas en decisiones.

Convertir nombres en números.
Convertir personas en prioridades.
Encuentro otra tienda destruida.

Después otra.

En una de ellas todavía permanece una cama. Solo la estructura metálica. Todo lo demás se ha quemado.

Pienso en las personas que estaban allí.

En las madres que no saben todavía que sus hijos no volverán. En esposos que esperarán cartas que nunca llegarán. En niños que quizá durante años recuerden una voz que poco a poco dejarán de ser capaces de reproducir en su cabeza.

Eso también es morir.
Primero desaparece el cuerpo.
Después, lentamente, desaparecen pequeñas cosas. Cómo pronunciabas determinada palabra.
Cómo sonaba tu risa.
Qué expresión ponías cuando estabas enfadado.
El olor de tu ropa.

Hasta que alguien intenta recordarte veinte años después y solo consigue reconstruir fragmentos.
Me parece insoportablemente injusto.

Sigo caminando.

Entonces alguien me agarra suavemente del brazo. Me giro sobresaltada.

Es Kara.

Tiene sangre seca en un lado del rostro. Una venda improvisada alrededor del antebrazo. El cabello revuelto. Está agotada.

Pero está viva.

Mis ojos recorren su cuerpo automáticamente.

Buscando heridas.

Comprobando.

Una vez.

Otra.

Viva.

Kara abre la boca para decir algo.

No le permito hacerlo.

La abrazo.

Simplemente eso.

Me aferro a ella con tanta fuerza que probablemente le hago daño.
No me importa.

Durante un segundo se queda rígida.
Después sus brazos me rodean y entonces sí lloro. Lloro por los doce hombres de aquella tienda.

Por el muchacho que quería volver a montar.

Por quienes murieron con una espada entre las manos.

Por quienes murieron sin poder levantarlas.

Por los que todavía no sabemos que hemos perdido.

Y también lloro, aunque me avergüence admitirlo, porque Kara está respirando. Porque entre todos aquellos cuerpos...Una persona que temía encontrar entre ellos sigue caliente.

Sigue viva.

Quizá eso sea lo único que nos queda después de una noche así.
Encontrar un corazón que todavía late.

Abrazarlo.

Y agradecer, aunque solo sea durante un instante, que la muerte haya mirado hacia otro lado.

Damián

Cuando por fin amanece, Solarys parece un reino que ha sobrevivido a su propia ejecución.

No sé cuántos han muerto.

Nadie lo sabe todavía.

Los capitanes están haciendo recuentos, pero cada pocos minutos aparece otro cuerpo debajo de una lona, entre los restos de alguna tienda o bajo una estructura derrumbada. Hay hombres recorriendo el campamento llamando nombres y esperando respuestas que, demasiadas veces, no llegan.

La tormenta se ha alejado.

Qué considerada.

Después de pasar toda la noche cubriendo los gritos con truenos, después de dificultar la visión de nuestros arqueros y permitir que aquellas bestias aparecieran prácticamente sobre nosotros, ahora el cielo empieza a aclararse.

La noche ha sido...Ni siquiera sé cómo describirla.

Yo tengo un corte en el costado.
Otro en el brazo. La espalda me duele después de que uno de aquellos hombres me arrojara contra un carro.

Mi madre tiene una herida en el hombro que insiste en que "no es nada", lo cual, traducido del idioma particular de Talia, significa que probablemente necesitaría puntos y preferiría morir antes que reconocerlo.

Mi padre está vivo.

Tim está vivo.

Conner también.

Kara está viva.

Clark

Lois

Elara...

Bueno. Elara está actualmente intentando asesinar a uno de nuestros únicos dos prisioneros con un palo.

-¡ASESINOS!

PUM.

Una pala golpea la espalda del hombre. Me quedo mirando y Tim también. El prisionero cae hacia delante de rodillas.

-Elara-dice Kara.

-¡COBARDES!

Otro golpe.

-Elara.

-¡ATACAIS A GENTE QUE NO HA HECHO NADA!

PUM.

-Elara-intento intervenir.

Mala idea. Se gira hacia mí con la furia de un fénix. Doy un paso atrás.

-Continúe.

Tim me mira.

-Valiente.

-Tengo un reino que heredar.

Elara vuelve hacia el prisionero.
El hombre tiene las manos atadas detrás de la espalda. Está embarrado, y lleva todavía parte de aquella armadura negra sin insignias.

No ha dicho una palabra.
Ninguno de los dos lo ha hecho.
Dos. De todos los jinetes que llegaron anoche, únicamente hemos conseguido mantener con vida a dos.

Y teniendo en cuenta la expresión de Elara, podríamos quedarnos con uno dentro de aproximadamente treinta segundos.

-¡Había heridos que no podían caminar!-grita ella-¡Los quemasteis vivos!

Levanta otra vez el pala.
Esta vez Kara interviene.
La agarra por la cintura desde atrás.

-Ya está.

-¡Suéltame!

-No.

-¡Kara!

Elara intenta avanzar. No consigue moverse ni un centímetro, Kara, alfa, soldado y considerablemente más fuerte, simplemente la levanta del suelo.

Literalmente.

Los pies de Elara dejan de tocar la tierra.

-¡KARA!

-Solo tenemos dos-dice Kara mientras empieza a llevársela.

-¡BAJAME!

-Cuando dejes de intentar reducirlos a uno.

-¡LO VOY A MATAR!

-Precisamente.

Elara sigue moviendo las piernas en el aire mientras Kara se la lleva. Me quedo mirando la escena.

El prisionero también.

Entonces siento unos brazos rodeándome. Mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza comprenda qué ocurre.

Primavera.

Jon.

Me giro y apenas tengo tiempo de verle la cara antes de que vuelva a abrazarme.

Fuerte.

Demasiado.

Normalmente me quejaría.

Ahora no.

No lo he visto en toda la noche.

Ni una vez.

Hubo momentos en los que pensé...

No.

No quiero terminar ese pensamiento.

Hundo la cara contra su cuello.

Aspiro.

Primavera mojada.

Humo.

Sangre.

Jon.

Vivo.

-Estás bien-murmura. No sé si me lo pregunta o intenta convencerse.

-Sí.

Sus manos recorren rápidamente mi espalda, mis brazos, como comprobando por sí mismo que sigo entero.

-¿Y tú?

-También-Tiene sangre en la ropa.

Jon se queda a mi lado.

Su hombro contra el mío.

Y entonces Tim habla.

-El enemigo está entre nuestras filas-Lo miro.

-¿Pero qué dices?

Tim no sonríe. Eso consigue que toda mi atención pase inmediatamente a él.

-Lo sé. Parece una locura.

Conner está unos pasos detrás.

También está serio.

Tim continúa.

-Pero llevo ayer por la mañana estuve repasando los ataques.

-¿Qué ataques?

-Todos.

Miro hacia los prisioneros.
Después hacia él.

-Explícate.

Tim se agacha y extiende sobre una mesa improvisada uno de los mapas del campamento que parece estar apunto de pasar a mejor vida..

-Anoche atacaron primero aquí-Señala el extremo occidental.

-Era precisamente donde habíamos reducido la guardia para reforzar el sur-Mi estómago se contrae.

-Piede ser casualidad.

-Eso pensé-Su dedo se desplaza.

-Después incendiaron las tiendas médicas-Jon frunce el ceño.

-Podían verlas desde el aire.

-No todas. Nosotros nos encargemos de eso-Tim señala otro punto-Esta tienda estaba cubierta por árboles y no llevaba estandarte médico porque habíamos trasladado allí a los heridos esa misma tarde.

Silencio.

Miro el mapa.

-¿Cuándo se decidió el traslado?

-Durante la reunión de ayer.

Levanto lentamente los ojos.
Tim sostiene mi mirada.

-¿Quién estaba?-Pregunta Jon.

-Nosotros. Los capitanes. Médicos principales.

Demasiadas personas.
Tim vuelve a señalar el mapa.

-Y no es únicamente anoche. Hace cuatro días atacaron el paso oriental justo después de que retiráramos treinta hombres. Antes de eso aparecieron en el camino utilizado para evacuar civiles horas después de cambiar la ruta.

Las criaturas apareciendo siempre donde nuestras defensas estaban debilitadas. Los ataques contra almacenes concretos.

Los heridos.

Las rutas.

Los cambios de guardia.

Siempre habíamos pensado que nuestro enemigo era extraordinariamente inteligente.
Quizá la explicación sea mucho más sencilla.

-Alguien les está contando nuestros movimientos-digo.

Tim asiente.

Jon mira alrededor.

Soldados.

Sirvientes.

Sanadores.

Capitanes.

Personas de Solarys.

Personas de Noctaris.

Refugiados.

Aliados.

Cientos.

De repente el campamento parece distinto. Ya no veo únicamente supervivientes.

Veo posibilidades.

Tim baja la voz.

-Tenemos un infiltrado-Niego lentamente.

-No.

Me mira.

-¿No?

Observo toda la extensión del campamento. Pienso en cuánta información ha recibido el enemigo.

En la precisión.

En la velocidad.

-Para saber todo eso, una sola persona tendría que estar en demasiados lugares a la vez.

Los ojos de Tim cambian.

Ha llegado a la misma conclusión.

-Exactamente-Jon deja de mirar el mapa.

-Entonces...

-No tenemos un infiltrado-digo y miro las filas de soldados que pasan delante de nosotros-Tenemos varios.

Jon

Dos días después estamos en Noctaris.

No hemos utilizado la sala habitual del consejo. Demasiadas puertas, demasiados sirvientes entrando y saliendo, demasiadas personas que podrían preguntarse por qué los soberanos de dos reinos están reunidos a puerta cerrada. Bruce ha elegido una sala interior del castillo, excavada prácticamente en la piedra, sin ventanas y con una única entrada.

Qué ironía.

Hace unos meses habría pensado que era exagerado reunirse de esta manera. Ahora miro incluso a los guardias de la puerta y me pregunto quién conoce sus nombres.

Estamos mis padres, Mis padres, los padres de Damián, Bruce y Talia, damián está sentado a mi lado, Tim tiene varios pergaminos extendidos delante de él. Kara está unas posiciones más allá y Elara también ha venido porque, dentro de la unidad médica, es una de las pocas personas en las que estamos seguros de poder confiar. Junto a ella está el doctor Evander Hale, médico mayor de Solarys desde hace más de veinte años.

Evander me curó mi primera ceja abierta cuando era niño. Conner me había empujado desde lo alto de un muro. Bueno. Según Conner, yo me había caído solo.

Mentiroso.

También están los cinco capitanes solarianos por los que pondría la mano en el fuego.

Aeron Valis, comandante de la Guardia del Sol. Sirvió a mi familia antes incluso de que yo naciera.

Seraphine Darel, capitana de nuestros arqueros y responsable de buena parte de las defensas de las murallas.

Cassian Rhoe, comandante de exploradores. Si existe un camino atravesando un bosque de Solarys, Cassian probablemente lo ha recorrido.

Maelia Varen, capitana de caballería.

Y Theron Cael, comandante de la guardia interior.

Cinco.

De cientos de oficiales.

Cinco.

Me parece aterrador pensar así.

Antes podía caminar por un campamento y ver solarianos.
Ahora veo personas en las que confío y personas sobre las que todavía no estoy seguro. Eso es lo que ha conseguido nuestro enemigo sin necesidad de lanzar una sola criatura más contra nosotros.

Desconfianza.

Tim empieza a hablar.

Yo intento escucharlo.

De verdad. Pero termino mirando un punto fijo sobre la mesa. Una veta clara en la madera. La sigo con los ojos mientras su voz continúa a mi alrededor.

Habla del primer ataque.

Después del segundo.

Fechas.

Horas.

Movimientos de soldados.
Cambios en las guardias. Información que el enemigo no debería haber tenido.

Belmonte.

Recuerdo ese nombre.
Recuerdo llegar después.
Recuerdo las casas.
No quiero recordar los cuerpos.

Tim coloca algo sobre el mapa.
Escucho a mi padre preguntarle cuántas personas conocían determinado movimiento de tropas.
Veintisiete, veintisiete posibles grietas.

Después habla del convoy. Ese sí consigue que levante ligeramente la mirada. Yo cambié aquella ruta.
Fui yo La mañana del ataque tuve una sensación extraña. El camino real era demasiado evidente, así que ordené que los civiles utilizaran una ruta secundaria.

Pensaba que estaba protegiéndolos.
Tres horas después los atacaron allí.
Durante semanas pensé que había sido culpa mía. Si hubiera mantenido la ruta original...Si no hubiera cambiado nada...Seis niños.

Todavía recuerdo ese número.

No quiero hacerlo.

Vuelvo a mirar la veta.

Tim sigue hablando.

Ahora menciona los almacenes.

Después los puestos fronterizos.

Después las tiendas médicas.

Elara deja de moverse.

No necesito mirarla para saber qué está pensando.

Doce.

Ella tenía doce heridos en aquella tienda.

Y los givernos fueron directamente hacia ellos.

No hacia una tienda que llevaba días funcionando como enfermería.

Hacia una que habíamos improvisado aquella misma tarde.

Siento la mano de Damián cerca de la mía.

No me toca.

Solo está ahí.

A centímetros.

Curiosamente eso basta.

Respiro.

Tim continúa.

Y cuanto más habla, peor se vuelve.

Porque deja de parecer casualidad.

Un ataque puede ser mala suerte.

Dos también.

Tres empiezan a ser sospechosos.

Pero esto...

Esto es un patrón.

Nos han atacado cuando faltaban soldados.

Han encontrado caminos que acabábamos de elegir, sabido dónde guardábamos suministros, encontrado heridos que habíamos trasladado horas antes.

Han golpeado posiciones concretas justo después de que nosotros mismos decidiéramos debilitarlas para reforzar otras.

Nos están escuchando.
No. Eso sería más fácil.
Alguien está hablando.
Miro alrededor de la mesa.

Mi madre escucha a Tim con esa expresión impenetrable que utiliza durante los consejos, mi padre tiene los brazos cruzados, Bruce prácticamente no parpadea, Talia mira el mapa como si quisiera atravesarlo con los ojos.

Elara tiene las manos entrelazadas.
Evander parece diez años mayor que hace una semana.
Después miro a Damián.
Él también me mira.

Verde.

Esperanza.

Vida.

Aparto los ojos.

Confío en todos los que están aquí.
Ese es precisamente el motivo por el que están aquí. Pero ellos confían en otras personas y esas personas confían en otras.

Un capitán da una orden a un teniente.
El teniente se la entrega a un sargento.
Un escriba hace una copia.
Un mensajero la lleva.
Un mozo escucha una conversación mientras prepara los caballos.
Una sanadora oye dónde van a trasladar a los heridos.
Un cocinero escucha a dos soldados hablar mientras reparte el guiso.

Así funciona un reino.

Miles de pequeñas piezas compartiendo información para conseguir que algo enorme siga vivo y basta con que unas pocas estén podridas. Tim dice que cree que hay varios infiltrados. No me sorprende. Uno solo sería incapaz de saber tanto. Eso significa que quizá haya una red, una palabra que alguien escucha aquí termina en manos de otra persona allí.

Después cruza nuestras fronteras.
Y finalmente...Un giverno aparece exactamente donde más daño puede hacernos.

Siento náuseas.

Durante todo este tiempo hemos estado mirando hacia fuera. Preguntándonos qué reino tiene suficiente poder para crear monstruos y resulta que también deberíamos haber estado mirando dentro.

Tim extiende varios pergaminos.
Entonces explica su idea.
Información falsa.
Diferente para cada grupo.
Una ruta.
Un movimiento de tropas.
Un supuesto traslado.
Nada real.
Nada que ponga vidas en peligro.

Solo pequeñas mentiras cuidadosamente construidas y esperar. Si el enemigo muerde una...Sabremos de qué mano salió.
Después repetiremos el proceso dentro de ese grupo.

Y otra vez.

Y otra.

Hasta reducirlo a una persona.

Escucho a Damián hacer una pregunta sobre cómo evitar que dos cadenas de información se mezclen y Tim responde inmediatamente. Bruce propone limitar los mensajes escritos, Mi madre señala que deberíamos mantener los movimientos reales fuera incluso de determinadas reuniones militares.

Yo apenas participo.
Sigo mirando aquella veta.
Porque hay un pensamiento del que no consigo librarme.

Comiendo nuestro pan.
Llevando nuestro emblema.
Preguntándole a uno de mis hombres dónde trasladaremos mañana a los heridos.
Sonriendo cuando recibe la respuesta. Prefiero mil veces saber que algo quiere matarme.

Lo verdaderamente aterrador es descubrir que alguien lleva meses llamándome alteza mientras decide dónde enterrarnos.

Tim

Torturamos a los dos prisioneros lejos del resto. No hay soldados haciendo guardia dentro. No hay escribas tomando notas, no hay médicos esperando al otro lado de la puerta. Solo estamos mi madre, Damián y yo.

Y ni siquiera eso ha servido.
No dicen nada.
Ni sus nombres.

Los hemos separado desde que llegaron a Noctaris. Ninguno sabe si el otro sigue vivo, si ha hablado, si ha confesado. Damián incluso dejó caer ante uno que su compañero nos había contado quién los había enviado.

Nada.
Ni un parpadeo que valga la pena.

Miro a mi madre que permanece al otro lado de la estancia, con los brazos cruzados. Lleva tanto tiempo en silencio que cualquiera podría pensar que está tranquila.

Yo sé que no.

Después miro a Damián.

Está limpiándose las manos lentamente con un paño, observando al hombre que tenemos delante como si fuera un problema matemático particularmente irritante.

Nos estamos encargando nosotros precisamente porque no sabemos quién puede escuchar. Ese es el verdadero problema. Antes habría tenido media docena de interrogadores aquí. Guardias en la puerta. Un escriba registrando cada respuesta, un médico asegurándose de que el prisionero se mantuviera consciente.

Ahora cada persona adicional es una posibilidad. Si uno de nuestros infiltrados está dentro de Noctaris, no podemos permitir que sepa qué hemos descubierto.

Ni siquiera puede saber qué estamos preguntando. Nuestro enemigo ya conoce demasiado.
No pienso regalarle nada más.
El hombre levanta la cabeza.
Tiene sangre en la boca.
Nos mira.
No hay súplica.

Eso me preocupa más que el desafío. He interrogado a fanáticos.
He interrogado a soldados que preferían morir antes que traicionar a su rey. He visto hombres mantenerse firmes durante horas y terminar rompiéndose cuando mencionabas a una esposa, una madre, un hijo.

Todos tienen algo.

Un miedo.

Un orgullo.

Una persona.

Una esperanza.

Estos dos parecen haber llegado aquí sin nada. Ni siquiera reaccionan cuando preguntamos por los givernos, ni por Ytzelan, ni cuando mencionamos otros reinos.

Kory.

Drahmor.

Thacnuok.

Velonthar.

Velkari.

Nada.

Eso también es información.
No sé todavía cuál, pero lo es.
Mi madre cambia ligeramente de posición.

-¿Quién os enseñó a montarlos?

El hombre sonríe.

Muy poco.

Pero lo veo.

Damián también.

Nos miramos.

Ahí.

Por fin.

Algo.

No sé qué significa.

Orgullo, quizá.

Miro otra vez al prisionero.

-No aprendisteis vosotros.

La sonrisa desaparece.

Interesante.

Me acerco.

-Los givernos ya estaban domesticados cuando llegasteis.

Nada.

-¿En serio quieres morir lentamente antes que rapido?-Los ojos del hombre se desplazan hacia él.

Mi madre sonríe y cuando mi madre sonríe de esa manera, normalmente alguien acaba lamentando profundamente una decisión tomada varios años atrás.

Yo, en cambio, vuelvo a pensar en nuestros infiltrados. Porque este hombre puede guardar silencio todo el tiempo que quiera.

Tenemos otra forma de hacer hablar al enemigo.
No mediante su boca.
Mediante sus movimientos.
Información falsa.
Cinco cadenas distintas.
Cinco mentiras.

Solo necesitamos esperar a que una llegue hasta quien dirige esto. Entonces sabremos dónde empezar a cortar.

Miro a Damián.

Él asiente apenas.

Estamos pensando exactamente lo mismo. Mi hermano y yo somos distintos. Él aprendió a matar antes de aprender muchas otras cosas. Yo aprendí a mover ejércitos sobre mapas y hacer que el enemigo creyera que estaba perdiendo cuando, en realidad, acababa de entrar exactamente donde yo quería.

Damián es una daga.

Yo prefiero ser la mano que convence al enemigo de colocar el cuello sobre ella.

El prisionero vuelve a mirarme.
No sabe su nombre.
No sabe que hemos descubierto a nuestros infiltrados.
No sabe que ahora mismo hay personas recibiendo información falsa cuidadosamente preparada.
No sabe qué esperamos.

Perfecto.

Por primera vez en semanas, nosotros sabemos algo que ellos no y pienso proteger esa ventaja aunque eso signifique que, durante un tiempo, en Noctaris solo confíe plenamente en las personas que caben dentro de esta habitación.

Conner

Cuando Tim llega a la habitación lleno de sangre, me sorprendo.

No es suya, eso lo sé de inmediato. La conozco demasiado bien, su olor, su textura, su manera de adherirse a la piel. Esta sangre es ajena, demasiada, un lenguaje de violencia que habla de lo que ha hecho en las mazmorras. Pero no siento pena por ese hombre que permanece ahí abajo, en la oscuridad. No siento nada por él, ni siquiera cuando Tim me mira con esos ojos que han visto demasiado y pregunta:

-¿Me ayudas?-Asiento.

Hace un momento, unas sirvientas han venido a llenar la bañera de agua caliente. El vapor ya se eleva, llenando la estancia de un calor húmedo que contrasta con el frío que Tim trae consigo, pegado a la ropa, a la piel, al alma.

Entramos al baño.

Tim está quieto, demasiado quieto, con la mirada perdida en algún punto del suelo de mármol. Me acerco a él despacio, como quien se acerca a un animal asustado. Levanto las manos hacia su túnica y él no se aparta.

-Te ayudo-digo, y mi voz sale más ronca de lo que pretendo.

Empiezo a desvestirlo. Primero la túnica exterior, empapada, pesada, que cae al suelo con un sonido húmedo. Debajo, la ropa interior está manchada también, salpicada de rojo oscuro que se va volviendo marrón. Le quito la camisa, levantándola por encima de su cabeza, y él levanta los brazos automáticamente, obediente, vulnerable.

Su piel está fría. Demasiado fría. Y marcada-cicatrices que conozco, otras nuevas que no reconozco, la evidencia de sus batallas aún visible en su cuerpo aunque intente ocultarla.

No digo nada.
No pregunto.
Ahora no.

Termino de desvestirlo. Tim está desnudo frente a mí, temblando levemente, con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto instintivo de protección. Me desvisto yo también, rápido, eficiente, con la urgencia de quien necesita sentir piel contra piel, calor contra frío, vida contra muerte.

Entramos juntos en la bañera.

El agua está caliente, casi demasiado, pero Tim suspira cuando se sumerge hasta los hombros. Se deja caer contra el borde, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. Por un momento, solo un momento, parece un cadáver, pálido, inmóvil, y el miedo me atraviesa como un cuchillo.

Pero luego respira y yo respiro con él.

Tomo la esponja. Está suave, empapada en agua que ya se tinge de rosa claro, empiezo por sus hombros, pasando la esponja con movimientos lentos, circulares, disolviendo la sangre seca, revelando la piel debajo, el agua se oscurece a nuestro alrededor, un halo de violencia que se disuelve, que se aleja.

Tim abre los ojos cuando llego a su cuello. Me mira, y hay algo en su mirada-gratitud, cansancio, algo más profundo que no tiene nombre-que me hace detenerme.

-Gracias-susurra.

No respondo. Solo sigo lavándolo.
Brazos, pecho, espalda, cuando le pido que se gire y obedece, confiado, exponiéndome las cicatrices que el cautiverio dejó ahí. Paso la esponja con ternura, con rabia contenida, con la necesidad de borrar cada marca aunque sea imposible.

Cuando llego a sus manos, las sostengo entre las mías. Están frías, aunque el agua está caliente. Las masajeó suavemente, pasando el pulgar por las palmas, por los nudillos, por las uñas que aún tienen restos de sangre bajo ellas.

Tim cierra los ojos de nuevo. Una lágrima cae, se mezcla con el agua, y nadie sabe que estuvo ahí excepto yo.

Termino con sus piernas, con cuidado, con reverencia. El agua ahora es un rosa sucio, una mezcla de su sangre y la de otros, de su dolor y su violencia.

No hablamos, no necesitamos hablar. El sonido del agua, el vapor, nuestros alientos entrelazándose en el aire húmedo, es suficiente.

Cuando termino, cuando está limpio, cuando el agua se ha enfriado y la sangre ha desaparecido, Tim se recuesta contra mí. Su espalda contra mi pecho, mi brazo alrededor de su cintura, mi barbilla en su hombro.

-Dime que no eres tú-me pregunta Tim mientras sus dedos se enlazan con los míos debajo del agua turbia.

Miro su cuello, la línea de su mandíbula, la sombra de su nuez que se mueve al tragar.

-¿Qué?-mi voz sale ronca, extranjera.

-Que no eres tú-repite, y sus dedos se aferran a los míos con una fuerza que duele, que suplica.

La pregunta me sorprende. Al principio, no entiendo. Estaba llorando, sí, lo vi. Pensaba que era por la tortura, porque desollar a un hombre vivo-aunque sea un enemigo, aunque sea un monstruo-deja marca en el alma. Pensaba que Tim lloraba porque su mente se rebelaba contra lo que sus manos habían hecho, porque incluso los guerreros más fríos tienen límites.

Pero con esta pregunta, con este miedo que tiembla en su voz, me queda claro.

No es eso.

Lo que le afectaría más, lo que le destrozaría, no sería haber torturado. Sería que yo fuera capaz de traicionarlo. Sería descubrir que duerme junto a un traidor, que confía su cuerpo, que se entrega.

Levanto la vista. Finalmente. Encuentro sus ojos-azules, brillantes por las lágrimas que no se atreve a derramar delante de mí hasta que responda-y veo el miedo ahí. El miedo a que lo haya traicionado desde el principio. El miedo a que todo esto sea mentira.

-No lo soy-digo, y mi voz es firme, es verdad, es juramento-Tim. Jamás.

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