Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

13

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Jon

Podría decir que las cosas mejoran día a día.

Que después de aquella noche conseguimos recuperar Solarys poco a poco, levantar de nuevo las murallas, reconstruir las casas y devolver a nuestra gente cierta sensación de normalidad.

Pero sería mentira.

Cada vez que conseguimos levantar algo, vuelven.

A veces pasan dos días. Otras veces apenas unas horas. Nunca atacan de la misma forma y nunca desde el mismo lugar. Una noche aparecen criaturas aladas sobre las murallas orientales. Otra, monstruos que salen del bosque y destrozan los campos antes de que nuestros soldados consigan abatirlos. Después tenemos tres días de tranquilidad y empezamos a convencernos de que quizá se han retirado, hasta que suenan otra vez los cuernos de alarma.

Es prácticamente imposible reconstruir un reino cuando alguien no para de destruirlo. Así que finalmente hacemos algo que mi padre llevaba días negándose a ordenar.

Evacuamos.

Primero a los heridos graves. Después a los niños, ancianos y omegas gestantes. Luego a cualquiera que no pueda combatir o colaborar en las defensas. Los caminos hacia Noctaris se convierten en largas columnas de carromatos protegidos por soldados de ambos reinos.

Noctaris también ha recibido algún ataque inesperado, pero aquí la situación sigue siendo controlable. Sus murallas continúan intactas, sus defensas no llevan semanas desgastándose y, sobre todo, el enemigo parece concentrado en nosotros.

En Solarys.

En acabar con mi hogar.

Por suerte, Kory tampoco nos ha abandonado. El reino recibe evacuados, manda alimentos, médicos, telas para vendas, caballos y todo lo que puede permitirse enviar sin dejar desprotegida a su propia gente.

Debería hacerme sentir esperanzado. En cambio, siento que estoy viendo cómo Solarys se vacía poco a poco.

Y eso me está destrozando.

Esta tarde estoy tumbado en la habitación de Damián. Las contraventanas están abiertas y entra una corriente fresca que mueve ligeramente las cortinas. Mi cuerpo agradece estar sobre un colchón después de tantos días durmiendo donde podíamos, pero mi cabeza sigue a cientos de kilómetros de aquí.

Estoy mirando el techo. Llevo tanto tiempo haciéndolo que podría dibujar cada grieta de memoria.
Pienso en los soldados que se han quedado, en las aldeas que todavía no hemos evacuado.

En mis padres.

En los campos.

En las casas.

En cuántas cosas estarán ardiendo mientras yo estoy aquí tumbado.

El olor de Damián llega hasta mí antes de que escuche sus pasos. Ese invierno suyo, limpio y frío, que normalmente consigue calmar al alfa dentro de mí.

Hoy no funciona.

-Deberías estar descansando-dice.

-Estoy descansando.

Silencio. Sé perfectamente la cara que está poniendo sin necesidad de mirarlo.

-Estar tumbado mirando el techo y comiéndote la cabeza no es descansar-Aprieto los dientes.

-Mi cuerpo está descansando.

-Jon.

-¿Qué?

Finalmente giro la cabeza. Damián está cerca de la cama, todavía vestido con ropa cómoda, sin armas y sin el olor a muerte encima. Parece agotado. Tiene ojeras. Lleva días durmiendo prácticamente lo mismo que yo y, aun así, ahí está intentando preocuparse por mí.

Eso debería hacerme reaccionar de otra manera.

No lo hace.

-¿Y cómo quieres que descanse sabiendo que hay gente en mi reino jugándose la vida?-Su expresión no cambia.

-Lo sé.

-No, no lo sabes.

-Sí lo sé-responde con calma-Porque también mi gente está allí ayudando a los tuyos.

Algo dentro de mí explota.
Me incorporo de golpe.

-¡Pero tu reino no está sufriendo como el mío!

Mi voz rebota contra las paredes.
En cuanto las palabras salen de mi boca sé que he cruzado una línea.
Pero estoy demasiado enfadado para detenerme.
Demasiado cansado.
Demasiado asustado.

El aroma primaveral que normalmente me rodea se vuelve pesado, eléctrico. Una tormenta de primavera formándose dentro de aquella habitación. Tierra mojada, lluvia próxima, flores aplastadas por el viento.

Damián permanece completamente quieto.

Su olor también cambia.

El invierno se vuelve más profundo.

Frío.

Nieve antes de una tormenta.

Pero su voz sigue serena.

-No. No está sufriendo como el tuyo-Me pongo en pie.

-Entonces no me digas que lo entiendes.

-No he dicho que esté viviendo exactamente lo mismo.

-¡Acabas de hacerlo!

-He dicho que sé lo que significa tener gente allí.

-¡No es lo mismo!

-Jon...

-¡Noctaris sigue en pie!-Mi voz vuelve a subir-¡Tu gente puede dormir sin preguntarse si esta noche una de esas cosas va a atravesar su techo! ¡Puedes recorrer las calles donde creciste! ¡Puedes mirar las murallas y siguen ahí!

Damián respira profundamente.

Lo veo hacerlo.

Una vez.

Después otra.

Está intentando mantener la calma.

Yo ni siquiera lo intento.

-Yo no sé qué quedará de Solarys cuando vuelva-La última frase me sale distinta.

Ya no es un grito.

Se rompe a mitad.

Y eso me enfurece todavía más.

Aparto la mirada.

-No sé qué voy a encontrar-Damián guarda silencio-Otro pueblo atacado. Otra muralla dañada. Más muertos, más heridos, más personas que tenemos que sacar de sus casas-Me paso ambas manos por el pelo-Y estoy aquí.

-Porque casi no puedes mantenerte en pie del cansancio.

-Me da igual.

-A mí no, ni a tus padres.

-¡Pues debería!

El silencio que sigue es horrible.

Damián me mira.

No levanta la voz.

Eso casi consigue enfadarme más.

-No-diceNo debería darme igual que mi esposo se destruya intentando salvar un reino él solo.

-Es mi obligación.

-Tu obligación es gobernarlo. No morir con él.

-¿Y qué clase de rey abandona a su gente?-Ahí sí veo algo cambiar en sus ojos.

-No los has abandonado.

-Estoy aquí.

-Porque tu padre te ordenó retirarte durante unos días.

-Podría haberme negado.

-Por supuesto. Y podrías haberte desplomado en mitad del siguiente ataque. Seguro que eso habría sido tremendamente útil.

-No necesito tu sarcasmo.

-Y yo no necesito que me grites porque tienes miedo.

Me quedo inmóvil.

Ahí está.

La palabra que no quería escuchar.

Miedo.

El alfa dentro de mí se revuelve inmediatamente. Mi olor llena todavía más la habitación.

-No tengo miedo-Damián me sostiene la mirada.

-No me mientas.

-No estoy...

-Estás aterrorizado. Estás viendo cómo atacan el lugar donde naciste y no sabes cómo detenerlo. Tus soldados mueren. Tus padres siguen poniéndose delante de esas criaturas. Tu hermano apenas sobrevivió. Y cada vez que consigues respirar llega otro mensajero diciendo que algo ha vuelto a ocurrir.

Se acerca un paso.

Yo retrocedo.

No quiero que me toque.

-No no intentes mirar dentro de mi cabeza.

-No lo estoy haciendo.

-Pues lo parece.

-Estoy intentando hablar con mi esposo.

-Pues tu esposo está perfectamente-La mirada que me dedica podría atravesar acero.

-Mi esposo lleva varios minutos gritándome-Aprieto los puños.

-Porque no entiendes...

-¡Claro que no entiendo exactamente lo que estás sintiendo!

Por fin levanta la voz.

No mucho.

Solo lo suficiente para detenerme.
Su invierno golpea contra mi primavera y durante un instante la habitación parece demasiado pequeña para los dos.

Pero Damián recupera el control inmediatamente.

-No puedo entender exactamente lo que significa ver Solarys así porque no nací allí. No voy a fingirlo para complacerte-Su voz vuelve a bajar.
-Pero no vuelvas a decirme que no sé lo que significa tener miedo por mi gente. Hay noctarianos muriendo junto a los tuyos. Soldados a los que conozco desde que era niño. Hombres y mujeres que juraron lealtad a mi familia y que ahora están defendiendo las murallas de Solarys porque nuestros reinos son aliados. Porque vuestra guerra también nos importa.

Bajo lentamente la mirada. Ahora sí me pesa todo lo que he dicho.
Damián sigue enfadado.
Lo huelo.

Pero debajo de ella hay algo mucho más fuerte.

Dolor.

-No estoy intentando competir contigo para decidir quién está sufriendo más, Jon-Sus palabras me golpean directamente en el pecho-Estoy intentando que descanses para que mañana puedas seguir siendo el hombre que tu gente necesita.

No respondo.

No puedo.

Porque toda esa rabia que llevaba días acumulando empieza a quedarse sin paredes contra las que dar golpes.

-No quiero perderlo-digo finalmente-Es mi hogar-Las lágrimas empiezan a picarme detrás de los ojos-Sé que un reino es su gente. Sé todas esas cosas bonitas que dicen los consejeros. Pero... son mis jardines, Damián. Son las habitaciones donde crecí. Los campos donde Conner y yo jugábamos. Los pasillos donde mi madre nos perseguía cuando hacíamos alguna estupidez. Es...-La voz vuelve a romperse-Es mi hogar.

Damián se queda mirándome unos segundos. Y esta vez, cuando se acerca, no retrocedo.

Sus brazos me rodean. Mi cuerpo aguanta exactamente un segundo.
Después me derrumbo contra él.
Lo abrazo con demasiada fuerza, escondiendo el rostro contra su cuello mientras aspiro desesperadamente su olor.

-Lo sé-murmura contra mi cabello.

Cierro los ojos.

-Tengo muchísimo miedo.

-Lo sé.

Kara

Me hace gracia que mi primo piense que los dioses en los que cree van a venir a ayudarnos.

No me río delante de él, por supuesto. No soy tan cruel. Pero cada vez que lo escucho hablar de que los dioses nos observan, de que quizá la Diosa Luna tenga un propósito para todo esto o de que las antiguas divinidades no permitirán que los reinos caigan, tengo que contenerme.

Porque no.

No van a ayudarnos.

Los dioses no son nuestros aliados.

Nunca lo han sido.

Mi espada entra por debajo del peto del muñeco de entrenamiento y doy un tirón brusco para sacarla. La paja cae sobre la arena. Llevo toda la mañana entrenando, aunque mis brazos empezaron a doler hace bastante tiempo. Es preferible esto a quedarme sentada escuchando los informes que llegan desde Solarys.

Otro ataque.
Otra aldea evacuada.
Otros veinte soldados muertos.
Otro grupo de criaturas que apareció de la nada y desapareció de la misma manera.

Y después alguien siempre acaba diciendo lo mismo.

Que los dioses nos protejan.
Aprieto los dientes.
Los dioses no protegen.
Los dioses observan.

Los dioses tienen siglos, quizá milenios, para aburrirse de su propia existencia. ¿Qué somos nosotros para ellos? Vivimos unas pocas décadas. Nos enamoramos, tenemos hijos, construimos palacios, iniciamos guerras, lloramos a nuestros muertos y finalmente desaparecemos.

Para ellos debemos de ser historias.

Entretenimiento.

Pequeñas piezas que pueden colocar sobre un tablero y observar cómo reaccionan cuando empiezan a prenderle fuego.

A veces pienso que incluso nuestros vínculos son una prueba de ello.

Alfas.

Betas.

Omegas.

Destinados.

Aromas que nuestro cuerpo reconoce antes que nuestra cabeza.

¿Quién decidió todo eso?

¿La Diosa Luna?

Qué considerada.

Decidir quién debería amar a quién y después dejarnos aquí abajo para arreglárnoslas cuando sus maravillosos planes salen mal.

He conocido destinados que se adoraban. También he conocido destinados que se hacían miserables. He visto omegas rezar durante noches enteras para que sus alfas regresaran de la guerra y recibir un cadáver a la mañana siguiente.

¿Dónde estaba la Diosa Luna entonces? ¿O es que aquello también formaba parte de algún gran plan que nosotros, pobres mortales estúpidos, somos demasiado pequeños para comprender?

No.

Me niego.

Prefiero pensar que somos nosotros.

Nosotros construimos.
Nosotros destruimos.
Nosotros salvamos.
Y nosotros matamos.

Al menos así existe cierta justicia en el mundo. Una voz me hace levantar la cabeza.

-¿Vas a romper todos los muñecos?-Miro hacia la entrada del patio.

Mi primo está allí.

Tiene una venda alrededor del antebrazo y esa expresión cansada que últimamente parece haberse instalado permanentemente en todos nosotros.

-Ese era el plan-Mira el muñeco destrozado.

-Creo que ya está muerto.

-Nunca se sabe-Se acerca mientras yo recojo otra espada de entrenamiento.

-Esta mañana he rezado por Conner.

Ahí está.

No digo nada.

-Y por Solarys-continúa-También por los que siguen allí.

-Muy bien-Me mira de reojo.

-Sigues pensando que es una estupidez-Apoyo la punta de la espada contra la arena.

-Pienso que, si los dioses quisieran salvar Solarys, ya lo habrían hecho.

Su expresión cambia.

-Quizá no puedan intervenir directamente-Se me escapa una risa seca.

-Qué conveniente.

-Kara.

-¿Qué?-Me giro hacia él.

-Cuando las cosechas son buenas, agradecemos a los dioses. Cuando nace un niño sano, agradecemos a los dioses. Cuando dos destinados se encuentran, agradecemos a los dioses. Pero cuando aparecen monstruos que arrancan a la gente de sus casas y despedazan soldados, entonces resulta que los dioses no pueden intervenir.

Él permanece callado.
Yo niego con la cabeza.

-No funciona así.

-Entonces ¿qué crees tú?

Miro hacia el cielo. Azul.
Perfectamente azul. Como si allá arriba no hubiera absolutamente nada preocupado por nosotros.

-Creo que, si existen, son precisamente quienes provocan muchas de las cosas que nos ocurren-Mi primo frunce el ceño.

-¿Por qué iban a hacerlo?

-Diversión-La palabra sale con una facilidad aterradora.

-Imagínalo. Eres inmortal. Has visto aparecer y desaparecer generaciones enteras. Has visto nacer reinos, caer imperios, cambiar fronteras. ¿Qué haces cuando ya nada consigue sorprenderte?-Levanto la espada otra vez-Mueves las piezas.

Mi primo guarda silencio.
Golpeo el siguiente muñeco.
Una vez.
Otra.

-Así que no pienso esperar que ningún dios venga a salvarnos.
-Otro golpe-Si queremos averiguar quién está creando esas criaturas, tendremos que hacerlo nosotros.
-La espada atraviesa la paja-Si queremos proteger Solarys, tendremos que hacerlo nosotros.
-Saco la hoja de un tirón-Y si descubrimos que realmente hay un dios detrás de todo esto...Entonces espero que también puedan sangrar.

Damián

No sé exactamente en qué momento Jon y yo empezamos a distanciarnos. No hubo otra discusión, no hubo gritos, ni una puerta cerrándose con fuerza, ni una frase especialmente cruel que pudiera señalar y decir: aquí empezó todo.

Simplemente ocurrió.

Los días siguientes a nuestra discusión en Noctaris se llenaron de obligaciones. Informes de Solarys que llegaban prácticamente a cualquier hora. Reuniones con mi padre, mensajeros de Kory, soldados que necesitaban nuevas órdenes. Familias evacuadas a las que había que encontrar alojamiento antes de que llegara la noche. Heridos que seguían entrando por las puertas de la ciudad mientras otros, ya recuperados, exigían regresar al frente.

Era fácil utilizar todo aquello como excusa. Demasiado fácil. Jon empezó a levantarse antes que yo.
Cuando abría los ojos, su lado de la cama ya estaba frío y solo quedaba un poco de su aroma impregnado en las mantas. Primavera apagada. Hierba mojada. Flores después de demasiados días sin sol.

Yo tampoco lo buscaba inmediatamente; Me tomaba mi tiempo para levantarme, me bañaba, me vestía, desayunaba cualquier cosa, escuchaba al informante y empezaba mi jornada.

Nos encontrábamos durante las reuniones.

Eso era lo extraño.

Podía tenerlo sentado a tres lugares de distancia durante horas y sentir que estaba mucho más lejos que cuando se encontraba a cientos de kilómetros combatiendo en Solarys.

-El destacamento occidental necesita otros cuarenta hombres-decía él.

-Los mandaremos.

Conversaciones así.

Frías.

Prácticas.

Como dos príncipes aliados.
No como esposos. A veces nuestras miradas se cruzaban por encima de los mapas.

Solo un instante.

Él apartaba los ojos.

O lo hacía yo.

Y seguíamos hablando. Eso era lo que más me molestaba. Que funcionábamos perfectamente así.
Podíamos organizar ejércitos sin tocarnos.

Podíamos decidir rutas de evacuación sin preguntarnos cómo habíamos dormido. Podíamos sentarnos a la misma mesa durante la cena y hablar con otras diez personas sin dirigirnos una sola palabra que no tuviera relación con la guerra.

Por las noches era peor. Seguíamos compartiendo cama. Pero ya no nos buscábamos dormidos.

La primera noche pensé que era casualidad.

La segunda también.

La tercera dejé de mentirme.

Jon dormía de espaldas a mí.

Yo hacía exactamente lo mismo.
Entre nuestros cuerpos quedaba una pequeña franja vacía de colchón que parecía ridícula.

Podría haber extendido una mano.

Eso era todo.

Un movimiento.

Podría haberle tocado la espalda.
Podría haber acercado la nariz a su nuca y respirar aquella primavera que tantas veces había conseguido tranquilizarme.

Podría haberlo abrazado.

Pero no lo hacía.

Porque una parte orgullosa y estúpida de mí esperaba que fuera él quien cruzara primero aquella distancia y sospechaba que él estaba haciendo exactamente lo mismo.

Es absurdo lo mucho que puede doler tener a alguien a medio brazo de distancia y echarlo de menos.
Lo observo alguna vez cuando creo que no se da cuenta.

Sé que sigue sintiéndose culpable.
Sé que nuestra discusión no creó ese miedo. Solo consiguió colocarnos a ambos en lados distintos de él.

Y quiero acercarme.

Por supuesto que quiero.

Hay momentos en los que mi cuerpo prácticamente me lo exige. Cuando pasa junto a mí y reconozco su aroma, mi omega responde antes que mi orgullo. Quiero impregnarme de él, quiero esconder la cara contra su pecho y quedarme allí hasta que deje de pensar.

Pero sigo caminando y él también.
Hasta que una noche regreso especialmente tarde.

Jon ya está en la cama.

Creo que duerme. Me cambio en silencio, apago la última vela y me tumbo en mi lado.

Otra vez aquella distancia.

Cierro los ojos. Entonces escucho su voz en la oscuridad.

-Damián-Los abro.

-¿Qué?-Tarda tanto en responder que pienso que quizá se ha arrepentido.

-Nada-Aprieto los dientes.

-No me llames para decirme nada.

-Olvídalo.

-No-Me giro. Su silueta apenas se distingue bajo la luz de la luna que atraviesa las cortinas.

-¿Qué querías?

Jon continúa de espaldas a mí. Y cuando finalmente habla, su voz es mucho más pequeña de lo que esperaba.

-No sé cómo volver a estar bien contigo.

Algo dentro de mí se rompe. Porque yo tampoco y quizá ese haya sido nuestro problema durante todos estos días.

Los dos sabemos luchar.

Los dos sabemos sobrevivir.

Los dos sabemos defender un reino.

Pero ninguno parece saber cómo recorrer los pocos centímetros de colchón que quedan entre nosotros.

Yo y Jon seguimos así de separados durante el siguiente mes. Separados, y sin casi hablarnos. Pasamos los días mandando tropas, contando muertos, y cuando vamos a Solarys-cuando el humo de la guerra se espesa hasta que apenas podemos respirar-luchamos codo a codo, viendo caer cuerpos a nuestro alrededor, y aun así parecemos extraños que comparten solo el mismo espacio de aire.

Necesito sentir su cuerpo junto con el mío.

Puede parecer raro-quizá incluso indecente-que tenga ganas de acostarme con mi propio marido mientras un reino sufre se desmoronan. Que en medio de cadáveres y consejos de guerra, mi mente se detenga en la curva de su cuello. Pero es precisamente por eso. Porque todo lo demás es muerte, y él es la única vida que me queda. La única primavera en este invierno interminable.

Pero Jon, en los últimos días, parece ni siquiera recordar que existo. Así que decido bañarme. El agua del cubo está fría, casi helada, pero la necesito así. Necesito sentir el shock en la piel, recordarme que todavía estoy vivo, que todavía siento. Me enjabono con rapidez, ritualística, limpiando la sangre ajena de las manos, la suciedad de la guerra de los poros. Luego me seco con la tela suave.

Y sin vestirme-sin la armadura, sin las túnicas de príncipe, sin nada que me recuerde quién debo ser-me meto en nuestra cama. Por su lado. El lado izquierdo, donde él suele dormir, donde el olor de él se concentra como una promesa incumplida.

Las sábanas de lino crujen bajo mi peso desnudo. Y entonces lo siento. El olor. Esa primavera suya que me vuelve loco desde el primer día. Hierba fresca, lluvia sobre tierra fértil, flores silvestres que crecen donde nadie las plantó.

Hundo la nariz en la almohada y inhalo profundamente.

Y mi cuerpo reacciona.

Soy omega. No necesito más que esto-el olor de mi alfa, ausente, lejano, olvidándome-para que mi propia biología me traicione. Siento la humedad entre mis muslos, la lubricación que empieza a brotar sin permiso, sin dignidad, solo necesidad. Mi cuerpo preparándose para él. Para su entrada. Para su nudo.

Empiezo a tocarme.

Lento. Con tristeza. Con rabia.

Mis dedos se deslizan por mi estómago, bajan hasta encontrarme húmedo, abierto, desesperado. No es placer todavía. Es necesidad. Es desesperación hecha carne. Me toco con ritmo pausado, deliberado, imaginando que son sus manos las que me preparan. Que es su miembro el que se presiona contra mí. Que es su cuerpo-pesado, fuerte-el que me cubre, el que me penetra, el que me llena.

Cierro los ojos.

Y veo.

Veo a Jon sobre mí en la oscuridad de la tienda de campaña. Veo sus ojos oscuros, intensos, mirándome como si fuera su mundo entero mientras se hunde en mí hasta la raíz. Veo sus manos-esas manos fuertes y grandes-sujetando mis caderas con fuerza, poseyéndome, reclamándome. Veo su boca roja, húmeda, tragando mis gemidos mientras su nudo empieza a formarse dentro de mí, hinchándose, sellándonos juntos, imposibles de separar.

Mis dedos se mueven más rápido.

Entro en mí mismo, sintiendo la humedad, la carne cálida, la forma en que mi cuerpo se cierra alrededor de nada, buscando algo que no está aquí. Buscando a Jon. Siempre a Jon.

La tierra que se abre para recibir la lluvia. Imagino su nudo hinchándose, palpitando, llenándome hasta que no hay espacio para nada más. Imagino sus embestidas, profundas, salvajes, la forma en que me hace sentir pequeño, vulnerable, suyo. Cómo grita mi nombre-mi nombre, no el del príncipe, no el del estratega, solo Damián-cuando se vacía dentro de mí, cuando me marca por dentro, cuando me hace suyo de la única forma que importa.

Mi orgasmo me golpea como una ola, arrastrándome, desgarrándome. Contracciones que no tienen nada que agarrar, vacío que se cierra sobre sí mismo, placer que duele por la ausencia. Mi semilla-la poca que los omegas producimos-cae sobre el vientre, pero es el otro placer, el placer de ser llenado, el que busco, el que no encuentro.

Y el silencio regresa.

Me quedo quieto, jadeando, con las sábanas de Jon arrugadas a mi alrededor, con su olor impregnado en mi piel, con la vergüenza y el alivio mezclándose en mi pecho como un veneno dulce. Mi cuerpo todavía palpita, todavía busca, todavía anhela el nudo que no está aquí.

Todavía no viene.

Todavía no me busca.

Pero ahora, con su olor en mis manos, con su recuerdo en mi cuerpo, puedo fingir un poco más. Puedo fingir que todavía me quiere. Que todavía soy suyo. Que esta guerra no nos ha robado todo.

Me limpio lentamente, con el borde de la sábana.

Jon

Llevo dos días en Solarys.

Dos días peleando durante el día y durmiendo en tiendas de campaña por la noche, si a las pocas horas que consigo cerrar los ojos se las puede llamar dormir. Noctaris parece muchísimo más lejos de lo que realmente está. Y Damián
parece estar en otro mundo, en otra vida, en un lugar donde yo no tengo derecho a entrar.

Volver a Solarys era necesario. Lo sabía incluso antes de marcharme. Aquí me necesitan. Mis padres no pueden estar en todas partes, Conner todavía no está en condiciones de volver al frente y cada día perdemos soldados. Soy príncipe de estas tierras antes que cualquier otra cosa, y no podía seguir tumbado en una cama de Noctaris mientras otros defendían las murallas donde yo crecí.

Pero saber que he tomado la decisión correcta no hace que duela menos. No hace que el agujero en mi pecho deje de sangrar.

Esta mañana volvieron a atacarnos.

No fueron muchas criaturas. Seis, quizá siete. Salieron del bosque occidental justo cuando estaban cambiando las patrullas. Conseguimos abatirlas antes de que alcanzaran las tiendas donde duermen los heridos, pero perdimos a tres hombres.

Tres.

Últimamente cuento la guerra así. No por victorias. Por muertos. Tres hoy. Cinco ayer. Once antes de que yo llegara. Y cada número es un nombre, una familia, una historia que dejé de conocer porque ya no tengo espacio para más duelo.

Después limpiamos las armas, retiramos los cuerpos y seguimos trabajando. Porque aquí no existe tiempo para detenerse. No existe espacio para el dolor. No existe permiso para ser humano.

Cuando llega la noche, el campamento se llena de hogueras que no calientan. Los soldados comen alrededor de ellas, algunos cuentan historias y otros se limitan a mirar las llamas con ojos vacíos, como si ya hubieran visto demasiado fuego en esta vida. Hay quien reza a la diosa Luna antes de dormir, pidiendo protección que yo sé que no llegará.

Yo entro en mi tienda.

Me quito las botas. Dejo la espada junto al camastro.

Y entonces llega la peor parte del día. El silencio. Ese silencio que grita, que acusa, que me recuerda todo lo que no dije antes de irme.

Me tumbo sobre aquella miserable cama de campaña y miro la lona que tengo sobre la cabeza. Instintivamente extiendo una mano hacia el otro lado.

Nada.

Claro.

Damián no está.

Resoplo y me cubro los ojos con el antebrazo, presionando hasta ver estrellas, hasta que el dolor físico eclipse el otro, el que no puedo nombrar.

-Qué estupidez...

Pero lo echo de menos.

Muchísimo. Con una intensidad que me desgarra las costillas, que me deja sin aliento, que me hace querer gritar hasta que la garganta sangre.

Echo de menos que se queje porque ocupo demasiado espacio. Que tenga los pies fríos contra mis piernas. Que me diga que deje de moverme, que pare de respirar tan fuerte, que exista con menos intensidad. Incluso echo de menos despertarme con uno de sus codos clavándoseme en las costillas porque, por algún motivo, un hombre considerablemente más pequeño que yo consigue apropiarse de casi toda una cama mientras duerme.

Sonrío.

Solo un segundo.

Después desaparece.

Porque también recuerdo cómo estábamos antes de marcharme.

Aquella distancia que yo construí, ladrillo a ladrillo, con mis propias manos temerosas. Las conversaciones cortas, cortantes, diseñadas para no herir pero que dejaban cicatrices de todas formas. Dormir de espaldas, con un océano de sábanas entre nosotros, aunque nuestros cuerpos gritaban por tocarse. Pasar por su lado y no tocarlo-ni siquiera la mano, ni siquiera el codo-cuando todo dentro de mí quería arrastrarlo hacia mí, hundirme en él, sellarnos juntos hasta que olvidara que existía un mundo fuera de nosotros.

Y ahora daría cualquier cosa por tenerlo aquí. Incluso si me mirara con odio. Incluso si me dijera que soy un cobarde por haberme ido. Incluso si simplemente estuviera.

Pero aquí me necesitan.

Repito esas palabras mentalmente, como un mantra, como una mentira que necesito creer para seguir respirando.

Aquí me necesitan.

Cuando un muchacho de diecisiete años me pregunta qué debe hacer durante un ataque, me necesita. Cuando los soldados me ven levantarme después de recibir un golpe y vuelven a levantar sus armas, me necesitan. Cuando las familias que todavía permanecen en Solarys ven la capa de su príncipe recorriendo el campamento, necesitan saber que no hemos abandonado nuestro hogar.

Así que estoy exactamente donde debo estar.

Aunque no sea donde quiero estar. Aunque cada célula de mi cuerpo grite el nombre de Damián en la oscuridad.

Me giro sobre el camastro.

Fuera alguien añade madera a una hoguera. Escucho conversaciones. Armaduras. El viento moviendo los estandartes de Solarys, esas estrellas doradas sobre fondo azul que una vez me llenaron de orgullo y ahora solo me recuerdan lo que dejé atrás.

Mañana volveré a levantarme. Volveré a ponerme la armadura. Volveré a luchar.

Y quizá mañana por la noche vuelva a echar de menos a mi esposo hasta que me duela el pecho, hasta que las lágrimas vengan sin permiso, hasta que tenga que morderme el puño para no gritar su nombre al vacío.

Pero supongo que amar a alguien también significa eso.

Saber que existe un lugar donde preferirías estar y quedarte donde sabes que haces falta, aunque te destroce.

Una semana después, Elara de Kareth sigue aquí.

Sin miedo.

Y todavía me resulta extraño, como un cuento que no acierto a comprender del todo. La misma mujer que llegó a nuestras vidas provocando que Damián estuviera a dos palabras de intentar matarla-y probablemente a una de conseguirlo-ahora pasa los días recorriendo las tiendas de los heridos con las mangas remangadas y las manos manchadas de sangre ajena, como si esa sangre fuera la suya, como si cada vida perdida le quitara algo a ella también.

La duquesa de Kareth.

Quién lo habría dicho.

Sigue siendo preciosa. Eso tampoco ha cambiado, aunque ahora es una belleza diferente, más verdadera. Su largo cabello rubio casi nunca está perfectamente peinado ya. Lo lleva recogido en una trenza que empieza impecable al amanecer y termina completamente deshecha antes del mediodía, mechones sueltos cayéndole sobre la frente sudorosa, sobre los ojos cansados. Hace tiempo que desaparecieron los vestidos de seda, las piedras preciosas y aquellos adornos que hacían evidente-desde cien pasos de distancia-que pertenecía a una de las familias más poderosas de Kareth.

Ahora lleva vestidos sencillos de lino, normalmente cubiertos por un delantal manchado que ya no se lava del todo. Algunas veces incluso pantalones y botas cuando tiene que moverse entre los campamentos, una libertad que seguramente nunca se permitió antes. Siempre lleva un pequeño cinturón donde guarda vendas, tijeras, frascos de hierbas y agujas que ha aprendido a manejar con una destreza que no debe haberle enseñado ninguna institutriz.

Y sigue llamando la atención.

Solo que de una manera completamente diferente. No como se mira una joya en un pedestal, sino como se mira el fuego cuando hace frío, como se mira el agua cuando se tiene sed.

-Ángel...-Escucho la palabra cuando paso cerca de una de las tiendas, susurrada con una reverencia que no se le otorga ni a los reyes.

Giro la cabeza.

Un soldado tiene medio torso vendado mientras Elara cambia cuidadosamente el paño que cubre una herida de su costado. Sus manos-esas manos que debieron haber tocado solo copas de cristal y perlas-se mueven con una precisión nacida de la urgencia, de la necesidad, de haber aprendido en pocos días lo que otros tardan años en comprender.

-No soy ningún ángel-responde ella sin levantar la mirada, concentrada en la carne abierta, en la vida que se escapa y que ella intenta retener.

-Pues sois lo más parecido que he visto.

-Eso es la fiebre-dice, y su voz es áspera, sin paciencia para la adulación, sin tiempo para la cortesía.

El hombre se ríe y enseguida se arrepiente porque se lleva una mano a las costillas, el dolor cortando el momento de ligereza.

-No os riáis-lo regaña Elara, y hay ternura en la severidad, cariño disfrazado de enfado-Os he dicho que tenéis dos costillas rotas.

-¿Si morimos también nos ayudarás también a subir al cielo?

Ella levanta lentamente la mirada. Sus ojos-azules, cansados, terriblemente humanos-lo estudian por un segundo, evaluando si se burla o si habla en serio. Decide que es lo segundo, y algo en su expresión se suaviza, aunque niega con la cabeza.

Me tengo que morder el interior de la mejilla para no reírme, para no dejar que la emoción me corte la respiración.

Lo divertido es que no es el único.

Ángel de Kareth.

Así han empezado a llamarla.

Primero fueron los heridos, desvariando en la fiebre, buscando consuelo en la única figura blanca que veían al abrir los ojos. Después los soldados que la observaban trabajar, que notaban cómo sus manos temblaban después de cada herida que no podía cerrar, cómo se sentaba con ellos cuando la muerte venía, cómo nunca los abandonaba. Ahora incluso he escuchado a algunos sirvientes utilizar el nombre, con el mismo respeto con el que hablan de la diosa Luna.

Supongo que nació porque varios hombres, medio inconscientes por la fiebre, despertaban y lo primero que veían era aquella mujer rubia inclinada sobre ellos, con el cabello iluminado por la luz de los candelabros como un halo imperfecto. Uno llegó a llamarla ángel en su último aliento, susurrándolo contra su mano mientras ella le acariciaba la frente. Ese sobrenombre dejó de ser una broma después de aquello. Se convirtió en un título más verdadero que el de duquesa.

La observo continuar trabajando.

No parece importarle la sangre, ni los olores, ni los gritos que llegan de otras tiendas cuando alguna amputación va mal, cuando algún herido no aguanta el dolor. Hay heridas que incluso a algunos soldados les cuesta mirar-entrañas expuestas, huesos quebrados, carne podrida-y ella mete las manos sin titubear, limpia, cose y venda con una concentración total, como si el mundo entero se redujera a ese cuerpo roto que tiene ante ella.

Y cuando no puede salvar a alguien...Se queda.

Eso es lo que más me sorprende, lo que más me conmueve. No abandona al enfermo simplemente porque los médicos hayan decidido que ya no pueden hacer nada, que es hora de dejar ir. Se sienta a su lado. Le da agua con una cuchara de madera, lentamente, como si cada gota fuera un regalo. Le sostiene la mano con fuerza, como anclándolo a la vida aunque sea solo por unos minutos más. Pregunta por su familia, por los nombres que quiere que recuerden, por las palabras que quiere que transmitan.

Una vez la vi permanecer casi una hora junto a un muchacho que no debía tener más de dieciocho años. Él estaba aterrorizado. Llamaba a su madre entre jadeos, entre lágrimas que ya no tenía fuerzas para contener. Elara le acarició el cabello-ese cabello que ella nunca se habría permitido tocar en otra vida, sucio de sangre y polvo-y le habló de su propia madre, de cómo debía de ser buena para haber criado a un hijo tan valiente. Le prometió que no estaría solo, que ella se quedaría.

Y se quedó.

Hasta que dejó de respirar.

Hasta que el silencio llegó.

Después salió de la tienda. Se quedó unos segundos completamente inmóvil, mirando el cielo como si buscara algo, como si esperara una explicación. Respiró hondo, una vez, dos. Se secó rápidamente una lágrima con el dorso de la mano-una sola, como si las demás se negara a derramarlas-Y entró en la tienda siguiente, donde otro herido la esperaba.

Empiezo a comprender por qué Damián cambió su opinión sobre ella. No creo que Elara fuera realmente la mujer que conocimos al principio, esa duquesa fría, calculadora, dispuesta a todo por una alianza. Creo que aquella era la hija perfecta que sus padres habían construido, la pieza que podían colocar sobre un tablero para conseguir un reino. Esta parece Elara. La verdadera. Y resulta que la verdadera Elara de Kareth no quiere recuperar a ningún príncipe. Quiere salvar vidas, quiere ser útil, quiere, quizás por primera vez, ser ella misma.

Uno de los médicos sale apresuradamente de otra tienda, tropezando con las cuerdas del suelo en su prisa.

-¡Lady Elara!

Ella levanta inmediatamente la cabeza, siempre alerta, siempre lista.

-¿Qué ocurre?

-La fiebre del capitán ha vuelto a subir.

Ni siquiera termina de explicárselo. Elara ya está caminando, dejando atrás al soldado que atendía, confiando en que otro terminará el vendaje. Pasa junto a mí con ese paso urgente que tiene, el que no admite cansancio ni demora.

-Elara.

Se detiene. Me mira, y por un segundo veo el agotamiento en sus ojos, la sombra de todas las vidas que no pudo salvar hoy.

-Alteza.

-Estás haciendo un buen trabajo-
digo, y sé que las palabras son insuficientes, que no alcanzan a cubrir lo que ella está dando, pero son las únicas que tengo.

Parece sorprendida. Sus ojos se abren ligeramente, como si no esperara reconocimiento, como si el trabajo fuera su propia recompensa. Después sonríe. No aquella sonrisa elegante que utilizaba durante las cenas, perfecta pero vacía. Esta tiene cansancio. Tiene ojeras profundas. Tiene humanidad, imperfecta y hermosa.

-Gracias, alteza-Y continúa caminando, hacia el capitán que la espera, hacia otra batalla que quizá no pueda ganar.

Un soldado que está sentado cerca de mí con una pierna vendada la observa alejarse, siguiéndola con una mirada que no es solo gratitud, es algo más profundo, más puro.

-Merece ese apodo-murmura, casi para sí mismo.

Lo miro, arqueando una ceja con fingida severidad.

-Como te escuche llamarla así, te cose la boca-El hombre sonríe, y es una sonrisa joven, ligeramente avergonzada pero desafiante.

-Merecería la pena-Suelto una carcajada, genuina, que resuena en el aire de la tarde.

Damián

Regreso a Solarys junto a Tim y Conner una semana después.

Conner todavía no está completamente recuperado. Los médicos de Noctaris se opusieron a que viajara hasta que comprendieron que intentar convencerlo de quedarse era una batalla perdida antes de empezar. Ya camina por sí mismo, aunque más despacio de lo habitual, y tiene prohibido combatir. Tim se ha encargado de recordárselo durante todo el trayecto con una frecuencia que roza lo enfermizo.

-No voy a pelear-dice Conner por quinta vez.

-Eso dijiste antes de intentar cargar tres cajas.

-Eran pequeñas.

-Una contenía armas.

-Armas pequeñas.

Yo he decidido mantenerme al margen. Bastantes problemas tengo.

Porque conforme nos acercamos al campamento de Solarys, con el humo de las hogueras manchando el horizonte y el sonido de los cuernos de guerra anunciando nuestra llegada, solo puedo pensar en Jon. Una semana. Una maldita semana en la que he intentado convencerme de que no lo echo de menos, de que puedo funcionar sin su olor cerca, de que mi omega no necesita su alfa para respir.

Fracaso cada noche.

Mi omega lo busca incluso dormido, manos extendidas hacia el vacío de la cama, buscando calor que no está. Algunas mañanas despierto abrazando una almohada y mi primer pensamiento-antes de la vergüenza, antes de la razón-es que debería arrojarla por la ventana por semejante humillación. Pero no lo hago. La guardo. La huelo. Me torturo con ella.

Así que cuando atravesamos las primeras defensas del campamento y reconozco aquella primavera entre el humo, los caballos, el cuero sudado y cientos de personas que no nos conocen...Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

Jon.

Está aquí.

Lo encuentro junto a varios oficiales, inclinado sobre un mapa desgastado por el uso. Tiene peor aspecto de lo que esperaba. Armadura abollada, capa manchada de barro y algo que podría ser sangre seca, cabello revuelto en todas direcciones como si no hubiera tenido tiempo de peinarlo en días. Está hablando con uno de sus capitanes mientras señala posiciones estratégicas, concentrado, tenso, hermoso de una manera que me duele en los huesos.

Entonces levanta la cabeza.

Nuestros ojos se encuentran.

Y durante un instante...

Solo uno...

Creo que vendrá hacia mí. Que cruzará la distancia entre nosotros con esos pasos suyos que siempre parecen demasiado ligeros para un hombre de su tamaño. Que me tomará la cara entre sus manos y me besará sin importarle quién mire, como hizo una vez en Noctaris, cuando pensábamos que el mundo no podía empeorar.

Yo incluso doy medio paso.

El peso de la esperanza es tan breve como cruel.

Jon se acerca.

Primero mira a Conner, y su expresión cambia a una máscara de preocupación profesional, de cortesía militar.

-General. Me alegra comprobar que os encontráis mejor.

Conner parece ligeramente confundido, todavía ajeno a la dinámica que se está desarrollando a su alrededor.

-¿Gracias?...-Después mira a Tim.

-Tim-Mi hermano arquea una ceja. Él también lo ha notado. La frialdad, la distancia, el muro invisible que Jon ha construido entre nosotros en el tiempo que hemos estado separados.

Y finalmente...

Yo.

Jon se detiene frente a mí. A menos de un metro. Cerca para que yo pueda olerlo, para que mi omega reconozca su alfa y se revuelva desesperadamente dentro de mí, pidiendo contacto, pidiendo reconocimiento, pidiendo amor.

Mi omega espera.
Una mano.
Un abrazo.
Cualquier cosa.
Una palabra que no sea la que viene.

-Damián.

Eso es todo.

Inclina ligeramente la cabeza, ese gesto de cortesía que se le enseña a los príncipes antes de que aprendan a caminar, antes de que aprendan a amar.

-Bienvenido nuevamente a Solarys. Agradecemos los hombres y provisiones que Noctaris ha enviado.

Lo miro.

Durante unos segundos estoy convencido de que estoy escuchando mal, de que el cansancio del viaje me ha afectado más de lo que pensaba, de que en cualquier momento sonreirá y dirá "Damián, idiota, ¿creías que no te reconocería?".

-¿Estás bien?-Le pregunta Conner

Ni siquiera esa pequeña sonrisa idiota que suele aparecer cuando lleva tiempo sin verme, esa que guarda solo para mí, en privado, cuando nadie más puede verlo vulnerable.

-¿Que pregunta es esa?-Le responde el-¿Estás viendo en lo que se ha convertido solarys?

-sí...pero...

-Vamos tenéis mucho d eloq ue poneros al día.

Siento cómo algo dentro de mí se enfría. No gradualmente, sino de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta al invierno absoluto. Mi propio olor-bosque helado, nieve, cedro bajo escarcha- se repliega inmediatamente hasta quedar perfectamente contenido bajo mi piel, hasta que ni siquiera yo puedo olerlo. Hasta que soy hielo. Hasta que soy piedra.

Inclino también la cabeza, imitando su gesto, devolviendo la distancia que él me ha regalado.

-Claro, Jon.

Veo algo moverse en sus ojos. Muy poco. Un destello de... ¿arrepentimiento? ¿Dolor? No importa. Lo ha elegido. Ha elegido esto.

Bien.

Si quiere esto...

Tendrá esto.

-Noctaris cumple sus alianzas-
respondo tranquilamente, y mi voz es la de mi madre, la de mi padre, la de todo el linaje de Wayne que aprendió a hablar sin sentir-Mi padre ha enviado cuarenta guerreros adicionales, dos carros de provisiones y cuatro curanderos. Otros veinte hombres llegarán antes del anochecer.

-¿Que está pasando?-Sigue Conner.

-Excelente.

Qué palabra tan maravillosa, tan versátil, tan vacía. Qué palabra perfecta para decirle a tu esposo después de una semana separados, después de noches en las que has llorado su nombre contra una almohada que no es la suya.

-Los oficiales os indicarán dónde instalaros.

-No será necesario. Conozco el campamento.

-Por supuesto.

-¿Por qué coño estáis hablando así?-Conner parece completamente desorientado.

Nos quedamos mirándonos.

Un segundo.

Dos.

Conner observa a Jon. Después me mira a mí. Luego mira a Tim. Tim directamente parece estar disfrutando demasiado de esta catástrofe matrimonial, aunque hay algo en sus ojos que dice que entiende más de lo que deja ver.

Finalmente Jon vuelve hacia sus oficiales, hacia sus mapas, hacia su guerra.

-Tenemos una reunión dentro de una hora.

-Allí estaré, alteza.

Otra vez ese pequeño movimiento en su mandíbula. Ese tic que solo yo conozco, que solo yo sé leer. Está sufriendo. Bien. Que sufra. Que sufra tanto como yo.

Me giro antes de darle oportunidad de responder, antes de que pueda ver cómo mis manos tiemblan, antes de que mi máscara de hielo se agriete.

Perfecto.

Si eso quiere...

Eso tendrá.

Durante la siguiente hora no soy su esposo. Soy el príncipe heredero de Noctaris. Soy la sombra de mi madre, soy el frío de mi padre, soy todo lo que me enseñaron a ser antes de que Jon me enseñara a ser otra cosa.

Cuando empieza la reunión me siento frente a él.

No a su lado, donde debería estar, donde mi mano podría encontrar la suya bajo la mesa. Frente a él. Enemigos en un campo de batalla que él ha elegido.

-Alteza-digo cuando termina de explicar la situación, y mi voz es cristal, es filo, es invierno absoluto-
sugiero trasladar la tercera compañía hacia el paso oriental.

Jon levanta los ojos del mapa. Por primera vez en una hora, me mira de verdad.

-Pensaba enviarlos al sur.

-Sería un error.

Sus cejas se levantan. Casi imperceptiblemente, pero lo veo. No está acostumbrado a que lo contradiga en público, a que use ese tono con él.

-¿Un error?

-Sí.

Tim baja la mirada para ocultar una sonrisa que no puede contener. Conner le da un codazo, confundido todavía por la tensión que no puede nombrar.

Yo continúo completamente serio. Completamente frío. Completamente muerto por dentro.

-Si las criaturas siguen el patrón de los últimos ataques, utilizarán los bosques orientales para aproximarse sin ser detectadas. El paso sur es una trampa evidente. Solo un estratega desesperado o incompetente caería en ella.

Jon me observa. Busca en mis ojos algo que no va a encontrar. He enterrado demasiado profundo.

-Tiene sentido-dice finalmente, y su voz es más suave de lo que pretende.

-Me alegra que estemos de acuerdo.

-¿Podemos dejar de tratarnos como si fuéramos estratos?-Dive Conne

Silencio.

Uno de los generales carraspea, incómodo, atrapado en medio de algo que no comprende.

Nadie alrededor de la mesa parece saber dónde mirar. El aire entre nosotros es hielo y fuego simultáneamente, una tormenta contenida que podría destruir el campamento entero si la dejáramos libre.

Me da exactamente igual.

Jon quería un príncipe.

Pues tendrá un príncipe.

Uno impecable. Educado. Respetuoso. Distante como las estrellas.

No volveré a buscar su mano debajo de la mesa, no me inclinaré hacia él para murmurar algún comentario únicamente para hacerlo sonreír, no buscaré su olor cuando pase junto a mí. No entraré en su tienda por la noche. No apoyaré la cabeza contra su pecho y no le confesaré que he tenido miedo, que he llorado, que sin él no sé quién soy.

Nada.

Porque puedo hacerlo.

Puedo separar perfectamente al esposo del príncipe.

Me educaron para ello.

Lo llevo haciendo toda mi vida.
Lo que Jon quizá no ha calculado...

Es que cuando Damián Wayne decide levantar una muralla...

También sabe perfectamente cómo defenderla.

Y esta vez, si él quiere derribarla...

Tendrá que hacerlo con las manos desnudas, sangrando, suplicando.

Y aún así, dudo que lo consiga.

Así es como las semanas pasan.

Cada día una pared más alta. Cada noche una habitación más fría. Y en el rostro de Jon-en esos ojos que una vez me miraron como si fuera su mundo-veo crecer el arrepentimiento como una enredadera que lo asfixia.

Han pasado tres semanas desde que regresé a Solarys. Tres semanas de ser el príncice perfecto, de hielo y protocolo. Tres semanas de ver cómo mi alfa-porque sigue siendo mi alfa, aunque yo sea ceniza para él-se desmorona poco a poco.

Hoy fue el ataque más fuerte.

Las criaturas cayeron sobre el flanco este justo antes del amanecer. Estábamos allí, Jon y yo, luchando hombro con hombro sin tocarnos, sin mirarnos, sin ser nada más que dos guerreros que defienden un mismo reino.

Cuando termina, cuando el último monstruo cae y el silencio de los muertos llena el campo, siento su presencia detrás de mí. Lo siento antes de verlo, antes de oírlo. Mi cuerpo-traidor, desesperado-reconoce su olor entre la sangre y el humo.

-Cariño...

No dice "Damián". Dice cariño. Y hay algo en su voz, algo roto, algo que suena demasiado cerca de suplicar.

Me giro. Mi armadura está manchada, mi rostro es una máscara de sangre seca y frialdad. Lo miro como si fuera un extraño. Como si nunca hubiera dormido en sus brazos.

-¿Sí, alteza?

El título le corta la respiración. Lo veo tragar saliva, ver su mano izquierda extenderse imperceptiblemente hacia mí, buscando contacto, buscando redención.

-Estás...-su voz se quiebra-Estás herido.

Miro mi brazo. Un corte superficial, nada que merezca su preocupación, nada que merezca que pronuncie mi nombre de esa manera, como si aún le importara.

-Es superficial-digo, y mi tono es el de quien habla de la lluvia, de las cosechas, de cualquier cosa que no sea nosotros-No se preocupe por mí, alteza. Preocúpese por sus heridos. Yo puedo cuidarme solo.

-Damián, yo solo quería...

-Con permiso.

Doy un paso atrás, fuera de su alcance, fuera de sus manos que me tentarían a derretirme. Veo el destello de dolor en sus ojos, esa grieta en la máscara de príncipe que él también lleva puesta. Por un segundo, solo un segundo, parece que va a decir algo más, que va a cruzar la distancia, que va a tomar mi mano y...Pero no lo hace.

Y yo me alejo, con el corazón hecho pedazos bajo el hielo, pero erguido. Siempre erguido.

Otra noche. Otra reunión.

Estamos en la tienda de comandos, revisando mapas a la luz de las velas. Jon está a mi lado-por primera vez en semanas, la proximidad es inevitable-y siento cómo su brazo roza el mío al inclinarse sobre el pergamino.

El contacto dura un segundo.

Es suficiente para que mi omega se despierte, grite, suplique. Es suficiente para que tenga que clavar las uñas en mi propia palma para no estremecerme.

-Perdona-murmura Jon, y su voz es baja, íntima, demasiado parecida a cómo me hablaba antes.

No respondo. Me aparto un centímetro, luego otro, hasta que hay un océano de lino y madera entre nosotros. Veo cómo sus cejas se juntan, cómo su mandíbula se tensa, cómo el arrepentimiento se convierte en algo físico que pesa sobre sus hombros.

Jon me mira. Y en sus ojos hay una pregunta que no se atreve a formular: ¿Esto es lo que quieres? ¿Esto es lo que te hace feliz?

No respondo. No con palabras. Pero mi silencio es respuesta suficiente.
Una semana después, en el corredor del castillo.

Estoy revisando unos documentos cuando siento su presencia. Jon. Siempre Jon. Mi cuerpo lo sabe antes que mi mente, mi corazón se acelera traicionero, mi piel anhela su calor.

-Damián-dice, y está tan cerca que puedo sentir su aliento en mi nuca-Necesito hablar contigo. A solas.

No me giro. No confío en mí mismo para mirarlo y no romperme.

-Aquí estamos a solas, alteza. No hay nadie más en el corredor.

-Sabes a lo que me refiero.

-No-digo, finalmente girándome, y mi expresión es la de un desconocido-No sé a lo que se refiere. ¿Hay alguna cuestión militar que deba conocer? ¿Alguna estrategia que revisar?

Jon abre la boca. Cierra los ojos. Y cuando los abre de nuevo, veo algo que no había visto antes: desesperación pura, cruda, desnuda.

-Por favor-susurra, y es la primera vez que me habla así, sin títulos, sin máscaras-Solo...solo dime qué debo hacer. Dime cómo arreglar esto. Dime qué necesitas y lo haré. Lo que sea.

Por un segundo, solo un segundo, mi invierno tiembla.

Pero luego recuerdo. Recuerdo como me hablo después de tanto tiempo separados. Recuerdo la formalidad. Recuerdo la semana de noches abrazando una almohada que olía a él, mientras él olvidaba que existía.

-No necesito nada-digo, y mi voz no tiembla, es perfecta, impecable, letal-Solo necesito que cumplamos con nuestros deberes. Que ganemos esta guerra. Que salvemos a nuestros pueblos.

-Y después-insiste, y da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, desafiando mi distancia-¿Y después qué?

Sonrío. Es una sonrisa que aprendí de mi madre, fría, afilada, impenetrable.

-Después, alteza, cada uno volverá a su reino. Como debe ser.

Veo cómo el golpe cae.
Cómo sus ojos se oscurecen.
Cómo el arrepentimiento se convierte en algo más profundo, más desesperado, más irreparable.

-Damián...

-Con permiso.

Y mientras camino, siento sus ojos clavados en mi espalda, suplicantes, arrepentidos, destrozados.

Bien.

Que sufra.

Que sufra tanto como yo.

Kara

Creo que me he enamorado de Elara de Kareth.

Qué desgracia.

De todas las mujeres de todos los reinos, mi alfa tenía que fijarse precisamente en ella. La duquesa. La omega de familia insoportablemente importante. La mujer que llegó a Solarys envuelta en vestidos preciosos, joyas y obligaciones políticas, y que durante un tiempo parecía destinada a convertirse en uno de esos problemas diplomáticos que terminan con alguien retándose a duelo.

Ahora la estoy viendo con medio brazo cubierto de sangre.

Y me parece todavía más preciosa.

Eso es lo verdaderamente preocupante.

Estoy apoyada contra uno de los postes de la tienda mientras ella trabaja, y no puedo dejar de mirarla. No solo verla. Mirarla. Con esa intensidad física que duele en el pecho, que se instala en las costillas y hace que respirar sea un acto de voluntad.

Elara tiene el cabello rubio recogido en una trenza que esta mañana debía de estar perfecta-debe haberse peinado frente a un espejo de plata, con paciencia de aristócrata-pero ahora parece haber sobrevivido a una guerra por sí sola. Varios mechones dorados se han escapado y se pegan a sus sienes por el sudor, enredándose en su piel, besándola en lugares donde yo quisiera poner mis propios dedos. Tiene las mangas de lino remangadas hasta los codos, revelando antebrazos pálidos pero firmes, y una pequeña mancha de sangre en la mejilla que lleva probablemente horas ahí porque nadie se ha atrevido a decírselo.

Yo tampoco.

Me gusta. Me gusta verla así, deshecha, real, humana. Me gusta que su perfección se haya agrietado un poco, porque así puedo imaginar que hay espacio para mí en esas grietas.

Sus ojos azules-de un azul tan claro que parece hielo de montaña, que parece cielo de invierno-están concentrados en la pierna de un soldado mientras termina de vendarla. Esos ojos que deberían ser fríos pero que contienen una calor que me desarma cada vez que me miran.

-No apoyéis el pie hasta mañana.

-Pero, mi señora...

-Hasta mañana.

-Ángel, yo...

Elara levanta lentamente la mirada. Y en ese movimiento, en esa forma que tiene de alzar la barbilla con dignidad aunque esté cubierta de sangre ajena, hay algo que hace que mi corazón se detenga un segundo.

-Como volváis a llamarme ángel, os rompo la otra pierna y así tendréis una razón legítima para permanecer tumbado.

El soldado sonríe.

Yo también.

Definitivamente estoy enamorada.

El hombre sale cojeando y yo entro, dejando que mi sombra caiga sobre ella, que mi presencia llene el espacio que ella ocupa.

-Qué carácter para un ángel.

Elara ni siquiera necesita mirarme para saber quién soy. Mi aroma ya debe estar envolviéndola, mi alfa anunciándose traicioneramente, sin permiso, desesperada por ser reconocida.

-Estoy trabajando.

-Lo veo.

-Entonces ¿qué quieres?

Me acerco tranquilamente hasta la mesa donde está ordenando pequeños frascos medicinales, hasta que puedo ver el pulso latir en su cuello, hasta que puedo oler el sudor de su piel mezclado con el perfume dulce de omega, hasta que estoy lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradia su cuerpo.

-Admirar.

Sus manos-esas manos que son más pequeñas que las mías, más delicadas, pero que contienen una fuerza que desafía su apariencia-se detienen.

Solo un instante.

Pero lo veo. Lo siento.

-¿Admirar qué?

-El paisaje.

Ahora sí me mira.

Esos ojos azules se clavan en mí con una expresión que pretende ser irritación. Pretende. Porque su aroma acaba de cambiar. Muy poquito. Un matiz más dulce, más cálido, más...receptivo. Lo noto. Mi cuerpo entero lo siente como un golpe en el estómago, como un tironcito en el bajo vientre, como una promesa que no sé si ella está dispuesta a cumplir.

-Eres insufrible.

-Eso dicen.

Cojo una venda. Ella me la quita de la mano, y sus dedos rozan los míos, un contacto eléctrico, breve, devastador.

-No toques.

Cojo otra. También me la quita, y esta vez sus uñas-cortas, prácticas, nada de la vanidad de las damas de corte-arañan ligeramente mi piel.

-He dicho que no toques.

-Estoy ayudando.

-Estás molestando.

-También.

Me sonríe. Muy poco. Pero la veo. Y ahí está mi problema. Me encanta hacerla sonreír. Me encanta ver cómo esa boca que debería estar cerrada en una línea severa se curva contra su voluntad, cómo sus labios-secos, entreabiertos, tentadores-se mueven formando algo que no es enfado de verdad.

Al principio la chinchaba porque era divertido verla enfadarse. Elara tiene una forma muy particular de indignarse. Levanta ligeramente la barbilla, entrecierra los ojos y empieza a hablar con esa educación aristocrática que solo consigue que sus amenazas resulten todavía más graciosas.

Después empecé a hacerlo porque descubrí que, cuando se ríe de verdad, arruga un poquito la nariz. Una arruga diminuta, apenas perceptible, que aparece entre sus cejas y que me hace querer besarla allí, justo ahí, hasta que desaparezca o hasta que se multiplique en un millón de arrugas que solo yo conozca.

Y ahora...

Ahora probablemente lo hago porque soy idiota. Porque quiero su atención. Quiero que cuando entre en una tienda levante los ojos buscándome. Quiero escuchar ese
Kara lleno de falsa paciencia. Quiero verla intentar ocultar una sonrisa.

Y mi alfa...Mi alfa es todavía peor. Reconoce su presencia antes incluso de verla. Entre sangre, medicinas, humo, sudor y cientos de personas, podría encontrar el aroma de Elara con los ojos cerrados. Omega. Pero no frágil.

Eso es algo que me enfurece de cómo hablan algunos hombres de ella por esa apariencia casi etérea-como si fuera de cristal, como si fuera a romperse-y automáticamente piensan que necesitan protegerla. Idiotas.

Yo la he visto meter los dedos en una herida abierta para detener una hemorragia mientras tres soldados, tres alfas entrenados, apartaban la mirada horrorizados. La he visto pasar una noche entera atendiendo enfermos sin descanso, sin quejarse, sin pedir ayuda. La he visto acompañar a moribundos para que no pasaran sus últimos momentos solos, cantándoles canciones de Kareth que yo no entiendo pero que suenan a despedida y a amor. La he visto llorar por alguien-una lágrima sola, rápida, casi secreta-y, cinco minutos después, entrar en otra tienda con una sonrisa forjada en hierro para tranquilizar al siguiente..

Quizá por eso me gusta tanto. Porque no puedo salvarla. Solo puedo...admirarla. Desearla. Perderme en ella.

-Tienes sangre aquí.

Señalo mi propia mejilla, indicando el lugar en el suyo. Ella intenta limpiarse. Falla. Sus dedos, manchados de hierbas y antisépticos, dejan una marca más oscura en lugar de quitarla.

-Más arriba.

Vuelve a intentarlo. Su mano tiembla apenas, y me pregunto si es por el cansancio o porque sabe que la estoy mirando, que la estoy devorando con los ojos.

-A la izquierda.

-¿Aquí?

-No.

Resopla, y el sonido es adorable, es exasperado, es suyo.

-Pues quítamela tú.

Mi cerebro deja de funcionar.

Solo durante medio segundo. El tiempo suficiente para que mi corazón se acelere hasta límites peligrosos, para que mi alfa grite victoria, para que todo mi cuerpo se tense en anticipación.

Después sonrío. Es una sonrisa de loba, de cazadora, de alfa que sabe que su presa está a punto de rendirse.

-Con mucho gusto, mi ángel.

-Kara...

Me acerco antes de que pueda protestar. Paso el pulgar suavemente por su mejilla, sintiendo la textura de su piel-suave, cálida, con un vello invisible que solo percibo porque estoy tan cerca-sintiendo el pulso de ella acelerarse bajo mi tacto. La mancha de sangre desaparece, frotada con ternura que no sé disimular.

Pero no retiro inmediatamente la mano.

Ella tampoco se aparta.

Sus ojos azules encuentran los míos, y en ellos hay algo que no estaba antes. Pregunta. Respuesta. Miedo. Deseo. Todo mezclado en ese azul glacial que de repente parece arder.

Y siento cómo mi aroma alfa se intensifica sin mi permiso, cómo mi cuerpo traiciona mi secreto, cómo el aire entre nosotros se vuelve denso, irrespirable, delicioso.

Maldición.

Elara lo nota.

Por supuesto que lo nota. Sus pupilas se dilatan apenas, y su respiración-esa respiración que estaba controlada, profesional-se vuelve un poco más lenta, un poco más profunda, un poco más... consciente.

-Ya está-murmuro, y mi voz suena ronca, extranjera, perteneciente a alguien que no soy yo.

-Entonces puedes quitar la mano.

-Podría.

-Kara.

-Me gusta cuando dices mi nombre así.

Ahora sí me aparta la mano. Pero lo hace con suavidad, casi con tristeza, como si también ella sintiera la pérdida del contacto.

-Vete.

Sonríe. Está intentando echarme mientras sonríe.

Estoy perdida.

Completamente perdida.

Retrocedo hacia la salida, pero mis ojos no se apartan de ella. De su cabello desordenado, de sus ojos cansados, de su boca que no deja de moverse en palabras que no escucho porque estoy demasiado ocupada memorizándola.

-Volveré después.

-No hace falta.

-Te traeré algo de comer.

-Sé alimentarme sola.

-Eso dicen todos los testarudos antes de olvidarse de comer durante diez horas.

Me lanza una venda enrollada.
La atrapo en el aire, el gesto instintivo, reflejo de años de entrenamiento.

-¡Fuera!

Salgo riéndome y mientras camino entre las tiendas, mientras el sol de la tarde calienta mi piel y el viento trae olores de guerra y de muerte, todavía puedo sentir su aroma pegado a mis sentidos. A mis dedos. A mi memoria.

Dioses.

Mi primo puede seguir creyendo en todas las divinidades que quiera. Puede rezar a la diosa Luna, a los antiguos, a lo que sea.

Yo sigo pensando que son unos bastardos.

Porque si existen...

Poner a Elara de Kareth delante de mí, hacer que sea omega...Eso ha sido deliberado, cruel y yo, que soy solo una guerrera prima del rey. Que a decir verdad no es poco.

Elara

Antes de la guerra, antes de que el mundo se desmoronara y me diera la excusa perfecta para dejar de ser quien era, fui una mercancía con nombre propio.

Mi madre me lo decía con esa sonrisa perfecta que llevaba pintada desde que yo tenía memoria: "Elara, cariño, ser omega es un regalo. Los alfas te desearán, te protegerán, te darán el mundo a cambio de tu sonrisa".

Mentira.

Era siempre una mentira.

Lo que querían no era mi sonrisa.

Era mi cuerpo.

Era el estatus de poseer a una duquesa, a una omega de sangre azul, de llevarme a sus camas como trofeo y devolverme a mi casa con la ropa arrugada y el alma hecha jirones.

Mis padres me entregaban.

Esa es la verdad que no puedo nombrar en voz alta sin que me tiemblen las manos. Me entregaban a hombres cuyos nombres ni siquiera recordaba al día siguiente, cuyos rostros se confundían en una masa de barbas húmedas y aliento agrio. Alfas de otros reinos, embajadores con manos grandes y ásperas, generales que habían matado más veces de las que podían contar. Todos ellos me tocaban con la misma urgencia desesperada, la misma necesidad de poseer, de conquistar, de demostrar su poder sobre algo frágil.

Sentía cómo se abrían paso en mí buscando solo su propio placer.

No el mío. Nunca el mío.

Eran de todo ruidosos, torpes, violentos en su dulzura. Algunos intentaban ser gentiles al principio, pero la gentileza se rompía siempre, se convertía en algo más áspero, más profundo, más doloroso. Al día siguiente todo me dolía. Por dentro, por fuera, en lugares que no tenían nombre. Sentía que me habían usado por completo, que habían dejado algo de sí mismos dentro de mí como marca, como territorio conquistado, y yo tenía que sonreír, tenía que agradecer, tenía que decir que había sido un honor.

El honor.

Qué palabra más sucia.

Corrí.

Ese fue mi punto de inflexión, mi momento de locura o de cordura, nunca supe cuál. Una noche, después de que el conde de algún lugar cuyo nombre ya borré se durmiera sobre mí, pesado, roncando, satisfecho, me vestí en silencio. Tomé las joyas que me habían dado como regalo-insulto disfrazado-y las metí en una bolsa. Caminé descalza por los corredores de palacio, esperando que cada crujido me delatara, que mi madre apareciera con su sonrisa perfecta para preguntarme adónde iba.

Pero no apareció.

Y yo corrí. Ponía excusas. Estaba enferma, estaba con la regla, tenía ya un compromiso.

Y entonces, en medio de todo ese horror, apareció Jon.

Jon fue diferente. No sé por qué, no sé cómo, pero cuando me miró no vi hambre. Vi un muchacho de mi edad, asustado como yo, perdido en un mundo que no había elegido. Cuando me tocó-una mano en el codo para guiarme, un roce accidental de dedos al entregarme una copa-no sentí repulsión. No sentí que mi piel se encogiera, que mi cuerpo se preparara para el dolor.

Quise besarlo.

Esa fue la revelación más extraña: que podía desear a alguien sin que me doliera, que podía imaginar su boca sobre la mía sin sentir náuseas. Me hacía reír con sus torpezas, con su sinceridad desarmante. Era de mi edad, sí, pero también era de mi misma... ¿Ansiedad por el futuro? No lo sé. Solo sé que por primera vez pensé: quizás puedo tener esto. Quizás puedo elegir.

Pero apareció Damián.

Lo recuerdo con una claridad que duele. La forma en que Jon se iluminó al verlo, cómo su cuerpo se inclinó hacia él sin darse cuenta, cómo sus ojos buscaron los de su esposo antes que los míos. Y yo... yo sentí rabia. Una rabia ciega, caliente, que me hizo querer destruir algo, a alguien, a mí misma.

¿Por qué él? ¿Por qué ellos? ¿Por qué algunos podían tener esto-este amor que se veía en la forma en que Damián le quitaba una brizna de pelo de la ropa, en la forma en que Jon sonreía solo porque su esposo estaba en la habitación-y yo no?

No era rabia lo que sentía.

Era envidia.

Y con la envidia vino la comprensión, amarga como raíz de ruibarbo: yo nunca podría elegir tener esto. Mi cuerpo estaba marcado, usado, gastado. Mis padres me habían convertido en algo que otros habían probado y devuelto, como vino de mesa que se bebe sin disfrutar. No podía ofrecer a Jon-a nadie-algo puro, algo elegido, algo verdadero.

Así que dejé de intentarlo.

Dejé de sonreírle de esa manera. Dejé de buscar su mano.
Dejé de imaginar que podía ser diferente.

Y en lugar de eso, elegí ser útil. Elegí salvar vidas en lugar de intentar construir la mía. Elegí que otros vivieran el amor que yo nunca podría tener, que nunca me permitirían tener.

A veces, cuando veo a Kara mirándome con esos ojos de alfa que no entiendo, que mezclan deseo con algo que parece...¿respeto? ¿Ternura?...siento que algo dentro de mí se agita.

Un fantasma de lo que pude haber sido.
Una omega que podría haber elegido.
Una mujer que podría haber amado.

Pero cierro esa puerta rápidamente.

Porque sé cómo termina eso.

Termina con manos grandes y ásperas.

Termina con dolor.

Termina conmigo corriendo otra vez, huyendo de algo que debería haber sido hermoso y nunca lo es.

Así que sonrío a Kara.

La hago reír.

La echo de mi tienda.

Y por la noche, cuando estoy sola, me lavo las manos hasta que la piel se pone roja, intentando quitarme el recuerdo de todos los que vinieron antes, de todos los que me enseñaron que ser omega no era un regalo.

Era una sentencia.

No es que ignore la naturaleza de las miradas de Kara. Las reconozco bien, pues he visto ese lenguaje antes, aunque nunca dirigido a mí con tal...ternura. Y sería falso negar que yo también siento inclinación hacia ella.

Soy, al fin y al cabo, de carne y hueso, y el cuerpo tiene memoria de lo que necesita.

Han pasado cuatro meses desde la última vez que alguien me tocó. Cuatro meses de soledad voluntaria, sí, pero también de cierta hambruna que no se sacia con trabajo ni con sueño.

Cuando Kara se acerca-y lo hace con frecuencia, bajo pretextos que ambas sabemos falsos-siento el deseo como una corriente sutil bajo la piel. Es particular, este anhelo, porque ella es distinta a los demás. Kara es más alta que yo, de complexión robusta, con hombros anchos y manos que han conocido la espada. Físicamente, podría someterme sin esfuerzo. Y sin embargo, cuando sus ojos encuentran los míos, no veo en ellos la codicia que solía acompañar a tales encuentros. Veo paciencia. Veo espera. Veo, si me atrevo a nombrarlo, cuidado.

Hay algo casi insoportable en eso.

En el pasado, el deseo de otros era violento, apresurado, egoísta. El de Kara parece...contenido. Como si ella estuviese dispuesta a aguardar estaciones enteras a que yo misma cruce la distancia que nos separa. Y esa posibilidad-remota, improbable-de que podría elegir, de que mi consentimiento sería solicitado antes que mi cuerpo, despierta en mí sensaciones que había dado por muertas.

No es que tema su fuerza. Temía la mía propia, la capacidad de querer algo que podría, una vez más, convertirse en cadenas.

Pero cuando su mano roza accidentalmente la mía al tomar un frasco, cuando su sombra se proyecta sobre mí al inclinarse para alcanzar algo, siento el pulso acelerarse de una manera que no reconozco. No es pánico. Es...anticipación. El cuerpo recordando, contra toda razón, que el tacto puede ser placentero. Que puede ser elegido.

Y eso, sencillamente, es más terrorífico que cualquier otra cosa.

-¿Podemos hablar?

La voz de Jon me hace levantar la mirada del pequeño cuenco de hierbas que tengo entre las manos.

-¿Qué?-pregunto, buscando sus ojos.

No parece herido. Al menos no físicamente. Pero lleva esa expresión de quien ha pasado demasiado tiempo encerrado dentro de su propia cabeza.

-Necesito hablar. No como tu príncipe. Como tu amigo.

Eso sí consigue toda mi atención.
Señalo el taburete que hay delante de mí.

-Claro.

Jon se sienta. Al principio habla despacio, pero una vez empieza parece que llevaba días necesitando sacarlo. Me cuenta la discusión con Damián en Noctaris. Reconoce que estaba asustado y terminó descargando parte de ese miedo contra él. Me habla de los días posteriores, de cómo dejaron de tocarse, de las noches compartiendo cama sin saber cómo acercarse.

Después vino Solarys.

Una semana separados.

Y finalmente el regreso de Damián.

-Por el amor de todos los dioses que es tu esposo.

-Ya lo sé.

-Pues será ahora porque momentáneamente se te había olvida...-Me dedica una mirada de advertencia.

Levanto una mano.

-Perdón. Continúa.

Me cuenta el resto.

Damián respondiéndole con la misma formalidad. Las reuniones posteriores. Las conversaciones exclusivamente relacionadas con la guerra. Las miradas. La sensación de que cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta acercarse.

Cuando termina, guarda silencio.

Yo también.

No quiero darle una respuesta rápida solo para tranquilizarlo. Jon no ha venido buscando eso.

-Es una situación complicada-digo finalmente.

-Sí.

-Pero no creo que el problema sea que Damián haya dejado de quererte-Levanta inmediatamente los ojos.

-¿Entonces?

-Creo que está herido-Jon baja la mirada.

-Lo sé.

-No, creo que sabes que está enfadado. No es exactamente lo mismo.

Eso lo hace quedarse quieto.
Dejo el cuenco a un lado.

-Tú estabas pasando por algo horrible. Estas viendo cómo destruían tu reino mientras permanecías en Noctaris. Sentías culpa por descansar. Miedo por tus padres, por tus soldados, por todo lo que podías perder. Y acabaste explotando-Asiente lentamente-Eso explica lo que hiciste. Pero no evita que le doliera.

-Lo sé.

-Y Damián probablemente también entiende por qué ocurrió. Pero comprender por qué alguien te hiere no hace que deje de doler-Jon se frota las manos.

-Después intenté darle espacio.

-¿Te lo pidió?

Silencio.

-No.

-Entonces quizá tú decidiste que necesitaba algo que en realidad nunca te pidió...puede que estuviera esperando precisamente que te acercaras-Jon suspira.

-Por esto es que odiaba lo de los matrimonios-No puedo evitar sonreír.

-¿Por qué eres idiota?-Él suelta una risa breve.

-Cuando volvió...no sabía qué hacer.
Quería abrazarlo. De verdad. Pero pensé que quizá él no quería que lo hiciera. Habíamos estado tan distantes antes de marcharme que... no sé. Me salió tratarlo como trataría a cualquier otro príncipe.

-Y él respondió convirtiéndose en uno.

-Exactamente.

-Eso sí parece muy propio de Damián.

-¿Verdad?

-Muchísimo. Si le das una muralla, ese hombre no intenta derribarla. La fortifica, coloca arqueros encima y probablemente cava un foso-Jon se ríe por la nariz.

-Eso también suena mucho a él.

-Pero ahí está vuestro problema-Me inclino ligeramente hacia delante.
-Los dos estáis protegiéndoos del rechazo antes de comprobar siquiera si el otro pretende rechazaros...Bueno, realmente tú ya lo has rechazado.

Su expresión cambia.

-Yo no quiero rechazarlo.

-Probablemente él tampoco a ti.

-Entonces somos idiotas.

-Tú lo eres.

Jon me fulmina con la mirada y yo sonrío. Después recupero la seriedad.

-No vayas a hablar con él para demostrar quién tenía razón en aquella discusión. Tampoco para conseguir que admita que él hizo algo mal. Si hay cosas que Damián debe reconocer, llegará su momento. Pero empieza hablando de ti. De lo que hiciste tú. De lo que sentías tú.

-¿Y qué le digo?

-La verdad.

-Eso es muy amplio.

-Entonces empieza por lo más sencillo-Lo miro directamente-"Te eché de menos."-Jon permanece callado-Después puedes decirle que cuando regresó querías abrazarlo y no supiste si tenías derecho a hacerlo. Que estabas asustado. Que confundiste darle espacio con apartarlo. Y que ahora no sabes cómo volver a acercarte.

Sus ojos bajan hacia sus manos.

-¿Y si sigue enfadado?

-Puede seguir estándolo.

-Eso ayuda muchísimo, gracias.

-Jon, pedir perdón no obliga a la otra persona a dejar de estar herida inmediatamente-Su expresión se vuelve seria otra vez-Quizá Damián necesite tiempo. Quizá te diga cosas que no quieras escuchar. Tú también tendrás cosas que decirle. Arreglar algo no consiste en pronunciar las palabras correctas y conseguir mágicamente que todo vuelva a ser como antes.

Hago una pequeña pausa.

-Consiste en decidir si los dos queréis volver a encontraros.

Jon permanece en silencio unos segundos.

-Yo sí.

Sonrío ligeramente.

-Entonces ya tienes tu mitad de la respuesta.

Se levanta despacio.
Antes de marcharse, se detiene.

-Gracias.

-De nada.

-Has cambiado.

-Ahora soy una mujer sabia que pasa sus días evitando que soldados adultos mueran porque consideran opcional mantener limpias sus heridas-Desde otra cama escuchamos:

-¡Yo os he oído!

Levanto la voz sin girarme.

-¡Entonces cambiad vuestra venda!

Jon se ríe. Y cuando vuelve a mirar hacia mí, parece un poco menos hundido que cuando entró.

Se dirige hacia la salida.

-Jon.

Se gira.

-¿Sí?

-Cuando lo encuentres, no lo llames "Damián".

Resopla.

-Eso ya lo había entendido.

-Quería asegurarme.

-Adiós, Elara.

-Suerte.

Lo veo marcharse. Después vuelvo a mis hierbas pensando que la vida tiene un sentido del humor bastante peculiar.

Hace no demasiado tiempo quería que Damián desapareciera para poder quedarme con Jon.

Ahora estoy aconsejando a Jon sobre cómo salvar su matrimonio con él.

Supongo que eso cuenta como crecimiento personal.

O como una humillación extraordinariamente elaborada por los dioses.

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