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Si os preguntáis por qué hago tantas referencias a lobo oveja o monstruo es porque me inspiré en la canción de
Monster
Lady Gaga
Sí. Esta historia literalmente nació a raíz de escuchar esta canción bueno más bien de leer también la letra.
Literalmente la letra dice:.
Míralo a él, mírame a mí
Look at him, look at me
Ese chico es malo y honestamente
That boy is bad and honestly
Es un lobo disfrazado
He's a wolf in disguise
Pero no puedo dejar de mirar esos ojos malvados
But I can't stop staring in those evil eyes
Ese chico es un monstruo (m-m-m-monstruo)
That boy is a monster (mo-mo-mo-monster)
Dije: Chico, quita tus zarpas de mí ahora
Said: Boy, no, get your paws right off me
(¿Podría amarlo?)
(Could I love him?)
Evidentemente también la historia nació gracias a la canción de style de Taylor Swift
El capítulo es largo.
Muy largo.
Porque se habla de todos los personajes.
Y Conner va a sufrir un poquito
–Si no sabes que buscas no desordenes la vida de otro–
Bruce Wayne se encontraba en la Batcueva, rodeado de monitores y planos estratégicos. Los múltiples hologramas proyectaban imágenes de la base de la Liga de los Asesinos, datos de inteligencia recopilados por la Liga de la Justicia y posibles rutas de infiltración a la Atalaya. Todo giraba en torno a un solo objetivo: Talia al Ghul, la madre de Damian. Ella estaba en la Atalaya, y Bruce no podía permitir que controlara a su hijo ni que sus planes pusieran en peligro a su familia y amigos.
Con los codos apoyados sobre la mesa y las manos entrelazadas delante de su boca, Bruce estudiaba cada detalle de los planos. Su mente calculaba mil posibles escenarios, evaluando las probabilidades de éxito y fracaso. Era un juego complejo de ajedrez, y él, como siempre, debía prever cada movimiento antes de que ocurriera. Había diseñado múltiples planes de ataque, defensas y contingencias, pero ninguno lo satisfacía del todo. A su mente perfeccionista no le bastaba con tener una solución; necesitaba la mejor, la más efectiva, la que asegurara que Damian no se viera afectado ni un segundo más por las manipulaciones de su madre.
Sin embargo, mientras sus ojos recorrían los monitores y sus manos tecleaban nuevos comandos, un pensamiento persistente comenzó a invadir su mente, como un murmullo que no lograba silenciar. El rostro de Clark Kent apareció en su mente, nítido y claro, con esos ojos azules que siempre parecían capaces de ver a través de él. Intentó apartar la imagen, concentrarse en la estrategia, pero el recuerdo fue más fuerte. De repente, Bruce ya no estaba en la Batcueva; su mente lo transportó a aquel día en su oficina, en la Torre Wayne.
Bruce estaba sentado en su oficina, perdido en los interminables papeles y documentos que requerían su atención. Las noches como esa, donde el trabajo se acumulaba y los problemas parecían no tener fin, eran el pan de cada día. La Torre Wayne estaba vacía a esas horas, y la única luz que iluminaba la vasta oficina provenía de la ciudad de Gotham más allá de los ventanales, con su eterna paleta de luces y sombras.
Bruce estaba sumido en sus pensamientos, cuando escuchó el leve sonido de la puerta abriéndose sin que él diera su permiso, un acto que pocos se atrevían a hacer sin una cita. Pero sabía quién era incluso antes de girar la cabeza. Clark Kent, con su chaqueta de cuero y su inconfundible sonrisa amable, entró con pasos decididos pero silenciosos, como si no quisiera perturbar más de lo necesario.
-Te dije que llamaras antes de entrar-murmuró Bruce sin despegar los ojos del documento que tenía en las manos, aunque una leve sonrisa asomó en sus labios.
-Lo hice, pero tu secretaria me advirtió que estabas demasiado ocupado para atender a nadie-respondió Clark con un tono relajado, dejando la chaqueta sobre el respaldo de una silla y acercándose a Bruce. Él siempre era así: una mezcla de audacia y cortesía, un equilibrio que desconcertaba incluso a alguien como Bruce.
Clark se detuvo frente al escritorio, con las manos metidas en los bolsillos, observando a Bruce con esa mirada calmada pero inquisitiva, como si tratara de leer más allá de la fachada imperturbable del hombre frente a él. Bruce apartó los papeles finalmente, dejándolos sobre la mesa, y levantó la vista hacia Clark, tomándose un segundo más de lo necesario para observarlo. El contraste entre los dos siempre había sido evidente: uno vestido de oscuro, como una sombra encarnada; el otro, con su habitual estilo casual y esa presencia casi luminosa.
-¿Qué haces aquí tan tarde, Clark?-preguntó Bruce, su voz más suave de lo que había planeado-Clark se encogió de hombros, evitando la mirada por un segundo.
-Lois y yo hemos pensado en que te gustaría venir el sábado a comer con Damián y Tim-La sonrisa que acompañó sus palabras.
Bruce se levantó de su silla, rodeando el escritorio con calma. No lo hagas. Se detuvo a pocos centímetros de Clark, lo suficientemente cerca como para invadir su espacio personal, pero no tanto como para resultar intimidante.
Clark pareció darse cuenta de la proximidad y se tensó ligeramente. No era miedo lo que reflejaban sus ojos, sino una mezcla de inocencia y nerviosismo. Bruce lo observó por un momento, midiendo cada gesto, cada respiración. Habían estado en situaciones más cercanas que esa, pero jamás de una forma tan deliberada, tan premeditada.
-No sé si podré.
-Eso es que sí.
-No se es no sé
-No sé contigo puede ser un 65% que sí.
Y se hizo el silencio.
Un segundo
dos segundos
tres segundos
cuatro segundos
cinco segundos
seis segundos
siete segundos
ocho segundos
nueve segundos
diez segundos
once segundos
doce segundos
trece segundos
Clark tragó saliva, su mirada oscilando entre los ojos de Bruce y el suelo. Un cachorro para los ojos de Bruce
-¿Hoy has trabajado mucho?
-Sí.
-Deberias descansar
-¿Te preocupas?
-Sabes que sí.
-No deberías preocuparte
-Bueno, alguien tiene que hacerlo, ¿no?-Respondió Clark,
Bruce dio un paso más, ahora lo suficientemente cerca como para que Clark pudiera sentir el calor que emanaba de él.
-¿Y tienes que ser tú?-dijo Bruce, susurrando como si confesara un secreto que llevaba mucho tiempo guardado.
Era una pregunta para si mismo. ¿Tienes que ser tú el que me guste? tú que tienes una mujer, tú que tienes un hijo tú tú tú tú tú tú y tú
La intensidad de sus ojos azules se clavó en los de Clark, desnudando toda pretensión. Bruce levantó una mano y la apoyó suavemente sobre el pecho de Clark, sintiendo el latido acelerado debajo. Clark se puso tenso, sus labios entreabiertos como si quisiera decir algo, pero las palabras no llegaron.
No lo hagas.
No lo hagas.
No lo hagas
Bruce inclinó la cabeza ligeramente, sus labios a solo unos centímetros de los de Clark. Podía ver la confusión y eso lo impulsó aún más. Clark, a pesar de toda su fuerza y poder, siempre había sido un hombre de corazón blando, y en ese instante, se veía increíblemente humano.
-Bruce...-susurró Clark, su voz temblorosa. Se quedó quieto, sin saber si dar un paso atrás o acercarse más.
¿Y Lois?
No le importaba.
Clark ahora mismo era suyo.
El héroe más fuerte del planeta, el hombre de acero, de repente parecía vulnerable y pequeño, atrapado en la mirada penetrante de Bruce.
Bruce, sin dudar más, cerró la distancia entre ellos y besó a Clark, lentamente al principio, probando la respuesta. Clark se quedó paralizado al inicio, como si no creyera lo que estaba pasando.
Bruce y él.
Besándose.
Ah.
Ellos besándose.
Y no le parecía mal.
Cuando los labios de Bruce se encontraron con los suyos, Clark sintió una sacudida que lo atravesó desde la cabeza hasta los pies. No era solo la sorpresa del momento, sino algo más profundo, algo que había estado latente en su mente durante años, enterrado bajo capas de deber, amistad y viejas promesas. Bruce Wayne, el hombre que siempre había sido una constante en su vida, estaba ahora allí, besándolo con una intensidad que sacudía todo lo que Clark creía saber.
En medio del beso, mientras sus manos se aferraban a la camisa de Bruce y su respiración se volvía errática, Clark no pudo evitar que su mente se llenara de recuerdos. Momentos compartidos en la Liga de la Justicia, las patrullas nocturnas, las veces en que habían luchado codo a codo, salvando al mundo una y otra vez. Bruce siempre había sido el estratega, el calculador, el que lo miraba con esos ojos fríos pero innegablemente honestos, que veían más allá de la fachada del Hombre de Acero y se dirigían al hombre detrás del símbolo.
Clark siempre había respetado esa conexión, valorando a Bruce no solo como un aliado, sino como alguien en quien podía confiar plenamente. Habían tenido sus diferencias, sus discusiones, incluso peleas que casi los habían separado, pero siempre había un lazo invisible que los mantenía juntos, un entendimiento tácito que iba más allá de las palabras.
Mientras Bruce lo besaba, Clark se dio cuenta de que esos sentimientos no eran solo una cuestión de respeto o camaradería. Había algo más, algo que durante mucho tiempo había relegado a una parte escondida de su mente, empujándolo al fondo para no tener que enfrentarlo. ¿Por qué? Porque siempre había tenido a Lois. Lois, la mujer que amaba, la madre de su hijo, la persona que le había dado una vida normal y feliz cuando colgaba la capa. Clark siempre había estado seguro de sus sentimientos hacia ella. Pero ahora, con Bruce tan cerca, sintió una punzada de duda.
Había momentos, como ahora, donde se daba cuenta de que Bruce había ocupado un lugar especial en su corazón que nunca había querido admitir. Recordó noches pasadas en la Batcueva, trabajando en casos imposibles, compartiendo silencios que decían más que cualquier conversación. Recordó los destellos de complicidad y los raros pero preciosos momentos en que Bruce había bajado sus defensas, dejándolo ver al hombre detrás de la máscara de Batman.
"Siempre lo supe," pensó Clark en un rincón de su mente. "Siempre supe que Bruce era más para mí de lo que admitía." No era amor en el sentido convencional; no era un sentimiento que opacara lo que tenía con Lois. Era diferente, único, algo que solo podría haber existido entre ellos dos, como compañeros, como amigos... y tal vez, algo más.
Clark siempre había sido bueno en esconder las cosas que no podía permitirse sentir. Había cerrado esos pensamientos detrás de una puerta, convencido de que no necesitaba enfrentarlos, porque Bruce no era alguien que buscara algo más allá de la batalla. Habían sido una constante en la vida del otro, y eso bastaba. Hasta ahora.
El beso terminó, y ambos se separaron con respiraciones entrecortadas. Clark lo miró, notando el leve temblor en su propia mano, como si acabara de tocar algo sagrado y peligroso a la vez. Bruce también lo miraba, sus ojos azules más oscuros, cargados de emociones que rara vez dejaba ver. Había una especie de entendimiento silencioso entre ellos, un reconocimiento de algo que hace mucho había estado ahí, pero que nunca se había nombrado.
Clark tragó saliva, tratando de recomponer sus pensamientos. Tenía a Lois, su vida con ella y Jon, Conner que aunque no fuese hijo de él lo consideraba uno. Un futuro que siempre había querido. Pero allí, en el borde de su mente, quedaba una parte de él que sabía que Bruce era alguien que podía haber sido más, si las circunstancias hubieran sido distintas.
Era una verdad que dolía, pero que también lo hacía sentir más vivo que nunca.
Y Bruce lo volvió a besar.
Porque el no se negó.
Y lo peor de todo esque le devolvió el beso.
El beso se volvió más urgente, más cargado de la tensión de los años que ambos habían ignorado, de los sentimientos que ninguno había querido enfrentar.
Cuando se separaron, ambos respiraban entrecortadamente, sus frentes apoyadas una contra la otra. Bruce no dijo nada, pero el peso de lo que había sucedido estaba en el aire. Clark lo miró, aún con un destello de nerviosismo, pero también con una sinceridad que lo desarmaba.
-¿Qué significa esto?-preguntó Clark, su voz todavía inestable.
-Bruce se apartó un poco, mirándolo con esa mezcla de intensidad y frialdad que siempre lo caracterizaba.
-Significa que ya no quiero fingir que no te deseo, Clark.
-Ah...eh...No sé qué decir
Adorable. Pensó Bruce.
Sus labios se encontraron con una otra vez era la lujuria que no habían sabido que necesitaban, un choque de mundos que se abrazaban y se rompían al mismo tiempo. Bruce era precisión y control, pero en ese instante, con Clark entre sus brazos, todo su rigor se desmoronaba.
Los papeles se deslizaron al suelo, testigos mudos de lo que estaba a punto de ocurrir. Las manos de Bruce, normalmente firmes y calculadas, se volvieron ansiosas, recorriendo la espalda de Clark con fervor, como si quisiera grabar en su memoria cada línea y curva de su piel. Clark respondió con la misma intensidad, sus manos recorriendo los bordes afilados del traje de Bruce, sintiendo cada músculo tensarse bajo sus dedos. Era como tocar el borde de una tormenta, peligrosa y magnética, atrayéndolo más y más hacia un abismo del que no quería escapar.
El escritorio crujió bajo su peso cuando Clark lo hizo deslizarse contra la madera, un sonido ahogado entre respiraciones entrecortadas y susurros inaudibles. Bruce dejó escapar un gemido bajo, un sonido que resonó en la oscuridad de la oficina, rebotando entre las paredes, lleno de anhelo contenido y algo que ninguno de los dos quería nombrar. Las camisas se desabotonaron con movimientos torpes y urgentes, y la piel se encontró con la piel, irradiando calor en la fría noche de Gotham.
Clark lo empujó hacia el borde del escritorio, y Bruce sintió el frío de la madera contra su espalda, un contraste violento con el ardor que recorría su piel. Las manos de Clark se deslizaron por su pecho, explorando con una mezcla de ternura y posesión, como si quisiera memorizar cada centímetro, cada pulso de vida que vibraba bajo sus dedos. Y Bruce arqueó la espalda, sus músculos tensándose mientras la boca del super se deslizó por su cuello, dejando un rastro de besos ardientes que parecían grabarse a fuego lento en su piel.
El tiempo se volvió difuso; ya no existían los límites ni las restricciones que siempre los habían contenido. Eran solo dos hombres, despojados de sus máscaras y capas, compartiendo un momento que era tan frágil como feroz. Los gemidos de Bruce se mezclaban con la respiración irregular de Clark, creando una sinfonía oscura y cruda que solo ellos entendían.
Cada movimiento era un lenguaje propio, una confesión sin palabras. Bruce, siempre el estratega, ahora se dejaba llevar por algo que no podía controlar, mientras Clark respondía con la misma pasión, sus cuerpos encontrándose una y otra vez en un ritmo frenético que los envolvía en una especie de trance.
El escritorio tembló bajo el peso de su deseo, y cada crujido de la madera resonaba como un latido acompasado con sus propios corazones. Bruce y Clark se perdieron en la maraña de sensaciones, dejando que el mundo exterior se desvaneciera, quedando solo el calor de sus cuerpos entrelazados, el tacto de sus manos, y el incesante susurro de sus nombres.
Cuando finalmente se quedaron quietos, ambos respirando con dificultad, la oficina parecía envuelta en un silencio reverente. Clark apoyó su frente contra la de Bruce, sus ojos cerrados mientras trataban de recuperar el aliento. Ninguno de los dos dijo una palabra; no había necesidad. Todo lo que sentían, todo lo que habían escondido durante tanto tiempo, había sido desbordado en esos instantes, dejando una marca imborrable en la penumbra de esa oficina.
El resplandor de la luna los bañaba, como si el cielo quisiera ofrecerles un respiro, un momento de calma después de la tormenta que ellos mismos habían desatado. Se quedaron así, enredados, perdidos en la cercanía del otro, sabiendo que lo que había ocurrido no cambiaría el mundo exterior, pero había alterado para siempre el universo entre ellos dos.
Clark se quedó en silencio, todavía recuperando el aliento, mientras ambos se separaban lentamente, el sudor todavía perlaba sus pieles. Se apresuró a vestirse, abotonando su camisa con dedos temblorosos, tratando de poner en orden no solo su ropa, sino también los pensamientos que se arremolinaban en su mente. Bruce, con su usual calma calculada, parecía enfocado en el mismo proceso, pero en sus ojos había una sombra que traicionaba su frialdad habitual.
Clark rompió el silencio, su voz temblorosa pero decidida.
-Voy a hablar con Lois… sobre esto. No quiero que haya secretos entre nosotros. Le debo al menos la verdad.
Bruce se detuvo, sus manos congeladas en el último botón de su camisa negra. Su mirada se endureció, pero en su interior, un nudo de algo cercano a la desesperación se tensó.
-No hay necesidad de que lo hagas, Clark.
Clark lo miró, confundido, su ceño fruncido al captar la frialdad en las palabras de Bruce, tan diferente del ardor de hace apenas unos minutos
-Bruce, no puedo...-Antes de que pudiera terminar, Bruce lo interrumpió, sus palabras frías como el acero.
-No deberías dejarlo todo por esto. Esto no significa nada más allá de lo que fue. No quiero compromisos, y no voy a ser la razón por la que te alejes de tu vida, de Lois.
La declaración cayó como un peso insoportable entre los dos. Para Bruce, era una línea defensiva, un muro levantado apresuradamente para protegerse, para no enfrentarse a lo que realmente sentía. Pero para Clark, cada palabra era una estocada, un recordatorio crudo de lo que él siempre había sabido pero nunca había querido admitir: que Bruce no estaba dispuesto a darle más de lo que acababan de compartir.
Los labios de Clark se apretaron en una fina línea. Sus ojos azules se oscurecieron con una mezcla de tristeza y decepción, el brillo anterior desvaneciéndose como una estrella apagada. Se sintió usado, como si todo lo que acababan de experimentar no significara nada para Bruce, como si fuera simplemente un momento de debilidad que Bruce ya estaba dispuesto a olvidar.
-Entonces, eso es todo...-Bruce no respondió de inmediato, su mirada perdida en algún punto indeterminado del suelo. No se atrevía a mirar a Clark a los ojos. No podía soportar ver la herida que sabía que había causado.
-Sí-dijo finalmente, casi con un tono de resignación.-Eso es todo.
Clark asintió lentamente, su rostro mostrando una mezcla de dolor y resolución. Se abrochó la chaqueta con movimientos bruscos, y sin decir nada más, giró sobre sus talones y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un golpe que resonó por toda la estancia. El sonido reverberó como un eco sordo en el pecho de Bruce, una punzada que lo atravesó sin aviso, un dolor agudo que no había anticipado.
Bruce se quedó solo, el silencio de la oficina más pesado que nunca. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar el incesante latido que lo asfixiaba. Sabía que lo que había dicho era lo correcto, lo racional, pero también sabía que con cada palabra, había perdido algo que nunca tendría otra vez. Clark nunca sería suyo, y Bruce nunca se permitiría a sí mismo ser de nadie.
En la penumbra de su oficina, con los papeles aún esparcidos por el suelo y los recuerdos del encuentro todavía frescos en el aire, Bruce se dio cuenta de la magnitud de su pérdida. Y aunque se decía a sí mismo que había sido lo correcto, una pequeña, implacable parte de él sabía que había dejado ir algo irremplazable. Pero ese era su sacrificio, su carga, y Bruce Wayne, el caballero oscuro, estaba demasiado acostumbrado a cargar con los sacrificios en silencio.
El recuerdo se desvaneció, y Bruce volvió a la Batcueva, sentado en la misma silla, rodeado por las luces azules de los monitores. Pero ahora, su concentración se había quebrado. Podía seguir ideando estrategias para derrotar a Talia, pero no podía dejar de pensar en lo que había perdido con Clark. En otra vida, en otro tiempo, quizás habrían sido algo más. Pero él mismo lo había echado todo a perder con su orgullo y su miedo a conectar.
Bruce se pasó una mano por el rostro, frustrado. Sabía que no podía cambiar lo que había sucedido, que lo mejor que podía hacer era seguir adelante. Pero ahora, cada plan, cada estrategia para proteger a Damian y derrotar a Talia se veía enturbiado por la sensación de que también había fallado en proteger algo mucho más frágil y valioso: la posibilidad de haber sido feliz con Clark.
Respiró hondo, cerrando los ojos por un momento y apartando esos pensamientos. Tenía una misión que cumplir, un hijo al que proteger, y no podía permitirse el lujo de distraerse con el pasado. Pero mientras se sumergía de nuevo en sus planes, el fantasma de lo que pudo haber sido seguía rondando, recordándole que, a pesar de todo su control, incluso Batman no podía huir de su propio corazón.
Clark sostenía la taza de café entre sus manos, el calor del líquido apenas mitigaba el frío que sentía en su interior. Se había apartado del bullicio de la mansión Wayne, buscando un respiro en la tranquilidad de una de las ventanas que daban al jardín. Desde allí, podía ver la luz grisácea del amanecer filtrándose a través de las ramas desnudas de los árboles, el mundo parecía detenido, como si compartiera su melancolía silenciosa.
Se suponía que estaban allí para encontrar un plan, una estrategia para enfrentar a Talia y la Liga de las Sombras. Pero Clark apenas podía concentrarse. Su mente se desviaba una y otra vez hacia el mismo punto de conflicto que no podía resolver: lo que hace tiempo había ocurrido con Bruce en esa oficina. Un arrebato de deseo y confusión que ahora pesaba sobre él como una sombra.
Se alegraba de no haberle dicho nada a Lois, porque ella merecía algo mejor, y, sin embargo, el remordimiento lo consumía por dentro.
Lois Lane.
Su mente la evocó con una claridad casi dolorosa, recordando su sonrisa, la determinación en sus ojos, esa valentía inquebrantable que siempre había admirado en ella. Lois había estado a su lado desde el principio, antes de que él siquiera entendiera lo que significaba ser Superman. Ella había aceptado los riesgos, el peligro constante, y nunca le había exigido más de lo que él podía darle. Siempre había sido su apoyo, su ancla.
Lois había sido mucho más que su pareja; había sido su amiga, su confidente, la única que realmente entendía lo que significaba cargar con el peso del mundo. Nunca se había echado atrás, ni siquiera cuando las cosas se complicaban, ni siquiera cuando el peligro era tan real que podía alcanzarla a ella también. Clark recordaba noches en las que había regresado a casa destrozado, física y emocionalmente, y Lois siempre había estado allí, lista para curar sus heridas más graves, no solo las que se veían, sino también las que se escondían profundamente dentro de él.
Y luego estaba Jon, su hijo, el hijo que Lois había amado desde el primer momento, con una devoción que iba más allá de la biología. Jon, que había heredado la mejor parte de ambos y que, a pesar de las circunstancias, había sido criado con todo el amor y la estabilidad que Lois había podido ofrecerle.
También había aceptado a Conner como suyo, sin reservas, sin preguntas. Lois había sido una madre extraordinaria, la mejor que él podría haber deseado para sus hijos.
Clark se llevó la taza a los labios, el amargor del café era un consuelo momentáneo mientras se preguntaba cómo había llegado hasta aquí, con un secreto que no podía compartir, ni siquiera con la mujer que más amaba. Porque aunque su relación con Lois estaba lejos de ser perfecta, siempre había sido honesta. Pero lo que había pasado con Bruce rompía esa franqueza. Había sido un momento de debilidad, de vulnerabilidad que nunca había experimentado de esa manera. Y ahora, ocultárselo a Lois se sentía como traicionarla, como una grieta invisible que amenazaba con expandirse.
El dolor de no haberle contado a Lois lo que sucedió con Bruce lo carcomía lentamente. Lois siempre había estado dispuesta a luchar por él, a defenderlo contra todo, incluso contra sus propios demonios. Ella se había entregado por completo a su vida juntos, y Clark sabía que le debía más que esto.
Pero, ¿cómo podía explicarle? ¿Cómo podía mirarla a los ojos y confesar que había compartido algo con Bruce que ni siquiera él mismo entendía del todo? Se sentía atrapado entre el deseo de ser honesto y el miedo de destrozar todo lo que Lois y él habían construido juntos. Sabía que, al final del día, Lois merecía la verdad. No porque fuera fácil, sino porque ella era la única persona que siempre había creído en él, incluso cuando él no podía hacerlo.
Pero sabe que nunca sería capaz de hacerle ese daño.
Clark suspiró, dejando que el vapor del café subiera, difuminándose en el aire frío. No podía evitar sentirse culpable. No por lo que había hecho con Bruce, sino por lo que no había hecho por Lois: no había sido completamente honesto. No había respetado el pacto silencioso de confianza que siempre había existido entre ellos. Pero ahora, enfrentado a su reflejo en el cristal de la ventana, se daba cuenta de que no había manera fácil de enmendar esto, y cada momento de silencio solo hacía que la carga se sintiera más pesada.
Mientras observaba el horizonte desdibujarse lentamente, Clark sintió una punzada en el pecho. No solo por Lois, ni por Bruce, sino por él mismo, por la certeza de que, en algún rincón oscuro de su corazón, había permitido que algo incontrolable tomara forma. Algo que no podía borrar y que lo seguiría, sin importar cuánto intentara dejarlo atrás.
Clark cerró los ojos por un momento, dejando que los recuerdos lo arrastraran lejos de la mansión Wayne y de las preocupaciones del presente. La imagen de Lois surgió con fuerza en su mente, tan vívida que casi podía sentir su presencia a su lado.
Recordó claramente el día en que llevó a Conner a su casa por primera vez. Era una tarde gris, el aire estaba cargado de incertidumbre, y él no estaba seguro de cómo iba a reaccionar Lois. Sabía que la situación era complicada, y que la aparición de Conner había cambiado muchas cosas para todos ellos.
Clark y Conner estaban en la sala, explicando la situación con cautela. Conner, aún inseguro, se mantenía en silencio, su mirada vagando de un lado a otro, intentando leer las expresiones en los rostros de quienes lo rodeaban. Lois, con los brazos cruzados y una ceja levantada, lo escuchaba atentamente. Clark podía notar la preocupación en su rostro, pero también la fuerza y la calidez que siempre la caracterizaban.
Sin dudarlo, Lois se acercó a Conner, rompiendo la tensión en la sala con su sonrisa genuina.
-Bienvenido a casa-le dijo, mirándolo con una mezcla de curiosidad y ternura. Luego, sin perder el tiempo le enseño la que sería habitaciones de la casa-Mañana te llevo de compras para que tengas ropa decente. No pienso dejar que uses esas cosas desgastadas ni un día más.-Su tono era firme pero lleno de afecto, y Clark supo en ese momento que Conner no solo sería aceptado, sino también cuidado.
Conner, sorprendido por la calidez inesperada, apenas pudo articular un tímido
-Gracias-Lois solo le sonrió, y Clark sintió que un peso se levantaba de sus hombros.
Era un pequeño gesto, pero significaba el mundo. Conner, quien había pasado gran parte de su vida sintiéndose fuera de lugar, estaba encontrando un hogar, y Lois, sin pensarlo dos veces, lo había acogido como si fuera uno más de la familia.
Clark recordó otros momentos entrañables...
Lois y Conner en la cocina, intentando preparar una cena mientras discutían sobre la receta. Conner, con su testarudez juvenil, insistía en añadir más especias de las que el plato requería, y Lois, con la paciencia de una madre experimentada, lo regañaba sin dejar de sonreír.
-Conner, que no le heches más sal-le decía, riéndose mientras trataba de arreglar el desastre en la sartén.
Clark veía la escena desde la puerta, sintiéndose como un espectador en una película que nunca se cansaba de ver. Había una armonía inesperada en cómo Lois manejaba a Conner, como si hubiese nacido para ser la figura maternal que él necesitaba, incluso cuando todo parecía caótico.
Una tarde en particular se quedó grabada en la memoria de Clark.
Conner había estado practicando una nueva receta de pastel, y entre el azúcar y la harina, había logrado cubrir toda la cocina con una fina capa blanca. Lois entró, las manos en las caderas, observando el desastre que había provocado su hijo adoptivo.
-¿Qué ha pasado aquí?-preguntó con esa mezcla perfecta de exasperación y cariño.-Conner, con harina en el pelo y una sonrisa traviesa, intentó excusarse.
-Lo siento... estaba experimentando.-Lois se rió y le lanzó un trapo
-Pues ahora experimenta limpiando.
Había sido un momento simple, casi insignificante, pero para Clark fue una prueba más de cómo Lois se había adaptado a Conner sin esfuerzo, cómo había encontrado la manera de incluirlo en cada pequeño rincón de su vida.
Y en un giro que Clark jamás había esperado, un día, durante una conversación casual en la cocina, ocurrió lo impensable. Conner, después de pedirle a Lois que probara uno de sus platos, se dirigió a ella de manera natural:
-¿Qué piensas, mamá?
La palabra colgó en el aire, y Clark sintió cómo el corazón de Conner se detenía por un instante. Lois parpadeó, sorprendida, y luego sonrió con tanta calidez que iluminó toda la habitación. Se acercó a Conner y le revolvió el cabello con un gesto lleno de amor.
-Está perfecto, hijo.-No hubo necesidad de corregirlo, ni de aclarar las cosas. Para Lois, Conner era uno de los suyos, y para Conner, Lois había pasado a ser esa figura materna que nunca había tenido, pero que siempre había deseado.
Aunque Conner tenía un color rojo en la cara que le hacía pensar que casi explotaba.
Clark siempre atesoró esos momentos, observando desde la distancia cómo Lois y Conner construían su propia relación, llena de bromas, discusiones y momentos de apoyo incondicional. Lois había hecho lo que mejor sabía hacer: abrir su corazón y dejar entrar a Conner sin reservas. Y a pesar de todas las complicaciones, a pesar de los errores y los silencios, Clark sabía que Lois era una parte fundamental de la vida de Conner.
Aunque también eran Jon y Conner.
El hermano mayor y el pequeño.
Siempre había sido fascinante ver cómo sus dos hijos, tan distintos y a la vez tan parecidos, habían construido un vínculo que iba más allá de la simple convivencia. Jon y Conner se comportaban como auténticos hermanos, con todas las complejidades y matices que eso conllevaba: secretos compartidos, discusiones intensas y momentos de risas que iluminaban los días más oscuros.
Desde el primer momento, Jon había mirado a Conner con una mezcla de curiosidad y admiración. Jon veía a Conner como el hermano mayor que necesita, alguien a quien seguir y con quien aprender. Conner, por su parte, se había mostrado reservado al principio, incómodo con la idea de formar parte de una familia tan unida. Pero Jon, con su energía y entusiasmo, pronto rompió esa barrera, acercándose a él de maneras que Conner nunca imaginó.
Clark recordo una tarde en específico.
Los dos chicos estaban en el jardín, entrenando. Jon, siempre ansioso por mejorar, había estado practicando sus habilidades de vuelo mientras Conner le daba consejos desde el suelo. Todo iba bien hasta que Jon, en su impaciencia, se lanzó a toda velocidad hacia el cielo sin medir bien la distancia, y acabó estrellándose contra un árbol. Clark había corrido hacia ellos, preocupado, pero Conner ya estaba ahí, ayudando a Jon a levantarse, ambos riendo como si nada hubiese pasado.
-¿Por qué siempre haces esto?-se quejó Jon, frotándose el brazo adolorido pero sonriendo-No me dejas ni un segundo de vergüenza en paz.
Conner soltó una carcajada y le revolvió el cabello.
-Alguien tiene que mantenerte con los pies en la tierra, literalmente.
Eran esos momentos los que demostraban la verdadera profundidad de su relación. Conner podía ser duro y sarcástico, pero en el fondo, se preocupaba profundamente por Jon. Lo vigilaba, lo protegía y, aunque no lo decía abiertamente, estaba orgulloso de él. Clark los observaba y no podía evitar sentir un orgullo silencioso. Era como ver a dos partes de sí mismo coexistiendo, aprendiendo y creciendo juntos.
No todo era perfecto, claro.
Había momentos en los que la tensión surgía, especialmente cuando las diferencias entre ellos se hacían evidentes. Jon, con su sentido de la justicia y su espíritu aventurero, a veces chocaba con la cautela y el escepticismo de Conner. Las discusiones no eran raras, y muchas veces Clark se encontraba mediando entre los dos, recordándoles que eran familia, que a pesar de todo, estaban en el mismo equipo.
Una vez, durante una patrulla conjunta, Jon había querido enfrentarse solo a un grupo de criminales sin esperar a que Conner llegara a ayudar. La situación se complicó, y aunque nadie salió gravemente herido, Conner estaba furioso.
-¡No puedes seguir haciendo esto, Jon!-le gritó Conner, su voz cargada de frustración mientras volvían a casa.-No eres invencible, ¿entiendes? Podrías haber salido muy jodido.
Jon se encogió de hombros, visiblemente arrepentido pero también molesto.
-Solo quería demostrar que puedo manejarlo. No necesito que me salves siempre.
-¿Y qué crees que hubiese pasado si no hubiese intervenido?
-¡no hubiera pasado nada, lo hubiese esquivado!
-¡Te iba a darle la cabeza!
-¡no iba a darme en la cabeza!
-¿siempre tienes que llevarme la contraria en estos momentos?
-¡hubiese estado bien!
-¡Jon, vale ya!
-¡Pues deja de reñirme!
-¡Es por tu bien!
-¡Estás siendo un pesado!
-¡Me estoy preocupando!
-¡Yo no te he pedido que te preocupe!
-¡Es que eso no se pide!
-¡Que me dejes!
-¡Pues vale!
La tensión quedó flotando en el aire por días.
Clark los observaba desde la distancia, sintiendo la brecha entre ellos y deseando poder cerrarla con un simple gesto.
Sin embargo, como en todas las relaciones fraternales, el enojo no duró para siempre. Una noche, cuando pensaron que Clark y Lois ya estaban dormidos, Jon se coló en la habitación de Conner. Clark, desde la cama, escuchó sus voces bajas.
-¿Qué quieres?-Dijo Conner
Jon tardó unos segundos en hablar.
-Lo siento. No quise hacerte enfadar…solo que a veces siento que no me tomas en serio.
Conner suspiró, y aunque Clark no podía ver su expresión, podía imaginar el conflicto en su rostro.
-No es eso, Jon. Es solo que… no quiero que te pase nada. Ya he perdido demasiado en mi vida, no quiero perderte a ti también.
-¿Eso es que sí me perdonas?
-Claro que sí.
Había también momentos más ligeros, llenos de risas y bromas, como cuando los dos decidieron gastarle una broma a Clark llenando su café con colorante. Jon se reía a carcajadas mientras Conner fingía su mejor cara de inocente, y Clark, no pudo evitar unirse a sus risas.
Clark también recordaba una tarde en que los encontró a ambos escondidos en el salón, cuchicheando mientras miraban una revista de videojuegos. Conner intentaba enseñarle a Jon algunos trucos, pero Jon, en su impaciencia, terminaba retando a su hermano a un duelo en la consola. Las horas pasaban entre risas, retos y comentarios picantes, los dos completamente absortos en su propio mundo.
-Admite que soy mejor que tú- provocaba Jon tras una victoria especialmente cerrada. Conner se limitaba a sonreír con suficiencia, sabiendo que aunque Jon ganara en el juego, en la vida real siempre tendría a su hermano mayor para apoyarlo.
Jon y Conner eran hermanos, y esa conexión, forjada a través de los buenos y malos momentos, era una de las cosas que más atesoraba. Clark entendía que, al final del día, ambos se cuidarían mutuamente de maneras que él nunca podría, y eso le daba una paz que pocas cosas en el mundo podían ofrecerle.
La relación entre Jon y Conner no era perfecta, pero era real, viva y siempre creciendo. Y aunque a veces se sentía abrumado por los desafíos de ser padre, sabía que había hecho algo bien al ver cómo esos dos chicos, tan diferentes y tan iguales, se convertían en lo mejor el uno para el otro.
-El lobo dejó de aullar a la luna y empezó a soñar con la oveja-
Damian salió de la ducha con la mente cargada de pensamientos oscuros y pesados, el agua caliente apenas había logrado calmar la tensión en sus músculos.
Se envolvió en una toalla y caminó hacia su habitación, sus pasos lentos y casi arrastrados. Una vez allí, se dejó caer en la cama, sintiendo el peso de sus responsabilidades y temores como si fueran una losa que lo aplastaba contra el colchón.
Voy a matarte mamá.
Por arrebatarme todo lo que soy...
Porque de recuerdos es de lo que estamos hechas las personas, sin ellos no somos nadie.
Y llega un recuerdo lejano.
Muy muy lejano.
El aire en la sala de entrenamiento de la Liga de los Asesinos estaba cargado de tensión, una mezcla de sudor, odio y una competitividad que iba más allá de cualquier relación familiar.
Damian Wayne, joven y feroz, se movía con la agilidad de un guerrero entrenado desde su niñez, cada paso y movimiento calculado al milímetro. Delante de él, su prima Mara respiraba con dificultad, su rostro una mezcla de frustración y determinación. Habían estado combatiendo por casi una hora, pero el resultado siempre era el mismo: Damian salía victorioso, imbatible, inalcanzable.
Damian recordaba esa sensación de superioridad como si estuviera ocurriendo en ese preciso instante. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras mantenía una postura perfecta, observando cada movimiento de Mara, anticipando cada error, cada debilidad que ella mostraba. No era solo un combate; era una prueba constante de su valía, de su derecho a liderar la Liga algún día.
Desde el fondo de la sala, Ra’s al Ghul observaba cada instante de la pelea con ojos calculadores y llenos de orgullo. Cada vez que Damian bloqueaba un ataque, cada vez que derribaba a Mara con una precisión impecable, Ra’s sonreía con satisfacción. Ese era su nieto, el heredero que siempre había soñado tener.
-Excelente, Damian-resonó la voz grave de Ra’s al Ghul, interrumpiendo el sonido de los golpes y el entrechocar de las armas-Cada día demuestras que eres digno del legado que llevarás. Serás el líder de la Liga de los Asesinos, el más grande que el mundo haya conocido.
Esas palabras eran como un bálsamo para Damian, una reafirmación de todo por lo que había trabajado. Podía sentir el peso del orgullo de su abuelo en cada mirada, en cada elogio, y eso lo llenaba de un fuego interno, una certeza de que su lugar estaba asegurado.
Sin embargo, esos mismos elogios eran como espinas para Mara, quien había escuchado demasiadas veces la misma sentencia: Damian era el mejor, Damian era el elegido. Y ella, a pesar de sus esfuerzos, siempre quedaba en la sombra.
Mara jadeaba, su pecho subía y bajaba con rapidez mientras se levantaba una vez más, sus manos temblorosas apretaban con fuerza la empuñadura de su espada. No importaba cuántas veces cayera, siempre se levantaba, pero Damian veía en sus ojos el cansancio, la frustración, la rabia.
-Quizas en la próxima -dijo Damian con una frialdad calculada, sin una pizca de piedad en su voz. En ese entonces, la compasión era una debilidad que no podía permitirse, y mucho menos frente a su abuelo.
Mara se lanzó contra él con un grito de rabia, atacando con todas sus fuerzas en un intento desesperado por sorprenderlo, pero Damian bloqueó su golpe con la facilidad de quien lleva años anticipando cada movimiento del otro. Un giro rápido, un barrido con su pierna y Mara estaba en el suelo una vez más. Damian no se molestó en atacarla de nuevo, solo se quedó de pie, mirándola con una mezcla de desdén y superioridad.
-Levántate-ordenó Ra’s al Ghul con voz autoritaria-No te atrevas a quedarte en el suelo.
Mara se puso de pie, su rostro contorsionado por la ira contenida. Ella no podía soportar ver cómo su abuelo idolatraba a Damian, cómo sus palabras de aliento siempre eran para él, mientras que para ella solo quedaban los reproches y las expectativas incumplidas. En un arrebato de desesperación, Mara sacó una de sus cuchillas y se la lanzó a Damian con toda la fuerza que le quedaba.
Damian vio la cuchilla volar hacia él, una línea de acero que cortaba el aire entre ellos. Con un movimiento fluido y rápido, la atrapó con una sola mano, girándola sobre su palma como si fuera un simple juguete. La mirada de Mara se llenó de pánico al ver la facilidad con la que él había desarmado su ataque.
Sin pensarlo dos veces, Damian se la volvió a lanzar devolviéndole la cuchilla a su dueña con una precisión letal. Mara no tuvo tiempo de reaccionar. Sintió un dolor punzante atravesar su rostro y un ardor intenso que la hizo caer de rodillas. La cuchilla se había clavado en su mejilla, cortando justo bajo su ojo derecho. Ella gritó de dolor y se llevó una mano al rostro, sintiendo la calidez de la sangre deslizándose por su piel.
Damian se quedó parado frente a ella, observándola con una mezcla de indiferencia y un leve toque de satisfacción. El silencio en la sala era ensordecedor, solo roto por los jadeos agónicos de Mara y el goteo sutil de su sangre sobre el suelo de mármol. Damian se acercó lentamente, sin apartar la vista de su prima, que lo miraba con los ojos llenos de lágrimas de rabia y humillación.
-Eso te dejará una cicatriz-dijo Damian con voz baja y sin rastro de arrepentimiento. Sus palabras eran frías, como una sentencia inquebrantable- Cada vez que te mires en el espejo, recordarás que siempre fui mejor que tú.
Mara se quedó inmóvil, con los ojos llenos de ira y vergüenza, sintiendo cómo esas palabras perforaban más profundo que la herida misma. La cicatriz que le quedaría no solo marcaría su piel, sino también su orgullo y su espíritu. Damian le había arrebatado más que una simple victoria; le había arrebatado su dignidad.
Ra's al Ghul se acercó a Damian y le puso una mano en el hombro, apretando con un gesto de aprobación. Sus ojos estaban llenos de orgullo, y no hizo ningún intento por ayudar a Mara. Ella era solo una prueba más en el camino del verdadero heredero.
-Lo hiciste bien, Damian dijo Ra's, su voz rebosando de orgullo-. Eres un verdadero al Ghul. Recuerda que la compasión es una debilidad, y el líder de la Liga no puede permitirse ninguna debilidad
“No puedes permitirte ninguna debilidad”, decía la voz grave y firme, impregnada de esa autoridad que solo el viejo patriarca sabía imprimir.
Era una frase que había escuchado durante mucho tiempo. Si no era su abuelo era su madre. El ahora era un hombre forjado por la dureza de los años y las exigencias de su linaje. Esas palabras no eran simples consejos, eran órdenes, casi una advertencia que se había convertido en una verdad irrefutable dentro de él.
Se recordaba a sí mismo repitiéndolas una y otra vez, a lo largo de los años, en los momentos más difíciles. Cuando el frío se colaba en sus huesos durante las largas noches solitarias. Cuando la presión de las expectativas le apretaba el pecho y le impedía respirar. Cuando la vida le ponía a prueba una y otra vez.
"No puedes permitirte ninguna debilidad." Eran su escudo y su armadura.
Pero ahora, en silencio en la penumbra de su habitación, sabía que algo había cambiado. Porque había una debilidad que ya se había instalado en su corazón, una que no podía ignorar ni silenciar. Una que tenía nombre y unos preciosos ojos azules que lo miraban como si fueran la única luz en la oscuridad. Esos ojos, tan profundos y claros, lo atravesaban hasta el alma, y por primera vez en su vida, se sentía desnudo, vulnerable. Cada vez que los miraba, sentía que se rompía un poco más la coraza que había construido con tanto esmero.
Aunque Jon ya estaba dentro.
Le parecía casi una ironía cruel. Su abuelo le había advertido que el mundo estaba lleno de trampas, de debilidades disfrazadas de placeres efímeros, y él había jurado que nunca caería en ninguna. Pero ahí estaba, atrapado sin remedio, entregado a una fragilidad que ni siquiera sabía que existía en él. No era un enemigo tangible al que pudiera enfrentar; era una dulce tortura que lo mantenía en un constante vaivén entre el deseo y la culpa. Porque cuando pensaba en esos ojos, tan claros como el cielo en los días de verano, lo único que quería era perderse en ellos, aunque eso significara traicionar todo lo que le habían enseñado.
Entonces recuerda que lo que su madre y su abuelo le enseñaron no estaba bien. El ya no era un asesino.
No podía dejar de pensar en el, en la perfección con la que se movía, en cómo cada palabra que decía sonaba como música a sus oídos. En cómo su risa lo llenaba de una calidez desconocida, como un hogar que nunca supo que estaba buscando. Jonathan kent era todo lo que su abuelo le había advertido que evitara: una distracción, un peligro. Y sin embargo, a sus ojos, el era perfecto. Perfecto en sus gestos, en su manera de morderse el labio cuando estaba concentrado, en la forma en que sus ojos azules se iluminaban con la más leve insinuación de una sonrisa.
Cada detalle suyo era un recordatorio constante de su propia fragilidad. Porque lo que más lo asustaba no era el deseo que sentía, sino la certeza de que, por primera vez, había encontrado algo por lo que estaría dispuesto a arriesgarlo todo. Algo, o más bien alguien, que lo hacía olvidar las palabras de su abuelo, que hacía temblar su convicción.
"No puedes permitirte ninguna debilidad"
Pero ahí estaba su debilidad, con esos ojos azules y esa sonrisa capaz de desarmarlo en un solo segundo.
No había entrenamiento, ni disciplina, ni advertencia alguna que pudiera prepararlo para esto.
Su debilidad tenía un nombre, una risa contagiosa y unos ojos tan azules que podían hacerle olvidar todas las palabras de su abuelo. Echar la voz de su madre. Jon era su excepción, su única imperfección perfecta. Y por más que intentara convencer a su mente de lo contrario, su corazón hace ya muchos años había decidido.
Y si por Jon tenía que matar lo haría.
Le daba igual si padre.
Le daba igual todas las enseñanzas.
La misión que se avecinaba era una de las más peligrosas que habían enfrentado hasta ahora. Ir a la Atalaya, el cuartel general de la Liga de la Justicia en el espacio, y enfrentarse nuevamente a su madre, Talia al Ghul, lo llenaba de una mezcla de emociones que no estaba seguro de poder controlar. Damian sabía lo que su madre era capaz de hacer, no solo con sus enemigos, sino con él. Había sentido la oscuridad adueñarse de su ser antes, una sombra densa y fría que se extendía en su mente, y el temor a que ella pudiera manipularlo otra vez lo aterrorizaba.
¿Padre me odira?
Se cubrió los ojos con el antebrazo, tratando de calmarse, pero los pensamientos seguían arremolinándose en su mente. ¿Qué pasaría si, estando tan cerca de ella, perdía el control? ¿Y si volvía a ser el arma que ella deseaba, el asesino que había entrenado durante años? Damian sintió que el miedo lo asfixiaba lentamente, haciendo que su pecho doliera y su respiración se volviera errática.
Matar
matar
matar
matar
Todo parecía llegar siempre el mismo punto cuando se trataba de su madre.
De repente, el sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos. Se tensó por un momento, pero al escuchar la voz familiar, relajó los músculos.
-Ey-Saludo Jon con su característica sonrisa. El hijo de Superman cerró la puerta detrás de él y caminó hacia la cama, dejándose caer a su lado sin dudarlo.
El nunca le tiene miedo.
Lo abraza
lo besa
lo mira
lo toca
le da la mano
se sienta con él para comer desayunar o cenar
se acurruca con él en el sofa
Damian no lo mira de inmediato. Estaba avergonzado por su vulnerabilidad, pero también aliviado de que Jon estuviera ahí con él. Jon permaneció en silencio por unos instantes, respetando el espacio de Damian, pero su presencia ya era suficiente para empezar a calmar las tormentas en su mente.
Finalmente, Jon rompió el silencio con una pregunta suave, casi en un susurro.
-¿Qué tal vas?-podría parecer una pregunta muy estúpida, porque lo tiene delante y parece que está bien. Pero se está refiriendo a la voz de su madre dentro de su cabeza a su sed de sangre.
Damian aparta el brazo de su rostro, girando la cabeza para mirarlo. Los ojos de Jon brillaban con preocupación, una calidez que contrastaba con el frío que sentía en su interior.
-Estoy aterrado, Jon-admitió Damian, su voz cargada de una sinceridad que rara vez mostraba-No por lo que pueda hacerme mi madre, sino por lo que yo podría haceros todos vosotros. Y a ti.
El silencio que siguió fue denso, lleno de palabras no dichas y miedos compartidos. Jon lo miró con seriedad, entendiendo la magnitud de lo que Damian estaba diciendo. El hijo de Batman no era alguien que se aterrorizara fácilmente, y saber que estaba tan asustado hacía que Jon sintiera un nudo en el estómago. Pero en lugar de responder con palabras, Jon se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de Damian, en un gesto que era a la vez íntimo y reconfortante.
Damian cerró los ojos, permitiendo que la cercanía de Jon lo anclara en el presente, alejándolo de los temores que lo acechaban.
Después de unos segundos minutos sintió los labios de Jon rozando su cuello, un contacto suave pero electrizante que hizo que su corazón latiera con fuerza. Fue un gesto inesperado, pero no desagradable. De hecho, sintió cómo su cuerpo respondía, como si por un momento pudiera dejar de lado todo el peso que cargaba y solo concentrarse en esa conexión entre ellos.
Cuando abrió los ojos, Jon lo miraba con una mezcla de ternura y preocupación.
-No eres un monstruo, Damian-dijo Jon, su voz firme pero dulce-Y no dejaré que te conviertas en uno. Estaré contigo, siempre.
Las palabras de Jon llegaron directo al corazón de Damian. Lo conocía lo suficiente como para saber que Jon no era solo palabras vacías; lo decía en serio, con todo lo que tenía. Y esa certeza le dio a Damian la fuerza que necesitaba. En un movimiento rápido, se giró, posicionándose encima de Jon, sus miradas conectándose con una intensidad que ambos compartían.
No había necesidad de decir más. En ese momento, bajo el peso de todo lo que significaba ser Damian Wayne, encontró consuelo en Jon. Mientras sus labios se encontraban, lo que había comenzado como un gesto de apoyo se transformó en algo más profundo, una necesidad compartida de conectarse en medio de la incertidumbre.
El beso fue lento, cargado de emociones que ninguno de los dos estaba preparado para expresar en palabras. Damian sintió que toda la tensión, el miedo y la culpa que había acumulado se deslizaban, reemplazados por algo más cálido y seguro.
-Te quiero-Dijo Damián
-Yo también te quiero.
Jon era su ancla, su faro en la oscuridad.
Y no entiende como su madre ha podido robarle sus recuerdos
Recuerdos...
Entonces Damián se pierde en ellos...
Todos ellos empiezan a bailar en su mente
Y Jon está prácticamente en la misma línea.
Porque dentro de nosotros, cada recuerdo cuenta una historia.
-El amor de la oveja cambió el corazón del lobo-
Era una tarde soleada en la Ciudad Gótica, aunque el sol apenas lograba atravesar las nubes densas que se cernían sobre la imponente mansión Wayne. En el corazón de la mansión, en uno de los amplios patios interiores que servían tanto como campo de entrenamiento como lugar de esparcimiento, se encontraban dos figuras que, en apariencia, podrían haber estado simplemente disfrutando de un día de juegos. Pero aquellos que los conocían sabían que detrás de cada interacción, cada mirada competitiva, había mucho más en juego.
Damian Wayne, el más joven de los Wayne, se encontraba en una posición de clara ventaja, literalmente. Estaba sentado con total confianza sobre la espalda de su mejor amigo y ocasional rival, Jon Kent. Con una sonrisa satisfecha, Damian observaba la frustración en el rostro de Jon mientras este luchaba por liberarse.
-¿¡Qué pasa, Jon?-preguntó Damian con una voz cargada de sorna, inclinándose un poco hacia adelante para aumentar el peso sobre la espalda de su amigo.
Jon gruñó en respuesta, sus brazos temblaban mientras intentaba empujar el cuerpo de Damian hacia arriba, pero este era más ágil y había encontrado el ángulo perfecto para mantener a Jon bajo control.
-Tu capa...-jadeo Jon, con una mezcla de exasperación y enfado-Es como... ¡criptonita!
-Tranquilo, no te matara-Damian rió entre dientes, claramente disfrutando el momento-¿El hijo de Superman derrotado por una capa?-Damian se inclinó hacia adelante, acercándose al oído de Jon y susurrando-¿Te rindes?
La burla estaba clara, y aunque Jon sabía que Damian solo estaba jugando de una manera retorcida, no podía evitar sentir la chispa de la competencia encenderse dentro de él.
Jon hizo una mueca, su mente trabajando a toda velocidad para idear una forma de escapar de esta situación. Damian siempre había sido más pequeño en estatura, pero en estos últimos meses, Jon había crecido notablemente. Era más alto, más fuerte, pero en este momento, nada de eso parecía importar. Damian había utilizado su astucia, su entrenamiento, y esa maldita capa, para atraparlo.
-¡Injusto!-gritó Jon. Pero Damian no se inmutó, manteniendo su postura dominante.
-La vida es injusta, Jon. Mejor acostúmbrate-Damian estaba disfrutando demasiado este momento. Como el hijo del Batman, había aprendido a usar cada recurso a su disposición, y este era uno de esos momentos en los que le gustaba recordarle a Jon que, a pesar de su superpoderosa ascendencia, aún había cosas que no podía superar con fuerza bruta.
Pero Jon no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. Con un último esfuerzo, utilizó toda su fuerza, no solo física, sino también mental, para levantar su torzo del suelo. Un truco que había aprendido de su padre: concentrar toda su energía en un punto específico. Damian, sorprendido por el repentino aumento de fuerza, perdió brevemente el equilibrio. Jon aprovechó ese momento para girarse rápidamente, logrando quedar de lado y finalmente escapar de debajo de Damian.
El pequeño Wayne, ahora en el suelo, miró a Jon con una mezcla de sorpresa y orgullo.
-No está mal, Kent-admitió Damian, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de su uniforme. Jon sonrió, respirando con dificultad, pero satisfecho por haber logrado liberarse.
-Bueno, no esperaba menos del hijo de Batman-respondió Jon, todavía jadeando. Ambos chicos se quedaron ahí, de pie, mirándose mutuamente. La tensión del momento comenzó a disiparse, y lo que quedó fue la camaradería que siempre había definido su relación.
Damian se acercó a Jon y le dio un golpe amistoso en el hombro.
-La próxima vez, no te será tan fácil, Jon.
-No lo fue esta vez-contestó Jon, sonriendo- Pero estaré listo. Quítate esa mierda
-Voy, voy...
Los dos jóvenes héroes se quedaron allí un momento más, disfrutando del sol que se asomaba entre las nubes de Gótica. Sabían que siempre habría una próxima vez, otra competencia, otro reto, pero también sabían que, al final, siempre se tendrían el uno al otro. Y aunque las bromas y las pequeñas rivalidades seguirían siendo parte de su amistad, también lo sería la lealtad que ambos compartían.
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Querido diario....
Hoy he estado en un concierto con Katy, Alan y Damián.
Sinceramente pensaba que no iba a convencerlo...Pero bueno al final lo he convencido.
Nosotros tres nos lo hemos pasado genial y no sé qué decir de Damián. Bueno, él ha pagado un palco por tal de no hacer cola.
Katy me dijo en broma que le pasase su número.
Y Alán dijo que podíamos ser felices los 4.
Yo le dije a Damián que lo llevaría a un concierto de Eminem...Así que voy a empezar a ahorrar.
Querido diario...
Hay un compañero muy pesado que no deja de meterse con básicamente todo el mundo....
En uno de esos días en los que la lluvia golpeaba incesantemente contra las ventanas de la Mansión Wayne, Damian y Jon se encontraban en el salón. La consola estaba encendida, proyectando colores vibrantes en la pantalla grande, y ambos estaban sentados en el sofá con los mandos en las manos, listos para su enésimo reto.
Damian, con una mirada concentrada, mantenía la vista fija en la pantalla, mientras sus dedos se movían rápidamente sobre los botones del mando. Jon, por su parte, tenía una sonrisa juguetona en el rostro, claramente disfrutando del juego tanto como de la compañía.
-Estás a punto de perder, Kent- dijo Damian, sin apartar la vista de la pantalla. Su tono era serio, pero había un brillo en sus ojos que delataba la diversión que estaba teniendo.
Jon soltó una risa despreocupada.
-¿Ah, sí?-No estaría tan seguro, Wayne. Ya te he gané dos veces seguidas.
Damian bufó, sin poder evitar sonreír.
-Eso fue pura suerte. Esta vez no serás tan afortunado.
La competencia entre ellos era feroz, pero en el fondo ambos sabían que no importaba realmente quién ganara o perdiera. Era más sobre la diversión de estar juntos, de compartir un momento que no involucrara salvar el mundo o enfrentarse a los peligros que sus padres enfrentaban día a día. En esos momentos, no eran más que dos adolescentes normales, compitiendo en un videojuego como cualquier otro chico de su edad.
Finalmente, después de una intensa batalla, Damian dejó escapar un gruñido frustrado cuando su personaje en el juego fue derrotado por el de Jon. El marcador en la pantalla no dejaba dudas: Jon había ganado nuevamente.
Jon dejó escapar un grito de victoria y levantó los brazos en el aire.
-¡Sí! ¡Otra vez! ¿Cuántas van ya? ¿Tres? ¿Cuatro?-preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
Damian frunció el ceño, pero había una chispa de diversión en sus ojos.
-No seas tan engreído, Kent. Solo he estado calentando.
-Claro, claro. Lo que digas, Damian-Jon lo miró de reojo, disfrutando del pequeño momento de victoria-Pero... ya sabes lo que esto significa, ¿verdad?
Damian resopló, fingiendo no estar molesto, aunque la derrota le picaba un poco. Sabía que había sido un juego, pero eso no significaba que disfrutara de perder.
-Está bien, dime, ¿cuál es el reto esta vez?
Jon se tomó un momento para pensar, su sonrisa se hizo más amplia mientras se le ocurría una idea.
-Tienes que... hacerme un batido de frutas en la cocina, y no puedes usar ninguna de tus técnicas de ninja para hacerlo rápido. Quiero que lo hagas despacio, como si fueras... una persona normal-dijo Jon, riendo ante la imagen de Damian, siempre tan eficiente y preciso, teniendo que tomarse su tiempo con una tarea tan mundana.
Damian lo miró, parpadeando, y luego soltó un suspiro.
-Eso es todo, ¿un batido? Pensé que serías más creativo.
-Eh, puedo ser creativo si quiero, pero ahora mismo, tengo sed-Jon se encogió de hombros con una sonrisa inocente. Damián rodó los ojos
-Está bien, como quieras. Pero no te acostumbres a ganarme.
Jon tomó su mano y se levantó, siguiéndolo hacia la cocina.
-¿No puedo ni siquiera acostumbrarme a los batidos? Porque si siempre me haces uno cuando gano, podría jugar todo el día-Damian soltó una pequeña risa mientras entraban en la cocina.
-Si sigues ganando, quizás termine envenenando tu batido-Jon puso una expresión dramática de horror, llevándose una mano al pecho.
-¡No te atreverías! Además, sé que en el fondo te encanta perder conmigo. Es un alivio de la presión constante de ser perfecto-Damian lo miró de reojo, pero no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios.
-No te hagas ilusiones
Mientras Damian sacaba las frutas y la licuadora, Jon se subió a la encimera, balanceando los pies. Lo observó tranquilo y paciente mientras Damian empezaba a preparar el batido, con una eficiencia que, aunque no era ninja, aún era impresionante.
Había visto a Damián lanzar una manzana y luego un cuchillo para clavarlos en el marco de la puerta con la precisión de un cirujano.
-Sabes, Damian, me alegra que podamos hacer esto-dijo Jon, rompiendo el silencio-A veces, todo lo demás se siente tan... abrumador.
-¿Abrumador?
-Sí. Ya sabes muchas veces solemos estar en peligro de muerte.
-Sí, a veces pienso que te vas a cagar encima-el de ojos azules búfa y continúa con sus palabras.
-La cuestión es que es agradable solo...estar aquí, contigo, sin tener que preocuparnos por salvar el mundo o nuestro propio culo.
Damian, que estaba pelando una banana con la misma precisión con la que manejaría una espada, se detuvo por un momento y lo miró. Asintió, una expresión suave cruzando por su rostro.
-Sí...Yo también agradezco estos momentos.
La conversación cesó mientras Damian terminaba el batido, vertiendo la mezcla en dos vasos. Le pasó uno a Jon, quien lo recibió con una sonrisa de gratitud.
-Disfruta, porque la próxima vez no seré tan indulgente en el juego-Jon chocó su vaso contra el de Damian.
-Estoy seguro de que harás lo mejor que puedas... y aún así perderás.
┏━━━━━━┛♫┗━━━━━━┓
Querido diario...
Si te digo la verdad nunca voy a entender las matemáticas. Pero por suerte Damián si las entiende y me puede ayudar con ellas....Bueno me ayuda literalmente haciéndome los ejercicios.
Querido diario...
A pesar de que se queja de mí música siempre me deja ponerla en el coche.
Quizás el escucha Taylor Swift en secreto
O Demi Lovato.
Querido diario....
Acompañar a Damián a cenas o comidas beneficas es algo que me supera...
Pero a veces me lo paso bien y conozco gente guai.
Hoy Conner sea tenido que poner un traje para una de esas cenas...Tim lo reñiria si no lo hiciera.
Querido diario...
Hoy he caído en la conclusión de que competir contra Damián es inútil.
Y chico bestia exagera.
Damián es simplemente complicado.
Y si me grita yo le gritó más fuerte.
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El atardecer había caído sobre Metrópolis, cubriendo la ciudad con una suave luz anaranjada. No tardaría en anochecer. El viento gélido de invierno arrastraba pequeñas ráfagas de nieve, mientras Bruce y Damián Wayne se acercaban a la puerta de la casa de los Kent.
Tim llegaría más tarde.
Dick iría con Wally a un restaurante
Lois salía tarde de trabajar
Y Jason ni idea.
Bruce, vestido de negro de pies a cabeza como era su costumbre, caminaba con paso firme, mientras que Damián, con su habitual expresión seria, lo seguía.
Cuando tocaron a la puerta, se escucharon pasos desde el interior, y poco después, la puerta se abrió revelando a Clark Kent, quien los saludó con una cálida sonrisa.
-Bruce, Damián ¡Bienvenidos!-dijo Clark, su voz grave pero amable.
Damián asintió cortésmente, mientras Bruce simplemente intercambiaba un asentimiento con Clark. Entraron a la casa, donde la calidez del hogar de los Kent les dio la bienvenida. La decoración navideña estaba por todos lados: luces titilantes, un árbol de Navidad adornado con esmero y un suave aroma a canela y manzana que inundaba el ambiente.
-Jon está en la sala-Dijo Clark, dirigiendo a los Wayne hacia el corazón de la casa
Damián se adelantó hacia la sala mientras Bruce y Clark se quedaban conversando en la entrada. Al entrar, vio a Jon Kent acurrucado en el sofá, envuelto en una manta que casi lo hacía parecer un capullo. Estaba viendo una serie navideña. Jon levantó la vista al escuchar los pasos de Damián y una sonrisa iluminó su rostro.
-Ey...-lo saludó con una sonrisa
-Ey...-le devolvió el saludo y después se acercó hacia él para dejar el regalo que le había traído sobre su regazo
-Pensé que te gustaría-dijo Damián mientras se sentaba en el sofá junto a Jon, sosteniendo el regalo.
Jon se enderezó un poco, curiosidad y emoción brillando en su mirada. Aunque quizás podía ser una caja trampa. No sería la primera vez.
Jon sujeto bien la caja, y con dedos deshizo el papel cuidadosamente. Sus ojos se agrandaron al ver lo que había dentro. Era una consola de videojuegos, de las más nuevas del mercado, con varios juegos incluidos. Jon no pudo evitar soltar una risa de pura felicidad.
-Damián... esto es increíble. No tenías que hacerlo-Damián se encogió de hombros, restándole importancia.
-Es solo un regalo. Sabía que lo disfrutarías.
Jon sonrió aún más, su corazón latiendo más rápido, no solo por la emoción del regalo, sino por el simple hecho de que Damián había pensado en él. La relación entre ambos había crecido con el tiempo, y aunque eran jóvenes, había un entendimiento y una camaradería entre ellos que trascendía las palabras.
-Debería darte un regalo de Navidad a ti también....-Damián observó a Jon por un momento, y después, sin decir nada, se inclinó y le plantó un suave beso en la frente. Era un gesto tierno, casi inesperado, pero profundamente significativo. Jon se quedó congelado por un segundo, sintiendo cómo su corazón latía aún más rápido.
Cuando Damián se apartó, Jon todavía estaba un poco aturdido, su corazón saltando en su pecho.
-Pensé que tú eras mi regalo de Navidad-Damian lo miraba con una pequeña sonrisita
-¿!QUÉ¡?-Se escuchó gritar a conner desde el cuarto de baño. Casi se resbala.
Jon se quedó en silencio, sin saber muy bien qué responder, cuando de repente, una voz resonó en la sala.
-¿Qué?-Clark había entrado en la habitación justo a tiempo para escuchar las últimas palabras de Damián y ver cómo le daba un beso en la frente
Y su expresión era un tanto confundida, con una ceja levantada en señal de desconcierto. Jon, al notar la presencia de su padre, se sobresaltó ligeramente, mientras Damián mantenía su compostura.
Bruce, que había seguido a Clark al interior, se detuvo en la entrada de la sala, observando la escena con una expresión inescrutable. Por un momento, el silencio fue incómodo, pero finalmente, Jon rompió la tensión con una risa nerviosa.
-Um... Damián, creo que... deberíamos irnos a casa-dijo, mirando a Damián con una expresión que era mitad ruego y mitad advertencia-Ahora.
-¿Qué pasa es que yo no puedo hacer bromas?-dijo Damián y la tensión se aflojo
Clark carraspeó, rompiendo completamente la tensión en la sala. Seguía escuchando el acelerado corazón de su hijo. Se dirigió a los chicos con una sonrisa forzada pero amable.
-Bueno...¿por qué no ayudan a poner la mesa para la cena? Bruce y yo terminaremos de preparar las cosas en la cocina.
Damián asintió sin decir palabra, mientras Jon también aceptaba la tarea con un asentimiento. Juntos, se dirigieron hacia el comedor, donde las luces cálidas de la casa de los Kent arrojaban un brillo acogedor sobre la mesa de madera. La mesa estaba decorada con un centro de mesa sencillo, pero elegante, con ramas de pino y pequeñas velas.
Jon comenzó a sacar los platos del aparador y miro unos segundos a Damián mientras colocaban las cosas; iba vestido completamente de negro, con la camisa meticulosamente abotonada y el cinturón ajustado con precisión, se movía tranquilamente al colocar los cubiertos en la mesa. Cada movimiento suyo parecía pensado, medido, como si estuviera siguiendo una coreografía invisible.
¡Deja de mirarlo!
Y así lo hizo durante unos segundos.
Sin darse cuenta, Jon comenzó a prestar más atención a cada detalle: cómo la camisa negra se ceñía perfectamente a su torso, cómo el cinturón marcaba su cintura con elegancia, y cómo las mangas de la camisa estaban perfectamente ajustadas alrededor de sus muñecas. No podía dejar de admirar la forma en que Damián parecía encarnar la definición de perfección en ese momento.
Y eso que solo tenía 17 año y el hace ya cumplió los 14.
Miró su reflejo en una ventana detrás de Damián. El llevaba una camiseta de manga larga en un tono blanco crema, de textura suave y abotonada hasta el cuello, le estaba algo ancho y las mangas eran algo largas, lo que le daba un aire de comodidad casi desordenada, como si la prenda hubiera sido hecha para alguien ligeramente más grande. La había metido dentro de sus jeans de cintura alta, de un tono oscuro y ajustado, que marcaban su silueta pero sin exagerar.
Realmente era culpa de Conner que prácticamente lo había echado del baño diciendo que él tenía que estar más tiempo. Claro que tenía que estar más tiempo si se metía con el altavoz casi a todo volumen. Y él rápidamente se tenía que meter en su cuarto a ponerse cualquier ropa que pillase Para no pasar frío.
El móvil de Damián y él vuelve a mirarlo. Mala idea. Malísima.
Jon notó un calor comenzar a surgir en su bajo vientre, un calor que lo tomó por sorpresa. Era una mezcla de nerviosismo y lo que cree que es deseo que se extendió rápidamente por su cuerpo. Intentó ignorarlo, sacudiendo la cabeza como si eso pudiera disipar los pensamientos que comenzaban a formarse en su mente.
Pero era inútil.
-¿Dime que no soy el único al que el chico bestia le manda sticker estúpidos de Navidad?
-No. No lo eres
Las imágenes invadieron su mente, imágenes en las que Damián lo empuja contra la encimera de la cocina y sus labios se encuentran en un beso ardiente mientras el cuerpo de Damián se fundía contra el suyo.
¡Por Dios fuera pensamientos impuros¡ !que somos amigos amigos!
Jon cerró los ojos un momento, tratando de recuperar el control de sus pensamientos y emociones. Esto no estaba bien, se repetía a sí mismo. No podía permitirse distraerse de esa manera, especialmente no ahora, mientras estaban en la casa de su familia, preparándose para cenar con sus padres y Bruce.
-Jon, ¿estás bien?-La voz de Damián lo sacó de sus pensamientos.
Jon pensó que tal vez Damián podía leer sus pensamientos, que de alguna manera sabía lo que había estado imaginando.
-Sí, sí, estoy bien-respondió Jon, con una sonrisa rápida pero nerviosa, mientras volvía a concentrarse en los platos que tenía en las manos-Solo... pensando en la cena.
Damián lo miró por un momento más, como si estuviera sopesando la respuesta, pero finalmente asintió y continuó con su tarea, colocando los últimos cubiertos sobre la mesa.
Después de terminar de poner la mesa, se sentaron en el sofá. Había un silencio cómodo entre ellos, roto solo por el suave murmullo de la televisión. Damián, con una expresión relajada, miró a Jon y preguntó con curiosidad:
-¿Qué estamos viendo?
-Una de esas series navideñas. Ya sabes, la típica historia cursi con muchos clichés.
Damián esbozó una pequeña sonrisa, esa que solo mostraba cuando estaba realmente cómodo, y asintió. Parecía satisfecho con la respuesta, pero no del todo interesado en la pantalla. Jon, por otro lado, intentó centrarse en la serie, pero su mente no dejaba de divagar.
A medida que sus pensamientos se alejaban de la trama de la serie, Jon empezó a imaginar una escena completamente diferente. Esta vez, en su mente, se encontraban en el comedor, justo encima de la mesa que acababan de preparar.
¡Fuera pensamientos!
En su fantasía, Damián estaba entre sus piernas, el cuerpo del mayor contra el suyo y el suyo contra la madera firme de la mesa. La ropa de Damián, tan bien ajustada, acentuaba cada movimiento, y Jon sentía el calor subir por su cuerpo, mientras la imagen se volvía más vívida en su mente.
La idea de Damián tan cerca, de la tensión entre ellos transformándose en algo más físico, más íntimo, lo hizo sentir un nudo en el estómago. Se mordió el labio inferior, tratando de no dejar que su imaginación lo dominara, pero era inútil. El deseo que sentía por Damián, mezclado con su confusión sobre sus propios sentimientos, lo llevaba a lugares que nunca antes había explorado tan abiertamente.
Justo cuando la fantasía empezaba a volverse más intensa, el sonido del timbre rompió el hechizo. Jon dio un pequeño respingo, volviendo abruptamente a la realidad. Se giró hacia la puerta, su corazón latiendo con fuerza, mientras escuchaba la voz de Conner:
-¡Yo abro!
Unos segundos después, la voz familiar de Tim resonó en la entrada, seguida por un comentario de Conner, claramente juguetón:
-Vaya, Tim cuando creo que no puedes gustarme más me sorprenderdes.
-Voy a vomitar-Comento Damián.
-¿Comentamos lo que le has dicho tú antes a mi hermano?
-Yo estaba bromeando. Tú no
-¿Me tengo que preocupar? -Dijo Tim
-No-Responde Damián
-Bueno, depende. Damián ha dicho que quiere a Jon como regalo de Navidad.
-Ah...
-Voy a matarte-Amenazo Damián a Conner.
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Querido diario...
Está claro que el arte no es para mí.
Los cuadros...
Algunos tiene un significado que digo: Wo...
Por ejemplo el cuadro preferido de Damián es de una mujer que le corta la cabeza a su esposo, novio o lo que fuese y lo besa.
la cabeza
que está separada del cuerpo.
Y otro que trataba sobre el canibalismo.
Y yo solo veía una mujer con hambre...
Otro hablaba de la infidelidad...
Y Damián sigue siendo muy aclamado por las chicas.
Y ahora se que quizás no es por amor
Fama
Dinero
Y diversión.
Querido diario...
Hoy estaba solo en en casa.
Y Conner a aparecido con Tim...Ellos no me han visto
Yo sí...y los he escuchado.
Querido diario...
Creo que a papá le pasa algo y se que no me lo contará.
Bruce aparece dos días después en mí casa preguntando por el y yo le digo que no está.
¿Quizás se han peleado?
No sé....
Pero puede ser. Yo me peleó con Damián.
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–Los recuerdos son la tinta con la que se escribe nuestra vida–
Damián avanzaba entre las sombras de la ciudad, mientras el eco distante de Gotham se mezclaba con el susurro del viento. La noche era fría y la luna apenas iluminaba los tejados con su pálida luz. Había quedado con Jon para patrullar esa noche, y aunque no lo admitiría en voz alta, esperaba ese momento con una anticipación que no solía sentir por nada más.
Finalmente, llegó al lugar acordado: un edificio alto y desierto en el corazón de la ciudad. Desde lejos, divisó la figura de Jon sentado en la cornisa, con las piernas colgando en el aire, balanceándose con despreocupación. El hijo de Superman estaba absorto mirando el paisaje nocturno, pero sus ojos azules, brillantes y llenos de una calma que Damián envidiaba en silencio, se clavaron en él apenas lo sintió llegar.
Por un segundo, Damián se quedó paralizado, capturado por la imagen frente a él. Jon parecía casi etéreo, como si no perteneciera a ese lugar lleno de oscuridad y peligros. Su cabello azabache se movía con suavidad al compás del viento, que jugueteaba con los mechones desordenados y le daba un aire despreocupado. El contraste del negro de su cabello con el azul profundo de sus ojos hacía que Jon pareciera un reflejo del cielo nocturno, lleno de misterio y promesas.
Damián sintió su corazón dar un pequeño vuelco. No era la primera vez que quedaban para patrullar juntos, pero esta noche, había algo diferente. Jon se veía sereno, casi perdido en sus pensamientos, y cada vez que sus ojos se encontraban, Damián sentía que todo su autocontrol se desmoronaba un poco más.
-Llegas tarde-dijo Jon con una sonrisa suave, sin el menor rastro de reproche en su voz. Era más una broma que una queja, un comentario ligero que se perdía en el viento frío de la noche.
Damián frunció el ceño, aunque su mirada seguía fija en Jon. La manera en que los ojos azules lo miraban desde abajo, brillando bajo la tenue luz de los edificios cercanos, lo mantenía embaucado. Era como si esos ojos fueran un imán que atraía su atención y lo mantenía cautivo sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.
-Solo tres minutos-respondió Damián, con un tono más seco de lo que realmente sentía. Pero sus palabras no reflejaban el torbellino interno que Jon provocaba en él.
Damián se acercó lentamente, casi arrastrado por una fuerza invisible. No podía apartar la vista de Jon, de cómo sus piernas se balanceaban despreocupadamente, de la manera en que sus labios esbozaban una sonrisa tranquila y confiada. Jon parecía tan seguro de sí mismo, tan cómodo en su propia piel, y esa confianza lo hacía aún más irresistible a los ojos de Damián.
El viento sopló con más fuerza y despeinó aún más el cabello de Jon, y Damián se encontró deseando acercarse lo suficiente como para alisar esos mechones desordenados con sus dedos. La brisa era fría, pero la presencia de Jon lo envolvía en una calidez inesperada. Sin darse cuenta, Damián se quedó de pie frente a él, atrapado en la sensación de cercanía, en la manera en que Jon lo miraba, como si fuese el único en toda la ciudad.
-¿Vienes o te quedarás?-preguntó Jon con una risa ligera, rompiendo el silencio entre ellos y haciendo que Damián parpadeara, volviendo a la realidad.
Damián no respondió de inmediato; su mente seguía procesando cómo esos ojos azules podían capturarlo de esa manera, cómo cada gesto de Jon era una distracción peligrosa. Pero finalmente, se obligó a recomponerse, a recordar por qué estaban ahí, aunque la presencia de Jon le hacía difícil pensar con claridad.
-Solo asegurándome de que no te caigas-replicó Damián- Todavía no vuelas.
-No me voy a caer.
-Contigo nunca se sabe
-no soy tan torpe.
-una vez metiste en el microondas una cuchara
-¡eso fue...¡Estaba medio dormido y no me di cuenta!
-Pues imagínate lo que te puede pasar en una cornisa ¿Cómo se lo cuento luego a tu madre?
-¡Que no me voy a caer!
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Querido diario...
Las películas de miedo SÍ dan miedo.
Damián es de piedra respecto a ellas y sale guapo en las fotos a pesar de ni siquiera esforzarse.
¡Y me ha querido asustar!¿porque soy su amigo?
Y mamá me conoce mejor que nadie y la que más me puede molestar.
Me he dado cuenta de las cicatrices de Damián y...que a veces estan y otras no. Quizás usa alguna crema alienígena.
No debería avergonzarse de ellas. Una vez escuche que los guerreros vikingos...oh no sé qué tipo de guerreros, que cuantas más cicatrices tenían más aseguraran su llegada al valhalla.
Damián desde luego es un gran luchador. Y lo lleva escrito en la piel.
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Jon.
7:39 A.M
Me miro al espejo, tirando de la camiseta con el logo de Superman que mamá me dio esta mañana. Es algo grande para mi gusto, pero cómoda. He intentado combinarla con unos jeans desgastados que, a decir verdad, podrían haber sido azules en algún momento, pero ahora solo son... bueno, un color intermedio entre gris y azul. No estoy seguro si se ven bien, pero me gusta la camiseta. Es un recordatorio de papá, de lo que significa ser un héroe, incluso cuando no siempre me siento como uno.
Pero luego está Damian.
Miro de reojo a mi compañero, que está a mi lado, ajustando su corbata frente al espejo. Está usando su uniforme de la universidad privada, esa en la que todo parece caro y serio. Siempre se ve impecable. Lleva un suéter gris ajustado que le queda perfecto, ni una arruga, y una camisa blanca que parece recién planchada, con un cuello tan rígido que me pregunto cómo puede moverse tan fácilmente. Las mangas de su camisa asoman apenas lo suficiente para dar ese toque de perfección que siempre parece lograr sin esfuerzo. No importa lo que lleve puesto, siempre parece como si estuviera listo para una sesión de fotos, o una de esas reuniones serias en la Torre Wayne.
A veces me pregunto si hay algo que él no pueda hacer bien. Es decir, me esfuerzo por mantenerme al día con todo lo que tengo que hacer: ser el hijo de Superman, entrenar, ir a la escuela... Pero Damian, él hace que todo parezca fácil. Incluso su pelo, ese cabello oscuro y algo rebelde, siempre parece caer justo en su lugar. Nunca lo he visto fuera de lugar, nunca una hebra suelta. ¿Cómo lo hace?
Suspiro y miro mi propia imagen de nuevo. Me gusta esta camiseta, pero junto a él, me siento... desaliñado. Como si siempre estuviera un paso atrás en todo. Intento convencerme de que no importa, que lo importante es quién soy, no cómo me veo. Pero aun así, no puedo evitar compararme.
Antes de seguir creo que debo explicar que Damián se quedo a dormir en mi casa el domingo por la noche, ya que el sábado no habíamos podido quedar para hacer noche de pelis. Mi madre pregunto que si eso no supondría un problema para madrugar al día siguiente, y nosotros dijimos claramente que no y no lo fue.
Damián me acompañaría a la parada de autobús y luego llamaría Alfred para que lo llevara a su universidad de pijos.
Mientras observo cómo Damian se asegura de que cada botón esté perfectamente alineado, siento una extraña mezcla de cosas en el estómago: cosquillas, admiración y frustración. Es extraño. A veces quiero ser como él, con esa seguridad que parece emanar sin esfuerzo, esa manera de enfrentarse al mundo con una mirada decidida y un plan en mente. Otras veces, solo quiero demostrarle que no necesito ser perfecto.
-¡Hasta luego mama!-Digo cerrando la puerta tras de mí
Una vez estamos caminando hacia la para del bus boy un paso hacia él, y por un momento, me siento tentado a extender la mano y tomar la suya. Es un impulso raro, pero no del todo desconocido. A veces siento que hay una brecha entre nosotros, como si existiera una barrera invisible que nunca puedo cruzar del todo. No es que Damian sea frío, al menos no siempre. Tan cerca, pero siempre a su propio ritmo, en su propio mundo.
Mi mano tiembla ligeramente, y por un segundo, casi lo hago. Casi tomo su mano, solo para sentir esa conexión que a veces creo que ambos necesitamos. Pero me detengo. No estoy seguro de cómo reaccionaría. Damian no es exactamente el tipo de persona que responde bien a los gestos de afecto, al menos no de la manera en que yo lo haría.
Me río un poco de mí mismo, bajando la mano lentamente antes de que Damian pueda notarlo. Qué ridículo sería, ¿verdad? Damian y yo, tomados de la mano como dos niños pequeños que no quieren perderse en una multitud.
No, eso no es lo que nosotros hacemos. Nosotros somos héroes, compañeros de equipo, amigos...
Damián
Toqué el timbre de la casa de Jon a las cinco en punto. Esperé con los brazos cruzados, sintiendo la presión del tiempo. Sabía que Jon no iba a ponerme las cosas fáciles, pero eso no me detenía. Cuando finalmente abrió la puerta, me recibió con esa expresión de sorpresa y un poco de fastidio que siempre ponía cuando lo interrumpía en una de sus siestas.
-¿Otra comida benéfica?- preguntó, más afirmando que preguntando. Lo conocía demasiado bien; Jon ya sabía lo que venía.
Y más un sábado.
-Sí. Y esta vez, no puedes hacerme un berrinche-le respondí, sonriendo con la confianza de quien tiene todas las cartas ganadoras. Jon resopló, resignado. Era un "no" disfrazado de silencio, pero eso no me importaba.
-Dame unos minutos para cambiarme-dijo, girándose para entrar, pero lo agarré del brazo antes de que pudiera escapar. Le di un vistazo rápido. Jon estaba con una sudadera roja enorme, como dos tallas más grande de lo que debería, unos vaqueros azules desgastados pero ajustados y unas Vans.
Su look grunge me gustaba más de lo que debería. Desde hace ya bastante tiempo.
-Vas bien así-le dije, negándome a soltarlo. Sabía lo que venía después: un desfile de excusas para intentar evitar la cena.
-¿Estás de coña?-me miró de arriba a abajo, señalando mi camisa planchada y mis vaqueros perfectamente ajustados-Mírate, Damián. Tú....y yo... bueno, no.
-Te lo digo en serio, Jon, vas bien-insistí, apretando un poco más su brazo, pero sin hacer daño. Él solo rodó los ojos, resignado, y yo aproveché para empujarlo suavemente hacia el coche.
En menos de cinco minutos estábamos en marcha. Jon se acomodó en el asiento del copiloto y no tardó ni dos en conectarse al Bluetooth y poner su música, una lista interminable de temas que variaban entre Taylor Swift y reggaeton que nunca entendía del todo, pero que ahora ya asociaba con él. Lo miré de reojo mientras tarareaba algo, sus dedos marcando el ritmo contra el pantalón, y no pude evitar sonreír.
Cada vez que le echaba un vistazo, me convencía más de que Jon era perfecto tal y como estaba, con esa sudadera enorme y esas Vans que aunque estuviesen limpias se notaba que ya llevaba un tiempo con ellas. No necesitaba cambiar ni un ápice, aunque él no lo entendiera todavía.
Jon
Llegar al restaurante fue como un golpe de realidad que no esperaba. No soy pobre y vivo bien. Pero ahora me siento pobre. Apenas bajamos del coche, me quedé embobado mirando la enorme fachada del lugar, con luces cálidas que le daban un aire casi mágico.
El jardín estaba lleno de gente elegante, todos hablando y riendo con copas de vino en la mano, como si cada uno tuviera algo importante que decir y solo aquí pudieran hacerlo. Me sentía fuera de lugar con mi atuendo, pero no podía negar que la vista era impresionante.
Entrar fue todavía más impactante. Techos altos, candelabros brillando como pequeñas galaxias, y mesas cubiertas con manteles de lino blanco inmaculado. Todo era demasiado, pero en el buen sentido. Solté una risita nerviosa mientras recorría con la mirada el lugar, sin saber bien hacia dónde ir. Entre la multitud distinguí al padre de Damian, Tim y Dick, quienes charlaban animadamente cerca de una mesa.
-jon!-Dick me saludó con una sonrisa-¿Estás aquí por voluntad propia o Damián te ha secuestrado?
-Creo que ambas, la verdad- respondí encogiéndome de hombros.
Nos sentamos y la cena comenzó a transcurrir entre platos decorados con precisión artística y conversaciones que, aunque ligeras, parecían tener un trasfondo constante de observaciones entre líneas. Bruce y Tim debatían sobre algún tema de trabajo que no me importaba, y Damián y Dick intercambiaban comentarios sarcásticos sobre los otros invitados, haciendo pequeñas apuestas sobre quién rompería primero el protocolo y diría algo fuera de lugar.
-¿Cuánto apuestas a que el señor snow se queda dormido antes del postre?-susurró Damián, acercándose a mi oído con una sonrisa divertida. No pude evitar reírme al ver al hombre mayor cabecear ya desde la entrada.
Todo parecía ir bien, hasta que de repente, ella apareció. Era difícil no notar a la chica, como si todo el salón se detuviera por un segundo cuando se acercó a nosotros. Llevaba un vestido verde oscuro que contrastaba con su piel clara, sus ojos de un azul intenso y su cabello castaño suelto en ondas suaves que le enmarcaban el rostro de manera perfecta. Su sonrisa era cálida y sus movimientos, llenos de una gracia natural. Casi parecía flotar mientras caminaba.
-¿Damián, cierto?-dijo ella con una voz suave pero segura, dirigiéndose a él con una familiaridad que me incomodó un poco- ¿Te gustaría bailar?
La sonrisa de Damián se ensanchó, pero mantuvo su típica fachada de chico impecable y caballeroso. Se levantó con una elegancia que nunca dejaba de sorprenderme y aceptó sin dudarlo, estirando su mano para guiarla hacia la pista de baile. Se movían juntos con una sincronía perfecta, como si llevaran años practicando, y la forma en que ella lo miraba, con admiración y algo más que no supe definir, empezó a encender una chispa incómoda dentro de mí.
Observé cómo Damián sonreía, atento a cada movimiento de ella, y sentí algo burbujear en mi interior, una mezcla irracional, lo sabía, pero no podía evitarlo. Cada risa que compartían en la pista de baile, cada giro que él dirigía con esa seguridad, me hacía apretar los puños bajo la mesa.
¡Oh, genial!...Estoy celoso. No debería estarlo. Que tontería.
Traté de concentrarme en mi plato y en la conversación de Bruce y Tim, pero no podía evitar que mi mirada se desviara hacia ellos, sintiendo cómo mi sistema nervioso se encendía con cada segundo que pasaba.
Damián, siempre perfecto, siempre en control, bailando con la chica más hermosa de la noche, y yo, sintiéndome más pequeño con cada paso que daban.
Sentado en la mesa, con el sonido de los cubiertos y las conversaciones llenando el aire, no podía quitar los ojos de Damián y la chica. Parecían sacados de una escena de película, y mi incomodidad se hacía cada vez más palpable. Necesitaba un respiro, y no solo del ambiente, sino de los pensamientos que me estaban volviendo loco.
-Voy a subir a la terraza. Necesito que me dé un poco el aire... Demasiado ego de ricachones me está asfixiando -le dije a Dick, fingiendo una sonrisa para que no se notara el verdadero motivo por el que me largaba.
Dick soltó una risita y me levantó el pulgar, como si entendiera perfectamente, aunque estaba seguro de que no era así. No me importaba. Me levanté y me dirigí hacia la terraza, buscando un escape, aunque fuera momentáneo.
El aire fresco me golpeó en cuanto salí. Me apoyé en el muro de mármol, respirando hondo mientras intentaba apartar de mi mente la imagen de Damián bailando con la chica. No tiene sentido. me repetía, intentando convencerme de que esos celos eran estúpidos y sin fundamento. Pero los pensamientos seguían volviendo, más insistentes, como un mosquito que no puedes espantar.
Es una mierda.
Estoy más que seguro de que a esa chica solo la vera en comidas como esta.
Venga...
Fuera celos.
No os quiero.
De repente, sentí algo frío y metálico enroscándose con fuerza alrededor de mi cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar, me vi arrastrado hacia arriba, quedando boca abajo y suspendido en el aire. Solté un grito ahogado, pero la vista de la terraza se desvaneció cuando me giraron, y ahí estaba, esos ojos esmeralda mirándome con una mezcla de diversión y desafío.
-¿Divirtiéndote, Jon?-Damián sonreía con una expresión burlona, colgado de una cuerda como si estuviera en un juego de niños. Estaba claro que el tipo no solo tenía habilidades sociales, sino también acrobáticas que yo no sabía.
-¡Bájame, Damián!-le grité, mi corazón latiendo a mil por hora entre la sorpresa y la indignación. Me sentía atrapado, no solo físicamente, sino en su juego constante de provocación.
-No lo creo-respondió, fingiendo pensarlo mientras balanceaba la cuerda, moviéndome ligeramente de un lado a otro-Te ves bastante bien desde aquí.
-¡Deja de hacer el idiota y bájame!-insistí, intentando zafarme, pero la cuerda estaba firmemente amarrada. Damián simplemente me miraba, disfrutando del espectáculo como si todo esto fuera solo una broma entre amigos.
-Estás más tenso que de costumbre-comentó, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza-¿Seguro que es solo el ego de los ricachones lo que te tiene así?
-¡Sí!-contesté, fulminándolo con la mirada. Pero él no se inmutó.
-¿Seguro?
-¡Te estoy diciendo que sí!
-¿Te molesto que te dejará solo por bailar con ella?
-No me importa con quién bailes, Damián. No todo gira en torno a ti, ¿sabes?-mentí, sintiendo el calor en mi cara. Sabía que él podía ver a través de mis palabras, porque lo conocía demasiado bien y él a mí también.
-Eso lo dices tú, pero no te lo crees ni un tú mismo-replicó, dando un leve tirón a la cuerda que me hizo balancearme de nuevo-Si no, no estarías aquí arriba, luchando contra algo que ni siquiera puedes nombrar.
-¡Eres un imbécil!-le solté, la rabia y los celos estallando finalmente. Damián se echó a reír, una risa genuina y despreocupada que resonaba en la noche.
-Tal vez. Pero un imbécil que te tiene justo donde quiere. Y, Jon, eso me encanta.
Por primera vez, me doy cuenta de que lo que realmente me asfixiaba no era la chica de la pista de baile. El que bailaran. Era él, y esa manera en la que lograba poner todo mi mundo patas arriba con solo una sonrisa burlona y un par de palabras bien dichas.
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Querido diario...
Hoy he tenido una revelación extraña.
No sé cómo explicarlo, pero creo que los chicos malos no son tan malos después de todo.
Más que nada me refiero a Damián y Jason... incluso Conner.
Tiroteo Remix. Es una canción bastante famosa y no sé por qué he pensado que quizás ellos en su momento más tranquilo y en soledad la escuchan pensando en la persona que quieren.
¿A qué ha venido este repentino pensamiento? No lo sé. Pero sería adorable.
Querido diario...
Creo que papá se siente culpable por algo.
Le he preguntado si es que se sentía mal y él me ha dicho que quizás...
No sabía que responder.
No soy un niño...
Pero quizás lo que pasa es demasiado adulto.
Querido diario...
Hoy Damián me ha hecho sentir una mierda y sí he llorado...
Y como siempre cuando se me pasa hago como si nada.
¿Algun día será capaz de pedirme perdón?
Querido diario...
Creo que a veces soy demasiado curioso y miro donde no debo...
Creo que Jason ha mirado a Tim como Conner lo mira.
Pero solo un par de segundos
Después lo ha insultado...
Querido diario...
No sé por qué sigo siendo amigo de Damián.
Pero creo que comprarme mis chuches favoritas ha sido su
manera de pedirme perdón
Querido diario...
Hoy he vuelto a ser curiosos Conner y Wally tenían la puerta del cuarto entreabierta y yo estaba saliendo de la ducha.
Wally estaba llorando
Por Dick...
¿Conclusion? El amor duele.
La clase de la última hora era la única que realmente me interesaba los jueves. Así que mientras esperaba, me refugié en uno de los sofás desgastados de la universidad, con mi cuaderno abierto y los auriculares puestos, dejando que la música tapara el murmullo constante de los estudiantes y los pasos apresurados que resonaban por los pasillos. Había algo casi relajante en ese caos controlado, un respiro entre el estrés de los apuntes y los exámenes.
Miré el reloj: faltaba media hora para la próxima clase. Suficiente tiempo para repasar un par de notas, hacer un poco de nada y tomarme un café. Pero justo cuando empecé a escribir, sentí el zumbido del móvil en el bolsillo. Un mensaje de Jon.
No era raro que me escribiera, a veces solo para contarme cualquier cosa irrelevante o para pedirme ayuda con alguna tarea. Pero cuando abrí la notificación, lo que vi fue algo que no esperaba. Una foto. De Jon, por supuesto. Pero no de la manera habitual. Esta vez, él aparecía con un traje de hombre lobo, completo con orejitas, garras y un collar negro ajustado al cuello, que parecía más un accesorio de otro tipo que parte de un disfraz.
Solté una risa corta, nerviosa, casi incrédula, mirando la pantalla del móvil. Jon estaba posando con una sonrisa, como si la idea de disfrazarse así hubiera sido algo de último momento, una broma interna que no alcanzaba a comprender del todo....ah, hoy es Halloween. Espero que no me pida que lo acompañe a por caramelos.
Sin embargo y volviendo al tema principal fue el detalle del collar lo que me hizo tensarme, sentir un cosquilleo incómodo en el estómago que no debería estar ahí.
El collar, negro y ajustado, resaltaba sobre su cuello pálido, y por alguna razón, me encontré incapaz de apartar la vista de él. Era absurdo, pero la imagen de Jon con esa cosa alrededor del cuello encendió en mí algo oscuro, algo que sabía que no debía sentir.
Un deseo que se mezclaba con pensamientos que, hasta ese momento, había logrado mantener bajo control. Lo miré y sentí como si una parte de mí quisiera atraparlo, tirar de ese collar, verlo inclinarse hacia mí. Era un pensamiento brusco y visceral que, de inmediato, intenté apartar.
Cerré los ojos, dejé escapar el aire y me pasé la mano por el pelo. ¿Qué me pasaba? Era Jon. Mi amigo. Jon, el que conocía desde hacía años, con quien había compartido risas, discusiones, noches de películas y patrullas. Me digo una y otra vez. Amigos. Somos amigos. Nada más. Porque se que nunca tuve que fijarme en el de esa manera.
Pero esa foto había removido algo que sabía que estaba ahí, un deseo agazapado que solo se asomaba en momentos como este.
Le di la vuelta al móvil, boca abajo sobre el sofá, como si apartar la imagen de mi vista me ayudara a borrar lo que sentía. Pero no, la imagen seguía viva en mi mente, ese maldito collar seguía brillando en la oscuridad de mis pensamientos, y no podía evitar preguntarme cómo sería si las cosas fueran diferentes. Si no fuéramos solo amigos, si pudiera acercarme y deslizar mis dedos por el borde del collar, hacer que Jon me mirara con esos ojos brillantes, sorprendidos.
-No puede ser-me murmuré a mí mismo, un reproche sordo que sabía que no cambiaría nada.
Porque por mucho que lo quisiera, por mucho que esa imagen despertara en mí todo lo que debía permanecer dormido, Jon y yo éramos amigos. Solo eso. Y cualquier cosa más tendría que vivir, encerrada y en silencio, en mi mente.
Guardé el teléfono en el bolsillo, intentando centrarme en el ruido a mi alrededor, en las voces, los pasos, los ecos de la universidad que parecían susurrar una verdad que no quería escuchar: que no importa cuántas veces me recordara que Jon era inalcanzable, esos pensamientos seguirían ahí, aguardando cualquier excusa para salir.
El sonido del timbre marcó el inicio de la clase y me puse de pie. Caminé hacia el aula, intentando dejar atrás esa sensación incómoda, pero sabiendo que al final del día, no importaba cuánto tratara de enterrarla, seguía ahí: el deseo oscuro que Jon, sin quererlo, despertaba en mí.
Damian y Jon eran aún muy jóvenes, pero ambos estaban destinados a grandes cosas.
Esa noche, como tantas otras, estaban de patrulla en Gotham, la ciudad donde la oscuridad parecía no tener fin. Damian, con su capa ondeando detrás de él, avanzaba por los tejados con la gracia y precisión de un depredador, mientras que Jon no estaba muy lejos, con sus saltos manteniendo el ritmo a pesar de la neblina espesa que cubría la ciudad.
Habían estado siguiendo a un grupo de criminales menores, aquellos que se dedicaban al tráfico de drogas en los barrios bajos de la ciudad. Para Damian, la misión era sencilla: identificar, interceptar, neutralizar. Era un patrón que había seguido desde que podía recordar, una parte esencial de quién era como Robin.
Pero para Jon, la misión tenía una capa extra de dificultad. Aunque había acompañado a Damian en patrullas anteriores, todavía luchaba con la necesidad de contener su poder y, a veces, la impulsividad propia de su juventud. Esa noche, su entusiasmo por demostrar su valía acabó superando su juicio.
Cuando vieron a los criminales reunirse en un callejón, Damian se detuvo, su mano levantada en señal de advertencia.
-Espera-susurró, sus ojos calculando los movimientos de sus enemigos-Vamos a hacer esto de forma rápida y limpia.
Pero Jon no esperó. Quizás fue el deseo de cerrarle la boca a Damian, o tal vez simplemente la adrenalina del momento, pero antes de que Damian pudiera reaccionar, Jon se lanzó hacia los criminales. Usó su velocidad que no era mucha que digamos para desarmar a uno de ellos, pero en el proceso, no se dio cuenta de que otro sacaba un arma y apuntaba a su espalda.
Damian, con el corazón latiendo en su garganta, se lanzó desde el tejado, desarmando al segundo criminal antes de que pudiera disparar. Jon, dándose cuenta de su error, miró a Damian con los ojos muy abiertos, su respiración agitada.
-¿Qué demonios crees qué estás haciendo?-espetó Damian en voz baja pero afilada como un cuchillo. La ira burbujeaba en su pecho, no solo por el error de Jon, sino por el miedo que sintió al verlo en peligro-Podrías haber muerto.
Jon bajó la mirada, avergonzado.
-Lo siento, Damian. Solo quería ayudar...
-¡Pues no lo hagas si no sabes cómo!-Damian replicó, sus palabras llenas de frustración. -No necesito a alguien que sea un peligro para sí mismo. Ojalá tuviera un compañero que no fuera tan imprudente.
Ups...
Cuando las personas se enfadan o se ponen nerviosas dicen muchas cosas.
Las palabras cayeron como una losa entre los dos. Jon parpadeó, sus ojos brillando con lágrimas que trataba desesperadamente de contener. Damian, demasiado enfadado para darse cuenta del daño que había hecho, giró sobre sus talones y se alejó, dejando a Jon solo en el callejón.
-Se acabo la patrulla juntos está noche. Vete a casa.
Dos días pasaron en un silencio tenso. Damian, como era su costumbre, trató de mantener la compostura, pero cada vez que miraba su teléfono y veía que no había mensajes de Jon, una sensación de incomodidad crecía en su interior. Había enviado varios mensajes de texto y hecho algunas llamadas, pero todas quedaron sin respuesta. Algo estaba mal, y aunque no quería admitirlo, sabía que era culpa suya.
En su interior, luchaba con el orgullo y la culpa. Finalmente, esa tarde, incapaz de soportarlo más, Damian tomó una decisión. Subió a su motocicleta y condujo directamente a la casa de Jon. Sabía que tenía que arreglar las cosas, pero no estaba seguro de cómo.
Cuando llegó, Jon estaba en el jardín trasero. Llevaba un mono de esos que usan los granjeros. Había estado en el huerto. Damian se detuvo un momento, observando la figura de su amigo, antes de avanzar con pasos decididos.
-Jon-llamó Damian, su voz más suave de lo habitual. Jon giró la cabeza, sorprendido al verlo allí, pero no dijo nada.
Damian se acercó, su mirada seria. Pero decidió echar para un lado el orgullo.
-Oh...Eeeh...hola...-Jon parecía no querer mirarlo a la cara.
-Lo siento-dijo, y aunque las palabras salieron con dificultad, eran genuinas-Fui un capullo. No debería haber dicho eso.
Jon bajó la mirada, las lágrimas amenazando con regresar.
-Solo quería ayudar...
Damian sintió una punzada en el pecho. Ver a Jon tan abatido le dolía de una manera que no esperaba.
-Lo sé-admitió-Y lo haces. Fui demasiado duro contigo. Estaba muy nervioso... Pensé que te perdería. Pero eso no excusa lo que dije.
Jon levantó la vista, sus ojos buscando la sinceridad en los de Damian.
-¿De verdad lo sientes?
-Sí-Damian asintió, su voz firme-Me equivoqué. Tú eres mi compañero, y no quiero a nadie más. Eres el único en quien confío para estar a mi lado.
Las palabras de Damian lograron aliviar la tensión en el aire. Jon respiró hondo, sintiéndose un poco mejor al escuchar esas palabras. Finalmente, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
-Está bien...-murmuró Jon-Te perdono, Damian.
Pero esta claro que no fue la primera ni la última vez que lo hizo sentirse mal. Y por supuesto que todo quedó escrito en el diario de Jon
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Querido Diario...
el Joker y la criptonita son algo que no quiero cruzarme otra vez.
Damián me a salvado...
Porque yo estaba peor que en la mierda.
Damián ha esperado a que yo despertara y eso....me a gustado.
El me gusta.
Desde hace ya bastante...
Pero nunca lo escribo porque sé que lady Gaga una vez canto:
Caught in a bad romance
Y sé que somos tan diferentes que vamos a acabar como en la canción
You and me could write a bad romance
me ha enseñado su lista de canciones y lo admito tiene su punto...
Y lo admito he tenido ganas de besarlo.
Muchas...
Damián
Eran las seis de la tarde cuando estaba en la cocina, tomando un café y revisando unos papeles de la universidad cuando Jon apareció con esa sonrisa suya que siempre parecía esconder algo.
-Damián, ¿me acompañás al arcade?-preguntó como si estuviera pidiendo algo tan sencillo como pasarle la sal.
-No, Jon. No tengo tiempo- respondí sin siquiera levantar la vista de los papeles.
Jon suspiró, y de inmediato supe que no iba a rendirse tan fácil.
-Pero es que no me dejan entrar solo. Necesito a alguien mayor de edad y...bueno, tú lo eres.
-Buscate a otro-Me llevé el café a los labios y di un sorbo sin mirarlo. Por el rabillo del ojo lo vi cruzarse de brazos, frustrado.
-Vamos, Damián. No te cuesta nada. Una hora y listo.
-Tengo cosas más importantes que hacer, Jon. Además, ni siquiera me gusta ese sitió. Mucho ruido, muchos idiotas gritando... Paso-intenté sonar firme, cortante, para que se diera cuenta de que no tenía caso seguir insistiendo.
Jon se acercó un poco más, hasta que lo sentí demasiado cerca, casi invadiendo mi espacio. Lo miré de reojo, y lo vi entrecerrar los ojos, como si estuviera intentando adivinar qué respuesta le faltaba para convencerme.
-Por favor, Damián...-me pidió con un tono que rozaba lo suplicante, pero seguí sin ceder.
-No, Jon.
Él soltó un bufido, y por un momento pensé que se rendiría y se iría. Pero en vez de eso, se quedó ahí, mirándome.
Cuando al fin levanté la vista, lo encontré observándome con esos ojos grandes y brillantes, como un cachorro que se a perdido en medio de la lluvia y no tiene a dónde ir. Me miraba tan fijamente que me hace sentir mal. Me costaba resistirme cuando ponía esa cara.
-Damián...-repitió, ahora en un susurro, sin soltarme con la mirada.
Quise contestarle otra cosa, mandarlo a su casa, decirle que dejara de insistir, pero... no puedo. Jon tenía esa forma de mirarme que me hacía dudar, que me hacía sentir que podía hacer cualquier cosa por él solo para que dejara de mirarme así.
Era jodido, porque, de repente, no se trataba solo de acompañarlo al arcade. Era como si esa mirada fuera más allá, como si detrás de esos ojos se escondiera algo que no me atrevía a explorar demasiado.
-Joder....Está bien-solté finalmente, rindiéndome, sabiendo que había perdido esa batalla incluso antes de que comenzara-Pero solo una hora, ¿entendiste?
Jon sonrió tan amplio que por un segundo se me olvidó el sitio de mierda al que íbamos. Asintió con entusiasmo, como un niño que acaba de conseguir lo que quiere, y yo solo fuí a buscar las llaves.
La misión había sido larga y agotadora, una de esas que los hacía recordar lo mucho que significaban el uno para el otro.
El buen equipo que hacen.
El resumen es: El pingüino. Ir a la otra punta de la ciudad. Bombas. Muchos enemigos. Por todos lados. Fuego. Más bombas. Hacer que un edificio se venga a abajo. Salvarse por los pelos. Más pelea. ganar. Dick aparece con una furgoneta como la de un hippy. Ellos se montan. Explican y para casa.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de colores naranjas y púrpuras mientras la furgoneta se deslizaba por la carretera de regreso a casa. En el asiento trasero, Jon y Damián descansaban, por fin permitiéndose un momento de paz.
Jon había terminado durmiéndose primero, acurrucado contra Damián. Este lo había rodeado con uno de sus brazo, sosteniéndolo con suavidad mientras ambos compartían unos auriculares.
La música que habían elegido antes de quedarse dormidos aún sonaba, sus ritmos suaves acompañando sus respiraciones profundas y tranquilas.
El teléfono de Jon descansaba entre ellos, sus cables enredados pero sin molestarles. Ambos estaban tan exhaustos que ni siquiera el movimiento del vehículo o el ocasional sonido del tráfico los perturbaba.
Dick, echaba de vez en cuando una mirada al espejo retrovisor, asegurándose de que los dos estuvieran bien, pero sin atreverse a romper la serenidad del momento.
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Querido diario...
Hoy le he pedido a Damián muchas, muchas, muchas veces que me enseñe a usar la espalda.
Y yo sé que también es un maestro bastante duro e inflexible con los choriqueos.... pero la práctica se ha vuelto violenta y también parecía no darse cuenta de sus acciones. O algo así.
¡creía que iba a partir la espada en cualquier momento!
Después me ha empezado a hacer daño.
Por suerte Alfred ha aparecido.
Después he sabido que su madre le enseñó a usar la espada.
Y literalmente me ha dicho que no curiosee. Que es lo único que quiero saber. Que su madre le enseñó a usar la espada.
Pero claro que quiere saber más.
Hemos hecho un juramento.
Y el se ha abierto conmigo completamente.
Y nos hemos besado
Todo empezó con ese primer beso que ninguno de los dos planeó.
Uno de esos momentos que cambian las reglas del juego sin avisar y que después es imposible ignorar.
Lo que vino después fue una sucesión de encuentros que no podíamos detener. Como un torbellino del que no sabíamos cómo salir. Esa noche, mientras patrullábamos, todo se desbordó de nuevo, como si fuera inevitable.
Quizás lo era...
No importaba cuánto intentáramos ser discretos o contenernos, bastaba con que nos miráramos para que el aire se volviera pesado y nos arrastrara a ese punto de no retorno.
Estábamos en las azoteas, como siempre, tomando un respiro de la rutina, cuando todo se descontroló otra vez. Yo estaba apoyado en la baranda, mirando la ciudad en silencio, tratando de distraerme de esa sensación de tensión que crecía entre nosotros desde que habíamos cruzado esa línea. Damián se acercó por detrás, y lo sentí a mi lado, tan cerca que su brazo rozó el mío. Me giré para decirle algo, cualquier cosa para romper el silencio, pero él no me dejó terminar. Sus labios se estrellaron contra los míos con una necesidad que me hizo tambalear.
-¿Pensé que no querías que nos distrajeramos?-murmuré contra su boca, sin apartarme.
-entonces deja de distraerme-Me respondió con una voz baja, ronca, y antes de darme cuenta, sus manos estaban en mis muslos, levantándome con la misma facilidad que la primera vez, como si ese fuera el lugar donde siempre debíamos estar.
Me pegó contra la pared, y nuestras bocas se buscaron con hambre, como si estuviéramos a punto de perder algo si nos soltábamos. Cada beso era una promesa rota, un recordatorio de que habíamos caído en algo mucho más grande de lo que podíamos controlar.
La lluvia llegó sin avisar, como si el cielo también estuviera en nuestra contra, pero no nos importó. Ni siquiera nos molestamos en buscar refugio. Seguimos besándonos bajo la tormenta, el agua corriendo por nuestras caras, empapándonos hasta los huesos mientras mis manos se enredaron en su pelo, tironeando con una mezcla de ternura y desesperación. Sentía su cuerpo caliente contra el mío, su respiración agitada, y me aferré a él con más fuerza, sintiendo que la lluvia no podía apagar ese fuego que ardía entre nosotros.
Nos detuvimos solo cuando ya no pudimos más, refugiándonos en una cornisa estrecha que apenas nos cubría. Me apoyé contra la pared, sentándome en el suelo y abrazando mis rodillas que se pegaron contra mi pecho.
Damián se apoyó también contra la pared, con los brazos cruzados y mirando hacia adelante
-Cuando afloje el agua iremos a mí casa-Hablo el y yo asentí
Silencio. 1.2.3.4.5.6...
-¿Como te va la universidad?
-Me ha tocado un trabajo en equipo y sinceramente los compañeros con los que estoy no son por así decirlo mis favoritos.
-¿pero tú tienes algún compañero que sea tu favorito?
-No.-Suelto una risita.
-¿Te acuerdas del año que compartimos clase?-El se sentó junto a mí, su hombro pegado al mío-¿y nos tocó ese trabajo PowerPoint?
-Sí. Te costó más de 3h memoriza todos los textos
-¡Eran complicados!-Digo girando a mirarlo
-Fui yo quien memorizó los largos.
-Pero los míos eran más enrevesados
-Ya...-Y acercó de nuevo, esta vez más lento, más calculado. Sus dedos rozaron mi mejilla, bajando por mi cuello, y lo vi sonreír apenas antes de besarme.
Fue un beso largo, pausado, que parecía explorar cada rincón de mi boca, saboreando cada segundo como si fuera la primera vez. No había prisa, solo ese deseo constante de tenernos, de sentir que lo que teníamos no iba a desaparecer con el amanecer.
Cuando bajamos de la cornisa, estábamos empapados, y nos dirigimos hacia la ubicación que nos había dado Alfred era el que nos había venido a recoger, ya que nosotros habíamos venido a pie.
Alfred nos preguntó que qué tal la patrulla antes de la tormenta y dijimos que no había habido gran cosa. Solo un hombre intentando atacar a una señora, pero nada que no pudieran controlar.
Aparquemos el interior de la cochera de la gran casa Wayne y nos bajemos pero antes de poder avanzar:
-Esperen aquí un momento, les traeré unas zapatillas limpias.
Eso es básicamente un: No me vais a manchar el suelo.
Me apoyé en el capó y Damián se acercó despacio, con una mirada que ya conocía demasiado bien. Se colocó entre mis piernas, su cuerpo encajando perfectamente contra el mío, y me sujetó por la cintura con una firmeza que me hacía temblar.
-¿Te quedarás a dormir?
-Primero tengo que avisar a mí madre.
-Entonces avísala-Y medio un pequeño beso.
Siempre encontrando un motivo para volver a perdernos en el otro. Había algo adictivo en la forma en que Damián me tocaba, como si no pudiera evitarlo.
Atrapados en un remolino del que no queríamos escapar.
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Quiero diario...
Damián y yo llevamos una semana sin dejar de besarnos. Es decir. No me quejo, el besa bien.
Dick hoy se ha visto bastante contento de verme. Damián y Jason se estaban peleando. Creo que ellos creen que yo soy capaz de mandar algo en Damián pero no, se equivocan.
También lo he invitado a la feria y aunque nunca lo admita sé que se lo ha pasado bien.
También ha dicho que sí quiero ir a París simplemente que lo diga que el me lleva.
También nos hemos echado algunas fotos.
Creo que el quería que nos acostaramos. Y yo también.
Tim se sentó en la mesa del comedor, rodeado de amigos y familiares, pero su atención estaba en otra parte. El desayuno transcurría con la habitual mezcla de conversaciones y risas, pero para Tim, todo parecía más bien un murmullo lejano. Sus ojos, entrelazados con la aparente despreocupación de quien busca esconder sus verdaderos pensamientos, se fijaban con disimulo en Jason, quien estaba sentado al otro extremo de la mesa. Jason hablaba animadamente con Dick, gesticulando mientras relataba alguna historia de sus días como Capucha Roja. Su risa era genuina, y el brillo en sus ojos revelaba un lado más suave y relajado, un lado que solo mostraba con aquellos en los que realmente confiaba.
Tim sonrió levemente al verlo, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos. Aunque había compartido mucho con Jason en las últimas semanas, había momentos como ese, rodeados de la gente que importaba, en los que una verdad amarga se asentaba en su pecho: por mucho que quisiera, Jason nunca podría ser Conner. No importaba cuánto intentara convencerse de lo contrario, las diferencias entre ambos eran demasiado abismales para ignorarlas.
Mientras jugueteaba con el tenedor, Tim dejó que sus pensamientos lo llevaran de vuelta a esos momentos que había compartido con Conner. Recuerdos de citas a escondidas, noches de confidencias y risas bajo un cielo estrellado, y pequeños gestos que habían significado mucho. Conner siempre había sido una presencia cálida y reconfortante en su vida, un faro de estabilidad que contrarrestaba el caos constante que lo rodeaba.
Recordó una de sus primeras citas, una tarde de verano en la que se habían escapado a Smallville. Conner lo había llevado al viejo granero de los Kent, su lugar favorito, donde podían ser simplemente ellos mismos, lejos de las responsabilidades y los uniformes. Habían subido hasta el punto más alto del granero, sentados en el techo improvisado, con las piernas colgando y el viento soplando suavemente. Conner le había mostrado cómo los campos de maíz se movían como olas bajo la brisa, y Tim había quedado hipnotizado por la tranquilidad del lugar.
-Es como si el tiempo se detuviera aquí, ¿no crees?-había dicho Conner, mirando el horizonte con una serenidad que Tim envidiaba.
-Sí, lo es-respondió Tim, observando a Conner en lugar del paisaje. Había algo en su perfil, en la forma en que sus ojos se iluminaban con la luz del atardecer, que lo había hecho sentir más vivo que nunca. Aquella fue la primera vez que Tim pensó que, tal vez, podía enamorarse de él.
Otro recuerdo lo envolvió, uno mucho más reciente, cuando habían pasado una tarde en Metrópolis. Conner lo llevó a una pequeña cafetería escondida entre los rascacielos, un lugar que conocía porque solía ir allí con Clark cuando era más joven. Se sentaron en una mesa junto a la ventana, y Conner le contó anécdotas de su infancia, historias que Tim no conocía pero que lo hicieron sentir parte de algo más grande. Se rieron, intercambiaron miradas cómplices y, por un momento, el resto del mundo dejó de existir. Conner, con su sonrisa fácil y su mirada cálida, le ofrecía una seguridad que Tim siempre había buscado sin saberlo.
-A veces me pregunto cómo hubiera sido si hubiera crecido como un chico normal, sin poderes ni el peso de expectativas sobre mí-dijo Conner en un momento, su voz teñida de una melancolía que rara vez mostraba.
Tim tomó su mano sobre la mesa y la apretó suavemente.
-Tal vez no habrías sido este Conner. Y a mí me gusta este Conner-respondió, sinceramente.
Habían compartido tantas de esas pequeñas confesiones, esos momentos que, en su aparente simplicidad, habían construido un lazo único entre ellos. Un lazo que, aunque ambos sabían que no siempre sería fácil, los había mantenido cerca por tanto tiempo. Tim se mordió el labio, recordando la última vez que habían estado juntos antes de que todo cambiara. Una cita improvisada en la azotea de la Torre de los Titanes, donde, bajo un cielo cubierto de estrellas.
-Vamos a seguir viéndonos, ¿verdad? -preguntó Conner, la inseguridad filtrándose en su voz.-Tim le sonrió, esa sonrisa suave y segura que siempre lo desarmaba.
-Claro que sí. No voy a ir a ningún lado.
Sin embargo, las cosas no se mantuvieron tan simples. Tim había sentido cómo, poco a poco, la distancia se colaba entre ellos, no por falta de sentimientos, si no por el orgullo. Luego vino Jason, con su actitud rebelde y su manera desinteresada de enfrentarse al mundo. Jason había sido un refugio inesperado, un escape en los momentos en que Tim se sentía más perdido. Se llevaban "bien", y en esos días difíciles, Jason le ofrecía una distracción de sus propios pensamientos.
Jason era diferente. Era intenso, apasionado y, a veces, caótico. Había un magnetismo en él que Tim no podía negar. A su manera, Jason lo comprendía, entendía sus sombras porque él también luchaba contra las suyas. Tim sabía que Jason se preocupaba por él, que siempre estaría allí para protegerlo, incluso si eso significaba arriesgarse a sí mismo.
Pero mientras lo observaba ahora, en la mesa del comedor, riendo sin preocupaciones aparentes, Tim se dio cuenta de que ese caos constante que definía a Jason no era lo que él realmente necesitaba. Jason podía ser muchas cosas, pero no era Conner. No tenía esa calma, esa certeza de quién era y lo que quería. No podía ofrecerle la paz que Tim tanto anhelaba.
Tim desvió la mirada, sus pensamientos entremezclándose con la confusión que siempre lo seguía. Jason lo hacía sentir deseado, vivo, pero también inestable. Con Conner, sentía que había un futuro, un camino que podían recorrer juntos, sin prisas pero con un propósito claro. Jason le daba el ahora, pero Conner le ofrecía la promesa de algo más, algo que, en el fondo, Tim sabía que siempre había querido.
Mientras los demás seguían conversando y el desayuno continuaba, Tim se hundió en sus pensamientos. Los recuerdos de Conner seguían presentes, y aunque intentaba darle una oportunidad a lo que tenía con Jason, una parte de él no podía evitar comparar. No podía dejar de pensar en todas esas veces en que Conner había estado ahí, con su sonrisa tranquila y su presencia inquebrantable.
Tim suspiró, sabiendo que estaba en una encrucijada. Por mucho que lo intentara, no podía engañarse a sí mismo. Había algo en Conner que Jason nunca podría igualar, algo que no se trataba solo de momentos compartidos, sino de una conexión más profunda que seguía tirando de él, incluso ahora.
Su mirada estaba fija en su plato, pero en realidad no veía nada de lo que tenía delante. En su mente, los recuerdos de Conner seguían fluyendo, uno tras otro, como si su mente insistiera en recordarle todo lo que había tenido y lo que había dejado escapar.
Una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro al recordar esos momentos en los que Conner, normalmente tan seguro de sí mismo y sereno, se volvía torpe y nervioso en su presencia. Conner, el chico que podía enfrentar cualquier peligro sin pestañear, se transformaba en un manojo de nervios cuando estaba cerca de él. Era un contraste tan adorable como desconcertante.
Tim se acordó de una tarde en la Torre de los Titanes, cuando habían quedado para entrenar. Conner estaba allí, esperando por él, apoyado contra una de las paredes con sus brazos cruzados y una sonrisa que intentaba parecer despreocupada. Pero tan pronto como Tim entró en la sala, esa fachada se desmoronó. Conner se puso rígido, sus manos empezaron a jugar nerviosamente con el borde de su camiseta, y la sonrisa se volvió menos segura.
-Hey, Tim… esto… ¿Cómo estás?-le preguntó, su voz temblorosa, como si estuviera hablando por primera vez.
Tim se había dado cuenta en ese momento de lo mucho que significaba para Conner, pero se había limitado a responderle con una sonrisa tranquila.
-Bien, Conner. ¿Tú?-Conner asintió con demasiada energía.
-Sí, sí, estoy… ¡estoy genial!-respondió, pero su tono estaba completamente fuera de lugar. Tartamudeó un poco antes de añadir- ¿Quieres, eh… entrenar? ¡O no! Digo, podemos hacer otra cosa… si quieres.
Tim recordaba cómo había tenido que morderse el labio para no reírse. La manera en que Conner intentaba desesperadamente parecer relajado solo lo hacía más encantador. Parecía tan… humano. Con todos sus poderes y su fuerza sobrehumana, Conner se volvía vulnerable solo por estar cerca de él, como si Tim fuese su kriptonita personal. Esa vulnerabilidad, esa capacidad de ponerse nervioso por alguien a quien realmente quería, era lo que lo hacía especial.
Otro recuerdo lo golpeó, esta vez de una noche en la azotea del edificio de los Titanes. Habían decidido pedir comida y pasar un rato tranquilo después de un día agitado. Tim aún podía ver a Conner, sentado a su lado, con los ojos fijos en las luces de la ciudad mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para decirle algo importante.
-Tim… yo… esto…-Conner había comenzado, pero se había quedado atascado. Se rascó la nuca, un gesto que hacía cuando estaba nervioso, y Tim podía sentir el esfuerzo que ponía en intentar no parecer un idiota.-Mira, yo solo quería decirte que… que… me gusta mucho pasar tiempo contigo.
La forma en que lo había dicho, tropezando con cada palabra, como si estuviera escalando una montaña de inseguridades, hizo que Tim se sintiera abrumado por el cariño. Conner, que podía volar a través de tormentas y enfrentarse a los peores villanos, estaba luchando solo por expresarle sus sentimientos. Tim se había sentido especial en ese momento, realmente especial, porque sabía que nadie más tenía el poder de hacer que Conner tartamudeara y se sonrojara solo con estar a su lado.
Pero lo que más se le quedó grabado en la memoria fue una vez que estaban en un restaurante. Conner estaba tan nervioso que, al intentar pedir la comida, había mezclado los nombres de los platos, provocando las risas del mesero y de Tim.
-¿Podría tener, esto, un… espagueti con… hamburguesa de… digo… ensalada de…-Conner se detuvo, cerrando los ojos con una mueca de derrota antes de reírse de sí mismo-Dios, lo siento. ¿Podemos empezar de nuevo? -dijo, mirando a Tim con una mezcla de vergüenza y diversión.
Tim recordaba cómo Conner había pasado el resto de la cena disculpándose y sonrojándose, a pesar de que Tim no podía dejar de sonreír. Eran esos momentos, esos pequeños gestos torpes y adorables, los que lo mantenían enganchado a él. Eran la prueba de que Conner lo quería de una manera auténtica, pura y sin reservas. Había un amor tan genuino en todo lo que hacía, incluso en sus errores, que a veces Tim se encontraba a sí mismo pensando que nunca volvería a encontrar a alguien que lo quisiera de esa manera.
De vuelta en la mesa del comedor, Tim apartó la vista de Jason y dejó escapar un suspiro casi inaudible. No importaba cuántas veces intentara convencerse de lo contrario, no podía negar que
Conner había sido único.
Conner, con sus tartamudeos, sus nervios y sus torpezas adorables, le había mostrado un tipo de amor que Tim no sabía que necesitaba hasta que lo tuvo.
Jason podía ser muchas cosas, pero nunca sería ese Conner, el Conner que cometía idioteces solo para verlo sonreír, el Conner que lo miraba como si él fuera lo más importante del mundo.
Con una mezcla de nostalgia y resignación, Tim volvió a enfocar su atención en el desayuno. La conversación seguía a su alrededor, ajena a la tormenta de pensamientos que revoloteaban en su cabeza. Pero por mucho que intentara vivir en el presente, parte de él siempre estaría atrapada en esos recuerdos de Conner, en esas citas llenas de risas nerviosas, en esas miradas que decían más de lo que cualquiera de ellos se atrevía a admitir. Porque, en el fondo, Tim sabía que Conner había sido todo lo que siempre había querido y, tal vez, todo lo que nunca volvería a encontrar.
—🦇—
Bruce se encontraba en la sala, su mirada fija en el plano detallado que tenía sobre la mesa. Los demás estaban alrededor, atentos a cada palabra que él decía. Era el líder, el estratega, y todos confiaban en él para encontrar la mejor manera de enfrentarse a Talia y desmantelar cualquier plan que tuviera en marcha. Pero esa confianza venía con un precio: el peso de saber que, si algo salía mal, todos los ojos estarían puestos en él.
-El plan va a tardar unos días en desarrollarse completamente-explicó Bruce, su voz firme y controlada- Necesitamos más información, más tiempo para coordinarlo todo. Mientras tanto, quiero que sigan patrullando y protejan a las personas. Cualquier cosa fuera de lo común, me lo informan de inmediato.
Los rostros de los héroes reflejaban la seriedad de la situación. No era una sorpresa que el plan tomara tiempo; las cosas con Talia nunca eran fáciles, y menos cuando Damian estaba de por medio. Después de unos minutos más de detalles, Bruce se marchó del salón, su mente ya ocupada en los próximos pasos que debía dar.
Tim permaneció en el salón junto con algunos de los demás, pero no tardó en quedarse solo. Tratando de relajar un poco el ambiente. Tomó el control remoto y encendió la televisión, buscando algo que pudiera distraerlo. Terminó eligiendo "Modern Family", una serie de comedia que solía disfrutar cuando las cosas se volvían demasiado serias en su vida. Las risas enlatadas y los personajes excéntricos ofrecían una breve pero necesaria escapatoria de la realidad.
Mientras los episodios avanzaban, uno tras otro, Tim se acomodó en el sofá, permitiéndose relajarse. Estaba tan concentrado en la serie que no se dio cuenta de que Conner había entrado al salón hasta que escuchó un carraspeo nervioso.
-Ah, eh… no sabía que estabas aquí-dijo Conner, casi disculpándose mientras se quedaba parado en la entrada del salón.
Tim giró la cabeza hacia él, notando el nerviosismo en sus ojos y la forma en que Conner se rascaba la nuca, un gesto que conocía bien. A pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos, Conner todavía se ponía nervioso en su presencia, y Tim no podía evitar sentirse un poco orgulloso de ser la causa de ello.
-No pasa nada-respondió Tim con una sonrisa calmada- Puedes quedarte si quieres.
Conner dudó por un segundo, pero finalmente carraspeó de nuevo y se dirigió al sillón individual que había junto al sofá, eligiendo mantener un poco de distancia. Tim lo observó de reojo, viendo cómo Conner se sentaba con rigidez, sus manos entrelazadas y la mirada fija en la pantalla, pero era evidente que no estaba realmente prestando atención a la serie. Tim pudo ver cómo Conner buscaba algo que decir, cómo sus ojos se movían nerviosamente antes de lanzarse a hablar.
-¿Qué… qué estás viendo?-preguntó Conner, haciendo un esfuerzo por sonar casual, aunque su voz traicionaba un tono de ansiedad.
-Modern Family-respondió Tim, sin apartar la mirada de la pantalla, pero notando cada pequeño detalle en el comportamiento de Conner- Es una comedia sobre una familia algo disfuncional. Tiene buenos momentos.
Conner asintió lentamente, sus ojos volviendo a la televisión mientras trataba de encontrar algún comentario inteligente que hacer.
-Oh, sí, la conozco. Es… divertida, supongo. ¿De qué va este episodio?
Tim sonrió para sí mismo, sintiendo esa familiar satisfacción al saber que era él quien provocaba ese nerviosismo en Conner. Había algo casi entrañable en la forma en que Conner se esforzaba por mantener una conversación sencilla, como si cada palabra fuera una batalla interna. Tim lo miró por un momento, observando cómo Conner evitaba su mirada y se centraba en la pantalla como si su vida dependiera de ello.
-Este episodio es sobre cómo uno de los personajes, Phil, intenta arreglar las cosas con su suegro. Es una serie de malentendidos y torpezas, ya sabes, lo típico de las comedias familiares.
Conner asintió otra vez, sus dedos tamborileando contra el brazo del sillón. Estaba claro que su atención no estaba realmente en la trama, sino en Tim. Era algo que Tim había notado desde hacía tiempo: ese nerviosismo, esa manera de no saber cómo actuar cuando estaban solos. Había sido así desde que las cosas entre ellos cambiaron, desde que Tim había empezado a fijarse en los pequeños detalles que hacían de Conner… Conner.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por los diálogos de la serie y las risas enlatadas. Pero en ese momento, Tim sintió un extraño tipo de poder. Por mucho que sus sentimientos fueran un torbellino entre lo que fue y lo que podría ser, saber que él era la razón por la que Conner se ponía así lo hacía sentirse especial. No era algo que admitiría en voz alta, pero esa pequeña chispa de orgullo le daba fuerzas.
Conner se removió en su asiento, claramente incómodo, y Tim volvió a enfocar su atención en la serie, aunque su mente seguía anclada en la presencia del kryptoniano. Había algo en esos momentos incómodos y torpes que le recordaban por qué Conner era diferente, por qué a pesar de todo lo que había pasado entre ellos, aún sentía esa atracción inexplicable.
Tim seguía mirando la pantalla, pero sus pensamientos estaban muy lejos de los enredos familiares de "Modern Family". Su mente volvió a lo que pasó en el baño con Conner. Había sido un momento de pura pasión, casi desenfrenado. Se lo había follado y se había ido. Y luego ignorado.
Una idea retorcida se formó en su mente. Se levantó del sofá con determinación, captando de inmediato la atención del kryptoniano.
Conner lo observó con curiosidad, dejando de tamborilear los dedos y enderezándose en el sillón.
-¿Pasa algo?-preguntó, su tono cargado de incertidumbre.
Tim se quedó de pie, mirándolo fijamente. Había algo en la expresión de Conner, esa mezcla de confusión y nerviosismo, que despertó algo en él.
-No, no pasa nada-respondió Tim, con una media sonrisa que ocultaba sus verdaderas intenciones-Solo quiero comprobar algo.
Conner lo miró, claramente desorientado, pero no dijo nada más. Tim se acercó lentamente hasta quedar justo frente a él, y sin dudarlo, se subió a horcajadas sobre sus piernas, acomodándose sobre su regazo. Conner se quedó inmóvil, sus ojos azules abriéndose con sorpresa mientras su respiración se aceleraba. Tim sintió una descarga de adrenalina al notar el efecto que tenía sobre él; ese poder de hacerlo sentirse vulnerable y a la vez completamente fascinado.
-T-Tim... ¿qué haces?-Conner apenas pudo articular la pregunta, su voz temblando ligeramente. Su instinto le decía que algo estaba fuera de lugar, pero su cuerpo se quedaba paralizado, sin poder apartar la mirada de Tim.
Tim se inclinó un poco más cerca, su rostro a centímetros del de Conner. Podía sentir el calor que emanaba de él, la tensión palpable entre ambos.
-Cállate-ordenó Tim, su voz baja y firme, un tono que rara vez usaba, pero que resultó devastadoramente efectivo.
Conner cerró la boca de inmediato, obedeciendo sin cuestionar. Tim sonrió, complacido con su sumisión repentina. Sabía que Conner haría cualquier cosa que le pidiera, y ese pensamiento le daba una extraña satisfacción. Se inclinó aún más, sus labios rozando casi imperceptiblemente los de Conner.
-No puedes tocarme hasta que yo te lo permita, ¿entendido?-murmuró, sus palabras cargadas de una autoridad que no dejaba lugar a réplica.
Conner lo miró con sorpresa y confusión, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Pero debajo de ese desconcierto, Tim vio algo más: deseo, una necesidad intensa que se reflejaba en esos ojos azules. Conner asintió firmemente, como si la idea de obedecerlo le resultara natural, y Tim sintió una oleada de placer al ver lo dispuesto que estaba a seguir sus reglas.
Tim comenzó a besarlo lentamente, sin prisa, disfrutando cada segundo de la sensación de tener el control total. Conner correspondió al beso con una necesidad palpable, casi desesperada, pero mantuvo sus manos firmemente apoyadas en los reposabrazos del sillón, siguiendo la orden de Tim. Cada vez que sus labios se encontraban, Tim podía sentir cómo la contención de Conner se desmoronaba un poco más, y eso lo hacía sonreír contra su boca.
Los besos se volvieron más intensos, más profundos, y Tim podía percibir la frustración creciente de Conner, la urgencia en cada movimiento de su boca. Sabía que Conner estaba al borde de romper la regla que le había impuesto, que cada vez le costaba más contenerse, y eso lo deleitaba. Verlo luchar contra sus propios impulsos, ver la devoción en sus ojos, le daba a Tim una sensación de control que nunca había experimentado con él.
Jason muchas veces se lo dijo. Conner era su perro. Qué haría todo lo que él dijese y el nunca me hizo caso.
Pero era verdad.
-Eres tan fácil de leer-murmuró Tim contra sus labios, entrelazando sus manos detrás del cuello de Conner, pero sin dejar que sus cuerpos se unieran del todo- Tan desesperado...
Conner no respondió con palabras; solo soltó un leve gemido, un sonido que contenía todo lo que sentía en ese momento: deseo, frustración, y una necesidad que Tim no dejaba satisfacer completamente. Tim sonrió de nuevo, disfrutando de la forma en que Conner lo miraba, como si él fuera lo único que importara en ese instante. Y aunque una parte de él sabía que estaba jugando con fuego, otra parte no podía evitar sentirse tentado a seguir, a ver hasta dónde podía llevarlo antes de que Conner finalmente rompiera.
Los besos continuaron, y con cada uno, Tim podía sentir la desesperación de Conner volverse más intensa. Ese juego de poder, esa dinámica en la que él tenía la sartén por el mango, lo hacía sentirse vivo de una forma que no podía explicar. Conner era suyo en ese momento, completamente a su merced, y Tim se deleitaba en cada segundo de ese dominio, sabiendo que mientras durara, él tenía el control total.
Conner sentía que estaba al borde de su resistencia, atrapado en una tormenta de sensaciones que no podía controlar. Tim, sobre él, se movía con una deliberada lentitud, sus labios y manos explorando cada rincón de su piel sin permitirle un solo segundo de alivio. El kryptoniano cerró los ojos, intentando mantener el control, pero cada vez que Tim se apartaba solo para volver a rozar su boca, su voluntad se desmoronaba un poco más.
-Por favor…-La voz de Conner temblaba, cargada de una mezcla de súplica y desesperación que él mismo apenas reconocía-Déjame tocarte, Tim.
Tim lo observó, sus ojos brillando con una intensidad calculada. Había algo en esa vulnerabilidad de Conner, en cómo se estaba abriendo ante él sin ninguna vergüenza, que lo hacía sentirse poderoso. Se inclinó para rozar los labios de Conner, apenas un roce, una promesa de lo que no llegaría.
-Si me tocas sin mi permiso, no volverás a tocarme jamás. -Su voz sonaba suave pero llena de una autoridad implacable.
Conner jadeó, su respiración entrecortada mientras intentaba procesar las palabras de Tim. Lo necesitaba, pero esa amenaza lo dejó paralizado. No podía soportar la idea de perderlo, de no tener la oportunidad de sentirlo de nuevo.
-Te necesito, Tim...-dijo con un tono que rozaba lo suplicante, sus pupilas dilatadas y su expresión llena de una mezcla de deseo y frustración.
Tim sonrió, una sonrisa que era todo satisfacción y control. Podía sentir el calor de la desesperación de Conner bajo sus dedos, y eso lo incitaba aún más. Balanceó su cadera lentamente, presionando intencionalmente contra la evidente erección de Conner. El contacto fue mínimo, apenas un roce, pero suficiente para arrancarle un gemido ahogado al kryptoniano. Tim no pudo evitar sentirse victorioso.
-No, Conner.-Tim susurró, su tono deliberadamente provocador mientras se deleitaba en la tensión que había creado-Lo que quiero es verte así... necesitado.-Sus caderas se movieron de nuevo, un suave vaivén que hacía que Conner apretara los puños contra los brazos del sillón, intentando mantener el control.
Conner soltó un jadeo contenido, sus ojos cerrándose mientras su mente se perdía en el placer tortuoso.
-Por favor... solo una vez…-susurró, sintiendo cómo Tim rozaba su cuello con besos suaves que lo hacían temblar.
Tim ignoró la súplica de Conner y siguió trazando un camino lento con sus labios desde la mandíbula hasta el cuello, dejando pequeños besos y mordiscos que encendían más el deseo de Conner. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, cómo cada beso y caricia provocaban una tormenta de sensaciones en Conner, llevándolo al límite de la desesperación sin ofrecerle el alivio que tanto anhelaba.
-Shh...-Tim susurró, deslizando las manos por el pecho de Conner, trazando círculos lentos sobre la tela de su camiseta. Sus dedos se detuvieron justo al borde del pantalón, jugando con el borde como si estuviera considerando la posibilidad de ir más allá, pero sin hacerlo. Conner arqueó la espalda, buscando más contacto, pero Tim se retiró, negándole el toque que su cuerpo pedía a gritos.
Conner tragó saliva, su mirada fija en Tim, cada músculo de su cuerpo tenso de necesidad. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que Tim le pidiera; cada beso en su cuello era una tortura dulce que no quería que terminara, pero la falta de contacto se volvía insoportable.
-Tim... No aguanto más…-murmuró, la voz quebrada, sus ojos azules llenos de súplica.
Pero Tim, lejos de compadecerse, mantuvo su ritmo lento y calculado. Quería a Conner en ese estado, totalmente a su merced, deseoso y completamente perdido en la necesidad de un solo toque. Era un juego peligroso, pero uno que Tim sabía jugar con maestría. Se inclinó para susurrarle al oído, dejando un beso cálido en su lóbulo.
-Aguanta, Conner. Eso es todo lo que quiero de ti ahora… que aguantes por mí.
Y mientras Tim continuaba con sus besos y caricias, Conner solo pudo asentir, atrapado entre el deseo y la promesa de algo más, incapaz de pensar en nada más que en las manos de Tim sobre él, y en la necesidad de complacerlo, de seguir las reglas de este juego, aunque lo dejaran al borde de la locura.
Tim se detuvo un segundo, su mirada se desvió hacia la puerta del salón, atento a cualquier sonido que indicara que alguien podría entrar. La casa estaba en un inquietante silencio, y por un momento, consideró detenerse; después de todo, estaban en un lugar abierto, un riesgo que podría exponerlos. Sin embargo, al no escuchar nada que sugiriera interrupciones, su atención volvió a Conner. La expresión de necesidad en el rostro del kryptoniano le resultaba imposible de ignorar, y la adrenalina de la situación lo incitaba a continuar.
-¿Recuerdas lo que pasó en la cabaña? -Tim susurró cerca del oído de Conner, su voz cargada de provocación. Cada palabra salía con una cadencia lenta y calculada, diseñada para encender aún más la mente ya nublada de Conner- ¿Cómo me follaste y luego te largastes como si nada hubiera pasado?
Conner tembló bajo el peso de esas palabras, sus ojos azules se oscurecieron con un matiz de culpa y deseo. Las imágenes de esa noche volvieron con fuerza a su mente: la intimidad prohibida, el calor de los cuerpos entrelazados. Intentado olvidar, enterrar esos recuerdos en lo más profundo de su mente, pero cada palabra de Tim los desenterraba de nuevo, dejándolo indefenso ante la mezcla de arrepentimiento y anhelo.
-No hay un solo segundo en el que no me arrepienta de eso-admitió Conner, su voz temblando de vulnerabilidad.
Tim lo observó detenidamente y después su mano descendió lentamente, sus dedos jugueteando con el borde del pantalón de Conner antes de deslizarse con intención. Sintió cómo el cuerpo de Conner se tensaba bajo su toque, su respiración acelerada y sus ojos cerrados en una mezcla de anticipación y placer. Conner apretó los labios, intentando contener los sonidos que amenazaban con escapar.
-¿Harías todo lo que yo te pida?-preguntó Tim, sus labios rozando el lóbulo de Conner, su aliento cálido enviando un escalofrío por la columna del kryptoniano.
Conner asintió sin dudar, los ojos fijos en Tim, reflejando la devoción y desesperación que sentía.
-Todo-susurró con voz firme, aunque rota por el deseo. No había mentira en esa palabra; estaba dispuesto a cualquier cosa por sentir de nuevo esa conexión, por tener la oportunidad de redimirse ante Tim.
Satisfecho con la respuesta, Tim movió su mano con más seguridad, deslizándola por el interior del pantalón de Conner, sintiendo la calidez y la firmeza bajo la delgada tela de la ropa interior. Cada roce era una tortura deliciosa para Conner, y Tim se deleitaba en ver cómo se desmoronaba bajo su control. Sus movimientos eran lentos y calculados, suficientes para encender aún más el deseo, pero no para saciarlo.
-Tan vulnerable... -Tim se burló suavemente, acariciando a Conner con un toque deliberadamente ligero, provocando que el kryptoniano contuviera un gemido ahogado. Cada palabra estaba cargada de un retorcido placer al ver cuánto control tenía sobre Conner.
Conner se mordió el labio, su cuerpo temblando con cada toque, cada caricia que lo llevaba al borde de la rendición. Se sentía atrapado entre la necesidad de obedecer a Tim y la desesperación de querer más, de querer algo que sabía que Tim solo le concedería bajo sus propias reglas.
-Haré lo que quieras... solo… no te detengas-dijo Conner, su voz apenas un susurro, mientras sus manos se aferraban al sillón, intentando encontrar un ancla en medio del caos de sensaciones que Tim le provocaba.
Tim sonrió para sus adentros, saboreando cada segundo de esa rendición. Conner estaba a su merced, dispuesto a seguir cada orden, a soportar cada provocación. Tim aceleró sus caricias, disfrutando del poder y el control que tenía sobre él, sabiendo que Conner haría cualquier cosa por esa pequeña muestra de atención, por esa conexión que solo él podía otorgarle.
Con cada toque, Conner se perdía más en la sensación, su cuerpo se arqueaba involuntariamente hacia Tim, buscando un alivio que parecía siempre al borde, pero nunca suficiente. Su respiración se volvía más errática, y su mente, usualmente tranquila y enfocada, era ahora un torbellino de sensaciones y emociones encontradas. No podía apartar la mirada de Tim, de esos ojos que lo analizaban con una mezcla de dominio y diversión.
-Mírate…-Tim murmuró mientras acariciaba la longitud de Conner, sus movimientos expertos y calculados para mantenerlo en ese estado de agonía deliciosa-. Tan fuerte y poderoso, pero cuando estás conmigo…-Hizo una pausa, presionando un poco más, arrancándole un jadeo a Conner- Eres débil.
Conner cerró los ojos, su cabeza recargada contra el respaldo del sillón. No podía negar las palabras de Tim. Se sentía expuesto y vulnerable, pero también vivo, más que nunca. Las palabras que Tim le lanzaba con burla y crueldad solo lo ataban más a él, como si necesitara escuchar ese retorcido juego de dominación para recordar que aún existía una conexión, por rota que fuera.
Cada segundo que pasaba, la tensión en el aire crecía. Conner se esforzaba por no romper la única regla impuesta por Tim: no tocar. Sus manos se aferraban a los lados del sillón, sus dedos crispados, temblando con el esfuerzo de mantenerlos a raya. Los susurros de Tim, los roces de sus labios y el calor de su toque se mezclaban en una sinfonía que lo estaba llevando al límite.
-Por favor… -La súplica se escapó de los labios de Conner sin que pudiera contenerla. Había un temblor en su voz, una mezcla de necesidad y desesperación que lo hacía sentir más expuesto de lo que jamás había estado-Déjame… déjame tocarte.
Tim se detuvo abruptamente, y en un segundo, la sonrisa triunfante volvió a sus labios. Se inclinó, acercándose lo suficiente para que sus alientos se mezclaran, pero sin llegar a unir sus bocas. Conner tragó saliva, sus ojos fijos en los de Tim, esperando, rogando por cualquier tipo de concesión.
-¿De verdad piensas que mereces tocarme después de lo que hiciste?-Tim deslizó un dedo bajo la barbilla de Conner, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos. La mirada de Tim era intensa, cargada de un retorcido placer al verlo tan sometido- Todo esto es un castigo, Conner. Por dejarme.
Conner apretó los labios, el dolor de la reprimenda mezclándose con el placer de la situación. Sabía que no tenía excusas, que había fallado, y en ese momento, estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal de estar cerca de Tim.
-Lo siento… haré lo que sea…-La voz de Conner era un susurro, roto y suplicante. Quería redimirse, quería demostrar que podía ser más, que no volvería a cometer los mismos errores.
Tim se deleitó en ese momento, observando cómo Conner se derretía ante él, completamente sometido y desesperado. La promesa implícita en las palabras de Conner le daba un control absoluto, y Tim sabía exactamente cómo mantenerlo en ese estado.
-Entonces demuéstramelo- susurró Tim antes de alejarse un poco, disfrutando del leve temblor que recorrió el cuerpo de Conner ante la pérdida de contacto. Tim se enderezó, dejando que sus dedos se alejaran lentamente de la piel de Conner, como una tortura calculada.
Conner jadeó, sus manos temblando mientras seguía las órdenes, sin atreverse a romper esa única regla. Estaba atrapado en ese juego de poder, donde cada toque y cada palabra de Tim lo mantenían al borde del abismo, entre la sumisión y el deseo.
Tim sonrió para sí mismo, disfrutando de la vista de Conner, del control que ejercía sobre él y de la desesperación en esos ojos azules. Era un retorcido placer ver a alguien tan poderoso reducido a un susurro tembloroso por su culpa. Y aunque sabía que todo esto era una peligrosa espiral.
Tim se apartó de Conner con una elegancia calculada, alzándose del sillón con una sonrisa de satisfacción. Se tomó un segundo para alisar su ropa y echó una última mirada a Conner, quien seguía allí, atrapado en el torbellino de sus propios sentimientos y deseos. La imagen de Tim alejándose, con esa seguridad fría y desbordante de confianza, se quedaría grabada en la mente de Conner mucho tiempo después.
-Nos vemos luego, Conner-dijo Tim, sin siquiera molestarse en mirar atrás mientras caminaba hacia las escaleras. Su tono era casual, como si todo lo que acababa de ocurrir no hubiera pasado.
Conner lo siguió con la mirada, incapaz de moverse, cada músculo de su cuerpo aún tenso por el fuego que Tim había encendido en él. La puerta del cuarto de Tim se cerró con un suave clic, dejando a Conner solo en el salón, sumido en un silencio que le parecía ensordecedor. Por un momento, todo su mundo se redujo a la figura de Tim alejándose y a la sensación punzante de que lo había perdido, aunque nunca lo había tenido realmente.
Conner se recostó hacia atrás, dejando escapar un suspiro cargado de frustración. Cada vez que estaba cerca de Tim, se sentía atrapado en una telaraña de emociones que no podía controlar. Podía sentir el latido de su corazón, acelerado, cada golpe resonando en su pecho como un recordatorio constante de lo vulnerable que era ante Tim.
Pero más allá de la atracción física, había algo mucho más profundo y peligroso. Conner sabía, sin lugar a dudas, que estaba perdidamente enamorado. Cada sonrisa, cada mirada cargada de intensidad, cada palabra que salía de los labios de Tim solo reafirmaban lo que ya había aceptado en silencio: Tim no solo era jodidamente sexy, sino también brillante, inteligente y absolutamente fascinante.
Tim podía ser cruel y distante, pero también era ingenioso, con una mente aguda que podía desarmar a cualquiera con una sola frase. Esa mezcla de dureza y vulnerabilidad, de intelecto y belleza, lo tenía completamente enganchado. Era un enigma que Conner no podía resolver, y eso lo volvía irresistible.
Mientras las imágenes de lo que acababa de suceder se repetían en su mente, Conner se dio cuenta de que no importaba cuánto intentara distanciarse o cuántas veces Tim lo empujara a los límites; él siempre volvería. Porque Tim no solo lo volvía loco con cada gesto y cada palabra, sino que también lo desafiaba como nadie más lo había hecho. Era imposible no sentirse atraído por ese torbellino.
Conner se pasó una mano por el cabello, intentando calmarse, pero cada intento solo lo hacía más consciente de lo lejos que estaba de tener control sobre sus propios sentimientos. Tim lo tenía completamente en sus manos, y por mucho que intentara resistirse, sabía que estaba dispuesto a seguir cayendo. Porque al final del día, no era solo deseo lo que lo mantenía ahí, sino el hecho innegable de que estaba enamorado de Tim, de una manera tan intensa que dolía.
Se quedó en el sillón, perdido en sus pensamientos, mientras la sombra de Tim seguía dominando cada rincón de su mente.
Dick y Wally caminaban por los pasillos del supermercado, arrastrando un carrito que ya estaba demasiado lleno. Wally, como siempre, iba varios pasos por delante, echando todo tipo de dulces y snacks a su paso, sin prestar demasiada atención a la cantidad que estaba acumulando. Cada vez que veía algo colorido o con azúcar, sus ojos verdes se iluminaban, y lo tiraba al carrito sin pensarlo dos veces.
-¿En serio, Wally?-Dijo Dick, deteniéndose y levantando una bolsa de gomitas con forma de osos- ¿Cuántas bolsas llevamos ya?
Wally se detuvo y giró para mirar a Dick con una sonrisa descarada, sosteniendo dos paquetes de caramelos como si fueran armas secretas.
-No me culpes, Grayson. El azúcar es mi combustible. Además, tú dijiste que no teníamos límite.
Dick suspiró, rodando los ojos mientras echaba un vistazo al carrito. Estaba lleno de golosinas, bebidas energéticas y una cantidad alarmante de chocolates que probablemente durarían solo un par de días con Wally a su lado.
-Lo dije pensando en comida de verdad, no en un festín de azúcar -replicó Dick, tratando de mantener el tono serio, pero una sonrisa escapó a sus labios-Y hablando de cosas que realmente necesitamos…-Dick se inclinó hacia el carrito y señaló hacia un estante cercano-Ya que estamos aquí, también echa lubricante.
Wally se quedó congelado por un segundo, su sonrisa se desvaneció para dar paso a un rubor intenso que se extendió rápidamente por sus mejillas. Giró hacia Dick, sus ojos abiertos con una mezcla de sorpresa y vergüenza, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
-¡Dick!-exclamó Wally, sintiendo que el calor en su rostro solo aumentaba- ¿De verdad tienes que decirlo así, en medio del supermercado?
Dick se encogió de hombros con una expresión de pura inocencia, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba. Le encantaba hacer que Wally se sonrojara, y sabía exactamente cómo presionar los botones adecuados.
-¿Qué? Solo estoy siendo práctico, ¿no? -dijo Dick, disfrutando del momento mientras Wally se esforzaba por recuperar la compostura-. No es como si fuera algo raro. Además, con todo el azúcar que estás comprando, alguien tiene que ser el adulto responsable aquí.
Wally, con las mejillas sonrojadas, miró a Dick con una mezcla de irritación y diversión. Sin pensarlo demasiado, le dio un pequeño puñetazo en el brazo, lo suficiente para demostrar su molestia, pero sin ninguna intención real de hacerle daño.
-Eres un idiota, Dick.
Dick se llevó una mano al brazo fingiendo dolor, aunque ambos sabían que el golpe había sido casi un gesto cariñoso.
-Solo lo hago porque me preocupo por tu culo -respondió Dick con una sonrisa descarada, disfrutando del rubor que se intensificaba en las mejillas de su amigo.
Wally frunció el ceño, pero no pudo evitar soltar una carcajada. Era imposible mantenerse molesto con Dick, especialmente cuando le decía cosas así, con esa mezcla de preocupación genuina y descaro.
-Deja de preocuparte tanto por mí-replicó Wally, echando un vistazo rápido al carrito antes de tomar otra bolsa de chucherías y lanzarla dentro-. Y si tanto te preocupas, entonces sigue pagando mis caprichos.
Dick sacudió la cabeza, mirando cómo Wally añadía más y más dulces al carrito como si no hubiera un mañana. Sabía que Wally estaba aprovechando la situación al máximo, pero la verdad era que no le importaba en lo más mínimo. Le encantaba ver a Wally tan despreocupado, disfrutando de los pequeños placeres de la vida.
-Sabes que solo estás abusando porque sabes que no te voy a decir que no-Dick dijo en tono burlón mientras observaba el creciente montón de golosinas
Wally se encogió de hombros, con una sonrisa triunfal en los labios. Tomó una barra de chocolate y la examinó como si estuviera decidiendo si realmente la necesitaba, aunque ambos sabían que la respuesta era un sí rotundo. La lanzó al carrito sin pensarlo más y luego miró a Dick con una expresión juguetona.
-Seguro que esto no es ni un rasguño para ti.
Dick soltó una carcajada y asintió, empujando el carrito hacia la siguiente sección.
-Supongo que alguien tiene que mantener feliz al velocista escarlata-dijo Dick, disfrutando del momento mientras seguían discutiendo entre bromas y miradas cómplices.
Wally no dejaba de añadir cosas al carrito, seguro de que Dick lo consentiría sin dudarlo. Para ellos, esos momentos eran algo más que simples compras; eran un recordatorio de que no solo eran novios, si no también de la amistad que los unía y de cómo, a pesar de las bromas y los piques, siempre estarían el uno para el otro.
Dick y Wally terminaron de cargar las últimas bolsas en el coche, agradeciendo que al menos ese supermercado todavía estuviera en funcionamiento, un pequeño refugio de normalidad en medio del caos que rodeaba sus vidas. Con todo asegurado, Dick cerró el maletero con un golpe seco, y ambos subieron al auto.
Wally se acomodó en el asiento del copiloto, rápidamente conectando su móvil al Bluetooth y poniendo una lista de reproducción de NSYNC. No pasó ni un segundo antes de que los primeros acordes de "Bye Bye Bye" comenzaran a sonar, y Wally, con una sonrisa traviesa, empezó a cantar a todo pulmón, moviéndose al ritmo de la música y disfrutando del momento.
Dick lo observó de reojo, riéndose entre dientes mientras se dejaba llevar por la alegría contagiosa de Wally. Cuando llegaron al estribillo, Dick aprovechó para meter la mano en el bolsillo de su sudadera y sacar un pequeño bote de lubricante rosa, agitándolo en el aire como si fuera un trofeo.
Wally, que seguía cantando sin ninguna vergüenza, se quedó en blanco al ver el bote en manos de Dick. Sus mejillas se encendieron de inmediato, y su voz se apagó en un tartamudeo nervioso.
-Eres un idiota-dijo Wally en francés, tratando de sonar molesto, pero sus palabras salieron con un deje de vergüenza que no pudo ocultar.
Dick soltó una carcajada, sin apartar los ojos de la carretera, disfrutando de cómo Wally intentaba mantener la compostura, aunque sus mejillas ardían como brasas.
-¿Sabes que me vuelves loco cuando hablas en francés?-dijo Dick, mirando a Wally de reojo con una sonrisa pícara- Ahora necesito parar porque, gracias a ti, estoy demasiado cachondo.
Wally frunció el ceño y se cruzó de brazos, intentando mantener su fachada de indiferencia, aunque su corazón latía con fuerza y sus pensamientos se desbocaban. Dick, sin esperar respuesta, giró inesperadamente el volante, desviándose hacia un camino secundario y estacionando en un lugar apartado, rodeado de árboles que les ofrecían un poco de privacidad.
El coche se detuvo, y Dick echó el asiento hacia atrás, girándose para mirar a Wally con una intensidad que dejó sin aliento al velocista.
-En serio, Wally-dijo Dick, su tono más bajo y urgente- Necesito tenerte encima o moriré de tristeza. Te necesito ahora.
Wally bufó, intentando no mostrar cuánto le afectaban esas palabras. Quería mantenerse firme, pero la mezcla de necesidad y deseo en los ojos de Dick era imposible de ignorar. Con un suspiro rendido, Wally se inclinó hacia él y se sentó sobre sus piernas, acomodándose mientras sus manos encontraban los hombros de Dick para apoyarse.
-Siempre consigues lo que quieres, Grayson-murmuró Wally, tratando de sonar como si no le importara, pero la sonrisa traviesa de Dick y el calor de sus manos sobre su cintura traicionaron sus propias palabras.
Wally respiró hondo, intentando controlar el torrente de sensaciones que lo invadían. Estar así, tan cerca de Dick, siempre era un reto para sus nervios. Pero esta vez, decidió que si Dick quería tenerlo, no se lo iba a poner fácil. Había algo en la forma en la que lo miraba, en la necesidad palpable que destilaban sus ojos, que lo hacía querer jugar un poco, torturarlo con anticipación, hasta que Dick estuviera al borde de la desesperación.
Dick también se lo había hecho. Muchas veces.
Con una sonrisa traviesa, Wally se inclinó hacia él, presionando sus labios suavemente contra los de Dick en un beso lento y contenido. No era el tipo de beso que Dick esperaba, ni mucho menos. Era suave, calculado, y se sentía más como una promesa que como una entrega total. Wally sabía que eso volvería loco a Dick, y justo eso quería: hacerle sentir cada segundo.
Dick cerró los ojos, atrapado en la suavidad de esos besos que eran demasiado lentos, demasiado calculados, pero que al mismo tiempo lo encendían como gasolina sobre fuego. Intentó profundizar el beso, pero Wally se retiró, dejando apenas un roce de sus labios antes de deslizarse hacia su cuello.
-¿Es esto lo que querías?- susurró Wally contra su piel, sus palabras cargadas de un tono burlón mientras sus labios se movían a lo largo de la mandíbula de Dick, depositando pequeños besos que no hacían más que aumentar la tensión.
Dick soltó un gruñido bajo, sus manos instintivamente apretando las caderas de Wally para acercarlo más, buscando más contacto del que el velocista estaba dispuesto a darle. Pero Wally, en un desplante de control, empujó un poco su pecho, separándose lo justo para que Dick no pudiera dominar la situación.
-Wally…-murmuró Dick, su voz ronca de deseo, pero Wally lo interrumpió al presionar su cuerpo más firme contra él, sintiendo la creciente necesidad de Dick entre sus piernas.
-Shh-dijo Wally, sonriendo maliciosamente mientras deslizaba sus labios por el cuello de Dick, dejando una hilera de besos húmedos que se convertían en mordiscos suaves, justo en los puntos que sabía que lo volvían loco.
Las manos de Dick temblaban, queriendo tocar más y más. Wally disfrutaba de la tortura lenta, saboreando cada segundo de esa frustración que veía reflejada en los ojos oscuros de Dick, la tensión en sus músculos que se tensaban bajo su toque.
Se apartó por un momento, observando cómo Dick intentaba recomponerse, pero antes de que pudiera decir algo, Wally volvió a inclinarse, esta vez deslizando su lengua lentamente por la curva de su cuello, ascendiendo hasta el lóbulo de su oreja. Dick cerró los ojos con fuerza, sus dedos apretando aún más fuerte la tela de la camiseta de Wally, luchando por no perder la compostura.
Wally dejó escapar una pequeña risa y después sus manos se movieron lentamente por el pecho de Dick, acariciándolo a través de la tela mientras sus labios seguían un camino descendente, bajando por su cuello y clavícula con besos suaves y húmedos. Se detuvo justo antes de llegar al borde de la camiseta, dejando a Dick al borde del abismo sin darle el alivio que tanto anhelaba.
Se podía sentir la tensión en el aire, el deseo a punto de estallar.
Cada movimiento de Wally estaba cargado de intención, desde la forma en que sus dedos jugaban distraídamente con el borde del pantalón de Dick hasta la manera en que sus besos se volvían más intensos, casi dolorosamente lentos. No era solo la pasión lo que lo guiaba, sino la satisfacción de tener a Dick exactamente donde lo quería: ansioso y necesitado.
Dick jadeó, cada toque y cada beso se sentían como un dulce tormento. Sabía que Wally estaba disfrutando cada segundo de su desesperación, y aunque estaba al borde, no podía evitar disfrutarlo también. Dick no podía hacer otra cosa más que rendirse a ese juego, rogando porque el velocista decidiera finalmente poner fin a la agonía.
Los movimientos de ambos se volvieron más urgentes, como si cada segundo en ese espacio reducido del coche fuera insuficiente para contener el deseo que crepitaba entre ellos. Dick, con la respiración entrecortada, desabrochó lentamente la camisa de Wally, dejando al descubierto su torso, piel suave y caliente que vibraba con cada contacto. Wally, con las mejillas aún sonrojadas y un brillo de anticipación en sus ojos, hizo lo mismo con Dick, quitando prenda tras prenda mientras sus labios no dejaban de encontrarse en besos hambrientos, entrecortados por sus jadeos.
Wally abrió el bote de lubricante, el sonido familiar del tapón haciendo que los ojos de Dick se oscurecieran de deseo. El velocista se inclinó sobre él, dejando caer unas gotas en su mano antes de recorrer el pecho y el abdomen de Dick, sus dedos deslizándose por su piel, trazando un camino que lo hacía estremecerse.
Dick jadeó al sentir el contacto frío del lubricante en su piel caliente, pero fue el toque experto de Wally lo que lo hizo cerrar los ojos y hundir la cabeza hacia atrás contra el asiento, con las manos apretando los muslos de Wally, buscando anclarse a algo que le diera estabilidad. Cada caricia era un suave tormento, una presión que lo encendía y lo hacía gemir bajo la atención de Wally.
Sin perder tiempo, Dick se inclinó hacia Wally, guiado por la necesidad de devolverle todo lo que estaba sintiendo. Sus manos se deslizaron con lentitud por la espalda de Wally, explorando cada músculo, cada curva que conocía tan bien, antes de bajar hasta la curva de sus caderas. Se detuvo justo ahí, bajando su boca hasta el cuello de Wally, donde comenzó a besar y succionar, buscando los lugares que sabía lo hacían temblar.
Los gemidos de Wally eran bajos y profundos, y cada uno resonaba en el pequeño espacio del coche, haciendo que la atmósfera se llenara de calor y deseo. Mientras tanto, Dick deslizó una mano entre sus cuerpos, buscando el bote de lubricante, sus dedos empapados se movieron con destreza hacia la entrada de Wally, masajeando y presionando suavemente.
Wally soltó un jadeo ahogado, sus manos se aferraron con más fuerza a los hombros de Dick mientras sentía cómo esos dedos se deslizaban dentro de él, despacio, pero con la suficiente firmeza para arrancarle gemidos de puro placer. Era una sensación que conocía, pero que con Dick siempre se sentía distinta, más intensa, más necesaria.
Pero Dick no se quedó ahí. Mientras seguía acariciándolo, se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Wally en un beso que pasó de dulce a voraz en cuestión de segundos. Wally gimió contra su boca, su cuerpo estremeciéndose con cada movimiento de los dedos de Dick. Se dejó llevar, inclinando su cabeza hacia atrás y dejando que los besos de Dick descendieran hasta su pecho, hasta su abdomen, mientras las caricias de Dick se intensificaban, y su control comenzaba a tambalearse.
El ritmo se volvió más urgente. Los movimientos de Dick se volvieron más rápidos, más precisos, y Wally se aferró a él, temblando, cada sonido que salía de su boca era una mezcla de placer y súplica. Dick, al ver la expresión de Wally y cómo sus mejillas estaban enrojecidas no puedo evitar sonreír.
A medida que el placer aumentaba, los gemidos de Dick se mezclaron con los de Wally, quien había pasado de dominar a estar rendido bajo las manos expertas de Dick. Con cada caricia, cada susurro entrecortado y cada beso, los dos se entregaban al momento, sin pensar en nada más que en el calor de sus cuerpos y en la desesperada necesidad de más.
Wally, con la respiración entrecortada, comenzó a deslizarse, inclinándose y posicionándose mejor, dejando que Dick explorara su cuerpo con manos y labios. Dick se hundió en él lentamente, usando el lubricante con cuidado pero sin detenerse, disfrutando de cada segundo en el que sentía a Wally estremecerse y gemir contra su oído, pidiéndole más sin necesidad de palabras.
Cada movimiento se volvió una sinfonía de gemidos y suspiros, una danza en la que ambos se perdieron hasta que no hubo más que el otro, hasta que el mundo se redujo a la sensación de estar juntos, enredados en un espacio que se sentía tan pequeño, pero al mismo tiempo, inmenso para los dos.
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Los cuerpos de Dick y Wally permanecieron entrelazados en el reducido espacio del coche, envueltos en una burbuja de calor y respiraciones entrecortadas. El sudor perlaba sus pieles, y la atmósfera estaba cargada con la mezcla de su deseo y el aroma del lubricante. Dick, aún con el corazón latiendo frenéticamente, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Wally, abrazándolo con fuerza, sus manos recorriendo su espalda en suaves caricias, como si quisiera memorizar cada centímetro de él.
-Quedémonos así un rato, ¿sí?- murmuró Dick, su voz apenas un susurro, ronca y cargada de cansancio, pero también de un afecto que pocas veces verbalizaba. Wally, aunque normalmente habría hecho una broma para aliviar la intensidad del momento, simplemente asintió, cediendo a la petición. Se dejó abrazar, sintiendo la calidez y el ritmo tranquilo del corazón de Dick contra su pecho. Se relajó, cerrando los ojos y permitiéndose ese instante de vulnerabilidad.
Durante esos minutos de tranquilidad, Dick deslizó una mano por el cabello de Wally, peinando suavemente los mechones rojos mientras la otra seguía aferrada a su espalda. Era un momento que Dick necesitaba, algo tan simple como quedarse ahí, abrazados, sin prisa por separarse del todo.
-Ojalá nos hubiéramos hecho novios antes-dijo Dick, rompiendo el silencio con una mezcla de nostalgia y arrepentimiento en su tono.
Wally rió suavemente, aunque sin abrir los ojos.
-Sí, claro. Como si no estuvieras ocupado persiguiendo a cuanta chica se te cruzaba-replicó con un tono más relajado, pero en el fondo, había una verdad no dicha, un pequeño resquicio de celos que se había ocultado en su corazón durante mucho tiempo. Dick, sintiendo el ligero reproche, sonrió y levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y cariño.
-No te pongas celoso- respondió Dick con una sonrisita encantadora, acercando sus labios al oído de Wally-Ahora soy completamente tuyo-Esa simple declaración hizo que Wally sintiera una mezcla de alivio y calidez que no sabía que necesitaba escuchar.
Wally resopló y le dio un pequeño mordisco en el hombro, un gesto juguetón que era tanto un castigo como un recordatorio de que él también tenía sus propios demonios. Se separó lentamente, deslizándose de los brazos de Dick y volviendo a su lugar en el asiento del copiloto, donde había dejado parte de su ropa. Comenzó a vestirse en silencio, su mente aún revolviendo las palabras de Dick y la mezcla de emociones que esas palabras habían desencadenado en él.
Dick lo observó desde su posición, apoyándose en el respaldo mientras se vestía también, sus ojos fijos en cada movimiento de Wally. Cuando Wally terminó de vestirse y se volvió hacia él, Dick se inclinó para robarle un último beso, suave y breve, pero cargado de esa promesa silenciosa que ambos entendían sin necesidad de decir más.
-Eres un idiota, Grayson- dijo Wally en un susurro, sus ojos brillando con una mezcla de cariño y resignación.- Pero eres mi idiota- Dick sonrió, acomodando su propia ropa mientras observaba cómo Wally se acomodaba en el asiento del copiloto, justo donde había estado antes de que todo comenzara. El velocista puso la música nuevamente, como si nada hubiera cambiado, pero ambos sabían que, de alguna manera, todo lo había hecho.
Encendieron el motor y volvieron a la carretera, el silencio cómodo y la suave melodía de la música llenando el espacio entre ellos. Mientras conducían, Dick no podía evitar mirarlo de reojo, una y otra vez, sin poder ocultar la sonrisa que se le escapaba cada vez que lo veía.
La noche caía lentamente sobre la ciudad devastada, y Jon y Conner se encontraban patrullando cerca de uno de los campamentos de refugiados. Las tiendas improvisadas y los pequeños fuegos dispersos que intentaban dar algo de calor a las personas que lo habían perdido todo creaban un paisaje desolador, iluminado apenas por la luz de la luna y algunas farolas todavía en pie. Jon volaba a baja altura, vigilante, mientras Conner caminaba a su lado, los sentidos alerta ante cualquier señal de peligro. Sin embargo, aunque ambos estaban centrados en su misión, Jon no podía evitar que su mente se desviara hacia la discusión que había tenido con Damián.
-Discutí con Damián antes de venir-confesó Jon de repente, rompiendo el silencio que los envolvía. Su tono era tenso, como si las palabras pesaran más de lo que debían.-Al principio estábamos bien, como siempre, pero luego… No sé, dije que tal vez debería quedarse aquí en la Tierra en lugar de ir a La Atalaya. Ya sabes, porque no sabemos hasta qué punto su madre puede controlarlo.- Jon suspiró, pasándose una mano por el cabello desordenado, visiblemente frustrado.-Él se lo tomó fatal. Empezamos a discutir a gritos.
Conner lo escuchó en silencio, asintiendo lentamente mientras sus ojos azules recorrían el campamento. Conner giró la cabeza hacia su hermano y vio la mezcla de frustración y preocupación reflejada en su rostro.
-Jon, no te rayes tanto la cabeza por esto-dijo Conner, tratando de sonar lo más calmado posible-Lo dijiste porque te preocupa, porque estás pensando en su seguridad. No era fácil decirlo, y sabías que iba a molestarlo, pero lo dijiste porque tenías que hacerlo. Es lo correcto.
Jon dejó escapar un resoplido, aún inquieto, y se cruzó de brazos mientras bajaban lentamente hasta el suelo, alejándose un poco del campamento para no llamar demasiado la atención.
-Lo sé, pero a veces no puedo evitar pensar que estoy apartando a un lado. Damián no es de los que aceptan que los protejan tan fácilmente. Siente que puede con todo, pero… ¿Y si algo sale mal? ¿Y si su madre lo controla y termina haciéndose daño o haciéndonos daño a nosotros?
Conner puso una mano en el hombro de Jon, apretándolo con firmeza para darle ánimos.
-Entiendo tu miedo, Jon. Todos estamos preocupados, no solo tú. Pero Damián es fuerte, más de lo que a veces nos damos cuenta. Y por mucho que quiera hacer todo solo, también sabe que tiene a su gente. A ti, a Bruce, a todos nosotros. Lo mejor que podemos hacer es estar ahí para él, incluso cuando se moleste, incluso cuando no entienda nuestras preocupaciones. Habrá tiempo para resolver las cosas.
Jon lo miró, asintiendo, pero sus ojos seguían reflejando la mezcla de incertidumbre y culpa que sentía. No quería pelear con Damián, pero tampoco podía quedarse callado ante lo que consideraba un peligro real.
-Sé que tienes razón, Conner. Solo… me asusta la idea de que algo le pase. Que lo perdamos de una manera que no podamos revertir.
Conner dejó escapar un suspiro, compartiendo esa angustia en silencio. Aunque no era tan cercano a Damián como Jon, entendía lo que significaba esa responsabilidad sobre sus hombros, la presión de tomar decisiones difíciles.
-Lo entiendo, créeme. Pero si hay algo que Damián odia más que nada, es sentir que no confiamos en él. Hablarás con él, y aunque esté cabreado ahora, al final lo entenderá. Y si no, lo arreglarás, como siempre lo haces.
Jon soltó una risa suave, apreciando el intento de su amigo por aligerar el peso de la conversación.
-Gracias, Conner. No sé qué haría sin ti.
Conner sonrió, quitándole importancia al cumplido con un gesto de la mano.
-Nah, solo soy un chico con músculos y un corazón blando.
-Los dos compartieron una mirada de comprensión antes de volver a centrar su atención en la vigilancia, cada uno sumido en sus pensamientos, pero reconfortados al saber que en esa lucha no estaban solos.
—🦸🏻—
Después de terminar su turno de vigilancia, Jon y Conner regresaron a la mansión Wayne. La noche estaba avanzada y cuando se adentraron en la casa más específicamente en el salón, Jon se detuvo en seco, sus ojos encontrándose con una escena que le revolvió el estómago: Damián y Raven estaban sentados en el sofá, hablando en voz baja mientras una serie navideña se reproducía en la televisión, llenando el espacio con una falsa sensación de calma y normalidad.
Jon sintió un vuelco en el corazón y un nudo en el estómago que le robó el aire por un segundo. La imagen de Damián relajado, aparentemente cómodo y ajeno a todo, contrastaba brutalmente con la sensación de inquietud que lo carcomía desde la discusión de esa mañana. Damián reía por algo que Raven acababa de decir, una risa ligera y genuina que apenas se dejaba ver, y Jon se quedó paralizado, con los ojos clavados en ellos. Había un peso indescriptible en verlo tan tranquilo, tan fuera del alcance de sus preocupaciones, mientras él cargaba con el remordimiento de las palabras que habían intercambiado.
Sin pensarlo mucho más, Jon se acercó con pasos inseguros, su mirada fija en Damián.
-Damián-dijo en un tono bajo, pero lleno de una urgencia contenida-¿podemos hablar un momento?-La petición se quedó flotando en el aire, y Jon sintió la tensión como un nudo apretado en su pecho. No necesitaba decir más; ambos sabían a qué se refería. La pelea de esa mañana seguía fresca, ardiendo como una herida que no dejaba de doler.
Damián giró la cabeza hacia él, su expresión cambiando de la relajación a una ligera molestia, como si la presencia de Jon interrumpiera algo más importante. Sus ojos se cruzaron, y aunque no dijo nada de inmediato, la tensión entre ellos era palpable. Finalmente, Damián suspiró, sin disimular su desagrado.
-Ahora no, Jon. Estoy hablando con Raven.-Su tono era frío, no había espacio para una negociación en sus palabras.
Jon asintió lentamente, tragándose la incomodidad y el dolor que le generaba el rechazo. Sabía que Damián estaba enfadado, y aunque no lo dijera, era evidente que prefería evitarlo en ese momento. Las palabras de rechazo se le clavaron en el pecho como un puñal, y Jon apenas pudo mantenerse firme mientras retrocedía, intentando no mostrar lo mucho que aquello lo afectaba.
-Está bien-murmuró, su voz apenas audible. No tenía caso insistir, no cuando Damián había dejado claro que no quería lidiar con él. Jon se alejó lentamente, sintiéndose más pequeño con cada paso, mientras Damián volvía su atención a Raven como si nada hubiese pasado. Jon se quedó parado un instante en la entrada del salón, mirando a los dos desde la distancia, sintiéndose más aislado que nunca.
Resignado y con el ánimo por los suelos, Jon se dirigió a la cocina, buscando cualquier distracción para calmar la marea de emociones que lo abrumaban. Al entrar, encontró a Alfred ocupado preparando algo para la cena, cortando verduras con la precisión y el cuidado de quien ha hecho eso toda su vida. La calidez de la cocina, el suave aroma de los ingredientes frescos, y la presencia de Alfred le dieron a Jon una sensación de consuelo que necesitaba desesperadamente.
-¿Te ayudo con algo, Alfred?- preguntó Jon, tratando de sonar lo más animado posible, aunque por dentro sintiera que se rompía en pedazos.
Alfred, siempre perceptivo, lo miró de reojo, captando al instante el desánimo en el joven. Sin embargo, no dijo nada al respecto, sabiendo bien que a veces lo mejor que podía ofrecer era compañía y una tarea que mantuviera las manos ocupadas y la mente distraída.
-Claro, joven Jon. Puedes encargarte de los tomates, por favor- respondió Alfred con una sonrisa calmada, señalando la tabla de cortar junto a él. Jon asintió y se puso a trabajar en silencio, agradecido por el gesto.
Mientras cortaba los tomates con meticulosidad, el sonido del cuchillo contra la madera era lo único que mantenía sus pensamientos en línea recta, alejándolos de Damián, de la pelea, y de la sensación de estar más solo que nunca en una mansión llena de gente.
Mientras Jon cortaba los tomates, Alfred seguía ocupado con las verduras y el aroma del sofrito comenzaba a llenar la cocina, dándole un aire cálido y acogedor. La puerta de la cocina se abrió de golpe, y Garfield, conocido por todos como Chico Bestia, entró con su habitual energía y una sonrisa amplia, irradiando un entusiasmo contagioso.
-¡Hey, chicos!-saludó Garfield alegremente, alzando una mano en un gesto exagerado, como si se tratara de una entrada triunfal.-¿Qué tal va la cena? Yo también quiero ayudar, prometo no transformar la comida en tofu… ¡otra vez!-Jon no pudo evitar soltar una risa, agradecido por la distracción que Garfield traía consigo.
-Adelante, Garfield. Siempre es bueno tener una mano extra, aunque esa mano pueda transformarse en una pata de mono en cualquier momento.
Garfield se rió y se unió a ellos sin perder tiempo, agarrando un trapo y comenzando a limpiar la encimera mientras hacía un comentario tras otro, convirtiendo la tarea de cocinar en un auténtico espectáculo de comedia improvisada. Alfred, acostumbrado a las excentricidades del equipo, simplemente sonrió y les permitió disfrutar del momento. Pronto, las bromas y los juegos llenaron la cocina, con Garfield imitando a Alfred con un exagerado acento británico, haciendo reír a Jon hasta que le dolía el estómago.
-¿Por qué siempre cortan los tomates tan perfectos? Mira estos cubos, parecen sacados de un anuncio-bromeó Garfield, intentando imitar la técnica de Jon y fallando miserablemente, lo que causó otra ronda de risas.
Jon se dejó llevar por la atmósfera, olvidando por un rato la tensión con Damián. Incluso Alfred se unió a la diversión, repartiendo bromas mientras picaba cebolla, haciendo comentarios sarcásticos sobre las habilidades culinarias de Garfield. El ambiente era relajado y animado, y Jon se sentía un poco más ligero, como si la presencia de Garfield y Alfred lo ayudara a soltar parte de la carga emocional que llevaba.
Todo iba bien hasta que, de repente, Jon sintió una sombra en el umbral de la puerta. Se giró y vio a Damián de pie, observándolos con los brazos cruzados y una expresión indescifrable en el rostro. Jon se tensó al instante, y lo primero que notó fue que Garfield y él estaban demasiado cerca, limpiándose las manos en el mismo trapo y riendo, sin haber notado lo íntimo que podía parecer.
Damián arqueó una ceja y dio un paso hacia adelante, sin apartar la mirada de Jon.
-¿Os lo pasáis bien?-dijo Damián, con un tono que no dejaba claro si era una observación casual o una pregunta con doble filo. La tensión se hizo palpable en la cocina, y Jon sintió un nerviosismo que le recorrió la espalda.
Alfred, sin perder su compostura, se volvió hacia Damián y preguntó con amabilidad.
-¿Necesita algo, joven Damián?-Damián no apartó la mirada de Jon, y por un instante, pareció que iba a ignorar la pregunta, pero finalmente respondió sin muchas ganas.
-Sí, agua.-Caminó hasta la nevera, sacó una botella y se quedó un momento mirándola, como si tratara de decidir si realmente la necesitaba o si había venido por otra razón.
Jon se quedó congelado, sintiendo cómo la presencia de Damián lo desestabilizaba. Garfield, por su parte, seguía mirando la escena, un poco confundido por la repentina frialdad en el ambiente, pero lo suficientemente astuto como para no intervenir.
Damián cerró la nevera y se apoyó en la mesa de mármol frente a ellos, con la botella de agua en la mano, observando a los tres como si intentara desentrañar un misterio oculto en la escena.
-¿Qué estáis preparando?- preguntó finalmente, su tono tan neutral que era imposible discernir si había interés genuino o si solo era una excusa para quedarse.
-Solo algo sencillo para la cena-Respondió Alfred con su tono usualmente educado.-Jon ha estado ayudando con los tomates, y Garfield… bueno, Garfield está siendo Garfield.
Damián sonrió ligeramente ante la respuesta de Alfred, pero su mirada se desvió rápidamente hacia Jon, buscando algo más en sus ojos. Jon trató de mantener la compostura, pero no podía evitar sentirse como si estuviera siendo juzgado. El recuerdo de su discusión más temprano aún pesaba sobre él, y el silencio que siguió entre ellos parecía estar cargado de todo lo que no se habían dicho.
-Suena…entretenido-comentó Damián, pero sus ojos nunca se apartaron de Jon, manteniéndolo clavado en su lugar. Jon asintió, sin saber exactamente qué decir, pero consciente de que la tensión entre ellos no se disiparía tan fácilmente.
Damián tomó un sorbo de agua y se quedó apoyado en la encimera, sin moverse ni un centímetro, como si estuviera esperando algo más. Y Jon, aunque quería decir algo, cualquier cosa, no pudo evitar sentirse atrapado bajo esa mirada tan intensa, como si cada gesto y palabra suya estuvieran siendo puestos a prueba.
Alfred, notando la tensión palpable en la cocina, decidió intervenir con su típica elegancia y pragmatismo. Se volvió hacia Jon y chocó bestia, que seguía apoyado en la encimera como si no tuviera intención de moverse.
-¿podríais encargaros de colocar los platos en la mesa, por favor?- le pidió Alfred con una amabilidad que no dejaba lugar a rechazos.
Jon, aliviado de tener una excusa para salir de la incómoda atmósfera, se apresuró a tomar los platos y salir de la cocina. Garfield lo siguió, sin perder la oportunidad de hacer una broma sobre cómo ni siquiera en la cocina podía evitar los dramas.
-¡Vamos, Chef Boy Wonder! ¡A por esos platos!-exclamó Garfield, intentando aliviar la tensión con su energía habitual mientras ayudaba a Jon con los utensilios. Jon soltó una risa nerviosa, agradecido por la ligereza que Garfield traía consigo.
Mientras tanto, Alfred observó a Damián con una expresión que dejaba claro que había captado lo que realmente sucedía: celos. Los ojos del mayordomo seguían a Damián con esa mezcla de comprensión y perspicacia que solo alguien con tantos años en la mansión Wayne podía tener.
Damián, notando la mirada de Alfred, dejó caer la botella de agua con un gesto frustrado, y se unió a Jon y Garfield en la mesa, intentando integrarse en la actividad de colocar los platos y cubiertos. No tardó mucho en comenzar a acercarse más de la cuenta a Jon, invadiendo ligeramente su espacio personal con movimientos sutiles, como si quisiera recordar su presencia a cada segundo.
Jon, sintiendo la proximidad de Damián y la tensión que no había desaparecido, intentó romper el silencio que se extendía entre ellos. Se giró hacia Damián mientras colocaba los cubiertos, tratando de parecer relajado aunque por dentro sentía una mezcla de nervios y arrepentimiento.
-¿Y de qué hablabas con Raven?-preguntó Jon, buscando algún tema de conversación que aligerara el ambiente. Era una pregunta casual, pero sabía que también era una forma de tender un puente entre ellos.
Damián levantó la mirada, encontrándose con los ojos azules de Jon, y encogió los hombros como si la respuesta no tuviera mayor importancia.
-Cosas aleatorias-respondió con un tono que dejaba claro que no iba a profundizar más en el tema. Sin embargo, su postura seguía tensa, como si las palabras de Jon no fueran suficientes para disolver el enfado que aún sentía.
Jon asintió, sin saber muy bien cómo continuar. El silencio se alargó por unos segundos más, pero a pesar de la incomodidad, Damián se quedó allí, ayudando con los platos y manteniéndose cerca, como si su mera presencia fuera una forma silenciosa de reclamar lo que consideraba suyo. Garfield seguía a su aire, charlando sobre cualquier cosa, pero Jon apenas lo escuchaba, demasiado consciente de cada pequeño gesto de Damián y de cómo el aire entre ellos parecía vibrar con todo lo que no se decían.
—☀️—
La cena estaba lista, y todos comenzaron a llenar el salón principal donde una gran mesa había sido cuidadosamente preparada para la ocasión. Alfred, con su habitual elegancia, coordinaba los últimos detalles mientras Lois, Kory y Raven ayudaban a servir los platillos. Raven usaba sus poderes para mover bandejas y platos por la mesa con una precisión impecable, facilitando el trabajo y añadiendo un toque mágico a la cena.
Los héroes se acomodaban poco a poco, charlando entre risas y comentarios sobre sus patrullas y planes futuros. Jon se sentó junto a Damián al final de la mesa, tratando de actuar con normalidad aunque su mente seguía dándole vueltas a la pelea que habían tenido esa mañana. Garfield se acomodó enfrente de ellos, como siempre con su sonrisa despreocupada, dispuesto a animar la velada con su energía.
-Y entonces, ¡boom! Empecé a echar fuego por la boca como un dragón solo por un taco maldito con demasiado picante. Casi me convierto en un animal mitológico-contaba Garfield con gestos exagerados, haciendo que todos soltaran alguna risa.
Jon no pudo evitar una pequeña carcajada, imaginándose a Garfield envuelto en llamas. Sin embargo, la risa de Jon se cortó repentinamente cuando sintió la mano de Damián posarse sobre su muslo, un gesto firme y posesivo que lo hizo tensarse.
Jon miró de reojo a Damián, notando la intensidad en sus ojos verdes que parecían estar diciendo algo que las palabras no podían expresar. Damián quería decirle algo, tal vez disculparse, tal vez simplemente reconectar, pero se quedaba callado, atrapado en su propio orgullo. Jon tragó saliva, sintiendo la piel de su pierna arder bajo el contacto de Damián, una conexión que, aunque silenciosa, decía mucho.
El momento se rompió cuando Raven se sentó junto a Garfield, justo enfrente de Damián, y comenzó a hablarle sobre algo, desviando por completo la atención hacia ella. Jon sintió un tirón en el estómago, una punzada de incomodidad y algo más profundo: celos, quizá. Era absurdo, pero no podía evitar sentirlos al ver a Raven captando la atención de Damián tan fácilmente.
La conversación entre Raven y Garfield se llenó de risas y comentarios, mientras Damián seguía participando, aportando de vez en cuando con su sarcasmo característico. Jon se quedó en silencio, con el eco de las voces alrededor, pero su atención seguía en Damián y la forma en que parecía tan a gusto charlando con Raven, mientras él, por otro lado, seguía lidiando con sus propias emociones. Cada carcajada y cada intercambio de miradas le hacían sentirse más desplazado.
Jon apartó la mirada hacia su plato, empujando la comida con el tenedor, sintiéndose algo invisible. La mano de Damián sobre su muslo ya no estaba, y aunque el contacto había sido mínimo, la ausencia se sentía aún más pesada. Todo su cuerpo parecía vibrar con una especie de ansiedad contenida, como si la distancia emocional que había entre ellos se materializara en cada pequeño gesto, en cada palabra no dicha.
A pesar de las conversaciones animadas que llenaban la mesa, Jon no podía sacudirse esa sensación de incomodidad. Sabía que su problema con Damián no se resolvería palabras rápidas; era más profundo, más complejo. Y mientras la cena continuaba y las risas llenaban la sala, Jon se obligaba a mantener una expresión neutral, aunque por dentro todo se sentía un poco fuera de lugar.
Garfield notó de inmediato que Jon no estaba bien. Su actitud había cambiado bruscamente desde que se sentaron a la mesa, y aunque intentaba seguir la conversación, su mirada estaba ausente y su sonrisa apenas lograba mantenerse. Garfield, siempre atento a sus amigos, no tardó en decidir que era momento de intervenir.
-Eh, Jon, ¿me acompañas al baño? No me acuerdo de dónde estaba-dijo Garfield, fingiendo una expresión confusa y señalando con la cabeza hacia el pasillo. Jon, aprovechando la oportunidad para alejarse del bullicio y de la tensión que sentía con Damián, asintió rápidamente y se levantó junto a su amigo.
Una vez dentro del baño, Garfield cerró la puerta y se volvió hacia Jon con una mirada seria.
-Vale, suéltalo. ¿Qué demonios pasa entre tú y Damián?-Jon dudó por un momento, sintiendo un nudo en la garganta. Pero sabiendo que Garfield era un amigo leal y que no lo juzgaría, comenzó a explicarle por encima lo ocurrido: la pelea, los gritos y cómo Damián lo había dejado de lado durante la cena para hablar con Raven.-Garfield bufó, cruzando los brazos mientras lo escuchaba.
-Deberías habérmelo contado antes, amigo. Sabes que no tienes que cargar con esto solo. Damián puede ser un idiota, pero le importas. No te rayes tanto, que seguro se le pasa pronto. Ya lo conoces, su orgullo es más grande que él mismo-le dijo con una sonrisa comprensiva, dándole un par de palmadas en la espalda. -No voy a dejarte solo, Jon. Estamos en esto juntos, ¿vale?
Jon asintió, sintiendo un pequeño alivio al escuchar esas palabras. Sabía que Garfield tenía razón y, aunque la situación con Damián seguía pesándole, al menos no tendría que enfrentarlo solo. Ambos regresaron a la mesa, volviendo a sus asientos y metiéndose en su propia conversación, hablando de cualquier cosa que les permitiera evadir la tensión, mientras Raven y Damián continuaban con la suya.
Cuando la cena terminó y todos comenzaron a irse a sus habitaciones, Garfield se acercó nuevamente a Jon.
-Oye, van a echar una peli buena esta noche en la tele. ¿Te quedas conmigo a verla en el salón?
Jon aceptó sin dudarlo. La idea de quedarse en el salón y no estar solo con sus pensamientos le parecía perfecta. Juntos llevaron los platos hacia la cocina, colocándolos en el lavavajillas junto con el resto de la vajilla que los demás iban dejando antes de retirarse. Lois y Alfred agradecieron la ayuda, y Jon se sintió aliviado de poder enfocarse en algo tan simple como una película y no en la tormenta que llevaba dentro.
Ambos regresaron al salón, donde Garfield tomó el control remoto y comenzó a buscar el canal de la película. El sofá estaba perfectamente desordenado, como si invitara a cualquiera a desplomarse en él y olvidarse del mundo por un rato. Se acomodaron, Garfield con su típica postura relajada y Jon intentando dejar atrás todo lo que había sucedido ese día.
-¿Te imaginas si en vez de salvar el mundo, solo tuviéramos que preocuparnos por cosas normales? Tipo, qué serie ver o si hay suficientes palomitas-bromeó Garfield mientras se acomodaba. Jon soltó una pequeña risa, agradecido por ese momento de normalidad.
La película empezó y ambos se sumergieron en la pantalla, dejando que las escenas los distrajeran del peso de la realidad. Garfield no dejó de tirar algún comentario sarcástico o hacer un chiste, consiguiendo que Jon se relajara por completo y, al menos por esa noche, dejara sus problemas de lado.
Jon se despertó sobresaltado, sintiendo el peso de una manta sobre él. Parpadeó un par de veces antes de darse cuenta de que estaba en el sofá del salón, acurrucado junto a Garfield, quien roncaba suavemente bajo la misma manta. No sabía a qué hora se había quedado dormido, pero recordaba la película que habían estado viendo y cómo, en algún momento, su mente había decidido desconectarse del caos de su vida.
Antes de que pudiera orientarse del todo, sintió una presencia cerca. Levantó la mirada y vio a Damián, que lo observaba con.... algo que Jon no alcanzaba a descifrar del todo. Sin mediar palabra, Damián lo tomó del brazo y lo arrastró fuera del salón, llevándolo al pasillo donde las luces eran tenues y la casa estaba envuelta en un silencio profundo. Garfield, sumido en su sueño, ni se inmutó.
-Tenemos que hablar-dijo Damián, su tono era severo, pero Jon detectó una pizca de algo más, algo que tal vez no era solo enfado.
Jon apenas tuvo tiempo de asimilar lo que estaba pasando.
-¿Por qué no has subido a dormir a la habitación?-soltó Damián de golpe, cruzando los brazos y mirándolo con un ceño fruncido que parecía más una barrera que una expresión.
Jon lo miró incrédulo, sintiendo una mezcla de cansancio y confusión.
-No sabía si querías que durmiéramos juntos. Pensé que…después de cómo te has comportado hoy, no querías ni verme. Has estado ignorándome todo el día, Damián.-Jon se llevó una mano a la frente, intentando organizar sus pensamientos, pero el resentimiento se filtraba en cada palabra.
-Eso no es verdad-replicó Damián, tensando la mandíbula.-Cada vez que me hablabas, te respondía.
-Sí, claro, me respondías-dijo Jon, alzando un poco la voz. -Pero siempre con ese tono… como si te molestara que estuviera cerca. Como si no quisieras verme.-El peso de esas palabras cayó entre ellos como una losa, y Jon sintió cómo se le encogía el corazón al verbalizar lo que había estado acumulando todo el día.
Damián frunció el ceño más profundo, casi confundido.
-¿Qué tono, Jon? No sé de qué hablas.
-El tono de alguien que no quiere tenerme cerca. Porque estás enfadado conmigo- dijo Jon, sintiendo que su voz temblaba un poco.-Es como si te molestara mi presencia. Y, para colmo, has estado todo el día con Raven… como si yo no importara.
Damián suspiró, sintiendo la punzada de culpa que tanto había intentado reprimir.
-Cabreado-Se pasó una mano por el cabello. Jon lo miró, los ojos entrecerrados por la mezcla de emociones que llevaba dentro
-Damián, no se trata solo de la pelea. Me duele que parezca que prefieres ignorarme antes que arreglar las cosas. No quiero estar así contigo.
Damián alzó la vista, finalmente enfrentando la mirada de Jon, y por un instante, toda la rabia y frustración que había sentido durante el día se disipó. Había miedo en los ojos de Jon, y ese miedo era lo que más le dolía. Porque sabía que no importaba cuántas veces discutieran, Jon siempre estaba ahí, dispuesto a arreglarlo, a luchar por ellos.
Sin saber bien cómo manejar todo lo que sentía, Damián se acercó un poco más, su mano rozando la de Jon.
-Yo siempre te voy a preferir a ti.-Jon sintió cómo su enojo se disolvía un poco-Antes que a todos. Simplemente...Estaba enfadado. Yo siempre voy a querer hablar contigo, dormir contigo, todo contigo.
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