Truyen3h.Co

Darkness |Damián x Jon|

-30-

x_girl_fox_x


—A veces, para encontrarte a ti mismo, primero necesitas perder todo lo que creías ser—

La noche estaba tranquila, y la luz tenue de la luna bañaba mi habitación, proyectando sombras largas y pálidas en las paredes. Me senté en la silla frente al escritorio, mirando por la ventana hacia el jardín de la mansión. Las hojas de los árboles se movían suavemente con la brisa, y el mundo parecía respirar de forma lenta y serena, algo que mi mente no conseguía replicar.

Mi cabeza estaba llena de pensamientos, algunos como susurros suaves, otros como gritos que no podía ignorar.

Pensaba en el amor, en Jon.

Él tiene una forma única de traer luz incluso en los momentos más oscuros, como si supiera exactamente qué decir o cómo hacerme sentir que todo está bien, aunque sea solo por un momento. Pero el amor también es complicado. Me hace feliz, sí, pero también me da miedo. Miedo de perderlo, de no ser suficiente para él. Miedo de perder a todos los que amo: Dick, Tim, Jason, papá… incluso mis amigos.

La pérdida es una sombra que siempre me ha seguido.

Crecí rodeado de muerte, entrenado para infligirla, y a veces me pregunto si estoy destinado a quedarme solo, si el amor y la amistad son cosas que realmente puedo tener, o si son solo espejismos que desaparecerán cuando más los necesite.

Pero luego, hay momentos en los que encuentro paz, pequeñas treguas en esta guerra interna. Como cuando estoy con Jon, cuando me hace sentir que no tengo que ser perfecto, que puedo ser simplemente yo. O cuando Dick me habla con ese cariño que solo él sabe ofrecer, como si siempre supiera lo que necesito escuchar.

Chico Bestia… Dios, ese loco. A veces me saca de quicio con sus intentos de hacerme reír, pero no puedo negar que hay algo reconfortante en su presencia. Y luego está Raven. Sus conversaciones tienen un peso distinto, una profundidad que me obliga a mirar dentro de mí mismo, aunque a veces no quiera. Cada uno de ellos aporta algo, un poco de luz, un poco de equilibrio, en este caos que llamo vida.

Reflexiono sobre el valor de esas cosas intangibles: el amor de un padre, la amistad… Cosas que no pueden ser medidas por dinero, poder o logros. Son cosas que no se pueden comprar ni forzar, y eso las hace más valiosas. Pero también son cosas frágiles, y ese pensamiento me asusta más de lo que quisiera admitir.

Mi mente, inevitablemente, se desvía hacia mi madre. Antes, ella era quien más me protegía, quien me daba una sensación de seguridad, aunque fuera breve y condicionada. Pero ahora… ahora es quien más daño me hace. Intento desenredarme de esos lazos emocionales que me atan a ella, pero es como intentar arrancar espinas de mi piel: cada recuerdo es doloroso, pero también lleva consigo algo hermoso. Es como si las espinas dieran lugar a pétalos, como si los momentos buenos estuvieran intrínsecamente ligados a los malos.

Cierro los ojos y me obligo a enfrentar lo que llevo reprimiendo durante tanto tiempo, esas palabras que se han quedado atrapadas en mi interior, envenenándome poco a poco.

Te odio, mamá, por no abrazarme cuando lo necesitaba.

Por decirme que llorar nunca me ayudaría.

Por no decirme que me querías.

Por solo verme como algo que usar, como un arma.

Por no contarme cuentos, por darme más miedos que seguridades.

Las palabras vuelan por mi mente como un torrente, cada una de ellas un golpe, pero también un alivio. Sé que nunca las escucharás, y quizás nunca podría decírtelas en persona, pero necesito soltarlas. Necesito liberarme de este peso.

Cuando empecé a vivir con mi padre, fue como descubrir tierra fértil por primera vez.

No es perfecto, y nunca lo será, pero en él encontré algo que nunca tuve contigo: esperanza.

Una oportunidad para crecer, para florecer.

Fue como si, por primera vez, alguien no me viera como un arma, sino como un niño.

Como un ser humano.

Miro nuevamente por la ventana, y la brisa nocturna me da una sensación de calma, aunque sea breve.

Paz.

Esa palabra suena tan lejana.

Sé que el camino hacia la sanación es largo, pero estos momentos, estas pequeñas revelaciones, son un comienzo.

Quiero crecer.

Quiero encontrar paz

Quiero amar sin miedo.

En este momento, bajo la luz de la luna y con los ecos de mis pensamientos aún resonando en mi mente, hago una promesa silenciosa a mí mismo: No dejaré que el pasado dicte mi futuro.

Soy más que lo que mi madre quiso que fuera.

Soy más que las sombras que me rodean.

Y, por primera vez, creo que puedo ser más que eso.

-Amar es encontrar belleza incluso en las cicatrices más profundas-

Damián se despertó con el corazón golpeándole contra pecho y el sudor frío pegado a su piel.

Joder.

No era la primera vez que la voz de su madre resonaba en su mente, pero esta vez había sido como un grito que no podía sacudir de su subconsciente. Se pasa una mano por la cara, intentando despejarse, pero la angustia no desaparecía.

No podía quedarse en la cama. Su mente estaba demasiado inquieta, y la sensación de angustia lo empujaba a moverse. Se levantó rápidamente, se vistió con lo primero que encontró y salió de su habitación, comenzando a caminar por los interminables pasillos de la Mansión.

Cada paso que daba parecía reverberar en el silencio de la mañana. Las sombras de los corredores no le ofrecían consuelo; en cambio, parecían crecer y envolverlo, como si las dudas y miedos que sentía dentro de sí tomaran forma en el mundo exterior. La mansión, normalmente un refugio, ahora se sentía fría y vacía, como si la opresiva presencia de su madre aún estuviera allí, persiguiéndolo.

Damián no sabía dónde iba, simplemente se dejó llevar por el impulso de moverse, de intentar escapar de la sensación de angustia que lo consumía por dentro.

Ojalá estar en una película.

Todo sería más fácil.

Cuando llegó a uno de los balcones que daban al jardín trasero, se detuvo. La brisa fría de la mañana le golpeó el rostro, y fue entonces cuando vio a su padre.

Padre.

¿Tú confías en mí?

¿Alguna vez lo has hecho?.

Y hablando del rey de Roma estaba de pie, apoyado en la barandilla, mirando el horizonte. Parecía perdido en sus pensamientos, pero cuando escuchó los pasos de Damián, se giró levemente para mirarlo.

No hubo necesidad de palabras.

Sin decir nada, Damián se acercó y se sentó en una de las sillas que estaban en la terraza, dejándose caer en el como si todo el peso del mundo estuviera sobre sus hombros. Bruce lo observó en silencio durante unos momentos, antes de acercarse y tomar asiento a su lado.

-¿Cómo estás?-pregunta su padre. Damián, que normalmente evitaba mostrar sus puntos débiles siente que deja que sus sentimientos se asomen.

Estaba demasiado cansado.

-Como una mierda-Su padre asintió lentamente. No era un hombre de muchas palabras cuando se trataba de sentimientos.

Y tampoco esperaba mucho.

-¿Y Jon?

-Durmiendo

-Deberias haberlo despertado él...

-Quiero poder controlarlo yo.

-Hay cosas que no podemos controlar solos.

-Lo sé. Pero quiero seguir intentandolo-Damián mira hacia el horizonte, evitando la mirada de su padre por un momento.

-¿Crees que Jon es tu brújula?-Damián frunció el ceño, claramente sorprendido por la pregunta. ¿A qué coño venía eso ahora? Se giró para mirarlo.

-¿A qué viene esa pregunta?-Bruce no retrocedió, simplemente lo miró, esperando una respuesta más honesta.

-Responde-No era una orden, era más bien una invitación a abrirse.

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque sí. Porque nadie me ha querido así.

-¿Así?

-Con intensidad.

-¿Intensidad?

-Si...A veces es tanta que no se cómo devolversela

-Entiendo.

-Padre, te juro que nunca nadie me mirara como él.

-¿Como lo sabes?

-Porque lo sé.

-Pareces muy seguro de ti mismo.

-Siempre lo estoy.

El silencio se instaló entre ellos.

-Jon te ama, Damián-El viento volvió a soplar, moviendo las hojas del jardín.

-Yo también lo amo a él.

Bruce nunca pensó en que alguien como Jon encajara con su hijo.

Pero Jon es la única persona capaz de calmar la tormenta dentro de Damián.

No es la solución a los problemas de Damián, pero es el consuelo que los hace soportables.

Cuando Damián pierde el control, Jon es la voz que lo trae de vuelta.

Es el único que puede ver la batalla interna de Damián y no retroceder.

No es la respuesta a los problemas de Damián, pero es el lugar seguro donde puede pelear con ellos.

Damián no necesita un salvador, solo alguien que no se rinda con él.

-Amar no es cambiar al otro; es amarlo tal como es, incluso en sus peores momentos-

Jon se despertó perezosamente, estirándose mientras sus músculos aún medio adormecidos se desperezaban. La suave luz de la mañana entraba por la ventana, anunciando que ya era tarde. Al mirar el reloj, vio que eran las diez de la mañana y, para su sorpresa, Damián no estaba a su lado.

Se levantó lentamente, aún con el pijama puesto, y se dirigió al salón para buscar a su novio. Sin embargo, al entrar, solo encontró a Jason, sentado cómodamente en el sofá, viendo la televisión.

-¿Has visto a Damián?- preguntó mientras se frotaba los ojos.

-Está entrenando-Jon suspiró y sin más tiempo que perder, decidió tomar un desayuno rápido y se dirigió a la sala de entrenamiento.

Al entrar, Jon vio a Damián en plena acción. Estaba vestido con una camiseta negra de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos tonificados, y un pantalón de chándal que facilitaba sus movimientos. Su enfoque estaba completamente en los ejercicios, ejecutando una serie de movimientos fluidos con una espada que capturó la atención de Jon de inmediato.

Jon flotó unos momentos en el aire, observándolo desde arriba. Notó lo ágil y preciso que era Damián con cada movimiento. La espada brillaba bajo la luz, y Jon, intrigado, descendió lentamente.

-¿Es una katana?-preguntó Jon, mientras sus ojos seguían el resplandor del arma. Damián, sin detenerse, asintió con la cabeza.

-Sí. Es una katana que me entregó mi abuelo hace mucho tiempo-respondió, su voz firme pero tranquila-Por suerte, mi padre me permitió conservarla.

Jon observó en silencio durante unos minutos más, fascinado por la maestría de Damián con la espada. Luego, dejó de flotar y se sentó cruzando las piernas en uno de los lados de la sala, cuidando no estorbar mientras su compañero continuaba su rutina.

-Deberías relajarte un poco- comentó Jon.

Damián detuvo su entrenamiento por un momento, mirando a Jon con una sonrisa algo pícara en su rostro.

-¿Vas a ayudarme?-preguntó Damián, con una chispa de desafío en su mirada.

-Si me dejas, claro que sí-
Respondió devolviéndole la sonrisa.

Damián dejó caer la katana con cuidado a un lado, y se acercó a Jon con una expresión diversión.

-Bien, veamos qué tan bueno eres en esto-dijo Damián, con un tono juguetón.

Jon revoloteó hacia Damián con una sonrisa juguetona, enganchándose a él como si fuera un koala. Rodeó su cuello con los brazos y comenzó a llenarlo de besos suaves en el rostro, sintiendo el calor de su piel mientras decía en un tono burlón y cariñoso:

-Un día de estos te castigaré sin entrenar.

Damián soltó una risita breve, algo rara pero genuina, mientras apretaba los muslos con más fuerza. El toque de Jon le traía un respiro en medio de todo lo que habitaba en su mente.

-Necesitaba desahogarme- dijo Damián, con un tono más serio pero sin perder el calor en su voz.

Jon apoyó su cabeza en el hombro de Damián, observando su perfil con curiosidad. Sin poder evitarlo, preguntó en voz baja:

-¿Desahogarte de qué?

Damián se quedó en silencio unos segundos, el peso de sus palabras colgando en el aire como una sombra. Finalmente, su mirada se oscureció levemente cuando confesó...

-Escuché la voz de mi madre... y volvió esa horrible sensación de matar. Esa furia...

Jon, sintiendo el cambio en el tono de Damián, se separó un poco para mirarlo a los ojos. Lo observó con intensidad, buscando en su rostro algo más allá de las palabras que acababa de decir. Luego, sin pensarlo mucho, tomó las mejillas de Damián entre sus manos, apretándolas suavemente, y lo llenó de besos rápidos en los labios, rompiendo el ambiente tenso con una oleada de cariño y ternura.

-Que se joda tú madre.

-Wou

-¿Qué?

-Nada...¡Ya sé cómo ayudarte a relajarte!-dijo Jon con una sonrisa Damián lo miró con una ceja levantada, claramente curioso

-¿Cómo?

Jon no dijo nada más, agarra la mano de Damián con la suya, entrelazando los dedos, y lo guió a través de los pasillos de la mansión Wayne hasta llegar a una gran puerta de cristal que daba acceso a la piscina climatizada interior. Las luces cálidas reflejaban el agua cristalina que se movía ligeramente por las corrientes de la calefacción.

-¿Un chapuzón?-preguntó Damián, alzando una ceja mientras miraba la escena frente a él.

-Exactamente.

Sin esperar una respuesta, Jon comenzó a desnudarse con una despreocupación que le resultaba tan natural. Quitó su camiseta y luego los pantalones, quedándose solo en ropa interior antes de acercarse al borde de la piscina. Damián, todavía escéptico, lo observó por un momento antes de empezar a hacer lo mismo. Aunque con menos entusiasmo, confió en lo que su novio le estaba proponiendo.

Jon toqueteó en la pantalla durante unos segundos. Una canción comenzó a sonar, Wildest Dreams de Taylor Swift, llenando el ambiente con una melodía suave y envolvente. Dejó el móvil cuidadosamente cerca del borde de la piscina y, sin pensarlo dos veces, se zambulló en el agua, rompiendo la superficie con gracia.

-¿Qué estás esperando?-
preguntó Jon desde el agua, su sonrisa todavía presente mientras flotaba en el centro de la piscina.

Damián, con una ligera sacudida de cabeza, se quitó los últimos vestigios de duda y se metió en el agua, notando de inmediato el contraste entre el calor de la piscina y la frialdad que había sentido en su mente durante toda la mañana. A pesar de su escepticismo inicial, había algo tranquilizador en estar allí, en ese espacio compartido con Jon.

-Ahora, solo déjate flotar-
sugirió Jon, poniéndose boca arriba y cerrando los ojos. El agua lo movía lentamente hacia un rincón de la enorme piscina, como si el mundo exterior no existiera.

Damián lo imitó después de unos segundos de duda, dejando que el agua lo sostuviera mientras miraba al techo, donde las luces se reflejaban en patrones ondulantes. Al principio, no entendía cómo algo tan simple podría ayudarlo a relajarse, pero a medida que pasaban los minutos, sintió que su mente se calmaba. Era como si estuviera suspendido en una burbuja, separado del caos y la presión que solían dominar su vida.

Un pequeño cosquilleo en su brazo lo sacó de sus pensamientos. Abrió los ojos para encontrarse con Jon, que había pasado la yema de sus dedos por su brazo, mirándolo con esa mezcla de ternura y preocupación que siempre lograba desarmarlo.

-¿Mejor?-preguntó Jon, su voz suave y sincera.

Damián asintió levemente, reincorporándose para quedar de pie en el agua. Miró a Jon por unos segundos, sus ojos verdes oscuros fijos en los de su pareja.

-No puedes dejarme. Nunca-
Jon se apoyo ligeramente contra la pared de la piscina, y lo miró directamente a los ojos.

-Nunca-Repitió.

Damián se acercó más, acorralándolo contra el borde, sus manos apoyadas en los azulejos mojados a ambos lados del cuerpo de Jon. La cercanía entre ellos era palpable, y el agua a su alrededor parecía vibrar con la tensión del momento.

A veces, el mayor acto de valentía es confiar tu corazón a alguien.

That Way de Tate McRae había comenzado a sonar.

-Te amo-murmuró Damián, su voz era apenas un susurro.

-Demuéstralo-respondió con un toque de desafío, pero sus ojos brillaban con calidez.

Damián no necesitó más palabras. Se inclina hacia él y captura sus labios en un beso que lo decía todo, un beso lleno de pasión, devoción y una promesa tácita: pase lo que pase, nunca se soltarían el uno al otro.

El beso era todo lo que eran ellos, pero sobre todo era lento. Damián no era alguien que dejara cabos sueltos, y en ese momento quería que Jon sintiera cada palabra que no podía decir en voz alta. Sus manos, firmes pero cuidadosas, se deslizaron hacia la cintura de Jon, asegurándolo contra el borde de la piscina mientras el agua se arremolinaba a su alrededor, testigo de la conexión entre ellos.

Jon, siempre tan ligero y desenfadado, se rindió a la profundidad del momento. Respondió al beso con igual fervor, dejando que sus manos descansaran en los hombros de Damián, sus dedos jugando con los mechones oscuros de su cabello. La cercanía entre ellos parecía borrar las líneas entre luz y oscuridad, creando algo único que solo ellos dos podían entender.

El agua cálida, la música de fondo, y la forma en que sus respiraciones se entrelazaban hicieron que todo lo demás desapareciera. No había peligro, no había responsabilidad, no había sombras de pasados que los persiguieran. Solo estaban ellos dos, en ese instante, compartiendo algo que trascendía las palabras.

That's So True de Gracie Abrams.

Damián dejó escapar un leve suspiro mientras su mirada permanecía fija en los ojos de Jon. Sus manos aún estaban firmemente apoyadas en el borde de la piscina, enmarcando el rostro de Jon, quien seguía relajado, pero con una chispa en sus ojos que parecía responder al fuego interno de Damián.

Looking into big blue eyes. La música seguía llenando el ambiente con su melodía, pero parecía más un eco lejano, insignificante.

Ooh, bet you're thinking, "She's so cool"

Jon levantó una mano y la deslizó suavemente por el rostro de Damián, como si quisiera memorizar cada línea, cada pequeño detalle de él. Su toque era tierno, como si supiera que, aunque Damián era fuerte y resistente, en el fondo, había algo frágil que necesitaba proteger.

Kicking back on your couch, making eyes from across the room

-No quiero fallarte-Solto Jon.
Damián frunció ligeramente

-Nunca me fallarás-dijo, sin un atisbo de duda en su voz.
Jon rió suavemente.

-Siempre tan seguro de todo, ¿eh?

Damián lo miró durante unos segundos más, como si estuviera evaluando la profundidad de sus propias palabras. Luego, con un movimiento decidido, se inclinó hacia adelante y lo besó de nuevo, esta vez con más suavidad, como si quisiera disipar cualquier duda que pudiera quedar en la mente de Jon.

Cuando se separaron, apenas unos centímetros, Damián finalmente habló, su voz más baja, casi un susurro.

-No puedo imaginar un mundo donde tú no seas mi novio, Jon. Ni quiero hacerlo.

Joder.

Esto...es el combo perfecto.

Un chico guapo diciendome cosas dignas de una pelicula.

Jon sintió cómo el calor subía por su pecho ante las palabras de Damián, y su sonrisa se suavizó en algo más íntimo, más sincero.

Dios mío

¿Como respondo?

-Tampoco quiero imaginar un mundo sin ti, Damián. Siempre serás mi razón para avanzar, incluso cuando no sepa hacia dónde voy.

You should spend the night, catch me on your ceiling

La música seguía sonando, envolviéndolos en esa burbuja que parecía estar diseñada solo para ellos. Quizás era solo para ellos.
Por un momento, ninguno de los dos habló, dejando que el silencio entre ellos fuera testigo de lo que no necesitaba decirse con palabras. El amor que compartían no requería explicaciones ni promesas grandilocuentes; era algo que simplemente existía, fuerte y constante, como el latido de sus corazones.

Finalmente, Jon rompió el silencio con una sonrisa traviesa.

-Entonces, ¿esto te ha relajado lo suficiente? ¿O tengo que esforzarme más?-Damián rodó los ojos.

-Sí, funcionó...-respondió, dejando entrever una pequeña sonrisa mientras se alejaba ligeramente del borde de la piscina, aunque sin soltar a Jon del todo.

Jon rió suavemente, observando cómo Damián comenzaba a nadar hacia el centro de la piscina, su postura más relajada que antes. Lo siguió, sin perder la oportunidad de salpicarlo un poco con agua, provocando una mirada de advertencia que rápidamente se transformó en una persecución juguetona por la piscina.


-El amor no siempre sigue el camino más lógico; a veces, el caos es su único lenguaje-

Una semana había pasado desde el momento en que Tim y Damian se reconciliaron. Desde entonces, Tim y Conner habían pasado mucho tiempo juntos. Las tardes consistían en ver películas, compartir algunas risas, y, de vez en cuando, se robaban un beso, pequeños momentos íntimos que parecían más naturales cada día.

Tim estaba recostado en su cama, todavía recuperándose de sus heridas. El teléfono en sus manos era una distracción necesaria, pero la batería comenzaba a agotarse. Miró el porcentaje restante, un 5% que parpadeaba en rojo, y suspiró frustrado al darse cuenta de que no encontraba su cargador.

Sin otra opción, se levantó con cuidado, sintiendo el dolor en sus músculos mientras se dirigía hacia su mochila. Entre algunas ropas amontonadas, esperaba encontrar el cargador, pero lo que sus dedos tocaron fue algo inesperado: un pequeño paquete de cartas.

Frunció el ceño, sacándolas lentamente. Al reconocer la letra, el torbellino de emociones que había mantenido bajo control comenzó a golpearle.

Querido Tim..

A veces me pregunto cómo puede ser que todo parezca florecer cuando estamos juntos. Es como si, en esos momentos, todos los jardines que alguna vez estuvieron secos y marchitos cobraran vida de repente, llenos de color y luz. Cada sonrisa, cada mirada, hace que el mundo entero se vuelva más brillante, como si el Sol nunca fuera a apagarse.

¡Dios!...pensarás que soy un cursi....

Pero es que cuando estamos juntos, no hay lugar para el miedo ni para la duda...Todo lo que existe es esa claridad radiante que llenas en mi vida.

Agarra otra de las cartas...

Y tiene la fecha más antigua.

Ey, hola Tim...

Dios...

No sé si algún día te daré esta carta

A veces me cuesta encontrar las palabras para describir lo que siento por ti. No es solo amistad, ni siquiera se trata del amor convencional que todos hablan. Es más profundo que eso, más arraigado en algo que trasciende lo que podría entenderse como común o esperado.

Es como si, desde que te conocí, hubiera sentido la sensación de haber encontrado a alguien que complementa mi ser de una manera inexplicable. Somos como dos almas que, aunque separadas por momentos, anhelan unirse y completarse mutuamente.

Bueno o eso creó...

Creo que quizás te gusto

Un poquito...

No es solo un deseo de querer estar juntos, es una necesidad de sentir que mi vida tiene más sentido cuando tú formas parte de ella. Como si, en algún lugar, estuviéramos destinados a encontrarnos, a ser uno, aunque el mundo a veces nos quiera alejar.

Quizá suene a fantasía o a un sueño ingenuo, pero no puedo evitar pensar en esta conexión nuestra como algo más que casualidad. Tal vez somos eso que llaman "almas gemelas". Dos entidades que se buscan, que necesitan unirse para ser completas, aunque a veces el camino para llegar ahí sea complicado.

Es extraño, ¿verdad? Cómo una persona puede cambiar tanto lo que somos y lo que creemos ser. Pero eso es lo que siento contigo, Tim. Que, juntos o separados, siempre estaremos buscando esa unidad, ese momento en que todo vuelva a encajar.

Porque me gustas.

Y me gustaría saber si quieres salir conmigo.

Oh Dios mío...

¡oh Dios mío!

¡Conner se le iba a declarar en un principio como una carta!.

Otra...

Querido Tim;

A veces me pregunto cómo las palabras que otros lanzan al aire pueden pesar tanto, como si estuvieran hechas de hierro en lugar de viento. Dicen que me acerco a ti por lo que representas, por la sombra de un apellido, o las luces que proyectan los títulos que llevas. Pero esos juicios están vacíos, como sus miradas. No ven lo que realmente importa, lo que tú y yo sabemos en silencio cuando el mundo está lejos.

Ellos no entienden lo que es ver el alma de alguien cuando todo a su alrededor se desploma. No han sentido lo que es encontrar fuerza en el otro, no por lo que puede darte, sino por lo que compartimos en esas noches cuando los ruidos del mundo no pueden alcanzarnos. Tú y yo, hemos construido algo más fuerte que el acero con el que intentan atarnos. Es algo que ni el dinero ni la fama pueden comprar, porque se trata de nuestras cicatrices, de nuestros silencios, de la paz que encontramos uno en el otro cuando el resto sólo ve el ruido.

A tu lado he descubierto que el amor no es solo refugio, es fortaleza. Juntos somos un escudo que puede resistir cualquier ataque, una llama que nunca se apaga, incluso cuando intentan sofocarla con su veneno. Y mientras ellos susurran sus teorías sobre nosotros, sigo aquí, firme, porque lo que hay entre nosotros no necesita explicación. Los murmullos no pueden tocar lo que hemos creado.

A ti me acerqué porque vi en ti una verdad, algo puro en medio del caos, y no necesito nada más. Ningún juicio externo puede cambiar lo que siento. Enfrentemos el mundo como siempre lo hemos hecho, porque en ti encuentro la luz más fuerte, la que me guía y la que me sostiene. Juntos somos más grandes que los rumores que intentan ponernos a prueba. Lo saben, y por eso temen lo que no pueden comprender.

Con todo mi ser,
Conner

Otra más

¡No podía parar de leer!

Tim...

Soy imbécil.

Todavía no te he dado ninguna carta...

Siempre he pensado que el amor verdadero trasciende lo que el tiempo y el espacio intentan arrebatar. Es curioso cómo las cosas pequeñas, esas que muchos ven como insignificantes, terminan siendo los hilos que entretejen nuestra vida juntos. Como las luces de Navidad que dejamos colgadas hasta enero en mi habitación y en la tuya.

¿Recuerdas cómo reímos?

Todos decían que era una locura, que ya era hora de quitarlas, pero nosotros las dejamos ahí, brillando más allá de la temporada, porque era nuestra forma de decir que no seguimos las reglas del mundo. Creamos nuestras propias reglas, nuestro propio universo.

Mama casi las quita porque dice que traen mala suerte.

Bueno a lo que iba...Esos pequeños gestos se convierten en símbolos de algo mucho más grande. El café que te preparo algunas mañanas, mientras escucho el rápido sonido de tus pasos en la habitación cuando llegas tarde a algún lado.

A veces es culpa mía....

Porque no te dejo dormir.

Son fragmentos de mi vida que, por separado, no parecen mucho, pero cuando los pones juntos, construyen algo eterno, algo que ningún reloj puede medir ni ninguna distancia puede romper.

Quiero quedarme contigo para siempre.

Casarme

Vivir juntos

Ya sabes...

No importa cuántas estaciones cambien, ni si las luces de Navidad cuelgan hasta la primavera o hasta el próximo invierno. Lo que importa es que aquí, en este pequeño mundo que hemos creado, donde las reglas externas no importan, el amor sigue creciendo, sigue brillando, y sigue haciéndonos sentir como si el tiempo se detuviera cada vez que estamos juntos.

Permaneceré a tu lado, en lo pequeño y en lo grande, porque no hay lugar ni momento en el que prefiera estar. Contigo, he encontrado un hogar que ningún mapa puede señalar, pero que siempre llevo en el corazón. Nada nos separa, ni el tiempo ni el espacio. Sólo somos tú y yo, creando nuestro propio para siempre.

Un loco enamorado

Agarra otra carta, se ve una fecha más reciénte.

Ahora que estamos peleados...

Bueno ya llevamos un par de días...

Se fue el Sol.

La oscuridad que queda es tan intensa que a veces ni siquiera puedo recordar cómo era sentir la calidez de tus manos, cómo era estar bajo esa luz que todo lo sanaba. Me aterra que el Sol no vuelva más, que la tristeza sea lo único que me quede cuando no estás a mi lado. Es curioso cómo la felicidad puede cambiar tan rápido, volverse sombra y miedo en un instante.

Tim cerró los ojos por un momento, el peso de las palabras apretándole el pecho, mientras el teléfono olvidado seguía su cuenta regresiva hacia el apagón.

Conner entra en la habitación, con pasos ligeros, pero se detiene en seco cuando sus ojos se posan sobre Tim, que está en el escritorio. Algo en la postura tensa del 3 Robin le hace fruncir el ceño, y entonces lo ve: las cartas. Sus cartas, las que ha escrito para Tim, están entre sus manos. Un torbellino de emociones se desata dentro de Conner, pero antes de que pueda decir algo, Tim levanta la vista, sus ojos un poco más abiertos de lo normal.

-¡Oh!-Dice Tim, su voz ligeramente acelerada-Yo... yo estaba buscando el cargador de mi móvil...y-y pensé que podía usar el tuyo.

Conner apenas parpadea mientras ve a Tim meter las cartas apresuradamente en su mochila, sus movimientos nerviosos. Es evidente que no esperaba ser descubierto leyendo las cartas, pero ahora intenta disimular como si nada hubiera pasado.

-¿El cargador?-repite Conner, rompiendo el incómodo silencio-Está...Está en el bolsillo pequeño de la mochila.

Tim se queda en silencio por un momento, sus mejillas enrojecidas mientras termina de guardar las cartas. Se gira hacia la mochila, hurgando en el bolsillo que Conner acaba de señalar, sin mirarlo directamente. El silencio pesa un poco en la habitación. Y después se vuelve hacia la cama volviendo a tumbarse en esta.

-Lo siento-Dice mientras pone a cargar su teléfono.

-No estoy enfadado.

Tim se quedó en silencio.

-Esas cartas son para ti.

-Pero...

-Son tuyas.

Conner escucho el salto que dio el corazón de Tim.

🦇


La recuperación de Tim había avanzado bien, y hoy, al salir del chequeo médico, se sentía casi como antes.

Estaban en el coche de vuelta a la mansión, con Alfred al volante. El fiel mayordomo estaba en silencio, absorto en sus propios pensamientos. Conner sentado al lado de Tim, parecía inquieto, como si algo le estuviera dando vueltas en la cabeza.

-Eeeeh, Tim...-Empieza a decir Conner, rompiendo el silencio que se había instalado en el coche-He estado pensando que, tal vez, deberíamos tomar las cosas con calma.

-¿Con calma?

-Sí...Ya sabes, hacer las cosas bien, despacio, para no... estropear lo que tenemos.

-Eso es... muy bonito, Conner -respondió suavemente, genuinamente tocado por sus palabras.

Hubo un momento de silencio entre los dos.

-Pero...-Tim miró a Conner-No creo que pueda aguantar-Conner soltó un suspiro.

-Menos mal, porque yo tampoco.

En ese instante, Alfred aparcó el coche en la entrada de la mansión. Pero antes de que el mayordomo pudiera apagar el motor por completo, Conner ya había desabrochado su cinturón de seguridad y, sin dudarlo, cargó a Tim sobre su hombro con un movimiento rápido.

-Conner ¿qué haces?-preguntó Tim, intentando sonar serio, pero no pudo evitar reírse mientras era levantado.

-Se que lo sabes-respondió Conner con una sonrisa traviesa.

Sin perder un segundo, voló directamente hacia la ventana de la habitación de Tim, la cual estaba abierta de par en par para ventilarse, tal como Alfred la había dejado por la mañana. Con un rápido movimiento, Conner cerró la ventana y corrió las cortinas, asegurándose de que no habría interrupciones.

Tim apenas tuvo tiempo de procesar lo que estaba pasando antes de que Conner lo tumbara suavemente en la cama. Se posicionó entre sus piernas, y la tensión que habían sentido durante días, finalmente, se desvaneció cuando Conner inclinó la cabeza para besarlo con intensidad.

Los preliminares comenzaron, sus besos se volvieron más profundos, y las caricias más atrevidas. Tim respondía con el mismo entusiasmo, ambos se dejaron llevar, conscientes de que lo que compartían era más que físico: era la conexión que habían estado construyendo desde el primer momento.

El cuerpo de Tim temblaba bajo el tacto de Conner, mientras este lo hacía alcanzar su primer orgasmo simplemente usando su boca, sus manos aferrándose con fuerza a las sábanas. Cada caricia, cada roce....En ese instante, mientras Conner lo llevaba al borde del éxtasis, lo único que pasaba por su mente era la capacidad casi sobrehumana del kryptoniano, su resistencia que parecía infinita, y el hecho de que, cuando Conner los saciase, su propio cuerpo sentiría las secuelas, cada músculo recordando la intensidad del momento con agujetas.

La habitación se llenaba de susurros entrecortados, sus respiraciones sincronizadas mientras sus cuerpos se unían una y otra vez, en cada rincón del cuarto. No había un solo lugar que no hubiese sido testigo de su pasión desbordante.

Te amo

Le decía conner una y otra vez.

Una y otra vez

Te amo

Te amo

Te amo

En la cama, donde todo había comenzado, los besos se tornaban más profundos, los movimientos más urgentes. Tim sentía cada centímetro del cuerpo de Conner presionando contra él, cada empuje un recordatorio de lo inmenso que era su deseo. Pero no se detenían allí.

1 minuto de silencio por el cabecero de la cama.

El baño fue el siguiente escenario de su vorágine de pasión. Contra la fría superficie de los azulejos, Tim sintió el contraste de la calidez de Conner, su boca explorando cada parte de su piel como si fuera la primera vez. El agua caía sobre ellos, pero ninguno parecía notar el frío; estaban demasiado absortos en la necesidad el uno del otro.

Se tomaron un breve descanso para comer algo. Tim lo necesito y se pusieron a ver una serie mientras el Robin recuperaba fuerzas.

Pero Conner no tardó mucho en subirlo al escritorio, la madera crujía bajo el peso de Drake, pero no le importaba. Tim se encontraba a sí mismo aferrándose al borde del escritorio, los dedos de Conner marcando la piel de sus caderas con la misma intensidad con la que sus labios marcaban su cuello.

El suelo fue el siguiente refugio de su desenfreno, sus cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, entrelazados como si fueran uno solo. Cada movimiento era un baile, una coreografía que ninguno había aprendido, pero que sus cuerpos conocían de manera instintiva.

Finalmente, la silla se convirtió en el último lugar de su travesía, donde el cansancio comenzaba a hacerse presente, pero ni siquiera eso era suficiente para detenerlos. El deseo los arrastraba, incansable, mientras los susurros se convertían en gemidos apagados y sus cuerpos seguían encontrándose una y otra vez.

El amor entre Tim y Conner era una paradoja viviente, una mezcla de luz y sombra, fuerza y fragilidad. No era el tipo de amor que se gritaba desde los tejados, ni uno que necesitara ser mostrado al mundo. Era algo más profundo, más íntimo. Algo que existía en los espacios intermedios, en los momentos de silencio y en las palabras no dichas.

En muchas maneras, su relación era una lección filosófica en sí misma, una exploración de las dualidades que definen la existencia humana.

Tim...

Siempre tan racional, estructurado y metódico, representaba el logos, el principio de razón y lógica que guiaba a los antiguos griegos. Para Tim, el mundo debía tener un sentido, una estructura; cada pieza del rompecabezas de su vida debía encajar con precisión para que pudiera comprender quién era y cuál era su lugar. Su amor por Conner, entonces, fue una interrupción bienvenida en esa estructura rígida, una fuerza que no siempre seguía las reglas que él había establecido para sí mismo.

Conner....

Por otro lado, era más instintivo, más apasionado, más guiado por el pathos, el principio de emoción y sentimiento. Para él, el amor no necesitaba ser desmenuzado ni comprendido.

Simplemente existía.

Era la fuerza invisible que lo empujaba hacia Tim, que lo hacía querer protegerlo, estar a su lado sin importar las circunstancias. Conner vivía en el presente, en el calor del momento, en la conexión que sentía cuando sus ojos se encontraban con los de Tim, cuando una sonrisa entre ellos podía decir más que mil palabras.

En este sentido, su amor era una exploración del concepto filosófico del yin y yang.

Tim y Conner, aunque aparentemente opuestos en sus naturalezas, se complementaban de maneras que solo podían entenderse si se aceptaba que ambos aspectos, el racional y el emocional, eran necesarios para formar una unidad completa.

Te amo

Tim encontraba en Conner una razón para dejar de lado, aunque fuera por momentos, su necesidad de controlar todo, mientras que Conner hallaba en Tim la estabilidad que necesitaba para no perderse en su propia impulsividad.

Te amo

El filósofo griego Platón habló de la idea de las almas gemelas en "El Banquete", proponiendo que el amor era la búsqueda de una mitad perdida, una conexión destinada a completar a otra persona.

Damián y Jon también podían ser la viva imagen de esas palabras.

Y aunque esta visión del amor podía sonar idealizada, había algo en ella que resonaba con Tim y Conner. No porque se sintieran incompletos sin el otro, sino porque juntos se sentían más plenos, más equilibrados. Su relación era un recordatorio de que, a veces, el amor no es solo una cuestión de encontrar a alguien que te complemente, sino de descubrir una nueva dimensión de ti mismo a través de la conexión con otro.

De manera similar, el amor entre ellos también podía interpretarse a través de la lente del existencialismo, una corriente filosófica que explora el sentido de la vida y la libertad personal. En una vida llena de misiones y peligros, donde cada día podría ser el último, Tim y Conner habían encontrado en su relación un significado profundo.

No necesitaban justificar su amor ante nadie más.

Simplemente era.

Existía en el aquí y el ahora, en la elección diaria de estar juntos, de enfrentar el mundo como un equipo.

Conner, con su naturaleza libre, abrazaba esta idea del ser en el presente, mientras que Tim, siempre pensador y planeador, aprendía a soltar, a encontrar sentido en la existencia compartida sin intentar forzarle un significado.

Y, por supuesto, no se podía hablar de amor sin mencionar el concepto de ágape, el amor incondicional que trasciende lo físico y lo emocional, que se preocupa por el bienestar del otro sin importar las circunstancias.

Tim y Conner habían aprendido, a través de los años, que su relación iba más allá de las etiquetas, de los momentos de pasión o de las pequeñas peleas cotidianas.

Era un compromiso silencioso, un acuerdo tácito de que, pase lo que pase, siempre estarían allí el uno para el otro.

En la escuela estoica, los filósofos enseñaban que el amor verdadero no era posesivo ni celoso, sino que consistía en el deseo del bien del ser amado, incluso si eso significaba sacrificio.

Y aunque Tim, con su naturaleza protectora y a veces controladora, tenía que trabajar para dejar ir su necesidad de controlar todo, aprendió de Conner lo que significaba amar sin esperar nada a cambio. Por su parte, Conner, con su instinto de proteger, también entendió que a veces amar a Tim significaba dejar que fuera quien debía ser, incluso si eso significaba no estar siempre de acuerdo.

Al final, el amor es eso especie de danza filosófica.

Era una mezcla de pathos y logos, una exploración constante de quiénes eran y qué significaban el uno para el otro.

A través de sus diferencias y desafíos, encontraron en el otro una brújula, una luz que los guiaba en medio del caos que los rodeaba.

Y aunque el mundo a su alrededor siempre estaba en movimiento, en constante cambio, había una certeza que permanecía constante: en los brazos del otro, encontraban el significado que buscaban, el sentido de la vida que solo el amor puede proporcionar.

-A veces, el amor no se trata de ser perfecto, sino de ser real-


Wally está de pie, con las manos firmemente apoyadas en su cintura, mirando a Dick sentado en la silla del escritorio con una mezcla de preocupación y cabreo. Su ceño fruncido y la tensión en su postura muestran claramente que esta enfadado.

Muy enfadado.

3

2

1

-¡¿En qué estabas pensando, Dick?!-le regaña.

Mientras tanto, Alfred está tranquilamente al lado de Dick, limpiando y suturando la herida con una calma impecable, aunque claramente preocupado.

-Joven amo, sería prudente que escuchara a Wally-dice Alfred dándole la razón a Wally con rentintin-Su imprudencia no solo ha causado molestias a quienes le rodean, sino que también ha puesto en peligro su recuperación.

-¡Alfred, no me riñas tu también!-Dice haciendo un puchero.

-¡Deja a Alfred!-Le grita el pelirrojo

Wally da un paso más cerca, con las manos aún en la cintura, con esa mirada sobre el primer Robin.

-¡Tienes que pensar un poco en tu salud!-dice, un poco más suave ahora, pero aún con la preocupación reflejada en sus palabras.

-Creo que...-Dick abre la boca a punto de decir algo, pero Wally lo interrumpe, señalándolo con un dedo firme.

-¡Ni se te ocurra decir que exagero!-le advierte. Dick cierra la boca al instante.

-Bien, esto ya está-anuncia Alfred, dando los últimos toques al vendaje-Sería sabio que siguiera las recomendaciones del joven Wally-añade antes de levantarse y, con su habitual elegancia, salir de la habitación, despidiéndose con una ligera inclinación de cabeza.

Wally ni siquiera parpadea mientras sigue mirando a Dick con los brazos cruzados, su postura es rígida y seria.

-No quiero que vuelvas a entrenar sin estar completamente bien-dice sin dejar espacio para debate.

Dick, por supuesto, intenta abrir la boca otra vez.

-Pero...

-Pero nada-lo corta Wally inmediatamente, su tono tan duro como una pared.

Dick se queda en silencio un segundo, su mente buscando la manera de suavizar la situación. Pero, en lugar de ceder a la tensión del momento, decide probar su suerte de otra forma.

-Wally, tenemos que...

-¡He dicho que no!-la voz de Wally sube una octava, dejando claro que no piensa negociar.

Dick se inclina un poco hacia atrás en la cama, y después en sus labios se dibuja una sonrisa pícara que empieza a asomar en su rostro.

-Estás muy sexy cuando te enfadas-dice Dick, con esa sonrisa que siempre había funcionado antes.

Pero esta vez, Wally no responde. No parpadea. Solo lo mira, con una seriedad que parece perforar la atmósfera.

Dick parpadea, un poco incómodo por el silencio prolongado.

-Bueno, realmente siempre lo eres-añade con una risa suave, esperando al menos un levantamiento de ceja, alguna señal de que su habitual encanto está haciendo efecto.

Nada. El silencio se alarga aún más, y Wally sigue sin moverse, sin cambiar su expresión severa.

-Siento haber sido un idiota -dice Dick finalmente, con un tono un poco más serio, pero aún probando las aguas-No debería haber hecho lo que hice, ¿vale?

Wally lo sigue mirando, sus ojos firmes, inquebrantables, como si estuviera esperando algo más.

Dick suelta un suspiro, su confianza habitual desmoronándose lentamente bajo el peso del silencio.

-¿No vas a hablarme más?-pregunta, ya casi en un tono de súplica.

Silencio.

Dick se revuelve un poco en la cama, nervioso, algo que no suele sucederle.

-Creo que si no escucho tu voz, lloraré...-dice con un tono dramático, llevándose una mano al pecho como si estuviera actuando en una obra teatral.

El silencio sigue, pero la mirada de Wally no pierde intensidad.

-Y sufriré-añade Dick, haciendo un puchero exagerado, como un niño pequeño que intenta ganar la simpatía de un adulto.

A pesar de todo, el pelirrojo no responde, no da indicios de que haya relajado su postura. Pero en el fondo, Dick sabe que Wally se preocupa. Lo puede ver en esos ojos que, aunque serios, llevan consigo una mezcla de cansancio y preocupación.

Dick baja la mirada, su tono se suaviza mientras juega con la sábana entre sus dedos.

-Lo siento-dice en voz baja-No quería preocuparte...

El silencio aún reina, pero esta vez no se siente tan tenso. Dick levanta la mirada, esperando que esa confesión le gane al menos un poco de tregua.

-Prometo no hacerlo otra vez... -agrega, su voz apenas un susurro-Pero por favor, no me ignores más. No puedo soportarlo.

Finalmente, después de lo que parece una eternidad, Wally suelta un largo suspiro.


Alfred se había convertido, con el tiempo, en el silencioso testigo de los lazos más profundos de la familia Wayne y sus allegados. Desde la cocina de la mansión, donde preparaba el té de la tarde o una cena para cuando llegaran de alguna misión, escuchaba fragmentos de conversaciones que le revelaban más de lo que cualquier otro observador podría percibir. Las bromas, los comentarios aparentemente casuales, y las confidencias lanzadas al aire le ofrecían un retrato completo de la vida emocional de aquellos a quienes él consideraba sus hijos, a pesar de que nunca lo dirían en voz alta.

"Conner tiene suerte de tener a Tim", escuchaba a menudo. "Clark tiene suerte de que Bruce quiera ser su amigo", decían en otras ocasiones. Y, por supuesto, "Jon tiene suerte de tener a Damián". Todos esos comentarios iban y venían, pero lo que aquellos jóvenes no comprendían era que la suerte no estaba únicamente del lado de los Kent. Si bien es cierto que Tim, Bruce, y Damián parecían tener un papel de soporte en aquellos lazos, Alfred sabía mejor que nadie que los Wayne habían sido salvados por los Kent en innumerables ocasiones.

Conner, por ejemplo, había sido el ancla de Tim en los momentos más oscuros de su vida. Alfred recordaba vivamente aquella etapa en la que Tim se había perdido, especialmente tras la trágica pérdida de varios de sus compañeros. La desesperación, la soledad, y el vacío habían amenazado con consumirlo, pero ahí estaba Conner, firme e inquebrantable, sosteniéndolo. No con grandes gestos ni palabras grandilocuentes, sino con una presencia constante que decía más que cualquier consuelo verbal. Conner había sido el pilar que mantuvo a Tim de pie cuando él mismo no podía.

Clark, por su parte, era un bálsamo para Bruce. Aunque el mundo veía en Bruce a un hombre rígido, serio, y taciturno, Alfred había presenciado los momentos en que el Caballero Oscuro bajaba la guardia en compañía de Clark. No solo sonreía, sino que llegaba a reír, algo que el propio Alfred había pensado imposible tras los muchos años de tragedia que habían marcado a su amo. Clark conseguía lo que nadie más: romper esa coraza impenetrable y mostrar el lado humano de Bruce, aquel que, aunque oculto, seguía vivo.

Damián... ese niño tan complicado, pero tan lleno de potencial. Jon era su mejor influencia, aunque el propio Damián jamás lo admitiría. Jon, con su naturaleza amable y su paciencia infinita, sacaba lo mejor del joven Wayne. Alfred había visto cómo Damián, quien podía ser cruel y testarudo, suavizaba sus aristas en presencia de Jon. Se volvía más compasivo, más abierto. Eran mejores juntos, y eso era evidente para cualquiera que los observara con detenimiento.

Sin embargo, no todas las observaciones de Alfred eran tan fáciles de catalogar. Había algo que le resultaba particularmente intrigante: las constantes bromas que escuchaba en la mansión acerca de Wally West. El joven pelirrojo había estado en el radar de las conversaciones en los últimos tiempos, sobre todo porque Dick había empezado a cancelar citas para pasar más tiempo con él. Eso, de por sí, era algo que Alfred había calificado como "raro". Después de todo, Dick, siempre tan encantador y libre, nunca había rechazado oportunidades románticas, y mucho menos por otro chico. Sin embargo, allí estaba, anulando planes y excusas solo para estar con Wally, y aunque Dick se reía y lo jugaba como una broma, había algo más profundo, algo que Alfred podía intuir.

Alfred había visto más de lo que cualquiera podría suponer.

Como Damián miraba a Jon con una mezcla de amor, admiración y envidia, tal vez deseando secretamente tener la paz interior que Jon irradiaba sin esfuerzo. Como Tim, el joven obsesionado con el trabajo y el café, había comenzado a dejar de lado sus obligaciones simplemente para estar con Conner, como si en su compañía encontrara la única fuente de tranquilidad verdadera.

Y luego estaba Bruce. Alfred lo recordaba como si fuera ayer: aquel día de Navidad en que, para sorpresa de todos, Bruce se había puesto un gorrito de Santa Claus solo porque Clark se lo había pedido. Nadie, ni siquiera los hijos adoptivos de Bruce, podían haber imaginado tal escena, pero ahí estaba, una prueba más de la influencia que Clark ejercía sobre él.

Y cómo olvidar la vez en que Bruce, sin previo aviso, le regaló a Clark una camioneta nueva, simplemente porque la vieja de la granja había fallado una vez. Alfred había sonreído para sí al presenciar ese acto, sabiendo que, aunque Bruce nunca lo dijera, Clark era una de las pocas personas por las que haría cualquier cosa.

Incluso Jason, con su actitud rebelde, tenía sus momentos de dulzura. Alfred lo había visto en numerosas ocasiones, jugando con Jon a la consola de videojuegos y dejándole ganar, aunque ambos sabían que Jason era mucho mejor en esos juegos. Esas pequeñas victorias que le concedía a Jon no pasaban desapercibidas para Alfred. Eran una forma de mostrar afecto, un afecto que Jason, en su carácter duro y áspero, no podía expresar de manera tradicional.

Alfred también observaba las alianzas inesperadas que se formaban en la mansión. Como Conner y Damián, dos jóvenes tan diferentes entre sí, se unían para ganarles a Tim y Jon en juegos de mesa como el parchís. Había algo en esas competiciones amistosas que mostraba la unión y el cariño que todos compartían, aunque disfrazado de rivalidad.

Algo que llamo su atención en su momento fue el cambio que se había dado en Damián desde que comenzó a salir con Jon Kent.

El joven Damián, siempre tan confiado, tan seguro de sí mismo y a menudo tan implacable, parecía de pronto vulnerable en presencia de Jon. Alfred no había visto antes una expresión de duda en los ojos del muchacho, pero ahora, a veces, lo notaba nervioso, como si temiera no estar a la altura de las expectativas que Jon pudiera tener de él.

Le sorprendía que Jon, con su habitual dulzura, ejerciera un poder tan inmenso sobre el joven Wayne. Más de una vez había sido testigo de cómo Jon lo reñía por algún comportamiento impulsivo o una actitud demasiado extrema, (peleándose con cuchillos con Jason por ejemplos) y Damián, en lugar de replicar o defenderse con su acostumbrada dureza, simplemente se rendía. Aquella era una sumisión voluntaria, casi asombrosa, que Alfred nunca hubiera imaginado en Damián.

Se quedó boquiabierto la primera vez.

Parecía que Jon tenía una forma única de apaciguar las sombras más oscuras del joven con tan solo un beso o un abrazo.

Había algo casi mágico en la manera en que Damián miraba a Jon. Para Alfred, el chico de la granja no era solo una influencia positiva; era, en los ojos de Damián, su tesoro más preciado. Alfred había notado esos momentos silenciosos, cuando la mirada de Damián seguía a Jon con una mezcla de cariño, orgullo y, sobre todo, amor.

Aún recordaba una de las cenas en las que alguien había hecho un comentario inofensivo, aunque algo despectivo, sobre Jon. Damián no había dudado ni un segundo en defenderlo. Sus palabras habían sido cortantes, afiladas como cuchillas, y el silencio que se apoderó del comedor tras su intervención lo decía todo. No importaba que aún en ese momento Jon y Damián solo fueran amigos, porque para Damián, Jon ya era alguien digno de proteger, alguien cuya valía no debía ser puesta en duda. Esa noche, Alfred se dio cuenta de que Damián haría cualquier cosa por Jon.

Por otro lado, las acciones de Tim Drake....Desde que había empezado su relación con Conner, Tim había demostrado un lado más impulsivo, algo que Alfred nunca habría esperado de alguien tan metódico y calculador. Tim, el chico que siempre tenía un plan, había empezado a escaparse de la universidad con frecuencia para estar con Conner, sin importar las consecuencias. Aquella conducta, si bien imprudente, no dejaba de ser reveladora. Tim, quien siempre había puesto su trabajo por encima de todo, parecía estar dispuesto a dejarlo todo con tal de pasar unas horas junto a Conner.

Y entonces estaba el modo en que Tim miraba a Conner. Alfred lo había notado en más de una ocasión, especialmente en esos momentos en los que Conner, normalmente seguro de sí mismo, se ponía nervioso. Uno de los recuerdos más vívidos que Alfred tenía era cuando Conner intentaba, con torpeza pero con mucho empeño, invitar a Tim a salir en sus primeros intentos. Conner, siendo un joven de una fortaleza incomparable, se mostraba de repente inseguro en esos momentos, y Tim lo miraba con una ternura que hacía evidente que no importaba cómo lo pidiera; la respuesta de Tim siempre sería sí. Esa mirada de Tim decía más que cualquier palabra: admiración, devoción, y una paz que parecía encontrar únicamente en la presencia de Conner.

Para Alfred, estos pequeños detalles eran las piezas que componían un mosaico más grande, uno que hablaba de los lazos profundos que unían a los Wayne con aquellos que amaban. Jon, Conner, Clark, cada uno a su manera, habían transformado las vidas de los miembros de la familia Wayne, no solo aliviando su dolor, sino también brindándoles una razón para ser mejores, más completos.

En resumen, Alfred lo veía todo. Sabía que aunque los demás creyeran que la suerte siempre estaba del lado de los Kent, la verdad era mucho más compleja. Los Wayne también habían sido salvados, en pequeñas y grandes formas, por aquellos a quienes amaban. Y en su discreto rincón del mundo, Alfred continuaría observando, orgulloso y satisfecho de ver cómo esas relaciones seguían creciendo, salvando a los suyos de formas que ellos mismos ni siquiera comprendían del todo.


Jon estaba sentado en el borde del tejado, observando con tranquilidad la ciudad bajo sus pies. El sol ya estaba a medio camino de desaparecer tras el horizonte, iluminando las calles con un cálido resplandor naranja. Desde allí, podía ver cómo las casas reconstruidas se erguían entre los edificios que aún mostraban cicatrices del desastre. Los refugios temporales que alguna vez habían sido el hogar de muchas familias estaban ahora casi vacíos; la gente, poco a poco, regresaba a sus hogares.

Mientras observaba, una escena capturó su atención: una niña corriendo, riendo, mientras su padre la perseguía. Sus carcajadas eran como pequeños destellos de luz en medio de la melancolía que todavía flotaba en el aire de la ciudad. Jon sonrió al verla, y de pronto, los recuerdos empezaron a fluir.

Cerró los ojos un momento, recordando los días en los que él también corría así, riendo, con su propio padre siguiéndole de cerca. Se vio a sí mismo, un niño más joven, lleno de energía, siempre buscando nuevas aventuras junto a su padre.

Uno de esos recuerdos más vívidos era cuando Jon había sentido curiosidad por la vieja guitarra que su padre tenía guardada. Él la había encontrado en el ático, empolvada, pero todavía con cuerdas firmes. Con una mirada de asombro, le había preguntado a su padre si sabía tocar, y para su sorpresa, Clark había sonreído y le había dicho que sí.

Esa misma tarde, en el porche de la granja, su padre le había mostrado los primeros acordes, con paciencia y cariño. Las manos grandes y poderosas que sostenían la guitarra con delicadeza le enseñaron los movimientos básicos. Jon, con los dedos aún torpes, seguía las instrucciones de su padre, sorprendido de lo rápido que aprendía. El sonido de la guitarra resonaba en el aire del campo, mezclándose con los cantos de los pájaros y el suave susurro del viento.

Y entonces, poco después, se había unido Conner.

Jon sonrió al recordar cómo Conner había aparecido, curioso por los sonidos que escuchaba desde la distancia. Se había sentado con ellos, primero simplemente observando, y luego, tras un rato, pidiendo que le dejaran intentarlo también. A pesar de su naturaleza fuerte y poderosa, Conner se acercó a la guitarra con suavidad, como si temiera romperla.

Los tres pasaron la tarde juntos, sus risas llenando el aire mientras Jon y Conner intentaban tocar melodías simples, mientras Clark los guiaba. Era un momento tranquilo, uno de esos en los que la vida parecía completamente normal. Sin peligros, sin misiones, solo una familia disfrutando de un instante de paz.

De vuelta al presente, Jon abrió los ojos, su mirada todavía fija en la niña jugando con su padre. No pudo evitar una sensación de nostalgia, pero también de gratitud por aquellos momentos. Suspiró profundamente, el aire fresco llenando sus pulmones.

-¿Quién hubiera dicho que podía tocar la guitarra decentemente?-murmuró para sí mismo, con una pequeña sonrisa en los labios.

La niña continuaba corriendo, su padre riendo mientras la perseguía, y Jon decidió que esos recuerdos, esos pequeños momentos de felicidad, eran los que hacían que todo lo demás valiera la pena.

-A veces, el amor más profundo se esconde detrás de los errores más grandes-

Jason se encontraba en el jardín, fumando apoyado contra la pared, con la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos, luchando por mantener la compostura. Todo había estado bien hasta que escuchó un sonido en la ventana de la habitación de Tim, el tercer Robin. No tenía la intención de quedarse, no realmente, pero cuando giró la cabeza y vio a Conner y Tim entrar juntos por la ventana, algo en su interior se retorció.

Sintió cómo su estómago se revolvía, como si hubiera tragado una piedra que no podía digerir. El nudo en su pecho se apretó más y más con cada segundo que los veía a través de la puerta entreabierta. Tim, con su expresión relajada y su típica media sonrisa, no parecía para nada incómodo por la proximidad de Conner. De hecho, parecían... naturales juntos. Demasiado naturales.

Los celos lo golpearon de inmediato, intensos y crudos. Jason no era ajeno a ese sentimiento, pero esta vez era diferente. Era más profundo, más personal. Una especie de rabia impotente se arremolinaba en su pecho, y por un segundo, deseó estar en el lugar de Conner. Deseó ser él quien entrara con tanta facilidad en la vida de Tim, sin esfuerzo alguno, sin esa sensación de tener que ganarse cada mirada, cada palabra.

Se odiaba por sentirse así, pero era imposible ignorarlo. No podía soportar la idea de que Tim y Conner compartieran algo que él no entendía, algo que lo hacía sentir fuera de lugar, como un extraño observando una escena en la que nunca podría encajar...

Entonces tomo una decisión.

Jason salido de la Mansión Wayne casi sin pensarlo.

Necesitaba aire, necesitaba escapar de los pensamientos que lo estaban asfixiando.

No llevaba su uniforme, ni su máscara, ni sus armas. Solo era él, Jason Todd, con la chaqueta de cuero que había usado mil veces y las manos metidas en los bolsillos, como si pudiera ocultar el torbellino de emociones que lo consumía.

Había perdido la noción del tiempo mientras deambulaba por las calles de Gotham. La ciudad, con sus luces parpadeantes y sombras siempre presentes, ofrecía el refugio perfecto para alguien que solo quería desaparecer, para alguien que solo buscaba perderse en el caos. Jason caminaba sin rumbo, dejando que sus pies lo llevaran a donde fuera, sin ningún plan en mente. Solo quería estar lejos, muy lejos de todo lo que lo ataba, de todo lo que lo enfurecía y lo hería.

No supo cuántas calles recorrió ni cuántos callejones atravesó. El tiempo se desdibujaba en la ciudad, y Jason apenas era consciente de su entorno. Hasta que, de repente, sintió un golpe leve en su costado, y alguien chocó contra él.

-¡Lo siento!-dijo rápidamente una voz, algo nerviosa.

Jason fijo la mirada y, en el caos de sus pensamientos, finalmente se enfocó en la figura que tenía frente a él;

Un chico pelirrojo, con el cabello corto y desordenado, ojos azules verdosos que parpadeaban rápidamente, casi con pánico. El chico era más pequeño que él, de complexión delgada y algo escuálido. Sus ropas estaban desgastadas, y había algo en su expresión, en la manera en que se movía, que le resultó familiar a Jason, como si estuviera viendo una versión más joven de sí mismo.

El pelirrojo dio un paso atrás, como si estuviera a punto de huir. Pero Jason, con un movimiento rápido y preciso, le agarró la muñeca antes de que pudiera escapar. El contacto fue firme, pero no violento, aunque el chico se tensó al instante.

-Devuélveme el móvil-dijo Jason, con una voz que no aceptaba excusas.

El chico abrió los ojos sorprendido, su boca entreabierta como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Sus ojos buscaron los de Jason, intentando procesar la acusación.

-¿Qué? Yo... ¡No te he robado nada!-respondió, su voz quebrada por la sorpresa, o quizás por el miedo. Estaba claro que no esperaba que alguien lo atrapara tan rápido.

Jason levantó una ceja, su mirada dura mientras lo observaba. Sabía leer a las personas, y había algo en la forma en que el chico se comportaba que le decía que no era un simple accidente.

-¿No eres demasiado joven para ir robando por ahí?- preguntó Jason, sin soltarle la muñeca, aunque no estaba apretando con fuerza.

El pelirrojo frunció el ceño, ofendido. A pesar de su tamaño y aspecto, parecía tener algo de orgullo. Se enderezó lo mejor que pudo bajo la mirada severa de Jason, intentando recuperar un poco de dignidad.

-No he robado nada-replicó, su voz más firme ahora, aunque todavía tenía ese toque de inseguridad-Y tengo 19 años, para tu información.

Jason lo observaba con la mandíbula apretada, las manos firmemente cerradas en puños. El chico, un pelirrojo flacucho que apenas parecía cumplir los 19 años que decía tener, levantó ambas manos en gesto de inocencia.

-¡Te estoy diciendo que no te he robado nada!-insistió el joven, con una voz que quería sonar calmada, pero el ligero temblor la traicionaba.

-No voy a pedírtelo otra vez -gruñó Jason, dando un paso más cerca-O me devuelves el móvil, o te obligo a dármelo.

El chico lo miró con ojos muy abiertos, como si estuviera sopesando sus opciones. Y antes de que Jason pudiera siquiera pestañear, el chico se soltó de su agarre con un movimiento rápido, casi como si estuviera hecho de agua. Giró el torso de manera que se deslizara fuera de la zona de alcance de Jason, sus pies impulsándose en una fracción de segundo, pisando con fuerza el asfalto y echando a correr.

Jason maldijo por lo bajo, pero el pelirrojo ya había desaparecido por el callejón, su silueta encogida doblando una esquina. Las zapatillas del chico golpeaban el suelo con un ritmo frenético, buscando ventaja en cada curva cerrada de los callejones. Se lanzaba entre las sombras, como si fuera parte de ellas, buscando escapar del alcance del hombre que lo perseguía.

Saltó una cerca baja de madera, metiéndose en el jardín de una casa que apenas había espacio para un par de arbustos. No se detuvo, ni siquiera cuando escuchó el ladrido lejano de un perro. Seguía corriendo, sus pulmones ardiendo por el esfuerzo, hasta que finalmente divisó un contenedor en el oscuro rincón de otro callejón.

Cayó detrás del contenedor de metal, sus manos apoyadas en sus rodillas mientras jadeaba con fuerza. Los sonidos de la ciudad nocturna resonaban a su alrededor, pero no escuchaba pasos cercanos. Durante unos minutos, su corazón palpitaba en sus oídos, el eco de la adrenalina inundando su cuerpo. Finalmente, cuando creyó estar a salvo, dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el contenedor, tratando de controlar su respiración.

Pero en cuanto logró relajarse, la voz grave y calma de Jason retumbó desde las sombras detrás de él.

-¿Ya has terminado de hacer el tonto?-dijo, y el chico sintió un escalofrío recorrerle la columna.

El chico apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Jason lo agarrara de la parte trasera de su sudadera, tirando de él con fuerza. El impulso lo hizo tambalearse hacia atrás y, antes de que pudiera oponer resistencia, Jason lo estrelló contra una pared cercana. El impacto fue seco, el aire escapándose de los pulmones del pelirrojo en un jadeo.

Pero el chico no se rendía tan fácilmente. Se levantó de inmediato, sus ojos encendidos con una mezcla de miedo y rabia, y lanzó un puñetazo directo a la cara. Fue rápido, pero no lo suficiente. Jason lo esquivó con una facilidad que casi resultaba humillante, girando apenas la cabeza hacia un lado mientras el puño del chico cortaba el aire.

-No te conviene meterte en peleas que no puedes ganar -dijo Jason, con voz firme pero tranquila, como si estuviera dando un consejo amistoso. El pelirrojo rechinó los dientes, sin retroceder. Sus ojos brillaban con desafío mientras respondía:

-Si tuviera mi arco y mis flechas, no dirías lo mismo.

Jason dejó escapar una risa baja y peligrosa, acercándose un paso más, encorvándose ligeramente para estar a la altura del chico.

-El móvil-repitió con paciencia fingida-o te aseguro que dejaré de ser amable.

El chico vaciló. Sus manos se movieron hacia el bolsillo de su chaqueta, dudando por un segundo, pero al final cedió y sacó el móvil, extendiéndoselo a Jason. Sin embargo, al hacerlo, algo más cayó al suelo. Jason lo notó al instante: una pequeña bolsita de plástico que contenía varias pastillas, rodando unos centímetros antes de que el chico la recogiera de manera casi desesperada. La guardó en su bolsillo con rapidez, como si nada hubiera pasado, y le lanzó el móvil a Jason con un gesto brusco.

-Ahí tienes, ya está.

Jason observó cómo el chico se alejaba rápidamente en dirección contraria, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera y encorvando los hombros como si quisiera desaparecer entre las sombras de la ciudad. Jason soltó un suspiro frustrado, cruzándose de brazos mientras luchaba con sus propios pensamientos.

Esto no es asunto mío. Se dijo mentalmente, casi como si necesitara convencerse. Tiene 19 años, sabe perfectamente qué mierda se está metiendo en el cuerpo. Si tiene problemas, no es mi problema.

Sin embargo, mientras esas palabras resonaban en su cabeza, sus piernas parecían tener voluntad propia. Antes de darse cuenta, ya había comenzado a seguir al pelirrojo a una distancia prudente, maldiciéndose a sí mismo en voz baja.

Esto es una gilipollez. pensó, mientras sus pasos lo llevaban por callejones oscuros y calles desiertas. El chico se movía con una clara dirección, como si supiera exactamente a dónde se dirigía. Eventualmente, lo vio entrar en una vieja fábrica abandonada, el lugar parecía deteriorado, pero Jason sabía que esas ruinas no siempre estaban tan vacías como parecían.

Jason se acercó con cautela, rodeando la fábrica hasta encontrar una entrada secundaria. Entró en silencio, sus pasos amortiguados por la suciedad y los escombros. Al avanzar por los pasillos oscuros, comenzó a escuchar voces. Se agachó y se asomó por un hueco en la pared, divisando al pelirrojo al fondo de una sala grande y oscura.

El chico estaba de pie, frente a un hombre sentado cómodamente en un viejo sofá de cuero, el contraste entre la suciedad del lugar y la comodidad del asiento era evidente. Había otros dos tipos detrás del sofá, hombres corpulentos con miradas amenazantes. El chico hablaba con rapidez, casi suplicando.

-Solo necesito un poco más de tiempo, por favor... prometo que te pagaré todo lo que te debo. Solo... solo dame una semana más.

El hombre en el sofá lo miraba con una sonrisa despreocupada, jugueteando con una copa en la mano. Se inclinó un poco hacia adelante y negó con la cabeza.

-Yo no doy tiempo-dijo con voz suave pero firme. Luego, hizo un gesto a los dos hombres detrás de él- Agárrenlo.

Los dos gorilas avanzaron sin dudarlo, agarrando al chico por los brazos. El pelirrojo forcejeó, pero no tenía ninguna oportunidad contra ellos. Justo cuando Jason estaba a punto de decidir si meterse o no, sus instintos lo traicionaron.

-Soltadlo-La voz de Jason resonó en la sala, y los cuatro se giraron sorprendidos hacia él.

Los dos hombres corpulentos se detuvieron por un momento, atónitos ante la aparición inesperada.

El hombre que estaba sentado en el sofá se levantó lentamente, con una sonrisa burlona en los labios mientras observaba a Jason de arriba abajo.

-¿Y tú quién coño eres?- preguntó, ajustándose la chaqueta que llevaba, como si el asunto le importara poco.

Jason, sin apartar la mirada de los dos tipos que sujetaban al chico, respondió con voz calmada pero firme...

-No te importa quién soy. Suéltalo.

El hombre rió por lo bajo, mirando a Jason con una mezcla de curiosidad y diversión. Luego hizo un leve gesto con la mano hacia los dos gorilas, que sin dudarlo empujaron al pelirrojo al suelo, dejándolo caer pesadamente a los pies de Jason. El chico se quejaba mientras intentaba levantarse, pero antes de que pudiera reaccionar, el hombre señaló a Jason.

-Ganatelo-dijo con una mueca desafiante.

Los dos tipos no perdieron tiempo. Sacaron pistolas de sus cinturones, apuntando directamente a Jason. Pero él no se inmutó, simplemente suspiró, como si ya hubiera visto este tipo de situaciones mil veces antes.

-No quereis hacer esto-les advirtió con cansancio en la voz.

Pero los hombres no escucharon.

Nunca escuchan

Idiotas.

Los disparos resonaron en la fábrica abandonada, el eco de las balas rebotando contra las paredes de ladrillo. Jason, con reflejos pulidos por años de experiencia, esquivó el primer disparo girando el torso justo a tiempo, sintiendo cómo la bala pasaba rozando su chaqueta. Con un rápido movimiento, se agachó para evitar el segundo tiro, que voló por encima de su cabeza, rompiendo una ventana en algún lugar del fondo de la sala.

Antes de que los hombres pudieran ajustar su puntería, Jason ya estaba sobre ellos. Golpeó al primero con un puñetazo directo al rostro, el sonido del impacto resonando cuando el hombre trastabilló hacia atrás. Sin perder el ritmo, giró hacia el segundo, lanzando un gancho hacia su mandíbula que lo hizo tambalearse. Ambos cayeron al suelo, pero no por mucho tiempo.

Con una velocidad que dejó a Jason frustrado, los dos hombres comenzaron a levantarse, recuperándose del impacto inicial. Jason sabía que no podía perder el tiempo. Mientras ellos se recomponían, Jason echó un rápido vistazo a su alrededor, buscando algo que pudiera darle una ventaja. Fue entonces cuando vio una barra de hierro oxidada apoyada contra una pared cercana.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia la barra, la agarró con ambas manos y la sintió moverse con peso y firmeza en sus dedos. Girándola en el aire, se acercó a los dos hombres que ahora se levantaban, con las pistolas de nuevo en sus manos. Esta vez no les dio oportunidad.

-Ahora sí-dijo en voz baja, y avanzó.

El primero intentó disparar de nuevo, pero Jason lo interceptó con un golpe directo en el estómago, usando el extremo de la barra de hierro. El hombre soltó la pistola y cayó de rodillas, ahogado por el dolor. Jason no se detuvo, balanceando la barra en un arco amplio que chocó contra el hombro del segundo hombre, quien soltó un grito antes de ser arrojado al suelo.

Con una fuerza precisa y controlada, Jason golpeó de nuevo, esta vez asegurándose de que el primer hombre no se levantara. El sonido del metal contra carne y hueso fue brutal, pero efectivo. El segundo tipo intentó levantarse de nuevo, pero Jason lo derribó con un golpe limpio en la cabeza, haciéndolo caer de bruces.

El silencio cayó sobre la sala mientras los dos hombres yacían inmóviles en el suelo. Jason, con la respiración agitada, soltó la barra de hierro, que cayó con un eco metálico. Miró al hombre que antes estaba sentado en el sofá, quien lo observaba con ojos llenos de una mezcla de sorpresa.

Jason no tuvo tiempo de notar el movimiento del hombre antes de que sus instintos se activaran. Vio cómo su mano iba rápidamente hacia atrás, seguramente para agarrar una pistola que tenía oculta. Sin pensarlo dos veces, levantó la barra de hierro que aún tenía en las manos y, con una precisión impecable, la lanzó con toda su fuerza.

El metal cruzó el aire con un silbido, golpeando de lleno en la cara del hombre. El impacto fue brutal, y antes de que pudiera hacer cualquier otra cosa, el hombre se desplomó hacia atrás, quedando completamente inmóvil en el suelo. Jason no estaba seguro si lo había dejado inconsciente o si el golpe había sido letal, pero en ese momento no le importaba. El silencio que se instaló en la sala fue casi ensordecedor.

Jason respiró hondo, sus ojos recorriendo el lugar para asegurarse de que no quedara ninguna amenaza. Todo estaba quieto, salvo el leve crujido de las estructuras viejas de la fábrica. Finalmente, rompió el silencio con un tono bajo y calmado.

-Sal de tu escondite, ratón-dijo, sin mirarse alrededor-Ya está todo despejado.

Desde detrás de una de las vigas oxidadas de la fábrica, el pelirrojo emergió lentamente. Estaba claramente aterrado, sus manos temblaban y su rostro estaba pálido como la cera.

-Vamos-insistió Jason.

El chico apenas dio un par de pasos hacia Jason antes de que sus piernas temblaran y cedieran bajo su propio peso. Su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo, completamente inconsciente. Jason suspiró, pasándose una mano por la cara mientras miraba al pelirrojo desmayado a sus pies.

-Mierda...-Murmuró.

Sin mucha ceremonia, se agachó para levantar al chico, se lo echo sobre el hombro con una mezcla de resignación y cuidado. No tenía intención de dejarlo tirado en esa fábrica, especialmente después de todo lo que había liado.

🦇

Cuando el chico pelirrojo finalmente abrió los ojos, lo primero que notó fue la extraña calidez que lo envolvía. Parpadeó, sintiendo una suavidad bajo su cuerpo que no reconocía. Al principio, pensó que tal vez estaba en algún rincón sucio, en la calle, o en un banco duro. Pero a medida que su visión se aclaraba, se dio cuenta de que no estaba en ninguno de esos lugares.

Miró a su alrededor, y lo que vio lo dejó sin palabras. Estaba en una habitación amplia y lujosa, con muebles de madera oscura y elegantes cortinas que caían pesadamente a los lados de una ventana alta. La cama en la que yacía era grande y mullida, cubierta con sábanas de seda que jamás había soñado tocar. Había una luz suave que llenaba el espacio, y el aire olía limpio, muy diferente a lo que estaba acostumbrado en las calles.

Se incorporó lentamente, parpadeando incrédulo, sin entender cómo había llegado hasta allí. Cada rincón de la habitación parecía costoso, desde la alfombra bajo sus pies hasta el cuadro que colgaba de una de las paredes. Su mente estaba confusa, tratando de recordar qué había pasado antes de perder el conocimiento.

Se sentó en el filo de la cama, mirando hacia abajo. Se dio cuenta de que llevaba puesta una camiseta gris que le quedaba un poco grande, tanto que se deslizaba por su hombro. Los pantalones de chándal cortos que también llevaba estaban algo sueltos, como si hubieran sido elegidos al azar, solo para que tuviera algo limpio que ponerse. Instintivamente, comenzó a buscar algo con lo que defenderse, aunque no había nada a simple vista que pudiera usar como arma. No pasaron más de un par de minutos cuando la puerta se abrió de repente, haciéndolo pegar un pequeño brinco. Se giró rápidamente, con los músculos tensos.

-¿Qué haces?-preguntó Jason. El pelirrojo tragó saliva.

-¿Qué hago aquí?-preguntó, sin poder ocultar el nerviosismo en su voz-Jason suspiró y dio un par de pasos hacia la habitación.

-Te desmayaste, así que te traje aquí-explicó, como si fuera la cosa más simple del mundo.

-Relájate, no voy a hacerte nada. Solo quería asegurarme de que estabas bien-Lo miró unos segundos antes de añadir-¿Cómo te llamas?

Hubo un largo silencio.

-Roy...Roy Harper. ¿Y tú?

-Jason Todd-dijo, devolviéndole su propio nombre.

-Sígueme-Roy lo miró, desconfiado.

-¿Por qué?-Jason sonrió un poco, de manera apenas perceptible.

-Seguramente tienes hambre.

Roy no tenía muchas opciones y sin decir más siguió a Jason por el pasillo, manteniéndose unos pasos por detrás. Mientras caminaban, Roy no podía dejar de notar lo lujoso que era todo a su alrededor. Todo en esa mansión respiraba riqueza y poder, un lugar muy alejado de las calles por donde normalmente se movía.

Finalmente, llegaron a una cocina que era incluso más impresionante que el resto de la casa. Allí, un hombre algo mayor, vestido con un elegante traje que probablemente costaba más que toda la ropa de Roy junta, los esperaba con una sonrisa cortés.

-Buenos días-dijo el hombre con una inclinación respetuosa.

Roy respondió al saludo con un tímido "buenos días", aún algo intimidado por el lugar y la situación. El hombre mayor, que claramente era el mayordomo, lo observaba con amabilidad.

-Me llamo Alfred-dijo, con el mismo tono educado-He preparado algo para desayunar.

Roy se sentó frente a una mesa donde lo esperaba un vaso de leche caliente, con un poco de colacao y café a los lados para que él eligiera lo que prefiriera. También había dos tostadas que se veían perfectamente doradas, como si fueran sacadas de una revista de cocina.

Por dentro, Roy estaba hambriento, pero contuvo las ganas de lanzarse sobre la comida. En lugar de eso, comenzó a comer educadamente, en silencio, con la mirada fija en el plato. Todo el tiempo, podía sentir la mirada de Jason, quien estaba sentado enfrente de él, alternando entre su móvil y echarle breves miradas a Roy.

El silencio en la cocina era casi palpable, interrumpido solo por el sonido suave de Roy mordiendo su tostada, mientras intentaba procesar cómo había terminado allí, en ese lugar que parecía de otro mundo.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co