-32-
Jon
Me siento en mi asiento dentro de la nave, el cinturón ajustado demasiado fuerte sobre mi pecho, como si fuera a impedir que el corazón se me salga por la garganta.
Todos están aquí, en sus posiciones. Algunos revisan sus equipos. Otros simplemente miran al frente, esperando.
Y yo... yo solo miro de reojo.
Damián está a tres asientos de distancia. En silencio, con la mirada fija en algún punto indescifrable. Ni siquiera parece respirar. Su postura, como siempre, es perfecta. Inquebrantable.
No se ha girado a mirarme ni una sola vez desde que subimos.
Y yo no le he dicho nada.
A pesar de las palabras de Gar...
"Deberías ir y besarlo."
"El tiempo se acaba."
Lo sé.
Dios, lo sé.
Pero no sé qué decir.
No sé si decirle que tengo miedo. Que lo amo. Que odio tener que separarnos en medio de tanto caos. Que estoy en guerra con mis propios instintos porque quiero protegerlo.
No sé si abrazarlo. Si gritar. Si quedarme callado.
Me siento como un niño otra vez, atrapado en un cuerpo demasiado grande, con emociones que no puedo controlar y un peso en el pecho que no sé cómo soltar.
Las luces de la nave parpadean. La cuenta atrás comienza en los comunicadores.
Y yo sigo en silencio.
Apreté los puños sobre las piernas, sintiendo que las palabras se me atragantan.
Díselo, Jon. Díselo ya.
Pero no puedo.
Y en medio de ese abismo, me quedo... atrapado.
El rugido de los motores llena la nave, vibrando en los huesos como una advertencia silenciosa: no hay vuelta atrás.
Las luces tenues del interior parpadean mientras cruzamos la atmósfera. El metal se queja, los cinturones se tensan. Fuera, la Tierra se encoge y la inmensidad del espacio nos traga con su silencio sepulcral.
Y cuando por fin, el rugido cesa...
Solo queda el vacío.
Silencio.
Y delante, suspendida entre las estrellas: La Atalaya.
Oscura.
Imponente.
Como un titán dormido.
Pero nosotros no estamos aquí para contemplarla.
Estamos aquí para terminar esto.
Wally
El Vértigo de Estar Vivo
Me moví primero, en cuanto la compuerta descendió con un chasquido metálico. Corrí por el pasillo como un susurro, el aire silbando contra mis mejillas mientras dejaba inconscientes a dos guardias antes de que siquiera pudieran gritar.
El plan era simple: despejar la entrada norte.
Lo hice en 11 segundos.
Pero mientras me ocultaba detrás de una columna, jadeando en silencio, el vértigo me alcanzó.
¿Y si uno de ellos no vuelve? ¿Y si es Dick?
¿Y si soy yo?
Pero no hay tiempo para pensar.
Solo para correr.
Tim
Lógica, Precisión, Control
Avancé por el ala oeste junto a Conner. Entramos en modo sigilo, anulando cámaras, rastreando patrones.
-Cámara desactivada. Piso despejado-le susurré.
Conner solo asintió, silencioso pero alerta.
Un guardia se cruzó en nuestro camino. Conner lo noqueó con una velocidad que me hizo sentir una ráfaga de aire moverme el pelo. Yo deslicé un chip de interferencia en el panel de control principal.
Mis manos no tiemblan. Pero mi mente... sí.
¿Y si es una trampa dentro de otra?
Me obligo a centrarme. Porque si fallo... todos caen.
Conner
En Modo Protector
Estoy pegado a Tim.
No importa la misión.
Mi misión es él.
Escucho su respiración. Observo sus gestos. Si algo se mueve fuera de patrón, lo detengo.
Hay un zumbido leve en el ambiente. Magia, tal vez. Tecnología oscura. Sea lo que sea, no me gusta.
Rompo cerraduras, cargo con cuerpos inconscientes, avanzo sin hacer preguntas.
Pero por dentro, la pregunta es una sola: ¿me perdonaría si algo le pasa?
Jason
Precisión Letal
Me movía por los conductos, cuchillo en mano. En cuanto uno de esos híbridos mutantes apareció, le disparé entre ceja y ceja con una bala eléctrica.
La Atalaya es un maldito laberinto de metal y sombras. Pero si alguien me pregunta qué siento:
Odio. Puro y seco.
Por lo que nos han hecho. Por cómo han jugado con Damián. Por cómo Conner y Tim se miran sin decirse lo que deberían.
Y por mi maldito corazón, que se rompe cada vez que uno de los nuestros se lanza al fuego.
Damián
El Lobo Silencioso
Mis pasos son precisos, mis sentidos atentos. Entro por el conducto inferior, desciendo con mi espada envainada, pero lista.
Silencio.
Oscuridad.
La voz en mi cabeza... más lejana. Pero no muerta.
Aniquila, sigue diciendo.
Pero no lo haré. No esta vez.
Uno de los vigilantes gira una esquina. Lo inmovilizo con un golpe seco en el cuello. Avanzo. Mis manos están frías, pero mi determinación arde.
Hoy, o libero mi mente...
O muero sabiendo que no soy su marioneta.
Jon
El Corazón Tironeado
Estoy detrás de Damián. Quiero tocarlo. Quiero decirle que todo va a estar bien.
Pero solo puedo mirar su espalda avanzar como una sombra imparable. Siento que si lo interrumpo... caerá.
Así que lo protejo. Desde atrás. Como siempre. Un mutante salta desde el techo. Lo derribo con un puñetazo que cruje hueso y silencio.
Uno menos
¿Pero de cuantos más?
Dick
El Peso del Mando
Voy con Wonder Woman. Somos la primera oleada que despeja el núcleo de mando.
Derribo a dos con un par de golpes secos. Diana lanza su lazo y neutraliza a otro grupo antes de que puedan activar la alarma.
-Eficiencia-le murmuro.
-Belleza en el movimiento-
responde ella, sin perder el ritmo.
Pero mi mente no está aquí.
Está con Wally. Con su sonrisa tensa. Con sus dedos temblorosos.
"Te juro que si sales de esta... me caso contigo."
Clark
La Última Línea
Mientras el equipo se dispersa, yo voy directo al núcleo de energía. Dos pisos abajo. Rompo puertas. Soporto impactos.
Pero en mi mente... está Lois. Está Jon. Está en Conner.
Mis hijos. Mi hogar.
Y mientras pulverizo uno de los núcleos para cortar comunicaciones externas, me repito a mí mismo:
Sobreviviremos
Bruce
Frío, Cálculo, Miedo
Avanzo por el corredor este con Batgirl unos pasos detrás. Mis movimientos son automáticos: pulso de escáner, análisis de sonido, huellas térmicas. Todo registrado. Todo en orden.
Excepto mi respiración. Que no es tan constante como debería. Excepto mis pensamientos. Que no obedecen la lógica.
Porque he cruzado muchos campos de guerra. He salido de ruinas con las costillas rotas He enterrado a personas a las que juré proteger.
Y aún así, esta vez... siento que algo se quiebra en silencio.
No por mí.
Por ellos.
Los que he visto crecer.
Los que entrené.
Los que he amado en silencio.
Miro hacia una de las cámaras que aún funcionan, y por un momento, veo a Damián cruzar el pasillo opuesto. Tan concentrado. Tan joven aún.
Me sangra el pecho solo de pensar que su madre podría...
No.
No morirán.
Haré lo que sea.
No perderé a nadie más.
-Batman, zona despejada-La voz de Barbara suena nítida en el comunicador.
-Recibido-respondo, aunque el eco de mi miedo no se disipa.
El sistema de control central está cerca.
Demasiado cerca.
Y entonces...
El Grito del Metal
Un crujido.
Profundo.
Visceral.
Como si la propia nave se quejara de lo que está a punto de despertar.
Y de pronto, retumban pasos. Pasos numerosos.
Desordenados.
No humanos.
Desde el pasillo central -el que conduce directamente a la sala de control total-una oleada de mutantes emerge.
Altos. Deformes.
Algunos con placas metálicas en el rostro. Otros, con ojos blancos sin pupilas, garras afiladas como lanzas.
Y todos... rápidos.
Mucho más de lo que deberían ser.
Jon
El Instinto
-¡Damián, detrás de ti!
No lo pienso. Vuelo directo hacia él, lo empujo hacia un lado, y mis rayos oculares alcanzan al mutante que iba a lanzarse sobre su espalda.
Lo derribo. Pero hay más. Muchos más.
-¡¡Nos están rodeando!!-grita Tim por el comunicador.
Damián
El Hilo Tirante
Escucho la orden. El grito. El impacto. Siento el cuerpo de Jon rozar el mío. Cierro los ojos un segundo. Y cuando los abro, mi espada ya está en alto.
-No hay tiempo-susurro.
Corto. Giro. Ataco.
Y por dentro, la voz vuelve.
Aniquila.
Aniquila.
No ahora. No. No soy su arma.
Pero si alguien toca a Jon...
No respondo de mí.
Jason
Tiempo de Fuego Real
-¡Ya no vale jugar limpio!-grito mientras saco los explosivos pequeños de los bolsillos del cinturón.
Tiro uno al suelo.
Detonación controlada. Tres mutantes caen.
-Conner, cubre a Tim. ¡¡YA!!
-¡Cubierto!-escucho al kryptoniano justo antes de levantar un panel metálico como escudo improvisado.
El pasillo retumba.
Y yo no dejo de disparar.
Clark
El Escudo del Mundo
-¡Bruce, retrocede! ¡Los flancos no aguantarán!
Me interpongo entre él y un grupo de cuatro mutantes que vienen como una estampida.
Una palmada contra el suelo.
Un temblor.
El metal se levanta, doblándose como si fuera papel.
-¡Diana, tu turno!
Wonder Woman
Furia y Gloria
-¡Con gusto!-respondo con voz fiera.
Mi lazo brilla con un resplandor dorado mientras gira con precisión absoluta, atrapando a tres de ellos, estrellándolos contra las paredes.
Y por un segundo, parece que el miedo retrocede.
Dick
Contando Latidos
Me lanzo sobre una de las vigas superiores, usando mis bastones electrificados.
-¡Wally, no bajes la guardia por tu derecha!
-No pensaba hacerlo-
responde él, con una sonrisa que me parte el alma de puro amor.
Lo veo correr en círculos, generando un tornado que lanza a cinco enemigos contra las paredes.
Yo caigo desde arriba sobre otro. Rodamos por el suelo.
Y entre cada golpe, pienso:
Qué buena película saldría de aquí.
Wally
El Límite
-¡Esto no estaba en el plan! -grito, jadeando.
Corro. Vibro. Golpeo.
Pero me está costando.
Siento cómo las piernas me pesan. La energía se agota.
Pero entonces veo a Dick abajo. Y recuerdo su beso.
Su promesa. Así que corro más rápido.
La Ola que No Termina
El pasillo que conducía al corazón de la Atalaya ahora parece una herida abierta, sangrando criaturas deforme.
Y aún así, nadie retrocede.
Los héroes, los hijos, los que se criaron en la sombra de los íconos... luchan.
Y lo hacen como si su hogar ardiera.
Porque lo está.
Porque la Atalaya es la última torre.
Y en sus entrañas...
Late un mal que ya no quiere esconderse.
Damián
Al Borde
Cada golpe que doy es certero. Cada giro, cada tajo con mi espada... perfecto.
Pero entonces, algo se dobla dentro de mí. Es como si un hilo invisible, tensado hasta el límite, se rompiera en algún punto entre la sien y el pecho. Me detengo.Una fracción de segundo. Pero suficiente para que el mundo se tambalee.
Suelto un jadeo ahogado y llevo una mano a la cabeza.
No me están gritando.
No hay voces en el comunicador.
Es solo una.
La que siempre vuelve.
La que me aprieta el cráneo como un puño cerrado.
"Aniquila."
"Aniquila al enemigo."
Y lo peor...Es que la voz suena como mía. Pero no me muevo. Mi brazo tiembla, la espada se queda suspendida.
No contra el enemigo.
Contra Jon.
Él está delante de mí.
Pies firmes, ojos abiertos.
Y la voz susurra con más fuerza.
"Aniquila al enemigo."
No.
NO.
Respiro con fuerza.
La garganta me arde.
Las venas parecen vibrar con electricidad negra.
-Damián-escucho su voz. Su voz de verdad.
-Aléjate-susurro.
El filo de mi espada cae al suelo con un golpe seco.
-¿Qué pasa?
-Estoy a punto de perderme -le digo. No como una advertencia. Como un ruego.
Y por supuesto, él no se aleja. Todo lo contrario.
Se acerca. Me sujeta la cara con ambas manos. Me obliga a mirarlo.
-No te rindas ahora-me dice.
-Quédate conmigo.
Sus palabras me rompen.
No hay orden, ni grito, ni amenaza. Solo una súplica.
Y en sus ojos -esos ojos azules que amo más de lo que jamás admitiré en voz alta-veo algo más fuerte que el control que quieren imponerme.
Veo hogar.
Veo a Damián.
A mí.
Libre.
Así que, aunque tiemblen mis manos, aunque el eco de la maldita voz aún zumbe,
Me quedo.
Con él.
Por él.
Conmigo.
Tim
Todo se ha vuelto un caos.
Lo que era una misión calculada, medida paso a paso, se transformó en un infierno. En un abrir y cerrar de ojos.
Los pasillos metálicos retumban con pasos, gritos, alarmas. Todo huele a metal fundido y a algo más oscuro, como sangre vieja. Como miedo.
Nos separamos al girar por un corredor. Conner dijo "por aquí" y yo "por allá". Solo unos segundos de diferencia. Una de esas decisiones que normalmente no importan... pero hoy sí.
Ahora estoy solo.
No sé exactamente en qué parte de la Atalaya me encuentro. El mapa en mi muñeca parpadea, como si el sistema estuviera colapsando desde dentro.
Y lo más aterrador: ya no hay señales de los demás en mi canal privado.
¿Dónde están?
¿Qué está pasando?
Estas criaturas... estos mutantes... cada vez hay más. Más deformes, más grandes, más rápidos. No dejan de aparecer.
Como si alguien los estuviera fabricando. Pero ¿cómo? ¿Quién puede crear horrores así en cuestión de minutos?
Me apoyo contra una pared. El metal está frío, casi húmedo. Mis manos tiemblan, pero no de miedo.
De rabia.
De frustración.
Tengo que pensar. Tengo que encontrar a Conner, a los demás. No puedo dejar que esto me supere.
Pero la soledad pesa más cuando no sabes cuántos pasos te separan de una trampa... o de un amigo.
Y el pasillo sigue, interminable.
Y yo camino, con el corazón latiéndome como un tambor.
Y cada sombra... se parece demasiado a uno de ellos.
Jason
Genial. Solo.
Otra vez.
No sé cómo demonios nos hemos separado, pero una emboscada, humo, el temblor del suelo y las malditas criaturas saliendo de las paredes han sido suficientes para dispersarnos como piezas de dominó.
Ahora camino entre estructuras oxidadas, con la respiración contenida y las armas en ambas manos, deseando que esto termine ya.
Pero claro... no termina.
Lo escucho antes de verlo.
Ese gruñido asqueroso.
Húmedo. Desgarrado.
Cuando me doy la vuelta, ya está encima de mí.
Garras largas como cuchillos oxidados, ojos brillando como brasas apagadas. Un monstruo más grande que los otros.
Más feo.
Más rápido.
Me lanzo hacia atrás, disparo dos veces. No sirve. Le arranco media mandíbula pero sigue.
Se abalanza.
Caigo.
Lo tengo encima.
Y las garras bajan, directas a mi pecho.
¿Así termina? pienso.
Y justo cuando las garras bajan, una flecha le atraviesa la cabeza.
Perfecta.
Letal.
Silenciosa.
La criatura cae encima de mí, muerta. Me lo quito de encima con una maldición y me giro, aún con la adrenalina en las venas, para ver de dónde demonios vino esa flecha.
Y ahí está.
De pie.
Arco en mano.
Respiración agitada.
Ropa desordenada.
Roy.
Y lo primero que pienso no es gracias.
No es menos mal.
Es:
-¿¡Qué coño haces aquí!?
Porque claro que vino.
Porque claro que se metió.
Y ahora lo tengo aquí, en medio de un infierno.
Y yo... estoy furioso.
Y al mismo tiempo, jodidamente aliviado.
Roy
Alfred me miró durante mucho rato antes de decir algo. Luego suspiró.
Se quitó los guantes y dijo:
-Muy bien, si vas a hacer una locura... que al menos no mueras en vaqueros.
Y así empezó.
Me llevó al taller. Me tomó medidas con esa precisión suya que asusta más que una pelea. Diseñó un traje que se ajustaba como si fuera una segunda piel. Flexible, ligero, con una especie de malla oscura reforzada que me dejaba moverme con libertad. No era nada ostentoso, pero cada costura tenía una razón. Cada línea estaba hecha para durar.
Después, abrió una vieja caja.
Un arco.
Largo, de fibra negra. Con una empuñadura que parecía hecha para mi mano.
También me dio un carcaj lleno de flechas: explosivas, eléctricas, con punta de humo, incluso algunas de entrenamiento. No pregunté por qué las tenía. Alfred solo sabe.
Alfred solo prevé.
Después me enseñó el camino para colarme en la nave. Una escotilla auxiliar que normalmente usan para reparaciones externas. Me dijo que estaría despresurizada, que debía aguantar la respiración. Me dijo que no sería fácil.
No lo fue.
Pero llegué.
Y cuando crucé la compuerta y vi todo lo que estaba pasando...El fuego.
Los pasillos llenos de humo.
Las alarmas. Los cuerpos.
Supe que ya no había marcha atrás.
Me moví como me enseñó la calle. Silencioso. Preciso.
Y entonces lo vi.
Jason.
En el suelo.
Un monstruo encima.
Ni lo pensé.
Solté la flecha.
Le atravesé la cabeza a esa cosa como si hubiera nacido para hacerlo. Y ahora él está gritándome.
-¿¡Qué coño haces aquí!?
Estoy jadeando. Mi brazo aún tiembla. Pero no retrocedo.
-ayudarte, idiota
Él se pone de pie, con los ojos encendidos, las manos aún manchadas de sangre.
-¡Esto no es un juego, Roy! ¡Podías haber muerto!
-¡¿Y tú no?!-le grito, avanzando un paso-¿Crees que me quedaría mirando desde la mansión mientras te despedazas aquí arriba como si nada?
Silencio. Solo el eco de nuestras voces en este pasillo en ruinas.
-No podía quedarme. No cuando tú...-trago saliva-No cuando tú eres lo único que tengo.
Y por fin lo veo vacilar. Solo un segundo. Y me basta.
No pienso decírselo. No voy a decirle que también estoy aquí porque me gusta.
Porque me importa.
No porque quiero hacerme el héroe. No porque me crea parte del equipo. Es porque... es él.bY porque cuando Jason está en peligro, algo dentro de mí se enciende como una bengala en mitad de la tormenta.
Me da vergüenza admitirlo.
Aunque sé que... bueno, quizás también le molo un poco. A su manera. Con ese ceño fruncido eterno y esa forma de cuidarme sin decirlo.
Estoy a punto de apartar la mirada, hacer un chiste estúpido o lo que sea para romper el momento.
Pero entonces él da un paso, firme, directo.
Me agarra del brazo, sin brusquedad. Solo con firmeza.
Y me mira.
No con enfado.
Con miedo.
Con algo más.
-No te separes de mí por nada-dice.
Y aunque lo dice con voz baja, suena como una promesa. Como una orden.
Como... algo que no estoy dispuesto a romper.
Así que solo asiento.
Trago saliva.
Y me quedo a su lado.
Aunque el mundo se esté cayendo a pedazos.
Wally
Me duele decirlo, pero fue mi idea. Separarnos. "Divide y vencerás", ¿no? Solo que ahora, mientras esquivo garras, esquivo mordidas, esquivo la maldita ansiedad que me aprieta el pecho... no estoy tan seguro de que haya sido una buena idea.
Dick fue por el corredor norte. Yo, por el este.
-Cubrimos más terreno-le dije.
-Y nos arriesgamos el doble -me respondió, con esa ceja alzada que usa cuando sabe que algo puede salir mal pero igual lo va a hacer.
A veces me pregunto cómo confía tanto en mí.
Cómo me sigue el ritmo incluso cuando no puede correr a la velocidad de la luz. Cómo logra que lo extrañe tan rápido.
Ahora todo es un caos.
El suelo vibra. Los muros están salpicados de sangre.
Y estas cosas... estas criaturas... siguen saliendo como si alguien les hubiera abierto la puerta del infierno.
A mi izquierda caen tres tras una ráfaga eléctrica que dejo a mi paso. A la derecha, uno me alcanza la pierna, pero solo rasga la tela. No me detengo.
Me obligo a no mirar atrás.
A no frenar.
A confiar.
Después de todo, es Dick.
No es tan fácil de matar.
Y si alguien puede salir de esta siendo un maldito espectáculo...
Es él.
Solo espero que esté bien.
Solo espero volver a verlo en cuanto doble la próxima esquina. Y que me suelte alguna de sus bromas.
De esas que solo él puede decir sin que me enfade.
Porque sin él, este infierno se siente mucho más frío.
Jon
Lo veo. A Damián.
Peleando. Pero no con los mutantes. Con él mismo.
Sus golpes son precisos, su espada baila como si fuera una extensión de su cuerpo, pero hay momentos -solo unos segundos- en los que se detiene. En los que sus ojos se pierden. En los que algo lo sacude desde dentro.
No digo nada.
No intento detenerlo.
Confío en él.
Confío en que, incluso con esa oscuridad que a veces se le enreda en el pecho, él va a salir adelante. Porque Damián no se rinde. Y yo no lo dejaría rendirse aunque quisiera.
Pero entonces la nave...
Se tuerce.
Literalmente.
Un zumbido profundo atraviesa las paredes.
El metal cruje como si la propia estructura se estuviera quejando.
Y de repente, todo se inclina.
Paneles, cuerpos, armas...
Todo se desliza hacia un lado, como si la gravedad se hubiese vuelto loca.
Yo me estabilizo en el aire con un simple ajuste del vuelo. Pero Damián...
Lo veo resbalar. Rápido.
Va directo hacia una de las paredes, a una velocidad que le rompería más de un hueso.
-¡Damián!-grito mientras me impulso hacia él. Lo atrapo en el aire. Mis brazos lo rodean. Su peso contra mi pecho.
Y me detengo justo antes del impacto. El muro está a centímetros. Su respiración agitada. La mía, contenida.
Él me mira.
Yo también.
-¿Están torciendo la nave para complicarnos más las cosas?
Tin
Cuando la nave se inclinó, no pensé. No hubo tiempo.
Solo sentí el suelo traicionarme. Vi cómo el pasillo dejaba de ser horizontal y se convertía en una pendiente asesina.
Y yo...Fui directo hacia un mutante que me esperaba al fondo, con las garras abiertas como si hubiera estado rezando por esta oportunidad.
-¡Joder!-murmuré entre dientes mientras disparaba el gancho.
El cable salió disparado hacia arriba, buscando algo, cualquier cosa. Una viga, un panel, una grieta. No lo vi. Solo recé que encontrara algo antes de que la criatura me hiciera picadillo.
El gancho chirrió.
Ese sonido metálico, áspero, como uñas contra vidrio.
-No... no...-murmuré-Vamos, vamos.
La tensión en la cuerda no fue firme. No se enganchó bien. Lo sabía. Aun así, empecé a elevarme, lento, demasiado lento. El mutante saltó, pero se quedó por centímetros. Yo ascendía... y sentía los brazos empezar a dormirse. El frío punzante en los dedos.La vibración en el antebrazo. El sudor bajando por la sien.
Respira.
Suspira.
No mires abajo.
No pienses en lo cerca que estuvo. No pienses en que si el gancho falla, todo se acabó. Sigo subiendo.
Centímetro a centímetro.
Hasta que alcanzo una barandilla de una vieja escalera de mantenimiento.
Me aferro a ella con ambas manos, soltando el gancho de inmediato. El alivio es tan grande que casi se me doblan las piernas.
La misión sigue.
Y yo...
Todavía respiro.
Conner
El latido de Tim hace que el mío propio se vuelva loco.
Y ni siquiera está cerca.
Lo sé porque lo escucho.
Su corazón. Ese ritmo que he aprendido a reconocer entre cientos, incluso miles.
Esa frecuencia que solo él tiene.
Y hace un rato, cuando nos separamos por los malditos ataques en cadena, él me dijo con esa calma suya que me revienta y me enamora al mismo tiempo:
-Quédate con Batman y Batgirl. Te necesitan más a ti que yo.
-¿Y tú?
-Yo me las apaño. Siempre me las apaño.
Y me lo creí. Porque es Tim.
Y Tim no dice cosas en vano.
Pero entonces la nave se inclinó. Todo crujió como si fuera a partirse por la mitad.
Y su corazón...Ese maldito corazón. Se aceleró como nunca. Como si el pánico le hubiera mordido el cuello.
Como si estuviera cayendo.
Por un segundo, por un maldito segundo, solté a Batman. Solté a Barbara.
Ellos patinaron hacia unas criaturas con garras como navajas. Tuve que reaccionar en el instante.
Los agarré. Los salvé.
Pero casi no lo hago.
Casi los dejo por él.
Porque aunque confío en Tim -claro que lo hago-
mi cuerpo reacciona antes que mi mente cuando algo va mal con él.
Porque su dolor me retumba en las costillas. Y no hay entrenamiento que me haya enseñado a ignorar eso.
Damián
Camino. Aunque podría volar. Aunque podría dejar que Jon me llevara en brazos como ha intentado más de una vez desde que empezó este infierno flotante.
-No-le dije hace apenas unos minutos, cuando me volvió a ofrecer su ayuda, después de atraparme justo antes de estrellarme contra la pared.
-Pero...-empezó él.
-Camino, Jon. No soy de porcelana.
Y aquí estoy. Caminando entre el caos. Las luces parpadean, el suelo sigue vibrando a intervalos, como si todo esto estuviera a punto de colapsar desde dentro. Los paneles están llenos de grietas, el aire huele a quemado, y las sombras parecen más densas conforme nos acercamos a la sala de control.
Jon vuela a mi lado, un poco por delante, pero lo suficiente como para no irritarme. No lo digo, pero sé que está pendiente de cada paso que doy. De cada movimiento que hago.
-Está siendo más difícil de lo que pensábamoscomenta con un tono bajo.
Asiento.
-Y eso que nuestros planes ya eran una mierda desde el principio.
-¿Tan poca fe tenías?-
pregunta él, alzando una ceja.
-En el plan, sí. En nosotros... no tanto.
Pasamos por encima de un mutante calcinado. Su cuerpo aún humea. Otro se revuelve en una esquina, inconsciente.
-¿Cuánto más?-pregunto.
Jon mira el mapa de su comunicador, frunce el ceño.
-Dos corredores más... si no explota nada de nuevo.
-Tú y tu maldita manía de invocar el desastre+gruño.
Él se ríe un poco.
Y no lo soporto.
Pero también... sí.
-¿Estás bien?-pregunta, sin mirarme.
-Cállate.
Camino.
Porque si voy a enfrentarme a mi madre, si voy a tomar el control de esta pesadilla,
quiero hacerlo con los pies en el suelo.
Dick
El desastre empezó con un crujido. Uno que resonó en lo más hondo de la nave como si alguien hubiera quebrado una costilla del universo. Después vino el temblor. Y luego la gravedad que dejó de funcionar como debía.
Me lancé hacia el pasillo lateral para evitar que una compuerta me cerrara el camino, pero el suelo se inclinó de golpe, como si la nave fuera una bañera volcada sobre un mar de monstruos.
Todo comenzó a deslizarse.
Cuerpos, armas, metralla suelta, partes de esas cosas...
Y yo con ellos. Rodé. Intenté engancharme a una barandilla, pero me resbalé por el metal mojado de algo que no quiero analizar.
Estaba solo. Los demás habían tomado otras rutas.
Wally...se suponía que estaba lejos.
Y entonces, justo cuando iba directo contra un muro retorcido que parecía sacado de una pesadilla,
una mano se cierra en mi cintura con la velocidad de un trueno.
Un zumbido.
Un destello rojo.
Y me detengo.
Suspendido en el aire.
En sus brazos.
Wally.
Con su respiración agitada.
Con el ceño fruncido por el esfuerzo.
-Mi héroe-le digo, sin pensarlo, sonriendo.
-Siempre lo soy-responde, y me da ese guiño que me hace olvidar, por un segundo, que el mundo está al borde de romperse.
Dick
Wally me suelta justo a tiempo. Lo suficiente para que, con un giro en el aire y esa agilidad que todavía no me abandona -gracias a todos los años bailando en cables y techos rotos-me enganche a la siguiente viga.
Mis dedos se aferran al metal rugoso y corro por ella como si fuera una línea de circo, con el corazón en la garganta.
Al aterrizar al otro lado del hueco, Wally ya está ahí, esperándome. Me lanza una sonrisa rápida, y juntos entramos al siguiente pasillo. Caos. Todo está patas arriba. Pantallas rotas.
Fragmentos de armaduras.
Tuberías reventadas.
Escombros. Restos de criaturas. Cables colgando como serpientes eléctricas.
Y entre todo eso, seguimos avanzando.
-¿Cómo estás?-me pregunta Wally, mirándome de reojo mientras esquiva un tubo suelto con esa velocidad suya que me sigue pareciendo magia.
-He tenido días mejores-
respondo, encogiéndome de hombros mientras camino con cautela sobre el suelo inclinado.
Wally se detiene.
Y sin previo aviso, me abraza.
Fuerte.
Con ese calor suyo que me derrite el escudo invisible que siempre llevo encima.
No digo nada. Solo cierro los ojos.
Hasta que...
-¡Iuuu!-escucho una voz familiar. Logan. Sentado entre unos escombros, transformado en un mapache, con una pata cubriéndose los ojos.
-Por favor, chicos. No se coman a besos frente a los traumatizados-añade con una sonrisa burlona.
Wally se ríe. Yo también.
Wonder Woman
Retrocedimos. No por cobardía, sino porque entendimos demasiado tarde que si la nave cae, todos caemos con ella.
Clark fue el primero en decirlo, con esa calma templada que oculta su miedo por los suyos.
John (Linterna Verde) y yo sabíamos que tenía razón.
Así que retrocedimos hasta el punto de entrada.
Hasta el hangar trasero.
Donde la nave se ancla, respira, y late. Pero lo que encontramos no fue tranquilidad. Fue un infierno abierto.
El suelo temblaba como si la propia nave quisiera vomitar su interior.
Y de entre las grietas, las sombras, las puertas,
vinieron ellos.
No uno.
No una docena.
Cientos.
Retorcidos, deformes, con cuerpos imposibles y ojos que no conocen piedad.
Criaturas que se mueven como el hambre misma.
Los enfrentamos juntos.
Mi espada, su escudo, el poder de un anillo que construye lo imposible.
Y aún así, retrocedimos paso a paso. Las paredes están cubiertas de sangre ácida.
Los suelos, de partes inidentificables.
Y aún queda mucho.
No quiero ni imaginar lo que deben estar viviendo en los pasillos interiores. Porque si aquí, con espacio para movernos, ya es una masacre, adentro debe ser como luchar en una tumba.
Clark
Escuché los gritos de Jon por el intercomunicador. Las palabras rápidas de Bruce. Los latidos acelerados de Conner, incluso desde la distancia.
Pero no podía ir.
No todavía.
Diana, John y yo decidimos proteger este punto.
Si esta nave cae, todos lo harán con ella. Y lo que estamos viendo...es más allá de lo que anticipamos.
Están evolucionando.
Más grandes.
Más veloces.
Más... conscientes.
Y vienen por nosotros.
A oleadas. Como si supieran que este es el corazón.
Cada golpe que doy con mis puños solo detiene a uno.
Pero vienen diez más.
Estoy cubierto de cortes que no deberían dolerme.
Y aun así, lo hacen.
Porque no es solo el cuerpo... es el alma lo que están desgarrando.
Y solo puedo rezar, si es que algo allá afuera escucha,
que los que están dentro, en los pasillos, entre los cables y el acero...aún sigan en pie.
Linterna Verde
(John Stewart)
Estoy agotado. Pero mi anillo sigue creando.
Barreras.
Torretas.
Cadenas de energía.
Todo lo que pueda detener esta avalancha sin fin.
Mis pensamientos van rápido, demasiado. No hay tiempo para pausa. Y cada vez que uno de esos monstruos cae,
otro salta sobre su cuerpo como si no le importara.
-Esto es una locura-
murmuro. Diana no responde. Pero sigue luchando. Y eso basta.
Clark me cubre.
Yo cubro a Diana.
Y juntos resistimos.
Pero si esto es lo que nos espera en la entrada,
no quiero imaginar qué están viviendo los chicos dentro. Donde cada esquina puede ser una trampa.
Donde cada sombra respira.
Y donde nadie te escucha gritar... porque todos ya lo están haciendo.
Kory
Oh, glorioso X'hal...
¡Esto es un caos con llamas!
Y no de las que calientan el corazón, sino de las que huelen a pelo quemado y carne de mutante.
¡He dicho que volar era la mejor opción desde el principio! ¿Y qué hicieron ellos? Correr por los pasillos.
-¡Kory, baja! ¡Podemos llegar más rápido a pie!-decía Dick.
Y ahora mírenlos...
uno debajo de mi brazo izquierdo, con el cabello todo alborotado como un espantapájaros asustado,
y el otro -mi querido Wally- agarrado del derecho, agitándose como si fuera una bufanda hiperactiva.
-¡Ey! ¡No soy tan pesado!-
dice Wally, tratando de mantenerse erguido.
-No lo eres, eres solo muy... velocirápido-le respondo, combinando mal otra palabra sin querer.
Dick suelta una risita, aunque la situación está más fea que una nevera vacía en mitad del espacio.
-Creo que la palabra era hiperactivo, Kory.
-Pues esa también sirve, porque me estás sacudiendo el brazo como si fuera un colibrí.
A mi espalda, llevo a Logan.
O mejor dicho... a mono-Logan. Enganchado a mis hombros como si fuera un Koala.
-¡Wheeeee! ¡Esto es como una atracción de parque!-
grita mientras agita la cola.
Raven lo mira con expresión de eterno juicio.
-Si te caes y no pienso recogerte.
-¡No te preocupes, Rae! Confío en tus poderes de amor y compasión para salvarme-dice Logan con su carita de inocencia.
Pero yo estoy furiosa.
Porque la sala de control sigue lejos. Porque cada minuto que pasa sin que derribemos a la fuente de esta locura me retuerce el corazón. Porque Jon, Damian, Tim, Conner... todos siguen ahí abajo. Y cada vez que alguien se queja o bromea, yo solo aprieto más los dientes y vuelo más rápido.
-¡¿Podemos dejar los chistes y concentrarnos?!-grito con energía ardiente saliendo de mis ojos.
-¡Sí, mamá!-responden Dick y Wally al mismo tiempo.
Yo suelto un gruñido en tamariano. Si no los lanzo yo, que los estrelle el destino.
haría esto por ellos una y otra vez.
Los siento venir.
Esa vibración sutil en el aire.
El zumbido bajo de garras arrastrándose por el metal.
-Tenemos compañía-anuncio con voz firme,deteniéndome de golpe en medio del pasillo aéreo.
Debajo de nosotros, desde una compuerta abierta, se elevan tres mutantes, deformes, con espinas saliendo de sus hombros y bocas abiertas en un grito sin voz. Uno más se lanza desde un costado, directo hacia nosotros.
Mi agarre se tensa.
Dick y Wally lo notan.
-No me lo digas...murmura Dick, preparando sus bastones eléctricos.
-Hora de bailar-dice Wally con una sonrisa que me da calor en el pecho.
Sé que debo soltarlos.
Sé que pueden pelear.
Pero...
-Ni se les ocurra morir ahora-les digo con rabia contenida mientras los bajo y los coloco sobre el suelo metálico-¡Ni lo piensen!
Dick me mira con esa media sonrisa suya, la que uso para no preocuparme, aunque me lo conozco demasiado.
-A la orden jefa.
Wally salta estirándose como una flecha roja.
-¿Morir? ¿Yo? Naaa... si todavía no te he contado el chiste del mapache y el zombi.
Y entonces se lanzan.
Directos hacia las criaturas.
El aire se llena de electricidad, de zumbidos, de destellos. Y aunque por dentro me duele no poder protegerlos yo misma, confío en ellos. Confío como confían en mí.
No me quedo quieta.
Dos mutantes se lanzan hacia mí. Uno por el flanco, el otro desde arriba. Levanto mis manos, y mis ojos brillan con energía pura.
Dos explosiones de luz naranja cruzan el aire.
Uno cae con un crujido.
El otro arde antes de tocar el suelo.
Y en el fondo, mientras la batalla ruge, mi corazón repite como un mantra:
Vuelvan vivos.
Vuelvan todos.
Bruce
Avanzamos.
Más lento de lo que querría.
Más rápido de lo que debería.
Conner despeja el camino con una fuerza brutal, con el ceño fruncido y los ojos encendidos, como si cada criatura que rompe fuese una afrenta personal.
Y en cierto modo, lo es.
Bárbara va a mi lado. Su respiración es firme.
Sus ojos analizan cada rincón, cada sombra, cada techo. Como yo. Porque sabemos que ya no estamos tan lejos.
-Zona de control a 200 metros-dice Conner por el comunicador.
Lo dice como quien anuncia el final de una condena.
Pero yo no me dejo engañar.
Ahí es donde estará ella.
Talia.
Mi pasado.
La madre de mi hijo.
El eco de todas las decisiones que tomé y no pude deshacer.
-¿Crees que ya están ahí?-pregunta Bárbara en voz baja.
Asiento.
-Damián va directo hacia ella. Jon está con él. No se separan.
Un silencio.
-¿Y qué harás cuando la veas?-pregunta entonces, con esa honestidad que siempre ha sido su marca.
No respondo de inmediato.
La verdad pesa más que la armadura.
-Lo que sea necesario-digo.
Porque esta vez no pienso dejar que ella lo toque.
Ni su mente, ni su alma, ni su cuerpo.
Bárbara
Siento la tensión de Bruce a cada paso.
No lo dice.
Nunca lo dice.
Pero su cuerpo lo grita.
Ella está cerca.
Talia. La mujer que convirtió a su hijo en un arma.
La sombra que siempre vuelve. Conner va delante, como un muro vivo.
Sus golpes destrozan lo que toca. Su rostro... está endurecido. Como si cada paso lo acercara no solo a la zona de control, sino al mismo infierno.
-Damián no va a detenerse -digo.
-Lo sé-responde Bruce.
Y no hay miedo en su voz.
Hay dolor.
Hay... determinación.
-¿Estás listo para detenerla? -pregunto.
-Estoy listo para todo.
Giramos una esquina.
Y lo sentimos.
Un pulso en el aire.
Una presión invisible.
Como si la oscuridad misma nos invitara a entrar.
La zona de control está justo al frente. Las puertas se han sellado con tecnología modificada.
Más allá...
ellos nos esperan.
Jason
Otra vez.
La puta nave se mueve.
Pero esta vez no hacia los lados. Ahora sube. Como si alguien allá arriba, en la zona de control, estuviera tirando de una cuerda gigante para lanzarnos a todos contra el techo y después dejarnos caer.
El suelo vibra, tiembla,
y luego lo inevitable:
nos deslizamos hacia atrás.
-¡Roy!-grito, pero no puedo sujetarlo.
La sangre de los mutantes, espesa, caliente, lo cubre todo. Ni siquiera tengo tracción.
Resbalamos.
Caemos.
Rodamos por el pasillo inclinado como si la gravedad se hubiese cansado de las reglas.
El chillido metálico de estructuras forzadas suena sobre nuestras cabezas mientras las luces parpadean. Logro engancharme en una esquina, justo donde comienza un corredor lateral. Mis botas se aferran.
Los guantes queman de la fricción, pero me sostengo.
-¡Roy!-miro hacia abajo.
Él ha conseguido agarrarse a una barandilla dos niveles más abajo. Está colgando con un brazo, y el otro lo tiene apretado contra el costado.
-¡¿Estás bien?!-le grito.
Levanta la vista, con el rostro pálido, pero responde con una mueca torcida.
-¡Me he hecho un poco de daño en las costillas, pero nada roto! ¡Sigo siendo guapo!
Casi sonrío.
-¡Eso es discutible!-le devuelvo, mientras tanteo cómo demonios vamos a escalar de nuevo.
El rugido de las criaturas aún resuena. Y la nave sigue subiendo, vibrando como si algo la estuviera llevando directo al infierno.
-Aguanta ahí, Roy. No te me vayas a desarmar antes de que esto acabe.
-¡Ni aunque lo intente!-
responde, jadeando.
Tim
El mundo está al revés.
Literalmente. La nave ha vuelto a sacudirse y ahora... sube. Como si una fuerza invisible la arrastrara hacia el cielo, como si alguien se empeñara en que ningún segundo transcurra sin caos.
Me resbalé. Rodé por el pasillo como una bala sin dirección. Gané velocidad. Demasiada. Mi hombro golpeó contra una barandilla, mis piernas contra el marco de una puerta abierta,
y aún así... no me detuve.
Apreté los dientes.
Disparé el gancho.
Clac.
Enganchado.
Por los pelos.
Las suelas de mis botas patinaron sobre una mezcla de sangre y grasa mecánica,
pero tiré de la cuerda,
jadeando, alzándome poco a poco.
Escucho gritos por los comunicadores, estática.
El nombre de Damián, la voz de Bruce.
Wally riendo, Dick maldiciendo.
Jason preguntando si Roy está bien.
Conner, respirando fuerte.
Y yo aquí. A solas con mi eco,
trepando por un pasillo que parece una garganta de acero, bañada en sangre y humo.
Me detengo solo un segundo.
Solo uno.
Y pienso: ¿Dónde estás, Conner?
¿Estás bien?
¿Sientes lo mismo que yo?
¿El miedo latiéndote en el pecho, disfrazado de adrenalina?
¿Las ganas de correr hacia mí aunque se esté cayendo todo alrededor?
Estoy bien, me digo, sin saber si intento convencerme a mí mismo o a él. Sigo avanzando.
Cada escalón, un golpe de voluntad. Cada paso, una promesa: llegar hasta el final.
Roy
Me consigo estabilizar.
Las costillas duelen como si alguien me hubiera metido un ladrillo ardiendo entre el pecho y el alma, pero puedo respirar. Puedo moverme.
No es nada grave. me digo.
Solo un recordatorio de que estoy loco por estar aquí.
Miro hacia arriba.
Jason está colgado como si fuera parte del metal, mirándome con esa cara entre "te voy a matar" y "gracias por no morir".
Pero no tengo tiempo de soltarle una frase tonta.
Porque los oigo.
Un chillido húmedo.
Un crujido repulsivo.
Garras sobre metal.
-Oh, no...-murmuro, apretando la mandíbula.
Bajo la mirada. Tres de esos bichos vienen subiendo como si la gravedad no existiera. Uno de ellos trepa por la pared, babeando,
otro avanza a cuatro patas como una araña sin huesos,
y el tercero me está mirando directamente.
Genial.
Deslizo el arco de mi espalda, pese al tirón de las costillas. Aprieto los dientes.
Agarro una flecha.
Apunto.
-Vale, bicho feo... muerde esto.
ZAS.
La primera atraviesa el ojo del que me miraba.
Cae como un trapo mojado.
Recupero otra.
Disparo.
Le clavo la segunda a la criatura arácnida en una de las patas.
No cae... pero chillará un rato.
El tercero salta.
Giro el torso, grito por el dolor, pero disparo una flecha eléctrica justo en su boca.
CRACK.
Se retuerce.
Se quema.
Y cae.
Jadeo.
El sudor me recorre la cara.
Y aún así sonrío.
-Nada mal para un chico callejero, ¿eh, Todd?
Y sin esperar respuesta, recargo.
Jason
Consigo meterme en el pasillo. Me arrastro como un animal herido, con los guantes raspados, los músculos tensos y el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escaparse.
Boom. Boom. Boom.
Cada latido es un eco.
Una alarma biológica.
Un aviso de que aún estoy vivo... por poco. Las luces de emergencia parpadean en rojo. Bailan en las paredes como sombras sangrientas.
Las sombras de una condena.
Me arrastro hasta el borde del hueco y me asomo.
Y ahí está él.
Roy.
De pie, medio encorvado, con una mano en las costillas y el arco en la otra
Tres mutantes... muertos.
Me río. Una risa rota, mezcla de alivio, orgullo y rabia.
-Lo hiciste-susurro.
Pero el problema no se ha ido. La nave sigue inclinada, forzando el cuerpo en direcciones antinaturales.
El metal cruje, los pasillos parecen toboganes del infierno, y si Roy quiere subir...lo tiene jodido.
Me apoyo contra la pared.
Mi respiración es como vapor de metralla.
-¡Roy!-le grito, extendiendo la mano-¡Tienes que subir, pero no vas a poder solo!
El sudor me cae por la nuca,
los dedos me arden por el agarre del borde.
Pero si no lo saco de ahí...
No pienso dejarlo atrás.
No esta vez. Lo miro, y solo puedo pensar en una cosa:
Eres mi problema ahora, Harper.
Y no pienso soltarlo.
Damián
Estábamos a punto de llegar.
Lo sentía. El aire se había vuelto más denso, como si la nave supiera que nos acercábamos al núcleo,
a ella.
Pero de repente...
Caída libre.
El suelo se pierde bajo mis pies. Mi estómago se hunde.
El cuerpo se eleva por un instante y luego el mundo se parte.
-¡Damián!-escucho la voz de Jon, rota, desesperada.
El viento me golpea el rostro,
los ecos metálicos del interior de la nave se deforman, y a mi alrededor, mutantes muertos, pedazos de cuerpo, armas rotas...
todo flota unos segundos conmigo.
Todo ocurre en cámara lenta.
Pum. Pum. Pum.
Mi corazón.
Como un tambor de guerra.
Pienso rápido.
Saco el gancho.
Apunto sin pensar.
Disparo.
CLANK.
Se clava en la pared. No profundo, no firme... pero suficiente. Siento el tirón violento, los músculos de mis hombros protestan,
pero me obligo a aferrarme.
¡No hoy!
El cable se tensa.
Vuelvo a caer,
pero esta vez pegado a la pared, rozándola como si fuera una mosca arrastrada por el cristal.
CRACK.
Mis pies golpean una viga metálica y el impacto me arranca el aire.
Me detengo.
Sigo vivo.
Respiro.
Solo una vez.
Una bocanada furiosa.
¿En qué está pensando mi madre? ¿quiere vernos rompernos como juguetes mal armados? No lo sé.
Damián
Lo tengo claro.
Si Jon no me ayuda a subir...
no puedo. Estoy atrapado en medio de un pasillo inclinado, sin más apoyo que la viga donde mis pies tiemblan por el esfuerzo.
Las paredes a los lados están demasiado lisas,
y la sangre de esas malditas criaturas convierte todo en una maldita rampa de muerte.
No puedo usar el gancho otra vez. No desde aquí.
No sin un punto fijo, sin visibilidad. Y como si el destino quisiera comprobar cuánto más puedo soportar... las luces se apagan.
Oscuridad total.
Absoluta.
Un abismo sin forma ni fin.
Solo respiro.
Escucho.
Mi corazón.
Y luego...
Su voz.
Esa voz.
Fría.
Perfecta.
Afilada como un cuchillo que conozco desde que tengo memoria.
Te has equivocado, Damián.
Pero yo te arreglaré.
Tu cuerpo es fuerte... si sobrevive, te daré un mejor futuro.
Mis dedos se crispan.
Los dientes se aprietan.
No... no otra vez. Y entonces llega. La orden.
Mátalos.
Enemigos.
La palabra retumba en mi cabeza como un trueno.
Una explosión de hielo que se cuela hasta lo más profundo. Siento los hilos.
Esos malditos hilos mentales que tiran de mi voluntad.
Mi respiración se vuelve inestable. Las uñas se clavan en el metal caliente de la viga. Mi cuerpo tiembla.
El mundo se oscurece, pero yo me aferro.
No soy tu arma.
No más.
No ahora.
No mientras él esté arriba esperándome.
-¡Jon!-grito con lo que me queda de voz-¡Ayúdame!
Porque necesito su luz.
Porque si me quedo aquí abajo, solo, yo sí podría convertirme en el monstruo que ella quiere que sea.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co