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Darkness |Damián x Jon|

-34-

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Jon

Damián está raro.

Y no en plan "me dejo el desayuno sin tocar y me largo al tejado a meditar" raro. No. Está raro de verdad.
Cruel. Frío.
Como si se estuviera desconectando de todo. De mí.

Y me cabrea. Muchísimo.

Pasa de mí. Me ignora como si no existiera, y no puedo seguir fingiendo que no duele.
Logan ya ni siquiera quiere entrenar con él. Dice que es insoportable. Y no solo él. Ha tenido broncas con Jason, con su padre y hasta con Jaime, el Escarabajo Azul, y eso que ese tío tiene la paciencia de un monje.

Y yo mientras... paso las noches solo. Miro su lado de la cama. Vacío. Y me pregunto si he hecho algo mal. Pero ya estoy harto.
No voy a seguir esperando a que él decida hablar.

Hoy vamos a hablar. Sí o sí.

Me pongo unos pantalones de chándal negros, una sudadera azul, mis Converse negras.
Camino por el pasillo con los puños apretados. No pienso retroceder.

Llego a su puerta. No toco.
La abro. Entro.

Está de espaldas, cambiándose la camiseta. Tiene vendajes nuevos en los costados. Se gira al escucharme. Sus ojos se encuentran con los míos, pero no dice nada.

-¿Qué te pasa?-pregunto, cerrando la puerta tras de mí.

Damián parpadea, y luego gira la cabeza hacia un lado, como si mi presencia le molestara.

-No tengo ganas de hablar.

-Pues te aguantas-le interrumpo. Mi paciencia se ha acabado-
Llevas días comportándote como si todos te dieran asco. Como si yo no significara nada para ti.

-No es asunto tuyo.

-¿Cómo que no es asunto mío? -doy un paso adelante-¿Crees que no me doy cuenta? Me ignoras, me dejas solo, te vas por las noches sin avisar. ¡Joder, Damián! ¿Qué estás haciendo?

-Lo que tengo que hacer.

-¿Y eso qué significa? ¿Alejarte de todos? ¿No tener contemplaciones con tus compañeros? ¿Jugar al no me importa nada por las calles como si fueras un vengador sin causa?

Damián se gira completamente, su rostro tenso.

-No necesito que me vigiles. Ni que me salves. Ni que me sigas como un perro fiel.

-¿Perro fiel?-le devuelvo una carcajada seca-¿De verdad crees que estoy aquí porque me arrastro por ti? Estoy aquí porque te quiero, Damián. Pero no voy a quedarme mirando cómo te destrozas solo.

-¡No entiendes nada!

-¡Pues explícamelo! ¡Hazme entender! Porque estoy harto de adivinar qué coño te pasa por la cabeza.

Silencio.

Él aprieta los dientes. Yo también.

-Te estás alejando de todos-digo, esta vez más bajo-Estás actuando como si no necesitaras a nadie... pero eso es mentira, ¿verdad?

Damián no responde.

Solo baja la cabeza. Sus puños tiemblan a los lados.

-No quiero verte destruir todo lo que has construido-susurro-No quiero que te destruyas a ti.

Me acerco. Estoy justo delante de él.

-Si me vas a apartar, hazlo con una razón. Pero no lo hagas en silencio. No otra vez.

Él me mira. Y por un segundo, veo el temblor en sus ojos. El miedo. La rabia. Y esa parte suya que aún no sabe si merece ser querido.

No sé si va a gritar, o si va a llorar.

-Creo que deberíamos dejar esto aquí-me dice.

Y por un instante, pienso que se refiere a la conversación.

-No. Las cosas hay que...-empiezo, con la voz firme, dispuesto a seguir peleando por él, por nosotros.

-Digo... lo nuestro.

Y entonces se me encoje el corazón.

No porque no me lo esperara.

Porque lo temía.

Pero una cosa es temerlo, y otra muy distinta escucharlo.

Siento que algo dentro de mí se parte en silencio. No puedo hablar durante unos segundos. Solo lo miro, esperando que se retracte, que diga que no lo ha dicho en serio. Que me mire con esos ojos que me buscan incluso cuando no quiere admitirlo.

Pero no lo hace.

Solo está ahí, quieto, como si ya lo hubiera decidido. Como si cada palabra fuera una sentencia.

-¿Por qué?-pregunto, aunque apenas me sale la voz.

-Porque... no puedo seguir sintiéndome como un arma a punto de explotar. No puedo arrastrarte conmigo.

-¿Y crees que dejarme fuera lo soluciona todo?

-No quiero herirte.

-Ya me estás hiriendo-digo, con mas dolor de lo que pensaba-
Porque te amo, Damián. Porque cada noche sin ti, cada maldito día en que finges que no te importa nada, ya duele.

Él aprieta los labios. No lo puede negar.

-Entonces déjame ir, Jon.

Cierro los ojos. Me cuesta respirar.

-¿Y si no quiero?

-No es tu decisión.

El silencio que sigue es el peor que he sentido nunca. No hay gritos. No hay peleas.
Solo... nada.

Doy un paso atrás.
Y luego otro.
Mi mundo se cae con cada uno, pero no voy a obligarlo. No voy a rogarle.

Solo quiero que entienda que no se trata de lo que él cree que soy para él...Sino de lo que él es para mí.

Pero si quiere que me aleje... entonces eso haré.

Aunque me parta.

Aunque me joda.

Aunque no sepa cómo vivir con ese hueco que está dejando.

Me giro. Camino hacia la puerta. No digo nada más.

Y antes de abrirla, susurro sin girarme:

-Lo nuestro no se acaba así, Damián. Solo... lo estás dejando tú.

Y me voy.
Porque esta vez, soy yo el que necesita respirar.

Chico Bestia

Lo encontré en el patio.
En una esquina, con la capucha puesta, la cabeza gacha y los puños cerrados. Solo.
Y llorando.

No lo hacía en voz alta, claro. No hacía ruido. Pero cuando me acerqué... lo noté.
Ese tipo de llanto contenido que solo alguien que se ha roto muchas veces aprende a esconder bien.

-¿Damian?-pregunté, bajando la voz, como si el volumen pudiera espantarlo.

No me respondió. Solo giró la cara hacia el muro, como si así pudiera desaparecer. Como si pudiera camuflarse. Como si llorar lo hiciera menos fuerte.

Me senté a su lado sin decir nada. Dejé que pasaran unos segundos, el viento, las hojas moviéndose, el silencio incómodo entre nosotros. Y entonces, con cuidado, puse una mano en su hombro.

-¿Qué te pasa?

Tardó. Pero al final lo dijo.

Y me lo contó todo.

Lo de Jon. Lo que había dicho. Lo que había sentido. Lo que no había sido capaz de sentir.
Que tenía miedo de hacer daño, y que por eso lo estaba haciendo. Que no se sentía él mismo desde la nave, desde que su madre lo abandonó otra vez.
Y que ahora... ya no sabía ni quién era.

No dije nada durante un buen rato. Porque no necesitaba un consejo. Necesitaba alguien que no lo juzgara por la situacion.

Así que le dije:

-Vamos. Te invito a helado.

Minutos después, estábamos en mi habitación.
Yo con una camiseta vieja de Star Wars, él con su sudadera negra, envueltos en una manta que pica un poco, con la televisión encendida y una tarrina de helado de chocolate en las piernas.

Puse una película de acción. Explosiones, tiros, peleas imposibles. De esas que no tienen sentido, pero sí suficiente ruido como para callar la cabeza.

Damián no dijo nada durante los primeros diez minutos. Se comía el helado en silencio, con la mirada fija en la pantalla y los ojos aún un poco rojos.

-¿Quieres otra cuchara de esas con tropezones?-le pregunté.

Asintió. Sin mirarme, pero con menos tensión en los hombros.
Después de unos minutos, incluso murmuró algo.

-Ese tio no sabe pelear. Tiene el centro de gravedad hecho un desastre.

Sonreí. Era él. En parte.

Y aunque no me lo agradeciera, aunque no volviera a hablarme el resto de la tarde, aunque se quedara dormido ahí mismo con la cabeza medio en mi hombro, yo ya sabía que había hecho lo que tenía que hacer.

Estar ahí.
Sin pedir nada.
Sin exigir nada.
Solo... siendo su amigo.

Porque a veces, eso es lo único que se puede hacer cuando alguien se siente como una mierda.

Compartir el helado.
Poner una peli de accion.
Y quedarte cerca, hasta que deje de doler tanto.

Jon

Cuando bajamos, es para cenar.
El comedor está cálido, con la luz tenue y los platos ya servidos sobre la mesa. Hay voces suaves, alguna risa forzada, el sonido de los cubiertos al chocar, pero todo me suena distante.
Y Damian no está.

Mi estómago se cierra en cuanto me doy cuenta.
He intentado no pensar en eso todo el día. En lo que dijo. En cómo lo dijo. En la forma en la que me dejó fuera de su mundo sin mirarme siquiera.

Me siento en la mesa, junto a Logan, que ni siquiera mira la comida. Tiene los brazos cruzados y la mandíbula apretada. No ha querido entrenar, no ha querido hablar... hasta hace un rato, cuando me encontró sentado en las escaleras del ala oeste.

No dijimos mucho. Solo nos quedamos allí. En silencio.
Y luego...deje que salieran los sentimientos.

Como un crío de cinco años.
Como si no pudiera evitarlo.

Lloré delante de Logan.
Y Logan lloró conmigo.

No dijimos que dolía, pero dolía.
Porque cuando alguien a quien quieres te aparta sin razón, te destroza de una forma silenciosa. No hay pelea, ni gritos. Solo ese vacío. Ese desaparecer. Y eso pesa más que cualquier golpe.

Ahora lo miro de reojo.
Sus ojos siguen algo enrojecidos, aunque él lo niegue si le preguntas. Y yo me seco los restos del llanto con la manga de la sudadera, mientras muevo el tenedor sin intención de comer.

Damian no está.
Y no sé si va a volver.
Y aunque quiera convencerme de que puedo con esto, la verdad es que me siento tan pequeño...
Tan insignificante.

Solo quiero que aparezca.
Solo quiero entender.
Solo quiero que me mire y me diga que no se va a alejar más.

Pero no aparece.
Y la cena sigue como si todo fuera normal.
Y yo no lo soy. No ahora.
No sin él.

Damián

La ciudad está callada, pero su respiración es pesada.
Bajo esta oscuridad, los gritos se pierden entre los callejones.
Y eso me sirve.

No llevo el uniforme.
No quiero el escudo.
Tan poco esta noche.

Solo soy una sombra con los puños ensangrentados y la mente tan llena que no distingo si lo que me empuja es rabia o vacío.

Tengo a uno de ellos colgando de una tubería oxidada, la cuerda le aprieta las muñecas, los pies apenas rozan el suelo. Jadea, tiembla. Intenta hablar, pero la sangre le tapa la boca.

-Por favor...-murmura.

No le digo nada.
Mis dedos aprietan más la empuñadura de la katana.
No se la clavo. Aún.
No porque me falte voluntad, sino porque ya no sé si hacerlo me aliviaría o me haría vomitar.

Llevo horas así.
Saltando de tejado en tejado, acechando como un animal salvaje. No patrullo. No salvo a nadie. Solo busco a los que hacen daño. Y entonces, yo hago más.

Uno tiene una pierna rota. Otro no podrá usar la mano en meses. Hay uno con tres costillas fuera de lugar...Y sigo.
Porque lo necesito.
Porque me pican las manos si me detengo. Porque cuando cierro los ojos, veo los suyos. Y me siento culpable de que aún brillaran por mí cuando yo ya estaba lejos.

El tipo de la cuerda vuelve a suplicar. Y por un instante, no le veo a él.
Veo a mi padre.
Veo a Alfred.
Veo a Dick.
Veo a Tim.
Veo a Jason.
Veo a Jon.

Todos gritándome que pare.
Que estoy cruzando la línea.
Que me he convertido en lo que juré destruir.

-¡NO SOY COMO ELLOS!-grito.

Y le clavo el puño en el estómago con tanta fuerza que la tubería cruje. El criminal se desploma, sin aire. Y yo me quedo allí, con la respiración agitada, el corazón en llamas y los nudillos destrozados.

No soy Robin esta noche.
Ni hijo.
Ni pareja.
Solo soy algo, intentando sangrar el dolor sobre otros.
Y aunque sé que esto está mal...
No me detengo.
No aún.

Jon

Me reincorporo de golpe, el corazón latiendo como si hubiera estado corriendo. Me cuesta unos segundos ubicarme, pero en cuanto miro alrededor lo entiendo todo.

No estoy en el cuarto de Damián.
No esta noche.

Estoy en una de las habitaciones de invitados, con las sábanas revueltas y la almohada húmeda. He debido de llorar dormido.

Me paso las manos por la cara y me obligo a respirar hondo. Todo sigue oliendo a él. Pero él no está. No ha estado desde hace días, y aunque todos hacen como que es normal, yo sé que no lo es.

Porque Damián no duerme conmigo.
Porque ya no me habla.
Porque cuando lo hace, duele.

Me levanto, busco una camiseta cualquiera y me siento al borde de la cama. El suelo frío me hace fruncir el ceño. Miro el reloj. Las 05:42 a.m.

Otra madrugada más sin dormir.

Y lo peor de todo es que sigo esperando escucharlo entrar, con esa forma suya de no pedir permiso. Que me diga algo borde, se eche a mi lado sin preguntar y se quede.
Como hacía antes.
Antes de que todo se fuera a la mierda.

Me encojo un poco, abrazando mis piernas. No debería estar llorando por esto. Soy más fuerte que eso. He visto el mundo arder. Me he enfrentado a cosas que muchos no podrían ni imaginar. Pero esto...esto me supera.

Porque no sé cómo ayudarlo.
Y no sé si todavía quiere que lo ayude.

Me levanto al fin y salgo al pasillo, descalzo, en silencio. Me asomo por si ha vuelto. Si por algún milagro está ahí. Pero no.

Ni rastro.
Ni de él.
Ni de nosotros.

El estómago se me encoje al verlo entrar en la cocina, como si de repente me faltara el aire.

Tim está hablando, explicando que han encontrado una posible pista, que puede que Talía esté al norte, en Boulder, Colorado. Pero casi no escucho. Apenas puedo pensar con claridad.

Porque cuando nuestros ojos se encuentran...Todo se ralentiza.

El ruido de las voces, el olor del café, el murmullo del microondas, todo se desvanece. Solo quedamos él y yo, en medio de una sala llena de gente que parece no notar que el mundo acaba de tambalearse.

No hay rastro de calidez en su mirada. Tampoco de odio. Es ese vacío que me mata. Ese "te reconozco pero no me acerco" que lleva clavándome desde hace días. Y aún así, ahí estoy. Tragando saliva. Deseando que diga algo. Deseando que vuelva.

Su mirada se aparta antes que la mía. Como si nada.bComo si no hubiéramos pasado tantas noches juntos. Como si no me hubiera dicho que me quería, aunque fuera sin palabras.
Como si yo ya no le importara.

Siento las manos temblarme y las escondo en los bolsillos del pantalón de chándal. Tim sigue hablando de rastros térmicos y posibles aliados, pero yo solo escucho el silencio que se ha instalado entre nosotros.

Un silencio que grita.
Y duele.
Más que cualquier enemigo al que me haya enfrentado.

Damian

El amor me parece una enfermedad.

No una de esas que te tumban en la cama con fiebre y sudores, sino una más silenciosa, más cruel. Una que se cuela por las grietas del pecho y empieza a extenderse como veneno lento. Ataca directamente al corazón, como un parásito que te hace latir más fuerte justo antes de romperte por dentro.

Y lo peor es que no hay cura. Ni entrenamiento, ni disciplina, ni puto control mental que lo frene.

Yo lo intento.
Juro que lo intento.

Apagué las luces, cerré las puertas, reforcé cada muro dentro de mí. Me repetí que el amor es una distracción, una debilidad, una trampa que convierte a guerreros en mendigos. Me lo enseñaron desde pequeño. Me lo grabaron a fuego.
Y sin embargo...

Cuando lo miro, cuando mis ojos tropiezan con los suyos aunque sea por accidente, siento que toda esa lógica se desmorona.

Jon.

Él es la enfermedad más bonita que he tenido. La fiebre que no quiero curar. El error que repetiría con los ojos cerrados.

Hay algo en él que me arranca las defensas sin siquiera intentarlo. Una calma peligrosa. Un calor que me invade incluso cuando lo odio un poco por seguir mirándome como si aún quedara algo en mí que merezca su ternura.

A veces pienso que es estúpido. Que lo mejor sería apartarlo del todo. Terminar de dejarlo atras.
Pero no puedo.
No del todo.

Porque aunque me aparte, aunque lo ignore, aunque me niegue a hablarle o fingir que no me afecta, cuando lo tengo cerca el pecho me traiciona. Late como si tuviera voluntad propia. Como si aún creyera que el amor no es una sentencia de muerte.

Y odio eso.
Odio no poder matar esta enfermedad.
Odio no querer matarla.

Porque si él es la enfermedad, entonces quizá...quizá lo que más temo es sanar.

Conner

Tim no se enfada.

Nunca dice nada, ni cuando paso el poco tiempo libre que tenemos con Jon en lugar de con él. A veces me pregunto si le molesta, pero Tim...Tim entiende. Siempre entiende. Es como si supiera que, por ahora, Jon necesita a alguien más que yo lo necesite a él o el a mi.

No lo dijeron en voz alta, no lo escribieron en ningún mensaje ni lo contaron durante la cena. Pero lo sabemos. Todos lo sabemos. Lo leemos en las miradas que no se cruzan, en los silencios que duran segundos de más. En la forma en que Jon se jode un poco más cada vez que ve a Damian entrar en una sala y salir sin mirarlo.

No nos metemos. No es nuestra historia. Pero los apoyamos como podemos. A Jon por lo menos.
Porque a Damian...a Damian poco se le ve.

Es como si se hubiera convertido en una sombra de sí mismo. O peor: en una versión más antigua, más brutal, más fría. Esa que pensabamos que ya había enterrado. No sonríe. No pregunta. No se queda.

Y Jon... bueno. Mi hermano, el niño que solía iluminar cada habitación, ahora parece más apagado que nunca. No dice que le duele, pero yo lo veo.

Cuando no estamos patrullando o defendiendo la ciudad de cualquier nueva locura, se le ve mas acrivo, pero cuando volvemos se encierra en su habitación. Se tumba en la cama con una manta, come poco, ve series que ni siquiera le interesan demasiado, solo para no pensar.

Y yo me siento impotente.
Porque no sé cómo ayudarlo.
Porque no puedo obligar a Damian a mirarlo otra vez.

Y mientras tanto, ahí estamos los demás. Simulando normalidad.
Intentando proteger la ciudad mientras nuestros propios corazones se tambalean.

A veces los superpoderes no sirven para nada.

Damian

Sé que mi padre está enfadado. Que no aprueba lo que estoy haciendo. Incluso he notado la decepción en su voz, en sus silencios, en sus miradas esquivas cuando me cruzo con él por la Batcueva o casa. No dice mucho, pero no necesita hacerlo.

Lo sabe.
Sabe que he estado saliendo solo.
Que he estado usando métodos que él no aceptaría.
Y que cada noche que salgo con esa capucha negra y el pañuelo que cubre mi rostro, no soy Robin. No soy su hijo.
Soy algo más antiguo. Algo que viene del otro lado.
De ella.

Pero es la única manera de calmar esta sensación que me consume. Este odio, esta furia, esta sed constante de justicia-o de venganza, ya no lo sé- que me hierve en el pecho desde que dejamos la base y no pudimos atraparla. Desde que se nos escurrió entre los dedos como el agua.

Mi madre sigue libre. Y yo... yo sigo atrapado.

Jon se fue hace dos semanas.
Volvió a su casa sin decir adiós. No hacía falta. Yo fui el que lo empujó.

No hubo discusión, ni gritos, ni promesas rotas. Solo ese momento en mi habitación donde dije lo que no debía decir, y él entendió que no había nada más que pudiera quedarse a esperar.
Yo no le pedí que se fuera.
Pero tampoco le pedí que se quedara.

Y ahora la ciudad está mejor.
Las calles más limpias, los mutantes desaparecidos, las bandas escondidas como ratas.
Lo que debería darme calma, solo me deja más vacío.
Porque todo sigue adelante... menos yo.

Lo echo de menos.
Lo quiero entre mis brazos.
Quiero volver a despertar y ver su pelo revuelto contra mi almohada.
Quiero su voz medio dormida que me llama por la mañana.
Quiero su risa. Su calor.

Pero me contengo.

No lo busco.
No le escribo.
No le llamo.
Y si salimos en la misma patrulla, no lo miro.
Y si lo hago, es solo por unos segundos. Lo justo para comprobar que está bien. Que sigue entero.

Porque si lo miro más de lo debido, sé que me voy a romper.
Y no puedo permitirme eso.
No ahora.
No cuando aún siento el veneno de mi madre en la sangre.
No cuando todavía sueño con destruirla.
Y no cuando aún no he decidido si ese monstruo que llevo dentro soy yo... o si solo es lo que ella dejó atrás.

Jon

Mi padre me dice que tengo que volver a clases. Que los mutantes están controlados, que la ciudad vuelve poco a poco a la normalidad. Que necesito rutina, estabilidad... normalidad.

Lo escucho sin decir mucho. Solo asiento, aunque por dentro no me siento listo. Pero da igual, nunca preguntan si estoy listo. Solo si estoy "mejor".

Esa mañana me visto con lo mejor que puedo. No de ropa, sino de fuerzas.
Me pongo unos pantalones de chándal azules, cómodos pero limpios. La sudadera negra que uso...tengo la sospecha de que es de Damian. Me gusta como huele, aunque ya apenas conserva su olor. Solo me queda la idea.

Mis padres me observan desde la cocina. Sé que quieren hablar.
Sé que intentan encontrar un momento para preguntarme cómo estoy de verdad.
Pero la verdad es que no me apetece. No quiero contarles que sigo teniendo sueños con él.
Que todavía tengo la imagen de sus ojos clavada en mí cuando me dijo que lo dejáramos.

Suspiro mientras me pongo mis deportivas. Las mismas que llevé la primera vez que entrenamos juntos. Las mismas que usaba cuando todo parecía más sencillo, más claro.

Salgo por la puerta antes de que me detengan con sus preguntas, antes de que alguien intente entenderme. Me dirijo a clase con los auriculares en los oídos, la capucha subida...Y el corazón un poco más jodido que ayer.

Kevin es el primero en recibirme nada más entrar a clase. Me lanza una sonrisa amplia, algo torpe, y se sienta a mi lado sin pensarlo dos veces. Él no sabe nada. Nadie en esta clase sabe nada.

Katy y Alan tampoco. He ignorado sus mensajes, sus llamadas... incluso he puesto el grupo en silencio. No me siento listo para contar nada. Para explicar lo inexplicable. Para poner palabras a algo que todavía me duele.

Así que decido fingir.

Finjo que todo sigue igual de bien. Que estoy bien. Que no hay una parte de mí hecha polvo en algún rincón que no quiero tocar.

Hablo con Kevin. Le cuento un poco sobre "mis vacaciones", me río con sus chistes malos, y asiento cuando me pregunta si ya he visto la última temporada de esa serie que compartíamos.

Respondo los mensajes de mis amigos con emojis, con respuestas rápidas, como si nada hubiera pasado. Como si aún fuera el mismo Jon que se fue.
Como si todo estuviera en su sitio.

Me convenzo de que tal vez, si lo finjo lo suficiente, llegará un punto en que deje de doler.
Aunque por dentro, la sudadera negra me arde contra el pecho.
Y cada vez que la huelo sin querer, recuerdo.

Damián

Estoy entrenando en la sala de combate de la Torre. Solo.
El saco de boxeo se mueve con fuerza cada vez que lo golpeo.
Mi respiración es controlada. Mis puños, firmes.
El sudor baja por mi nuca, pegándome el cabello al cuello, pero no paro. No quiero parar.

Ha llegado Raven.
La siento desde que cruza la puerta. Su energía siempre la delata. Oscura, tranquila... persistente. Sé que se siente atraída por mí. Y aunque no ha dicho nada abiertamente, lo noto. En cómo me mira. En cómo se queda más tiempo del necesario. En cómo busca cualquier excusa para hablar conmigo.

Pero yo no puedo elegir a otra persona.
No quiero.

Y soy consciente de que soy demasiado joven para decir algo así con tanta determinación.
Pero lo siento.
Y lo sé.

Han pasado dos días desde su primera visita. Y ella sigue viniendo. No entrena conmigo, solo observa. A veces intenta iniciar conversación. Pregunta cosas simples.
"¿Cuánto tiempo llevas entrenando hoy?"
"¿No te cansas?"
"¿Has dormido algo?"

Respondo con lo mínimo.
"Mucho."
"No."
"Lo suficiente."

Y aún así, no se va.
No se ofende.
No se rinde.

Me irrita. No porque me moleste su presencia como tal.
Sino porque no entiende que no estoy disponible. Que no quiero abrirme. Que no puedo.

No después de Jon.

Así que sigo atacando.
Sigo sudando.
Sigo cerrándome.
Y Raven sigue ahí. Como una sombra.

Jon

Estoy comiendo poco.
A veces nada. Otras veces lo suficiente para que Conner no se preocupe... pero igual termino en el baño. No por decisión. Simplemente, no se queda.
Doy vueltas en la cama. Mil. Las sábanas revueltas, la almohada por el suelo. Intento dormir. No puedo.

Pongo una serie. Cambio. Otra. Cambio. Al final solo dejo el volumen bajo mientras miro el techo. No me concentro en nada.
No tengo ganas de hacer nada. Pero me muevo. Porque soy Superboy. Porque tengo que.

Conner a veces duerme conmigo. No dice nada. Solo está. Se tumba a mi lado, a veces con un brazo bajo mi cabeza. A veces con una mano en mi hombro.
Respira lento. Me ancla.

En la tercera semana dejo que Kevin venga a casa. No le cuento nada, no hace falta. Él tampoco pregunta directamente.
Pero no se calla.
Habla. Habla sin parar. Me distrae. Me arrastra.

Jugamos a videojuegos.
Me hace probar retos estúpidos.
Ponemos música y me obliga a bailar aunque no quiero.
Y lo hago. Río, aunque sea poco. Aunque después me duela la cara.

Por las noches, me cuesta más.
Cuando se va, cuando Conner no está, cuando el silencio cae.
Ahí vuelve todo. Pero durante el día... me aferro a lo que tengo. A lo que queda. Y sigo. Aunque me sienta vacío. Aunque duela. Aunque no haya mensaje, ni llamada, ni una sola palabra suya.
Sigo.

Jon

Kevin está tirado en el suelo de mi habitación, jugando en su consola portátil mientras yo finjo que hago los deberes. No entiendo ni una palabra de lo que leo.
Pero finjo. Me obligo.

-¿Sabías que la canción "Blue Monday" es de los ochenta y aún suena épica?-dice, sin levantar la vista.

Sonrío un poco.

-Sí, Kevin. Me lo dijiste hace tres días.

-Ah. Entonces sí que lo sabías.

Pausa.
No dice más.
Y eso se agradece.
Conner está de patrulla. Mis padres trabajando. Y yo aquí, tragando saliva y deseando poder volver atrás. Al día en que lo tenía cerca.

Damian

La espada corta el aire.
Una, dos, tres veces.
Respiro. Golpeo.
Repito. Raven está ahí, en silencio, como si su sombra formara parte del suelo.

Me habla. Yo asiento. A veces respondo con monosílabos.
No quiero compañía.
No quiero mirar su rostro y no ver el que extraño.

Hace días que no duermo bien. Las pesadillas vuelven. Mi madre me mira desde lo alto, desde sus laboratorios, como si aún tuviera poder sobre mí.
Y Jon...No lo busco.
No lo veo.
Pero su rostro me visita en cada descanso.

Jon

Me he levantado con arcadas.
Otra vez. He intentado desayunar. Kevin me lo ha impedido.

-¡Primero ducha, luego comida! Vas a oler como un oso hibernando.

Me río. Por dentro, solo siento cansancio. Pero al menos no me hundo del todo. Conner se va más tranquilo cuando me ve sonreír.

Damian

Me han dicho que vuelva a casa.
Mi padre me lo ha dicho con voz firme. Y Dick me ha mirado con preocupación. He aceptado. Pero no he bajado la guardia.
No puedo.

En el pasillo, paso delante de la habitación que solía ser nuestra.
Mía. Suya. Miro la puerta unos segundos.
Y sigo.

Jon

Hoy he comido.
Sin vomitar.
No mucho, pero suficiente.
Kevin me ha abrazado de forma espontánea y ha dicho que "vamos mejorando".

He pensado en él todo el día.
En su cuello. Su olor.
El tacto frío de su espada, cuando me defendía sin decir nada.

A veces me pregunto si también piensa en mí.
Aunque sea un poco.

Damian

Hoy Raven me ha dicho que me cuide. Que estoy delgado.
No le respondí. Pero he pensado en la última vez que alguien me dijo eso. Jon. Con voz suave. Con sus dedos contra mis mejillas.

Mi rabia no se ha ido.
Pero la pena...La pena duele más.
Y no hay entrenamiento que me haga olvidarlo.

Jon

He escrito un mensaje.
Lo he borrado.
He vuelto a escribirlo.

"Hola."
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"¿Estás bien?"
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"Te echo de menos."
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Al final solo me he quedado mirando la pantalla.
Esperando que él lo haga primero. Aunque sé que probablemente no lo hará.

Jon

Nos vamos a Boulder, Colorado.
No sabemos si de verdad Talía está allí, pero es lo más cerca que hemos estado de una pista real. Bruce lo dijo anoche, con esa forma seca de hablar que deja poco espacio para discutir.

Volamos. Papa y Conner llevan a algunos. Otros vamos en naves. A mí me ha tocado ir con Wally, Dick, Jason, Roy y Damian. Una nave algo vieja, pero funcional. Tim va en la otra, con Bruce, los Titanes y mi padre.
Raven intentó leer las corrientes mágicas del sitio. No fue muy claro. Así que aquí vamos.

Damian no ha dicho ni una palabra desde que subimos.
Ni a mí.
Ni a nadie.
Se sentó junto a la ventana, mirando hacia afuera como si la nube más lejana le fuera a dar respuestas.

Yo me senté justo detrás de él.
No porque quiera molestarle.
Sino porque no puedo evitar mirarlo, sus hombros, sus dedos enguantados agarrando los reposabrazos como si con eso pudiera aferrarse a algo real.

Jason bromea con Roy. Dick intenta que Wally se duerma.
Yo...yo me pierdo en él. En Damian.

Porque a pesar de todo...sigue doliendo.

Damian

No me importa el trayecto.
No me importa el destino.
Quiero que esta nave se estrelle directamente en el lugar exacto donde Talía esté escondida.
Quiero verla.
Quiero acabar con esto.
Quiero...paz. La mía. La de todos. Aunque tenga que arrancarla a la fuerza.

Pero no puedo concentrarme.

Porque detrás de mí está él.
Y aunque no hable, aunque no me mire directamente...lo siento.
Su presencia me quema.
Como si todavía no hubiera curado la herida.
Como si llevara su nombre grabado bajo la piel y ya ni la sangre pudiera borrarlo.

Cada pequeño sonido que hace. El modo en que respira. El crujir de su chaqueta. Todo me molesta y me atrae al mismo tiempo.
Y no puedo más que maldecirme por ello.

No puedo pensar con claridad.
Y eso me hace débil.

Pero también me recuerda que sigo vivo.

Damian

La entrada a la primera base estaba enterrada bajo toneladas de tierra congelada y ramas secas. Raven fue quien la sintió primero. Un murmullo oscuro bajo el suelo. Tim analizó la zona con su escáner, y lo confirmó: había una compuerta oculta.

Conner y mi padre la abrieron a la fuerza. Un ascensor oxidado descendía hacia la oscuridad, el aire olía a moho y a encierro. Nadie lo dijo, pero todos lo pensamos: esto era de Talía. De la Liga.

Una base antigua, seguramente descartada, pero no olvidada. Bajamos en grupos de tres. Primero Bruce, Raven y Dick. Luego Tim, Conner y yo. Después los demás. Bajamos en silencio. El ascensor chirriaba, protestaba como si supiera lo que íbamos a encontrar abajo.

La primera sala era amplia, de cemento pulido y paredes cubiertas de musgo. Las luces parpadearon cuando Raven canalizó energía en los generadores. No hubo trampas, ni sensores activos. Pero eso solo lo hacía más sospechoso.

Tim empezó a dirigir la búsqueda.

-Dividíos en parejas. Buscad salas de comunicación, informes, ordenadores antiguos. Cualquier cosa-Su voz sonaba segura, pero sus manos temblaban levemente cuando abrió su kit de herramientas.

A mí me emparejaron con él.
Lógica. Eficiencia. Misión.

Lo odié.

Porque eso significaba dejar a Jon con Jason.

Pero asentí. Porque la rabia no es útil cuando uno necesita resultados.

Jon

Jason me dio una palmadita en la espalda.

-¿Listo para arrastrarte por pasillos llenos de polvo y secretos de tu ex suegra?-Intentó bromear.

-Tú tienes las mejores frases-le respondí sin humor.

Pero en el fondo me tranquilizo tenerlo cerca. Jason no preguntaba.

Entramos a una sala lateral. Olía a papel quemado y metal oxidado. Archivos rotos, quemados por la mitad. Las llamas no habían sido recientes, pero lo suficiente para saber que alguien intentó ocultar información.

Yo me agaché, recogí una hoja medio calcinada. Letras en árabe. Jason miraba las paredes.

-¡Damian!-la voz de Conner llegó por el comunicador-Encontramos una celda al fondo del pasillo oeste. Hay restos de sangre seca... y marcas de garras en las paredes.

Se me heló la sangre. No era solo el frío del lugar. Jason me miró y asintió. Fuimos por los pasillos hasta llegar a esa sección.

La celda estaba cerrada, pero la ventana de observación tenía el cristal roto desde dentro. Las paredes tenían arañazos, huellas, números garabateados con algo que parecía óxido. O sangre. En el suelo, un símbolo pintado a medias.

-Es una marca de la Liga -murmuró Jason-Un sello de aislamiento.

Miré al interior.

-¿Crees que alguien... vivió aquí?

-No vivió-dijo Damian por el comunicador-Sobrevivió.

Damian

Cuando llegué a la celda, no quise entrar. Me quedé en el umbral. Porque la energía era espesa. Como si la rabia aún flotara en el aire.

Tim apareció a mi lado.

-He descifrado parte de la base de datos. Esa celda fue usada con un sujeto experimental llamado "C-27". Según los registros, la madre de C-27 fue ejecutada por la Liga por traición. Y el niño fue... reeducado.

Miré a Tim.
Sus ojos no mentían.

-¿Qué edad tenía?

-Seis.

Apoyé la mano contra el marco de metal frío. Mi madre. Sus métodos. Siempre justificados por una causa mayor.

-No lo encontraremos en la base, ¿verdad?

-No. C-27 fue trasladado a un "Punto Fractal". Al norte de aquí. Quizá un laboratorio más moderno.

La palabra me hizo fruncir el ceño.

-Eso no es un nombre técnico.

-Lo sé-respondió Tim-Es un código de ubicación. Pero está encriptado con el mismo patrón que usaron para esconder las bases de clonación de la Liga.

Me giré hacia el resto.

-Esta base es un eco. La verdadera operación sigue activa.

-¿A dónde vamos?-preguntó Wally.

-Al norte-respondí-A donde el mapa se distorsiona. Y los nombres se disfrazan.

-¿Y cómo encontramos un punto fractal?-preguntó Roy.

Miré a Raven.
Ella cerró los ojos, y la piedra roja en su frente brilló un instante.

-Porque hay algo vivo al norte. Y duele. Mucho.

Jon

Cuando salimos de la base, el aire de la superficie me pareció demasiado limpio. El cielo estaba despejado, pero todo se sentía equivocado. Como si hubiéramos removido algo que debía quedarse enterrado.

Me subí a la nave sin hablar. Me senté lejos de todos. Vi cómo Damian intercambiaba unas palabras con su padre. Vi a Tim hablar en voz baja con Conner. Nadie sonreía.

Apoyé la frente contra la ventana, mirando las montañas del norte.
Y susurré, sin pensar:

-Dime que te voy a recuperar...

Porque esa herida entre nosotros dos... ya no era por culpa nuestra.

Era de ella.

Damian

El viaje hasta el norte fue silencioso, pesado. Como si cada uno de nosotros llevara una carga invisible que iba aumentando a medida que nos acercábamos. Las montañas estaban cubiertas de nieve vieja, endurecida, y el viento que soplaba era tan cortante que incluso dentro de la nave se sentía.

La segunda base estaba enterrada en la roca.
Literalmente.
Era un antiguo silo militar, abandonado oficialmente desde hace décadas. Pero los satélites de Tim habían detectado pequeñas fluctuaciones electromagnéticas y huellas de energía térmica apenas visibles. Alguien se había molestado en esconderlo bien.

Llegamos al anochecer.

Jon

La entrada era una compuerta de acero oxidada, cubierta de nieve. Pero la nieve estaba demasiado limpia. Demasiado... reciente.
Clark fue el primero en acercarse. Colocó la mano sobre el panel lateral y escuchó.

-Hay algo funcionando dentro. Silencioso, pero activo-dijo.

Bruce intercambió miradas con Tim.

-Vamos a entrar.

Damian y yo íbamos detrás. Como si estuviéramos en la misma línea, pero separados por un muro de silencio.
No me miraba.
No me hablaba.

Y eso dolía más que el frío.

Damian

Cuando abrimos la compuerta, no hubo alarma. Solo un chirrido seco, como si el metal protestara después de tantos años.

Dentro, la base olía a polvo, a electricidad rancia y...algo más.
Sangre vieja.
Plástico quemado.
Y desinfectante.

Las luces eran tenues, parpadeaban. Bajamos por una escalera circular hasta llegar a una sala central con pantallas apagadas, pupitres de control y cápsulas de observación. Algunas estaban vacías. Otras... contenían esqueletos.

Uno de los técnicos de S.T.A.R. Labs, que venía con nosotros, susurró:

-Esto era un centro de reprogramación.

Tim revisaba una consola con un cable y su tableta.

-Aquí tenían sujetos mutantes. Jóvenes. En su mayoría huérfanos, niños o chavales, con entrenamiento ninja, o ninjas entrenados que se ofrecen. según los registros. Expuestos a pruebas para potenciar sus habilidades... o eliminar su voluntad.

Raven se llevó una mano al pecho.

-Hay tanto dolor aquí...

Jon

Caminé hasta una cápsula con las paredes llenas de arañazos por dentro. Unas marcas en la esquina:
K-12

-¿Qué era esto?-pregunté.

-Un número de identificación -respondió Damian, desde detrás de mí.

Me giré. Era la primera vez que me hablaba desde hacía días.

-¿Tú lo sabías?

-Mi madre me lo contó cuando tenía once años...Pense que esa idea nunca llegaria a nada. Que algunas almas no merecían libertad. Solo redención. A su manera.

Se quedó mirando la cápsula.

-¿Y tú... crees eso?

Damian no respondió.

Damian

No. No lo creo.
No desde que lo vi llorar.
No desde que vi a mi madre usar las mismas palabras que los criminales que destruimos cada noche.

Pero no lo digo. Porque si empiezo a hablar, tal vez no pare. Y no puedo permitirme eso.

Apretamos la búsqueda.
Descubrimos un laboratorio más profundo. Con registros más recientes. Pantallas que aún tenían energía. Una de ellas mostraba una imagen:

Una mujer encapuchada caminando por un pasillo metálico. Tirando de algo.

Tim la identificó antes que nadie.

-Es Talia.
Y no está sola.

Se veía un chaval. De unos dieciocho años. Con vendas en los brazos. Ojos oscuros. No tenía miedo.
Tenía odio.

Jason se inclinó hacia la pantalla.

-¿Ese es un clon?

-No-susurró Bruce-Es un arma.

Jon

Cuando vimos al chaval en la pantalla, algo en el ambiente cambió. Como si el aire se volviera más denso. Todos lo sentimos.

La imagen parpadeó, y Talia desapareció tras una compuerta automática junto al chaval. El video era de apenas dos días atrás. Estaban cerca. Muy cerca.

Tim apretó el teclado, rastreando la señal, buscando más fragmentos. Bruce ordenó que dividiéramos el equipo en dos grupos.

-Tienen sistemas de apagado interno. Es probable que haya más cámaras, o incluso defensas activas. Si Talia está aquí, no va a esperarnos con los brazos abiertos.

Me asignaron con Damian, Tim, y Dick. El otro grupo -Jason, Roy, Wally, Conner, Logan y mi padre- nos cubriría desde un acceso alterno, bajando por una tubería de mantenimiento que Raven y Starfire abrieron con fuerza controlada.

Aun así, miré a Damian antes de seguir avanzando. Su ceño estaba fruncido, su mandíbula tensa.
Seguía sin mirarme.

Pero entonces, habló:

-No te separes.

Fue un susurro. Un hilo de voz. Pero bastó. Asentí, y seguimos.

Damian

El túnel olía a metal y muerte.
Los focos de luz de nuestros trajes iluminaban apenas unos metros por delante. Me adelanté en silencio, dejando que Tim y Dick cubrieran la retaguardia. Jon estaba a mi izquierda. Lo sentía más que lo veía.

Cuando llegamos a una nueva compuerta, supe que estábamos al borde de algo. Activé mi comunicador.

-Torre Alfa a grupo Beta. Hemos encontrado acceso directo. Puerta blindada con código triple. Necesitamos cobertura en cinco.

La voz de Jason respondió:

-En camino. Roy ya está sudando.

Dick sonrió, pero no dijo nada. Tim se puso con los códigos, y Jon se quedó a mi lado.

El silencio entre nosotros era diferente ahora. No era solo distancia. Era algo más.
Dolor contenido.

-¿Qué vas a hacer si la encuentras?-me preguntó de pronto.

-Lo que deba hacer.

-¿Y si el niño...?

-Lo que deba hacer-repetí, sin mirarlo.

Porque si le decía que tenía miedo, que en mis sueños ese chico me habla con mi misma voz, que su expresión es la mías...No podría seguir.

Jon

Cuando la compuerta se abrió, lo hicimos en silencio. Como si supiéramos que el sonido nos traería algo más que eco.

La sala era enorme.
Un laboratorio intacto.
Con contenedores flotantes, tanques de incubación vacíos y un círculo central de luz roja donde una figura nos esperaba.

Ella.

Talia al Ghul.
De pie. Como si llevara horas ahí.

-Qué dulces sois, sobre todo tú, Damian, buscando a mamá-dijo con una sonrisa amarga.

Damian no se movió.

Yo sentí que el mundo temblaba.

Porque a su lado...
Estaba ese chaval.

Vestía ropa blanca, inmaculada. El cabello corto, la mirada vacía. Pero al ver a Damian, frunció el ceño. Dio un paso adelante.

Y entonces supe.

No era un niño cualquiera.

Era como si hubiera nacido para enfrentarlo.

Damian

-¿Qué has hecho?-pregunté.

-Lo que tú no fuiste capaz de hacer-respondió mi madre-Crear una versión de ti... sin corazón.

El chaval me miraba.

Y yo vi el reflejo de todos mis peores días.

Jon

Todo se movió a cámara lenta. O, al menos, así lo sentí yo durante los primeros diez segundos.

La alarma apenas había terminado su primer chirrido cuando el techo explotó en una lluvia de metal y sombras. Ninjas. Decenas. Al menos cincuenta, descolgándose como arañas letales, silentes, perfectamente coordinados. Y no venían solos. Entre las sombras surgieron figuras deformadas: mutantes. Unos veintitrés, tal vez más. Sus cuerpos eran una mezcla de músculo, furia y descontrol genético.

Todo fue un caos contenido.

Pero lo que más me heló la sangre no fue el techo desmoronándose. Ni los gritos de los nuestros. Fue girar la cabeza y ver a Damian...delante de él.

Su clon.

Eran el mismo reflejo oscuro. Pero mientras Damian tenía en los ojos esa mezcla de rabia, estrategia y dolor, el otro no tenía nada. Ni un atisbo de humanidad. Se movía con precisión quirúrgica, sin respirar agitado, sin pestañear siquiera. Y atacaba sin dudar.

Choque de espadas.

Chispas.

Una ráfaga de movimientos tan veloces que apenas podía seguirlos. La espada del clon rozó el costado de Damian y vi sangre salpicar el suelo. Pero mi Damian no cayó. Apretó los dientes, giró sobre sí mismo y devolvió el golpe con una ferocidad que me hizo contener el aliento.

Yo reaccioné tarde. Apenas logré levantar el vuelo cuando ya tenía dos mutantes en los talones. Uno lanzó ácido. El otro, unas cuchillas que parecían formar parte de su brazo.

Apreté los puños. Calor. Fuerza. Impacté contra uno de ellos con el hombro, lo derribé, y disparé mi visión térmica hacia el segundo. Lo hice caer, pero otro me saltó encima.

No podía apartar del todo la vista de Damian. Él estaba solo contra su peor espejo. El reflejo de lo que pudo haber sido. O tal vez lo que temía ser.

Y yo...

Yo tenía que llegar hasta él. Porque no iba a dejarlo pelear solo. Porque no iba a perderlo. No otra vez.

Damian

Todo era ruido, acero, aliento contenido.

La alarma aún resonaba cuando el techo cedió como si jamás hubiera existido. Cuerpos descendiendo del techo. Sombra tras sombra, armados, entrenados. Ninjas de la Liga. Sabía que vendrían algún día, pero no tan pronto. No así.

Los conté sin contar. Cincuenta. Quizás más.

Y entonces lo vi a él.

Mi reflejo. No uno de esos sueños febriles que a veces tenía. Era yo, pero no era yo. Era una versión sin alma. Sin duda. Sin amor. Sin Jon.

Mi clon.

Lo supo en cuanto nuestros ojos se cruzaron. Era como si nos hubiéramos estado buscando toda la vida.

Saltó hacia mí antes de que pudiera terminar de desenvainar. Me obligó a retroceder tres pasos. Tres malditos pasos. No le di el gusto de un cuarto.

-Cobarde-mascullé mientras paraba su hoja con la mía.

No respondió. Solo atacó.

Era rápido. Más que yo. Pero no más determinado. No más herido por dentro. Porque yo sí sentía. Yo sí sabía lo que estaba en juego.

Intercambiamos golpes como si el mundo se deshiciera alrededor. El metal cantaba cada vez que las espadas se encontraban. Sentí un corte en mi costado, caliente y sucio. No me importó. Lo devolví con una patada directa al estómago, y me abrí paso.

No lo había notado, pero Jon estaba peleando no muy lejos. Aunque, claro, siempre lo noto. Incluso cuando no quiero. Incluso cuando duele.

Vi su mirada sobre mí.

Y por un segundo, fui consciente de lo que parecía desde fuera: un chico peleando contra sí mismo mientras todo a su alrededor se caía a pedazos.

Pero no era solo eso.

Era el eco de mi madre, la sombra de mi padre, la sangre de mi linaje gritando desde la herida que dejé abierta cuando Jon se fue de mi lado.

Empujé al clon con toda la fuerza de mis brazos, nuestros rostros a centímetros. Él no sudaba. Yo sí. Él no temblaba. Yo sí. Porque yo tenía algo que perder. Porque yo no estaba vacío.

-No eres yo -le dije, con la voz rota y la mirada fija-. Nunca vas a ser yo.

Y entonces, lo derribé. Solo por un segundo.

Pero a veces, un segundo basta para cambiarlo todo.

Jon

Me tengo que centrar.

Aunque mis sentidos están sobrecargados, aunque todo va demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo, respiro hondo y me obligo a enfocar.

Tengo que confiar en que Damian puede. En que va a salir de esa pelea. Que va a ganar.

Pero siento esta angustia en el pecho… como si el corazón me ardiera y las lágrimas quisieran salir a presión. No solo por él. También por Conner, por papá, por Logan… por todos. Porque esto, esto no es una pelea normal. Esto es guerra. Y todos estamos demasiado cerca del borde.

-¡Jon, a la derecha!-grita Conner.

Me giro justo a tiempo para recibir el puñetazo de una masa de músculos y mutación. No me derriba, pero me tira contra una pared de cemento, que se agrieta al impactar. Me incorporo con un gruñido, escupiendo sangre. El mutante más grande del grupo, el que parece hecho de placas óseas y furia, avanza hacia mí.

-¿Vamos juntos?-le pregunto a Conner, con una sonrisa cansada.

-Como en los viejos tiempos -responde.

Lo atacamos a la vez.

Él por arriba. Yo por abajo.

Conner le da un puñetazo tan fuerte que el aire a su alrededor vibra. Yo me impulso con el vuelo, esquivando una garra que podría arrancarme media cara, y le lanzo un golpe de calor directo al pecho. El tipo se tambalea, pero no cae. No todavía.

El mutante ruge como si algo lo estuviera desgarrando desde dentro. Nos lanza un barrido con el brazo, como si fuésemos muñecos de trapo. Conner lo bloquea con el cuerpo y yo aprovecho para volar hacia atrás y agarrar una barra de metal  doblada.

-¡Abre paso!-grito.

Conner se aparta justo a tiempo. Me lanzo como un cometa, la barra por delante, y atravieso su defensa. Lo impacto en el cuello, en el costado, en las piernas. No lo mato. No puedo. Pero lo dejo fuera de combate. Inconsciente. Resollando.

-¿Estás bien?-pregunta Conner, ofreciéndome la mano.

-Sí… creo-Tomo aire como si nunca más fuera a llenarme.

Me giro, buscando entre el caos.
Y lo veo. Aún luchando. Aún de pie. Y entonces lo entiendo: no hay nada más aterrador y hermoso que ver pelear a la persona que amas por aquello en lo que cree.

Damian

Mi cuerpo arde, pero no se detiene.

El clon delante de mí es más grande, más fuerte en apariencia, con músculos tensos y una sonrisa de desprecio. Mis nudillos están cubiertos de sangre, parte mía, parte suya. Ya no lo distingo. Todo es rojo. Todo es rabia.

-¿Eso es todo lo que tienes?-me escupe con mi propia voz, aunque distorsionada-Pensé que eras el original.

-Y lo soy-gruño, lanzándome de nuevo contra él.

Intercambiamos golpes con brutalidad. El suyo me hace crujir el hombro; el mío le hace escupir sangre. Ambos jadeamos. No hay pausa. No hay respiro. Esto no es una pelea. Es una declaración de existencia. Solo uno puede quedar.

Pienso en mi madre. En lo que ha hecho. En todo lo que ha causado. En las pesadillas, las muertes, las grietas que dejó en todos nosotros. Este clon no es más que otro experimento suyo. Un reflejo imperfecto de lo que soy.

Pero yo tengo algo que él no tiene.

Yo elegí ser quien soy.

Él ataca con una daga. La esquivo por milímetros, y en ese giro, deslizo mi espada por su costado. Gime, retrocede, y yo aprovecho. Le golpeo el cuello con el puño, luego la rodilla, y lo tiro al suelo.

-No soy perfecto-le digo, colocándole la espada en el pecho mientras jadea-Pero no necesito serlo para ganarte.

-Eres débil… por él-masculla, escupiendo sangre.

-No. Soy fuerte gracias a él.

Y con una última mirada, le doy un golpe en la sien con el pomo. No lo mato. No soy como ella. Pero sí lo dejo fuera de combate.

Me quedo de pie, temblando, respirando con dificultad. Siento un ardor en los músculos que me recuerda que sigo vivo.

Mi mano tiembla sobre la empuñadura. La espada pesa, pero no por el metal. Pesa por lo que significa.

“Mátalo”, susurra esa voz en mi cabeza. No sé si es mía… o suya.
La de mi madre. La de todo lo que me enseñaron. Del linaje que corre por mis venas. De todo lo que he sido obligado a ser.

Miro al clon. A mí mismo.
Se parece tanto a mí…pero no es yo. Y sin embargo… ¿no es justo eso lo que siempre me dijeron? Que uno de los dos tenía que morir. Que uno era útil. Que uno era perfecto.

Él tose, aún consciente, pero no puede moverse. Me mira con miedo. Con odio. Con resignación.
Mi corazón late tan fuerte que me retumba en los oídos.
Y la voz sigue:

mátalo

mátalo

acaba con esto

Aprieto los dedos. Siento la hoja vibrar. Baja unos centímetros más, rozando su piel. Solo necesito un poco más de fuerza. Un suspiro más. Un instante. Un segundo. Y todo acabará.

Pero entonces…

-Damián-dice una voz.

Es Jon.

Su voz es como una mano suave empujando contra mi pecho. No con violencia. Con amor. Con algo que desarma. Levanto la cabeza. Está ahí. Lleno de polvo. Pero sus ojos están fijos en mí.
En lo que estoy a punto de hacer.

Y de pronto, todo el ruido en mi mente… se detiene.

-Tú no eres esto-me dice, bajando un paso, como si se acercara a un animal herido-No eres ella.

Mi mandíbula se aprieta.
Me duele la garganta.

-Lo merece-susurro, sin aliento.

-Tal vez-dice, honesto. No intenta justificarlo-Pero tú mereces no convertirte en lo que ella quiso hacer de ti.

Mi mano sigue temblando.

-No me mires así-le digo. No quiero que me vea roto. Que me vea así.

Pero él se acerca de todos modos. Poco a poco.

-Te miro como alguien que te conoce-susurra.

Y entonces suelto la espada.
Cae al suelo con un golpe seco.
Mis hombros bajan.

Y todo ese peso…

Finalmente se va.

Bruce

No hay descanso en el campo de batalla.

Golpes. Gritos. El estruendo de poderes desatados. La humedad de esta base maldita. El olor metálico de la sangre. Mis huesos se quejan, pero no cedo. No puedo.

Ella está delante de mí.
Talia.

Su mirada es la de siempre. Firme. Cálida, cruel. Bella. Implacable. Su espada ha probado mi defensa más de una vez. Pero yo también he tenido años para conocer sus pasos, leer sus intenciones, anticipar el filo antes de que corte.

Nuestros cuerpos se mueven como reflejos distorsionados. Como si esto fuera lo que el destino siempre quiso: que nos encontráramos aquí, entre ruinas y sombras, destruyéndonos una vez más.

-No cambiarás, Bruce-dice ella, sin aliento.

-Tú tampoco.

Chocamos una vez más. Acero contra acero. Y entonces… algo cambia. Un gruñido a mi derecha, un sonido demasiado cercano. Giro solo un segundo para ver a un mutante de gran tamaño abalanzarse sobre mí. No tengo tiempo.

Me impacta de lleno. El aire abandona mis pulmones cuando me estrello contra la pared con un golpe seco. El mundo se sacude y mi visión se torna borrosa.

Un segundo. Solo uno.
Pero cuando levanto la cabeza...
Talia ya no está.

Me pongo en pie tambaleante. La espada que sostenía hace un momento está en el suelo, abandonada.
Miro alrededor.
Nada. Ni rastro de ella.
La pelea continúa en otros sectores. Gritos, rayos, explosiones.

Pero ella ha desaparecido.
Otra vez.

-Aquí Batman-gruño por el comunicador, limpiándome la sangre del labio-Talia ha huido. No tengo visual. Repito: objetivo perdido.

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