15
El sol apenas comienza a filtrarse por las cortinas cuando Yoko despierta. Su cuerpo está cálido, envuelto en las sábanas de seda, y por un momento, le toma unos segundos recordar dónde está. Luego, lo siente: la ausencia a su lado.
El otro lado de la cama está frío.
Faye no está allí.
Yoko parpadea, tratando de disipar la neblina del sueño, pero el vacío junto a ella es demasiado elocuente. Se incorpora lentamente, dejando que las sábanas resbalen por su piel mientras su mirada recorre la habitación. Es la misma en la que Faye la trajo anoche, su refugio personal, su santuario. Y sin embargo, la dueña de ese espacio no está aquí.
La sensación de algo inacabado se instala en su pecho.
No esperaba que Faye fuera del tipo de persona que se queda a dormir abrazada a alguien, pero una parte de ella—una pequeña, estúpida parte—albergó la esperanza de que fuera diferente esta vez.
Suspira, pasándose las manos por el rostro antes de deslizarse fuera de la cama. Su cuerpo aún está sensible por la noche anterior, por las caricias de Faye, por la forma en que la hizo temblar con sus toques. Pero ahora, todo se siente lejano, como si hubiera sido un sueño que terminó demasiado rápido.
Se pone una bata de seda que encuentra en una silla y sale de la habitación, descalza, buscando señales de Faye.
La encuentra en la cocina.
Está de espaldas a ella, vestida con su traje perfectamente planchado, el cabello recogido en un moño bajo, preparando café como si la noche anterior no hubiera significado absolutamente nada.
Yoko se detiene en el umbral de la puerta, observándola. Hay algo inquietante en la manera en que Faye se mueve, con esa elegancia medida, con esa frialdad contenida.
─Despertaste temprano ─dice Faye sin volverse, como si hubiera sentido su presencia desde antes.
─Tú no estabas cuando desperté ─responde Yoko en voz baja.
Faye guarda silencio por un momento antes de servirse una taza de café. Finalmente, se gira para mirarla, con esa expresión impasible que siempre lleva puesta como una máscara.
─No quise despertarte.
Yoko frunce el ceño. No es una mentira, pero tampoco es la verdad completa.
─No tenías que irte ─dice con suavidad, dando un paso dentro de la cocina.
Faye la observa por unos segundos, su mirada viajando de su rostro a la bata de seda que apenas cubre su piel. Es un instante, un parpadeo de duda, antes de que su expresión vuelva a endurecerse.
─No quiero que malinterpretes las cosas, Yoko.
El estómago de Yoko se contrae.
─¿Y qué es lo que no debo malinterpretar?
Faye deja la taza sobre la encimera, cruzando los brazos.
─Esto. Anoche.
Yoko siente una punzada en el pecho, pero la ignora. Se obliga a mantener la compostura, aunque su voz suene un poco más baja cuando habla.
─¿Qué fue para ti, entonces?
Faye no responde de inmediato. Sus ojos oscuros se clavan en ella, como si estuviera evaluando qué tanto decir. Finalmente, suspira, pasando una mano por su cabello, en un gesto casi imperceptible de frustración.
─No soy el tipo de persona que se queda, Yoko ─dice al final, con una calma engañosa─. No busco conexiones emocionales.
Yoko aprieta los labios.
─¿Y crees que lo que pasó anoche no fue una conexión?
Faye la mira, y por un instante, algo en su expresión titubea. Pero no tarda en recuperar el control.
─Fue placer ─responde, sin apartar la mirada─. Solo eso.
Las palabras duelen más de lo que Yoko quiere admitir.
Es extraño. Desde el inicio sabía que Faye era así. Lo entendió desde el momento en que la compró, desde el primer día que la miró con esos ojos calculadores. Pero ahora, después de la forma en que Faye la tocó, después de la manera en que la hizo sentir deseada y protegida al mismo tiempo, escuchar esas palabras es como un golpe inesperado en el pecho.
Faye ve el destello de dolor en su mirada, y algo en su expresión se endurece aún más, como si quisiera levantar un muro entre ellas.
─No quiero que te hagas ideas equivocadas ─dice Faye, tomando su taza de café y dándole la espalda.
Yoko baja la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Pero cuando vuelve a alzarla, su voz suena más firme de lo que esperaba.
─Entonces dime la verdad, Faye.
Faye no se mueve.
─Si todo fue solo placer para ti ─continúa Yoko, con suavidad, pero con la determinación de quien no quiere ser ignorada─, ¿por qué me trajiste a tu habitación personal? ¿Por qué me mostraste tus dibujos? ¿Por qué me besaste de esa manera?
Faye aprieta los labios. No responde.
Yoko da un paso más hacia ella.
─Si todo esto no significa nada… dime que no sentiste nada cuando me tocaste. Dímelo a la cara.
Faye finalmente se vuelve hacia ella, y su mirada está llena de algo que Yoko no puede descifrar del todo. Algo que se parece demasiado a una batalla interna.
Pero en lugar de responder, Faye solo suspira, dejando la taza de café a un lado y caminando hacia la puerta.
─Vístete, Yoko. Hoy tengo reuniones, y no puedo perder más tiempo en esto.
Yoko se queda inmóvil, viendo cómo Faye desaparece por el pasillo sin voltear atrás.
Y en su pecho, algo empieza a quebrarse.
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