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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

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bbyblu

Yoko pasa el resto de la mañana en silencio. No tiene hambre. No tiene ganas de moverse. Solo se queda en la habitación, mirando la ventana, con la brisa fría filtrándose entre las cortinas.

Sabe que debería estar acostumbrada. Desde el principio, Faye dejó en claro que ella no era más que una posesión, una compra. Pero cada vez que la trata con esa indiferencia medida, con esa frialdad perfectamente calculada, algo dentro de Yoko se retuerce. Porque no es verdad. No puede serlo.

Anoche, Faye no la tocó como alguien que solo busca placer. No la besó como alguien que no siente nada. Pero cada vez que Yoko intenta acercarse, la otra se aleja antes de que pueda alcanzarla.

Se abraza a sí misma y cierra los ojos, tratando de calmar su mente.

Faye pasa todo el día en reuniones. Mantiene su expresión impasible, su tono firme y profesional. Discute estrategias, aprueba presupuestos, da órdenes con la seguridad de alguien que domina cada detalle de su empresa. Pero en el fondo, hay algo que la inquieta.

Cada vez que su mente se distrae, la imagen de Yoko aparece en su cabeza.

La forma en que la miró esa mañana, con sus labios ligeramente entreabiertos, con el dolor apenas oculto en sus ojos. La suavidad de su piel bajo sus manos. El sonido de su voz temblorosa cuando le pidió una respuesta.

Faye exhala con frustración y se inclina hacia atrás en su silla, masajeándose las sienes. No entiende qué le pasa. No debería sentirse así.

No debería importarle.

Pero importa. Y eso es un problema.

Su asistente toca la puerta y entra con una pila de documentos.

─Señorita Malisorn, esta es la última actualización del proyecto en Hong Kong.

Faye asiente, tomando los papeles sin mirarla demasiado. Su asistente duda un momento antes de hablar.

─También quería informarle que la señorita Lertprasert no ha salido de su habitación en todo el día.

Faye detiene el movimiento de su mano sobre los papeles.

─¿No ha comido?

─No, señorita. Le llevé comida al mediodía, pero no tocó nada.

Faye presiona los labios. No dice nada por un momento, solo se concentra en mantener su expresión neutral.

─Eso no es asunto mío ─responde finalmente, volviendo la mirada a los documentos.

Su asistente duda antes de asentir y salir de la oficina.

Faye suelta un suspiro, dejando los papeles sobre el escritorio. Apoya los codos en la mesa y se pasa las manos por el rostro.

No es asunto suyo.

No es asunto suyo.

Pero sigue pensando en ella.

Cuando cae la noche, Yoko sigue en su habitación. No espera que Faye venga a verla. Ni siquiera espera que la mencione.

Está acurrucada en la cama, con la mirada perdida en la oscuridad, cuando la puerta se abre.

No necesita girarse para saber quién es.

─Levántate ─ordena la voz de Faye, fría pero firme.

Yoko no se mueve.

Faye cierra la puerta y camina hasta la cama. Se detiene junto a ella y la observa en silencio.

─No puedes quedarte aquí todo el día sin comer.

Yoko finalmente gira el rostro y la mira. Sus ojos están brillantes, pero no ha llorado.

─¿Por qué te importa?

Faye aprieta la mandíbula.

─No me importa. Pero no voy a permitir que te enfermes.

Yoko se incorpora lentamente, sin apartar la mirada de ella.

─Eres cruel, Faye.

La alfa mantiene su expresión impasible.

─Lo sé.

Yoko suelta una risa suave, sin alegría.

─Entonces dime algo. ¿Cuánto tiempo piensas seguir alejándome cada vez que me acerco?

Faye la observa. Su rostro es una máscara de frialdad, pero sus manos están tensas a los lados de su cuerpo.

─No hay nada a lo que acercarse.

Yoko niega con la cabeza.

─Eres una mentirosa.

Las palabras quedan suspendidas en el aire entre ellas.

Faye la mira durante un largo momento antes de hablar.

─Levántate y ven a cenar.

Yoko no responde de inmediato, pero finalmente se desliza fuera de la cama. Pasa junto a Faye sin mirarla y sale de la habitación.

Faye se queda allí, en la penumbra, con los puños cerrados y el corazón latiéndole más fuerte de lo que le gustaría admitir.

Yoko camina por el pasillo en silencio. La casa es demasiado grande, demasiado fría. Sus pasos resuenan en el suelo de mármol, y aunque sabe que Faye la sigue de cerca, no voltea a mirarla.

El comedor está impecable, como siempre. La mesa larga, elegante, parece diseñada más para reuniones de negocios que para algo tan mundano como cenar. Sobre ella, una cena perfectamente servida espera por ellas: un plato con salmón, arroz y verduras cuidadosamente dispuestas.

Faye se sienta en la cabecera, como siempre. Yoko toma asiento a su derecha, sintiendo la distancia entre ambas como un muro invisible.

El silencio se instala mientras comen. Faye corta su comida con precisión mecánica. Yoko apenas toca la suya.

─Come ─ordena Faye sin mirarla.

─No tengo hambre.

Faye detiene el movimiento de su cuchillo por un instante antes de reanudarlo.

─No me hagas repetirlo.

Yoko suelta un suspiro, pero toma un bocado. No es que la comida no esté deliciosa, pero tiene un nudo en el estómago que no la deja tragar con facilidad.

El silencio entre ellas se alarga hasta que Yoko no puede más.

─¿Por qué me trajiste aquí?

Faye no responde de inmediato. Mastica lentamente, bebe un sorbo de agua, deja los cubiertos con cuidado sobre la mesa. Finalmente, levanta la mirada y la fija en Yoko.

─Sabes por qué.

Yoko sostiene su mirada, buscando algo en esos ojos fríos, algo que confirme que no es solo un objeto para ella. Pero lo único que encuentra es una calma impenetrable.

─Eso no es lo que quiero saber.

Faye apoya un codo sobre la mesa y se lleva una mano a la barbilla, observándola con ese aire de superioridad que a Yoko le da ganas de gritar.

─¿Entonces qué quieres saber?

Yoko baja la vista.

─¿Qué soy para ti?

Faye deja escapar una leve exhalación, como si la pregunta fuera una molestia menor.

─Eres mía.

Yoko siente un escalofrío recorrer su espalda. No es que no lo supiera, pero escucharlo así, tan directo, sin ningún atisbo de emoción, le duele más de lo que esperaba.

─Eso no responde a mi pregunta.

Faye se inclina hacia adelante, con los ojos fijos en ella.

─No hagas preguntas cuyas respuestas no quieres escuchar, Yoko.

Yoko aprieta los labios y baja la mirada a su plato. No tiene caso insistir. No cuando Faye es una muralla de acero que no deja que nadie la atraviese.

El resto de la cena transcurre en el mismo silencio tenso.

Esa noche, Yoko vuelve a su habitación con el corazón pesado. Se sienta en el borde de la cama y abraza sus propias piernas, sintiéndose pequeña en ese lugar que nunca se ha sentido suyo.

Escucha el sonido de la puerta abrirse y cerrarse. Faye entra con la misma seguridad de siempre, como si tuviera derecho a cada rincón de su vida.

Yoko no levanta la cabeza cuando Faye se acerca.

─Mañana saldrás conmigo.

Yoko parpadea, sorprendida.

─¿A dónde?

─A un evento de negocios. Quiero que me acompañes.

Yoko frunce el ceño.

─¿Por qué?

Faye la mira con expresión inescrutable.

─Porque quiero que estés ahí.

Por un momento, Yoko quiere creer que eso significa algo. Que hay un motivo más allá de la simple posesión. Pero entonces recuerda la forma en que Faye la mira, la forma en que la toca sin dejarse tocar a sí misma, la forma en que mantiene siempre una distancia medida.

Yoko suspira y asiente.

Faye la observa por un instante más antes de girarse hacia la puerta.

─Descansa.

Yoko la ve irse, sintiendo que las palabras no dichas pesan más que cualquier cosa.

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