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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

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bbyblu

El vestido es hermoso. Negro, elegante, de tela ligera que se ajusta a su cuerpo sin ser demasiado revelador. Pero cuando Yoko se ve en el espejo, no se reconoce.

Las joyas que cuelgan de su cuello, los tacones altos, el maquillaje impecable… Todo grita perfección, sofisticación. Un reflejo de la mujer que Faye Malisorn quiere que sea a su lado.

Pero debajo de todo eso, sigue siendo la misma.

Faye entra en la habitación sin tocar, como siempre. Está vestida con un traje negro perfectamente ajustado, su cabello peinado con precisión, su postura impecable. Su mera presencia llena el espacio.

Sus ojos recorren a Yoko de pies a cabeza, analizando, evaluando.

─Te queda bien.

No es un cumplido, es una observación.

Yoko baja la mirada.

─No me siento yo.

Faye se acerca lentamente, deteniéndose justo detrás de ella. Sus manos se apoyan en sus hombros, frías y firmes.

─No tienes que sentirte tú esta noche. Solo tienes que estar conmigo.

Yoko levanta la vista y encuentra sus ojos reflejados en el espejo. Hay algo ahí, algo que no logra descifrar.

─¿Por qué me llevas contigo? ─pregunta en voz baja.

Faye no responde de inmediato. Sus manos se deslizan por sus brazos antes de apartarse.

─Porque quiero.

Porque quiero. Siempre respuestas cortas, siempre dejando lo esencial sin decir.

El evento es tan ostentoso como Yoko imaginó. Una sala de baile enorme, iluminada con candelabros dorados y decorada con detalles exquisitos. La élite empresarial de la ciudad se pasea con copas de vino en la mano, sonrisas medidas y conversaciones llenas de poder.

Faye avanza con confianza, con la seguridad de alguien que pertenece a este mundo. Yoko camina un paso detrás de ella, como una sombra.

Las miradas la siguen. Algunas con curiosidad, otras con juicio.

─Faye.

Una mujer se acerca con una sonrisa afilada. Alta, elegante, de cabello oscuro recogido en un moño perfecto. Su vestido rojo resalta contra la multitud.

─No esperaba verte con compañía esta noche.

Faye mantiene su expresión impasible.

─Siempre sorprendo.

La mujer desliza su mirada hacia Yoko.

─¿Y tú eres…?

Yoko siente el peso de la pregunta, pero antes de que pueda responder, Faye lo hace por ella.

─Yoko Lertprasert.

No añade nada más. No da explicaciones.

La mujer alza una ceja, como si esperara más. Como si buscara algo en la forma en que Faye la presenta.

─Encantada, Yoko. Soy Vivian.

Yoko hace una leve inclinación de cabeza.

─Un placer.

Vivian sonríe, pero hay algo afilado en su expresión cuando vuelve a mirar a Faye.

─No sabía que habías cambiado de gustos.

Faye sostiene su copa con calma.

─Mis gustos no son asunto de nadie.

El aire se vuelve tenso por un segundo, pero Vivian solo suelta una risa suave y se aleja con la misma elegancia con la que llegó.

Yoko no puede evitar mirarla desaparecer entre la multitud.

─¿Quién era ella?

─Nadie importante.

Nadie importante. Como si todo en la vida de Faye fuera descartable, reemplazable.

Yoko aprieta los labios.

─¿Por qué me trajiste aquí?

Faye se gira hacia ella, sus ojos oscuros brillando bajo la luz dorada.

─Para que todos sepan que eres mía.

Yoko siente su corazón dar un vuelco.

Faye le toma la mano, entrelazando sus dedos con los suyos. Un gesto pequeño, pero en un lugar como este, donde cada mirada está sobre ellas, significa mucho.

Yoko no sabe si sentirse halagada o atrapada.

Pero cuando Faye la guía a la pista de baile y la toma entre sus brazos con una facilidad innata, su mente se nubla.

Porque a pesar de todo, a pesar del frío con el que Faye la trata, su tacto sigue siendo cálido. Y eso la asusta más que cualquier cosa.

Los pasos de Faye son firmes mientras la guía en la pista de baile. La música es suave, apenas un murmullo entre el ruido de las conversaciones y el tintineo de las copas.

Yoko no sabe qué hacer con sus manos. Una descansa sobre el hombro de Faye, la otra está atrapada en su agarre, cálido pero inquebrantable.

Faye se mueve con precisión, su cuerpo cerca, pero sin presionarla demasiado. Como si estuviera midiendo cuánta cercanía le permite.

─Nunca te he visto bailar ─murmura Yoko, tratando de ignorar la forma en que su corazón late más rápido.

Faye mantiene su mirada fija en ella, impasible.

─No es algo que haga a menudo.

─Entonces, ¿por qué ahora?

Faye inclina levemente la cabeza, como si encontrara la pregunta interesante.

─Porque quiero.

Otra respuesta breve, sin dejarle espacio para entender más allá de lo evidente.

Pero Yoko empieza a notar algo.

Faye es control en su estado más puro. Siempre eligiendo cuándo acercarse, cuándo apartarse. Nunca dejando que alguien más marque el ritmo.

Excepto ahora.

Porque si Yoko presta suficiente atención, puede notar la forma en que Faye se deja llevar. Cómo sus dedos rozan su espalda con más suavidad de la necesaria, cómo sus ojos la recorren sin la frialdad de siempre.

─Parecemos una pareja ─dice Yoko sin pensar.

Faye la observa en silencio antes de responder.

─No somos una pareja.

Yoko siente un nudo en la garganta, pero fuerza una sonrisa.

─Lo sé.

Pero entonces, ¿por qué la mira así?

Por un instante, cree ver algo más allá de la fachada de Faye. Algo que parece tan perdido como ella.

Pero la música termina, y con ella, cualquier ilusión.

Faye suelta su mano con la misma facilidad con la que la había tomado.

─Es hora de irnos.

Yoko asiente, ignorando el vacío que deja la ausencia de su contacto.

El auto es un espacio silencioso y frío mientras regresan a casa. Faye mantiene la vista en la carretera, su perfil iluminado por las luces de la ciudad.

─¿Te molesta que la gente me haya visto contigo? ─pregunta Yoko en voz baja.

Faye no desvía la mirada del camino.

─Si me molestara, no te habría llevado.

─Pero tampoco me explicaste quién soy para ti.

Faye exhala lentamente.

─Porque no tengo que hacerlo.

Yoko aprieta las manos sobre su regazo.

─¿Alguna vez lo harás?

El silencio se alarga, denso como la neblina.

Cuando finalmente Faye habla, su voz es baja, casi un susurro.

─No preguntes cosas para las que no quieres respuesta.

Yoko cierra los ojos.

Es demasiado tarde para eso.

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