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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

18

bbyblu

La mansión de Faye es silenciosa cuando entran. No hay empleados a la vista, solo el eco de sus pasos en el mármol pulido.

Faye camina delante de Yoko, con la misma seguridad de siempre, pero hay algo distinto en el aire. Un peso invisible entre ambas.

Cuando llegan a la habitación de Yoko, Faye se detiene frente a la puerta. No la abre, solo se queda ahí, con la mano en el pomo, como si dudara.

─Ve a dormir ─dice finalmente, sin mirarla.

Pero Yoko no se mueve.

─¿Eso es todo?

Faye se gira lentamente.

─¿Esperabas algo más?

Yoko baja la mirada, insegura.

─No lo sé… Después de esta noche, después de cómo me tomaste la mano, de cómo me miraste en la pista de baile…

Faye no dice nada. Su expresión sigue siendo indescifrable, pero su postura se endurece.

─No te confundas, Yoko. Lo que pasó esta noche fue solo por conveniencia.

Yoko siente un nudo en la garganta.

─¿Conveniencia?

Faye asiente, como si fuera obvio.

─Ahora todos saben que estás conmigo. Eso nos beneficia a ambas.

Yoko siente un escalofrío recorrerle la piel.

─¿Y qué soy para ti entonces?

La pregunta queda flotando en el aire, pesada, peligrosa.

Faye entrecierra los ojos.

─Eres lo que siempre fuiste, Yoko.

Sus palabras son un golpe silencioso.

Yoko no sabe qué esperaba escuchar, pero definitivamente no esto.

Por un instante, la tentación de gritarle, de pedirle que deje de tratarla como algo desechable, es demasiado fuerte. Pero se traga las palabras y aprieta los labios.

─Entiendo.

Yoko gira el pomo de la puerta y entra en la habitación sin decir nada más.

Pero antes de cerrar, escucha la voz de Faye, baja, casi inaudible.

─No lo entiendes.

Cuando Yoko se gira, Faye ya está caminando hacia su propia habitación, dejando solo el eco de sus pasos tras de sí.

Yoko cierra la puerta con suavidad y se recuesta en la cama, mirando el techo.

No sabe qué duele más: si la frialdad de Faye o la forma en que su propia piel aún anhela su tacto.

El techo se vuelve un lienzo en blanco donde Yoko proyecta pensamientos que no deberían estar ahí.

La mirada de Faye sobre ella en la pista de baile, sus dedos entrelazados con los suyos, la sensación de pertenecerle, aunque fuera solo por una noche.

Todo fue una mentira.

Yoko se gira en la cama, abrazando la almohada, tratando de ahogar el vacío que se expande dentro de ella. Pero es inútil.

El suave crujido de la puerta la hace contener la respiración.

─¿Todavía despierta?

La voz de Faye es baja, neutral.

Yoko se incorpora, sorprendida. Faye nunca entra en su habitación sin razón.

─No podía dormir ─admite en un susurro.

Faye asiente, cerrando la puerta detrás de ella. Se acerca con pasos medidos y se apoya en la pared, con los brazos cruzados.

─No quiero que malinterpretes lo que pasó esta noche.

Yoko baja la mirada.

─Ya dijiste que fue por conveniencia.

Faye la observa en silencio, como si evaluara algo.

─¿Eso te molesta?

Yoko suelta una risa seca.

─¿De qué serviría si lo hiciera?

Faye no responde de inmediato. Se aleja de la pared y camina hasta quedar frente a Yoko, obligándola a mirarla.

─No quiero lastimarte.

Yoko la mira incrédula.

─Pero lo haces igual.

La sombra de algo parecido a la culpa cruza los ojos de Faye, pero desaparece tan rápido que Yoko se pregunta si lo imaginó.

─Yo… ─Faye se detiene, como si las palabras le pesaran─. No estoy acostumbrada a esto.

Yoko frunce el ceño.

─¿A qué?

Faye desliza la mano por su propio cabello, visiblemente frustrada.

─A alguien como tú.

Las palabras son un golpe inesperado.

Yoko siente su corazón latir con fuerza.

─¿Alguien como yo? ¿Qué significa eso?

Faye suspira.

─Significa que eres diferente. Y eso me complica las cosas.

El aire entre ellas se vuelve denso.

Yoko debería sentirse molesta, herida… pero en su lugar, siente algo peor: esperanza.

Porque por primera vez, Faye no suena fría ni distante. Su voz tiene un matiz de vulnerabilidad que nunca antes le había mostrado.

─No quiero ser un problema para ti ─dice Yoko en voz baja.

Faye la observa por un largo momento antes de acercarse. Se inclina, apoyando las manos en la cama a ambos lados de Yoko, atrapándola sin tocarla.

─Ya lo eres.

Yoko contiene el aliento.

El calor de Faye está tan cerca que podría inclinarse un poco y rozar sus labios. Pero no lo hace.

Porque sabe que, al final, siempre será Faye quien decida cuándo acercarse y cuándo alejarse.

Y esta vez, como siempre, Faye elige alejarse.

Se endereza lentamente y camina hacia la puerta sin mirar atrás.

─Duerme, Yoko.

Y cuando la puerta se cierra, Yoko se da cuenta de que esa es la única orden de Faye que nunca podrá seguir.

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