19
Yoko no sabe cuánto tiempo pasa antes de levantarse de la cama. El sueño nunca llega, atrapada en el eco de las palabras de Faye.
"Eres diferente. Y eso me complica las cosas."
No debería significar nada. No debería hacer que su corazón se acelere de esa manera absurda.
Pero lo hace.
Camina por la habitación en la oscuridad, abrazándose a sí misma. Afuera, la ciudad sigue viva, indiferente a su agitación interna.
Cuando el reloj marca las tres de la mañana, la tentación se vuelve demasiado fuerte.
Sale de su habitación en silencio.
El pasillo es un túnel oscuro y frío, pero sabe exactamente hacia dónde ir.
La puerta de Faye está entreabierta.
Yoko se detiene un segundo, dudando, pero la curiosidad la vence.
Empuja la puerta con cuidado.
La habitación es más grande que la suya, pero igual de sobria. Todo en ella es pulcro, controlado... excepto Faye.
Está sentada en el borde de la cama, con una copa de whisky en la mano, mirándola como si la hubiera estado esperando.
─No deberías estar aquí.
Su voz es baja, ronca por el alcohol o por el cansancio.
Yoko cierra la puerta tras de sí.
─Tú entraste a mi habitación primero.
Faye sonríe, pero no hay diversión en su expresión.
─Así que ahora estamos a mano.
Un silencio se extiende entre ellas.
Yoko avanza un poco, con el corazón latiendo contra sus costillas.
─¿Por qué no duermes?
Faye juega con la copa en sus manos.
─No soy buena en eso.
Yoko se muerde el labio.
─Yo tampoco.
Sus ojos se encuentran.
Por un momento, solo hay eso: dos personas despiertas en la madrugada, atrapadas en algo que ninguna entiende del todo.
Faye da un trago a su whisky y luego deja la copa en la mesita de noche.
─¿Qué quieres, Yoko?
La pregunta es directa, sin rodeos.
Pero Yoko no tiene una respuesta.
O tal vez sí, pero no se atreve a decirla en voz alta.
Se acerca lentamente, hasta quedar frente a ella.
Faye no se mueve, solo la observa con esa intensidad que siempre la hace sentir expuesta.
─No lo sé ─susurra Yoko.
Faye exhala, como si ya hubiera esperado esa respuesta.
─Entonces no deberías estar aquí.
Pero no le dice que se vaya.
Yoko toma aire y, antes de pensarlo demasiado, se arrodilla en el suelo, entre las piernas de Faye.
Faye no se aparta.
Solo la mira.
Un desafío.
Un permiso silencioso.
Yoko levanta una mano y la apoya suavemente en la rodilla de Faye.
─Dime que no lo haga ─susurra.
Faye no dice nada.
Yoko sube la mano, deslizándola lentamente por su muslo, esperando que la detenga.
Pero Faye sigue en silencio.
Yoko traga en seco, sus propios deseos ardiendo en su interior.
─Dime que no lo haga ─repite, con un temblor en la voz.
Faye se inclina un poco, atrapándola con su mirada oscura.
─Dime qué quieres hacer.
Yoko abre los labios, pero no encuentra las palabras.
Porque lo que quiere es tocarla.
Lo que quiere es que Faye la toque también.
Pero sobre todo, lo que quiere es dejar de sentirse como una muñeca en una vitrina, expuesta y sin derecho a nada.
Y entonces, cuando ya cree que Faye va a romper el silencio con otra de sus respuestas frías, sucede algo inesperado.
Faye levanta la mano y acaricia su mejilla con el dorso de los dedos, con una suavidad cruel.
─No sabes lo que pides, Yoko.
Yoko cierra los ojos un segundo, dejando que el contacto queme su piel.
─Entonces enséñame.
El aire se vuelve pesado.
Faye la observa con algo oscuro en los ojos. Algo que parece deseo, pero también una advertencia.
Yoko contiene la respiración, esperando.
Y entonces Faye sonríe, lenta y peligrosa.
─Ten cuidado con lo que deseas.
Yoko siente un escalofrío recorrerle la espalda.
Pero no se aparta.
Yoko no sabe qué respuesta esperaba de Faye, pero no es esta.
La forma en que la observa, con esa intensidad controlada, con ese peligro contenido en la curvatura de sus labios... La hace estremecer.
No es miedo lo que siente.
Es algo peor.
Es anticipación.
Faye baja la mano de su mejilla, su toque deslizándose lento, casi perezoso, hasta su barbilla. La sostiene ahí, sin fuerza, solo lo suficiente para mantener su rostro alzado.
─¿Crees que sabes en lo que te estás metiendo?
Su voz es baja, un hilo de humo en la madrugada.
Yoko traga saliva, sintiendo el calor de sus piernas alrededor de ella, el olor del whisky en su aliento mezclado con su perfume.
Podría echarse atrás.
Podría disculparse, levantarse y fingir que esto nunca sucedió.
Pero algo dentro de ella se niega.
Algo dentro de ella quiere más.
─No lo sé ─admite en un susurro.
Faye inclina la cabeza, su mirada recorriendo su rostro como si pudiera leerla. Como si pudiera ver cada pensamiento, cada duda, cada deseo oculto bajo su piel.
─Eres valiente. O ingenua.
Yoko abre los labios, pero antes de que pueda responder, Faye se inclina más.
Sus labios rozan su oído cuando murmura:
─De cualquier forma... serás mía esta noche.
El aliento de Yoko se corta.
No hay ternura en esas palabras.
No hay dulzura en la forma en que Faye las deja caer sobre su piel.
Es posesión.
Es dominio.
Yoko debería temblar. Debería sentirse aterrada de estar en manos de alguien como ella.
Pero lo único que siente es un calor ardiendo en su vientre, quemando cada duda, cada vacilación.
Faye se aleja apenas lo suficiente para mirarla a los ojos.
─Si te quedas aquí, no habrá marcha atrás.
Es una advertencia.
Es una promesa.
Yoko no responde con palabras.
Lentamente, con la respiración agitada, apoya las manos sobre los muslos de Faye, sintiendo la tela suave del pantalón bajo sus dedos.
Faye la observa, expectante.
Cuando Yoko no retrocede, cuando no huye, la sonrisa de Faye se ensancha, oscura y peligrosa.
─Bien.
Y luego, sin más advertencias, la toma del rostro y la besa.
El mundo se quiebra en el instante en que sus labios se encuentran.
Faye no besa con suavidad. No besa con paciencia.
Besa como si estuviera tomando algo que ya le pertenece.
Yoko siente el aire dejar sus pulmones, siente el cuerpo ceder ante la intensidad de Faye, siente la presión de sus manos en su piel como una marca indeleble.
Y por primera vez en mucho tiempo... no piensa en nada más.
Solo en Faye.
Solo en esta noche.
Yoko no sabe si es el beso, la forma en que Faye la sujeta o el peso de su propia decisión lo que la deja sin aliento.
Pero ahí está, atrapada entre las manos de Faye, sintiendo cada roce como un incendio bajo su piel.
El beso no tiene prisa, pero tampoco es gentil.
Es una prueba.
Es un dominio silencioso.
Faye muerde su labio inferior, jalándolo apenas antes de separarse.
─No te arrepientas después.
Yoko siente la presión en su mandíbula cuando Faye la sostiene. No con fuerza, pero con la suficiente seguridad para que entienda que está en sus manos.
Es un recordatorio.
Faye podría hacer lo que quisiera con ella.
Pero no lo hará.
Porque Faye no obliga.
Faye espera que Yoko cruce la última línea por voluntad propia.
Yoko lo sabe.
Y eso hace que su pecho se apriete con algo que no logra comprender del todo.
Sus dedos se aferran a los muslos de Faye, sus rodillas aún clavadas en la alfombra.
─No me arrepentiré.
Faye ladea la cabeza, como si estuviera buscando alguna mentira en sus palabras.
Entonces, con una lentitud cruel, desliza los dedos por su mejilla, bajando por su cuello hasta encontrar su clavícula.
La yema de sus dedos roza la piel desnuda con el mismo cuidado con el que alguien tocaría algo delicado.
Pero no hay dulzura en su mirada.
─Deberías hacerlo.
Yoko se estremece.
Faye le suelta el rostro y, con un simple gesto de su mano, señala la cama.
─Levántate.
Su tono es un comando.
Yoko obedece.
Sus piernas están temblorosas cuando se pone de pie, sintiendo la mirada de Faye recorrerla como un peso físico.
Faye se inclina hacia atrás, apoyando las manos en el colchón.
─Quítate la bata.
Yoko siente un escalofrío recorrer su espalda.
No es miedo.
Es el poder que Faye tiene sobre ella.
Un poder que ha cedido voluntariamente.
Sus dedos buscan el lazo de la bata, pero no lo desata de inmediato.
Sus ojos buscan los de Faye, como si esperara una última confirmación.
Pero Faye solo la observa, paciente, con una ceja levemente arqueada.
No hay prisa en su expresión.
Pero tampoco hay dudas.
Yoko lo entiende.
Faye le está dando la oportunidad de arrepentirse.
De dar un paso atrás.
De huir.
Pero Yoko no huye.
Desata el lazo.
Deja que la tela resbale por sus hombros, deslizándose lentamente hasta caer al suelo.
Está desnuda debajo.
La habitación parece más fría ahora, pero no es por la temperatura.
Es por la forma en que Faye la mira.
Su expresión no cambia demasiado.
Pero sus ojos…
Sus ojos la devoran.
El silencio entre ellas es denso, cargado.
Yoko no se cubre.
Faye exhala lentamente.
Luego se inclina hacia adelante y murmura:
─Ven aquí.
Yoko obedece.
No porque tenga que hacerlo.
Sino porque quiere.
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