20
El sol entra por la ventana de la habitación, su luz suave tocando la piel de Yoko, despertándola lentamente. Su cuerpo aún siente el peso de la noche pasada, pero de una manera diferente, una mezcla extraña de satisfacción y vulnerabilidad. Abre los ojos y mira a su alrededor, dándose cuenta de que Faye ya no está a su lado. La cama está fría a su lado, pero el rastro de su presencia sigue ahí: la fragancia de su perfume en las sábanas, la sensación de su calor en el aire.
Yoko se queda un momento mirando al techo, recordando la intensidad de la noche. No solo lo físico, sino todo lo que sucedió, la forma en que Faye la tocó, la mirada en sus ojos, la seguridad con la que tomó el control. Su pecho late con una mezcla de emociones, pero hay algo que la inquieta más que el resto: la ausencia de Faye.
Se sienta en la cama, la luz de la mañana iluminando su rostro mientras respira profundamente. No sabe si está esperando que Faye regrese, o si debería dejar que las cosas sigan su curso. Pero lo que sí sabe es que algo ha cambiado en ella. Y en Faye también, aunque no esté completamente segura de cómo o de qué forma.
Se levanta lentamente, cubriéndose con una sábana mientras da unos pasos hacia el baño. Necesita aclarar su mente, darse un momento para procesar lo que acaba de suceder. En el espejo, su rostro parece más sereno que antes. Ha dejado de ser la chica tímida y sensible que temía ser incapaz de manejar sus sentimientos. Ahora, se siente diferente, más fuerte. Más decidida.
Cuando regresa al cuarto, Faye aún no ha aparecido. Pero un mensaje en su teléfono la hace detenerse. Es de Faye. La lectura le deja una sensación de incertidumbre.
"Nos vemos en la cena. No te apresures."
Es todo lo que dice. Es breve. Práctico. Como siempre. Yoko se pregunta si Faye ha sentido lo mismo que ella anoche. Si acaso algo en ella ha cambiado también. Pero sabe que Faye no es una persona que comparte fácilmente sus sentimientos, si es que los tiene.
Decide que no tiene sentido quedarse preguntándose más. A medida que avanza el día, Yoko se concentra en mantener la calma. Ha dado un paso importante anoche, y ahora debe ver hacia adelante. No solo porque lo necesite, sino porque ya no puede volver a la versión de sí misma que era antes. Algo dentro de ella ha cambiado, y tal vez, lo que suceda a partir de ahora dependa de lo que ella decida hacer.
Por la noche, se encuentra con Faye en el comedor de la mansión. Faye la observa al llegar, un brillo algo diferente en su mirada. No es el mismo dominio distante de antes, ni la indiferencia de hace semanas. Hay algo más, algo que ni ella misma sabe cómo interpretar.
─¿Cómo te sientes? ─pregunta Faye, rompiendo el silencio entre ellas.
Yoko se siente nerviosa, aunque no debería. No es como si Faye estuviera esperando una respuesta perfecta. Pero aún así, la pregunta la pone a prueba. ¿Qué responder? ¿La verdad? ¿Lo que realmente siente?
─Bien… ─comienza a decir, con la voz más suave de lo que hubiera querido. Pero se recompone. ─Creo que lo necesito. Lo que pasó, me ayudó a entender muchas cosas sobre mí misma.
Faye la observa en silencio por un momento, su mirada enigmática. Yoko puede sentir cómo la tensión entre ellas no se disipa, pero no hay frialdad. Solo una expectación silenciosa, como si Faye estuviera esperando algo más de ella, algo más que palabras.
─Yoko… ─Faye la llama, y cuando Yoko la mira, nota que hay algo diferente en su tono. Es más suave, más cercano que antes. ─No te preocupes por el pasado. Estamos en el presente. Y no te voy a forzar a nada que no quieras hacer.
Yoko respira profundo, aliviada de escuchar esas palabras. Son sencillas, pero cargadas de significado. Tal vez Faye no lo diga con muchas palabras, pero sus actos hablan más que cualquier frase.
─No quiero que me fuerces ─responde Yoko, y por primera vez, sus palabras son firmes. ─Pero tampoco quiero quedarme atrás. No puedo… no quiero esconderme más de lo que siento.
Faye asiente lentamente, su expresión más suave ahora. Y aunque sus palabras siguen siendo mínimas, la forma en que se comunica con Yoko ha cambiado. Hay un entendimiento tácito entre ellas, un acuerdo de seguir adelante sin prisas, sin expectativas, solo explorando lo que viene a medida que avanzan.
La cena transcurre en silencio, pero no es un silencio incómodo. Al contrario, es un silencio que parece llenarse de promesas no dichas. Hay algo entre ellas que ambas saben, algo que ha comenzado a florecer en medio de la confusión y el deseo.
Al final de la noche, cuando las luces de la mansión se apagan y la calma envuelve el hogar, Yoko se queda pensando en todo lo que ha vivido, en todo lo que está por venir. Puede que no tenga todas las respuestas, pero ahora, por primera vez, siente que tiene el control de su propia vida. Y tal vez, de la relación con Faye también.
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