23
Faye observa a Yoko desde la distancia. No es la primera vez que lo hace, pero hoy hay algo diferente en la manera en que la joven omega se mueve, en cómo sus manos tiemblan ligeramente cuando sostiene la taza de té que ni siquiera ha probado. Faye no es alguien que se preocupe fácilmente por los demás, pero hay algo en Yoko que la hace detenerse, que la hace querer comprenderla a su manera.
Sin un sonido, se acerca y se sienta frente a ella. Yoko levanta la mirada con un pequeño sobresalto, como si no la hubiera sentido acercarse.
─No has dicho ni una palabra en todo el día ─murmura Faye, entrelazando los dedos sobre la mesa.
Yoko baja la mirada a su taza, dudando por un momento. Faye es una presencia imponente, su voz siempre firme, como si nada en el mundo pudiera perturbarla. Pero Yoko empieza a ver algo más en ella, algo más allá de la imagen de una alfa poderosa e inalcanzable.
─He estado pensando ─admite Yoko en voz baja, deslizando sus dedos por el borde de la taza─. En mi madre, en todo esto... en por qué estoy aquí.
Faye no dice nada de inmediato. Solo la observa, paciente.
Yoko respira hondo. No sabe por qué siente que puede hablar con ella, pero lo hace.
─No tomé esta decisión porque quise ─susurra─. Lo hice porque no tenía otra opción. Mi madre está enferma... muy enferma. Sus medicamentos son caros, los tratamientos aún más. La deuda que tenía nos estaba ahogando y no había manera de pagarla. Yo... no soy nadie, Faye. No tenía forma de salir de esto por mi cuenta.
Sus palabras quedan suspendidas en el aire. Por un momento, Faye no reacciona, y eso hace que el corazón de Yoko se acelere. Quizás no debería haber hablado. Tal vez a Faye ni siquiera le interesa.
Pero entonces la alfa toma aire y recarga su espalda contra el respaldo de la silla.
─Así que te vendiste para salvarla ─dice, sin rastro de juicio en su voz, solo constatando los hechos.
Yoko asiente lentamente.
Faye la mira con esa intensidad con la que siempre la observa, pero esta vez no es fría ni distante. Hay algo en su mirada, algo calculador, pero también curioso.
─No eres nadie, dices ─repite Faye─. Pero hiciste algo que muchas personas no harían.
Yoko la observa, sin comprender del todo qué significa eso.
─Si no hubiera sido yo quien te comprara, ¿qué habrías hecho?
Yoko siente un escalofrío recorrer su espalda. No quiere pensar en eso. No quiere imaginar en qué manos podría haber terminado.
─No lo sé ─susurra.
Faye deja escapar un suspiro y se pasa una mano por el cabello.
─Tienes suerte, Yoko. Mucha suerte.
Yoko aprieta los labios. No sabe si llamarlo suerte. No cuando cada día se siente como si estuviera atrapada en una jaula de oro.
Pero hay algo en la manera en que Faye la mira, algo que la hace sentir... vista. Como si, por primera vez, alguien realmente la estuviera tratando como una persona y no solo como una posesión.
Faye no es alguien fácil de entender, pero Yoko empieza a darse cuenta de que, aunque no lo diga, la está escuchando. Y eso, por ahora, es suficiente.
El silencio entre ellas se prolonga. No es incómodo, pero es pesado, cargado de algo que ninguna de las dos intenta nombrar. Faye observa a Yoko con esa mirada analítica que siempre lleva, como si estuviera desarmándola pieza por pieza. Yoko, por su parte, se siente vulnerable, pero no porque tenga miedo de Faye, sino porque siente que, de alguna manera, está siendo comprendida.
─Dijiste que no eres nadie ─rompe el silencio Faye, su voz firme pero sin dureza─. Pero no cualquiera toma una decisión como la tuya.
Yoko baja la mirada, sintiendo un nudo en el pecho. ¿Es eso un intento de consuelo? No sabe si Faye es alguien que consuela, pero hay algo en su tono que la hace sentir menos... rota.
─No tenía otra opción ─repite, casi como una confesión.
Faye apoya un codo sobre la mesa y descansa su mentón en la palma de su mano, evaluándola.
─¿Y ahora qué? ─pregunta.
Yoko parpadea, confundida.
─¿Cómo que ahora qué...?
─Tienes dinero para tu madre. No tienes deudas. No hay nada que te obligue a quedarte aquí, conmigo.
Las palabras de Faye son un golpe inesperado. Yoko la mira con sorpresa, sintiendo cómo su pecho se aprieta.
─¿Quieres que me vaya? ─su voz suena más pequeña de lo que quisiera.
Faye no responde de inmediato. Desvía la mirada un segundo, como si estuviera considerando algo que no está lista para admitir. Luego, la devuelve a Yoko, y su expresión es inescrutable.
─No he dicho eso.
Yoko no sabe qué pensar. No sabe qué siente en realidad ante la posibilidad de irse. Al principio, todo en ella gritaba que quería libertad, que quería volver a ser dueña de sí misma. Pero ahora... ahora se da cuenta de que no es tan simple.
Aquí, con Faye, ha encontrado algo extraño y desconocido. Una seguridad distinta a la que imaginó. Faye es fría y distante, pero también le ha dado algo que nadie más le ha dado: tiempo. Escucha cuando habla, no la trata como si fuera frágil, y aunque su toque es exigente, nunca ha cruzado un límite que Yoko no pueda soportar.
─No lo sé... ─susurra.
Faye se inclina un poco hacia ella, su presencia tan intensa como siempre.
─Piensa en ello. No me gusta tener cosas que no saben lo que quieren.
Yoko siente un escalofrío recorrerle la espalda, no por miedo, sino porque las palabras de Faye suenan peligrosamente como un reto. Y tal vez, por primera vez en su vida, quiere aceptar uno.
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