32
Yoko despierta antes de que la luz del amanecer toque las cortinas. La habitación permanece en penumbras, con el aire tibio aún impregnado del aroma de Faye. Su respiración es suave, acompasada. Por primera vez, Faye no se ha marchado durante la noche.
Sigue ahí.
Yoko gira con cautela, temiendo que cualquier movimiento brusco pueda romper el delicado equilibrio que las mantiene juntas. Faye duerme a su lado, con su rostro relajado, despojado de la rigidez que suele acompañarla. La alfa parece menos imponente así, con su cabello oscuro enredado sobre la almohada y una mano descansando cerca de Yoko, como si incluso en sueños no quisiera dejarla ir.
Es extraño. Yoko no recuerda la última vez que compartió una cama con alguien sin sentir una sombra de incomodidad. Pero aquí, con Faye, no hay espacio para el temor. Solo queda el calor persistente de la noche anterior, el eco de los besos y las caricias que aún residen en su piel.
Yoko desliza la mirada por las facciones de Faye. Es hermosa. Siempre lo ha sido. Pero ahora, en la quietud de la madrugada, esa belleza parece menos inalcanzable. Menos fría.
Con la yema de los dedos, Yoko recorre con delicadeza la línea de su mandíbula. Faye no se inmuta, aunque un leve suspiro escapa de sus labios. El pecho de Yoko se aprieta.
¿Por qué le duele tanto sentir este afecto?
Anoche, Faye la besó como si no existiera nada más. La sostuvo con una ternura que contradice todo lo que Yoko creía saber de ella. Y aún así, una parte de Yoko no puede evitar dudar.
"Esto no significa nada", se repite. Pero sus propios pensamientos suenan vacíos.
Faye se remueve ligeramente, sus párpados temblando antes de abrirse lentamente. Sus ojos oscuros encuentran los de Yoko con una calma que la desarma.
─¿Llevas mucho despierta? ─murmura, su voz ronca por el sueño.
─No mucho ─susurra Yoko.
Faye observa su rostro por un instante, como si quisiera descifrar cada pensamiento oculto. Luego, sin decir más, desliza una mano hasta la mejilla de Yoko, acariciándola con una suavidad inusual.
─¿Estás bien?
La pregunta es simple, pero Yoko siente cómo algo dentro de ella se quiebra. Asiente sin pronunciar palabra, temiendo que su voz traicione el nudo en su garganta.
Faye parece notarlo. Sus dedos recorren el borde de su mandíbula, delineando su piel con una devoción silenciosa.
─No tienes que fingir conmigo ─susurra.
Yoko parpadea, sorprendida por la sinceridad en esas palabras. La alfa no presiona, no exige. Solo espera.
─Es solo… ─Yoko vacila, mordiendo su labio inferior─. No estoy acostumbrada a esto.
Faye ladea la cabeza, sus ojos nunca abandonando los de ella.
─¿A qué?
─A que alguien se quede.
Las palabras flotan en el aire, frágiles y dolorosas. Pero Faye no se aparta. En lugar de eso, su pulgar acaricia con más firmeza la mejilla de Yoko, como si quisiera asegurarle que está ahí.
─No voy a irme ─murmura Faye.
Yoko siente el peso de esa promesa. Es demasiado. Demasiado tentador. Pero en lugar de rechazarla, se permite creer, aunque sea solo por un momento.
Con un leve temblor, Yoko se acerca, escondiendo su rostro en la curva del cuello de Faye. La alfa la recibe sin dudar, envolviéndola en un abrazo que destierra cualquier rastro de frío.
No hay más palabras. Solo el sonido acompasado de sus respiraciones y el latido compartido de dos corazones que, aunque heridos, laten con renovada esperanza.
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