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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

33

bbyblu

El sol se cuela entre las cortinas, trazando líneas doradas sobre la colcha. La luz baña los cuerpos aún entrelazados, como si quisiera darles permiso para quedarse un poco más.

Yoko no ha dormido del todo. Sus ojos se han cerrado a ratos, pero su cuerpo ha permanecido consciente, envuelto por el calor de Faye. No recuerda cuándo fue la última vez que se sintió así de... segura.

Ella sigue ahí. Respira cerca. La sostiene.

Faye no dice nada, ni hace preguntas. Solo mantiene el brazo sobre la cintura de Yoko, con la mano extendida sobre su vientre como si marcara territorio, como si en ese espacio pudiera guardarla lejos del mundo.

Yoko no se mueve. Solo escucha.

El corazón de Faye late con calma. No como la primera vez que la tocó, ni como en aquellas noches que no se quedaba. Ahora hay algo diferente. Un ritmo pausado, íntimo, sin pretensiones. Yoko no sabe si es amor, si es deseo tranquilo, o si es una tregua que ambas han decidido ofrecerse sin palabras.

Faye es la primera en romper el silencio, pero no con una frase. Solo desliza sus labios por la sien de Yoko, en un roce que no pide nada a cambio.

Yoko cierra los ojos, conteniendo el aliento. Hay tanta ternura en ese gesto que duele.

─¿Te sientes bien? ─pregunta Faye, su voz tan suave que parece fundirse con el murmullo del viento detrás de las ventanas.

Yoko asiente lentamente. No necesita más que eso. No ahora.

─¿Quieres quedarte aquí hoy? ─Faye vuelve a preguntar, y por un segundo, parece estar ofreciéndole más que una habitación. Más que una pausa.

─Sí ─responde Yoko, su voz apenas audible.

Faye asiente también, como si ese "sí" fuese suficiente para silenciar todo lo demás.

El desayuno no llega hasta mucho después. Se quedan en la cama, sin tocarse más que con la mirada. No hay urgencia en sus cuerpos, no hay deseo impaciente ni palabras innecesarias. Solo una conexión que se ha vuelto más densa, más real.

Yoko observa a Faye mientras ella hojea distraídamente un libro que no parece estar leyendo. La alfa no es suave con nadie. No fue suave al comprarla. No fue suave al principio. Pero ahora... ahora la mira como si Yoko fuese lo único que tiene sentido.

─Faye ─la llama, casi con miedo.

La alfa levanta la vista.

─Gracias... por quedarte.

Faye no responde de inmediato. Cierra el libro con lentitud, lo deja sobre la mesita y se inclina hacia ella.

─No tienes que agradecerme por algo que también necesito.

Yoko sonríe, por primera vez sin temor. Se acurruca un poco más cerca. Tal vez el mundo afuera siga siendo el mismo, pero aquí dentro, entre sábanas y silencios, algo comienza a florecer.

Una calma compartida.

Un cariño que no exige.

Una promesa sin nombre.

Faye no se mueve cuando Yoko se acurruca más cerca. Solo la envuelve mejor con el brazo, como si sus cuerpos fueran piezas que han estado hechas para encajar desde siempre, pero apenas ahora se han atrevido a intentarlo.

El silencio sigue, pero ha cambiado de textura. Ya no es incómodo. Ahora es un lugar seguro.

Yoko siente el ritmo de la respiración de Faye contra su espalda, pausado, sereno. Como si la alfa estuviera, por fin, bajando todas sus barreras. Como si en su propio silencio también le hablara.

“¿Esto está bien?” quiere preguntar Yoko, pero no lo hace. No quiere romper ese instante con palabras que no necesita. Porque sí, está bien. Porque por primera vez desde que fue vendida, su cuerpo no tiembla. No por miedo. No por nervios. Tiembla por algo más… por la ternura contenida que Faye le ha mostrado sin decirlo.

Faye le acaricia el brazo con la yema de los dedos. Despacio. Como si no tuviera prisa en aprenderse cada rincón de ella. Es un gesto que no busca provocar, que no desea respuesta. Solo quiere estar ahí. Solo quiere… quedarse.

─Tu piel es suave ─murmura de pronto Faye, apenas audible. No la mira. Solo lo dice, como un pensamiento que se le escapa.

Yoko sonríe, con un calor dulce en el pecho. ─La tuya también… cuando no estás enfadada ─bromea con timidez.

Faye suelta una risa baja, seca pero sincera. Yoko se sorprende. Es la primera vez que la escucha reír sin burla o cinismo. Solo… reír.

─No suelo dejar que nadie me vea así ─admite Faye─. Me cuesta.

─A mí también me cuesta confiar ─responde Yoko─, pero contigo… no sé por qué no duele tanto.

Faye la mira entonces. Esa mirada suya, afilada y fría, se torna más suave, más humana. Le acaricia el rostro, el pulgar pasando por la mejilla de Yoko con torpeza, como si no supiera muy bien cómo ser tierna, pero estuviera aprendiendo con ella.

─No me gustas solo porque seas bonita o frágil ─dice Faye de golpe─. Me gustas porque, aún rota, no dejas de mirar con esperanza.

Yoko parpadea, sorprendida. Su pecho se llena de algo que no sabe nombrar. ¿Orgullo? ¿Tristeza? ¿Amor?

─Yo… solo quería salvar a mi mamá ─susurra─. No pensé que alguien se fijaría en mí como tú lo haces.

─Yo tampoco pensé que podría sentir algo así por alguien ─confiesa Faye.

Ambas se miran. No hay una declaración grandilocuente. No hay una promesa eterna. Pero el roce de sus frentes al acercarse, los labios que se encuentran en un beso lento y cuidadoso, lo dicen todo.

No están solas.

Y aunque el mundo allá afuera aún sea cruel, aquí dentro, en ese cuarto silencioso, entre sábanas tibias y caricias tímidas, hay un lugar donde se están encontrando.

Donde se están quedando.

Donde tal vez, solo tal vez, puedan comenzar a sanar.

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