34
Faye se despierta antes que Yoko.
La habitación está envuelta en esa luz tenue de la mañana que aún no se decide entre quedarse o irse. Todo está en calma. Pero no en esa calma artificial a la que Faye está acostumbrada, esa que compraba con silencio y distancia. No. Esta calma es distinta. Es tibia. Es real.
Yoko duerme enredada en las sábanas, con la frente apoyada contra la almohada donde Faye había estado toda la noche. Su respiración es tranquila, y su rostro, por primera vez, no lleva ese rastro de cansancio o miedo que tantas veces Faye notó. Hay algo más. Una paz frágil, como de cristal, que Faye no quiere romper.
Pero entonces, sin pensarlo, le acaricia el cabello. Muy despacio. Muy suave.
¿Qué estoy haciendo? se pregunta. No porque no lo quiera. Lo quiere. Pero porque le asusta cuánto lo quiere.
Yoko murmura algo entre sueños. Un sonido apenas audible, un suspiro cálido que se escapa entre sus labios.
─Faye… ─susurra, sin despertar.
El corazón de Faye se detiene un segundo.
No “señora”. No “dueña”. No “alfa”. Solo… Faye.
Y es la primera vez que escuchar su propio nombre le provoca un nudo en la garganta.
Se sienta al borde de la cama, de espaldas a ella. Se pasa las manos por la cara, intentando respirar. ¿Qué es esta sensación? ¿Por qué duele tanto y al mismo tiempo se siente bien?
Está tan acostumbrada a mantener el control. A que todo tenga una razón. Una lógica. Un precio.
Pero Yoko no le ha pedido nada. Solo ha estado ahí. Dándole trocitos de sí misma. Con confianza. Con miedo. Con dulzura.
Faye se pone de pie. Va hacia la ventana. La ciudad empieza a despertar, indiferente al pequeño mundo que se ha formado entre esas cuatro paredes. Apoya la frente contra el vidrio frío y cierra los ojos.
Esto no era el plan. Yo no quería esto.
Y sin embargo…
Una pequeña sonrisa, casi invisible, se asoma en sus labios.
Yoko se mueve en la cama. Faye gira apenas el rostro para verla. Ella la busca con la mano, aún dormida, como si su cuerpo supiera que Faye ya no está a su lado. La mano cae sobre el colchón vacío, y Yoko frunce ligeramente el ceño, murmurando algo en voz baja.
Faye vuelve a la cama en silencio.
Se recuesta. Toma esa mano perdida y la lleva hacia su pecho.
─Estoy aquí ─susurra.
Yoko, sin abrir los ojos, se acurruca de nuevo contra ella.
Y así se quedan. Sin necesidad de palabras. Solo respirando juntas. En ese espacio tan nuevo, tan desconocido… pero que ambas comienzan, de a poco, a llamar hogar.
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