36
Faye no suele salir a pasear sin motivo. Todo en su vida está diseñado para ser eficiente, medido, útil. Pero ese día, al verla tan pequeña en la silla de la cocina, con el vapor del café dibujando nubes suaves en el aire, algo en ella le dice que Yoko necesita más que cuatro paredes blancas.
─Ponte algo cómodo ─dice de pronto─. Quiero llevarte a un lugar.
Yoko parpadea. Levanta la mirada, sorprendida.
─¿Un lugar?
Faye solo asiente y se aleja para prepararse. No da más detalles. Tampoco se disculpa por no explicarlo.
Yoko obedece en silencio, eligiendo un vestido sencillo, su cabello atado con una pinza que ya empieza a quebrarse. No pregunta más. Solo se deja llevar.
♡
El auto avanza por las calles tranquilas de la ciudad. No van al centro ni a algún restaurante elegante. Faye conduce en silencio, concentrada, como siempre, pero su mandíbula está menos tensa. Como si llevarla allí fuera un acto que no necesita explicación.
─¿Te gustan las plantas? ─pregunta de repente.
Yoko la mira de reojo. Tarda en responder, pero su voz es suave cuando lo hace.
─Sí. De pequeña cuidaba un rosal que plantó mi madre. Solo florecía una vez al año, pero… era suficiente para hacerla feliz.
Faye asiente. No dice nada más.
♡
Llegan al borde de la ciudad, donde el concreto empieza a ceder paso a la tierra. El auto se detiene frente a un invernadero amplio, de estructura antigua, con cristales empañados por la humedad y luz cálida filtrándose desde dentro. No hay nadie más.
─Es mío ─murmura Faye, apagando el motor─. Lo heredé de mi abuela. Nunca lo cerré, aunque no vengo seguido.
Yoko observa el lugar como si estuviera frente a un secreto. Al entrar, el aire húmedo la envuelve de inmediato. El aroma a tierra mojada, a flores abiertas, a vida… le golpea el pecho.
Hay orquídeas, lavandas, helechos colgantes. Girasoles que se inclinan tímidos hacia los ventanales empañados. Yoko camina entre las hileras sin saber si puede tocar, pero sus dedos se deslizan cerca de los pétalos, como queriendo memorizar cada forma.
Faye se queda detrás, observándola. Por primera vez la ve sin tensión, sin miedo. Solo envuelta en colores y verdes suaves. Le parece hermosa.
─Puedes tocar lo que quieras ─dice al fin.
Yoko se gira. Asiente.
─¿Por qué me trajiste aquí?
Faye camina hacia ella. Se detiene a su lado, sin mirar las flores, solo a ella.
─Porque estás empezando a florecer.
Yoko no responde. La frase la desarma. Siente un nudo tibio en la garganta, uno que no aprieta… pero emociona.
Caminan juntas entre las plantas. Yoko le pregunta por algunas flores, Faye responde como si hubiera estado estudiando el lugar en secreto. Se ríen una vez. Solo una, pero es real.
Cuando salen, el sol empieza a esconderse.
Yoko lleva entre las manos una maceta pequeña. Una suculenta.
─Para que cuides algo tuyo ─dice Faye, sin mirarla─. No todo lo que tienes debe ser prestado.
Yoko la abraza. No sabe de dónde le nace. No hay palabras antes, ni promesas después. Solo lo hace. Se aprieta a ella como si fuera su casa.
Y Faye, en lugar de tensarse o huir, levanta una mano temblorosa y le acaricia el cabello.
No necesitan más.
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