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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

37

bbyblu

La maceta con la suculenta reposa en la repisa de la habitación. Yoko la riega con esmero, como si de verdad pudiera crecer algo fuerte en ella.

Faye no ha estado tan presente estos días. O tal vez sí, pero hay una distancia que Yoko no sabe cómo explicar. No es frialdad… es algo más silencioso. Como una barrera que volvió a levantarse después de haber sido derribada una tarde entre plantas.

─¿Pasa algo? ─pregunta Yoko una noche, mientras Faye revisa papeles en el escritorio de su habitación.

Faye no levanta la mirada.

─No. Todo está bien.

Yoko sabe que no lo está. Hay una forma especial en la que Faye miente: breve, cortante, como si creyera que su silencio fuese más útil que la verdad.

─¿Tú… te arrepientes de haberme comprado?

Faye detiene el movimiento de sus dedos. Por un segundo, el silencio se vuelve espeso.

─¿Por qué preguntas eso?

─Porque has estado distante ─responde Yoko, bajando la mirada─. Y si... si esto fue solo un capricho, puedes decirlo.

Faye se levanta, camina hasta ella. No con furia, sino con ese andar firme que siempre la acompaña.

─No fue un capricho.

─Entonces dime la verdad.

Faye suspira, y en su rostro se asoma algo nuevo: incomodidad.

─Mi madre viene mañana ─dice al fin─. No sabe nada de ti. Ni de esto.

Yoko parpadea.

─¿Viene… aquí?

─Sí.

Yoko se queda en silencio. No sabe qué decir. Una parte de ella quiere alegrarse. Otra, se siente invisible. ¿Oculta?

─¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Esconderme?

Faye no responde.

Y ese silencio, por primera vez, duele más que cualquier palabra.

─Ya veo ─murmura Yoko, levantándose─. Entonces soy algo que todavía no puedes mostrar.

─Yoko…

─No te preocupes. Sé lo que soy en esta casa.

Camina hacia la puerta sin esperar una respuesta. Y por primera vez, Faye no la detiene.

Camina por el pasillo con las manos temblorosas. No lleva abrigo, ni bolso, ni siquiera mucho dinero. Solo sus llaves y teléfono. El aire de la noche la recibe como una bofetada, helado y despiadado, pero no se detiene.

Yoko no sabe a dónde va. Solo sabe que no puede quedarse.

El eco de sus pasos retumba en la acera, acompasado con el caos en su pecho. No llora, pero la presión detrás de sus ojos le arde. Es una presión que conoce bien: la de tragarse las palabras, la de intentar no ser una carga, la de no pedir más de lo que se le ha dado.

Ella aceptó esto. Esa fue su decisión. Sabía que no era amor, ni promesas, ni futuro. Era un contrato, un techo, un cuerpo a cambio de otro. Pero… ¿cuándo empezó a doler no ser vista?

“Soy algo que todavía no puedes mostrar”.

Sus propias palabras la persiguen, rebotando en su mente como ecos molestos. Tal vez no debería haberlo dicho. Tal vez se está comportando como una niña. Pero ¿acaso no tiene derecho a sentir?

Se detiene frente a una estación de metro cerrada. A lo lejos, un café permanece abierto, cálido detrás del cristal. Cruza la calle sin pensar demasiado, empujada por la necesidad de estar en un lugar que no la haga sentir pequeña.

Pide un té. Se sienta en la esquina más apartada del local. Mira su reflejo en la ventana empañada.

Faye Malisorn es una mujer que impone. Que protege, controla, ordena. Yoko no puede competir con eso. Ella solo… quiere ser suficiente. No perfecta. No deseada solo por su cuerpo. Solo suficiente.

De pronto, una punzada le recorre el pecho. No de enfermedad, sino de tristeza. Porque a pesar de todo, quiere volver. A pesar de todo, quiere que Faye la busque.

Pero no lo hará.

Yoko baja la cabeza, abrazándose a sí misma mientras el vapor del té le calienta los labios. No sabe si está haciendo lo correcto. Solo sabe que esta vez… no podía quedarse.

La casa está en silencio.

Demasiado.

Faye cierra el cajón con más fuerza de la necesaria. El sonido seco resuena en la cocina. Mira a su alrededor, frunce el ceño. El reloj marca las once con diecisiete. Demasiado tarde para que Yoko no haya salido de la habitación… o no le haya escrito.

Camina hacia el pasillo. La puerta está entreabierta.

Golpea una vez, por cortesía. No recibe respuesta.

Empuja con suavidad.

Nada.

No hay nadie en la cama. Las cobijas están estiradas, intactas. El abrigo de Yoko cuelga en el respaldo de la silla, pero sus llaves no están. Tampoco su teléfono.

Faye se queda de pie en medio de la habitación. Un zumbido empieza a instalarse en su cabeza, detrás de los oídos. Algo incómodo, desagradable. No es enojo. No exactamente.

─¿Dónde estás…?

Busca en la cocina. Revisa el baño. El patio. Nada. La casa entera parece más grande sin ella. Más vacía.

Entonces, algo le aprieta el pecho. Es nuevo. Inesperado. Se lleva una mano al corazón por instinto, pero no hay dolor físico. Es otra cosa. Una punzada detrás de la costilla, una presión que crece al imaginarla sola. Fuera. De noche.

Su pulso se acelera sin permiso.

"¿Y si le pasó algo? ¿Y si fue por lo que dije? ¿Por no decir nada?"

Faye Malisorn no es de las que sienten miedo. Pero esta sensación—este nudo irracional en la garganta—no tiene otro nombre. Porque no es rabia lo que arde en su interior. Es el miedo de perderla sin haber hecho nada para evitarlo.

Y sin saber siquiera si puede pedirle que vuelva.

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