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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

38

bbyblu

La lluvia comienza sin aviso.

Primero, unas gotas sueltas. Luego, un murmullo sobre los tejados. En cuestión de minutos, el cielo se deshace. Y Faye acelera el paso.

Su abrigo está empapado, el cabello pegado al rostro, los pantalones fríos y pesados contra sus piernas. Pero no se detiene. No puede. Ya ha buscado en los cafés cercanos, en la parada de buses, en las calles del vecindario. Yoko no está en ninguno de esos lugares.

Su respiración es agitada, pero no por el esfuerzo. Es otra vez ese miedo absurdo que le crece por dentro, esa ansiedad que nunca había conocido con ningún socio, con ninguna inversión, con nadie.

Entonces la ve.

Sentada en una banca bajo una marquesina rota, a dos cuadras de la casa. No se cubre. El agua le cae sobre el cabello, empapando su vestido claro, pegándolo a su piel. Está encorvada, abrazándose a sí misma, con la cabeza agachada como si el mundo pesara demasiado.

Faye se detiene. Su corazón golpea con fuerza.

─Yoko ─murmura, y la voz le sale más temblorosa de lo que esperaba.

Yoko alza la mirada. Sus ojos, grandes y húmedos, la miran sorprendida… y dolida.

Faye da un paso. Luego otro. Ya no piensa. No razona. Solo quiere tenerla cerca. Entenderla. Sentir que está a salvo.

Cuando llega hasta ella, no dice nada. Se arrodilla frente a su cuerpo empapado, sus manos tocan las mejillas frías de la omega con una delicadeza casi reverente.

─No vuelvas a hacer esto ─susurra─. No así. No sin decirme.

Yoko parpadea. Sus labios tiemblan. Pero no se aleja. No esta vez.

Faye se inclina más cerca. El agua corre por sus rostros. El sonido de la lluvia lo envuelve todo. Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, la besa.

Es un beso torpe. Apresurado. Empapado.

Pero cuando los labios de Yoko responden, cuando sus manos suben con timidez a sujetarse del abrigo de Faye, el mundo se reduce a ese instante.

La lluvia sigue cayendo. El frío se olvida. El miedo se disuelve.

Y por primera vez, Faye Malisorn se permite sentir que algo —alguien— importa más que su propio control.

Faye no dice nada cuando sus labios se separan. Solo se queda allí, pegada a Yoko, con el corazón palpitándole en la garganta y la lluvia resbalando por su piel como si la estuviera despertando.
Yoko se estremece, más por el frío que por otra cosa. Faye lo nota al instante.

─Vamos a casa ─dice suavemente, tomando su mano─. Te vas a enfermar si sigues así.

Yoko asiente apenas. Sus dedos tiemblan, pero no los suelta.

El silencio las acompaña hasta la entrada. Faye abre la puerta con rapidez, dejando que el calor del interior las reciba como un abrazo necesario. Le suelta el abrigo a Yoko con cuidado, como si tocara algo frágil. La lleva al baño sin preguntar nada, enciende la calefacción, saca toallas limpias, y luego se arrodilla frente a ella, otra vez.

─Levanta los brazos ─pide, y su voz sigue siendo baja, tranquila.

Yoko obedece. Su vestido cae al suelo con un susurro húmedo. Faye la cubre con una toalla enseguida, sin mirar más de lo necesario. Solo se enfoca en secarla, en frotar sus brazos, en enredarse entre mechones mojados que huelen a lluvia.

─¿Por qué te fuiste? ─pregunta finalmente. No es un reproche. Es un susurro herido.

Yoko baja la cabeza. Aprieta los labios, como si contuviera todo lo que no ha dicho. Hasta que al fin lo suelta, en un hilo de voz:

─Sentí que ya no podía respirar aquí. Que era… demasiado para mí.

Faye la observa. Hay un nudo en su estómago, uno que no logra deshacer.

─¿Yo te hice sentir eso?

Yoko niega con la cabeza, rápido.

─No… tú no. Es todo. Es este lugar, esta historia… yo misma. No sé cómo encajar. A veces me parece que estoy haciendo todo mal y… solo quería correr. Aunque fuera por una tarde.

Faye suspira y baja la mirada. No está acostumbrada a lidiar con sentimientos así, tan desnudos, tan honestos. Pero con Yoko, quiere aprender.

─No vuelvas a huir sin avisarme, Lertprasert. ─Su voz es firme, pero no dura─. No me dejes así otra vez.

Yoko la mira. Sus ojos se humedecen, pero no llora. Se acerca un poco más, y por impulso, apoya la frente en el hombro de Faye.

─Está bien ─susurra─. Lo intentaré.

Faye la envuelve con ambos brazos. La aprieta contra sí, como si temiera que desaparezca otra vez.

Y en ese baño cálido, con las gotas de lluvia aún corriendo por la piel, ambas entienden que algo cambió para siempre.

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