39
La mansión Malisorn se inunda de luz suave a través de los ventanales altos. Es una de esas mañanas donde todo parece estar en su lugar, y sin embargo, hay algo en el aire… algo que se avecina.
Faye ya está despierta. De pie en su estudio, observa por la ventana los jardines cuidados al detalle, con una taza de café en la mano. Detrás de ella, en la habitación principal, Yoko aún duerme. La alfombra absorbe sus pasos cuando regresa para cubrirla un poco mejor. No la despierta. Sólo acomoda las sábanas, acaricia un mechón castaño con delicadeza… y sale.
El sonido del portón activándose no la sorprende. Tiene pocos visitantes que puedan entrar sin anunciarse. Pero cuando escucha los pasos decididos en el recibidor, sabe exactamente quién ha llegado.
─Faye ─dice una voz femenina, cálida y suave─. ¿No vas a saludar a tu madre?
Faye baja las escaleras con una expresión imperturbable.
─Kaew ─responde, sin mostrar sorpresa.
Su madre, Kaew Malisorn, espera en la entrada con su abrigo claro sobre los hombros, una bufanda delicada, y una elegancia discreta. A diferencia de la mujer que Faye solía recordar de su infancia, esta versión de Kaew carga los años con dulzura. Viuda desde hace casi una década, mantiene esa energía serena de las omegas que aprendieron a vivir solas, sin perder la calidez en los ojos.
─Hacía tiempo que no venía ─comenta ella, observando el amplio recibidor, los cuadros modernos, los techos altos.
─No es un lugar para visitas ─responde Faye.
─Y sin embargo, hay una en este momento… ¿no?
Faye no responde.
Kaew se adelanta unos pasos y justo en ese momento, se escucha el roce de pies descalzos contra el suelo. Desde el pasillo que lleva a la cocina, Yoko aparece. Lleva una bata blanca, suelta, apenas recogida en la cintura. El cabello aún húmedo le cae por los hombros. Sus ojos se agrandan al ver a la mujer desconocida. Y sus pies se detienen de golpe.
Kaew entrecierra los ojos.
Yoko baja la cabeza instintivamente.
Kaew la observa. El gesto tímido, la manera en que huele el ambiente con cautela, el silencio respetuoso. No necesita más para entender.
─¿Es… omega? ─pregunta en voz baja, sin juicio, sólo con genuino asombro.
Faye se adelanta y se cruza frente a su madre sin siquiera pensarlo.
─Su nombre es Yoko Lertprasert.
─¿Una omega viviendo aquí… contigo? ─pregunta Kaew, más suave aún, como si no quisiera perturbar el aire.
Yoko da un paso atrás. Faye lo nota y murmura:
─Todo está bien, quédate.
Kaew observa a su hija. La postura de Faye es protectora, firme. Su tono no deja espacio a réplica. Pero sus ojos… sus ojos contienen algo que Kaew no le había visto desde niña. Algo casi tierno.
─Entonces supongo que tendrás que servirme café para explicarme esto, ¿no?
Faye suspira. Apenas asiente.
Kaew le sonríe a Yoko con esa ternura que sólo una omega mayor puede ofrecer.
─No te asustes, querida ─dice, acercándose con calma─. No muerdo. Y por lo que veo… eres importante para mi hija. Y eso me intriga mucho.
Yoko, sin saber qué decir, sólo asiente con una pequeña inclinación de cabeza. Su corazón late rápido. No por miedo… sino por lo extraño que es sentirse vista. Y, de algún modo, aceptada.
Faye las observa a ambas. Y por primera vez, el silencio en su mansión no se siente tan pesado.
♡
La cocina está silenciosa, bañada por la luz de la mañana. La tetera silba suavemente mientras Kaew se sienta frente a la isla de mármol, observando cómo Faye sirve el café sin decir palabra. Yoko se ha retirado a su habitación, a pedido de Faye, que prometió llamarla más tarde.
─Siempre tan silenciosa ─rompe Kaew, con una media sonrisa─. Incluso de niña, ya sabías cómo encerrar los sentimientos detrás de esos ojos.
Faye apoya la taza frente a su madre sin decir nada.
─No voy a preguntarte lo obvio ─continúa Kaew, tomando el café entre las manos con delicadeza─. No me interesa un relato de cómo la conociste ni por qué una omega duerme en tu casa con una bata que claramente no le pertenece.
Faye se apoya contra la encimera, con los brazos cruzados. Su mirada es tensa.
─¿Entonces qué quieres?
Kaew suspira. La taza entre sus dedos humea lentamente.
─Quiero saber qué te pasa.
Faye frunce apenas el ceño.
─Nada me pasa. Todo está bajo control.
─Esa frase me suena a ti con quince años, defendiendo a tu amiga que te gustaba y que decías que solo era una buena compañera de clases.
Faye cierra los ojos un segundo, derrotada por la memoria.
─Esto no es lo mismo.
─¿No? ─Kaew la observa con ternura, pero sin dejar de ser firme─. Porque lo que yo vi ahí, Faye… no fue lástima. No fue caridad. Ni siquiera fue deseo.
Faye no responde. La madera del mueble debajo de sus manos se siente más real que el aire que respira.
Kaew deja la taza a un lado.
─Te vi mirarla. Como si... ─su voz se suaviza aún más─ como si tu corazón ya hubiera decidido, aunque tu cabeza no quiera aceptarlo.
El silencio cae entre ambas. Sólo el sonido lejano de los pájaros en el jardín interrumpe el momento.
Faye finalmente habla, con la voz más baja que ha usado en años:
─No está aquí porque yo quiera algo de ella.
─Lo sé ─responde Kaew con una dulzura dolorosa─. Pero eso no significa que no quieras algo… con ella.
Faye la mira entonces. De verdad la mira. Kaew, con su postura maternal, su cabello recogido, las arrugas que se formaron en sus ojos por años de amor, pérdida y consuelo. Y por primera vez en mucho tiempo, Faye se siente como una hija otra vez.
─Tengo miedo ─admite, casi en un susurro─. De no ser suficiente. De fallarle.
Kaew sonríe, se levanta, y camina hasta su hija. Le toma la mano, sin imponer, sólo estando.
─Tú eres una Malisorn. No por el apellido… sino porque sabes amar. Aunque no sepas cómo mostrarlo.
Faye agacha la cabeza. El peso de las palabras la golpea con suavidad, pero sin piedad.
─Yoko… ella no es una transacción, Faye. No es una deuda que debas saldar.
─Lo sé ─responde, con los ojos ardiendo.
─Entonces deja de tratarla como si se fuera a romper si la amas. Porque créeme… las omegas no somos tan frágiles como parecemos.
Faye sonríe con apenas una comisura. Y por dentro, algo cambia.
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