40
Yoko está en el jardín trasero, bajo el pequeño toldo cubierto de glicinas. Las gotas de la lluvia reciente aún se deslizan por las hojas, y ella acaricia a uno de los gatos de la casa que se ha acurrucado en su regazo. Luce tranquila, pero en sus ojos hay una bruma de pensamientos que no logra disolver.
Faye se acerca en silencio, con un abrigo sobre los hombros. Se detiene a unos pasos, observándola.
─Mi madre se fue hace un rato ─dice con voz suave.
Yoko levanta la vista, la mira con una sonrisa pequeña, esa que parece pedir permiso cada vez que la muestra.
─¿Te dijo algo?
─Sí… ─Faye se acerca un poco más, sentándose junto a ella, aunque no tan cerca como para invadir su espacio─. Me preguntó por ti.
─¿Y qué le dijiste?
Faye se queda en silencio. La brisa mueve su cabello, y por un segundo, no parece la mujer poderosa que siempre es. Solo una mujer tratando de ordenar lo que siente.
─Que no eras una deuda. Ni una carga.
Yoko baja la mirada, sus dedos aún acarician el lomo del gato, pero están más tensos.
─¿Eso creías al principio?
Faye asiente.
─No... no lo decía así en mi cabeza, pero sí. Pensé que te estaba salvando. Que estaba haciendo lo correcto, nada más.
─¿Y ahora?
Faye la mira. Sus ojos oscuros, por fin, sin armadura.
─Ahora quiero quedarme. No para salvarte… sino para aprender a estar contigo. A entenderte. A no huir cuando siento cosas que no sé nombrar.
Yoko traga saliva. Sus mejillas se tiñen de un leve rojo, no por vergüenza, sino por la emoción que le aprieta el pecho.
─Faye… yo no sé si estoy hecha para esto. Para que alguien me mire así ─susurra─. Me enseñaron a dar, a ser útil. Nunca a recibir. Nunca a ser querida sin tener que pagar algo a cambio.
─Yoko, tú no tienes que pagar nada. Estás aquí porque yo quiero que estés. No porque debas.
Faye se inclina, apoya su frente contra la de Yoko, con una ternura casi tímida.
─Y si tengo que demostrarte cada día que puedes ser amada sin dar nada a cambio, lo haré.
Yoko cierra los ojos, y por primera vez, cree.
Se abrazan. No como lo habían hecho antes. Este abrazo no nace de una urgencia, ni de un deseo físico. Es un refugio. Es una promesa.
Y bajo las glicinas aún húmedas, ambas comienzan a entender que amar, en su forma más pura, a veces duele, pero también cura.
♡
Esa noche, el silencio en la mansión es distinto.
No hay tensión. No hay máscaras. Solo la sensación de algo que florece lento, tierno, inevitable.
Faye entra a la habitación donde Yoko la espera sentada en la cama, con las sábanas cubriéndole las piernas. Lleva una de las camisas de Faye, grande, suave, con su perfume impregnado. La luz cálida de la lámpara baña la escena con una suavidad casi irreal.
─¿Puedo...? ─pregunta Faye desde la puerta, con una voz más baja, más temblorosa de lo que suele permitirse.
Yoko asiente, y ese gesto lo dice todo. No hay miedo. No esta vez.
Faye se acerca despacio, sentándose a su lado. Las manos se encuentran, primero apenas con las yemas de los dedos, como si probaran que todo esto es real. Yoko levanta la vista, sus ojos brillan de emoción contenida. No se mueve, no se lanza. Espera.
Faye levanta una mano, acaricia su mejilla con un cuidado reverente.
─Quiero tocarte... no como antes ─dice en un susurro─. Quiero hacerlo sintiéndote.
Yoko asiente de nuevo. Su voz es apenas un hilo.
─Entonces... tócame como si me amaras.
Faye se inclina, sus labios rozan los de Yoko con una lentitud casi desesperante. El beso es suave, húmedo, lleno de respiraciones entrecortadas. Yoko tiembla, pero no por nervios. Es deseo, es entrega.
Las caricias se vuelven más decididas, pero nunca apresuradas. Faye la recuesta con cuidado, sus manos desabotonando la camisa mientras sus labios exploran su cuello, su clavícula, cada espacio donde la piel se eriza al contacto.
Yoko se arquea al sentir la boca de Faye en su pecho, sus manos aferrándose a las sábanas. No hay palabras, solo gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas, y el sonido de dos cuerpos aprendiendo el lenguaje del otro.
Faye no se apura. No busca nada para ella. Su placer está en la forma en que Yoko se derrite bajo su boca, en cómo sus dedos tiemblan al aferrarse a su espalda, en cómo repite su nombre con un tono que nunca antes había escuchado.
Cuando Yoko llega al clímax, su cuerpo se curva como un arco, los labios entreabiertos, los ojos húmedos por la intensidad. Faye la sostiene, la abraza, la besa con ternura. No dice nada, pero todo está dicho.
Después, Yoko se acurruca contra ella, sin miedo a ocupar espacio, sin dudas. Faye le acaricia el cabello en silencio, sintiendo el corazón aún acelerado, pero en paz.
Se quedan dormidas juntas.
No como dueña y pertenencia. No como deuda y redención.
Solo como dos mujeres que, poco a poco, están aprendiendo a amarse.
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