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El desayuno nunca llega a completarse.
Yoko intenta ignorarlo. Ese calor sutil que sube por su cuello. Esa necesidad inexplicable de tener a Faye cerca, más cerca. Pero mientras se sienta a la mesa y observa a la alfa en la cocina, moviéndose con torpeza mientras intenta preparar algo comestible, el mundo le da vueltas. Su cuerpo responde solo.
El olor.
El olor de Faye. Amaderado. Intenso. Seguro.
Yoko parpadea, tragando saliva. Siente una punzada en su vientre bajo, como si algo en su interior despertara de golpe. Su corazón se acelera. Intenta respirar hondo. No quiere alarmarse. No quiere molestarla. Pero el calor en su piel comienza a subir como una fiebre dulce e invasiva.
Faye se da vuelta con dos platos en mano y su expresión se endurece apenas la ve.
─Yoko.
La voz le sale más baja. Más seria.
Yoko intenta sonreír, pero sus mejillas ya están encendidas, su respiración, entrecortada.
─Estoy… estoy bien.
Pero no lo está.
Faye deja los platos a un lado, acercándose con calma. Se arrodilla frente a ella sin tocarla.
─Estás en celo, ¿cierto?
Yoko asiente, avergonzada. Los ojos le tiemblan.
─Lo siento… No quería… Esto no estaba planeado. No te molestes, por favor…
Faye le toma la mano, cálida y firme.
─Yoko, mírame.
Yoko levanta la vista con esfuerzo. Faye no luce molesta. No hay lujuria en sus ojos. Solo preocupación. Solo cariño.
─No tienes que disculparte por algo que no puedes controlar. No soy como los demás. No voy a aprovecharme de ti ─susurra─. No te voy a tocar si tú no lo quieres. Solo quiero ayudarte a estar bien.
Los ojos de Yoko se llenan de lágrimas. Nadie… nadie había dicho algo así antes. Siempre fue una obligación, una expectativa. Pero Faye…
Faye la levanta en brazos con cuidado, como si fuera de cristal. La lleva de nuevo a la habitación y la arropa con mantas suaves, baja la intensidad de las luces, abre un poco la ventana para dejar entrar aire fresco.
Después, se sienta junto a ella. No en la cama, sino a un costado, donde pueda sostener su mano sin presionarla.
─Voy a quedarme aquí, contigo. Todo el tiempo que necesites. Si duele o si sientes que no puedes con esto, dímelo. Estoy aquí.
Yoko, temblando, se deja envolver por esa voz baja, por esa presencia firme.
─Faye…
─¿Sí?
─¿Puedo… abrazarte?
Faye no responde con palabras. Solo se desliza dentro de las mantas, abrazándola desde atrás, con el cuerpo completamente relajado, con el pecho pegado a su espalda y los brazos envolviéndola sin apretar.
El calor se vuelve más llevadero. No desaparece, pero ya no es insoportable. Porque ya no está sola.
Y por primera vez, en medio de su celo, Yoko no siente miedo.
Solo paz.
♡
La noche cae lentamente sobre la ciudad, pero en la habitación de Faye Malisorn, el tiempo parece haberse detenido.
Yoko duerme a ratos, su cuerpo aún temblando por la intensidad del celo. Su aliento es caliente, y cada cierto tiempo suelta un pequeño gemido, mezcla de incomodidad y necesidad. Pero ahí está Faye, sentada junto a ella, con una toalla húmeda en la mano, cambiando los paños fríos en su frente, acariciando su cabello con dedos que apenas rozan su piel.
No dice mucho. No necesita hacerlo.
Faye observa el rostro de Yoko, su expresión adormecida y vulnerable. La piel perlada de sudor, las pestañas húmedas. Nunca la había visto así… y sin embargo, no se permite sentir deseo. Solo un cariño tan profundo que le resulta difícil poner en palabras.
Yoko se remueve entre las mantas.
─Faye… ─susurra, con la voz apenas audible.
Faye se inclina, le acomoda el cabello.
─Estoy aquí.
─Me arde… pero no quiero que me toques de ese modo.
─Lo sé. No lo haré. Tranquila.
Yoko respira más despacio, aferrándose al dobladillo de la camiseta de Faye.
─¿Por qué… eres así conmigo?
Faye la mira unos segundos. No tiene la respuesta perfecta. Pero responde con honestidad:
─Porque eres tú. Y tú mereces esto. Mereces ser cuidada, no usada.
Yoko cierra los ojos, un sollozo apenas audible se escapa de sus labios. La fiebre sube un poco más, y Faye se levanta en silencio, va por más paños fríos, agua fresca, y regresa con una muda de ropa ligera.
─Voy a cambiarte, ¿está bien? Solo si tú me dejas.
Yoko asiente, sin abrir los ojos. Sus labios tiemblan, pero confía.
Faye la cambia con delicadeza, limpiando su piel con una suavidad reverente, como si cada parte de Yoko fuera sagrada. No hay prisas. No hay intenciones ocultas. Solo manos firmes y cuidadosas, y una ternura que envuelve cada movimiento.
Después, Faye se acuesta a su lado, de nuevo abrazándola desde atrás, dejando que su calor corporal calme los temblores de Yoko.
─¿Te duele menos?
─Un poco… ─susurra Yoko, medio dormida─. ¿Vas a quedarte?
─Toda la noche ─responde Faye, sin dudar.
Yoko no dice nada más. Solo aprieta un poco más sus dedos entre los de Faye. Su respiración se estabiliza. Su cuerpo se relaja.
Y en medio de la noche más difícil, Yoko Lertprasert duerme en paz.
Porque Faye Malisorn está ahí. Y no piensa dejarla sola.
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