43
El amanecer llega tímido, colándose por entre las cortinas pesadas de la habitación. La luz toca apenas el borde de las sábanas, como si también tuviera cuidado de no molestar.
Yoko despierta lentamente, sintiendo primero el peso de un brazo sobre su cintura. Luego, el calor detrás de su espalda, cálido, constante. Y, por último, la respiración tranquila de Faye, rozando su nuca.
Está ahí.
No fue un sueño.
Ella se queda quieta unos minutos, intentando entender todo lo que pasó la noche anterior. Su cuerpo sigue débil, pero el ardor del celo ha bajado. Ya no duele. Solo queda una especie de sensibilidad… y un cansancio dulce, profundo.
Su mano se mueve, temblorosa, hasta rozar la de Faye.
La encuentra entrelazada con la suya.
Yoko cierra los ojos. Nunca nadie había hecho algo así por ella. Cuidarla sin esperar nada. No con esa paciencia, no con esa ternura que le acarició la piel sin tocarla de forma inapropiada. Faye no la forzó. No la empujó. Se quedó.
La idea le aprieta el pecho.
─Estás despierta ─susurra Faye, apenas un murmullo detrás de ella.
Yoko asiente, sin girarse aún.
─Gracias… por quedarte.
Faye se incorpora un poco, acomodando su cuerpo para poder verla. Su mirada está despeinada, con el cabello cayendo en mechones suaves alrededor del rostro. Pero sus ojos… esos ojos oscuros no mienten.
─No tienes que agradecerme. Estaba preocupada.
─Podías haberte ido.
─No iba a hacerlo.
Yoko parpadea, los ojos brillándole.
─¿Por qué… por qué sigues aquí?
Faye la observa un segundo, y luego levanta una mano, la acaricia por debajo del mentón con suavidad, obligándola a mirarla.
─Porque no eres algo que compré. Eres alguien que me importa.
Yoko no puede más. Se lanza hacia adelante, rodeándola con los brazos y escondiendo el rostro en su cuello. No dice nada. Solo la abraza. Fuerte. Como si tuviera miedo de que desaparezca.
Faye la abraza de vuelta.
No hacen falta más palabras.
Por ahora, eso es suficiente.
♡
La casa está en silencio.
Yoko permanece en la cama, envuelta en una manta gruesa, con el cabello aún húmedo por la ducha que Faye le preparó. Se siente más tranquila, menos vulnerable, aunque su cuerpo sigue adolorido y un poco tembloroso. Pero sobre todo… se siente querida. Protegida.
Faye se fue hace unos minutos con una promesa simple:
─Voy a prepararte algo. Quédate aquí, no te muevas.
Yoko no pregunta. Solo asiente y observa la puerta cerrarse tras ella.
Abajo, en la cocina amplia y elegante de la mansión, Faye se mueve con torpeza, como si no perteneciera del todo al espacio. Lleva una camiseta negra y pantalones de algodón, lejos de su porte habitual. Tiene las mangas remangadas, y el cabello atado en un moño desordenado. Aun así, su expresión es seria, concentrada.
Toma los ingredientes con cuidado, como si preparar un tazón de arroz caliente y una sopa suave fuera una operación quirúrgica.
No cocina a menudo. No porque no sepa, sino porque nunca tuvo a quién cuidar de esta manera.
Pero con Yoko… quiere hacerlo bien.
Quiere que al menos esta vez, la comida le sepa a hogar.
Cuando sube con la bandeja en las manos, la encuentra sentada en la cama, abrazada a sus propias rodillas. Al verla, Yoko sonríe apenas, con los ojos grandes y húmedos, como si no esperara realmente que Faye volviera con algo.
─¿Cocinaste tú?
─Sí ─responde Faye, dejándola frente a ella─. No es gran cosa.
Yoko toma la cuchara con lentitud, y prueba una cucharada de sopa. Sus labios tiemblan. No por el sabor. No por el calor. Sino por la forma en que Faye la mira, como si fuera importante.
─Sabe a cuidado ─susurra, sin saber cómo decirlo mejor.
Faye baja la mirada, incómoda con la ternura que se le escapa.
─Está bien si no quieres hablar. Solo… come.
Yoko asiente, con el corazón desbordando en silencio.
Ese desayuno sabe a algo más que comida.
Sabe a algo que empieza a sanar.
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