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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

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bbyblu

Faye trabaja en su despacho.

La luz del atardecer se cuela por los ventanales, tiñendo los muebles oscuros con tonos dorados. El sonido de las teclas del teclado resuena constante, metódico. Faye lleva horas frente al monitor, con los hombros tensos y la mandíbula apretada. Su chaqueta yace colgada en la silla y su blusa blanca tiene las mangas arrugadas por el estrés acumulado.

Yoko la observa desde el marco de la puerta. No dice nada. Solo se queda allí, en silencio, con una bandeja entre las manos.

Le ha preparado té. No sabe hacerlo perfecto, pero recordó el aroma que Faye suele tomar por las mañanas. Lo intentó, se guió por instinto y un par de búsquedas en su teléfono. También puso unas galletas suaves al lado. No hechas por ella… pero elegidas con cariño.

Da dos pasos dentro del despacho, despacio, como si invadiera terreno sagrado.

─Faye…

La alfa no se gira enseguida. Está tensa, como siempre cuando está concentrada. Pero su voz… su voz la afloja. Yoko siempre la afloja.

─¿Sí?

─Te traje esto ─dice con suavidad, dejando la bandeja sobre la pequeña mesa al lado del sofá. Se queda allí, sin saber si irse o quedarse. Juega con sus dedos frente a ella─. Pensé que quizás… te gustaría descansar un poco.

Faye la mira finalmente. Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos se ablandan sin lucha.

─Gracias ─dice, tan simple, tan sincero.

Se levanta. Toma la taza. Huele el té. Yoko la observa como si esperara un veredicto de vida o muerte.

─Está perfecto ─dice Faye al fin, después de un sorbo.

Yoko sonríe, leve. Es la primera vez que le prepara algo.

Y es la primera vez que Faye la ve tan serena, tan dulce, tan… presente.

Faye deja la taza sobre la mesa, se acerca y, sin pensarlo demasiado, le acaricia el cabello con la yema de los dedos.

─Me haces bien ─murmura, apenas audible.

Yoko cierra los ojos. No responde. Solo se permite quedarse allí, bajo esa caricia silenciosa, con el corazón latiéndole despacio, suave, seguro.

Y por un instante, no hay heridas, ni contratos, ni pasado.

Solo están ellas. Así de simple.

La noche cae, lenta.

Yoko está sentada en la cama, abrazando sus rodillas. Lleva puesta una camiseta de Faye, demasiado grande para ella, que le cae por el hombro con suavidad. Faye sale del baño con una toalla en el cabello, el vapor aún flotando tras ella. La ve, tan pequeña, tan presente. No dice nada al principio. Solo se acerca, sin prisas, y se sienta a su lado.

Ambas guardan silencio un momento.

Faye se reclina contra el respaldo, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para sentir su calor.

─A veces pienso que debería haberte llevado a otro lugar ─dice Faye, sin mirarla.

Yoko la observa, confundida.

─¿Otro lugar?

─Un sitio mejor. Más simple. Uno donde no me miraras con esos ojos... como si te preguntaras qué hago contigo.

Yoko baja la mirada, los dedos jugando con el borde de la camiseta.

─Nunca me pregunté eso ─murmura.

Faye la mira de reojo, la expresión dura de costumbre, pero sus ojos... sus ojos ya no son tan fríos.

─¿No?

─No. Me preguntaba… cuánto tiempo te tomaría dejarme. O cansarte.

La habitación se llena de ese tipo de silencio que duele.

Faye se queda quieta. Luego suspira, y le pasa el brazo por los hombros, despacio, como si aún le costara aprender a tocar sin destruir.

─Me cansé de muchas cosas, Yoko. Pero no de ti. Nunca de ti.

Yoko apoya la cabeza en su hombro. La tela húmeda de su bata roza su mejilla, pero no le importa. Siente el latido de Faye bajo la piel.

─¿Puedo preguntarte algo? susurra Yoko.

─Siempre.

─¿Por qué me compraste?

Faye tarda en responder. La respuesta no es fácil. Nunca lo fue.

─Porque eres hermosa ─dice al fin─. Y porque no entendía la diferencia entre poseer y desear.

Yoko cierra los ojos. La sinceridad duele. Pero también calma.

─¿Y ahora?

Faye la abraza un poco más fuerte.

─Ahora solo intento entender cómo proteger algo que no quiero perder.

Yoko sonríe contra su hombro, pequeña, triste… y feliz.

No se dicen más palabras. No las necesitan. Esa noche, nuevamente, se duermen juntas. No como compradora y comprada. No como alfa y omega. Sino como dos personas, torpes, heridas, aprendiendo a querer.

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