45
La mañana llega sin aviso, nublada y pesada.
Yoko despierta antes que Faye. Escucha su respiración suave, casi imperceptible, y se queda quieta por un rato, observando el perfil sereno de la alfa. Hay algo inusual en su expresión hoy: la línea de sus cejas fruncida incluso en el sueño, una leve tensión en su mandíbula.
Yoko se incorpora con cuidado, sin hacer ruido, y se acerca al borde de la cama. La toca apenas con la yema de los dedos, en la frente. Está más caliente de lo normal.
Se levanta de inmediato.
El desayuno es torpe, improvisado, pero hecho con cariño. Una taza de té de jazmín, tostadas con miel y un poco de fruta. No sabe si eso ayudará con lo que sea que siente Faye, pero quiere que al menos sepa que está allí.
Cuando vuelve a la habitación, Faye está despierta, aunque apenas.
─¿Te sientes bien? ─pregunta Yoko, suave.
Faye intenta incorporarse, pero su cuerpo no coopera.
─Estoy bien ─miente. Su voz está más ronca de lo normal.
Yoko se acerca y deja la bandeja a un lado.
─No estás bien. Estás cansada. Tienes fiebre ─dice, sin miedo esta vez.
Faye desvía la mirada, fastidiada consigo misma. No le gusta sentirse vulnerable. No le gusta necesitar.
Pero Yoko no espera su permiso. Le acomoda el respaldo de la cama con delicadeza, toma una toallita húmeda y comienza a limpiarle la frente, como si fuera lo más natural del mundo.
─Deberías estar haciendo otras cosas ─murmura Faye, los ojos medio cerrados.
─Lo estoy haciendo ─responde Yoko─. Estoy cuidando a alguien que amo.
Faye abre los ojos, sorprendida.
Yoko no se retracta. No desvía la mirada. Sus palabras son tan sinceras que parecen flotar en el aire, tibias, envolviéndolas.
Faye traga saliva.
─Yoko…
─No lo digo para presionarte. Solo… quería que lo supieras.
Faye baja la mirada, y por un segundo, Yoko ve algo frágil asomarse detrás de esa fachada de acero. Algo que le hace apretar con más firmeza la toallita en su mano. Algo que quiere proteger con todo lo que es.
─Gracias por cuidarme ─dice Faye, en voz baja.
─Siempre ─responde Yoko, y le acaricia el cabello, como ella tantas veces lo hizo por ella.
Esa mañana, Faye no necesita ser fuerte. Porque por fin, tiene a alguien que la sostiene.
♡
Faye no está acostumbrada a esto.
No al calor constante de una mano pequeña sobre su frente.
No a que alguien revise la temperatura del té antes de dárselo.
No a que alguien la mire con ternura… sin esperar nada a cambio.
Está recostada aún, con el cuerpo un poco más liviano después de la fiebre, pero es su pecho el que se siente extraño ahora. Como si algo se hubiera abierto dentro de ella sin su permiso.
Yoko está sentada a su lado, en el sofá frente a la cama. Cose algo entre sus dedos, distraída, aunque su atención siempre regresa a ella con cada leve movimiento.
Faye no puede dejar de mirarla.
Tan atenta.
Tan presente.
Tan decidida a quedarse.
─¿Por qué? ─pregunta Faye de pronto, sin pensarlo.
Yoko levanta la vista, sin entender del todo.
─¿Por qué… haces esto por mí?
Yoko parpadea, como si la respuesta fuera obvia.
─Porque te amo.
La palabra cae suave, pero pesa. Mucho.
Faye siente cómo le tiembla algo dentro.
─Pero yo no soy buena con esto. No sé… cómo corresponderte.
Yoko se acerca sin miedo. Se sienta en el borde de la cama, tomando su mano.
─No estoy esperando que lo hagas perfecto. No quiero una versión tuya que lo sepa todo. Solo quiero… estar contigo. Así. Como estás ahora.
Faye traga saliva. Cierra los ojos un momento. Aprieta su mano con la de Yoko.
Nunca había entendido lo que era descansar de verdad. Dejar de ser la fuerte por un rato. Y ahora, con Yoko, empieza a sentir que tal vez… no tiene que cargarlo todo sola.
─Gracias ─susurra, sin mirarla, pero con el corazón expuesto.
Yoko solo sonríe. Le acaricia la mano con los pulgares y se queda ahí, sin hacer más preguntas.
En el silencio, en esa calma compartida, Faye siente algo nuevo floreciendo. Algo que duele un poco, pero al mismo tiempo… le da paz.
Por primera vez, no solo quiere quedarse.
Quiere aprender a quedarse bien.
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