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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

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bbyblu

Faye se levanta temprano. Más temprano de lo habitual. El sol apenas ha tocado las cortinas, y ya está de pie, con el cabello algo despeinado y la expresión seria… pero decidida.

Yoko aún duerme. Se ve tan tranquila, con una mano bajo la almohada y los labios apenas entreabiertos. Faye la observa en silencio un instante más, y luego, sin hacer ruido, abandona la habitación.

En la cocina de la mansión —una que rara vez usa— se detiene frente al refrigerador, observando con cierta desesperación el contenido. No es que no sepa cocinar… es que nunca lo ha necesitado. Nunca ha sentido ganas de hacerlo para alguien.

Pero hoy quiere intentarlo. Aunque queme algo. Aunque salga mal.

Porque por primera vez, quiere cuidar.

Una hora después, Yoko se despierta con un olor extraño… no desagradable, solo desconocido. Se envuelve en una bata y baja las escaleras con pasos curiosos.

Encuentra a Faye frente a la cocina, con un delantal negro que claramente no le pertenece y el ceño fruncido. La sartén humea un poco, y un par de platos con pan francés mal cortado están sobre la mesa.

─¿Faye? ─dice Yoko, sorprendida.

Faye se gira, un poco avergonzada.

─No está envenenado. Lo probé yo antes.

Yoko suelta una pequeña risa, caminando hacia ella. Ve el desorden —harina en la encimera, un cuchillo mal lavado, un par de cáscaras de huevo en el fregadero— y aún así, no puede dejar de sonreír.

─¿Hiciste esto para mí?

Faye baja la mirada. Se encoge apenas de hombros.

─Tú me cuidaste… así que pensé… no sé, que tal vez podía intentarlo también.

Yoko se acerca. Se pone de puntillas y le da un beso suave en la mejilla. Faye se queda quieta, como si el calor del gesto la hubiera dejado sin aire.

─Gracias ─dice Yoko, con ternura─. Nadie había hecho algo así por mí.

Faye no dice nada, pero su mano busca la de ella, apretándola apenas.

Se sientan juntas, compartiendo el desayuno más extraño del mundo: un intento torpe, pero lleno de amor.

Y entre mordidas desiguales y sonrisas robadas, Yoko se da cuenta de algo: Faye Malisorn está aprendiendo a amar. A su ritmo. A su modo. Pero de verdad.

Y eso, para ella, ya es suficiente.

La cocina ha quedado en silencio, con los platos apenas tocados y la luz matinal bañando la estancia. Faye mira su café frío, pero no lo toca. Está demasiado centrada en la forma en que Yoko sonríe, sentada a su lado, con las piernas cruzadas y los labios brillando aún por el sorbo dulce que dio.

Es ahí, en esa calma serena, donde algo en Faye se sacude por dentro. Un miedo que no puede seguir callando.

─Yoko ─dice, apenas un susurro.

Ella alza la vista. Parpadea, atenta. ─¿Sí?

Faye aprieta un poco los dedos sobre su taza. Los nudillos se le marcan. Sus ojos, oscuros y firmes, no se apartan de los de Yoko.

─No quiero perderte.

La confesión cae con el mismo peso que un trueno suave. No hay drama, ni lágrimas. Solo verdad.

─¿Faye…?

─No sé hacerlo bien ─interrumpe ella, con la voz rasposa, casi insegura─. Me cuesta entenderte a veces… me cuesta hasta entenderme a mí. Pero lo intento. Desde que llegaste, no dejo de intentarlo.

Yoko se queda quieta. El corazón latiéndole como si el pecho no le alcanzara.

─No tienes que ser perfecta ─susurra.

Faye niega. ─No. Pero quiero ser mejor. Para ti. Porque tú… tú confías en mí. Te abres conmigo. Y cada vez que sonríes, siento que el mundo se detiene. Y si alguna vez te alejaras de mí… no sé qué haría.

Yoko estira la mano, tomándole la muñeca. La piel de Faye tiembla apenas.

─No voy a alejarme ─le dice, suave pero firme.

Faye la mira, vulnerabilidad abierta en su rostro. Es un gesto tan raro en ella que Yoko siente un nudo en la garganta.

─Si me dejas, voy a seguir aprendiendo a amarte ─dice Faye, con los ojos clavados en los suyos─. A tu forma, a tu ritmo. Haré lo que sea, Yoko. Lo que sea, si eso significa que puedo quedarme a tu lado.

Yoko no responde. Se acerca, sin dudar, y rodea el cuello de Faye con sus brazos. La abraza fuerte, con los ojos cerrados, como si pudiera sellar esas palabras en su pecho.

Faye la rodea también. Y en ese abrazo, sin pasión ni prisa, solo con ternura, se entienden más que con cualquier frase.

Porque para ambas, amar es un proceso. Un camino. Pero ya no están solas.

Lo están caminando juntas.

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