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𝗺𝗮𝘇𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

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bbyblu

El día transcurre en una calma engañosa. Faye trabaja en su estudio, repasando papeles con el ceño fruncido, mientras Yoko permanece en la habitación, envuelta en una manta, con un libro entre las manos. El sol entra por los ventanales, pero ni la calidez de la luz logra apaciguar la inquietud que crece poco a poco en su pecho.

El teléfono vibra sobre la mesita de noche.

Yoko lo mira.
El nombre en la pantalla hace que se le hiele la sangre. Mamá.

Respira hondo antes de deslizar el dedo y contestar en un susurro tembloroso.

─¿Aló?

─Yoko. ─La voz es dulce, cansada─. ¿Dónde estás, hija? Han pasado semanas. Te escuchas… diferente.

Yoko se traga el nudo que se le forma en la garganta. Mira hacia la puerta cerrada.

─Estoy bien, mamá. Estoy trabajando, ahorrando… para ti. Solo necesitaba un poco de tiempo.

─¿Trabajando? ¿Reuniendo dinero? ─la voz suena confundida, preocupada─. Yoko… ¿no estarás haciendo algo que te ponga en peligro, verdad?

En el pasillo, Faye sale a buscar agua. Se detiene de golpe al oír la voz baja de Yoko. La puerta entreabierta del dormitorio le deja escuchar con claridad, y algo en ese tono vulnerable le clava una punzada en el pecho.

─No estoy en peligro, te lo prometo. Estoy a salvo. De verdad.

Faye no se atreve a entrar. No quiere interrumpir. Pero su mano se aprieta en torno al vaso vacío.

─¿Dónde estás? ─insiste la madre al otro lado del teléfono─. Te extraño. Quiero verte. ¿Por qué no vienes a casa?

Yoko baja la cabeza. Sus dedos se aferran al borde del edredón.

─No puedo… todavía. Pero también quiero verte.

En la cocina, Faye cierra los ojos. No escucha más. Pero lo suficiente ya le duele. Se queda allí unos segundos, antes de servirse el agua y regresar a la sala.

Yoko llega poco después. Sus pasos son suaves, como si caminara sobre vidrio. Lleva los ojos bajos, pero Faye la está esperando en el sofá, con dos tazas de té entre las manos.

─Escuché un poco ─dice sin rodeos─. El final, nada más.

Yoko no dice nada. Solo asiente.

─¿Quieres verla?

Ella alza la mirada, sorprendida. Le tiemblan los labios antes de poder responder.

─Sí. Quiero verla.

Faye respira hondo. Su voz se suaviza, tan distinta a la dureza que otros conocen de ella.

─Entonces vamos a verla. Pero voy contigo.

─¿Conmigo?

─No vas a ir sola. No mientras yo esté.

Yoko se queda en silencio. Sus ojos brillan, y no puede ocultar la emoción que se le forma en el pecho. Faye le acaricia la mejilla con los nudillos, con esa ternura que solo le reserva a ella.

─Gracias ─susurra Yoko.

─No me lo agradezcas. Yo haría lo que fuera por ti.

Y ese momento, tan simple, tan íntimo, vale más que mil promesas.

El auto avanza por la ciudad bajo un cielo gris, cargado de nubes espesas. Yoko mira por la ventana, sus manos entrelazadas en el regazo, temblorosas a pesar de la calefacción del vehículo. Faye conduce en silencio, de vez en cuando echándole una mirada discreta, como si quisiera asegurarse de que sigue respirando.

─¿Quieres que espere afuera cuando lleguemos? ─pregunta con suavidad.

Yoko niega con la cabeza sin mirarla.

─Quiero que estés cerca… por si no puedo con todo.

Faye asiente. Acelera un poco más, sin decir nada, pero su expresión se endurece con determinación. No va a dejar que nada le haga daño.

El edificio donde vive la madre de Yoko no es grande ni moderno, pero está limpio y tiene plantas en las ventanas. Al entrar, el olor a sopa caliente flota en el aire. Yoko respira hondo en el ascensor, sus labios formando una línea tensa.

Cuando tocan la puerta, se escucha un arrastrar de pies, luego el clic del seguro.

La mujer que abre es pequeña, de cabello gris recogido en una trenza, y ojos cansados pero bondadosos. En cuanto ve a Yoko, sus facciones se iluminan como un amanecer.

─¡Yoko!

─Mamá…

Ambas se abrazan con fuerza. La madre de Yoko tiembla al rodearla.

─Mi niña… Estás tan flaquita. Pensé que ya no me querías…

─Nunca. Solo… necesitaba tiempo.

Faye permanece un paso atrás, en silencio. La madre de Yoko la nota, y su mirada se desliza sobre ella con una mezcla de curiosidad y algo más: instinto.

─¿Y ella?

Yoko se separa un poco del abrazo.

─Ella es Faye. Es… me está cuidando.

La madre la observa en silencio, y sus ojos se clavan en el cuello de su hija, donde los indicios sutiles del vínculo son casi imperceptibles, pero están ahí. Luego, sus ojos se posan en Faye.

─Eres una alfa.

Faye se tensa un poco. Asiente con respeto.

─Sí, señora.

─Y Yoko es mi hija. Una omega que nunca ha tenido nada fácil. ─Su voz no es agresiva, pero sí firme─. ¿La estás cuidando… de verdad?

Faye la mira a los ojos, sin vacilar.

─Con todo lo que soy. Y sin pedirle nada que no me quiera dar.

La madre de Yoko parece evaluarla un segundo más. Luego, su rostro se suaviza, y le hace un gesto para que pase también.

─Está bien. Pasen, que tengo sopa caliente. Y tú, Yoko, me vas a contar todo. Sin mentiras.

Yoko sonríe, con un nudo en la garganta, y entra al hogar que tanto ha extrañado.

Faye la sigue, y aunque el lugar le es ajeno, su mirada no se aparta de Yoko ni por un segundo. Ella es su hogar ahora.

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