48
La sopa humea en la mesa, con ese aroma que a Yoko le recuerda los inviernos de su infancia. Su madre le sirve un plato como si nada, como si no hubieran pasado meses sin verse, como si no hubiera una herida invisible entre ambas. Pero Yoko la conoce bien. Sabe que, bajo la sonrisa, hay preguntas apretadas en el pecho.
Se sientan frente a frente. Faye ha salido al pequeño balcón con una taza de té, dándoles espacio, pero claramente pendiente.
─¿Estás tomando bien tu medicamento? ─pregunta Yoko, rompiendo el silencio mientras revuelve la sopa sin probarla.
─Sí, desde que pagaste el tratamiento. Me siento mucho mejor. Pero… ─Su madre deja la cuchara─. No he dejado de pensar en cómo lo hiciste.
Yoko baja la mirada.
─Mamá…
─Yoko, no tienes que mentirme. Sé que no es un préstamo. No tienes ese tipo de amigos. Y esa ropa… esa mansión donde me dijeron que vives ahora… ─Sus ojos se llenan de preocupación─. ¿Te vendiste?
El silencio pesa entre ambas. La única respuesta es el sonido distante de una taza apoyada suavemente en el vidrio.
─No fue como crees ─susurra Yoko─. No fue algo que quería hacer. Pero no había otra forma. No podía dejarte morir.
Su madre cubre su mano con la suya, suave, temblorosa.
─Eres mi hija, Yoko. Me rompe el alma saber que pensaste que eso era tu única opción. Yo habría preferido morir a verte lastimada así.
Yoko se traga el nudo en su garganta, y le tiembla la voz cuando habla:
─No. No me lastimó. Al principio pensé que sí… que estaba atrapada. Pero Faye… ella me trata bien, mamá. Me escucha, me cuida, no me exige nada. Nunca me ha obligado a hacer algo que no quiero.
Su madre la observa, y por primera vez sus ojos no reflejan sólo preocupación. Hay comprensión, y también un poco de alivio.
─¿La amas?
La pregunta flota en el aire. Yoko siente que el corazón le da un salto.
─Sí… ─admite─. La quiero cerca. Y cuando me mira, siento que no soy solo una omega rota. Siento que… valgo algo.
Su madre aprieta más su mano, y la acerca para acariciarle la mejilla.
─Entonces, hija… tal vez ese no sea el peor lugar donde podrías estar. Pero prométeme que si alguna vez te hace daño, si alguna vez sientes miedo, vuelves conmigo.
Yoko asiente con los ojos húmedos.
─Lo prometo.
Desde el balcón, Faye observa a través del vidrio, viendo cómo Yoko se ríe entre lágrimas mientras su madre le limpia con una servilleta el rostro. Y por primera vez en mucho tiempo, Faye entiende lo que significa tener algo que perder.
La lluvia ha cesado, dejando el cielo de un gris apagado que se filtra por las ventanas. La mesa está vacía ahora, los platos limpios, el aire impregnado de ese aroma cálido a sopa y recuerdos. Su madre se ha quedado sentada, acariciándole la mano en silencio, como si necesitara asegurarse de que Yoko sigue allí, respirando frente a ella.
─¿Sabes? ─susurra Yoko, con la mirada perdida en la taza entre sus dedos─. No era así como imaginaba enamorarme.
Su madre la observa en silencio, esperando.
─Siempre pensé que sería con alguien dulce, que me llevaría flores o que tocaría la guitarra. Que me esperaría fuera del trabajo con un abrigo extra porque olvidé el mío. Pero entonces… llegó ella.
Yoko levanta los ojos. Los tiene húmedos, pero no tristes.
─Faye no es así. No sabe dar flores. No espera afuera con un abrigo. Pero se aprendió mis horarios en silencio. Se fija si tomé mis vitaminas. Sabe que no me gusta el arroz muy caliente, que cuando me hundo necesito música baja y silencio. Nunca me pidió nada… solo se quedó.
Hace una pausa. Su madre no interrumpe.
─Y al principio pensé que era porque me había comprado. Que era culpa. O capricho. Pero no, mamá. Es... ella. Es su forma de amar. Cuidando sin ruido. Protegiendo sin invadir.
Traga saliva, temblorosa.
─La amo. Con todo lo que soy. Y aunque al principio no sabía cómo se sentía el amor… ahora lo sé. Porque cuando Faye me mira, cuando me habla bajito aunque esté enojada… siento que encontré a la alfa que es para mí.
La voz se le quiebra en las últimas palabras, y su madre aprieta su mano con una mezcla de ternura y nostalgia.
─Entonces… quédate con ella, Yoko. Si ella es la indicada, no la sueltes. A veces el amor no llega envuelto en lo que esperamos. Pero cuando llega de verdad… se siente como casa.
Yoko sonríe, suave, chiquita. Como quien por fin respira sin miedo.
Desde el marco de la puerta, Faye no ha querido interrumpir. Ha escuchado lo suficiente. Y por primera vez en años, algo cálido le llena el pecho… algo que se parece mucho a la felicidad.
Cuando Yoko se levanta para guardar las tazas, no se espera que Faye la esté esperando al otro lado del pasillo. Está de pie, con los hombros tensos y las manos en los bolsillos. Sus ojos oscuros, normalmente firmes y calculadores, hoy brillan con algo más vulnerable.
─Escuché todo ─dice Faye, sin rodeos.
Yoko se congela un segundo, sorprendida, con las mejillas encendidas.
─Faye, yo…
─No digas nada todavía.
Faye da un paso más cerca. Luego otro. Hasta quedar frente a ella, a escasos centímetros. Sus manos tiemblan un poco, como si contuviera algo grande, algo que le arde en la garganta.
─Nunca supe cómo se sentía amar a alguien. No me criaron para eso. Me criaron para ser fuerte, para proteger, para controlar. No para querer. No para cuidar a alguien sin saber por qué.
Toma una suave inhalación, buscando palabras.
─Pero contigo… me pasa todo lo contrario. Contigo quiero aprender. Quiero equivocarme. Quiero darte lo que mereces, aunque no siempre sepa cómo hacerlo.
Yoko abre la boca, pero Faye niega, alzando una mano temblorosa y cálida para tocarle apenas la mejilla.
─Yoko… yo también te amo. No a medias. No solo por instinto. Te amo como sé. Como puedo. Y si alguna vez pensaste que no eras suficiente, que no merecías esto… te prometo que te voy a demostrar, una y otra vez, que sí lo mereces.
Yoko deja caer la taza vacía sobre la encimera. No se rompe, solo rueda un poco. Porque lo único que importa ahora es el nudo dulce que se forma en su pecho. El temblor en sus labios. El fuego tierno en los ojos de Faye.
No dice nada. Solo la abraza. Despacio, apretando los dedos en su espalda. Y Faye la abraza también. Por fin sin miedo. Por fin sin reservas.
El silencio que las envuelve ya no es incómodo. Es paz.
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