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𝗵𝗼𝗺𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

dieciseis

bbyblu

La mañana despierta con la luz filtrándose por las cortinas, suave y cálida como una caricia. El silencio está apenas roto por el gorjeo de los pájaros y los balbuceos de Love, que se remueve inquieta en la cama mientras sus manitos buscan algo en el aire.

Faye abre los ojos primero. No por costumbre, sino porque el calor del cuerpo de Yoko a su lado la mantiene en una vigilia ligera, dulce. Observa el rostro tranquilo de Yoko, que duerme abrazada a una almohada, con el cabello desordenado cayéndole sobre la cara. Faye sonríe sin darse cuenta. Acaricia el borde de su mejilla con el dorso de los dedos, apenas rozándola, como si aún no pudiera creer que está ahí.

Love lanza un chillido suave y Faye enseguida se inclina hacia ella.

─Shh... ya, pequeñita ─susurra con una sonrisa─. ¿Tienes hambre?

Yoko se mueve un poco y abre los ojos. Tarda unos segundos en ubicarse, pero cuando ve a Faye cargando a Love con tanta delicadeza, su pecho se llena de ternura.

─Buenos días... ─dice con voz ronca.

Faye le lanza una mirada de esas que sólo reservaba para Yoko.

─Buenos días, dormilona.

Yoko se ríe bajito y se incorpora, estirando los brazos.

─No puedo creer que dormimos las tres juntas toda la noche.

─Y sin accidentes ─añade Faye, divertida, mientras balancea a Love en sus brazos─. Un verdadero milagro.

Se levantan juntas, entre sonrisas y besos suaves a la bebé, y pasan la mañana entre desayunos simples y pequeños juegos. Love se emociona con una cuchara, Yoko intenta hacerle un avión con la papilla, y Faye saca fotos de todo con el celular, como si no quisiera olvidar ni un segundo.

─No sé si estoy lista para salir de casa hoy ─dice Yoko mientras carga a Love en su regazo y la bebé le jala de la camiseta.

─¿Por qué? ─pregunta Faye desde la cocina─. Pensé que querías ir al parque. Dijiste que quería ver patos.

Yoko asiente, divertida.

─Sí, pero... mira esto. ¿Cómo salir de esta burbuja?

Faye se detiene. La ve allí, descalza, despeinada, con Love encima, riendo y susurrándole cosas dulces. Y la entiende. Porque siente lo mismo. Que todo lo que necesita está en ese espacio pequeño, tibio, lleno de amor.

─Podemos quedarnos ─responde, acercándose con una taza de té para Yoko─. El mundo puede esperar un poco más.

Esa tarde, arman una pequeña zona de juegos en el piso del living. Love, con sus juguetes nuevos, se arrastra y ríe con emoción. Yoko la observa con ternura mientras Faye le acomoda el cabello detrás de la oreja.

─Te ves feliz ─dice Faye, suave.

Yoko la mira, con los ojos brillosos de emoción.

─Lo estoy. Y eso da miedo.

─A mí también me asusta... pero estar contigo me hace sentir valiente.

Se quedan juntas, abrazadas en el sofá mientras Love se queda dormida en una manta acolchada a sus pies. El sol entra por la ventana, pintando todo de un tono cálido, dorado, perfecto.

Y mientras el día cae, no hay palabras que necesiten decir. El amor se respira en el aire, se siente en cada gesto, en cada mirada.

Ya no son dos mujeres criando a una niña.

Son una familia.

. . .

El silencio cómodo del atardecer es interrumpido por un sonido curioso: el roce de palmas pequeñas contra el piso.

Faye parpadea, confundida por un segundo.

─¿Yoko...? ─llama, sin quitar la vista del suelo.

Yoko ya está bajando la taza a la mesa, como si también lo hubiese sentido. Ambas miran al centro de la sala, donde Love, hasta hace nada dormida como un ángel en su manta, ahora está en posición de gateo, moviendo las manitos con torpeza, empujándose hacia adelante.

─¡Está gateando! ─grita Yoko con un chillido emocionado, llevándose ambas manos a la boca.

─¡Oh, cielos, sí lo está! ─Faye salta del sofá como si el piso quemara.

La bebé avanza centímetro a centímetro, con las piernas temblorosas y los movimientos aún torpes, pero decidida. Su objetivo está claro: alcanzar un pequeño peluche de oso que descansa frente a ella.

Faye se agacha, extiende los brazos y aplaude despacito.

─¡Vamos, pequeña valiente! ¡Tú puedes, Love!

Yoko se le une, arrodillándose junto a ella. Sus ojos brillan de emoción, como si presenciar este momento fuese el milagro más grande de todos.

Love emite un pequeño gritito de esfuerzo, suelta una risita, y con un impulso más... ¡llega al oso! Lo toma con ambas manos y se deja caer sobre su pancita, riendo con esa voz chiquita y dulce que hace que los corazones de ambas mujeres se derritan al instante.

Faye y Yoko se miran, las dos riendo también, emocionadas.

─¿Viste eso? ─susurra Yoko, llevándose una mano al pecho─. ¡Lo hizo!

─Nuestro osito ya se mueve sola ─murmura Faye con una sonrisa enorme, besando la cabeza de la bebé─. Ay, no estoy lista para esto.

─Yo tampoco...

Sin pensarlo demasiado, Yoko toma la mano de Faye, entrelazando sus dedos. No es un gesto grande, pero se siente poderoso. Faye aprieta con suavidad, como si ese pequeño contacto sellara un pacto silencioso entre ellas.

─¿Qué hacemos ahora? ─pregunta Yoko, con una risa nerviosa.

Faye mira a Love, que ahora está mordiendo la oreja del peluche con total felicidad.

─Pues... seguir gateando a su lado ─responde, acariciando el dorso de la mano de Yoko─. Hasta que aprenda a correr. Y después, correr nosotras también detrás de ella.

Yoko asiente, con una sonrisa serena. Se recuesta en el hombro de Faye, y juntas miran a su bebé jugar, gatear, descubrir.

La vida ya no es lo que era.
Es mejor.
Es suya.
Es de las tres.

. . .

Las mañanas en casa ya no son silenciosas.

Love despierta temprano, justo cuando los primeros rayos del sol se cuelan por las cortinas. Yoko la escucha balbucear antes de llorar y, sin esperar más, se levanta. Para cuando entra al cuarto de la bebé, Love ya está sentada entre sus mantas, con el cabello alborotado y las manos en alto.

─Buenos días, amorcito ─murmura Yoko mientras la toma en brazos y la acuna contra su pecho─. ¿Tuviste lindos sueños?

Love la observa con esos ojos enormes, pestañeando lento, y luego se aferra a su blusa con fuerza. Yoko sonríe, su corazón lleno de algo que ni siquiera puede poner en palabras.

Cuando llega a la cocina, Faye ya está allí, con el delantal puesto y una taza de café en la mano. Al verlas, su rostro se ilumina.

─Mis chicas... ─dice, dejando la taza para acercarse.

Se detiene frente a ellas y acaricia la cabeza de Love con ternura, luego roza la mejilla de Yoko con la yema de los dedos.

─¿Dormiste bien? ─le pregunta, suave.

Yoko asiente, con una sonrisa tímida.

─¿Y tú?

─Lo suficiente para extrañarlas en la madrugada ─responde Faye, medio en broma, medio en serio.

Luego de desayunar, dedican el resto de la mañana a jugar. Love gatea sin parar, va de un rincón a otro de la sala, se ríe con carcajadas agudas cada vez que Faye la "atrapa" con cosquillas suaves o cuando Yoko le canta una canción inventada.

Faye no se despega de ellas ni un momento.

En algún punto, Yoko se distrae doblando la ropa del día anterior, y Faye, que tiene a Love sentada sobre sus piernas, empieza a hablarle bajito.

─¿Sabes, bebé? ─le dice, acariciándole la manito─. Antes de que llegaras, todo era... ordenado. Recto. Estaba tan ocupada siendo fuerte, que olvidé lo que era sentirme blanda por dentro.

Love suelta un pequeño bostezo y apoya la cabeza en su pecho.

Faye sonríe.

─Pero tú llegaste. Y luego ella. Y ahora no puedo imaginar este lugar sin ustedes dos.

Yoko las escucha sin querer, escondida detrás del marco de la puerta. Se queda allí, con la camisa entre las manos, sintiendo cómo se le aprieta el pecho de ternura. No dice nada, no interrumpe. Solo observa.

Más tarde, cuando cae la tarde, las tres salen al jardín del edificio. Faye pone una manta sobre el césped y dejan que Love explore un poco. Entre risas y fotos robadas, el cielo va tornándose rosado, y todo parece brillar con una luz suave.

Yoko apoya la cabeza en el hombro de Faye mientras Love juega con una flor.

─¿Esto es lo que llaman hogar? ─pregunta, en voz baja.

Faye toma su mano y entrelaza los dedos sin mirar.

─No lo sé ─susurra─. Pero si no lo es, no quiero saber cómo se siente el verdadero.

Yoko sonríe contra su hombro, y las dos se quedan así, abrazadas, mirando a Love. A su familia. Su hogar.

El mundo puede ser grande, impredecible, incluso injusto.

Pero este pedacito de mundo, hecho de tres corazones, está completo.

Y late fuerte.

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