doce
El cielo está nublado, pero el clima es perfecto para caminar.
Faye acomoda el gorrito de Love por tercera vez mientras esperan que Yoko termine de ponerle el cinturón al cochecito.
─Está bien ajustado, no va a salir volando ─dice Faye con una sonrisa ladeada.
─Es que hace viento, y no quiero que se enfríe ─responde Yoko, y le acomoda también el babero.
Faye la mira con algo que no puede ocultar: ternura.
─Vamos, mamá osa ─bromea─. Hoy solo vamos al parque.
─Tú eres la alfa, se supone que deberías ser tú la preocupada ─le lanza Yoko con una ceja levantada.
─Yo me preocupo, solo que tú ya lo haces por las dos ─contesta Faye mientras empieza a empujar el cochecito.
Ambas ríen suavemente mientras caminan por la vereda. Love hace pequeños ruiditos desde su lugar, feliz con el movimiento y las voces conocidas.
El parque está tranquilo, con familias disfrutando del día libre. Un par de niños corren por el césped, y algunos adultos los observan desde bancos cercanos.
Faye y Yoko encuentran un lugar bajo un árbol, y se sientan juntas mientras la bebé toma su biberón.
Una señora mayor que pasea un perro se detiene a su lado y sonríe al verlas.
─Qué hermosa bebé ─dice, con dulzura─. ¿Se parece más a mami o a mamá?
Faye y Yoko se miran por un segundo, sorprendidas.
La mujer ríe al notar sus expresiones.
─Ay, no se preocupen. Hoy en día ya no se sabe quién es quién, pero lo importante es que se ve que la quieren mucho.
Yoko sonríe tímidamente.
─Sí. La queremos mucho.
Faye, en cambio, asiente con una expresión que casi parece orgullo.
─Es nuestra pequeña tormenta ─dice, sin pensar demasiado.
Cuando la señora se aleja, Yoko le lanza una mirada cargada de significado.
─¿Nuestra?
Faye se encoge de hombros, sin poder ocultar la leve sonrisa en sus labios.
─¿Acaso no lo es?
Yoko no responde.
Solo se inclina y besa la frente de Love, que ya se ha quedado dormida entre sus brazos.
Y en ese silencio compartido, entre brisas suaves y miradas cómplices, parece que todo está bien en el mundo por un rato.
. . .
El sol ya comienza a esconderse cuando regresan al departamento.
Love duerme profundamente tras un día lleno de estímulos, su pequeño cuerpo rendido en los brazos de Faye mientras Yoko abre la puerta.
─Déjala en la cuna ─dice Yoko en voz baja─. Puedo prepararte un té.
Faye asiente sin decir nada. En el departamento solo se escucha el leve zumbido del ventilador y el crujir del suelo bajo sus pasos.
Minutos después, ambas están en la cocina, una taza caliente entre las manos, el ambiente en silencio… pero no incómodo.
Faye observa a Yoko por unos segundos.
La ve mover la cuchara en su té, con la mirada ligeramente perdida.
─¿Yoko?
─¿Hmm?
─¿Quieres… salir conmigo este fin de semana?
Yoko parpadea.
─¿Salir… a dónde?
Faye se ríe suavemente.
─Me refiero a… una cita. Tú y yo. Sin pañales, sin biberones… solo nosotras.
Yoko la mira, y por un segundo parece no saber qué decir.
Luego baja la mirada, pero sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.
─¿Estás segura?
─Lo estoy ─responde Faye sin dudar─. Quiero estar contigo. No solo como compañeras por Love. Quiero conocerte más… quiero que sea algo más.
El corazón de Yoko late un poco más fuerte.
No porque no lo haya imaginado antes, sino porque ahora lo escucha en voz alta. Claro. Sincero.
─Entonces… sí ─responde, apenas más que un susurro─. Me encantaría.
Faye no responde con palabras. Solo sonríe, y su mirada se suaviza, como si algo dentro de ella se acomodara por fin.
Yoko se ríe por lo bajo.
─Aunque si me vas a invitar a una cita, espero que sea algo más que ir al supermercado…
─No pienso llevarte a ningún lugar con pañales ─dice Faye, divertida.
Ambas ríen.
En ese momento, con Love dormida en la habitación, y la noche cayendo con suavidad sobre Tailandia, algo dentro de ellas cambia.
Ya no son solo dos personas cuidando a una bebé.
Son dos corazones que empiezan a encontrar el ritmo del otro.
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