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𝗵𝗼𝗺𝗲 𖹭.ᐟ fayeyoko

tres

bbyblu

Han pasado cuatro días desde aquella noche. Cuatro días de llanto a deshoras, de pañales improvisados, de biberones preparados a las apuradas, de miradas que se cruzan entre el sueño y el cansancio.

Yoko se mueve con naturalidad. A pesar del agotamiento, hay algo en ella que florece. Su cuerpo recuerda ritmos que no sabía que tenía, y su corazón parece entender ese pequeño llanto mejor que cualquier manual.

Faye, en cambio, tropieza. Literal y emocionalmente. Pero vuelve. Cada día, después del trabajo. Con una bolsita, con un paquete de toallitas, con una pequeña sonrisa torpe que Yoko empieza a esperar con más ganas de las que admite.

La bebé —a la que aún no han nombrado oficialmente— empieza a reconocer sus voces. Llora menos con Yoko, se calma más rápido con Faye en brazos. Como si también ella entendiera que esas dos mujeres, tan diferentes, están aprendiendo a ser algo que no sabían que querían ser.

El celular suena una tarde cualquiera, mientras Yoko cambia un pañal con habilidad quirúrgica y Faye intenta hacerle reír con una cucharita. La pantalla muestra un número desconocido.

Yoko atiende.

─¿Sí?

Faye se queda en silencio, observando cómo el rostro de Yoko se tensa apenas. Asiente. Dice “sí”, “entiendo”, “gracias por avisar”. Nada más.

Cuando cuelga, deja el teléfono en la mesa y respira hondo. Faye la mira, esperando.

─Era la trabajadora social ─dice finalmente─. Vienen a hablar mañana. Sobre el caso.

Faye baja la mirada. La cucharita cuelga en el aire, olvidada.

─¿Sabemos algo más?

─Todavía no. Sólo que están investigando si hay familiares, si alguien va a reclamarla. Pero… no hay nada seguro.

El silencio que sigue no es incómodo, pero pesa. Como un recordatorio de que todo esto, todo lo que están construyendo sin decirlo, podría deshacerse en un instante.

─¿Y si nadie la reclama? ─pregunta Faye en voz baja.

Yoko la mira. No responde. No porque no tenga una idea en la cabeza… sino porque temerla ya es suficiente.

. . .

La tarde cae despacio, tiñendo el departamento de naranja y sombra. En la cocina, Yoko mezcla leche en polvo mientras tararea una canción infantil. La bebé, envuelta en una mantita clara, reposa en los brazos de Faye, que camina despacio por el living con pasos torpes y una concentración que parece de otro mundo.

─No se me duerme ─dice Faye en voz baja, como si la niña entendiera.

─Porque estás nerviosa. Lo sienten ─responde Yoko desde la cocina─. Relájate.

Faye suelta un respiro. Acaricia con un dedo el cabello finito de la bebé y mira a su alrededor, a ese espacio que ha empezado a conocer de memoria. Las plantas pequeñas en el alféizar. Las tazas secándose en la repisa. El moisés al lado del sofá. Todo tiene el desorden amable de un hogar habitado.

─¿Siempre fuiste así? ─pregunta, sin pensar demasiado.

Yoko gira apenas la cabeza.

─¿Así cómo?

─Cálida. Tranquila. Como si supieras cuidar del mundo con las manos.

Yoko ríe suave.

─No sé cuidar del mundo… sólo sé cuidar de quien lo necesita. Y ahora ella me necesita.

─¿Y si… yo también necesitara?

La pregunta queda suspendida en el aire, más seria de lo que Faye esperaba.

Yoko no responde al instante. Termina de agitar el biberón, lo prueba en su muñeca, y luego se acerca con una sonrisa suave, como si le perdonara la torpeza de sentirse vulnerable.

─Entonces también te cuidaría.

Faye se queda quieta. No sabe si está agradecida o asustada. Pero no dice nada más.

Yoko le pasa el biberón con naturalidad, y Faye lo sostiene con más seguridad que la primera vez. La bebé succiona tranquila. Y por unos minutos, todo en el mundo parece funcionar como debería.

No hay preguntas, ni visitas inminentes, ni decisiones difíciles. Solo una tarde lenta, una bebé en brazos, y dos personas aprendiendo a sostenerse sin notarlo del todo.

. . .

Es de noche.

La bebé duerme en su moisés, envuelta entre mantas y con las manitas recogidas cerca del pecho. Su respiración pausada llena el silencio con un ritmo pequeño y sereno.

Yoko está sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas, hojeando un libro que no logra concentrarla del todo. La luz cálida de la lámpara tiñe su rostro de calma, aunque sus ojos se desvían de tanto en tanto hacia el moisés, como por reflejo.

Faye aparece desde la cocina con dos tazas en las manos.

─Es té ─dice, casi en susurro─. No me pidas algo más elaborado… aún no domino tu hervidor.

Yoko sonríe y toma una taza.

─Gracias.

Faye se sienta a su lado, dejando apenas un espacio entre ambas. Beben en silencio, con la televisión encendida en bajo volumen y un documental cualquiera de fondo. No hace falta hablar.

─¿Crees que vendrán con malas noticias? ─pregunta Faye, de repente.

Yoko duda un momento.

─No lo sé. Pero no quiero pensar en eso esta noche.

Faye asiente. Se recuesta un poco hacia atrás, suspirando largo.

─Tienes una forma de hacer que todo parezca más fácil ─murmura─. Incluso cuando no lo es.

Yoko gira el rostro hacia ella, apenas. No dice nada, pero su expresión es suave, paciente. Como si ya conociera esa parte de Faye que nadie más ve.

Pasan algunos segundos antes de que Faye vuelva a hablar, casi sin mirarla.

─Me gusta esto ─admite─. Estar acá. Con ustedes.

Yoko la observa un poco más. Luego asiente.

─A mí también me gusta.

Y por primera vez en días, Faye sonríe de verdad.

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