ocho
El sol de la mañana baña suavemente las calles de Bangkok. No hace demasiado calor, apenas lo suficiente para justificar la sombra de un árbol o el helado de un niño. Las aceras están tranquilas, y el pequeño parque del barrio empieza a llenarse de familias, abuelas que alimentan palomas y parejas jóvenes que pasean sin apuro.
Faye ajusta la correa del portabebés donde Love duerme plácidamente contra su pecho. Se ha esforzado por hacerlo bien: la cabecita bien sostenida, el cuerpo pegado al suyo, como Yoko le enseñó.
Yoko camina a su lado, con una pequeña pañalera cruzada y una botella de agua en la mano. Su mirada va constantemente hacia la bebé, aunque también se permite observar a Faye de reojo, como si estuviera viendo algo nuevo en ella.
─No puedo creer que aceptaras venir con el portabebés ─dice Yoko, sonriendo─. Juraba que ibas a insistir en el cochecito.
Faye suelta una risa leve.
─No lo niego, pero… me gusta sentirla cerca. Además, no quería estar empujando algo con ruedas mientras intento cargar con la pañalera y entender si está llorando de hambre o por otra cosa.
─Mira quién lo está haciendo muy bien ─responde Yoko, sorprendida y divertida.
Faye le lanza una mirada rápida, con una sonrisa de orgullo involuntario.
─Estoy aprendiendo de la mejor, ¿no?
Yoko siente un leve calor en las mejillas, pero no dice nada. Solo le lanza una mirada tierna antes de seguir caminando.
Encuentran una banca bajo un árbol. Faye se sienta con cuidado, sin despertar a Love, mientras Yoko saca un pequeño juguete de la pañalera. El parque está lleno de sonidos suaves: risas, conversaciones lejanas, el crujir de hojas secas bajo los pasos.
Un par de señoras mayores que pasan frente a ellas las observan con amabilidad.
─Qué bebé más hermosa ─dice una, con voz cálida─. Se nota que tiene mucho amor.
Faye y Yoko se miran apenas un segundo, luego ambas sonríen.
─Sí… tiene todo el amor que podemos darle ─responde Yoko.
La señora asiente, y sigue su camino con su amiga. El momento es breve, pero deja algo suspendido en el aire.
Faye mira a Yoko, más seria ahora.
─¿Eso es lo que somos? ¿Una familia?
Yoko la observa, sin esquivar la pregunta.
─¿Tú qué crees?
Faye baja la vista hacia Love, aún dormida contra su pecho.
─Creo que… lo estamos siendo, poco a poco.
Yoko se inclina hacia ella, despacio. No es un beso, ni una caricia. Solo apoya su frente contra el hombro de Faye, en un gesto íntimo, sincero.
─Entonces cuidemos eso ─susurra─. Lo que estamos formando.
Y ahí, bajo el sol tranquilo de la mañana, las tres se abrazan sin decir más. Porque a veces, lo más grande comienza con lo más simple: salir juntas a caminar.
. . .
Es domingo por la tarde, y el departamento de Faye está lleno de un aroma suave a sopa tailandesa y arroz jazmín. En la pequeña sala, Love duerme profundamente en su cunita, con una manta ligera sobre el pecho. La casa está ordenada, aunque con señales de que ahí vive una bebé: juguetes pequeños, una mantita doblada sobre el sofá y biberones en la cocina.
Faye mira el reloj.
─¿A qué hora dijeron que llegaban?
─Hace diez minutos ─responde Yoko, sentada con una taza de té caliente entre las manos─. Seguro están buscando dónde estacionar.
Justo entonces suena el timbre.
─Ya está ─dice Faye, sacudiéndose las manos con el delantal puesto.
Abre la puerta y allí están: Engfa, con su sonrisa confiada, y Charlotte, quien saluda con un gesto suave. Ambas entran como si la casa fuera una extensión de la suya.
─¡Hola, hermanita! ─dice Engfa, dándole un abrazo sin previo aviso─. Huele bien aquí. ¿Tú cocinaste?
─No, Yoko lo hizo ─responde Faye, señalando hacia el interior.
Charlotte sonríe, acercándose para saludar a Yoko con un abrazo cálido.
─Gracias por invitarnos. Teníamos muchas ganas de conocer a Love.
─Es un placer tenerlas aquí ─dice Yoko, devolviendo el gesto─. Está dormida, pero seguro despierta pronto.
Engfa se asoma a la cuna con curiosidad y luego mira a su hermana.
─Vaya, tienes cara de no haber dormido en semanas. Nunca pensé que te vería así.
Faye suspira, pero sonríe.
─Es más trabajo del que parece.
─¿Y cómo te va? ¿No se te ha caído todavía? ─pregunta Engfa con tono burlón.
─Engfa ─la reprende Charlotte, aunque su tono es dulce─. No seas pesada.
Faye cruza los brazos, resignada.
─No. No se me ha caído. Y no pienso dejar que nadie más la cargue sin mi permiso.
─¿Ni siquiera yo? ─pregunta Charlotte, con una sonrisa traviesa.
─Tú tal vez… pero Engfa, lo siento, no confío en ti con vasos de vidrio, menos con un bebé.
Todas ríen, incluso Yoko, que parece más cómoda con la presencia de las otras. La conversación fluye, entre bromas y anécdotas, mientras en la cocina se sirve la comida y la tarde avanza.
Cuando Love despierta, Faye la carga con torpeza pero cuidado. Charlotte se acerca para acariciar su cabecita con ternura, mientras Engfa la observa con los brazos cruzados.
─Jamás pensé que vería a Faye así. ¿Tú sí, Charlotte?
─Es linda esta versión de ella, ¿no? ─responde su esposa─. Y muy tierna también.
Yoko observa desde el sofá, y sonríe al ver a Faye tan pendiente de cada movimiento de Love. No dice nada, pero algo en su pecho se siente más liviano, como si no estuviera tan sola en todo esto. Como si finalmente pudiera compartir el peso… y el cariño.
Más tarde, cuando las visitas se despiden, Faye cierra la puerta y se apoya un segundo contra ella.
─¿Crees que lo hice bien? ─pregunta, mirando a Yoko.
─Lo hiciste perfecto ─responde Yoko─. Ella está bien… y tú también.
Faye asiente, su mirada se suaviza, y en ese momento, Love, desde su cuna, emite un pequeño sonido, como un suspiro. Las dos se acercan, y sin decirlo en voz alta, sienten lo mismo: ese pequeño ser las está uniendo más de lo que esperaban.
. . .
El sol se filtra a través de las cortinas, proyectando una luz cálida sobre la sala del departamento de Yoko. En la alfombra, Love está acostada sobre una manta acolchada, moviendo sus piernitas y brazos al ritmo de un sonajero que Faye agita con cuidado.
─¿Te gusta? ─le pregunta Faye a la bebé, sonriendo con ternura─. ¿Eh, chiquita?
─Estás hablando como si pudiese responderte ─dice Yoko desde la cocina, divertida─. Aunque no lo voy a negar, te sale muy natural.
Faye se encoge de hombros, con una media sonrisa.
─No lo puedo evitar. Es como si me naciera solo.
Unos segundos después, suena el timbre.
─Seguro son ellas ─dice Yoko, secándose las manos.
Cuando abre la puerta, Lingling y Orm están del otro lado. Lingling lleva una pequeña bolsa con galletas caseras y Orm… un peluche casi más grande que ella.
─¡Hola! ─saluda Orm, entrando con pasos torpes─. ¡Por fin conocimos a la famosa Love!
─Hola, chicas ─responde Faye desde la sala─. Pasen.
Orm corre (casi tropieza, pero se recupera) y se arrodilla frente a Love con los ojos brillantes.
─¡Ay, qué cosita más linda! Tiene cara de ser una alfa poderosa.
─Es una omega ─responde Faye enseguida, con tono protector─. Pero igual es poderosa.
─¡Más todavía! ─dice Orm, encantada─. Va a romper corazones cuando crezca. Igual que su mamá.
Faye parpadea.
─No es… yo no soy su mamá.
Yoko, desde la cocina, se queda en silencio un segundo antes de decir:
─Ni yo tampoco, en realidad.
Orm se lleva una mano a la boca.
─¡Ay, lo siento! Pensé… es que, no sé, se nota que hay mucho cariño. Como si fueran una familia de verdad.
Lingling, que hasta ahora se había mantenido callada, se sienta en el sofá y cruza una pierna sobre la otra.
─Orm tiene razón, aunque no sepa decirlo sin meter la pata. La manera en que cuidan a Love… eso no lo hace cualquiera.
Yoko se sienta al lado de su hermana y baja la mirada, pensativa.
─No es lo que planeábamos. Solo… pasó.
─A veces lo mejor de la vida es eso que no se planea ─murmura Orm, mirando a Love como si ya la quisiera.
Faye no responde de inmediato. Solo observa a Yoko, luego a la bebé. En su pecho, algo cálido se mueve lento, como una verdad que empieza a asomar.
Love se despierta con un pequeño gemido, y ambas se levantan al mismo tiempo para atenderla. Faye la alza con cuidado, Yoko acomoda la mantita. Orm las mira en silencio, luego sonríe.
─Perdón si fui entrometida. Solo que... se nota cuando el amor está ahí. Aunque uno no se dé cuenta todavía.
El silencio posterior no es incómodo. Es suave. Lleno de pensamientos que ninguna se atreve a decir en voz alta. Pero ambos corazones lo sienten.
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