seis
El departamento huele a arroz jazmín y leche tibia. Love duerme en su cuna improvisada, hecha con mantas suaves y una caja decorada con ositos. Yoko salió a hacer unas compras rápidas. Faye está sola, sentada en la mesa del comedor, con su portátil abierto… pero sin trabajar.
─¿Puedo pasar? ─dice Nok desde la puerta.
Faye asiente y se levanta para dejarla entrar. La trabajadora social, de baja estatura y mirada amable, observa el entorno como si pudiera leer la historia en cada objeto.
─Veo que han hecho algunos cambios ─dice con una sonrisa.
─Sí. Yoko dijo que era importante que Love sintiera que este es su lugar.
Nok asiente, cruzando los brazos.
─¿Y tú? ¿Lo sientes así?
Faye guarda silencio. Se sienta otra vez, mirando la cuna.
─No lo sé. No planeé nada de esto. Solo escuché su llanto aquella noche y... no pude dejarla sola.
─Eso se llama instinto, Faye. Las alfas tienen uno muy fuerte, especialmente con crías. Pero esto… esto es más que eso, ¿verdad?
Faye juega con una cucharita sobre la mesa. Asiente, pero sin levantar la mirada.
─Al principio pensé que solo era eso: una reacción biológica. Pero ahora la miro… y siento miedo. De que algo le pase. De no estar a la altura.
─El miedo también es parte del amor ─dice Nok suavemente─. ¿Y Yoko?
Faye la mira, esta vez directo a los ojos.
─Ella… me sorprende. Tiene una calma que me falta. Es firme, pero dulce. La forma en que carga a Love, la manera en que me habla cuando estoy frustrada. No sé cómo explicarlo. Es como si... todo encajara mejor cuando está cerca.
Nok sonríe, dejando su bolso en el suelo.
─Tal vez no se trata de entenderlo ahora. A veces lo importante no es lo que planeamos, sino lo que decidimos cuidar cuando llega. Eso es lo que se queda.
Faye respira hondo. Mira de nuevo hacia la cuna. Love se mueve apenas, soltando un pequeño suspiro.
─¿Crees que podamos quedarnos con ella?
Nok no responde enseguida. Solo se acerca y coloca una mano sobre el hombro de Faye.
─Si el hogar que están construyendo es estable, seguro y lleno de amor… entonces sí. Pero no se trata solo de papeles, Faye. Se trata de compromiso.
─Entonces voy a intentarlo ─responde ella, más segura esta vez.
La puerta se abre. Yoko entra con una bolsa en cada mano y una sonrisa tranquila. Faye la mira. Y Nok también.
Y en ese instante, a pesar de todo lo incierto, algo se siente profundamente correcto.
. . .
La ciudad ya se ha apagado. Desde la ventana del departamento, solo se escuchan los murmullos lejanos de motocicletas y el canto ocasional de un grillo. Love duerme profundamente, acurrucada con su pequeño puño cerca del rostro, en paz.
Faye se sienta en el suelo, con la espalda contra el sofá, un vaso de agua entre las manos. Luce agotada, pero tranquila. Yoko se le une, llevando una manta ligera que extiende sobre ambas.
─¿No tenías planos que revisar? ─pregunta Yoko, con voz baja para no despertar a la bebé.
─No puedo concentrarme en eso últimamente ─responde Faye, esbozando una sonrisa cansada─. Todo lo que hago es pensar si Love comió bien, si tiene frío, si dormirá sin sobresaltos…
─Te estás convirtiendo en una alfa muy comprometida ─bromea Yoko, apoyando el mentón sobre sus rodillas.
Faye ríe por lo bajo, negando con la cabeza.
─No sé si es compromiso o miedo. Todo esto me abruma a veces.
─A mí también. Pero creo que eso significa que nos importa.
Faye se queda en silencio unos segundos. La mira de reojo, como si intentara medir sus palabras antes de decirlas.
─¿No te molesta que me haya metido así en todo esto? No tenías ninguna obligación, Yoko. Y ahora vives con una bebé y una alfa torpe que no sabe cambiar pañales sin hacer un desastre.
Yoko la mira con ternura.
─¿Quieres la verdad?
Faye asiente.
─Al principio pensé que eras como esas alfas que solo aparecen cuando hay que proteger o resolver algo... y luego desaparecen. Pero te quedaste. Te equivocas, sí. Pero vuelves a intentarlo. No eres perfecta, Faye, pero... me haces sentir acompañada.
La confesión cuelga en el aire, sencilla y honesta. Faye la absorbe con el pecho lleno.
─No quiero desaparecer ─dice al fin─. Ni de la vida de Love, ni de la tuya.
Yoko la observa, suave. Hay algo en su mirada que no necesita palabras para ser entendido.
─Entonces no lo hagas.
Las dos permanecen ahí, bajo la manta, con las piernas estiradas y los hombros rozándose apenas. Afuera, la noche sigue. Adentro, el silencio es cómodo. Familiar.
Y mientras Love duerme, Yoko y Faye empiezan a comprender que quizá el hogar no siempre es un lugar… a veces, es una persona. O dos. O tres.
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