-3-
El sonido de la alarma de mi móvil me despierta de golpe. Ni siquiera abro los ojos, solo estiro una mano desde debajo de las sábanas y la apago con un movimiento torpe.
No voy a ir a clases hoy.
No puedo.
Me encojo más debajo de las mantas, escondiéndome como si eso pudiera evitar que el mundo siguiera girando. Aprieto los ojos con fuerza y deslizo el dedo por la pantalla, activando el modo avión sin siquiera fijarme en todos los mensajes y llamadas perdidas que tengo.
No quiero verlos.
No quiero enfrentarme a nada de lo que está afuera de este capullo de mantas que he construido para mí mismo.
Me pongo los auriculares y dejo que la música suene en aleatorio, esperando que cualquier canción logre ahogar mis pensamientos.
La música siempre ayuda a escapar.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel, porque lo primero que suena es Bad Romance de Lady Gaga.
Y es ahora, aquí, enterrado en mi propia miseria, que entiendo lo que Lady Gaga quería decir con Bad Romance...
No se trata de peleas dramáticas o de pasión destructiva.
No se trata de gritos o reconciliaciones explosivas.
Se trata de esa necesidad irracional, de ese deseo de estar con alguien incluso cuando sabes que todo esta mal, cuando sabes que has cruzado líneas que nunca debiste cruzar.
Es ese anhelo amargo, el que arde en el pecho y no se apaga ni con el tiempo ni con la distancia.
Es saber que, aunque te duela, aunque algo dentro de ti sepa que tal vez no debió pasar de esa manera… lo volverías a hacer.
Porque, al final del día...
No es solo una historia de amor que termina mal....
No...
Ni mucho menos
Es un amor que, aunque duela...
Aunque rompa...
Aunque queme...
Sigue ahí....
Pegado a la piel.
Incrustado en la memoria.
Inmortal.
Después de aquella primera vez, mi relación con Damian cambió.
No de manera abrupta, pero sí de forma sutil y constante.
Estaba más que contento.
Estaba de puta madre....
Había algo en la manera en que me miraba, en cómo sus manos me buscaban incluso en los momentos más cotidianos, que me hacía sentir que algo había evolucionado entre nosotros.
No era solo deseo
No era solo atracción física.
Era que estábamos juntos.
Ahora éramos nosotros.
Presentarlo a mis padres
Unas semanas después de nuestra primera vez, decidí que era momento de hacer las cosas bien. No podía seguir escondiendo lo que sentía por Damian, y aunque sabía que mis padres sospechaban, quería decírselos directamente.
Una mañana después de clases, lo invité a casa con la intención de presentarlo formalmente. Había estado nervioso toda la mañana, repasando en mi cabeza cómo lo diría, qué palabras usaría, cómo reaccionarían ellos. Cuando llegamos, mi madre estaba en la cocina preparando la comida, y mi padre, mirando algunos papeles en el salón.
-Mamá, papá...-tragué saliva, sintiendo el peso de la situación-quiero presentaros....-Mi madre se giró con una sonrisa, como si ya supiera lo que estaba a punto de decir. Maldito instinto de madres-Damian Wayne...M-mi novio.
Mi padre levantó la vista del escritorio y observó a Damian con esa mirada analítica que siempre usaba cuando quería evaluar a alguien.
Cosas de padres.
Damian, como siempre, se mantuvo firme, con la espalda recta y una expresión serena, aunque sus ojos revelaban una ligera tensión.
Si él se pone nervioso a mí me da una taquicardia
-Mucho gusto, señor Kent, señora Kent-dijo con educación, extendiendo la mano-Mi madre fue la primera en reaccionar, sonriendo y estrechándole la mano con firmeza.
-El gusto es nuestro, Damian.
-Mi padre, tras unos segundos de pausa que se me hicieron eternos, también estrechó su mano y asintió con aprobación.
-Mientras hagas feliz a mi hijo, todo está bien.
No esperaba más de él.
-Lo haré
-Más te vale.
Terminamos cenando juntos, y aunque Damian no era el más hablador del mundo, mi madre logró sacarle algunas sonrisas con su habilidad innata para hacer sentir a la gente bienvenida.
Te quiero mamá.
Semanas después, fue mi momento de conocer a la familia de Damian.
La sola idea me ponía nervioso.
No solo porque su apellido pesaba como un diamante, sino porque Damian no era exactamente abierto con sus sentimientos ¿Cómo serían los demás?
No sabía qué esperar.
El día que me llevó a la Mansión Wayne, mi ansiedad estaba por las nubes. Nunca había estado en un lugar tan enorme y elegante.
Joder....
Soy pobre...
Los primeros en recibirme fueron Alfred Pennyworth, el mayordomo de la familia, quien me saludó con una cortesía tan impecable que casi me sentí como un niño bebe.
Luego llegó Dick, el hermano mayor de Damian, quien se veía más emocionado de conocerme de lo que yo esperaba.
-Así que tú eres Jon...-dijo con una sonrisa-he oído mucho sobre ti.
-¿Ah, sí?-pregunté con el corazón acelerado.
-Sí, pero no de Damian. Tuve que sacárselo con mil preguntas.
Detrás de él, apareció Tim, quien me miró con curiosidad.
-Espero que tengas paciencia con él
-Callate-Dijo Damián.
Y finalmente, apareció Bruce Wayne.
Su sola presencia llenó la habitación. No era el hombre más expresivo del mundo, pero su mirada lo decía todo. Me miro durante unos segundos, y aunque no dijo mucho al principio, cuando estrechó mi mano, noté que Damian se relajaba ligeramente a mi lado.
-Si Damian ha decidido presentarte, entonces ya sé que eres alguien importante. -fue lo único que dijo.
No sé si eso era una bendición o una advertencia, pero Damian parecía satisfecho con esa respuesta.
Esa noche cenamos en la mansión, y aunque la conversación fue un poco más seria que en mi casa, poco a poco me fui sintiendo más cómodo. Dick fue el que más habló, contándome historias embarazosas de Damian cuando era más joven, mientras que Tim intervenía con comentarios sarcásticos que hacían reír a Alfred. Bruce observaba todo en silencio, pero noté cómo su mirada a veces se suavizaba cuando veía a Damian relajado. Cuando la cena terminó y nos despedimos, Damian me llevo a casa.
-¿Ha sido terrible como decías que sería?-preguntó, con una pequeña sonrisa.
-No, pero tampoco ha sido un paseo por el parque-bromeé, sintiendo que mi corazón finalmente volvía a latir con normalidad.
-Creo que les gustó.
-Dick ya te quiere más que a mí.
Reí, sintiendo que, a pesar de los nervios y las expectativas, había dado un paso gigantesco.
Ahora, no había dudas.
Damian era mi pareja.
Y yo era suyo.
Los fines de semana se convirtieron en nuestro refugio.
Aunque Damian iba a mi casa con frecuencia y mis padres lo miraban bien, sabíamos que no podíamos tener la misma privacidad que en la Mansión. Así que, poco a poco, ir a su casa los viernes o sábados por la noche se volvió algo habitual.
La mansión era enorme, pero cuando estábamos en su habitación, se sentía como si fuera nuestro propio mundo. En esos momentos, no existía la presión de los estudios, de las responsabilidades o de las expectativas de nuestras familias. Solo estábamos él y yo, entregándonos de una manera que solo nosotros dos entendíamos.
Las primeras veces, todavía me sentía un poco de nerviosismo, pero con el tiempo, aprendí a disfrutar de cada toque, cada beso, cada caricia con la misma intensidad con la que Damian me hacía suyo.
Él siempre era paciente, incluso cuando el deseo nos empujaba, asegurándose de que cada momento fuera exactamente como yo lo quería. Y aunque el sexo era parte de nuestra relación, no era lo único que nos unía.
Pasar más tiempo en la casa Wayne también significó que terminé conociendo más a fondo a su familia. Dick siempre intentaba integrarme en sus conversaciones absurdas y bromas interminables, y aunque Tim no era tan expresivo, con el tiempo me di cuenta de que le caía bien. Alfred se aseguraba de que nunca me faltara nada cuando estaba allí. Incluso creo que a Bruce le caigo bien.
De la misma manera, Damian también se integró más en mi familia. Mis padres lo adoraban, y mi madre no perdía la oportunidad de hacerle sus postres favoritos cada vez que venía a casa.
Otra cosa que se volvió parte de nuestra rutina fueron sus partidos de fútbol. Verlo jugar despertaba algo en mí que no podía explicar. Damian no solo era bueno, era increíble...O yo estaba demasiado pillado por el.
Me sentaba en las gradas con los demás espectadores, sintiendo cómo la emoción subía con las jugadas del equipo de cada uno.
-Si te gusta tanto, podrías haberte unido al equipo también-bromeó Jay una vez.
-Sí, claro, y romperme una pierna en el primer partido -repliqué, rodando los ojos.
Pero la verdad es que, en esos momentos, cuando lo veía moverse en el campo con esa determinación, no podía evitar sentirme aún más atraído por él. Y cada vez que me miraba desde la cancha después de un gol, con esa media sonrisa que me dedicaba solo a mí, mi corazón latía con fuerza.
Sin embargo, no todo era perfecto. Con el tiempo, me di cuenta de que, sin quererlo, me estaba alejando de mis amigos. Pasaba casi todo mi tiempo libre con Damian, y aunque ellos nunca dijeron nada, podía notar que algo había cambiado...Fue Katy quien finalmente lo mencionó un día, mientras tomábamos un café después de clases.
-Sabemos que estás enamorado y que te encanta pasar tiempo con Damian-dijo, revolviendo su bebida con la cucharilla-y eso está bien...Pero también te echamos de menos.
-No es que nos hayas dejado de lado-intervino rápidamente Jay-Pero te vemos menos...Y no queremos que te sientas mal por ello. Solo queremos recordarte que aquí seguimos...
-Sí...-Maya, dándome un leve empujón en el brazo-una relación es genial y todo, pero los amigos también son importantes...Además, necesitamos a alguien que nos ayude a molestar a Ethan cuando se pone insoportable después de sus entrenamientos.
Me reí con ellos, pero en el fondo, entendí lo que querían decir. Había estado tan envuelto en mi mundo con Damian que no me di cuenta de cuánto los había descuidado.
-Joder...Yo...Lo siento, chicos-dije con sinceridad.
-No tienes que disculparte-
dijo Katy, sonriendo-solo queremos asegurarnos de que sigamos teniendo nuestras locuras de grupo.
Después de esa charla, me propuse encontrar un balance.
Aún pasaba la mayoría de mis fines de semana con Damian, pero también comencé a organizar más salidas con mis amigos.
Las cosas empezaron a torcerse de una manera insidiosa, casi imperceptible, como la erosión lenta de una costa bajo la marea.
No hubo un solo momento, un solo evento que marcara el cambio.
Fue un proceso, una acumulación de silencios prolongados, de miradas que duraban demasiado, de comentarios que al principio parecían inofensivos pero que con el tiempo fueron dejando un rastro de amargura en la boca.
Damian siempre había sido intenso.
Lo supe desde el principio.
No amaba a medias, no quería a medias, y desde el momento en que nos convertimos en nosotros, su devoción fue absoluta.
En un principio, eso me había parecido algo encantador.
Me hacía sentir visto, querido, como si hubiera encontrado a alguien que no dudaba en darlo todo por mí. Pero lo que no supe entonces —lo que no quise ver— es que esa intensidad tenía un peso, una presión que empezó a aplastarnos a los dos.
Todo comenzó con detalles mínimos.
Su manera de tocarme en público cambió; ya no eran solo gestos casuales o besos fugaces. Ahora eran posesivos, para que los demás supieran que yo le pertenecía.
Y yo no lo detuve.
Una parte de mí disfrutaba de esa posesividad, de la certeza de que alguien me quería con esa ferocidad.
Pero había otra parte, enterrada bajo la euforia de sentirme suyo, que comenzaba a ahogarse.
El primer verdadero síntoma de que algo estaba mal fue en su mirada, la forma en que observaba a quienes se acercaban a mí, como si midiera cada gesto, cada risa, cada palabra compartida. La primera vez que me lo hizo notar, fue después de una salida con mis amigos.
Sí.
Mis amigos.
-No me gusta cómo te mira -dijo, con la voz controlada, pero con algo afilado en el fondo.
-¿Quién?-pregunté, confundido.
-Jay
-Es mi amigo, Damian.
-Lo sé.
-Y no creo que nunca haya nada entre nosotros
-¿Crees?
-Es de mis mejores amigos.
Él no respondió más.
Solo me miro, y en ese momento, entendí que no era sobre Jay. No era sobre nadie en particular. Era sobre la idea de que alguien pudiera ocupar un espacio en mi vida que no fuera él.
Lo dejé pasar.
No quería pelear.
No quería ver lo que estaba pasando delante de mí.
Pero entonces vinieron otras cosas.
La manera en que me sujetaba se volvía más ¿firme? ¿Fuerte? cuando estábamos con otras personas, los comentarios que lanzaba con la intención de recordarme—y recordarle a los demás—que yo le pertenecía.
Y yo... yo tampoco era inocente.
A veces lo provocaba.
A veces, cuando notaba su mirada sobre mí mientras hablaba con alguien más, mantenía la conversación un poco más de lo necesario.
No para traicionarlo.
Nunca para cruzar una línea, pero sí para ver hasta dónde llegaba su paciencia.
Y cuando lo veía en sus ojos, esa llama, cuando sentía su mano encontrar mi cintura con más firmeza de lo normal, una parte de mí se encendía con esa satisfacción retorcida de saber que le importaba tanto que no podía soportar la idea de perderme.
Nos estábamos envenenando mutuamente. Y lo sabíamos.
La primera pelea seria ocurrió después de un partido...
Yo había ido a felicitarlo, como siempre, pero en medio de la emoción, Ethan me pasó un brazo por los hombros en un gesto completamente inofensivo.
No pensé en ello en el momento.
Pero Damian lo vio.
El trayecto de regreso a su
casa fue un mar de silencios.
Sabía lo que venía antes de que dijera una sola palabra.
-¿Te gusta molestarme?
-¿Qué?
-No eres estúpido, Jon. Sabes perfectamente de qué hablo.
No respondí rápidamente.
Porque una parte de mí sí lo disfrutaba.
Disfrutaba esa intensidad, esa necesidad visceral de él por mí.
Pero también sabía que esto no era saludable.
-No he hecho nada malo-dije como si eso pudiera cambiar lo que sentía. Damian apretó el volante.
-Ya...
No respondí.
Porque cualquier cosa que dijera nos llevaría a un punto sin retorno.
Después de esa noche, las discusiones se hicieron más frecuentes.
A veces eran sobre cosas triviales, tonterías que terminaban con besos demasiado intensos, con un deseo mezclado con rabia.
Pero otras veces eran tormentas que no se disipaban con facilidad.
Una noche, después de una fiesta a la que habíamos ido con sus amigos, la tensión explotó. Yo había estado charlando con un chico del equipo contrario al de Damian, algo completamente casual, lo juro, pero en cuanto llegamos a su casa, supe que esta vez no iba a dejarlo pasar.
-¿Estabas filtreando con Axel?-soltó, con una franqueza que me dejó helado.
-¡No estaba filtreando con él!
-Ya...
-¿¡Ya qué!?
-¿crees que no me doy cuenta? No es solo lo que dices, es cómo lo dices, es cómo los miras…
Vale, es hora de ponernos serios.
Respiro y suspiró.
-Porque no tengo que mirarte solo a ti todo el tiempo, Damian Tengo amigos, tengo una vida fuera de ti. Igual que tú
Su expresión cambió.
Algo en su mirada se oscureció, algo que no había visto antes.
No era rabia, era algo peor.
Era decepción.
-No me hagas sentir como si fuera el único problema aquí -dijo en voz baja, pero llena de un peso que me aplastó el pecho.
Y tenía razón.
Porque aunque él se volvía posesivo, yo en varias ocasiones lo había provocado.
Jugaba con sus límites, con su deseo de control, porque en el fondo, quería ver cuánto podía tirar de la cuerda antes de que se rompiera.
Nos quedamos en silencio, la distancia entre nosotros más grande que nunca.
Y sin embargo, cuando se acercó y me besó, no lo rechacé.
Porque el amor no siempre es dulce.
A veces es un incendio que devora todo a su paso.
Y aunque sabes que tarde o temprano te va a consumir por completo, no puedes evitar avivar las llamas.
Ese era nuestro amor.
Un amor peligroso, insaciable, destructivo.
Pero lo peor de todo… es que no quería que terminara.
Decidí cambiar.
No fue un momento de revelación ni una epifanía repentina, sino una serie de pequeños ajustes, de decisiones tomadas en silencio mientras reflexionaba sobre la dirección en la que nuestra relación se dirigía.
No quería perder a Damian.
No quería que lo nuestro se convirtiera en una constante guerra de egos, de provocaciones y reacciones impulsivas.
Si lo amaba, debía demostrarlo de una manera diferente.
Más madura.
Así que empecé a tomar medidas.
Primero, dejé de jugar con sus celos. No era consciente de cuánto lo hacía hasta que empecé a prestar atención. Ya no dejé que Ethan me abrazara de manera despreocupada, ya no dejé que Katy bromeara con coqueteos inofensivos, ya no sonreía con complicidad cuando Damian se tensaba ante la presencia de otros cerca de mí.
Dejé de ser un participante activo en ese fuego cruzado.
Sabía que algunos de mis amigos lo notaban.
Sabía que Ethan lo notaba.
-¿Desde cuándo eres tan frío?-me preguntó un día, después de que rechazara su intento de pasarme un brazo por los hombros.
-No es eso...estoy tratando de poner límites-dije. Ethan me miró con cara de: ¿Qué?
Y creo que si mente fue rápida en atar cabos.
-¿Límites o barreras? Porque parece que nos estás dejando fuera.
No respondí.
Porque, en parte, tenía razón.
Poco a poco, fui reduciendo el tiempo con mis amigos. No los abandoné por completo, pero ya no era el mismo. Si antes pasaba tardes enteras con ellos, ahora eran encuentros esporádicos, salidas breves, momentos que se sentían más como un deber que como algo que realmente disfrutaba. Y cada vez que estaba con ellos, sentía el peso de la ausencia de Damian como una presión constante en el pecho.
En su lugar, pasaba más tiempo con él. Los fines de semana ya no eran solo en la Mansiób; las noches entre semana también se volvieron parte de nuestra rutina. Terminaba mis clases y, en lugar de quedarme con Katy o Jay, iba directamente a verlo. Nos encerrábamos en su cuarto, a veces en silencio, a veces simplemente perdiéndonos el uno en el otro como si el mundo exterior no existiera.
Damian, por supuesto, lo notó.
Y aunque nunca lo mencionó abiertamente, había algo en su actitud que revelaba su satisfacción con mi cambio.
Se relajó, menos propenso a la tensión silenciosa que antes flotaba entre nosotros. Y, en cierta manera, eso me hacía sentir que estaba haciendo lo correcto.
Pero había algo más.
Algo que no quería admitirme a mí mismo.
Con cada renuncia, con cada límite que ponía entre mi vida y los demás, me sentía menos yo.
Mis amigos aún estaban ahí, pero había una barrera invisible entre nosotros.
Ethan ya no se acercaba con la misma naturalidad. Katy y Jay parecían medir sus palabras cuando hablaban conmigo. Y Maya… Maya me miraba con esa expresión que decía que veía lo que yo aún me negaba a ver.
Pero Damian… Damian estaba feliz. Su toque era más suave, sus besos más cariñosos que otra cosa. La sombra de inseguridad que solía aparecer en sus ojos cuando estábamos en público desapareció poco a poco.
Así que...¿no era esto lo correcto?
Si Damian me amaba más por ello, si nuestras peleas disminuían, si nuestro tiempo juntos era más intenso, más íntimo, más nuestro…
Entonces debía haber tomado la decisión correcta.
¿No?
Pero joder, qué equivocado estaba.
Si pensaba que Damian se sentía más seguro porque pasaba más tiempo con él, porque había puesto barreras entre mis amigos y yo, porque ya no lo provocaba, estaba completamente equivocado.
Damian no tenía miedo de perderme.
Damian tenía miedo de perder el control sobre mí.
Y lo descubrí de la peor manera.
Al principio, todo parecía estar bien.
Mejor, incluso.
Pasábamos más tiempo juntos, nuestras peleas habían desaparecido, y yo creía que había tomado el camino correcto. Creía que al ceder un poco, al ajustarme a lo que él necesitaba, estaba construyendo una relación más sólida.
Que estábamos en sintonía.
Pero no.
Porque Damian no quería menos razones para estar celoso.
Damian quería que no existieran razones en absoluto.
Y cuando vio que había conseguido eso, que me había apartado de todo lo que antes me hacía ser yo, se dio cuenta de que no era suficiente.
Se dio cuenta de que aún tenía que probar su control sobre mí.
Fue sutil al principio.
Pequeñas cosas que antes no notaba o que no quería notar.
Sus preguntas eran más directas, menos disfrazadas de preocupación.
¿Qué has hecho hoy?
¿Con quién has hablado?
¿Por qué has tardado tanto en contestar mis mensajes?
Antes, esas preguntas solían aparecer cuando estábamos en una discusión, cuando sus celos se activaban por algo que yo sí había hecho, por una interacción que sí había sucedido.
Pero ahora... ahora eran parte de nuestra rutina.
Al principio, respondía sin darle importancia. No tenía nada que ocultar. Pero después de un tiempo, me di cuenta de que lo que buscaba no era información, sino reafirmación. No le bastaba con que no hubiera más momentos de celos, necesitaba verlo. Necesitaba oírlo de mi boca, constantemente, como si cada vez que lo dijera, reafirmara que yo le pertenecía.
Y entonces vino el siguiente paso.
-Deberías cambiarte la foto de perfil-dijo una noche mientras estábamos acostados en su cama.
-¿Por qué?
-Porque sales con Katy.
Jo-der.
Lo miré, esperando que sonriera, que me dijera que era una broma. Pero su expresión era completamente seria.
-¿Y?-pregunté, sintiendo una incomodidad helada treparme por el pecho.
-Solo lo comento porque como ya casi no te juntas con ella.
Y así, sin que lo pidiera directamente, terminé cambiándola.
Después fue con mi horario.
-No entiendo por qué sigues almorzando con ellos si la mayoría de las veces terminamos juntos después de clases.
Después, con mi teléfono.
-No es que no confíe en ti, pero... ¿por qué sigues en ese grupo de WhatsApp si casi no hablas?
Cada pequeña cosa a la que cedía se sentía insignificante en el momento. No era gran cosa, ¿verdad? Era solo una foto, solo un almuerzo, solo un grupo de WhatsApp.
Hasta que un día me di cuenta de que no recordaba la última vez que había pasado tiempo con alguien sin que Damian estuviera presente.
No recordaba la última vez que Katy me había escrito sin que su mensaje sonara distante.
No recordaba la última vez que Ethan había intentado iniciar una conversación conmigo en persona, en vez de limitarse a un asentimiento de cabeza cuando nos cruzábamos en los pasillos.
No recordaba la última vez que había tomado una decisión sin medir cómo reaccionaría Damian ante ella.
Y cuando finalmente lo vi con claridad, fue como si alguien me hubiera tirado un cubo de agua fría sobre la cabeza.
No era que Damian temiera perderme.
Era que Damian nunca había querido que tuviera la opción de irme.
Sin duda, la peor parte, el punto sin retorno, fue cuando decidí retomar el control de quién era.
Fue una tarde después de uno de sus entrenamientos. El vestuario estaba vacío, solo quedábamos él y yo en las duchas. El sonido del agua cayendo, la humedad en el aire y el repiqueteo de mis dedos en el banco. Lo estaba esperando, y mientras pensaban cómo iba a decírselo. Había pasado semanas sintiéndome atrapado en una versión de mí mismo que no reconocía, y esa tarde, finalmente decidí hacer algo al respecto.
No le estaba preguntando.
Le estaba informando.
Cuando salió se lo dije.
-Mañana voy a quedar con Katy, Jay y Maya-solté, con una firmeza que hacía tiempo que no usaba con él.
Intentaba no mirarlo demasiado porque estaba desnudándose enfrente a mí, y, bueno… ya sabemos lo que pasa cuando alguien que nos gusta empieza a...¡Centrémonos!
Él se quedó en silencio unos segundos, con la cabeza agachada, como si estuviera procesando lo que acababa de decirle. Luego, lentamente, cerró la taquilla y se giró hacia mí, sin molestarse en taparse.
-¿Por qué no me los habías dicho antes?-Su tono era tranquilo, pero la tensión estaba ahí, acechando bajo la superficie como un depredador esperando el momento justo para atacar.
-Porque no tengo que avisarte cada vez que quiero hacer algo con mis amigos-respondí, cruzándome de brazos.
Lo vi apretar la mandíbula, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba recuperando una parte de mí que había perdido.
Estaba tomando el control de nuevo.
Pero el problema con Damian es que nunca dejaba que nada escapara de su control sin pelear.
-¿Desde cuándo te molesta decírmelo?-preguntó, acercándose lentamente.
-Desde que me di cuenta de que cada vez que lo hago, terminas haciendo que me sienta culpable por ello-solté sin ningún tipo filtro.
Silencio.
Fue un silencio denso, casi asfixiante. Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, la tensión explotó.
Nos estábamos gritando.
Y después no sé quién de los dos se movió primero.
No sé si fui yo, impulsado por la rabia y la atracción innegable que sentía hacia él, o si fue Damian, queriendo demostrar que aún tenía poder sobre mí. Lo único que sé es que, dos minutos después, yo estaba con mis piernas y brazos alrededor de su cuerpo, besándonos contra las taquillas con una desesperación salvaje.
Mi espalda golpeaba el metal, su boca devoraba la mía con una intensidad que me robaba el aire.
Otro minuto después, estábamos en el suelo.
La frialdad de las baldosas contrastaba con el ardor de nuestras pieles. Damian estaba encima de mí, su cuerpo encajando con el mío de una manera que me hacía olvidar por completo la razón por la que habíamos empezado a discutir. Sus manos recorrían mi cuerpo con la misma fuerza con la que había discutido conmigo segundos antes, con la misma intensidad con la que me reclamaba sin necesidad de palabras.
Y yo lo dejé hacer.
Porque, en el fondo, quería que lo hiciera.
Porque parte de mí todavía disfrutaba de la manera en que me poseía, en que me hacía sentir suyo, incluso cuando sabía que esto no estaba bien.
Porque así éramos Damian y yo.
Una guerra constante entre la necesidad de libertad y la adicción a la prisión que nos habíamos creado mutuamente.
Salir con mis amigos no fue una decisión negociable.
Lo hice, una y otra vez, sin importar si Damian discutía conmigo después o si el ambiente entre nosotros se volvía tenso.
Había momentos en los que podía sentir la tormenta en sus ojos incluso antes de que las palabras salieran de su boca, pero ya no retrocedía.
No del todo.
Aprendí a convivir con las peleas, con los silencios fríos, con la manera en que me miraba cuando volvía de pasar el rato con ellos, como si estuviera midiendo cuánto de mí se estaba escapando de sus manos.
Mis padres, por supuesto, lo notaron.
Mi madre me miraba con preocupación cada vez que me encerraba en mi habitación después de una pelea con Damian, y mi padre, aunque no decía nada, observaba más de la cuenta. Ya no era tan abierto con ellos. No quería hablar sobre lo que pasaba, sobre el huracán en el que se había convertido mi relación, porque admitirlo en voz alta era hacer real el problema.
Y entonces apareció Anthony.
Un chico nuevo, sin amigos, con una energía y una necesidad casi desesperada de conexión. Katy, Jay, Maya y yo lo integramos sin pensarlo dos veces, porque así éramos nosotros. Porque sabíamos lo que era estar fuera de lugar, y Anthony encajó con nosotros de inmediato.
Era expresivo.
Demasiado expresivo.
El tipo de persona que saludaba con besos en la mejilla, que se despedía con abrazos largos, que no tenía ningún problema en sujetarte del brazo cuando hablaba contigo. No me molestaba. De hecho, era refrescante estar con alguien tan despreocupado, alguien que no tenía segundas intenciones en sus gestos, que simplemente era.
Pero lo que yo sabía y lo que Damian quería saber eran dos cosas completamente diferentes.
Y entonces pasó lo inevitable.
Estábamos fuera del instituto, despidiéndonos antes de irnos cada uno por su lado. Anthony, como de costumbre, me dio un abrazo, palmeándome la espalda con una sonrisa antes de girarse para saludar a los demás. Yo ni siquiera lo pensé, porque para mí no significaba nada más que lo que era: un gesto de amistad.
Pero Damian estaba ahí.
Y no le gustó.
No vi el momento exacto en que cruzó la distancia entre nosotros. Solo sentí el impacto.
Un empujón seco. No lo suficientemente fuerte como para derribarlo, pero lo suficiente como para que Anthony diera un paso atrás, sorprendido.
El ambiente se congeló.
Jay frunció el ceño de inmediato, y Katy abrió la boca para decir algo, pero Maya la sujeto del brazo, deteniéndola.
-¿Pero que haces?-preguntó Anthony, completamente desconcertado.
Yo, por mi parte, sentí que la sangre me hervía.
-Damian.-Mi voz salió tensa, afilada como una cuchilla.
Pero él ni siquiera me miró.
Sus ojos estaban fijos en Anthony, como si esperara que desafiara su autoridad. Como si creyera que podía decidir quién podía tocarme y quién no.
Y eso… eso no lo iba a permitir.
-No vuelvas a hacerlo-le advertí.
Solo entonces me miró. Y en su mirada no había arrepentimiento. Solo una sombra de algo más oscuro, algo más primitivo.
No dijo nada.
No se disculpó.
Simplemente se giró y se fue, como si con eso la conversación hubiera terminado.
Damian estaba de pie enfrente de mí, con las manos metidas en los bolsillos, y una cara que me decía lo mal que podía acabar esto. Yo, por mi parte, intentaba controlar mi propia frustración, pero el calor que subía por mi pecho no ayudaba
-¡Me abraza!-repetí, con más fuerza. Damian soltó una risa seca, sin humor, inclinando la cabeza ligeramente como si intentara no perder la paciencia.
-Jon ¿Sabes cómo se ve desde afuera? ¿O solo decides ignorarlo?-su tono era bajo, pero mordaz.
-No hay nada que ignorar porque no hay nada ahí, Damian. Anthony es un amigo. Nada más-Él soltó un suspiro, pasándose una mano por el pelo antes de volver a mirarme.
-No es solo eso. No es solo él. Eres tú. Tú lo permites, tú le das la confianza para que lo haga. ¿Por qué?-dio un paso más cerca, y sentí su presencia como una sombra a punto de envolverme-¿Por qué lo dejas tocarte así?
Algo en su tono, en la manera en que sus ojos ardían de algo más que simple molestia, me hizo dar un paso atrás instintivamente. Pero no podía, no iba a, dejar que esto siguiera así.
-Porque es un gesto normal. Porque no voy por la vida pensando que cada persona que me toca quiere acostarse conmigo-Le dije esta vez más tranquilo-Porque no todos piensan como tú, Damian.
Vi cómo su expresión cambió en ese instante.
Fue sutil
Apenas una sombra que pasó por su rostro antes de que su mandíbula se tensara.
-¿Y eso qué significa?
-Que no todo contacto físico tiene que ser un puto problema. Que no tienes que actuar como si me estuvieran arrancando de tus manos cada vez que alguien me abraza. Que no tienes que controlarlo todo.
-¿Controlarlo todo?-repitió, como si probara las palabras en su boca-Jon, por favor. Mírate. Desde que estás conmigo, ¿cuántas veces han pasado cosas que te incomodan?-Parpadeé, confundido.
-¿De qué estás habl...
-Tus amigos. Ellos son los que no te dicen nada cuando te alejas. Ellos son los que te aceptan cada vez que desapareces porque yo me convierto en tu prioridad. Y, sin embargo, cuando soy yo quien te pide algo, cuando soy yo quien expresa una jodida incomodidad, de repente soy el problema.
Mis labios se entreabrieron, pero no supe qué decir.
-Yo… no…
-¿Yo qué?-interrumpió-¿Yo nunca te he hecho sentir como si no pudieras tomar tus propias decisiones? ¿Nunca te he hecho sentir como si fueras mío?
Algo en mi interior se revolvió ante esas palabras.
Porque la respuesta era clara.
Sí.
Pero si lo decía en voz alta, si lo admitía, entonces no habría vuelta atrás.
Damian se dio cuenta de mi silencio, y su rostro se suavizó, pero no de la manera en la que esperaba. No con ternura, sino con la certeza de que ya había ganado esta discusión.
-No quiero que cambies, Jon. Solo quiero que te des cuenta de cómo se ven las cosas.
Y esa frase, esa jodida frase, fue lo que me hizo estallar.
-¿¡Cómo se ven las cosas!? ¿¡Para quién!? ¿¡Para ti!? ¿¡Para alguien que ve problemas donde no los hay!?-solté una carcajada amarga-¡Damian, yo sé quién soy!. ¡Sé lo que hago!. ¡Sé lo que siento!. ¡Pero cada vez que me abrazan, cada vez que alguien me toca sin malas intenciones, tú te comportas como si me estuvieran quitando algo que te pertenece!.
Damian no respondió de inmediato. Su mirada era una tormenta silenciosa, pero esta vez no dijo nada.
El silencio se alargó, y sentí como si algo en la habitación se estuviera resquebrajando.
-No quiero perderte, Jon-dijo finalmente, en voz baja.
Cerré los ojos por un instante, sintiendo el peso de esas palabras hundirse en mi pecho.
Porque yo tampoco quería perderlo.
Pero lo que me aterraba no era perderlo.
Era saber hasta qué punto estaba dispuesto a perderme a mí mismo para quedarme con él.
El timbre de la puerta me saca bruscamente de mis pensamientos. El sonido me da como una bofetada, arrancándome del remolino de recuerdos que había estado reviviendo desde hacía horas. Me quito los auriculares y los dejo junto al mueble al lado de la cama.
La música, que hasta hace unos segundos servía como un eco constante para anestesiarme, queda atrás. Suspiro profundamente antes de levantarme.
Bajo las escaleras lentamente, cada paso acompañado por ese nudo de cadenas en el pecho que parece apretar más con cada día que pasa. Cuando llego a la puerta, me asomo por la mirilla, y allí está él: Conner, mi primo.
Probablemente mis padres han intentado contactarme sin éxito y, como siempre, mandaron a su mejor carta para lidiar conmigo.
Porque sí, ellos están en el otro lado de la ciudad con mi abuela, pero nunca dejan de encontrar maneras de hacerme saber que estoy bajo su radar.
Suspiro de nuevo y abro la puerta.
-Ey....-es lo único que dice Conner al verme, pero no hace falta más.
Ese simple saludo lleva consigo todo lo que no está diciendo. Puedo verlo en su expresión: sabe que algo no va bien. Lo sé porque lo conoce todo de mí. Sabe cuándo estoy agobiado, cuándo he tocado fondo, cuándo me estoy aislando del mundo para evitar enfrentar lo que está ahí fuera.
-Ey...-respondo, intentando que mi voz suene más firme de lo que realmente está.
Conner me observa por un segundo.
No dice nada más, pero su mirada lo dice todo: Tus padres están preocupados. Yo estoy preocupado. No vas a escaparte de esto.
Su forma de no presionar directamente siempre ha sido su manera de entrar en mi burbuja sin romperla del todo.
-¿Puedo pasar?-Doy un paso hacia un lado y dejo que entre.
Su chaqueta negra, ligeramente húmeda por la llovizna de afuera, desprende un ligero olor a frío y a lluvia. Él camina hacia la sala y se quita la capucha antes de mirarme de nuevo. Estoy seguro de que está evaluando cada parte de mí: la ropa, mi cara, hasta el pelo. No hace falta que le diga cómo estoy; ya lo sabe.
Cierro la puerta y me preparo mentalmente.
Sé lo que viene.
Sé que Conner no va a soltarme hasta que haya conseguido al menos una parte de la verdad.
Y por primera vez en días, no sé si quiero que lo haga o si solo quiero que me deje hundirme en paz.
Nos sentamos uno enfrente del otro. La tensión en el aire se puede tocar, como si cada uno estuviera esperando que el otro rompiera el silencio primero.
Pero por supuesto Conner no es de los que pierden el tiempo con rodeos.
-¿Por qué estás así de mal? -pregunta directamente, sin titubeos.
Lo miro un segundo, dudando. Parte de mí quiere desviar el tema, decirle que simplemente estoy pasando por un mal momento, que no es nada grave. Pero ya no puedo seguir mintiéndome a mí mismo. Así que, en lugar de buscar excusas, simplemente dejo escapar un suspiro pesado.
-Estoy en un mal momento -respondo, sin adornos, sin más explicaciones. Conner me mira, cruzando los brazos. No se traga mi respuesta a medias.
-¿Con tu pareja?
Paso la lengua por mis labios, una reacción nerviosa, y bajo la mirada. No necesito decir nada para que él ya tenga la respuesta.
-Puedes contarme lo que sea -insiste-No me voy a chivar a nadie.
Y sé que no lo haría.
Mis padres han mandado aquí para intentar arreglar algo que ellos no pueden, pero Conner no es su espía.
Él está aquí porque realmente quiere ayudarme, porque realmente quiere entender qué es lo que está pasando.
No le voy a dar detalles.
No pienso dárselos.
Pero tampoco puedo seguir evitando lo evidente.
-Mi relación con Damian se ha vuelto tóxica-confieso, y en cuanto las palabras salen de mi boca, siento una mezcla de alivio y vértigo.
Es la primera vez que lo digo en voz alta.
Conner se queda en silencio, mirándome con una expresión seria. Puedo ver cómo procesa lo que acabo de decir, cómo lo pesa en su mente.
-Del uno al diez, ¿cuánto?
-Me muerdo el interior de la mejilla, dudando. Pero si voy a ser honesto, que sea por completo.
-Quizás un trece.
-Joder-susurra, dejándose caer contra el respaldo del sofá, pasándose una mano por la cara.
El silencio se instala entre nosotros.
Un silencio que lo dice todo.
Un silencio en el que sé que Conner está buscando la manera de ayudarme sin asustarme, sin hacerme sentir que me está empujando.
Pero yo ya sé lo que él está pensando.
Y el problema es que, a pesar de todo, todavía no estoy listo para escuchar lo que sé que va a decir.
Después de esa discusión en su habitación, todo comenzó a derrumbarse de manera lenta y tortuosa.
No hubo una explosión
No hubo gritos ni puertas cerrándose de golpe.
No hubo un esto se acabó de su parte ni de la mía.
Simplemente... dejamos de hablarnos.
Damián, con su orgullo intacto, no se dignó a buscarme.
Y yo, cegado por el mío, tampoco lo busqué.
En el instituto, era como si nunca hubiéramos compartido nada. Pasábamos uno al lado del otro en los pasillos sin mirarnos, sin dirigirnos la palabra, como si fuéramos extraños. Como si nunca hubiéramos estado enamorados.
Al principio, pensé que podría soportarlo.
Que con el tiempo, uno de los dos cedería y todo volvería a la normalidad.
Pero los días pasaron, y luego las semanas, y el silencio entre nosotros se hizo insoportable.
Decidí que no iba a ir a verlo más a sus partidos.
Me negué a sentarme en las gradas con la misma emoción de antes, a dejar que mis ojos lo siguieran por el campo, a buscar su mirada después de un gol. En lugar de eso, me quedaba dentro con mis amigos, en los bancos del instituto, haciendo como que no me importaba, riéndome más fuerte de lo normal cuando hacían chistes, fingiendo que todo estaba bien.
Pero por dentro... me estaba miriendo.
Algo en mi estómago se revolvía cada vez que escuchaba a alguien hablar de él, cada vez que su nombre aparecía en una conversación que no tenía nada que ver conmigo. Me dolía el pecho cuando recordaba su voz, cuando mi cuerpo reaccionaba por costumbre al sonido de su risa en algún pasillo lejano.
Y algunas noches, lloraba.
No porque lo hubiera planeado, no porque quisiera hacerlo, sino porque el peso de la ausencia se volvía insoportable.
Porque, aunque no lo habíamos dicho en voz alta, tal vez nuestra relación había terminado.
Y tal vez ninguno de los dos se atrevía a aceptarlo.
Otra semana después era el momento de hacer frente a lo que tanto miedo me daba.
Había esperado demasiado, había dejado que el orgullo nos tragara a ambos, que el silencio se hiciera más grande que la relación que habíamos construido.
Pero ya no podía más.
No quería que esto terminara por no haber hablado, por no haber intentado al menos arreglarlo.
Así que lo esperé a la salida del instituto. Lo vi cruzar el aparcamiento, con las llaves del coche en la mano, a punto de abrir la puerta. Cuando me miró, supe que sabía exactamente por qué estaba ahí.
Nos quedamos mirándonos por un momento.
-Tenemos que hablar-dije finalmente.
Damian no dijo nada. No hizo ningún gesto que delatara si estaba de acuerdo o no. Solo inclinó la cabeza, señalando su coche, dándome la opción de subirme o no.
Y yo me subí.
Me puse el cinturón, sintiendo el silencio entre nosotros como una carga que se hacía más pesada con cada segundo. Damian arrancó el motor, pero no puso música, no intentó distraerse con nada.
Esperó...
Esperó a que yo hablara.
Tomé aire profundamente antes de soltar la pregunta que me carcomía por dentro.
-¿Hemos roto?-Damian mantuvo la vista en el parabrisas, y creo que sus dedos se aferrados al volante.
-No lo sé-respondió finalmente-Pero lo parece.
Un golpe seco en el pecho.
El aire se sintió más quemar en mis pulmones, pero no podía dejar que eso me detuviera.
No podía dejar que todo terminara con un "no lo sé".
-Yo no quiero romper-dije, con más sinceridad de la que me habría gustado mostrar. Sentí que mi corazón se apretaba contra mi caja torácica, porque odiaba ser el primero en decirlo. Odiaba ser yo quien diera ese paso cuando lo único que quería era saber si él me había echado de menos, si él también había estado al borde de la locura sin mí.
Damian giró la cabeza, su expresión seria, pero sin rastro de cabreo.
-Yo tampoco quiero romper -admitió, y por un instante, sentí que podía respirar otra vez. Pero antes de que pudiera sentirme completamente aliviado, añadió-Pero hay cosas que no estoy dispuesto a aceptar.
-No necesitaba preguntarle a qué se refería.
-Es mi amigo-murmuré.
Damian no desvió la mirada.
-No me gusta-dijo con franqueza-No me gusta ver cómo te abrazan, cómo te tocan con tanta confianza.
-Sentí la piedra en mi garganta bajando lentamente.;Traté de tragarmela, de mantenerme firme, pero las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas.
-A mí tampoco me gusta que desconfíes de mí. Como si fuera a dejarte por cualquier persona que aparezca-
Damian desvió la mirada por un momento, como si esas palabras le hubieran girando nieve en un lugar que no esperaba.
-No es desconfianza, Jon. Es…-suspiró, pasándose una mano por el cabello-No quiero que esto se convierta en otra pelea.
Pero ya lo era.
Porque esto no se trataba solo de Anthony.
No se trataba solo de quién me abrazaba o quién no.
Se trataba de él, de su necesidad de control, de la manera en que siempre necesitaba asegurarse de que yo seguía estando donde él quería.
Y aún así…aún así lo quería.
Aún así no quería perderlo.
Así que me quedé en silencio.
Porque si decía todo lo que realmente pensaba, esto sí que se rompería de verdad. Y no estaba listo para que eso pasara.
-¿Jon?-La voz de Conner me saca de mis pensamientos-
¿Qué os pasa?-pregunta, directo, sin rodeos.
Respiro hondo y le hago un pequeño resumen. No entro en detalles, no quiero revivir cada discusión, cada momento en el que Damian me ha hecho sentir mal. Solo le doy lo suficiente para que entienda lo esencial: que mi relación con Damian es tóxica y que, a pesar de saberlo, no soy capaz de dejarlo.
Conner se queda en silencio, pensativo.
-Te entiendo-dice
finalmente.
Eso me sorprende más de lo que debería.
-¿Me entiendes?-Él asiente despacio.
-Sí...-Admite y después carraspea-Yo también estuve en una relación tóxica.
-¿¡En serio!?-Chillo, sin poder evitarlo.
No me puedo imaginar a Conner en una relación tóxica.
Siempre ha sido tan independiente, tan libre que da envidia. Él es la persona que siempre he querido ser. Trabaja donde quiere, hace lo que quiere, vive como quiere. No parece el tipo de persona que se dejaría atrapar en algo así.
-¿Y yo sé quién es?-pregunto con curiosidad-Es decir, ¿lo conocí?
Conner niega con la cabeza.
-Lo dudo-Frunzo el ceño, sintiendo que mi estómago se tensa ante la incertidumbre.
-¿Pero quién fue?
Conner suspira, como si estuviera debatiéndose entre contármelo o no. Finalmente, se pasa una mano por la nuca y suelta las palabras que hacen que se me caiga la boca al suelo.
-Tim Wayne.
El hermano de Damian.
El silencio se instala entre nosotros como un muro.
No sé qué decir.
Mi cerebro se desconecta por un instante, incapaz de procesar lo que acabo de escuchar.
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