-4-
Conner
Esta biblioteca era un lugar demasiado pijo para mi gusto.
Podríamos haber ido a la del centro, la de siempre, la que tiene las mesas de madera gastadas y los estantes con libros que huelen a historia y polvo.
Pero no, Killian y Sue quisieron venir a esta.
A este templo del silencio absoluto donde todo parece demasiado limpio, demasiado ordenado, demasiado caro.
Las mesas junto a los ventanales eran lo único que realmente valía la pena del lugar. Desde ahí, el sol entraba a raudales, calentando el frío ambiente de la biblioteca, creando pequeños destellos dorados en el suelo. Nos sentamos, repartiendo nuestros materiales para empezar el trabajo.
O al menos, ellos lo hicieron.
Porque en cuanto levanté la vista, lo vi.
Jooooooder.
Estaba justo en la mesa de enfrente, inclinado sobre sus folios, con la luz del sol dándole de lleno en el rostro. Tenía el ceño ligeramente fruncido, una mano sujetando su bolígrafo y la otra apoyanda en su barbilla con aire distraído.
Pero no era solo eso.
Era el conjunto.
Su pelo negro, brillante bajo la luz. La piel pálida que parecía absorber el dorado del sol. Sus labios ligeramente entreabiertos, su mirada fija en sus apuntes con una concentración casi hipnótica. Había algo en él que me atrapó en ese instante, algo que me hizo sentir un jodido nudo en el estómago.
Y entonces, nuestras miradas se encontraron.
Solo un segundo.
Un segundo en el que el mundo pareció quedarse en pausa.
Joder...¿es legal ser tan guapo?
Mi corazón dio un maldito salto, y tuve que fingir que estaba mirando mis papeles para no delatarme.
Ese algo que se removió dentro de mí con solo una mirada.
Y supe, en ese instante, que esto iba a ser un problema.
Quiero dejar algo claro: yo nunca había sido un chico tímido.
Para nada.
Siempre había sido el primero en hablar, en bromear, en romper el hielo sin dudarlo. Pero en ese momento, me bloqueé.
Pensé varias veces en levantarme y acercarme, en inventar cualquier excusa estúpida para hablarle. Mis amigos ni siquiera me habrían cuestionado porque yo siempre terminaba mis trabajos a tiempo, así que nadie me diría nada si me distraía un poco.
Pero...¡joder, me daba vergüenza!
Y eso no tenía sentido.
No era como si él se viera diferente, no era un extraterrestre ni tenía un aura mágica que me impidiera acercarme.
Solo era un chico.
Un chico guapo, sí.
Con una chaqueta de marca que probablemente costaba más que mi ropa de hoy y un ordenador de esos que han salido nuevos.
¿Posibilidades? Cero.
¿Ganas? Infinitas.
Suspiré y decidí centrarme en mi parte del trabajo. Para mi sorpresa, logré concentrarme lo suficiente como para avanzar más de lo que esperaba, solo mirándolo de vez en cuando.
Sí, solo de vez en cuando.
Pero entonces, el destino decidió jugar a mi favor.
Me levanté para ir a echarme un vaso de agua, y juro por Dios, por el destino o por cualquier fuerza cósmica que haya decidido apiadarse de mí, que lo encontré en la máquina de café.
Él y yo.
Juntos.
En el mismo espacio.
Se estaba pidiendo un café, y por un segundo me pregunté si este era mi momento. ¿Lo era? Ni puta idea. Pero si había algo que tenía claro era que yo no era de los que desperdiciaban oportunidades.
Así que sin miedo, solté lo primero que se me vino a la cabeza:
-¿Café solo?-Él levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos de nuevo-¿No está muy amargo por eso?-pregunté, con una sonrisa casual para disimular mi repentino nerviosismo-Es decir, yo lo probé una vez y, joder, qué malo estaba.
Para mi sorpresa, sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa.
-Sí-dijo simplemente-Pero espabila.
Ah.
No era mucho, pero era suficiente.
Y por alguna razón, ese mínimo intercambio de palabras hizo que mi estómago se revolviera más que cualquier conversación real que haya tenido en mi vida.
No voy a mentir. Volví más veces a esa biblioteca solo por cruzarme con él.
Al principio, me convencí de que iba porque realmente era un buen lugar para estudiar, que la luz natural de los ventanales era perfecta, que el ambiente silencioso ayudaba a la concentración.
Mentira.
Fui porque quería verlo.
Pero no pasó mucho. Apenas un par de miradas, un hola y un adiós rápido si nos cruzábamos en la máquina de café. Pequeños momentos insignificantes que, de alguna manera, se sentían más grandes de lo que deberían.
Uno de esos días, cuando ya me iba, lo vi salir y meterse en un coche de esos que brillan más que cualquier futuro y que cuestan más que una vida entera.
No me sorprendió.
Se notaba que venía de familia con dinero, era demasiado pulcro, demasiado impecable.
Pensé en mi siguiente acercamiento. ¿Debería decirle algo más la próxima vez? ¿Tal vez preguntar si quiere estudiar juntos?
Pero no hizo falta.
Al principio, todo indicaba que ese día sería una mierda.
La biblioteca estaba llena de gente, demasiado ruido para mi gusto, y me tocó sentarme en una esquina donde apenas podía verlo. Me resigné a no tener interacción alguna con él ese día.
Pero cuando salí, el cielo había decidido que era el momento perfecto para joderme la existencia. No estaba lloviendo un poco. Estaba diluviando. La calle parecía un puto río, y yo, en mi infinita inteligencia, no tenía paraguas.
Genial.
Suspiré, metí las manos en los bolsillos y me preparé para correr hasta la estación más cercana cuando lo vi salir detrás de mí.
-¿No tienes paraguas?-me preguntó con un leve brillo de diversión en los ojos. Me encogí de hombros.
-Qué va. Si esta tarde hacía un calor que parecía que estábamos en verano-
respondí. Para mi sorpresa, soltó una risilla.
Y jooooooder
-Si quieres, te llevo-ofreció, con la misma naturalidad con la que alguien te ofrece un chicle.
-¿Montarías a un desconocido en tu coche?
-¿Tú te montarías en el coche de un desconocido?
-Sonreí de lado y extendí la mano hacia él.
-Conner.
-Tim-Dijo dándome la mano.
Mi mano estaba un poco fría por la lluvia, la suya estaba cáliente. Un simple contacto que, por alguna razón, me hizo sentir algo extraño en el estómago.
Parezco una embarazada.
-Supongo que ya no somos desconocidos-dije, levantando una ceja.
-Supongo-respondió, con esa expresión tranquila que parecía siempre llevar consigo.
Y minutos después, estaba en su coche camino a mi casa.
El interior del auto olía a cuero y algo más, algo sutilmente dulce pero sin ser empalagoso. Como él. Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el parabrisas mientras él conducía con esa calma que parecía ser parte de su naturaleza.
No sé por qué, pero mi cerebro decidió que era el mejor momento para soltar la peor frase posible.
-¿Te imaginas que fuese un asesino en serie?
¿Soy idiota? Completamente.
Él no pareció inmutarse. Ni siquiera apartó la vista del camino.
-Te patearía el culo-
respondió con toda la seguridad del mundo.
Eso me sacó una carcajada.
-¿Sí?
-Sí. Sé artes marciales y practico kickboxing-dijo con la misma tranquilidad con la que alguien menciona que ha tomado clases de piano.
Lo miré de reojo, fingiendo indignación.
-Soy un humilde ciudadano.
-Esta vez, fue él quien soltó una carcajada.
Y en ese momento, me pregunté si lo que sentí la primera vez que nuestras miradas se cruzaron fue un flechazo de esos que lanza la vida para jodernos.
Al llegar a mi destino, la lluvia seguía golpeando con fuerza el parabrisas, creando un ritmo constante que llenaba el silencio entre nosotros.
-Gracias por acercarme-dije, desabrochando el cinturón de seguridad.
-De nada. Nos vemos en la biblioteca, supongo.
Sonreí, asintiendo.
-Claro, si no me asesinan antes-Él soltó una risa suave, y por un momento, el mundo fuera del coche dejó de existir.
-Cuídate, Conner.
-Tú también, Tim.
Salí del coche y corrí hacia la entrada de mi edificio, sintiendo las gotas de lluvia empapando mi ropa en segundos. Al llegar a la puerta, me giré y lo vi aún allí, observándome. Levanté una mano en señal de despedida, y él respondió de la misma manera antes de arrancar y desaparecer en la tormenta.
Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, no podía dejar de pensar en él. Había algo en Tim que me atraía de una manera que no podía explicar. Pero al mismo tiempo, una voz en mi cabeza me advertía.
Los flechazos nunca acaban bien.
El amor intenso es un problema.
Había visto a amigos consumirse en relaciones que comenzaban con una pasión ardiente, solo para desmoronarse en cenizas.
Las emociones intensas pueden ser un arma de doble filo, llevando a altibajos emocionales que desgastan el alma.
¿Estaba dispuesto a arriesgarme?
Mientras la lluvia seguía golpeando contra mi ventana, me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta clara.
Al día siguiente, mientras cruzaba la puerta de la biblioteca, con la decisión de arriesgarme, porque necesitaba más de él, aunque odiara a Cupido por ponerme en esta situación.
Quien no arriesga no gana.
Al entrar, lo vi sentado en su lugar habitual. Cogí aire y me acerqué, sentándome a su lado.
-Hola-saludé, intentando sonar casual. Tim levantó la vista y me dedicó una sonrisa.
-Hola, Conner.
Durante unos minutos, ambos nos sumergimos en nuestras respectivas tareas, el silencio solo interrumpido por el suave pasar de páginas. Finalmente, fue Tim quien rompió el hielo.
-¿Qué tal te van las clases?
-Bien, aunque a veces siento que me ahogo en trabajos. ¿Y tú?
-Igual. Aunque ya estoy en mi tercer año de universidad, así que debería estar acostumbrado.
Ah...
Ups
Me sorprendí al darme cuenta de que Tim tenía 21 años, mientras que yo apenas había cumplido mis 19.
-Vaya, eres dos años mayor que yo-comenté, intentando disimular mi sorpresa.
-Sí, tienes que respetarme.
-Soy más alto-Tim soltó una carcajada.
-La altura no te hace parecer más adulto.
Nuestra conversación continuó, fluyendo con una naturalidad que me sorprendió.
Cada palabra, cada risa compartida, hacía que sintiera que arriesgarme había valido la pena, aunque aún odiara a Cupido por ponerme en esta encrucijada emocional.
Estoy muy pillado.
Estoy muy jodido.
Dos meses después, nuestra relación había evolucionado más allá de los encuentros en la biblioteca. Tim y yo comenzamos a vernos fuera de la biblioteca, explorando, compartiendo más de nuestras vidas.
Descubrimos que compartíamos gustos musicales similares. Ambos éramos aficionados al rock alternativo y pasábamos horas recomendándonos bandas y álbumes. Recuerdo una tarde en la que discutimos apasionadamente sobre cuál era el mejor álbum de Radiohead, él defendiendo OK Computer y yo inclinándome por In Rainbows.
En cuanto a series, nos enganchamos juntos a una serie de suspense que emitían en una plataforma de streaming. Cada semana nos reuníamos para ver el nuevo episodio y luego debatíamos teorías sobre lo que podría suceder a continuación.
También compartimos nuestras series favoritas de siempre; él me introdujo en una serie de ciencia ficción de los años 90 que nunca había visto, mientras que yo le recomendé una comedia británica que me encantaba.
Nuestras conversaciones también abarcaban temas más profundos. Hablábamos sobre nuestras aspiraciones profesionales, las dificultades que enfrentábamos en nuestras respectivas carreras universitarias y nuestras opiniones sobre diversos temas.
A pesar de que Tim era dos años mayor que yo, nuestras diferencias de edad no parecían importar.
Mientras estaba tumbado en la cama de Tim, jugando en mi móvil, no podía evitar preguntarme por qué alguien que dormía solo tendría una cama de matrimonio. Tim estaba sentado en su escritorio, dejó escapar un suspiro mientras cerraba un libro de texto.
-Estoy cansado de los putos exámenes-Levanté la vista de mi juego y le pregunté.
-¿Quién te manda meterte en administración de empresas?
-Callate...Es que aunque mi universidad es privada, algunos profesores son realmente unos inútiles
-Que exagerado.
-Es la verdad...No creas que todo es perfecto en las privadas. A veces, el dinero da poder, y eso puede complicar las cosas.
Siempre había asumido que las universidades privadas eran superiores en todos los aspectos. Estaba muuy equivocado.
A medida que mi amistad con Tim crecía, él comenzó a llevarme a lugares que jamás habría imaginado pisar. Lugares donde la gente hablaba con una corrección tan impecable que hasta los insultos parecían educados.
Al principio, me sentía completamente fuera de lugar. Yo, con mi ropa cómoda y mi actitud de sudapollismo, rodeado de personas con zapatos tan brillantes que podía ver mi reflejo en ellos. Pero rápidamente decidí dejar ese absurdo sentimiento de inferioridad aparte. Ellos no eran mejores que yo solo por tener dinero.
Y aunque a veces me sentía como un pez fuera del agua, me negaba a dejar que eso me afectara.
-Dime que estás bromeando.
Miré el campo de golf con el mismo entusiasmo con el que miraría una sala de espera del dentista. Verdes perfectos, señores mayores con pantalones a cuadros, un silencio incómodo que me hacía querer gritar solo por la diversión de romperlo.
-Venga, Conner, es solo un juego-dijo Tim, sosteniendo un palo de golf con la naturalidad de alguien que ha hecho esto toda su vida.
-¿Juego? Esto no es un juego, esto es un deporte para millonarios con demasiado tiempo libre-repliqué, tomando el palo que me extendía con una mueca.
Tim sonrió con suficiencia.
-¿Apostamos?
Ah.
-¿Qué apostamos?-pregunté, ajustando mi agarre en el palo.
-Si gano, vienes conmigo la próxima vez sin quejarte.
-¿Y si gano?
-Te invito a una hamburguesa en cualquier sitio que elijas.
Aceptado.
Lo que no acepté fue la humillación pública que vino después. Intenté golpear la pelota. No la toqué.
Intenté otra vez. Fallé.
Tim cruzó los brazos, mirándome con diversión.
-¿Seguro que entiendes el concepto?
Lo ignoré, inhalé profundo y... ¡finalmente! ¡Le di! Pero con demasiada fuerza.
La pelota salió volando en un ángulo que ni la física podía explicar y aterrizó en algún lugar entre los arbustos. Tim se inclinó hacia mí con una expresión neutral, pero sus ojos brillaban de diversión.
-Creo que ese tiro fue más adecuado para béisbol.
No gané la apuesta.
Pero al menos conseguí que Tim se atragantara de la risa cuando mi pelota terminó en el lago.
Y no es el único deporte que me llevó. Aunque yo principalmente nunca sabía donde íbamos o que íbamos ha hacer.
-Conner, ¿sabes jugar tenis?
-He visto Wimbledon.
Tim suspiró mientras me pasaba una raqueta.
-Eso no cuenta.
-Bueno, ¿quién hace las reglas?
Tim me lanzó una mirada de "sé que esto va a terminar en desastre, pero vamos a hacerlo de todas formas".
Nos posicionamos en la cancha y, para mi sorpresa, esto no era tan difícil como el golf. Claro, había una técnica, pero al menos le pegaba a la pelota.
El problema era que Tim sí sabía jugar en serio. Cada vez que devolvía una pelota, lo hacía con una precisión que me hacía correr de un lado a otro como si mi vida dependiera de ello.
Después de quince minutos, estaba sudando como un condenado.
-¿Podemos hacer un recuento de puntos?-pregunté, apoyándome en mis rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.
Tim revisó el marcador improvisado que habíamos hecho.
-Sí. Tienes... tres.
-¿Y tú?
-Dieciséis.
-Voy a morir.
Tim sonrió.
-No lo haces tan mal.
-¿Y qué pasa si te lanzo la pelota a la cara?
-Pierdes la apuesta.
Lo intenté.
No lo conseguí.
Pero al menos logré que Tim se doblara de la risa cuando accidentalmente golpeé la red y la pelota rebotó directo a mi cara.
Al final, perdí ambas apuestas, pero gané algo más.
Cada vez que Tim me llevaba a uno de estos lugares donde yo no encajaba, descubrí que no se trataba de encajar.
No importaba si no sabía jugar golf, si no tenía ropa de marca o si mi cuenta bancaria no tenía más ceros de los necesarios para pagar el alquiler.
Tim me llevaba a esos lugares no para hacerme sentir fuera de lugar, sino para compartir parte de su mundo conmigo.
Sábado
Tim me mandó un mensaje a eso de las nueve de la noche.
"Ponte guapo. Paso por ti en media hora. Vamos a cenar."
¿Guapo?
Me quedé mirando la pantalla del móvil por un par de segundos antes de soltar una risita. No era común que Tim me pidiera algo así. No es que saliéramos con ropa de estar por casa, pero esto sonaba a algo más formal.
Suspiré y abrí el armario, buscando algo que se viera decente sin que pareciera que iba a una gala benéfica. Al final, opté por unos jeans oscuros ajustados, una camisa blanca de manga larga con los primeros dos botones abiertos y una chaqueta negra de cuero. Algo simple, pero con estilo. En los pies, mis Vans negras impecables.
Cuando bajé a la cocina, mi madre estaba haciendo albóndigas y el aroma inundaba la casa.
-¿Vas a cenar fuera?-
preguntó sin mirarme, demasiado concentrada en la sartén.
-Sí, Tim me ha dicho que viene a recogerme.
-Vaya, justo hoy que hago albóndigas.
-Guárdame unas en un tupper para mañana a la hora de comer-le dije con una sonrisa, abrazándola por los hombros antes de agarrar mis llaves.
-Claro, pero te pierdes la cena de hoy-respondió con fingida tristeza.
Rodé los ojos con diversión y salí al portal justo cuando Tim llegó, puntual como siempre. Me subí al coche y cerré la puerta.
-¿Dónde vamos?-Tim me miró de reojo con una pequeña sonrisa.
-Sorpresa.
-Venga, dime al menos si es algo elegante o solo quieres verme arreglado porque sí.
-¿No puedes confiar en mí?
-No.
-Solo disfruta del viaje, Conner-Bufé, cruzándome de brazos.
Cuando llegamos, me quedé sin palabras. El restaurante era enorme, con una fachada de mármol pulido y grandes ventanales desde los cuales se veía un interior lujoso. Luces cálidas, candelabros colgantes, mesas cubiertas con manteles blancos impecables y una decoración moderna pero elegante.
¿Qué hacía yo aquí?
Tim me llevó hasta la recepción, donde un camarero nos guió a una mesa cerca de un ventanal con vista a la ciudad iluminada. Todo se sentía como una escena sacada de una película.
Me senté y miré alrededor, sintiéndome como un infiltrado en el mundo de los ricos.
-Esto es demasiado elegante para mí-murmuré, acomodándome en la silla.
Tim apoyó el codo en la mesa y descansó la barbilla en su mano, mirándome con una media sonrisa.
-Eres mi invitado. Relájate.
-¿Y si rompo un plato?
-Lo sumarán a la cuenta-
Fruncí el ceño.
-Eso no me tranquiliza.
Tim soltó una risa baja justo cuando el camarero nos entregaba los menús. Miré los precios y sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.
-Tim... esto cuesta más que todo mi armario.
-Conner, relájate-repitió.
Dejé el menú sobre la mesa con un suspiro resignado.
-Lo intento, pero es difícil cuando siento que si dejo caer el tenedor, me van a echar a patadas.
-Te traje aquí porque quería cenar contigo en un sitio especial. ¿Eso está mal?
Abrí la boca para responder, pero nada salió.
Joder.
-Está bien. Pero la próxima vez elijo yo el sitio.
-Hecho.
-¿Aunque sea un puesto de tacos callejeros?-Tim tomó un sorbo de agua y me miró con calma.
-Si la compañía es buena, el lugar no importa.
Jooooodeeeeer.
Sentí algo en el estómago y no era hambre.
-Voy a pedir lo más caro del menú-bromeé, tratando de recuperar el control de la conversación.
Tim sonrió con complicidad.
-Adelante. Pero espero que lo termines todo.
Y por primera vez en la noche, dejé de preocuparme tanto y simplemente disfruté el momento.
La comida llegó en bandejas perfectamente presentadas, con esos pequeños detalles de decoración que hacen que te preguntes si estás cenando en un restaurante o en una galería de arte.
Miré mi plato con un poco de sospecha. Parecía delicioso, pero no había suficiente comida para alguien que realmente tuviera hambre.
-Tim...-dije, señalando mi plato con el tenedor-¿Esto es la comida de verdad o solo una muestra gratuita?-Tim apenas pudo contener la risa.
-Es alta cocina, Conner.
-Alta cocina, ya. O sea, que me va a dar hambre en dos horas y voy a tener que comprarme un burrito o asaltarla nevera.
-No seas dramático, es suficiente.
-Para un hámster con modales, sí.
Di un bocado, y sí, estaba increíblemente bueno.
Pero eso no significaba que no fuera a quejarme.
-¿Sabes qué?-dije con la boca medio llena-Si hubiera nacido rico, sería un tipo completamente diferente.
-¿Cómo diferente?-Me incliné sobre la mesa y puse mi mejor voz de niño rico mimado.
-"Oh, Timothy, pásame el caviar, por favor, que hoy solo me han dado un masaje de veinte minutos y estoy agotado"-Tim se llevó una mano a la cara, riéndose.
-"Oh, querido, qué desconsiderado eres, no entiendes lo difícil que es decidir entre un viaje a París o un yate en la Riviera".
-Definitivamente serías insoportable.
-Eso ya lo soy, pero imagínate con dinero.
Me lancé otra vez sobre la comida mientras Tim me observaba, probablemente preguntándose cómo diablos habíamos llegado a esta conversación en un restaurante elegante.
-Entonces dime-dije, señalándolo con el tenedor-si fueras pobre por un día, ¿qué harías?-Tim se tomó un momento para pensarlo.
-Supongo que me montaría en el metro.
-¿No te has montado nunca?
-No.
-¿Nunca?
-Nunca.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo escándalo.
-Por Dios, alguien sáquelo de la burbuja de la opulencia.
-Oh, por favor-Tim rodó los ojos-no es tan raro.
-Claro que lo es. Si fueras pobre por un día, deberías hacer algo más que solo subirte al metro.
-¿Como qué?-Pensé por un momento y luego sonreí.
-Comer en un puesto callejero.
-¿Eso es lo primero que se te ocurre?
-Absolutamente. Tienes que vivir la experiencia completa. Sin cubiertos, sin servilletas elegantes. Solo tú, la comida y una salsa tan picante que reconsideras toda tu existencia.
-No sé si quiero reconsiderar mi existencia por culpa de una comida callejera.
-Lo harás. Te prometo que lo harás.
Si Tim tenía el descaro de meterme en su mundo de golf, cenas elegantes y tenis con apuestas injustas, era hora de que él conociera el mío.
Se acercaban las vacaciones de Navidad, y aunque él tenía que estudiar como loco para los exámenes de enero, nos las arreglamos para hacer un planning en el que pudiera respirar entre tanto libro y vivir como la gente normal.
Diciembre 24 - Los Karks
No hay Navidad sin los Karks.
Los Karks eran una banda local de rock alternativo que tocaba cada 24 de diciembre en un bar pequeño pero legendario de la ciudad. No eran famosos, pero tenían suficiente talento como para que la gente llenara el lugar cada año.
Cuando le propuse la idea a Tim, su reacción fue... curiosa.
-¿Un concierto?
-Un concierto de verdad.
-¿Qué significa eso?
-Que vas a terminar sudado, rodeado de desconocidos y probablemente con algún mancha en la ropa-Su expresión fue impagable.
-Ah, fantástico.
La noche del 24, Tim apareció con una chaqueta de cuero y botas que me hicieron reír.
-¿Vas a una pelea de motociclistas o a un concierto?
-Pensé que debía vestirme acorde.
En el bar, Tim pasó los primeros minutos sorprendido por el volumen de la música. Cuando los Karks empezaron a tocar, me di cuenta de que, aunque intentaba no demostrarlo, le estaba gustando. Para cuando llegamos a la cuarta canción, ya estaba moviendo la cabeza al ritmo de la batería.
-Dilo.
-¿Decir qué?
-Que te gusta.
Tim suspiró, mirando al techo.
-No voy a darte el placer.
Pero su sonrisa lo delató.
Diciembre 27-El Metro y el Bar
-No sé si quiero hacer esto.
Tim miraba el metro como si fuera una criatura salvaje a punto de devorarlo.
-¿Enserio es tu primer viaje en metro?
-Sí.
-Esto será divertido.
Entramos en el vagón y, como era hora punta, en menos de dos segundos estábamos rodeados por una masa de gente.
-Conner...
-Sí.
-No puedo moverme.
-Bienvenido al transporte público.
El estaba aplastado que estaba contra mi hombro.
-¿Cuánto dura esto?
-Depende. ¿Cuánto puedes aguantar sin oxígeno?
Tim suspiró con dramatismo.
-Si muero, dile a mi familia que los quiero
-Voy a decirles que lo disfrutaste y que ahora prefieres el metro antes que los coches de lujo.
-Eres un idiota.
-Sí, pero un idiota con espacio para respirar.
Después de soportar la tortura, llegamos al bar donde siempre iba con mis amigos. Era lo opuesto a los restaurantes que Tim solía frecuentar. Las paredes tenían firmas de gente que había ido a celebrar cumpleaños, el suelo pegajoso delataba años de cervezas derramadas y el camarero te reconocía si ibas lo suficiente.
-Bienvenido a la vida real-le dije mientras nos sentábamos en una mesa de madera desgastada.
-Tiene... carácter-respondió Tim, mirando alrededor.
-Lo que tiene es las mejores hamburguesas de la ciudad.
-Pedimos, y mientras esperábamos, intenté sacar charla.
-¿Qué sería lo primero que dirías si te dieran un deseo?
-Pensó por un momento.
-Una biblioteca enorme.
-Eres más aburrido de lo que pensaba.
-¿Y tú?
-Un bar de estos. Para poner tu biblioteca dentro.
Tim se rió, negando con la cabeza. Cuando terminamos de comer, ya no parecía fuera de lugar.
Diciembre 30 - Los Recreativos
Nada une más a las personas que un buen enfrentamiento en los recreativos.
-Vas a perder-le advertí cuando le entregué una ficha para la máquina de air hockey.
-Ya veremos.
Me equivoqué.
Tim era bueno.
Insoportablemente bueno.
-¿Qué clase de trampa es esta?-protesté cuando marcó su quinto punto.
-No es trampa, es habilidad.
-No puedes ser bueno en TODO.
-Claramente puedo.
En los coches de carreras le gané por muy poco, pero en los juegos de disparos me humilló.
-No debí traerte aquí-me quejé mientras él recogía más fichas con una sonrisita de superioridad.
-Demasiado tarde.
Se lo estaba pasando bien. Y aunque no lo admitiría en voz alta, verlo fuera de su mundo, en el mío, y adaptándose sin problemas, me hacía sentir algo que no podía explicar.
3 de enero-Los Karts
-No sé si esto es una buena idea-dijo Tim mientras se ponía el casco.
-Oh, es una idea perfecta-
respondí con una sonrisa- Ahora vamos a ver si tu talento para todo se aplica también a esto.
La pista de karts no era particularmente grande, pero tenía suficientes curvas y giros cerrados como para hacer que incluso los más experimentados se tambalearan. Yo llevaba años viniendo aquí con mis amigos, sabía exactamente cómo cortar las curvas y cuándo acelerar.
Tim, por otro lado, era un principiante.
-Bien, reglas básicas-le expliqué mientras nos dirigíamos a los vehículos-
No choques contra mí a propósito.
-¿A propósito? ¿Quién haría eso?
-No te subestimo. Además, si me sacas de la pista, juro que te haré pagar la proxima cena-Tim sonrió con burla, ajustándose los guantes.
-Entonces mejor me aseguro de no perder.
Nos subimos a los karts y el sonido del motor rugió bajo nosotros. Me aseguré de que mi casco estuviera bien ajustado y miré de reojo a Tim. Estaba serio, con esa concentración de alguien que estaba decidido a ganar.
Bien. Será divertido destrozar su ego.
Las luces del semáforo se encendieron. Rojo. Amarillo. Verde.
Y salimos disparados.
Al principio, pensé que lo tenía dominado.
Aceleré rápido, tomando la delantera sin problemas. Sentí el aire golpeando contra mi casco mientras maniobraba las curvas con precisión.
Pero lo que no esperaba era que Tim aprendiera rápido.
Después de un par de vueltas, ya no estaba tan lejos de mí. Lo veía en mi espejo retrovisor, ajustando su estrategia, tomando las curvas más cerradas, acercándose.
-No, no, no. Esto no puede estar pasando.
En la última vuelta, Tim estaba justo a mi lado.
Peleamos por la posición final, los karts casi chocando. Yo tenía la ventaja de la experiencia, pero él tenía la maldita suerte de los prodigios, y justo cuando creí que cruzaría la meta primero, Tim aceleró en el último segundo y me superó por centímetros.
La bandera cayó.
Tim ganó.
Me quité el casco, caminando hacia él con incredulidad.
-No puede ser-Tim se quitó el suyo con una sonrisa triunfante.
-Puede ser.
-Debí hacer trampa.
-Me habrías acusado de hacer trampa si hubieras perdido de cualquier forma.
-Me crucé de brazos, fingiendo indignación.
-Esto no ha terminado. Exijo una revancha.
-Estare encantado de ganarte otra vez
Mientras nos preparábamos para la segunda carrera, me di cuenta de que esta pequeña competencia entre nosotros se estaba volviendo algo más.
No era solo el hecho de que Tim encajara en mi mundo, era el hecho de que ahora lo disfrutaba.
Volvíamos en el metro después de nuestra intensa sesión de karts. Estaba cansado, y con el ego destrozado.
Pero lo peor aún estaba por venir.
El tren se detuvo en una estación y un grupo numeroso de personas entró como una avalancha. Enseguida, noté los colores de sus bufandas y camisetas.
-Mierda-murmuré.
-¿Qué pasa?
-Hoy había partido.
-¿Y?
No terminó la frase porque en cuestión de segundos nos vimos rodeados.
Los asientos fueron ocupados en un abrir y cerrar de ojos y, en un impulso decente, Tim y yo cedimos nuestros asientos a un par de ancianitas que nos lo agradecieron con una sonrisa.
El problema fue que ahora estábamos atrapados en una de las esquinas del vagón, con decenas de personas empujando y pegándose a nosotros.
Y entonces sucedió la tragedia...
SENTÍ SU CUERPO CONTRA EL MÍO.
HOSTIA PUTA.
El calor de su pecho, su brazo rozando mi costado... y joder, su cara estaba demasiado cerca.
Esto no podía estar pasando.
Esto era un problema.
Un gran problema.
Porque justo ahí, en medio de aquel vagón abarrotado de gente sudada y emocionada por un partido de fútbol, mi entrepierna decidió reaccionar de la peor manera posible.
Quise morir.
Literalmente.
Respiré hondo, traté de pensar en cosas poco atractivas.
Pajaritos.
El examen de matemáticas que me fue mal en secundaria.
El viejo que siempre huele a ajo en la tienda de la esquina.
Nada funcionó.
Joder, nada estaba funcionando.
Tim, evidentemente, lo notó.
Porque claro, cómo no lo iba a notar si estábamos prácticamente fusionados en una sola entidad humana.
Desvió la mirada hacia mí y su boca se curvó en una sonrisa nerviosa.
-Tranquilo...es...-susurró, con ese tono de voz tan malditamente calmado-Es algo normal.
¿NORMAL?
Nada en esta situación era normal.
Me tragué la vergüenza y desvié la mirada hacia cualquier otra cosa.
La gente del metro.
Los anuncios de publicidad en la pared.
El tipo que llevaba puesta una bufanda del equipo rival y estaba claramente rodeado de los hinchas equivocados.
No mires a Tim.
No mires a Tim.
Y entonces el metro FRENÓ de golpe.
Nos empujaron más juntos.
Yo solté un sonido inhumano.
Tim, el cabrón, estaba aguantándose la risa.
Mierda.
Este era el peor metro de mi vida.
-Conner...-susurró, con una voz cargada de diversión.
Cerré los ojos con frustración.
-No.
-No he dicho nada.
-No hace falta.
-Solo quiero asegurarme de que estás bien.
-Estoy. Perfectamente.
-Bueno, "perfectamente" no sé... pero definitivamente estás duro.
-¡Tim!
Él se encogió de hombros, con una inocencia fingida que me daban ganas de estrangularlo.
-¿Qué? Es una observación científica-Me llevé una mano a la cara, queriendo desaparecer en el acto.
-Cierra la boca.
-Solo digo que es una reacción completamente natural.
-Te odio.
-No, no me odias.
-Te detesto con cada fibra de mi ser.
-No te preocupes, Conner-continuó, bajando un poco la voz- Seguro que a muchos les pasa esto en el metro.
-Tim, juro por Dios...
-Pero la pregunta es... ¿es el metro? ¿O soy yo?
-¡¿CÓMO?!
Tim se inclinó apenas un poco, lo suficiente para que su aliento rozara mi oído.
-Digo, solo por curiosidad.
-Voy a bajarme en la siguiente estación y correr en dirección contraria.
-¿Seguro? Mira que ya casi llegamos.
-Voy a tirarme a las vías.
-Dramático.
-Cuando salgamos de aquí, quiero que finjamos que esto nunca pasó-Tim me observó con diversión.
-Eso no va a pasar.
El metro frenó otra vez.
Nos empujaron más juntos.
Tim soltó una carcajada.
Después de minutos eternos de humillación pura y absoluta, el metro finalmente se detuvo en nuestra estación.
Tim no dijo nada más.
Y eso, de alguna forma, lo hacía peor. Porque sabía que lo recordaría. Sabía que en algún momento, en el futuro, usaría esto en mi contra. Estaba esperando el momento perfecto para vengarse.
Y yo vivía con esa vergüenza
Apenas salimos del vagón, me puse la chaqueta con una rapidez ridícula, envolviéndome en ella como si pudiera ocultar lo que acababa de pasar.
-No digas nada-advertí.
-No he dicho nada.
-No pienses nada.
-Eso ya es imposible.
Caminamos por la estación en silencio. Yo quería enterrar este momento en lo más profundo de mi memoria.
Tim, en cambio, caminaba con esa sonrisa de alguien que acababa de ganar una partida de ajedrez que su rival ni siquiera sabía que estaba jugando.
Cuando finalmente subimos las escaleras y salimos a la calle, sentí que podía respirar de nuevo.
Miré a Tim con desconfianza.
-¿Esto se quedará entre nosotros?
-¿Tú qué crees?
-Tim...
-Lo guardaré en un lugar especial de mi memoria.
-Te odio.
-Deja de mentir-Suspiré y me crucé de brazos.
-¿Qué tengo que hacer para que olvides esto?
Tim se llevó un dedo a los labios, fingiendo estar en un profundo pensamiento.
-No lo sé...
-Dilo. Lo que sea.
Me miró con diversión.
-Dame una semana y te diré mi precio.
Lo miré con el ceño fruncido.
-No sé si me asusta más que no lo digas ahora o que ya tengas algo planeado.
-Siempre tengo algo planeado.
Dos días después, Tim finalmente reveló su precio.
-Quiero que vengas de compras conmigo-Fruncí el ceño, sospechando automáticamente.
-¿Compras?
-Sí.
-Tim...
-Ese es mi precio.
-Eso es cruel.
-¿Tienes una mejor oferta?
Prefería pagarle una cena.
Prefería lavar su coche con mis propias manos. Prefería que me pidiera cualquier otra cosa que no fuera entrar a esos lugares donde un cinturón cuesta más que mi vida.
Pero si no aceptaba...
Si no aceptaba, sabía que nunca me dejaría olvidar lo que pasó en el metro.
Así que respiré hondo.
-Vale.
Entrar a una tienda cara fue un ataque a mi estabilidad mental. Lo primero que vi fue una chaqueta que costaba más que un coche usado.
Casi me desplomo.
-¿¡MIL QUINIENTOS DÓLARES POR UNA CHAQUETA!?-Grite en voz baja.
Tim ni siquiera pestañeó.
-Es de marca.
-ES UNA CHAQUETA-Volví a gritar en susurros.
-Solo mira y relájate.
MIRAR.
"MIRAR", DICE.
Miré un suéter que me gustó. No parecía nada especial, solo un suéter negro normal.
-¿Cuánto crees que cuesta? -preguntó Tim con diversión.
Volví a ver la etiqueta.
Casi tengo un ataque.
-¿SEISCIENTOS DÓLARES?-Gritar en susurros no expresa como me siento.
Tim solo se encogió de hombros, como si no fuera la cosa más absurda del mundo.
-Es lana de cachemira.
-¿Sabe volar? ¿Te hace el desayuno?
-No, pero es suave.
-¡MI ABUELA TEJÍA SUÉTERES SUAVES Y SOLO LE COSTABA TIEMPO Y AMOR!
Tim se estaba riendo demasiado. Yo, en cambio, estaba al borde de la locura.
Cada vez que veía una prenda con un precio ridículo, mi corazón sufría otro microinfarto.
Por el contrario, Tim parecía estar en su hábitat natural.
Se probó un abrigo, una chaqueta deportiva y las converse a juego que costaban más que mi sueldo en tres meses.
-Conner, pruébate esto-Miré lo que me estaba extendiendo.
Un suéter beige con cuello alto.
-No.
-Te va a quedar bien.
-No.
-Vamos.
-No voy a dejar que me conviertas en un modelo de revista de ropa ridículamente cara.
-Solo pruébatelo.
Bufé y lo hice.
Cuando me miré en el espejo, admito que se veía bien. Pero cuando vi la etiqueta...
-Tim, si me compras esto, es oficial: me debes un riñón.
Tim se rió y pagó sin pestañear. Yo, en cambio, aún estaba en estado de shock
Después del horror económico que acabábamos de presenciar, pensé que ya habíamos terminado. Pero no. Tim no tenía intención de dejarme todavía.
-Vamos a una tienda más.
-No.
-Solo una.
-Dijiste eso hace tres tiendas.
-Pero esta vez lo digo en serio.
-Mientes más que un político.
Tim me ignoró completamente y me arrastró dentro de otra tienda. Esta era menos aterradora. Vaqueros, camisetas, ropa casual... nada que pareciera diseñado para la portada de una revista de moda de lujo.
-Vale, esto ya es más de mi estilo-dije, mirando alrededor.
-Lo sé. Por eso estamos aquí.
-Se alejó entre los estantes y empezó a sacar ropa como si fuera un estilista personal.
Antes de darme cuenta, me tenía con los brazos llenos de camisetas y vaqueros.
-Pruébate esto-Miré la pila de ropa en mis manos con escepticismo.
-No necesito tanta ropa.
-No importa.
-¿Y si no me gusta?
-No pasa nada, solo pruébatelo.
-¿Y si me niego?
Tim me miró con una sonrisa que no auguraba nada bueno.
-Entonces tendré que hacerte probarlas en medio de la tienda-Lo miré fijamente.
-Eres un monstruo.
Él solo sonrió, y yo con un suspiro derrotado, me metí en el probador.
La ropa me quedaba bien, demasiado bien para mi gusto. Tim tenía un talento innato para elegir cosas que de alguna manera hacían que me viera decente.
-Vale-dije, saliendo del probador-Lo admito, no está mal.
Tim me inspeccionó de arriba abajo y asintió con satisfacción.
-Te queda bien.
-Sí, sí, ya puedes dejar de mirarme como si fueras mi madre en mi primer día de colegio.
-Exagerado.
Todo iba bien hasta que intenté quitarme el cinturón.
No se movió.
Intenté otra vez.
Nada.
-Qué coño...-Miré el cinturón con el ceño fruncido. Era uno de esos modelos nuevos, sin hebilla normal, sino con un mecanismo extraño-¿Me estás jodiendo? ¿Qué lleva esto, un seguro con código?
-Intenté aflojarlo otra vez y el cabrón no se movía.
¿¡Por qué demonios hacen la ropa tan complicada!?
Me giré hacia la cortina del probador y, con una mezcla de humillación y desesperación, llamé a Tim.
-Tim...
-¿Sí?-Suspiré profundamente, tragándome el orgullo.
-Necesito ayuda.
Hubo un silencio breve. Luego, la cortina se movió y Tim entró al probador.
Lo primero que noté fue lo cerca que estábamos.
Demasiado cerca.
El espacio era reducido y Tim tenía que ponerse de cuchillas para alcanzar la hebilla del cinturón. Sus manos se movieron con calma, tocando mi cintura mientras intentaba descifrar el mecanismo.
Mi cerebro hizo un apagado de emergencia.
Porque mierda.
Porque esto era demasiado íntimo.
-Sea atascado, suele pasar.
-Ah...
Porque Tim, inclinado delante de mí, con su rostro a escasos centímetros de mi pene, concentrado en algo que parecía una tarea sencilla pero en este contexto se sentía peligrosamente indebida, estaba haciendo que mi mente viajara a lugares que no debía.
¿Qué haría si él...?
No, no, no.
JODER, NO.
No pienses en eso.
No pienses en cómo se vería si en vez de un cinturón estuviera haciendo otra cosa.
No pienses en sus manos hicieran cosas mucho menos inocentes. No pienses en lo jodidamente atractivo que se ve cuando estaba concentrado.
Tim frunció el ceño mientras seguía intentando abrir el cinturón, completamente ajeno al colapso mental que estaba teniendo.
-Esto es estúpido. ¿Quién diseña estas cosas?
-Un sádico, claramente-
respondí, tratando de que mi voz sonara normal.
-Seguro que es alguien que odia a la humanidad.
Como tú en este momento, Tim. Como tú.
Finalmente, el cinturón cedió y se aflojó de golpe.
Solté un suspiro de alivio.
-Dios, gracias. Pensé que iba a tener que comprarlo y llevarlo pegado a mí para siempre.
Tim rió suavemente.
Cuando salió del probador, me quedé allí, respirando hondo, intentando calmar el desastre que había en mi cabeza.
No. No. No.
No iba a pensar en esto más de la cuenta.
No iba a darle vueltas.
No iba a recordar la forma en que me había mirado.
Definitivamente no iba a pensar en lo fácil que sería cruzar la línea.
Volviendo a casa. Con 5 bolsas en el maletero, pero volviendo.
-No hacía falta que compraras tanto-dije finalmente, intentando romper el silencio.
-Me gusta comprarte cosas.
-Podrías haber dejado que yo pagara algo.
-Podría-dijo, girando en una intersección-pero no quise-Suspiré.
-Te voy a deber la vida a este paso.
-¿Y cómo piensas pagármela?
Sentí una ligera corriente recorrer mi espalda. Porque eso sonó más provocador de lo que esperaba. Y joder, si él quería jugar así, yo no me iba a quedar atrás. Me acomodé en el asiento, fingiendo pensar.
-Bueno... podríamos negociar-Tim arqueó una ceja, intrigado.
-¿Negociar qué?
-No lo sé. Dependerá de qué tanto quieras cobrarme-Su sonrisa se amplió apenas un poco.
-Interesante.
-¿Sí?
-Sí.
-Entonces dime, ¿cuánto crees que valgo?-Tim desvió la mirada de la carretera por un segundo para mirarme.
-Lo suficiente como para que no me importe seguir pagando. Te considero una buena inversión.
-¿Inversión en qué exactamente?-Tim se encogió de hombros con fingida inocencia.
-En futuro entretenimiento.
-Me reí, negando con la cabeza.
-¿Quieres decir que soy tu bufón personal?
-No, no-respondió-Un bufón no me daría tanta satisfacción al verlo sufrir en una tienda de lujo.
-Joder, qué romántico.
-Ah, ¿quieres romance?
-¡No!-Tim soltó una carcajada.
-Vaya, Conner, pareces nervioso.
Porque lo estaba.
Porque había algo en su tono que hacía que toda esta conversación se sintiera como una cuerda floja en la que ambos estábamos caminando.
Así que decidí devolverle la jugada.
-Para nada-dije, fingiendo confianza-Solo que no sabía que tenías un lado cariñoso.
-Oh, tengo muchos lados.
-Sentí un escalofrío bajandome por la espalda
-Pues espero que este lado no sea del tipo que se pone a cantar baladas en mi ventana.
-No lo había pensado, pero suena interesante.
-Ya veo la noticia. "Joven es arrestado por escalar la casa de un chico con intenciones sospechosas".
-"Sospechosas", ¿eh?
-¡No pongas esa cara!
-¿Qué cara?
-Esa cara. Esa maldita cara.
-Tim se rió otra vez y, joder, yo no debería estar disfrutando tanto esto.
-De todas formas, si alguna vez decido escalar tu casa, me aseguraré de hacerlo con estilo-dijo Tim con una sonrisa autosuficiente.
-¿Qué significa "con estilo"?
-No sé, tal vez con un ramo de flores. O mejor, con un altavoz y una canción dramática.
-Si haces eso, te juro que llamo a la policía.
-¿Y qué les vas a decir? ¿Que un chico guapo te está dedicando una serenata?
¿UN CHICO GUAPO?
Mierda.
Mierda.
Sentí un golpe en el pecho y fingí no haber escuchado eso.
-Les diré que un lunático con crisis de identidad decidió acosarme.
-¡Eso es ofensivo!
-Tienes razón. No tienes una crisis de identidad, solo eres un lunático con demasiado dinero.
-Y demasiado buen gusto.
-Si fueras tan bueno con el gusto, no estarías gastando dinero en ropa para mí.
-Al contrario, lo hago porque tengo buen gusto-Abrí la boca para responder, pero no tenía un buen argumento.
-Toca madera, porque lo próximo que va a pasar es que aparezcas en mi casa con un traje y me digas que vamos a la ópera.
Tim chasqueó los dedos.
-¡Esa es una gran idea!
-NO.
-Sí.
-NO.
-Conner...
-Si apareces en mi casa con un traje y entradas para la ópera, voy a fingir que no te conozco.
-¿Y qué harás si no puedes resistirte?
-Dios, te encanta escucharte hablar.
-Y a ti te encanta escucharme hablar.
-Lo que me encanta es el sonido del silencio.
Tim se rió bajo, pero no dijo nada más. Y ese maldito silencio fue peor que cualquier respuesta.
Porque por un momento, pareció que ambos nos dimos cuenta de que este juego tenía más peso del que queríamos admitir.
Tragué saliva y miré por la ventana.
Si Tim estaba jugando con fuego, yo ya estaba demasiado cerca de las llamas.
Ninguno de los dos comentó lo que pasó aquel día en el coche. Y seguimos igual.
Como si todo fuera normal. Como si no hubiera pasado nada.
Pero entonces, Tim se tuvo que ir a Chicago por un trabajo relacionado con su carrera, y de repente, la distancia se volvió un factor.
No había miradas de reojo, ni bromas que se sentían más peligrosas de lo que deberían. Solo hablábamos por mensajes.
Tim: ¿Sigues vivo?
Conner: No lo sé. El capitalismo me está matando poco a poco.
Tim: El capitalismo te viste con ropa cara, no te quejes.
Conner: El capitalismo me viste con ropa que TÚ compraste, porque claramente yo no podía pagarla.
Tim: Siempre puedo comprarte más.
Conner: No necesito más ropa.
Tim: Ya veremos.
Suspiré y bloqueé el teléfono, pero la pequeña sonrisa en mi cara me delató.
Días después
Tim: Estoy en una conferencia de negocios. Todos estos tipos parecen sacados de una película de mafiosos.
Conner: Si no me mandas una foto vestido como un gánster, me decepcionarás.
Tim: (Foto adjunta de él con un traje ridículamente elegante y sonriendo.)
Conner: Dios. Vas a terminar casándote con una viuda millonaria.
Tim: Si lo hago, recuerda que siempre serás mi amante secreto.
Conner: ¿Gracias?.
Una semana después
Tim: ¿Sigues sin morirte de aburrimiento sin mí?
Conner: ¿Quién dice que me aburro? Tengo una vida, ¿sabes?
Tim: ¿De verdad? ¿Y qué hiciste hoy?
Conner: Dormí hasta tarde, comí lo que había en la nevera y vi vídeos en YouTube por tres horas.
Tim: Ah, sí, una vida fascinante.
Conner: Tú me preguntaste, genio.
Tim: Vuelve a verte con tus amigos. No quiero que te vuelvas un ermitaño.
Conner: ¿Me estás diciendo que salga con otros mientras estás lejos?
Tim: No pongas cara de "me estás engañando", idiota.
Conner: No sé, Tim. Estoy sintiendo que me estás echando de menos.
Tim: Cállate.
Me reí en voz baja, pero luego me di cuenta de algo.
Aunue hablábamos casi todos los días... era raro no verlo en persona.
Era raro no tenerlo cerca.
Me removí incómodo en la cama, sintiendo que algo me faltaba.
Los mensajes con Tim se volvieron una rutina.
Lo primero que hacía al despertar era revisar si me había escrito algo.
Lo último que hacía antes de dormir era responderle.
Y en medio de todo eso, intentaba no pensar demasiado en por qué lo extrañaba tanto.
Día 10 sin Tim
Tim: Estoy atrapado en una cena de empresarios. Hay un tipo de 50 años intentando impresionarme con su Lamborghini.
Conner:¿Estás impresionado?
Tim: Casi. Luego mencionó que su esposa tiene 22 años y perdió todos los puntos.
Conner: Dios, el clásico viejo rico con crisis de la mediana edad.
Tim: Exactamente. Pero hey, la comida está buena.
Conner: Dame detalles, quiero sufrir.
Tim: (Foto adjunta de un plato gourmet que parece más arte que comida.)
Conner: ¿Eso es comida? ¿Dónde está el tamaño humano de las porciones?
Tim: ¿Por qué los pobres siempre se quejan del tamaño de la comida?
Conner: Porque tenemos hambre, maldito aristócrata.
Tim: Lloraré en mi cama de sábanas de seda.
Día 13 sin Tim
Tim: Me voy a volver loco.
Conner: ¿Por?
Tim: He estado en reuniones todo el día. Todos hablan demasiado y no dicen nada.
Conner: ¿Has probado hacer como en las películas y soltar una frase épica para callarlos?
Tim: ¿Tipo?
Conner: "Caballeros, estamos perdiendo el tiempo. Mi paciencia tiene un precio."
Tim: Eso suena como algo que diría un mafioso.
Conner: Exacto. Inspira respeto.
Tim: Inspiraría una investigación federal.
Día 15 sin Tim
Tim: ¿Qué estás haciendo?
Conner: En el sofá, comiendo papas fritas y viendo una película mala.
Tim: Qué deprimente.
Conner: ¿Qué? Es un clásico. "Sharknado 3".
Tim: No puedes estar hablando en serio.
Conner: ¿Tienes algo mejor que hacer?
Tim: Sí, ser una persona civilizada.
Conner: Bah. Te reto a ver Sharknado sin reírte.
Tim: No tengo tan poca dignidad.
Conner: Cuando vuelvas, te obligaré.
Tim: Si me obligas, te haré ver una maratón de cine francés experimental.
Conner: Dios, eres un psicópata.
Día 17 sin Tim
Tim: Conner.
Conner: ¿Sí?
Tim: Me estoy aburriendo.
Conner: Ah, qué tragedia.
Tim: Entretenme.
Conner: Baila para mí.
Tim: Estás solo en tu casa. No puedes verme bailar.
Conner: Baila en tu imaginación.
Tim: Increíble. Qué gran ayuda.
Conner: Podemos jugar a "¿qué preferirías?"
Tim: Vale. Tú primero.
Conner: ¿Preferirías vivir en un mundo sin café o sin internet?
Tim: Sin café. Lo necesito, pero puedo sobrevivir sin él. Internet, no.
Conner: Pensé que los ricos vivían de café caro.
Tim: Algunos sí. Yo prefiero un buen té.
Conner: Dios, eres el epítome de la élite.
Tim: Mi turno. ¿Preferirías perder la capacidad de hablar o la de escribir?
Conner: Hablar. Puedo escribir mis insultos en pancartas.
Tim: No lo dudo ni por un segundo.
Cada noche, la conversación seguía hasta que uno de los dos se dormía.
Cada mañana, el otro retomaba donde se quedó.
Pero a medida que los días pasaban...Empecé a notar que los mensajes no eran suficiente.
No lo veía, no escuchaba su voz, y eso empezaba a molestarme más de lo que quería admitir.
Así que, después de debatir conmigo mismo por unos minutos, decidí hacerle una videollamada. Primero le mandé un mensaje:
Conner: ¿Puedo llamarte?
Tim: Sí.
Respiré hondo y pulsé el botón. El tono de llamada sonó una, dos veces... y luego la pantalla se iluminó con su rostro.
Joder.
Mi estómago hizo una cosa rara.
Tim estaba en lo que parecía ser la habitación de un hotel, con una lámpara tenue detrás de él y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados.
-Hey-saludó, con esa voz tranquila que siempre me jodía la existencia.
-Hey tú-respondí, haciéndome el relajado.
-¿No podías vivir sin mí?
-Puse los ojos en blanco.
-Eres insoportable, ¿lo sabías?
-Sí, pero dime... ¿me extrañas?-No iba a darle ese placer tan fácil.
-Extrañé tener a alguien a quien molestar.
-Admite que me extrañas.
-Admite que eres un gólatra.
-¿Qué estás haciendo?
-Nada, estaba aburrido y pensé en llamarte.
-¿Te has sentido solo sin mí?
-No
-Vamos, dilo.
-Te extraño un poquito.
-No te escuché bien.
-Tim, juro por Dios...
-Dilo más fuerte.
-Te odio.
-Yo también te extraño, Conner-Sentí un pequeño golpe en el pecho.
Maldita sea.
-¿Cómo ha sido tu día?
Tim se acomodó contra el cabecero de su cama y suspiró.
-Reuniones, más reuniones, y luego una comida donde un tio intentó venderme un reloj ridículamente caro.
-¿Lo compraste?
-¿Me ves cara de idiota?
-A veces.
-No lo compré, pero casi le compro una copa solo para que dejara de hablar.
-Eres el epítome del privilegio-Toso
-Lo sé.
La conversación seguía fluyendo con naturalidad.
Hablábamos de cualquier tontería.
-Entonces-dije, fingiendo estar completamente relajado-¿sigues atrapado en ese hotel de lujo?
-Sí. Es cómodo, pero aburrido.
-Pobre niño rico, sufriendo en un penthouse con servicio a la habitación.
-Exactamente. No tienes idea de lo difícil que es.
-Te imagino, echado en una cama de sábanas de seda, con un whisky en la mano, mirando por la ventana y suspirando dramáticamente.
-No estás tan lejos de la realidad.
-¿Oh, sí?
Se acomodó en la cama, su camisa blanca desabrochándose un poco más, dejando a la vista la línea de su clavícula.
Joooooooooodeeeeeeer.
-¿Quieres verlo?-preguntó, con esa maldita expresión de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.
-No soy tan fácil, Wayne.
-Ah, pero yo creo que sí.
Hijo de puta.
Entreabrí los labios, sintiendo un calor inesperado subir por mi pecho. Tim seguía mirándome, con esa paciencia letal.
Y, joder, yo no era un santo.
Si él quería jugar, yo también podía jugar.
-No sé, Tim...-dije con un tono más bajo, apoyando el mentón en mi mano-Tal vez debería dejar de hablarte.
-¿Ah, sí?
-Sí. Creo que estoy distrayéndote de cosas más importantes.
-No hay nada más importante que esto ahora mismo.
¿Por qué tenía que decir esas cosas así, como si nada?
Me mordí el labio inferior, sin apartar la mirada.
-¿Seguro? Porque pareces demasiado cómodo en esa cama.
-Conner...
-Dime
-No me hagas saltarme las prácticas y coger un avión privado para ir a verte.
Mi corazón saltó dentro de mi pecho. Porque sonó peligrosamente real.
Porque no lo dijo en broma.
Porque la idea de Tim cogiendo un maldito avión solo para venir a verme era algo que no debería haberme dado un escalofrío de anticipación... pero lo hizo.
-¿Lo harías?-pregunté, con una sonrisa que intentaba ocultar lo que realmente sentía.
Tim apoyó la cabeza en la almohada, sin dejar de mirarme.
-No juegues con fuego si no estás dispuesto a quemarte.
Cuando Tim volvió, fue justo dos días antes de mi cumpleaños. No pudimos vernos inmediatamente porque tenía cosas que hacer, pero me mandó un mensaje la noche anterior:
Tim: He tomado el día libre solo para ti.
Conner: ¿Oh, sí? ¿Y qué vamos a hacer?
Tim: Sorpresa.
Conner: Si me secuestras, que sepas que mi madre va a llamar a la policía.
Tim: Tu madre ya me quiere demasiado como para hacerlo.
Conner: Maldito manipulador.
Eran las diez de la mañana cuando escuché el timbre de mi casa. Aún medio dormido, me arrastré fuera de la cama con mi pijama de Pokémon.
Porque, que se joda la adultez, yo amo a Charmander. Cuando bajé las escaleras, Tim ya estaba en el salón, saludando a mis padres como si fuera parte de la familia.
Mi madre le ofrecía café y mi padre le preguntaba sobre su viaje. Como si esto fuera lo más normal del mundo. Me quedé parado en la entrada, aún con el pelo hecho un desastre y los ojos pegados del sueño.
Tim me miró con una sonrisa burlona.
-Que bonito el pijama.
-Cállate.
Mi madre, con su voz alegre y traicionera, intervino:
-Ay, Conner ama a Charmander desde que era un niño.
MAMÁ, POR FAVOR.
Tim sonrió aún más.
-¿Eres de los que llora cuando Pikachu sufre?
-No voy a dignificar esa pregunta con una respuesta.
Mi padre miró a Tim con diversión.
-Piénsalo bien, chico. Si quieres llevarte a Conner hoy, vas a estar con alguien que probablemente aún coleccione cartas de Pokémon.
JODER.
Tim se estaba riendo.
-Lo tendre en cuenta.
Yo solo suspiré y me giré para subir a vestirme antes de que mi dignidad desapareciera completamente.
Me puse ropa nueva de las que me había regalado antes, nada elegante, pero cómodo y con estilo. Un vaquero negro, sin cinturón por supuesto, un suéter blanco y mi chaqueta.
Cuando bajé, Tim ya estaba esperándome con las llaves en la mano. Nos subimos a su coche y, mientras conducía, no dejaba de sonreír como un cabrón.
-¿Puedo saber a dónde vamos?
-No.
-Si vamos a la ópera, juro que salto del coche en marcha.
-Cállate y espera.
Finalmente, llegamos a un lugar que me dejó desconcentrado.
Una pista de coches deportivos. Miré a Tim como si se hubiera vuelto loco.
-No.
Él me pasó las llaves de su Lamborghini.
-Sí.
-NO.
-Sí.
-Tim, no tengo carnet.
-¿Y?
¿¡Y!?
Tim se encogió de hombros.
-El dinero hace muchas cosas, Conner.
Mierda.
Me subí al coche, aún sin creer que esto estaba pasando. Tim se metió en el asiento del copiloto y se giró hacia mí, con la calma de quien está a punto de enseñarle a un niño a montar bicicleta.
-Vale, pisa el freno.
Lo hice.
-Ahora, enciende el coche.
El motor rugió como un maldito demonio.
Me tensé automáticamente.
-Mierda.
Tim se rió.
-Relájate. No va a explotar.
Lo miré con seriedad.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque si explotara, ya habría muerto hace años.
Gran consuelo, Tim.
Respiré hondo.
-Vale, ¿qué sigue?
-Ahora, pisa el acelerador. Suave.
Hice lo que me dijo y el coche se movió lentamente.
Tim asentía con la cabeza, guiándome con paciencia.
-Bien. Ahora, acelera un poco más.
El coche avanzó más rápido y mi corazón también.
-Aaaah...
-Tranquilo, lo tienes controlado.
-¡NO SIENTO QUE LO TENGA CONTROLADO!
Él se estaba riendo demasiado.
-Gira un poco a la derecha. Eso es. Ahora acelera un poco más.
Lo hice.
Y joder.
La adrenalina me golpeó de golpe.
Era como volar.
-¿Lo estás sintiendo?-
preguntó Tim con una sonrisa.
-Mierda.
-Exactamente.
Después de unos minutos, mi miedo inicial desapareció. No es que estuviera yendo a una velocidad mortal, pero sí lo suficiente como para sentir la emoción en el pecho.
El rugido del motor, la suavidad con la que el coche se deslizaba por la pista, todo me hacía sentir jodidamente bien.
Tim, a mi lado, parecía completamente relajado.
-¿Ves? No es tan difícil.
-Si choco el coche, ¿voy a la cárcel?
-No.
-¿Entonces qué pasa?
-Probablemente mi padre pague la reparación sin pestañear-Lo miré de reojo con incredulidad.
-El dinero te ha jodido la perspectiva de la vida.
Él se rió.
-Solo acelera, Conner.
Y lo hice.
Un poco más.
No tanto como para perder el control, pero sí lo suficiente para que la adrenalina me recorriera el cuerpo como un rayo.
La sensación era increíble.
Cuando finalmente aparqué, me quedé un segundo con las manos en el volante, intentando procesar la emoción en mi pecho.
-Joder.
-Te dije que te gustaría.
-¿Y tú?
-¿Yo qué?
-¿Lo has hecho?-Su sonrisa se volvió algo más juguetona.
-¿Manejar un coche deportivo? Sí, muchas veces.
-Era de esperar ¿Mucho?
-Sí.
Después de la locura de manejar un Lamborghini, pensé que Tim me llevaría a algún sitio más tranquilo.
Pero no.
Terminamos en una pista de patinaje.
Privada.
Porque, claro, nada en su vida puede ser normal.
Había unas pocas personas en la pista, con la música sonando de fondo.
Reconocí la canción al instante.
"Stayin' Alive" de los Bee Gees.
Me giré hacia Tim con incredulidad.
-¿Me has traído aquí para que me mate en hielo?
-Digamos que quiero ver qué tan buena es tu coordinación.
Suspiré, mirando la pista.
-Hace meses que no patino. Solía venir con Sue, William y Archie, pero... bueno, hace mucho que no lo hago.
-Entonces será divertido.
-¿Para quién?
-Para mí, claramente.
Le lancé una mirada de "que te den" antes de ponerme los patines. Desde el momento en que pisé la pista, supe que esto iba a acabar mal.
-Mierda... mierda, mierda, mierda...
Mis piernas se sentían como gelatina. Tim, en cambio, deslizaba con facilidad, como si naciera con cuchillas en los pies.
Se acercó a mí con una sonrisa.
-¿Estás seguro de que habías patinado antes?-Me agarré de la barrera como si mi vida dependiera de ello.
-Sí, pero eso fue antes de que mi sentido del equilibrio decidiera abandonarme.
Tim rodó los ojos y me extendio la mano.
-Ven.
Lo miré con desconfianza.
-No confío en ti.
-Eres un hombre de poca fe.
-Eres un hombre que disfruta viéndome sufrir.
-Ambas pueden ser ciertas.
A regañadientes, cogí su mano. Él me jaló lentamente hacia la pista, manteniéndose cerca, demasiado cerca.
-relájate.
-¡No PUEDO relajarme cuando siento que voy a caer cada vez que me muevo!
-Dios, Conner. Pensé que eras más valiente.
-Mira, si quisiera morirme, lo haría con dignidad, no resbalando como un idiota en hielo.
Y, en mi indignación, intenté soltarme de su agarre para demostrar que podía patinar solo.
Gran error.
Porque en menos de dos segundos, mi pie izquierdo se deslizó en una dirección que no debía y...
¡PUM!
Caí de espaldas en el hielo con un golpe que hizo eco en toda la pista. Me quedé ahí, mirando el techo, maldiciendo mi existencia.
-Dios... dame fuerzas...
Tim se inclinó sobre mí con su cara de "te lo dije".
-¿Estás vivo?
-No.
-¿Seguro? Porque pareces bastante consciente.
-Cállate, Tim.
-¿Quieres ayuda?
-No quiero tu lástima.
Tim cruzó los brazos.
-Vale. Entonces levántate solo.
Hice un intento de levantarme y patiné hacia atrás como un maldito muñeco de trapo.
-...
-Sí, no. Déjame ayudarte.
Me agarró de los brazos y me ayudó a ponerme de pie.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Carraspeé, intentando ignorar la forma en que su mirada me estudiaba.
-Vale, ¿ahora qué?
Tim sonrió de lado.
-Ahora, lo intentas otra vez.
Suspiré profundamente.
Este maldito día iba a matarme.
Después del desastre en la pista de patinaje, pensé que finalmente iríamos a comer a uno de MIS sitios favoritos.
Pero no.
Porque, claro, Tim no puede hacer las cosas simples.
Terminamos en un jodido hotel de lujo, de esos en los que una habitación cuesta más que mi sueldo anual en cualquier trabajo. Cuando subimos a la suite, me quedé sin palabras.
Porque... ¿qué coño era esto? Parecía un maldito piso de lujo dentro de una sola habitación.
-Tim...-dije, girándome lentamente hacia él-Esto no es una suite. Esto es una puta casa en miniatura.
-Lo mejor para el cumpleañero-Suspiré, sabiendo que discutir no serviría de nada.
-¿Y qué coño vamos a hacer aquí?
-Un maratón de tus películas favoritas.
Mi cerebro se reinició.
Mire la televisión. Era enorme.
-¿De verdad?
-Sí.
-¿Incluso las de acción?
-Sí.
-¿Incluso Blade?
-Sí.
-¿Incluso Transformers?
-Sí, Conner. Incluso esas.
-Dios, ahora sí me siento querido.
Comida de lujo y cine de acción. Unos minutos después, nos trajeron la comida a la habitación.
El menú no era normal.
Había carne gourmet, con patatas que probablemente costaba más que riñón, alitas de pollo con salsas importadas de lugares que ni puedo pronunciar y un maldito zumo en lo que creo que es una copa de oro.
DE ORO.
-Tim...
-¿Sí?
-Dime que no pagaste extra por el oro por estas copas.
-No lo hice.
-...
-Era parte del combo.
-La virgen santa...
Pero lo que realmente me mató fue cuando vi la caja con mis pastelitos favoritos.
Los mismos que compraba desde niño en la panadería del barrio.
-¿Cómo...-Tim se encogió de hombros.
-Hice que los trajeran.
Lo miré, sintiéndome ridículamente emocionado por un maldito pastelito.
-Te odio.
-No, no me odias.
Me metí un trozo de pastelito en la boca y le di play a Blade para no seguir hablando. Después de comer y ver el final de la película, bajamos las persianas para oscurecer un poco la habitación.
Yo me tiré en la cama, tapándome hasta el cuello.
Tim no tardó en seguirme.
Él sabía que después de comer venía mi siesta.
Pusimos una alarma para las cinco y media, porque si no, yo iba a dormirme hasta el anochecer.
Pero antes de poder dormir, Tim decidió chincharme.
-¿Vas a dormir?
-Sí, Tim. Eso se llama siesta.
-Pero...
-Déjame ser feliz-Tim se movió un poco más cerca.
-¿Y si en lugar de dormir hacemos algo más divertido?
-¿Por qué eso suena sospechoso viniendo de ti?
-Porque tienes una mente sucia.
-Dios, Tim, cállate.
Pero él no se calló.
Se acercó un poco más.
Y luego metió sus frías manos bajo mi suéter.
-¡TIM, QUITA TUS MANOS DE MI CUERPO!-Me revolví como un pez fuera del agua, intentando escapar-¡JODER, QUÍTATE!
-¿No decías que querías dormir?
-¡NO SI ME ESTÁS CONGELANDO VIVO!
Intenté empujar su mano, pero él simplemente se acomodó mejor, metiendo las dos manos.
-Te odio tanto.
-No, no me odias.
-¡Juro que si sigues tocándome con esas manos frías, te tiro de la cama!
-¿Y si me abrazas para calentarme?
JODER.
Me congelé un segundo.
Tim se estaba divirtiendo demasiado con esto. Lo miré fijamente y luego solté un suspiro.
-Voy a dormir. Si me sigues molestando, te mando al sofá
Tim soltó una risita y finalmente se quedó quieto.
Me giré hacia el otro lado y cerré los ojos, intentando no pensar demasiado en lo que acababa de pasar.
Porque, maldita sea.
Cada vez era más difícil ignorar lo que estaba creciendo entre nosotros.
Cuando la alarma sonó, me desperté con pereza. El salón estaba más oscuro que antes.
Las persianas estaban más bajadas, y el ambiente se sentía más cerrado.
Me pregunté si se había nublado, porque la tele decía que no iba a llover.
Los meteorólogos nunca aciertan. Me estiré, remoloneando un poco en la cama.
Pero el sonido del microondas llamó mi atención. Me levanté, rascándome la cabeza, y vi la escena delante de mí.
Un montón de bolsas de chuches estaban sobre la mesa, justo en frente del sofá.
Había frituras, chocolates, gomitas, y botellas de Coca-Cola.
Tim definitivamente no se había quedado dormido.
Me giré hacia él, que estaba sacando un bowl de palomitas del microondas con toda la calma del mundo.
-¿Qué coño?...
-Un banquete.
-¿Para quién? ¿Para una familia de seis?
-Para nosotros.
Le di un vistazo a la cantidad absurda de azúcar y sal en la mesa.
-¿Quieres que muramos de un coma diabético o de un infarto primero?
-Quiero ver cuánta comida puedes tragar antes de rendirte.
No iba a quejarme demasiado. Me dejé caer en el sofá con un suspiro satisfecho.
-Vale ¿qué vamos a ver ahora?-Tim tomó el mando y comenzó a navegar por las opciones.
-¿Te sirve "RoboCop"?
-Depende, ¿el original o la versión nueva?
Tim se quedó en silencio.
Giró la cabeza hacia mí, con expresión seria.
-¿Acabas de insinuar que la versión nueva es una opción válida?-Me encogí de hombros.
-No es tan mala.
-¿No es tan mala?
-¿Quieres decirme que prefieres ver un RoboCop con CGI barato en vez del clásico ochentero con efectos prácticos perfectos?
-Solo digo que el remake no es tan desastroso como todos dicen.
-Conner, si vas a hablar estupideces, mejor dime que "Terminator: Dark Fate" también es buena.
-No pongas palabras en mi boca
-No, ahora necesito saber. ¿"Blade Runner", original o la secuela?
-Las dos son buenas.
-¿Pero cuál prefieres?
-Depende del mood en el que esté.
-Estás caminando sobre hielo delgado.
Tomé un puñado de palomitas y me las metí en la boca, como un experto ignorando problemas.
-Deja de hacer preguntas de cine si no puedes manejar respuestas reales.
Finalmente, le dio play al "RoboCop" original.
-Ya está. No puedo permitir que sigas con tus opiniones cuestionables.
-Admite que me temes.
-Temo por tu mal gusto, sí.
Y así comenzó la película, con nosotros discutiendo de cine como si fuera un debate de vida o muerte.
Todo entre Tim y yo fluía de una manera extraña, natural, como si compartiéramos el mismo pensamiento sin necesidad de hablar. A veces nos picábamos, lanzándonos pullas que parecían bromas inofensivas, pero que en realidad eran pequeñas batallas de orgullo.
A veces, estábamos más cerca de lo que deberíamos.
Pero ninguno se alejaba.
Mientras tanto, mi vida no se detuvo. Empecé a trabajar en otro bar del centro, y me iba genial. Mis padres se rayaron al principio, preocupados por mis estudios, pero les aseguré que podía con todo.
A veces insistían, pero con mi don de gentes y un talento que ni yo sabía que tenía para servir copas rápido, logré que me hicieran fijo.
El golf seguía siendo mi talón de Aquiles.
Pero el tenis... bueno, al menos ya no parecía un niño de cinco años con una raqueta gigante.
Y lo más sorprendente de todo...Ya no me ponía nervioso cada vez que iba a casa de Tim. Incluso Bruce, con toda su seriedad, ya no me intimidaba tanto. Eso me asustaba un poco.
El cumpleaños de Tim llegó en medio de un frío intenso.
Nos escapamos a un hotel en las montañas nevadas, lejos de la ciudad, lejos del ruido.
Solo nosotros dos. Tim lo tenía todo planeado.
Pero yo tenía mi propio plan.
Le dije que le daría su regalo por la tarde. No era ropa de Gucci ni de una marca cara.
Era un collar de plata.
Con una estrella de David colgando. Un símbolo de conexión entre el cielo y la tierra, de protección, armonía y buena suerte.
No sabía si Tim creía en ese tipo de cosas.
Pero a veces sí.
Y algo dentro de mí me decía que él necesitaba esto más de lo que él mismo admitía.
Nos encontrábamos tirados en la cama del hotel, hombro con hombro, viendo una película a la que no le estábamos prestando ni un poco de atención.
El plato de palomitas iba y venía entre los dos.
-Dime que no te comerías un dinosaurio si supiera a pollo -dije, metiéndome una palomita en la boca-Tim giró la cabeza lentamente hacia mí.
-¿Qué mierda acabas de decir?
-Lo que oíste.
-¿Me estás preguntando si me comería un dinosaurio?
-Ajá.
-...
-Vamos, Tim. Todos sabemos que el pollo es básicamente un mini dinosaurio moderno.
-Dios, dame paciencia.
Sonreí, satisfecho.
Pero después recordé mi regalo. Me levanté de la cama sin decir nada.
Tim me miró con curiosidad.
-¿A dónde vas?
-Ahora vengo.
Fui hasta mi mochila y busqué el pequeño estuche negro donde tenía el collar.
Cuando volví a la cama, me senté a su lado y se lo pasé.
Tim lo miró con una ceja arqueada antes de abrirlo.
El silencio que siguió fue... largo. Observó la estrella de David con una expresión difícil de descifrar.
Pasó los dedos por el colgante, como si quisiera asegurarse de que era real.
Y luego me miró.
-¿Por qué esto?-Me encogí de hombros, intentando actuar como si no fuera gran cosa.
-Porque es un símbolo de conexión, de equilibrio, de protección... y porque me pareció que te quedaría bien.
Tim no dijo nada.
Solo lo sostuvo en la mano por un momento.
Finalmente, se quitó la cadena que llevaba y se puso la nueva. Miró su reflejo en la pantalla negra del móvil.
-Me queda bien.
-Lo sabía-Tim se giró hacia mí.
-Gracias, Conner.
Y por alguna razón... sentí que en esas dos palabras había más peso del que esperaba.
Estábamos metidos en la cama, cubiertos hasta el cuello con las sábanas gruesas del hotel. La calefacción estaba encendida, pero el aire aún se sentía frío contra nuestra piel expuesta.
Tim tenía la cabeza apoyada en la almohada, con la mirada perdida en el techo, mientras yo jugueteaba con un hilo suelto del edredón.
El silencio era cómodo.
Hasta que Tim lo rompió.
-Gracias por venir conmigo.
-Giré la cabeza hacia él.
-Joder, Tim, es tu cumpleaños. Claro que estaría aquí-Tim sonrió levemente, girando también su rostro hacia mí.
-Lo sé... pero igual lo aprecio.
Le sostuve la mirada.
Algo en su tono sonaba más serio de lo normal. No era solo un "gracias" casual.
Era más profundo.
Más... íntimo. Y de repente, la conversación cambió.
-¿Sabes?-murmuró Tim, con una media sonrisa-Siempre supe que terminarías aquí conmigo.
Arqueé una ceja.
-¿Ah, sí?
-ujmm
-¿Desde cuándo te volviste vidente?
-No necesito ser vidente. Solo... lo sabía.
-Joder, qué confiado-Tim se giró completamente hacia mí.
Estábamos cara a cara, demasiado cerca.
Y yo no me moví.
-¿Y tú?-preguntó en voz baja.
-¿Yo qué?
-¿Alguna vez lo pensaste?
Tragué saliva.
Porque la verdad era que sí.
Desde hace tiempo.
Desde antes de que siquiera aceptara que Tim Wayne me importaba más de lo que debía. Pero no iba a decir eso en voz alta. Así que simplemente sonreí con arrogancia.
-No.
-Mentirosillo.
-Pruébalo.
-No hace falta. Se te nota.
Maldito.
Maldito, maldito, maldito.
Y antes de darme cuenta, estábamos aún más cerca.
Sus ojos bajaron de los míos a mis labios. Yo hice lo mismo. El espacio entre nosotros se redujo más y más...Hasta que nuestros labios se encontraron.
Un beso lento.
Indeciso.
Como si ninguno de los dos entendiera lo que acababa de pasar. Pero entonces...
Nos volvimos a besar Y esta vez, no hubo dudas.
Solo ganas.
Ganas de más.
Y más.
Y más.
Los besos se volvieron más desesperados.
Más profundos.
Tim se subió encima de mí, con sus rodillas a ambos lados de mi cintura, sin dejar de besarme. Mis manos se deslizaron bajo su sudadera, sintiendo la piel caliente bajo mis dedos. El temblor de su respiración me hizo estremecer.
No había prisa.
Solo una conexión que se encajaba como las piezas de un puzle. Él me ayudó a quitarle la ropa. Yo hice lo mismo con la suya. Cuando nuestras pieles se encontraron sin barreras, sentí que algo dentro de mí se encendía.
Tim bajó la cabeza para besarme en el cuello, dejando un rastro de calor con sus labios. Yo jadeé, aferrando su cintura con fuerza.
-Conner...
Su voz sonaba diferente.
Cargada de deseo.
Cargada de todo.
Cuando sus manos buscaron el lubricante en la mesita de noche, mi corazón se aceleró.
Tim no tenía miedo.
Yo tampoco.
Era él.
Vertió el líquido frío sobre sus dedos antes de deslizarlo entre sus piernas. Yo observé sin poder apartar la vista.
El sonido húmedo del lubricante, el ligero temblor en sus muslos, la manera en que su respiración se volvía errática...
Todo era perfecto.
Cuando estuvo listo, se posicionó sobre mí, guiándome con cuidado.
Mis manos se aferraron a sus caderas cuando comenzó a moverse. La sensación era increíble. Su interior se apretaba a mi alrededor, caliente y húmedo, envolviéndome por completo.
Encajábamos.
Como si hubiéramos sido hechos el uno para el otro.
Los gemidos de Tim se mezclaban con los míos.
Su cuerpo se arqueaba con cada movimiento, y yo no podía hacer otra cosa más que sostenerlo y perderme en él.
Porque, joder.
No había nada más en el mundo en ese momento.
Solo nosotros.
Sin decirnos nada, después de ese día, parecíamos una pareja. Y lo más curioso era que a nadie pareció sorprenderle. Joder, me encantaba besarlo.
Pero más aún que él me besara. Sue decía que éramos una pareja monísima. Mis padres no solo lo aprobaban, sino que lo adoraban.
Éramos intensos.
Y todo lo demás parecía importarnos poco.
Nos mandábamos mensajes en medio de reuniones aburridas.
Nos escapábamos a los probadores cuando íbamos de compras, con la excusa de que "queríamos ver cómo quedaba la ropa", cuando en realidad lo único que terminaba pegado era nuestras bocas.
En el coche, Tim siempre encontraba la manera de inclinarse sobre la palanca de cambios para besarme en los semáforos, ignorando totalmente las bocinas de los conductores impacientes.
A veces, cuando veíamos películas en mi casa, terminábamos más concentrados en el otro que en la pantalla.
Siempre pasaba.
Daba igual dónde estuviéramos, o qué estuviéramos haciendo.
Nos encontrábamos.
Nos encontrábamos en los roces de nuestras manos bajo la mesa. En las miradas silenciosas que decían más que cualquier palabra.
En el tono de su voz cuando me llamaba "Conner" y en la manera en que mi nombre sonaba diferente en sus labios.
Nos encontrábamos en todo.
Como si siempre hubiera sido así.
Después de tres meses no hacía falta que nos pusiéramos etiquetas.
Yo era suyo.
Él era mío.
Y eso era suficiente.
No me cuestionaba nada. No lo analizaba demasiado. Simplemente fluíamos. Pero a los cinco meses empezaron los comportamientos tóxicos.
Yo no era consciente de ello.
Lo veía como algo normal.
Porque Tim había crecido con reglas muy estrictas, pero con la suficiente libertad como para imponer sus propias reglas sobre los demás. Era como si su mente operara bajo una lógica simple:
Lo que es suyo, no se toca.
Y yo en ese momento pensaba que eran celos pequeños.
Cuando decía que "creo que tu amigo se está acercando demasiado a ti", lo decía con calma. Cuando mencionaba que "Sue es genial, pero a veces cruza la línea de la confianza", lo decía con aparente ligereza.
No le di importancia.
Es más, bajé la guardia.
Cuando sugirió que debería pasar más tiempo con él y menos con mis amigos, no me pareció una gran petición.
Era mi pareja, era normal querer más tiempo juntos.
Así que lo hice.
Salía de trabajar y me iba directamente al sitio donde habíamos quedado o él venía a recogerme y pasábamos la tarde en su casa o en la mía.
Sin darme cuenta, empecé a dejar de lado a mis amigos.
No lo noté al principio.
Pero ellos sí.
Un día, me dijeron que también querían pasar tiempo conmigo. Me di cuenta de que era cierto.
Así que intenté equilibrar las cosas. Tim seguía ocupando más de mi tiempo, pero al menos mis amigos ya no se sentían como un recuerdo lejano.
Pensé que eso lo arreglaría todo.
Pero entonces empezaron los ultimátums.
¿La prefieres a ella? Pues vale, entonces vete. Pero luego no me busques.
Siempre tienes tiempo para ellos, pero para mí, nunca lo suficiente.
¿Por qué sigues viéndolos si sabes que me molesta?
No es que no confíe en ti, no confío en ellos.
¿Vas a defenderlos antes que a mí?
Si yo estuviera en tu lugar, jamás haría esto.
Tienes que decidir qué es más importante.
No necesito que me expliques, ya sé lo que pasa.
Claro, vete con ellos. Yo ya veré qué hago.
Me duele que no me tengas en cuenta.
Si realmente me quisieras, no lo harías.
Yo nunca te haría esto a ti.
Eres el único que no ve lo que está pasando.
Me siento desplazado.
¿Para qué estamos juntos si prefieres estar con ellos?
Si me vas a hacer esto, al menos ten la decencia de decírmelo en la cara.
Haz lo que quieras, pero no esperes que me quede aquí como un idiota.
¿Cuántas veces más voy a tener que repetirte lo mismo?
Eres increíblemente terco cuando se trata de ellos.
No puedes esperar que esto siga funcionando si no me das prioridad.
Me di cuenta de cuán diferente era el mundo de Tim al mío una tarde en la que salía del trabajo.
Mis amigos vinieron a recogerme. Pero, casualmente, Tim también lo hizo. Ellos me dijeron que habíamos quedado, y Tim me recordó que tenía que llevarme a un sitio importante.
Yo iba a decir que podíamos ir todos juntos.
Pero no me dejaron hablar.
Empezaron a gritarse.
Tim le dijo a Connie que dejara de hacerse el valiente, porque "podría haber consecuencias".
Era una amenaza.
No disfrazada, no velada.
Era una amenaza.
Después de eso, decidí irme con Tim.
Y en el coche, empezamos a discutir.
Le dije que no volviera a amenazar a mis amigos.
Que ellos también querían pasar tiempo conmigo.
Él se defendió. Dijo que llevábamos una semana sin vernos, mientras que yo había visto a mis amigos dos días atrás.
Me quedé callado.
La maraña de telarañas en mi cabeza se enredó aún más. Sí, a él no lo había visto en una semana. A mis amigos los vi hace dos días.
Pero es que yo había quedado con ellos.
Empecé a darme cuenta de algo.
Las reglas no eran iguales para los ricos.
Ellos podían mover cualquier hilo y tener lo que quisieran.
Tim era intocable.
Y me pregunté si su padre le había enseñado eso.
Porque en su mundo, nadie lo contradecía. Casi lo seguían como si fuera un mesías. Y lo entendía.
Era inteligente. Sabía cómo hablar. Una vez lo vi en una cena de negocios.
Era brillante.
Pero también peligroso.
Y yo...
Yo ya estaba demasiado enredado.
Un año después, Tim me propuso que nos fuéramos a vivir juntos. Se mudaría a un penthouse en el centro de la ciudad.
Yo lo pensé.
Durante dos meses.
Y al final, dije que sí.
Mis padres lo vieron precipitado, pero lo aceptaron.
La mudanza fue un caos.
A pesar de que yo no tenía muchas cosas. Nos convertimos en una pareja estable. El problema era que yo tenía que vivir una doble vida.
Veía a mis amigos en secreto.
Archivaba los chats.
Porque me daba miedo que un mensaje saltara en la pantalla y él lo viera.
Tim nunca miraba mi móvil.
Pero ¿y si un día lo hacía?
Y un día, eso pasó.
Dejé mi móvil en la mesa mientras comíamos.
Y la pantalla se iluminó con el nombre de Sue.
Mierda con pan.
La pelea fue un interrogatorio. Empezó haciéndome preguntas.
Yo no mentí. Le dije la verdad. Que había estado viendo a mis amigos en secreto. Que no le dije nada porque no quería que se enfadara.
Empezamos a gritarnos.
Dijimos cosas horribles.
Y no sé cómo...
Terminamos besándonos.
Terminamos haciéndolo en el sofá.
Yo nunca he sido de los que creen que el sexo arregla los problemas.
Pero, joder.
Necesitaba que dejáramos de lanzarnos cuchillos.
Necesitaba besarlo.
Necesitaba que supiera que lo quería.
Después de ese día, todo pareció volver a la normalidad.
Ya no me escondía para ver a mis amigos.
Pero él empezó a hacerme sentir culpable.
No sé por qué no puedes entenderme.
A veces siento que estoy en una relación con alguien que no me da su 100%.
Solo quiero que seamos honestos el uno con el otro.
No puedo seguir así si no me demuestras que me amas.
Y entonces, dejé de salir completamente con mis amigos.
Del trabajo, a casa.
Todos los planes, solo con él.
No puedo mentir.
No todo era malo.
No puedo decir que todo fue un infierno, porque no lo fue.
Porque, joder, Tim también sabía amarme de una forma que nunca antes había sentido.
Lo que tenía de tóxico, también lo tenía de cariñoso.
Lo que tenía de controlador, también lo tenía de protector.
Era contradictorio.
Era un equilibrio enfermizo entre ser mi mayor adicción y mi peor pesadilla.
Porque Tim sabía exactamente cómo tocarme, cómo hablarme, cómo hacerme sentir querido.
Me hacía sentir como si fuera lo único que importaba en su vida.
Y eso era lo peligroso.
Tim podía ser increíblemente atento.
Sabía exactamente cuándo abrazarme, cuándo apoyarme, cuándo leerme sin que yo tuviera que decir nada.
Si veía que había tenido un día de mierda en el trabajo, se aseguraba de tener mi cena favorita lista cuando llegara a casa.
Si me veía cansado, me preparaba un baño caliente sin decir nada.
Si notaba que estaba estresado, me masajeaba los hombros mientras me hablaba de cualquier tontería para distraerme.
Se preocupaba por mí.
Siempre.
Incluso en las cosas más pequeñas.
Recordaba cómo me gustaba el café.
Recordaba qué ropa odiaba ponerme porque me daba comezón.
Recordaba qué cosas me molestaban y evitaba hacerlas.
Cada vez que salíamos a un restaurante, se aseguraba de que pidieran las papas fritas bien crujientes porque sabía que me cagaba cuando las traían blandas.
Cada vez que me enfermaba, se quedaba conmigo toda la noche, dándome mimos mientras me decía que no era un niño pequeño por quejarme del dolor.
También era detallista...
Demasiado. Me compraba cosas sin razón alguna.
No cosas caras, no joyas ni relojes lujosos.
Me compraba cualquier estupidez que le recordara a mí.
Si veía una gorra con un diseño que pensaba que me gustaría, me la traía. Si pasaba por una tienda y veía una sudadera que se veía cómoda, me la compraba.
Si encontraba una figura coleccionable de alguna película que le mencioné una vez, la tenía lista para mí en casa.
Cada pequeño gesto me hacía sentir como si fuera el centro de su universo.
Me hacía sentir como si nadie más en el mundo me conociera mejor que él.
Como si nadie más pudiera amarme de esa forma.
El sexo con Tim era otra cosa.
No era solo placer.
Era algo más profundo.
Algo más primitivo.
Había posesión en cada beso, en cada roce, en cada gemido ahogado en mi cuello.
Cuando me miraba mientras hacíamos el amor, sus ojos parecían devorarme. Como si quisiera marcarme desde dentro, como si quisiera asegurarse de que yo nunca olvidaría que era suyo.
Y no lo olvidé.
Porque después de cada discusión, después de cada pelea, Tim sabía exactamente cómo bajarme las defensas.
Sabía qué decirme, cómo tocarme, cómo besarme para que olvidara cada maldito grito, cada insulto disfrazado de preocupación, cada control disfrazado de amor.
Y yo caía.
Siempre caía.
Porque cuando Tim me amaba, lo hacía con toda su maldita alma.
Y, joder...
Era imposible no amarlo de vuelta.
Mi cumpleaños número 21 llegó, pero no era lo que yo había imaginado.
Sue era la única amiga que había mantenido. La única que entendía la situación tan delicada en la que estaba.
Me llevó a una charla sobre relaciones tóxicas.
Y entonces, como un tiro en el pecho, me di cuenta de que yo estaba metido en una. Pero parecía imposible separarme de él.
Porque aunque todo no era malo, no era del todo sano.
Cuando el ponente hablaba sobre control, manipulación emocional, aislamiento...
Todo coincidía. Cada palabra era como un espejo que me reflejaba de la peor manera.
Sentí la mano de Sue envolverse alrededor de la mía, dándome un suave apretón.
Algo dentro de mí tembló.
Era miedo.
No a Tim.
Sé que él no me haría daño físicamente. El miedo venía de otro lugar. Del vacío que imaginaba si él no estaba en mi vida.
Esa noche, decidí ser un adulto. Tan responsable como mi cerebro me permitiera ser. Le hablé.
Le expliqué la situación en la que estábamos. Le dije que nos estábamos haciendo daño.
Le conté lo que sentía, cómo me afectaba, cómo me asfixiaba. Pero Tim...
Tim tenía una respuesta para todo.
-Todas las parejas tienen problemas, Conner.
-Esto es más que un problema.
-No. Solo estás viendo lo malo. Todo lo bueno que hemos construido lo estás ignorando.
Y, joder, tenía razón.
Había cosas buenas.
Muchas.
Pero yo no podía seguir viviendo de los momentos bonitos mientras me ahogaba en los malos. Aun así, intenté calmar mi cabeza.
Decidí volver a salir con mis amigos. Nathan, Connie, olive, William, sue... todos me recibieron con los brazos abiertos.
Había pasado el tiempo, pero no importaba.
Ellos estaban ahí.
Tim no dijo nada.
No al principio.
Hasta que todo explotó.
Era un círculo de fuego
Durante tres meses, intenté que funcionara. Lo juro.
Había días en los que parecía que todo se relajaba.
Que volvíamos a estar bien.
Pero luego, la tensión regresaba.
Cada salida con mis amigos, una mirada silenciosa.
Cada plan sin él, una frase con filo.
Hasta que, una noche, después de una discusión que parecía más una guerra,
Tim se fue a dormir a Dios sabe dónde.
Y yo me quedé solo.
Sentado en el sofá.
Mirando la puerta por la que él había salido. Esperando que regresara. Pero en lugar de eso, sentí un peso en el pecho que no me dejaba respirar.
Un pensamiento frío.
Tengo que irme de aquí.
Era como arrancarme el corazón con mis propias manos. Pero sabía que no podía seguir viviendo en esta jaula.
Le escribí una carta.
No un mensaje.
No una llamada.
Una carta.
Porque sabía que las palabras escritas pesan más que las dichas en una pelea.
Porque quería que supiera que todo fue real.
Que lo amé.
Que me dolía dejarlo.
Pero que esto era lo mejor para los dos.
Y escribí:
Tim. No sé por dónde empezar.
Quizás porque no quiero que esto empiece. Porque si lo escribo, significa que es real.
Y me aterra la realidad que estoy por aceptar. Nos hemos amado con una intensidad que asusta.
Nos hemos hecho daño con una fuerza que duele. Nos hemos perdido en cada beso, en cada abrazo, en cada promesa rota.
Y ya no sé si lo que tenemos es amor o un incendio que no sabemos cómo apagar.
No quiero recordarte solo por las peleas. No quiero recordarte solo por las noches en las que me hiciste sentir como si fuera lo único que importaba.
Quiero recordar todo.
Porque lo bueno fue hermoso.
Pero lo malo...
Lo malo terminó ahogándonos.
Sé que dirás que todas las parejas tienen problemas.
Que el amor es difícil.
Que si nos queremos, deberíamos seguir intentándolo. Pero, Tim, a veces amar también significa saber cuándo dejar ir.
Yo no te odio.
Yo te amo.
Y por eso me voy.
Con amor,
Conner.
Hablé con mis padres. Les expliqué todo, lo aceptaron sin cuestionarme. Me ayudaron económicamente.
Y entonces, me fui.
Canadá.
Un país frío.
Pero nada era más frío que dormir solo por primera vez en años. Me cambié de número. Borré todas mis redes sociales. Y aunque a veces quise coger mi antiguo móvil y llamarlo para saber cómo estaba...
No lo hice.
En lugar de eso, lloré.
Salí a correr.
Busqué un trabajo.
Sobreviví.
Y después de un año, pensé en volver. Pero dejé pasar cinco meses más. No era suficiente. Aún tenía miedo de que si lo veía, caería de nuevo.
Hasta que un día, supe que estaba listo. Cuando volví, mis padres me recibieron con los brazos abiertos. No había perdido el contacto con ellos. Pero hablar por teléfono no era lo mismo que abrazar a mi madre.
No era lo mismo que jugar al billar con mi padre.
Respiré.
Me di cuenta de que estaba libre.
Conseguí un trabajo en un taller mecánico.
Y sorprendentemente, se me daba bien.
Me llenaba las manos de grasa.
Me dolía la espalda después de largas jornadas.
Pero era mi vida.
Y ahora, estaba listo para vivirla.
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