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Massacre {JonxDamian}

-5-

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Jon

Me quedé flipando con lo que me acababa de contar mi primo.

Me di cuenta de que no somos lo que vemos.

Se me saltaron las lágrimas.

Conner no era el tipo de persona que parecía caer en algo así.

Siempre había sido seguro de sí mismo, con un carácter fuerte, alguien que no se dejaba mangonear por nadie.

Y sin embargo…

Tim lo había atrapado.
Lo había moldeado, lo había manipulado, lo había aislado. Exactamente como Damián me estaba haciendo a mí.

Respiré hondo, intentando calmar la angustia que me estrangulaba el pecho.
Conner me miró con seriedad.

-Siempre hay una solución, Jon.

-No es tan fácil-Mi voz sonó más quebrada de lo que me gustaría admitir.

-Siempre parece imposible hasta que lo haces.

-No entiendes…-Me pasé la lengua por los labios, sintiendo cómo me temblaban los dedos.

-Damián no me va a dejar ir. Él me tiene bajo amenaza-Conner frunció el ceño.

-¿Qué tipo de amenaza?-No pude contener la risa amarga que se escapó de mi garganta.

-¿Quieres saberlo?

Lo mandó al hospital.

Sangré

Dolor

-¿Qué?

Lo miré, y mis ojos ardieron con la confesión.

-Hace tres meses, Damián mandó a Jay al hospital-
Conner se quedó en silencio.

-¿Qué coño dices?

-Se enteró de que, en el cumpleaños de Katy, en un juego estúpido, nos dimos un piquito.

-Jon…

-No sé cómo lo supo.

Esa era la parte que más me aterraba.

No había tenido ningún problema legal. Ni siquiera un aviso de la policía. Después de visitar a Jay, fui directo a su casa, furioso.

Estaba listo para gritarle en la cara que era un hijo de puta. Que había destrozado la cara de mi mejor amigo por una puta tontería.

Pero cuando lo enfrenté, lo único que me dijo fue con esa calma maldita que siempre tenía:

-Vaya juego de mierda en el que, sabiendo que tienes novio, te besas con tus amigos.

Ahí exploté.

Empezamos a gritarnos como si fuéramos desconocidos. Le dije que no nos habíamos escondido, que no había sido algo con intención. Que lo que había hecho era de una mala persona.

Que solo era un puto juego.
Damián me miró con frialdad absoluta y me soltó:

-La próxima vez, te lo piensas dos veces.

Ahí lo mandé a la mierda y me fui.

Desde entonces, Jay y yo tenemos una amistad fría.
No me ignora, pero ya no somos los de antes. Y no lo culpo.bTres semanas con la puta cara destrozada…

Joder.

Ignoré a Damián.

Durante dos semanas enteras. No le respondía los mensajes. No le devolvía las llamadas. Incluso cuando se sentaba a mi lado en clase y me hablaba, lo ignoraba completamente.

Hasta que me pilló saliendo del instituto. Se acercó demasiado y, con una voz baja y oscura, me dijo:

-Si no me hablas, si me sigues ignorando… habrá consecuencias.

-Vete a la mierda-Y seguí caminando.

Tres días después, Katy llegó llorando.

Me dijo que quizás le negaban la solicitud a la universidad de ciencias a la que quería entrar. Me quedé frío.

¿Esas eran las consecuencias?

Esa misma noche, fui directo a su casa. Subí sin pedir permiso, saludé rápidamente a Alfred y me metí a su habitación.

Damián estaba sentado en la cama, mirándome con una expresión neutral. Cerré la puerta con fuerza.

-¿Por qué coño estás jodiendo a mis amigos?

-Te dije que habría consecuencias.

Algo dentro de mí se rompió.

Me acerqué, señalándolo con el dedo.

-Esto es entre nosotros. ¡No metas a mis amigos!

-Tú decidiste ignorarme.

-Porque te comportaste como un jodido cabron.

-Y aún así, aquí estás-Me mordí la lengua.

Porque tenía razón.

Aquí estaba.

Nos gritamos.

Nos insultamos.

Nos lanzamos verdades envenenadas a la cara.

Hasta que explotamos.

Sus labios cayeron sobre los míos con rabia, con fuego, con esa maldita intensidad que siempre nos arrastraba.

Nos arrancamos la ropa.

Me tiró sobre la cama y se hundió en mí como si quisiera devorarme desde adentro. Como si quisiera marcarme. Como si quisiera recordarme que yo le pertenecía.

Lo peor de todo…

Es que lo extrañaba.

Y lo dejé hacerlo.

Cuando llegué a casa, me metí a la ducha. El agua caliente golpeaba mi piel, pero no podía calmar el frío que sentía por dentro.

Me di cuenta de todo.

Me di cuenta de que estábamos en una relación enferma. Envenenada.
Me apoyé contra la pared, respirando hondo. No podía más.

Esa noche, lo llamé y dije que necesitaba tiempo.

Que necesitaba espacio.

Damián solo me miró y asintió.

No discutió.

No intentó detenerme.

Y eso me aterró más.

El tiempo que pasé "alejado" de Damián fue peor. Jugaba con mi mundo. Los profesores empezaron a suspenderme sin razón.
Mis padres tenían cada vez más trabajo y casi no los veía. Mis amigos comenzaron a tener problemas personales.

Las amenazas eran constantes, pero nunca directas.

Era como un fantasma moviendo hilos en mi vida.

Y lo peor de todo…

Es que nadie podía probarlo.

Nadie podía acusarlo.

Porque Damián Wayne era intocable.

Conner me dijo que siempre hay una solución.

Pero…

¿Cómo te escapas de un amor que te devora?

Hay cosas que me niego a contarle a mi primo. Porque son demasiado íntimas, porque si las digo en voz alta, se vuelven más reales,
Porque si Conner las escucha, quizás me odie tanto como yo me odio a mí mismo.

Como cuando volví con él.

No porque me pidiera perdón.

No porque él cambiara.

Sino porque me sentía solo.

Porque pasé de la rabia a la tristeza y de la tristeza a la desesperación.

Porque cada día sin él me sentía como un barco sin ancla, a la deriva en un océano oscuro.

Y porque cuando el dolor se volvió insoportable, corrí de vuelta a su lado.

La primera noche que regresé, no hubo palabras.

Él me miró.

Y yo me derrumbé en sus brazos.

Damián no preguntó nada.

No se burló.

No me dijo “te lo dije.”

Solo me sostuvo.

Como si hubiera estado esperando que cayera de nuevo. Esa noche, no dormimos. Él me devoró como si quisiera volverme parte de él.

Y yo lo dejé.

Me perdí en sus besos, en su piel, en su calor.

Me aferré a él como un adicto que finalmente consigue su dosis. Y cuando su cuerpo se hundió en el mío, Cuando su aliento se mezcló con el mío, cuando sus manos me atraparon con la misma posesión de siempre,

Sentí alivio.

No amor.

No felicidad.

Solo alivio.

Los días pasaron

Y caí de nuevo en su órbita.
No fue inmediato. Al principio, seguí viendo a mis amigos. Seguía manteniendo mis límites.

Pero Damián sabía cómo esperar. Sabía cómo hacerme sentir que el mundo era más fácil a su lado, y poco a poco, volví a donde él quería que estuviera.

No puedo decirle esto a Conner.

Porque sé lo que pensará.

Porque sé lo que dirá.

Porque yo también sé lo que significan mis acciones.

Porque aunque ahora me siento más atrapado que nunca…

Lo elegí.

Una y otra vez.

Incluso cuando sabía que me estaba destruyendo.

Lo que sí estoy dispuesto a contarle a Conner es cómo fue cuando le dije a Damián que teníamos que terminar.

Para nada se lo tomó bien.

Me sujetó con fuerza, como si pudiera atarme a él solo con sus manos, como si al apretar mi piel pudiera retener mi alma. Su voz era baja, casi un gruñido, con ese tono que solo usaba cuando algo lo sacaba completamente de control.

-Estamos hechos el uno para el otro. No puedes dejarme. No puedes-Sentí mi estómago encogerse, pero aun así lo hice.

Terminé con él.

Y al principio fue un caos.

Me llamó, me mandó mensajes, incluso apareció fuera de mi casa un par de veces.

Y entonces… pasó.

A mi padre lo destinaron como periodista a Irak. En plena guerra. En un mes.

No podía ser verdad.

El suelo pareció abrirse bajo mis pies, tragándome en un abismo de angustia. Sabía lo que estaba pasando. Sabía quién estaba detrás.

Así que fui directo a su casa.

Le rogué.

-Por favor, Damián. Déjalo en paz-No me dejó ni entrar a su habitación. Me recibió en el umbral, con los brazos cruzados y los ojos fríos.

-Te dije que me ibas a arrepentir-Su voz era un veneno lento que me carcomía.

-Seré tu novio. No nos volveremos a separar.

Me miró. Con esos ojos verdes que habían sido mi refugio y ahora eran mi jaula.

-Me destrozaste el corazón. No me escuchaste. Ahora vete.

Pero no me fui.

Le rogué un poco más.

Le seguí escribiendo.

Le seguí llamando.

Lo seguí después de clases.

Pero nada.

Nada.

Hasta que tuve que engañarme a mí mismo.
Convencerme de que esto me lo había buscado yo.
Convencerme de que si quería que todo terminara, solo había un camino.

Así que lo perseguí a la salida del instituto y me metí en su coche.

-Me equivoqué.

Su mirada era un muro, pero noté cómo apretó los labios, como si estuviera reprimiendo algo.

-¿Ah, sí?

-Sí…y....lo siento mucho de verdad.

Mi voz sonaba suave, rota, como si estuviera dándole la razón, como si le estuviera dando lo que quería. Porque eso era lo que estaba haciendo.

-Era mi primera relación, Damián...y...y Me asusté....Mis amigos me comieron la cabeza.

Mentí.

Claramente.

Mis amigos no tenían la culpa de nada.

Pero no hablé de mi padre.
Le dije que no volvería a verlos. Le dije que ahora solo quería centrarme en sanar lo nuestro.

Y él me miró.

Joder.

Me miró de esa forma en la que siempre lo había hecho cuando tenía el control.

Y aparcó el coche en un pequeño hueco de un descampado. Se reclinó en su asiento y me hizo un gesto con los dedos.

-Joder, ven aquí.

Me mordí el labio. Subí sobre él, apoyando mis rodillas en los lados de su cadera, y nos besamos.

Al principio, fue lento.

Suavidad.

Respiraciones mezclándose.

Su mano en mi nuca, presionando, controlando.

Pero luego, cuando mi cadera se movió por inercia, todo se desbordó. Sus manos bajaron por mi espalda, por mi cintura. Mis dedos se aferraron a su cabello.

Nuestros cuerpos chocaban entre sí, empapándonos del calor del otro. Su lengua exploró mi boca con la misma desesperación con la que sus manos desabrochaban mi pantalón.

No me detuve.

No lo pensé.

No sentí asco.

Solo sentí ese maldito cosquilleo en el estómago.
Las caricias fueron frenéticas. Los roces se volvieron una tortura deliciosa. Mi sudadera terminó en el suelo del auto.
Mi respiración se volvió entrecortada.

Su boca recorrió mi cuello, susurrando palabras que no entendía pero que me hacían arder, y cuando su mano bajó entre nosotros, jadeé, enterrando los dedos en su espalda.

No sé cuánto tiempo pasó.

Pero en algún punto, el auto se llenó de vapor y nuestras voces se convirtieron en jadeos rotos.

Fue sucio.

Fue impulsivo.

Fue nuestra forma de sellar el trato.

De hacerme entender que, desde ese momento, ya no podía escapar.

Después de eso, todo pareció tranquilo.

No hablé con mis amigos.

No mencioné a mi padre por si acaso.

Hasta que, una semana antes de que tuviera que irse, llegó otra carta.

Un error administrativo.

Mi padre no iba a Irak.

Me derrumbé.

El alivio me golpeó como una ola.

Mi mundo siguió girando alrededor de Damián, y por un tiempo, todo pareció… normal.

Me reía con él cuando veíamos películas.

Salíamos juntos sin discusiones.

Pasábamos los días como cualquier otra pareja.


Aunque sabía que había abandonado una parte de mí, la nueva versión que había construido disfrutaba del momento todo lo que podía.

Y en aquella noche, una simple cita, un instante fugaz en el tiempo, todo parecía ir bien.

La cena transcurría entre risas y besos robados.

Sentí su mano acariciar mi pierna con suavidad, sus dedos trazando círculos sobre la tela de mi pantalón, un roce casi perezoso, pero lleno de intención. Le devolví la mirada con una sonrisa ladeada, y él me respondió con esa expresión que ya conocía.

Esa que decía “No vamos a terminar la cena.”

Y no lo hicimos.

Acabamos en el baño.

El azulejo frío contra mi espalda.

El sonido de su respiración entrecortada en mi oído.
Mis piernas alrededor de su cintura, sosteniéndome como si no pesara nada, como si fuera un koala enganchado a una rama.

El placer era salvaje.

Puro fuego recorriéndome las venas.

Cada embestida, cada jadeo, cada sonido amortiguado por el ruido del restaurante del otro lado de la puerta, se sentía como una descarga eléctrica en mi cuerpo.

No puedo negar que esas subidas de adrenalina me encantaban.

Sentía la vibración de la excitación como rayos atravesándome de arriba abajo, erizándome la piel, haciéndome olvidar todo lo que estaba mal en nosotros.

No éramos Jon y Damián.

Éramos puro deseo.

Nada más.

Y cuando todo terminó, cuando nuestras respiraciones volvieron a un ritmo más lento, nos limpiamos y arreglamos la ropa lo mejor posible.
Damián me miró, su sonrisa satisfecha, y acarició mi mejilla con el dorso de la mano.

-Espera en el coche, voy a pagar la cuenta.

Debería haberle hecho caso.
Debería haberme ido directamente.

Pero en vez de eso, me crucé con Anthony.

Él estaba caminando en dirección contraria, y cuando me vio, su rostro se iluminó.

-¡Jon!-No me dio tiempo a reaccionar. Se acercó con alegría, sonriendo como siempre, abrazándome con confianza.

-Tío, ¿cómo estás? Hace tiempo que no hablamos.

Me congelé. La última vez que nos habíamos visto, Damián lo había empujado.

Y yo lo había dejado pasar.

-Estoy bien-respondí, intentando apartarme con discreción-¿Tú qué haces aquí?

-De vez en cuando me doy un capricho y vengo a cenar -dijo con naturalidad-¿Qué hay de ti?

Y en ese momento lo entendí.

Él era libre.

Podía salir a donde quisiera, comer cuando quisiera, estar con quien quisiera.

No necesitaba la aprobación de nadie. No tenía que preocuparse de si alguien lo estaba observando.

Pero yo sí.

Porque me di cuenta tarde.

Damián nos estaba viendo.

Y en sus ojos había un infierno encendido.

Todo sucedió en segundos.

El impacto.

El ruido sordo del golpe contra la mandíbula de Anthony. Su cuerpo tambaleándose hacia atrás.

Otro golpe.

Otro.

Mi grito desgarrado.

Damián lo estaba golpeando.

No le importaba que estuviéramos en la entrada del restaurante. No le importaba la gente mirando.

No le importaba nada.

Corrí hacia ellos, intentando detenerlo. Los de seguridad también intervinieron.
Pero antes de que lográramos separarlo, Anthony ya estaba en el suelo, con la cara hinchada y sangrando.

No podía verlo bien.

El pánico me ahogaba.

Lo único que veía era la furia en los ojos de Damián.

La satisfacción oscura en su expresión. Como si estuviera disfrutando de cada segundo.

Nos largamos de ahí.

Me metió en el coche y arrancó a toda velocidad.
La furia aún vibraba en el aire.

No tardó en explotar.

-¡¿QUÉ COÑO ESTABAS HACIENDO CON ÉL?!

-¡No estaba haciendo nada! ¡Solo nos cruzamos, y se ha acercado a saludarme!

-¿¡SALUDARTE!? SI PARECE QUE ESTABA A PUNTO DE COMERTE LA BOCA.

-¡ES ANTHONY, POR DIOS!

-¿¡Y!?

-¡NO TIENES DERECHO A DECIRME CON QUIÉN HABLO!

Pero mi grito quedó ahogado por algo más.

La velocidad.

Los coches pasaban demasiado rápido a nuestro alrededor. Las luces de la calle se volvían borrosas.
Mi corazón se aceleró por un motivo completamente diferente.

-Damián, baja la velocidad.

Pero él no me escuchó.
Seguía despotricando, con los nudillos blancos sobre el volante. Las ruedas rugieron contra el asfalto.

Mi estómago se encogió.

-¡Baja la velocidad, joder!

-¿¡Pero me estás escuchando!?

-¡BAJA LA PUTA VELOCIDAD! ¡ME ESTÁS DANDO MIEDO!

Y entonces, redujo.

De golpe.

El auto desaceleró, pero la tensión seguía en el aire, espesa como un nudo en la garganta.

Respiré hondo, intentando calmarme.

Esto no estaba bien.

Nada de esto estaba bien.

-No quiero volver a discutir por esto-murmuró él, sin mirarme.

Yo tampoco.

Pero en mi cabeza, las alarmas seguían sonando.

A todo volumen.

Le pedí que me dejara en casa.

No discutió.

Creo que más que nada porque hasta él mismo se dio cuenta de la mierda de persona que había sido esa noche.

O quizás fue la cara que tenía.

Mi expresión hablaba por sí sola.

Bajé del coche y lo vi marcharse sin decir una palabra. Recé porque mis padres ya estuvieran durmiendo. No tenía fuerzas para inventar más mentiras.
Para fingir que todo estaba bien cuando, por dentro, me estaba ahogando.

A la mañana siguiente, no fui a clases.

Fui directamente al hospital.
Pregunté por el en recepción. Cuando finalmente lo vi, el aire se me atascó en los pulmones.

Estaba hecho una mierda.
Un ojo morado, la ceja rota con puntos de sutura, el labio hinchado. Las costillas vendadas. Me llevé una mano a la boca, sintiendo las lágrimas acumulándose en mis ojos.

-Dios, Anthony… lo siento tanto-Él me miró con cansancio, y luego bufó con una sonrisa sarcástica.

-No tienes que pedirme perdón porque tu novio sea un loco gilipollas.

Sus palabras me golpearon con fuerza.

Mi novio.

Mi novio.

Me limpié las lágrimas con la manga de la sudadera, pero no paraban de salir.

-¿Te han dicho cuándo puedes salir?

-Mañana, si todo va bien.

-¿Denunciaste?

-Por supuesto que sí.

Mi corazón se detuvo un segundo.

-¿Y…?

Anthony me miró con una mezcla de lástima y furia.

-¿Tú qué crees?

Entendí todo.

No pasó nada.

No pasará nada.

Porque Damián Wayne no recibe castigos. No hay consecuencias para alguien como él.bSolo para nosotros.
Solo para los que nos cruzamos en su camino.

Salí del hospital sintiéndome más vacío que nunca. Mi teléfono vibró varias veces en mi bolsillo. Mensajes de Damián.

“¿Por qué no has venido a clases?”

“¿Dónde estás?”

“Contéstame, Jon.”

Respiré hondo y le respondí la excusa más simple que se me ocurrió.

"Me dolía la cabeza."

Era cierto.

Pero no por los motivos que él creía.

Conner me miraba con tanta pena que no supe si seguir hablándole de lo que había pasado en nuestra relación.

Pero aún así, seguí contándoselo.

Le hablé del pánico que me daba salir a la calle y encontrarme con alguno de mis amigos.

Los vómitos

La ansiedad

De lo aterrador que era pensar que alguien me viera y decidiera saludarme.

O que, peor aún, alguien se acercara y me abrazara.

Porque no sabía qué pasaría después.

No sabía si habría consecuencias.

Si tendría que recoger los pedazos de otro amigo en una cama de hospital.

Mi voz se quebró.

Conner no dijo nada.

Solo me abrazó.

Y yo me aferré a él como si estuviera tratando de sostenerme a la poca humanidad que me quedaba.

Conner me abrazo con fuerza, su mano en mi espalda, su otra mano en mi nuca. Yo no podía parar de temblar. No era un llanto ruidoso, era algo peor. Era un llanto silencioso, un ahogo interno que no podía sacar.

Y entonces, lo escuché decir:

-Vamos a salir de esta-Sentí su mano dándome un leve apretón.

-Voy a ayudarte-Me separé un poco, con la respiración entrecortada.

-¿Cómo?

-Vamos a hablar con él. O con su padre.

El pánico se apoderó de mí.

Me congelé.

Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que sentí que me iba a desmayar.

-No-susurré.

-Jon…

-¡No!-Me levanté de golpe, alejándome de él-¡No puedes hacer eso!-Conner me miró con el ceño fruncido.

-No puedes seguir con este miedo, Jon. No es normal.

-¡¿Y qué quieres que haga?! ¡¿Crees que Bruce Wayne va a ponerle un alto a su hijo por lo que me está haciendo?!

Mi voz sonó rota.

Conner se levantó también.

-No sé si él lo haría. Pero yo sí-Me sostuvo por los hombros, obligándome a mirarlo.

-Jon, no tienes que tener miedo.

-No lo entiendes…-Mi voz se quebró.

-Sí lo entiendo-Apreté los ojos con fuerza, intentando tragarme las lágrimas-No voy a dejar que te pase nada-susurró.

Abrí los ojos y lo miré.

Él hablaba en serio.

Me aferré a la manga de su chaqueta, sintiéndome como un niño pequeño.

-No puedes hablar con él… -dije con voz temblorosa.

-Sí puedo. Y lo haré.

Mi respiración se volvió errática.

Yo sabía lo que pasaría.

Pero ¿qué otra opción me quedaba?

Me monté en el coche con él y le dije que primero me dejase a mí tantear el terreno y que si las cosas subían de tono, podría entrar en acción.

Él asintió. Sabía que me entendía mejor que nadie.
El viaje fue silencioso mientras ensayábamos lo que le iba a decir a Damián.
Mi primo me explicó que tenía que mantener la calma en todo momento. No acusar directamente. No señalar todo lo malo.

Tenía que ser algo intermedio.
Sutil, estratégico.

Si lo hacía de la manera incorrecta, podía explotarme en la cara.

Bajamos del coche y doblamos al timbre. Pero entonces se me congeló la sangre. Sentí la mano de Conner apretar mi hombro cuando quien nos abrió la puerta fue Tim Wayne.

Su mirada azul recorrió nuestros rostros con una expresión neutral.

Yo me tensé.

Él rompió el silencio preguntando si Damián estaba en casa, porque tenía que hablar con él. Pero no hizo falta que Tim respondiera.

Damián apareció por el pasillo.

Su expresión se endureció en cuanto me vio. Hacía días que lo había estado ignorando.

Se cruzó de brazos.

-¿Qué haces aquí?

-Necesito hablar contigo.

Damián me miró un par de segundos antes de girarse con un resoplido.

-Ven.

Mierda.

Miré a Conner y él asintió con la cabeza. Me pedía que subiera a su habitación. Que fuera solo. No quería hacerlo. Pero era la única manera.

Se me retorció el estómago cuando dejé a mi primo esperando en la puerta.

Yo tenía WhatsApp preparado.

Y Conner tenía el móvil en sonido.

Si pasaba algo, me bastaba con un solo mensaje.

Pero no esperaba a Tim.

Él no se movió de la entrada.

Me miró con el ceño fruncido, como si estuviera tratando de entender qué mierda estaba pasando.

Y yo solo pude bajar la cabeza y subir las escaleras detrás de Damián.

Conner

T

im y yo nos quedamos ahí.

En la entrada.

Mirándonos.

El ambiente se volvió tenso de golpe.

Sentí mi estómago hacer piruetas.

No porque estuviera nervioso en el mal sentido, sino porque él seguía viéndose jodidamente bien.

No iba vestido con nada elegante.

Más bien cómodo para estar por casa.

Pantalones de chándal oscuros, una sudadera blanca de tela suave que se veía ridículamente costosa, el pelo como la última vez que lo vi.

Yo lo había visto en la televisión muchas veces.
En entrevistas, en eventos empresariales....Siempre con un traje impecable, con su porte serio, con esa maldita expresión controlada que hacía que la gente se lo tomara en serio incluso cuando tenía solo veintitantos.

Pero aquí…

Aquí se veía más humano.

Menos Wayne y más Tim.

Pero la tensión seguía ahí.
Mis ojos bajaron un segundo hacia sus manos.
Una sostenía su teléfono.

La otra, el pomo de la puerta, como si estuviera decidiendo si dejarme entrar o echarme de la casa.
Decidí romper el silencio.

-¿Qué? ¿No me vas a invitar a pasar?-Tim me miró con una mezcla de sorpresa y fastidio.

-No.

Sonreí un poco.

-Siempre tan amable.

-Siempre tan inoportuno.

Ouch.

-¿Entonces tampoco no me vas a ofrecer un café, un té, un vaso de agua, una charla educada mientras mi primo se enfrenta a tu hermano allí arriba?-Tim me miró con los ojos entrecerrados.

-¿Qué a pasado?

-Asuntos privados.

-Si es privado, ¿por qué vienes tú?

-Porque no lo voy a dejar solo.

Tim soltó un resoplido, como si estuviera evaluando mis palabras. Entonces dio un paso atrás y abrió más la puerta.

-Entra.

-Ah, entonces sí tienes modales.

-Cállate y entra antes de que cambie de opinión.

Me reí entre dientes y entré, cerrando la puerta detrás de mí. Pero no pasó mucho tiempo antes de que nos encontráramos de nuevo en esa extraña burbuja de incomodidad.

-Si Jon está aquí para hablar con Damián, ¿por qué siento que esto es más una intervención que otra cosa?
-Me encogí de hombros.

-Porque lo es.

-Damián no se toma bien las intervenciones.

-Lo sé.

-Entonces… ¿qué esperas que pase?-Mi sonrisa se desvaneció un poco.

-No lo sé, Tim. Pero lo que no puedo hacer es quedarme con los brazos cruzados mientras tu hermano sigue jodiendo la vida de mi primo.

Tim se quedó en silencio.

Él sabía.

Sabía que la relación de Jon no estaba bien.

Nos quedemos en silencio unos largos segundos.

-Te odio-dijo.

No aparté la mirada.

-No, no lo haces.

-¿Qué te hace pensar que estar aquí, que pisar esta casa de nuevo, es seguro para ti?

-Nada. Pero no soy el tipo de persona que se esconde.

-Podrían cerrar la puerta y no dejarte salir nunca más.

Ahí estaba.

Esa chispa en sus ojos.

No era furia.

Era algo más profundo. Algo más peligroso. Le sonreí con un poco de burla.

-No me odias. Simplemente se te ha vuelto a abrir la herida

Su mirada se oscureció un poco, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo.

-¿Sabes lo que hace Damián, Tim?-pregunté, cruzándome de brazos. Él parpadeó un par de veces, su lengua pasó lentamente por su labio inferior.

-Claro que lo sé-susurró.

Rodé los ojos.

-Los ricos siempre haciendo lo que os da la gana.

Entonces lo vi.

La sonrisa.

Esa maldita sonrisa de depredador.

Y empezó a acercarse.

-Lo que nos da la gana, ¿eh? -murmuró.

Cada paso que daba hacia mí, hacía que mi cuerpo se tensara más.

-Interesante teoría, Conner.

Un paso más.

Yo no me moví.

Pero él tampoco se detuvo.

-Dime, ¿te molesta que haga lo que quiera?

Otro paso.

Ahora estábamos demasiado cerca. Yo podía ver cada detalle de su rostro.

-Porque, si no te molesta…
-Su voz bajó, grave, casi un susurro.

-Podría hacer muchas cosas contigo ahora mismo.

Mierda.

Mi corazón dio un salto tan fuerte en mi pecho que sentí que iba a explotar.

Pero no retrocedí.

No iba a darle ese placer.

-¿Y qué vas a hacer?-
Pregunto

Él sonrió más.

-La pregunta correcta es: ¿qué harías tú si lo hiciera?

Hijo de puta.

Jon

Entré en su habitación y cerré la puerta tras de mí.

Respiré.

Necesitaba pensar en todo lo que quería decir antes de abrir la boca.

Sin atacar. Sin señalar. Sin acusar.

Si lo hacía mal, si lo empujaba demasiado fuerte, Damián se cerraría. Y si eso pasaba, no tendría escapatoria.

Damián estaba de pie junto a su escritorio, con los brazos cruzados sobre su pecho.
Sus ojos verdes eran puro acero. No me invitó a sentarme. No me preguntó cómo estaba.

Simplemente esperó.

Silencioso. Inmóvil.

Como si ya supiera que no me iría hasta decir lo que había venido a decir.

Tragué saliva.

No lo pierdas.
No lo empujes.
No lo hagas enfadar.
Control.

-Damián…-empecé, manteniendo mi voz tranquila.

-¿Cuánto tiempo piensas seguir con esto?-
interrumpió, su tono frío.

-¿Con qué?-Él dejó escapar un resoplido.

-Con la idea de que puedes alejarte de mí-Mis manos temblaron ligeramente, pero las apreté en puños para que no se notara.

-No es eso…-susurré.

Damián se acercó.

Un paso.

Dos pasos.

Lo suficiente para hacerme sentir acorralado.

-Dime entonces, ¿qué es esto?-Mi respiración se volvió más superficial.

-Quiero hablar.

-Habla.

Su mirada no se movió ni un milímetro de la mía.

Pero sus ojos…

Dios, sus ojos.

Había algo oscuro en ellos. Algo peligroso.Algo que me recordaba que yo era suyo.
Siempre lo había sido.
Y él no planeaba dejarme ir.

-Damián…-supliqué, intentando encontrar las palabras correctas.

Pero sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.
Con firmeza. Con posesión. Con control.

-No me gusta que me ignores -susurró.

Su tono era tranquilo.
Pero su agarre era otra historia.
Yo tragué saliva.

-No te estoy ignorando

-No me mientas.

-Necesito espacio.

-No.

Una negación seca. Inamovible.
Absoluta.
Yo me estremecí.
Pero no me aparté.
No podía mostrar debilidad.

-Damián, escúchame…-
intenté de nuevo.

Pero su agarre se volvió más fuerte. Y cuando dio un paso más, su cuerpo prácticamente tocó el mío.
Mis latidos se dispararon.
Él inclinó la cabeza, su boca peligrosamente cerca de mi oído.

-No hay espacio entre nosotros, Jon.

Mi piel se erizó.

-Sí lo hay.

Damián se rió.

Bajito.

Oscuro.

Sabiendo que estaba ganando.

-No lo hay-Su aliento rozó mi cuello-Nunca lo hubo. Nunca lo habrá.

Mis ojos se cerraron con fuerza.

Mierda.

¿Cómo coño iba a salir de esto?

Conner

Retrocedí un paso, rompiendo la tensión.

El aire se sentía pesado.

Casi irrespirable.

La forma en la que Tim me miraba, como si estuviera debatiéndose entre estrangularme o besarme, no ayudaba en absoluto.

Exhalé lentamente, forzándome a no mirar su boca.

Joder.

-¿Por qué lo dejais hacer lo que le da la gana?-Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.

-¿Damián?

-No, el maldito fantasma de la ópera.

Tim sonrió.

Ese maldito, arrogante, encantador y jodidamente peligroso hijo de puta, sonrió.

-No me meto en la vida de mi hermano-dijo con simpleza.

-¿No te metes en su vida?-Repetí, sintiendo un nudo apretarse en mi pecho. -¿No te metes en su vida cuando está destrozando la de Jon?

Tim no respondió de inmediato. Pero su expresión cambió.
Solo por un instante.
Como una grieta imperceptible en un bloque de hielo.

-Así nos criaron-Mi estómago se revolvió.

-Bruce los crió así-Repetí

-Sí.

-O sea que, básicamente, le enseñaron que todo lo que toca le pertenece-Tim se encogió de hombros.

-Bienvenido a la familia, Conner.

Quise romper algo.

Quise agarrarlo por los hombros y sacudirlo hasta que entendiera lo mal que estaba todo esto.

Pero no lo hice.

Tragué saliva, desviando la mirada hacia la escalera.

Jon todavía no había bajado.

Todavía no me había hablado.

Eso tenía que ser bueno.

¿No?

Jon

Cerré los ojos por un segundo.

Pensé.

Lo suficiente para recordar lo que tenía que decir.

Lo que debía decir.

Damián aún sostenía mi muñeca con firmeza, su cuerpo lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su piel a través de nuestras ropas.

No me asfixies.
No me encierres.
No me obligues.

Respiré hondo.

Abrí los ojos y lo miré.

Tranquilo.

Seguro.

O al menos, lo más seguro que podía estar con Damián Wayne bloqueando cualquier intento de escape.

-Damián...-susurré. Su agarre no se aflojó-Lo nuestro no es sano.

Su expresión se endureció.

Yo tragué saliva.

-Mira lo que estamos haciendo. Cómo estamos actuando. Esto no es amor. Esto es…-Busqué las palabras correctas.

Esto es posesión.
Esto es una guerra silenciosa.
Esto es miedo.

Damián no apartó la mirada.

No parpadeó.

Pero algo en sus ojos se encendió.

-¿Eso piensas?-Su voz fue baja. Peligrosa.

Yo no me moví.

No podía dudar.

Si dudaba, él ganaba.

-Sí-respondí con firmeza.

Su mandíbula se tensó.
Sus dedos se apretaron alrededor de mi muñeca, y sentí la presión, el control, la advertencia.

-No quiero perderte-Sus palabras eran un filo de navaja contra mi piel.

Mi corazón se partió en dos.

Damián no era un monstruo.

Pero estaba hecho para devorar.

Me mojé los labios, sintiendo el temblor en mi pecho, en mis huesos.

-No me estás perdiendo. Pero me estás ahogando.

Silencio.

Un silencio pesado, aterrador, eléctrico.

Entonces, con una calma aterradora, Damián aflojó su agarre.

No del todo.

Solo un poco.

Como si estuviera probando si me alejaría.

No lo hice.

No todavía.

Porque aunque mis palabras eran verdad…

Mi cuerpo aún recordaba cómo se sentía pertenecerle.

Conner

Crucé los brazos, mirándolo con dureza.

-Tú puedes detenerlo.

-¿Qué?

-Puedes detenerlo-repetí, con más seguridad esta vez. -Tienes ese poder.

Su rostro no mostró emoción alguna.

Pero sus ojos sí.

Una chispa.

Un destello de algo que no quiso mostrar.

-No sé de qué hablas.

-No me jodas, Tim-Di un paso más cerca-Eres el primer hijo.

No era solo eso.

Era Tim maldito Wayne.
Si alguien podía ponerle un freno a Damián, era él.

No sabía cómo.

No sabía qué tenía que hacer.

Pero lo sabía.

Y Tim también lo sabía.

-Si quisieras, podrías hacerlo.

Su lengua pasó por sus labios, como si estuviera considerando sus opciones.

-Todo tiene un precio-
murmuró finalmente.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

-¿Cuál?

Tim sonrió.

No era una sonrisa amable.

No era una sonrisa divertida.

Era una sonrisa que no prometía nada bueno.

-Uno que no estás listo para pagar.

Jon

Damián no se apartó.
Su agarre en mi muñeca no desapareció del todo.
Pero cuando su mano se deslizó lentamente hasta mi muñeca, sus dedos enredándose con los míos, supe lo que venía.

Lo sentí en la forma en que su respiración se volvió más pesada. En la forma en que sus ojos recorrieron mi rostro, buscando algo—cualquier cosa—que le indicara que aún tenía poder sobre mí.

Y lo tenía.

Joder, lo tenía.

-No puedo dejarte.

Su voz era un susurro.
Un peligroso, letal, adictivo susurro.

-Damián…

-No puedo-Sus dedos apretaron los míos-No quiero.

Cerré los ojos.

Dios.

Dios, dame fuerza.

Respiré hondo, reuniendo cada gramo de coraje dentro de mí.

-Es lo mejor para los dos.

Él se rió.

Pero no era una risa feliz.

Era una risa rota.

-¿Para los dos? ¿En serio, Jon?-Damián inclinó la cabeza, mirándome con algo desafiante, hiriente.

-Sí.

-¿Y qué pasa conmigo?-Su voz descendió, volviéndose oscura, áspera-¿Qué pasa con lo que yo quiero?

Tragué saliva.

-Lo que tú quieres me está matando.

Su expresión se congeló.

-No digas eso.

Lo dije.

Lo sostuve.

Lo dejé caer entre los dos como una bomba.

Damián no lo soportó.

No podía soportarlo.

-Tú eres mío-murmuró, sus labios apenas rozando mi piel cuando su boca descendió hacia mi mandíbula.

Su otro brazo rodeó mi cintura, atrapándome contra él, como si pudiera encerrarme en su cuerpo.

-Damián…

-Dime que no me amas.

Me tensé.

Intenté apartarme.

Él me sostuvo más fuerte.

-Dímelo-susurró.

Yo abrí la boca.

Intenté decirlo.

Intenté liberarme.

Pero entonces sus labios encontraron los míos—no con ternura, no con suavidad.

Con desesperación.

Con posesión.

Con una rabia que sabía a promesa.

Y fallé.

Conner

Mi estómago se revolvió con su sonrisa. Esa maldita sonrisa que me ponía los pelos de punta, que decía "sé algo que tú no" y al mismo tiempo "no quieres saberlo"

Pero yo quería.

Yo necesitaba saberlo.

-¿Qué precio?

Mi voz sonó más baja de lo que esperaba. Tim inclinó la cabeza, evaluándome.
Disfrutando de la tensión.

Maldito cabrón.

-No vas a dejarlo pasar, ¿verdad?

-¿Dejar pasar qué?

-Esto-Hizo un leve gesto entre nosotros-Esta conversación.

-No+respondí, firme-Dime cuál es el precio.

Su sonrisa se amplió, pero sus ojos se oscurecieron.

-Si detengo a Damián…

El silencio se hizo pesado entre los dos.
Un vacío entre su promesa y la amenaza que no decía.

-Voy a necesitar algo a cambio.

Mi piel se erizó.

Sabía que esto iba a acabar mal. Sabía que estaba a punto de meterme en algo que probablemente lamentaría.

Pero joder, si esto significaba ayudar a Jon… Si esto significaba sacarlo de esa relación…

-¿Qué quieres?

La sonrisa de Tim se desvaneció.

-A ti.

Mi corazón dio un vuelco.

-¿Qué?

Tim no se movió.

No parpadeó.

No titubeó.

-Quiero a ti, Conner.

Mierda.

Jon

Respiré hondo, tratando de contener el temblor en mi voz.

-Damián, por favor.

-No.

-Damián...-Mi voz se quebró.

No podía ser más claro.
No quería esto.
No lo quería así.

-Si me quieres…-Mi garganta se cerró. Tragué saliva con dificultad, obligándome a continuar-Si me quieres de verdad, tienes que dejarme ir.

Damián parpadeó lentamente.

Su agarre en mi muñeca no se aflojó.

No dijo nada.

Y entonces, se rió.

Bajo. Amargo.

-No.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

No esperaba que fuera fácil, pero joder, esto no era normal.

Intenté tirar de mi mano. No se movió.

-Suéltame.

-No.

Joder.

-Esto no es amor.

Sus ojos chispearon.

-¿No?

Dio un paso más cerca.

Nuestros cuerpos se rozaron.

Me sentí atrapado.

-¿Entonces qué es, Jon?

Dolor.

Miedo.

Adicción.

Pero no lo dije.

No podía.

-No podemos seguir así.

-¿Por qué no?-Su voz era un murmullo venenoso+¿Porque tú lo dices?

-Porque esto nos está destruyendo a los dos.

Él inclinó la cabeza, como si realmente lo estuviera considerando.

Y luego sonrió.

Una sonrisa rota. Una sonrisa cruel.

-No me importa.

Mi estómago se hundió.

-Damián…

-No puedo dejarte ir.

Mi pecho se apretó con desesperación.

Porque sabía que era verdad.

Conner.

-No puedes ponerme a mí como precio-Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

-¿Por qué no?

-Porque no soy una maldita ficha de intercambio.

Tim se encogió de hombros, con esa indiferencia que me ponía de los nervios.

-Es lo único que me interesa.

Mi estómago se revolvió.

-No estás hablando en serio.

-¿No?

Su expresión no cambió.

Joder, sí que hablaba en serio.

Maldita sea.

Respiré hondo, tratando de mantener la calma.

-No voy a entrar en este juego.

-No es un juego-Tim inclinó la cabeza, estudiándome con demasiada intensidad-Es un trato.

-¿Y qué mierda se supone que significa eso?

Tim dio un paso adelante.

Yo no retrocedí.

-Significa que, si aceptas, yo me encargaré de Damián.

Su tono era firme.
Sin dudas.
Sin vacilaciones.

-Y si no acepto…

-Entonces no me meto.

Mi piel se erizó.

-¿Así de fácil?

-Así de fácil.

Nos quedamos mirándonos.

El silencio entre nosotros era un campo de batalla.

Tragué saliva, sintiendo el peso de mi propia voz cuando hablé.

Jon

Caímos en la cama.

Yo suspirando.

Él devorándome.

Sus labios se deslizaron por mi cuello, dejando un rastro de fuego en mi piel. Este era el lado de mí que se había acostumbrado a esto.

A ceder.

A olvidar la pelea antes de que siquiera comenzara.

A entregarme.

Porque cuando Damián me tocaba así, cuando sus manos me reclamaban con esa posesividad, era más fácil no pensar. No pensar en lo que estábamos haciendo. No pensar en lo jodidamente mal que estaba todo.

Sus dedos se hundieron en mi cintura, atrayéndome más cerca, y un jadeo escapó de mi boca antes de que pudiera retenerlo.

Mierda.

Tenía que sacarme a mí mismo de esto.
Tenía que recordar quién era antes de él.
Antes de nosotros.
Antes de que la línea entre amor y control se desdibujara tanto que ya no podía verla.

Pero entonces su lengua pasó por mi clavícula, y mi cuerpo se arqueó contra él sin que pudiera evitarlo.

Me retorcí bajo su toque, mi propia respiración entrecortada, sintiendo cómo cada fibra de mi ser reaccionaba a él.

-Jon…-su voz era un gruñido ronco contra mi piel.

Me odié por lo mucho que lo deseaba. Por lo fácil que era caer de nuevo en este ciclo.
Este ciclo donde él me tenía atado a su amor.

Donde mis propias ganas de sentirme querido me mantenían atrapado.

Mis uñas se clavaron en sus hombros cuando me empujó contra el colchón con más fuerza.

-Damián…

Mi voz tembló.

No sabía si era una súplica para que siguiera.

O para que parara.

Conner

No.

No iba a aceptar esto.

No podía.

-Tienes que elegir otra cosa.
-Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

Tim se quedó en silencio. Su expresión no cambió.

-No.

Joder.

-Tim…

-No.

Lo dijo con esa maldita seguridad. Como si esto no fuera una locura. Como si esto fuera solo otra transacción en su vida.

Pero yo no era una maldita moneda de cambio.

Dí un paso hacia él, sintiendo mi respiración más pesada de lo normal.

-No puedes pedirme esto.

-Claro que puedo.

Frío. Calculador.

No había una sola grieta en su expresión Me puse de pie frente a él, mirándolo directamente a los ojos.

-Por favor.

Nada.

-Tim, por favor.

Nada.

Su mirada no se suavizó.

No parpadeó. No reaccionó.

Era como hablar con una pared de mármol.

-No te estoy pidiendo un favor, Conner.

-Joder, Tim, te lo estoy pidiendo yo.

Nada.

Nada.

Nada.

Quise agarrarlo por los hombros y sacudirlo.

Quise gritarle.

Quise hacerle sentir algo.

-Si me pides esto, me estás jodiendo.

-Estoy ofreciéndote una solución.

-A costa mía.

Él inclinó la cabeza, mirándome como si fuera un problema que tenía que resolver.

-Es el único precio que vale la pena.

Mi estómago se hundió.

No.

No podía aceptar esto.

Pero Jon estaba ahí arriba.

Con Damián.

Y si yo no hacía algo, nadie más lo haría.

Mi respiración se volvió errática.

No podía quedarme quieto. No podía dejar que esto siguiera.

Pero Tim no iba a ceder. No iba a cambiar de opinión.

Lo conocía lo suficiente como para saberlo.

-¿Qué… qué implica exactamente tu trato?

Jon

Mis dedos temblaron cuando sostuve su rostro entre mis manos. Lo obligué a mirarme. A ver la verdad en mis ojos. A ver cuánto me dolía esto.

-Has sido mi primer amor…
-Mis palabras salieron como un susurro roto.

Damián no apartó la mirada. Sus ojos ardían.

Yo tragué saliva.

-Eres la persona con la que más lejos he llegado…

No podía seguir haciéndome esto.

-Pero necesito dejarte ir.

Silencio.

Un silencio espeso, asfixiante, helado.

Damián parpadeó lentamente.

Como si mi voz le llegara desde muy lejos.

Y luego, habló.

-Si lo haces…

Se inclinó hacia mí.

Tan cerca que sentí su aliento caliente contra mi boca.

-Si me dejas…

Su voz fue un susurro, pero no había suavidad en ella.

-No habrá vuelta atrás, Jon.

Mi pecho se apretó.

Damián se acercó más. Su nariz rozó la mía.

-Si cruzas esa puerta, lo perderás todo.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

No.

No iba a dejarme manipular.

No esta vez.

Conner


-Es simple.

-No des más vueltas ¿qué quieres?

-No mucho.

Mentira.

-Solo tu tiempo.

Fruncí el ceño.

-¿Mi tiempo?

-Sí.

Esta vez, sentí su proximidad quemarme la piel.

-Tu atención.

Mi garganta se secó.

-Tu presencia.

Mis músculos se tensaron.

-Tu obediencia.

Mi corazón se estrelló contra mi pecho.

Oh, joder.

Me costó tragar.

-¿Quieres que sea tu maldito perro?

Su sonrisa se amplió.

-No.

Se inclinó más.

-Quiero que seas mío.

Silencio.

La palabra retumbó en mi cabeza como una bomba.

Mío.

Mío.

Tim me miró como si ya hubiera ganado.

Como si ya supiera mi respuesta.

Y lo peor de todo…

Jon

Caminé hacia la puerta con pasos pesados, sintiendo el nudo en mi garganta apretarse más y más con cada paso.

No podía llorar aquí.

No podía dejar que Damián lo viera.

Sabía que si lo hacía, él encontraría una grieta, una forma de hundirme de nuevo en su mundo.

Mi mano temblaba cuando toqué el picaporte.

Respiré hondo.

No mires atrás.

Lo repetí en mi cabeza como un mantra.

Pero su voz me detuvo.

-No vas a poder hacerlo.

Me quedé quieto.

Apreté la mandíbula.

-No vas a poder irte de verdad.

Cerré los ojos con fuerza.

Sigue caminando.

Sigue caminando.

-Vas a extrañarme. Vas a extrañar todo esto.

Mi pecho dolió.

Sigue caminando, joder.

Abrí la puerta y salí.

Mis piernas se sentían pesadas, como si fueran de piedra.

Mis pasos sonaban demasiado fuertes en el pasillo.

El aire afuera se sintió frío, vacío.

Como si algo dentro de mí se hubiera apagado al salir de esa habitación.

Pero no iba a volver.

No esta vez.

No importaba lo fuerte que doliera.

No importaba que cada fibra de mi ser gritara que diera la vuelta y corriera de vuelta a él.

No esta vez.

Apreté los puños, bajé las escaleras y vi a Conner.

Pero algo en su cara me hizo detenerme en seco.

Algo no estaba bien.

Mi primo tenía los hombros tensos, la mandíbula apretada.

Tim estaba frente a él.

Demasiado cerca.

Y por la forma en que Conner me miró, supe que algo había pasado.

Algo que no iba a gustarme.

Conner

Mío.

Esa palabra seguía resonando en mi cabeza como un eco. Tim me miraba con esa maldita expresión de certeza, como si ya supiera lo que iba a responder.

Porque lo sabía.

Sabía que, por Jon, yo haría cualquier cosa. Mi instinto me gritaba que corriera en la dirección opuesta, que no volviera a cometer el mismo error.

Pero aquí estaba otra vez, atrapado en su juego.

Apreté los dientes, sintiendo la frustración hervir en mi pecho.

-Está bien.

Tim alzó una ceja, casi divertido.

-¿Está bien qué?

Lo odié.

Odié su tono, su satisfacción, la forma en que sus ojos se encendieron con triunfo.

Pero no me retracté.

-Haré lo que quieras.

Las palabras sabían a veneno en mi boca. La sonrisa de Tim fue lenta, como un depredador que acaba de atrapar a su presa.

-Sabía que tomarías la decisión correcta.

Jon

No pude seguir soportando esa atmósfera sofocante.
Todo el aire en esa casa se sentía contaminado, pesado.
Mi pecho ardía con la necesidad de salir de ahí.

-Ya podemos irnos.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Los dos se giraron a mirarme, rompiendo el momento de tensión entre ellos. El ambiente se rompió como un cristal.

Tim todavía tenía su mirada fija en Conner, como si lo estuviera marcando con fuego.

Pero Conner no lo miró más.

Se giró hacia mí, asintiendo.

-Sí. Vámonos.

No dije nada más.

Me dirigí a la puerta y Conner me siguió sin dudar.
Pero antes de salir, pude sentir los ojos de Damián clavados en mi espalda.

Conner

El sonido de la radio llenaba el taller con la última canción de algún cantante del momento. No prestaba atención a la letra, solo era ruido de fondo mientras intentaba concentrarme en el coche sobre mi cabeza.

Estaba ajustando el cárter de aceite, asegurándome de que no hubiera fugas. Mis manos estaban sucias de grasa, el olor a metal y gasolina impregnaba el aire.

Mis compañeros estaban en la parte trasera del taller, almorzando y bromeando.

Yo no tenía apetito.

Desde ayer, desde aquel trato, no tenía ganas de nada.

Esperaba algo.

Una llamada.

Un mensaje.

Un puto signo de vida de Tim.

Pero no llegó nada.

Resoplé y volví a centrarme en el trabajo.

Justo cuando estaba ajustando el último tornillo, sentí un tirón en la jomaza rodando hacia afuera .

-¡Ey!-protesté, parpadeando ante la repentina luz en mis ojos.

Y entonces me quedé de piedra.

Tim.

De pie frente a mí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, con esa maldita expresión de suficiencia en el rostro. Me quité las gafas de protección y me incorporé lentamente, limpiándome las manos con un trapo.

-¿Qué mierda haces aquí?

-Bonito recibimiento.

-No es un recibimiento, es una pregunta-Tim inclinó la cabeza, recorriendo el taller con la mirada.

-Así que este es tu nuevo mundo.

-No necesitas actuar como si te sorprendiera. Sabes que me llamaba esto la atención cuando trabajaba en el bar.

-Sí, pero verte así…-hizo un gesto vago con la mano- sucio, debajo de un coche, con esa ropa…

-¿Qué pasa con mi ropa?-bufé, mirándolo con cansancio. Tim esbozó una pequeña sonrisa.

-Nada. Solo que te prefería sin ella.

-No estás aquí para eso. ¿Qué quieres?

Él me miró por un largo segundo, como si estuviera decidiendo algo.

Y luego habló, con esa voz baja y controlada que siempre me ponía en alerta.

-Me pediste algo. Lo concedí. Ahora quiero ver si eres hombre de palabra.

Ah.

Ahí estaba.

El precio.

Tragué saliva.

Me limpié las manos otra vez, aunque no había nada más que limpiar.

-¿Y qué quieres exactamente?

Tim sonrió.

-Empieza por salir de aquí y venir conmigo.

Sentí mi estómago tensarse.

Pero no dudé.

Solté el trapo, me quité el delantal de trabajo y lo dejé sobre la mesa de herramientas.

-Déjame avisar que salgo.

-Tienes cinco minutos.

Me giré y caminé hacia la parte trasera del taller, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.

Joder.

¿En qué me había metido?

Salí del taller después de avisar que me ausentaría unos veinte minutos. El aire frío me golpeó en la cara mientras caminaba hacia el Mercedes blanco impecable estacionado frente al taller.

Tim.

Apoyado contra la puerta del conductor, con su abrigo elegante y ese aire de tranquilidad absoluta. Mi pecho se sentía como una caja de plomo mientras abría la puerta y me montaba.

El interior olía a cuero y a su colonia. Cerré la puerta y me abroché el cinturón. Lo miré de reojo mientras arrancaba el coche y se incorporaba al tráfico.

-Sabías perfectamente dónde trabajo y cuándo volví de Canadá, ¿verdad?

-Sí.

Solté un suspiro.

Por supuesto que lo sabía.

Miré por la ventana, viendo los edificios pasar mientras el motor rugía suavemente.

-¿Cómo me encontraste?

-No fue difícil.

Claro que no lo fue.
Apreté los labios, sintiendo mi mandíbula tensarse.
Entonces Tim habló, con ese tono calmado que solo usaba cuando estaba ocultando algo.

-Solo quería asustarte.
-Mis ojos se giraron hacia él en un segundo.

-¿Cómo?-Mantuvo la vista en la carretera, sus dedos firmes en el volante.

-Me dejaste. Entiendo tus motivos, pero me dolió. Y era una pequeña cosa que tenía que devolverte.

¿Qué coño estaba diciendo?

-No estoy entendiendo nada.
-Tim sonrió, pero no era su sonrisa arrogante de siempre.

-Es una pequeña venganza porque huiste.

-¿Entonces no quieres nada de mí?

-No.

Sentí que volvía a respirar.
Apoyé la cabeza contra el asiento y cerré los ojos un segundo, dejando que la tensión abandonara mis hombros.

No quería nada de mí.
Era solo un poco de venganza.

-Te quiero, Conner.
-Mi estómago hizo una pirueta.

-Por eso te dejé ir. Por eso no te busqué. No vi todos tus esfuerzos hasta que leí esa carta… Lo intentaste y yo fui un imbécil al ni siquiera intentar cambiar.

-¿Y has cambiado?
-Tim giró el volante con una mano, desviando la vista hacia mí solo un instante.

-Sí.

-¿Seguro?-La esquina de su boca se curvó en una media sonrisa.

-Si no hubiese cambiado, no estarías tan tranquilo.

Me quedé en silencio.

Touché.

Solté un resoplido, bajando la mirada hacia mis manos.

-Me alegro de que te dieses cuenta de las cosas.

Tim bufó.

-Y yo de que tú hayas dejado de insultarme en cada frase.

Rodé los ojos, pero sonreí levemente. El silencio se instaló en el coche, pero esta vez no era incómodo.
Después de unos segundos, pregunté:

-¿Qué ha pasado con Damián?.

-Hablé con mi padre. Ahora está haciendo un servicio militar de dos años.

-¿En serio?

Tim asintió.

-Hicimos un trato.

Por supuesto que lo hicimos
Me quedé en silencio un momento, procesando la información.

Damián… fuera.

Jay, Katy, Maya… seguros.

Mis manos temblaron levemente sobre mis rodillas.

No supe qué más decir.

Así que simplemente giré la cabeza y lo miré.

-Gracias.

Tim solo sonrió, girando en la siguiente calle sin decir una palabra.

Jon

Un mes después, todo en mi vida comenzó a encajar otra vez. No fue inmediato. No fue fácil. Pero cada día, cada pequeño paso, sentía que el peso de Damián en mi vida se hacía más ligero.

Conner me contó dónde estaba.

Servicio militar.

Dos años.

Al principio no supe cómo sentirme.

¿Alivio? ¿Culpa?

A veces, me sorprendía sintiéndome culpable. Como si yo lo hubiese traicionado, como si mi amor no hubiera sido suficiente para cambiarlo, para salvarnos.

Pero luego recordaba las noches sin dormir, las amenazas, el miedo.

Y entendía.

No era culpa.

Era dependencia emocional.

Era ese primer amor que te marca de una forma que ninguna cicatriz puede borrar.

Ese amor que te rompe y te enseña.

Y aunque en algún rincón de mi mente siempre sería él, no significaba que siempre fuera a pertenecerle.

No significaba que siempre tuviera que volver.

Así que seguí avanzando.

Empecé a salir más con mis amigos.
Reparé lo que había roto con Jay, con Katy.
Volví a sentirme yo.

A veces, cuando la noche caía y el silencio se volvía ensordecedor, me preguntaba si él también pensaba en mí.

Si en medio del frío, en algún rincón del mundo, Damián Wayne seguía aferrado a un recuerdo que ya no podía tocar.

Pero esos pensamientos, ya no me retenían.

Ya no me hacían querer volver.

Conner

Tres meses después, mi vida era normal. .

Mis manos estaban llenas de grasa, mi camiseta tenía más manchas que tela limpia y mi paciencia con los clientes idiotas era cada vez más corta.

Estaba a punto de terminar con un coche que llevaba toda la tarde dando problemas cuando lo vi.

Tim.

Apoyado contra la entrada del taller con esa maldita postura de arrogancia natural, como si todo el mundo tuviera que girar la cabeza para mirarlo.

No iba vestido de traje.

Pero sí con esa chaqueta de cuero que me jodía la mente, una camiseta ajustada y unos pantalones perfectamente entallados.

-Vaya, vaya… miren a este hombre trabajador-soltó con una sonrisa de depredador.

Yo solté una risa seca, dejando caer la llave inglesa sobre la mesa.

-¿Qué haces aquí, Wayne?

-Tenía curiosidad. ¿Cómo te va la vida?

-Mucho mejor desde que tú dejaste de aparecer-Dije limpiándome las manos en un trapo.

Tim sonrió, ese tipo de sonrisa que te hacía pensar que estabas a punto de meterte en un problema del que no ibas a salir ileso.

-Seguro que me extrañabas.

-¿Por qué iba a extrañar a un niño rico con complejo de Dios?

-Porque soy increíble en todo lo que hago-Rodé los ojos y me crucé de brazos.

-Si quieres echar un polvo con un mecánico sexy, solo tienes que decírmelo.

No esperaba que diera un paso adelante.

Ni que su mirada se volviera peligrosa.

-¿Eso es una invitación?

-Digo, si no quieres perder tu impecable reputación con alguien cubierto de grasa, puedes irte.

-Conner…-dio otro paso, y el calor en mi pecho se encendió como gasolina al fuego-Siempre me han gustado las cosas sucias.

Lo siguiente fue un caos de besos desesperados y ropa cayendo al suelo.

El calor dentro del coche aumentó tan rápido que el vidrio ya estaba empañado cuando Tim empujó mi espalda contra el asiento y subió a horcajadas sobre mí.

-¿Seguro que no extrañabas esto?-susurró contra mi oído, deslizando sus manos por mi pecho desnudo, dejándome un rastro de escalofríos.

-Cállate-murmuré, atrapándolo en un beso profundo y hambriento.

Mis dedos recorrieron su espalda, explorando cada centímetro de su piel, memorizando el tacto como si fuera la última vez.
Él gimió contra mis labios cuando nuestras erecciones rozaron deliciosamente.

-Mierda, Conner…-jadeó, mirándome con esos ojos que sabían exactamente cómo hacerme perder el control.

Mi respiración estaba entrecortada cuando alcancé mi chaqueta, sacando el condón que siempre llevaba en la billetera.

Tim lo notó y sonrió con burla.

-¿Siempre tan preparado?

-Para ti, sí.

-Buen chico.

Mi polla latió ante sus palabras.

Maldito diablo.

Desenrollé el condón sobre mi miembro palpitante, sintiendo cómo la anticipación me hacía temblar. Tim no tenía prisa.
Se acomodó sobre mí, sujetando mi erección con su mano antes de alinearse.

-Mierda…-gruñí cuando sentí la calidez de su entrada presionando solo la punta.

Pero no bajó más.

El muy cabrón se quedó así, tentándome, haciéndome perder la paciencia.

-No seas cabrón…-jadeé, sintiendo mi autocontrol desmoronarse.

Él sonrió.

-Dilo.

Mi mandíbula se apretó, mi orgullo luchando con mis ganas de arrancarle esa sonrisa y hacerlo gemir mi nombre.

Respiré hondo, cediendo.

-Cariño…-susurré, atrapándolo con la mirada-
¿Serías tan amable de dejarte follar como te mereces?-Tim gimió en respuesta y finalmente bajó.

El placer me golpeó en oleadas, la sensación de su interior apretándose alrededor de mi erección fue como entrar en el maldito paraíso.

Mi cabeza cayó hacia atrás, mis manos se aferraron a su cadera mientras él se ajustaba a mi tamaño.

-Joder, Conner…-murmuró, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.

Esperé solo unos segundos, porque no podía aguantar más.

Tomé el control, sujetando su cintura y ayudándolo a moverse sobre mí lento al principio, saboreando cada centímetro de la calidez que me envolvía. Sus manos se aferraron a mis hombros, sus uñas se clavaron en mi piel cuando aumenté el ritmo, empujando mis caderas hacia arriba haciendo que mis embestidas se volvieran más profundas, más intensas.

-Mierda… sí… así…-gimió, con la voz envuelta en placer.

Mis labios recorrieron su cuello, su clavícula, marcándolo como si el mundo necesitara saber que era mío.

El coche se llenó de jadeos, gemidos y el sonido de nuestros cuerpos chocando.
El asiento crujía bajo nosotros, la temperatura subía con cada embestida, con cada vez que Tim se arqueaba y gemía mi nombre.

-Conner… voy a…

-Hazlo, joder-gruñí, sintiendo cómo él se estremecía sobre mí.

Y cuando se vino, su interior se apretó tan deliciosamente fuerte que yo lo seguí al instante, perdiéndome en el placer absoluto de tenerlo otra vez.

El silencio dentro del coche estaba lleno de una sensación eléctrica, como si el aire aún vibrara con la intensidad de lo que acabábamos de hacer. Tim descansaba sobre mí, su pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas, su piel todavía caliente contra la mía.

Mis dedos trazaban círculos perezosos sobre su espalda, disfrutando de la sensación de su piel bajo mis manos. Su cabello olía a su champú caro, ese aroma que nunca dejaba de recordarme a él.

-¿Vas a aplastarme toda la noche o piensas moverte en algún momento?-murmuré con una sonrisa ladina.

-Cállate, me estoy recuperando-respondió, sin moverse ni un centímetro.
Solté una risa baja y seguí acariciando su espalda.

-Podrías dejarme conducir a casa, así te relajas un poco más.

Tim levantó la cabeza solo lo suficiente como para mirarme con una ceja arqueada.

-¿Conducir mi coche?

-Sí, venga, me lo merezco después de esto-Su expresión pasó de incredulidad a burla en un segundo.

-¿Después de esto? No sabía que echar un polvo conmigo venía con beneficios adicionales.

-Para mí, debería venir con una tarjeta de fidelidad-
bromeé, apretando su cintura.

Tim resopló y se dejó caer sobre mí de nuevo, su cabeza en el hueco de mi cuello.

-Ni de coña te dejo conducir mi coche.

-¿Por qué no? Ya me dejaste conducir un Lamborghini una vez.

-Exacto. Y sobreviví de milagro.

-Oh, venga, lo manejé de puta madre.

-Lo manejaste dentro de un sitio controlado.

Rodeé sus hombros con mis brazos, riéndome contra su cabello.

-Entonces, ¿no hay manera de que me dejes conducirlo?

Tim suspiró exageradamente, como si tuviera que pensarlo mucho.

-Podría dejarte conducir… si juras que no vas a intentar hacer ningún derrape.

-…

-Conner.

-¡Vale! Joder, lo prometo.

-¿Seguro?

-Sí, sí.

Tim se incorporó y me miró fijamente, como si estuviera analizando si de verdad podía confiar en mí.

-Joder… está bien. Pero como le pase algo a mi coche, te juro que no vas a volver a sentarte en algo más caro que un puto triciclo.

-Lo conduciré como si fuera mi propio hijo-Tim puso los ojos en blanco y me besó rápido antes de abrir la puerta del coche.

-Dios, esto va a ser un error…

-Un gran error-repliqué, dándole una palmadita en el trasero antes de salir.

Definitivamente, un error que valía la pena.

Jon

El tiempo siguió su curso, y yo aprendí a seguir con él.

Un año después, mi vida había cambiado completamente. Había dejado atrás muchas cosas, incluido a Damián, y aunque su recuerdo seguía en mí, ya no era una sombra que me perseguía.

Tuve una relación con un chico llamado Oliver, que entró en mi mismo bachillerato. Era gracioso, espontáneo y vivía sin ataduras, algo que en su momento envidié y admiré. No tenía problemas en hacer el ridículo, en reírse hasta que le doliera el estómago, en cantar en voz alta sin importar quién lo escuchara.

Cuando me pidió una oportunidad, al principio no supe qué responder. No estaba buscando una relación, pero Oliver me hizo reír cuando lo necesitaba, me acompañó cuando sentía que necesitaba alguien cerca y, antes de que me diera cuenta, ya estábamos juntos.

No fue una historia de amor épica, pero fue real. Duró tres meses y cuando terminamos, lloré viendo Pretty Woman con Katy mientras me comía una tarrina de helado.

Después de eso, me centré en otras cosas. Mis amigos, mis estudios, mis series, mis películas y el chocolate.

También viajé a París con Katy y Maya, lo cual fue un puto caos, porque Katy confió ciegamente en el GPS y nos perdimos en medio de la ciudad.

-Katy… esto no es Notre Dame.

-Claro que sí, lo dice el GPS.

-Katy… estamos en un barrio residencial.

-Pues la catedral ha cambiado de ubicación.

-¡LAS CATEDRALES NO CAMBIAN DE UBICACIÓN!

Maya no podía parar de reír, mientras yo miraba el mapa del móvil intentando descifrar cómo coño habíamos terminado allí.

También me enteré de que Conner y Tim volvieron a darse una oportunidad. No sé si me sorprendió o no, pero cuando vi a Conner sonreír como un idiota cuando hablaba de Tim, supe que las cosas estaban bien. Lo vi feliz, y eso era lo importante.

Todo parecía estar en su sitio, todo fluía a su debido tiempo.

Pasó otro año.

El segundo año de bachillerato fue un puto infierno.

Los exámenes finales eran lo único en mi mente durante semanas.

Mi vida se resumía en estudiar, dormir poco y alimentarme de café y chocolate. ¿Mi promedio? Decente. ¿Mi nivel de estrés? Por las nubes.

Pero finalmente todo terminó, y un mes después, salimos de fiesta.

Katy, Jay, Maya y yo decidimos celebrar el fin de nuestra tortura académica con una noche de descontrol.

Por primera vez en mi vida bebí tanto que no sabía si era efecto del alcohol o si alguien me había echado algo en la bebida.

¿Da igual? Sí. ¿Fue irresponsable? También.

Katy y Maya bailaban en la pista como si fueran gogós en pleno apogeo, Jay había desaparecido en algún punto de la noche, y yo, en mi brillante decisión de borracho, decidí salir de la discoteca para mear porque no estaba dispuesto a hacer la cola de 30 personas.

El aire frío me pegó en la cara y supe que había cruzado la línea del “estoy alegre” al “voy a vomitar”.

Y así fue.

Apenas doblé una esquina y me apoyé contra un coche para respirar, el alcohol decidió que era momento de salir.

-No, no, no…-logré decir antes de empezar a potar como si estuviera en un maldito exorcismo.

Pero no caí en mi propio vómito porque un chico muy majo apareció de la nada y me ayudó.

-Tranquilo, tío. Respira.

Me sujetó del brazo para que no me desplomara como un saco de patatas sobre mi desastre, y por algún motivo, todo se sentía luz y color.

Corte a la mañana siguiente.

La peor resaca de mi vida.

Mi cabeza martillaba sin piedad, mi boca sabía a muerte y arrepentimiento, y mi estómago dudaba entre seguir existiendo o darme otra ronda de vómito en el baño.

Lección aprendida.

Tres meses después, me veo en el hospital.

Nunca pensé que terminaría aquí, pero aquí estoy, conectado a una vía, con el estómago jodido y la cabeza embotada.

Me diagnosticaron una intoxicación alimentaria severa por haber comido algo en mal estado. Genial. Mi cuerpo, en su infinita sabiduría, decidió que el mejor plan era rechazar absolutamente todo lo que entrara en él, dejándome completamente deshidratado y con un dolor insoportable.

Me tuvieron que hacer una limpieza de estómago.

Lo último que recuerdo es que me pusieron una mascarilla y me dijeron que contara hasta diez. Solo llegué al cuatro.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, es de noche.

Las luces están tenues, el hospital está en silencio y la habitación huele a desinfectante.

Siento la boca seca y un peso incómodo en el cuerpo, como si hubiera dormido por días.

-Vaya, por fin despiertas-dice una enfermera, acercándose con una sonrisa amable.

Intento hablar, pero mi garganta está hecha mierda.

-Toma-me ofrece un vaso con una pajita-Bebe despacio.

Bebo, sintiendo el agua fresca bajar por mi garganta, y casi gimo de alivio.

-¿Cómo te sientes?

-Como si me hubiera atropellado un autobús-
gruño, y mi voz suena rasposa.

Ella suelta una risa suave.

-No me sorprende. Te pusieron un poco más de anestesia de la cuenta, así que quizás te sientas un poco…

Hace una pausa, buscando la palabra adecuada.

-¿Un poco qué?-pregunto, con la mente aún nublada.

-Bueno… podrías estar un poco más… atontado, desorientado... o quizás un poquito más hablador de lo normal.

Genial.

Un Viaje Bajo los Efectos de la Anestesia

La enfermera se va, dejándome solo en la habitación con el leve pitido de las máquinas y el sonido del goteo del suero.

Estoy cómodo, pero no lo suficiente como para volver a dormir. La anestesia todavía me envuelve en una niebla extraña, como si mi cuerpo pesara menos pero mi cerebro no pudiera seguir el ritmo.

Tengo que moverme.

Me siento en el borde de la cama con las piernas colgando y toco el suelo con los calcetines. Es frío.

Me pongo de pie, inestable al principio, tambaleándome un poco, pero después de unos pasos ya no parece tan difícil.

Me acerco a la ventana y apoyo la frente contra el cristal. Está húmedo por la condensación.

Las estrellas titilan sobre el hospital, y yo empiezo a contarlas en voz baja.

-Una… dos… cinco… doce… treinta y… espera, ¿cuántas llevaba?-Frunzo el ceño, riéndome de mi propio desastre mental. Las estrellas no deberían moverse tanto.

Cuando pierdo la cuenta por quinta vez, decido que el mundo exterior ya no me entretiene, así que giro sobre mis talones y me arrastro hacia la puerta.

Explorador de Hospital

El suelo bajo mis pies metidos en calcetines es aún más frío fuera de la habitación.

Empiezo a deambular por los pasillos, deslizándome contra las paredes como si fuera un espía en una misión ultra secreta.

Voy esquivando enfermeros como si estuviera en un videojuego, asomándome por las esquinas y retrocediendo si veo a alguien.

Seguramente ni se han dado cuenta de que me escapé.

Voy bajando las escaleras con cuidado.

Las gotas empiezan a deslizarse por los cristales de las ventanas. Está lloviendo.

A lo lejos veo una pared llena de carteles de colores. Me distraigo mirándolos.

-"Campaña de Donación de Sangre"… "Horarios de Visita"… "No alimentar a los pacientes con comida chatarra"…

Giro la esquina sin mirar por dónde voy…Y me choco de frente con alguien.

Parpadeo, intentando enfocar la imagen.

Cabello negro.

Ojos verdes.

Bata de médico.

Oh.

-¡Damián!-exclamo con una sonrisa triunfal, como si hubiera resuelto un misterio.

Él me mira, parpadeando un par de veces con sorpresa.

-¿Jon? ¿Qué haces aquí?

Inclino la cabeza, pensándolo.

-Mmm… escapando.

Damián suspira, pero sus ojos se clavan en los míos con una mezcla de incredulidad y diversión.

-¿Te han dado anestesia, verdad?

-No confirmo ni desmiento nada-Su ceja se arquea.

-¿Estás seguro de que no deberías estar en tu habitación?

-Peeero es aburrido-me quejo, balanceándome sobre los talones.

Él exhala, mira mi muñeca y revisa la pulsera del hospital.

-Estás en la habitación 312. Vamos, te llevo.

Frunzo el ceño y echo a correr en dirección opuesta como un niño rebelde.

No llego muy lejos.

En un segundo, siento sus brazos envolviendo mi cintura y levantándome como si no pesara nada.

-¡Eh! ¿Desde cuándo el mundo es al revés?-protesto mientras me balancea sobre su hombro como si fuera un saco de papas.

Pateo el aire sin éxito.

-¡No puedes secuestrarme! ¡Soy un hombre libre!

-Eres un paciente drogado, Jon.

-Detalles.

-Voy a llevarte de vuelta. Y si intentas escapar otra vez, te ato a la cama-Me río contra su espalda.

-Eso suena extrañamente pervertido.

-Cállate.

Damián me lleva como si fuera un saco de patatas hasta que las puertas del ascensor se abren y, finalmente, me deja en el suelo. Mis pies tocan el suelo frío del hospital, pero mi cabeza sigue flotando por la anestesia.

Me tambaleo un poco y me apoyo en la pared del ascensor, mirándolo con el ceño fruncido.

-¿Desde cuándo eres médico?

Él cruza los brazos y me observa con esa expresión de estás drogado, no voy a tomarte en serio, pero después de unos segundos, suspira.

-Desde que entré al servicio militar.

-Ah...¿Y que hacías?

-Medicina táctica, rescate en combate, tratamiento de heridas graves en el campo… cosas así-Lo miro fijamente.

-¿Eso significa que sabes disparar?

-Sí.

-¿Has matado a alguien?

-No.

-¿Pero podrías?

-Jon…

-No, no, solo pregunto...Es curiosidad

Él rueda los ojos y se pasa una mano por el cabello, claramente perdiendo la paciencia.

-Si te meto un tranquilizante ahora mismo, técnicamente no estarías en condiciones de seguir con esta conversación.

-¡¿Me drogarías más?!

-Por el bien de la humanidad, sí-Pongo una mano sobre mi pecho, exagerando el drama.

-Me volveré un adicto-Él niega con la cabeza y el ascensor se detiene.

-Vamos. Antes de que decida dejarte en el suelo de un pasillo y que una enfermera te ponga una correa.

Me río.

-Eso también sonó pervertido.

Damián solo suspira como si estuviera recordando por qué alguna vez me quiso.

Mientras caminamos por el pasillo, mis pasos siguen algo torpes. No sé si es por la anestesia o porque la presencia de Damián me tiene en un estado extraño, una mezcla de alerta y familiaridad incómoda. Él va a mi lado con las manos en los bolsillos de su bata, en completo silencio.

Hasta que rompe la calma con su voz:

-¿Por qué estás en el hospital?-Me encojo de hombros, mirando el suelo mientras camino.

-Algo de...eh...intoxicación alimentaria…una tontería.
-Damián me lanza una mirada de reojo, claramente escéptico.

-Si fuera una tontería, no te habrían puesto tanta anestesia como para que te dé por hacer turismo nocturno por los pasillos.

-Bueno, técnicamente, no es mi culpa que me hayan dopado como a un caballo.
-Damián suelta una risa seca, sin humor.

-¿Es grave?-Su tono es serio ahora, y creo que preocupado.

-Nah, solo una limpieza de estómago. Un par de días jodidos y ya

Él asiente con la cabeza, pero sigue mirándome con esa expresión analítica, como si estuviera esperando que le dijera algo más.

-¿Qué comiste?-Frunzo el ceño y lo miro.

-¿Desde cuándo te preocupas tanto por mi dieta?

-Desde siempre.

Me río suavemente, aunque en el fondo algo en mí se encoge. Damián sigue teniendo esa manera de preocuparse que no es del todo visible, pero está ahí, escondida bajo sus palabras filosas.

-No fue nada… solo algo que me sento mal.

Damián no parece muy convencido, pero tampoco insiste. En cambio, se detiene frente a la puerta de mi habitación y me mira.

-No vuelvas a escaparte.

-¿Y si lo hago?

-Te sedo.

-Dios, me recuerdas por qué rompimos-Él esboza una sonrisa de medio lado.

-No, rompimos porque fui un imbécil.

Su sinceridad me toma desprevenido. Parpadeo, sin saber qué responder.

Él aprovecha mi silencio para empujar la puerta de la habitación y guiarme hacia dentro.

-Ahora métete en la cama antes de que tenga que meterte a la fuerza.

-Damián, eso también suena pervertido.

Él suelta un suspiro y yo me río, porque por un momento, se siente como si el tiempo no hubiera pasado.

Han pasado un par de días desde que me hicieron la limpieza de estómago, y aunque ya no estoy sedado como un condenado a muerte, sigo en el hospital. Ahora lo que mi cuerpo no pudo expulsar en el procedimiento, lo estoy terminando de sacar con unas pastillas que me dieron. Es un proceso lento y desagradable, pero oye, al menos ya no estoy atrapado en ese estado medio alucinado en el que terminé chocando con él.

Damián.

Joder, me sigue pareciendo surrealista haberme encontrado con él aquí. Y no solo eso, sino que parece otra persona. No en el sentido de que no lo reconociera, claro. Sus ojos siguen teniendo ese brillo intenso, sigue caminando con esa postura arrogante que nunca ha perdido del todo, pero hay algo diferente.

El servicio militar le ha sentado de puta madre.

Lo recuerdo perfectamente. Más alto,  más fuerte. Su uniforme de médico, aunque suelto, dejaba claro que su cuerpo se había definido aún más. Su rostro... maduro, afilado. Menos niño rico consentido y más… ¿hombre?

Y su forma de hablar.

No había ni rastro del tono controlador y exigente de antes. Ahora su voz era más firme, pero no por autoridad, sino porque parecía seguro de sí mismo de una forma más natural. No me hablaba como si me poseyera. No me habló como si esperara que hiciera lo que él quisiera.

Me hablaba como alguien… normal.

Y eso me dejó más jodido de lo que debería.

Cierro los ojos y respiro hondo. No debería estar pensando en esto. No debería importarme. Pero es inevitable. Pasé mucho con él, marcó mi vida de una forma que nadie más lo ha hecho, y ahora está aquí, justo cuando pensé que jamás volvería a verlo.

Me recuesto en la cama del hospital y miro al techo, escuchando el suave pitido de los monitores de otras habitaciones.

Damián Wayne.

De todas las personas con las que podría haberme cruzado en este hospital, tenía que ser él.

El sonido de la puerta abriéndose me saca de mis pensamientos. Un médico entra con una tabla en mano y una expresión que no me gusta nada. Algo en su mirada me dice que no es una simple visita de rutina.

-Jon, tenemos que hablar de los resultados de tus análisis -dice con un tono que intenta ser tranquilo, pero que solo consigue ponerme más nervioso.

Me incorporo en la cama de inmediato, sintiendo un pequeño retorcijón en el estómago, ya no sé si por los medicamentos o por la ansiedad que me empieza a recorrer el cuerpo.

-¿Qué pasa? ¿Es grave?
-El médico hojea los papeles en su mano y suspira antes de mirarme.

-Parece que el alimento en mal estado que consumiste no solo te causó una intoxicación severa… también te ha dejado con un parásito en el estómago.

Mi cerebro deja de procesar por un segundo.

-¿Qué?-suelto con incredulidad.

-Es un parásito intestinal, probablemente lo ingeriste junto con la comida contaminada. No te preocupes, lo detectamos a tiempo y hay un tratamiento específico para eliminarlo. Pero…

-Pero, ¿qué?-pregunto rápidamente, sintiendo el sudor frío empezar a acumularse en mi nuca.

-El tratamiento puede ser algo fuerte. Vas a necesitar seguir una dieta estricta y tomar medicamentos por al menos un par de semanas. Y vamos a tener que monitorearte durante unos días más aquí en el hospital para asegurarnos de que el parásito se elimine completamente y no cause complicaciones.

Me paso las manos por la cara, soltando un suspiro exasperado.

-Genial. Justo lo que necesitaba en mi vida.
-El médico me dedica una pequeña sonrisa comprensiva.

-Sé que no es lo ideal, pero lo importante es que lo descubrimos a tiempo. Si todo va bien, en unas semanas estarás completamente recuperado.

Asiento lentamente, aunque por dentro quiero gritarle al universo que ¿por qué coño me pasa esto a mí? No solo me intoxico con comida en mal estado, sino que encima me sale con premio.

-¿Alguna pregunta?-
pregunta el médico.

-Sí-digo, apoyando mi cabeza en la almohada-¿Es un parásito alienígena o uno normal?

El médico suelta una pequeña risa.

-Uno normal.

-Bueno, al menos eso.

-Descansa, Jon. Pasaré más tarde para revisar cómo vas.

Asiento con resignación mientras el médico sale de la habitación. Estupendo. Ahora no solo estoy atrapado en este hospital, sino que tengo que lidiar con la idea de que hay un maldito bicho viviendo dentro de mí.

No podría ser peor.


Ese mismo día, después de que el médico se fuera y yo terminara de procesar la idea de que tenía un maldito parásito en el estómago, decidí que no podía seguir tirado en la cama sin hacer nada. Sí, tenía que quedarme en el hospital unos días más, pero eso no significaba que mi vida se detuviera.

Así que agarré mi móvil y llamé a mi madre.

-Hola, cariño. ¿Cómo te sientes?

-Podría estar mejor-dije, suspirando-Pero necesito que me hagan un favor.

-Claro, dime.

-¿Puedes traerme mi mochila con mis cuadernos y mi portátil?

Hubo un pequeño silencio antes de que mi madre hablara.

-¿Tus cuadernos? ¿Tu portátil?

-Sí.

-Jon, tienes un parásito en el estómago, creo que los deberes pueden esperar.

-Mamá, no puedo esperar. Estoy bien, solo tengo que tomar unas pastillas y esperar a que el tratamiento haga efecto. No quiero quedarme atrás en la escuela.

Mi madre suspiró.

-Eres demasiado responsable para tu propio bien.

-Solo quiero hacer algo útil mientras estoy aquí-insistí-Y además, si no tengo nada que hacer, voy a volverme loco.

Pude escuchar cómo mi madre se movía por la casa, seguramente dirigiéndose a mi habitación.

-Está bien, te llevaré todo esta tarde. ¿Necesitas algo más?

-Un cargador extra, creo que este cable está medio roto-respondí, mirando mi móvil-Y algo de ropa cómoda. No quiero estar todo el día en esta bata de hospital.

-De acuerdo...Iré después del trabajo. ¿Quieres que te lleve algo de comer?

-Me encantaría, pero creo que solo puedo comer lo que me dan aquí-hice una mueca-Dieta estricta y todo eso.

-Lo entiendo. Nos vemos en un rato.

-Gracias, mamá.

Colgué y suspiré. Bueno, al menos iba a tener algo que hacer. No quería quedarme tumbado en la cama dándole demasiadas vueltas a todo…

Así que decidí dormirme un rato antes de que mi madre llegara con mis cosas.

Pasaron un par de horas antes de que mis amigos llegaran. Justo cuando empezaba a aburrirme y a jugar con mi móvil, escuché un golpe en la puerta y luego la voz de Katy.

-¡Jon, sobreviviste!-exclamó dramáticamente, entrando con Maya y Jay siguiéndola de cerca.

-Sí, sí, estoy vivo-respondí con sarcasmo-No sé si al cien por ciento, pero aquí sigo.

Jay se dejó caer en la silla junto a mi cama y me miró con una ceja arqueada.

-Dime que todo esto fue un plan para evitar los exámenes.

-Ojalá, pero no tengo tanta suerte-Maya se sentó al borde de mi cama y suspiró.

-¿Cómo te sientes?

-Mejor. Aunque la noticia de que tengo un parásito en el estómago no es precisamente motivadora.

Katy hizo una mueca.

-Eso suena asqueroso.

-Lo es-asentí-Pero por lo menos no me estoy muriendo.

-Gracias al cielo-dijo Jay, estirando las piernas-No sé qué haríamos sin ti.

-Seguramente vivirían felices y sin preocuparse por mis dramas-bromeé. Pero Katy me miró fijamente y luego sonrió de lado.

-Hablando de dramas… ¿te han dado un médico guapo?
-Puse los ojos en blanco y suspiré.

-Bueno… de hecho, hay algo que necesito contarles.

Los tres se inclinaron ligeramente hacia adelante, expectantes.

-Damián está en este hospital.

Silencio absoluto.

Maya parpadeó varias veces.

-¿Qué?

-Sí, está aquí-repetí-Trabaja como médico.

Jay dejó escapar un silbido bajo.

-Eso no me lo esperaba.

Katy entrecerró los ojos.

-¿Lo has visto?

-Sí. Me encontré con él anoche cuando deambulaba medio drogado por los pasillos.

-¿Te vio?

-Bastante...Tuvimos una conversación breve…y luego me llevó de vuelta a la habitación al hombro.

Maya soltó una carcajada.

-Por favor dime que hay video de eso.

-No, pero si hubiera estado en mis cinco sentidos, habría grabado todo para ustedes-
Katy me miró con interés.

-¿Cómo se veía?

-Cambiado...-admití-Se nota que el servicio militar le hizo bien físicamente. Y… también habla diferente-Jay se cruzó de brazos.

-¿Crees que haya cambiado realmente?

-No lo sé-respondí con sinceridad. Mis amigos asintieron, respetando mi decisión.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo y mi madre y mi padre entraron cargados de bolsas.

-Hola, chicos-saludó mi madre con una sonrisa-¿No estáis molestando demasiado a Jon, verdad?

-Para nada, señora-
respondió Katy con su mejor sonrisa de niña buena.

-Sabemos comportarnos-
agregó Jay con fingida seriedad.

Mi padre rodó los ojos.

-No estoy tan seguro de eso.

-Déjalos en paz, amor-dijo mi madre, dejando las bolsas sobre la mesa-Jon, aquí tienes lo que pediste.

-Gracias, mamá-dije, revisando las bolsas. Mis cuadernos, mi portátil, un cargador extra, y un pijama mejor que el que llevaba.

Mi madre me revolvió el cabello con cariño.

-Recuerda no esforzarte demasiado.

-Lo intentaré-mentí descaradamente.

Mi padre se cruzó de brazos.

-¿Y qué tal la comida del hospital?

-Tan horrible como esperabas.

-Sabía que dirías eso.

Mis amigos rieron y seguimos charlando un rato más. A pesar de todo, me sentí bien.

El vómito me quema la garganta.

Me sostengo con ambas manos del borde del lavabo, respirando entrecortado mientras las arcadas vuelven a retorcerme el estómago. Odio esto. Odio todo. Odio la sensación pegajosa del sudor en mi frente, el ardor en el pecho, el temblor de mis manos. Y encima, el maldito parásito en mi estómago me está matando poco a poco.

Cierro los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas quemar en mis párpados. No quiero llorar. No quiero.

Pero duele.

Suelto una respiración temblorosa y me dejo caer de rodillas en el suelo del baño, apoyando la cabeza en la pared fría. Tal vez si me quedo aquí lo suficiente, desaparezca.

-Jon.

Levanto la vista con dificultad. Damián está en la puerta del baño. No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero en cuanto me ve, suelta un leve suspiro y se acerca sin dudarlo.

-Vamos, arriba.

Antes de que pueda protestar, sus brazos me rodean y me levanta con facilidad. Me siento como un peso muerto en sus brazos. Es humillante, pero estoy demasiado cansado como para resistirme.

Me deja con cuidado en la cama y me cubre con una manta. Su expresión es neutra, pero sus manos son firmes y cuidadosas mientras busca el termómetro en su bolsillo y lo coloca bajo mi lengua.

-Casi cuarenta de fiebre-
murmura, revisándome con ojos clínicos-Voy a cambiarte el medicamento.

Cierro los ojos. No sé si estoy temblando por el frío o por la fiebre, pero cuando Damián me toca la frente con el dorso de la mano, me inclino involuntariamente hacia su tacto.

-Me duele todo-balbuceo, con la lengua torpe por el calor-Creo que me estoy muriendo.

Damián suelta una risa baja.

-No te vas a morir, Jon. Solo es fiebre.

-Dile a la mierda de parásito ese que tengo en el estómago que se vaya-murmuro, entrecerrando los ojos-Está conspirando en mi contra.

-Los parásitos no conspiran, -dice con paciencia, revisando el gotero de mi suero-Pero si me das un bisturí, puedo sacarlo yo mismo.

-¡No, gracias!

-¿Estás seguro? Sería más rápido.

-¿Por qué eres así? Yo aquí sufriendo y tú pensando en abrirme como una rana de laboratorio.

-Porque puedo-responde con un tono casi indulgente.

-Idiota-murmuro, enterrando la cara en la almohada.

Damián me observa en silencio por un momento y luego acomoda la manta sobre mis hombros con un gesto automático.

-Descansa, Jon.

-Damián-murmuro, sintiéndome extrañamente adormilado-Si me muero, quiero que sepas que…

-No te vas a morir-
interrumpe con un suspiro- Pero si de verdad quieres decirme algo profundo y dramático, adelante.

-Quiero que sepas… que te robé tus galletas la última vez que fuimos a tu casa.

Damián se queda en silencio, parpadeando.

Luego, suelta una carcajada baja y sacude la cabeza.

-Duerme, Jon.

-Lo siento, pero estaban muy ricas.

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