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Massacre {JonxDamian}

-6-

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Despierto en una nube de calma. No hay dolor. No hay náuseas. Solo una sensación ligera y flotante.

Parpadeo lentamente, notando que la habitación sigue en penumbras. Fuera, la luz de las farolas se cuela por la ventana, proyectando sombras suaves en el techo. Sigo vivo.

La puerta se abre.

Damián entra con ropa de persona normal. Sí, normal. Sudadera gris, vaqueros azules. Se ve cómodo, relajado… humano.

Seguro ya se va a casa.

-Ey, doc-murmuro con una voz somnolienta, con una sonrisa perezosa-¿Vas a darme el alta o solo vienes a asegurarte de que sigo respirando?-Damián entra y se detiene junto a mi cama

-Definitivamente sigues respirando-dice-Y con mucha energía, parece.
-Me río bajito, sintiéndome extrañamente ligero.

-Creo que ya no me duele nada-digo, moviendo un poco los dedos bajo la sábana-O me has metido droga en el suero y por eso floto.

Damián resopla con diversión y se apoya en la barandilla de seguridad que seguramente han puesto para evitar que me mate accidentalmente.

-No drogas, solo medicina-
dice con un deje burlón-Pero si quieres flotar, puedo ver si encuentro algo en quirófano.
-Lo miro con ojos entrecerrados.

-Me estás vacilando.

-Tú empezaste.

Suelto una risita y, sin pensarlo, alargo la mano para jugar con el cordón de su sudadera.

-Me gusta esta-murmuro, tirando suavemente del cordón entre mis dedos-Te hace ver menos amenazante.
-Damián no dice nada, solo me observa con ese brillo de entretenimiento en los ojos.

No se aparta, no me detiene.

-Apuesto a que tienes muchas sudaderas grises-continúo, todavía enredando mis dedos con su cordón-Seguro abres tu armario y es un desfile de ropa triste y neutral.

-Tal vez-Levanto la vista hacia él, con una sonrisa de lado.

-¿Sabes qué más podrías hacer para verte menos intimidante?

-Sorpréndeme.

Le suelto el cordón de la sudadera y subo la mano, tocando con la punta de los dedos su mandíbula.

-Sonreír más.

Damián pestañea, sorprendido. Oh.

No me aparto.

-Así, como ahora-susurro, con una risa ligera-Solo un poco más-Él me mira en silencio por un momento, y luego deja escapar una carcajada baja.

-Estás fatal.

-Estoy lúcido, solo que me siento bien-digo, deslizándome un poco en la cama para estar más cerca de él-¿O qué? ¿Te intimido, doc?-Damián apoya mejor el brazo en la barandilla y me mira con ese aire de desafío que conozco demasiado bien.

-Ni en tu mejor día, Jon.

-Bueno, entonces, dime…-miro sus labios solo por un segundo, porque qué más da, y luego regreso a sus ojos-¿Esto es la anestesia o simplemente me echaste de menos?

Damián ladea la cabeza, con una sonrisa que no llega del todo a sus ojos, pero ahí está. Pequeña, burlona, peligrosa.

-¿Quieres que te eche de menos, Jon?

Su tono es juguetón, pero también hay algo más. Algo que resbala por el aire entre nosotros, casi como un roce invisible.

Yo, en mi nube de felicidad y descaro, sonrío más ampliamente.

-Bueno, eso depende-
murmuro, todavía jugueteando con el cordón de su sudadera-¿Lo hiciste?

Damián deja escapar un leve suspiro y apoya ambos brazos en la barandilla de la cama, inclinándose un poco hacia mí.

-Solo venía a ver cómo estabas.

Lo ignoro completamente. O quizás no lo ignoro, pero decido centrarme en otra cosa.

-Admite que me extrañaste.

-Madre mía como vas.

-Esa no es una respuesta.

-Es la única que vas a tener.
-Chasqueo la lengua, fingiendo molestia.

-Venga, Damián. Solo un poquito. Un ‘oye, Jon, me alegró verte aunque estuvieras vomitando en el baño como un alma en pena’.

Damián se ríe, de verdad. Bajo, grave. Y maldita sea, hasta en este estado, siento el sonido recorrerme la piel como un escalofrío.

-Jon, estabas literalmente así-dice con diversión-No era precisamente el momento más atractivo para extrañarte-Me río también, porque vale, lo admito, tiene razón.

-pero ahora ya no estoy doblado sobre el retrete.

Damián se cruza de brazos y me observa con la paciencia de un médico ante un paciente particularmente molesto.

-Ahora estás anestesiado.

-Exactamente- y yo vuelvo a reír.

-Eres un caso perdido.

-Y aún así viniste a verme.

Damián sacude la cabeza, pero no lo niega.

Me acomodo mejor en la cama, todavía sonriendo, y dejo caer la cabeza sobre la almohada mientras sigo jugando con el cordón de su sudadera esta vez empujándolo de un lado a otro.

-Sabes, podrías quedarte un rato-Damián me mira, inquisitivo.

-¿Para qué?-Levanto la mano, señalando vagamente el techo.

-Para hacerme compañía.

-¿Y soportar más de tus tonterías?

-Podrías aprender algo de ellas-Damián suelta una risa nasal, pero no se mueve.

-Cinco minutos, Jon. Y luego me voy.

-O hasta que el mundo deje de girar. Lo que pase primero.

Damián se acomoda mejor contra la barandilla de la cama.

-¿Y qué has hecho en todo este tiempo?

-Sobrevivir al infierno de los exámenes-digo, levantando un dedo-Salir de fiesta- Levanto otro-Viajar a París. -Otro más-Tener un novio-El cuarto dedo se alza lentamente. Damián frunce el ceño, pero su expresión sigue siendo neutral.

-¿Un novio?

Asiento con la cabeza.

-Oliver.

No sé por qué digo su nombre, pero ahí está.

-¿Sigue siendo tu novio?

-Nah, lo dejamos después de tres meses.

-¿Por qué?

Me encojo de hombros.

-Supongo que no terminamos de encajar... Después lloré viendo Pretty Woman.

Damián me observa con detenimiento y, durante un segundo, parece que está a punto de decir algo más. Pero en su lugar, suelta un leve suspiro y cambia de tema.

-Y entonces, ¿viajaste a París?

-Sí. Y me perdí.

-Por supuesto que lo hiciste.
-Hago un gesto dramático con las manos.

-Fue culpa de Katy. Y del GPS-Damián deja escapar una risa baja.

-¿Y qué más?

-Mmm...Intenté madurar.

-¿Y tú? ¿Cómo te fue en el servicio militar?

Damián se queda en silencio por un momento. Su expresión cambia. No es que se ponga serio en un sentido negativo, pero es como si hubiera cambiado de chip, como si hubiese pasado a otro Damián dentro de su cabeza.

-Aprendí muchas cosas-
responde finalmente-
Disciplina, estrategia...Cosas militares-Me río suavemente.

-Eso suena como la sinopsis de una película de guerra.
¿En serio sabes disparar?
-Abro los ojos con sorpresa fingida.

-¿Y lo dices así, sin más? ¿Me estás diciendo que ahora podrías ser un francotirador o algo así?-Damián se encoge de hombros.

-Si apuntas, disparas y aciertas, es suficiente. Lo miro fijamente, evaluándolo.

-Damián Wayne, el chico de familia rica que ahora sabe usar un arma.

-Sí, es una combinación peligrosa.

-Mierda, y yo aquí en una cama de hospital, indefenso.
-Damián rueda los ojos.

-Jon, lo único de lo que deberías preocuparte es de no volver a comer comida en mal estado.

-Tienes razón. Aunque para ser justos, no lo hice a propósito.

-Supongo que eso te hace menos idiota.

-Gracias, supongo.

Nos quedamos en silencio por un momento. Pero no es incómodo. Es un silencio que se siente como un respiro, como una pausa en la conversación, pero no en la conexión.

Damián baja la mirada hacia mis manos, que siguen jugando inconscientemente con el cordón de su sudadera.

-¿Y que es eso de que maduraste?

-Me atreví a hacer más cosas...Ya me atrevo a ver películas de miedo solo, no hago que la cocina sea un desastre, y estoy pensando en apuntarme al carnet del coche aunque me sigue dando un poco de miedo.

Damián suelta un leve suspiro, pero sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.

-Eso suena exactamente a ti.


A la mañana siguiente, mientras estoy sentado en la cama con la bandeja del desayuno apoyada sobre mis piernas y mis cuadernos abiertos, una ola de vergüenza me golpea de repente.

¿Coqueteé con Damián?

Me congelo en el sitio, el bolígrafo suspendido a mitad de una ecuación, y siento cómo mi cara empieza a arder.

No. No, no, no.

Muerdo el extremo del bolígrafo y cierro los ojos con fuerza. Joder, no puede ser verdad. ¿Realmente le jugué con el cordón de la sudadera? ¿Le dije cosas coquetas?

Me abrazo la cabeza con ambas manos y dejo escapar un gruñido.

Dios, qué vergüenza.

Ahora todo hace sentido: la mirada divertida de Damián, su tono paciente como si estuviera hablando con un niño que no sabe lo que está diciendo.

Suelto un resoplido y me dejo caer de espaldas sobre la almohada.

-Soy un imbécil.

Miro el techo por unos segundos, intentando calmarme, pero la memoria de lo que pasó me golpea con más fuerza.

“¿Quieres que te eche de menos, Jon?”

Aprieto los labios y pateo las sábanas con frustración.

¡¿Qué coño fue eso?!

Intento concentrarme en los ejercicios, pero mi mente sigue volviendo a la noche anterior, a la forma en que él me miraba, a cómo me seguía el juego con esa maldita calma suya.

Respiro hondo y sacudo la cabeza.

No voy a pensar en esto.

Me obligo a volver a las matemáticas.

Pero por alguna razón, mi estómago sigue revuelto.

Estaba concentrado en mis ejercicios cuando escuché unos golpes en la puerta.

-¿Se puede?

Conner.

Al verlo, solté un suspiro de alivio. Era bueno ver una cara conocida que no estuviera vestida con bata blanca o uniforme de enfermería.

-Pasa...

Conner entró con la confianza de siempre, dejando caer su chaqueta sobre el respaldo de la silla antes de sentarse. Me miró con atención.

-Bueno, te ves mejor que la última vez que te vi-Se cruzó de brazos-Dime que al menos ya no estás vomitando.

Asentí con una sonrisa cansada.

-Lamento decirte que sigo vomitando.

-Joder, que mierda.

Me reí un poco, pero noté que él tenía esa expresión que usaba cuando iba a soltarme una bomba.

-¿Qué pasa?.

-Este hospital...pertenece a los Wayne.

-¿Qué?

-Sí...-Conner me miró con seriedad-Tim me lo contó. Y también me dijo algo más sobre Damián.

Mi estómago se retorció.

-Dime que no es lo que estoy pensando...

-Depende de qué estés pensando-Conner se encogió de hombros-Damián salió un año antes del servicio militar. Le dijo a su padre que quería estudiar medicina. Y, bueno... lo hizo.
-Conner apoyó la espalda en la silla-Hizo cursos intensivos y rápidos para ganar experiencia y ahora es uno de los médicos jefes de este hospital-El aire se atascó en mi garganta.

-Wou...

-Sí...-Conner me miró con una mezcla de diversión y lástima-Y ahora dime, ¿cuántas veces has tenido contacto con él desde que llegaste aquí?

-No tantas-Conner entrecerró los ojos

-Jon...

Suspiré.

-Un par de veces-Conner soltó un bufido.

-Eso explica mucho-Me froté la cara con las manos. Mi cabeza daba vueltas.

Damián.
Médico jefe.
En el hospital que pertenecía a su familia.

-Joder...

Conner se rió.

-Sí, joder.

Después de que Conner se fue, me quedé un rato mirando la pantalla del ordenador sin realmente procesar nada.

Acomodé la almohada contra la barandilla de la cama y coloqué el portátil frente a mí, apoyándolo en el otro extremo. Busqué una serie ligera, algo que no me hiciera pensar demasiado. Finalmente, me decidí por Brooklyn Nine-Nine.

El intro comenzó a sonar y me recosté un poco más, perdiéndome en la comedia y en las tonterías de Jake Peralta.

No llevaba ni quince minutos cuando la puerta de la habitación se abrió.

Giré la cabeza y lo vi. Otra vez.

Damián entró con esa calma que lo caracterizaba. Me removí en la cama, pausando la serie.

-¿Por qué vienes tanto a verme?-pregunté sin rodeos.

Damián se quedó quieto, como si no se esperara la pregunta. Luego, cerró la puerta tras él y metió las manos en los bolsillos de su bata.

-Porque eres mi paciente.

-No creo que los médicos jefes tengan tiempo de ir a ver a todos sus pacientes personalmente-Damián pareció sorprenderse por el descubrimiento que había hecho.

-No. Pero tú no eres cualquier paciente-Mi estómago se encogió ligeramente.

-¿Eso qué se supone que significa?

Damián no respondió de inmediato. Se acercó un poco más, deteniéndose al pie de la cama. Sus ojos recorrieron la pantalla del portátil antes de volver a mí.

-Brooklyn Nine-Nine, ¿eh?

-No cambies de tema.

-Solo quería saber qué veías.

Solté un suspiro y me crucé de brazos.

-Damián-Él se mantuvo en silencio por unos segundos antes de encogerse de hombros.

-Solo quiero asegurarme de que estés bien.

Mi corazón dio un vuelco traicionero.

No.

No me hagas esto, Damián.

Me mordí el labio y miré hacia otro lado, tratando de ignorar el revoltijo en mi pecho.

-Ah...

Damián no respondió nada más después de eso, pero se acercó al lado de la cama y sacó un estetoscopio del bolsillo de su bata.

-Voy a hacerte un chequeo rápido.

-Estoy bien

-Jon

-En serio.

-Lo que tú digas. Pero prefiero asegurarme.

Suspiré, rindiéndome, y me dejé caer un poco más sobre la almohada mientras él se acercaba al filo de la cama.

-¿Cuánto has vomitado en estos días?-preguntó mientras levantaba la sábana con naturalidad para tocarme el abdomen.

Su mano estaba fría.

Tragué saliva.

-El martes dos veces, y ayer solo una.

Damián asintió y empezó a presionar suavemente sobre mi estómago, moviendo los dedos con precisión. Su tacto era firme, pero cuidadoso. No debería estar sintiéndome así.

Carraspeé y desvié la mirada a la pantalla del portátil, aunque la serie seguía pausada. Cualquier cosa para distraerme de cómo su mano recorría mi piel con calma profesional.

-¿Te ha dolido?-preguntó, todavía concentrado en su revisión.

-No… solo cuando como demasiado rápido.

Damián murmuró algo en voz baja, asintiendo, y deslizó los dedos un poco más arriba, rozando la parte baja de mis costillas.

Mi piel se estremeció.

Mierda.

Mantuve la respiración sin darme cuenta. Damián debió notarlo porque su mirada se encontró con la mía. Por un segundo, nos quedamos así.

Mirándonos.

Su expresión era neutra, pero sus ojos decían algo más. Y joder, yo también sentí algo más.

No.

No pienses en eso.

Parpadeé y aparté la vista primero, sintiendo que mi cara se calentaba más de lo normal. Damián siguió con su chequeo, moviendo sus manos con la misma calma meticulosa.

Pero de vez en cuando, nuestras miradas se volvían a encontrar. Y cada vez que lo hacían, algo en mi pecho latía con fuerza. Damián retiró la mano de mi abdomen, pero no se alejó del todo.

-Voy a revisar tu frecuencia cardíaca.

Se inclinó ligeramente, colocando el estetoscopio en su oído mientras deslizaba la membrana fría contra mi pecho.

Mierda.

Intenté mantener la calma, pero podía sentir los latidos de mi corazón acelerarse, y no precisamente por estar enfermo.

Damián no comentó nada, pero su expresión cambió sutilmente.

-Respira hondo.

Hice lo que me pidió, inhalando profundamente y exhalando con lentitud, aunque no ayudó en absoluto a calmar mi pulso.

Repitió el proceso un par de veces antes de apartar el estetoscopio y anotar algo en su libreta.

-¿Tienes mareos o visión borrosa?-Negué con la cabeza.

-No, todo normal.

-A ver, enfoca aquí.

Damián sacó una linterna pequeña del bolsillo de su bata y se acercó un poco más, sosteniendo mi rostro con suavidad mientras pasaba la luz frente a mis ojos.

Su pulgar rozó mi mejilla sin querer.

Contuve el aire.

Concéntrate en la luz, Jon. No en él.

Parpadeé un par de veces cuando terminó, y él asintió satisfecho.

-Tu reacción es normal.

-¿Y mi cerebro también?-
intenté bromear.

-Eso aún está por verse-Rodé los ojos, pero Damián sonrió apenas.

-Ahora mueve los brazos.

Levanté los brazos lentamente, girándolos un poco para demostrarle que estaban bien.

-Todo bien.

Damián observó con atención.

-¿Alguna molestia en las articulaciones?

-No en los brazos, pero…-
Hice una pausa y bajé la mirada-me duelen un poco las rodillas.

Damián frunció el ceño levemente y apoyó una mano sobre mi pierna, palpando con cuidado.

-¿Desde cuándo?

-Desde hace un par de días.

-¿Y es un dolor constante o solo cuando las mueves?

-Cuando camino demasiado tiempo o me levanto de golpe.

Damián asintió y presionó un poco más en la zona de la rótula. Solté un suspiro bajo.

-¿Duele aquí?

-Un poco-Damián se quedó en silencio unos segundos, pensativo.

-Puede ser una inflamación leve, nada grave. Voy a revisar tu historial y si sigue así, pediremos una radiografía.

Asentí, relajándome un poco. Él se enderezó y guardó su linterna en el bolsillo.

-Terminamos el chequeo.

-¿Diagnóstico, doctor?-
pregunté con una sonrisita.
Damián me miró con una mezcla de exasperación y diversión.

-Que descanses y dejes de hacerte el gracioso.

-No puedo prometerlo.

Damián negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una sonrisa pequeña se le escapara.

El día transcurrió con una extraña calma.

No vi a Damián.

Y, sinceramente, me sentí aliviado.

No porque su presencia me incomodara, sino porque me hacía sentir cosas que no quería recordar. Verlo me ponía en un estado de alerta constante, como si mi cuerpo y mi mente no pudieran decidir si sentir nostalgia, temor o simplemente entregarse al pasado.

Así que la ausencia de su figura alta y su mirada penetrante fue un respiro.
Por primera vez en días, pude concentrarme en mis deberes sin distracciones, aunque mi cuerpo seguía sintiéndose terriblemente pesado.

Pero la noche...

La noche fue un infierno.

Todo empezó con un nudo en el estómago que creció hasta convertirse en una punzada dolorosa. Luego vino el mareo, el sudor frío y el malestar que subió hasta mi garganta como una ola imparable.

Me giré bruscamente en la cama, intentando ignorarlo, pero fue inútil. Me arranqué la sábana de encima y tropecé torpemente hasta el baño, sintiendo que mis piernas apenas me sostenían.

Caí de rodillas frente al inodoro justo cuando la bilis quemaba mi garganta.

Vomité todo.

Todo lo que había cenado, todo lo que había en mi sistema, todo hasta que mi cuerpo solo expulsaba aire y espasmos dolorosos que me dejaron temblando.

Y entonces, lo peor.

Me costaba respirar.

Cada bocanada de aire era irregular, corta, como si mi pecho se negara a expandirse lo suficiente. Un leve pitido escapó de mi garganta, pánico absoluto.

Me sujeté del borde del lavabo, luchando por calmarme, pero cuanto más intentaba respirar, más difícil se volvía.

El ruido debió alertar a alguien, porque un enfermero entró en la habitación apresurado.

-Ey, respira conmigo, ¿vale? -su voz era calmada, firme.
-Intenté asentir, pero apenas pude inclinar la cabeza.

-Inhala despacio... eso es. Exhala-Siguió guiándome hasta que el aire volvió a fluir de manera más estable. Mi cuerpo seguía temblando, pero al menos ya no sentía que me ahogaba.

El enfermero me ayudó a volver a la cama y acomodó las sábanas sobre mí con un gesto profesional.

-Si vuelves a sentirte así, llama a alguien. No intentes manejarlo solo-Solo pude cerrar los ojos y asentir, demasiado agotado para responder.

La mañana siguiente

Cuando abrí los ojos, el dolor era insoportable.

Cada movimiento, por mínimo que fuera, enviaba punzadas ardientes a mis músculos.

Mover los dedos dolía.

Mover los brazos era una tarea titánica, como si hubiese hecho ejercicio extremo sin previo aviso.

Incluso respirar dolía un poco.

Y entonces apareció la doctora Susy.

Una mujer de unos cuarenta años, cabello recogido en un moño apretado y una mirada evaluadora que me hizo sentir como si pudiera ver a través de mí.

-Tienes mala cara, muchacho.

-Gracias, justo lo que necesitaba escuchar-Ella sonrió apenas y revisó mi expediente.

-Vas a necesitar más pruebas.

-¿Más agujas?

-Más agujas, más escaneos, más radiografías-Susy cerró la carpeta con un chasquido seco-Lo de anoche no fue normal. Vomitaste todo lo que habías ingerido y además hiperventilaste. Y teniendo en cuenta que lo que tienes es un parásito...

Genial.

Me llevaron a diferentes áreas del hospital, haciéndome pruebas que, honestamente, apenas podía procesar en mi estado. Solo quería que terminara.

Al final del día, mi cuerpo se sentía aún más destrozado.

Un día después

Damián volvió.

Y yo, con morfina, no tenía filtro.

-¿Dónde estabas?-pregunté con voz pastosa, girando la cabeza hacia él. Damián se apoyó en la barandilla de la cama, cruzándose de brazos.

-En otro hospital.

-¿Te aburres de este o qué?

-Requerían mi ayuda en una cirugía.

-Eres demasiado joven para estar operando.

-Tengo 23 años.

Me reí.

¿Me estaba riendo?

¿Por qué?

Damián sonrió de lado, como si se divirtiera con mi estado de semiinconsciencia.

-Te ves como si estuvieras en un arcoíris.

-Me siento como si estuviera flotando en algodón.

-Efecto de la medicación.

-Mhm...-Nos quedamos en silencio por un momento.

-Tus resultados llegan esta tarde.

Mis pensamientos eran un revoltijo de neblina y somnolencia, pero eso me hizo fruncir ligeramente el ceño.

-¿Eso es bueno o malo?

Damián me miró con algo que no pude descifrar.

-Lo sabremos en unas horas.

El tiempo en el hospital parecía haberse vuelto más lento. Las horas pasaban con una lentitud insoportable mientras esperaba los resultados, sintiendo la presencia de mis padres y de Conner a mi lado. Mi madre me acariciaba el cabello con una suavidad reconfortante, mientras mi padre cruzaba los brazos y miraba con el ceño fruncido hacia la puerta, como si pudiera acelerar el tiempo con solo desearlo. Conner, por otro lado, jugaba con su móvil de vez en cuando, pero cada pocos minutos me lanzaba una mirada de reojo, asegurándose de que seguía despierto.

A pesar de estar más lúcido que en la mañana, mi cuerpo seguía sintiéndose pesado. No tenía fiebre, pero cada músculo de mi cuerpo dolía, como si hubiera corrido un maratón sin preparación previa. Los dedos de mis manos se sentían rígidos, y las piernas... bueno, apenas podía moverlas sin sentir una punzada de dolor en las rodillas. Pero lo peor era la respiración. Sentía una presión incómoda en el pecho, no era constante, pero estaba ahí, como si alguien hubiera colocado un pequeño peso sobre mi caja torácica y se negara a quitármelo.

Cuando finalmente la puerta se abrió, todos en la habitación nos pusimos alerta. Susy, la doctora que había estado encargándose de mis análisis desde que ingresé, entró con un par de carpetas en las manos y una expresión neutra, pero profesional.

-Bueno, ya tenemos los resultados-dijo con voz clara, recorriendo la habitación con la mirada-Antes que nada, quiero que sepas que hemos identificado completamente la bacteria que afectó tu sistema digestivo y la forma en que ha estado evolucionando.

-¿Evolucionando?-preguntó mi madre, preocupada. Susy asintió.

-Cuando ingresaste, el principal problema era la infección en el estómago, que tratamos con el lavado gástrico y los antibióticos. Sin embargo, la bacteria resultó ser más resistente de lo que esperábamos y, aunque hemos logrado eliminar la mayoría de su presencia en tu sistema digestivo, ha migrado a otra zona: los pulmones.

El silencio en la habitación se hizo denso. Sentí la mano de mi madre apretar la mía con fuerza, mientras mi padre se tensaba visiblemente.

-¿Eso significa que tiene neumonía?-preguntó mi padre con el ceño fruncido.

-No exactamente-Susy negó con la cabeza-No es una neumonía viral o común, pero sí está afectando tus pulmones. Hemos detectado inflamación en los bronquios y acumulación de líquido en la pleura, lo que explica la sensación de opresión en el pecho y la dificultad para respirar que experimentaste anoche. También es probable que, en los próximos días, empieces a sentir dolor en las articulaciones y músculos con más intensidad. Es porque tu cuerpo sigue luchando contra la bacteria. Es normal que sientas agotamiento, incluso después de haber dormido bien. También podrías experimentar cambios en la temperatura corporal, algunos episodios de fiebre baja y escalofríos intermitentes.

-¿Entonces su sistema inmune está debil?-
pregunta Conner, cruzado de brazos pero con una expresión claramente preocupada.

-Sí, aunque está respondiendo bien al tratamiento-confirmó Susy-Lo más importante ahora es seguir con los antibióticos y asegurarnos de que sus pulmones no se vean más comprometidos. Vamos a empezar con una medicación diferente, más fuerte, que ayudará a evitar que la infección se expanda. Sin embargo, puede tener algunos efectos secundarios, como somnolencia, debilidad muscular y molestias gastrointestinales. También vas a necesitar sesiones de fisioterapia respiratoria para eliminar el exceso de mucosidad y prevenir complicaciones.

-¿Cuánto tiempo tendré que quedarme aquí?-pregunté con un suspiro.

Susy hojeó los papeles y luego me miró con calma.

-Dependerá de cómo responda tu cuerpo al nuevo tratamiento. Si todo va bien, podríamos empezar a considerar el alta en una semana o dos, pero con un monitoreo estricto desde casa. Si no, tendremos que extender tu estadía aquí hasta que estemos seguros de que la bacteria está completamente erradicada.

Mi madre dejó escapar un suspiro tembloroso, y mi padre no dijo nada, pero noté que tensaba la mandíbula. Conner, por su parte, resopló como si ya estuviera pensando en cómo hacerme compañía sin que el hospital lo echara.

-Por ahora, quiero que descanses lo más posible-
continuó Susy-Sé que estar aquí no es agradable, pero necesitas evitar cualquier esfuerzo innecesario. Si tienes más problemas para respirar o sientes que la presión en tu pecho aumenta, debes avisarnos de inmediato.

-Lo haré-asentí lentamente.
Susy sonrió con suavidad y se puso de pie.

-Volveré más tarde a revisar cómo te sientes. Si necesitas algo, solo presiona el botón de emergencia, ¿de acuerdo?

-Entendido-murmuré.

Cuando Susy salió de la habitación, el silencio se instaló durante varios segundos. Nadie sabía qué decir. Mi madre seguía sosteniendo mi mano con fuerza, y mi padre tenía una expresión que no podía descifrar del todo. Conner me miraba con los labios fruncidos, como si estuviera esperando a que yo mismo asimilara la noticia antes de decir algo.

Suspiré y cerré los ojos un momento.

Horas más tarde, cuando la habitación quedó en silencio y mis padres se fueron a casa a descansar con la promesa de regresar en la mañana, decidí distraerme con mi teléfono. No tenía ánimos de leer ni hacer ejercicios, así que opté por ponerme los auriculares y ver una serie en mi móvil. Algo ligero, de comedia, que no requiriera mucho esfuerzo mental.

La luz tenue del cuarto y el sonido de la serie me hicieron entrar en un estado de relajación, casi al borde del sueño, cuando de repente sentí un toque en mi hombro.

Pegué un leve salto y me quité un auricular de golpe, girando con el corazón acelerado.

-¿Qué…?-murmuré, pero mi voz se apagó en cuanto mis ojos se encontraron con los de Damián.

Estaba de pie al lado de mi cama, con su expresión neutral pero con un destello de diversión en la mirada. Hoy no llevaba bata, sino una camisa negra de manga larga remangada hasta los codos y unos pantalones oscuros, lo que hacía que su figura se viera aún más imponente bajo la luz artificial del hospital.

-No quería asustarte-dijo con calma, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón-pero parecía que estabas en otro mundo.

-Lo estaba-admití, quitándome el otro auricular y bloqueando la pantalla de mi móvil-No esperaba verte otra vez hoy.

-Vine a decirte algo-su tono se volvió más serio y me miró fijamente-A partir de mañana, estaré a cargo de tu cuidado junto con Susy.

Parpadeé, procesando sus palabras lentamente.

-¿Qué?-dije con incredulidad.

-Voy a ser tu médico tratante junto con ella-repitió con tranquilidad-Ya hablé con tu familia y con el equipo médico. Estaré monitoreando tu tratamiento y asegurándome de que sigas las indicaciones correctamente.

Me quedé en silencio, sin saber cómo reaccionar.

-¿Y… por qué?-pregunté finalmente-Damián ladeó la cabeza, como si la respuesta fuera obvia.

-Porque soy el mejor en lo que hago, y no voy a dejar que un idiota como tú se muera por no seguir las indicaciones-dijo con un toque de arrogancia en su voz, pero sin perder la seriedad.

-No voy a morirme, Damián.

-Desde luego no bajo mi cuidado-Solté un suspiro y lo miré con recelo.

-¿No tienes pacientes más importantes que yo?

-Todos mis pacientes son importantes-respondió sin inmutarse-Y ahora tú eres uno de ellos.

Me recargué en la almohada, sin saber si esto era algo bueno o no. No es que no confiara en su capacidad como médico, después de todo, había visto lo mucho que había cambiado desde que nos reencontramos en el hospital. Pero…

-¿No es raro para ti?-
pregunté en voz baja.
Damián alzó una ceja.

-¿El qué?

-Ser mi médico después de… ya sabes… todo-gesticulé con las manos, sin atreverme a decirlo en voz alta.

Él me miró en silencio por un momento y luego se encogió de hombros.

-No voy a mezclar lo personal con lo profesional. Mi trabajo es asegurarte de que te recuperes, Jon. Lo demás… no importa en este momento.

Lo miré fijamente, intentando descifrar si hablaba en serio o si esto era una trampa emocional en la que terminaría cayendo. Pero Damián mantenía su postura firme, como si realmente hubiera dejado atrás lo que fuimos.

Y tal vez… yo también debía hacer lo mismo. Suspiré y asentí con la cabeza.

-Si empiezas a ser un médico pesado, voy a pedir un cambio.

-Eso es algo que debo permitir yo-Nos quedamos en silencio por unos segundos antes de que él se moviera hacia la puerta.
-Descansa. Mañana empezaré con tu fisioterapia respiratoria-anunció.

-Genial, más tortura-bufé.

-Así es-respondió con una media sonrisa antes de salir de la habitación.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, me dejé caer contra la almohada y me pasé las manos por la cara.

Los siguientes días fueron un infierno.

Me dolían los huesos de una manera que nunca antes había experimentado. Sentía que cada articulación de mi cuerpo se había oxidado de golpe, que cada movimiento era un esfuerzo sobrehumano. Tomaba los medicamentos a las horas indicadas, aunque sabía que solo aliviaban parte del malestar. Cada pastilla se sentía como una promesa de que todo mejoraría eventualmente, pero mi cuerpo todavía no lo creía.

La fisioterapia fue otro infierno aparte.

La primera sesión con Ricky, mi fisioterapeuta, fue un choque brutal con la realidad. Un hombre de unos treinta y tantos, con un aura relajada pero firme, me explicó con paciencia lo que haríamos.

-Vamos a trabajar en tu capacidad pulmonar y en tu movilidad. No va a ser fácil, pero si eres constante, te vas a recuperar más rápido-me aseguró, mientras me ayudaba a sentarme en la camilla.

Agradecí en silencio que Ricky tuviera la paciencia de un santo, porque apenas me hizo hacer el primer ejercicio de respiración, sentí como si mi pecho estuviera aprisionado por una banda de acero. El aire entraba con dificultad, y soltarlo era aún peor. Intenté no toser, pero al final mi cuerpo me traicionó y terminé doblado sobre mí mismo, con los ojos aguados y la sensación de que mis pulmones estaban en llamas.

-Tranquilo, es normal. No tienes que forzar más de lo que puedes-me dijo, dándome un momento para recuperar el aliento.

Pero no era solo la respiración. La rigidez en mis músculos hacía que cualquier movimiento fuera un desafío. Caminar por la sala, hacer estiramientos básicos, incluso sostenerme de pie por más de diez minutos sin sentir que me desplomaría, era una tortura. A cada paso que daba, sentía punzadas en las rodillas, en los tobillos, en la espalda. Como si todo mi cuerpo se negara a funcionar como antes.

Había días en los que solo quería rendirme. En los que el dolor me volvía irritable y quería mandar todo al carajo. Pero Ricky nunca me presionó más de la cuenta. Me daba mi espacio, me dejaba tomarme mi tiempo. No intentaba forzarme a nada, y de alguna manera, eso me hacía querer intentarlo más.

Damián, por otro lado, se aseguraba de que no me saltara ni una sola pastilla. Pasaba a revisarme cada tanto, chequeando mi progreso con una calma profesional que a veces me hacía olvidar que en algún momento habíamos sido algo más. Pero su presencia estaba ahí, recordándome constantemente que todavía tenía mucho camino por delante para recuperarme.

Las noches seguían siendo difíciles. Dormía a ratos, despertando con el cuerpo entumecido, con esa sensación de que mis huesos estaban hechos de plomo. Había momentos en los que me preguntaba si alguna vez volvería a sentirme normal, si podría volver a correr, a reír sin sentir que mis pulmones se quejaban con cada bocanada de aire.

Pero cada mañana, Ricky estaba ahí con su paciencia infinita, y Damián con su firmeza silenciosa. Y por muy jodido que fuera todo, decidí que al menos intentaría mejorar.

Mi familia lo llevaba mejor de lo que esperaba. O al menos eso intentaban hacerme creer.

Mi madre se había tomado el papel de "vigilante oficial de la salud de su hijo" demasiado en serio. Llamaba al hospital cada pocas horas, incluso cuando los médicos le decían que estaba estable. Cuando venía a verme, revisaba mi bandeja de comida como si pudiera encontrar algo peligroso en ella.  Me daba sermones sobre lo importante que era que descansara, que comiera bien, que me tomara las medicinas a tiempo. Y yo asentía con una sonrisa cansada, porque aunque su preocupación era excesiva, sabía que lo hacía por amor.

Mi padre era distinto. No se mostraba tan abiertamente preocupado como mamá, pero lo notaba en las pequeñas cosas. En cómo se quedaba más tiempo del necesario después de cada visita, en cómo me revolvía el cabello antes de irse, en cómo a veces simplemente se sentaba en la silla junto a mi cama sin decir nada, mirando por la ventana con el ceño fruncido. Pero su presencia constante decía más de lo que cualquier discurso podría haber dicho.

Y luego estaba Conner.

Mi primo había asumido el papel de mi distracción principal. Entraba en la habitación como si estuviera en su casa, soltaba un "¿cómo está mi paciente favorito?" con una sonrisa confiada y luego se dejaba caer en la silla a mi lado, como si el hospital fuera el lugar más normal del mundo para pasar el rato.

-Estás mejorando, ¿no?-
preguntó un día mientras sacaba una bolsa de chucherías de su chaqueta y me las ofrecía a escondidas, como si fueran drogas.

-Define "mejorando"-
respondí con una mueca mientras aceptaba una de las gomitas. Me dolían hasta las pestañas, pero al menos ya no sentía que iba a morir en cualquier momento.

Conner suspiró dramáticamente y se recostó en la silla.

-Bueno, al menos sigues siendo un sarcástico de mierda, así que eso es buena señal.

Yo solté una risa ahogada y negué con la cabeza. Era bueno tenerlo cerca. Pero también notaba la preocupación en su mirada cuando creía que no lo estaba viendo. Cuando me levantaba de la cama con dificultad, cuando tenía que hacer pausas para respirar entre conversaciones. Él lo notaba todo.

-¿Sabes? Mamá dice que deberías venir a casa cuando te den el alta-dijo en una de sus visitas, mirándome con ese tono casual que usaba cuando quería convencerme de algo sin parecer insistente.

-Lo pensare-Evidentemente voy a ir.

-A menos que prefieras que mamá te llene la nevera de sopa y te trate como si tuvieras cinco años-

Mi familia estaba haciendo todo lo posible por mantenerse fuerte, por ser mi apoyo sin hacerme sentir como una carga. Y yo lo agradecía. Pero cada vez que cerraba los ojos, cada vez que mi cuerpo se quejaba con un nuevo dolor, me recordaba lo frágil que todavía era.

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