Truyen3h.Co

Massacre {JonxDamian}

-7-

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El chequeo con Damián se sentía más personal de lo que debería.

Estaba sentado en la camilla de su despacho, con la camisa del hospital un poco arrugada por los movimientos, mientras él revisaba mi historial en la tablet. Su ceño estaba ligeramente fruncido, concentrado, y sus ojos recorrían cada dato como si fuese una información de vida o muerte.

-¿Cómo te has sentido hoy? -preguntó sin levantar la vista. Suspiré, apoyando las manos en la camilla. Demasiado cerca.

-Cansado. Un poco de dolor en las articulaciones, pero nada grave-respondí con sinceridad.

Damián asintió, dejando la tablet a un lado. Se inclinó un poco más, acercándose mientras me tomaba la muñeca con delicadeza para revisar mi pulso. Su piel estaba tibia, sus dedos firmes, seguros.

-Sigues con algo de inflamación en las manos-
murmura más para sí mismo que para mí.

Yo, por mi parte, traté de ignorar lo fácil que se sentía tenerlo tan cerca otra vez.

-¿Podemos hablar de las pastillas?-pregunté con un tono casual. Él arqueó una ceja sin soltarme la muñeca.

-¿Qué pasa con ellas?

-Que me dejan medio dormido todo el día. Me siento como un zombie. Y si ya de por sí me cuesta hacer los deberes, esto me pone aún peor. ¿Puedes cambiármelas por algo menos fuerte?

Damián me miró, evaluándome por unos segundos.

-No-dijo con total calma.

-Damián...

-Las pastillas están ahí por una razón, Jon. Tu cuerpo aún está combatiendo la bacteria. No voy a cambiarlas solo porque no quieres dormir tanto.

Puse los ojos en blanco, sintiendo la frustración revolviéndose en mi pecho.

-No digo que me las quites, solo que me des algo menos fuerte-Damián suspiró y negó con la cabeza.

-Si no descansas bien, no te recuperarás como deberías. Te las quedas.

Yo solté un bufido de molestia, apartando la mirada.

-Eres insoportable-murmuré.

-Lo sé.

Cuatro horas después, ya sobre las ocho de la tarde, con la cabeza un poco más despejada, intenté concentrarme en los ejercicios que me habían mandado.

Me senté en la cama con el portátil sobre mis piernas, con los apuntes a un lado y un bolígrafo que giraba entre mis dedos. Las matemáticas no eran lo mío, pero al menos tenía que intentarlo.

Lo que no esperaba era ver la puerta abrirse y a Damián entrar con una ropa más normal, con unos vaqueros y una sudadera negra. Ya no estaba en su modo "médico".

-¿Tú otra vez?-pregunté con cansancio.

Damián se apoyó en el marco de la puerta con una leve sonrisa.

-Veo que estás intentando hacer deberes.

-Intentando, sí. Palabra clave.

-¿Necesitas ayuda?

-¿Tú sabes de esto?

-Jon, soy médico. Pasé por cálculo, estadística y un infierno de materias mucho peores que esas-No pude evitar soltar una risita.

-Vale, genio, ven aquí.

Damián rodó los ojos, acercándose y sentándose en la silla junto a mi cama. Era extraño, pero también se sentía... bien.

No sé cómo, pero Damián acaba sentado en la cama conmigo, con los apuntes entre nosotros y su cuerpo demasiado cerca para que mi cerebro pueda concentrarse solo en los números.

No me molesta. Es extraño, sí, pero no incómodo. Es un buen maestro, paciente incluso, lo cual me sorprende. Explica cada problema con calma, marcando los pasos en mi cuaderno con su bolígrafo.

-A ver, intenta resolver este tú solo-me dice, inclinándose un poco más para ver la pantalla de mi portátil.

Me muerdo el labio, concentrado, y empiezo a hacer los cálculos en la libreta. Damián no dice nada mientras lo hago, pero noto cómo su mirada está fija en mí. Cuando termino, levanto la vista y le enseño el resultado.

-¿Está bien?-Damián revisa mi trabajo con los ojos entrecerrados, luego asiente con satisfacción.

-Sí. Vas mejorando.

No puedo evitar sonreír.
Miro la hora en la pantalla del portátil y frunzo el ceño.

-Oye, ¿no te molesta estar aquí tan tarde?-Damián gira la cabeza para ver el reloj en la pared.

-No realmente.

-¿Seguro? Quiero decir, tienes vida. Y trabajo.

Damián sonríe con un gesto divertido.

-¿Estás tratando de echarme?

-No -respondo con rapidez, luego aclaro-. Solo digo que si tienes que irte, no me voy a morir aquí solo.

-Bueno, eso sería irónico -bromea él, haciendo referencia al hecho de que estoy en un hospital.

Suelto una risa cansada.

-Idiota.

Damián se queda en silencio por un momento, observándome.

-No me molesta quedarme un rato más.

Sus palabras me descolocan un poco. No es como si Damián fuese la persona más accesible del mundo, pero aquí está, en mi cama, ayudándome con mis deberes como si esto fuera lo más natural del planeta.

Siento un calor extraño en el pecho. No sé qué hacer con eso.

-Bueno... si insistes -murmuro, volviendo a mi libreta, fingiendo que todo esto no me está afectando.

En dos semanas más y ni de coña voy a estar fuera de este hospital. Hay días en los que me siento bien, en los que puedo moverme con normalidad sin que mi cuerpo parezca un amasijo de huesos rotos. Pero hay otros en los que no quiero ni salir de la cama, en los que el simple hecho de respirar me duele y Ricky tiene que venir a mi habitación a ayudarme a levantarme.

Y luego están las veces como ahora, donde tengo morfina hasta las cejas y todo me parece jodidamente divertido.

-Jon, quédate quieto-dice Damián con su tono habitual de médico responsable.

Estoy en la camilla de su despacho, riéndome como un idiota mientras él intenta hacerme un chequeo.

-¿Por qué estás tan serio?-le pregunto, arrastrando las palabras.

-Porque estoy trabajando.

Frunzo el ceño, como si me acabara de dar la peor noticia del mundo.

-Eso es una mierda-Damián suelta un suspiro y se acerca con el estetoscopio.

-Respira hondo.

Pero en cuanto se inclina hacia mí, hago lo más estúpido posible: me le engancho como un jodido koala.

No soy consciente de lo que estoy haciendo. Mi cerebro está demasiado nublado para entenderlo. Solo sé que sus brazos están tibios, que su olor me envuelve y que su pecho se siente firme contra el mío. Damián se congela.

-Jon...-Yo me río contra su cuello.

-Estas calentito.

-Jon, suéltame.

-No.

Intento acercarme más, sin notar cómo mis piernas se aprietan a su cintura, cómo mi nariz roza su mandíbula.

-Jon, te lo advierto.

-¿Todavía me quieres?-
pregunto de repente, con la voz pastosa-Damián se tensa más.

-Jon...

-Porque yo creo que sí...-
continúo, acercándome peligrosamente a sus labios.

Pero Damián me esquiva.

Me río otra vez, sin entender del todo lo que está pasando, solo disfrutando del calor de su cuerpo. Damián resopla, claramente sin saber qué hacer conmigo en este estado.

-Jon, si no te bajas ahora mismo, te voy a sedar.

-Mmm... suena tentador.

-Jon.

-Está bien, está bien-digo riendo, aunque no hago el menor esfuerzo por soltarlo.

Damián suspira y, aunque sigue con su tono profesional, puedo notar la tensión en su voz.

-Voy a continuar con el chequeo, y vas a quedarte quieto, ¿entendido?

Me río de nuevo, soltandolo.

-Entendido, doctorcito.

-No me llames así.

-Vale, doctorcito sexy-
Damián resopla y coloca el estetoscopio sobre mi pecho.

-Respira profundo-Tomo aire con exageración y luego lo suelto en un suspiro dramático.

-Dios, qué aburrido eres.

-Jon, por favor.

-¿Sabes? Antes me dabas miedo. Ahora solo me das sueño.

Damián ignora mi comentario y mueve el estetoscopio hacia mi espalda, acercándose más.

-Otra vez.

Respiro, aunque más que eso, lo que hago es fijarme en cómo sus pestañas se bajan cuando está concentrado.

-¿Tus pulmones te duelen al respirar?

-Un poco.

-¿Cuánto es "un poco"?

-Mmm... lo suficiente para que quiera mimos.

Damián cierra los ojos con paciencia, claramente intentando no perderla.

-Jon, si no tomas esto en serio...

-Me estoy muriendo, lo último que quiero es ser serio-Damián frunce el ceño y por un segundo siento que he tocado un punto sensible.

-No digas eso-Yo solo me río y apoyo la cabeza en su hombro.

-Eres lindo cuando te preocupas-Damián se tensa bajo mi toque, pero sigue con el chequeo.

-¿Dolor de cabeza?

-Sí.

-¿Te sientes mareado?

-Mmm...sí, pero creo que es por verte tan cerca-ignora el comentario y toma mi muñeca para medir mi pulso.

-¿Cuántas veces has vomitado hoy?

-Solo una.

-¿Te ha dolido la garganta?

-No.

-¿Sigues sin poder dormir bien?

-No me dejas dormir contigo, así que sí-Me mira con cara de "voy a ignorarte" y anota algo en su libreta.

-Voy a revisar tus rodillas.

-Qué pervertido.

-Jon.

Me río cuando coloca las manos sobre mis piernas y presiona suavemente para ver mi reacción.

-¿Te duele?

-No.

-¿Aquí?

-Un poco.

-¿Y aquí?

-Damián, me estás tocando el muslo-se aparta inmediatamente, soltando un suspiro profundo, claramente harto de mí.

-Voy a cambiarte la medicación.

-Oh, no, qué tragedia.


Esa misma noche, mi dignidad estaba completamente destrozada.

Había pasado por muchos momentos vergonzosos en mi vida, pero coquetear descaradamente con Damián mientras tenía morfina hasta las cejas superaba todo.

Me revolví en la cama, dándome la vuelta y cubriéndome la cara con la almohada, intentando olvidar lo que había hecho.

-No, no, no, no...-susurré para mí mismo, apretando los ojos.

¿Cómo carajo había pasado de estar muriéndome en un hospital a insinuarle a Damián que me follara encima de la camilla?

Dios, qué horror.

Me removí de nuevo, incómodo, sintiendo cómo la vergüenza me carcomía por dentro. Podía recordar cada maldita palabra que había salido de mi boca. Cada maldita sonrisa que le había dedicado. Cada mirada que le había lanzado.

Me tapé con la manta hasta la cabeza, deseando desaparecer.

Lo peor es que él no había caído en mi jueguito. Había esquivado cada coqueteo con una paciencia que solo podía describirse como sobrehumana.

Porque si hubiera sido al revés...

Sacudí la cabeza, no queriendo ni pensar en esa posibilidad. Intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, recordaba su expresión estoica mientras yo le tiraba los tejos descaradamente.

¿Y si mañana me miraba raro?

¿Y si le decía a alguien más lo que había hecho?

Santo Dios.

Me estaba muriendo, pero esta vez de vergüenza.

A veces… solo a veces, parecía que todo iba mejorando.

Había mañanas en las que me levantaba sin dolor, con un poco más de energía, y podía estirarme sin que cada músculo de mi cuerpo gritara como si lo hubieran partido en mil. Me ponía los auriculares, hacía los ejercicios más fáciles, leía un poco… me convencía a mí mismo de que ya estaba saliendo de esto.

Pero entonces, como una bofetada fría, volvía a recaer.

Una punzada en el estómago.
La fiebre subiendo de nuevo como una alarma silenciosa.
Las náuseas, la cabeza pesada, el sudor helado pegándose a mi nuca.
Todo regresaba.
Todo.
Era como si mi cuerpo jugara a hacerme creer que estaba bien solo para reírse de mí a carcajadas cuando bajaba la guardia.

Y joder, cansaba. Cansaba más que cualquier examen, más que cualquier disgusto amoroso, más que cualquier pelea.

Me drenaba.

Y lo peor de todo era la constante incertidumbre.

¿Hoy me levantaré bien? ¿O tendré que quedarme en la cama sin fuerzas, otra vez?

Mi familia se turnaba para estar conmigo. Conner aparecía siempre con algún comentario estúpido que me hacía sonreír por inercia. Mis padres se esforzaban por no mostrar preocupación, pero se les notaba en los ojos. 

Y Damián…él…bueno, estaba presente más de lo que debería estarlo, considerando nuestro pasado.

Y yo ahí, tirado como un saco de huesos dolorido, con la mente corriendo a mil por hora mientras el cuerpo no podía seguirle el ritmo.

No sabía cuánto más iba a durar esto. No sabía cuántas veces más podía engañarme diciendo que mañana sería mejor.

Porque sí, a veces mejoraba… pero nada duraba. Siempre volvía a caer.

Y esa sensación de estar atrapado en un bucle se volvía cada vez más insoportable.


Damián entró esa tarde como si la puerta fuera suya. Bueno, técnicamente lo era. Él tenía acceso a todas las habitaciones del hospital, y ya había perdido la cuenta de las veces que había usado su “pase médico” para meterse en la mía sin pedir permiso.

Llevaba su bata blanca, aunque ya la tenía medio desabrochada, y su expresión era seria.

-Tienes que comer más-dijo directamente, sin un saludo previo, dejando una bandeja sobre la mesita plegable que había junto a mi cama-Estás perdiendo demasiado peso.

Yo, tirado entre las sábanas, lo miré con el ceño fruncido y la garganta seca. Solo ver comida ya me revolvía un poco el estómago.

-¿Eso que huele tan a verduras es para mí?-pregunté con una mueca.

-Sí, y te lo vas a comer-
respondió mientras retiraba el envoltorio del plato y lo colocaba delante de mí con toda la firmeza de un médico que no iba a aceptar un no por respuesta.

-¿Y si vomito encima de tu bata?

-Vomitas, pero lo vuelves a intentar después. No puedes seguir así. Necesitas energía, Jon.

Quise decirle que mi cuerpo no tenía energía ni para pensar. Que cada bocado me sentaba como una piedra. Que el simple olor de la sopa caliente me devolvía el nudo al estómago. Pero… lo vi. Lo vi realmente. Esa expresión en su rostro que no era solo profesional. Era personal. Estaba preocupado.

Joder.

Tomé la cuchara.

-¿Te quedas a hacerme compañía mientras sufro?

Damián se sentó en el borde de la cama, bajando un poco la cabeza para encontrar mis ojos.

-Solo si prometes comerte al menos la mitad-Pausó, y añadió con un tono más suave-Por favor.

El “por favor” no era habitual en su boca. Me tragó el orgullo… y después un poco de sopa.

Sabía a demonios. Pero bajo su mirada… me lo comí.

Mientras removía la sopa con la cuchara, haciendo tiempo, solté con voz apagada:

-¿Y mis análisis? ¿Ya han llegaron?

Damián se quedó en silencio unos segundos. Lo suficiente como para que mi estómago se encogiera más por los nervios que por la sopa.

-Sí-respondió al fin, con ese tono contenido que usaba cuando pensaba cada palabra-
Llegaron esta mañana.

Levanté la vista, con la cuchara a medio camino de mi boca.

-¿Y?

-No han empeorado-Se inclinó un poco hacia mí, con los codos apoyados en sus rodillas-Pero tampoco han mejorado tanto como esperábamos. La infección sigue ahí, aunque más contenida. El parásito ya no está activo, pero dejó daños que estamos intentando revertir.

-O sea que sigo jodido.

-Sigues en tratamiento-Corrigió él, con calma, como si la palabra “jodido” le pareciera ofensiva para su plan médico-
Pero estás estable, y eso ya es un avance. Tu cuerpo necesita más tiempo. Más alimento. Más descanso.

-Y más sopa, al parecer-
murmuré mientras metía otra cucharada entre los labios con resignación.

Damián sonrió, apenas.

-Y menos sarcasmo.

-Eso nunca-dije, y por primera vez en días, mi sonrisa fue un poco más sincera.

Aunque todavía me sentía una mierda por dentro, verlo ahí, hablando con calma, sin tensiones… me daba esa estúpida sensación de que, por un segundo, todo iba a estar bien. Aunque fuera mentira.

Y entonces, mientras sorbía la última cucharada de sopa —esa que ya estaba más tibia que caliente y sabía más a obligación que a comida—, Damián seguía con la vista clavada en su móvil. Parecía revisar algo, tal vez algún informe, tal vez mensajes... hasta que de repente, sin levantar la vista, dijo con esa voz suya tan seca pero cargada de intención:

-Te voy a dar mi número de teléfono-Me quedé quieto. La cuchara en la mano, la sopa olvidada.

-Ya tienes mi número-respondí, alzando una ceja-Está en tu agenda médica. Fui paciente número...qué, ¿ciento doce?

Damián alzó la vista, lento, como si le divirtiera que pensara así.

-Ese es mi número profesional. -Apagó la pantalla de su móvil y lo dejó sobre la mesa-Te voy a dar el mío personal. El de verdad.

-¿Y por qué ahora?-pregunté, intentando sonar neutral. Pero sé que mi corazón dio un pequeño salto, traicionero.

-Porque me preocupa que te estés sintiendo así de solo-dijo con una sinceridad tan directa que me dejó sin respuesta durante unos segundos-Y porque a veces tengo ganas de saber cómo estás...sin tener que revisar tu historial clínico.

-¿Y no temes que lo use solo para enviarte stickers absurdos a las tres de la mañana?

-Lo espero+respondió, con una media sonrisa.

No supe qué contestar. Solo saqué mi móvil, con dedos aún algo lentos por la debilidad, y él dictó su número con calma. Lo guardé bajo el nombre “Damián Wayne” y, sin pensarlo demasiado, le mandé un mensaje con un solo emoji: un koala.

Él lo leyó y resopló, divertido.

-Muy maduro.

-¿Qué esperabas? Estoy bajo los efectos de media farmacia y acabo de comer sopa obligatoria. Dame un respiro.

-Tendrás muchos más, si sigues cuidándote.

Y esa vez, su sonrisa duró un poco más.

Esa noche, después de que las luces del pasillo del hospital se apagaran un poco y la enfermera hiciera la ronda de rutina, me acomodé en la cama con el móvil entre las manos. La televisión murmuraba de fondo, pero no estaba prestando atención. Me había puesto los auriculares solo para que pareciera que veía algo. En realidad, no dejaba de mirar ese nuevo contacto en mi agenda. Damián Wayne. Nombre completo, como si eso hiciera más fácil ignorar lo que significaba tenerlo ahí.

Suspiré. Me tapé hasta la nariz, como si esconderme debajo de las sábanas pudiera protegerme de mis propias decisiones… y de la repentina necesidad de escribirle.

Apreté el ícono del chat. Lo pensé unos segundos. Solo para molestarle, me repetí.

Yo (22:41):

Este mensaje es únicamente con fines molestos. No te emociones.

La bolita de “escribiendo…” apareció enseguida. Qué rápido.

Damián (22:41):

Demasiado tarde. Ya estoy emocionado.

Fruncí los labios, conteniendo una risa estúpida. Maldito.

Yo (22:42):

No deberías contestar tan rápido, me vas a dar confianza.

Damián (22:42):

Confianza ya tienes. Y si no, te la presto.

Rodé los ojos, aunque nadie pudiera verme.
Estaba sonriendo. Y no solo con los labios.

Yo (22:43):

Qué generoso. ¿También prestas tu coche?

Damián (22:43):

Solo si sobreviviste a la sopa de esta tarde.

Me reí en voz baja. El pecho me dolió un poco, pero no me importó. Quizás no era la conversación más trascendental del mundo…
Pero por primera vez en días, me sentía un poco menos enfermo.
Un poco más yo.
Y por mucho que no quisiera admitirlo… me gustaba molestarlo.
Tal vez mañana lo haría de nuevo. Solo por costumbre.
O solo para que siguiera contestando.

A eso de las doce en punto, justo cuando estaba empezando a quedarme dormido otra vez después de una mañana lenta y sin incidentes, escuché cómo se abría la puerta con ese sonido suave que hacen cuando alguien intenta no molestar. Pero lo reconocí al instante. Había algo en la manera en que caminaba, en su forma de cerrar con cuidado, que era inconfundible.

-¿Cómo llevas la mañana?-
preguntó Damián mientras se acercaba con su tablet en mano y su bata un poco arrugada en los bordes.

-Pesada-respondí con voz algo pastosa, mientras intentaba acomodarme contra la almohada-Pero al menos no tengo ganas de vomitar el desayuno.

-Eso está bien-dijo, ya con tono más profesional, mientras se sentaba en el borde de la cama y revisaba el monitor a mi lado-¿Dolores de cabeza, náuseas, mareos?

-No, por ahora no. Anoche no vomité, de hecho-añadí con cierta satisfacción.

Damián levantó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa.

-Lo sé. Leí el informe. “Noche sin incidentes”. Así, textual.

-Eso significa que ya deberías dejarme conducir tu coche-le dije, tratando de sonar serio, aunque no pude evitar que se me escapara una media sonrisa.

Él soltó una risa breve y bajó la mirada, negando con la cabeza.

-Ya, cuando termine mi turno, vengo a buscarte. Prepara el carnet falso.

-Hecho-bromeé, dejándome caer un poco más contra las almohadas.

Él me observó unos segundos, y luego se levantó para anotar algo más en la tablet.

-Duerme un poco-murmuró con suavidad.

Y eso hice. Cerré los ojos mientras su silueta desaparecía tras la puerta. El silencio me envolvió de nuevo. No había dolor. Solo el sonido constante de fuera. Me dormí con una sonrisa que ni el cansancio me pudo quitar.

Sobre las siete de la tarde, Damián vuelve a aparecer. Yo estoy más espabilado, gracias a que por fin pude dormir sin retorcerme del dolor. Va vestido como una persona normal: sudadera gris claro, vaqueros oscuros, deportivas negras. Trae una bolsa de una tienda de ropa en la mano y una sonrisa que intenta ser neutral, pero no le sale. No con ese brillo travieso en los ojos.

-¿Qué…?-pregunto levantando una ceja.

-¿No querías conducir?-
responde, como si fuera lo más lógico del mundo.

-¿En serio?

-Sí.

-Damián, no tengo carnet-
replico, mirándolo con cara de “estás completamente loco”.

-Y yo no debería dejar que un paciente con un parásito y fiebre toque un volante, pero... -se encoge de hombros con teatralidad-...aquí estamos.

No tengo fuerzas para discutir y, sinceramente, suena tan tentador que solo asiento y bajo de la cama con cuidado. Cojo la bolsa y la abro. Dentro hay una camiseta blanca interior, una sudadera blanca me queda enorme, como si me estuviera escondiendo dentro de una nube y unos pantalones deportivos grises. Por suerte, me están bien de cintura. Me pongo mis converse blancas, que por alguna razón estaban guardadas en la taquilla de mi habitación.

-Listo-digo, sintiéndome como un humano normal por primera vez en días.

Salimos por una de las entradas del hospital, con el pretexto de que es una “salida terapéutica supervisada”. Y claro que nadie va a llevarle la contraria.

El aire de la tarde me da en la cara, y se siente bien, fresco, como si algo en mi interior respirara después de días encerrado.

Me lleva hasta su coche, un Mercedes blanco que brilla más que mi futuro, y arranca mientras yo me abrocho el cinturón. La radio suena bajita con música jazz instrumental, y él me mira de reojo.

-¿Cómo te sientes?

-Como si todavía tuviera el alma en cuarentena-respondo-
Pero el aire ayuda.

-Buen síntoma. El sarcasmo ha vuelto.

-Gracias. ¿Y tú? ¿Tuviste un día decente salvando vidas?

-Más o menos. Un abuelo me llamó “doctor guapo” mientras me vomitaba encima.

-Romántico.

-Muy. ¿Y tú? ¿Conseguiste coquetear con alguien más bajo sedación?

-No te rías-me quejo mientras él se echa a reír.

Después de unos minutos de charla ligera, llegamos a un descampado tranquilo en las afueras de la ciudad. Es de esos lugares que solo la gente que da clases prácticas conoce bien. Hay conos, marcas de goma quemada, y el silencio suficiente para que un grillo cante su triste canción de “aquí no pasa nada”.

-¿Estás seguro?-pregunto mientras intercambiamos posiciones.

-Tú lo pediste.

Me siento frente al volante, acomodo el asiento, y por un segundo me siento poderoso.

-Vale. Freno. Embrague. Marcha. Ay Dios.

-No me mates, por favor-dice él con un tono dramático.

Arranco. El coche da un pequeño salto y luego se detiene en seco.

-Eso ha sido... impresionante -ironiza Damián.

-Cállate, estoy canalizando a Vin Diesel.

-Pobre Vin.

-¡Voy en segunda!-grito mientras el coche por fin avanza recto.

-Y yo estoy viendo toda mi vida pasar frente a mis ojos.

-¡Tu fe en mí es abrumadora!

Nos reímos. Es ridículo, lo sé. Pero es lo más cerca que he estado de sentirme libre en semanas. Una tontería. Una terapia poco ortodoxa. Pero funciona.

-Eres un peligro al volante, pero...no está mal-dice, mientras aparco torpemente.

-Gracias. ¿Eso fue un halago?

-No. Fue caridad.

Lo miro. Él me devuelve la mirada con una sonrisa suave.

Después de un rato en el que el silencio se volvió cómodo, solo roto por mis intentos torpes de aparcar sin atropellar un cono, Damián suspiró suavemente y dijo:

-Tenemos que volver.

Asentí, aunque me bajó un poco el ánimo. Estaba tan bien aquí, como si el mundo real no existiera, como si el hospital no fuera más que un mal sueño. Nos bajamos y cambiamos posiciones. Él volvió al asiento del conductor, y yo me acomodé en el copiloto, abrazando la sudadera con las manos dentro del bolsillo central.

-¿Sabes que me merezco un diploma por no haberte estampado contra un árbol?-
dije mientras salíamos del descampado.

-Definitivamente. Uno plastificado y enmarcado. Te lo mandaré por correo-
respondió con una sonrisa.

-Espero que incluya una carta de recomendación.

-"Condujo una vez y no mató a nadie." Letra grande, firmada por mí.

-Perfecto. Lo enmarcaré encima del váter.

Nos reímos. La carretera se extendía tranquila delante de nosotros, las luces del atardecer empezaban a apagar los bordes del cielo. Me incliné un poco hacia la ventana, sintiendo el calor del aire. La música volvía a sonar bajito.

Entonces lo sentí.
Su mano.
En mi pierna.

No hizo nada más. Solo la dejó ahí, como si no fuera algo importante. Como si fuera lo más natural del mundo.

Pero no lo era. Al menos no para mi corazón, que empezó a acelerarse como si volviera a estar al volante, esta vez sin frenos.

No dije nada. Solo bajé un poco la cabeza, fingiendo que miraba el paisaje por la ventana, aunque lo único que podía ver era su perfil reflejado en el cristal.

Sereno. Concentrado. Tan suyo.

Y mi pierna... quemaba donde su palma descansaba.

-¿Te sientes mejor ahora?-
preguntó de pronto, como si no estuviera robándome el aliento con el tacto más sutil del mundo.

Tragué saliva.

-Sí-respondí sin mirarlo-Me hacía falta esto. Solo... sentirme normal por un rato.

Él asintió.
Y no quitó la mano.

-Mejorarás-dijo Damián, mientras aparcaba frente al hospital. No fue un comentario condescendiente ni de esos que se dicen por decir. Sonó sincero. Seguro. Como si supiera lo que decía. Como si lo estuviera prometiendo.

Me giré hacia él, con el cinturón ya quitado y la mano en la manilla de la puerta.

-Gracias por sacarme-dije, sin mirarlo del todo. No quería que viera la expresión medio tonta que se me había quedado. Esa mezcla entre niño feliz y adolescente nervioso que ni yo sabía controlar.

Él no respondió de inmediato. Solo bajó también y rodeó el coche para acompañarme.

-No hacía falta que me trajeras hasta la habitación, ¿eh?-le dije mientras caminábamos por el pasillo-¿Qué dirán los demás médicos si te ven arropándome en la cama? ¿Un favorito? ¿Un crush del ala oeste?

-Dirán que soy un profesional muy dedicado-respondió sin inmutarse, abriendo la puerta de mi habitación-Y si alguien pregunta demasiado… les haré revisar diez mil informes.

-Abuso de poder, señor Wayne. Lo denunciaré a Recursos Humanos.

-Hazlo. Pero recuerda que soy Recursos Humanos.

Solté una risa, de esas que te hacen sentir en casa. Me senté en la cama con cuidado, acomodándome. Tenía cero ganas de cambiarme.

-¿También vas a arroparme?-le pregunté, levantando una ceja.

Damián se inclinó un poco, con esa media sonrisa que me hacía querer taparme la cara con una almohada.

-No, Jon. Pero puedo hacerte un té. Con extra de sarcasmo si insistes.

-Perfecto. Lo quiero con una galleta y cero dignidad.

Él negó con la cabeza, conteniendo la risa mientras iba hacia la puerta.

-Duerme, idiota.

-Dulces sueños, doctor.

Y lo vi salir. Dejando la habitación más cálida de lo que estaba cuando llegamos. Como si esa mano en mi pierna, esa voz segura, esa compañía... fueran el mejor tratamiento.

Aunque por la noche, mientras el hospital dormía y el leve zumbido de las máquinas era el único ruido en la habitación, me encontré con el pecho oprimido y la cabeza dando vueltas.

Me intentaba convencer.
De verdad lo intentaba.

Me repetía que no podía volver a enamorarme de él. Que Damián solo está haciendo su trabajo, que es médico, que cuida de mí porque es su responsabilidad, no porque aún haya algo entre nosotros. No porque quiera volver.
No porque me mire como antes.
No porque...

Pero entonces recordaba su risa cuando me salí del carril con el coche, su mano en mi pierna cuando volvíamos, cómo me acompañó hasta la cama...

Y esa maldita voz interior, la que siempre aparece cuando menos la necesito, susurraba:

¿Y si sí? ¿Y si siente algo aún? ¿Y si tú también?

Me giré en la cama,
envolviéndome en las sábanas como si pudiera esconderme de mis propios pensamientos.

No. No debo confundirme.

Esto no es amor.

A la mañana siguiente, me sentía mejor. No del todo, pero al menos no tenía náuseas y podía mantenerme sentado sin que me dolieran hasta las pestañas. Me duché con ayuda, desayuné un poco, incluso me animé a responder correos del instituto. Todo apuntaba a que iba a ser un buen día.

Pero Damián no vino.

Y al día siguiente… tampoco.

No lo vi rondar por los pasillos. No apareció con sus preguntas rutinarias, su mirada atenta, su voz diciendo que tenía que comer más o que dejara de quejarme tanto por las pastillas. Nada. Pensé que quizá estaría de descanso, pero no era fin de semana. Los médicos a veces rotaban, claro, pero siempre me avisaba.

Y no lo hizo.

Así que dejé de darle vueltas. Cogí el móvil, respiré hondo y le escribí:

"¿Dónde estás? ¿Te escondes o solo me estás dando un descanso de tus sermones?"

Lo mandé antes de poder arrepentirme.

Y entonces me quedé mirando la pantalla, esperando esos tres malditos puntitos que no aparecían.

Me respondió por la tarde, cuando ya no esperaba nada. El móvil vibró contra mi muslo mientras intentaba concentrarme en un ejercicio que Ricky me había dejado a medias. La notificación iluminó la pantalla. Era él.

Damián: “No me escondo. Me han trasladado temporalmente a otra planta. Turno completo. No te me mueras mientras tanto"

Releí el mensaje tres veces, buscando entre líneas algo más. Algo que no decía. No un “te echo de menos”, claro, porque eso sería pedirle demasiado. Pero un mínimo “me habría gustado verte”. Algo.

Me mordí el labio inferior antes de escribirle de vuelta.

Yo: “No prometo nada. Sin tus sermones me estoy volviendo más salvaje por minuto.”

El "visto" apareció rápido, pero no respondió. Y no sabía por qué, pero eso me dolió más que si no me hubiera escrito nada.

Suspiré, dejando caer la cabeza hacia atrás.
Tenía que dejar de buscar señales donde no las había.

Pero entonces mi móvil vibró otra vez.

Damián: “Prometo traerte helado cuando vuelva a verte. Si no te has escapado del hospital para entonces.”

Y sí… sonreí. Como un puto idiota.

La noche siguiente fue una pesadilla.

Todo empezó con una presión sorda en la base del estómago, como si algo se hubiera desacomodado. No le di importancia al principio. Pensé que era solo un retorcijón. Pero en menos de media hora, estaba doblado sobre el cubo que Ricky me había dejado por si acaso, vomitando hasta el alma.

Y lo peor no fue eso.
Lo peor vino después.

El dolor subió por mis piernas, por los brazos, por la columna. No era un dolor cualquiera. No era punzante. No era ardiente. Era como si una máquina invisible se hubiese puesto en marcha y estuviera triturando lentamente mis huesos, uno a uno, sin prisa pero sin pausa. Como si me estuvieran comprimiendo desde dentro.

El botón de emergencia fue lo último que alcancé antes de que la náusea me dejara sin fuerzas. Vinieron rápido. Tres enfermeros. Uno me sujetó. Otro me tomó el pulso. El tercero me habló, pero no escuché.

Solo recuerdo la aguja entrando en mi brazo.
Y la morfina.

El mundo se volvió lento.
La máquina invisible aflojó su agarre.
Mis músculos dejaron de luchar.
Mi cuerpo, exhausto, se rindió al alivio artificial.

Estaba sudando frío, empapado, temblando.

-Tranquilo, Jon. Ya pasó-dijo alguien, no sé quién-Ya está entrando la medicación.

Quise preguntar si iba a morirme. Pero ni siquiera pude abrir la boca. Todo era un susurro a lo lejos, como si el hospital ya no existiera.
Como si yo flotara en otra parte.

Una parte en la que dolía menos…Pero en la que también estaba completamente solo.

Estuve toda la mañana siguiente medio ido, la morfina todavía en mis venas, dejándome en ese estado flotante en el que todo parece un sueño o una canción lenta que no termina de arrancar. Me sentía mejor, sí. Pero era una mejora artificial, como si mi cuerpo hubiese firmado una tregua temporal con el dolor.

La puerta se abrió suave, y por la rendija entró Damián.

Vestía su bata blanca, las mangas ligeramente arremangadas, y en la mano traía su tablet. A pesar de todo, no pude evitar que se me escapara una sonrisita, incluso con los ojos a medio abrir.

-¿Vienes a comprobar si sigo respirando?-murmuré.

Damián cerró la puerta tras de sí y caminó hasta la cama.

-Más o menos-Sus ojos repasaron la gráfica que colgaba del pie de cama y luego volvió la vista a mí-¿Qué sentiste anoche? Antes de que te inyectaran la morfina.

-¿Físicamente o emocionalmente?-arqueé una ceja.

-Físicamente, Jon.

-Oh, porque emocionalmente me sentí abandonado, traicionado y con muchas ganas de un abrazo-dije fingiendo dramatismo, girando la cabeza hacia él-Pero si hablamos del cuerpo... fue como si me hubiese atropellado un tren. Uno de esos de carga.

Damián se acercó con calma, revisando mis signos en la tablet.

-¿Y antes del tren? ¿Antes de que el dolor se volviera insoportable?

-Me ardía el estómago, me sentía raro... como si algo se me revolviera por dentro. Pero lo peor vino después. Todo me dolía. Hasta las pestañas.

-Eso es por la inflamación que produce el parásito cuando se mueve-explicó, más serio-Estoy ajustando el tratamiento con Susy. Vamos a hacer algo más agresivo, pero efectivo.

-¿Agresivo?-pregunté con cara de niño asustado-¿Más inyecciones? ¿Más horas viendo el techo con dolor?

-Más monitoreo. Más control. Menos libertad.

Hice un puchero.

-Suena a una relación tóxica.

-Lo es. Pero con tu cuerpo.

-Hoy estás muy guapo

-¿Otra vez coqueteando?

-¿"Otra vez"? ¡Calumnia!-
exclamé con fingida indignación-Yo no coqueteo, Damián. Solo aprecio la estética. Y tu estética, hoy, está en modo “Grey's Anatomy versión oscura”.

Él soltó una carcajada baja, la de esas que se escapan sin querer.

-¿Sabes lo que sí sentí anoche?-le dije más bajo, dejando el tono bromista-Sentí que podía desaparecer en cualquier momento. Así de rápido. Y... no me gustó. Me dio miedo.

Damián me miró unos segundos sin decir nada, hasta que por fin dijo:

-No vas a desaparecer, Jon. No si yo puedo evitarlo.

Me sonrió, y por un segundo... no sentí nada de dolor.

Lo miré con una sonrisita ladeada, de esas que solo me salen cuando la cabeza me va medio segundo por delante del sentido común. Él estaba ahí, tan cerca, tan jodidamente cerca que hasta el olor de su colonia esa que me envolvía.

-Podría darte besitos por el cuello…-murmuré con voz baja y arrastrada, como si estuviera compartiendo un secreto.

Damián alzó una ceja sin sorprenderse demasiado.

-Y después podrías... no sé, cerrar los ojos mientras te paso la mano por el pelo. Sé que eso te encanta-seguí, más bajito-Siempre te relaja.

Vi cómo su mandíbula se tensaba y el brillo divertido que cruzó sus ojos un segundo antes de que soltara un leve bufido.

-Duerme-ordenó con tono seco pero con una paciencia peligrosa-O te aumento la dosis de calmantes hasta que se te pasen esas ideas raras.

-No quiero.

Y estiró la mano hacia el cable de la vía que colgaba al lado de la cama.

-¡Vale, vale!-exclamé enseguida, levantando las manos como si me rindiera en una guerra invisible-Paz, doctor. Me callo. Mis labios están oficialmente sellados.

Damián no dijo nada. Solo negó con la cabeza mientras volvía a colocar bien el sensor de mi muñeca y revisaba que todo siguiera en orden. Pero estoy casi seguro de que su sonrisa, aunque escondida, se había quedado atrapada en la curva de sus labios. Y durante los segundos que siguieron, mientras el silencio regresaba a la habitación, me di cuenta de algo…

Él seguía ahí. Y eso, por ahora, era suficiente.

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