-8-
Jon
-Tienes que comer algo-dice Damián desde la silla junto a mi cama, con su tono firme, pero sin llegar a sonar duro.
Lo miro. Luego miro la bandeja sobre la mesita, con esa sopa humeante y un poco de arroz blanco. Y no sé si es el olor, el recuerdo o mi cuerpo ya anticipando lo peor, pero trago saliva con dificultad.
-No puedo-susurro, bajito.
Damián se inclina un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas. Su mirada se vuelve más suave, pero mantiene esa fuerza detrás de los ojos.
-No es una opción, Jon. Necesitas fuerza. Sin alimento tu cuerpo no puede pelear.
-¿Y si lo vomito otra vez? ¿Eh? ¿Y si en cuanto me lo meta a la boca, termino doblado sobre el cubo?-Mi voz tiembla. No lo disimulo. Estoy agotado de sentirme así. De este miedo absurdo a un plato de sopa.
Él suspira despacio y se levanta. Camina hasta el lado opuesto de la cama y se sienta con calma. No se burla. No minimiza. Solo me mira.
-Si vomitas, limpiamos. Si te duele, ajustamos el tratamiento. Pero si no intentas, Jon, no salimos de esta.
A veces me odio por lo mucho que confío en él. Porque con solo estar ahí, haciéndome sentir que puedo apoyarme, las defensas me tiemblan.
-¿Te quedas mientras lo intento?-pregunto, con la voz más baja de lo que me gustaría admitir.
-Claro que me quedo-
responde, casi como si fuera obvio.
Agarro la cuchara. Mis manos tiemblan. Damián no aparta la mirada. Y aunque siento que en cualquier segundo la náusea puede ganar... también siento que no estoy solo. Y eso, tal vez, sea lo único que me salve esta vez.
Damián se recuesta un poco más en la silla mientras yo sigo peleándome con la sopa a sorbos pequeños. Lo escucho mover algo y cuando levanto la mirada, está mirando la pantalla de mi móvil, donde claramente se ve la imagen congelada de Los Bridgerton.
-¿En serio estás viendo esto? -pregunta, con una ceja levantada y una sonrisa apenas contenida.
-Sí, ¿y qué? Es adictiva-
respondo con la cuchara a medio camino-Y no me digas que no la conoces, porque en tu cara hay juicio... pero también reconocimiento.
-No la he visto-dice, aunque su tono lo delata-Pero he escuchado a más de una persona en el hospital hablando de “el Duque” como si fuera un plato fuerte.
-Lo es. Es un manjar visual, Damián. Un regalo de Dios. Y además… los trajes, los bailes, los líos amorosos... Es puro drama refinado.
Damián suelta una risa suave, cruzándose de brazos.
-Entonces ahora te va el romance victoriano. Me sorprende que no estés viendo documentales sobre infecciones estomacales.
-Ya tuve suficiente realismo con este parásito-respondo rodando los ojos-Prefiero las tonterías románticas de época que me hacen olvidar que tengo agujetas hasta en el alma.
Él asiente, divertido, y se inclina un poco más hacia mí.
-¿Y cuál es tu personaje favorito?
-Penelope-respondo sin dudarlo-Porque se la subestimaba, y luego... ¡zas! Realeza del chisme. Poder oculto.
-Te identificas un poco, ¿eh?
-¿Con lo de tener secretos? Puede ser.
Él sonríe. Mira la pantalla otra vez.
-Tal vez deba verla.
-Podríamos ver un capítulo juntos-suelto, como quien no quiere la cosa.
Damián ladea la cabeza, como si lo pensara en serio, y luego se encoge de hombros.
-Pero solo si no me das una crítica del Duque cada vez que lo veas sin camisa.
-Trato hecho-digo, y por primera vez en días, la sopa me sabe a algo.
Y después me tomo la medicación y me quedo dormido. Últimamente duermo mucho, pero prefiero estar torcido de dolor que completamente drogado. Sobre las ocho y pico, cuando la enfermera se está llevando mi cena a medio terminar, él aparece. Vestido de persona normal.
Una sudadera azul marino, jeans, el pelo un poco más desordenado de lo habitual. Sinceramente, no me esperaba verlo tan pronto otra vez.
-¿Vienes a verme o a ver Los Bridgerton?-le pregunto con una media sonrisa, la voz aún algo ronca por la siesta.
-Ambas-responde mientras se acerca-Dijiste que íbamos a ver los siguientes capítulos.
Coloca la mesita móvil frente a la cama y apoya el móvil en la botella de respaldo que suelo usar de soporte improvisado. Se acomoda en la silla, como si se conformara con verla desde ahí. Pero yo le hago un gesto, dando golpecitos a la cama.
-Te puedes tumbar conmigo, si quieres.
Él me mira, dudando.
-¿Seguro?
-Siempre que tú sujetes el móvil. Yo tengo las manos secuestradas por el cansancio.
Parece que aún se lo piensa, como si el profesionalismo lo apretara en los hombros. Pero entonces se quita las deportivas, mueve la silla y se tumba a mi lado con cuidado, como si no quisiera romperme. Lo miro por el rabillo del ojo mientras le paso el móvil.
-Vamos a empezar desde el principio. Es más divertido cuando lo comentas con alguien.
-¿Vas a ir parando cada dos minutos para darme contexto?
-Obvio-le sonrío mientras acomodo una almohada más cerca de él-Esto es una clase intensiva de drama con corsets y miradas intensas.
-Estoy listo para aprender-dice con tono burlón, aunque ya está dándole al play.
La serie empieza, y durante los primeros cinco minutos ninguno dice nada. Solo se escucha la música orquestal elegante y las voces con acento británico llenando la habitación. Yo estoy recostado de lado, medio tapado con la sábana, y él está a mi lado, sujetando el móvil con una mano, el brazo ligeramente estirado. A veces, sus dedos rozan los míos, y yo finjo que no me doy cuenta.
-¿Este es el duque?-pregunta Damián, frunciendo un poco el ceño cuando aparece Simon por primera vez en pantalla.
-Sí. El hombre más guapo de esta temporada. Pero tiene más traumas que una sala de urgencias-le respondo con un tono divertido.
-¿Y esta?-señala a Daphne con un gesto.
-La hija perfecta que empieza a romper las reglas. Va a dar de qué hablar, créeme.
Damián asiente, con una mueca que parece aprobación, aunque no aparta la vista del móvil. Su cuerpo está cálido al lado del mío. No está exactamente tocándome, pero la cercanía es una línea tan fina que se siente como un roce constante.
-¿Y ese quién es?-vuelve a preguntar cuando aparece Lady Danbury.
-La jefa. La diosa. Si ella habla, tú escuchas-le digo mientras trato de acomodarme mejor sin mover mucho la pierna que tengo dolorida.
-Entiendo por qué te gusta esta serie-comenta con una sonrisa en los labios-Está llena de gente dramática y bien vestida. Literalmente tú.
Le pego suavemente con la almohada más cercana.
-No taaaanto.
-Claro que no, Bridgerton-
responde, riendo por lo bajo.
Seguimos viendo otro episodio. En una escena intensa, me muevo un poco más cerca sin pensarlo, como si me acurrucara inconscientemente. Él no dice nada, solo baja un poco el volumen para no molestar si me quedo dormido. Pero no quiero dormir. Quiero quedarme aquí, en este momento. Riéndonos cuando Anthony toma decisiones estúpidas, quejándonos de Lady Featherington, compartiendo el calor de una pantalla y el silencio cómodo entre dos personas que, a pesar de todo, se siguen encontrando.
Y en un momento cualquiera, en medio de un diálogo agitado entre los personajes, noto que Damián me mira. No dice nada. Solo me observa. Y yo, con la garganta seca, murmuro:
-¿Qué?
Él niega con la cabeza suavemente, con una sonrisa pequeña.
-Nada. Es solo que... te ves mejor hoy.
Me encojo de hombros.
-Será por tu presencia-bromeo, aunque mi voz suena más suave de lo que esperaba.
-Tienes fiebre, seguro-
responde con una risa baja, y volvemos a mirar la pantalla.
Y seguimos así. Juntos. Hasta que el episodio termina. Y le pido otro más. Solo uno más.
Vemos muchos más. Perdimos la cuenta después del cuarto capítulo, pero él no se quejó. De hecho, hubo un momento en el que se rio de verdad, de esos que le hacen cerrar los ojos y mostrar los hoyuelos. Y supe que, aunque no lo diría en voz alta, también le estaba gustando.
El duque ya se había metido en líos amorosos, Daphne ya empezaba a descubrir cómo funciona el mundo, y nosotros… bueno, nosotros estábamos ahí, compartiendo el silencio, el drama, y los pequeños comentarios sarcásticos que hacíamos al oído del otro.
En algún punto, Damián pasó su brazo por debajo de mi cabeza, acomodándome sin que yo lo pidiera. Su cuerpo, cálido, firme, estaba medio envuelto por la manta, y su perfume era sutil pero presente. Empezó a trazar caricias lentas, suaves, apenas rozando mi hombro y bajando por mi brazo, como si tuviera todo el tiempo del mundo para memorizar cada parte de mí.
No decía nada. Solo me acariciaba con una delicadeza que desarmaba, que me hacía sentir seguro. Yo tenía los ojos entrecerrados, mi respiración ya era más lenta, y notaba cómo mis músculos, que llevaban días en tensión, empezaban a rendirse.
-¿Te duele?-preguntó en voz baja, con los ojos todavía fijos en la pantalla.
Negué con un leve movimiento de cabeza.
-Ahora no.
Lo digo tan bajito que no estoy seguro de si lo dije en voz alta o solo lo pensé. Pero él apretó un poco su abrazo, y entendí que lo había escuchado.
Y así nos quedamos.
Me despierto de golpe. No por un ruido. No por una pesadilla.
Sino por el dolor.
Como si cada articulación empezara a gritar al mismo tiempo. Me arde el pecho, los muslos me punzan, y hasta mis dedos parecen no querer moverse sin protestar.
Al principio no entiendo bien dónde estoy. Hay una respiración suave al lado de la mía. Miro con cuidado.
Damián. También está dormido, medio girado hacia mí, con una mano aún descansando sobre mi brazo, como si incluso dormido supiera que estaba ahí.
-Damián…-susurro, y apenas me sale la voz. Aprieto los labios-Damián… me duele.
Él parpadea, como saliendo de un sueño profundo. Tarda un segundo en ubicarse, pero en cuanto sus ojos se enfocan en mí y nota mi expresión, se incorpora. Ya está en modo médico.
-¿Dónde, Jon? ¿Dónde te duele más?
-Todo… pero los brazos… y el pecho… joder, como si algo me estuviera rompiendo desde dentro…
-Vale, vale. Tranquilo. No te muevas-dice con una calma que me alivia y me cabrea al mismo tiempo. Sale de la habitación menos de un minuto y cuando vuelve me explica con voz baja y clara.
-Voy a ponerte un analgésico por vía intravenosa. Este no te va a tumbar como la morfina, pero te va a quitar buena parte del dolor en unos minutos. ¿Vale?
Asiento, tragando saliva.
-Voy a desinfectarte primero, no te muevas.
Su tacto es preciso, firme, pero no deja de ser cuidadoso. Me habla mientras trabaja.
-Puede que sientas un poco de presión cuando entre el líquido, pero eso es normal. Tu cuerpo está cansado. No es culpa tuya, no estás haciendo nada mal.
-Lo sé… pero joder…-respiro hondo mientras lo veo insertar la aguja con destreza-A veces parece que no voy a salir de esto.
-Vas a salir-Su tono no deja espacio para la duda. Lo dice como una promesa. Como una certeza-Estoy aquí, ¿no?
Y sí. Está aquí.
Sujeta la jeringa con una mano y la mía con la otra, hasta que todo empieza a arder menos.
Hasta que respirar vuelve a parecer algo que puedo hacer sin llorar. Hasta que dejo de pensar en el dolor y solo siento su pulgar, acariciando el dorso de mi mano.
Y entonces, por fin, empiezo a dejarme caer otra vez. No al sueño… sino al alivio.
-¿No te vayas-murmuro mientras me vuelvo a acurrucar en la cama, sintiendo cómo el calor del analgésico empieza a recorrerme, como si al fin mi cuerpo bajara la guardia un poco-Quédate... vuelve a dormir conmigo.
Lo digo sin mirarlo, con la voz tan bajita que apenas la reconozco. Él está de pie junto a la mesita, con un bolígrafo en mano, anotando algo en el papel que suelen dejar ahí para registrar los controles. Su letra es firme, clara, aunque no alcanzo a distinguir qué escribe exactamente.
Por un segundo no contesta. Luego, sin levantar la mirada, dice:
-No quiero que te sientas observado mientras duermes.
-No me molesta…-susurro-Me molesta más cuando no estás.
Mi voz suena tan rota que me doy pena. Y aún así, no me callo.
Porque lo sé. Sé que antes estábamos a gusto. Porque me acuerdo de su brazo bajo mi cuello. Porque me acuerdo de sus dedos acariciando mi brazo. De cómo se rió con esa escena tonta de los Bridgerton.
De cómo, por un ratito, no dolía tanto nada.
Sé que soy patético.
Sé que debería darme vergüenza decirle que se quede.
Pero ese es mi problema.
Nunca supe soltar bien las cosas que me hacen bien, aunque vengan con consecuencias.
Aunque venga él.
Escucho cómo guarda el bolígrafo.
No dice nada.
Y luego, con esa misma calma de siempre, se acerca, se sienta al borde de la cama, se quita otra vez las zapatillas…
y se acomoda detrás de mí.
Lo siento respirar cerca de mi cuello. Pasa su brazo por encima de mi cintura, como si no se hubiera ido nunca.
No dice “te voy a cuidar.”
No dice “esto está bien.”
Pero me abraza.
Y eso, ahora mismo, lo es todo.
La mañana siguiente me despierto un poco más despejado, aunque el cuerpo sigue doliendo como si hubiese pasado la noche en una pelea callejera. A mi lado, la cama está vacía. Damián ya no está. No sé cuándo se fue, pero en la mesita sigue su letra en la hoja de observaciones, con su firma al final.
Entonces me viene una duda a la cabeza. Una bastante jodida.
¿Podrían echarlo?
Quiero decir... es uno de los médicos jefes. Pero también soy su paciente. ¿Dónde coño entra la ética profesional cuando el médico decide quedarse dormido abrazando a su paciente después de ver cuatro episodios de Los Bridgerton?
Me siento en la cama con dificultad, buscando una posición que no me haga sentir como si mis costillas fuesen a romperse. Y entonces me acuerdo de algo que me dijo Conner.
Su familia es dueña del hospital.
Joder.
Entonces no. No pueden echarlo. Ni aunque alguien lo viera conmigo en la cama, ni aunque alguien lo grabase, ni aunque le pusieran una queja formal. Porque si tu apellido es Wayne y encima llevas una bata de médico con bordados plateados, no hay reglas que apliquen igual.
Y eso me jode. No por él, sino por mí.
Porque por mucho que me abrace. Por mucho que diga que me cuide. Por mucho que me guste tenerlo cerca…
Yo sigo siendo el paciente. El que tiembla cuando le sube la fiebre. El que está tragando pastillas como si fueran caramelos. El que no puede hacer flexiones sin sentir que se va a romper.
Y él es el médico.
El Wayne.
El intocable.
Y yo… solo soy yo.
Decidí desayunar poco. Apenas un par de tostadas a medio terminar y un té que se enfrió antes de que le diera un segundo sorbo. La enfermera me miró con esa cara que ponía cuando sabía que estaba haciendo algo que no debía, pero no dijo nada. Solo apuntó en la hoja.
Y cuando llegó Ricky, con su sonrisa de siempre y ese ánimo imposible a las nueve de la mañana, le dije que hoy no me iba con él.
-¿Estás seguro?-preguntó con cuidado, como si supiera que las palabras podían rebotar distinto hoy.
-Sí-respondí sin dar muchas vueltas-Solo… no tengo cuerpo.
Ricky no insistió. Se quedó mirándome un segundo y asintió.
-Vale. Pero si necesitas algo, ya sabes.
Asentí, agradecido.
No era su culpa. Y lo último que quería era que pensara que lo estaba rechazando a él. Solo necesitaba ese día. Uno. Para no fingir que estaba bien. Para quedarme en la cama. Para dejar que el silencio hiciera lo suyo. O para que, con suerte, entrara alguien por esa puerta que no esperaba… aunque tampoco sabía si quería eso.
El sábado llega… y no hay rastro de Damián.
No me sorprende. No me enfado. Tiene su vida, sus turnos, sus días. No es mi enfermero personal. No es mi sombra. No es mío. Y aún así… cuando no aparece, siento el hueco. Siento su ausencia como quien estira el brazo en la noche buscando una manta y solo encuentra frío.
Pero entonces suena el móvil.
“No olvides comer bien. Cuídate.”
Un mensaje. Corto. Simple. Eficaz.
Y por dentro, me desarmo. Porque aunque sea solo un par de palabras, me hacen sentir visto.
Decido levantarme, caminar un poco por mi pasillo. Me cuesta, pero Ricky dice que es bueno. Que mantener el cuerpo en movimiento ayuda. No sé si me ayuda a sanar, pero al menos me distrae. Y, mientras camino, escucho a unas enfermeras hablar.
-El nuevo del turno B está tremendo…-dice una.
-¿Y has visto al fisioterapeuta? responde otra entre risas-Yo no iría a terapia, pero por ese hombre me dislocaría el hombro.
-A mí dame al doctor Wayne. Que me revise hasta el alma…
Me suelto una risa por lo bajo. No me sorprende. Lo he pensado mil veces. Damián tiene esa forma de existir que parece que la gravedad lo respeta. Que no lo toca. No me extrañaría que más de uno o una aquí haya tenido pensamientos indebidos en algún despacho. O más que pensamientos.
Camino un poco más, pero las piernas empiezan a doler. Así que me dejo caer en una de las sillas del pasillo. El mundo está tranquilo por unos segundos, hasta que mi mirada se tropieza con algo que no esperaba.
Una pareja.
Ella está como yo. Color ceniza, ojeras profundas, bata holgada. El tipo se inclina, le dice algo, y ella ríe. Ríe de verdad. Él le besa la frente, como si besarla fuese lo más natural del mundo. Como si la enfermedad no existiera. Como si ella no fuese frágil.
Y yo me siento… solo.
No es que esté abandonado. Mis padres hacen lo imposible por venir. Conner siempre está pendiente. Katy me manda memes. Jay aparece con tonterías solo para sacarme una carcajada. Incluso Tim, cuando tiene tiempo, pasa por aquí. Lo sé. Lo sé.
Pero el vacío no se llena con lógica. Y a veces, por mucho que me acompañen, me siento atrapado en un cuerpo que no responde, en una cama que no perdona, en un hospital que no se calla nunca. No quiero pedir más. Pero a veces… me pesa no tener a alguien que me abrace sin miedo. Que me susurre estupideces en el oído. Que me haga reír como si estuviera fuera de estas paredes.
Al volver de comer, mis padres aparecen. Conner también. Y con él…Tim. Me alegra verlos. Me hace sentir un poco más cerca del mundo. Más humano. Más vivo. Y por la tarde, Katy y Jay me sorprenden, con esa energía suya que siempre logra iluminarme aunque no lo diga en voz alta.
No estoy solo.
Lo sé.
Pero también sé que hay batallas que se pelean desde dentro. Que la peor soledad es la que te habita cuando tu cuerpo no coopera y tu mente va por libre. Y que todos los pacientes que como yo visten esta bata de hospital, compartimos una verdad silenciosa:
Por mucho que nos amen, por mucho que nos visiten, por muy cerca que estén…Esta guerra la peleamos solos.
Y cada victoria —levantarse, sonreír, comer, aguantar— es un acto de pura resistencia.
El domingo por la mañana solo duermo y como. No hay más. La energía que me queda es como el wifi en casa de mis abuelos: inestable, intermitente y frustrante.
Por la tarde, me obligo a levantarme y camino. No mucho, pero lo suficiente para sentir que no me estoy fusionando con el colchón. Esta vez me siento en uno de los bancos cerca del ventanal del pasillo. Desde ahí se ve cómo el atardecer empieza a pintarlo todo de naranja suave, como si el sol también supiera que es domingo.
Me quedo un rato mirando, sin pensar en nada. Mejor dicho, pensando en todo y nada a la vez. El cielo tiene ese tono que te da ganas de llorar y abrazar a alguien. Me levanto y me acerco a la ventana, necesito sentirla de cerca. Me apoyo, cierro los ojos, y dejo caer la cabeza contra el cristal. Un pequeño toc.
Nada grave.
Repito.
Porque soy así de idiota.
Pero esta vez, en lugar del vidrio frío, mi frente choca con algo... cálido.
Y blandito.
Me sobresalto y abro los ojos.
Una mano.
-¿Qué haces? ¿Practicando código morse?-dice una voz familiar, burlona.
Levanto la mirada.
Y ahí está.
Damián. No con su bata, no con su estetoscopio. Solo él. Camiseta de manga larga negra, y chaqueta, vaqueros, y esa sonrisa de medio lado que puede derretir una fábrica entera de helados.
-¡Joder! Me has asustado-le digo, llevándome la mano al pecho.
-Bueno, si vas a estrellarte contra algo, al menos que sea con estilo.
-¿Tu mano es estilo?
-Mi mano es patrimonio emocional-Levanta una ceja-
Cuidado, que cobra derechos de autor.
Suelto una risita.
-Solo quería ver el atardecer.
Él mira por la ventana y asiente.
-Aquí es bonito, pero conozco un sitio mejor.
Lo miro, dudando.
-¿Me vas a secuestrar?
-¿Te dejarías?
-Depende de si hay helado implicado.
-No, pero hay una vista de escándalo.
Antes de que pueda decir nada más, ya está girando sobre sus talones y haciendo un gesto con la cabeza.
-Vamos.
Le sigo, curioso. Cruzamos varios pasillos hasta llegar a uno más estrecho con un ascensor diferente, más pequeño, más escondido. Damián mete una llave y pulsa un botón que no había visto nunca: “Azotea”.
-¿Esto es legal?
-¿Tú me has visto cara de seguir muchas reglas?
No sé si es el ascensor subiendo o mi estómago haciéndome cosquillas por la expectativa, pero algo se me revuelve. Cuando las puertas se abren, el aire fresco de la azotea me golpea suavemente en la cara.
Y la vista…
La vista me quita el aliento.
Toda la ciudad extendiéndose ante nosotros, bañada por los últimos rayos de sol.
Es tan bonito que parece irreal.
-¿Qué tal el finde?-pregunta Damián, sin apartar la vista del cielo, aunque noto que su atención está más en mí que en las nubes.
-Lento-respondo, con un suspiro-Doloroso… aburrido… existencial.
-Una combinación deliciosa-
ironiza, esbozando una sonrisa ladeada.
-Y tú, doctor Wayne, ¿cómo ha sido tu glorioso fin de semana?
-Tranquilo y aburrido-responde, girando por fin la cabeza hacia mí-Se te echa de menos cuando no estás dando guerra.
Me río bajo, bajando la mirada hacia mis zapatillas.
-Estoy intentando no hacerme el protagonista todo el tiempo, sabes.
-Fracaso total.
-¿Eh?
-Es imposible no mirarte-dice con voz baja, como si no quisiera que nadie más lo oyera. Lo miro de reojo. Él está demasiado cerca.
No sé quién se acerca primero.
Quizás yo.
Quizás él.
Pero nuestros cuerpos empiezan a inclinarse, lenta, inevitablemente, como si estuviéramos atrapados en una gravedad suave que nos empuja el uno hacia el otro.
-Gracias por traerme-susurro, apenas audible.
-Gracias por venir-responde, sin apartar los ojos de los míos.
Y entonces pasa.
Nuestros labios se rozan apenas unos segundos. Suaves, como si preguntaran “¿puedo?”. Después se buscan de nuevo. Y se encuentran.
Es un beso tranquilo, sin prisas, sin fuegos artificiales ruidosos. Solo calor, y esa calma que te envuelve cuando por fin estás en casa.
Mis dedos se apoyan en su chaqueta. Los suyos acarician mi mejilla con una ternura que hace que se me humedezcan los ojos, sin saber por qué.
Cuando nos separamos, él no dice nada.
Solo me mira.
Yo tampoco.
Me quedo ahí, temblando por dentro.
Pero por primera vez en mucho tiempo, ese temblor…
no es miedo.
Y entonces me vuelve a besar.
No sé cómo reaccionar.
Mis labios apenas se mueven.
Mi cuerpo se tensa.
Y, casi sin pensarlo, doy un paso atrás. El aire entre nosotros se vuelve más frío, más denso.
-Si haces esto por pena…-
empiezo, con la voz apenas sostenida por un hilo.
-Una mierda por pena-me corta Damián, su voz firme, casi temblorosa de emoción contenida-Te beso porque te quiero.
Y ahí está.
El vértigo.
Esa sensación en el estómago, como si me hubiera tirado desde lo alto del hospital sin saber si hay red abajo.
Me lo dice así, con esa brutal sinceridad que siempre ha tenido, la que desarma y te deja desnudo sin tocarte.
Quiero decirle algo, pero no puedo. Las palabras se me agolpan en la garganta, como si estuviera demasiado lleno para hablar y, al mismo tiempo, completamente vacío.
Lo único que puedo hacer es quedarme ahí, mirándolo, sintiendo que el mundo se inclina, que todo cambia otra vez, justo cuando empezaba a acostumbrarme a vivir sin él.
-Deberíamos volver-dice él de repente, rompiendo la tensión, como si también necesitara un respiro, como si supiera que hemos cruzado una línea y que quedarse aquí arriba demasiado tiempo podría cambiarlo todo.
No lo dice con frialdad, ni mucho menos con indiferencia. Lo dice como quien elige ser el adulto responsable de los dos, el que toma el control porque sabe que el otro está tambaleandose.
Asiento.
No digo nada.
Solo lo sigo.
Bajamos en silencio por el ascensor, tan distinto al momento en que subimos. No hay bromas, ni sonrisas nerviosas, ni caricias robadas. Pero su mano roza la mía y se queda ahí, solo un segundo, como una promesa que no se dice.
Cuando entramos a la habitación, el aire se vuelve pesado. Como si la puerta hubiera sellado un vacío cargado de todo lo que no nos atrevemos a decir.
Me siento en la cama, no por comodidad, sino porque mis piernas no parecen querer sostenerme más. Siento cómo el corazón golpea desbocado, como si quisiera escaparse por la garganta. Las costillas se me cierran como un cepo, y la cabeza… la cabeza va por libre.
Una parte de mí grita “No. No puedes. Él otra vez será un error.” Y otra, más fuerte, más temblorosa y rota, ruge “BÉSALO OTRA VEZ, POR DIOS.”
¿Y si a él le pasa igual?
¿Y si también está en guerra consigo mismo?
-¿De verdad…?-empiezo, pero me tiemblan las palabras-¿De verdad no me has besado por pena?
Damián se queda quieto. No parece molesto. No parece dolido. Parece... firme. Como si esa pregunta no lo sorprendiera.
Se acerca un paso. Luego otro.
-¿Crees que yo te besaría por pena?-su voz es suave, pero clara, como si estuviera explicándome algo evidente-
¿Crees que yo siento pena por ti, Jon?
Levanto la mirada, me obligo a encontrar sus ojos.
+No lo sé. A veces me lo pregunto. Porque yo… no estoy bien. Y tú… estás aquí. Y haces cosas buenas por mí. Y tengo miedo de confundirlo todo-
confieso. Cada palabra cuesta. Cada palabra es un ladrillo arrancado de una pared que he tardado meses en construir.
Damián se agacha un poco, apoya una mano en el borde de la cama. Está cerca. Muy cerca .
-¿Sabes qué siento por ti, Jon? No es lástima. No es compasión. No es obligación-
Su voz baja, más íntima-Es cariño. Es afecto. Es deseo. Es respeto.
-Y sí-añade, con una leve sonrisa de lado-a veces me dan ganas de besarte hasta que se te olvide todo lo que duele. Pero no lo hago. Porque tú mereces claridad, no impulsos.
Yo trago saliva.
Me arden los ojos.
-No sé si puedo perdonarte del todo-susurro.
Él asiente despacio, como si ya lo supiera.
-No tienes que hacerlo ahora. Ni siquiera mañana. Solo… déjame estar. Cuando lo necesites. Cuando quieras. Pero solo si tú quieres.
Y por primera vez, en mucho, mucho tiempo…Siento que estoy completamente enamorado. Y eso es aterrador.
Esa noche la paso de un tirón. Sin pesadillas. Sin vómitos. Sin punzadas imposibles de ignorar. Solo sueño… y un silencio cálido que no recordaba en semanas. Cuando despierto, el cielo tras la ventana ya está iluminado por completo. Me estiro con torpeza. Me duele un poco la espalda, pero es un dolor soportable. Lo primero que veo al girar la cabeza es a mi médica entrando por la puerta. Susy. Gracias al cielo es ella.
-Buenos días, dormilón-dice con una sonrisa-¿Cómo te sientes hoy?
-Cansado, la verdad-respondo sin pensar, y ella asiente como si ya lo supiera.
-Hoy sí hay rehabilitación-me dice, sin perder el tono suave pero firme. Me lanza una mirada que no deja espacio a protestas.
Sus palabras me sacan una risa ronca. Me espabilo un poco más, me obligo a desayunar casi con ganas —tengo hambre, eso es buena señal—y me esfuerzo por vestirme despacio mientras espero a que Ricky venga a buscarme.
Cuando aparece en la puerta, como siempre con esa energía que me agota solo con verla, me lanza una toalla doblada por encima del hombro.
-¿Listo, campeón?-dice.
-Más o menos-respondo, poniéndome de pie con cuidado.
Durante la sesión, Ricky me pregunta si me duele al hacer ciertos movimientos. Y sí, me duele. Algunas partes siguen sensibles. Otras arden como si hubiera corrido un maratón con piedras en los zapatos. Pero hay avances, pequeños, torpes… pero reales.
Para cuando llega la hora de comer, estoy agotado. Pero me lo como todo. Todo. El cuerpo me lo pide y no me lo pienso dos veces. Arroz, pollo, verduras. Me siento medio humano otra vez.
Después, me acomodo de lado en la cama, agarro el móvil y empiezo a navegar sin rumbo. Por costumbre, abro Netflix. Casi pongo Bridgerton, pero freno. Esa quiero seguirla con Damián. Si es que quiere, claro. Si es que vuelve a venir.
Así que opto por algo más ácido, más viejo, algo que me haga olvidar las pastillas, los pinchazos y los huesos que todavía crujen cuando intento girar el cuello.
Doctor House.
Perfecto. Un médico borde, con mala leche y más problemas que yo. Ideal para pasar la tarde.
Sigo mi rutina. Me duermo un par de horas después de comer, y tras merendar, me levanto despacio, como si cada parte de mi cuerpo tuviera que recordarme que sigue ahí. Me calzo mis deportivas, esas que ya parecen más parte de mí que mis propios pies, y salgo al pasillo. A estas alturas ya me lo conozco de memoria: los tonos suaves en las paredes, el olor a desinfectante que nunca se va del todo, y ese murmullo constante de voces apagadas y pasos arrastrados.
Me cruzo con enfermeras sonrientes, familiares que llevan bolsas con comida o flores, y pacientes como yo, que intentan mantenerse activos, vivos, enteros. Algunos llevan el gotero a cuestas como si fueran arrastrando un fantasma. Otros caminan acompañados de sus parejas o sus padres, que les hablan bajito, con cuidado, como si fuéramos de cristal.
Y mientras camino, pienso.
A veces siento que estar en la habitación es peor, revolcándome en mi propia pena, dejando que la tristeza me trepe por las costillas como una enredadera oscura.
Y otras, simplemente quiero dormir. Dormir y sentirme una mierda sin tener que fingir que no lo soy.
Porque hay días en los que caminar por el pasillo no me da paz. Solo me recuerda lo jodido que está todo. Que sigo aquí. Que aún no me han dado el alta. Que mi cuerpo sigue fallando y que, aunque intento ser optimista, a veces el peso de esta enfermedad me gana la partida.
Pero sigo caminando.
Aunque sea solo para no rendirme.
Mi móvil vibra en el bolsillo del pantalón, un zumbido suave pero insistente. Lo saco con desgana, esperando alguna notificación de la serie que estaba viendo o tal vez un mensaje de mi madre… pero no. Es de Damián.
Damián: ¿Dónde estás?
No lo respondo de inmediato. Me quedo mirando la pantalla unos segundos con una sonrisita que ni intento disimular. Camino unos pasos más antes de apoyarme contra la pared junto a una de las ventanas.
Yo: ¿Me estás buscando, doctor?
Veo que escribe enseguida.
Damián: Jon…
Sonrío más.
Yo: Tal vez estoy explorando nuevos territorios. Tal vez estoy perdidísimo por los pasillos. Tal vez me uní a una secta de pacientes que ven la vida desde el ventanal.
Damián: ¿Estás bien al menos?
Yo: Entero, respirando y con mis calcetines bien puestos. ¿Eso cuenta?
Damián: Jon.
Esta vez no hay broma. Solo mi nombre. Claro. Conciso. Con esa forma suya de decir todo con una palabra.
Suspiro, como si rendirme fuera parte del juego.
Yo: Estoy en la tercera planta, ala norte. Justo al lado del ventanal grande.
Mientras espero, mi mente viaja por su cuenta, directa a la azotea. A ese instante exacto en que sus labios rozaron los míos. El frío del atardecer, el calor de su boca. El vértigo en el estómago. Todo.
Miro a la gente pasar frente a mí, ajenos, con sus vidas y problemas. Un niño llora, una enfermera bosteza, un señor mayor arrastra sus pies con paciencia. Y yo, atrapado en el recuerdo de alguien que ya viene. Entonces lo veo doblar la esquina y nuestras miradas se encuentran.
-Hola-digo con una voz tranquila. Casi normal.
-Hola-responde él, con ese tono que sólo usa conmigo. Como si de verdad le importara.
Empezamos a caminar despacio, sin rumbo definido por el pasillo, casi como si siguiéramos el compás del paso de los demás.
-¿Qué tal la mañana?-me pregunta.
-Bien…Ricky me ha torturado un poco, pero sigo vivo-
respondo con una media sonrisa, y luego lo miro-¿Y tú? ¿Cómo ha sido tu mañana?
-Más tranquila que ayer. Aunque he tenido que atender una operación que se alargó más de lo previsto-Me dice.
Y seguimos caminando. Lentos.
-¿Y te han pesado hoy?-
pregunta Damián de repente, rompiendo el silencio con ese tono suyo que es mitad médico, mitad hermano mayor sarcástico.
-¿Te refieres a si me han humillado colocándome en esa balanza del infierno?-le contesto alzando una ceja mientras él abre la puerta de su despacho.
-Vamos, no seas exagerado-
dice conteniendo la risa-Es solo para el control. Necesito ver si estás ganando peso o sigues compitiendo con una pluma.
-Qué cruel. Encima que me esfuerzo por comer tu maravillosa sopa hospitalaria…
-Al menos no estás vomitándolo todo-replica, ya con los papeles en mano, indicándome con un gesto que me suba a la báscula-Vamos, arriba.
Suspiro dramáticamente pero me quito las zapatillas y subo. Él observa la pantalla con los brazos cruzados, como si eso fuera una obra de arte.
-¿Y bien, doctor? ¿Sigo vivo?
-Milagrosamente, sí. Medio kilo más que la semana pasada. Es poco, pero es algo -dice, y anota el dato.
-¿Quieres que te abrace de la emoción? Porque puedo-
bromeo mientras me bajo y me vuelvo a calzar.
-No, gracias. Estoy en horario laboral.
-Tú te lo pierdes.
Él suelta una risa por lo bajo y luego, como si quisiera cambiar de tema lo más rápido posible, abre su agenda y se enfoca en otra cosa.
Yo aprovecho.
-¿Entonces qué? ¿Hoy toca más de los Bridgerton o ya te has cansado de mis comentarios?
-No lo he superado todavía, pero…sí, podemos ver un par de capítulos-dice, sin mirarme, mientras juega con un bolígrafo.
;¿Un par? ¿Seguro? Porque la otra noche nos vimos media temporada.
-Un error de cálculo-murmuraA veces uno subestima lo adictivo que puede ser un corsé bien ajustado.
-O lo bien que le queda el chaleco al duque-añado.
-Cállate, Jon.
-Lo tomaré como un sí. Bridgerton esta noche.
Aunque ahora prefiera hablar de peso, corsés y series…sé que sigue pensando en la azotea. Igual que yo.
-Creo que te voy a poner otra dieta-dice de repente Damián, aún hojeando mi historial, como si soltara la frase sin importancia.
-¿Qué? ¿Tan mal se me ve?-
respondo con una ceja alzada, intentando que suene a broma, aunque una parte de mí lo pregunta en serio.
Él levanta la vista, me mira por un segundo, y luego suelta una pequeña risa nasal.
-No es que te veas mal-dice, cerrando el expediente y cruzándose de brazos-Es que todavía estás muy por debajo del peso ideal, y si queremos que tu cuerpo aguante las sesiones de rehabilitación, necesitas más energía. Estás hecho un saco de huesos.
Estas bien pero en los hueso.
-Vaya halago profesional. ¿Eso se lo dices a todos tus pacientes?
-Solo a los que se creen modelos de pasarela con anemia.
-A mí no me importaría ser modelo. Me he acostumbrado a este look entre angelical y cadáver victoriano.
-No le digas eso a Ricky, que luego se preocupa-responde, y empieza a escribir algo en su libreta-Vamos a subirte las proteínas, añadir snacks entre comidas, y ver si conseguimos que te mantengas sin vómitos.
-¿Snacks? ¿Como galletas o barritas de esas que saben a cartón reciclado?
-Cartón caro-me corrige con una sonrisilla-Pero sí, algo así.
-Bueno…siempre que haya chocolate de por medio, puedo sobrevivir.
Damián sonríe mientras guarda el expediente.
-Hecho. Pero si no terminas la cena, no hay duques ni corsés para ti.
-Eso es maltrato emocional.
Esa noche no vemos nada.
Ni Bridgerton, ni risas, ni comentarios sarcásticos entre besos que nunca deberíamos estar dando.
Nada.
Porque me quedo dormido antes de que él llegue. Me despierto a medianoche con las luces apagadas y el móvil todavía vibrando con las notificaciones de alguna app que ya no recuerdo haber abierto. Supongo que no vino. O si vino, no me quiso despertar. Lo cual agradezco. En parte.
A la mañana siguiente es él quien me despierta.
Siento su voz antes de abrir los ojos, grave pero suave, más ronca de lo habitual. Me acaricia el hombro por encima de la manta, y me llama por mi nombre.
-Jon... arriba, campeón. Hoy no desayunas. Tienes pruebas en ayunas.
-¿Estás rompiendo nuestra rutina de desayuno romántico? -murmuro sin abrir los ojos.
-Te estoy salvando de potar las tostadas-responde con una sonrisa audible-Anda, arriba.
Abro los ojos lentamente. Él ya está vestido con el uniforme del hospital, pulcro y serio. Pero su cabello tiene un remolino rebelde a un lado y por un momento quiero estirar la mano y peinárselo con los dedos.
-¿Qué pruebas?-pregunto mientras me siento, medio dormido.
-Radiografía nueva, análisis de sangre, y una eco. Quieren ver cómo están tus órganos después de la última recaída.
-Guau. Me haces sentir especial.
-Lo eres. Especialmente frágil -añade con sarcasmo.
-Eso ha dolido.
-Espera al pinchazo. Eso sí va a doler-dice con una sonrisilla mientras me pasa la bata doblada-Te espero en cinco. Nada de dramatismos. No es cirugía a corazón abierto.
-No, solo mi dignidad la que van a extraer-respondo mientras me arrastro hasta el borde de la cama.
Él niega con la cabeza, riéndose por lo bajo, y sale de la habitación dejándome con el sonido suave de sus pasos alejándose por el pasillo.
Y el eco cálido de su voz revoloteando en mi pecho.
Joder, que ñoño me he levantado. Debe ser el dolor... o las pastillas de anoche que todavía me van por la sangre. O tal vez que no me despierten las alarmas de los monitores, sino la voz de Damián. Que aunque intente mantenerla profesional, tiene esa calidez velada que me hace querer aferrarme a ella más de lo que debería.
El caso es que me levanto, me visto con ayuda—más torpe que ayer—y lo sigo hasta la sala de exploración. Es amplia, luminosa, pero maldita sea si no la asocio ya con dolor.
Damián me ayuda a sentarme en la camilla. Tiene las manos frías al principio, pero luego se calientan. O será mi piel la que empieza a arder en cuanto me toca.
-Vamos a probar unos movimientos nuevos hoy-dice con ese tono que mezcla dulzura con firmeza, como si fuera un padre joven intentando convencer a su hijo de que las inyecciones no son tan malas-Si algo te duele, me lo dices.
-Si algo me duele, lo vas a ver en mi cara antes de que lo diga.
Se ríe por lo bajo. Luego llega el otro doctor, uno de esos que parecen haber salido de un catálogo de batas médicas. Es muy amable. Me habla con calma, me explica lo que vamos a hacer y entre los dos me guían por una serie de ejercicios que parecen inofensivos... al principio.
Hasta que no lo son.
Cuando me piden que me agache un poco más, que estire los brazos, que gire la cintura… mi cuerpo cruje como si fueran ramas secas después de una helada.
Y duele.
No como una punzada aguda, sino como un fuego manso que se va extendiendo poco a poco.
Cuando terminamos, estoy sudando y me tiemblan las manos.
El otro médico sale un momento a por unos informes o lo que sea, y yo me dejo caer contra la camilla como si fuera una almohada. Damián se queda revisando algo en una carpeta digital, pero lo miro y...
-¿Puedes pincharme algo para el dolor después?-¿Ahora?-me pregunta sin alzar mucho la vista.
-Después-repito, tragando saliva-Sé que me va a doler más esta tarde. Lo que acabamos de hacer… lo voy a sentir en el alma dentro de unas horas.
Él se queda callado unos segundos. Luego deja la carpeta a un lado, se acerca y, sin decir nada más, me pasa un brazo por los hombros.
-Claro que sí-murmura, y me da un beso en la cabeza.
Uno de esos que queman un poco.
Cierro los ojos, apoyando mi frente contra su cuello.
No debería...No debería necesitar tanto esto.
Pero es que cuando duele, cuando todo pesa…solo quiero quedarme ahí. Solo quiero que no se mueva.
Solo quiero no estar solo.
-No quiero que te acostumbres a la morfina-dice de pronto, con ese tono más serio, más médico que otra cosa-Ni a ningún otro calmante fuerte. Vamos a controlar el dolor, sí, pero también quiero que tu cuerpo aprenda a tolerar, a resistir, a sanar por sí mismo.
Asiento, tragando saliva. Lo entiendo. Tiene razón. Pero eso no significa que no me dé miedo. Que no esté cansado. Que no desee, a veces, no sentir nada.
-Sé que es jodido, Jon-añade con suavidad, mirándome-Pero estás haciendo un trabajo increíble. Estoy orgulloso de ti.
Y ahí se me traba la respiración.
No por el dolor, ni por las agujetas.
Sino por cómo lo ha dicho.
Por cómo me mira.
Joder…Yo lo miro también.
Y durante un instante eterno, no hay nada más.
Solo sus ojos y los míos.
Sus dedos todavía en mi brazo. Mi pecho que sube y baja con demasiada fuerza.
Su presencia que me envuelve y me arropa y me quema al mismo tiempo.
Quiero besarlo.
Joder que si quiero.
Y lo peor es que sé que él también. Lo veo en sus pupilas, en cómo su mano se aferra un poco más a mi hombro.
Se inclina.
Cierro los ojos.
Pero en lugar de sus labios, siento su frente apoyarse suavemente sobre la mía.
Un gesto cálido. Íntimo.
Silencioso.
-Vamos-susurra-Te acompaño a tu habitación.
Y aunque no me besa, aunque el momento no se rompe pero tampoco se concreta…
Salimos de la sala y caminamos por el pasillo en silencio, el eco de nuestros pasos mezclado con los pitidos suaves de las máquinas a lo lejos. Yo no digo nada. Él tampoco. Y eso me da espacio para pensar.
Maldita sea.
Pensar.
Últimamente tengo tanto tiempo para hacerlo que empiezo a odiarlo. Pensar es como un veneno lento, como un eco que rebota en las paredes de mi cabeza y no se calla nunca. Y ahora, lo que pienso, lo que me ronda como un bucle, es esto: ¿Y si lo que siento por Damián es solo porque estoy aquí?
¿Y si es por la vulnerabilidad, por el dolor, por las madrugadas de fiebre, por los días que se parecen tanto entre sí que solo se distinguen por el momento en que él entra en la habitación?
¿Y si es necesidad y no amor?
Pero hay otra parte de mí. Más pequeña, más frágil, sí… pero que resiste. Que grita que no es solo por eso. Porque tampoco estoy en mi mejor momento. Porque no me veo bien. Porque estoy cansado. Porque hay días en los que ni siquiera puedo con mi cuerpo y, sin embargo, él sigue aquí. Y no muchas personas se quedan cuando te ven roto. Cuando estás pálido, flaco, tembloroso. Cuando ya no puedes sonreír como antes. Cuando te quejas. Cuando lloras.
Y él está. Siempre está.
Llegamos a la habitación.
Entro sin decir palabra y me dejo caer en la cama, como si mis huesos no pudieran con el peso de ese pensamiento.
Él sale por un momento.
Yo fijo la vista en el techo. No sé si quiero llorar o dormir. O desaparecer un rato.
Entonces lo escucho volver. Abro los ojos y lo veo entrar con una aguja en la mano.
Y Dios sabe…
Dios sabe cuánto quiero eso corriendo por mis venas.
No por el alivio físico.
Sino porque al menos durante un rato, mi mente…
mi cabeza…
mi corazón…
también podrán descansar.
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