17
Tim
Dick desactivó las trampas con la misma frialdad con la que alguien apaga una luz.
No dijo nada mientras lo hacía, solo pulsó una serie de botones en un pequeño control que llevaba escondido bajo la chaqueta.
Y entonces, uno por uno, comencé a oír los chasquidos.
Clac. Clac. Clac. Clac.
Cepos cerrándose en vacío.
No sé cuántos eran.
Pero suficientes para haber arrancado una pierna.
O una vida.
Mientras eso pasaba, yo desbloqueé mi móvil con dedos temblorosos. Fui directo a la galería, a la carpeta marcada como verano. Y ahí estaba.
Wally.
Wally con el pelo revuelto por el viento, sonriendo como idiota, medio tapando mi cara con una mano llena de migas de galleta. Era una de esas fotos tontas, de las que no piensas que vayas a necesitar nunca. Pero en ese momento, valía más que cualquier prueba.
Se la enseñé a Dick.
Y él se quedó mirándola.
Callado.
Admirándola.
Había una mezcla de cosas en su rostro que no supe descifrar.
Nostalgia, quizá.
Duda.
O algo más profundo, algo más peligroso.
Después de unos segundos, asintió en silencio y nos pusimos en marcha.
La noche aún olía a amenaza, pero algo se había roto.
O cambiado.
No lo sabía.
Avanzamos entre los árboles, y fue entonces cuando lo vi.
Primero al lobo de Clark, alto, blanco, imponente.
Sus ojos brillaban como faroles antiguos en la oscuridad. Luego, el de Conner. Más oscuro, más fiero, con las orejas erguidas y el cuerpo en tensión.
Me adelanté.
-Estoy bien-dije con voz fuerte, para que me oyeran-Las trampas están desactivadas.
Todo está bien. Tengo muchas cosas que explicar.
Y lo haré, lo juro.
El lobo de Clark se detuvo, observándome, como si quisiera leer cada palabra en mi piel. Pero fue mi hermano quien salió primero de entre las filas de árboles.
Damian. Con el ceño fruncido y los ojos como un relámpago contenido. Corrió hacia mí. No preguntó nada. Solo vino directo a abrazarme.
Fuerte.
Como si pudiera pegarme los huesos otra vez.
-Estoy bien-le dije en su oído- Estoy bien, Damián.
Pero entonces vi al lobo de Conner romper formación.
No esperó ninguna señal.
Se acercó con pasos rápidos, casi desesperados.
Y cuando estuvo lo bastante cerca, me agaché.
Y también lo abracé.
Como pude.
Pasando los brazos por su cuello, hundiendo la cara en su pelaje.
-Estoy bien-le susurré también a él.
Damián
Metimos a Dick en una celda.
No se resistió.
No dijo una sola palabra mientras lo escoltábamos a través de los pasillos, entre miradas tensas y pasos lentos.
Simplemente entró. Se sentó en el banco de piedra y bajó la cabeza.
Como si estuviera esperando.
Pero lo que sí quedó claro es que hasta que Tim no hablara, hasta que no explicara todo, Dick no saldría de ahí.
Nos reunimos en el centro de la sala comun del hotel, donde el aire parecía más denso que de costumbre. Estábamos todos. Y Tim, en el centro de todo. Cuando empezó a hablar, cada palabra fue como una piedra cayendo al agua.
Ondas que se expandían en todas direcciones.
Contó lo de Wally.
Las trampas.
La verdad sobre la venganza.
La mentira que alimentó años de odio.
Cuando terminó, el silencio fue absoluto.
Nadie se movía.
Nadie respiraba demasiado fuerte.
-¿Cómo piensas demostrar eso?-dijo Mike, cruzado de brazos, rompiendo el mutismo con desconfianza.
Tim levantó la mirada.
-Lo primero es traer a Wally. Él hará que esté completamente de nuestro lado.
-¿Y cómo estás tan seguro?-
pregunté yo.
-Porque lo estoy.
Era una respuesta simple. Pero la forma en que lo dijo... era como una orden. Como una promesa.
-¿Y si no consigues demostrar nuestra inocencia?-intervino Jon
Tim giró hacia él.
-Ryven.
-¿Qué?
-El le dirá la verdad.
Clark se inclinó hacia adelante.
-¿Crees que él hablará?
Tim asintió.
-Claro que lo hará-Dice Jason.
Entonces miró a cada uno de nosotros, con el corazón palpitando en sus ojos azules.
-Confíad en mí. Solo necesito a Wally. Y tiempo. Después de eso... no quedará duda de quién es el enemigo.
Tim
Traer a Wally me costó un poco más de lo que esperaba.
Lo desperté en mitad de la noche. Justo cuando estaba en la recta final de sus exámenes. Atontado, con la voz rasposa y la cara medio enterrada en la almohada, me dijo "¿te has vuelto loco?"
Y sí.
Tal vez un poco.
-Es importante-le dije-Muchas vidas dependen de ti.
Eso lo hizo quedarse callado.
Después se sentó en la cama, me pidió que repitiera lo que había dicho y, tras unos segundos de silencio, suspiró y murmuró:
-Está bien... iré.
Pero no era solo eso.
Venir desde nuestro pueblo hasta Elathra no era cualquier cosa. Tendría que conducir desde muy temprano.
Perdería clase. Tendría que mentir en casa. Y, sobre todo... confiar en mí
Lo difícil era encontrar cómo explicarle lo demás.
Que teníamos a su ex encerrado en una celda subterránea.
Que los hombres lobo existían.
Que había una guerra.
Y que estaba metido hasta el cuello en toda esta mierda.
Todavía estaba pensando en eso cuando Conner entró a la habitación.
Lo vi quedarse de pie frente a mí, con los labios apretados y los ojos rojos.
No dijo nada al principio.
Solo... se quedó ahí.
Mirándome.
Como si tuviera miedo de que yo fuera un espejismo.
Me levanté, fui hacia él y lo abracé.
Fue entonces cuando empezó a lloriqu... no, a lloriquear.
Pequeños gemidos ahogados, como si no supiera si debía dejarse ir o seguir siendo fuerte. Hundió la cara en mi cuello y susurró cosas rotas.
-Tenía miedo... no sabías cuánto... pensé que...
-Shhh-dije, acariciándole el pelo-Estoy bien. De verdad. No me pasó nada.
Lo sentí aferrarse a mi camiseta con los dedos temblorosos. Y fue en ese momento que lo sujeté por el rostro, con cuidado, con cariño, y lo miré a los ojos.
-Oye-le dije, besando sus labios una, dos veces, suaves, cálidas Te amo.
Él me miró con los ojos vidriosos, respirando rápido.
-Yo también te amo-susurró.
-Y voy a tener más cuidado a partir de ahora, ¿sí?
Lo prometo.
No pienso volver a asustarte así.
Se quedó ahí, con la frente apoyada en la mía.
Y por un segundo, el mundo se quedó quieto. Solo éramos él y yo. Y la promesa de sobrevivir.
Juntos.
Damián
Estaba entre los brazos de Jon.
Él dormía.
Y yo pensaba.
La habitación estaba en penumbra, el aire apenas se movía, y su respiración constante me servía de ancla para no ahogarme en mis propios pensamientos.
Todo parecía estar hilado con mentiras.
Mentiras que se disfrazaban de verdades parciales.
Mentiras tan antiguas que ya parecían parte del tejido mismo del mundo en el que vivíamos. Mentiras que habían matado. Que habían separado.
Que ahora nos enfrentaban, como piezas de ajedrez colocadas por manos que nunca vimos.
Había una línea invisible que unía el pasado con el presente, y cada vez que creíamos avanzar, algo tiraba de nosotros hacia atrás.
Una voz.
Una memoria.
Una muerte sin respuesta.
Me acurruqué más contra Jon, sintiendo el calor de su cuerpo envolverme. Su brazo rodeaba mi cintura como una promesa muda. Su pecho subía y bajaba con la calma de quien, por un instante, ha encontrado paz.
Yo no.
Yo no la encontraba.
Solo tenía preguntas.
¿Y si estábamos tirando del hilo equivocado?
¿Y si, por intentar descubrir la verdad, rompíamos algo más importante?
¿Y si tirar del hilo significaba que todo se deshacía?
¿Y si el mundo que conocíamos, el que nos habíamos construido a golpes, ya no podía sostener más verdades?
¿Y si... no estábamos listos para saber?
Apreté los ojos con fuerza y respiré hondo, dejando que su olor me rodeara.
Era tierra.
Era hogar.
Era el único lugar donde el miedo no tenía tanto poder.
Y aún así, dentro de ese pequeño respiro, la pregunta seguía latiendo como un tambor:
¿Y si tiramos del hilo que no era... y lo rompemos?
¿Y si, al romperlo, nos rompemos nosotros también?
Quizás traer a Wally no es buena idea. Quizás es lo peor que podríamos hacer.
Lo pensé mientras me mantenía en silencio en la reunión, observando a todos hablar con una mezcla de urgencia y esperanza.
Tim había puesto todo su peso en esa decisión.
Confiaba en él.
Pero incluso las personas más inteligentes se equivocan.
Especialmente cuando el corazón está involucrado.
¿Y si Wally rechaza a Dick?
¿Y si lo mira con pena?
¿O peor... con miedo?
Dick está al borde.
Lo hemos visto.
Camina sobre esa línea fina entre la cordura y el vacío.
Y aunque ahora parece cooperativo, tranquilo, hay una oscuridad en su mirada que no se apaga.
Solo duerme.
Y todos sabemos lo que pasa cuando algo así despierta.
¿Y si se vuelve loco?
¿Y si lo rompe todo?
¿Y si... no podemos detenerlo esta vez?
Joder.
Apreté los puños en los bolsillos de la chaqueta.
La sensación era como tener una bomba esperando el último dígito.
Y nosotros... marcando números al azar.
Quizás estamos haciendo mal.
Quizás hay otra forma.
Tal vez traer a Wally es un error.
Tal vez es la única oportunidad que nos queda.
Tim
Recogimos a Wally en la estación de trenes.
El sol acababa de subir, y ya sudábamos por la humedad del bosque cercano.
Él llevaba una mochila vieja colgando de un solo hombro, se veía muy cansado probablemente por no haber dormido.
-No puedo creer que me convencieras de esto-fue lo primero que dijo, pero su voz no era dura. Solo cansada.
-Gracias por venir-le dije, y quise decir por confiar en mí aunque no te dijera ni la mitad de la verdad.
Conner, a mi lado, le dio una palmada en la espalda.
No dudó de mi plan en ningún momento. Pero sabíamos que si metíamos a Wally en esto, teníamos que entrenarlo también. Prepararlo. Porque una vez entras, ya no puedes salir.
Lo llevamos a una parte del bosque más cercana, donde la vegetación se volvía más espesa y la tierra parecía recordar todo lo que había pasado sobre ella. Wally caminaba con las manos en los bolsillos, mirando alrededor con desconfianza.
-¿Y cuándo vais a decirme qué está pasando?-preguntó, girándose hacia mí-¿Por qué hablaste como si... como si el mundo se fuera a acabar?
-Es mejor que lo veas-le respondí. Porque explicarlo con palabras nunca es suficiente.
Una vez estuvimos seguros de que estábamos solos, Conner comenzó a desnudarse.
Wally alzó las cejas.
-Ey, ey, ey... paso de tríos.
-No vamos a hacer un trio.
Y entonces Conner se transformó.
Frente a él.
Sin rodeos.
El cuerpo crujió, la carne cambió, el aire se llenó de olor a tierra y poder. Donde antes había un chico, ahora había un lobo enorme, negro, con ojos que brillaban como brasas en la penumbra.
Wally retrocedió un paso, luego dos. Su boca entreabierta, la respiración acelerándose.
-No entres en pánico-le dije, acercándome-Wally, escúchame, no te hará daño.
Pero ya estaba histérico.
-¡¿Qué cojones es esto?! ¿¡Qué es esto Tim!? ¡¿Es una broma?! ¡¿Qué... qué coño es eso?! ¡Ese es Conner?! ¡¿ME ESTÁS JODIENDO?!
-Wally-dije, más firme esta vez-Mírame.
Tomé sus manos, apretándolas entre las mías.
-Te lo voy a contar todo.
Y lo hice.
Desde el principio.
La existencia de los licántropos.
La historia de los Kent.
La manada perfecta. Pura.
Ryven y Alesha.
Traiciones
Lo que le hicieron a Dick.
Cómo lo engañaron.
Cómo lo criaron para convertirlo en un arma.
La cara de Wally fue cambiando segundo a segundo.
De incredulidad
A miedo.
-Sé que es una decisión egoísta-le dije, con la voz temblando, aún sujetándole las manos-Pero Dick puede causar una masacre. No porque sea malo. Sino porque lo usaron. Porque lo moldearon con mentiras hasta que no supo quién era.
-Yo...-murmuró, mirando al lobo frente a él-Joder, Tim...
-Me estoy arriesgando al decir que la manada de los Kent es inocente-continué-Porque si me equivoco, si Ryven dice que la historia de Dick es la verdad y yo me equivoqué... entonces tú puedes evitar que Dick nos mate. Puedes mantenerlo de nuestro lado. Porque él todavía te recuerda. Porque tú fuiste lo único bueno que tuvo antes de que todo se desmoronara.
Wally se pasó las manos por la cara. Los ojos brillaban, pero no por emoción.
-Llevo años sin verlo. Y sinceramente...
-No te hará daño-le dije-Te lo juro.
Se quedó en silencio.
El lobo seguía allí, mirándolo.
Silencioso.
Esperando.
Wally tragó saliva, bajó la cabeza y murmuró:
-Joder, tío...
Y aún así... no se fue.
Se quedó.
Y eso... ya era una respuesta.
C
onner volvió a su forma humana con ese crujido sutil de huesos reajustándose.
El aire quedó suspendido unos segundos, como si el bosque necesitara procesar lo que acababa de ver.
Nos vestimos en silencio y subimos al coche. Yo al volante, Wally en el asiento del copiloto, Conner atrás, con la cabeza apoyada contra la ventana, mirando los árboles pasar como si fueran parte de un sueño.
Estábamos a unos diez minutos del hotel cuando Wally, por fin, habló.
-Siempre supe que escondía algo-dijo, sorbiendo por la nariz y mirando hacia el camino-Pero no esto. Pensé que era más del tipo...
problemas familiares, ya sabes. Pero esto... joder.
Por eso me dejó, ¿verdad?
Dios, tantos años y ahora voy a verlo en esta mierda de situación...
-¿Tú lo quieres todavía?-
pregunté, sin apartar la vista del camino.
Hubo un silencio breve. Wally se encogió de hombros.
-Bueno... puedo decir ahora que no lo tengo delante que solo fue un mes lo que estuvimos juntos.
Pero decidí quedarme solo con los momentos buenos.
-Eso es muy bonito de tu parte -dije, con suavidad.
Wally sonrió sin humor.
-Guardar lo malo lo hace todo el mundo, Tim. Yo prefiero quedarme con lo que me hizo sentir vivo. Porque lo bueno... lo bueno me salvó más veces que lo malo me destruyó.
No supe qué decir.
Me quedé con esa frase flotando en la cabeza, como una lección que no quería olvidar.
-¿Tú sabías de su problema con las drogas?-preguntó después.
-No. Nunca las tomó cuando estaba conmigo. Y no parecía alguien que las tomara. Todo lo contrario, era muy sano-
respondió.
-Es...cuando me hablaba de él, de su vida, siempre sonaba como si estuviera contando un resumen mal hecho. Como si faltaran capítulos enteros.
-Es normal-añadió-Las drogas te hacen eso. Te destrozan.
Te llenan de huecos que después intentas llenar con palabras que no alcanzan.
-¿Y Ace?-pregunté.
Wally resopló.
-Él... bueno, siempre fue un tio serio. Con cara de tener el pasado más oscuro del mundo. Era como hablar con alguien que ya tenía todas las respuestas preparadas, aunque no le hicieras la pregunta.
-¿Y cómo trataba a Dick?
-Siempre pensé que era un padre muy frío...Y ahora que sé que no era su padre, puedo decirte que lo trataba como si quisiera que siguiera una línea recta trazada en piedra.
Sin desviarse.
-¿Nunca viste nada raro?
Wally giró lentamente la cabeza hacia mí.
-Oye... ¿por qué me estás interrogando?
-Porque si Ryven no quiere hablar... necesito tener piezas -le respondí-Si no tenemos testigos, tenemos que construir el mapa con los recuerdos. Con todo lo que podamos.
-Ah...
Y el silencio se hizo.
El coche siguió avanzando, y por un momento solo se escuchaba el motor y la radio.
-Tim-dijo Wally de pronto, casi en un susurro.
-¿Mmm?
-¿Y si a Dick no le intereso?
Es decir, he cambiado...físicamente no mucho, pero... yo qué sé. Han pasado años.
-Wally...-dije, bajando un poco la velocidad y mirando de reojo sus ojos preocupados-
Escucha. Si no quieres hacer esto, lo entiendo.
Él negó con la cabeza.
-Quiero ayudarte. Eres mi amigo. Y sé que esto es importante.
-Entonces solo tienes que hacer una cosa-le dije, sonriendo un poco.
-¿Qué cosa?
-Ser tú mismo.
Wally respiró hondo.
Y por primera vez desde que lo recogimos, sonrió de verdad.
Cansado, pero sincero.
Damián
Estoy en el gimnasio del hotel, solo. El sudor me resbala por la espalda, pegándome la camiseta como una segunda piel, pero no me detengo.
Lanzo dagas.
Una tras otra.
Con la misma velocidad con la que mi mente escupe pensamientos que no me dejan en paz.
Clac.
Una en el centro.
Clac.
Otra cerca del corazón.
Sigo dándole vueltas a todo.
A Tim. A Dick. A Wally, que está a punto de entrar en el epicentro. Y lo peor de todo: al hecho de que siento que ni siquiera hemos empezado y ya estamos atrapados.
Me pregunto si mi padre, por loco que suene, también se imaginó esta situación.
No quiero creerlo. Es imposible. Ni siquiera él podía anticipar algo así.
Pero según él, la nueva generación era la que tendría que acabar con todo.
Cerrar los círculos.
Evitar una matanza.
Pagar por los errores de los que vinieron antes.
Porque hay unos putos locos allá afuera queriendo crear algo perfecto. Un mundo sin fallos, sin ruido, sin lobo ni humano. Ignorando la verdad más simple de todas:
la perfección no existe.
Solo la obsesión por alcanzarla. Y eso es lo que nos está matando.
Jason dice que eso es lo que tienen las pérdidas dolorosas:
te destrozan.
Te vacían.
Y después te llenan con una rabia tan pura que solo sabes vivir para vengarte.
O para hacer justicia.
A veces ni tú sabes cuál es cuál.
Mi padre, en sus años de lucha, supo mantener la cabeza fría.
Supo parar y respirar.
Pero nosotros...Nosotros ya hemos perdimos los nervios más de una vez.
Y lo sabemos.
Estamos al borde.
Siempre al borde.
Y me pregunto...¿Qué vamos a hacer si todo sale mal?
Porque yo no tengo ni idea.
Dick es una puta trampa en movimiento.
Camina, respira y sonríe como una persona, pero por dentro...
por dentro es dinamita esperando una chispa.
Y esa chispa puede ser Wally.
O una palabra mal dicha.
O una mentira más.
Alesha es una mente desconocida.
Demasiado lista.
Demasiado tranquila.
Y eso me pone más nervioso que cualquier amenaza física.
Y luego están los demás.
Los que no vemos.
Los que tiran de hilos desde la sombra. Los que saben más que nosotros y aún así nos usan como piezas de un tablero que no diseñamos.
Y siendo realista...siendo jodidamente honesto conmigo mismo...
Creo que mi padre puso las expectativas demasiado altas.
Creyó que podíamos hacerlo.
Que íbamos a terminar lo que él empezó. Y ahora todo lo que puedo pensar es:
Vamos a morir.
Todos.
Y no como héroes.
Sino como críos atrapados en un juego que nunca fue nuestro.
Tim
Dejé a Wally en la que sería su habitación.
Estaba agotado. Se le notaba en los hombros, en los ojos, en la forma en que arrastraba los pies al caminar.
Le dije que se duchara, que descansara un rato, y que después hablaríamos.
Me dio una mirada medio agradecida, medio incrédula, como si aún estuviera procesando que esto no era una broma pesada o un sueño extraño.
Yo aproveché ese rato para comer algo rápido en la cocina común. Un café y una tostada fría con mantequilla que sabía más a cartón que a comida.
Pero al menos mantenía algo dentro del estómago.
Fue entonces cuando apareció Mike. Llevaba las manos en los bolsillos y una expresión que ya anunciaba que venía con algo en la cabeza.
-Te queda bien esa sudadera roja-me soltó de golpe, con tono despreocupado mientras se dejaba caer en la silla frente a mí.
Levanté una ceja y sonreí con sarcasmo.
-¿Tú y Benji ya os habéis besado o sigues con miedo?
-Vete a la mierda-respondió sin pensarlo, pero no pudo evitar que se le escapara una media sonrisa.
Hubo una pausa.
Un trago de café.
Un poco de aire espeso entre nosotros.
-¿Hay plan de emergencia?-
preguntó entonces, con una seriedad que me descolocó por un segundo-Por si todo esto... sale mal.
Tragué saliva.
Miré mi tostada.
Luego a él.
-No va a salir nada mal-dije, con firmeza.
Lo dije rápido. Como quien se aferra a una cuerda antes de caer.
Mike me sostuvo la mirada un par de segundos.
No dijo nada.
Solo asintió lentamente.
Pamed
Estábamos en mitad del descanso del entrenamiento en el bosque de Elathra.
Yo me senté en una roca cerca del arroyo, con la espalda empapada en sudor y el pulso aún un poco acelerado por la carrera.
Saqué el móvil, esperando la típica notificación del grupo.
Y no falló.
Las Spice Girls
Así se llamaba ahora nuestro grupo de WhatsApp. Cambió de nombre cada dos semanas, pero al final siempre éramos las mismas: Sonia, Val, Lina y yo.
Las de siempre.
Había nueve mensajes sin leer.
Suspiré, me acomodé el pelo detrás de la oreja y empecé a leer.
Sonia:
¡Miren la cara que pone Doraemon cuando le pongo el secador!
Lina:
JAJAJA está pensando en tu muerte, Pam. Por dejarlo con nosotras. Definitivamente.
Val:
No es venganza, es arte conceptual felino.
Me mandaron dos fotos de mi gato. En una, Doraemon tenía cara de juez cansado de la humanidad, con las orejas aplastadas y los ojos entrecerrados.
En la otra, estaba en el lavabo, con una de sus patas dentro del vaso del cepillo de dientes. Como siempre.
Reí bajito. El nudo en el pecho se aflojó un poco. Mi gato era un señor mayor atrapado en un cuerpo peludo.
Y ellas lo sabían.
Sonia:
Te lo estamos cuidando como una reina, no te preocupes. Le puse música clásica ayer. Me miró con superioridad moral, así que funcionó.
Lina:
Val se lo quería llevar a su piso pero Doraemon literalmente le bufó. No le gusta la traición.
Val:
Hablando de traiciones... me tiré al poli del portal, chicas.
Sonia:
¡¿QUÉ?!
Lina:
El del tatuaje en el cuello o el de las cejas perfectas?
Val:
El de las cejas. Cejas perfectas = manos perfectas. Saquen sus conclusiones.
Sonia:
Estoy gritando en el trabajo, Valeria. Me debes detalles y un café.
Yo escribí rápido:
Pamed:
¿Podemos hablar de cómo yo estoy en medio de un maldito bosque, sin agua caliente, mientras vosotras vivis una telenovela sexual con policías y secadores de pelo?
Lina:
Amiga, tú estás en Elathra por una "emergencia familiar". No es nuestra culpa que tu familia tenga bosque y misterios y la nuestra impuestos y vecinos gritones.
Ellas no sabían la verdad.
Para ellas, yo estaba aquí por una emergencia familiar.
Algo lento, delicado, y lleno de silencios incómodos.
Ni siquiera preguntaron demasiado.
Solo organizaron turnos, pusieron cajas de arena y comida para Doraemon, y me despidieron con memes de despedida dignos de una misión secreta.
Dios, las quería.
Me distraje del móvil justo cuando lo estaba guardando, atrapada entre un último sticker de Doraemon y un nuevo mensaje de Val que claramente no debía leer en público.
Entonces los vi.
Dos lobos salieron de detrás de los árboles, moviéndose con una ligereza que contrastaba con su tamaño.
Conrad corría detrás de Conner, los dos jugando como si no tuvieran preocupaciones ni responsabilidades.
Saltaban entre raíces, esquivaban ramas, gruñían con suavidad como si estuvieran riendo.
Y justo detrás de ellos, un tercer lobo emergió de entre los helechos.
Mike.
Venía más tranquilo, con el andar relajado de quien no necesita correr para ganar.
Cuando me vio, sus orejas se movieron como un radar y, sin dudar, vino directo hacia mí.
Me quedé sentada en la roca, observándolo. Y entonces hizo algo que ya me tenía medio acostumbrada, pero que igual me derritió por dentro.
Chocó cariñosamente su cabeza contra la mía, como si dijera: "Hola, humana. ¿Todo bien?"
Me reí, bajito.
-Hola-le susurré, apoyando brevemente mi frente contra su pelaje suave.
Entonces se tumbó a mi lado, con el cuerpo pesado, cálido, y ese leve olor a bosque y algo más salvaje. Soltó un resoplido tranquilo.
Miré a mi novio, revolcándose por el suelo con Conner.
Los dos se estaban dando empujones, gruñendo de forma juguetona,
mordisqueándose el cuello como si fueran cachorros sin sentido del peligro.
La escena era ridículamente tierna, si no fuera porque en cualquier momento uno podía estamparse contra un árbol.
Pero eso era lo de menos.
Así eran ellos.
A mi lado, Mike seguía tumbado, con el hocico apoyado en sus patas.
Tranquilo.
Una parte de mí, la más observadora y silenciosa, sabía que a Mike le gustaba Tim. Era evidente. Y probablemente no habían sido solo sexo. La forma en que se ponía recto cuando Tim hablaba, cómo bajaba la mirada cuando él lo felicitaba por cualquier tontería, o ese tonito sarcástico que usaba solo con él.
Y para su desgracia, a Tim le gustaba Conner.
Y, joder, a veces cuando Mike se ponía a decirle cosas coquetas a Tim, a mí me daban unas ganas inmensas de decirle: "para, por favor".
No porque me molestara...sino porque sabía que estaba haciéndose daño y que podían hacerle daño.
No es que Conner sea un tóxico, lo conozco desde hace años. Lo he visto hacer el imbécil mil veces, reír, proteger a su gente, meter la pata...
Pero si Mike se pasa, si cruza una línea con Tim, va a tener que defenderse. Porque Conner no es idiota, y tampoco es tan zen como a veces quiere aparentar.
Y es que Conner ha cambiado mucho.
Antes saltaba de cama en cama. A veces sin ni siquiera recordar los nombres. Le daba igual si eran de otras manadas. Si era apropiado o no. Era...un alma libre.
Un fuego sin dueño.
Pero ahora, con Tim...
Parece otro.
Más centrado.
Más paciente.
A veces lo miro y me pregunto si ese cambio fue voluntario, o si Tim, sin querer, lo fue moldeando a su manera.
Lo cierto es que entre ellos hay algo. Algo que no se puede fabricar ni fingir.
Algo que... jode un poco si estás en la esquina equivocada.
Y Mike, por mucho que lo intente, está en esa esquina.
Y lo sabe.
Conner
Mientras corro por el bosque, sintiendo el aire frío golpearme el rostro y el suelo húmedo ceder bajo mis patas, solo puedo pensar en lo asustado que estuve cuando creí que lo había perdido.
Tim.
Ese miedo me sigue clavado en las costillas, como si pudiera morder desde dentro.
Me despierta por las noches.
Me persigue como una sombra.
Mi padre dice que me parezco a mamá. Lo dice a menudo, con esa mezcla entre resignación y cariño que solo él sabe usar. Como si fuera inevitable, como si ya lo hubiese asumido desde que yo tenía 12 años y empecé a escaparme por las ventanas para ver la luna.
-Eres igualito a tu madre-suelta con un suspiro cuando hago una broma en plena comida, cuando me río con descaro o cuando llego con los rizos despeinados y los ojos brillando de ideas que probablemente no le gusten.
Y mamá—la mujer más imparable del planeta— siempre responde con una sonrisa orgullosa:
-Por supuesto.
-Sois unos sinvergüenzas
-¿Envidia?
Y lo dice como si fuera el mayor halago del mundo.
Como si ser un sinvergüenza fuera una tradición familiar que se honra con cada carcajada a deshoras, con cada acto impulsivo, con cada amor vivido con todas las consecuencias.
Y tal vez lo es.
Tal vez lo llevo en la sangre.
Ese brillo rebelde.
Esa forma de amar a lo grande y vivir sin pedir permiso.
Y si eso significa parecerme a ella…
Entonces sí.
Lo admito sin orgullo contenido:
Soy hijo de Lois Lane.
Y no hay escapatoria de eso.
La primera vez que lo vi fue desde el otro lado del lago.
Yo había salido a correr un rato. Moverme. El cuerpo me lo pedía, como siempre.
Sentir la tierra, los músculos, el viento cortando mis pensamientos.
Y entonces, al volver, lo vi.
Estaba allí, quieto, mirando hacia mi casa como si el bosque fuera su escondite y no su ruta.
Le dije:
¿Qué haces aquí?
Y escuché su corazón.
Rebotar contra su caja torácica, golpeando como si quisiera salir.
Una mezcla de sorpresa, nervios y miedo.
Como un cervatillo asustado.
Pequeño, precioso, alerta.
Lo recorrí con la mirada.
Tenía los ojos azules como los míos, pero más claros.
Azules como el hielo.
De esos que parecen fríos pero esconden algo debajo.
Llevaba una sudadera verde, unos pantalones de chándal y unas Converse gastadas.
Me dijo que estaba paseando.
Y luego salió huyendo.
Podría haberlo tomado por un espía. O por un intruso.
Pero lo había visto más veces por el pueblo. Siempre con auriculares. Siempre serio.
La verdad es que nunca me había fijado en él. No porque no pudiera...sino porque suelo ir a mi bola. Y él no era del tipo de personas que brillan fuerte, al menos no a simple vista.
Pero ahora lo había hecho.
Lo había mirado.
Y no quería dejar de hacerlo.
Recuerdo que un par de semanas después fui al bar con Yaima. Algo tranquilo, sin expectativas. Solo para cambiar el aire.
Y entonces...Vi sus ojos.
Él estaba ahí, sentado, en su descanso, en una esquina.
Y su mirada se cruzó con la mía. Solo por unos segundos.
Pero lo sentí.
Como si me empujaran hacia atrás. Como si me hubieran clavado algo dulce y doloroso entre las costillas.
Me sostuvo la mirada, y juro que por un segundo el mundo entero se contuvo.
Y luego... la apartó.
Volvió a mirar su teléfono.
Pero su corazón.
Ese traidor.
Se disparó.
Pum-pum-pum, como un tambor acelerado. Y no pude evitar sonreír.
Había algo en él que no sabía que necesitaba mirar. Algo que me obligaba a prestar atención.
La siguiente vez que nos encontramos de frente, yo estaba siguiendo un rastro extraño en el bosque.
No me sonaba de la manada.
Era fresco.
Cauteloso.
Como si el que lo dejara supiera que debía pasar desapercibido.
Y entonces lo escuche.
Él.
Saltando la vaya, justo detrás de mí.
Se estaba esforzando por no ser visto. Y yo, en vez de alertarme, sonreí.
Podía escucharlo.
Su respiración agitada.
Su corazón desbocado.
Estaba tan concentrado en esconderse que por un momento se me olvidó por qué había salido.
Solo quería ver hasta dónde llegaría antes de que lo pillara.
Lo vi entrar en la casa.
Y decidí esperar.
Me apoyé en la pared con los brazos cruzados.
Cuando lo hizo, levanté la cabeza y le dije:
-¿También paseas por aquí?
No pude evitar sonreír.
Él se quedó paralizado, como si le hubieran atrapado en mitad de un crimen.
Me dijo que sí.
Me burlé un poco sobre lo horrible que era su sigilo.
Y en ese momento su corazón se volvió un caballo desbocado.
Pude olerlo.
La vergüenza mezclada con los nervios.
Un cóctel de emociones explotando justo frente a mí.
Por un instante pensé en quedarme. Jugar más. Ver hasta dónde podía llevarlo.
P
ero no quería que le diera un ataque cardíaco.
Así que me di la vuelta.
Y lo dejé ahí. Con el corazón latiéndole en la garganta y la cara colorada.
No sé cuándo empezó a importarme tanto.
Solo sé que ahora... no quiero volver a sentir ese miedo.
Ese pánico.
Ese abismo que se abrió en mi pecho cuando pensé que lo había perdido.
Porque aunque antes era un alma libre...
Con Tim...
soy algo más.
Y no quiero volver a correr si no es hacia él.
Cuando me enteré de que mi hermano, Jon, estaba con el suyo -con Damián- en clase, y que encima le gustaba... fue como si una bombilla se me encendiera en la cabeza.
A veces, yo también iba a recoger a mi hermano.
Y pocas veces lo había mirado más de dos segundos.
El típico chico que espera fuera, apoyado en el capó de un coche, con los brazos cruzados y la mirada atenta, casi siempre hacia el teléfono o hacia ninguna parte.
Pero ahora...Ahora lo veía distinto.
Sentía ganas de acercarme.
De bromear.
De ver cómo reaccionaba.
Y uno de esos días, cuando lo vi apoyado en el capó esperando a Damián, lo hice.
Me acerqué con paso lento, sin pensar demasiado, y solté un simple:
Ey.
Su corazón se aceleró.
Literalmente.
Pude oírlo, sentirlo.
Como si un resorte se activara en su pecho.
Casualmente, ese día nuestros hermanos tenían recuperaciones de algunos exámenes. Perfecto. Más tiempo para quedarnos ahí.
Tim se disculpó conmigo, con la voz baja y la mirada desviada. Yo no aparté los ojos de él ni un segundo.
Y sonreí.
Vaya, me acabo de quedar sin admirador secreto.
Lo vi entrar en pánico en tiempo real. La vergüenza le subió a la cara como una ola caliente. Las manos le temblaban. Y aún así, intentó recomponerse.
¡No me llames así!.
Yo reí.
No con burla, sino con diversión genuina.
Entonces, ¿stalker?
¿Cómo te llamo?
Él frunció el ceño, cruzando los brazos con dignidad herida.
Tim.
-Tim-repetí, como si lo saboreara. Me gustó cómo sonaba en mi voz.
Y aunque sabía que no era un acosador ni nada por el estilo -solo un chico curioso, tal vez demasiado para su propio bien-me gustó la idea de tenerlo un poco inquieto.
De que sus ojos me buscaran.
De que me mirara más veces.
-He invitado a Damián a casa.
Y viene con Tim.
Ahí fue cuando se me aceleró el pulso. Así, sin avisar.
Como si mi cuerpo supiera algo que yo no quería admitir todavía.
Y por primera vez...entendí lo que era esperar a alguien con ganas. Con nervios.
Con el corazón haciendo ruido por dentro.
Gruñí, literalmente, cuando esa misma noche escuché a mi hermano masturbarse.
Odio mi buen oído.
Odio aún más no poder desconectar ciertas capacidades aunque quisiera.
Pero a ver… es normal.
Tiene 17. Las hormonas le tienen que tener el cerebro bañado en serotonina.
Todos piensan que mi hermano es una nube de algodón con piernas.
Y lo entiendo, tiene cara de “te ayudo con la compra y te cuido el gato”, pero no.
Mi hermano es adorable, sí, pero no es tan inocente como todos creen.
No es un santo.
Y mucho menos cuando se trata de Damián.
En la cena yo lo había chinchado con que seguro Damián no vendría. Solo para verlo rodar los ojos, tenso, fingiendo que no le afectaba.
Pero cuando llegó el momento, cuando escuché el coche bajar por la entrada y las voces fuera —las suyas y las de mis padres— supe que no era una tontería.
Jon no paraba de hablar.
Ni siquiera con los cascos puestos podía evitar escucharlo. Estaba acelerado, como si se le desbordara algo por dentro. Nunca lo había escuchado así. Mi hermano había tenido parejas.
Algunas relaciones.
Un par de omegas con los que estuvo más o menos tiempo.
Pero nunca así.
Nunca tan… vulnerable.
Tan entregado sin darse cuenta.
Cuando por Tin y yo nos quedamos los dos en mi habitación. Lo dejé cotillear todo lo que quiso. Revisó mis estanterías. Hablamos de cómics. Me contó que sus padres ya no estaban.
Lo dijo con una tranquilidad que me rompió por dentro.
Y entonces, sin más, me preguntó: ¿Qué buscabas en la cabaña?
Jugué la carta fácil.
Una media sonrisa.
Una mirada de lado.
-Quizás buscaba algo.
Quizás no.
Él sonrió.
Y siguió el juego.
Esa tarde fue una de las mejores que había tenido en mucho tiempo. Jugamos al Uno. Nos picamos como críos.
Discutimos sobre películas.
Reímos.
Mucho.
Pero entre cada risa, yo sentía algo que no quería analizar.
Su olor. La forma en que se reía con la nariz arrugada.
Los latidos de mi propio corazón cuando se acercaba.
Y sí. En ciertos momentos, cuando se movía para coger las palomitas o algún movimiento que implicará que me dejará a la vista su culo lo mire.
Mierda.
Tenía un problema.
Grande.
Con piernas largas, ojos preciosos y la risa más bonita que había escuchado en meses.
Así que esa noche, como cobarde que soy, salí al pueblo. Me metí en un bar.
Los olores me golpearon como una ola. Perfumes, feromonas, deseo.
Demasiado.
Y terminé en casa de una chica que no conocía.
Descargué todo ese deseo que se me había arremolinado en el estómago durante horas.
Todo lo que no me atreví a decir, lo volqué en su piel, en sus gemidos.nY cuando todo terminó, no me sentí mejor.
Solo vacío.
Como si hubiera intentado apagar un incendio echándole gasolina.
A la mañana siguiente volví a casa.
La luz era suave.
La cocina olía a café.
Y mamá me miró alzando una ceja. No dijo nada. Solo una mirada de esas que lo dicen todo. La mirada que dice sé que te escapaste de algo que no puedes controlar.
No podía seguir con esa energía en el cuerpo.
Era demasiada.
Demasiado ruido en la cabeza, demasiado calor en la sangre.
Así que decidí transformarme.
Dejar que la piel cayera, que los pensamientos se disolvieran entre músculos y pelaje.
Mi forma de lobo brotó como un suspiro contenido, y antes de darme cuenta, ya estaba corriendo por el bosque.
Las patas golpeaban la tierra húmeda con fuerza, con ritmo.
El viento me cortaba la cara, y por fin…silencio.
Silencio real.
Sin voces, sin recuerdos, sin Tim.
Solo el bosque, mis sentidos, y la necesidad urgente de moverme.
Corrí.
Perseguí a un conejo por puro instinto.
No lo atrapé, no me hacía falta.
Solo el latido.
El correr.
Después, en una curva cerca del arroyo, los vi.
Conrad, Thomas y Nate.
Los tres ya transformados, pelajes brillantes, colas levantadas.
Se acercaron a mí moviendo el rabo. Thomas me empujó con el hocico a modo de saludo, y Nate me lamió la oreja como un idiota.
Respondí con un gruñido suave.
Y sin más, salimos los cuatro a correr.
Fue como una coreografía improvisada.
Rápida, salvaje, libre.
Nos movíamos entre árboles como sombras veloces, saltando sobre raíces, esquivando ramas bajas, rompiendo la quietud del bosque con nuestras risas calladas.
Después, exhaustos, nos tumbamos en el claro.
La hierba estaba fresca.
El cielo, abierto y negro.
La luna, escondida tras una nube que no quería apartarse.
Thomas y Nate empezaron a revolcarse a mi lado, jugando a las peleas como si fueran cachorros.
Se mordían, rodaban por la tierra, se empujaban con las patas mientras soltaban gruñidos y bufidos de burla.
Conrad solo los miraba, y yo también.
A veces, verlos así, tan despreocupados, me recordaba que aún había espacio para respirar.
Y por un rato…
solo fuimos eso.
Lobos.
Sin peso, sin secretos, sin culpa.
Solo instinto.
Solo manada.
Después de que vinieran a mi casa, fue como si la diosa Luna se aburriese de observar desde lejos y decidiera jugar con mis nervios. Porque empecé a cruzármelo en todos lados. Como si el destino se hubiera empecinado en arrastrarlo a mi campo visual cada dos por tres.
El primer día fue casualidad.
Lo juro.
Yo iba caminando por el centro del pueblo y él apareció, doblando la esquina, justo en el momento en que el sol se escondía y su sudadera parecía atrapar los últimos reflejos de luz.
Iba con una chica. Maty, creo.
Pero apenas lo vi, el instinto fue más fuerte que cualquier pensamiento.
Me acerqué.
Y lo abracé.
Así. Sin más.
Impulso puro.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba por una milésima de segundo.
Cómo su corazón dio un pequeño salto, vibrando contra su pecho como un tambor de sorpresa.
Pero no se apartó.
Al contrario.
Me devolvió el abrazo.
Y algo dentro de mí se removió.
Feliz.
Excitado.
Y, sí… posesivo.
Una parte de mí —la que olía más que pensaba— quería que se quedara con mi olor encima todo el día. Quería que cualquiera que se le acercara supiera: es mío.
Mío. Mío. Mío.
Incliné la cabeza hacia su cuello y susurré con una sonrisa:
-Hueles bien.
No le di tiempo a responder.
Ya estaba fijándome en la chica con la que iba.
Sus ojos, su postura.
Todo.
Al día siguiente, durante su turno de tarde en el bar, decidí hacerle una visita. Tenía pensado ir solo, lo juro.
Pero cometí el error de decir en voz alta el nombre del bar cuando mi familia preguntó a dónde iba. Y claro, todos decidieron que sería una magnífica idea acompañarme.
Perfecto.
Entramos.
Él estaba tras la barra, moviéndose entre mesas con esa agilidad suya. Llevaba unos vaqueros que…juro por la Luna, podrían ser mis favoritos en el mundo en ese momento.
Le quedaban como si se los hubieran tejido en su honor.
No se acercó al principio.
Se hizo el ocupado.
Pero yo, como buen lobo terco, esperé. Y cuando estuvo lo bastante cerca, le pregunté:
-¿Qué tal va el turno?
-Bien-me respondió, con esa sonrisa suya que siempre parece al borde de decir algo más. Pero no se fue a por nuestro pedido.
Y entonces lo escuché.
-Buah, estoy oliendo eso, Conner-dijo mi hermano
-Y yo cuando tú piensas en su hermano.
Mi madre, sentada a su lado, soltó una risita discreta pero afilada. Como si hubiera detectado algo muy evidente en el aire.
Y mi padre… Bueno, mi padre decidió hacer lo que mejor sabe hacer cuando algo le incomoda: ignorarlo por completo.
Y ahí estaba yo.
Rodeado por mi familia.
Con el chico que me estaba volviendo loco a unos pasos.
Y todo mi mundo oliendo a problemas dulces.
A deseo contenido.
A te estoy esperando, aunque no lo sepas todavía.
Esa noche volví a correr.
Lo necesitaba.
Después de todo lo que había sentido, contenido y ocultado entre palabras y miradas cruzadas, necesitaba soltar.
Respirar. Ser solo cuerpo y velocidad por un rato.
San y Ray se unieron a mí.
Ellos lo notaron sin necesidad de que lo dijera. San se transformó primero, su pelaje rojizo brillando bajo la luna, seguido por Ray, siempre más silencioso pero con una energía salvaje en los ojos.
Yo fui el último, sintiendo mis huesos crujir y mi cuerpo fundirse con la tierra.
Y corrimos.
Sin dirección.
Sin destino.
Saltamos riachuelos, esquivamos raíces, nos empujamos con gruñidos suaves. Una carrera sin reglas, solo la necesidad de sentirnos vivos.
Ray se adelantó un poco, desafiándonos con un aullido corto. San lo siguió, y yo fui detrás, dejando que la adrenalina me limpiara la mente.
La luna nos seguía desde lo alto, testigo silenciosa.
Cuando por fin me tumbé en la cama, con el cuerpo agotado pero la mente aún encendida, mis pensamientos empezaron a arremolinarse, empapados del olor de Tim, de su voz, de cómo se le iluminaban los ojos cuando algo lo emocionaba.
Y entonces todo se convirtió en imaginación.
Me vi a mí mismo entrando al bar durante su turno de noche.
La luz tenue, el murmullo de conversaciones ajenas, y él… ahí detrás de la barra.
Con esa camiseta que se le pegaba al cuerpo y esos vaqueros que parecían hablar por sí solos.
Caminaba hacia él sin pensar.
Él me veía acercarme, sabía que venía por él.
Y no decía nada.
Lo besaba.
Sin palabras, sin excusas.
Solo el peso de los días acumulados en mis labios.
Lo empujaba suavemente contra una de las mesas del rincón, la madera fría y nuestros cuerpos calientes.
Él me respondía con una urgencia que no conocía.
Como si también hubiese estado esperándolo.
A veces, en esas fantasías, no era la barra.
Era el almacén.
Con cajas a medias, olor a cartón y a piel.
Él con la espalda contra la pared, sus dedos enredados en mi camiseta, tirando de mí.
Sus labios apenas separados, sus suspiros pegados a mi oído.
Y luego estábamos en mi cama.
Él debajo.
Sus manos en mi espalda, arañando, sujetando.
Sus piernas alrededor de mi cintura, anclándome.
Y yo… perdido en su piel.
En cómo decía mi nombre entre respiraciones.
En cómo me buscaba con los ojos cerrados, como si ya supiera dónde encontrarme incluso en la oscuridad.
Pero a veces, las fantasías se volvían más… salvajes.
Yo era un lobo.
Y él corría por el bosque, riendo, sabiendo que lo seguía.
Que lo cazaba.
Era un juego.
Una danza entre presas y deseo.
Y cuando por fin lo atrapaba, rodábamos sobre la hierba húmeda y yo, transformándome de nuevo, lo tenía entre mis brazos, el corazón latiendo al mismo ritmo.
Allí, en mitad del bosque, bajo la luna, lo reclamaba.
Con el cuerpo.
Con el alma.
Con cada parte de mí que solo él lograba desperta
Y si Tim hubiera sido otra persona, seguramente ya me habría acostado con él.
Así de simple.
No soy de los que dan muchas vueltas cuando algo—o alguien—me atrae. El sexo sin compromiso nunca me pareció algo malo. Lo disfrutaba.
Y las chicas que compartían ese pensamiento también.
Alguna vez tuve pequeñas relaciones, intentos de algo más, pero nunca cuajó.
No porque yo no quisiera.
Sino porque no me importaba lo suficiente.
Pero Tim no era cualquiera.
No sé cómo explicarlo.
Tenía algo.
Algo raro.
No del tipo excéntrico, sino de esos raros que te atrapan y no sabes cómo.
Su humor.
No intentaba ser coqueto, y eso lo hacía diez veces más atractivo.
Su curiosidad hacia mí despertó la mía hacia él.
Y entonces todo cambió de golpe.
Vi la primera transformación de mi hermano. Una de esas cosas que te marcan, aunque seas lobo desde que tienes memoria.
Y tuve que ir.
Buscar a Tim.
Explicarle todo, sin filtros.
El pulso se le disparó.
Pero confió en mí.
Y eso…Eso me jodió.
Porque entonces una parte egoísta en mí gritó:
Ya está en tu mundo.
Ya no va a poder salir.
Va a ser parte de la manada.
Va a ser tuyo.
Mi hermano…La voz de Damián parecía atraerlo poco a poco. Como un lazo que no sabía cuándo se había empezado a atar.
Y yo…Yo miraba a Tim con otros ojos.
Con deseo, sí.
Pero también con una necesidad nueva.
La de protegerlo.
De enseñarle.
De tenerlo cerca incluso si no sabía qué iba a pasar después.
Le dije que me preguntara lo que quisiera. Que no tenía que quedarse con dudas. Porque si iba a pertenecer a este mundo, necesitaba entenderlo.
Iba a ser parte de él.
Antes o después.
Y en el fondo lo sabía.
Mi hermano estaba destinado a ser el futuro Alfa.
Aunque todavía no se lo creyera del todo. Yo sería su mano derecha. El que estaría ahí en cada decisión.
En cada guerra.
Hasta el día de mi muerte.
Pero eso era después.
Según pasaba el tiempo, más me importaba él.
Al principio era curiosidad.
Después deseo.
Y luego… ya no supe cómo llamarlo. Era esa forma en la que pensaba en él incluso cuando no quería. Ese impulso estúpido de buscar su nombre en la pantalla, de escribirle algo sin razón solo para hacerle reír o escuchar cómo me respondía con sarcasmo.
Nos mandábamos mensajes casi todos los días.
A veces tonterías.
Otras, pequeñas confesiones escondidas en bromas.
Y cada palabra suya era una chispa en mi pecho.
Pero entonces me enteré de lo de Mike. Que se habían acostado. Lo entendí.
No era mío todavía.
Pero eso no evitó que me ardiera la sangre.
Una rabia silenciosa.
Sorda.
Como una quemadura que sabes que no puedes tocar.
Y sin embargo, no lo culpé.
No podía.
Porque él no me debía nada.
Aun así, había momentos.
Instantes cortos pero reveladores, en los que estábamos frente a frente y yo podía olerlo.
Ese aroma sutil.
Ese leve pero inconfundible perfume de deseo.
Excitación.
A veces más fuerte, a veces tenue.
Pero ahí.
Siempre ahí.
Lo suficiente para que supiera que le gustaba.
Que yo le gustaba.
Aprendí a saber llevarlo.
A no empujarlo.
A esperar.
Como un lobo paciente, sabiendo que el momento llegaría. Que él mismo se acercaría.
Pero no podía evitar preguntarme…¿Por qué no conmigo?
Si había indicios tan claros.
Su corazón desbocado.
Sus nervios cada vez que me le acercaba.
La forma en que me miraba, como si no supiera si quería escapar o quedarse.
Era confuso.
Dolorosamente confuso.
Y aunque intentaba no demostrarlo, cada noche me iba a dormir preguntándome si alguna vez… se atrevería a dar el paso.
O si yo tendría que seguir esperando hasta que se le acabaran todas las otras opciones.
También estuvo ese momento.
Cuando Jon, en medio de su primer celo, le jodió la muñeca a Damián.
Fue un accidente.
Uno de esos que pueden arruinarlo todo en un segundo.
Y Tim…Tim desapareció.
Estaba furioso.
Herido.
No quiso escucharme.
No respondía los mensajes, ni las llamadas.
Cerró la puerta, como si lo que había entre nosotros no hubiera significado nada.
Como si yo fuera el enemigo solo por haber nacido con garras y un apellido Kent.
Y me mataba.
Ese tiempo sin él me carcomía desde adentro.
Era como si me hubieran quitado algo que ya formaba parte de mí sin pedirme permiso.
Él no lo entendía.
No en ese momento.
No quería entenderlo.
Pero gracias a todos mis ancestros lobunos, a la luna y a quien sea que esté allá arriba escuchando mis rezos, Tim aceptó hablar conmigo.
Aceptó escuchar.
Volver a mirarme.
Y me perdonó.
Esa noche, cuando me dijo "te creo", sentí que volvía a respirar con normalidad por primera vez en semanas.
Que el mundo se recolocaba.
Porque sin él…
todo se tambaleaba.
Y juro, juro por mi lobo y por mi nombre, que nunca me arrastré por nadie.
Jamás.
Pero por Tim…por él sí estuve dispuesto a doblar las rodillas.
A rogar si hacía falta.
Y no me arrepiento.
Quizás…estaba empezando a madurar.
A ver el mundo con otros ojos.
A entender que algunas cosas no se consiguen corriendo detrás, ni con fuerza, ni con arrogancia.
Se consiguen quedándose.
Esperando.
Cuidando.
Callando cuando toca, y hablando cuando arde.
Quizás quise hacerlo por él.
Por Tim.
Porque desde que entró en mi vida, todo lo que creía saber sobre el amor—ese amor del que yo huía, al que nunca le ponía nombre—cambió de forma.
Ya no era una llama que se apagaba con la primera corriente de aire.
Era un fuego lento.
Constante.
Uno que quema sin destruir.
Y cuando lo hicimos por primera vez…cuando por fin compartimos ese momento en el que los cuerpos dejan de ser cuerpos y se vuelven alma…
Deseé cosas que nunca antes había deseado.
Deseé ser un alfa.
Uno de verdad.
Para poder anudarlo.
Para fundirme en él de una forma que no tuviera fin ni vuelta atrás. Para marcar ese momento como eterno, como una promesa silenciosa que sólo nosotros entendíamos.
Quise estar así con él.
No solo en la piel.
También en la mirada.
En el temblor de sus dedos en mi espalda.
En la forma en que me susurró mi nombre como si fuera sagrado.
Como si fuera suyo.
Y quizás no pude anudarlo.
Quizás no tenía esa parte de instinto que la biología no me dio.
Pero lo que sentí…fue más que cualquier lazo físico.
Fue pertenencia.
Fue rendición.
Y en ese momento supe que, fuera cual fuera el futuro…
yo ya era de él.
Wally
A veces me pregunto si realmente viví aquello, o si fue un sueño raro.
De esos que te dejan el pecho lleno y la cabeza hecha un desastre.
Dick fue un verano.
Un mes y tres días.
Una tormenta con forma de chico. Una risa que te hacía querer volver, aunque supieras que dolería.
Y dolió.
Él apareció en mi vida como si no hubiera existido nada antes. Como si la rutina se rompiera en el instante en que me miró por primera vez.
Fue rápido. Intenso.
Nos reímos, nos besamos, dormimos juntos, lo dejé entrar en mi piso y en mi vida como si siempre hubiera tenido su nombre escrito en las paredes.
Y entonces se fue.
No con un portazo. Sino con una frase fría, con la certeza cruel de que aquello no iba a durar.
Y ahora…ahora estoy aquí.
Años después.
Sabiendo la verdad.
Que Dick no era solo el chico misterioso de ojos oscuros y sonrisa rota.
Era un cazador.
Un adicto.
Un soldado de una guerra que yo no podía entender.
Y no sé cómo gestionarlo.
Porque todo lo que me dio fue real.
Todo lo que sentí también lo fue. Pero ahora cada recuerdo tiene doble fondo. Cada risa compartida viene acompañada de una sombra. Cada mirada que creí entender, ahora está llena de cosas que nunca me dijo.
Saber quién es realmente me deja desarmado. No por miedo. Sino por lo injusto que es mirar atrás y darte cuenta de que conociste a alguien… solo a la mitad.
Y lo peor es que una parte de mí lo sigue buscando en cada gesto. Sigue preguntándose si aún queda algo de aquel chico que decía que mi piso olía a pizza y ambientador barato, y que me besaba como si no hubiera mañana.
No sé si quiero perdonarlo.
No sé si puedo.
Pero sé que, aunque me haya roto, todavía hay una parte de mí que recuerda cómo me hacía reír a las tres de la mañana, con el pelo despeinado y los ojos llenos de estrellas.
Y no sé qué hacer con eso.
No fue solo sexo.Nunca lo fue.
Aunque al principio me lo repitiera como un mantra para no salir herido, para no enamorarme tan rápido de alguien tan… incompleto.
Con Dick hubo algo más.
Una conexión que no supe cómo explicar entonces, y que ahora tampoco tengo del todo clara. Era algo en cómo me miraba cuando pensaba que yo no lo notaba, en cómo se reía con la boca, pero también con los ojos, en cómo, aun con sus paredes levantadas, me dejaba entrar a ratos.
Un poco más cada noche.
Lo sentía.
Cuando se sentaba en el borde de mi cama, en silencio, y yo podía quedarme observándolo durante minutos sin aburrirme.
Cuando me tocaba como si nunca hubiera tenido derecho al cariño. Cuando se dormía con la cabeza en mi pecho y yo escuchaba su respiración volverse más lenta.
Más tranquila.
Como si, por unas horas, estuviera a salvo.
Eso no se finge.
Eso no se inventa.
Y por eso…aunque enterarme de toda la verdad me ha dolido. Aunque me quedé helado cuando supe quién era realmente, lo que había vivido, lo que había hecho,
no quiero tenerle rencor.
No puedo.
Porque ahora lo entiendo.
Dick no lo tuvo fácil.
Crecio en una vida que no eligió, con expectativas que lo aplastaron, con adicciones que fueron más fuertes que él.
Con una historia que lo arrastraba aunque intentara escapar.
Él estaba roto y demasiado entero. Y aún así, me dio lo que pudo.
A su manera.
Como supo.
Como pudo.
Así que no.
No quiero odiarlo.
Ni guardarle rencor.
Porque si lo hago, traiciono todo lo que hubo entre nosotros.
Todo lo que fue real.
Todo lo que, de algún modo, sigue siendo mío.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co