Truyen3h.Co

Monster [ConnerxTim]

18

x_girl_fox_x

Tim

Wally se había bañado.
El vapor aún salía del baño cuando lo vi salir, secándose el pelo con una toalla, los pies descalzos haciendo un leve ruido sobre el suelo de madera.

No dijo mucho.
Y yo tampoco.

Se estaba vistiendo ahora, de espaldas a mí, frente al espejo del armario.
Vaqueros remangados por los tobillos, azul claro, de esos que parece que han pasado por mil lavados pero siguen estando perfectos.
Encima, una sudadera negra que se deslizó por sus brazos con cierta torpeza, como si de repente todo lo que hacía le costara un poco más.

Y estaba nervioso.
Lo sabía.
No porque dijera nada, sino por los pequeños gestos.
Cómo se pasaba la mano por el cuello, cómo se miraba en el espejo más de lo habitual, cómo dejó escapar un suspiro mientras acomodaba las mangas.

-No eres un sacrificio

-Pues me siento como uno.

No era el mismo Wally de siempre, el que respondía con una broma lista para disparar.
Estaba más callado.
Más concentrado.
Más tenso.

Me acerqué, despacio, sin decir nada al principio.
Me apoyé en el marco de la puerta, observándolo.
Me sentí, por un segundo, culpable.
Por arrastrarlo a esto.
Por hacerlo reencontrarse con un pasado que no pidió.

Pero ahí estaba.
Con los rizos todavía húmedos, los ojos brillando con esa mezcla de miedo, rabia y algo más profundo que no me atreví a nombrar.

Y yo...
solo pensé:

Gracias por venir, Wally.
Aun con todo lo que implica.
Aun temblando un poco por dentro.

Se giró al fin, las manos metidas en el bolsillo delantero de la sudadera, los rizos aún húmedos cayéndole sobre la frente.

-¿Qué tengo que hacer?-me preguntó. Su voz no sonó fuerte, pero sí clara. Como si necesitara poner orden al caos en su cabeza.

Lo miré.
A él.
A su postura tensa, a sus ojos cargados de todo lo que no estaba diciendo.
Y respiré hondo.

-Darme tiempo-le dije-Tiempo para demostrar que nuestra manada es inocente.

-¿Y si no puedes?

Me acerqué, un paso.
Solo uno.
Suficiente para que sintiera que estaba con él, no delante de él.

-Entonces tendrás que decidir de qué lado estás-le dije, con una honestidad que me quemó en la garganta-Pero te juro que no te pedimos estar en medio para que lo mnaipules. Solo... no puedo hacer esto sin ti. No esta parte.

Su mirada volvió a la mía.
Cargada de miedo.
Y de algo más.
Algo parecido a lealtad, aunque todavía teñido de duda.

-Vale-dijo, al fin.

Y ese vale no era simple.
Era paso adelante.
Era todo lo que yo necesitaba en ese momento.

Yo y Conner caminamos con Wally por el pasillo subterráneo hasta llegar a la celda. Las paredes de piedra devolvían el eco de nuestros pasos, y por un momento todo parecía demasiado silencioso.
Wally iba en medio, sin decir nada, mordiéndose el labio inferior, como si eso pudiera mantenerlo firme.

La puerta estaba cerrada con doble seguridad, las luces eran suaves, casi tenues, como si el lugar no quisiera molestar más de la cuenta. Y allí dentro, sentado en un banco de cemento con las manos entrelazadas, estaba Dick.

No parecía alterado.
No parecía derrotado.

Parecía...expectante.
Como si algo en el ambiente le hubiera dicho que alguien especial estaba por llegar y entonces alzó la mirada.

Y lo vio.

Wally.

El cambio en sus ojos fue inmediato. Como si el mundo se parara por un segundo.
Sus pupilas se dilataron, la mandíbula se tensó, y por un instante -solo un instante- el hombre que habíamos traído encadenado parecía pequeño. Vulnerable.

-Wally-susurró, apenas audible, como si no se lo creyera.

Wally no dijo nada.
Se quedó ahí, frente a los barrotes, mirándolo como si todo lo que había sentido aquellos años se le hubiera golpeado de golpe en el pecho.

Y en Dick...en su expresión, hubo una mezcla de culpa, deseo, nostalgia y un dolor que no se puede fingir.

Como si acabara de ver un fantasma.
Uno que le partía el alma.
Uno que nunca pensó volver a mirar a los ojos.

Conner

Puedo olerlo todo.

El cuerpo lo procesa antes que la mente.
Antes incluso de que digan una palabra.

Tim está nervioso.
Lo noto en su aroma, en cómo su pulso se acelera aunque camine con paso firme.
Está preocupado por Wally. Por Dick. Por lo que pueda pasar en este encuentro.
Pero también por lo que pueda significar.
Para nosotros.
Para todos.

Wally, en cambio...su olor no es miedo hacia Dick.
No.
Es más complejo.
Es miedo al no saber qué hacer. Al no saber si debe abrazarlo o girarse y marcharse. Al no tener claro si ese rostro encerrado entre barrotes es el mismo que una vez lo hizo reír con una broma tonta en la cocina, medio desnudo, oliendo a café frío.

Y Dick...Dios.

Dick huele como una tormenta.
No una de lluvia tranquila.
Sino de esas que llegan sin aviso y arrasan.

Está triste.
Esa tristeza antigua, anclada en los huesos.
Pero también está cargado de electricidad. Como si no supiera si gritar, llorar o caer de rodillas. Como si ver a Wally hubiera activado algo en su pecho que había mantenido encerrado durante años.

Y ahí estoy yo.
En medio de esos tres aromas, de esa tensión invisible que me hace querer moverme, hacer algo, romper el silencio.

Pero no lo hago.

Porque esto...esto tiene que pasar.

Entramos.

La puerta de la celda se abrió con un sonido seco, metálico.
Dick no se movió, pero sus ojos no se apartaron ni un segundo de Wally.

Fue Tim quien le pidió que se sentara en el banco, frente a la mesa fija de concreto.
Yo me acerqué sin decir nada, sin mirarlo directamente, y le até las muñecas al saliente metálico de su lado.
No hizo resistencia.
No dijo nada.
Solo respiraba más hondo, como si cada inhalación doliera.

Wally se sentó frente a él.
Al otro lado de la mesa.
Sus manos sobre sus piernas, los hombros tensos, el mentón alto aunque sus ojos decían que por dentro era un vendaval.

Dick lo miraba como si no pudiera creer que estuviera ahí. Como si esa imagen no encajara con el mundo que se había construido en su cabeza.

Y entonces sentí la mirada de Tim. No dijo nada. Solo me miró, y con un leve gesto de cabeza me pidió que saliera con él.

Asentí.

Me giré hacia la puerta.
Y antes de cruzarla, eché un último vistazo.
A Wally, intentando no temblar.
A Dick, con los ojos llenos de recuerdos.

Cerramos la puerta tras nosotros.

Y dentro, se quedaron dos personas con un pasado que pesaba más que cualquier cadena.

Tim

Conner avanzó detrás de mí, silencioso como una sombra, pero su presencia se sentía firme, protectora. Recorrimos el pasillo de piedra hasta la última celda de todas.
Allí donde el aire parecía más denso. Donde incluso el eco de nuestros pasos parecía apagarse por respeto al nombre que se susurraba dentro de esas paredes.

Ryven.

La puerta estaba entreabierta y la luz era tenue, apenas una lámpara colgada del techo vibraba con la corriente de aire que venía de algún conducto oculto. Dentro, sentado como si llevara horas esperando, estaba Jason.

Apoyaba los codos en las rodillas, su mirada dura, fija en Ryven como si con solo observarlo pudiera saber la verdad entera.

Ryven levantó la vista al vernos. Sus ojos se iluminaron con una chispa descarada y un tono burlón escapó de sus labios.

-¡Menos mal que has venido!. Jason da miedo. No te ofendas, viejo amigo.

-No me ofendo-respondió Jason sin un ápice de humor.

Yo avancé.
Me quedé de pie delante de la mesa, donde lo habíamos hecho sentarse días atrás.
Sus muñecas estaban libres, pero no necesitábamos cadenas para saber que Ryven hablaba cuando quería, no cuando se le ordenaba.

Me crucé de brazos.
Lo observé.
Y entonces hablé.

-Quiero saber la verdad. Sobre Dick. Sobre su pasado. Todo.

Ladeó la cabeza con un gesto felino, como si le divirtiera el juego.

-¿Tú qué crees que pasó?-
preguntó con tono casual-
Quiero oír primero lo que has maquinado tú.

Suspiré. No porque no esperara esa respuesta, sino porque me dolía saber que esto no iba a ser rápido.

-Creo que todo está cubierto de mentiras-dije despacio-Que hay muchas más alianzas ocultas de las que aparentan. Que alguien usó a Dick, lo empujó, lo entrenó para ser un arma. Que su odio hacia los lobos no nació de la nada... pero fue manipulado. Tal vez por Ace. Tal vez por ti. Tal vez por alguien más arriba-Y creo que hay traiciones en cada esquina. Alguien le dijo que su familia murió por culpa de la manada Kent...
Pero no encaja.
Ningún rastro encaja.

Ryven sonrió.
No esa sonrisa amable.
Sino esa otra.
La que sabe demasiado.

-Vaya, vaya-murmuró, apoyando los codos sobre la mesa-Parece que has estado pensando mucho. Qué interesante.

-No juego, Ryven-dije, cortando el aire con la voz-No tengo tiempo para rodeos.

Jason no dijo nada, pero sentí cómo su cuerpo se tensaba.
Como si en cualquier momento pudiera intervenir.

Ryven me sostuvo la mirada, y por un momento...se fue la burla. Solo quedó algo más oscuro en sus ojos. Algo que parecía pesar.

-Está bien-suspiró, finalmente-Pero prepárate, Tim. Porque cuando empieces a juntar las piezas, puede que no te guste el cuadro completo.

Las palabras se clavaron como un anzuelo.

-Imagina que eres un niño-dijo Ryven de pronto, como si estuviéramos en un maldito cuento de hadas-¿Te lo estás imaginando?

-Sí-respondí, sin entender aún por dónde iba.

-Voy a dispararle-suspiró Jason desde su silla, con voz seca.

-Vale. Eres un niño feliz-continuó Ryven como si nada-Y que además resulta ser lo suficientemente listo y ágil para ciertas cosas.

-Vale...

-¿No crees que llamarías la atención?

-Supongo que sí.

-Vale. Pues también tienes que imaginar que no siempre vas a llamar la atención de buenas personas.

-No estoy entendiendo por dónde va esto-dije frunciendo el ceño-Según Dick, él no venía de una familia que llamara la atención.

-No hace falta que tu familia lo haga para que alguien se fije en ti-respondió Ryven con una calma escalofriante.

Jason se inclinó hacia adelante, ya sin paciencia.

-Oye, tío, sé más claro.

Ryven se estiró de hombros.

-Ace era de un grupo de cazadores.

-Lo sé-asentí.

-Y él, junto con su pequeña pandilla de hijos de puta, buscaban niños para adoctrinarlos. Para convertirlos en armas letales.

Una pieza encajó con un golpe sordo dentro de mi cabeza.

-¿Fueron ellos los que mataron a los padres de Dick?

Ryven hizo un gesto con la cabeza.

-Sí pero no de la manera que te imaginas. Ellos no desperdiciaban recursos. Usaban a personas como cebo para atraer a lobos de ciertas zonas. Era parte de la estrategia.

-La madre que me parió-murmuró Jason.

-Verás, Ace no era un cazador cualquiera. Venía del linaje de los Kingston. Esos cabrones llevan odiando a los lobos desde tiempos inmemoriales.
No por algún trauma o tragedia. Simplemente porque sí. Hay gente que colecciona pájaros, otros ciervos... los Kingston cazaban hombres lobo por placer.

Me quedé en silencio. El estómago hecho un nudo.

-Sigue-susurré.

-Por lo visto, Dick era un... ¿cómo los llamaban? Sujeto eficiente. Tenía habilidades. Se les escapó cuando era pequeño, orfanatos, familias de acogida, ya sabes. Pero Ace no lo olvidó. Lo buscó durante años.

-¿Por qué?

-Porque no todos los niños son valientes. No todos tienen esa chispa que hace que quieras convertirlos en un arma. Y juro que siento pena por esos niños.

Tragué saliva. Me ardía la garganta.

-Pero Dick ya tenía 18. No estaba en las mejores condiciones...

-Supongo que eso estaba por verse. Ace se lo llevó igual. Supongo que ya le escaseaban los buenos productos.
Y como ya sabéis... le mintió. Como a todos. Le dijo que los lobos eran los culpables.
Y Dick lo creyó. A pesar de sus adicciones, demostró ser competente. Letal.

-¿Lo viste?-pregunté.

-No. Pero me lo contaron.
La venganza, Tim, hace de una flor un árbol. Ace convirtió a Dick en algo que ni él mismo reconocería. Matar a ese hijo de puta costó la vida de varios.
Era más duro que el diamante, y un manipulador brillante.
Y encima tenía chicos que seguían sus pasos como si fuera el evangelio.

Respiré hondo. El pecho me dolía.

-¿Qué pasó después?

-Dick desapareció.
Y sinceramente... lo agradecimos. Pensamos que moriría por sobredosis o que se esfumaría en el polvo.
Pero años después volvió a aparecer. Y cuando lo hizo, supimos que aún era peligroso. Vacío. Buscando sentido. Y lo peor es que lo aceptó todo. Toda la información que le dimos.
Alesha le dijo que los Kent habían matado a sus padres... y él lo creyó. A pesar de que éramos lobos. Lo creyó todo.

-Tienes que decirle todo esto a Dick-le dije, con la voz hecha un hilo.

Ryven me miró con una sonrisa triste.

-No me va a creer. Pensará que me habéis torturado. Que esto es otra trampa. Ese tio no es tonto, Tim. Está jodido, pero no es estúpido.

-Os creyó a vosotros

-Porque el creía en Ace.

Me quedé allí. El eco de sus palabras martilleándome en la cabeza. Las piezas del puzle caían una tras otra. Y mi única esperanza era que Wally me diera el tiempo suficiente para demostrar que la verdad...

Damián

Estamos camino a Sault Ste. Marie, una ciudad al norte de Ontario, a unas cinco horas en coche desde Elathra. Fría, gris, con demasiados rincones donde esconder secretos antiguos.

Ryven nos dio una posible ubicación.

Un viejo almacén reconvertido en sede temporal de los cazadores, según sus palabras. Allí podríamos encontrar registros, mensajes, documentos...algo que respalde lo que él nos ha contado. O algo que lo contradiga.

Viajamos en dos vehículos.
El aire es tenso, nadie bromea demasiado. Vamos Jon, Nate, Conrad, Pamed, Sol, Caleb, Dom y yo. Una pequeña manada en territorio incierto.

Antes de partir, Tim me sujeto del brazo. Me miró con esos ojos serenos que a veces no dicen nada pero lo dicen todo.

-Ten cuidado-me dijo en voz baja-Aunque digan que esa base está inactiva...puede que ella no lo esté.

Y no necesitaba que dijera su nombre. Alesha. La sombra que camina detrás de cada duda, la que parece mover hilos que aún no alcanzamos a ver.

Ahora, ya casi hemos llegado.
La carretera se vuelve más estrecha, más polvorienta y menos transitada. El pueblo a las afueras de la ciudad parece abandonado, o peor, medio dormido en un tiempo que ya no existe. Nos bajamos de los coches. Las puertas se cierran con ecos huecos entre las casas vacías.

Caleb saca el mapa y lo despliega sobre el capó.
Lo sujeta con firmeza mientras el viento lo sacude.
Nos reunimos en círculo.

-El almacén debería estar a unos tres kilómetros al noreste -dice Caleb-Hay una vieja ruta de caza que lleva directo, pero el bosque es denso.

-Entonces vamos por el bosque-respondo-Más cobertura, menos exposición.

Pamed ya tiene su cuchillo sujeto al muslo. Dom se ajusta los guantes. Sol respira hondo, como quien se prepara para algo que aún no puede nombrar. Y Jon... Jon me mira.

Yo asiento. Nos adentramos entre los árboles. El sol empieza a caer. Las ramas se cierran sobre nosotros como una jaula de madera.

Y siento como si el bosque supiera que venimos a despertar fantasmas.

Cuando el bosque se volvió más denso y el silencio más inquietante, Jon, Nate y Conrad se transformaron. Sus cuerpos se alargaron, sus músculos se tensaron, el crujir de sus huesos sonó entre ramas como si la propia tierra contuviera el aliento.
En segundos, los tres lobos estaban ante nosotros.

Sol, fiel a su papel, se mantuvo en su forma humana.
-Para traducir-dijo, y su voz sonaba tranquila, pero tenía esa tensión que se cuela entre los dientes cuando se espera algo.

Empezamos a subir por unas cuestas interminables, serpenteando entre árboles, raíces, musgo húmedo.
El frío calaba en los pulmones, y el aire en las alturas era más áspero. Cada paso se sentía más pesado.

Pamed empezó a caminar al lado de Conrad, apoyando la mano en su lomo para mantener el equilibrio.
Caleb iba delante con el mapa, y Dom cerca de él. Yo, algo detrás, notaba cómo mis músculos ardían con cada paso.

Jon se acercó a mí,
moviéndose con esa elegancia lobuna que nunca parecía agotarse. Rozó mi pierna con el lomo, y yo le acaricié la cabeza suavemente, sin decir nada, solo dejándole saber que estaba bien.
Y seguí caminando.

Un rato después, llegamos a un río. El agua corría helada entre las rocas, pero no era muy profundo, saltamos sobre piedras grandes, calculando cada movimiento.

-Joder...-resopló Pamed mientras sacaba una botella de agua de la mochila-¿Vamos a Narnia?

-Piensa que tenían que ocultarse bien-dijo Caleb, sin mirar atrás.

Seguimos caminando.

Pasó una hora.
Y entonces Pamed, como si no aguantara más el silencio espeso, soltó:

-Veo, veo...

-¿Ahora?-resopló Dom, con una ceja alzada.

-Sí. Es eso o morir de aburrimiento y congelación. ¡Venga, jueguen!

-Vale-murmuró Sol-¿Con qué letra?

-Con la "A".

-¿Árbol?-intentó Caleb.

-Obvio no-dijo Pamed.

-¿Ardilla?-pregunté yo.

-¿Tú has visto alguna? Porque yo no...

-¿Agonía?-bromeó Dom.

-Casi. Es "amargura", que es lo que siento por esta caminata.

Seguíamos caminando.
El terreno seguía subiendo sin piedad, y la humedad del bosque comenzaba a mezclarse con la niebla ligera que se filtraba entre los troncos altos. Mis piernas ardían. Las de todos, probablemente.

Fue entonces cuando Pamed, con la respiración entrecortada pero aún con fuerzas para molestar, rompió el silencio:

-Veo, veo...

-¿Otra vez?-resopló Caleb, mirando hacia atrás.

-¡Vamos, tíos, es eso o quejarme cada diez pasos!
Letra "M".

-Montaña-dijo Nate, aún en forma de lobo, con una especie de bufido que Sol tradujo a medias riéndose.

-No-respondió Pamed con una sonrisa de suficiencia.

-¿Musgo?-intenté, viendo el verde pegado a casi cada roca.

-Frío.

-¿Muerte?-dijo Dom, con tono lúgubre.

-Wow, dramático, pero no.

-¿Malhumor?-sugirió Sol, riéndose.

-¡Eh! ¡Ese casi acierta! Pero no. Siguiente letra: "A".

-¿Mala actitud?-preguntó Conrad desde su lomo, girando el hocico como si estuviera ofendido. Sol traducio

-¡Premio!-Pamed alzó las manos con una risa- Mala actitud, cortesía de Caleb desde que salimos.

-Te juro que cuando esto acabe...-gruñó Caleb.

-Lo sabía, solo quería confirmarlo-dijo Pamed,
El juego siguió.

-Vale, mi turno-dijo Sol-Letra "E".

-¿Enemigo invisible?-bromeé.

-Suena demasiado real para esta expedición-añadió Dom, afilando la daga con una piedra.

-¿Espinas?-intentó Jon y sol tradujo.

-Cerca. ¡Era "esfuerzo"! Como el que estoy haciendo por no empujaros cuesta abajo.

-Veo, veo...-canturreó Pamed otra vez.

-¿Con qué letra?-preguntó Sol.

-Con "C".

-¿Cansancio?-dijo Dom, sin pensarlo dos veces.

-¡Obvio, pero no!-se rió Pamed.

-¿Camino?-dijo Caleb, aunque ni miraba alrededor.

-Frío.

-¿Conner?-bromeé.

-Caliente... pero no, además él no está aquí. Aunque sí me gustaría ver ese lobo sin sudadera, eh-rió.

Conrad gruñó

-¿Cima?-intentó Sol.

-Frío, más frío que tu ex.

-¿Corteza?-preguntó Nate.

-¡Uf! Casi. Pero no.

-¿Culpa?-preguntó Jon, medio en broma, medio serio.

-Dios mío, esto se está volviendo filosófico-soltó Pamed-Era caminata. Lo que estamos haciendo desde hace tres siglos.

-¿Alguien quiere silenciarla?-dijo Caleb.

-No puedes silenciar la belleza natural, cariño-respondió Pamed, posando como si posara para una portada.

-Veo, veo...-dije yo ahora.

-¿Y esa?-se sorprendió Dom-¿Damián jugando?

-Shh. Letra "R".

-¿Rabia?-dijo Pamed, sonriendo con los colmillos.

-Frío.

-¿Raíces?-preguntó Sol, mirando abajo.

-Caliente.

-¿Rama rota?-sugirió Conrad mirándome mientras movía la cola

-¡Exacto! Esa de ahí. La pisaste tú, lobo gigante.

-No puedo evitarlo si tengo patas grandes-rezongó Conrad.

-Compensación por otras cosas-murmuró Pamed.

-¿Qué dijiste?

-Nada, amor. Tu lomo es precioso.

-Voy yo-dijo Caleb, rodando los ojos-Letra "S".

-¿Silencio incómodo entre nosotros después de esta misión?-dije.

-Más bien después de que abramos la puerta del sitio donde vamos a entrar-dijo Dom.

-Era "sudor", porque estoy empapado. Y eso que hace frío.

-Sexy-dijo Pamed con una risita.

-Pamed, por favor-fue el suspiro colectivo.

-¡Vale, vale! Vaya hombres que no soportan bromas ¿Veo, veo con "D"?

-¿Dolor de piernas?-gritamos tres a la vez.

-¡Joder, sois buenos!-rió.

Otra hora después estábamos bien. Bien cansados, pero bien.
Hasta que llegamos a la maldita ladera.
Era empinada.
Empinadísima.
De esas que miras desde arriba y piensas: "no puede ser tan mala".

Spoiler: sí que puede.

-Vale, bajamos con cuidado-
dijo Caleb, señalando como si eso fuera a cambiar la pendiente de 70 grados que teníamos delante.

-¿No hay una ruta más amable?-preguntó Sol, arqueando una ceja.

-Claro-resopló Dom-si quieres dar la vuelta al jodido planeta.

Jon, aún en forma de lobo, miró hacia abajo y dio un pequeño paso. La tierra se deslizó debajo de su pata y se fue resbalando como si estuviera en un tobogán. Jon acabó con el culo peludo lleno de hojas, al fondo de la colina.

¿Está bien?-preguntó Pamed mientras se aguantaba la risa.

Jon ladró. Un ladrido ofendido.

-Eso ha sido un "estoy bien pero no me habléis"-tradujo Sol, entre risas.

Nate, lobo gris musculoso y valiente. Dio dos pasos, resbaló como si el barro lo odiara y bajó dando vueltas como un barril descontrolado.

-¡Uhh! ¡Siete sobre diez! ¡Falta gracia!-gritó Pamed desde arriba.

-¿Y si rodamos todos directamente?-preguntó Dom.

-¿Y nos partimos el cuello? Buena idea-murmuré, seco.

-Vale, técnica cangrejo-dijo Pamed, poniéndose de lado, bajando con pasos lentos como si fuera una abuela bajando las escaleras con tacones.

Conrad, impaciente, se lanzó como si fuera una tabla de snow. Literalmente se deslizó en su forma de lobo, abriendo camino. Detrás, Pamed gritó:

-¡Eres un surfista peludo!

Yo intenté bajar con dignidad.

Intenté.

Pero en el tercer paso el barro traicionero me atrapó, y terminé bajando de culo, brazos extendidos, gritando con frustración:

-¡Esto no es lo que quería decir con avanzar rápido!

Dom se cayó sobre mí dos segundos después, Caleb cayó encima de él, y Pamed vino gritando como si fuera en una montaña rusa.

Todos terminamos en una montaña de cuerpos, tierra y dignidad rota al pie de la ladera.

Jon ladraba.

Conrad aullaba de risa.

Y yo, con barro hasta en la ceja, solo pude decir:

-Si volvemos a subir por ahí, juro que me hago civil.

Más barro, más raíces, más musgo en sitios en los que nadie debería pisar.
Pero el ambiente, extrañamente, estaba más ligero. Quizá porque después de bajar deslizándonos como croquetas humanas, ya nada podía ir peor.

-¿Jugamos a "preguntas"?-dijo Pamed, con esa energía inagotable suya.

-¿Qué versión?-preguntó Caleb, con tono desconfiado.

-La tonta. Donde no puedes decir que no y tienes que responder rápido.

-Estoy dentro-dijo Sol-pero si me preguntáis cosas sobre relaciones, pienso mentir.

-¡Perfecto! ¡Empiezo!-Pamed giró la cabeza-Nate, si fueras humano ahora mismo, ¿qué prenda interior llevarías?

Nate, aún en forma de lobo, soltó un gruñido muy largo.

-Dice que bóxer de dinosaurios -tradujo Sol con toda la seriedad del mundo.

-Icónico-ladro Conrad.

-Vale-dije yo-Conrad, si fueras un humano famoso, ¿quién serías?

-Easy. Henry Cavill. Pero con más encanto-Traduce sol.

-Con más ego, querrás decir-
soltó Caleb.

-¡Eh! Tú cállate-Tradujo el ladrido- ¿No eras el que una vez dijo que si fueras un objeto serías una calculadora?

-Porque siempre tengo las respuestas, cariño.

-Puaj-gruñó Dom-Vale, mi turno. Pamed, si estuvieramos en una película de terror, ¿quién moriría primero?

-Caleb, obvio.

-¿Qué?-se quejó Caleb.

-Tienes cara de decir "chicos, voy a ver qué fue ese ruido" y no volver jamás.

Sol estalló en carcajadas.
Conrad se tumbó en el barro para revolcarse como si también se estuviera riendo.

-Damián, Jon pregunta que si fueras un animal que no fuera lobo, ¿qué serías?

Lo pensé.

-Un gato.

-No, un gato serías tú-le dijo Sol a Jon. ¿Por qué?
Porque te haces el independiente y adorable pero si te dan comida y mimos te conviertes en un bebé pegajoso-gimoteo-Falso dice

-¿Verdadero?-dijimos todos al unísono.

-¡Vale! Pregunta rápida para todos-dijo Pamed, ya saltando sobre raíces como si no estuviéramos agotados-
Si fueras un helado, ¿de qué sabor serías?

-Vainilla-dijo Dom.

-Chocolate negro intenso-soltó Caleb.

-Fresa ácida-dijo Sol, sin dudar.

-Yo sería uno de esos de arcoíris que no sabe a nada-dijo Pamed

-Yo sería menta con chispas dice Conrad.

-¿Porque refrescas la situación?-le pregunté.

El lobo ladró.

-Yo sería limón-respondí, cruzándome de brazos.

-Jon dice que porque das ardor en la herida.

Lo empujé. Él se rió.
Y seguimos caminando.
Más ligeros.
Más sucios.
Pero con las preguntas más inútiles del mundo flotando entre nosotros como si fueran parte del bosque también.

Y entonces de repente, como si el universo quisiera probarnos una vez más,
nos encontramos con una pared de roca.

No era altísima, claro.
Pero tampoco era amigable.
Y desde luego, no estaba en el plan de "paseo por el bosque y preguntas inútiles".

-¿Esto es en serio?-dijo Pamed, dejándose caer sobre una piedra.

Frente a nosotros, una especie de ladera vertical, salpicada de raíces y salientes que apenas servían para poner un pie.

-¿Quién coño pone una pared en mitad del bosque?-añadió Sol, mirando hacia arriba como si esperara una explicación divina.

Nate, en forma de lobo, ni lo pensó. Dio un salto felino, apoyó las patas en una raíz, trepó por un lateral y desapareció como si fuera parte de una película de acción.

-¿Qué acaba de pasar?-preguntó Dom, pestañeando-¿Nosotros tenemos que hacer eso? ¡Eso era trampa genética!

-Conrad dice..-Empiza sol-Que podríamos hacer una torre humana yo abajo, Caleb encima, Sol encima de Caleb y Pamed de grúa emocional gritando desde abajo.

-No-respondimos todos a coro.

-Vale, siguiente plan: escalada con trauma-dijo Pamed-Cada vez que avancéis un paso, pensad en un ex.

-Yo ya estoy motivado-gruñó Caleb, empezando a trepar con cara de "mi último ex me debe terapia".

Yo probé un punto de apoyo y resbalé. Me quedé colgado por un pie y una raíz, mirando a Jon.

-No te rías. Te estoy viendo.

Jon sí se rió.

Pamed se levantó de la piedra como si subiera al cadalso.

-Bien. Si muero, recordad que quiero que mis cenizas se esparzan por una pista de baile y que suene Beyoncé.

-Vamos, drama queen-dijo Dom, empujándola suavemente hacia la roca.

Empezamos a trepar como pudimos. Yo iba detrás de Sol, que murmuraba cosas como "esto me pasa por no quedarme en casa viendo Netflix".

Caled se deslizó en un momento y gritó:

-¡No toquéis esa raíz! ¡Esa raíz es traicionera! ¡Esa raíz trabaja para Alesha!

Y así, entre resbalones, insultos al terreno, y una cantidad preocupante de referencias a ex parejas,
llegamos arriba.
Vivos.

Jadeando.

Llenos de barro.

Pero vivos.

-Si la trampilla está vacía...-dijo Caleb, tirado boca arriba en el suelo-voy a quemar este bosque con mis propias manos.

Pasaron casi 4 horas hasta que llegamos a la zona indicada. El mapa señalaba un punto sin coordenadas visibles, solo rodeado de marcas de advertencia.
A simple vista, no había nada.

Los lobos comenzaron a olfatear, moviéndose entre arbustos, rastreando con la nariz pegada al suelo.
Los demás nos sentamos un momento, bebiendo agua, sintiendo cómo el frío se colaba incluso a través de las capas de ropa.

Y entonces Jon se detuvo.
Rascó el suelo con una garra.
Conrad lo siguió, olfateando el mismo punto.
Nate se les unió en segundos.

-¿Han encontrado algo?-preguntó Sol, inclinándose hacia ellos.

Un par de gruñidos cortos, firmes. Los tres empezaron a escarbar, lanzando tierra húmeda hacia los lados.
Nos acercamos.

Y ahí, bajo unos dos metros de tierra, apareció una trampilla de metal, oxidada por el tiempo, con un símbolo extraño grabado en el centro.

Jason tenía razón.

Ryven también.

Y lo que sea que hay debajo... lleva demasiado tiempo esperando a ser abierto.

Les dimos sus ropas a los tres-Jon, Nate y Conrad-para que pudieran cambiarse después de transformarse.
Mientras ellos se vestían detrás de unos árboles, nosotros nos agrupamos alrededor de la trampilla, intentando no arrancarla de cuajo.

-No quiero que me explote en la cara-murmuró Caleb, examinando el candado con el mismo respeto que se le da a una bomba de relojería.

-¿Seguro que esto no tiene alarmas ni mierdas raras?-preguntó Sol, mirando de reojo.

-Ryven dijo que no-respondí. Y ni yo me creía ese voto de confianza.

Jon, Nate y Conrad volvieron justo cuando Caleb encontró cómo forzar el candado sin romperlo. Lo retiramos, y todos dimos un paso atrás cuando tiramos de la trampilla.

Crack.
Un sonido oxidado y gutural, como si el metal no quisiera ser despertado.

Debajo...
escaleras.

Oscuras, estrechas, cubiertas de polvo y con ese olor inconfundible a documentos viejos, humedad... y secretos.

-Bueno-dije bajando primero con la linterna en la mano-si alguien nos asesina aquí abajo, mínimo que sea rápido.

Bajamos.

Y al llegar al fondo...

-Joder...-murmuró Sol.

Montañas de papeles.
Archivadores apilados como si alguien los hubiese ido colocando a ciegas con prisa.
Algunos tumbados, otros encajados como un Tetris sin lógica. Había cajas con nombres escritos a mano, etiquetas con códigos, carpetas clasificadas por colores. Era como una biblioteca subterránea hecha por paranoicos.

-Hostias-dijo Conrad, de pie, con la boca entreabierta.

-¿Esto qué es?-susurró Pamed, sacando una carpeta al azar- ¿Registros? ¿Informes?

Yo ya estaba marcando el número de mi hermano.

Me apoyé contra la pared mientras escuchaba el tono de llamada y observaba todo aquello como si fuera un mal sueño materializado.

Cuando Tim respondió, solo le dije:

-No llegaremos hasta mañana.
Hemos encontrado algo enorme.

Tim

Salieron esta mañana, temprano. Damián, Jon, Pamed, Conrad, Sol, Caleb, Dom y Nate. Y desde entonces, no dejo de mirar el móvil cada media hora.
Como si el bosque pudiera tragarse la señal y a ellos con ella.

Pero ahora me centro en Wally.
Está en la cocina, sentado con una taza entre las manos.
No ha dicho mucho desde que volvió de ver a Dick.
Y yo sé que no debo presionarlo...pero la curiosidad, y lo que está en juego, me empujan a abrir la boca.

-¿Qué tal?-le pregunto, apoyándome en la puerta-¿Con Dick?

Él no responde de inmediato.
Levanta la vista, da un sorbo al café o lo que sea que haya preparado con esas cápsulas del demonio y al final dice:

-Pues...

Y ese "pues" tiene tantos tonos mezclados que me cruzo de brazos, esperando el resto. Porque ese "pues" puede significar: "lo odio", "me partió en dos otra vez" o "lo abracé hasta que no dolió".

Lo miro.
Él me mira.
Y sé que la siguiente palabra va a marcar más que una simple actualización.

Así que espero.
Con el corazón dando pequeños golpes en la boca del estómago.

Wally

-Supongo que ya sabes quién soy-dijo él, con esa voz grave que siempre suena como si arrastrara piedras.

Yo lo miré, apoyando los codos sobre la mesa de metal entre nosotros, sintiéndome como si mis entrañas fueran un manojo de cables mal conectados.

-El de siempre-dije con una pequeña sonrisa-Dick Grayson. Pero esta vez con más... cosas añadidas.

No sé por qué solté esa gilipollez.Pero sí sé por qué estaba tan nervioso.
Porque era él.
Porque a pesar de los años, de la distancia, de la rabia, seguía siendo él.

Me miró fijo, como si escaneara cada palabra.

-Vale-murmuró-Empiezo bien.

-¿Y qué opinas?

Su voz tenía filo, como si no quisiera ser suave. Como si esperara que lo destrozara.

-No soy nadie para juzgarte.

-Necesito que lo hagas-dijo él, sin dudar.

Me quedé en silencio unos segundos. Mirando la cadena que lo sujetaba, su muñeca tensa, la expresión contenida.

-Pues... no sé-admití al final-Es que no entiendo esto. No sabía quién eras. Y ahora simplemente veo a alguien que está buscando la verdad de su pasado.

-¿Te asustó?

-No mucho. Solo... estoy confundido.

-¿No estás enfadado?

-No. Tim es mi amigo, confío en él.

Frunció el ceño, como si eso fuera precisamente lo que no encajaba.

-En este mundo no se puede confiar en nadie. Y mucho menos si te ha metido en esta mierda.

-Bueno... tú ibas a matarlos-dije encogiéndome de hombros-Supongo que unos luchan por lo que quieren y otros huyen.

Sé que eso fue una flecha.
Directa.
No por maldad.
Por verdad.

-¿Me guardas rencor?

-Quizás antes. En esos meses... sí. Pero no quiero pensar en lo malo-Lo vi tragar saliva. Su mirada se desvió por un segundo-¿Tú odias a Ace por meterte en este mundo?

Negué con la cabeza.
Y entonces solté la verdad.

-No.

-¿No?

No. Porque gracias a él te conocí.

Vi cómo sus pupilas se dilataban. Cómo apretó la mandíbula. Y cómo sus manos, aunque atadas, se cerraron lentamente.

Mi corazón subió a la garganta. Y lo obligué a bajar.

-Podríamos habernos cruzado de otra manera-dije con voz baja.

-¿Tú crees?

-Sí...

Nos quedamos callados un momento. Luego, mirándolo a los ojos, pregunté:

-¿Tú... sigues tomando drogas?

Él no dudó.

-No.

Me quedé mirándolo después de que dijo no.
No lo dijo con vergüenza.
Ni con rabia.
Lo dijo como alguien que lleva mucho tiempo intentando convencerse de que ha dejado de ser ese alguien que una vez fue.
Y por eso le creí.

-¿Desde cuándo?

-Dejé de contar los días cuando entendí que el problema no era el polvo... era yo.

Asentí, en silencio.
No era fácil escuchar eso de alguien como él. Alguien que una vez parecía tenerlo todo bajo control. Y que se derrumbó sin que nadie lo notara del todo.

-¿Y... te cuesta?

-Hay días que no-dijo, con una sonrisa amarga-Y hay días en los que daría un dedo por volver a olvidar.
Pero entonces me acuerdo de ti.

Me quedé muy quieto.

-¿De mí?

-Sí. De tu risa, de tu mal humor por las mañanas, de cuando me robabas media pizza y jurabas que no habías tocado nada. De tu cara cuando dormías en mi cama como si no fueras a moverte nunca más. Y pienso... a veces fui feliz sin estar colocado.
Y eso... eso me salva.

Tragué saliva.
Sentí que el pecho me pesaba.

-Dick...

-No lo digo para que vuelvas. Sé que no es tan simple.
Solo quiero que lo sepas.

-Yo también pienso en ti-confesé, sin saber bien por qué, pero necesitándolo-
No como una herida.
Más como...una página que no terminé de leer.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

-¿Sabes lo que más me dolió? -le pregunté, bajando la voz.

-Dímelo.

-Que me rompieras el corazón como si lo mío no contara.
Como si lo nuestro hubiese sido una excusa de verano.
Y para mí...fue la primera vez que sentí que alguien me elegía.

Vi cómo apretaba los dientes.
Cómo se le nublaban los ojos.

-Fuiste lo único real en años, Wally. Y por eso te alejé.
Porque pensé que no merecía eso. Ni a ti.

Apoyé las manos sobre la mesa. Mis dedos apenas rozaban los suyos, inmóviles, esposados.

-Puede que todavía no merezcas muchas cosas.
Pero mereces saber la verdad.

-¿Y si no me gusta?

-Entonces lidias con ella como todos. Con rabia, con llanto, con tiempo...pero la enfrentas.

Y ahí estábamos.
En lados opuestos de una mesa.
Con una historia rota en medio.
Y quizás, un hilo invisible aún atándonos.

Tim

-Y él ha pedido que lo dejéis compartir habitación conmigo -dice Wally, con un nudo en la voz. No por miedo, sino por algo peor: esperanza.

Me quedo quieto.

Sus palabras son sencillas.
Pero me atraviesan como si vinieran con filo.
Porque lo entiendo.
Entiendo lo que él quiere, lo que espera, lo que aún siente.

Y yo...Por un instante, me miro por dentro. Y todo está retorcido.Feo. Frío.
Porque estoy usando a Wally.
Lo estoy usando.
Y es mi mejor amigo.

Mi mejor amigo.

Asiento.

-Vale-murmuro, con una voz que no suena a mí-Pero no queremos altercado. Que... se comporte.

Me pongo de pie rápidamente, antes de que el temblor en mis piernas se note. Me acerco a la puerta con prisa.

-Mike está de guardia en la entrada. Dile que vas de mi parte.

-¿Dónde vas?-pregunta Wally.

-Necesito hacer algo-respondo sin girarme.

No necesito hacer algo.
Necesito huir.

Salgo del pasillo, cruzo la zona común, subo las escaleras sin saludar a nadie.
Y entro a mi habitación.

La cierro con pestillo.

Corro al baño.

Y vomito.

Todo.
La culpa, la presión, el asco que me da la versión de mí que le miente a su mejor amigo con tal de salvar a alguien que no sé si puede salvarse.
La bilis arde.
Pero más arde la conciencia.

Me arrodillo junto al inodoro, jadeando.
El mundo dando vueltas.

Y entre suspiros, me repito lo mismo, una y otra vez:

No era así como quería que ocurriera. No era así.

Tim

Wally es una buena persona.
De esas que ya casi no existen. Alguien que da sin esperar nada. Alguien que, incluso ahora, después de todo lo que le hemos ocultado, sigue confiando en mí.
Sigue creyendo que vale la pena.

Y yo...

Yo odio a mi padre.

No por lo evidente.
No porque fuera cruel, ni porque hiciera daño directo.
Sino porque me dejó esto.
Porque, al final, toda esta carga...fue su legado.

Y yo he descubierto un lado mío que me aterra.
Ese que actúa sin dudar.
El que piensa que si alguien debe caer, que caiga rápido, sin mirar atrás.
El que ve personas como piezas.
Como medios.

Ese que está usando a su mejor amigo por una causa.

Cierro los ojos y niego, como si eso bastara para borrar la voz que me grita desde adentro.

Mi padre no puede tener la culpa de que existan malas personas como Alesha, ni de que haya tantos secretos podridos bajo cada piedra que tocamos.

Pero sí le guardo rencor por esto.

Por dejarme solo con este mundo descompuesto.
Por dejarme con este peso.
Por pensar que podía cargarlo.
Que yo debía cargarlo.

Por heredarme una guerra.
Y enseñarme a pelear...
pero no a vivir con las consecuencias.

Nueve horas.
Nueve horas pasaron en las que no quise pensar.
Ni hablar.
Ni mirar a nadie.

Dormí.
Porque era lo único que mi cuerpo aceptaba.
Me tapé con la manta hasta las orejas, hundido en la oscuridad de mi habitación.
Y dejé que el mundo siguiera girando sin mí.

Porque todo dolía.
Y a veces... dormir es la forma más cobarde -o más humana- de huir.

El zumbido del móvil me despertó.

Era mi hermano.

Respondí sin pensarlo, con la voz áspera, los ojos aún pesados de no querer ver el presente.

-¿Sí?

-Hemos encontrado algo-dijo Damián, directo, sin saludos.

Eso me hizo sentarme.
El corazón saltó al escuchar el tono.

-¿Qué tipo de algo?

-Más de lo que esperábamos. Más...de lo que queríamos encontrar, quizás.

Tragué saliva.

-¿Lo podéis traer?

-No todo. Son documentos, archivos, registros... y están enterrados en capas de años y mugre.
Vamos a revisar lo importante, clasificar lo que tenga nombres clave.
Quizás para mañana por la tarde estemos de vuelta.

Asentí, aunque él no podía verme.

-Ten cuidado.

-Lo tendremos-dijo con voz firme-Tú también.

Colgó. Me quedé un rato mirando la pantalla apagada.

Una parte de mí quería volver a dormirse. La otra...empezaba a sentir que el final de esta historia estaba más cerca.
Y que ni yo estaba preparado para todo lo que venía.

Pero entonces decidí recomponerme. No del todo.
Solo... lo suficiente como para volver a parecer funcional.

Me arrastré fuera de la cama, me eché agua en la cara -fría, como una bofetada necesaria- y bajé a buscar algo de comida. El estómago ya no rugía, solo se quejaba como una vieja ofendida por el abandono.

Al girar el pasillo, me crucé con Marcus, Lys y Niko. Los tres venían seguramente del gimnasio, sudados, con camisetas pegadas al cuerpo y olor a esfuerzo reciente.

-Ey-dije con voz rasposa.

-Estás vivo-respondió Marcus, levantando una ceja.

-Técnicamente-respondí.

-Tienes cara de haber hecho la paz con tu muerte-añadió Lys, riéndose mientras se arreglaba la coleta.

-O de haber llorado viendo vídeos de perritos-remató Niko.

Les lancé una mirada sin humor, pero agradecida.
Me dejaron pasar como si entendieran que hoy no era día para bromas largas.

Llegué a la cocina.
Puse agua a hervir.
Macarrones.
Fáciles.
Predecibles.

Mientras esperaba, me senté con el móvil.;Redes sociales. Gente feliz. Fotos de comida, de playas, de uñas nuevas, de parejas abrazadas con pies descalzos sobre alfombras suaves. Mundos donde nada de esto existía.

Los macarrones ya estaban listos cuando entró Mike.
Sin llamar.
Sin filtro.

-Huele a... oh-dijo, deteniéndose junto a la puerta-
Vale. Es tu aroma a mierda existencial lo que sentí en la entrada.

-Gracias, siempre tan sensible -dije sin levantar la vista del plato.

-Dices eso, pero no niegas nada.

Suspiré y me llevé un tenedor a la boca. Mike se sentó frente a mí con su bebida energética mutante y me miró fijamente.

-¿Quieres hablar de por qué pareces una canción triste con piernas, o solo vengo a hacer de decoración?

-Puedes hacer de planta decorativa. Pero que no hable -dije, sin demasiadas fuerzas.

-Mala suerte. Soy una planta con opiniones.

Y ahí se quedó.
Sin hablar por unos minutos.
Solo ahí.Y aunque no lo dije en voz alta...lo agradecí.

Jugué con el tenedor un rato antes de hablar. Las palabras me salieron arrastradas, como si me costaran más que el peso de todo lo que llevo encima.

-Me siento... como una mierda -murmuré.

Él alzó una ceja, sin interrumpirme.

-Estoy usando a Wally. Sé que lo estoy haciendo. Y él es... él es la persona más buena que conozco. Y aún así lo metí en esto sin que sepa la mitad de lo que pasa. Solo para que él-dije, enfatizando-pueda escuchar a alguien que tal vez ni quiera redimirse.

-Dick.

Asentí.

-Y encima... no dejo de pensar que esto no me lo dejó mi padre, me lo encajó. Como un legado envenenado. Una guerra mal cerrada.

Mike cruzó los brazos, sin moverse.

-Y me odio por todo. Por no tener el valor de decirle a Wally que puede marcharse. Por no decirle a Dick lo que lo odio por lo que casi nos hace, por ponerme en esta posición. Por quedarme aquí como un jodido director de orquesta que no sabe leer partituras, solo tocar a ciegas.

Cerré los ojos un momento.
Me dejé ir sobre la silla.

-Tengo este lado... oscuro, Mike. Este que solo quiere soluciones rápidas. Que piensa "si esto no encaja, córtalo". Y cada vez aparece más. Y no sé si es mío... o si me lo dejaron también.

Mike me observó un rato en silencio.

Luego apoyó los codos sobre la mesa.

-¿Quieres saber lo que yo pienso?

-No, pero lo vas a decir igual.

-Exacto-sonrió un poco-Creo que te odias porque aún te importa hacer las cosas bien. Porque si no te importara... no estarías aquí sentado diciéndome esto. Estarías mintiendo a todos sin remordimientos. Usando y desechando.

Lo miré.
Su expresión no tenía juicio. Solo certeza.

-¿Y si ese lado termina ganando?

-Entonces estaré aquí para darte una hostia y recordarte quién eres-dijo con un encogimiento de hombros.

Suspiré.

-No quiero perderme, Mike.

-Entonces sigue hablando.
Sigue sintiendo. Sigue arrepintiéndote, si hace falta.
Eso es lo que hacen las personas que aún tienen algo que salvar.

Y por primera vez en horas...
respiré.
Profundo.

Y no dolió tanto.

Pamed

Habíamos estado horas entre informes. Horas. Con olor a polvo viejo y papel húmedo.
Con los dedos manchados de tinta ajada y los ojos como si tuvieran arena.

Buscábamos el archivo de Dick. Su nombre, su número, lo que fuera.
Pero nada.
Nada directo.
Solo pedazos. Fragmentos de otros. De cosas peores.

Lo peor no era que no lo encontráramos.
Lo peor era lo que sí encontrábamos.

Torturas disfrazadas de entrenamiento.
Crianza militar camuflada de "preparación". Evaluaciones a niños con frases como "respondió bien al dolor físico", o "el trauma parece agudizar su obediencia".

A ratos sentía el estómago encogerse y los dientes apretarse. No eran fichas.
Eran autopsias emocionales.

Cuando la noche empezó a caer, decidimos montar el campamento ahí dentro.
No queríamos volver a subir con esa cuesta infernal solo para volver por la mañana.
Así que cerramos la compuerta desde dentro.

Dom, no sé cómo demonios, hizo magia de supervivencia y consiguió que una parte del sistema eléctrico reviviera.
La luz no era potente, pero suficiente para no tropezar con cajas o pensar que una sombra era un trauma con patas.

-Vale, vale-dije mientras todos preparaban las tiendas portátiles y sacos de dormir-
Conrad, acompáñame a mear.

Él me miró desde donde estaba desenrollando la tela, levantando una ceja.

-¿Ahora?

-Sí, ahora. ¿Qué quieres, que me explote la vejiga aquí dentro?

-¿No puedes ir sola?

-Soy valiente, amor.
Pero no soy idiota.

Me lanzo una linterna, me puse la chaqueta, y salimos por la trampilla con él siguiéndome en modo guardaespaldas sexy y ligeramente dormido.

-No te alejes mucho-me dijo cuando encontramos un rincón entre los árboles.

-Tranquilo, no planeo fundar una civilización aquí fuera-
respondí bajando la linterna.

Justo mientras estaba ahí, medio agachada entre dos arbustos -con dignidad cero pero las prioridades claras-escuché a Conrad hablar con ese tono medio burlón medio serio que solo él sabe usar.

-Sabes... en este punto de nuestra relación me siento estúpidamente romántico.

¿Me estás diciendo eso mientras meo?-dije, girando un poco la cabeza con incredulidad.

-Es que es un momento íntimo -se rió-Tú, vulnerando la naturaleza. Yo, vigilando que no venga un jabalí asesino. El bosque. Las estrellas.

-Por favor-bufé, pero ya estaba riéndome también-Si dices una palabra más cursi, te reviento con la linterna.

-Vale, vale-levantó las manos como si me ofreciera paz-
Solo digo que... me gusta estar aquí contigo. Incluso si es en medio del bosque, después de haber leído cosas que me han dejado el alma arrugada. Tú haces que no se sienta tan pesado.

Me subí la cremallera, acomodé la chaqueta, y volví a su lado. Apenas me acerqué, él me rodeó con un brazo.

-Eres un idiota-le dije apoyando la cabeza contra su hombro.

-Y tú una chica que me obliga a acompañarla a mear-sonrió- Estamos hechos el uno para el otro.

Nos quedamos así unos segundos, escuchando el bosque, como si en medio de tanto caos, encontrar ese pedacito de calma fuera una especie de milagro.

-Ahora volvamos antes de que Caleb empiece a gritar que la humedad se le mete en los huesos como un abuelo de ochenta.

Conrad me apretó un poco más contra él antes de soltarme. Y pensé, sí.
Estamos rodeados de secretos, muerte, y cosas que dan pesadillas.
Pero él, él me sigue haciendo reír.
Y eso también es una forma de resistir.

Damián

Estamos todos tumbados en la oscuridad.

El zumbido leve del sistema eléctrico resucitado nos envuelve, y el aire denso del refugio bajo tierra se mezcla con la respiración lenta del grupo.
Todo está en silencio.

Tranquilo.

Jon me abraza como si fuera un koala y yo su eucalipto. Tiene un brazo cruzado sobre mi cintura y su cara hundida en mi cuello.
Está dormido.
Completamente ajeno al caos.

Y yo, por supuesto, no puedo dormir.

Mi cabeza no me deja.
No después de todo lo que he leído.

Archivos que no deberían existir. Nombres que no deberían haber sido anotados con tanta frialdad.
Niños rotos, adiestrados.
Vidas moldeadas por el dolor con la única finalidad de matar sin pestañear.

Y me viene una idea absurda.
Absurda, pero insistente.

¿Y si mi padre supiera todo esto?

Quizás no en detalle, no esta operación exacta, no esta instalación oculta en medio de la nada. Pero... ¿y si lo intuía?

Mi padre siempre veía más allá. Siempre anticipaba lo que otros tardaban años en comprender. ¿Y si él fue quien filtró la ubicación de Ace a esa otra manada? ¿Y si se aseguró de que alguien se encargara de esa basura cuando nosotros aún éramos demasiado pequeños?

Es posible.
Incluso probable.
Y esa idea me reconforta y me aterra al mismo tiempo.

He leído demasiados expedientes esta tarde.
He visto demasiado claro lo que querían crear:
Niños soldados.
Armas de obediencia perfecta.
Máquinas con corazón suficiente para disparar...pero no para cuestionar.

Y entonces me pregunto...
¿Nosotros? ¿Mi padre nos hubiera entrenado para ser eso?

No.
No lo creo.

Creo que nos dio la opción de...Para pensar, decidir, defender. No para obedecer a ciegas. Quizá él quiso que fuéramos armas también.
Pero armas con alma.
Con criterio.
Con principios.

Y eso es lo que me mantiene ahora. Esa delgada línea entre lo que podríamos haber sido...
y lo que aún podemos elegir ser.

Miro a Jon de reojo.

Su respiración cálida contra mi piel. Y me doy cuenta. De todo.
Que realmente estoy haciendo esto por él.
Por su familia.
Por su mundo.
Por esa paz que aún no tiene, pero merece. Porque si alguien puede tener un futuro luminosi es él.

Y si yo tengo que pelear contra todas las sombras para dárselo lo haré.

Damián

-¿No podríamos simplemente enseñarle tooooodo esto a Dick en vídeos y fotos?-dice Pamed, frustrada mientras aparta otra pila de carpetas húmedas y se sacude el polvo de las manos-Es decir, joder, tenemos pruebas, tenemos nombres, fechas, hasta listados de tortura. ¿No podríamos meterle todo eso en una tablet y decirle: "mira, bro, aquí tienes tu trauma empaquetado"?

-No-responde Dom desde el otro lado del cuarto, con la serenidad de quien ya pensó en eso tres veces-Podría pensar que está falsificado. Que es parte de alguna manipulación. Lo han usado de arma. Es lógico que dude de todo.

Pamed suspira fuerte, como si llevara una vida entera leyendo documentos sin alma.
Abre un cajón con un candado oxidado que se rinde sin resistencia, y entonces lo dice:

-Oh. Cintas.

Todos giramos la cabeza.

-¿Qué tipo de cintas?-pregunta Caleb, acercándose.

-Cintas...de las antiguas. Y mira esto-saca un mini casete y lo alza con los dedos cubiertos de polvo-
No sé si esto guarda secretos o la receta de un pastel, pero suena prometedor.

-Joder-murmura Nate desde el fondo-Estos cabrones llevan trabajando siglos.

-¿Y si son grabaciones?-dice Jon moviéndose entre archivadores como un gato entre estanterías.

-Entonces necesitamos encontrar un reproductor-
responde Conrad, apoyado contra una mesa-¿Alguien sabe cómo funciona un maldito mini casete?

-Mi abuela tenía uno-responde Sol-Pero estaba junto a una muñeca poseída, así que yo no me acerqué.

Todos reímos un poco. Una risa breve, cansada, pero necesaria. Yo estornudo fuerte y luego me rasco la nariz con furia.

-Entre el polvo y las ratas mutantes voy a salir de aquí con una alergia crónica.

-¿Te imaginas que encuentras el expediente de Dick en una carpeta titulada "proyectos especiales" y está llena de dibujos con lápiz y poemas emo de su adolescencia?-dice Pamed sin alzar la vista.

-Me haría el día-dice Dom.

Seguimos buscando.
Cada tanto nos chocamos entre nosotros, compartimos algún "¿ya miraste esta?" o simplemente nos pasamos carpetas sin hablarnos.

Y en medio de todo, el silencio va haciéndose más denso.
Porque mientras más leemos, más entendemos el infierno que fue este lugar.

La linterna de Caleb apunta en el mapa como si fuera un tesoro maldito.

-Vale, según esto-dijo, señalando como si nos diera una clase-hay una corriente de agua subterránea que desemboca en una especie de poza más arriba. Si seguimos este camino durante quince minutos, deberíamos llegar.

-¿Deberíamos?-levanté una ceja.

-Bueno-encogió los hombros-
con este mapa hecho en los años donde aún se usaban mini casetes, puede que acabemos en Mordor.

-Genial-dijo Pamed, ajustándose la mochila-
Siempre quise un Balrog como mascota.

Caminamos en fila por el sendero medio abierto que parecía sacado de una película de terror con presupuesto limitado. Las ramas crujían, el frío nos pegaba en los huesos y el cielo estaba tan negro como el café que Jon hace por las mañanas.

-¿Qué pasa si encontramos lobos salvajes por aquí?-
preguntó Pamed, mirando a los lados.

-Sacas tu encanto natural-dije sin mirar atrás.

-Ya he dejado claro que mi único aceptable es Conrad-resopló ella.

-Ya lo vimos cuando empezó a desnudarse ayer para transformarse.

-¡Eso fue por shock visual y humedad emocional!-se defendió.

Caleb se giró con una sonrisa torcida.

-¿Humedad emocional? ¿Eso es una excusa válida ahora?

-Claro que sí. Igual que el hambre hormonal y el desvelo existencial.

-Me estoy apuntando todo esto para usarlo en mi defensa cuando me pillen hablando solo en la ducha-dije.

Seguimos avanzando, cruzando raíces traicioneras y esquivando ramas como en un videojuego de supervivencia de bajo presupuesto.

-¿Seguro que no nos estás llevando a una trampa, Caleb? -preguntó Pamed-¿No será esta una intervención para que haga más cardio?

-Si fuera una intervención, traería a Dom y una botella de vino-respondió Caleb, riéndose.

-¿Y un espejo para que me vea llorar?

-Y una banda sonora de Taylor Swift.

Llegamos por fin a la poza. El agua corría suave, cristalina y con ese sonido que, en otro contexto, sería relajante. Caleb sacó el equipo de potabilización con la misma seriedad con la que alguien arma una bomba.

-A ver, señor científico-dije-Haz tu magia.

-Esto no es magia-resopló él, concentrado-Es conocimiento, disciplina y miedo a morir de diarrea en un refugio subterráneo.

Pamed llenó su cantimplora mientras decía:

-Bueno, ya tenemos agua. Si encontramos wifi y pizza, puedo vivir aquí para siempre.

-Si encontramos wifi en este lugar maldito-dije-me caso con el router.

-¿Y Jon?-preguntó Pamed, dándome un codazo.

-Conrad entenderá. Es un hombre moderno.

Y así, entre bromas, barro y agua recién tratada, volvimos con las mochilas llenas.

Tim

Son las 12 del mediodía y seguimos en lo mismo.
Revisando planos.
Trazando planes.
Mirando registros.
Entrenando como si en cualquier momento fuera a estallar la guerra-porque, seamos honestos, probablemente va a estallar.

Damián me ha escrito desde la base en el bosque.

Creo que vamos a tener que pasar otra noche aquí.

Suspiro. No por preocupación -bueno, sí- sino porque sé que eso significa más horas de incertidumbre, más café, menos respuestas.
Le mando un corazón verde.
Él sabrá lo que significa.

Camino por el pasillo con la botella de agua en la mano, rumbo al gimnasio. Al pasar frente al gran ventanal que da al patio interior del hotel, los veo.

Wally y Dick.

Sentados en un banco.
Hablando. No sé de qué, pero Wally gesticula mucho y Dick tiene una ceja alzada como si no supiera si reírse o morderle el brazo.

Bien.

Le pedí a Wally esta mañana, mientras Dick se duchaba, que intentase mantenerlo entretenido. Que no cruzara ciertas líneas, pero que tampoco lo dejara solo con sus pensamientos.

Y Wally lo entendió.
Porque es listo.
Y porque también sabe que cuanto más tiempo esté Dick enfocado en otra cosa que no sea "me mintieron toda la vida" más probabilidades tengo de demostrar que los Kent no son culpables.

Llego al gimnasio.
Me subo a la cinta.
Empiezo a correr.

Y no pasan ni cinco minutos cuando escucho la puerta abrirse.

-Ey, mini-jefe-dice Jason, entrando con su botella gigante de agua y su cara de "vengo a molestar, no a sudar"- ¿Ya estás entrenando para la maratón del fin del mundo?

-Estoy corriendo de mis responsabilidades-respondo sin mirarlo.

Se sube a la máquina de al lado y empieza a trotar también, aunque su "trote" parece más una caminata energética de señora con leggings.

-¿Tú también estás huyendo de tus emociones o solo del papeleo?

-De ambos.

-Sabia elección-dice- ¿Y cómo va todo?

-Wally está con Dick.
Damián atrapado en una base secreta con más documentos que el archivo nacional.
Y yo... corriendo como si eso hiciera que la culpa se me evaporara por los poros.

Jason asiente, serio por un segundo.

-¿Y si funciona?

-¿El qué?

-Huir de la culpa. ¿Y si te pones tan bueno que Dick se olvida de Wally?

Lo miro de reojo.

-Jason.

-¿Qué?

-Tienes cinco segundos para no seguir esa línea.

-Vale, vale-se ríe-Pero solo porque me has dado mucho miedo.

Jason acelera un poco la máquina, como si eso lo hiciera sentir menos culpable de que su trote aún parezca una caminata de domingo.

-¿Sabes qué creo?-dice, con ese tono suyo de voy a soltar una bomba sin anestesia-Que lo que necesitas es echar un buen polvo.

Yo casi tropiezo.

-¿Perdón?

-Vamos, mírate. Estás tenso, irritable, no duermes. Lo que tú necesitas es que alguien te desarme... pero de otra forma.

-No tengo cabeza para eso ahora, gracias-respondo, limpiándome el sudor con la manga.

-Creo que con tu novio no hace falta mucha cabeza, Tim.
Solo dejarte caer encima y que él haga el resto.

-¡Jason!

-¡¿Qué?! A ver, dime que no es el tipo de persona que podría solucionar una crisis internacional con una buena sesión de cama.

-¡Te odio!-digo, intentando no reírme, porque lo peor es que mi mente ya ha corrido diez pasos por delante.

Y sí... sí, joder.

Conner es irresistible.

Ese cuerpo, esos ojos, esa sonrisa que desarma y esa forma en la que me mira como si yo fuera algo que se encuentra una vez en la vida.
Y lo peor...es que no solo es físico. Es cómo se preocupa por los demás, cómo me abraza cuando estoy en silencio, cómo no me obliga a hablar, pero siempre está ahí.

Y claro...Seguramente no soy el único que lo ve así.
Seguramente mucha gente lo ve como algo casi inalcanzable.
Una especie de sol que brilla incluso en el peor de los días.
.

-Ya te veo la cara. Estás pensando en él, ¿verdad?

-No pienso confirmarlo.

-No hace falta. Estás sonriendo como si estuvieras viendo un anuncio de helado con su cara en él.

El sonido rítmico de las cintas, la respiración constante, el calor subiendo poco a poco por mi nuca... todo eso me ayuda a ordenar mis pensamientos.
Pero no me distrae lo suficiente.

Porque mientras Jason suelta bromas y frases de hermano mayor descarado, algo dentro de mí empieza a picar.
La curiosidad.
Esa maldita manía mía de querer entender a todos.
Incluso a los que se escudan detrás de frases sarcásticas y comentarios de dudosa utilidad emocional.

-Oye...-digo, sin dejar de trotar.

-¿Sí?-responde él, sin girarse del todo.

Dudo. Solo un par de segundos.
Pero me gana el instinto.

-¿Cómo llegaste hasta este mundo?

Él guarda silencio por un momento. No del incómodo, sino del que pesa.

-Pues...-empieza, exhalando aire como si sacara algo más que palabras.

Jason

Nunca me consideré alguien que siguiera las reglas.
Desde los quince, al menos no las que me parecían injustas.
Siempre fui... rebelde.
O como decía mi padre: una bomba con patas.

Me escapaba de casa.
A veces por bronca, otras solo porque no soportaba el silencio. Y porque fuera, con mis amigos, sentía que el mundo era nuestro.
Nos colábamos en sitios oscuros por la noche: edificios abandonados, tejados con vistas, viejos estacionamientos donde los grafitis parecían historias en clave.

Y sí, íbamos a la feria.
Hasta tarde.
Ganábamos peluches que no sabíamos dónde meter.
Nos subíamos cinco veces a la montaña rusa solo para gritarnos estupideces desde la última fila. Y si teníamos suerte, terminábamos durmiendo tirados en un banco, con una chaqueta sobre la cara y las zapatillas robadas por mapaches lo juro, pasó una vez.

Mi padre era exmilitar.
De los duros.
De los que no usaban cinturón solo porque los gritos dolían más. Aunque con el tiempo descubrí que él también tenía vacíos. Vacíos que las leyes no llenaban. Y mi madre...
una enfermera que trabajaba horas infinitas, pero aún así encontraba tiempo para acariciarme el pelo cuando fingía estar dormido.

Mis hermanos de alma:

Cody y Toby, gemelos.
Imposibles de diferenciar si no hablabas con ellos más de cinco minutos. Uno hablaba como si le fuera la vida en ello, el otro como si todo le diera igual.
Cameron y Curtis, inseparables.
Curtis tenía una risa tan escandalosa que despertó a los vecinos una vez desde el tejado de la escuela.
Cameron era el que siempre llevaba condones "por si acaso". Nunca sabíamos si eran por él o para prestárselos al grupo.

No es que fuéramos unos vándalos. No robábamos a ancianitas ni lanzábamos piedras a las ventanas.
Nos gustaba el parkour.
Subir muros. Saltar tejados.
Probar hasta dónde llegaban nuestras piernas y hasta dónde nuestro miedo.

Mirábamos a las chicas del equipo de voleibol.
Y si había suerte, intercambiábamos números con alguna animadora.
Y si había mucha suerte... bueno, ya sabes.

Teníamos bicis que chillaban más que nuestros frenos.
Nos colábamos en piscinas cerradas por la noche.
Hacíamos grafitis con iniciales y apodos secretos.
Jugábamos a ser algo más grandes, algo más libres.
Nos grabábamos haciendo piruetas que ahora me darían hernias solo de pensar.

A veces hacíamos batallas de globos con pintura o de ketchup de McDonald's robado en cantidades ilegales.

Una vez hicimos una casa del árbol en un poste de luz.
Duró dos días hasta que el ayuntamiento nos amenazó con una demanda.

Éramos idiotas.
Éramos libres.

Mis padres nunca me ocultaron este mundo.
El mundo de guerras, de cazadores, y sabe Dios cuántas mierdas más que, sinceramente, nunca me interesaron del todo.

No era por desinterés.
Era porque...cuando naces en el caos, el caos se vuelve rutina, y cuando la rutina es ensangrentada y sucia, prefieres mirar a otro lado para seguir respirando.

Mi padre hacía "trabajos de limpieza".

Así lo llamaban. Un eufemismo bonito para borrar rastros. Trabajaba con algunos tipos que ni siquiera le miraban la cara. Siempre iba con un maletín y guantes.
Nunca hablaba de lo que hacía, pero volvía con ese olor.
Ese olor a lejía, tierra húmeda... y algo más que se pegaba a la ropa.

Decía que eran trabajos para los lobos.

Sí, esos lobos.
Los que algunos adoraban como salvadores.
Los que otros maldecían como monstruos.

Mi madre no participaba.
Ella era enfermera.
Pero sabía lo que pasaba.
A veces le escuchaba decirle: "¿Hoy también hubo uno?"
Y él asentía sin decir mucho.

Cuando había algún destrozo...
Cuando alguien moría de forma no humana...Ellos iban.

Y limpiaban.

No sé exactamente lo que veía mi padre, pero algo se fue rompiendo en él con los años.
A veces volvía más callado.
O con la mirada perdida.
O se encerraba en el garaje y tardaba horas en salir.

Yo era un adolescente y, como tal, solo pensaba en no estar en casa, en salir, en correr, en reírme con los chicos. Y si podía evitar pensar en lobos, en guerras secretas, en organizaciones raras... lo hacía.

Pero ahora que lo pienso...
Ahora que lo veo todo desde el otro lado...Quizás debería haber preguntado más.
Quizás debería haberme interesado.

Porque lo que ellos limpiaban...
era solo la superficie.

Y debajo de todo eso...
había un infierno que ahora me toca caminar.

Teníamos un grupo.
Mis amigos y yo.

Se llamaba "Los Intocables".
Sí, un poco dramático.
Pero en nuestra cabeza sonaba genial. Éramos cinco idiotas con el ego por las nubes y el futuro en coma.
Y en ese grupo hablábamos de todo.

Literalmente.

Desde qué tipo de pizza era la mejor hasta si existían los vampiros vegetarianos.
Spoiler: Toby decía que sí, que seguro se alimentaban de gente aburrida.

Pero una de las conversaciones más míticas fue la de Cameron.
Él era el mayor del grupo, el sabiondo, el que ya tenía 17 cuando nosotros apenas rozábamos los 16.

Una noche, en un banco del parque, con una Coca-Cola sin gas y una bolsa de patatas compartidas, soltó:

Cameron
Bueno, ya no soy virgen.

Se hizo un silencio que solo se rompió con un:

Curtis:
¡¿Qué?!

Cameron:
Sí, tíos. Con Alana, la del instituto nocturno. En su coche. Fue... increíble.

Y ahí lo tuvimos.
Durante veinte minutos, detallando el evento como si fuera una mezcla entre un documental de National Geographic y una novela romántica barata.

Curtis:
Y gemía como si le hubiera resuelto la vida.
Y yo... bueno, yo me sentí como un dios.

Yo lo leía con cara de póker, bebiendo de la lata vacía como si no me importara. Pero en el fondo, pensaba: "Tampoco puede ser tan increíble..."

Quiero decir... sí, lo pintaba como la cumbre de la existencia humana.
Pero yo aún tenía dudas.
Sobre el amor, el sexo, las emociones raras que venían con eso. Y una parte de mí sentía que no estaba preparado. La otra parte solo quería probarlo para saber de qué hablaban todos.

Cody había mandado un sticker ridículo.
Curtis preguntaba si creían que había que afeitarse antes de hacerlo.
Toby compartió un meme.
Y Cameron mandó una foto en la que se le veía el cuello marcado con orgullo.

Y yo, desde mi cama, con la ventana medio abierta y la brisa entrando, pensé:

A lo mejor no se trata de hacerlo primero... sino de hacerlo cuando realmente importe.

Y entonces lo dejé estar.
Hasta que llegó alguien que sí me importó.

Pero para eso... todavía faltaba.

Las clases eran...
bueno, eran una excusa.

Para algunos, un puente hacia el futuro. Para nosotros, una estación de paso donde el tren nunca paraba del todo.

Éramos los del fondo.
Los de la última fila.
Los que hacían sonar el pupitre como batería, los que pasaban papelitos con dibujos obscenos, los que tenían una respuesta para todo, incluso cuando no se la pedían.

A veces entrábamos tarde.
O no entrábamos.
A veces llegábamos, mirábamos la cara del profe y decidíamos en silencio que ese día no merecía nuestra presencia. Nos escabullíamos por la puerta lateral, cruzábamos la cancha, y acabábamos en el tejado del gimnasio o en la tienda de cómics de la esquina.

Había días que solo bajábamos al parque con unas latas y hablábamos de la vida como si supiéramos algo.
Y otros en los que simplemente dormíamos en el césped. Cameron decía que las nubes eran mejores maestras que los adultos.

Y sí, a veces... también nos metíamos en peleas.

Algunas eran por tonterías:
"Ese idiota se burló del pelo de Toby."
"Otro intentó besar a la chica que Curtis adoraba en silencio."

Otras eran por cosas más pesadas.

Una vez defendimos a un chico nuevo. No porque supiéramos qué hacer con él.
Sino porque sabíamos lo que era que todos te miraran como si fueras algo raro.

Y después de las peleas, venía el castigo. Charlas con el director. Cartas firmadas por mis padres -bueno, falsificadas por mí.
Suspensiones que usábamos como días libres.

Había profesores que nos odiaban.
Otros que intentaban comprendernos.

La señora Lopez, la de Literatura, decía que yo tenía talento. Que escribía con rabia pero con claridad. Y que si un día dejaba de pelearme con el mundo, quizás podría escribir algo que lo hiciera cambiar.

Nunca se lo dije...pero esa frase la guardé. Aunque la enterré bien hondo.
Como todo lo que me dolía.

En resumen, las clases eran un campo de guerra disfrazado de rutina. Y nosotros...éramos soldados sin uniforme, sin misión clara. Pero con algo que nos mantenía juntos:
la sensación de que fuera del aula, la vida real nos estaba esperando. Y lo haría con los puños cerrados.

Los Intocables
Foto del grupo: Un grafiti borroso de una calavera con gafas de sol.
Descripción: "Nosotros no fallamos. Solo descansamos con estilo."

Cody:
Toby se ha vuelto a quemar la ceja con el mechero.

Toby:
NO FUE EL MECHERO, fue el experimento científico, gracias.

Cameron:
¿El experimento se llamaba "qué pasa si prendo fuego al desodorante"?

Curtis:
Actualización: pasa lo que te imaginas.
Y ahora huele a Axe quemado en todo el pasillo.

Jason:
Genios. Unos malditos genios.
¿Quién me trae los deberes? Estoy castigado.

Cameron:
¿Otra vez? ¿Qué hiciste?

Jason:
Llamé "hermana mayor del infierno" a la orientadora.

Toby:
Pero si es la que te ayudó con lo de tu ensayo...

Jason:
Por eso. Demasiada autoridad emocional.

Martes 15:02

Curtis:
¿Entonces vamos al parque o qué?

Cody:
Sí, pero llevo solo dos latas. Las otras se las bebió Toby.

Toby:
Me las bebí para evitar que vosotros tomaseis decisiones estúpidas.
Estoy salvando vidas.

Cameron:
Me debes una Coca. La última vez me diste una con vodka.

Toby:
Me debes un alma desde que rompiste mi skate con tu trasero.

Jueves 17:30

Jason:
Ey, alguien tiene los deberes de historia?

Cody:
Sí, pero están en código secreto.

Curtis:
¿Te refieres a tu letra?

Cody:
Exacto.

Sábado 11:30

Cameron:
Me crucé con Alana hoy. Me guiñó un ojo.

Jason:
Y te enamoraste otra vez.

Cameron:
Bro... creo que es el amor de mi vida.

Curtis:
Hermano. Hace dos días dijiste eso de la chica que nos cobró en la pizzería.

Cameron:
Las pizzas crean conexiones profundas.

Sábado 23:07

Toby:
¿Alguien sabe si los murciélagos duermen colgados o solo es marketing?

Cody:
¿Quieres hacerte amigo de uno o qué?

Jason:
Déjalo, está en fase de documental de Netflix otra vez.

Era viernes eso significa: Exploración 100% legal (no realmente)

Todo empezó con una frase sencilla de Curtis:

-Tíos... encontré un edificio abandonado con pinta de escenario de película de zombis.
¿Vamos?

Y como "no" no existía en nuestro diccionario colectivo de decisiones inteligentes, ahí estábamos, los cinco, a las diez de la noche, frente a una fábrica vieja con más grietas que futuro.

¿Esto no es ilegal?-Pregunto Cody

-Solo si nos pillan-Dijo su hermano-Si no, es turismo urbano alternativo.

¿Y si hay fantasmas?-Cameron

Los fantasmas no aparecen hasta las tres de la mañana. Tenemos tiempo-Dije yo terminandome la Coca-Cola

Saltamos la verja como si lo hubiéramos hecho mil veces (porque lo habíamos hecho mil veces). Curtis se quedó enganchado con la chaqueta y cayó de culo al otro lado.

-¡Caída estratégica!-gritó, mientras nos partíamos de risa.

Una vez dentro, el lugar era un monumento al óxido.
Paredes rotas, cristales por el suelo, y un silencio que solo se rompía con nuestros pasos y los comentarios idiotas.

Vale-Empezo Toby-si un payaso asesino aparece, yo solo corro más que vosotros. No tengo que sobrevivir al monstruo, solo a ti, Cody.

-Te voy a empujar por una escalera si haces eso-Le respondió su hermano

¿Eso fue una rata o la sombra de mis malas decisiones?-Dijo Cameron mientras apuntaba con la linterna del móvil

Nos dividimos, como si eso fuera una buena idea.
Yo fui con Cody a revisar lo que parecía una vieja oficina.

-Aquí seguro se sentaba el jefe -dije, sentándome en una silla oxidada que crujió como si fuera a demandarme.

-O el tipo que escondía cadáveres en los archivadores -añadió Cody, abriendo uno.
Salió una nube de polvo que me dejó medio ciego.

Mientras tanto, desde el piso de abajo:

Curtis grito;

-¡He encontrado una nevera vieja! ¿Creéis que guarda bebidas o muerte?

-¡Ábrela y sabremos!-Dijo Cody

-¡NO la abras!-Dije yo-¿No ves películas? ¡Eso es como pulsar el botón rojo sin saber pa' qué sirve!

Por supuesto... la abrió.
Solo había moho y algo que probablemente fue gelatina en los 90. Subimos a una especie de sala de control. Desde ahí se veía parte del tejado, medio hundido.

¿Qué se hace en una fábrica abandonada con techo roto?-Pregunto cameron

-Se reflexiona sobre decisiones que te llevan a morir de tétanos-respondi

Al final, nos sentamos todos juntos en el suelo, alumbrados con linternas y pantallas de móvil. Curtis propuso una ronda de confesiones.

Toby confesó que le tenía miedo a las gallinas

Cameron que había soñado con casarse con la profe de música.

Cody que no sabía nadar.

Yo confesé que, a veces, cuando todos dormían, me preguntaba si ese sería el mejor momento de mi vida.

Aunque fuera una fábrica hecha mierda. Aunque estuviéramos cubiertos de polvo. Aunque el techo crujiera y la muerte nos respirara cerca.


El verano de mis 17 empezó con mi cumpleaños.

Hicimos lo de siempre, pero a lo bestia. Compramos de todo: refrescos, patatas, golosinas, incluso unas botellas de alcohol que Toby consiguió misteriosamente sin ID.
Y esa noche...nos colamos en la piscina pública.

Saltamos la valla como expertos olímpicos en delito menor, armamos una especie de picnic cutre en las gradas, y dejamos nuestros altavoces sonar hasta que las ranas se callaron.
El agua estaba helada y perfecta.
Curtis casi se ahoga, Cameron se tiró de bomba con ropa, y Cody...Cody nadó a mi lado durante casi una hora, hablando de una serie de caza demonios.

Y entonces llegaron las siguientes semanas.

Esas de calor que parece derretir el tiempo. Donde los días no tienen nombre, y las noches tampoco.

Y fue Cody.

No sé en qué momento exactamente él se volvió mi sombra. Quizá porque los demás estaban medio zombis en verano -dormían hasta las tres, se quedaban viendo vídeos eternamente-y Cody no.
Cody quería hacer cosas.

Íbamos a hacer grafitis.
A tirarnos en el río.
A comer polos del supermercado y ver quién se los comía más rápido antes de que se derritieran.
A más la anochecer sentarnos en los tejados a decir tonterías sobre el universo y hacer apuestas sobre quién se moriría primero.

Y una de esas tardes, cuando vino a mi casa, pasó.

Estábamos viendo una serie.
Ni me acuerdo cuál.
Algo de verano, playas, gente muy guapa y sin camiseta todo el rato.

Y no sé si fue el calor, o el silencio, o cómo me miró.
Pero de repente lo supe.
Lo supe antes de que lo hiciera.

Y nos besamos.

Fue torpe al principio.
Como todos los casi primeros besos. Pero también fue imposible de evitar.

Sus ojos azules estaban ahí, quietos, mirándome como si esperara una señal. Y yo... simplemente la di.

Después del primero vinieron más. Muchos más. No dijimos nada durante un rato.
No hacía falta.

Seguimos viendo la serie como si no nos acabáramos de reconfigurar el uno al otro.
Como si no acabáramos de abrir una puerta que jamás habíamos querido nombrar.

Y sí...nos besamos mucho ese día.
Y al siguiente.
Y otro más.

Pero nunca hablamos de "qué éramos". Solo... éramos.
Y eso bastaba.
Al menos en ese momento.
Al menos para mí.

El verano podía hacerse muy largo. Y más cuando te estás empezando a liar con uno de tus mejores amigos.
Uno que conoces de siempre.
Con el que has compartido alcohol a escondidas, saltos desde puentes al río, y conversaciones a las tres de la mañana sobre si algún día seríamos algo más que un puñado de idiotas con suerte.

A ver, evidentemente escondíamos lo que pasaba.
Nos comportábamos igual delante de los demás.
Las bromas, las risas, los empujones.
Nada había cambiado.
Al menos no por fuera.

Pero dentro…yo ya no era el mismo.

Lo que no entiendo es por qué lo escondíamos.
Supongo que es eso que pasa cuando algo se vuelve tan íntimo que da miedo compartirlo.
Miedo a romperlo, miedo a que te lo rompan.

Y Cody…joder.
Cody era imposible de ignorar.

Era más alto que yo, con el pelo castaño claro, de esos que en verano se aclara como si el sol se lo comiera.
Llevaba casi siempre una gorra hacia atrás y tenía la sonrisa más fácil del mundo.
Esos ojos azules suyos eran claros, pero nunca fríos.
Siempre estaban vivos, brillantes, como si se rieran incluso cuando él no lo hacía.

Tenía las manos llenas de marcas por caídas en el skate o por trepar muros que no debía. Y aunque su cuerpo era ágil, fuerte, lo que más destacaba era la comodidad con la que se movía en el mundo.

Como si nunca tuviera que pedir permiso para existir.

Y su carácter…

Era de esos que no necesitaban hablar mucho para hacerse entender.
Un tipo de calma eléctrica.
De los que se ríen en los momentos más tensos, que se quedan contigo cuando nadie más lo hace, que no suelta consejos pero siempre tiene una palabra que te hace pensar.

Cody sabía escuchar.
De verdad.
Y eso, en un mundo lleno de ruido, se vuelve oro.

A veces era un idiota, claro.
De esos que se quitan la camiseta para ver si lo miras, y cuando lo haces, te guiña un ojo como si fuera una broma.
Pero también tenía ese lado protector, ese que solo mostraba cuando no sabía que lo estabas mirando.

No era perfecto.
Pero lo que teníamos…
aunque no tuviera nombre,
aunque estuviera escondido,
aunque fuera una locura temporal de verano…

Era real.

Y me hacía sentir cosas que antes solo conocía por las canciones estúpidas que fingía odiar.

5: 2:00 AM

Cody está escribiendo…

Cody:
estás despierto?

Jason:
no. soy un espíritu que contesta mensajes desde el más allá

Cody:
tan gracioso como sexy

Jason:
wow. eso fue directo

Cody:
es q son las 2am. después de la 1 me activo en modo sinvergüenza

Jason:
confirmo. es tu hora bruja

Cody:
estaba viendo fotos de esa tarde en el río… sales bien. como siempre.

Jason:
mentira. salgo como si me hubiera peleado con un arbusto

Cody:
a mí me gustan los arbustos violentos

pausa de dos minutos

Jason:
oye

Cody:
¿sí?

Jason:
lo nuestro… esto. ¿te parece raro?

Cody:
raro no.
nuevo, sí.
pero raro sería no querer seguir besándote

Jason deja el móvil en su pecho un segundo. Siente que el corazón hace una cosa rara. Como un salto. Como una caída en la barriga. Vuelve a escribir.

Jason:
a veces me da miedo que se note

Cody:
yo estoy practicando mi cara de “yo solo soy un amigo que te mira demasiado”

Jason:
yo la de “yo solo paso la lengua por mi labio porque tengo sed, no porque quiero que me beses otra vez”

Cody:
te puedo decir algo cursi y no te ríes?

Jason:
depende del nivel de diabetes

Cody:
creo que me gustas.
no solo el beso. tú. tú tú.

Jason tarda más en responder. Mira la pantalla. Suspira.
Y luego…

Jason:
eres un idiota

Cody:
lo sé

Jason:
yo también creo que me gustas, Cod. pero si lo vuelves a decir así, juro que te muerdo

Cody:
promesa o amenaza?

Jason:
depende de si me dejas dormir ahora o no

Cody:
buenas noches, arbusto violento

Jason:
Paso de ti...buenas noches

La primera vez que intentamos llegar más lejos que los besos…fue un desastre.

Uno de esos desastres que solo puedes recordar con una mezcla entre risa nerviosa y un poco de vergüenza ajena.
Y sí, yo era el activo, o al menos eso creíamos que iba a pasar.

Habíamos hablado del tema un poco. Entre indirectas y silencios prolongados, sabíamos que lo queríamos.
Que nos deseábamos.
Que nos habíamos besado tantas veces que ya no sabíamos cómo no tocar al otro cada cinco segundos.

Fue en su habitación.
Una tarde de verano.
Con las persianas a medio cerrar y ese calor pegajoso que hace que todo se sienta más lento, más íntimo.

Nos besamos.
Mucho.
Como siempre.
Y entre una risa y otra, entre mordiscos y roces por debajo de la ropa, las cosas se empezaron a escapar de nuestras manos.

Y fue entonces que… bueno…

Nos corrimos.
Demasiado pronto.

Primero él. Luego yo.
Con los pantalones bajados solo a medias y la respiración hecha polvo.
Nos quedamos los dos tumbados, medio desnudos, en silencio.
Mirando el techo.
Y de repente, empezamos a reírnos.
Suave, primero. Luego a carcajadas.

-Bueno… eso fue… breve-dijo Cody, cubriéndose la cara con una almohada.

-Fue técnico. Preciso. Eficiente -contesté, aún jadeando un poco.

-No me digas “eficiente”, parecemos una maldita reunión de oficina.

-Es que somos nuevos empleados del amor. Necesitamos entrenamiento.

Nos quedamos así, riendo.
Sudados, nerviosos, medio empapados de vergüenza y cariño. Y sí, fue nuestro primer intento.
De nuestra primera vez.
Y no fue como en las películas.
No hubo música épica ni planos en cámara lenta.
Hubo torpeza. Y piel. Y ganas.
Y muchas ganas.

Y eso…eso fue suficiente.
Porque aunque fue un desastre, fue nuestro desastre.

La siguiente vez fue en el río.
Nuestro sitio. Ese rincón entre árboles y piedras grandes donde el mundo parecía quedarse en pausa.
Nadie nos iba a ver.
Eran esas horas tontas de la tarde donde el calor se mezcla con el murmullo del agua y los pensamientos se vuelven más cuerpo que cabeza.

Habíamos ido como otras veces. Con toallas, algo de fruta robada de casa, y la excusa de refrescarnos.
Nos metimos al agua.
Juegos, salpicones, alguna zambullida estúpida de Cody.

Y luego él…me miró.
De esa manera que tiene.
Como si el mundo fuera simple y solo existiera yo.

Se me acercó.
Despacio.
Sin una palabra.

Y se me puso encima.
Literalmente.

Rodeó mi cintura con las piernas por debajo del agua, apoyó su frente en la mía, y nos dejamos caer contra una de las rocas lisas de la orilla, apenas cubiertos por nuestros bañadores mojados, pegados a la piel como una segunda capa.

Y empezamos a rozarnos.

No hubo prisa.
Ni necesidad.
Solo respiraciones entrecortadas, gemidos ahogados contra el cuello del otro y ese calor extraño que no tenía nada que ver con el sol.

Su cuerpo moviéndose contra el mío, mis manos sujetándolo por la cintura, su boca en mi hombro, en mi mandíbula.
Nuestros ritmos buscando encajar sin tener que hablarlo.

Ese día…hicimos mucho más.
Aunque no “pasó” nada en el sentido clásico.
Solo eso.
Roce.
Piel.
Fuego bajo el agua.

Y juro que fue increíble.

Porque no hizo falta más.
Porque todo lo que nos decíamos lo hacíamos con el cuerpo. Y ese silencio compartido…
valía más que cualquier “te quiero” mal dicho.

Una de esas noches en las que la casa de Cameron se quedaba sola—gracias a unos padres que confiaban demasiado en su hijo—todos sabíamos lo que tocaba:
pelis, comida basura, colchones en el suelo y el tipo de humor que haría llorar a cualquier adulto responsable.

Estábamos los cinco:
Cody, Toby, Curtis, Cameron y yo. Tirados por el salón como un montón de gatos callejeros con chuches de varía clases.

Yo y Cody, por supuesto, mantuvimos la distancia de seguridad. La regla no escrita.
Esa línea invisible entre “somos amigos” y “si me miras así otra vez, te como la boca”.
Pero esa noche… se notaba.
Porque había miradas.
Porque nuestras rodillas se rozaban accidentalmente.
Porque a veces dejábamos que los dedos se tocaran al coger la misma bolsa de palomitas.

La película elegida: Alien.
Sí, la original. La de 1979.
La de los gritos, la claustrofobia y los bichos que salen de sitios donde no deberían salir cosas.

-¡Eso no es ciencia ficción, eso es una cesárea sin anestesia!-
Toby

-Ese bicho necesita terapia-Añadio Curtis- Y un Snickers.

-¿Por qué siempre hay una rubia que corre en círculos?-preguntó Cameron con indignación-¡Sal del pasillo, idiota

-Literalmente todos los pasillos son iguales-La defendi- Yo también me perdería, pero con más dignidad.

-Bro, tú te perderías en una rotonda-Dijo Cody soltando una risita

-Perdón por no tener GPS en el cerebro.

Cuando el alien salió por primera vez, Curtis pegó un salto y tiró las palomitas al aire.

-¡PERO ESTÁ DENTRO DE ÉL!-gritó.

-¡Plot twist! La criatura solo quiere hablar de sus sentimientos-Dijo Camero mientras se llenaba el vaso de Pepsi

-¡Y nadie lo escucha porque están ocupados GRITANDO!-
Añadio Toby

Nos reíamos tanto que a veces teníamos que pausar la peli.
Las risas eran más fuertes que el terror.

Cody me miró de reojo.
Yo fingí estar muy concentrado en el bicho con baba ácida.
Y cuando nuestras manos volvieron a chocar en el bol de papas, él no las apartó enseguida.
Solo las dejó ahí. Un segundo más.

Y fue como si todo lo demás —Alien incluido— desapareciera por un momento.

Pero claro… la regla seguía ahí.
Así que nos hicimos los tontos.
Y seguimos la película.
Y seguimos haciendo chistes.

Porque en esas noches, lo importante no era quién sabíamos que éramos…
sino lo que fingíamos que no éramos.

Ese verano…
fue como estar viviendo entre líneas.

Casi todo lo importante pasaba en los márgenes:
en miradas rápidas,
en roces que no eran accidentes,
en silencios que gritaban más que cualquier palabra.

Una tarde en la cancha vacía
Cody y yo fuimos a tirar unas canastas. Con 35 grados a la sombra y la camiseta pegada al cuerpo.

Él fallaba a propósito, lo sé, solo para tener que venir a “robarme” el balón.
Y cuando lo hacía, se acercaba demasiado.
Yo lo empujaba con una sonrisa y él fingía que se caía.

-Estás buscando excusas para tirarte encima mío, ¿eh?-le dije.

-No necesito excusas. Solo una canasta más.

Obviamente, la falló.
Obviamente, acabamos en el suelo. Y nos reímos, con el sudor cayéndonos por la frente y los ojos medio cerrados por el sol.
No nos besamos.
Pero no hizo falta.

Un mediodía tonto, en el garaje de Cameron estábamos todos desmontando bicicletas por alguna razón absurda.
Cody tenía la suya levantada y estaba medio metido debajo.

-Jason-llamó-¿Me pasas la llave inglesa?

Le lancé una.

-Esa es la llave Allen, Einstein.

-Y tú eres mi trauma emocional de confianza, ¿quieres discutir nombres?

Me acerqué, me agaché junto a él. Y nuestras rodillas se tocaron.
Él no se movió.
Yo tampoco.

Y ahí, entre tornillos, sudor, y grasa, le vi esa sonrisa suya que siempre me desarma.
Y supe que, joder…
estábamos hasta el cuello.
Y no sabíamos cómo parar.

El verano también fue eso:
caerse.
A veces literal,
a veces emocional,
a veces las dos cosas juntas con estilo cero y dignidad menos cinco.

Caída #1: Todos juntos, bicicleta edition

Estábamos bajando una colina con las bicis que habíamos medio arreglado en el garaje de Cameron.

Toby había dicho:

-¡Sin frenos, como en las pelis!
Y lo tomamos como un reto colectivo.

Curtis gritaba como si fuera en una montaña rusa.
Cameron se desvió para no atropellar un gato inexistente.
Toby terminó en un arbusto.

Y yo…yo iba a toda velocidad cuando Cody me pasó por al lado con una sonrisa estúpida.

-¡Más rápido, cobarde!

-¡Te voy a partir la boca cuando frenes!

-¡¿Frenar?!

Y pum.
La rueda de mi bici tocó una piedra, volé por encima como una bailarina borracha y acabé en el suelo, medio riéndome y medio muriéndome.

Cody se tiró al suelo a mi lado, sin soltar la bici.

-¿Estás vivo?

-Solo el orgullo quedó en coma.

Y me besó en la mejilla antes de que llegaran los demás.

Caída #2: Solo con Cody, versión río resbaloso

Volvimos al río.
Esa vez solos.
Había llovido la noche anterior y las piedras estaban más traicioneras que nunca.

-Ten cuidado, está resbaladísimo-le dije.

-Tú y tus advertencias... parece que me cuida mi abuela.

Y en cuanto terminó la frase:
resbaló.

Yo también.
Porque intentar salvar a alguien cayéndose es básicamente unirse a su destino.

Caímos los dos al agua.
Empapados.
Riendo como idiotas.

-Bien hecho, abuela-dijo él, escupiendo agua.

-Calla, nieto inútil.

Nos abrazamos ahí, sin decir nada más.
El agua helada.
Nuestros cuerpos calientes.

Caída #3: Yo solo, moralmente en ruinas

Una noche estaba solo en el tejado de mi casa.
Pensando.
En Cody.
En lo que éramos.
En si algún día lo arruinaríamos por no saber cómo decirlo en voz alta.

Y me tropecé.
No del tejado, gracias a los dioses.

Pero caí.
Dentro de mí.
En el miedo, en las dudas, en esa sensación de querer más pero no saber pedirlo.

Así que esa noche le escribí a Cody.

Jason:
¿Te gustaría que lo supieran? Los demás, digo.

Cody:
No sé…
¿te gustaría a ti?

Jason:
Sí.

Cody:
Entonces sí.
Cuando tú estés listo, yo también.

Y ahí…
sentí que me caía otra vez.

Pero esa vez, él estaba ahí para atraparme.

Caída #4: Con Curtis, y un carrito de supermercado

No sé de quién fue la idea (probablemente mía), pero acabamos en el estacionamiento vacío del supermercado con un carrito robado y cero responsabilidad emocional.

-¡Jason, tú empujas y yo grabo! -gritó Curtis, con el móvil en la mano y una sonrisa malvada.

-¿Y qué hace Cody?

-hos miro con decepción, como siempre-dijo Cody, con los brazos cruzados y la ceja arqueada.

Metí a Toby dentro del carrito, lo empujé con fuerza, con más ganas que sentido común, y él chilló como un gorrino mientras el carrito se desviaba directamente hacia un seto.

-¡FRENA, FRENAAA!-chillaba Toby.

-¡NO TIENE FRENOS, IMBÉCIL!

Curtis terminó grabando un video donde el carrito se volcaba, Toby rodaba por el suelo y yo tropezaba con mis propios cordones.

-Eso se va a llamar “la caída de los campeones”-dijo Cameron cuando lo vio más tarde.

Spoiler: subimos el video con filtro VHS. Se volvió moderadamente viral entre nuestras primas.

Caída #5: Con Cody, y un colchón inflable

Estábamos solos en su casa, los demás se habían ido tras una maratón de pelis.
La piscina seguía montada en el patio trasero, y Cody había dejado un colchón inflable flotando.

Yo subí a él con toda la elegancia de un rinoceronte ebrio.

-¡Parece que montas un toro!-se reía Cody.

-¡Esto es equilibrio y gracia! ¡Mírame! ¡Soy la Venus de la piscina!

Y entonces, como el destino ama el karma, resbalé y me hundí.

Al salir, jadeando y con el pelo cubriéndome media cara, Cody estaba llorando de la risa.

-¿Estás bien?

-Solo herido en mi honor.

Me dio la mano, pero cuando lo sujete, lo metí conmigo. Ambos terminamos empapados, abrazados, y riendo como idiotas.

Fue ahí, en el colchón medio hundido, con el cielo estrellado sobre nosotros, que me dijo:

-A veces quiero gritarlo, ¿sabes?

-¿El qué?

-Que te quiero. Así. Tal como eres. Y que si eso jode la amistad con los demás… pues que se joda el resto del mundo.

Y sí.
Me besó.
Con sabor a cloro y sinceridad.

Caída #6: Emocional, en casa de Cameron otra vez

Estábamos en el tejado, todos juntos, mirando unas estrellas que no se veían porque la contaminación lumínica ganaba.

Toby se puso filosófico:

-¿No sienten como que esto se va a acabar? Como que todo este verano es un adiós con sabor a helado.

-Bro, deja la Coca-Cola, te pega fuerte-le dijo Cameron.

Pero yo lo pensé.
Sí.
Sentía que algo nos iba a cambiar.
El tiempo, la universidad, los trabajos, las familias.

Y me asustó.

Me asustó tanto que esa noche me dormí abrazado a Cody, solo para que él me susurrara bajito:

-Si todo cambia, yo no.
Yo me quedo contigo.

Y no sé si era una promesa.
Pero lo sentí como una.

Y caí, otra vez.
De cabeza.
En lo que fuera esto.
En él.
En nosotros.

Una de esas noches, mi casa estaba vacía. Mis padres se habían ido al pueblo a visitar a unos familiares. Cody y yo nos miramos como si el universo, por fin, nos estuviera dando permiso.

-¿Entonces?-preguntó él, con esa sonrisa ladeada que me jodía la lógica.

-Entonces-repetí-vamos a hacerlo bien.

Fuimos a comprar lubricante y condones como si estuviéramos planeando algo más importante que el apocalipsis.
Yo intentaba parecer casual.
Cody ya no disimulaba nada.
Rió cuando elegí el paquete más grande.

-¿Ambicioso, eh?

-Optimista-le dije, empujándolo con el hombro.

De vuelta en casa, todo se sentía más silencioso de lo normal. Como si el mundo también contuviera la respiración por nosotros.

Entramos a mi cuarto sin prisa. Nos sentamos en la cama, espalda contra espalda por un segundo,
y luego él giró su cuerpo hacia mí. Puso su frente contra la mía y susurró:

-¿Seguro?

-Nunca he estado más seguro.

Nos besamos despacio.
Sin hambre.
Sin prisa.
Como si quisiéramos memorizar cada parte.

Mis manos se deslizaron por debajo de su camiseta, y su piel estaba cálida, viva.
Él se deshizo de la mía con un poco más de torpeza, pero con esa delicadeza que me derrite.
No éramos expertos.
Éramos dos chicos aprendiendo a tocarse con amor.

Nos reímos bajito cuando el lubricante se nos escapó de las manos.
Nos callamos cuando empezamos a rozarnos piel con piel, en silencio, casi como si habláramos otro idioma.

Cody jadeaba contra mi cuello.
Yo lo besaba.
Sus piernas rodeándome.
Nuestros cuerpos acompasándose, buscándose, descubriéndose.

Entré en él con cuidado.
Con amor. Con la certeza de que no era sexo lo que hacíamos, sino algo mucho más profundo.
Un pacto.
Una promesa muda.

Él se arqueó, susurró mi nombre, me miró con los ojos más dulces del mundo.
Yo quería llorar.
O reír.
O quedarme ahí para siempre.

Nuestros cuerpos se encontraron y se entendieron.
Y esa noche hicimos el amor,
de verdad.
Con las luces apagadas y el corazón encendido.
Como dos chicos que no tenían todas las respuestas,
pero sabían que, al menos por esa noche,
se tenían el uno al otro.


Las clases volvieron.
El verano quedó atrás como un recuerdo cálido que todavía dolía un poco en los hombros, como el sol después de la piscina.

Pero esta vez, nosotros ya no nos escondíamos.

No hubo declaraciones públicas ni fuegos artificiales.
Solo manos que se buscaban en los pasillos, besos en los recreos, y sonrisas que se notaban desde el otro lado del aula.

La primera vez que Cody me abrazó delante de los demás, en medio del gimnasio, con todos sudando por educación física, Toby gritó un:

-¡YA ERA HORA!

Y Curtis aplaudió lento, como si fuera una película romántica de los 90.

Pero Conrad… ay, Conrad.

-¡Ugh!-dijo la primera vez que nos vio darnos un beso corto en el pasillo-¡Avisad, que acabo de desayunar!

Cody le sacó la lengua y le dijo con toda la dulzura del mundo:

-¿Quieres un beso tú también?

-¡PUAJ!-gritó Conrad, girándose dramáticamente mientras fingía vomitar en una papelera.

Desde entonces, cada muestra de cariño mía y de Cody iba acompañada por:

-¡ARCADA #1!

-¡ESO VA DIRECTO A TERAPIA!

-¡MIS OJOS ESTÁN SANGRANDO!

Y nosotros, en vez de molestarnos, simplemente lo hacíamos más a propósito.
Le dábamos un beso corto solo para ver cómo huía tapándose la cara.

Una vez incluso Cody lo persiguió con los brazos abiertos gritando:

-¡DEJA QUE EL AMOR ENTRE EN TI!

Conrad corrió.
Gritó.
Juró venganza.
Y luego se sentó con nosotros a comer patatas como si nada hubiera pasado.

Porque ya no nos escondíamos.
Y los demás…tampoco querían que lo hiciéramos.

Éramos nosotros.
Con besos, bromas, clases aburridas y amigos teatrales.
Y si el mundo no estaba preparado para eso…
pues que el mundo se jodiera.

Las cosas en el instituto habían cambiado.
Pero en casa, todo seguía igual.
O casi.

Mi padre a veces estaba mejor. Otras, peor. Tenía días en los que parecía un tipo normal, con su café y sus silencios cargados, pero al menos hablaba.
Me preguntaba cómo iba el entrenamiento, si ya había arreglado la cadena de la bici, si Cody seguía viniendo a casa “a colarse en la nevera”.

Pero había otros días.

Días donde no decía una sola palabra, donde encendía la tele sin mirarla, donde su cara era un muro.
Un muro lleno de grietas.

Yo sabía que llevaba cosas encima.
De su pasado.
De su trabajo.
De esa parte del mundo que él me había mostrado por encima, como una advertencia, como una sombra.

A veces discutíamos.
No por nada grave, pero cualquier tontería servía de chispa.

-No me mires así-me soltó un día.

-¿Así cómo?

-Como si supieras más de lo que deberías.

Y me quedé callado.
Porque probablemente sí sabía más de lo que él creía.

Mi madre era el pegamento.
Siempre lo había sido.
La que intentaba mediar.
La que me dejaba notas en la nevera con caritas dibujadas y mensajes como “respira antes de gritar”. La que le dejaba a él el café preparado aunque no lo tomara.

Yo no culpaba a nadie.
Pero me cansaba.

Porque fuera me estaba enamorando.
Y adentro…seguía siendo ese hijo al que a veces miraban con la expectativa de que aguante más.
De que hable menos.
De que madure antes de tiempo.

Y no siempre podía.
Aunque lo intentaba.
Aunque sonriera.
Aunque fingiera que no pasaba nada cuando me encerraba en mi cuarto, ponía música y me tiraba en la cama sin saber si llorar o dormir.

Pero entonces me escribía Cody.
Un meme.
Un "¿Estás bien?".
Un "tengo algo estúpido que contarte".

Era una de esas clases eternas, donde el reloj parece pegado con cemento y el profesor habla como si estuviera narrando la reproducción de los helechos.

Todos fingíamos tomar apuntes, pero nuestros cuadernos tenían más dibujos y frases estúpidas que contenido útil.
Y fue ahí, cuando Curtis me lanzó una bolita de papel con precisión de francotirador, que empezó todo.

La desdoblé:

Curtis:
“¿Crees que si me tiro por la ventana fingiendo desmayo me aprueban por pena?”

Yo me reí por lo bajo y le respondí:

Jason:
“Solo si llevas puesta una camiseta con mi cara llorando.”

Pasé la nota a Toby, que estaba al lado.

Toby:
“¿Qué preferirías: besar al profe o vivir encerrado con 100 ranas mutantes durante un año?”

Jason:
“¿Las ranas hablan? Porque si me hacen compañía, firmo.”

Toby soltó una carcajada tan disimulada que hizo que Cody, sentado justo detrás, nos empujara la espalda con el pie.

Cody me pasó su nota escrita con letra curva y rápida:

“Tu pelo está desordenado. Me dan ganas de meter la mano ahí.”

Le respondí con una flechita y un dibujo de un arbusto con ojos:

Jason:
“¿Fantasías con vegetación otra vez, Cody?”

Y la nota siguió rodando.
Hasta llegar a Cameron, que estaba al fondo, con su cuaderno completamente en blanco.

Cameron:
“Me he desconectado tanto que no sé qué día es. ¿Alguien me recuerda si vivo?”

Curtis (otra nota):
“No, eres un NPC generado por nuestros traumas compartidos.”

La profesora levantó la vista justo cuando Cody estornudó para tapar mi carcajada.

-¿Algún problema, chicos?

-Solo alergia a los helechos, profe-respondió Curtis muy serio.

Nos aguantamos la risa con esfuerzo sobrehumano.

Al final de la clase, recogimos todas las notas y las metimos en la mochila de Toby.

Él, dramático como siempre, dijo:

-Cuando muera, quemad esto conmigo. O usadlo para chantajearme, lo que os parezca más divertido.

El invierno llegó como siempre: sin avisar y con mala leche.

La primera nevada fue pequeña, apenas un manto fino que cubría los tejados y hacía que todo pareciera más silencioso, más lento…
más bonito, si eras de los que no tenían que salir de casa.

Y claro, nosotros, como buenos adolescentes sin filtro ni autocontrol, estábamos en el grupo de WhatsApp diciendo gilipolleces mientras el mundo se enfriaba.

Grupo: Los Hijos del Caos
(renombrado por Toby esa misma semana)

Curtis:
¡Nevó! ¡Estoy oficialmente en modo Navidad aunque aún sea noviembre!

Toby:
¿Podemos hacer un muñeco de nieve sexy?

Cameron:
¿Qué clase de trauma es ese?

Toby:
Uno con bufanda y abdominales marcados.

Jason:
Cody ya está celoso del muñeco.

Cody:
Obvio. Yo también tengo abdominales marcados… en mi imaginación.

Curtis:
Confirmo. He visto su barriga y tiene potencial artístico.

Toby:
¡Pongámosle nombre al muñeco!

Cameron:
Propuesta: Frostie McSexypants.

Jason:
Parece nombre de estrella porno navideña.

Cody:
O de marca de cereales que te mira mal.

Curtis envía una foto del patio de su casa con un muñeco de nieve que parece más una patata con sombrero.

Curtis:
Se llama Pablo. No acepto críticas.

Toby:
Pablo da miedo, bro. Pablo es el muñeco que te ve dormir.

Jason:
Pablo ha visto cosas.

Cody:
Pablo era humano y fue castigado por una bruja.

Seguimos así durante horas.
Mandando fotos de nuestras ventanas, tazas humeantes, pies congelados y memes reciclados. Y entre tanta tontería, yo miré el teléfono,
la nieve cayendo despacio fuera,
y pensé:

Esto. Esto también es amor.
Del que se ríe contigo,
te abriga el alma
y te hace sentir en casa,
incluso en el puto invierno.

Eran como las dos de la mañana cuando mi padre me despertó. Golpecitos en la puerta y su voz baja pero firme:

-Vístete. Abrígate bien.

Apenas entendí lo que decía.
Estaba más dormido que despierto, la cara pegada a la almohada y el cerebro en fase “¿es esto un sueño o un secuestro?”.
Pero me vestí.
Con los vaqueros que estaban tirados por ahí, una sudadera y la chaqueta más gruesa que encontré. Fuera hacía frío, de ese que te muerde los dedos apenas abres la puerta.

Nos subimos al coche.
La radio sonaba bajito, algún tema viejo que no reconocí.
No hablamos. Solo escuchábamos la carretera y el murmullo de la música.

Después de un rato, giró por un camino de tierra.
Y fue entonces cuando mi cuerpo terminó de despertarse.
El traqueteo, las ramas golpeando los laterales del coche, la sensación de que íbamos a algún sitio que no estaba en ningún mapa. Que yo supiera por lo menos.

Finalmente, se detuvo en un claro. Ni una farola, ni una casa cerca. Solo nosotros y la noche.

-Baja-dijo, sin mirar atrás.

Yo obedecí.
Y lo seguí.
Mis zapatillas hundiéndose en la hierba húmeda, el aliento saliendo en bocanadas blancas.

-¿Qué hacemos aquí?-pregunté al fin.

Mi padre se giró apenas, lo justo para dejar caer la bomba:

-Voy a enseñarte a disparar.

-¿Qué?

Creí que estaba soñando.
Hasta que lo vi agacharse, apartar unas ramas y levantar una trampilla camuflada entre la maleza.

Eso ya no era un sueño.
Era algo más oscuro.
Más real.

Bajamos.

El aire era seco, diferente.
Había luz. Focos colocados de forma estratégica iluminaban un espacio subterráneo tan amplio como inquietante.
En una pared, armas.
En otra, blancos de práctica: siluetas humanas, muñecos de goma. Un suelo marcado por líneas. Un banco con munición.

Me quedé congelado un segundo.
Sin saber qué decir.
Qué pensar.

Él se acercó a una de las paredes, agarró una pistola y caminó hacia mí.

-Cogela-me dijo, tendiéndomela.

La agarré.
Me pesaba en las manos.
No me daba miedo…pero la sensación de tenerla, de apuntar con ella, de saber que con un dedo podía cambiarlo todo, me ponía nervioso.

-No pienses en disparar-dijo-
Piensa en controlar.

Me colocó las manos correctamente, me ajustó la postura, y luego retrocedió un paso.

-Respira. Mira al objetivo.
Fíjate en el centro del pecho.
Aprieta el gatillo solo cuando estés listo.

Inspiré.
Exhalé.
Apunté.
Y disparé.

El sonido rebotó por las paredes.
Mis brazos temblaron un poco.
Mi corazón más.

-Otra vez-ordenó.

Y lo hice.
Una y otra.
Una y otra.

Hasta que el frío se volvió calor. Hasta que el eco del disparo ya no me sacudía por dentro.

Y cuando volvimos al coche, con las manos aún oliendo a pólvora, entendí que había cruzado una línea invisible.
Una de esas que separan la infancia del resto.

El coche avanzaba lento por el camino de tierra, de vuelta a casa. Las ruedas crujían sobre el barro helado y la radio seguía sonando, como si quisiera llenar el silencio que ninguno de los dos se atrevía a romper.

Miré a mi padre de reojo.
Tenía esa expresión que usaba cuando no quería que le hicieran preguntas.
La mandíbula apretada, los nudillos blancos en el volante.

Pero yo ya no era tan crío como para tragarme la calma fingida. Y esa noche… había sentido algo.
Un cambio.
Una grieta.

-¿Me has enseñado esto esto… porque estamos en peligro?

La pregunta flotó en el aire, helada. Podía haberme callado, pero no lo hice.
Porque necesitaba saber.
Porque disparar no era como aprender a andar en bici.
No era un juego.

Él no respondió enseguida.
Solo siguió conduciendo, los ojos fijos en la carretera oscura. Y justo cuando creí que iba a ignorarme por completo, dijo:

-No.

Una pausa.

-Pero…-añadió, con la voz más baja-es por si algún día necesitas usarla.

Algún día.

Dos palabras que no aclaraban nada, pero lo decían todo.
Que se te quedaban pegadas en el pecho como una advertencia sin explicación.

Asentí, sin saber por qué.
Miré por la ventana.
El mundo seguía ahí fuera. Tranquilo. Dormido.

Y dentro del coche, yo…
ya no lo estaba.

Mi padre pensaba que yo no iba a curiosear.
Creía que con enseñarme a disparar ya estaba todo controlado. Que me convertiría en ese hijo obediente, de cabeza gacha, que acepta lo que se le da y no pregunta más de lo necesario.

Pero no me conocía tan bien como creía. Y yo... nunca he sabido quedarme con lo que me dan sin mirar debajo.

Esperé a que saliera.
Fui meticuloso.
Usé guantes de bici para no dejar huellas, por si acaso.
Volví a dejar cada cosa exactamente como estaba.
Pero sobre todo: sabía que su ordenador ocultaba más que facturas y partidas de ajedrez online.

No fue difícil entrar.
La contraseña era el nombre de mi madre.
En minúsculas.
Sin números.

Una parte de mí se partió solo por eso.
¿Confiado?
¿Descuidado?
¿O simplemente ya no le importaba?

Dentro…no encontré lo que esperaba. Encontré más.

Mensajes de WhatsApp.
Conversaciones sin nombres, solo números:
44, 69, 17, 03…
Una lista larga.
Demasiado.

Vi fotos.
Archivos.
Y una carpeta marcada como “seguridad general” que me tragó de un clic.

Dentro había más carpetas.
Cada una con el nombre de un lugar. Abrí una que decía “Santa Brígida”.

Ese puto pueblo estaba a media hora de aquí.

Y ahí estaba:
una ficha.
Nombre, edad, rostro.
Una foto sacada claramente sin que la persona lo supiera.
Abajo:
“Cazador local. Extremadamente discreto. Contacto reciente. Eliminar si cambia de bando.”

El estómago se me encogió como si me hubieran metido un puño por dentro.

Abrí otra carpeta.
Esta vez una mujer.
Joven.
Sonriendo en la foto como si no supiera que alguien la tenía marcada.
La ficha ponía:
“Aliada infiltrada. Conoce zonas del norte. Nivel medio. Desconfía. Último rastro: bosque de Elathra.”

Había campos con descripciones:

Habilidad: Armas blancas.

Observaciones: Tatuaje en la muñeca.

Potencial peligro: medio-alto.

Pasé a otro archivo, y otro.
Y otro.

Algunos ponían “localizado”,
otros “neutralizado”,
y algunos simplemente:
“pendiente”.

Ese ordenador…era una tumba digital. Mi padre no era solo un limpiador. No solo limpiaba la mierda que dejaban los demás.

Él la creaba también.

Había nombres reales, apodos, fotos, ubicaciones, descripciones físicas, rutinas.
Era una maldita caza humana organizada. Y él estaba en el centro. Como si llevara haciéndolo desde siempre.

Ese fue el momento exacto en el que supe algo que aún no quería decir en voz alta:
mi padre había matado gente.
Y probablemente seguiría haciéndolo.

Cerré todo.
Borré el historial.
Dejé todo igual.

Y esa noche, al oírlo roncar desde su cuarto…me di cuenta de que no sabía quién dormía al otro lado de la pared.

Después de esa noche… todo cambió. O al menos yo cambié.

Ya no lo miraba igual.
Mi padre.
El hombre que me enseñó a andar en bici.
Que me llevó a pescar la primera vez y que se quedó dormido en la silla plegable.
Ese mismo hombre guardaba carpetas con rostros que nunca volverían a sonreír.

Y, sin embargo, seguía siendo mi padre.

Porque el día después de descubrir todo aquello, preparó el desayuno como siempre.
Puso dos tazas de café. Me preguntó por mis notas.
Y me miró a los ojos con esa expresión que decía poco, pero significaba más de lo que él sabía.

Yo quería odiarlo.
Lo intenté.
De verdad.

Pero la vida seguía.
Y el corazón no sabe mantenerse frío todo el tiempo.

Mi vida seguía las clases.
A los apuntes.
A los partidos en la pista trasera.
A los almuerzos con mis amigos en la azotea del gimnasio.

Curtis se había metido en un club de teatro y ahora hablaba como si todo fuera una escena de Shakespeare.
Toby estaba obsesionado con los gorros de lana y decía que cada uno traía buena suerte en un aspecto distinto de su vida amorosa.
Cameron… bueno, seguía siendo Cameron. El tio que soltaba las verdades más dolorosas entre risas.

Y Cody…

Cody era refugio.

Quedábamos en los bancos del parque, debajo de las mantas con termos llenos de chocolate caliente.
A veces hablábamos durante horas.
Otras solo estábamos en silencio, abrazados, mirando la niebla colarse entre los árboles.

Un sábado de diciembre fuimos al cine.
Una comedia romántica cualquiera.
Terminamos viéndola abrazados, sus dedos entrelazados con los míos.
Y al salir, me dijo:

-Estás muy callado últimamente. ¿Todo bien?

Lo miré, con la nieve empezando a caer.
Y respondí lo único que me salió:

-No todo… pero tú sí.

Seguía pasando por delante del despacho de mi padre con ese cosquilleo en la nuca.
Las carpetas, las armas, la verdad...seguían allí.

Pero en el comedor, cuando estábamos los tres,
cuando mi madre preguntaba si queríamos decorar el árbol o poner música navideña…
él sonreía.
Él intentaba.

Y entonces, lo entendí.
No justificaba nada.
Pero entendí que a su manera, seguía siendo un padre.
Uno roto, quizás.
Pero uno que me había criado con el mejor intento que supo darme.

Y llegó el 24 de diciembre.
Cody vino a casa con un gorro ridículo de reno.
Toby trajo galletas quemadas.
Curtis un regalo envuelto con cinta aislante.
Y Cameron, como siempre, nada, pero abrazó a todos como si sí.

Cenamos, reímos, jugamos a adivinar villancicos con mímica. Mi madre nos miraba como si fuéramos el mejor regalo del universo. Y en un momento, mientras miraba las luces del árbol parpadear,
pensé: a veces puedes cargar con sombras, y aun así encontrar luces que valen la pena.

Porque la Navidad había llegado. Y, pese a todo,
yo seguía siendo hijo, amigo, novio.
Humano.
Y capaz de amar.

El primer día del año no empezó con fuegos artificiales.
Ni con resaca.
Ni siquiera con mi madre gritando que limpiáramos la cocina.

Empezó con Cody encima de mí, sus manos apoyadas en mi pecho, su respiración acelerada, sus caderas marcando un ritmo que parecía encenderme desde la columna hasta el alma.

Habíamos quedado esa tarde.
Nada especial, solo los dos en casa, sin nadie más, con promesas tontas como “vamos a ver una peli” o “solo un rato”.

Pero ya desde el primer beso supe que el guion estaba escrito de otra manera.
Estaba hermoso.
El pelo algo despeinado, los labios entreabiertos, las mejillas rojas.
Se movía sobre mí con seguridad, como si su cuerpo ya supiera el mío de memoria,
como si no necesitáramos decirnos nada más que lo que el roce, los jadeos bajos y los suspiros nos dejaban traducir.

Acaricié su espalda.
Lo sentí temblar.
Nuestros ojos se encontraron un segundo, solo uno,
pero fue como si me dijera
“Te quiero ”

Y juro que en ese momento no había pasado, ni futuro.
Solo piel.
Calor.
Y ese amor que nos habíamos construido entre risas, grafitis, y noches escondidas en el río.

Nos dejamos llevar.
Nos abrazamos como si el año nuevo se hubiese hecho solo para eso, para empezar entre las manos del otro.
Y cuando todo terminó, él apoyó su frente contra la mía, y dijo:

-Feliz año, idiota.

Yo sonreí, sin aliento, y le respondí:

-Eres lo mejor que me ha pasado este año.

Y él se rió.
Y nos besamos.
Y el reloj marcó un nuevo comienzo. De los que no necesitan fuegos artificiales,
porque ya nos habíamos incendiado por dentro.

Con mis 18, no me sentí distinto de golpe.
No hubo revelaciones.
Ni cambios bruscos.
Solo esa sensación silenciosa de que el mundo esperaba más de mí.

Me apunté a estudiar mecánica, porque si algo me había acompañado siempre era ese amor por desmontar cosas, entender cómo funcionaban, ensuciarme las manos hasta que el motor volvía a rugir.
No era algo poético, ni glamuroso.
Era práctico.
Real.
Y sobre todo, mío.

Mi padre apenas comentó nada cuando se lo dije.
Solo asintió, y por un momento me pareció ver orgullo en su mirada. No ese orgullo exagerado de las pelis, pero sí el que pesa en los silencios.

A los pocos meses, también me saqué el carné del coche.
Y después, el de la moto.
Porque si iba a recorrer caminos, quería elegir con qué ruedas hacerlo.

Cody fue el primero en subirse conmigo. Con el casco mal ajustado y gritando por encima del viento:

-¡¡NO NOS MATES, IDIOTA!!

Y yo solo podía reír.

Tener 18 no me dio todas las respuestas, pero sí me dio herramientas. Y una pequeña libertad: la de irme cuando necesitara, la de arreglar lo que otros no sabían cómo,
la de comenzar a construir mi camino con mis propias manos.

Y aunque el pasado todavía pesaba, ya no era una cadena.
Era solo una parte de la historia.
La mía.

Los años habían pasado, y aunque seguíamos siendo los mismos idiotas de siempre, ahora también éramos adultos. Al menos en papel.
Con trabajos, rutinas, horarios apretados y rodillas que ya no resistían los saltos de los muros como antes.

Pero el grupo de WhatsApp seguía vivo. Y si algo demostraba que aún quedaba fuego en la pandilla, era eso.

Grupo: Los Hijos del Caos (versión impuestos)
(renombrado por Toby el día que le llegó su primera factura de autónomos)

Toby:
Acabo de pagar el alquiler, la luz, y el WiFi.
Alguien venga a darme un abrazo o a rematarme.

Curtis:
Yo me quedé sin agua caliente y me estoy duchando con un cubo.
Esto es Vietnam versión pobre.

Cameron:
Tengo dos reuniones seguidas y una planta que lleva tres días juzgándome desde la ventana.

Jason:
Yo tengo aceite en el pelo y los nudillos reventados. ¿Cuenta como spa?

Cody:
Solo si el spa incluye que vengas a dormirte encima mío como haces siempre, motorcito humano.

Toby:
¿A cuántos niveles de asco estamos hoy?

Curtis:
Yo voto por que os caséis ya y nos dejéis en paz.

Jason:
No pienso darle esa alegría a Toby tan fácil.

Cody:
¡BODA MOTERA!

Las conversaciones eran un caos, una mezcla entre apoyo emocional, quejas del sistema, y memes mal recortados.
Pero ahí estaban.
A diario.
Entre jornada y jornada.
Entre taller, oficina, clases, y rutinas nuevas.

A veces hablábamos de quedar. A veces lo hacíamos.
Y en cada mensaje,
en cada línea absurda,
se colaba la certeza de que habíamos crecido.
Pero no nos habíamos perdido. Solo estábamos sobreviviendo a la adultez juntos,
como siempre.
Con humor.
Con sarcasmo.
Y con amor del bueno.
Del que no caduca.

A los 23 recién cumplidos mi vida se desarrollaba en un piso pequeño, cerca de casa.
Nada del otro mundo, pero mío. Con herramientas por todos lados, una cafetera que hacía más ruido del que debería y una silla que nunca dejaba de cojear.

Mis padres siempre me decían que podía volver cuando quisiera.
Pero yo…yo quería hacer esto por mí. Porque si iba a construir algo, iba a ser con mis manos.

Aun así, casi siempre iba a verlos. No por obligación.
Por costumbre.
Por cariño.
Porque eran mi punto de origen.

Y ese día no fue diferente.
Llevaba una bolsa de pan, una excusa cualquiera.
Saqué las llaves.
Abrí la puerta.

El sonido de la televisión flotaba por el pasillo.
Ese zumbido típico, como un fondo lejano. Y el olor a macarrones llenaba el aire, ese olor de domingo.
Ese olor a hogar.

Caminé hacia la cocina.

Y entonces…

el tiempo se rompió.

Me quedé quieto.
Muy quieto.
Tan quieto que no sé si el corazón me dejó de latir o fue solo que no lo escuchaba ya.

Había un charco de sangre.
Grande.
Demasiado rojo.
Demasiado real.

Mi madre.
Tirada en el suelo.
Inmóvil.
La cabeza ladeada, los ojos entreabiertos.
Un cuchillo no muy lejos.
Macarrones medio servidos sobre la encimera.

-¿Qué…?

No recuerdo si lo dije o lo pensé.

Me arrodillé.
Grité.

-¡Mamá! ¡Mamá!

Toqué su cara.
Estaba fría.

Mi voz no era mía.
Era un rugido roto, una súplica animal.bñ Un intento de hacer que el tiempo retrocediera.
De que alguien me despertara.

Pero no me desperté.
Porque esto era real.

Mi madre…ya no estaba.
Y yo no sabía nada.
Ni cómo.
Ni por qué.

Solo sabía que algo dentro de mí también acababa de morir.

Mi padre llegó unos minutos después que yo.
Lo vi quedarse clavado en la puerta de la cocina, la cara blanca como la pared.
Y después, simplemente, se derrumbó.
Sin gritos.
Sin golpes.
Solo se arrodilló y apretó los labios hasta hacerse daño.

Yo no podía hablar.
No podía llorar.
Me sentía suspendido.
Como si estuviera dentro de una serie de fotografías mal enfocadas, pasando en cámara rápida.

Vinieron los de la funeraria.
Después, la policía.
El olor a formol se mezclaba con el de la comida abandonada.
Mi casa ya no era mi casa.

Cody se sentó a mi lado en el banco.
No decía nada. Lloraba.
Toby apareció con los ojos rojos.
Cameron me abrazó sin pedir permiso.
Conrad trajo mantas y termos, como si eso pudiera arreglar algo.

Y más gente.
Vecinos, antiguos pacientes, incluso algunos que solo conocían a mi madre de oídas.
Ella era luz.
Y su ausencia era un agujero.

En el funeral no pudimos abrir el ataúd.
Degollamiento.
Eso dijeron.
Demasiado daño.
Demasiado irreconocible.

No sé cuántas veces vomité ese día. Ni en qué momento exacto supe que la vida no volvería a tener el mismo color.

La noche del funeral, mi padre y yo nos sentamos en silencio.
Yo con los ojos fijos en la pared. Él, con una botella de whisky que no solía tocar.

-Sé quién fue-dijo.
Sin mirarme.
Como si lo escupiera.

No respondí.
No tenía energía para hacerlo.
No quería saber.

-Voy a vengarla-añadió.

Me giré, lento.

-Papá…

-Tu madre salvaba vidas.
Siempre lo hizo.
Y le pagaron con esto-Tragó saliva como si fuera ácido-
No pienso quedarme de brazos cruzados.

Lo dije sin pensar:

-¿Y crees que ella querría eso?

Él me miró, roto.

-No. Pero yo sí. Y eso… es todo lo que me queda.

No dije más.
No discutí.
Porque esa noche me di cuenta de algo:
ya no me quedaba nadie que pudiera apagar ese fuego.

Solo quedaba el humo.
Y un dolor sordo
que no me dejaba respirar.

Mis amigos venían a casa cada dos por tres.
Tocaban la puerta con suavidad, como si temieran romperme con solo el sonido.
Traían comida, películas, juegos de mesa…A veces ni entraban, solo dejaban cosas en la entrada y se quedaban un rato en silencio conmigo.

Y yo simplemente…estaba.

No hablaba mucho.
No dormía.
No comía si no me obligaban.
Me sentaba en el sofá, mirando un punto fijo,
y lo único que podía pensar era:

mamá no está.

Esa frase se repetía en mi cabeza como un eco sordo.
Una campana muda.

Curtis vino con su guitarra una vez, se sentó en el porche y tocó sin decir nada.
Toby me trajo un peluche que me regaló en primero de secundaria, lo dejó a mi lado como si pudiera protegerme otra vez.
Cody…Cody se tumbaba a mi lado.
Ponía su cabeza en mi pecho.
Y escuchaba cómo respiraba.
Porque ni yo sabía si estaba vivo.

Mama no está.
Ese pensamiento no tenía forma.
No tenía fondo.
Solo dolía.

A veces me levantaba por la noche. Buscaba algo en la cocina. Y me encontraba esperando escuchar su voz desde la habitación.
Como cuando era crío y me decía que bajara el volumen, que ya era tarde.

Pero no había voz.
No había pasos.
No había olor a colonia floral, ni a su comida favorita.

Solo vacío.

Y en ese vacío, yo…me aferraba a lo único que podía:
los que aún estaban.
Mis amigos.
Mi gente.

Aunque por dentro…
seguía roto.

Mi padre volvió tres semanas después. Había salido una noche sin decir nada y durante veintiún días no supe si estaba vivo o muerto.
La verdad, parte de mí no quería saberlo.

Apareció con la ropa sucia, barba de varios días y una mirada hueca. Se sentó frente a mí como si nada.
Y dijo:

-No puedo hacerlo solo.
Los años no perdonan.

Yo simplemente lo miré.
Y respondí con la misma frialdad que él me había enseñado:

-Vale.

No hubo abrazos.
Ni disculpas.
Solo una chispa que encendió algo dentro de mí.
Algo que me había negado a alimentar.
Pero ahora…me quemaba.

Empezamos a quedar.
Para entrenar.
Volver al cuerpo.
A la mente rápida.
A los reflejos finos.

Siempre fui ágil.
La velocidad me corría por la sangre.  Aprendí a disparar con precisión, a vaciar un cargador sin parpadear,
a usar armas blancas con el mismo pulso con el que arreglaba motores.

Y ahí fue cuando conocí a la manada con la que él se estaba aliando.
Cazadores que sabían demasiado.
Y que jugaban un juego más sucio de lo que yo imaginaba.

La líder era una mujer de ojos grises y pelo trenzado:
Bee Cassirer.
Fuerte. Fría. Precisa.
Con esa autoridad que no se pide, se impone solo con la mirada.

No sé qué fue lo que me hizo desconfiar. Tal vez cómo medía cada palabra.
Tal vez cómo me miraba, como si ya supiera en qué punto exacto de mi alma clavar el cuchillo si hacía falta.

Pero lo supe.
Lo sentí.
Los lobos tenían parte de la culpa.
También mi padre.
Todos.

Y lo peor de todo…yo ya estaba dentro. Avanzando con ellos. Respirando su fuego.

Quemándome.
Y sin detenerme.

Los que mataron a mi madre no fueron lobos.
No eran monstruos con colmillos o ojos brillantes.
Eran humanos.
Cazadores.
De esos que no siguen un código,que no creen en el equilibrio, que no se detienen a preguntar antes de apretar el gatillo.

Cazadores que también mataban licántropos solo por existir. Porque no encajaban en su mundo perfecto.
Porque creían que eliminar lo diferente era la forma de proteger lo “correcto”.

Y cuando supimos quiénes eran… no hubo juicio.
No hubo tribunal.
Solo fuego.

Fuimos uno a uno.
En sus casas.
En sus escondites.
En sus autos.
Les dimos lo que le habían dado a tantos antes:
la muerte.

Y yo…no sentí nada.

Ni culpa.
Ni miedo.
Ni esa vocecita interior que te dice que pares. Eran personas que hacían daño porque sí.
Por odio.
Por costumbre.
Por deporte.
Por poder

¿Y qué haces con alguien así?
¿Los dejas vivir?
¿Esperas que cambien?

No.
Los detienes.

Así fue como empezó.
Así fue como continuó.
Y así fue como entendí que la línea entre justicia y venganza es tan fina como el hilo de sangre que baja por el filo de una navaja.

Cody me dejó.
No con gritos.
No con insultos.
Solo con esa frase que aún me quema por dentro:

-Has cambiado, Jason.

Y claro, pensaba que era solo por lo de mi madre.
Por el duelo.
Por el vacío.
Pero no sabía nada.
No sabía lo que realmente había cambiado dentro de mí.

Yo ya no veía el mundo con los mismos ojos. Y él…Él seguía buscando al chico que se reía con él viendo pelis malas en el sofá, que improvisaba cenas con salsas de bote y pan tostado. Que lo abrazaba por la espalda mientras cocinaba.
Ese chico ya no existía.

¿Dolió?
Sí.
Dolió como una bala mal extraída. Como cuando te arrancan algo de raíz y aún no estás listo para quedarte sin eso.

Pero después supe que quizás…quizás simplemente se acabó su amor.
Porque cuando alguien se va de tu lado justo cuando estás intentando volver a ser tú mismo, a veces no es traición,
es solo…que ya no te quieren igual.

Dos meses después, Cameron me dijo, entre dientes, con cuidado, como si no supiera si debía hacerlo:

-Cody está con Dexter. El de los entrenamientos de defensa, ¿te acuerdas?

Sí. Me acordaba.
Perfectamente.
Demasiado bien.

Años juntos.
Y en dos meses encontró a alguien más. En dos meses me olvidó. Me arrancó como si nunca hubiéramos sido nada más que una foto vieja en su galería.

No quise volver a hablar con él. No necesitaba una explicación.
Lo bloqueé de todos lados.
Y me bloqueé a mí mismo también.
Apagué todo lo que dolía.
Lo que quedaba.
Lo que era suave.

Cuando acabamos con todo.
Cuando las armas se enfriaron y los nombres fueron tachados de la lista. Pensé que quería desaparecer.

Y lo hice.
Sin avisar a nadie.
Sin carta.
Sin nota.
Sin drama.

Tiré mi móvil a una papelera de estación, compré otro.
Nuevo número.
Nueva vida.
Sin pasado.

Elathra. Un lugar casi invisible en el mapa. Ahí, en las afueras, encontré una casa vieja, deshecha por el tiempo,
con las paredes torcidas y el tejado agujereado.

Y la convertí en mi hogar.

No quería fiestas. Ni aplausos. Solo quería que mamá estuviera allí. Que viera cómo, con mis propias manos, levantaba paredes,
ponía escaleras,
convertía un garaje en taller
y una planta en refugio.

Una casa pequeña,
con dos pisos. Ruido de herramientas, olor a aceite y madera recién cortada.

Un mundo solo mío.
Donde nadie me buscaba.
Donde nadie me conocía.
Donde por fin,
podía empezar
a reconstruirme.

Me empezó a ir bien.
Quizás no feliz. Pero bien.

Las manos se me llenaban de grasa y cortes, pero cada tornillo apretado, cada motor que volvía a rugir, me hacía sentir útil.
Real.
Presente.

Era bueno.
Y la gente lo notaba.
Volvían.
Me recomendaban.
Y así, poco a poco, me convertí en una versión nueva de mí.

Una que sabía defenderse.
Una que no lloraba a escondidas cada noche.
Una que no miraba atrás… tan seguido.

A veces era duro.
Cruel.
Callado.
Como si el hielo se me hubiera pegado a los huesos.

Y otras, sin que nadie lo supiera, me encontraba dándole comida a gatos y perros callejeros, regalando arreglos baratos a viejos que apenas podían pagar, o dejándole flores secas al borde de un lago sin nombre.

Un día, justo después de año nuevo, cinco meses después de desaparecer, Cameron apareció en mi taller.

No con bronca.
No con lágrimas.
Solo con esa mirada suya de “sé que no quieres, pero aquí estoy”.

-Estoy por aquí viendo a un familiar-dijo, encogiéndose de hombros. Una mentira tan obvia que ni se molestó en disfrazarla.

Nos sentamos sobre una rueda vieja, con dos latas de refresco. Nos pusimos al día.
Me habló de Toby, de Curtis.

Y de Cody.

-Se va a casar con Dexter-dijo, bajando la mirada.

-Pues que bien-respondí.
Sin expresión.
Sin alma.

Cameron no insistió.
No hacía falta.
Ambos sabíamos que eso era una herida que no sangraba…
pero seguía doliendo.

Antes de irse, le hice prometer que no diría nada.
Que no soltaría mi nombre ni mi dirección.

Solo podía decir que estaba bien.
Nada más.

Y él lo hizo.
Me abrazó fuerte, sin palabras.
Como quien suelta a alguien que ya no necesita una red.

Y yo…seguí con mi vida.
Con mis rutinas.
Mis tornillos.
Mi radio vieja.
Y la verdad de que no todos los que se pierden, quieren ser encontrados.

Una semana después, mientras estaba en la parte trasera del terreno, ampliando la caseta de mis animales, lo último que esperaba era escuchar su voz.

-Vaya, no has cambiado nada.

Cody.

La madre que me parió.
Pensé que estaba soñando, o teniendo una alucinación inducida por pintura.

Goku, mi perro más pequeño pero más ruidoso, ladró como si hubiera visto al demonio en persona.

-Puto Cameron…-mascullé, mirando al suelo como si de ahí fuera a salir una explicación.

-No te enfades con Cameron-dijo Cody, levantando las manos con calma-Él no me dijo nada. Solo le pedí el coche y en su navegador aparecía esta parada. Supongo que... algo dentro de mí quería comprobar si seguías aquí.

-¿Qué haces aquí?-pregunté seco, directo. Ni un ápice de suavidad.

-Hablar.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Entonces entramos al taller.
Kitty, mi gata tricolor con barriga redonda, nos siguió con ese andar tranquilo y soberano.
Sospechaba que estaba embarazada de Lasaña, el gato naranja que se creía dueño del sofá.

Subimos por la escalera de hierro a la parte de arriba.
Mi casa. Era simple, funcional.
Sofá. Estanterías llenas de herramientas y libros. Una cocina pequeña, y una ventana enorme que dejaba entrar la luz. Y por supuesto la habitación.

Cody lo miraba todo como si fuese la cabaña de alguien que llevaba años muerto y acababa de volver a respirar.

-Parece… tú-dijo, sin sarcasmo.

-Eso intento.

Nos sentamos. Él en la silla de siempre. Yo en el borde de la encimera.

-No pensaba verte nunca más -dije sin mirarlo.

-Yo tampoco. Pero…

-¿Pero?

-He pasado cinco meses pensando que me habías dejado por completo.
Y no por romper, sino por… desaparecer. Cameron no me dio nada. Solo dijo que estabas vivo.

-Eso era suficiente.

-Para ti.

Silencio.

-Te fuiste cuando más dolía, Cody. Cuando yo no sabía quién coño era.

-Lo sé.

-Y ahora estás aquí. ¿Qué esperas?

-Nada. Me dolías.
Porque a pesar de todo…todavía pienso en ti. Porque quería verte, aunque fuera para confirmar que ya no hay nada.
Y también…para pedir perdón.

Eso sí me dejó callado.
Ni herramientas, ni balas, ni venganzas me habían preparado para eso.

-¿Por qué ahora?

-Porque me iba a casar con alguien que no eras tú. Y aunque lo quiero…tú sigues siendo ese eco. El primero.
El que me hizo entender cosas de mí que no sabía que estaban ahí.

Respiré hondo.

-¿Y qué quieres que haga con eso?

-Nada. Solo quería que lo supieras.

Kitty maulló desde la encimera y se acurrucó entre nosotros.
Como si necesitara que esa distancia se cerrara, aunque fuese un poco.

-Te cuidaste-dijo Cody, mirando mis manos manchadas de pintura.

-Me construí de nuevo.

-Lo has hecho bien.

Asentí.

Y por un momento, ninguno de los dos dijo nada.
Porque a veces el amor no vuelve.
Y a veces, solo quiere despedirse bien.

Cody se quedó.

No sé por qué.
Y tampoco sé por qué yo no lo eché. Quizás porque era un día tranquilo, quizás porque ya no dolía tanto o quizás porque justo en ese momento, Niebla, la husky blanca que alguien abandonó encadenada a mi puerta hace meses, vino corriendo a reclamar su dosis de caricias.

Y él se agachó a rascarle las orejas como si no hubieran pasado los años ni las cicatrices.

-¿Cuántos sois?-preguntó mirando a su alrededor, mientras otro gato cruzaba corriendo como una flecha.

-Pues creo que ya vamos por diez gatos y siete perros-me encogí de hombros-Algunos vinieron solos. Otros me los lanzaron por encima de la valla. Literalmente. Me tiraron un gato, Cody.

-Eso suena ilegal.

-Probablemente. Pero ahora se llama Coraje, y duerme en la almohada.

-Los tienes a todos muy bien cuidados-dijo acariciando el lomo de Niebla-Están más gordos que yo en Navidad.

-Claro. Si no me ayudan a pagar el alquiler, al menos que sirvan de calefacción.

Pasamos la tarde terminando las casetas.

Cody sujetaba las maderas, pero tenía la fuerza de una gelatina nerviosa.
Yo se lo hacía notar. Constantemente.

-¿Quieres que sujete esto o que le cante una nana?

-Tú haz presión y reza.

-¡Goku deja de robarme los tornillos! ¡Jason, tu perro me está desarmando el bolsillo!

-Bienvenido a la secta.

Lasaña, el gato naranja, se subió a la cabeza de Cody en plena faena. No, no el hombro. La cabeza. Con la dignidad de un emperador.

-¿Está… ronroneando?-preguntó Cody, congelado.

-Sí. Estás oficialmente aprobado por la nobleza felina.

-¿Y si meo en su caja también soy uno de ellos?

-Depende de qué caja y con cuánta elegancia.

Cuando terminó el día, teníamos serrín hasta en las pestañas. Y los animales estaban tumbados en sus nuevas casitas, como reyes.

-¿Siguen subiendo todos a la cama?-preguntó Cody, mientras Kitty se metía bajo su camiseta.

-Sí. Son como el alquiler emocional. Te dejan dormir, pero solo si aceptas ser el colchón principal.

Se quedó mirándome.
Con esa media sonrisa.
Como si no pudiera evitar sentirse en casa.

Lo acompañé hasta su coche,
pisando la grava del camino que aún no había terminado de alisar. Kill, mi pastor alemán de cinco meses, que encontré hace una semana metido en una caja venía detrás de nosotros dando saltitos y mordisqueando el bajo de mi pantalón como si quisiera impedir que me alejara un centímetro de Cody.

-¿Y este?-preguntó Cody, mirando a Kill mientras se agachaba a rascarle detrás de las orejas.

-Kill. No le hagas mucho caso, está en la fase de “todo es mío si lo muerdo”.

-Como yo a los diecisiete.

Me reí. No quería hacerlo. Pero lo hice.

Llegamos hasta su coche.
La tarde ya caía, y el cielo tenía ese color naranja sucio que parecía mezclar el día con algo a medio cocer.
Y ahí estaba él.
Con las manos en los bolsillos, como siempre que estaba nervioso.

-Gracias por… dejarme estar-
dijo al fin, bajando la mirada.

-No tenía por qué echarte.

-Lo sé. Pero no pensé que me dejarías quedarme. Ni hablar. Ni ver todo esto…

-Bueno. El ejército peludo votó y no quisieron atacarte. Eso debe valer de algo.

Rió.
Pero esa risa fue breve.
Lenta.
Densa.

-¿Estás bien aquí?

-Estoy… en paz.

Asintió. Como si esa respuesta lo aliviara y lo desarmara a la vez.

-No voy a decir nada a nadie. Lo prometo.

-Gracias.

Kill soltó un ladrido, como si aprobara el trato.

-Y… si algún día quieres hablar, ya sabes dónde encontrarme.

-No creo hacerlo.

-Tampoco lo espero.

Nos quedamos ahí un par de segundos más.
Yo sin moverme.
Él sin arrancar.

Y cuando por fin abrió la puerta del coche y se sentó, Kill apoyó la cabeza en su pierna, como si lo despidiera por mí.

Cody le dio una última caricia y me miró una vez más.

-Nos vemos, J.

-Cuídate, Cody.

Y sin más, arrancó el coche y se fue.

Kill y yo nos quedamos en la entrada. Mirando cómo el polvo se levantaba con sus ruedas.
Hasta que desapareció.
Y solo quedó el ruido de los pájaros,
el olor a madera,
y ese viejo silencio que ya conocía tan bien.


El verano se acercaba.
Y con él, mi cumpleaños número 24. No tenía planes. No necesitaba ninguno.
Solo quería seguir trabajando, viendo crecer a mis perros,
y asegurarme de que Lasaña no dejara embarazada a otra gata del vecindario.

Era un día como cualquier otro. Sudaba bajo el capó de una vieja camioneta oxidada,
cuando escuché la campanilla de la entrada sonar.

Me limpié las manos en el trapo colgado del cinturón
y me acerqué a ver quién era.

Una chica.

Muy joven. No debía tener más de 18. Tenía el pelo despeinado, los labios partidos y la expresión rota.
Casi temblaba mientras entraba.

-¿Puedo ayudarte?-pregunté, sin sonar suave pero tampoco hostil.

-¿Puedo… quedarme aquí un momento?-murmuró-Solo… solo un momento, por favor.

Asentí, y le indiqué con la cabeza el banco de madera junto a la ventana.
Se sentó sin decir nada más.
Pasaron unos segundos antes de que soltara:

-Mi… mi novio me bajó del coche. Me empujó.
Fue un par de metros antes de llegar aquí. Discutimos y… bueno…-hizo un gesto con las manos, como si eso lo explicara todo-El tiene mi móvil

Ah.
Uno de esos.

Antes de que pudiera decir nada, se abrió la puerta de golpe. Y ahí estaba él.

El tipo tenía esa cara…
la de alguien que no solo ha golpeado antes, sino que cree que tiene derecho a hacerlo.

-¿!Estás viendo lo que estás liando!?-dijo mirando como si fuese alguien.

Me sequé las manos otra vez. Dejé el trapo sobre el capó.
Y avancé.

-Ella no quiere verte.

-No te metas, tío. Es cosa de pareja.

-Aquí no. No en mi puto taller.

-¿Quién coño eres tú?

-El que te va a enseñar lo que es probar de tu propia medicina.

Lo siguiente que escuchó fue el golpe de mi puño contra su mandíbula.
No fue elegante.
No fue lento.
Fue seco.
Como cortar una cuerda podrida.

El tipo cayó de espaldas, soltando un gruñido.
Se levantó medio tambaleando, y antes de que intentara siquiera encarar otro golpe, Kill que ya tenía un tamaño considerable ladró con toda la furia del infierno desde la parte trasera.
Y eso fue suficiente.

El imbécil salió corriendo.
Se subió al coche.
Y se largó echando polvo.
La chica seguía en el banco.
Llorando en silencio.
Me acerqué, me agaché a su altura y le dije lo único que tenía sentido:

-Ese ya no vuelve, coge el teléfono de la recepción y llama a tus padres. .

Asintió, entre sollozos.

-Puedes tomarte el tiempo que necesites. Hay café. Y perros que dan calor.

Y minutos después mientras ella marcaba a su madre desde mi teléfono,
yo solo pensé en una cosa:

Quizás mamá estaría orgullosa de esto.

Ella dijo que sus padres llegarían en un rato.
Y mientras tanto, se sentó en el suelo del taller con Kill y Goku, que por fin habían dejado de molestar a Niebla y a Coco, el más cascarrabias del grupo.

-Soy Atenea-me dijo, mientras acariciaba a Kill.

-Jason-respondí sin dejar de enroscar una tuerca que me estaba dando guerra.

-Gracias, Jason.

Fue breve, sincero.
Sin drama, sin adornos.
Y luego se puso a jugar con los perros como si nada.
Les echó fotos, grabó vídeos… incluso le puso un filtro ridículo de orejas a Goku que casi me hace soltar una carcajada.

Una hora después, sus padres llegaron.
Ella se levantó y corrió hacia ellos entre lágrimas.
Les explicó todo.
Que Satur, su novio, ya llevaba meses con comportamientos así, que no era la primera vez que la empujaba o le gritaba.
Y que había tenido miedo de decirlo.

Su padre me dio la mano con fuerza. Su madre me abrazó como si me conociera de siempre.

-Gracias por protegerla-me dijeron, y después se la llevaron.

Yo creí que ahí terminaba la historia.

Dos semanas después, la campana del taller volvió a sonar. Me limpié las manos y salí de debajo del coche esperando algún cliente más con el embrague hecho trizas.

Pero era ella.

Atenea.

El pelo bien peinado,
ropa limpia, una expresión segura.
Parecía alguien que había atravesado una tormenta y había salido del otro lado con los brazos cruzados.

-Hola-dijo, sonriendo.
Y mis perros prácticamente le saltaron encima.
Kitty maulló desde una estantería como si también la reconociera.

-Vaya bienvenida-comentó, riéndose mientras intentaba mantener el equilibrio.

-¿Todo bien?

-Sí. Muy bien, de hecho. Y… bueno, vine porque…Verás, cuando estuve aquí me fijé que estabas solo con todo esto. Recepción, papeleo, llamadas, pedidos…

-Ajá-asentí, algo desconfiado.

-Yo tengo 22 años y tengo el título de administrativa, soy buena con la tecnología, los números no me dan miedo…

La miré.
De arriba abajo.
No por desconfianza, sino por esa costumbre que se queda cuando uno ha visto más sombras que luces.

Y ella me sostuvo la mirada.

-¿Me estás pidiendo trabajo?

-Te estoy pidiendo una oportunidad.

Y se la di. Porque hay cosas que se notan.
Y esa chica no venía buscando lástima.
Venía buscando empezar de nuevo.

Y yo sabía lo que era eso.
Demasiado bien.

Atenea se convirtió en parte del taller antes de que pudiera darme cuenta. No fue de golpe. Fue como esas plantas que crecen sin que las mires y un día te das cuenta de que ya han echado raíces.

Era como una hermana pequeña que el universo me mandó tarde… pero en el momento justo.

Se encargaba de todo:
La recepción, los pedidos, las facturas, los papeles que antes me hacían doler la cabeza. Organizó una carpeta de clientes, me instaló un sistema de pagos nuevo y me obligó —cariñosamente— a tener horarios más humanos.

Y además…

Le compraba juguetes a los animales. Peluches con forma de herramientas para los perros, ratones con luces para los gatos. Y cada uno tenía nombre, etiqueta y hasta un rincón asignado.

-Esto es para que no te muerdan más los cordones-me dijo una vez, señalando a Kill jugando con una pelota nueva.

-Gracias, jefa.

-No me llames jefa-respondía mientras me lanzaba un cojín.

A veces, llegaba por la mañana con una cajita.

-¿Esto? Pastelitos. Caseros.
De manzana, de limón, de chocolate. Decía que le relajaba hornear.
Y que alguien como yo necesitaba más azúcar en la vida.

-A ver si con esto te vuelves un poco más dulce, gruñón.

-Me estás empalagando el alma.

-Tu alma ya era un caramelo duro, no mientas.

Y así, entre café, trabajo, ladridos y bollitos,
Atenea se volvió parte de mi rutina. La hermana que no compartía sangre, pero sí espacio, bromas y silencios cómodos.
Y no la cambiaría por nada.

Un mes antes de cumplir los 24, y justo una hora después de que Atenea se fuera,
llamaron a mi puerta. Me gire pensando que sería algún cliente con el embrague reventado otra vez.
Pero no.

Eran once personas.

Quietos delante de mi casa como si fueran un maldito escuadrón de película.
Todos serios, algunos con gafas de sol aunque ya era de noche, y otros simplemente con esa actitud de que sabían más de mí de lo que yo había contado nunca.

Se presentaron uno por uno.
Benji, Rhea, Marcus, Lys, Niko, Artemis, Joel, Vanya, Caleb, Dom.

Reconocí algunos nombres.
Había escuchado cosas.
Y ninguno parecía estar allí para perder el tiempo.

-¿Qué queréis?-pregunté, cruzado de brazos, con Goku gruñendo detrás de mis piernas.

Benji fue el que habló primero.

-Queremos reclutarte.

No dije nada.
Los dejé hablar.
Me apoyé en el marco de la puerta mientras soltaron su discurso.

Nada de “sabemos lo que le pasó a tu madre”.
Nada de “tu padre era uno de los nuestros”.

Solo yo.
Solo lo que yo era capaz de hacer.
Lo que yo podría hacer si quería.

Me hablaron de su grupo:
Un colectivo que trabajaba fuera del sistema, pero con la intención clara de desmantelar redes de mafias, corrupción, tráfico, capos, basura de la peor calaña.

Gente a la que nadie tocaba porque era demasiado complicado, demasiado caro o demasiado peligroso.

-No queremos que dejes tu vida-dijo Caleb-No queremos que lo abandones todo.
Esto no es un uniforme. Es una causa. Cuando te necesitemos, será por algo grande. Y solo si tú quieres.

Me quedé unos segundos en silencio.
Pensando.
Analizando sus caras.
No vi manipulación.
Vi convicción.

-Vale-dije al fin-Probaré.
Pero no me toquéis esto.
Mi taller. Mis perros. Mis gatos. Mi jodida rutina.

-No es diario-añadió Dom, con una sonrisa leve-Una noche aquí. Otra allá. Un sitio donde se trafica con personas, drogas, armas...Y vamos.
Y acabamos con ellos.

Eso…eso sí me gustaba.

No por la violencia.
Sino porque, por una vez,
se podía usar para algo que valía la pena.


La primera vez fue en un almacén a las afueras de una ciudad fronteriza.

Traficaban con personas.
Niños.
Mujeres.
Gente rota, como mercancía apilada.

No pregunté mucho.
Solo memoricé los rostros, las rutas, las salidas.
Nos dividimos.
Benji y Caleb iban adelante.
Rhea desde el tejado, con el rifle. Yo por el lateral, con una navaja y la cabeza fría.

Entramos como una sombra.
Y salimos sin dejar una sola jaula cerrada.

No fue limpio.
Nunca lo es.
Pero nadie se quedó atrás.
Nadie que no lo mereciera.

Desde entonces, una vez al mes o cada dos semanas,
me llegaba un mensaje codificado.
Atenea lo sabía.
No desde el primer momento, claro.

Lo descubrio cuando una noche que se había quedado haciendo el papeleo volví con una bala metida en la pierna. No fue profunda, pero jodía.

Entré cojeando al taller,
intentando disimular,
pero Kill y Coco se volvieron locos. Y ahí estaba ella con cara de “no me jodas, Jason”.

-¿¡Qué coño ha pasado!?

-Nada...Me caí....Mal.

-¿Te caíste sobre una bala?

No dije nada.

-Si no me lo dices tú, lo harás desmayado por la fiebre.

La dejé acercarse. Trapo, alcohol, pinzas, y mucha más paciencia de la que merecía.

Mientras me sacaba la bala,
apretando los dientes y una toalla, ella solo dijo:

-¿Estás en algo peligroso?

-Sí.

-¿Te hace bien?

-Sí.

-¿Vas a dejarlo?

-No.

Silencio.

Luego, con una firmeza que no vi venir, murmuró:

-Entonces…dime cómo ayudarte. Dime lo que necesitas. Pero no me mientas.

Ahí lo supe.Que ella no era solo mi mano derecha en el taller. Era familia.

Y así siguieron las noches.
Algunas con sangre.
Otras solo con tensión y huidas. A veces con victorias.
Y otras con marcas nuevas en el cuerpo. Pero siempre, siempre, sabiendo que había un lugar al que volver.

Y alguien que, sin preguntar demasiado, ya tenía preparada la venda y el pastelito del día.

La conocieron porque me obligó.
Así, tal cual.

Una noche después de curarme el enésimo corte y darme un trozo de bizcocho de zanahoria, me cruzó los brazos y dijo:

-O me presentas a esa pandilla de mercenarios con la que andas, o dejo que Goku duerma en tu cama y te quite toda la almohada.

Y Goku tiene el tamaño de un oso mediano.

Así que… cedí.

Benji, Rhea, Marcus, Lys, Niko, Artemis, Joel, Vanya, Caleb y Dom.
Uno por uno fueron entrando al taller esa tarde.
Como un desfile desorganizado de personalidades demasiado intensas para caber en una sola habitación.

Atenea los recibió como si fuera la dueña de todo aquello.
Con delantal, pastelitos y una mirada que decía: “No me impresionáis. Ni un poquito.”

Y ellos… bueno, ellos se dejaron conquistar.
Rhea especialmente.

Rhea la miraba como si Atenea fuera un acertijo que quería resolver. Con interés, con una sonrisa torcida, y con excusas absurdas para ayudarla a buscar cosas que claramente no necesitaba.

-¿Dónde están los folios perforados?

-¿En la estantería donde pone “FOLIOS PERFORADOS”?-
respondía Atenea, sin ni levantar la ceja.

Yo me crucé de brazos.

-Rhea, manos donde las pueda ver.

Poco a poco, este grupo extraño fue entrando en mi vida más de lo que esperaba.
Venían a veces sin avisar, ayudaban a cambiar ruedas, arreglar escapes, y luego nos sentábamos a comer.

Caleb discutía con Joel sobre cine.
Marcus y Niko entrenaban en el patio trasero.
Dom y Benji intentaban enseñar a Kill a dar la pata.

Spoiler: Kill se reía de ellos.

Y ahí estaba yo.
Mirándolos.

Riendo sin darme cuenta.
Apoyado en el marco de la puerta, con grasa en los dedos
y un café en la otra mano.

Y pensé:

Mierda.
Esto parece una familia.
Una jodida familia disfuncional.
Pero familia, al fin y al cabo.

Y no me di cuenta de cuánto lo necesitaba…hasta que la tuve.

No todo era disparos, emboscadas y matar capos de la mafia.
A veces también tocaba... vivir.

Y en una casa-taller con perros, gatos, una administradora con alma de sargento, y un escuadrón de inadaptados profesionales, el caos era el pan de cada día.

Una tarde cualquiera...

-¡¿Quién coño ha metido aceite de coche en la freidora?!-gritó Atenea desde la cocina.

-¡Fue Niko!-gritamos tres a la vez. Niko ni siquiera estaba en la cocina, pero ya tenía fama.

-¡Os odio a todos!-gritó Niko desde el baño.

Otra tarde…

Benji intentaba enseñarle a Kill a traer la llave inglesa.

-Kill, ven. Toma. ¡Tráela!

Kill trajo la sandalia de Atenea.
Y luego la otra.
Y luego se tumbó encima de la herramienta original.

-Bueno, al menos es obediente a su manera-dijo Benji.

-Sí, como tú-le espetó Rhea con sorna.

Una noche de película en mi casa...

Vanya insistía en ver Titanic, Joel en ver John Wick, y Caleb… bueno, Caleb apareció con una copia de Shrek 2.

-Shrek es un clásico de guerra moderna-dijo con total seriedad.

-¿Guerra de qué?-preguntó Artemis.

-De emociones-añadió mientras abría la caja de palomitas.

Terminamos viéndola.
Y todos cantaron "I need a hero".
Con gritos, con gestos dramáticos.
Hasta Rhea.

Atenea los grabó.
Amenazó con subirlo a Instagram.

Y la vez que intentamos hacer ejercicio juntos...Marcus organizó una rutina en el patio trasero.

-Vamos a hacer 20 burpees-dijo.

-Voy a hacer 20 excusas-
respondió Joel, ya tumbado en el césped.

Lys se cayó en la segunda vuelta.
Niko intentó fingir una lesión.
Y yo… yo me metí al taller con Goku como excusa.

-Yo tengo que cuidar el torno. Está muy sensible últimamente.

-¿El torno?-preguntó Caleb.

-Sí. Se deprime si no lo escucho zumbar.

Y una de las mejores:

Durante una guardia nocturna, Dom trajo una guitarra.

-¿Sabes tocar?

-No. Pero sé amenizar.

Tocó tres notas, desafinó, se rió, y terminó improvisando una canción sobre Rhea enamorada de Atenea.

-¡Eso no es verdad!-gritó ella.
Pero no negó la parte en que Atenea le llevaba bizcochos extra.

Dom compuso un verso con eso. La canción se llamó “Bizcochos de guerra”.

El día que Caleb dijo:
-“Tenemos que enseñarle a Atenea a defenderse”-
yo solo solté un "bueno, suerte con eso."

Pero claro…a esta familia disfuncional le encanta un reto.

La citaron un sábado a las 9 de la mañana en el patio trasero del taller.

Ella apareció con un moño perfecto, leggings negros y una camiseta que decía:
“No soy violenta, solo tengo PMS.”

-¿Esto es una intervención?-
preguntó, mirando a Caleb, Benji y Rhea que la esperaban con colchonetas, guantes y cara de “esto será divertido”.

-Es un entrenamiento básico. Por si un día estás sola-dijo Rhea.

-¿Y si ese día, en lugar de pelear, convenzo al agresor de que se siente a hablar y le doy un cupcake?

-¿Y si el agresor es un hijo de puta con cuchillo?-añadió Caleb.

-Entonces le lanzo una llave inglesa.

Le enseñaron a dar un puñetazo. Su primer intento fue más bien una caricia con intención.

-Eso no asusta ni a Lasaña-dijo Benji, mientras el cachorro bostezaba.

-¡Tengo manos de pastelera, no de boxeadora!

Intentaron con una llave básica de escape.

Atenea acabó dándole un codazo involuntario a Caleb en la nariz. Y luego le ofreció una compresa fría con forma de pingüino que tenía en el congelador. Sí, tiene de esas.

Al tercer intento, se tiró al suelo dramáticamente y dijo:

-Si fingiera un desmayo, ¿funcionaría?

-Solo si el agresor es actor y valora las escenas realistas-
respondió Joel desde el porche, con una cerveza en la mano.

Después de media hora, se rindieron.

Atenea, sudada, roja, y con un mechón rebelde en la frente, exclamó:

-Mira, lo intento, ¿vale? Pero prefiero mil veces peinar a tus 20 gatos, darle su pastilla diaria a Niebla, y organizar el calendario de tus misiones, antes que aprender a patear culos-Además-añadió, caminando hacia Goku-“tengo un ejército peludo y un bate de repostería. ¿Qué más necesito?”

-Que ese bate tenga clavos-
murmuró Dom.

-O que huela a lavanda con rabia-añadió Rhea con media sonrisa.

Y así fue como Atenea terminó el entrenamiento abrazada a Galleta, una gata blanca con cara de sueño, los demás decidieron que, si alguien se atrevía a meterse con ella…
la venganza no la serviría ella,
pero sí el escuadrón entero.
Con cuchillos, amor,
y pastelitos explosivos si hacía falta.

Tim

Las máquinas del gimnasio se habían parado hace un rato,
y Jason seguía hablando.
Sentado en el suelo, con una botella medio vacía de agua entre las piernas y el ceño un poco más relajado de lo habitual.

Me había contado todo.
Su historia.
Su madre.
El dolor de perderla.
La furia.
La venganza.
Y esa vida nueva que se había construido a golpes de motor, metal y gente que lo quería sin exigirle que fuese perfecto.

Y yo…Yo no sabía si abrazarlo, pegarle una colleja o invitarle a un café.

Porque había algo en su forma de contarlo, en cómo hablaba de Atenea, de Goku, de esa panda de locos que se le había metido en casa y en el pecho,
que me partía el corazón pero me lo volvía a armar con pegamento nuevo.

-Tu madre estaría orgullosa-le dije sin mirarlo directo, porque si lo hacía, tal vez se me quebraba la voz.

Jason tragó saliva, bajó la mirada y asintió una vez.

-Lo sé-murmuró.

Hubo un momento de silencio.
Ni incómodo, ni incómodo.
Solo uno de esos que se llenan con cosas que no necesitan decirse.

Hasta que me atreví a preguntar:

-¿Y Ryven?

Él soltó una risa irónica, de esas que no tienen nada de divertida.

-El y Alesha... hace unos meses nos empezaron a pagar. Por deshacernos de cazadores que les estaban tocando los cojones.

Me giré hacia él, frunciendo el ceño.

-¿Ahora Atenea se está
cargando de tus animales?

-Obviamente.

Y ahí entendí algo más.

Que Jason no solo era parte de este mundo.
Lo había elegido.
Y estaba dispuesto a enfrentarse a lo que fuera, incluso a los suyos, si eso significaba proteger a los que sí valen la pena.

Incluidos nosotros.
Aunque aún no lo supiera.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co