Truyen3h.Co

Monster [ConnerxTim]

19

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Las cicatrices hablan de lo que sobreviviste; los secretos, de lo que aún cargas

Tim

Después de que Jason terminara su historia, simplemente se fue.
No pregunté a dónde.
No hizo falta.
A veces uno solo necesita espacio para... no romperse.

Me quedé solo.
Con mis pensamientos y el eco de todo lo que me acababa de contar.
Y me quedé entrenando un poco más.

Daga.
Otra.
Y otra.

"Mejorar" eso hizo Jason.
A su manera, a su ritmo, con cicatrices y todo.
Se aferró a esa palabra como si fueran un ancla.

Yo también quería hacerlo.
Necesitaba hacerlo.

Mis músculos ya no daban más. El sudor me caía por la espalda como una promesa de rendición. Así que recogí mis cosas y caminé hasta la habitación.

Abrí el armario, saqué la sudadera roja, mi favorita cuando necesitaba algo de fuerza silenciosa,
y el pantalón de chándal negro. Cómodo, práctico.
Como yo cuando no quiero pensar demasiado.

Entré al baño, dejé la ropa a un lado y me deshice de todo lo que llevaba puesto. El agua caliente golpeó mi piel como si me estuviera quitando capas viejas.
La rabia.
La culpa.
La duda.

Me dejé llevar por la sensación. Me lavé como si pudiera borrar todas las veces que había sido injusto con Wally.
No había sido bueno con él.
No había sido justo.
Y sin embargo...él seguía aquí.

Mejorar. me repetí.
Como un mantra.

Mejorar.
Empezar.
Buscar.
Preguntar.

Clark.

Él conocía a mi padre.
No como yo, desde fuera, desde las normas y las frases hechas. Él lo conocía desde dentro. Desde las decisiones.

Voy a hablar con él.
A buscar esas piezas que me faltan.
Aunque me destrocen.
Aunque duelan.

Ryven tenía razón.
Los secretos más oscuros no viven bajo tierra.
Viven en casas limpias.
Ordenadas.
Con fotos en las paredes y puertas que nadie abre.

Pero yo iba a abrirlas.

Me sequé el pelo mientras de fondo sonaba "Stay", de The Kid Laroi y Justin Bieber.

Me vestí.

Justo cuando me agachaba a coger mis deportivas, Conner entró como una tormenta con piernas.

-¿Dónde vas, Caperucita?-
preguntó con una sonrisa que ya estaba tramando estupideces.

Lo miré de reojo, con una ceja en alto.

-¿Qué?

-Que estás muy rojo. Sudadera, mejillas...¿Vienes del gimnasio o de huir del lobo feroz?

-¿Tú serías el lobo, supongo?

-Obvio-Se cruzó de brazos y me miró como si ya estuviéramos en medio de un juego.

-¿Y qué quieres de mí?

-Todo-dijo, sin dejar de sonreír-
Pero podemos empezar con una partida al uno y tú haciendo palomitas.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.

Quizás sí necesitaba destensarme.
Quizás no era huir.
Era soltar.
Confiar.
Y qué mejor que hacerlo con Conner.

Mi lobo.
Mi desastre favorito.

Damian

Pensé que tenía miedo a la oscuridad, pero no... era al momento en que se encendiera la luz y lo viera todo

Los secretos que guardan estas carpetas no solo están escritos con tinta... están manchados de gritos

Cada página revela una jaula. Cada número, un niño robado. Cada firma, una complicidad

Llevamos tres días aquí.
Tres días entre papeles, polvo y memorias rotas que jamás deberían haber sido archivadas. La humedad del búnker se nos mete en la piel,
pero lo que de verdad nos está calando es el contenido.

Hay carpetas.
Miles.
Nombres. Fotos.
Edades que dan escalofríos.
Y lo peor no es leer los informes. Lo peor es cuando se te queda la mirada fija en una hoja, y te das cuenta de que estás buscando algo más.
Algo humano.

Pamed ha llorado.
Un par de veces.
Y no la culpo.

A veces, cerrar una carpeta y abrir la siguiente es mecánico.
Un gesto.
Un "vamos a por el siguiente."

Pero otras veces...Otras veces te atrapan. Te preguntas quién era esa persona, qué le gustaba, si tenía mascota, si alguien la esperaba en casa.
Y ahí es donde duele.

Y lo más macabro.
Algunos tienen un sello verde.
Una marca.
Una palabra.

"Capacitado".

¿Para qué?
¿Para matar?
¿Para sobrevivir?
¿Para obedecer sin preguntar?

Ryven tenía razón.
Esto no era entrenamiento.
Era domesticación.
Era manufactura de soldados con alma rota.

Veo a Dom en una esquina, leyendo con el ceño apretado.
A Caleb haciendo anotaciones.
Sol y Conrad clasificando documentos. Y yo, con Jon a mi lado, respiro hondo para no caer.

Porque cuanto más avanzamos...más se vuelve una pesadilla. Y lo peor es saber que todo esto fue real.
Fue permitido. Y fue hecho en nombre de una causa que nunca debió existir.

Pero vamos a sacarlo todo.
Hasta la última página.
Hasta que podamos sostenerle la verdad a Dick frente a los ojos, y no le queden más dudas.

Pamed

Estas carpetas gritan sin hacer ruido. Solo hay que tener el valor de escucharlas

Todo esto es una puta pesadilla.
Llevamos tres días y siento que cada carpeta que abro me deja un poco más vacía.
Que cada nombre tachado en rojo es una historia que jamás se terminó de contar.

Hay uno... uno que se llamaba Elías.
Tenía nueve años.
Su informe decía "desobediente, necesita castigo reiterado".
Y después, una nota escrita a mano en la esquina:
"no apto, reemplazable".

Reemplazable.
Como si fuera una pieza de metal oxidado.
Como si no fuera un niño.

Me tiembla el pulso al pasar página. Y no soy la única.
Todos intentamos mantenernos firmes, pero esto es una masacre sin sangre visible.

Yo...yo no entiendo cómo alguien puede hacer esto.
No lo entiendo.
No se me mete en la cabeza.

¿Cómo puedes mirar a un niño y pensar en usarlo?
¿Cómo puedes estudiar su miedo como si fuera una ecuación?

Me limpié los ojos con la manga por quinta vez hoy.
Y murmuré:

Se supone que los lobos eran los malos de los cuentos...

Porque en los cuentos nos enseñaron que si algo aúlla en el bosque, hay que temerle.
Pero nadie nos dijo que lo verdaderamente peligroso...
vive en casas blancas, con carpetas archivadas y sellos verdes.

Los lobos aúllan.
Los monstruos hacen listas.

Eres humano, frágil... y aun así, cuando te miro, soy yo quien tiembla.

Jon

Puedo recordar la primera vez que vi a Damián en clase como si hubiese sido ayer.
No por lo que dijo -porque apenas habló ese día-
sino por lo que olí.

Su olor llegó como un viento fresco en pleno verano.
Limpio, con ese fondo de hojas secas y tinta.
Un aroma que me atravesó los huesos.
Y ahí supe que estaba jodido.

Quise que fuera mío.
Quise que fuera mi compañero, mi lazo, mi tormenta, mi hogar.
Todo.

Era tan jodidamente listo.
Y eso lo hacía aún más irresistible.
Nunca hablaba más de lo necesario, al menos conmigo.
Nos cruzábamos miradas, comentarios de grupo, un "pásame el libro", un "te toca a ti en el laboratorio".

Pero mi lobo interior...

Mi lobo interior rugía por él.
Sobre todo aquel día en la clase de gimnasia.
Cuando el profesor decidió que trabajaríamos en equipos y a mí me tocó con él.

Damián con el cabello ligeramente húmedo por el calor. La camiseta pegada a su espalda...un castigo.

Yo no pensaba en matemáticas.
Pensaba en las colchonetas.
En tumbarlo ahí mismo.
En que me dijera mi nombre mientras lo besaba.

Pero por fuera, claro, todo era normal. Porque Damián parecía inaccesible.
Cerrado como un templo antiguo, lleno de secretos y pasadizos. Y aun así...No hay puerta que no se pueda intentar abrir, ¿no?

Sí, el cementerio está lleno de valientes.
Pero prefiero morir intentando que pasarme la vida deseando.

Empecé a aprender su lenguaje sin palabras.
La forma en que ladeaba la cabeza cuando algo no le convencía.
Cómo se movía la bufanda cuando estaba incómodo.
Y su corazón...

Su corazón se convirtió en mi pasatiempo favorito.
En mi canción de fondo.
En el ritmo que medía mis días.

Y juro que me ponía celoso cuando otros lo miraban.
Cuando hablaba con ese tío de segundo de bachillerato o cuando alguien conseguía una risa suya. Quería-por un segundo oscuro-empujarlos, gruñir, marcarlo.

Quería hacer algo estúpido, algo posesivo.
Algo que no estaba bien.

Y él, mientras tanto, hablaba de libros.
De política.
De historia.

Y yo lo miraba imaginando mis labios en su cuello.

Quise abrirme paso a codazos.
Pero también quería que él me eligiera. Quería que no fuese una conquista, sino un hallazgo mutuo.

Mi acercamiento fue errático.
Como un lobo con frío en el bosque: correr, detenerse, observar. Tantear el terreno.
Esperar el momento justo.

Pero había días que lo quería ya.
Sin rituales.
Sin excusas.

Conner me veía, claro.
Siempre me veía.
Y no perdía la oportunidad de burlarse:

-¿Ya vas a aullarle desde la ventana, Romeo?

Yo solo le sacaba el dedo y seguía con mi obsesión.

Y ahora míranos.
Aquí está.
Aquí está.
Dormido en mi cama algunas noches, con su ceño fruncido incluso entre sueños.

Aquí está.
Peleando por lo que cree, buscando una verdad que podría cambiarlo todo.
Dando la cara por los míos.

Por mí.

A veces lo miro y no puedo creer que esta historia sí sea mía. Que de todos los caminos, él eligiera el mío.

Mi luna más lejana.
Mi Damián.

Puedo recordar el ridículo exacto que hice aquel día en clase de educación física.
El profesor nos pidió que lleváramos los balones al almacén, y como el universo a veces se alinea con mis deseos-y otras veces me lanza directo al caos-
me tocó con él.

Damián.

Ahí íbamos.
Él con tres balones perfectamente sujetos entre los brazos, caminando como si la gravedad le debiera respeto.
Y yo con dos más,
y un montón de palabras estúpidas saliéndome de la boca.

-¿Sabías que los balones tienen alma?-dije, como un idiota, intentando sonar interesante y gracioso al mismo tiempo-Estos de aquí tienen traumas, han visto cosas.

Damián solo me miró.
Con esos ojos que decían: "No sé si me das risa o lástima, pero estoy escuchando."

Así que yo seguí.

-El azul claramente tiene complejo de inferioridad. El rojo... ese es el líder. Y este de aquí-dije señalando uno con una mancha sospechosa-
definitivamente necesita terapia.

Ni una sonrisa.
Pero no se fue.
No me ignoró.
Solo dejó que hablara, y eso ya era un avance.

Llegamos al almacén, y mientras él colocaba los balones en orden perfecto, yo decidí cerrar con broche de oro mi momento de brillantez.

-seguramente contarían historias de traición, dolor...y de cómo fueron pateados por sus mejores amigos.

Y ahí fue.
Me giré para salir triunfante como si hubiese dicho la frase del siglo, y me di de lleno contra la puerta.

Un golpe seco.
Una dignidad aplastada.
Una risa que no fue suya, pero juro que vi cómo le temblaban los labios.

-¿Estás bien?-preguntó con toda la calma del mundo, como si no acabara de ser testigo del momento más humillante del mes.

-Sí-respondí, frotándome la frente-Solo comprobando si la puerta estaba puesta con amor.

Y ahí, por fin, una sonrisa.
Pequeña.
Pero mía.

Otra escena que tengo grabada en la memoria como si hubiera sido tatuada a fuego: clase de química.

Dios.
Esa clase.

Nos tocó hacer parejas para los experimentos del semestre y el profesor, en su infinita sabiduría o maldad, me puso con Damián. Y en ese momento supe que iba a sudar más por él que por los compuestos volátiles.

Él se sentó a mi lado con ese aire de "no quiero hablar mucho, pero si me tocas el tubo de ensayo mal, te lo clavo en el ojo".
Y yo... yo no podía dejar de mirarlo.
Su letra perfecta.
Su forma meticulosa de medir líquidos.
Cómo fruncía el ceño al leer las instrucciones.

Yo hablaba.
Claro que hablaba.

-¿Sabías que la química viene del amor?-le dije una vez mientras preparábamos una disolución-Es decir, las chispas, las reacciones... hay algo ahí, ¿no?

Me miró de reojo.
Como quien considera lanzar ácido en silencio.
Pero no dijo nada.
Así que continué.

-¿Te imaginas que explotemos esto y salgamos huyendo juntos? Como en una peli de acción, pero con bata.

-Jon-dijo por fin, con su voz baja y clara-si explotas algo, saldrás huyendo solo. Yo me quedaré a ver cómo el karma hace su trabajo.

Y lo peor es que lo dijo sin levantar la vista.
Como si su sarcasmo fuera parte del protocolo de laboratorio.

Pero cuando nuestras manos se rozaron mientras él me pasaba una probeta,
escuché su corazón.
Acelerarse.
Haz no. Era el mío...

Solo un poco.
Pero lo suficiente.

Yo, mientras tanto, trataba de no volcar nada.
Porque una cosa es querer impresionarlo, y otra es incendiar el laboratorio en el intento.

Al final, ese experimento no explotó.
Pero yo sí.
Por dentro.

Y creo que desde ese día,
la química entre nosotros ya no era solo de libro.

Quizás me había emocionado de más.

Hubo muchas veces en las que intenté acercarme a Damián sin decirlo.
Sin confesarlo.
Sin dar a entender que me gustaba. Porque no se puede correr directo hacia el fuego...
aunque uno lo desee con todo el cuerpo.

Una vez, por ejemplo, lo vi salir de la biblioteca con una pila de libros. Tantos que apenas se le veían los ojos por encima de la torre literaria.

Y ahí fui yo.

El héroe anónimo.
El salvador.

Corrí por el pasillo, me ofrecí a ayudarle como si fuera lo más normal del mundo.

-¿Te echo una mano?

-Estoy bien-respondió sin mirarme.

-Seguro, pero si se te cae uno y aplasta a un niño de primero, va a ser tu conciencia la que no duerma.

Suspiró.
Me dio un solo libro.
Uno.
Como si eso me fuera a dar algún mérito.

Caminamos en silencio.
Él sin decir nada.
Yo demasiado consciente de mis pasos, de su olor, de su perfil. Cuando llegamos a su clase, me giré para decir algo ingenioso, algo gracioso...Y choqué con la puerta abierta.
De lleno.

El libro que llevaba voló.
Un grupo de alumnos se giró a mirar.

Damián me observó desde su sitio, con una ceja arqueada.

-Gracias por la ayuda, supongo.

Y entró.

Mi dignidad quedó fuera, junto conmigo.

Otra vez, durante el recreo, lo vi sentado en una mesa del patio, leyendo. Estaba solo, como casi siempre, y el sol se filtraba por las hojas de los árboles justo encima de él.
Parecía una escena de película.

Me acerqué con una excusa tonta en la cabeza.
Tenía un paquete de galletas en la mano y un plan improvisado.

-¿Has probado estas?-le pregunté, mostrándole las galletas como si fueran un secreto milenario.

Él levantó la vista, me miró durante un segundo eterno, y respondió:

-No como nada que tenga más de tres ingredientes impronunciables.

-Técnicamente "chocolate" se puede pronunciar.

-Y sin embargo, no mejora tu argumento.

Me senté igual.
A su lado.
Sin invitarme.
Solo para estar ahí.

Pero después me di cuenta que me había sentado sobre una mancha de ketchup.
Blanca era mi camiseta.
Rojo fue mi destino.

Me levanté sin decir palabra, con la mancha marcándome la espalda como una cicatriz emocional.

Y otras veces...otras veces simplemente lo miraba desde lejos.

En la biblioteca.
En clase.
Caminando por el pasillo con los auriculares puestos.
A veces lo observaba escribir en su libreta, con letra pequeña y ordenada. O cómo fruncía el ceño cuando algo no le salía como quería.
Y en esos momentos, sentía una mezcla de querer acercarme y querer quedarme inmóvil.

Porque él no sabía que yo era un lobo.
Ni que su olor me sacudía por dentro como una tormenta.
Ni que cada vez que lo escuchaba reír-esas pocas, valiosas veces-yo quería aullar.

Pero en vez de eso...seguía mirando.
A la espera.

A veces con galletas.
A veces con libros.
Y siempre con el corazón en las manos.

San Valentín.

El instituto ese día olía a excitación más que nunca.
Feromonas flotando por los pasillos, nervios a flor de piel, sonrisas ensayadas, notas anónimas en taquillas...
Y yo...
yo no era la excepción.
Porque ese año me tocó, por obra del destino o de algún profesor con complejo de Cupido,
hacer rosas de papel.
Con Damián.

Sí.
Con Damián.

Estábamos sentados frente a frente, con tijeras, papel crepé rojo y alambre verde.
La actividad de la clase de arte era "construir algo simbólico".
Y claro, nos mandaron a nosotros a fabricar romanticismo con las manos.

Él, como siempre, estaba concentrado.
Sus dedos eran precisos, ágiles.
Yo? Un puto desastre.
El papel se me arrugaba, se me rompía, y más que rosas me salían coliflores con complejo de florero.

Aun así, lo intenté.
Más que con las rosas, con él.

Tragué saliva, medio sonreí, y solté como quien lanza una piedra al lago:

-¿Tú... tienes planes hoy? Ya sabes... ¿novio, rollo, cita secreta en un callejón?

Lo vi detener el movimiento de sus manos por apenas un segundo. Luego alzó la vista, con esa expresión entre aburrida y elegante que solo él sabe poner.

-¿Cita secreta en un callejón? ¿Esa es tu fantasía o tu intento de conversación?

Zas.
Pero sonaba más a broma que a puñalada.

-Solo curiosidad científica-me encogí de hombros, disimulando mi corazón latiendo como un tambor de guerra-Hoy es el día de los enamorados. Quizá tienes a alguien esperando con chocolates.

Damián volvió a su rosa.

-No celebro San Valentín-
murmuró-Me parece un invento capitalista.

-Ya, pero el papel es reciclado. Eso cuenta como rebeldía ecológica, ¿no?

Por un segundo,
juro por todo que sonrió.
Muy leve. Muy suyo.
Pero ahí estaba.

Y yo me derretí por dentro.

No dijo más.
Siguió doblando, pegando, armando flores perfectas.

Y yo, con el corazón en la garganta, supe que ese día, aunque no me llevara una rosa real...me iba con algo mejor.
Una pequeña grieta en su muro.
Y un pedacito más de él.

Nunca entendí por qué todo el mundo pensaba que yo era tímido.
Vale, a veces lo soy.
Pero no tanto como para que me encasillen así, como si fuera el chico que no sabe hablar con nadie y se pone rojo si le dan los buenos días.

No.
Lo mío es distinto.
Yo no soy tímido, simplemente... voy a mi bola.
No me interesan las mismas conversaciones de siempre, no me emocionan las fiestas con música horrible, y si tengo que elegir entre socializar con desconocidos o quedarme en casa ya sabes cuál va a ganar.

Y claro, cuando vas a tu bola, la gente asume cosas.
Asumen que eres raro.
Que eres reservado.
Que tienes un pasado trágico o que eres incapaz de pedir un lápiz sin tartamudear.

Pero no.
Yo solo filtro.

No me gusta hablar por hablar.
Si no tengo nada que decir, me callo. Y si tengo algo que decir, pues lo suelto... con ironía, con chistes malos o con verdades incómodas.
Depende del día.
Del humor.
Y del nivel de paciencia que tenga para soportar la estupidez ajena.

A veces, lo admito, me vuelvo un espectador.
Me gusta observar.
Escuchar conversaciones ajenas. Ver cómo la gente se mueve, cómo reacciona, cómo se quiebran o se esconden.
Y sí, eso puede parecer raro.
Pero es que a mí me interesa el fondo, no la superficie.

Quizás por eso me fijé en Damián.
Porque él también es así.
Serio. Reservado.
Intimidante para muchos, fascinante para mí.

Tal vez por eso me veían como el chico tímido: porque me callaba mientras lo miraba.
Porque cuando él hablaba, yo me concentraba tanto que ni respiraba.

Pero no, no soy tímido.
Solo me cuesta encontrar personas por las que valga la pena hablar.
Y él...él valía cada intento, cada tropiezo, cada puerta contra la que me estrellé.

Estábamos en clase de tecnología. Yo intentando centrarme en el proyecto, aunque mi mente ya estaba paseándose por mil sitios...
hasta que escuché a Sysy reír.
Y luego hablar.
Fuerte.
Para que sus amigas la escucharan.
Y sin querer, yo también.

-Hoy se lo digo. A Damián. Me voy a declarar.

Sentí un puñetazo invisible.
Justo en el pecho.
Como si alguien hubiera desenchufado mi sistema nervioso por error.

Sysy.
La guapísima Sysy.
Pelo largo, liso, oscuro como una noche sin luna.
Ojos grandes, pestañas eternas, piel de anuncio.
Atlética. Siempre con su sudadera del equipo de voleibol.
Y no solo eso: era lista. Graciosa. Carismática.
Una de esas personas que parecen tenerlo todo.

Y claro...¿Cómo iba Damián a decirle que no? Yo ya lo veía.
Ella sonriendo.
Él aceptando.

Y mi pobre corazón haciendo la croqueta cuesta abajo.

Así que me levanté sin decir nada, me fui directo al almacén del gimnasio.
Donde se guardan los balones, las colchonetas, los conos naranjas, y donde los dramas adolescentes encuentran su refugio silencioso.

Me senté en uno de los bancos, entre un saco de boxeo y una caja con pelotas medio desinfladas, y dejé que las lágrimas salieran.

Porque sí.
Lloro.
Y a veces más de lo que debería. Conner siempre dice que soy demasiado intenso.
Que siento como si estuviera en una telenovela.
Que dramatizo.
Que me gusta sufrir por amor.

Y vale, puede que tenga razón.
Pero joder, no elegí enamorarme de Damián.
Ni que Sysy fuera la protagonista perfecta.

Después de un rato, ya con la nariz tapada y los ojos hinchados, escuché pasos.
Y una voz.

-¿Qué te pasa?

Oh, mierda.
Mierda santa.
Mierda bendita.
Era él.

Damián.

Lo miré.
Estaba de cuclillas frente a mí,
con su ceño fruncido y sus ojos de bosque profundo taladrándome el alma.

Demasiado cerca.
Demasiado guapo.
Demasiado... todo.

Y claro, el sistema colapsó.

Corazón: en alerta.
Respiración: fallando.
Lógica: no encontrada.

¿Qué le digo?

Que estoy llorando porque estoy enamorado de ti, pero no te lo puedo decir porque Sysy va a declararse y tú seguramente le vas a decir que sí y yo soy solo un chaval que te mira desde lejos y llora entre pelotas de goma.

Sí, claro.

Opción real:

-Estoy... estresado-solté, tragando saliva, intentando sonar casual.

-¿Por tecnología?-preguntó, alzando una ceja-¿O porque casi pateaste un cono al entrar?

-Por la vida, supongo-me encogí de hombros-Hoy no es mi mejor día.

Damián me observó.
No dijo nada.
Pero se sentó a mi lado.
En silencio.

Y ahí, entre el olor a caucho, polvo y emociones comprimidas,
me di cuenta de algo:

Quizás no iba a tener su corazón...pero en ese momento, tenía su atención.

-¿Y tú qué haces aquí?-le pregunté, todavía con la voz algo rota por el llanto mal disimulado.

Damián se encogió de hombros, como si no le diera demasiada importancia, y murmuró:

-Escondiéndome de Sysy.

-¿Perdón?

-¿Qué?

-Austín me dijo que hoy pensaba declararse. Que si me veía solo me iba a montar una escenita de esas con testigos y todo... paso.

Lo miré como si acabara de bajarse de una nave espacial.
¿Qué clase de universo paralelo era este?

-¿No te gusta Sysy?

Me miró de reojo, como si la pregunta fuera absurda.

-Es maja...Pero no. No me interesa-Y luego añadió-Me estresa la gente que planea una confesión como si fuera una actuación de fin de curso.

El alivio fue tan fuerte que casi me desmayé sobre una pelota de voleibol.

-Ah...-solté, tratando de parecer casual.

Me volví a sonar la nariz. Otra vez. Ya no me importaba si sonaba como una trompeta desafinada. Las lágrimas... seguían cayendo, pero esta vez no eran por tristeza.
Eran de alivio.
Como si alguien me hubiera quitado de encima una losa de mil toneladas.

Como si el corazón, ese cabrón dramático, hubiese dicho: "Ey, respira. Todavía no hemos perdido."

Damián seguía ahí, a mi lado. Sin moverse. Sin hacer preguntas innecesarias. Sin reírse de mí. Y no sé en qué momento lo dije.
No lo planeé.
Solo salió.

-¿Quieres venir a casa?

Así. Sin anestesia.
Sin plan B.
Sin red.

Lo miré de reojo inmediatamente, listo para un "no" o una excusa educada del tipo "tengo que estudiar" o "me estoy dejando ver demasiado contigo y no quiero que piensen cosas."

Pero Damián solo parpadeó una vez.
Y dijo:

-Vale.

¿Qué?

-¿Sí?-pregunté, incrédulo, como si no hubiese sido yo quien lo había invitado.

-Sí

En ese momento, todo el polvo del almacén me pareció purpurina. Los conos, trofeos dorados. El banco en el que estaba sentado, un trono.

Porque Damián Wayne-el chico que había estado ocupando el 99,9% de mi sistema nervioso y todas mis fantasías no-tan-inocentes-
había dicho que sí.
Sí a mí.
Sí a mi casa.
Sí a la posibilidad de algo que ni yo entendía aún.

Y aunque por dentro tenía una tormenta de mariposas, murciélagos y nervios,
por fuera solo me atreví a asentir y decir

Wally

Me até bien las Converse blancas, aunque sabía que lo de correr con ellas no era lo ideal. Pero hey, la estética también cuenta.

Supuestamente ahora que estaba metido en esto-este mundo de hombres lobo, cazadores, celdas, y mi ex más roto que una taza de los chinos-tenía que empezar a moverme como ellos.

Así que decidí desayunar poco. El estómago ya lo tenía bastante revuelto por los nervios.

Dick estaba a mi lado en la mesa, desayunando también, aunque él parecía más centrado en la tele que en la comida. A veces nos callábamos sin más, como si el aire entre nosotros ya supiera qué decir. Otras veces hablábamos de cualquier tontería: películas, series, chistes malos.
Hoy tocaba silencio.
Silencio cómodo.

Primero me tocaba entrenar con Vanya, que según me habían contado era la encargada de sacarte el alma sin despeinarse.
Y Dick, como acompañante.

Vanya nos indicó el recorrido.
Tenía la típica energía de alguien que se había tomado dos cafés y una botella de motivación líquida antes de las ocho de la mañana.

-Cinco kilómetros, no hay nieve, pero sí barro, raíces, ramas... Y si alguno se tuerce un tobillo, no pienso cargarlo -nos dijo mientras se ponía los auriculares.

Dick hizo un gesto como diciendo "no me mires a mí", y yo solo tragué saliva.

Y empezamos a correr.

Al principio, todo bien.
Mis piernas se acordaban.
De los años en los que jugaba fútbol, del colegio, de las escapadas con mi bici.
De cuando corría para llegar a clase o al cine o a la vida.

Pero luego el cuerpo me recordó que ahora pasaba más horas frente a un portátil que haciendo deporte, y el aire se volvió más denso.
El barro se me pegaba en las suelas. Y Vanya seguía como si hubiera nacido con alas.

Dick corría a mi lado. No decía nada. Pero yo lo notaba.
La forma en que medía mi ritmo. Cómo no se alejaba mucho, ni tampoco iba demasiado lento. Como si aún quisiera cuidar de mí.

Yo respiraba por la boca.
Intentaba mantener el paso.
No quería parecer un enclenque.

Y mientras los árboles pasaban como sombras borrosas, pensé que sí,
que tal vez no sabía del todo en lo que me estaba metiendo.
Pero tenía claro algo:
ya no quería quedarme atrás.

Cuando llegamos al final del recorrido, sentí que mis piernas ya no eran piernas.
Eran dos fideos cocidos, temblorosos y traicioneros.
Me dejé caer sobre el césped como si fuera una alfombra celestial.
Casi beso el suelo, te lo juro.

Mientras tanto, Vanya ni despeinada. Tenía ese brillo en la piel que no era sudor, era superioridad.
Y Dick, claro...El muy cabrón ni jadeaba. Solo se apoyó con una mano en la cadera y otra en la nuca, mirando el cielo como si acabara de salir a dar un paseo por el parque.

-Buen trabajo, Wally-dijo Vanya, quitándose un auricular-Has aguantado más de lo que esperaba para un "recién llegado".

Yo asentí desde el suelo, con el pecho subiendo y bajando como un tambor fuera de control.

-Gracias... creo...-murmuré, secándome el sudor con la manga-¿Ahora qué? ¿Estiramientos? ¿Una ambulancia?

Vanya sonrió como una diosa del apocalipsis.

-Ahora toca volver.

Abrí los ojos como platos.

-¿Qué?

-Correr de vuelta. El calentamiento fue la ida.

-Eso fue el calentamiento...-
repetí, mirando a Dick en busca de algún gesto de piedad.

Él se encogió de hombros. Muy útil. Muy solidario.

-Podemos hacerlo a paso más lento-dijo, como si eso solucionara algo.

Y ahí estaba yo, en mitad de un bosque desconocido, con la lengua fuera, sudando como si hubiera hecho crossfit con demonios...y todavía me quedaba la vuelta.

Maravilloso.
Estaba oficialmente en el infierno.

Tim

Guardar un secreto es como coser una herida sin anestesia: duele, pero lo haces igual.

Fui hacia la habitación de Clark después de dejar a Conner durmiendo. Le había ganado tres partidas al Uno y, como siempre, dijo que era un tramposo. Puso la tele con los ojos medio cerrados mientras yo recogía las cartas y las guardaba en su caja gastada. Me tumbé a su lado un rato, sintiendo el calor de su cuerpo y el ritmo lento de su respiración. Y cuando supe que estaba a punto de quedarse dormido, le di un beso en la frente y le susurré que saldría un momento.

La puerta de la habitación de Clark se abrió al primer golpe. Me miró, como si ya supiera que venía con algo pesado.

-¿Pasa algo?preguntó con voz baja, pero sin rastro de sueño.

-Tenemos que hablar-dije. Y él, sin decir nada más, me dejó pasar.

El salón estaba en penumbra. Lois no estaba. Tal vez aún no había vuelto, o había salido a buscar algo. Y yo no iba a perder más tiempo. Me senté al borde del sofá, los codos apoyados en las rodillas.

-Necesito saber cosas de mi padre.

Clark se quedó quieto.

-No.

-¿No?

-No deberías tocar ese pasado. Céntrate en el presente.

Ah.
Bien.
Entonces decidí sacar a ese Tim que no se tambalea.
El Tim que aprendió a mirar a la cara al dolor y decirle que se aparte. Ese que no le tiembla la voz si tiene que usar los sentimientos como armas.
Ese que está dispuesto a arrasar con todo si eso significa encontrar la verdad.

Me enderecé y lo miré a los ojos.

-¿Sabes qué me pasa con el presente, Clark? Que cada vez que creo que puedo avanzar, el pasado me tira de los tobillos.

Clark frunció el ceño.

-No es...

-¿Entonces qué es? ¿Miedo a lo que pueda encontrar? ¿A que mi padre no fuera ese héroe perfecto que todo el mundo parece recordar con filtros? ¿A que yo, como hijo, tenga derecho a conocer el infierno que me legaron?

Se quedó en silencio.
Ese silencio que no es vacío, sino culpa.
Memoria.
Verdad acumulada.

-No es un lugar bonito, Tim-dijo al fin-Y tu padre... no querría vieras es camino.

-Lo estoy viviendo.

Clark me miró durante largos segundos. Y por primera vez, no vi al hombre perfecto.
Vi al amigo de mi padre.
Al cómplice.
Al guardián de secretos.

-¿Qué quieres saber?

Y yo sentí que el suelo se volvía más firme bajo mis pies.

-Todo.

-Yo no estuve presente realmente-dijo Clark con la mirada baja, los dedos cruzados sobre la mesa como si sostuviera algo invisible que no quería dejar caer- No en todo.

-Pues cuéntame lo que sí-
respondí con voz firme, sin dar espacio a rodeos.

Clark respiró hondo. Su rostro era una mezcla de respeto y algo más... pena.

-Tu padre... Bruce, era el tipo de hombre que nunca daba un paso sin saber que tenía tres salidas. Siempre estaba cinco movimientos por delante. En su cabeza, el mundo era...como no sé... un tablero de ajedrez, y él conocía las piezas mejor que nadie.

Hizo una pausa, sus ojos se clavaron en los míos.

-Lo que la mayoría veía como frialdad... era estrategia. Tenía mapas de todo, posibles rutas de escape, trampas diseñadas para atrapar a enemigos que aún no existían. Programaba protocolos para escenarios que apenas eran hipótesis.

-¿Y mi madre?-pregunté, tenso. Su nombre no salía fácil, pero ahora lo exigía.

Clark asintió, lento.

-Talia era parte del plan. Al principio... era una amenaza. Era letal, le cubría sí o sí.
Lo cierto es que ella también jugaba su juego. Uno distinto, con piezas más afiladas.
Y

tu padre lo sabía. Sabía dónde pisaba.

Yo asentí.
La garganta me ardía.
Bruce Wayne.
El gran estratega.
Mi padre.

Y yo, una de sus piezas más valiosas. O tal vez... una de las más prescindibles.

Pensé, por un segundo, que Conner podría ser mi Talia.
Pero no. Conner es algo limpio. Algo fuerte.
Algo que me empuja a volver a mí mismo.

No.
Damián. Damián es mi Talia.
Con sus sombras. Con sus líneas rectas y filos agudos.
Con su existencia que desafía las reglas...
Y las cambia.

-¿Cómo trazaba sus planes?-pregunté con la voz más serena de lo que sentía-
¿Los escribía?

Clark asintió despacio, con una sonrisa leve, nostálgica...y un poco cansada.

-Sí. En parte. Tenía cuadernos, libretas con notas hechas a mano, dibujos, cálculos. Pero también tenía algo que a mí me sobrepasaba: intuición. No solo era la lógica, era la forma en que observaba... todo. Lo veía venir. A veces sin pruebas. Solo... lo sentía.

-¿Y si se equivocaba?

Clark se permitió una risa breve, sin alegría.

-Eso era lo peor. Porque cuando se equivocaba, no lo admitía. Lo convertía en parte del plan. Lo reescribía para que el error tuviera sentido. No soportaba fallar... pero fallaba. Y aún así, se aferraba al control como si pudiera sostener el mundo con las manos desnudas.

Me quedé en silencio. La imagen era clara en mi cabeza.
Bruce escribiendo, tachando, reescribiendo.
Diseñando futuros que nadie vería.
Incluso el mío.

-Tu padre no es un héroe, Tim. Nadie lo es cuando la sangre se derrama.

La frase me golpeó en el pecho como si fuera un disparo suave y certero.
Clark bajó la mirada. Su voz era de plomo.

-Yo me fui. Pero después... después leí los planes que había ideado. El...

-No me voy a asustar-lo interrumpí. Y era verdad. Me temblaban las manos, pero no me iba a asustar.

Clark alzó los ojos. En ellos no había juicio, solo la tristeza de quien ha guardado demasiadas verdades.

-Tu padre pensaba solo en los suyos. Y le dio igual derramar sangre de niños, mujeres... o cualquiera que no estuviera dispuesto a cooperar.

El estómago me dio una vuelta.
Una pirueta de hielo.

-Y más cuando sabía que sus hijos...vosotros...erais un posible objetivo. Nadie debía saber de vosotros. Y lo consiguió. Os mantuvo lejos. En sombras. En grietas del mundo.

-¿Tienes algunos de los planes que mi padre ideó?

Mi voz se rompió al final. Pero aún salió. Clark negó con la cabeza, lento.

-No. Los quemé.
Tu padre lo dio todo por nosotros. Por este mundo retorcido. Y yo... decidí que nadie sabría esas cosas. Solo las buenas.

Me quedé quieto.

-Pero...-Clark murmuró, con voz baja y pesada como si dudara en dar el siguiente paso-Si tengo otra cosa.

Se inclinó hacia un lado de la mesa, abrió su mochila con manos lentas y sacó algo envuelto en una camisa vieja. Lo desenvolvió con cuidado, como si cada pliegue fuese una decisión.

Y ahí estaba.
Un diario.

Había tenido mejores días.
La tapa estaba desgastada, los bordes rotos, algunas páginas asomaban por el lateral como si quisieran huir del peso de lo que contenían.

-Me lo trajeron meses después de que él...-hizo una pausa-
bueno, después de todo. Lo guardé. Nunca lo abrí completo. No quise saber más de lo que ya sabía. Pero tú...-me miró con esos ojos de alguien que ha visto arder muchas cosas-Tú quizás lo necesitas más que yo.

Extendió el diario hacia mí.
Mis dedos no se movieron al principio.

-¿Es suyo?

-Es de Bruce. Letra pequeña, exacta, obsesiva. Como él. Tal vez empieces a entender quién fue y por qué hizo lo que hizo.

Lo tomé. Pesaba más que un cuaderno cualquiera.
Como si dentro llevara no solo tinta...Sino decisiones.
Pecados.
Y un mapa.
Un mapa hacia alguien que nunca conocí del todo... pero que formó cada parte de mí.

Damián

Nos está empezando a entrar la desesperación.

Son demasiados papeles. Demasiadas carpetas, informes, nombres que no significan nada...y a la vez lo significan todo.
Parece interminable.
Como si cada página nos tragara un poco más.

Son las cinco de la tarde cuando decido salir a que me dé el aire. El sótano huele a polvo, sudor y secretos rancios. Camino en dirección al río, el mismo donde solemos coger el agua.
No le digo nada a nadie. Solo salgo.

Cada paso en el bosque suena más fuerte de lo normal. Crujidos secos de hojas. Mi respiración algo agitada.
Me siento inquieto.
Agobiado.

Nate se ha ido a revisar los coches. También estaba que se subía por las paredes.
Esto nos está afectando a todos.

Necesitamos terminar.
Volver a casa.
Quitarnos el polvo de encima.
El cansancio.
Y olvidar esto.

Pero no se puede olvidar algo que se te mete entre las uñas, en los dientes, detrás de los ojos. No puedes olvidar el horror cuando lo has leído, cuando lo has tocado con las manos.

Le dijimos a Clark que no mande a nadie más.
No queremos que lo vean.
Porque quizás alguien más siga los pasos que estamos desenterrando.
Y eso... eso no lo vamos a permitir.

Salto una raíz. Esquivo un caracol que se arrastra despacio en medio del sendero. El viento me da en la cara como una bofetada suave. Y respiro.

Fuerte.

Me quedo quieto unos segundos. Y por fin, aunque sea por un momento...no escucho papeles caer, ni carpetas abrirse, ni a nadie suspirar entre lágrimas y bronca.

Solo hojas moviéndose.
Y el murmullo del agua corriendo.

Nuestros labios siguen encontrándose, una y otra vez.
Primero suaves, como una promesa. Luego con más hambre, como si el tiempo nos pesara sobre la piel y necesitáramos quitárnoslo a mordidas.

Mis manos suben por su nuca, entre su pelo. Él me sostiene por la cintura, como si pudiera evitar que me derrumbara. Y tal vez lo hace.

Nos separamos solo un segundo para respirar. Y ahí, con la frente apoyada contra la suya, Jon susurra:

-Eres mi lugar seguro, Damián.

Me quedo inmóvil.
Mi estómago se aprieta, como si esas palabras abrieran una puerta que tenía sellada desde hace tiempo.
Le miro. Esos ojos suyos, azules y honestos, reflejan todo lo que no me atrevo a pedir.

-Lo eres desde el primer día-continúa-ya eras el lugar al que quería volver.

Quiero decir algo. Pero no puedo.
Solo lo beso.
Esta vez más fuerte, con una necesidad que arde desde dentro.

Jon gime suavemente contra mis labios, y eso me enciende.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Sus manos se deslizan por debajo de mi camiseta, tocando piel. Mis dedos se aferran a su cintura, atrayéndolo más. Ya no hay espacio entre nosotros. Ya no hay duda.

Nos besamos como si lleváramos años esperándolo. Como si la guerra se detuviera solo para permitirnos este momento.

El bosque a nuestro alrededor se difumina.
Solo quedamos él y yo.
Respirando entre jadeos, temblando entre caricias.

Y juro que por un instante, todo lo oscuro desaparece.
Porque él me mira como si fuera luz.
Y yo empiezo a creérmelo.

Pamed

-¡Más a la izquierda!-grito, estirándome como un gato que intenta alcanzar una pelota en lo alto del armario.

-¡Si me tiras otra carpeta en la cara te dejo caer!-responde Conrad desde abajo, con sus manos firmes en mis piernas, pero claramente a punto de rendirse.

-¡No seas dramático! ¡Aguanta como un campeón!

-¡No soy una escalera humana, Pamed!

-¡Pues deberías considerar agregarlo a tu currículum! -digo mientras finalmente agarro una carpeta polvorienta-¡Ajá! ¡La tengo!

-¡¿Y ahora qué?!-gruñe él, tambaleándose un poco-
¡¿Hacemos el descenso estilo helicóptero o qué!?

-¡Tú verás! ¡Tú eres el Uber!

-¡Soy tu novio, no tu sherpa personal!

-¡Los sherpas son muy valientes! ¡Aguanta un poco más!

En ese momento, una mota de polvo baja directamente hacia mi nariz. Y claro, porque el universo me odia, estornudo.
El estornudo me desequilibra, la carpeta se resbala de mis manos y cae como una trampa de biblioteca.

-¡PAMED!-grita Conrad justo antes de que ambos vayamos al suelo con un sonoro POM.

Desde el suelo, con la carpeta aplastándome medio costado y Conrad debajo, murmuro:

-Creo que encontré información clasificada...y un hematoma nuevo.

-Sí, y yo he encontrado una nueva forma de morir lentamente-responde él con sarcasmo-Aplastado por mi novia historiadora.

-Podría ser peor. Podrías haber salido con una cazadora de serpientes.

-¿Sabes que eso ni siquiera tiene sentido?

-No, pero... ¡tengo la carpeta!

-A veces me pregunto por qué te quiero tanto.

-Porque no te aburres conmigo. Anda, dame un beso, que casi morimos por amor al archivo.

Él resopla y me besa igual.
Porque Conrad, por suerte, ya está acostumbrado a mis métodos de trabajo poco ortodoxos.

-¿Qué ha sido ese golpe?-
escucho la voz de Jon mientras baja las escaleras con Damián justo detrás, ambos con cara de alerta como si estuviéramos siendo atacados por zombis archivadores.


Desde el suelo, con una carpeta abierta sobre mi y Conrad debajo de mí bufando como si acabara de correr una maratón, levanto una mano y digo:

-Nada. Solo una pequeña expedición arqueológica fallida.

-¿Estás bien?-pregunta Damián, mirándonos con una ceja arqueada

-Sí, perfectamente-respondo, sentándome sobre el pecho de Conrad-Solo estaba intentando alcanzar la carpeta sagrada de los secretos polvorientos sin morir en el intento. Spoiler: casi muero.

-Y yo con ella-gruñe Conrad- Mis costillas han sufrido más que en entrenamiento con Nate.

Jon ya se está riendo.

-¿Estabas escalando a Conrad otra vez?

-¡Él se ofreció!

-¡Mentira-des-carada!-dice Conrad desde el suelo, señalándome-Dijo "Subo rápido y ni te enteras" y cinco segundos después tenía la carpeta en la cara.

Damián niega con la cabeza, pero hay una media sonrisa en sus labios.

-¿Cuántos papeles quedan ahí arriba?

-Muchos-respondo dramáticamente-Pero ahora que casi doy mi vida por ellos, no pienso parar hasta saber si alguien tenía una relación secreta con un licántropo vegano o algo así.

Tim

Abrí la puerta de la habitación justo cuando Conner salía del baño con el pelo aún mojado y una toalla colgando de la cintura. El vapor escapaba tras él como si fuera parte de su presencia.

-¿Dónde has estado?-pregunta, pasando una mano por su pelo empapado, dejando gotitas por todo el pasillo.

Me apoyo en el marco de la puerta unos segundos, cansado pero con la mente más clara.

-A hablar con tu padre-
respondo mientras entro.

-¿Todo bien?-pregunta, ahora con el ceño fruncido.

-No-le digo sincero mientras me dejo caer en la cama-Le pedí que me hablara de mi padre.

Conner no dice nada al principio. Se sienta en el borde de la cama, a mi lado, y se pasa la toalla por el cuello.

-¿Y qué te dijo?

-Que mi padre no era un héroe. Que hizo cosas terribles... y que las taparon para protegernos. Me dio un diario viejo. Está hecho polvo. Pero es de él.

-¿Lo vas a leer?

-Sí. Pero no hoy. Necesito digerir esto primero-me giro hacia él, mirándolo de reojo- Siento que toda mi vida está hecha con piezas de otras personas. Y ahora tengo que averiguar cuáles encajan conmigo... y cuáles no quiero ni tocar.

Conner se queda en silencio unos segundos. Después, se tumba de espaldas junto a mí, su brazo rozando el mío.

-Cuando termines ese rompecabezas... avísame-dice, mirando al techo-Para ayudarte a pegar las piezas.

Cierro los ojos por un momento y asiento.

Damián

Llevamos aquí... ni siquiera sé cuánto. Los días se sienten como uno solo, fundidos entre polvo, carpetas viejas y silencios demasiado largos.

Estaba medio dormido, con el cuerpo pidiéndome un descanso que no podía darme, cuando sonó el móvil. El nombre de mi hermano apareció iluminado en la pantalla, y no lo dudé: contesté.

-¿Ha pasado algo?

-El diario de papá...Clark lo tenía.

Me incorporé de inmediato, el sueño huyendo como una presa asustada. Me pasé la mano por la cara y suspiré.

-¿Tenía un diario?

-por lo visto sí

-¿y porque coño no nos la ha dado antes?

-No sé

-¿Lo estás leyendo?

-No todavía...

-¿Y eso?

-No lo sé. Supongo que... no me atrevo.

Solté una carcajada seca.
Me puse en pie y salí de la tienda, el suelo crujía bajo mis botas y el aire frío se colaba por el cuello del abrigo. Caminé unos pasos, buscando despejar la cabeza.

-Mira, Tim. Si no lo haces por ti, hazlo por mí. Porque cuando vuelva, pienso leer cada palabra de ese diario. Y si tú no lo haces antes, te vas a perder la oportunidad de conocer al hombre que nos metió en esto.

-No sé si quiero conocerlo así -dijo él en voz baja.

-Entonces atrévete. Porque no estamos para perder tiempo. Yo estoy aquí entre polvo, humedad, frío y apuntes de tortura para que tú, ahora, no te atrevas a leer unas putas páginas.

Silencio. Uno de esos que pesan.

-Tienes razón

-Claro que la tengo.

-Lo leeré.

-Mas te vale

Colgué sin más.

Miré al cielo un segundo.

Papá... más te vale que valga la pena abrir esas páginas.

No entiendo nada.

De verdad que no. Y no lo digo por exagerar, ni por dramatizar, lo digo porque cada paso que damos parece llevarnos más lejos de la salida. Cada pista abre tres puertas más, cada verdad arrastra un eco de mentira detrás.

¿Quién dice la verdad? ¿Quién la ha dicho alguna vez?

Todos esconden algo.
Todos guardan secretos.
Incluso los que juran estar de nuestro lado. Incluso nosotros.

Y me siento atrapado.

Como si estuviéramos dentro de un maldito laberinto donde las paredes se mueven cuando no miras. Donde los nombres no coinciden, los rostros cambian de sitio, las versiones no encajan. Como si alguien, desde arriba, estuviera riéndose mientras tiramos de hilos que nos enredan más.

¿Quién vive y quién muere?

¿Eso lo decide Alesha? Porque por lo que sabemos, ella es la que se presenta después. Después de las sombras. Después de las decisiones.

¿Y quiénes están antes?

Esas caras misteriosas.
Esos nombres que no tenemos. Esos fantasmas que han movido hilos en las sombras durante años y que ahora están dejando huellas justo donde pisamos.

Siento que estamos dentro de algo mucho más grande de lo que imaginamos. Algo que viene desde antes de nosotros, desde antes de nuestros padres. Algo que se alimenta de sangre, de venganza, de manipulación.

Y lo peor es que no sé si ya hemos cruzado el punto sin retorno.
No sé si seguimos siendo quienes éramos cuando todo esto empezó. No. Evidentemente.
No sé si realmente podremos salir de este laberinto sin perdernos en el intento.

Jason

Estamos entrenando. El aire huele a tierra, sudor y pelo de lobo.

Le doy un mordisco a mi manzana mientras observo el caos organizado que es este grupo.

Mike, en su forma lobuna, corre como si el culo le quemara. Benji lo persigue a gritos, blandiendo una daga de entrenamiento como si fuera un sable láser.

-¡Dame eso, Mike! ¡Que te he dicho que no toques mis cosas!

Mike responde ladrando burlonamente y agitando la cola.

A mi izquierda, Lena y Ray juegan a las peleas en su forma de lobo, chocando y rodando por el suelo como si fueran dos cachorros sin freno. Uno ladra, el otro gruñe, pero todo son risas. No hay rivalidad, solo una competencia sana que huele a juventud y energía.

Quiero que vuelvan ya los demás.
Jon, Nate, Conrad, Pamed, Sol, Caleb, Dom y Damián llevan fuera una semana.
Demasiado.

Conner -también en su forma de lobo- corre tras Tim como si fuera su deporte oficial. Intentando morderle los tobillos mientras Tim lo esquiva entre risas nerviosas.

-¡Para, cabrón!-grita Tim, girándose en carrera-¡Muerde esto!-Y le lanza un trozo de rama que Conner atrapa al vuelo como si fuera un golden retriever bien entrenado.

Otro mordisco a mi manzana.

Niko le está enseñando a Wally cómo manejar algunas de las armas más básicas en la camioneta. Wally se nota nervioso: juega con las mangas de su sudadera, subiéndolas y bajándolas como si fueran escudos. Dick está a su lado, tranquilo, apoyado con los brazos cruzados como si no hubiera hecho otra cosa en la vida que observarlo. Cuando Wally duda al tocar un cuchillo, Dick le susurra algo, probablemente un consejo. Wally asiente, traga saliva, y aprieta los dedos sobre la empuñadura.

Y entonces justo cuando me preparo para el siguiente mordisco...

Sssshft-THACK.

Mi manzana ya no está en mi mano.

Parpadeo.

La manzana está ahora a unos diez metros de mí, atravesada por una flecha perfectamente clavada en el tronco de un árbol.

Todos se detienen.

-¿Qué coño...?-digo mientras giro la cabeza lentamente hacia el bosque.

Una brisa se levanta. Las hojas crujen.

Nadie dice nada.

Y entonces suelto, con tono seco:

-Bien...o tenemos compañía, o alguien muy gracioso quiere jugar a Robin Hood.

Los lobos reaccionan primero.
Mike, Conner y Lena echan a correr en dirección al disparo, sus patas levantando polvo y hojas.

El resto no nos quedamos atrás. Ray a nuestro alrededor olfateando y moviendo las orejas.

Benji y yo al reaccionar salimos tras ellos, Niko da un grito para que Wally se quede en la zona segura. Dick, se queda con el.

Media hora.
Media maldita hora corriendo, buscando, revisando árboles, examinando huellas.
Nada.

Ni un alma.
Ni un olor.
Ni una señal.

Pero todos sabemos lo que eso significa.

Que alguien nos está vigilando.
Que alguien nos ha estado mirando desde hace dias.

Y que esa flecha no era solo una broma.

Era un mensaje.

Wally

Después de lo de la flecha volvemos a casa.

Dick conduce. Y yo... yo me mantengo en silencio. No puedo dejar de mirar por la ventana como si en cualquier momento otra flecha fuera a atravesarla. Siento las piernas un poco temblorosas todavía, pero trato de disimularlo. No quiero parecer un crío delante de él.

Entonces, con la calma de quien acaba de salir de una tienda y no de un posible ataque, él suelta:

-¿Te apetece ver una película esta noche?

Lo miro. Me cuesta no abrir la boca de la sorpresa.

¿Una película?

Hemos estado a punto de... no sé, ¿morir? ¿O al menos de quedar como diana de práctica?

Y él quiere ver una película.

No sé si reírme o preguntarle qué clase de trauma lleva dentro para que eso sea su reacción automática.

-¿Una película?-repito, alzando una ceja.

-Sí-dice encogiéndose de hombros-Algo ligero. Una de terror, quizás. ¿No dicen que eso une?

-¿Estás bien? O sea, mentalmente.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Porque acabamos de recibir un ataque.

-Nah. Fue solo una flecha. Ni siquiera iba a por nadie. Fue una advertencia. Ya se ocuparán los demás.

Me lo dice tan tranquilo que por un segundo pienso que tal vez debería preocuparme más por su serenidad que por la flecha.

Pero luego me doy cuenta de que quizás... colarme en su calma no sea tan mala idea.
Quizás si yo me instalo en su burbuja temporalmente, dejaré de temblar.

-Vale-le digo, girándome hacia él-Pero ni de coña vemos terror. Estoy bastante jodido como para encima tener pesadillas.

-¿Comedia romántica?

-No soy un personaje de los noventa.

-Acción.

-Solo si hay explosiones y alguien con músculos innecesarios.

-Entonces "Rápidos y furiosos" número... qué sé yo, ¿mil?

-Esa saga debería estar penada por la ley.

-Perfecto. Veremos la diez.

-Dick...

-Nueve.

-No.

-Ocho. Tiene coches. Explosiones. Tíos sin cuello.

-Dick, por Dios.

-Siete.

-¡Estás contando hacia atrás!

Y él se ríe.
Y yo también. Porque de alguna forma...eso, esa discusión absurda, logra hacerme olvidar el peso de todo lo que me rodea. Aunque sea solo por un rato.

Y supongo que... eso también es parte de sobrevivir aquí.

Tim

Nada más llegar, apenas piso el hotel, dejo que los demás vayan a contarle a Clark lo que ha pasado.

Yo no puedo.

No ahora.

Subo las escaleras como si cada peldaño me costara una parte del alma. No saludo, no hablo, no pienso demasiado. Tengo una sola idea repitiéndose en bucle como un zumbido: el diario.

Entro a la habitación y cierro la puerta tras de mí. El mundo se queda fuera.

El diario está en el cajón de la mesita de noche, donde lo dejé. Lo saco con cuidado. Todavía huele a viejo, a tinta pasada y a algo que no sé si es moho o secretos.

Me siento en la cama.

Respiro.

Ahora o nunca. Me digo

Mis manos tiemblan. Pero mis ojos... mis ojos están firmes. Porque por fin voy a enfrentarme a la verdad de mi padre. No a la que me contaron. No a la que otros decidieron guardar. Sino a la que escribió con su propia letra.

Y lo que sea que encuentre...
Estoy listo para tragarlo.
O, al menos, quiero creer que lo estoy.

Primera página.

La caligrafía es casi perfecta, inclinada ligeramente a la derecha. Y, sin embargo, algo en la forma en que las letras se apresuran, se tropiezan unas con otras, delata que quien escribe es joven. Muy joven.

"Emmm... hola. Estoy escribiendo esto con 14 años. No sé por qué exactamente. Supongo que porque quiero recordar. Porque quiero tener pruebas, aunque sean para mí mismo. Porque a veces siento que todo esto va demasiado rápido. Porque mi padre dice que recordar es una debilidad, pero a mí me da miedo olvidar."

Mi pecho se contrae.

La voz de mi padre escrita en tinta. Vulnerable. Adolescente. Antes de que fuera el hombre que todos temían.

"Me llamo Bruce. Y sí, soy el hijo de Thomas Wayne. No puedo decir mucho más que eso. Porque ya sabes... todo esto es secreto. Y lo va a seguir siendo, pase lo que pase."

Trago saliva.

Siento algo subirme por la garganta. Nostalgia, tristeza... culpa.

"Yo nací en este mundo. El de las máscaras, las armas, las estrategias. Nunca conocí otra cosa. Mi padre no me contaba cuentos antes de dormir. Me enseñaba a leer huellas, a lanzar cuchillos. Me decía que la compasión te hace lento, y la duda te mata."

Detengo mi lectura.

Cierro los ojos.

Respiro.

Mi padre no fue un monstruo... fue un niño primero. Un niño que nunca tuvo opción. Un niño al que le metieron una guerra entre pecho y espalda antes de que pudiera decidir si quería ser soldado.

"Pero a veces... cuando entreno hasta que me sangran las manos, o cuando escucho el silencio después de una misión, me pregunto si esto es lo único que voy a ser. Una sombra que se mueve rápido. Un nombre que los demás susurran. A veces me pregunto si yo también tengo derecho a querer algo más."

Mis ojos recorren la página siguiente sin darme tiempo a pestañear. Y entonces, la tinta cambia. No en forma, sino en tono. Como si mi padre -ese que apenas reconozco en estas líneas- hubiese dejado caer la máscara un poco más.

"A veces tengo miedo."

"No sé si está bien decirlo. Pero es verdad. Me da miedo no saber quién soy cuando no estoy obedeciendo órdenes. Me da miedo dormirme y soñar con las cosas que he visto. Me da miedo convertirme en alguien como mi padre, o peor aún, en alguien que no se detenga a pensar si está haciendo lo correcto."

Aprieto el diario con fuerza. Siento que lo estoy tocando a él. A Bruce, no al estratega. A un niño que fue enseñado a sobrevivir, no a vivir.

"Me da miedo estar solo. Me da miedo que algún día todo esto no importe. Que haga todo bien, y aún así, no pueda salvar a nadie."

Siento el nudo en el pecho crecer. No me había dado cuenta de cuánto necesitaba saber esto. No de las guerras. No de los planes. Sino de él. De lo que sintió. De lo que calló.

"Una vez soñé que tenía hijos. Dos. O tres. Uno tenía los ojos de mi madre, otro mi terquedad. Y pensé: ¿quién querría ser hijo de alguien como yo? ¿Quién querría heredar esta carga?"

Ahí me derrumbo.

Porque soy uno de esos hijos. Y nunca lo supe. Nunca lo sentí tan humano.

Respiro hondo. Me limpio la cara con la manga de la sudadera. La habitación está en silencio, excepto por mi respiración entrecortada.

"Supongo que por eso escribo. Porque si un día pierdo la cabeza o la esperanza, quiero que este cuaderno sea prueba de que no siempre fui solo oscuridad. Que también tuve miedo. Que también quise luz."

Cierro los ojos.

Y en ese instante, juro que lo entiendo. Por primera vez.
No como soldado.
Ni como mártir.

Sino como hijo.

Mis dedos tiemblan un segundo cuando paso la hoja. La tinta parece más oscura, como si hubiera sido escrita con fuerza. Como si cada letra hubiese sido tallada con furia.

"Hoy he cumplido 16. Y sé que llevo mucho sin escribir aquí."
"No ha sido por falta de ganas. Es porque no sabía si este cuaderno iba a seguir siendo mío. Pero aquí estoy. Con algo en el pecho que no sé si es miedo o rabia. Creo que voy a matar a alguien."

Trago saliva.

"No porque quiera. Porque tengo que hacerlo. Porque hay cazadores que amenazan a los nuestros. Y si no actúo, alguien que quiero puede morir."

Miro al techo como si ahí estuviera la respuesta para no hundirme en esto. Pero todo lo que hay es silencio.

"He entrenado para esto. Me han moldeado para esto. Y aún así, duele."

"Duele pensar que si lo hago, no seré el mismo."
"Duele pensar que si no lo hago, tal vez no quede nadie que valga la pena salvar."

Mi padre. Con solo 16 años. Escribiendo esto.

"No se lo diré a Alfred. Ni a nadie. Es un pensamiento que tengo que esconder. Porque los que lideran no deben dudar, ¿verdad? Pero dudo. Dudo tanto que a veces siento que el corazón se me va a salir del pecho."

"A veces sueño que alguien me abraza sin tener que darme una razón para hacerlo. Solo porque sí."

Mi garganta se cierra. Y no puedo evitar imaginarlo... a mi padre... solo, temblando, escribiendo esto con la puerta cerrada y un mundo de responsabilidad pegado a la espalda.

"Pero si mañana no vuelvo, si algo sale mal, al menos quiero que alguien sepa esto: no lo hice por venganza. Lo hice por amor."

Cierro los ojos. El diario tiembla en mis manos.

Yo no sé en qué momento exacto dejé de leer a un hombre y empecé a conocer a un niño que fue obligado a volverse leyenda.

Paso la siguiente página. Mis manos ya no tiemblan, pero siento que mis huesos sí. La letra de mi padre es la misma, pero algo en el trazo ha cambiado. Es más pesada. Como si cada palabra doliera.

"Lo hice."

Eso es lo primero que leo. Dos palabras. Frías. Silenciosas. Pero detrás de ellas hay un mundo entero derrumbándose.

"Le disparé en el pecho. Dos veces. Cayó como si no fuera nadie. Como si fuera una hoja en otoño."

"Los demás me felicitaron. Dijeron que había sido preciso. Que había hecho lo correcto. Que eso me convertía en uno de ellos."

"¿Uno de qué?"

"Me metí en la ducha durante media hora. No porque estuviera sucio. Sino porque sentía que algo se me había quedado pegado por dentro. Algo que no se quitaba con agua."

"Me preguntaron cómo me sentía. Sonreí. Les dije que bien."

"Alfred fue el único que no me creyó. No dijo nada. Solo me abrazó."

"Y entonces lloré. Lloré como un niño. Porque eso era. Un niño que había matado a alguien y que no sabía cómo seguir respirando sin que eso le doliera."

Me arde el pecho. Me cuesta tragar saliva.

Mi padre lloró.

No por una pérdida.
No por una herida.
Lloró por lo que hizo.

Porque matar, aunque te lo vendan como justicia, también te mata por dentro.

Y lo peor es que después siguió.

"Me pregunto cómo sería ser como los demás chavales de mi edad..."

leo, y mi garganta se cierra un poco.

"Ir al instituto, quejarme de los deberes, tener un crush imposible en la fila del comedor. Discutir con mis padres por la hora de llegada, esconder un cigarro en la mochila como si eso fuera lo peor que pudiera hacer. Liarme con alguien en una fiesta, reírme hasta llorar por algo que no importa. Vivir sin saber que hay cazadores en los bosques. Sin saber que algunos niños no duermen tranquilos porque tienen colmillos o garras."

"Pero no soy como ellos. No puedo serlo. Y cuanto más lo intento, más lejos estoy."

Me quedo quieto. Siento que él, a mi edad, escribió eso con el corazón roto, y ahora, años después, soy yo quien tiene ese peso en el pecho. Me gustaría decirle algo. Algo como: No estás solo.

Pero está muerto.
Y yo solo estoy leyendo sus cicatrices.

"Hoy papá me ha gritado por imprudente. Por dudar."

"No era la primera vez que discutíamos, pero esta vez fue diferente. No porque gritara más, sino porque esta vez lo hizo con miedo. Con miedo en los ojos. Me dijo que no podía dudar, que cuando estás delante de un cazador, o decides o mueres."

"Pero yo no quería matar. No esa vez. El cazador era joven. Tenía miedo, como yo. No sé si él me habría disparado, pero no lo sabré nunca. Porque papá llegó antes que yo, y lo mató. Y luego me gritó. No por no disparar. Sino porque dudé."

"Y me pregunto... ¿cuántas veces más tendré que fingir que no dudo? ¿Cuántas veces más tendré que matar antes de dejar de temblar después?"

Siento los dedos entumecidos. Paso la mano por la hoja, como si pudiera consolarlo. Como si pudiera decirle que está bien dudar. Que sigue siendo humano. Aunque el mundo en el que vivía hiciera todo lo posible por arrancárselo.

"Hoy he descubierto que otros lobos, fuera de nuestra manada y alianza, son enemigos"

Me quedo quieto, con los dedos sobre el papel.
La letra es firme, apretada, como si esas palabras le hubieran dolido al escribirlas.

"Siempre pensé que los nuestros eran todos los nuestros. Que ser lobo era suficiente para estar del mismo lado. Pero no. Hay traidores. Hay alianzas podridas. Hay manadas que negocian con cazadores si eso les garantiza un territorio más amplio o una temporada sin pérdidas"

Cierro los ojos un segundo.
Siento como si su voz se colara entre mis pensamientos. Puedo imaginarlo con catorce, quince años... creyendo que todo era blanco o negro.

Lo supe porque papá se lo gritó a mamá en la cocina. Porque mencionó nombres. Y luego vi las marcas en el mapa, con símbolos de alerta en lugares que antes estaban rodeados de círculos de protección.

Mi estómago se encoge.

"Me siento como si me hubieran partido el mundo en dos. Ya no sé quién es el enemigo. Ni siquiera sé si los nuestros lo son de verdad. Y eso me hace sentir pequeño. Más pequeño que nunca."

Paso los dedos por esa última línea.
Porque yo también me he sentido así.
Demasiadas veces.

Me pregunto qué tan solo debió de sentirse él...
...y si, de alguna forma cruel, eso es lo que estaba intentando evitar con nosotros.

Pero lo hizo mal.
Nos dejó preguntas.
Nos dejó heridas.
Nos dejó con este diario, lleno de cicatrices en papel.

"Hoy he vomitado porque he presenciado un interrogatorio. Nunca imaginé que algo diera tanto asco."

"Pensé que lo tenía controlado. Que ya lo había visto todo. Pero había algo en la forma en que ese hombre gritaba... en cómo pedía... no perdón, sino aire. Algo en sus ojos. Estaban vacíos, como si ya no estuviera ahí. Como si hubiese aceptado que lo iban a romper, pero no sabía cuándo. Ni cómo."

"Uno de los nuestros lo interrogaba. Uno de los buenos. Uno de los que me ha entrenado desde que era pequeño. Y yo solo podía mirar. El olor a sangre, a miedo, a saliva... era como si me tragara una tormenta con las entrañas expuestas."

"Cuando terminó, salí corriendo al bosque. Y vomité. Hasta quedarme seco. Hasta que mis costillas se quejaron por tanto espasmo."

"Y cuando volví, nadie me preguntó nada. Porque esto no es un mundo donde te preguntan si estás bien. Es un mundo donde, si no te adaptas, te conviertes en una carga. En un error."

"Pero sé que no fue un error vomitar. Sé que aún me queda algo dentro que no quiero perder."

"Humanidad."

Las palabras de mi padre están escritas con tinta corrida, como si algunas lágrimas hubieran caído sobre la hoja o la humedad se hubiera colado entre sus pensamientos. Me recolocó mejor en la cama, el diario en las manos, sintiéndome más pequeño de lo que debería a mi edad.

Leo.

"He aprendido a leer más o menos los mapas. A veces los caminos se me cruzan, pero mamá me ayuda. Papá no tiene tanta paciencia."

Puedo imaginarlo. Un niño de 15 y 16 años, con las manos aún pequeñas, tratando de memorizar rutas, líneas de escape, puntos estratégicos.

"Papá se enfada si no lo hago. Dice que un cazador que no sabe orientarse muere antes de disparar. Que el terreno es más importante que las balas. Que la preparación es lo único que te salva la vida."

Me muerdo la uña del pulgar. A veces, me olvido de que también fue solo un niño criado por otro hombre roto. Uno que quería convertirlo en alguien que pudiera sobrevivir a todo. Me pregunto cuántas veces papa se perdió por dentro antes de encontrar a alguien en quien confiar.

"Mamá dice que lo estoy haciendo bien. A veces lo repite dos veces. Me acaricia el cabello y susurra que lo estoy haciendo bien. Como si supiera que no me lo creo."

Trago saliva. Esa frase se me queda grabada. Como si supiera que no me lo creo. Yo también he tenido esos días. Esas noches. En las que todos dicen que estás haciendo bien las cosas, pero algo dentro te grita que no es cierto. Que solo sobrevives, pero no vives.

"Hoy me perdí durante una patrulla. Me distraje. Me quedé mirando a unos chicos jugando fútbol en un parque. Tenían mi edad. Uno metió gol y todos le abrazaron. Yo... no recuerdo la última vez que alguien me abrazó así sin que fuese porque volví con vida."

Me arde el estómago. Cierro los ojos un segundo.

"Papá me gritó cuando llegamos a casa. Dijo que si vuelvo a distraerme acabaré muerto."

"Me encerré en el baño y vomité. No por miedo. Por asco. Por rabia. Por algo que no sé nombrar."

Y entonces me doy cuenta de algo.

Yo tampoco siempre sé nombrar lo que siento.

Quizás por eso sigo leyendo. Porque entre estas páginas hay una parte de él que nadie más quiso ver. Y yo necesito verla. Necesito saber si, en algún momento.

Sigo pasando la página.

Mis ojos recorren la nueva página mientras mis dedos sujetan el diario con una fuerza innecesaria. A veces me descubro conteniendo la respiración, como si leer sus palabras fuera abrir una caja cerrada durante demasiados años. Una caja que nadie, ni siquiera él, quería que se abriera del todo.

Leo:

"Hoy he conocido a Karin. Una loba. Su transformación fue hace un mes y ella aparece igual de perdida que yo."

Me detengo ahí, sintiendo el peso de esa frase. Igual de perdida que yo. Nunca pensé que mi padre pudiera usar esas palabras. Y sin embargo ahí están, escritas con pulso firme, pero dolor contenido.

"La miré a los ojos y me recordó a una brújula girando sin dirección. No se queja. No llora. Pero sus uñas están rotas de tanto intentar escarbar algo que no puede cambiar."

Cierro los ojos unos segundos. Me imagino a esa chica. Y me imagino a él. Un niño criado para disparar y a una loba recién transformada. Dos supervivientes sin mapa.

"Le enseñé a identificar huellas. A escuchar el silencio del bosque. Me dijo que yo hablo poco, pero que mis ojos dicen mucho."

Me froto el rostro. Hay algo poético en eso. En que alguien haya sido capaz de verle más allá de sus armas. De su entrenamiento. De su armadura.

"Cuando nos fuimos, me rozó la mano sin querer. O eso pensé. Me puse nervioso. Me sentí humano."

Sonrío. No sé si es tristeza, ternura o rabia lo que siento. Quizás una mezcla de todo. Pero sobre todo, siento que hay muchas cosas que no supe de mi padre. Y que, tal vez, nunca supe cuánto deseó pertenecer a algo que no fuera solo guerra.

Paso la página, en silencio.

Paso la hoja, casi con miedo a lo que pueda encontrar. Cada línea se siente como un eco de lo que fue, un espejo borroso de quien pudo ser él... si las cosas hubieran sido diferentes.

Leo en voz baja, apenas susurrando:

"Mis 17 no son tan especiales como yo imaginaba.
Consisten en ver morir a compañeros y matar."

Me trago el nudo que se forma en mi garganta. Pienso en lo que yo hacía a los 17. Y luego en lo que él estaba obligado a hacer. La diferencia me sacude como un golpe seco al pecho.

"Pero al final del día Karin me ha besado."

Y esa frase... esa sola frase parece como una luz que se cuela entre los escombros.

Cierro el diario unos segundos. Apoyo la frente contra las manos. Él tuvo eso. Un momento. Un beso. Algo que lo mantuvo atado a la vida, aunque fuera por un instante.

Me obligo a seguir leyendo, porque ya no es solo por mí. Es por él. Por entender qué fue lo que lo construyó. Qué lo rompió. Qué quedó después.

Paso el dedo por el borde de la página, la caligrafía temblorosa pero decidida. Y luego leo, casi en un murmullo, como si al alzar demasiado la voz se rompiera la intimidad del recuerdo:

"Ella me gustaba un poco.
Y bueno... yo no sé cómo es eso de las relaciones.
Y odio no saber cosas tan básicas.
Pero da igual. Porque la sigo besando."

Respiro hondo, y sigo. Las palabras se tornan suaves.

"Sus labios sabían a miedo. A esperanza. A algo que no entendía. Tenía el pelo como una ola oscura cayéndole por los hombros, y cuando sonreía, me daban ganas de creer que todo esto podría terminar bien.
Me besó con los ojos entrecerrados, como si no le importara lo roto que estaba.
Y por un momento, tampoco me importó."

Cierro los ojos.

Es como si pudiera verlo: ese chico, mi padre, apenas mayor que yo cuando lo perdí...siendo solo un crío que no sabía amar, pero que intentaba hacerlo de todos modos. Porque hasta en la guerra más sucia, uno puede desear un poco de belleza.

Él lo hizo.
Yo también.
Y eso nos conecta más de lo que creí posible.

El papel está un poco más arrugado, como si lo hubiese escrito deprisa, apoyado sobre algo inestable. La letra de mi padre sigue igual, firme pero con esos pequeños detalles que delatan que era joven.

"Llevo dos meses sin escribir.
Porque bueno... es lo que tiene estar enamorado."

Sonrío. Es inevitable.

"Karin duerme conmigo la mayoría de las noches. No hacemos nada más que abrazarnos, pero es suficiente. A veces habla dormida, y otras veces solo respira muy despacio. Yo no duermo. Me quedo escuchándola. Me hace sentir en casa, aunque estemos escondidos en una cabaña que no es nuestra."

Me detengo. Apoyo la espalda contra la pared y dejo que el diario repose un segundo sobre mis piernas. Me pesa. Pero no de manera dolorosa. Sino... como un recuerdo que no era mío, pero que ahora tampoco puedo soltar.

"Supongo que no sabía lo solo que estaba hasta que dejó de estarlo. No sabía que necesitaba alguien que me recordara que no soy solo un arma. Y ella lo hace, sin esfuerzo, solo mirándome."

Paso la página.

Me tiembla un poco la mandíbula al leer lo siguiente.

"No he pasado por aquí en cuatro meses. Y hoy paso solo para decir que he perdido no solo a mi primera novia, sino también a mi mejor amiga.

Karin ha muerto. Y no puedo dejar de escribirlo porque me suena a mentira.
A una pesadilla mal tejida.

La he perdido entre mis manos. Sentí cómo su pecho dejaba de moverse.
Cómo sus ojos dejaron de verme. Y grité, grité tan fuerte que me partí la garganta.
Pero no vino nadie.
No llegó ayuda.
Solo silencio.
Solo yo.
Con su sangre entre mis dedos."

Aprieto los labios. Siento algo subiendo desde el pecho. Es como una rabia contenida, una pena húmeda y viva que se enrosca en la boca del estómago.

"Odio a papá.
Odio a los lobos.
Odio a los cazadores.
Odio este mundo donde nadie está a salvo"

"Odio que me hayan enseñado a matar antes que a amar.
Odio que no me enseñaran cómo sostener la mano de alguien que se muere."

"Hoy no quiero pelear.
Hoy solo quiero dormir.
Y que no me despierte nunca."

Cierro el diario un momento.
Me tapo los ojos con la mano.
Es demasiado.

Me duele el alma por alguien que ya no está.

"Nos hemos mudado a Ashvale, una ciudad del norte de Montana.
Rodeada de bosques y nieve. Aire limpio. Frío seco. Silencio incómodo."

"Según todos, es por una alianza. Una base compartida entre grupos... no sé. Aliados, gente con ideales extraños y uniformes más oscuros que sus pasados. Hay chicos y chicas mayores que yo aquí. Algunos parecen soldados. Otros, armas humanas".

"Y este sitio... es como un templo enorme. Pero no de esos que dan paz.
Este da respeto.
Todos van con uniformes negros de combate, con insignias que aún no reconozco.
Marchan, entrenan, obedecen.
Como si la fe se midiera en metros recorridos y disparos acertados."

Y tengo la mala suerte (porque sé que lo es) de que mi compañera asignada es una chica.
Talía. Talía al Ghul."

"Y no es amable. Ni paciente.
Tiene los ojos como cuchillas y las palabras como dagas.
No me ha dirigido más de tres frases desde que llegué.
Y aún así...todos la respetan.
La siguen. La temen"

Me detengo, mirando la hoja, y pienso en lo irónico que es todo.
Cómo los nombres que ahora nos rodean también están en nuestras vidas.
Tanto misterio... tanto dolor.
Y una sombra tras otra.

Respiro hondo. Y paso la página.

"Los entrenamientos aquí son una tortura disfrazada de rutina."

"Amanecemos antes que el sol. No hay piedad para el sueño. Corremos durante horas. Bajo la nieve, bajo la lluvia, bajo el peso de nuestras propias dudas.
Las botas se hunden en el barro."

"Las manos sangran contra la cuerda.
Y si te caes, te gritan.
Y si lloras, te aíslan.
Y si te cansas... bueno, más te vale no demostrarlo."

"Talía no se cansa.
O al menos, nunca lo deja ver.
Cuando yo me arrodillo para tomar aire, ella ya está veinte pasos adelante. Me mira como si yo fuera una piedra en su camino."

"Hoy uno de los chicos se desmayó en la pista de obstáculos. Lo dejaron tirado en el suelo como si fuera parte del decorado. 'Aprenderá' dijo uno de los instructores.
Pero no estoy seguro de qué."

Me cuesta leer sin apretar los dientes. Mi padre tenía 17... 18 quizás... y ya estaba inmerso en ese mundo brutal.

Yo me quejaba del instituto. De los horarios. Y él vivía bajo reglas que dolían.
Reales. Sangrientas.

No era entrenamiento.
Era selección.
Una maquinaria para pulir armas humanas.

"Hoy he hecho un amigo. Finn.
Es divertido y creo que también odia todo esto."

Nos sentaron juntos en la práctica de estrategia.
Me hizo un comentario sobre la cara de piedra del instructor y no pude aguantarme la risa.
Nos castigaron por hablar, pero valió la pena.

"Me dijo que si algún día escapamos, él tiene un plan: robar una moto y conducir hasta donde no haya más mapas.
Le he dicho que suena estúpido.
Y luego le he dicho que me apunto."

Me froto los ojos mientras paso la página.
No puedo evitar imaginarme a ese papá , un chico con los nudillos pelados y el corazón aún entero, sonriendo a medias por alguien que por fin le hablaba sin gritarle órdenes.
Un plan de huida.
Una moto.
Un intento de normalidad.
Un amigo

Me pregunto qué fue de Finn.

"Llevo una semana sin escribir.
Pero es que he estado muy ocupado memorizando mapas y rutas. Finn también me mantiene entretenido y quiero recordar lo que dijo esta mañana:

'Este mundo es una mierda, pero si alguien pero si con alguien quiero pelear para que otros vivan en paz... prefiero que sea alguien como tú.'

No supe qué decirle.
Creo que se me quedó una sonrisa estúpida en la cara todo el día."

Apoyo el diario sobre mis rodillas.
Me siento pequeño al lado de esas palabras.
No por lo que dicen, sino por lo que esconden.

Me imagino a papa, el mismo que acabaría siendo mi padre, con una mochila a la espalda y una brújula entre los dedos, escuchando eso y sintiendo... algo.
Esperanza, tal vez.
Una chispa de humanidad.

Y me duele pensar que, tal vez, Finn no sobrevivió.

"Hoy he discutido con Talía. ¿Quién se cree que es?
Se ha chocado conmigo de frente porque, según ella, 'estaba distraído'.
No. Lo que pasa es que estaba enfadada, seguramente porque no le salió el entrenamiento como quería.
Y como siempre, tiene que pagar su rabia con alguien más.

Cuando le dije que no era mi culpa, me soltó un 'no todos somos perfectos como tú, Wayne' con esa voz de sarcasmo que tiene.
Y sí, vale, quizás soy bueno memorizando rutas, pero eso no me hace perfecto.
Solo me esfuerzo. Eso es todo."

Paso la página con más cuidado esta vez.
Puedo imaginar la escena, casi escuchar sus voces.

Papa y mama
Pequeños soldados.
Chocando, peleando, midiéndose.

"Hoy hemos aprendido a conducir. No fue tan complicado como pensé.
Finn lo pilló al vuelo, como todo. Yo tuve que controlar el impulso de acelerar más de la cuenta.

"Talía... bueno, Talía condujo como si la carretera le debiera algo. Derrapó en una curva y casi se lleva un poste de luz.
No dijo nada después.
Pero la vi sonreír mientras todos se quejaban del polvo."

"Supongo que fue divertido.
Por un momento, no parecía un entrenamiento.
Por un momento, pareció vida."

Yo también recuerdo la primera vez que conduje.
La diferencia es que yo tenía a alguien al lado enseñándome.
Él no.
Él tenía órdenes, un circuito cerrado, y un objetivo.

Me pregunto si alguna vez sintió lo que era irse de paseo sin que eso implicara vigilancia, mapa o riesgo.
Solo... conducir.

Leer sobre mi madre desde el punto de vista de mi padre es raro.

Mamá siempre ha sido mamá. Fuerte. Orgullosa. Fría por fuera, cálida por dentro si sabías cómo mirarla. Bueno a mí nunca me miro como un enemigo.
La mujer que me enseñó a leer con paciencia, que me tocaba la frente cuando estaba enfermo, que me decía que no llorara...pero se quedaba a mi lado en silencio cuando lo hacía.

Y en estas páginas, Talía es otra cosa.

Una soldado.
Una competidora.
Una compañera de entrenamientos.
Una rival.
Un nombre entre líneas marcadas de estrategia.

Y me cuesta entenderlo.
Porque yo crecí creyendo que mamá amaba a mi padre.
De esa forma que las historias antiguas hablan. Amor imposible, amor peligroso, amor indestructible. Que fueron un flechazo

Pero aquí, en sus palabras, no hay romanticismo. Hay respeto. Y rabia. Y quizás algo más escondido entre sus silencios... pero no es el amor que yo pensaba.

Paso la página.

"Hoy he entrenado con un rifle de francotirador. La mira era demasiado sensible, pero papá dice que la precisión empieza en la respiración. Cierra un ojo, respira, dispara.

Me cuesta al principio. No porque falle, sino porque mi cabeza va demasiado rápido. Pienso en todo. En lo que puede pasar si fallo. En lo que va a pasar si no fallo.

Pero luego siento cómo mi mente se ajusta. Como si algo dentro de mí empezara a agudizarse. Papá lo llama enfoque. Yo creo que es otra cosa. Es como abrir una puerta dentro de ti que antes estaba cerrada."

Mi estómago se retuerce un poco. Conozco esa sensación.
La tuve la primera vez que tuve que mentir para salvar a alguien.
Cuando haces algo que sabes que ya no tiene vuelta atrás... y aún así sigues.

"Después entrenamos con cuchillos. Talía es buena, pero también cruel. Dice que no me sirve de nada tener miedo. Que si quiero sobrevivir, tengo que aprender a usar mi mente como un arma."

"Empezamos a resolver mapas tácticos. Son como acertijos. Y me gustan. Me gusta cómo mi cerebro empieza a unir puntos donde antes no los había. Es como si pudiera ver patrones que los demás no ven."

"Creo que algo en mí se está abriendo. Algo que ya no se va a cerrar."

Cierro un momento los ojos.

"Algo que ya no se va a cerrar..."

Yo también lo he sentido.
Cuando empecé a sospechar. Cuando descubrí que mi padre no era el hombre que todos creían. Cuando dejé de dormir bien por las noches.

Mi padre fue entrenado para ver el mundo como un campo de batalla.
Yo no sé si quiero ver así...
Pero estoy empezando a entender por qué él no podía dejar de mirar.

Paso la siguiente página. La tinta parece más apretada, como si su pulso estuviera acelerado al escribir.

"Hoy Talía me ha salvado.

Estábamos en el módulo de escalada. El muro más alto. Había niebla, hacía frío, y el sudor hacía que las manos se me resbalaran. Mi cuerpo decía que podía seguir. Pero mis brazos...

Mis brazos ya no respondían.

Y entonces resbalé.

Sentí el vacío, ese segundo sin suelo, sin control. El corazón subido en la garganta.

Pero su mano me atrapó.

Talía.

Me sujetó con una fuerza que no esperaba. Sus ojos, siempre tan afilados, estaban serios. Concentrados. Casi... humanos.

No dijo nada hasta que volvimos a tierra firme. Entonces me miró de reojo y murmuró:

De nada, heredero."

No sé qué quiso decir con eso. Pero tampoco le pregunté."

Me quedo en silencio, con la vista fija en esa frase. "heredero".

Me rasco la nuca, incómodo.
Este diario no es solo un montón de misiones y entrenamiento.
Es una historia de alguien aprendiendo a ser humano...
En medio de un mundo que te pide ser todo lo contrario.

Paso a la siguiente página. La letra de mi padre es rara...Como si hubiera dudado de si escribir esto.

"No entendí lo que Talía quiso decir con heredero hasta dos días después.

Fue en la sala de estrategias. Uno de esos espacios donde se hablaba bajo, como si los secretos pesaran demasiado para ser lanzados al aire.

Había mapas en las paredes, líneas de movimiento, marcas rojas, nombres codificados.

Finn estaba ahí. Y también los mayores. Observaban, hablaban de mí como si yo no estuviera.

-Él es el siguiente-dijo

Yo no entendía.

-¿Estratega?

Tu padre antes que tú lo fue-dijo Talía, que apareció desde la sombra como siempre-Y te toca seguir su camino.

Me miraron como si tuviera que saberlo ya. Como si fuera lógico. Y supe en ese instante lo que significaba.
No podía fallar.
No podía permitirme dudas.
Todos esperaban que fuera el mejor.

Todos esperaban que supiera guiar.

Y si no lo hacía, si no me convertía en eso... entonces ¿para qué había vivido todo esto?"

Siento cómo se me seca la garganta.

Cierro el diario solo por unos segundos.

Necesito respirar.

Damián

Estoy dormido entre los brazos de Jon. Hoy han bajado las temperaturas y se nota. Hace frío, pero no me quejo. Él me abraza como si pudiera protegerme incluso del viento mismo.

Hasta que todo se desmorona en un segundo.

Un crujido seco.
Un zumbido agudo.
No sé bien qué, pero algo se rompe en el silencio de la noche.

Jon se incorpora de golpe.
Sus músculos se tensan.
Lo mismo ocurre con Nate y Conrad, que estaban más lejos. Sol también. Sus ojos cambian, sus oídos captan algo que los míos no.

-¿Qué pasa?-murmuro entre dientes, aún entre la niebla del sueño.

No me responden.

En un parpadeo, las ropas se les desgarran. Las espaldas se curvan. Las garras aparecen. El instinto lobo toma el control.

Yo me obligo a salir del letargo. Me levanto, me calzo las botas, cojo mis dagas. Los demás se han puesto en pie también. Pamed ya está maldiciendo entre dientes y Caleb se ajusta la chaqueta sin dejar de mirar hacia la salida.

El frío me golpea con la violencia de un puñetazo al salir por la puerta.

Tirito.
Pero avanzo.

Los lobos ya están en la oscuridad, deslizándose entre árboles. Nosotros vamos detrás, como cazadores silenciosos.

La niebla se espesa entre los árboles. El frío muerde más fuerte a medida que nos adentramos. La luna, apenas visible, lanza destellos entre las ramas como si advirtiera lo que está por venir.

Los lobos van al frente, sus cuerpos tensos, siluetas veloces entre la maleza. Jon, Conrad y Nate se adelantan, con Sol corriendo cerca, su voz traduciendo gruñidos bajos. No hablan, pero yo los entiendo. Alerta. Caza.

Un rugido.

Una figura enorme salta desde un tronco. Nate se abalanza contra ella, un impacto brutal de garras y colmillos. Ambos ruedan por el suelo. Otro lobo -negro, desconocido- sale de la sombra y va directo hacia Sol. Pero Caleb le lanza una navaja que se clava en sus costillas. No es letal, pero lo detiene.

Todo se desata en segundos.

Jon embiste a un segundo lobo, más grande, pelaje grisáceo. Chocan con una violencia que me hace detenerme. Pero entonces lo siento. Una presencia a mis espaldas. Me giro.

No es un lobo.
Es un hombre.
Y viene directo hacia mí.

Lleva una lanza con punta de plata y sus ojos, aunque humanos, están teñidos por algo salvaje. Su aliento forma nubes densas. Da un paso, luego otro.

-No eres uno de ellos-gruñe. Tiene una voz rasgada, como si hubiese sido devorada por el odio.

-Y tú tampoco pareces muy civilizado-respondo.

Ataca primero. El filo roza mi mejilla cuando me aparto por milímetros. Lanzo una daga, corta su abrigo. Él se gira y me lanza un puñetazo directo al estómago. Retrocedo un paso, otro. El frío se mezcla con la adrenalina. Y entonces respiro hondo, fijo los pies, y lo espero.

Viene otra vez.

Esta vez lo esquivo. Paso por su costado y clavo una de mis dagas en su hombro. Grita. Me agarra del brazo y me lanza contra un árbol. Me duelen las costillas. El metal de la lanza brilla en la penumbra. Casi me la clava en el pecho, pero ruedo justo a tiempo.

-¿Te manda Alesha?

Y ataca de nuevo.
Pero esta vez, yo no fallo.

Me acerco, me cuelo por su defensa, le golpeo en la mandíbula con el mango de la daga. Cae de rodillas. Lo derribo. Me subo sobre él, le presiono el pecho con la rodilla.

-¿sí o no?

No responde. Me mira. Escupe sangre. Y sonríe.

-Ya están viniendo más...

El suelo tiembla.

A lo lejos, escucho el aullido. Fuerte. Aterrador.

Confirmado. Alesha.

A movió ficha.

¿Cree que estamos débiles?

Quizás. Quizás piensa que tanto polvo, tanta memoria rota, nos ha reventado la cabeza. Que nos ablandamos entre carpetas llenas de nombres muertos y olor a papel húmedo. Que el frío nos duerme. Que la culpa y el asco nos desgastan.

Y en parte, sí. Mentalmente estamos... desfilando por el borde.
Pamed apenas duerme. Caleb ya no bromea tanto. Yo... yo ya no sé qué es peor, si leer o imaginar.

Pero estamos comiendo. Bebiendo. Nos hemos curado como hemos podido. No estamos en nuestro apogeo.
Pero tampoco somos un puto cadáver.

No nos vamos a morir aquí.

Y si Alesha lo quiere comprobar por sí misma...

Entonces que venga.
Pero que no se queje si le devolvemos el golpe con los colmillos llenos de rabia y las garras apuntando a su garganta.

Los escuché antes de verlos.

Le doy un fuerte puñetazo al hombre y lo dejo inconsciente.

Pisadas.
No el ritmo de un escuadrón entrenado. No el paso pulido que marcaría un verdadero equipo de combate.

-¡Escondeos!-gritó alguien. Dom creo. La voz venía de la ladera, justo detrás del sendero viejo.

Me deslicé tras una roca cubierta de musgo. El aire olía a sudor, metal y algo más... miedo.

Los vi aparecer entre los árboles: al menos diez. Uniformes iguales. Chalecos antibalas. Cascos bien sujetos. Armas limpias.
Pero el caos era evidente. Uno apuntaba sin saber a qué. Otro miraba por encima del hombro como si esperara que su madre lo viniera a buscar.

Sin coordinación.

-Ahora-susurré.

Un gruñido como un trueno cortó el bosque.

Jon saltó desde una rama caída. Su lobo negro-más grande que cualquiera de los otros-cayó sobre uno de los enemigos como un martillo vivo. El grito fue breve. Sangre en la nieve.

Nate y Conrad salieron desde la izquierda. Uno mordió, el otro derribó. Las raíces del bosque se convirtieron en trampas; los cascos tropezaban, las ramas se enganchaban en los uniformes.

Yo corría. Daga en mano. Salté sobre una raíz, giré en seco detrás de un árbol ancho, y me lancé directo sobre el cuello de un tipo que apuntaba mal su rifle.

Y no tarde en de hundirle la rodilla en el estómago. Cayó de espaldas. Sol, mediohumana, corría entre nosotros como si también tuviera garras. Traducía rugidos al vuelo.

-¡Nate dice que hay tres más bajando desde el este!

-¡Que los entretenga! ¡Vamos por la retaguardia!-le respondí, justo antes de rodar por debajo de una rama caída.

Un disparo cruzó cerca de mi cabeza. Me tiré al suelo, rodé, lancé la daga. Un quejido. Alcancé al brazo de uno de ellos. No mortal. Pero eficaz.

Jon saltó otra vez. Estaba salvaje. Bello en su brutalidad. Su mandíbula se cerró sobre el pecho de otro atacante. El tio chilló. El lobo lo derribó sin piedad.

El suelo temblaba. Las botas ajenas no sabían hacia dónde correr.
Nosotros sí.

Algunos empezaron a huir.

Es normal.

Los lobos no solo muerden. Aterroriza verlos moverse como sombras con colmillos. No ayudan los gritos, ni los cuerpos de sus compañeros desangrándose sobre la nieve.

Uno de ellos tropezó con la raíz que yo había saltado antes. Gritó. Dejó el arma y corrió. Otro gritaba que no quería morir, y uno más intentaba trepar una ladera resbalosa con tanto éxito como un pez fuera del agua.

El bosque empezaba a oler a miedo.

Y entonces la escuché.

-¡AH, SUÉLTAME!

Pamed.

El grito me atraviesa el pecho.

Giro sobre mis talones, el aire me quema los pulmones cuando corro. Mis ojos la encuentran: está forcejeando con un tipo dos veces más grande que ella, con una expresión de furia que no le pertenece. Ella patea, lanza el brazo, muerde si hace falta.

Pero no es suficiente.

Levanto la daga.

La hoja ya conoce su camino.

La lanzo sin pensar, con el mismo pulso con el que me entrenaron desde que todo esto empezó. Corta el aire, silba como una advertencia, y en una fracción de segundo se incrusta en el cráneo del tipo.

Cae. Como una estatua quebrada.

Pamed retrocede, jadeando, sus ojos brillan entre el horror y el alivio. Se lleva una mano al brazo, le sangra un poco, pero está viva.

-¡Gracias!-me grita, mientras le ayudo a reincorporarse.

-¿Estás bien?

-¡Sí...Pero joder que susto

Tengo la mano helada mientras marco el número de mi hermano. Mis dedos tiemblan, no sé si por el frío, por la adrenalina, o por lo que voy a decirle. La línea suena una vez... dos... y entonces contesta.

-¿Damián?

Empiezo a explicarselo todo. El no me interrumpe.
Me escucha.
Y yo siento que algo me pesa dentro.

-Tenemos uno-respiro hondo

-¿Estás bien?

-Sí. Más o menos. Necesito saber si seguimos buscando más registros o si llevamos a este tío para interrogarlo.

Hay un silencio del otro lado. Y entonces, la voz de Tim, tranquila y firme, me atraviesa como una lanza de calor.

-Hazlo tú.

-¿Yo? Es que...

-Confío en ti, Damián. No porque seas mi hermano. Porque eres tú.

Cierro los ojos. Y durante unos segundos, me olvido del frío, de la sangre, del caos.

-Está bien...-murmuro-Lo haré.

-Y si algo sale mal-añade Tim- yo estaré ahí para arreglarlo contigo. Siempre.

Cuelgo. Me quedo con el eco de su voz en el oído, y con una certeza rara, de esas que se sienten en el pecho y no en la cabeza.

Me dejo caer en un tronco viejo cubierto de musgo, la luna apenas se filtra entre los árboles y mis oídos siguen zumbando con el eco de los gritos, los golpes, los jadeos. La batalla ya terminó. Pero no en mi cabeza.

Tengo que respirar

El tío que maté... No lo pensé demasiado. Fue instinto, reflejo. Estaba encima de Pamed, y la daga ya volaba antes de que pudiera pensarlo dos veces.

Respira....

No dudé.

Respira...

No sé quién era.
No sé si tenía familia.
Si alguien, en algún sitio, ahora se está preguntando por qué no ha vuelto a casa. Si tenía hermanos. Si tenía un perro que lo espera en la puerta. Si era un cabrón o solo alguien atrapado en algo más grande que él.

Respira.
Joder, respira.

Quiero a mi hermano aquí.
Quiero escuchar su voz diciendo que todo está bien, que tomé la decisión correcta. Que no estoy solo en esto.

Respiro más hondo esta vez, pero siento que me ahogo igual.

Yo no suelo ser inseguro. Nunca lo he sido, en realidad. Soy Damián Wayne. Noe suelo asustar fácil, no me gusta tener miedo. Ni ser inseguro.

Y aun así...

¿Y si la cago?

¿Y si una sola decisión hace que todo se venga abajo?

No sé si es el cansancio. Si es este bosque maldito, si es la maldita verdad a medias que todos guardan como si fueran joyas rotas.

O si simplemente es que todo lo que llevamos detrás... pesa.
Y sé que un solo error podría hacernos retroceder, o peor, empujarnos al fondo de un pozo del que ya no se sale.

Me tapo la cara con las manos y apoyo los codos en las rodillas.

Respiro.

Una, otra, y otra vez.

-Debería dejárselo a Dom o Caled...-murmuro para mí mismo, mirando al suelo con el ceño fruncido.

El viento mueve las hojas, pero yo apenas lo noto. Estoy hundido en mis propios pensamientos cuando escucho pasos acercándose por detrás. Suaves, firmes. Sé que es él antes de levantar la mirada. Jon.

Lleva ropa limpia, seguramente sacada de una de las mochilas de repuesto. Se arrodilla frente a mí, sin decir nada al principio, solo rodea mis manos con las suyas. Están calientes. Firmes. Y por un momento todo lo que tiembla en mí se apacigua.

-Le he contado a Tim... lo que pasó-digo en voz baja, apenas audible-Y me ha dicho que lo haga yo, que lo interrogué. Pero no sé si puedo.

Jon me escucha sin interrumpirme, con esa forma suya de observar sin presión, como si cada palabra que digo tuviera un valor real.

-Lo harás bien-dice al fin, apretando un poco mis manos-Yo confío en ti.

Lo miro a los ojos. Ese azul que parece tan distinto al de los demás, tan tranquilo. Tan lleno de confianza. ¿Cómo puede estar tan seguro?

-No dudes de tus capacidades solo porque has visto las de otra persona-añade, con la voz firme, como si fuera una verdad que yo solo necesitara oírla.

Trago saliva, sintiendo cómo algo dentro de mí se recoloca. Me enderezo un poco.

-¿Y si lo estropeo?

-No lo harás-Me acaricia los nudillos con los pulgares.

Jon no necesita más palabras. Lo miro. Él me sostiene la mirada que parece un refugio.

Me inclino.
Y lo beso.

Despacio al principio, como si buscara confirmar que también lo necesita. Pero cuando siento su respuesta, cuando sus labios se ajustan a los míos con esa mezcla de calma y urgencia, lo hago mío por unos segundos.

Mis manos se apoyan en su cuello, en su nuca, como si tuviera miedo de que se alejara. Como si solo así pudiera detener el ruido del mundo.

Él también me sujeta, sin prisa, con seguridad.

Es un beso lleno de todo lo que no me atrevo a decir: el miedo, la presión, la necesidad, el cansancio... pero también la fuerza. Esa que él me da sin decirlo.

Cuando nos separamos, solo un poco, dejo mi frente apoyada contra la suya.

-Gracias-susurro.

Él sonríe.

-Siempre.

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