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Problemático [Kakucho x Izana]

18

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Kakucho anoche estuvo dándole vueltas a la cabeza. Izana era Izana y por suerte una parte de él se había acostumbrado a él. Aque fuera asfixiante y al mismo tiempo alguien que te cuida, eso lo hacía sentir más seguro de si mismo.

Como su cuerpo reaccionaba automáticamente cuando el omega desplegaba su olor, marcandolo de una manera posesiva, sus caricias seguidas de mordidas que daban a entender que tenía dueño, como le susurraba cosas que le erizaban la piel

No va a mentir que se enorgullece cuando el omega lo halaga, como cuando jugo en el equipo de la universidad de la semana pasada.

Eres el mejor

¿A quien no le animaría esas palabras?

Esas pequeñas cosas hacían olvidar que el omega que tenía delante era realmente una fiera indomable, con afilados colmillos y afiladas garras. Manteniendo todo controlado y manipulado a su gusto.

Izana a veces lo miraba con la inocencia de alguien que nunca había recibido cariño. Un día, por costumbre, antes de irse al instituto le dio un beso en la mejilla y eso pareció algo nuevo para él.

Como su alfa brincaba y se revolvía en su interior al ver al omega preparándole la cena, cuando se tira varias horas estudiando o hacia alguna tarea del hogar.

Kakucho-No sabía que sabías cocinar.

Izana-¿Por qué te sorprende tanto?

Kakucho-Oh...es que es...Nunca te he visto en todos estos meses.

Izana-En el centro de menores creaban omegas de casa

Kakucho-Oh...

Se imagina el reformatorio como algo parecido a una cárcel, solo con lo que describe Izana no es difícil. Y se supone que esos sitios están por ayudar.

Se alegra de que Izana por lo menos respete sus estudios...Incluso antes de vacaciones lo ayudó en un proyecto importante y que le quitaba horas y horas de su vida.

Izana-¡Mataré a tu maldito maestro!-El alfa soltó una risita-¡Hablo enserio!

Kakucho-Bueno, en caso de que hables en serio no lo hagas hasta que me apruebe.

Izana-¡Es que a dado muy poco tiempo para que hagáis este proyecto de mierda!

Kakucho-Sí...-Suspira.

También para su suerte no a visto más....cosas traumativas que le causen pesadillas. Sí, ha asistido a algunas reuniones en sitios que literalmente pensaba que serían como callejones y quizás eran en el bar de lo Haitani. Sintio el calor golpearlo como una hola cuando Izana lo hizo sentarse primero y luego el omega encima.

a.

Esa situación fue algo vergonzosa, pero trato de no centrarse en eso, así que saco su móvil y se centró en el. Viendo algunas redes sociales, algún juego mientras intentaba evitar lo que se decía.

Nahoya y Ran en algún momento discutieron, como un matrimonio de 57 años. Y así también empezo el aborto y el escucho conversaciones sueltas.

Rindou-¿Y tú cuando te vas a casar conmigo?

Souta-¿A qué viene eso ahora?

Rindou-Quiero una respuesta más intuitiva.

Souta-Nunca.

Rindou-Un día me harás llorar.

Koko-Los odio a todos-Dijo mientras negaba y se pasaba la mano por la cara.

Inupi-Gracias.

Koko-No a tí no.

Inupi-Has dicho todos

Koko-Todos menos tú.

Inupi-Me extraña que después de tantos años no tengas la paciencia suficiente para aguantar los.

Sanzu-Voy a salir a fumar.

Shinichiro-Te compaño.

Ran-¡Deberíamos ir y pegarles un tiro!

Nahoya-Claro, lo mejor es enemistar nos con ellos.

Ran-¿Desde cuándo eres un cobarde?

Nahoya-¡Te voy a dar un puñetazo!

Ran-Espero que con tu boca.

Koko-Quizas debería irme a una isla paradisiaca.

Inupi-Eso sería aburrido.

Kakucho pensaba en si era malo o bueno seguir con el. Pero no es capaz de dejarlo, quizás una parte de él se haya enamorado, la parte estúpida llamada corazón. Quizás sea miedo...

Kakucho se sentía nervioso ¿Y si no le gusta su sorpresa? La verdad es que una parte de él quería hacer las cosas bien. No por miedo, si no porque Izana fue su primera relación sería de tantos meses.

A escuchado que en las relaciones puede haber choques, hasta que la pareja se moldee. No duda de que su relación con el albino tardará en ajustarse, Izana tiene una vida muy distinta a la suya.

Él sí ha podido disfrutar de muchas cosas que Izana nunca tuvo. Ha conocido una infancia relativamente tranquila, ha tenido amigos, ha podido ir al colegio sin preocuparse cada día por sobrevivir y ha tenido adultos que, de una forma u otra, han estado ahí para él.

Izana, en cambio, creció entre abandono, violencia y soledad. Aprendió demasiado pronto que depender de alguien era peligroso y que, si quería seguir adelante, solo podía confiar en sí mismo.

Kakucho pasó su adolescencia intentando ayudar a los demás, esforzándose por hacer lo correcto y buscando un futuro mejor.

Izana pasó la suya luchando contra el resentimiento, cargando con el peso del pasado y convenciéndose de que el mundo entero estaba en su contra.

Kakucho aprendió a creer en las personas.

Izana aprendió a desconfiar de ellas.

Kakucho tuvo la oportunidad de imaginar un mañana.

Izana apenas podía pensar más allá del siguiente día.

Son dos vidas completamente distintas. Aunque ambos sufrieron, el tipo de heridas que arrastran y la forma en que crecieron no tienen nada que ver.


Izana-¿Dónde vamos?-Dijo mirándolo con una sonrisa

Kakucho-Bueno, vamos a cuatro meses y he decidido llevarte a un sitio especial.

Izana-Pense que solo se celebraba el primero.

Kucho-Cada uno celebra los meses que le da la gana.

Izana-¿Vamos a tardar en llegar?

Kakucho-Un povo

Izana-Pues llamó a Marcelo y que venga a recogernos...

Kakucho-¡No, no tenemos que hacer el recorrido! ¡Es lo gracioso de llegar al sitio donde quiero ir!

Izana se sorprendió ante esa respuesta. Su lobo menea la cola feliz, se sentía tambien esas sensación es de cosquilleo en su estómago.

Kakucho-Venga vamos-Dijo agarrando su mano-o perderemos el bus

La primera parada fue en una pastelería al entrar unos gustosos olores le hicieron ir directamente a la vitrina, donde podías ver unos pasteles y bollos, con una pinta que harían salivar a cualquiera. Al pedir buscan una mesa al final del local.

Izana-Toma...-Kakucho aparta la mirada de la ventana y mira una cajita de color blanco y negro-Yo también tenía pensado celebrar los cuatro meses.

Kakucho-Gracias-Dice con una sonrisa.

Al abrir la caja puede ver un collar de oro con una fina cadena y colgando tiene un pequeño búho.

Izana-Souta dicen que traen suerte.

Kakucho-¿Suerte?

Izana-Sí. Algo de que simbolizan la sabiduría, protección y la prosperidad.

Kakucho-Gracias-Dice inclinándose para unir sus labios-¿Me ayudas a abrocharse?

Mientras desayunan hablan un poco de todo. Está semana Izana a tenido que estar más fuera que dentro, y aunque se han mensajeando un montón no es lo mismo.

Al seguir con su recorrido tiene que coger el metro los deja bastante alejados del centro.

Izana-¿¡Pero donde me llevas!?-Dice cuando entran al siguiente autobús.

Kakucho-¿Alguna vez aprenderás que es la paciencia?

Izana-Ya tuve suficientemente paciencia en mi adolescencia.

La siguiente parada fue en un mirador al que se accedía en unas pequeñas cabinas que ascendían lentamente por la ladera de la montaña.

A medida que ganaban altura, el paisaje se abría ante ellos. Abajo quedaban los caminos serpenteantes entre los árboles, mientras un inmenso manto de bosque se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El verde cambiaba de tonalidad según la luz del sol, mezclándose con manchas de roca gris y pequeños claros donde brillaban diminutos lagos como si fueran espejos.

A lo lejos, las montañas se alzaban unas detrás de otras, difuminándose en tonos azulados conforme la distancia las envolvía. Algunas de sus cimas aún conservaban restos de nieve, que resplandecían bajo el sol del mediodía. El cielo estaba completamente despejado, de un azul intenso, y una suave brisa hacía balancear ligeramente la cabina mientras seguía ascendiendo.

Desde aquella altura, incluso el murmullo de la ciudad desaparecía. Solo quedaba el sonido del viento y el lento avanzar del teleférico.

Kakucho apartó la vista del paisaje para observar a Izana.

El omega contemplaba el horizonte con una expresión relajada que pocas veces mostraba. Sus ojos recorrían cada rincón de las montañas, los bosques y el valle que se extendía bajo ellos, como si quisiera grabar aquella imagen en su memoria.

Verlo así, disfrutando de algo tan sencillo como unas vistas, hizo que una sonrisa discreta apareciera en el rostro de Kakucho.

Durante días había estado dándole vueltas a aquel viaje, preguntándose si sería suficiente, si realmente conseguiría que Izana desconectara aunque solo fuera un poco.

Al verlo apoyado en el cristal de la cabina, completamente absorto en el paisaje, comprendió que había tomado la decisión correcta.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió un pequeño orgullo por haber elegido regalarle un día en el que simplemente pudiera dejar de ser el que manda.

Izana-Woooo.

Kakucho-Sí...Solía venir aquí con mi padre.

Izana-¡Es un lugar genial! ¡Tomémonos una foto!-Dijo sacando su móvil y pidiéndole a un hombre que les sacase una foto

Izana-Ahora tengo curiosidad de cual será la siguiente parada.

Kakucho-Paciencia.

Después fue un acuario.

Las salas se sucedían unas tras otras, cada una más impresionante que la anterior. En una, enormes medusas flotaban con movimientos lentos y elegantes, iluminadas por una tenue luz azul que hacía parecer que brillaban desde su interior. En otra, pequeños caballitos de mar se aferraban a las algas mientras diminutos peces tropicales teñían el agua de amarillo, naranja y azul.

Más adelante aparecieron los tiburones. Nadaban con una tranquilidad inquietante, cruzándose sobre sus cabezas mientras decenas de visitantes observaban en silencio.

Kakucho-Realmente no me gusta este tipo de sitios.

Izana-¿Y por qué me traes?

Kakucho-Porque se que ahí que verlo por lo menos una vez en la vida. Pero los animales smerecen tener libertad, sobre todo algo tan grande como un tiburón o una ballena.

Finalmente llegaron al gran túnel submarino.

El cristal los envolvía por completo. A ambos lados y sobre ellos se extendía un océano artificial de un azul profundo donde enormes mantarrayas planeaban como si volaran. A lo lejos pasaba una gigantesca ballena, moviendo lentamente la cola con una elegancia imposible, mientras un grupo de delfines atravesaba el agua a toda velocidad antes de desaparecer entre las sombras.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Solo caminaron despacio, contemplando aquel paisaje imposible.

Izana levantó ligeramente la cabeza para seguir con la mirada a la ballena que acababa de pasar sobre ellos.

-Es...enorme...-murmuró casi para sí mismo.

Kakucho no respondió.

Tenía razón.

Esos animales deberían estar libres.

Izana-Un día podríamos hacer submarinismo con tiburones

Kakucho-Ni de coña.

Izana-Seguro que mola.

Kakucho-Me dará un infarto.

Se quedaron inmóviles frente a frente mientras, sobre sus cabezas, los delfines cruzaban el túnel en perfecta sincronía.

Izana dio un pequeño paso hacia él.

Izana-Gracias por traerme.

Kakucho-De nada.

Silencio.

Izana-¿Me vas a besar o no?

Kamucho-¿Y por qué tengo que besarte yo?-Dice y apoya una mano con delicadeza en su mejilla.

Izana no respondió con palabras. Simplemente toma la parte delantera de su camiseta y tira de él hasta unir sus labios con una fuerza que dejó claro que la paciencia se había agotado.

El beso comenzó con hambre, sin preámbulos. La boca de Izana se abrió sobre la suya, demandante, y su lengua entró sin pedir permiso, saboreando, reclamando. Sus manos no se quedaron quietas: una se enredó en el cabello del otro, tirando con la suficiente fuerza para exponerle el cuello, mientras la otra deslizaba por su espalda hasta agarrarle por la cintura y pegar sus cuerpos sin dejar espacio ni para el aire.

Kamucho rezo porque nadie entrará en ese momento.

Alrededor de ellos, el agua proyectaba destellos azulados sobre sus rostros, pero ninguno de los dos prestaba atención a las siluetas marinas. La temperatura había subido demasiado; la piel les quemaba donde se tocaban, incluso a través de la ropa.

Cuando Izana finalmente permitió que ambos tomaran aire, fue solo para morderle el labio inferior y arrastrar su boca por la mandíbula, el cuello, el punto exacto donde el pulso latía desbocado. Su mano se deslizó por debajo de la camiseta, encontrando piel caliente y musculatura tensa.

Izana-Me gustas mucho-murmuró Izana contra su piel, la voz ronca, irreconocible.

Izana se pegó más, hasta que sus caderas quedaron perfectamente alineadas. Entonces empujó, una fricción deliberada y lenta, sintiendo la respuesta inmediata del otro contra su muslo. El aroma del omega lanzado comenzaba a saturar el aire-No era dulce, pero sí embriagador.

Kakucho gruñó bajo, casi involuntariamente, sintiendo cómo sus instintos respondían a ese llamado. Sus manos se cerraron con más fuerza en las caderas de Izana.

-Vamos al baño-murmuró Izana contra su oído, la voz baja y empujó de nuevo, más fuerte esta vez, dejando claro exactamente qué tenía en mente. Su propio cuerpo ardía.

Sin esperar respuesta, tomó la muñeca de Kakucho y tiró de él entre las sombras del pasillo. Caminaron rápido, demasiado rápido, zigzagueando entre familias distraídas y niños señalando tiburones. Izana iba delante, con la espalda recta y el paso firme, aunque Kakucho podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que su mano libre se cerraba en puño.

Las feromonas se intensificaban con cada paso. Un guardia de seguridad los miró de reojo, frunciendo el ceño como si detectara algo extraño en el aire.

Que no nos pille. Rezo Kakucho internamente.

Llegaron al baño de hombres en la zona de servicios. La puerta de metal chirrió al abrirse. Dentro, dos urinarios ocupados y una fila de tres cubículos. El del medio tenía la puerta entreabierta; el primero mostraba zapatillas de deporte visibles bajo la puerta.

Izana no dudó. Se dirigió directo al último, el más alejado de la entrada, el más oscuro. Empujó la puerta con el hombro y entró arrastrando a Kakucho consigo. El pestillo giró con un chasquido seco que resonó en el espacio reducido.

El cubículo era estrecho, apenas espacio para dos cuerpos. La luz fluorescente parpadeaba sobre sus rostros. Izana giró de inmediato, empujando a Kakucho contra la pared de azulejos fríos y subiéndose a horcajadas sobre sus caderas en un movimiento fluido, desesperado.

-No puedo esperar más-jadeó, agarrando el cabello del alfa con ambas manos y reclamando su boca con una voracidad que rozaba el dolor.

Kakucho respondió con un gruñido profundo, sus manos bajando para sujetarle por debajo de los muslos, levantándolo contra la pared. El olor del omega inundó el pequeño espacio, concentrado, irresistible. Sus colmillos picaron, ansiando reclamar, poseer.

-Dime que sí-exigió Kakucho contra su cuello, la voz tan grave que vibraba en el pecho de Izana.

-Sí-suspiró el omega, arqueándose contra él, ofreciendo su garganta sin reservas-Por favor, ahora.

Kakucho sintió el momento exacto en que sus instintos tomaron el control.

Los colmillos pulsaban contra sus encías, largos y afilados, exigiendo sumirse en la piel ofrecida de Izana. Estaba a punto de hacerlo, a punto de marcarlo permanentemente como suyo ante cualquiera que tuviera olfato para enterarse, cuando una claridad repentina atravesó la niebla de su deseo.

No. No así. No con violencia, no con dolor innecesario. No son el amor necesarios.

Contuvo el impulso con una fuerza de voluntad que le hizo temblar los músculos. En cambio, acercó la boca al cuello de Izana y dejó que los colmillos rozaran la piel tensa, apenas presionando, trazando líneas de advertencia sin romper la superficie. Besos de posesión, promesas silenciosas, una marca temporal que decía espera, pronto, mío sin la sangre que sellaría el vínculo para siempre.

Izana se estremeció contra él, un jadeo ahogado escapándose entre sus labios. El sonido fue directo a la ingle de Kakucho, endureciéndole aún más si eso era posible.

-Por favor-suspiró Izana, ofreciéndose-No me hagas esperar.

Kakucho inhaló profundo y el aroma lo golpeó con fuerza. Dulce, almizclado, absolutamente delicioso. El olor de la excitación de Izana, concentrado en ese espacio reducido, mezclándose con el de su propio celo. Era un perfume que despertaba algo primitivo, una satisfacción de macho que hacía que su pecho se hinchara de orgullo.

Él había causado esto.

Él había reducido a ese omega orgulloso e indomable a este estado de necesidad desesperada.

El sonido de las cremallera bajando pareció ensordecedor en el silencio del baño. Izana siguió su ejemplo, dedos temblorosos trabajando en su propia ropa, levantándose lo justo para liberarse. Y después volvió a cogerlo entre sus brazos.

Cuando Kakucho se guió hacia la entrada de Izana, encontró la resistencia mínima, casi nula. Y entonces entró, lento al principio, y la humedad que lo recibió le robó el aliento.

-Dios-gruñó contra su hombro, conteniendo el impulso de embestir con fuerza.

Izana estaba empapado, preparado, su cuerpo abriéndose para él con una facilidad que hablaba de cuánto lo deseaba, cuánto tiempo llevaba esperando esto. La sensación de aquel calor envolviéndolo, succionándolo hacia dentro, hizo que Kakucho cerrara los ojos un segundo, concentrándose en no terminar antes de empezar.

Izana mordió su propio labio, conteniendo un gemido. Sus uñas se clavaron en los hombros de Kakucho, instándole a moverse.

Kakucho comenzó a embestir, movimientos controlados, profundos, intentando mantener el silencio que el lugar exigía. Cada vez que entraba completamente, sentía cómo Izana se estremecía, cómo sus músculos internos lo apretaban en ondas rítmicas. El placer era casi insoportable, una presión creciente en la base de su columna.

Fuera, escucharon pasos. Alguien entró al baño, se detuvo frente a un urinario. El sonido del chorro de orina contra la porcelana pareció interminable.

Kakucho se congeló, enterrado hasta la base dentro de Izana, ambos conteniendo la respiración. El omega apretó su mandíbula contra el hombro del alfa, su cuerpo vibrando con la necesidad de moverse, de sentir la fricción que lo llevaría al borde.

El desconocido tarareaba algo, distraído. Kakucho esperó, cada segundo una tortura divina, sintiendo los latidos de Izana alrededor de su miembro, la humedad constante, el calor sofocante.

Finalmente, el hombre se lavó las manos-el agua corriendo durante eternidades-y salió. La puerta del baño se cerró con un chasquido.

Izana soltó el aire que había estado conteniendo, un sonido entrecortado que era mitad alivio, mitad frustración.

-Joder....-susurró, moviendo sus caderas en círculos, provocando-Por favor, Kakucho, necesito...

El alfa no necesitó más incentivo. Retomó el ritmo, más rápido ahora, embistiendo con fuerza, intentando que la carne de sus cuerpos golpeando fuera el único sonido que producían. Izana se mordía el puño, los ojos cerrados, las mejillas sonrojadas, completamente perdido en la sensación.

Kakucho observaba cada reacción, embriagado por su capacidad de desarmar a este omega tan poderoso, de reducirlo a gemidos y súplicas silenciosas. Se sentía invencible, dominante, protector y poseedor al mismo tiempo.

Cuando el orgasmo de Izana llegó, fue con una contracción violenta que casi expulsó a Kakucho. El omega se arqueó, la cabeza cayendo hacia atrás contra la pared de azulejos, un gemido largo y ahogado saliendo de su garganta mientras su cuerpo se estremecía en espasmos incontrolables.

Kakucho lo siguió segundos después, enterrándose profundo y soltando su propio placer con un gruñido reprimido contra el cuello de Izana, marcando con sus colmillos una vez más, pero sin romper, sin herir, solo poseyendo temporalmente mientras su semilla llenaba al omega.

Permanecieron así, jadeantes, sudorosos, pegados en el pequeño cubículo del acuario, mientras afuera la vida continuaba indiferente, y los peces seguían nadando en sus tanques de cristal.

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