Problemático [Kakucho x Izana]
19
Kakucho tenía una pequeña fantasía. No era nada especialmente extravagante, no tenía que ver con esposas, juegos extraños ni nada parecido.
Era mucho más simple.
Quería pasar una noche con Izana en un hotel muy concreto.
Desde pequeño había escuchado la misma historia una y otra vez. Según decía su abuela, sus bisabuelos habían celebrado allí su luna de miel. Sus abuelos también habían pasado una noche en ese mismo hotel después de casarse. Incluso sus padres, antes de que todo se torciera, habían mantenido la tradición.
Era una costumbre familiar sin ninguna explicación lógica. Y, por algún motivo que ni él mismo entendía, quería continuarla.
Le parecía una tontería.
Una superstición absurda.
Era una fantasía sorprendentemente sencilla. No soñaba con una habitación llena de lujos ni con grandes gestos románticos. Solo quería compartir aquel pequeño ritual familiar con la persona que quería.
-I-izana-Dijo mientras le daba la vuelta al pescado.
-Mmmm
-Me gustaría llevarte a un sitio hoy.
-Vale, pero antes tengo una reunión ¿Las seis está bien?
-Sí, sí...Tranquilo.
Cuando Izana se detuvo frente al hotel, alzó ligeramente la cabeza para contemplarlo.
Era un edificio antiguo, de aquellos que parecían haberse quedado detenidos en otra época.
La fachada de piedra, desgastada por el paso de los años, conservaba un tono marfil apagado. Las ventanas eran altas y estrechas, con marcos de madera oscura cuidadosamente restaurados. Sobre la entrada sobresalía un pequeño tejado de cobre envejecido, cubierto por esa pátina verdosa que solo aparecía después de décadas soportando la lluvia.
Un viejo letrero de hierro forjado, con letras doradas ya algo deslucidas, colgaba sobre la puerta principal.
Las escaleras de piedra estaban ligeramente hundidas en el centro, señal de las miles de personas que habían pasado por allí antes que ellos. A ambos lados de la entrada crecían dos rosales perfectamente cuidados que trepaban por la fachada, dándole un aire elegante sin perder ese encanto antiguo.
No era un hotel moderno.
Ni pretendía serlo.
Parecía uno de esos lugares que sobrevivían al paso del tiempo porque las personas seguían regresando generación tras generación.
Al cruzar las puertas de cristal, el ambiente apenas cambió.
El suelo estaba cubierto por un mosaico de mármol desgastado, el mostrador de recepción era de madera maciza y detrás colgaban decenas de llaves de latón en lugar de tarjetas electrónicas. Una enorme lámpara de araña iluminaba el vestíbulo con una luz cálida, mientras antiguos cuadros y fotografías en blanco y negro decoraban las paredes, contando silenciosamente la historia de un edificio que llevaba más de un siglo viendo entrar y salir parejas.
No era el hotel más lujoso de la ciudad.
Era un lugar que parecía guardar los recuerdos de todas las personas que había pasado por allí.
-¿Por qué?-Pregunto curioso
-¿E-eh?
-Si-Dijo invadiendo su espacio personal-¿Por qué aquí?
-B-bueno es un lugar especial para mi-El silencio se hizo unos segundos
-¿Eso significa que también soy especial para ti?
-Sí...-Dijo totalmente avergonzado
-¡Entonces entremos!
Los dos caminaron hasta la recepción. El vestíbulo olía a madera antigua y a flores recién cortadas. Tras el mostrador, una mujer de edad avanzada les dedicó una sonrisa amable.
-Buenas tardes. Tenemos una reserva a nombre de Kakucho Hitto.
La recepcionista comprobó el libro de reservas durante unos segundos antes de asentir.
-Habitación 3-A. Espero que disfruten de su estancia.
Le entregó una llave de latón con un pequeño llavero de madera.
Kakucho le dio las gracias y ambos se dirigieron hacia la escalera. El edificio era tan antiguo que el suelo de madera crujía bajo sus pasos y las paredes estaban decoradas con fotografías en blanco y negro de parejas que habían pasado por allí décadas atrás.
Izana permaneció en silencio durante todo el trayecto. Se limitaba a seguir al alfa, observándolo de vez en cuando sin decir una sola palabra. Cuando llegaron a la tercera planta, Kakucho encontró la puerta con la placa de bronce donde podía leerse 3-A.
Introdujo la llave en la cerradura.
El viejo mecanismo giró con un chasquido metálico y empujó la puerta lentamente. Antes siquiera de que pudiera dar dos pasos hacia el interior, sintió unas manos apoyarse sobre su pecho.
Izana lo empujó con suavidad dentro de la habitación.
Kakucho retrocedió un par de pasos, sorprendido, mientras el omega cerraba la puerta a su espalda con un golpe seco.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Solo se escuchaba el leve tic-tac de un antiguo reloj apoyado sobre una cómoda y el murmullo lejano de la ciudad que entraba por la ventana entreabierta.
Kakucho observó a Izana con una mezcla de sorpresa y diversión.
-¿Y eso?
El omega apoyó la espalda contra la puerta, cruzó los brazos y dejó escapar una pequeña sonrisa.
Los muebles de madera oscura, el papel pintado de flores ya descoloridas y la gran cama con cabecero tallado.
-Que quería ver la cara que ponías al entrar.
-Ah...¿Era lo que esperabas?
-No. ¿Has estado aquí con otra persona?
-No.
-¿Seguro?
-Seguro-El albino salta sobre él, enroscando sus brazos alrededor de sus hombros y las piernas en torno a su cintura baja-¡Oye! ¡Joder que sus...-Unen sus labios en un beso asfixiante, robándose el aliento mutuamente, lengua contra lengua en una batalla por el control. Las manos de Kakucho viajan instintivas hacia el trasero del omega, afianzando el agarre.
Cuando caen sobre la cama, el impacto es brusco pero ninguno se separa. Izana lleva sus manos hacia la parte superior de la ropa de Kakucho, deshaciéndose de ella con tirones desesperados. Kakucho hace lo mismo, y la ropa cae por toda la habitación haciendo ruidos sordos: una camisa contra la lámpara, los pantalones arrastrados por el borde del colchón, la ropa interior perdida en algún rincón que ya no importa.
El alfa los hace rodar sobre el colchón, quedando él encima. Sus mejillas se tiñen de un color carmín intenso cuando el omega forma una sonrisa perezosa en sus labios, desafiándolo sin palabras. Kakucho se centra en lo suyo, mete su cara en el hueco del cuello de Izana y aspira profundo, saboreando el aroma embriagador del omega en celo.
Izana tuerce un poco más el cuello, mostrándose sumiso, vulnerable, nada como suele ser normalmente. Escucha un ronroneo grave salir del pecho del alfa, un sonido animal de satisfacción que hace que su propio pecho arda. Porque Kakucho se ha vuelto el remanso que necesita en la tempestad, el lugar donde puede relajarse cuando tiene un mal día, donde puede bajar la guardia sin que le cueste la cabeza.
Kakucho se ha vuelto el desvelo de sus fantasías más oscuras. El alfa puede ser solo suyo, y no le importa aquel que tenga que eliminar de su camino. Quiere ser quien lo agote de cansancio, el que despierte sus más profundos deseos, con quien los sacia hasta dejarlo sin fuerzas.
Siente su piel rozar con la del omega, la cual es suave como seda quemada. Su mente se nubla cuanto más aspira el aroma de ese cuerpo mientras siente cómo las manos del albino acarician su espalda, subiendo, llegando a sus mejillas, haciendo que sus miradas choquen como si de dos rayos se tratasen.
Una sonrisa se forma en los labios de Izana y tira suavemente hasta que sus frentes se juntan. Es un beso cariñoso al principio, sus labios se mueven lentamente, explorándose con ternura fingida. Hasta que la lengua del omega pide permiso para entrar en la boca ajena, y una vez dentro, ya no hay delicadeza: es voracidad pura, succión, mordiscos.
Las piernas del omega se enroscan con más fuerza en su cintura, apretando, enviándole un mensaje claro: ahora, aquí, no esperes más.
Kakucho agarra su miembro, hinchado y dolorido, y guía la punta hasta la entrada del omega. Siente cómo la húmeda cavidad lo engulle sin resistencia, caliente, apretada, perfecta. Se comienza a mover con suaves embestidas, probando el ritmo, haciendo que los gemidos salgan desde lo más profundo de su garganta. Los olores se vuelven intensos, al igual que la temperatura sube en la habitación. La pelvis del alfa acelera sus movimientos, golpeando con fuerza, y los brazos de Izana se aferran a su cuello, gimiendo gustoso contra su hombro, mordiendo la piel para contener los gritos.
Kakucho gime cuando el interior de Izana se contrae de repente, apretando su miembro en espasmos que anuncian el final cercano. Los gemidos van en aumento, desesperados, desordenados. Mentiría si dijera que no se siente bien hacer que aquel omega que normalmente se burla de él se vea así: deshecho, roto, suyo. Siente cómo ambos llegan al clímax simultáneamente, derramándose al mismo tiempo en un sonoro gemido conjunto, juntando sus labios en un beso sloppy y desordenado mientras sus cuerpos se estremecen.
-Sabes...-suspira Kakucho contra sus labios, todavía jadeando-Así no te ves tan peligroso.
-¿Tú crees?-dice Izana, y Kakucho siente el agarre de sus piernas apretarse de nuevo alrededor de su cintura, sintiendo que su alma deja su cuerpo por segunda vez.
-Izana...
El agarre se afloja y Kakucho se deja caer sobre el albino, exhausto. Izana estira su mano, acariciando sus cabellos azabaches con una ternza que contradice la brutalidad de momentos antes.
Otra cosa que ha aprendido hoy: Izana es mortal en cualquier lado.
🪻
Durante los dos siguientes días, es Izana quien domina la situación por completo. Enseña a Kakucho exactamente cómo le gusta, demostrándole que se puede hacer en demasiados sitios y posturas, dejándolo sin aliento y sin cordura.
-Pe-pero aquí...-tartamudea Kakucho, mirando hacia la terraza con pánico.
Todo pensamiento de preocupación desaparece cuando el omega coloca sus piernas a ambos lados de sus muslos, agarrando su miembro ya duro de nuevo y dejándose caer sobre este con una lentitud torturante. Se apoya con las manos sobre sus hombros y comienza a subir y bajar, cabalgando con una fluidez que hace que la vista de Kakucho se nuble.
-¿Decías algo?-Jadea Izana sonriente, sin detener sus movimientos ni un segundo.
El alfa niega con la cabeza, derrotado, y lleva sus manos a la cintura del contrario para ayudarle a mantener el ritmo. Bueno, pensará más tarde, hacerlo en la terraza tampoco está tan mal.
🍁
A la hora de comer, el omega quiere jugar un poco. Asique se levanta de su asiento y se sienta encima de la mesa, apartando los platos con cuidado de no tirar la comida. Kakucho lo mira extrañado, pero cuando el albino coge un poco de chocolate derretido con su dedo y traza un camino pegajoso por su propio estómago, bajando hasta el ombligo y más allá, lo entiende perfectamente.
Él es la comida.
Kakucho se acerca, hambriento, y comienza a lamer el chocolate de su piel, siguiendo el rastro con la lengua, mordiendo suavemente, haciendo que Izana se retuerza sobre la madera de la mesa.
🪻
El cuarto de baño tampoco suena mal. La espalda de Izana está pegada contra las losetas frías de la pared, mientras sus piernas están enroscadas en la cintura del alfa, aferrándose de igual manera en sus hombros. Kakucho aprieta sus muslos con las manos, ayudándolo a subir y bajar sobre su miembro, encontrando un ritmo que les nubla la mente a ambos.
Pero cuando están al borde, cuando el placer es casi insoportable, Izana alcanza la ducha y abre el agua fría de golpe.
-¡Izana!-grita Kakucho, deteniéndose por el shock térmico.
-¿Un poco de agua fría te va a impedir seguir?-pregunta el omega con inocencia fingida.
-No entiendo por qué eres así.
Kakucho siente sus mejillas arder de vergüenza y excitación mezcladas, y vuelve a mover sus caderas con furia renovada. No, el agua no lo va a detener. Nada lo detendría ahora.
🪻
Cuando sus ojos se abren, es de madrugada. Pero cuando sus sentidos llegan, tira de sus manos y se da cuenta de que están atadas al cabecero de la cama con corbatas. Una cabellera albina sale del baño, desnuda, relajada, peligrosa.
-Hola-dice Izana.
-¿Hola?-replica Kakucho, tirando de las ataduras-¿Por qué estoy atado?
-Para que no te puedas mover-
responde Izana, encogiéndose de hombros.
-Eso ya lo sé. ¡Desátame!
-Mmm...qué mandón-ronronea el omega, acercándose a la cama-Pero sabes perfectamente que aquí quien manda soy yo.
Kakucho arde en vergüenza cuando el oji-morado se mete debajo de las sábanas y va en dirección a su miembro, ya erecto de nuevo, traicionando su excitación a pesar de la situación. Su cuerpo le pide tocar a su pareja, agarrarle, devolverle el control, pero las ataduras se lo impiden.
-Eres cruel-gime Kakucho, arqueándose cuando siente la boca caliente de Izana cerrándose alrededor de él.
-Lo sé-responde una voz ahogada desde bajo las sábanas. Y sigue trabajando.
La alarma de Kakucho corta el aire con un sonido estridente. Abre los ojos de golpe, desorientado, con el cuerpo todavía zumbando por las horas anteriores. La habitación del hotel está en penumbra, las cortinas apenas dejan pasar una luz grisácea. Se incorpora con pereza, frotándose la cara, y mira el reloj.
-Matame camión-murmura, tirando de las sábanas.
Para segunda hora llegaré.
Comienza a vestirse con movimientos torpes, recogiendo su ropa del suelo donde quedó abandonada. Pero detiene sus movimientos cuando siente el colchón moverse detrás de él. Izana se reincorpora perezosamente, el pelo despeinado en todas direcciones, las marcas de mordiscos todavía visibles en su cuello y hombros. Lo mira con los ojos entrecerrados, todavía adormilado, absolutamente desnudo y sin ninguna prisa por cubrirse.
-¿Qué pasa?-pregunta, la voz ronca por el sueño.
-Oh...lo siento-dice Kakucho, buscando sus zapatillas debajo de la cama-Tengo que ir a clase hoy. Tengo una exposición.
Izana se sienta en el filo del colchón, las piernas cruzadas, sin importarle su propia desnudez. Agarra una de las camisetas de Kakucho del cabecero y se la pone por encima de la cabeza. Es demasiado grande para él, los hombros le quedan caídos, el borde le llega casi a medio muslo. En el pecho pone: La vida comienza cada 5 minutos.
-¿Y te la sabes?-pregunta, levantándose para seguirlo hasta la puerta.
-¡Claro!-Kakucho se calza las zapatillas, comprobando que tiene las llaves, y el móvil en el bolsillo-Solo tengo que decir una parte, no toda. Es en grupos. Luego nos vemos en tu casa o...-dice, dejando la pregunta en el aire.
-Sí, sobre las cinco y media llegaré -dice Kakucho, inclinándose para darle un beso.
Es rápido. Un pico seco, casi fugaz, en los labios. Antes de que Izana pueda reaccionar, Kakucho ya está girando el pomo, saliendo al pasillo.
El omega frunce el ceño. Sale tras él, descalzo, en camiseta de dormir, absolutamente desnudo por debajo. El movimiento es tan repentino que Kakucho se sobresalta, dando un paso atrás.
-¿¡Pero qué haces!?-susurra con urgencia, mirando a ambos lados del pasillo.
-¿Qué ha sido eso?-pregunta Izana, cruzando los brazos de nuevo.
-¿El qué?
-¿Eso ha sido un beso?
En ese momento, se escucha una puerta abrirse más abajo en el pasillo. Pasos de alguien dirigiéndose hacia los ascensores. Una mujer de traje de negocios aparece en la esquina, mira hacia ellos, y sus ojos se abren ligeramente al ver la escena: un chico claramente sin pantalones, hablando con otro chico en la puerta de una habitación de hotel.
-¿Quieres entrar?-sisea Kakucho, sintiendo cómo el calor sube a sus mejillas-Este es un hotel respetable.
-¿Ha sido un beso?-insiste Izana, ignorando por completo la presencia de la mujer que ahora espera el ascensor, fingiendo no mirar pero mirando.
-Sí era un beso.
-Pues mira-dice Izana, bajando la voz, peligroso-si en adelante los besos van a ser así, no pienso volver a tu casa.
-¡Izana...no puedo besarte más, tengo los labios más desgastados que una carretera! ¡Y ahora entra!
Izana sonríe, lento, perverso.
-Si no vienes y me das un beso de verdad-dice, acariciando la tela de los que lleva puesta con una mano, mientras con la otra se agarra el borde de la camiseta, levantándola peligrosamente-te devuelvo tu ropa ahora mismo.
La mujer del ascensor tose disimuladamente.
Kakucho cierra los ojos, maldice en silencio, y cede.
Kakucho se mantuvo firme en su sitio, con los puños cerrados, intentando mantener una dignidad que se desmoronaba rápido. Izana cruzó los brazos sobre el pecho, la ropa de Kakucho.
La camiseta de dormir se tensó con el movimiento, subiendo peligrosamente por sus muslos.
La tensión se estiró entre ellos, un silencio cargado de electricidad.
Finalmente, Kakucho cedió.
Dio dos pasos hacia adelante, invadiendo el espacio personal del omega, hasta que sus cuerpos casi se rozaron. Luego agarró la nuca de Izana con una mano, los dedos enterrándose en su pelo, y lo besó como solían hacer estos dos días atrás: sin piedad, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido.
Fue un beso que robó el aliento, que reclamó, que devoró. Lengua contra lengua en una batalla sin vencedor, dientes que chocaron y mordieron, cuerpos que se pegaron hasta eliminar cualquier espacio entre ellos. Kakucho empujó a Izana contra el marco de la puerta, usando su peso para inmovilizarlo, besándolo con una ferocidad que hablaba de frustración, deseo y algo más profundo que ninguno quería nombrar.
Cuando se separaron, ambos jadeaban.
-¿Satisfecho?-gruñó Kakucho, la voz rota.
Izana sonrió, los ojos oscurecidos, y se dejó caer hacia atrás, dentro de la habitación.
-Por ahora-dijo, y cerró la puerta de una patada.
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