10
Jon
No sé cómo hemos acabado así.
Bueno…sí lo sé, pero aún así:
esta postura es ridícula, improbable, y debería ser físicamente imposible para cualquier ser humano normal.
Damian no es cualquiera, claro.
Estamos enredados entre sábanas y respiraciones rápidas, él medio sobre mí, yo medio bajo él, una pierna mía atrapada por su cadera, su rodilla apoyada en algún lugar que si la corteza cerebral sirviera para algo ahora mismo, sabría describir.
Pero no sirve.
Estoy demasiado ocupado intentando no derretirme.
-Damián-murmuro ahogado, medio riéndome, medio rogándole que siga-¿siempre has sido así de flexible?
Él detiene el movimiento justo un segundo, esa pausa lenta que me enciende más que cualquier toque, y gira el rostro hacia mí con esa expresión suya esa mezcla de arrogancia natural y calma peligrosa.
Su respiración me roza la boca antes de hablar.
-Es entrenamiento-dice, como si fuera obvio, como si no me estuviera doblando como si yo fuera una cinta de seda y él un maldito artista marcial de un templo perdido.
Yo suelto un bufido suave, pegando mi frente a la suya, riendo sin poder evitarlo.
-Entrenamiento-repito, fingiendo indignación-Claro. ¿En qué clase enseñan esto? ¿“Ataques acrobáticos para príncipes problemáticos”? ¿“Flexibilidad para humillar a tu esposo”?
Su mano aprieta mi cintura en advertencia, suave pero firme, y casi pierdo la respiración.
-No te burles-susurra contra mi cuello, voz grave, peligrosamente tranquila-Te gusta.
Lo dice como un hecho.
Y tiene razón, por supuesto.
Me gusta demasiado.
-No es mi culpa-respondo, tirando de él hacia mí-Eres… imposible.
Él se mueve apenas, y mi corazón da un salto tan fuerte que siento como si mi alma hubiese olvidado cómo existir dentro de mi cuerpo.
-Y tú hablas demasiado-
murmura.
-Solo cuando estoy siendo doblado como si fuera una rama-protesto, y él ríe, esa risa suave que suena a invierno derritiéndose, a algo mío.
Siento su nariz rozar mi mejilla, su aliento tan cerca que me tiembla la espalda.
Y entonces vuelve a moverse
—lento, profundo, cuidadoso—
y mis pensamientos se disuelven, mis quejas también, y solo queda esa sensación de que el mundo se reduce a nosotros dos y al latido que compartimos atrapados en esta cama estrecha, en esta habitación que ya no sé si es mía o suya o simplemente nuestra.
Damian
Es un sonido seco.
Un golpe suave contra el cristal.
Abro los ojos y siento el peso tibio de Jon rodeándome, su brazo atrapado en mi cintura, su respiración cálida en mi nuca.
Si fuera otra persona, ya tendría una daga en la garganta por invadir tanto espacio.
Pero es él.
Y lo permito.
El golpe vuelve.
Una sombra negra se recorta contra la ventana empapada de niebla.
El cuervo.
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
Separo a Jon—con más brusquedad de la necesaria— y él gruñe, medio dormido, quejándose como si yo fuera una almohada que se ha escapado.
Camino rápido hacia la ventana, la abro, y el ave entra sin dudarlo, batiendo las alas y posándose en el escritorio.
Con algo en el pico.
Un pedazo de tela.
Empapado.
Oscuro.
Y cuando la luz de la vela lo toca…Sangre, y un símbolo bordado.
Sol dorado.
El corazón me golpea el pecho como si quisiera huir.
Mis dedos aprietan la tela, y siento que el suelo bajo mis pies se vuelve más frío que todo este reino junto.
-¿Tim?-mi voz sale baja, tensa, casi un gruñido.
El cuervo grazna.
Fuerte.
Urgente.
Y sé lo que significa.
Sangre.
Peligro.
Mi casa política.
La familia de Jon.
Tim.
Detrás de mí, la cama cruje.
Jon se incorpora, despeinado, con esa expresión confusa de recién despertado, ojos aún suaves… pero cuando ve mi cara, la suavidad desaparece.
-Damian ¿qué pasa?
No puedo mentirle.
Nunca he sido capaz, aunque muchas veces lo intenté. Aprieto la tela ensangrentada. Siento mi respiración acelerarse.
El instinto asesino, estratégico, frío…despierta.
La noche se vuelve filo en mi garganta.
-Mierda-susurro.
-¿Que pasa?
Jon ya está de pie.
Sin camisa.
El frío no parece tocarlo, pero sus manos tiemblan igual que las mías.
-Han atacado Solarys
-¿¡Qué!? ¿¡Quién está herido!?-pregunta. Su voz se quiebra al final-¿¡Mi familia!? ¿Conner? ¿mamá? ¿pap!?
El cuervo golpea el escritorio con su pico, como impaciente.
Yo guardo la tela en mi mano.
Miro a Jon.
Mi esposo.
Mi problema.
Mi hogar, en contra de toda lógica.
-Tenemos que movernos-digo.
Mi voz ya es la del príncipe de Noctaris, no del amante en una cama caliente.
La vela titila.
Una señal de mal presagio, dirían los ancianos.
El mundo acaba de girar.
Y esta vez, no de forma amable.
Todo sucede tan rápido y, aun así, cada segundo se siente como un golpe seco sobre piedra.
Me visto con la frialdad automática que enseñan los años: camisa negra ajustada, cuero reforzado en el pecho, brazales de obsidiana, botas de viaje, capa oscura que cae como una sombra viva detrás de mí. El broche en forma de lobo muerde la tela con sus colmillos de plata.
Jon, entretanto, lucha con sus propias manos.
No por falta de habilidad—él podría vestirse en pleno vuelo si quisiera—sino por lo que le pasa bajo la piel. La ansiedad le crispa los dedos, la mandíbula, el alma.
Lo observo de reojo mientras termino de ajustar mis dagas: su respiración corta, el temblor leve que intenta ocultar, la forma en que aprieta los dientes como si temiera desmoronarse.
Un príncipe del sol iluminado por la angustia es una visión terrible y preciosa a la vez.
-Respira-le digo sin girarme-Estás aquí. Conmigo.
Él asiente, aunque le tiemblan los labios. Por un instante, casi extiende la mano hacia mí, como un niño perdido buscando ancla… pero se detiene. Se traga el gesto como quien se traga su propio miedo para no avergonzarlo.
Soy cruel a veces, pero el mundo lo ha sido más.
No lo dejo ahogarse en su mente.
Le rozo la muñeca, un segundo, apenas un toque. Como una promesa silenciosa.
Luego salimos.
El pasillo de piedra helada parece eterno. Antorchas encendidas iluminan los muros grabados con lobos y lunas crecientes.
La historia de mis antepasados observa.
Juzga.
Apremia.
Jon camina detrás de mí, como una sombra hecha de luz en un lugar donde no debería brillar.
Su respiración vuelve a acelerarse.
Sé lo que imagina.
Sangre de su padre.
Soldados caídos.
Conner bajo escombros.
Su mente es cruel consigo mismo.
La mía también, pero yo aprendí a encadenar mis monstruos.
Jon no.
No todavía.
Golpeo la puerta del dormitorio real y entro sin anunciarme.
No es desobediencia.
Es urgencia. Mi madre abre los ojos de inmediato, como si no hubiese dormido nunca. Y mi padre igual.
Sombra sobre instinto.
-Solaris-digo, mostrando la tela ensangrentada.
Los Wayne no pierden el aliento en exclamaciones inútiles.
Mi madre se levanta y empieza a vestirse como si se envolviera en acero. Manos ágiles, precisas.
Una reina que nunca necesitó corona para ser temida. Mi padre ajusta su cinturón, su capa, su espada. Su presencia llena la habitación como si fuese un muro de piedra viva.
-¿Confirmación?-pregunta él, sin emoción.
-Un cuervo. Tim lo envió con un pañuelo manchado de sangre…
Silencio.
Los cuervos de Tim vuelan donde otros mueren.
Mi madre asiente.
Mi padre también.
-Moviliza a los Obsidianos-dice Bruce.
No necesito más.
Salgo.
Ordeno.
Las sombras se despiertan.
El castillo se alza como un ejército vivo Guardias surgen de puertas, armaduras negras tintinean, las lanzas brillan.
Cada soldado es un filo, cada respiración. Dos cientos guerreros se alinean como dientes de lobo.
El suelo tiembla bajo los cascos cuando preparan los caballos.
Las monturas negras bufan, golpean el suelo, ansiosas de correr, de morder, de destruir.
Jon se queda quieto en el centro de la vorágine, como si el mundo se moviese demasiado rápido para él y él estuviese a punto de partirse bajo tanto ruido, tanto presagio.
Pongo mi mano en su espalda un segundo.
Un toque firme.
Terrenal.
-Mira el presente, no el desastre que imaginas-le digo.
Mi voz es dura.
Fría.
Llega donde su miedo vive.
Su respiración se estabiliza, lenta, como si agarrase mis palabras y se atara a ellas.
-No pierdas la cabeza antes de tiempo-añado.
Él asiente.
No por sumisión
Mis padres llegan listos.
Armadura oscura.
Capa larga.
Mi madre se acerca a mí—la pantera que engendró a un lobo—y toca mi rostro. Cálida apenas un segundo.
-Ni se te ocurra flaquear-ordena.
Mi padre me sujeta el hombro.
Fuerza contenida.
Salimos.
Atravesamos las puertas principales. El aire helado golpea.
La luna grande arriba observa como juez eterno.
Subo a mi caballo.
Bestia negra.
Furia bajo piel.
Jon monta el suyo, pero su cuerpo tiembla.
No de frío.
De terror silencioso.
Y aun así, mantiene la cabeza alta. Alguien en algún lugar está rezando a sus dioses para sobrevivir esto.
No saben que soy yo el que vendrá.
La guerra le ha tocado los pies al Sol.
Ha osado morder a Solaris.
Yo lo miro de reojo.
Y pienso, con una calma que solo los asesinos tienen bajo furia:
Que los culpables recen a sus dioses, porque nosotros no perdonamos.
Las puertas se cierran detrás.
Y avanzamos hacia la sangre.
Hacia respuesta.
Hacia la guerra que alguien decidió empezar.
Jon
Quiero dejar de pensar.
Quiero que el mundo deje de hacer ruido, de ser asfixiante, de doler.
Pero no puedo.
Estoy aquí y no estoy.
Mi cuerpo va montado en Galan que avanza junto a los guardias de Noctaris, cortando el aire frío con su respiración como humo. Mis manos sujetan las riendas, mis piernas se aferran al animal, mi espalda está recta.
Pero por dentro…
No estoy.
Es como si algo dentro de mi pecho se hubiera roto y ahora solo hubiese eco. Como si mi cabeza se hubiera quedado atrás, en Solaris, con cada piedra caída, con cada cuerpo que imagino tirado en las calles, con cada grito.
¿Dónde está mi cabeza?
¿Dónde estoy yo?
Miro al frente y solo veo neblina, árboles desnudos, sombras moviéndose entre los nuestros.
Siento que si pestañeo, voy a desaparecer, a desprenderme de mi cuerpo y quedarme flotando en algún lugar donde las cosas no duelan.
Quiero no pensar.
Pero mi mente corre.
Mi mente insiste.
¿Y si Conner está muerto? ¿Y mis padres? ¿Y si no queda nada cuando lleguemos?
No siento mis manos.
No siento mi pecho, solo una tensión como si algo me estuviera apretando desde dentro, rompiéndome las costillas desde el corazón hacia afuera.
No entiendo qué ha pasado.
No entiendo cómo puede haber cambiado todo tan rápido.
Hace un rato estaba en la cama de Damián, respirando su olor, sintiendo su cálida cintura, el calor de su cuerpo pegado al mío. Mi mundo era pequeño, seguro, tan absurdo y perfecto que casi me dio miedo.
Y ahora…Ahora cabalgo hacia el fin de algo. Tal vez hacia el fin de todo. Mis ojos arden pero no lloro.
No puedo llorar.
Mi cuerpo está demasiado rígido, demasiado lleno, demasiado vacío, todo al mismo tiempo.
Ni siquiera sé respirar bien.
El aire entra como a empujones, áspero, frío, como si mis pulmones fueran más pequeños o más grandes o estuvieran hechos de piedra.
Porque mi raza no es indestructible.
¿Dónde estoy?
¿Soy yo el que está aquí o soy solo una carcasa que se mueve porque no tiene permiso para detenerse?
El sol está muy lejos.
Y la noche parece eterna.
La voz de Damián retumba en mi memoria, dura, firme, clavándose en el caos de mi mente como una mano en mi nuca obligándome a quedarme en este mundo:
“Mira el presente.”
“No pierdas la cabeza antes de tiempo.”
Lo intento.
Juro que lo intento.
Pero ahora todo se siente borroso y lejano, como si alguien hubiese metido mi corazón bajo el agua y mis pensamientos fueran gritos apagados.
Damián
La entrada a Solaris es un susurro de miedo.
Las calles están inquietantemente limpias, demasiado silenciosas para ser un reino que nunca duerme. Las persianas cerradas, las puertas entornadas. Gente escondida detrás del cristal, ojos enormes observando, pero nadie se atreve a salir.
Ni un llanto.
Ni un grito.
Solo el sonido de los cascos golpeando el suelo como tambores fúnebres.
Solaris es luz, ruido, calor.
Pero hoy parece contener la respiración.
Y entonces, cuando la torre del castillo asoma…el silencio muere.
El humo.
Las torres partidas.
Los guardias caídos en las escaleras. El olor a sangre que golpea como una muralla.
Jon deja de ser un cuerpo montado en un caballo.
Se convierte en un rayo.
En un suspiro, en un parpadeo, sale disparado hacia el cielo, hacia el castillo, hacia la devastación..
-¡Jon!-lo llamo, pero él ya no está.
Mi corazón se quiebra con el sonido de mi voz. Agarro las riendas de su caballo, mis manos aprietan las riendas hasta que mis dedos duelen, hasta que mis nudillos se tornan blancos.
Detrás de mí escucho las órdenes de mi padre, la voz grave de mi madre, los soldados formándose, un ejército entrando a sangre y fuego para recuperar un hogar.
Pero yo no escucho nada más.
No me importa nada más.
Solo pienso en alcanzarlo.
En no dejarlo caer en medio de ese infierno solo. En no perderlo entre el humo y los cuerpos.
Escaleras arriba, saltando piedras y cadáveres, mi capa ondeando como una sombra afilada detrás de mí. Estoy respirando rápido.
Demasiado rápido.
Cada músculo preparado para pelear, para matar, para sangrar por lo que es mío. Avanzo.
Atravieso columnas caídas, cuerpos que ya no se mueven, una estatua rota.
Alzo la vista.
Ahí está.
Jon, en medio del cielo, suspendido, temblando, mirando hacia el corazón del castillo como si temiera lo que encontrará—como si ya supiera.
Y mi pecho duele, porque sé ese dolor.
Porque lo he visto.
He estado en él.
-Jon-susurro, aunque esta vez no es un llamado.
No hay nadie.
N
adie vivo que yo vea.
Solo silencio.
Ese silencio que se aferra al aire y lo vuelve pesado, que llena cada espacio donde antes había vida. El humo todavía sube, perezoso, hacia un cielo sin sol, y el viento trae un olor insoportable: carne, metal, piedra y miedo.
El silencio no es vacío. Es un lamento contenido.
Tarde.
Demasiado tarde.
Suelto las riendas de Galán; el caballo resopla nervioso, sus cascos hundiéndose en el polvo. Me bajo del mío, mis botas chocan con escombros que alguna vez fueron el mármol blanco del patio principal. Miro a mi alrededor: columnas rotas, trozos de armadura, banderas hechas jirones, cuerpos que ya no se mueven.
Miro a Jon.
Inmóvil.
Con la luz del sol muriendo detrás de él. Su figura recortada contra el cielo es hermosa y aterradora. Demasiado quieta para estar viva.
Demasiado viva para ser parte de los muertos.
-Jon, baja-le digo.
No se mueve.
Camino entre los restos, esquivando cuerpos que reconozco por la armadura solariana. Algunos son hombres que cenamos juntos. Otros, apenas adolescentes que creían que la guerra era una historia que contaban los viejos.
Salto sobre una viga.
Otra.
Quiero alcanzarlo.
Porque quizás no está ahí arriba.
Quizás está más lejos, atrapado en su propio dolor.
-¡Jon!-grito, esta vez con toda la fuerza de mis pulmones.
Mi voz se abre paso entre las ruinas, choca contra las paredes del castillo, y por fin él se mueve.
Su cabeza gira lentamente, los mechones negros pegados a su frente por el sudor y la ceniza.
Sus ojos…Dioses, sus ojos.
No hay fuego en ellos.
No hay rabia.
Solo un vacío húmedo, pesado, que se derrama en lágrimas.
Lágrimas gruesas que resbalan por sus mejillas. Por un instante, todo se detiene.
El viento.
El humo.
Incluso el miedo.
Abro los brazos, sin decir nada.
Solo eso. Porque no hay palabra que cure lo que está viendo, lo que siente. Y en un parpadeo, él desciende. No con la fuerza de un dios, sino con la torpeza de un hombre herido. Sus pies tocan el suelo y tambalea, apenas logra mantenerse en pie antes de que sus rodillas cedan.
Yo doy un paso hacia él, pero no tengo que hacerlo:bJon se lanza hacia mí. Se estrella contra mi pecho con un sollozo ahogado, con el cuerpo temblando. Sus manos se aferran a mi ropa como si el simple hecho de soltarme fuera a hacer que el mundo se rompa más de lo que ya está.
Su frente choca contra mi hombro. Siento su respiración entrecortada, el temblor de su pecho, el calor febril que desprende.
-Tengo mucho miedo-susurra.
Y me aprieta más fuerte, como si quisiera esconderse dentro de mí, desaparecer entre mis brazos.
Lo abrazo.
Lo envuelvo con fuerza, con desesperación.
Porque si lo suelto, temo que desaparezca.
Que el viento se lo lleve.
Que este infierno lo trague también.
-Ya lo sé-le murmuro al oído, con la voz más baja que tengo-Pero no estás solo.
Sus dedos se hunden en mi espalda, sus alas se cierran lentamente detrás de mí como un manto tembloroso. Y ahí, en medio de un reino en ruinas, entre fuego y piedra, entre lo que alguna vez fue grande y lo que ahora solo queda en cenizas, lo único que puedo hacer es cuidarlo.
Solo eso.
Cuidarlo.
Porque el miedo no se disuelve con palabras, pero sí puede soportarse entre dos.
Jon
Llevo dos días encerrado en una de las tiendas que montaron los soldados la primera noche.
No he salido, ni quiero hacerlo. Nadie me obliga.
Nadie me pregunta nada.
Los reyes de Noctaris están organizando la ayuda, enviando provisiones, atendiendo heridos, buscando supervivientes… y Damian…Damian se encarga de informarme de todo.
Dice que aún no han encontrado los cuerpos de mis padres, ni los de Conner y Tim. Y aunque trato de convencerme de que eso significa que podrían estar vivos, lo que me aterra es lo contrario: que no haya cuerpo porque ya no quede nada que enterrar.
Cuando llegamos al castillo, no escuché sus corazones.
Y mi mente…mi mente hizo lo que mejor sabe hacer: imaginar lo peor.
Desde entonces, duermo lo justo para no perder la razón y como lo necesario para no desmayarme.
Damian ha intentado traerme de vuelta a la realidad, pero no entiende que todo lo que era mi mundo se a oscurecido.
Solaris siempre fue un reino de luz. Cada amanecer hacía brillar las torres doradas, el aire olía a trigo, a pan recién hecho, a fuego templado por el sol. Y ahora todo parece como si alguien hubiese arrancado el corazón del cielo y lo hubiera dejado sangrar sobre las ruinas.
El brillo se ha ido.
Las risas también.
Solo queda un polvo denso, gris, que cubre hasta los recuerdos.
Camino entre los restos, veo rostros conocidos que ya no respiran. Ancianos, soldados, niños. Personas que me saludaban cada mañana en el mercado, que habían estado allí desde que tengo memoria.
Y yo, que nací con todo este poder, no pude salvar a ninguno.
No hice nada.
Solo miré.
Solo fallé.
Damian me dice que están diseccionando a las criaturas que atacaron, intentando entender qué eran. Al parecer no eran demonios, ni hombres, ni bestias comunes. Sus cuerpos están hechos de una mezcla imposible: magia negra y ADN alterado.
Criaturas sin alma, nacidas del odio de alguien que sabía demasiado.
A veces escucho a Damian hablar con los suyos fuera de la tienda.
Su voz es firme, pero en ella hay una nota de preocupación que intenta esconder. Y cada vez que entra y me ve en silencio, con la mirada perdida, finge normalidad, me deja comida, o simplemente se sienta a mi lado.
Sin decir nada. Porque sabe que, ahora mismo, no tengo palabras.
Solo un hueco enorme dentro del pecho donde antes latía algo.
Damián
Ojalá pudiera quedarme con él.
Abrazarlo.nArrullarlo como él necesita, como yo… también necesito a veces. Pero la realidad no me lo permite.
Desde que llegamos no he hecho más que organizar patrullas, supervisar el traslado de heridos, indicar dónde dejar medicinas, ayudar a los médicos, mantener los perímetros seguros.
He recorrido ruina por ruina buscando alguna pista, un rastro, una señal lo que sea. Y aún así, cada vez que tengo un segundo libre, mi cabeza vuelve a Jon en esa tienda.
Solo.
Callado.
Hundido.
Y aunque no lo admita en voz alta, dar cariño no es mi especialidad. No es algo que haya tenido demasiado en mi vida.
Ni demasiado a menudo.
Ni demasiado fácil.
Pero anoche no cenó.
Un soldado me dijo que ni siquiera tocó la bandeja que le llevaron. Así que esta vez, la cena la traigo yo.
Entro a la tienda con un cuenco de sopa caliente—de las ligeras, porque sé que no comerá mucho—y un postre sencillo: fruta dulce con miel. Algo fácil de digerir.
Algo que coma aunque no quiera.
Jon me mira desde la cama.
La manta le llega por los hombros. Parece más pequeño.
-Vas a cenar-digo mientras dejo las cosas sobre la mesa baja.
-No tengo…-murmura.
-No era una pregunta.
Levanta los ojos hacia mí, desesperado, casi suplicando.
-Damian…por favor…
Sé exactamente qué está pidiendo.
Que lo deje en paz.
Que no lo obligue.
Que lo deje desmoronarse en silencio.
Pero no puedo.
-Sabes que no me gusta repetirme -respondo, sentándome a su lado.
Suspira, hundiéndose más en las mantas.
-Eres cruel…-susurra, con esa voz rota que me perfora el pecho.
-Soy responsable de tu salud -replico, más suave de lo que esperaba.
Él baja la mirada.
Sé que no tiene fuerzas para discutir. Así que tomo el cuenco, lo acerco a sus manos, y añado:
-Come un poco. Solo un poco.
Por mí.
Y por primera vez desde que llegamos me mira como si ese “por mí” fuera algo importante.
Jon
La sopa huele a especias suaves, Damian se sienta a mi lado, no demasiado cerca, pero tampoco lejos.
Lo justo.
Lo suficiente para que su presencia me sostenga sin asfixiarme.
Tomo la cuchara con manos temblorosas. El primer sorbo me calienta la garganta, pero no el pecho. Ese sigue frío. Damian, mientras tanto, empieza a hablar. No como de costumbre.
No con frases cortas, ni con sus silencios cómodos, ni con esa expresión de no necesito explicar nada que lleva siempre.
Habla...De patrullas, de rutas, de informes.
Sigo comiendo.
O lo intento.
Él sigue hablando.
Una palabra detrás de otra, como si no quisiera dejar huecos donde mis pensamientos puedan colarse.
Y entonces lo interrumpo.
Ni siquiera lo pienso.
-Me gusta…-murmuro, dejando la cuchara en el cuenco.
Damian se calla de golpe.
-¿Qué?-pregunta, como si no hubiera entendido.
Trago saliva.
Mi voz sale baja.
Diminuta.
-Tú....Es decir…que hables.
Es…relajante.
Él parpadea, confundido, como si jamás hubiera esperado que eso pudiera salir de mi boca.
Damian no habla mucho.
Nunca lo ha hecho.
Su silencio a veces pesa, otras veces me tranquiliza.
Pero estos días…estos días lo llena todo con su voz. Damian baja la mirada un instante.
No sonríe, pero su expresión se suaviza.
-Me hace sentir que todavía estoy aquí.
Sus ojos se encuentran con los míos. Y en ellos no hay pena.
Ni compasión.
-Entonces seguiré hablando.
Y yo vuelvo a tomar la cuchara.
No porque tenga hambre.
Sino porque él me lo pidió.
Y porque su voz, de alguna manera, consigue que el mundo deje de temblar por un momento.
A la mañana siguiente Damian me arrastra hasta el baño como si supiera que, si me suelta, me voy a quedar quieto en medio del pasillo.
Sus dedos están cerrados alrededor de mi muñeca, no con fuerza sino con esa determinación que tiene cuando ha decidido algo. Y yo lo sigo.
Porque ahora mismo no sé hacer nada más.
El baño es uno de los pocos que sobrevivieron en la planta baja del palacio. Cuando abre la puerta, el vapor cálido se escapa como una bocanada de calma.
Las paredes de piedra están perladas de humedad, hay toallas limpias dobladas en un rincón y un brasero pequeño mantiene el aire tibio.
No parece un baño en un castillo destruido.
Destruido...
Mi hogar...
Damian suelta mi muñeca y se coloca frente a mí. No me pregunta nada. Sus manos van directamente a los botones de mi camisa.bLos deshace uno por uno, con movimientos ligeros, El ruido del metal chocando contra el otro botón parece amplificado en el silencio. Yo sigo inmóvil, dejando que la prenda resbale por mis brazos.
Mis hombros se quedan al descubierto y algo en mi estómago se encoge, pero no protesto. Damian baja la mirada sin apartarla de su tarea.
Desciende hasta mi cintura.
Deshace el lazo del pantalón y lo desliza hacia abajo, sosteniéndome del antebrazo para que no pierda el equilibrio.
Mis pies descalzos tocan el suelo frío y húmedo.
No queda nada que me cubra.
Y aún así, no siento el impulso de taparme.
-Entra.
Yo obedezco.
Subo al borde y despues me hundo en ella. Ni un sobresalto, ni un suspiro, mi mente está en otro lugar, como si la realidad estuviera a medio metro de mí, fuera de alcance.
Entonces él entra detrás de mí.
Puedo sentir su presencia incluso antes de que me toque.
Sus dedos se hunden en mi pelo, mojándolo por completo. Me inclina la cabeza hacia atrás con una delicadeza que me parte por dentro. Damian coge el jabón con sus manos, lo escucho frotarlo entre sus palmas: un sonido suave, repetitivo, casi tranquilizador.
Y entonces me toca.
Sus dedos bajan por mi nuca, masajeándola despacio. Siento su pulgar presionar justo donde la tensión se acumula.bMis párpados tiemblan. Él sigue.
Desliza las manos por mis hombros, recorriendo mis clavículas, bajando por mis brazos hasta las muñecas.
Me levanta cada mano y limpia mis dedos uno por uno, como si cada parte de mí mereciera el mismo cuidado.
Yo respiro hondo, pero el aire me pesa, su mano izquierda roza mi pecho, la derecha sigue en mi costado. Me está lavando como si yo fuera algo de cristal.
Y quizá tenga razón.
-Damián…-murmuro, sin saber qué estoy pidiendo.
-Estoy aquí.
Damian se aparta un segundo, solo para inclinarse hacia un rincón del baño donde hay un pequeño cazo de metal. Lo toma sin decir nada y lo llena. Cuando vuelve a acercarse, su sombra se recorta contra la luz.
-Cierra los ojos-murmura.
Obedezco. La oscuridad detrás de mis párpados es un alivio extraño. Un segundo después, el agua cae, no en un golpe brusco, sino en una cascada tibia que baja desde mi coronilla,
resbalando por mis sienes, mi frente, mi nuca. Mi respiración se detiene un instante.
No por el calor sino por lo familiar del gesto.
Mi madre hacía lo mismo cuando era niño, cuando volví del primer entrenamiento, cuando me manchaba de barro. Y ahora lo hace él. Damian deja que el agua siga su camino por mi rostro, por mi cuello, por mi pecho.
Mi piel vibra con cada gota.
Vierte otro poco, más lento.
El vapor sube entre nosotros, y su mano se apoya en mi nuca para inclinarme apenas hacia adelante. Su pulgar se mueve con suavidad, como si guiara el agua para que limpiara lo que yo no puedo.
El calor me envuelve.
Mi garganta se cierra.
No debería llorar.
No ahora.
Pero la forma en que el agua me cae por la cara hace imposible distinguir dónde empieza el agua y dónde mis lágrimas. Damian lo sabe. Lo sé por cómo su otra mano se posa en mi hombro, firme, como ancla.
No me dice que deje de llorar.
No me dice que sea fuerte.
Solo está ahí.
Aguantando mi peso.
Aguantando mis silencios.
Aguantando mis grietas.
Vuelve a llenar el cazo.
Y la segunda vez sostiene mi mejilla con la mano libre mientras me echa el agua por la cabeza, como si necesitara asegurarse de que sigo aquí, de que no me voy a evaporar con el vapor.
Yo inspiro hondo, temblando.
No siento alivio.
No todavía.
Damián
Cuando Jon sale de la tina, todavía con el cabello medio húmedo y las mejillas sonrojadas por el calor, lo visto con ropa más abrigada y formal, apropiada para patrullas de rastreo en terreno frío. No pienso dejar que vuelva a hundirse en esa tienda.
Le pongo una camisa gruesa de lino blanco, reforzada en los hombros con cuero oscuro.
Encima, un abrigo de lana azul profundo, casi negro, con bordes plateados y el emblema solar bordado en hilo dorado: un sol estilizado cuyo resplandor cae en líneas rectas. Sus pantalones son de un gris firme, resistentes, y las botas altas de suela gruesa llegan hasta media pantorrilla.
Él me mira en silencio.
No protesta.
Solo espera.
Yo también estoy preparado, con mi abrigo oscuro de Noctaris y las armas que siempre llevo encima.
Cuando cruzamos el campamento, bajo la mirada de soldados, sanadores y mensajeros, tengo claro lo que tengo que hacer. Si lo trato como a un príncipe débil, sera peor. Si lo trato como a uno de los nuestros, se espabilara.
Llegamos hasta el grupo de rastreo. Unas treinta personas, algunas montadas, otras listas para seguir a pie. Todos armados.
Jon respira hondo.
-Vamos-le digo, subiendo a mi caballo.
Él monta a Galán, que relincha al sentirlo tenso. Y antes de que su cabeza vuelva a perderse en sombras, antes de que su mente vuelva a arrastrarlo al vacío, uso mi tono de comandante.
Ese que incluso Tim odiaba.
-Céntrate-Mi voz corta el aire frío-Como si fueras uno de mis soldados.
Silencio.
-Sí…-dice, tragando saliva-Estoy aquí.
Yo asiento.
No puedo ser blando con él.
No frente a mis hombres.
Y, sobre todo, no porque lo necesite firme. Sé que si le doy un lugar que mantener, un objetivo que cumplir, tendrá algo a lo que aferrarse.
Y aunque no lo digo en voz alta, pienso: No voy a dejar que te hundas. No mientras yo esté aquí.
Jon
Mi reino se ha vuelto frío, más afilado, como si quisiera meterse por las costuras del abrigo y pellizcar la piel. La patrulla avanza en formación abierta. Los cascos de los caballos golpean la tierra húmeda, sin ecos, sin ruido más allá del crujido de las ramas rotas bajo el peso.
Mi respiración sale en nubes blancas.
Nos internamos por senderos que antes debieron estar llenos de viajeros y comerciantes, pero ahora están vacíos.
Ni un ave.
Ni un insecto.
Ni el viento moviendo las hojas.
Y eso es lo que más angustia da.
La ausencia. Voy atento, todo lo que Damian espera de mí:
la vista barria el horizonte,
los oídos abiertos, la nariz buscando cualquier rastro.
Pero no hay nada.
Ni olor a enemigo.
Ni sangre seca.
Ni huellas recientes.
Ni ramas partidas de manera antinatural.
Ni restos de criaturas.
Es como si el reino hubiera respirado algo terrible y se hubiera quedado congelado justo después. Galán mueve las orejas inquieto, como si también notara la nada.
A mi izquierda, un soldado de Noctaris revisa el suelo cada pocos metros, pero vuelve siempre a negar con la cabeza.
A mi derecha, otro guarda examina árboles, raíces y troncos.
Silencio.
Vacío.
Nada.
Incluso el sonido del bosque parece apagado.
-Nada…-murmuro para mí mismo-No hay nada…
Y ese “nada”, en este contexto, pesa como un presagio.
Solarys…
mi Solarys…
Debería poder cerrar los ojos y recordarlo tal y como era:
las calles cálidas, la luz dorada que parecía abrazarte, los jardines llenos de vida, la sensación de que el sol—mi sol— lo miraba todo con orgullo.
Pero ahora, cada vez que levanto la vista hacia el cielo, parece que el sol se niega a mirar en dirección a mi reino. Como si algo hubiera apagado su interés.
O peor…como si estuviera avergonzado de lo que vio.
Solarys podría volver a ser el mismo, sí. Podríamos reconstruir las casas, los muros, levantar el castillo piedra a piedra podríamos limpiar la sangre, alejar el miedo, sembrar flores nuevas…si tan solo encontráramos algo.
Un rastro.
Una pista.
Una huella.
Cualquier cosa que nos dijera qué pasó, quién entró, cómo lo hicieron aparte de volando.
Pero no hay nada.
Y reconstruir sobre la nada es como intentar plantar un árbol sobre cenizas frías. Cuando pienso en mi pueblo, en cómo brillaba, siento un tirón en el pecho; una mezcla de tristeza y rabia que me parte en dos.
A veces imagino el sol intentando asomarse…pero retirándose al instante, como si la herida fuera demasiado reciente para contemplarla. Como si incluso la luz tuviera miedo.
O quizás sea yo.
Quizás sea mi visión la que está nublada, porque hasta que Solarys no vuelva a respirar,
yo no puedo hacerlo del todo.
Hasta que no sepamos qué ocurrió…mi reino seguirá escondido bajo una sombra que ni siquiera el sol quiere mirar.
Damián
Han pasado tres días desde que conseguí que Jon se moviera, que saliera, que respirara algo más que el aire encerrado de la tienda.
Y ahora llueve.
Llueve como solo llueve;
pesado, frío, constante,
como si el cielo quisiera aplastarlo todo hacia la tierra.
La tienda está oscura, iluminada solo por la luz temblorosa de una lámpara. Mis guardias hacen guardia afuera; puedo escuchar el golpeteo de la lluvia en sus armaduras. Dentro, el aire es cálido por la manta gruesa que compartimos.
Jon duerme pegado a mí.
Lleva días haciéndolo, pero esta noche es diferente. Lo noto antes de abrir los ojos. Lo noto en mi pecho, en mi respiración, en mi piel. Mi cuerpo arde. No es fiebre.
Lo reconocería incluso sin haberlo vivido antes: el celo.
Más fuerte, más punzante que nunca.
La lluvia siempre lo empeora; no sé por qué. Tal vez porque el mundo se vuelve más silencioso y oscuro, y mi cuerpo quiere reclamar lo que considera suyo.
Me despierto con un tirón en la garganta y un calor que me recorre entero.
Mi espalda está tensa.
Mis piernas también.
Mi olor sé que debe sentirse más espeso en el aire, más afilado.
Jon, en cambio, respira tranquilo demasiado tranquilo.
Debe estar agotado aún.
Lo miro.
Su cabeza está apoyada justo debajo de mi clavícula, sus rizos húmedos por el vapor acumulado en la tienda. Su mano está en mi cintura, floja, y una de sus piernas está entrelazada con la mía como si buscara mi calor incluso dormido.
Me acerco un poco más.
No puedo evitarlo.
Mi cuerpo lo hace por mí.
Su olor—ese calor solar, dulce y vivo incluso en medio del desastre—me asfixia como una ola. Inhalo.
Y me cuesta no gemir.
Dioses…Aprieto los dientes y trato de contenerme. Tengo suficiente control para no acorralarlo dormido, pero no tanto como para ignorar lo que siento.
Lo atraigo despacio, intentando que el movimiento parezca natural, como si simplemente buscara calor. Mi nariz roza su cabello. Mi mano se apoya en su cadera.
Eso es un error.
Al tocarlo, el impulso se hace más fuerte. Mi pulso se acelera.
Mi cuerpo reacciona con una necesidad casi dolorosa.
Quiero marcarlo.
Quiero hundir la cara en su cuello.
Quiero que toda la tienda huela a él y a mí mezclados.
Me quedo quieto.
Forzado.
Tenso como si fuera a romperme.
Jon exhala suave, se mueve apenas y, sin querer, roza su boca con mi clavícula. Mi espalda se arquea de golpe. Dioses, no.
Cierro los ojos con fuerza.
Me obligo a respirar lento, aunque mi cuerpo quiere todo lo contrario. Siento cómo late mi corazón, fuerte, insistente,
casi desesperado.
Y mientras escucho la lluvia golpear la tienda, mientras el olor de Jon me envuelve, mientras mi cuerpo arde…solo pienso en una cosa:
Ojalá pudiera quererlo sin miedo a romperlo.
-¿Damia?
Su voz me atraviesa como un rayo. No debería estar despierto.
No ahora.
Mierda.
Intento respirar, pero solo consigo hundir más la cara en su cuello, donde su olor es más cálido, más vivo, más él. Mis dedos se cierran con más fuerza alrededor de su cintura.
-Tú…_murmura Jon, confundido, somnoliento-estás ardiendo…
Claro que lo estoy.
Estoy perdiendo el control, y él lo nota.
-Jon…-mi voz sale más animal que humana-tienes que salir de aquí.
Intento apartarlo. Lo juro.
Mis manos empujan pero mis brazos lo vuelven a atraer con más fuerza, como si fueran cuerdas tensadas listas para encadenarlo a mi.
Mi celo siempre ha sido un problema.
Siempre.
Mis padres me encierran por una razón. La imagen me golpea:
la vez que salté sobre un guardia sin querer, mis colmillos bajando, el olor a miedo en el aire.
No, Jon no puede quedarse.
-Sal-ordené, o traté de ordenar, porque mi voz tiembla por la necesidad que me atraviesa la columna. Siento mis colmillos presionar, estirarse un poco, una punzada caliente en las encías.
Él se queda quieto un segundo.
Muy quieto.
-Vale…pero suéltame-susurra con calma, demasiado tranquilo para la situación.
Intento.
Dioses, intento.
Mis manos se aflojan milímetros y en el mismo instante mi pecho vuelve a pegarse a su espalda.
Mi cadera roza la suya porque mi cuerpo ya tomó una decisión que mi cabeza no quiere aceptar.
Un temblor me recorre.
Mi respiración se vuelve corta, rápida.
-Lo siento…-le digo apenas, rozando su piel con mis labios sin querer, mi voz cargada de culpa y deseo-Jon, lo siento mucho…
Él gira apenas el rostro, lo suficiente para que mis narices se rocen.
-Tranquilo…-Dice con ese tono suave y cálido-estoy aquí.
Aprieto los dientes, luchando contra el impulso de marcarlo, de morderle el hombro, de arrastrarlo bajo mí hasta que sólo huela a nosotros dos.
-No…no deberías-logro decir entre jadeos suaves-Jon, por favor…sal antes de que…antes de que no pueda…
Otra ola de calor me quema la espalda. Mis dedos vuelven a hundirse en su cadera.
Mis labios rozan su cuello.
Y el aire se llena del olor espeso de mi celo, de mí.
Jon traga saliva lentamente.
Lo escucho. Me mira por encima del hombro, sus ojos oscuros brillando por la poca luz.
-No voy a dejarte solo así-susurra.
Y esa frase me termina de hacerme explotar.
No es un instante dramático ni un grito interno. Mis manos se adelantan antes que mi cabeza.
Agarro el borde de su pijama y lo arranco con una urgencia que me deja tiritando. La tela se rompe contra mis dedos, suave, inútil, como si fuera papel mojado. Jon da un pequeño sobresalto, un suspiro que se ahoga en su garganta cuando mis manos ya están sobre su piel.
Y entonces pasa.
Su olor.
Ese aroma suyo que siempre me ha parecido cálido, verde, fresco…de repente cambia.
La primavera tranquila estalla en tormenta: lluvia caliente sobre tierra fértil, un trueno suave, un aire cargado de vida.
La tormenta de primavera encuentra la de invierno.
Y el aire entre nosotros se vuelve espeso, eléctrico, casi tangible.
Mi cuerpo se mueve solo, como si llevara años esperando a que él oliera así frente a mí. Lo empujo contra el colchón; mis manos lo recorren como si no pudiera elegir un punto donde detenerme.
Quiero su cuello.
Su pecho.
Sus caderas.
Todo.
Me froto contra él, buscando más, buscando calor, buscando la fricción que mi cuerpo exige con desesperación. Mis caderas chocan contra las suyas, una y otra vez, sin ritmo ni paciencia, simplemente necesidad pura y antigua.
Jon gime debajo de mí, un sonido bajo, ahogado, que me hace temblar entero. Sus manos se aferran a mis hombros, a mis brazos, donde pueden, intentando contenerme y guiándome al mismo tiempo.
-Damián…-jadea-despacio…
Pero no puedo.
No ahora.
Mi nariz encuentra la curva de su cuello y me hundo allí, inhalándolo como si fuera la única fuente de oxígeno existente.
Es demasiado.
Demasiado bueno.
Demasiado él.
-Jon…-gruño contra su piel, apenas humano ya-No puedo…no puedo parar…
Mi pelvis busca la suya; lo quiero sentir, quiero la presión, el contacto, la respuesta de su cuerpo bajo el mío. Él lo siente, lo sabe, sus piernas se mueven apenas para acomodarse, para no bloquearme.
Sus dedos se clavan en mi espalda.
Su pecho sube y baja demasiado rápido.
-Te tengo…-susurra con la voz temblorosa, como si intentara calmar a un animal salvaje-
tranquilo…
Pero la palabra tranquilo rebota en mí sin efecto.
Soy todo fuego, frío y deseo.
Soy invierno buscando primavera. No existe ninguna fuerza que pueda frenar lo que mi cuerpo demanda.
No sé en qué momento dejo de frotarme contra él para tomarlo.
Sólo sé que sus manos me sujeten, que su respiración golpea mi oído, que mi cuerpo exige más, mucho más, y yo no puedo negar nada porque el celo me devora.
Lo monto sin pensarlo, impulsándome en sus muslos, presionando mis caderas contra las suyas hasta que el mundo se hace un borrón húmedo, caliente.
Jon me acomoda, firme, seguro, casi como si supiera exactamente lo que necesito antes de pedirlo.
Cuando finalmente lo dejo entrar —lento al principio, profundo después—suelto un gemido que me rompe la garganta.
No hay pensamiento.
Sólo instinto.
Mis uñas se clavan en sus hombros mientras me muevo sobre él, marcando un ritmo desesperado que hace que mi visión tiemble. Y entonces lo siento: esa piel perfecta, dura, esa musculatura maldita que no se deja marcar aunque apriete más, aunque arañe, aunque presione con mis dedos hasta que me duelan.
Me enfurezco.
Me excito aún más.
-Jon…-gruño con la voz rota-odio no poder marcarte…
Aprieto más fuerte.
Más duro.
Mis manos rodean su cintura, su pecho, su espalda, buscando cualquier punto donde pueda dejar una sombra de mí.
Pero no. Es resistente como una piedra bendita por el sol.
Y lo odio. Lo odio porque lo deseo tanto que quiero que la mañana lo encuentre lleno de mis huellas, de mis arañazos, de mis dedos marcados en su piel. Quiero que cualquiera que lo vea sepa que estuvo conmigo. Que me tuvo. Que me tocó.
Pero Jon es…
Firme.
Duro.
Inquebrantable.
Y eso me enloquece.
Intento otra vez, clavando mis uñas en su abdomen mientras me muevo sobre él con más fuerza.
Jon suelta un jadeo cargado de placer, no de dolor. Mi marca apenas enrojece su piel y ya empieza a desaparecer.
-Damián…-susurra él, sosteniéndome de las caderas para acompañar mi movimiento- tranquilo…puedes apretarme más si quieres.
Ese si quieres me destruye.
Me inclino sobre él, pegando mi frente a la suya, respirando su olor de primavera que se mezcla con mi invierno, un contraste tan intenso que me duele el pecho.
-Quiero que se te vean-confieso entre jadeos-quiero que sepas que estuviste conmigo. Quiero que…quiero que todos lo sepan…
Mis colmillos rozan su piel.
Apenas eso.
Un toque.
Un roce que no llega a romper la superficie.
Pero es suficiente para que mi cuerpo quiera hundirse allí, marcarlo, reclamarlo, dejar una señal que no desaparezca con el frío ni con el sol.
-Todos saben que ya soy tuyo...
Su cuello está ofrecido.
Sus manos en mi cintura me sujetan, no para detenerme…
sino para decirme que está conmigo, que no huye, que no teme.
Y eso es justo lo que hace que yo sí me detenga.
Mis colmillos presionan pero no atraviesan. Mi respiración se hace temblorosa, irregular, como si cada fibra de mi cuerpo gritara hazlo, mientras otra—más pequeña, más humana—dijera no puedes.
Jon gime despacio, no por dolor, sino por la forma en que yoe muevo, por lo cerca que estoy de su garganta. Su olor cálido se mezcla con el mío, mi invierno contra su primavera, creando una tormenta espesa, casi visible.
-Te quiero....
Sus palabras son gasolina.
Pero su voz…su voz es el único ancla que me queda.bMe quedo allí, con los colmillos apenas apoyados, respirando contra su piel, jadeando con el esfuerzo brutal de no cruzar una línea que él no merecería que yo cruzara sin control.
Mis dedos presionan su cintura, su pecho, su clavícula.
Intento dejar marcas.
Intento dejar señales.
Intento dejar… algo.
Pero su piel vuelve a lo que era una y otra vez.
Y esa frustración, esa necesidad, esa rabia dulce que nace de querer queriéndolo demasiado…
me hace soltar un gemido casi doloroso contra su cuello.
-No puedo…-murmuro, apretando los ojos-no puedo hacerte daño…
aunque lo quiera.
Jon enreda una mano en mi pelo, me acerca más, me hace apoyar toda mi frente en su hombro.
-Lo siento-Dice soltando una risita en mi oído
Me quedo encima de él, temblando, respirando contra su piel, abrazándolo con todo el cuerpo como si fuera el único lugar seguro en medio de mi tormenta.
La lluvia sigue golpeando la tienda.
El mundo afuera no existe.
Solo existo yo, ardiendo y helado, perdido en su olor, luchando contra un instinto que me quiere volver salvaje y él, Jon, abrazándome con una calma que no debería ser capaz de tener.
En lugar de eso, entierro el rostro en su cuello, lo abrazo con una fuerza desesperada, y dejo que sea su respiración la que me traiga de vuelta.
A la superficie.
A él.
A nosotros.
Jon
Gimo cuando Damián cae sobre mí, cuando su peso me envuelve, cuando su cuerpo se ajusta al mío como si estuviéramos hechos para encajar así. Mi espalda se arquea sin que pueda controlarlo, y un calor repentino—fuerte, eléctrico—me atraviesa desde el abdomen hasta la garganta.
Las sensaciones me golpean como una ola. Una ola que no avisa, que no pregunta, que simplemente me arrastra bajo ella y me deja sin aliento.
El roce de su cuerpo contra el mío es demasiado.
Demasiado directo.
Demasiado preciso.
Demasiado necesario.
Damián tiembla.
Yo también.
Su respiración se vuelve un hilo caliente contra mi cuello, y cada exhalación me enciende la piel.
Sus manos me agarran con más fuerza, sus dedos presionan mis hombros. Como si no pudiera soportar estar un solo centímetro lejos de mí.
Mi cabeza cae hacia atrás.
No puedo pensar.
No puedo ordenar nada dentro de mí.
Sólo siento.
Y sentirlo a él es como ser tragado por una corriente demasiado fuerte para resistirla.
Damián se mueve encima de mí, y cada movimiento de su cuerpo es como una corriente que me arrastra más hondo.
No es un movimiento tranquilo.
No es suave ni lento.
Es desesperado.
Instintivo.
Un ir y venir irregular, lleno de urgencia, como si su cuerpo hubiera decidido por él qué necesita y yo fuese la única fuente donde saciarlo.
Y entonces lo escucho.
Su corazón.
Acelerado, fuerte...Late como si quisiera salirse de su cuerpo para fundirse con el mío. Como si la tormenta dentro de él buscara una salida a través de mí.
El pecho se me llena de un calor extraño, que no tiene nada que ver con el deseo.
Es…ternura.
Es miedo.
Es algo inmenso que no sé nombrar.
El olor de Damián está tan concentrado que casi puedo sentirlo en la lengua.
Es denso.
Salvaje.
Arde.
Y se mezcla con el mío, con la primavera agitada que llevo en la sangre. Es como si dos estaciones chocaran dentro de la mismonsitio: su frío contra mi calor, su tormenta contra mi brisa...Mis manos recorren su espalda, bajan por sus costillas. Me gusta tocar.
-Damián…-susurro, pero no sé si lo escucha.
Porque él jadea, se aprieta más, mueve las caderas contra mí con una necesidad que casi me parte en dos. Cada fricción, cada choque de nuestros cuerpos me arranca un gemido más profundo. Mi piel se eriza completa, mis piernas se tensan alrededor de él, queriendo acercarlo más, contenerlo, sostenerlo.
Los siguientes cuatro días son un borrón.
No hay amaneceres ni noches claras, solo una especie de tiempo dentro de la tienda. La comida aparece cada tanto en la entrada, dejada con cuidado para no cruzar la lona.
Nadie se atreve a interrumpirnos.
Nadie se atreve a decir mi nombre ni el suyo.
Todos saben lo que ocurre dentro.
Y aun así no es lo que la gente imagina...Es Damián volviéndose algo salvaje, peligroso, imposible de contener. Y yo cuidándonos....
Hay momentos en los que realmente temo por él. Porque su mente se nubla por completo.
Sus ojos, normalmente tan afilados, tan inteligentes, se vuelven puro instinto.
Se mueve como un lobo acorralado que solo reconoce una cosa:
mi olor.
Cuando se le nubla la mente, Damián es un animal hermoso y aterrador. Me busca con el cuerpo, con la respiración, con ese temblor que recorre sus manos. A veces me mira pero no me ve, solo percibe calor...Y yo dejo que me encuentre, que se aferre, que respire contra mi piel hasta que vuelve en sí.
Pero también hay momentos…
momentos en los que yo soy quien se pierde. Momentos en los que me acuerdo de mi familia y me retuerzo de culpa. Porque no sé dónde están, ni si están vivos, ni si necesitan ayuda. Y yo estoy aquí, atrapado por un ciclo que no es culpa de nadie,
pero que igual me pesa en los huesos.
Y aun así…
Hay segundos en los que el mundo exterior deja de existir.
En los que no pienso en el castillo caído, ni en los cuerpos, ni en el silencio de mi reino.
En los que solo existe él.
Su olor me rodea por completo. Me llena la cabeza hasta que no puedo pensar. Sus ojos, cuando se aclaran lo suficiente para mirarme, me parten el pecho.
Porque incluso roto, incluso perdido, me reconoce.
No como príncipe.
No como aliado.
Me reconoce como hogar.
Y su voz…Dioses, su voz.
Cuando el calor baja lo suficiente para que pueda hablarme,
cuando me dice Jon, cuando me pide que no me aleje, cuando respira mi nombre como si le costara estar despierto…
Ahí es cuando yo me nubro.
Ahí es cuando yo también pierdo el control.
Porque aunque debería estar afuera ayudando, buscándolos, asegurándome de que mi reino no cae del todo…
Cuando su boca roza mi piel,
cuando mis manos se enredan en su cabello,
cuando su cuerpo se acurruca contra el mío buscando alivio…
yo dejo de ser príncipe.
Dejo de ser soldado.
Dejo de ser hijo de Solaris.
Soy solo un hombre que quiere sostener al suyo.
A su omega.
A su Damián.
Y eso me hace sentir terrible.
Terrible y humano.
Porque por cuatro días, por cuatro noches sin tiempo, sin orden, sin luz…
El mundo deja de existir más allá de su olor, de sus manos desesperadas, de su respiración entrecortada, de su voz rota llamándome incluso cuando no sabe que lo hace.
Y aunque me duela…
aunque la culpa me arranque cada latido…
Yo no lo suelto.
Tim
Estoy atado a una silla.
Las cadenas que rodean mis muñecas y mis tobillos son frías, pesadas, y ya no sé desde cuándo dejaron de ser solo metal para convertirse en dolor. La piel me arde donde rozan, donde aprietan cada vez que intento moverme aunque sea un centímetro.
El lugar huele a humedad vieja y a hierro. No hace falta ver sangre para saber que aquí se ha derramado. Que mierda. Hace un rato—no sé cuánto, el tiempo aquí es una broma cruel—me han estado interrogando.
No hablan demasiado entre ellos. No lo necesitan.
Uno pregunta.
Otro observa.
Otro golpea cuando el silencio se alarga.
-¿Dónde están los pasadizos del palacio de Noctaris?
No respondo.
Ni de broma respondo.
Un impacto seco en las costillas me roba el aire. Aprieto los dientes. Respiro por la nariz, lento, como me enseñaron cuando era niño.
Como me enseñaron para no gritar.
-¿Con qué fines se hizo la alianza entre Solarys y Noctaris?
Levanto la mirada y sonrío
Eso les enfurece.
Otra pregunta.
Otro golpe.
Quieren mapas.
Quieren nombres.
Quieren estrategias, rutas, secretos que llevan generaciones enterrados bajo piedra y juramentos de sangre.
No saben con quién están hablando.
Soy un príncipe criado para sobrevivir a cosas peores que esto. ¿Cada golpe duele? sí.
El cuerpo lo siente todo.
Pero el silencio el silencio es un arma también.
Y esa idea—la de que mi hermano sabrá qué hacer—es lo único que me mantiene erguido en la silla aunque me tiemblen las manos.
-Habla-me dice, cada vez más irritado-Esto terminará antes si hablas.
-Entonces supongo que tendremos que pasar más tiempo juntos-Respondo.
No les doy nada.
Que me golpeen.
Que pregunten.
Que crean que el silencio se puede romper a la fuerza.
Conner
Cuando lo arrastran de vuelta y lo meten en la celda, siento alivio…un alivio que me golpea tan fuerte en el pecho que casi me derriba.
Está vivo.
Herido, demacrado, cubierto de moretones, con la respiración pesada
Y aun así, verlo así me duele más que cualquier golpe que he recibido estos días. El guardia cierra la puerta de barrotes con un chirrido que me atraviesa los dientes. Luego se van, dejando solo el sonido del goteo y nuestras respiraciones.
Mi cuerpo entero tiembla.
No es miedo.
No es frío.
Es la kriptonita.
La cadena alrededor de mis muñecas arde como si me estuviera quemando por dentro.
La siento en los huesos.
En la sangre.
En los pulmones.
Cada minuto con ella es como alejarme un paso más de ser lo que soy. No sé cómo no he muerto, llevo días encadenado con esto, días respirando despacio para que el veneno no avance más rápido, días observando, esperando, resistiendo lo justo para no desplomarme y perderlo todo.
Pero cuando escucho el corazón de Tim…Mi pecho se afloja. Late.
Golpea lento y dolorido, pero late.
-Tim…-susurro, apenas un hilo de voz.
Él levanta la vista.
Sus ojos están cansados, hundidos, pero en cuanto me ve, se abren un poco más. El dolor no se va, pero algo se enciende ahí dentro. Una chispa.
Una luz ridícula pero real.
-Conner…-susurra, como si decir mi nombre le doliera-Aún sigues aquí.
Sonrío, o lo intento.
Me queda apenas fuerza para eso.
-¿Te decepcionaría si no?-
bromeo, aunque la voz me tiembla.
Tim hace un ruido que no sé si es risa o un gemido reprimido.
Mi respiración se corta un segundo. La kriptonita presiona con fuerza, haciéndome doblar un poco el torso.
Aprieto los dientes.
No quiero que él me vea caer.
-No sé cómo demonios sigues vivo-dice Tim, apenas audible.
-Porque…-respiro hondo-porque te escucho.
-¿Qué?
-Tu corazón-murmuro, apoyando la frente contra el muro frío de mi celda-Mientras late…sé que tengo que seguir aquí.
Tim desvía la mirada, pero no lo hace a tiempo, veo cómo se le tensan los labios, cómo traga saliva, cómo el brillo en sus ojos cambia, aunque no llore.
No lloraría delante de nadie.
-Eres idiota…-susurra-Un idiota enorme.
-Lo sé...
-Conner…-dice, con la voz ronca -Vamos a salir de aquí.
No es una pregunta.
No es un intento de tranquilizarme.
No es una frase vacía.
Es un juramento.
Una promesa hecha desde un cuerpo que ya no debería aguantar más…pero sigue de pie, o sentado, o respirando, por pura voluntad.
-Saldremos…-repito despacio-
Confío en ti-digo finalmente.
-Bien-murmura-Entonces no mueras todavía.
-No pienso hacerlo-respondo-No mientras tú sigas respirando.
Jon
El noroeste es distinto.
Más rocoso, más abierto, con colinas que cortan el horizonte y árboles más bajos, retorcidos por el viento. El cielo está cubierto por nubes grises que no prometen nada bueno, pero al menos hoy no llueve.
Avanzamos con una patrulla pequeña.
Ocho soldados en total.
Todos experimentados, silenciosos, atentos a cada detalle del terreno.
No hablamos mucho mientras estamos en formación.
Solo señales cortas, miradas, indicaciones mínimas.
Damián va unos metros por delante, erguido sobre su caballo, observando huellas, ramas rotas... Se nota que este tipo de terreno le resulta familiar.
Tras un rato, él hace una señal con la mano.
La patrulla se dispersa para revisar la zona.
Quedamos solos por unos minutos.
Yo suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.
-Eres un gran líder...-Le digo sin mirarlo directamente-Se nota que sabes lo que haces....Confían en ti.
-Damián gira la cabeza para mirarme directamente-Yo...en cambio…-trago saliva-Estoy completamente bloqueado...Antes creía que sabía qué hacer...Pero soy inútil-Mi voz sale más baja al final.
Damián se detiene del todo y baja del caballo, y se acerca hasta quedar delante de mí.
-Eso es normal...-dice con calma-No estamos entrenados igual...Te enseñaron a proteger, a confiar en la fuerza, en que la gente responde. A mí me criaron para sospechar de todo y todos, para prever traiciones, para actuar incluso cuando no hay buenas opciones.
Se cruza de brazos.
-No es que tú seas peor líder-
añade-Es que estás herido. Y liderar mientras sangras por dentro no es fácil. Además-continúa-No es tu culpa estar bloqueado. Es humano.
Me quedo en silencio unos segundos.
-¿Y si no vuelvo a ser el mismo? -pregunto-Me siento...raro. No sé cómo avanzar, como ayudar más...
Damián no responde enseguida.
Se limita a colocar una mano firme sobre mi hombro.
-Entonces aprenderás a ser otra versión de ti-dice-Una que haya sobrevivido. Yo confío en ti…
No sé qué parte de esa frase es la que me rompe...Si es el confío en ti, dicho sin dudas, si es que no intenta arreglarme, o si es que, por primera vez desde que todo cayó, alguien no me mira como a un si estuviera perdido, sino como a una persona que aún sigue en pie.
Siento cómo el corazón se me acelera de golpe.
Tan fuerte que me asusta.
Tan rápido que tengo que inspirar hondo para no perder el equilibrio.
-Gracias…-murmuro.
Y antes de que pueda pensarlo, antes de que mi cabeza me diga que no es el momento, lo abrazo.
Lo rodeo con los brazos y apoyo la barbilla en su cabeza, las lágrimas salen sin permiso, no con sollozos, sino en silencio, calientes, resbalando contra su abrigo oscuro.
Y entonces lo huelo.
Ese olor suyo me llena los pulmones y algo dentro de mí se afloja, como un nudo que llevaba días demasiado apretado.
Una mano firme en mi espalda.
La otra apoyada en mi nuca, anclándome ahí, como si supiera que si no lo hace podría desmoronarme del todo.
-Estoy aquí-dice en voz baja, solo para mí-No tienes que hacerlo solo.
Damián
Lo más extraño de estos días no es el clima incierto, ni las huellas que no llevan a ninguna parte, ni el silencio incómodo que se ha adueñado de Solarys.
Lo más extraño es la ausencia absoluta de cuervos. Tres días enteros, y ni uno solo. En mi reino…sería impensable.
Aquí, también debería serlo.
Los cuervos sobreviven en todos lados.
Se adaptan.
Buscan.
Observan.
Siempre están.
Pero ahora han desaparecido
Mi estómago se contrae, o porque me molesten—aunque su silencio es inquietante—sino porque sé lo que significan. Tim, mi hermano ha vivido con esos pájaros desde que era niño.
Son sus sombras.
Sus mensajeros.
Sus ojos cuando no está en el lugar.
Si no viene ninguno a buscarnos…Es porque o no puede enviarlos, o porque alguien ha descubierto lo que son para él.
Y esa posibilidad me enciende un fuego helado en el pecho.
Es un secreto que jamás se dijo fuera de los muros de Noctaris.
Mis padres y yo somos los únicos con el mapa completo de ese vínculo. Si el enemigo lo ha descubierto...Salgo de la tienda de Jon, aún sintiendo su olor a mi alrededor, y camino directo hacia la tienda central donde están mis padres.
El campamento es un laberinto de tiendas, de antorchas, de soldados que van y vienen con informes, armas, heridos…
Cuando llego, dos guardias mueven la lona para dejarme pasar sin que yo lo pida.
Mi padre está de pie sobre un mapa extendido, mi madre revisa un informe de bajas y suministros. Ambos levantan la vista en cuanto me ven.
-Damián-dice mi madre, observando mi rostro-¿Has descubierto?-Me acerco, cruzo los brazos y bajo la voz, como si incluso aquí pudiera haber oídos ajenos.
-No hemos visto ni un cuervo en días.
Mi padre frunce el ceño.
Mi madre aprieta los dedos contra el papel.
-Cierto-dice ella en un susurro.
El aire se vuelve más pesado.
Un soldado entra con un informe, pero mi padre lo despide al instante con un gesto severo.
No quiere interrupciones.
-¿Crees que el enemigo lo sabe? -pregunta mi padre.
Asiento.
-No hay otra explicación. Los cuervos no desaparecen así.
Y si no pueden llegar hasta nosotros…significa que están retenidos....O muertos. Y eso solo pasaría si supieran a quién están vinculados.
Mis padres intercambian una mirada sombría, una de esas miradas que dicen más que cualquier frase. Mi madre es la primera en hablar.
Jon
Estoy sentado en una de las mesas largas que improvisamos como comedor, rodeado de tres soldados que conozco desde que era un crío.
Hombres que me vieron correr por los pasillos del castillo con las rodillas raspadas, que me enseñaron a montar, que me cargaron hasta la enfermería cuando me caí del tejado intentando impresionar a Conner.
El olor a guiso caliente llena la tienda.
-¿Te acuerdas, príncipe?-dice Harad, el más mayor, con una sonrisa-La vez que intentaste perseguir un rayo porque dijiste que “querías atraparlo y guardarlo para mamá”.
Los otros dos sueltan una carcajada, y yo me llevo una mano a la cara.
-Tenía cinco años.
-Y el corazón más grande del reino-añade el otro, Arven-
Siempre te adelantabas a los problemas…aunque los problemas fueras tú mismo-
Reímos.
Queda raro reír ahora, pero se siente bien. Entonces Harad me pasa un brazo por encima de los hombros, apretándome como si todavía fuera el niño que entrenaba con ellos.
-Mírate ahora-dice en tono bromista, dándome un leve golpe en el brazo-Ya no eres un cachorro, ahora eres tú el que puede hacer los cachorros.
Me atraganto un poco, el guiso casi se me va por el otro lado, y los tres se ríen a carcajadas, yo bajo la mirada de inmediato, sintiendo el calor subirme desde el cuello hasta las orejas, clavo los ojos en mi plato como si pudiera desaparecer dentro.
-Por los dioses…-murmuro-¿de verdad teníais que decir eso?
-Y estas casado-dice Arven levantando las manos en defensa, como si fuera evidente-Y tu omega esta…Y espero que no te moleste increíblemente bien.
-¿Gracias?-Digo alzando una ceja-
Harad me aprieta el hombro, pero esta vez con cariño.
-Solo bromeamos, príncipe...Nos alegramos de verte feliz.Significa que todavía tienes luz aquí dentro-Me toca el pecho, justo donde late el corazón.
Uno de ellos añade:
-Tu padre se alegra de saber que has encontrado a alguien.
Damián
Cuando por fin encuentro a Jon, ya pasan las doce, el campamento está casi en silencio, salvo por el murmullo lejano de guardias cambiando turnos y el crepitar de algunas fogatas apenas vivas.
La mayoría de los soldados ya duermen. Excepto él. Jon está sentado con dos soldados de Solarys, los mismos con los que cenamos y comemos a veces.
Hay una jarra a medio acabar sobre la mesa improvisada, y su olor…su olor lo delata al instante.
Alcohol. Calor, Primavera mareada, sus mejillas están encendidas, está relajado.
Lo escucho reír, esa risa que hacía días no escuchaba, una risa cálida, desbordada, que hace que los dos soldados también se rían.
Y por un segundo, por un solo segundo, algo dentro de mí se calma. Después de tanto horror, de tanto peso, verlo sonreír es casi un alivio. Pero enseguida se me contrae el estómago, está demasiado ebrio, y demasiado expuesto. No me gusta. Me acerco despacio, dejando que mis pasos se oigan.
Los soldados me ven primero y se ponen rectos de inmediato.
-Alteza-dicen en tono respetuoso.
Jon levanta la cabeza a destiempo, como si la hubiese oído medio segundo después.
-¡Damiannn!-dice con una sonrisa enorme, arrastrando la “n”-Miraaaa…estoy…estoy muy agustito.
Perfecto.
Está mal.
Muy mal.
-Ya veo-murmuro, mirándolo de arriba abajo.
Los soldados se apartan con discreción, entendiendo que no es momento de bromas, Jon me sonríe como si acabara de ver un milagro.
-¿Sabes…?-dice señalándome con la jarra, vacía-Eres muy guapo.
Demasiado, no es justo.
Cierro los ojos un instante.
Dioses.
-Jon, levanta-digo con calma.
-¿Ahora?-pregunta, como si le pidiera cruzar un volcán.
-Ahora-Intento que mi voz suene firme pero no fría. No quiero que piense que ha hecho algo mal, solo sacarlo de aquí, lejos del alcohol, lejos del frío, lejos de todos.
Uno de los soldados interviene:
-El príncipe ha bebido demasiado, mi señor. Intentamos frenarlo, pero…
-No tenéis que justificaros-
respondo sin apartar la mirada de Jon-No es culpa vuestra.
Me acerco, y Jon me mira como si estuviera viendo la luna bajar a su altura.
-Ven conmigo-digo.
-¿Si voy contigo… me abrazas? -Pregunta en voz baja. Mi corazón se acelera, y late demasiado fuerte.
-Sí-respondo sin pensarlo-Te abrazo.
Jon sonríe como si acabase de ganar una guerra él solo.
Se levanta torpemente y se tambalea hacia mí y me abraza.
-Yo...-murmura, apoyando la frente en mi hombro-Te he echado de menos hoy-Lo acerco más a mí, sujetándolo con las dos manos.
-Vamos a dormir-le digo.
-Pero tú…-balbucea-tú estas serio…Y tan… bonito…Y tan…
-Jon-lo interrumpo-camina...-Me mira como si yo fuese el centro de su cielo.
Y por un segundo, temo que pueda caerse en cualquier sentido, así que lo abrazo por la cintura, pegándolo a mí, guiándolo a través de las tiendas en silencio.
Sus pasos son torpes.
Su olor es cálido.
Cuando entramos a nuestra tienda Jon todavía está aferrado a mi cuello como si el suelo fuese lava, tropieza con la alfombra—que ni siquiera está torcida, por los dioses—y casi tira una de las lámparas al suelo.
-Cuidado-le digo, sosteniéndolo del codo.
-La lámpara me odia-responde muy serio, mirando el objeto como si fuera un enemigo declarado.
Dioses…
Lo guío hasta la cama.
Intento soltarlo.
Él no me suelta.
-Jon-susurro-Necesito cambiarte al pijama.
-¿Para qué?-pregunta abriendo mucho los ojos-¡Estoy vestido!
-Sí-respondo con paciencia-pero estás vestido como alguien que ha perdido una guerra contra una botella.
-Exageras...
-Levanta los brazos-ordeno.
Jon lo intenta.
Levanta uno.
El otro se le queda a la mitad.
Después los baja como derrotado.
-No puedo…soy demasiado poderoso para eso.
Suspiro...Bien, hora delnmétodo Noctaris. Me pongo frente a él, estiro mis manos arriba para agarrar el borde de su camiseta…
y él se echa hacia atrás sorprendido.
-¡Eres muy pequeñito para hacer estas cosas!-dice indignado.
Me congelo un segundo.
-Jon-murmuro.
-Pero eres tan…compacto-dice tocándome la cabeza como si fuera un gato. Le aparto la mano de un manotazo.
-Arriba los brazos, Jon.
Y esta vez lo hace. Pero al levantar la camiseta, la tela se engancha en su cara, y él queda atrapado, con los brazos arriba y la cara cubierta como un espectro torpe.
-Damián-murmura desde la tela-Estoy atrapado. No me dejes morir así…
-No vas a morir-le respondo, intentando sacarle la camiseta sin reír
-Es una muerte digna-añade dramáticamente desde dentro del tejido.
Logro sacársela.
Jon queda despeinado, ruborizado y medio sonriendo.
-Cada día te quiero más-me dice con sinceridad absoluta-y yo estoy…¿estoy girando?-Lo sujeto por los hombros antes de que caiga de la cama.
-No. Tú estás quieto. El mundo está girando por ti.
-Qué caballeroso…-Paso al pantalón.
-Levanta una pierna-le indico.
Levanta…las dos, al mismo tiempo, y se cae de espaldas sobre la cama como un tronco.
-Jon…-mascullo-una sola pierna. No eres una mesa.
-Pero mis piernas trabajan en equipo…-dice, ya tumbado boca arriba, como si fuera un cadáver melodramático. Me acerco, agarro y le tiro de los dos filos de los pantalones.
Finalmente le pongo el pantalón del pijama, que casi se lo coloco como si vistiera a un niño dormido. Lo arropo, el cabello le cae por la frente, suave, sus ojos azules están entrecerrados,
mirándome.
-Damián…-susurra-¿vas a quedarte?
-Claro-respondo, metiéndome bajo las sábanas junto a él-¿Dónde más voy a ir?
Jon ya está medio hundido en el colchón, con ese aire blandito y cálido que solo tiene cuando está demasiado cansado. Pero entonces, su expresión cambia. Frunce un poco el ceño.
Me mira con los ojos entreabiertos, como si de repente le preocupara algo más que el mareo.
-¿Estás enfadado?-pregunta en un susurro tembloroso.
-No-respondo sin pensarlo.
No basta.
Él insiste.
-¿Seguro?-se incorpora un poco-¿No estás enfadado conmigo?
Sus ojos se clavan en los míos.
Hay una vulnerabilidad tan desnuda que me deja quieto.
Él, que puede levantarme con una mano; él, que puede desarmar enemigos en segundos; él, que brilla como un sol…ahora me mira como si yo fuera quien pudiera hundirlo con una palabra.
Me acerco más, apoyando mi frente en la suya para que deje de temblar.
-Jon-murmuro-No estoy enfadado-Él traga saliva, respirando muy rápido.
-Por favor…-susurra-no te enfades conmigo…
Me duele.
Esa frase me parte en dos.
Lo abrazo, metiendo un brazo bajo su cabeza para que se recueste sobre mi pecho.
Su olor a primavera en estado más puro invade el aire.
-No estoy enfadado-repito-No contigo. Nunca contigo por esto.
Él se pega más, escondiendo la cara en mi cuello, como un animal demasiado grande para su propia inocencia.
-Lo siento…-murmura, ya casi dormido-Solo… no quería que pensaras… que soy un inútil…-Lo aprieto contra mí sin dudar.
-Eres muchas cosas-susurro-pero nunca un inútil.
Jon suspira largo, como si por fin pudiera soltarse del todo.
Su respiración se vuelve lenta, profunda, calentando la piel de mi clavícula, y así, envuelto entre sábanas, olor a hogar y su cuerpo buscando refugio en el mío…me quedo despierto un rato más, vigilándolo, acariciándole el pelo mientras su temor se deshace por completo en mis brazos.
Jon
A la mañana siguiente todo me da vueltas. Pero no un poco, no como “estoy medio mareado”. No. Como si el mundo fuera una rueda de molino girando sin piedad.
Abro los ojos apenas y la luz me atraviesa el cráneo como un cuchillo.
Gimo.
Quiero morirme o dormir diez años. Me cubro la cara con una mano, intentando recordar…
y lo único que llega es un fragmento confuso de mi propia voz diciéndole a Damián que era guapo.
Dioses.
No.
No, por favor.
Me muevo apenas y la lona de la tienda cruje.
Algo se remueve cerca de mí.
-Por fin despiertas-dice una voz serena, demasiado despierta para mi gusto.
Me giro con el cuidado de quien está sujetando su propio cerebro para que no se caiga. Damián está sentado en la silla, con la espalda recta, una taza humeante en la mano y un plato en la mesa delante de él.
La escena parece sacada de un cuadro relajante, excepto que me mira como si supiera exactamente lo idiota que fui anoche.
Y lo peor: no parece enfadado.
Parece…divertido.
-Buenos días-dice, dándole un sorbo calmado a su té, yo me cubro la cara con ambas manos.
-No…no me mires…-murmuro a través de los dedos.
-No tengo elección-responde-
Ocupas media cama.
No sé si reír o llorar.
Me incorporo un poco.
Mala idea.
El mundo da una vuelta completa.
-Ugh… qué horror…-Damián apoya el codo en el brazo de la silla.
-Tú te lo buscaste-Me desplomo de nuevo.
-¿La lié mucho?-pregunto con miedo real-No me acuerdo bien de…de nada.
Damián guarda silencio unos segundos.
-Bueno…-deja la taza en la mesa, tranquilo, casi demasiado tranquilo-Digamos que fuiste…efusivo.
-Oh no.
-Y dramático.
-Dioses no…
-Y cariñoso-añade sin mirarme, como si hablara del clima.
Me entierro en la manta.
-Por favor mátame-susurro.
-No puedo-Un sonido miserable sale de mi garganta.
Damián se levanta de la silla.
Se acerca.
Me destapa la cara con suavidad, como si yo fuera un cachorro que se escondió bajo una manta.
Me mira. Sus ojos, verdes oscuros, no tienen ni un rastro de enfado.
Solo paciencia. Y una pizca peligrosa de ternura.
-Tómalo con calma-dice-Hay agua, y fruta-Me arde el rostro por completo.
-¿Te…? ¿estás enfadado?-Damián se inclina, me acomoda el pelo revuelto de la frente.
-No, Jon. No lo estoy.
-Pero fui…un...un...desastre
-susurro.
-Sí-admite, sin crueldad-Pero un desastre adorable. Y mío-Mi corazón da un golpe tan fuerte que casi me despierta por completo.
Y mientras sigo tumbado, hecho polvo y avergonzado hasta el alma, él se sienta en el borde de la cama y me pasa un cuenco.
-Vamos-dice, con la voz más suave que le he oído en días-Desayuna. Tengo que evitar que vuelvas a avergonzarte fuera de esta tienda.
Lo miro con una mezcla de amor, vergüenza y resaca. Y aunque todo me da vueltas…Él es la única cosa que hoy parece estable.
Tim
Mi plan avanza…lento, más lento de lo que esperaba, pero avanza.
He conseguido provocar pequeñas discusiones entre guardias; he memorizado los cambios de turno; he observado los puntos ciegos del pasillo.
Puedo mover algunas piezas, no todas…pero lo suficiente.
Lo que no esperaba era ver a Conner tan…mal.
Ahora mismo lo tengo tumbado entre mis piernas, recostado con la cabeza en mi regazo, sus ojos apenas se mantienen abiertos, le acaricio el pelo despacio, como si mis dedos pudieran aliviar algo del veneno que le corre por las venas.
La kriptonita lo está matando.
Se nota.
Se siente.
-Me gustaría… ir al mar contigo… -susurra, casi sin voz.
Su respiración es corta.
Su pecho sube y baja con un esfuerzo que me parte en dos.
-Iremos-respondo enseguida, sin dejar que dude, sin dejar que el silencio lo toque.
Él cierra los ojos un segundo.
-No sé…Tim-dice en un hilo-Creo que no me queda mucho tiempo.
Mi garganta se cierra.
Trago saliva.
Sigo acariciando su pelo, más lento ahora.
-Saldrás de aquí-le digo, aunque me tiemble la voz por dentro.
No puedo permitir que piense lo contrario, no puedo permitir que se rinda. No él. Siento un ardor detrás de los ojos.
Un nudo bajo la lengua.
No puedo llorar.
No aquí.
No delante de él.
No mientras él intenta mantenerse consciente solo por escuchar mi voz.
Miro la antorcha frente a nosotros, la observo hasta que las lágrimas regresan hacia dentro como me enseñaron.
Respirar.
Controlar.
No dudar de tí mismo.
Aun así…Su voz vuelve, suave, trémula.
-Sabes…-susurra, medio sonriendo-Nunca pensé enamorarme tan intensamente de alguien…-Mi mano se detiene por un segundo en su pelo, el mundo se queda quieto.
La celda, los grilletes, la sangre seca en su piel…todo desaparece por un instante. Aprieto los dientes, mi pecho duele como nunca, le acaricio la mejilla con el dorso de la mano, bajando la mirada hacia él.
-Eres el idiota más grande que he conocido-digo en voz baja, y solo entonces dejo que mis dedos se hundan en su pelo con más cuidado-Y el que más me ha importado nunca-Conner parpadea, agotado.
Su respiración tiembla.
Pero una sonrisa—pequeña, real—le suaviza todo el rostro.
Y yo, sin poder evitarlo, inclino un poco mi cabeza hacia la suya.
-No te atrevas a morir-susurro-Te lo prohíbo. ¿Me escuchas?
-Qué cruel…-susurra Conner, con una sonrisa cansada-pedirme que no muera y sí sufra…
-Sí-contesto, intentando que mi voz no se quiebre-Te has enamorado de alguien cruel…
Él ríe por la nariz...O intenta hacerlo.
Su respiración falla en medio del sonido.
-Tim… si muero…
-¡Que no vas a morir!-le corto, demasiado rápido, demasiado alto, demasiado desesperado.
Sus ojos, apagados por el dolor, se clavan en los míos.
-Pero si lo hago…-continúa, su voz un poco más baja, un poco más rota-no…no pierdas tu tiempo llorándome-Sé que no nos conocemos de toda la vida, pero también sé que sientes esta conexión tan especial que tenemos…¿verdad? ¿La sientes?
Mi garganta se cierra.
La celda parece encogerse a nuestro alrededor.
No puedo decir la verdad sin partirme, y no puedo mentirle.
-Sí…-susurro.
Y mientras lo digo, mis dedos se deslizan hasta su cuello, disimulando un movimiento inocente…pero no lo es.
Estoy buscando su pulso.
Necesito sentirlo.
Necesito saber que sigue ahí.
Un latido.
Otro.
Débil.
Irregular.
Pero está.
Suelto un suspiro que tiembla como un cristal a punto de romperse. Conner cierra los ojos un instante, apoyando su mejilla contra mi mano.
-¿De verdad… seremos destinados?-pregunta, casi sin sonido.
Las lágrimas me caen en silencio.
No puedo detenerlas esta vez.
No quiero.
Me recolocó con el cuidado de una serpiente y apoyo mi frente contra la suya, sintiendo su respiración cálida y frágil.
-Ya lo somos…-respondo con voz baja, temblorosa-Mis dedos siguen sobre su pulso-No necesito que un dios lo nombre-añado, cerrando los ojos-Lo sé porque…
porque eres de lo único que no he podido dejar atrás. A veces me asusto por lo que siento por ti… -continúo, respirando hondo-Y pienso que ojalá nunca te hubiese besado...Solo quería jugar, como hacía con los demás. No tenía que haber pasado a más....Si no lo hubiera hecho…yo ahora no estaría sufriendo.
Lo digo y me duele.
Pero es verdad.
No habría miedo.
No habría esta necesidad que me desgarra. No habría esta sensación constante de perderlo.
Conner respira hondo, débil, pero presente.
-¿Esa es…tu forma de decir que me quieres?...-responde en un murmullo, apenas una sombra de
Y aunque no tengo palabras, aunque mi pecho está hecho un nudo, aunque todo esto es demasiado…Y en ese espacio tan pequeño entre los dos, donde la muerte se acerca pero nosotros seguimos aquí, respondo con la única verdad que puedo darle.
-Sí, Conner…es exactamente eso.
Damián
Jon y yo estamos entrenando porque, aunque todo esté desmoronándose, no podemos permitirnos bajar la guardia.
El campo improvisado está húmedo por la lluvia de anoche, la tierra oscura de Solarys se pega a las botas.
Jon no está en su mejor estado.
Lo noto en cómo se mueve:
medio segundo más lento, menos preciso, más distraído. La resaca, el estrés, la culpa…todo le pesa encima.
Y yo…no pienso perdonarle ni medio segundo.
-¡Arriba los brazos!-le digo, mientras avanzo con una estocada rápida.
Él la bloquea, sí pero mal.
El golpe le hace retroceder un paso.
-Damián, estoy intentando...
-No estás intentando nada-lo corto-Tu cabeza está en todas partes menos aquí.
Se lanza hacia mí, rápido, como siempre ha sido…pero yo lo desvío, lo agarro por el antebrazo y uso su propia inercia para lanzarlo al suelo.
Cae de espaldas, el aire escapándose de su pecho.
Gime.
-Dioses…¿era necesario?-resopla.
-Sí-respondo sin un segundo de duda.
Él intenta incorporarse.
Yo ya estoy encima, apoyando la rodilla en su costado para bloquearlo. Su olor a primavera agitada, a como cuando el viento mueve la maleza y frustración me golpea de lleno.
-Eres un cabrón-gruñe, intentando soltarse.
-Hoy estás lento-le contesto-Y un alfa lento en una guerra es un cadáver.
Sus ojos se entreabren, molestos.
Ofendido. Con ese orgullo solariano que siempre vibra cuando lo empujo demasiado.
Bien.
Lo necesito despierto.
No hundido.
Lo suelto y doy un paso atrás.
-Vamos, levanta-ordenó-No pienso aflojar solo porque ayer bebiste demasiado-Jon se limpia el sudor de la frente con el dorso del antebrazo.
-Te estás pasando-murmura.
-No. Estoy siendo realista. Si no puedes seguirme ahora, ¿cómo piensas enfrentarte a lo que atacó tu reino?-Me mira, y en sus ojos hay algo entre rabia y dolor.
Pero también determinación.
Ahí está el Jon que conozco.
El que quiero ver.
El que no se rinde.
Carga hacia mí otra vez.
Esta vez, más firme.
Más centrado. Bloqueo su golpe, pero me cuesta un poco más.
Bien.
-Mejor-digo.
-Cállate-gruñe él, sin perder el ritmo.
Tim
Cierro los ojos.
Busco a mis cuervos.
Es un hilo casi invisible, una red antigua que aprendí a tejer cuando era niño. Un vínculo que nunca debía usar delante de nadie, que siempre estuvo oculto incluso para mis propios aliados.
Pero ahora…ahora no tengo elección.
No puedo acercarme a ellos.
No puedo proyectarme.
No aquí, bajo tierra, rodeado de metal, de runas, de paredes tan gruesas que incluso el aire parece muerto. Pero puedo escuchar.
Me sumerjo en la oscuridad detrás de mis párpados.
Respiro lento.
Muy lento.
Como cuando mi madre me enseñaba a calmar mi mente para que los cuervos no me devoraran primero a mí. Y entonces…
Un sonido.
Lejano.
Debilísimo.
Casi como un eco perdido en una cueva.
Un graznido.
Luego otro.
Como si una bandada estuviera dispersa, esperando una señal que nunca llegó…hasta ahora.
Sé dónde estoy. No exactamente, no con precisión, pero sé lo suficiente: Una montaña.
El olor a tierra fría.
La presión del aire.
El eco distante.
La humedad que se acumula en mis huesos.
Nos han metido bajo tierra.
Profundo.
Demasiado profundo para que mis cuervos lleguen hasta aquí con claridad, pero no lo suficiente para que mi vínculo muera por completo.
Busco.
Escarbo.
Hasta que encuentro otro hilo.
Uno más cálido.
Más conocido.
Más humano.
Jason.
El cuervo más viejo.
El más testarudo.
Lo agarro con fuerza.
Como si de ese hilo dependiera todo.
-Hazlo…susurro en mi mente, apretando los dientes-No podemos esperar más.
Por un momento, temo que nada pase. Que esté demasiado lejos.
Que esté herido.
Que hayan cazado también a la bandada.
Pero entonces…
Siento su respuesta.
Una vibración grave.
Una nota baja.
Como una voz oscura rompiendo el silencio dentro de mi pecho.
Por fin. Su tono mental es bronco, molesto, casi divertido.
Mi Jason…siempre impaciente.
Y luego lo escucho.
El batir de alas.
Decenas.
Cientos.
Un rumor que crece detrás de mi corazón, que me hace abrir los ojos de golpe.
La conexión se corta cuando los guardias pasan por el pasillo, haciendo ruido, arrastrando cadenas, moviendo armas.
No me importa.
La bandada viene.
Jason viene.
Y cuando él vuela con esa intención, con ese sonido que retumba en el alma…Significa una sola cosa: El cielo,
mi cielo, se prepara para romper esta prisión en dos.
Jon
Estábamos comiendo.
Algo simple, caliente, lo suficiente para mantenernos en pie.
Los soldados hablaban en voz baja, Damián revisaba un mapa mientras bebía té, y yo…bueno, yo intentaba no pensar demasiado.
Entonces el cielo estalló en alas negras.
Primero uno.
Luego tres.
Luego una bandada completa de cuervos descendiendo como si el aire se hubiese roto en pedazos.
Los soldados se levantan de inmediato, algunos llevan la mano al arma, otros se quedan congelados.
Uno me pasa rozando la oreja.
Otro da vueltas sobre la mesa.
Y entonces, sin aviso, uno se posa directamente en mi cabeza.
Su peso, ligero pero firme, me deja inmóvil.
-¿Pero qué…?-murmuro, sin atreverme a moverme.
Miro a Damián.
Él ya está de pie.
El ruido no parece sorprenderlo tanto como debería…pero la tensión en sus hombros lo delata.
Levanta el brazo, despacio, como si supiera exactamente lo que hace, y uno de los cuervos—grande, imponente, con plumas negras como tinta húmeda—deja de revolotear y viene directo hacia él.
Se posa en su antebrazo sin dudar, Damián inclina la cabeza, el cuervo grazna una vez.
Fuerte.
Urgente.
Otro graznido.
Luego otro.
Los demás cuervos responden desde todas las direcciones.
Un coro oscuro, caótico, que hace que el campamento entero se quede en un silencio extraño, como si todos contuvieran la respiración.
-¿Que dicen?-susurro, sintiendo cómo mi piel se eriza.
Damián no pestañea.
Sus ojos están fijos en la montaña, más allá del valle, donde la niebla cubre las rocas como un manto de fantasmas.
Los cuervos siguen revoloteando todos hacia la misma dirección.
Todos apuntan hacia la misma montaña.
Una sensación helada me recorre la espalda.
Me pongo de pie, sin pensar.
El cuervo sobre mi cabeza no se mueve, miro la línea de montañas envueltas en niebla.
-Damián…-murmuro, con la voz quebrada-¿Crees que?…-No termino la frase.
Damián levanta la vista hacia el cuervo en su brazo, el animal clava sus ojos oscuros en los de él, como si ahí dentro estuviera la respuesta.
Y yo…Yo rezo.
Rezo como no lo he hecho en toda mi vida.
Rezo por mi padre.
Por mi madre.
Por Conner.
Por Tim.
Por todos los que no he podido encontrar.
Por todos los que siguen desaparecidos.
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