Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

11

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-Los dioses no salvan reinos: forjan a quienes se atreverán a hacerlo-

Jason

El viento me corta las alas mientras atravieso la niebla.
La montaña se abre bajo mí como una herida gris; Rocas afiladas, pinos retorcidos, entradas ocultas en la piedra.

Huele a magia vieja, a metal, a miedo.

No puedo entrar solo.
Necesito a Roy.

Bato las alas con más fuerza y desciendo en círculos, mis ojos negros rastreando cada claro, cada cornisa, cada sombra en movimiento.

Busco naranja entre tanto gris. Busco fuego entre piedra.
Un zorro.
Mi zorro.

Grazno fuerte, un sonido que no es del todo animal, es una llamada, una orden. Nada.
Vuelvo a elevarme y cruzo el flanco oeste de la montaña. El aire aquí es más cálido, hay huellas recientes, humanos, criaturas, sangre seca.

Entonces lo veo.

Un destello naranja entre las rocas, moviéndose rápido, inteligente, esquivando trampas con la facilidad de quien ha sobrevivido demasiado tiempo. Una cola encendida que desaparece y vuelve a aparecer.

Ahí estás.

Desciendo en picado y me poso en una roca justo delante de él. Mis garras raspan la piedra, abro las alas para parecer más grande, más oscuro.
Roy se detiene en seco.
Sus orejas se levantan.
Sus ojos dorados me miran con desconfianza y luego con reconocimiento.

-No jodas...-Lo escucho atraves de el vínculo-¿están bien?

Le devuelvo imágenes sin rodeos, no palabras suaves, no medias verdades. Tim pidiéndole ayuda con desesperación, Conner en el suelo, debilitado, respirando con dificultad.
Kriptonita.
Mucha.
Siento cómo el vínculo arde cuando Roy recibe todo eso.

-Les han hecho daño...-gruñe-Mucho-Roy se mueve inquieto.

-¿Seguimos con el plan?
-pregunta-¿Sombras, distracciones, trampas?

Niego con fuerza, dejando que mi respuesta sea clara, directa.

-No-le digo a través del vínculo-Ya no hace falta esconderse.

El permiso absoluto.

-Vamos a sacarlo-continúo

-Bien-responde-Porque ya me estaba cansando de ser paciente.

Jon

Entramos en la cabaña de los Reyes.

Hay antorchas encendidas y el murmullo bajo de voces que se apagan cuando cruzamos el umbral. Los cuervos no entran, pero los escucho, sé que están afuera. Esperando.

Cuando situamos el punto exacto hacia donde parecen querer empujarnos, el mapa confirma lo que mi estómago ya sabía antes de que nadie lo dijera en voz alta.

Ytzelan.

El reino aparece marcado al oeste, entre montañas abruptas y valles estrechos, un territorio que no se presta a invasiones limpias ni a guerras honorables.

Gobernado por un consejo de... ancianos. Bueno, quizá no tan ancianos, cincuenta años, tal vez algo más. Recuerdo haber escuchado a alguien llamarlos así una vez, con ese tono entre respeto y burla, y desde entonces el nombre se me quedó así.

Según el padre de Damián, quien realmente manda allí es Thiale.
No lo conozco, nunca he hablado con ninguno de ellos, solo he escuchado historias, susurros, advertencias dichas en voz baja, como si nombrarlos atrajera mala suerte.

Pero cuando Damián y sus padres empiezan a hablar de Ytzelan...
se me eriza la piel. No es miedo exactamente...Son de los que juegan sucio, de los que no necesitan ejércitos enormes porque prefieren trampas, traiciones, criaturas que otros no se atreverían a usar.

Nadie lo dice directamente, pero todos lo pensamos, no discutimos mucho, no hay gritos ni golpes sobre la mesa....Marcamos rutas secundarias, senderos ocultos que solo conocen ellos, zonas donde el terreno nos cubre y donde los vigías no esperan movimiento alguno.

Damián señala dónde dividir los escuadrones, cómo rodear el castillo, cómo cerrar los flancos uno a uno sin levantar una alarma general.
Yo escucho, Observo, y prendo.
Se habla de tiempos, de señales, de cuándo avanzar y cuándo esperar.

Damián


Mientras los soldados se mueven por el campamento ajustando correas, revisando armas y repitiendo órdenes en voz baja, yo no dejo de observar a Jon.
Está tenso, demasiado.
Sus hombros están rígidos, la mandíbula apretada, los ojos siempre un segundo por delante del presente.

Yo procuro que mis propios nervios no me nublen la cabeza, no porque no los tenga, sino porque llevo años entrenando para que no se noten.

En Noctaris te enseñan pronto que el miedo no desaparece, solo se domestica, y aun así, algo por dentro se remueve. Una incomodidad extraña, casi física, que me empuja a hacer algo que no estaba en ningún plan.

-Sígueme-digo sin mirarlo siquiera.

Paso por detrás de él y camino directo hacia la armería vacía, nadie pregunta, todo el mundo está demasiado ocupado preparándose para lo que viene.

Y una vez dentro los segundos se deslizan lentamente como la miel.

-Oye, mira... lo siento si parezco un idiota asustado-empieza, nervioso-Sé que no es la imagen que quieres que...-No lo dejo terminar.

Me giro cuando ya he ordenado mis pensamientos con una claridad casi divina y tiro de su camisa con firmeza, acercándolo todo lo posible, me avergüenza admitir que tengo que ponerme de puntillas para alcanzarlo, pero no me detengo por eso.

Mis labios encuentran los suyos sin pedir permiso, mis talones no tardan en tocar el suelo, por mi mano ya ha atacado su nuca como una serpiente, obligándolo a inclinarse para no separarnos tan rápido.

Jon se queda quieto un latido y luego responde, respirando contra mí como si no supiera que lo necesitaba hasta este segundo, su mano duda un instante antes de posarse en mi cintura.
Yo no cierro los ojos.

Me separo apenas lo justo para apoyar mi frente contra su pecho.

-No quiero una imagen-le digo en voz baja, firme-Quiero que sobrevivas-Mis dedos siguen en su nuca.

No lo suelto.

Levanto la mirada despacio hasta obligarlo a mirarme, hasta que nuestros ojos se encuentran en ese espacio estrecho entre antorchas.

-Vamos a salvarlos-continúo-
porque están vivos. No puedo pedirte que dejes de tener miedo...pero sí que no te dejes dominar por él.

Jon no responde con palabras.
Se inclina lentamente, como si cada movimiento fuera una elección consciente, y cierra los ojos. Su frente toca la mía. El gesto es antiguo, íntimo, algo que no necesita testigos. Yo cierro los míos también, respirando el aire entre los dos, compartiéndolo.

-¿Puedo volver a besarte? -susurra.

-Las veces que quieras.

No hay más que decir.
Sus labios regresan a los míos y esta vez no hay urgencia ni arrebato, siento su calor abrirse paso poco a poco, como la primavera empujando el hielo, como el deshielo que no destruye al invierno, sino que lo transforma.

Mi frío no lo rechaza.
Lo envuelve. Mis manos lo sostienen con la misma seguridad con la que sostendría una espada; las suyas se aferran a mí como si en este contacto encontrara tierra firme.

Jon

Después de un par de besos más, breves pero suficientes para anclarnos al presente, salimos de la armería como si nada hubiese ocurrido.

El campamento se pone en marcha casi de inmediato, órdenes que se repiten en voz baja. Arneses ajustándose, capas cerrándose contra el frío, el sonido inconfundible del metal al acomodarse en fundas y vainas.

Todo vuelve a moverse.

Avanzamos sabiendo que, si el tiempo juega a nuestro favor y no se complica nada, necesitaremos al menos dos días para llegar, dos días de marcha constante, bordeando rutas secundarias, evitando pasos evidentes, confiando más en el terreno que en la velocidad.

Podríamos llegar antes. Los solarianos podríamos volar, yo podría hacerlo, algunos de los míos también, pero no sirve de nada, somos pocos, y no sabemos qué nos espera en Ytzelan. Volar sería anunciar nuestra llegada, lanzarnos a ciegas contra un enemigo que juega sucio y que lleva ventaja.

Me repito eso una y otra vez mientras avanzamos: mejor hacerlo bien que hacerlo rápido.
Damián va al frente, como si el camino ya estuviera dibujado, yo avanzo a su lado, atento a cada cambio del terreno, a cada sonido extraño, a cada sombra que no debería estar ahí.

El primer día transcurre sin incidentes.

Al caer la noche encendemos varias hoguera pequeñas, lo justo para calentarnos y comer algo caliente sin delatarnos demasiado. Nadie habla más de lo necesario. El cansancio pesa en los hombros, pero también esa tensión silenciosa que se instala cuando sabes que lo peor aún está por venir.

Después de comer, Damián y yo nos retiramos a nuestra tienda, dentro hace más calor, nos tumbamos uno delante del otro, sin decir nada, como si las palabras ya no hicieran falta...Yo lo abrazo contra mi pecho, durante un segundo pienso que va a quejarse, que va a tensarse, que va a recordarme que mañana hay que madrugar o que no es momento para esto.

Pero no.

Damián suspira, lento, profundo, y se acurruca mejor contra mí, acomodándose como si ese fuera exactamente su sitio.

Se me afloja algo por dentro.

Entierro la nariz en su pelo sin pensarlo, aspirando su olor con una calma que no sentía desde hace días. Me gusta. Me recuerda que sigue aquí, que estamos vivos, que todavía podemos permitirnos esto, una de sus piernas por encima de mi cintura.

Me pregunto si todo esto estaba destinado a pasar.

Si hay caminos que, por mucho que intentes torcerlos, siempre te devuelven al mismo punto de dolor, si algunas pérdidas están escritas antes incluso de que aprendamos a nombrarlas.

Me pregunto si voy a perder a alguien que quiero con todas mis fuerzas. Como a mi hermano...
Conner y yo podríamos haber sido gemelos, no por el parecido -que lo tenemos-sino por la forma en la que crecimos pegados el uno al otro, como si separarnos no fuera una opción real.
Siempre juntos.
Siempre adelante.

Él enseñándome a pelear cuando yo solo quería esconderme, él cubriéndome cuando me metía en problemas, él riéndose cuando yo me tomaba el mundo demasiado en serio.

Me enseñó a caer sin hacerme tanto daño, a levantarme sin vergüenza y cuando estuviera bien, a no pedir perdón por ocupar espacio o equivocarme.
Y ahora...ahora el espacio entre nosotros es inmenso.

Con mío oído escucho a los soldados, el fuego ya, el corazón de Damián duerme contra mi pecho, respirando con esa calma que parece prestada por los dioses, yo no me muevo, no quiero despertarlo

Pero dentro de mí, el miedo sigue caminando.

Pienso en mi hermano, mis padres, gente con la madre que me criado,en Tim, en todas las veces que creí que la luz siempre ganaba solo por existir.
Quizá no sea así.
Quizá la luz tenga que pelear.
Quizá tenga que sangrar.
Quizá tenga que perder cosas que ama para seguir avanzando.

Aprieto un poco más el abrazo alrededor de Damián, como si así pudiera cuidar no solo el presente, sino todo lo que temo que venga después.

Roy

Camino despacio, bordeando el perímetro, dejando que mis pasos sigan un patrón que solo yo entiendo. El terreno aquí es traicionero, lleno de sombras y desniveles, pero mi atención no está en las rocas ni en los árboles.

El miedo me acompaña como una segunda piel, no es nuevo, pero ahora pesa más, la idea de perderlo me aprieta el pecho de una forma que no sé explicar sin sentir rabia conmigo mismo por no haber actuado antes, por no haberlo protegido mejor.

Nuestro vínculo...no es algo sencillo de poner en palabras.
Para nosotros, Tim es como... mamá. Sí, suena extraño dicho en voz alta, pero es esa clase de unión que va más allá de lo físico, de lo que se ve. Es un lazo que nos enlaza mentalmente, que nos ordena, que nos da dirección, seguridad, felicidad y tristeza.

Cuando él está bien, todo encaja. Cuando él sufre, algo dentro de nosotros se desajusta.
No es dependencia.
Es pertenencia.
A través del vínculo siento su cansancio, su alegría, enfados, ese pulso constante que se niega a apagarse aunque el mundo intente aplastarlo...Me aferro a eso mientras sigo caminando.

No pienso permitir que le hagan más daño.

Hoy manda la promesa silenciosa que hicimos sin palabras: que mientras uno de nosotros siga en pie, Tim no estará solo.

Jason

Desde el aire lo sigo con batiendo las alas en silencio mientras él avanza pegado al muro exterior. La piedra está vieja, mal sellada; Ytzelan siempre confió más en el miedo que en el mantenimiento, entre dos bloques, apenas visible para cualquiera que no supiera qué buscar, hay una abertura estrecha, irregular, cubierta de musgo y sombra.

Roy levanta la vista y me señala el punto exacto con un gesto rápido.
Ahí. Desciendo y me poso sobre la cornisa, desde esta forma, el mundo es líneas y contrastes: calor humano detrás del muro, metal, sudor, magia sucia. La abertura conduce a un corredor de servicio, no es una entrada pensada para personas...pero sirve.

Roy se desliza primero, y yo lo sigo, en cuanto tocamos el suelo del otro lado, el cambio es inmediato, el mundo se contrae, cruje, y el aire se llena del olor a piel y sangre cuando dejamos atrás las formas animales en segundos estamos de pie, humanos otra vez, respirando hondo en la penumbra.

No hay tiempo para nada más.

Dos guardias aparecen al final del corredor, caminando sin prisa, hablando entre ellos. No nos han visto aún, Roy no duda, y yo tampoco...Nos movemos a la vez.
Es rápido, limpio, silencioso, uno cae antes de poder reaccionar, el otro apenas alcanza a girarse, los cuerpos quedan inmóviles contra la pared.

Muertos.

Nos colocamos las armaduras de los guardias con movimientos prácticos, y incómodos, el metal es pesado, incómodo, pero sirve.

Ahora somos sombras con permiso para caminar.

Nos colocamos en el punto donde el pasillo se abre hacia una zona más transitada y esperamos, el cambio de turno se siente antes de verse: pasos distintos, voces nuevas, el ritmo alterándose apenas.

Nos mezclamos con el flujo sin levantar sospechas, nadie nos mira dos veces, nadie espera problemas desde dentro.

Intento alcanzar a Tim.

Cierro la mente un instante, empujo a través del vínculo como he hecho mil veces, buscando su presencia familiar, su pulso, su voz clara.
Nada.

Insisto con cuidado, con fuerza, y nada.

Solo un eco distante, apagado, como si la conexión estuviera cubierta por capas de piedra y dolor, sento su existencia, sí...pero no puedo tocarla.

Roy me mira de reojo.

No responde.

Sigue vivo...Si no lo estuviera, lo sabríamos.

Roy

Cuando el vínculo deja de ser útil, todo recae en mis sentidos.

Y eso...me pone nervioso.

No porque no confíe en mí, sino porque aquí dentro todo está diseñado para confundir. El aire está cargado de olores viejos: humedad, óxido, sudor, magia estancada. Mi olfato sigue siendo bueno, incluso en forma humana, pero el casco de la armadura lo entorpece todo. El metal encierra, aplasta los matices, vuelve cada respiración más torpe.

Aun así, busco.

Cierro un poco los ojos mientras caminamos, fingiendo calma, y dejo que el instinto haga lo suyo. Busco algo familiar entre tanta podredumbre: sangre que no sea antigua, dolor reciente, kriptonita... y a Tim.

Cada vez que nos cruzamos con alguien, la sangre se me congela durante uno o dos segundos. No es miedo paralizante, es cálculo puro: postura, arma, mirada, intención. Jason camina a mi lado como si llevara esta armadura desde siempre, rígido, silencioso, perfecto. Yo imito cada gesto, cada pausa, cada leve inclinación de cabeza que hacen los guardias de aquí.

Por dentro, sin embargo, estoy tenso como un resorte.

El problema es que este lugar es un maldito laberinto, pasillos que se bifurcan sin sentido, escaleras que bajan y vuelven a subir, puertas idénticas marcadas solo con símbolos que no reconozco.

Jason no pregunta, simplemente, confía. Giramos por un corredor más estrecho, el aire se vuelve más frío, muchoamás pesado, mi estómago se revuelve. Esto no es solo piedra; aquí hay sufrimiento acumulado. Mi olfato lo capta aunque el casco intente ahogarlo.

Nos cruzamos con un grupo de guardias que suben, me obligo a no tensarme, a no enseñar los dientes, a no acelerar el paso, uno de ellos me observa un segundo más de lo normal.

Siento un sudor frío recorrerme la espalda.
No pasa nada.
Sigue caminando.

Cuando doblamos la esquina, suelto el aire despacio.

Esto ahora me parece una locura...

Siempre lo es-responde Jason-Pero vamos bien.

Eso espero.

Tim sigue vivo, que su pulso todavía existe en algún punto de este infierno de piedra.

No puedo fallar.

No lo harás...

-La corona pesa más cuando está manchada de sangre-

Damián

El segundo día de marcha comienza antes de que el sol termine de levantarse.

El aire es más frío aquí, más seco, y el terreno cambia: menos bosque, más piedra, más pendientes que obligan a mirar cada paso. Los soldados avanzan en silencio, como deben. No hay conversaciones innecesarias, solo señales, movimientos coordinados, miradas que sustituyen palabras.

Yo voy al frente.
Pero lo observo a él.

Siempre.

Jon camina a mi lado o apenas unos pasos detrás, dependiendo del terreno. Su postura es firme, más centrada que el día anterior.

Pero eso no significa que esté bien.

En cómo su mirada se pierde a veces en el horizonte, hacia donde sabemos que está Ytzelan.

Está aguantando para no ir con los pocos soldados cryptonianos que nos acompañan y buscar a su familia él mismo. Hay momentos -breves, casi imperceptibles-en los que mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

En esos instantes, algo dentro de mí se activa...Cuando veo tantas cosas en su cara y sus ojos, cuando juega con las riendas en su mano

Quiero acercarme.
Atraerlo hacia mí.

Abrazarlo con fuerza, como en la tienda, enterrar la cara en su cuello, impregnarlo de mi olor hasta que no quede rastro de miedo, hasta que todo en él sepa que está protegido.

Pero no lo hago.
No aquí.
No ahora.

Porque no somos dos personas caminando solas. Somos líderes.
Somos un objetivo en movimiento.
Y cualquier debilidad visible es una grieta que alguien puede usar.

mi mente no deja de repetir lo mismo: Cuando esto termine no voy a soltarlo.

El tercer día, el aire cambia.

No es algo que se vea a simple vista al principio, pero se siente. En la forma en la que el viento se corta entre las rocas, en cómo el silencio pesa más de lo normal, en ese olor tenue que no pertenece al bosque ni a la montaña.

Y entonces aparecen.

Cuervos.

Nos siguen.
Nos rodean.
Se posan en ramas secas, en piedras, en las propias almenas lejanas que apenas empiezan a dibujarse entre la niebla.

Nos detenemos antes de que el terreno se abra del todo hacia Ytzelan. Desde nuestra posición, el reino se alza entre la roca como si hubiera sido esculpido directamente en la montaña, oscuro, compacto, sin concesiones.

Mi padre no necesita decirlo.
Mi madre tampoco.
Lo sabemos.

Tim está ahí, lo siento como un filo bajo la piel. Nos reunimos en una depresión del terreno, lo bastante oculta para no ser detectados desde las murallas. Los escuadrones se agrupan en silencio, agachados, atentos.

-Entramos en dos fases-dice mi padre, señalando el mapa extendido sobre la roca-Eliminación de vigías exteriores y después infiltración.

Los arqueros se adelantan.

Se colocan en posiciones elevadas, cubiertos por la niebla y la vegetación. Desde donde estamos puedo ver a los primeros guardias de Ytzelan patrullando los accesos exteriores.

Error.

Levanto la mano.
Se tensan las cuerdas.
Y en el siguiente latido...

Las flechas vuelan.

Silenciosas.
Letales.

Uno cae sin siquiera entender qué ha pasado, el segundo intenta reaccionar, pero la segunda flecha ya está en su garganta, el tercero apenas da un paso antes de desplomarse.

Ningún grito.
Ninguna alarma.

-Avanzamos-ordeno.

Rápidos, bajos, aprovechando cada cobertura, el primer anillo de vigilancia cae sin ruido, los cuerpos son arrastrados, ocultados, desaparecen como si nunca hubieran estado ahí.

Nos colamos por una entrada secundaria, una grieta en el muro que apenas parece funcional. Pero lo es. Avanzamos por pasillos de piedra húmeda, iluminados por antorchas que chisporrotean. Hay más guardias aquí, más movimiento. Pero también más puntos ciegos.

Neutralizamos a los que encontramos en grupos pequeños, rápido, sin dejar rastro, cada golpe es preciso, medido, no hay margen para el error.

El interior de Ytzelan es un laberinto.
Pero no estamos perdidos. No cuando los cuervos siguen apareciendo en puntos, observándonos desde cornisas, guiando sin interferir.

Y entonces encontramos a los primeros.

Soldados de Solarys.
Vivos.
Heridos, sí.
Cansados.
Pero vivos.

Seguimos avanzando.
Encontramos más.
Guerreros retenidos, algunos en celdas, otros en habitaciones vigiladas. Los liberamos en silencio, sumándolos poco a poco a nuestras filas.

Y entonces...Los Reyes de Solarys.
Están de pie cuando entramos, rodeados por dos guardias que no llegan a reaccionar a tiempo. Caen antes de poder levantar la voz.

Jon corre hacia ellos, yo me mantengo alerta. El reencuentro es breve, no hay tiempo para más.

-¿Y Tim?-Pregunta Jon.

-Se lo llevaron más abajo...-Dice entre dientes por el dolor.

Descendemos.

Más abajo.
Más profundo.

El aire cambia con cada escalón.
Se vuelve más frío, más húmedo, más pesado. Como si el propio lugar quisiera aplastar lo que respira dentro. Las mazmorras no son un simple conjunto de celdas, son un entramado de pasillos estrechos, puertas de hierro, cámaras ocultas y rincones diseñados para quebrar a quien entre.

Y nosotros avanzamos por ellas como una herida abierta.

-Separad equipos-ordeno en voz baja-Revisad cada celda. Cada rincón.

Los soldados se dispersan.
Grupos pequeños, eficientes.
Las puertas se abren una a una.
Hierro chirriando.
Cadenas moviéndose.
Respiraciones contenidas.

Encontramos más prisioneros.
Soldados de Solarys.
Otros que no reconozco.
Todos en mal estado.
Todos con la misma mirada: agotamiento, incredulidad... esperanza cuando nos ven.

-Tranquilos-dice mi madre en voz baja-Estáis a salvo.

Pero yo no me detengo.

Nada.

Otra.

Nada.

Otra más.

Vacía.

El ritmo empieza a volverse frenético. Los soldados comienzan a abrir puertas con más rapidez, con menos paciencia, el sonido del metal resuena por los pasillos como una advertencia.

Jon aparece a mi lado en uno de los cruces.

-No están aquí-dice, respirando más rápido de lo normal.

Algunas cerradas con mecanismos más complejos.
Otras directamente selladas que los solarianos no tardan en abrir.

Jon

Damián me lo dice con esa seguridad suya que no admite grietas. Que su hermano ha escapado, que Conner estára con él, que han salido de situaciones peores. Están bien, en algún lugar de este bosque, de este reino maldito.

Lo escucho.
Asiento.
Quiero creerle.
Necesito hacerlo.

Pero mi cabeza...mi cabeza no se queda en sus palabras. Se queda en lo que no hemos encontrado, en lo que no hemos visto.

No me quedo a ver lo que hacen con los Reyes de Ytzelan, no quiero presenciar su tortura, ni escuchar sus gritos, ni ver en qué se convierte la justicia cuando se mezcla con la rabia.

Salgo de las mazmorras y el aire de fuera no es mejor, huele a humo, a sangre, a hierro caliente. Camino sin rumbo fijo hasta llegar a una de las tiendas donde están curando a los heridos.

Reconozco caras.
Amigos.
Soldados.
Sirvientes.

Algunos me miran con alivio.
Otros con lágrimas en los ojos, otros ni siquiera pueden mirarme. Paso entre ellos despacio, escuchando los gemidos, viendo vendas manchadas, manos temblorosas. Todo sigue moviéndose, todo sigue funcionando pero nada está bien.

Y entonces los veo.
Cuerpos.
Bolsas alineadas a un lado.
Solarianos.

Siempre muerte.

Se me hace un nudo en la garganta, no me acerco. No puedo. Sigo caminando, hasta que lo encuentro a él.

Mi padre.

Está inconsciente, tendido en una cama improvisada, su pecho sube y baja, lento, estable...pero demasiado débil para alguien que siempre ha sido inquebrantable en mi mente.
Me siento a su lado sin saber qué hacer, mis manos descansan sobre mis rodillas al principio. Luego, poco a poco, tomo una de las suyas.
Está fría. No como la de un muerto.
Pero tampoco como debería.

-Lo siento...-murmuro, aunque sé que no puede oírme. Mi mirada se queda fija en su rostro-Debería haber estado aquí...-Las palabras salen solas-Debería haber hecho algo...antes...

Aprieto un poco su mano.
Mi pecho se hunde, la culpa pesa más que cualquier armadura que haya llevado.

Tim

No recuerdo en qué momento exacto dejé de sentir las manos.

Supongo que fue mientras Roy forzaba la cerradura o cuando Jason dejó de responder durante unos segundos que se sintieron eternos. O quizá fue antes, cuando el dolor ya era tanto que mi cuerpo decidió empezar a desconectarse por partes, como si fuera una máquina vieja que ya no puede con todo.

Lo que sí recuerdo es el sonido.

Metal cediendo.
Respiraciónes.
Y luego el caos.

Roy apareció primero, con esa urgencia que no le había visto nunca. No dijo nada, ni siquiera hizo una broma, lo cual ya era suficiente para saber que la situación era una mierda considerable.

Que no esté muerto...

Detrás de él, Jason.

Que no esté muerto...

-Vamos....-aunque su voz no tenía la fuerza de siempre-No te duermas ahora.

No iba a hacerlo. No podía
Porque cuando Roy lo levantó —literalmente llevándolo sobre su espalda como si pesara menos de lo que realmente pesa—algo dentro de mí reaccionó. Y me obligué a moverme. No sé de dónde saqué la fuerza, no era física, eso seguro. Mis piernas temblaban, mi visión iba y venía, y cada respiración se sentía como tragar cristales.

El primer soldado cayó casi sin que lo pensara...Un movimiento automático, preciso y letal. El segundo intentó reaccionar, pero yo ya estaba encima de él. Satisfacción es lo que sentía el saber que ellos sean los que han torturado a Conner.

Asentí, aunque no sé si realmente lo hice o solo lo pensé...Todo daba vueltas, las paredes, el suelo, las luces incluso ellos. Todo giraba como si el mundo hubiera perdido su eje y yo estuviera atrapado en medio de ese desorden.

Roy tenía su mérito corriendo con a Conner, yo detrás, cubriéndolos como podía, aunque cada paso era una pelea contra mi propio cuerpo.
Y entonces...la ventana. Una habitación de invitados, cortinas claras, muebles intactos, como si ese lugar no perteneciera al mismo sitio en el que nos estaban destrozando.

Recuerdo pensar lo absurdo que era todo eso, y luego el salto. El aire frío golpeándome la cara, el impacto, el dolor multiplicándose, y después de eso...ya no sé. Porque fue ahí cuando empezó lo peor.

El vínculo.

Mis cuervos.

No sé cómo explicarlo sin que suene a locura, pero...es como si todos ellos estuvieran dentro de mí y fuera de mí al mismo tiempo.

Era demasiado.

Demasiado ruido.
Demasiadas presencias.
Demasiadas emociones que no eran solo mías.

Miedo. Ira. Dolor.

Todo mezclado.

Todo amplificado.

Sentí que me ahogaba.

Que si no hacía algo, si no los bloqueaba, si no me desconectaba... iba a romperme.

Literalmente.

Y entonces oscuridad.

No fue como desmayarse sin más.
Fue como si alguien apagara una luz dentro de mi cabeza. Silencio absoluto.

Nada.

Cuando volví, lo primero que sentí fue el frío.

Luego el dolor.

Un dolor sordo, profundo, instalado en cada parte de mi cuerpo como si se hubiera convertido en algo permanente.

Abrí los ojos lentamente.

Piedra.

Techo bajo.
Irregular.
Oscuro.

Una cueva.

Perfecto.

Intenté incorporarme demasiado rápido y el mundo me pasó factura al instante.

Un gemido se me escapó antes de poder evitarlo, y tuve que apretar los dientes para no hacer más ruido.

Respira.
Concéntrate.
Ubícate.

Giré la cabeza.

Y ahí estaban.

No muy lejos.

Roy, inclinado ligeramente hacia adelante, todavía con la respiración pesada. Y Jason sentado, o medio apoyado, como si su cuerpo no hubiera decidido aún si rendirse o seguir.

Seguíamos vivos.

-¿Cómo está?

Roy se acerca un poco más, agachándose a nuestro lado. Su mirada recorre el cuerpo de Conner con rapidez, evaluando, midiendo daños como puede.

-Mal-responde sin rodeos-
Pero vivo.-La kriptonita le ha hecho polvo-añade-Lleva demasiado tiempo expuesto.

-Respira-murmuro más para mí que para ellos-Eso es lo importante.

-No va a aguantar otro asalto-dice-
Tenemos que movernos ya. Sacarlo de aquí, aire limpio, y distancia.

Miro el pecho de Conner subir y bajar, lento, como si cada respiración le costara más que la anterior.

-Va a aguantar-digo.

No es optimismo.
Es una decisión.

-Va a aguantar porque no tiene otra opción-Jason se inclina un poco hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

-Eso suena muy a ti-murmuro-
Pero incluso tú sabes que esto no funciona así siempre.

-Pues tendrá que aguantar.

Jon

Llega la noche y no hay noticias.

Ni de Conner.
Ni de Tim.

El campamento, que hace unas horas estaba lleno de movimiento, ahora respira en silencio. Un silencio pesado, como si todos estuvieran esperando algo que no llega.

Me quedo un rato más junto a mis padres. Los observo. Mis padres sigue inconscientes. Y alrededor demasiados cuerpos que no tuvieron la misma suerte.

Cubiertos.
Quietos.
Muertos.

Trago saliva.
No puedo quedarme más ahí.
Salgo.
No sé hacia dónde voy.
Solo camino.

Paso entre tiendas, entre soldados, entre antorchas que iluminan demasiado poco. Nadie me detiene, nadie me pregunta, supongo que mi cara lo dice todo.

Y entonces choco con él.

Damián.

Me detengo en seco, pero él no duda. Me observa un segundo—uno solo—y es suficiente para que entienda todo lo que no estoy pensando.
No pregunta.
No en ese momento.

Me agarra del brazo y me arrastra con firmeza hacia nuestra cabaña.
No me resisto. Dentro, el calor es tenue.

-¿Quieres hablar?-pregunta.

-No mucho...-respondo, evitando mirarlo.

-Pues suelta lo poco que tengas.

Respiro hondo.
No quiero decirlo.
Pero sale igual.

-¿Qué opinas ahora mismo de mí?-El silencio que sigue es incómodo.

-¿Por qué preguntas eso?-dice él.

-Porque...-trago saliva-No sé...siento que no estoy haciendo nada útil.
Que estoy aquí, esperando... mientras todo el mundo hace algo.
-Levanto la mirada por fin-Y yo... -añado, más bajo-tampoco estoy cuidándote a ti-Me paso una mano por el pelo, frustrado-Se supone que soy un príncipe, que debería estar liderando, tomando decisiones, salvando a los míos...-Suelto una risa breve, amarga-Y en cambio estoy aquí...sintiéndome como si estuviera fallando en todo.

El silencio dura unos segundos, porque Damián siempre piensa antes de hablar. Cuando finalmente lo hace, su voz no es dura, pero tampoco suave..

-Opino que estás cansado, y que te estás exigiendo cosas que ahora mismo no puedes controlar-añade.

-Eso suena a excusa.

-No-responde al instante-Suena a la  realidad-Se acerca un paso-No estás fallando, Jon.bEstás en medio de una crisis que te ha quitado todo lo que conocías. Tu reino, tu gente, tu seguridad...-Su mirada no se aparta de la mía.-Y créeme que muchos se hubiesen rendido. Eso no es no hacer nada útil-continúa-Eso es seguir funcionando cuando lo normal sería estarnescondido en tu cuarto.

No sé qué decir.
No me deja.

-¿Y lo de cuidarme?-repite, como si esa parte fuera la más absurda de todas-No necesito que me cuides yo puedo cuidarme-Da otro paso-
Necesito que estés conmigo.
Y eso lo estás haciendo. No eres un mal líder por sentirte así-añade-Eres uno mejor por no ignorarlo. Y si en algún momento no puedes más me lo dices.

Su mirada cambia apenas.
Más personal.
Más nuestra.

-Para eso estoy yo.

Tim

Cuando Conner ni siquiera abre los ojos, movernos deja de ser una opción inmediata. Lo miro con toda mi atención, su pecho sube y baja lentamente. Demasiado lento.
No puedo arriesgarme a que ese ritmo se rompa en medio del bosque.

Improvisamos una camilla con lo que tenemos: capas, ramas resistentes. Entre los tres lo levantamos con cuidado. Yo noto cada gramo de su peso como si mi cuerpo estuviera hecho de cristal, pero no me permito fallar ahora.

Salimos de la cueva.

La luz del día está desaparecido, pero aún queda algo. Un último resto de sol filtrándose entre los árboles, tocando la tierra como si se resistiera a desaparecer.

Lo colocamos con cuidado, asegurándonos de que su pecho quede expuesto a la luz, de que nada lo cubra. No sé exactamente qué hace el sol en los solarianos, pero sé que les ayuda.

-Tú también deberías descansar-Me dice Roy.

-Estoy descansando

-Dormir-Dice Jason.

-Estoy bien

-Deja de pensar...

-No estoy...

-Sí estás-Dice Roy.

Suspiro cierro los ojos apoyándome contra un árbol. Intento dejar la mente en blanco. Cuando la luz empieza a desaparecer del todo, volvemos a movernos, lo llevamos otra vez dentro de la cueva. El frío ya empieza a colarse por las grietas.

-Tenemos que cerrar esto-dice Jason, y yo asiento.

Entre los tres reforzamos la entrada como podemos: piedras, ramas, tierra compactada. No para sellarla por completo, pero sí para que el aire de la noche no nos atraviese como cuchillas. Cuando terminamos, el interior se queda más oscuro.

Colocamos a Conner en el centro, lo más abrigado posible y yo me tumbo a su lado. Paso los dedos por su cuello otra vez, buscandole el  pulso. Sigue débil...Apoyo la frente un segundo contra su hombro.
No rezo. Nunca lo he hecho. Pero si mañana sale el sol...más le vale hacer algo más que iluminar.

Duerme-Me dice Jason atraves del vínculo.

Lo intentare

¿Intentar?- Pregunta Roy

Sí.

No te servirá de nada aguantar. Estás agotado.

¿Subestimas mí resistencia?

Jamás su alteza.

La mañana no llega de golpe, sino poco a poco, como si el mundo dudara antes de devolvernos la como si la noche hubiera soltado ligeramente su agarre. Luego la claridad, que se cuela entre las grietas que dejamos en la entrada de la cueva, una luz gris al principio, débil, pero suficiente para arrancarme de ese estado pesado entre el sueño y el dolor.

Abro los ojos despacio y todo me pesa. No es el dolor agudo de antes, el que te arranca el aire, sino uno más profundo, más constante, como si mi cuerpo hubiera decidido seguir funcionando a pesar de sí mismo. Respiro hondo y el pecho protesta, pero no me detengo. Necesito ubicarme. Piedra, humedad, silencio... y entonces lo recuerdo todo de golpe.

Conner.

Me giro como puedo, ignorando cómo se tensan mis músculos, y lo encuentro donde lo dejamos. Inmóvil, demasiado quieto, pero respirando. Me acerco lo justo y apoyo los dedos en su cuello, buscando ese pulso que se ha convertido en lo único importante. Está ahí. Débil, irregular... pero más estable que anoche. Eso es suficiente para que algo dentro de mí se relaje, aunque solo sea un poco.

No digo nada en voz alta. No hace falta. Solo me quedo ahí un momento, observando cómo la luz empieza a tocar su piel, cómo el sol, todavía tímido, entra poco a poco en la cueva. No sé exactamente qué hace en los solarianos, nunca lo he necesitado saber, pero sí sé que ayuda. Y ahora mismo cualquier mínima mejora es una victoria.

A mi alrededor, Roy y Jason siguen en ese estado de descanso tenso, listos para reaccionar en cuanto algo cambie. No los despierto. En su lugar, cierro los ojos de nuevo y busco.

El vínculo.

Tarda en responder. Está débil, como yo, como todo. Pero cuando finalmente lo alcanzo, lo que recibo no es claridad, sino ruido. Mis cuervos están cerca, lo sé al instante, pero no encuentran el camino. Los siento volando en círculos, descendiendo, perdiéndose entre corrientes extrañas, desorientados por la montaña, por la piedra, por algo más que no logro identificar. Intento guiarlos, enviarles imágenes, referencias, la forma de la entrada, el claro donde dejamos a Conner bajo el sol el día anterior. Algunos responden, otros se dispersan, y el caos se intensifica hasta que tengo que cortar un poco la conexión para no perderme con ellos o marearme.

Aun así, lo entiendo.

Están cerca.

No lo suficiente todavía, pero lo bastante como para que la esperanza deje de ser una idea abstracta. No tardarán más de un día en encontrarnos. Quizá menos si consiguen centrarse. Si nada cambia, si el clima se mantiene, si no se dispersan más...esta noche podrían llegar.

Abro los ojos de nuevo y miro hacia la entrada. La luz ahora es más clara, más cálida, el sol empujando poco a poco a través de las nubes. Llevo mi mirada hacia Conner otra vez.

Jon

Seguir a los cuervos fue, al principio, una locura.

No había orden porque estaba por todos lados. Solo alas negras cruzando el cielo en direcciones opuestas, subiendo, bajando, perdiéndose entre la niebla de la montaña como si ni ellos mismos supieran a dónde iban. Más de una vez pensé que estábamos siguiendo a pájaros, un impulso desesperado sin destino.

Intenté concentrarme, y buscar el latido de Tim, el de Conner. Pero no encuentro nada. Era como si la montaña se los hubiera tragado. Como si la piedra, la humedad, la magia que flotaba en el aire bloqueara todo lo que yo sabía hacer.

Me desespera porque si no podía encontrarlos así...¿cómo se suponía que íbamos a llegar a ellos? Y después poco a poco, no todos los cuervos, pero sí los suficientes.

Empezaron a alinearse.
A tomar una dirección común.
Primero unos pocos.
Luego más.

Hasta que ya no era caos, sino un flujo, y esta vez...esta vez sí seguimos algo real.

El terreno se volvió más abrupto, y cerrado. Descendimos por una zona donde la vegetación apenas dejaba pasar la luz, donde las rocas parecían cerrarse sobre nosotros.

Y cuando finalmente los encontramos...el sol estaba cayendo. Los últimos rayos se colaban entre los árboles, dorando la entrada de una pequeña cueva, iluminando justo lo suficiente como para ver lo que había dentro.

Primero vi las formas, luego los detalles.

Un zorro, inmóvil, al lado de alguien tumbado, un cuervo más grande que los demás, posado sobre una roca cercana, observando con una quietud casi inquietante.

Y luego ellos.....Tim y Conner.

Todo se detuvo.

Talia fue la primera en moverse. No dudó. Entró en la cueva y cayó de rodillas junto a su hijo, rodeándolo con los brazos con un cuidado que contrastaba con la urgencia de sus pasos. Tim apenas reaccionó, su cuerpo rígido, como si incluso ese contacto le hiciera daño. Después fue Damián quien se acercó y coloco una mano sobre su hombro

El único que no se movió fue Bruce.

Se quedó en la entrada, observando, evaluando, como si necesitara confirmar con sus propios ojos que lo que tenía delante era real antes de acercarse.

Yo no fui capaz de reaccionar igual. Me acerqué a Conner despacio, cada paso pesaba más que el anterior, y cuando finalmente estuve lo suficientemente cerca como para verlo bien me clave en el suelo.

No me atreví a tocarlo. No cuando bastó con escuchar su corazón para entenderlo todo.Ese latido era lento, débil, irregular.

Tragué saliva.

-Conner...-murmuré, pero mi voz apenas salió.

No necesitaba más.

Ya sabía lo mal que estaba.

Y eso me dejó clavado en el sitio.

Entonces llegaron los médicos.

Rápidos, eficientes, y preparados.
Entraron en la cueva sin dudar, apartándonos con cuidado pero sin pedir permiso, revisando heridas, respiraciones, pulso, reaccionando con la seguridad de quien ha visto esto demasiadas veces.

Y yo me quedé ahí.

De pie.

Mirando.

Llegamos a tiempo...

Pero por poco.

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