9
Damián
Me levanto sin prisa.
Me visto con ropa más abrigada: pantalones de montar, capa de lana, cuellos altos. El cielo de Solaris está cubierto, grisáceo. Huele a humedad, como si el Sol estuviera reteniendo la lluvia entre sus dientes.
En el comedor no hay nadie.
Solo Krypto, a mis pies, viéndome como si pudiera leer mi humor.
Ese perro es más sabio que muchos reyes.
Y hoy ni siquiera espera migas.
Desayuno en silencio,
y cuando termino, decido que montar me vendría bien. Mi caballo está en las caballerizas reales, y si no me ha visto en tres días, seguramente esté haciendo una rabieta con los mozos de cuadra.
Cabezón, como yo.
Cruzo uno de los túneles del ala oeste. Están casi desiertos, fríos, con estatuas viejas de guerreros solarianos y linternas de piedra cubierta de líquen.
Estoy por girar hacia la puerta trasera del patio cuando, sin previo aviso...unos brazos me atrapan por detrás.
No me da tiempo a pensar.
Mi cuerpo se tensa,
mi mano roza el mango de la daga en mi cinturón-pero no ataco. Porque el olor me detiene.
Primavera.
Jardines en flor.
Río corriendo bajo puentes antiguos.
Hierba aplastada por juegos de infancia.
Ramas mecidas por el viento cálido.
Huele a él.
A Jon.
-Jon-murmuro, sin girarme.
Su respiración choca contra la piel de mi cuello. Está jadeando, pero no dice nada. Solo me abraza, con los dedos aferrados a mi capa como si al soltarme se desmoronara el mundo.
Siento cómo tiembla.
Siento el calor subiendo desde su cuerpo, envolviéndome.
Mi estómago se encoge.
Porque nadie lo ha detenido.
Porque me lo han ocultado.
Porque él ha llegado hasta mí...
Porque me ha buscado.
Me alejo de él despacio.
Siento sus dedos resbalar de mi abrigo con una vacilación que me parte la respiración.
Levanto la mirada.
Y lo veo.
Oh...
El muchacho que fue fuego hace unos días, ahora es apenas una chispa temblorosa.
El heredero de Solaris, el hijo del sol, tiene los hombros caídos,
la espalda curvada como si cargara con un mundo que ya no puede sostener. Su pecho se hincha una sola vez y suelta el aire como si contuviera lágrimas, aunque no hay rastro de ellas aún.
Todo su cuerpo grita que está a punto de llorar. Esa rigidez en su cuello, esa forma de apretar los puños como si pudiera evitar el colapso.
Solo nos separa un paso.
Pero entonces...
Entonces cae de rodillas.
Como si algo dentro de él se sueltan en silencio. Como si su alma, en un último esfuerzo por resistir, decidiera rendirse justo frente a mí.
Sus manos se aferran a mi cintura con una urgencia casi desesperada. Y su rostro...Su rostro se entierra en mi abdomen, hundiéndose en mi abrigo, en mi cuerpo, como si ahí pudiera encontrar refugio, como si yo fuese la muralla tras la cual puede, al fin, esconderse del mundo.
Y yo...
Yo me quedo inmóvil.
Mi estómago se encoge, apretado por una emoción antigua que no sé nombrar. Siento su respiración cálida atravesar la tela, siento su frente y el temblor de sus dedos clavarse como raíces vivas en mi.
-Perdón...-murmura.
La voz le tiembla, le duele.
Pero no se detiene.
-Perdón por haber sido un cobarde. Por huir. Por no saber cómo mirarte sin pensar en todo lo que soy...y todo lo que no soy.
Levanta un poco el rostro.
Sus ojos.
Santos dioses, sus ojos.
Si el cielo de Solaris tiene un color, está atrapado en ese par de pupilas empapadas, y en ellas hay un mar entero de culpa, ternura y amor.
-Me gustas, Damian.
La confesión cae entre nosotros como un rayo.
Feroz.
Inevitable.
-Y yo...yo quiero estar contigo. Quiero intentarlo. Pero...temo no estar a la altura.
De lo que eres.
De lo que esperas.
De lo que mereces.
Y ahí está.
Jon Kent.
El príncipe del sol.
De rodillas ante mí, confesando el miedo que ni la guerra ni el deseo habían logrado arrancarle antes.
Y yo...
Dioses, ¿qué se supone que debo hacer con esto?
Jon
Mi rostro sigue enterrado contra su abdomen, como si pudiera esconderme del mundo allí mismo, en el calor que emana de él, en el ritmo contenido de su respiración, en la firmeza que solo Damian parece tener incluso cuando no dice una sola palabra.
Pero yo tiemblo.
Lloro.
Y sé que debo parecer patético.
Un príncipe derrotado por su propio corazón. Un alfa que se deshace como un niño en los brazos de alguien a quien no ha sabido cuidar. Un cobarde que huyó...
Mis lágrimas humedecen su camisa, la tela se pega a mi mejilla, y me odio un poco más por no poder controlarme.
Pero no me suelto.
Porque en su silencio hay algo que no me rechaza.
Todavía no.
Y entonces... lo siento.
Su mano.
Sutil.
Lenta.
Presente.
Deslizándose sobre mi pelo con una ternura que no merezco.
Sus dedos rozan mi coronilla con movimientos suaves, casi tímidos.
No me empuja.
No me reprende.
Solo...acaricia.
Y ese gesto tan simple-una caricia-es suficiente para tocar algo más dentro de mí.
-Perdón...-susurro otra vez, apenas audible.
Como si pudiera borrarlo todo con esa palabra.
Como si su perdón pudiera volver a armarme.
Como si su tacto en mi cabeza fuera una promesa de que, tal vez, no todo está perdido.
Sollozo una vez más.
Y me aferro.
Me aferro como si él fuera lo único que queda en un mundo en ruinas.
Damián
En esta habitación bañada por una luz pálida, con los ecos del pasado pegados a las paredes, y con Jon, mi Jon, doblado sobre mí como si fuera un alfarero desteozado por dentro, intentando moldearse con mis latidos.
Llora.
Llora con una verdad que me parte en dos. Con esa forma suya de pedir perdón sin palabras, de gritar "quédate" con cada sollozo.
Su rostro está apretado contra mi pecho, su aliento tiembla contra la tela de mi abrigo, y yo...yo lo sostengo como se sostiene una promesa.
Mi mano, traidora de mi orgullo, acaricia su pelo como si enredarse en él fuera una forma de curarme. Como si peinar su dolor con los dedos me diera permiso para perdonar.
La otra descansa en su espalda, sintiendo cómo su cuerpo se estremece con cada lágrima, cómo su alma parece pedir asilo en la mía.
Y yo...no digo nada.
Porque no hay palabras que puedan abarcar esta grieta en mi pecho.
Lo miro.
Y en su debilidad descubro una ternura que me asusta.
Una belleza que hiere.
Un amor que se arrastra con rodillas sucias, pero con el corazón desnudo.
Y yo, que he peleado guerras sin temblar, tiemblo.
Porque este es el campo de batalla más íntimo.
Y Jon, aun derrotado, me desarma más que cualquier enemigo.
Mi madre se avergonzaría de verme así. Me diría que no soy digno del trono de Noctaris, que un príncipe no se permite derretirse por un corazón ajeno.
Ella, siempre altiva, siempre pulida como una espada recién forjada, me observaría con ese brillo de juicio en los ojos.
Aprovecha su debilidad. diría, con voz firme.
Como hiciste con el príncipe de Vlahovest.
Ah, Vlahovest, aquel reino perdido entre bosques de niebla y torres de piedra negra.
El príncipe Nicolai me ofreció su lealtad entre copas de vino y bailes de máscaras,
y yo...yo tomé lo que necesitábamos.
Sus rutas comerciales. Su voto en el consejo.
Su cama.
Mi madre sonrió entonces.
Y yo no senti nada.
Pero ahora...Ahora Jon llora contra mi pecho, y mi madre no está.
Y yo no puedo hacerle eso.
No puedo ser eso.
Porque Jon no es un príncipe como los otros. Porque en su debilidad hay algo puro, algo tan feroz como el mismo Solarys. Y porque cuando se aferra a mí con esa desesperación muda, siento que soy algo más que un heredero de guerra.
Soy su refugio.
Su casa.
Así que no.
No puedo aprovecharme.
No quiero.
Quiero acunar su tormenta,
borrar su vergüenza, y dejar que su voz honesta, sea lo único que suene en este cuarto donde no quedan máscaras.
Jon
Cuando vuelvo a abrir los ojos, no sé qué hora es. Tal vez pronto sea la hora de comer. Una luz tenue se cuela entre las cortinas, demasiado pálida para ser mediodía, demasiado cálida para ser madrugada.
Me duele la cabeza. No como si me hubiesen golpeado, sino como si el mundo pesara dentro de ella. Un zumbido sordo me late en las sienes, y mis labios están resecos, pegajosos, como si hubiese llorado incluso mientras dormía.
Respiro hondo, y entonces lo siento.
Damian.
Está a mi lado. Su cuerpo cálido bajo las mantas, su aliento rozando apenas la parte trasera de mi cuello. No me toca, no directamente, pero su mera cercanía me oprime el pecho. Como si todo lo de esta mañana no fuese un recuerdo sino una tinta que aún no ha terminado de secarse sobre la piel.
Trago saliva con dificultad. Una vergüenza espesa me cubre los hombros. El rubor me arde en la nuca, en las orejas, y aprieto los ojos un segundo más como si así pudiera esconderme del mundo, o al menos de él.
Recordar que me aferré a su cintura como si se me fuese la vida, que lloré, que rogué...Y que lo solté todo. Mis sentimientos. Mis temores.
Me gustas.
Quiero estar contigo.
Pero temo no estar a la altura.
Me estiro un poco, despacio, intentando no despertarlo. Pero lo hago con torpeza. Porque estoy tenso. Porque tengo miedo de abrir los ojos del todo y encontrarme con los suyos. Porque no sé si aún está aquí porque me quiere, o porque le doy pena.
Y esa incertidumbre me duele más que cualquier herida de batalla.
Decido girarme para quedar cara a cara con él.
El corazón me retumba con fuerza, y no sé si es por los nervios o por lo cerca que está.
Miro su rostro.
Dioses...
Quiero besarlo.
Por todos los astros, los antiguos y los nuevos, quiero acercarme y rozar su boca como si el mundo se fuera a acabar. Y justo entonces, como si el universo leyera mi mente, él abre los ojos.
Yo me escurro hacia atrás como un ladrón sorprendido en plena noche. El rubor me arde en las mejillas, me calienta las orejas.
-Hola-dice, con voz baja, aún rasposa por el sueño, mientras se reincorpora un poco, apoyando la cabeza sobre su mano.
Sus ojos verdes me observan como si nada hubiese pasado, como si no hubiese lágrimas secas en mis pestañas ni un temblor en mis labios.
¿Estaré soñando?
Me subo la sábana hasta debajo de los ojos, escondiéndome, medio niño, medio idiota.
-Hola...-murmuro desde mi trinchera de tela.
Soy patético.
Patético con mayúsculas.
Y aún así, si me dijera que me acerque, lo haría sin pensarlo.
Pero no lo hace.
Solo me mira.
Y yo...yo no sé si quiero huir o quedarme ahí para siempre.
Jon
-¿No quieres hablar de lo de esta mañana?-dice Damian.
El corazón me da un salto en el pecho.
Quiero desaparecer.
Fundirme con la sábana, con el colchón, con el aire mismo.
Mi cara arde de vergüenza.
Es como si una mano invisible me apretara las costillas, obligándome a recordar cada segundo en que me arrodillé delante de él, llorando como un niño, suplicando...confesando.
-¿Eso...?-balbuceo, forzando una risa nerviosa- Ah, bueno, eso... pues... no sé. No me acuerdo bien -digo, encogiéndome de hombros, sin atreverme a mirarlo directamente. Me subo un poco más la sábana, como si esa tela pudiera borrar el ridículo.
Silencio.
Cuando por fin levanto la vista, lo veo.
Damian tiene esa sonrisa.
No es amplia ni burlona, es apenas un filo en la comisura de su boca. Pero es suficiente.
Ese brillo de malicia, esa chispa en sus ojos verdes.
El heredero de Noctaris sabe perfectamente que soy un mentiroso.
-Claro...-murmura, inclinándose un poco hacia mí, con ese tono que me dice que esta jugando conmigo-No te acuerdas. Un Alfa de Solaris, con su memoria prodigiosa, no recuerda lo que pasó hace unas horas-Levanta una ceja, y la sonrisa se le curva un poco más-Qué conveniente.
Me giro en la cama, dándole la espalda, intentando no soltar una carcajada nerviosa.
-Estoy diciendo la verdad-miento con voz ahogada.
Él ríe por lo bajo, esa risa apenas audible que me recorre la piel como un escalofrío.
-Sí, Jon. Seguramente tampoco recuerdas haber dicho que te gusto-Hace una pausa, inclinándose un poco más, hasta que siento su aliento cerca de mi oreja-Y que quieres estar conmigo.
Mi corazón se dispara.
-No...no recuerdo-balbuceo, apretando la sábana con las manos, como si pudiera esconderme en ella.
Damian deja salir una risa suave, más cálida esta vez, casi imperceptible.
-Qué desastre eres-susurra, con una mezcla de burla y algo más que no sé nombrar-Me gusta.
Todo dentro de mí se vuelve loco.
Mi respiración, mi corazón, incluso mis pensamientos, que van de un extremo al otro como un cometa sin rumbo.
Siento.
Siento como si el pecho no me cupiera en el cuerpo, como si el aire estuviera demasiado lleno de él, de su olor, de su voz, de esa sonrisa que se me ha quedado tatuada detrás de los párpados.
Dioses...
Está tan cerca.
Y me está mirando como si ya supiera lo que estoy pensando.
Y yo no sé si ser un cobarde
-darme la vuelta, decir una tontería, reírme y fingir que no estoy temblando-o ser un loco
y besarlo.
Besarlo sin pensar, sin permiso, sin pedir tregua.
Solo cerrar la distancia.
Solo dejar que mis labios digan lo que mi voz no se atreve.
Solo rendirme.
Y en ese instante...él no aparta la mirada.
No retrocede.
Y entonces me doy cuenta de que tal vez, solo tal vez...no tendría que pedir permiso.
Solo valor.
No quiero ser más un cobarde.
Ya no.
Me arde la piel por dentro, como si el Sol mismo se hubiese escondido bajo mis costillas.
Y no sé si esto es valentía o desesperación, pero me enderezo, pongo un poco de distancia solo para verlo mejor. Para asegurarme de que sus ojos siguen mirándome igual.
Para memorizar cada detalle antes de arriesgarlo todo.
Trago saliva.
Mi voz tiembla, pero sale.
Con el filo torpe de la verdad más simple:
-¿Puedo besarte?
Y lo digo como si me fuera la vida en ello.
Damián
La pregunta me atraviesa con la misma ternura que una brisa al amanecer-¿Puedo besarte?-dice. Y su voz, tan frágil, tan valiente, tiene el temblor exacto del que se lanza al vacío esperando alas.
No necesito pensarlo.
No necesito más que el latido desesperado en mi pecho, que grita sí como si hubiera esperado toda una vida.
-Puedes-susurro.
Y el mundo se detiene.
Entonces, lo veo moverse.
Con una delicadeza casi sagrada, Jon se inclina hacia mí, como si temiera romper la imagen que tiene delante.
Como si no pudiera creer que esto es real.
Cada centímetro que recorta entre nosotros parece cargado de relámpagos.
Sus ojos arden con el brillo.
Y luego sus labios...
Rozan los míos.
Primero apenas, como una pregunta sin voz.
Luego un poco más firmes, más seguros. Pero todavía dulces, suaves, como si me besara con el alma antes que con la boca.
Su aliento es cálido, con un dejo de nerviosismo que me envuelve como incienso en un templo antiguo. Y su olor-por todos los dioses, su olor-a vergüenza, a esperanza desesperada, a felicidad recién nacida. Es un perfume a primavera en carne viva, a promesa temblorosa, a algo que podría romperse si se le aprieta demasiado.
Su mano toca mi mejilla, como si confirmara que estoy ahí.
Que no soy un espejismo.
Y yo...yo no me muevo.
Dejo que ese beso me arrase lento. Me hundo en él con los ojos cerrados, dejando que la dulzura me invada los huesos.
Porque este beso no es solo un beso.
Es la confesión de un cobarde que decidió no huir más. Es una oración que solo nosotros entendemos.
Es una tregua.
Una promesa.
Una raíz tierna que comienza a brotar en medio del invierno.
Y, en silencio, yo también le beso de vuelta.
Jon
El mundo se vuelve un borrón dorado cuando sus labios se funden con los míos. Me siento mareado, como si el oxígeno fuera un lujo innecesario mientras él esté cerca. Hay algo en su boca que me incendia el pecho, que me consume y me calma al mismo tiempo, como si el fuego pudiera ser suave, y la dulzura tuviera filo.
Y no puedo parar.
Por los dioses, no quiero parar.
Siento que cada célula en mi cuerpo ha estado esperando esto.
No es un beso casto, ni desesperado.
Es inevitable.
Mi mano, sin que pueda evitarlo, se desliza hasta su cintura.
Y lo acerco más.
Lo quiero más cerca.
Como si necesitara fundirnos,
como si mi pecho gritara más, más de ti, más de esto, más de nosotros.
Sus costillas se amoldan a mi palma como si fueran la otra mitad de un rompecabezas divino. Y aunque tiemblo, aunque mi corazón golpea mi esternón como si quisiera salir volando, no hay miedo.
Solo el vértigo encantador de saber que él me está dejando quedarme.
Porque cuando estás enamorado, el deseo te arrastra como marea.
Damián
Sus labios vuelven a buscar los míos, y esta vez ya no hay temblor, ni titubeo.
El primer beso fue el amanecer.
Este es el incendio.
Jon besa como quien intenta recordar un sueño antes de despertarse, con esa urgencia de quien teme perderlo todo.
Sus labios...calientan, iluminan, curan. Cada vez que se separa, vuelve con más hambre, con más ternura, con más de esa torpe devoción que lo hace tan él.
Y sin embargo, sigue dudando.
Lo siento en sus manos, que se quedan suspendidas en mi espalda, temblando, buscando un permiso que no necesita.
Una de ellas se atreve a bajar, apenas unos centímetros, pero luego se detiene, como si tuviera miedo de romper algo sagrado.
Sonrío.
Porque esa duda me mata más que el beso. Esa forma en la que desea y se contiene, en la que me toca como si yo fuera algo precioso, me desarma.
Entonces, sin apartar mi boca de la suya, deslizo mi mano hasta su muñeca. Sus dedos tiemblan, y yo los guío, con calma, con intención. Bajo su mano, lentamente, hasta que sus dedos descansan sobre mi cadera, y de ahí un poco más abajo, donde su deseo ya lo había llevado en silencio.
Jon suelta un leve jadeo, sorprendido, y yo sonrío contra sus labios. Su inocencia es deliciosa, su torpeza adictiva.
Y por un instante, entre su respiración entrecortada y mis labios aún húmedos, pienso que podría dejar que me besara así por toda una eternidad.
Jon
Aprieto su culo.
No con violencia, sino con la necesidad desesperada de sentirlo más cerca, de confirmarme que está ahí, que no es un espejismo nacido del deseo.
Mi palma se adapta a él con una naturalidad que me asusta; es como si mi cuerpo ya supiera lo que quiere antes de que yo lo piense.
Y entonces sucede algo que me desarma por completo.
Nuestros olores se mezclan en el aire, en mi respiración, en mi piel. El suyo, invierno, tan frío y sereno, con ese toque metálico que me recuerda a las noches bajo las estrellas mas heladas;
y el mío, primavera, tibio, vibrante, con el aroma dulce del sol recién nacido.
Ambos se entrelazan.
Y por un segundo, todo se detiene.
Ya no hay castillos ni coronas ni guerras pendientes.
Solo el contraste perfecto de lo que somos: su calma contenida y mi fuego desbordado,
su hielo derritiéndose en mi calor, mi luz reflejándose en su sombra.
Respiro hondo, y ese aire-ese aire que ahora huele a los dos- me llena los pulmones de una certeza brutal: ya no sé dónde termina él y empiezo yo.
Damián
Nos estoy oliendo.
El aire es denso, casi tangible; vibra entre nosotros con el pulso de algo que podría romperse o explotar si doy un paso más.
Mi cuerpo lo reconoce antes que mi mente.
Ese olor entremezclado, ese calor subiendo por la piel es demasiado.
Y sé que si no paro ahora, no voy a poder hacerlo después.
Apoyo la frente contra la suya, todavía jadeando. Sus labios buscan los míos una vez más, pero lo detengo con un leve movimiento, una caricia que pretende ser calma.
-Jon...-susurro, y mi voz suena más ansiosa de lo que esperaba-Vamos a parar.
Él se queda quieto un segundo, como si no hubiera entendido.
Luego lo escucho gemir bajito, un sonido que no es de deseo, sino de súplica. Un gimoteo tan suave, tan desesperado, que me atraviesa el pecho.
-Por favor...solo un poco más -murmura, su aliento temblando contra mi cuello, su tono casi infantil.
Y por un instante, siento que voy a ceder. Porque me abraza, y su cuerpo se pega al mío, y puedo sentir su corazón latir tan rápido que parece querer fundirse con el mío. Pero lo rodeo con los brazos, lo aprieto contra mí y lo obligo a quedarse quieto, respirando lento, como si quisiera devolverle el control que ambos hemos perdido.
-Eres cruel...-murmura contra mi pecho, su voz amortiguada por la tela.
Le paso una mano por el pelo, despacio, sin decir nada.
Su cuerpo tiembla aún, pero obedece.
Y aunque me cuesta más de lo que quiero admitir, cierro los ojos y lo sostengo así, esperando a que el mundo vuelva a girar a un ritmo que no nos destruya.
Damián
El filo de la hoja corta el aire.
Tim esquiva con agilidad, se mueve entre las ramas con la calma de quien siempre piensa dos pasos por delante.
Yo caigo tras él, mis botas hundiéndose en la nieve húmeda del bosque de Solaris. El aire huele a resina y a hierro; el sonido del acero choca como una conversación entre truenos.
-Así que...¿por ha pasado algo? -pregunta, mientras me lanza un golpe que apenas bloqueo con la muñeca.
-Algo-respondo, girando el cuerpo para contraatacar.
Mi arma roza la suya y la desviamos con fuerza, los dos sonriendo apenas. El eco del metal se mezcla con el viento.
-¿Y lo paraste tú?-insiste, saltando a una rama más alta.
-Por supuesto.
-Qué sorpresa-dice, con una media sonrisa-Podrías haber disfrutado un poco, ¿no crees?
Ruedo los ojos y ataco con más fuerza, sin ganas de admitir que su comentario me ha tocado una fibra.
-No se trata de divertirse-gruño, haciendo chocar de nuevo las espadas-Se trata de...marcar un ritmo.
Tim ríe, bajando la guardia por un instante.
-Hermano, a veces pareces hecho de piedra. Si el chico te gusta, besar no es una línea, es un punto de partida.
-No lo entiendes-respondo, dando un salto hacia atrás, la respiración saliéndome en nubes blancas-No puedo dejar que me controle lo que siento. No...él.
Tim apoya la katana sobre su hombro y me mira desde la distancia, con ese gesto que mezcla ironía y ternura.
-¿Sabes qué creo? Que el problema no es que te controle lo que sientes. El problema es que te da miedo sentirlo.
Sus palabras me siguen incluso cuando volvemos al entrenamiento. Cada golpe, cada salto entre ramas, suena como el eco de algo que no quiero admitir:
Que cuando Jon me besó, yo no sentí miedo...Sentí alivio.
Jon
-¿Así que te arrodillaste?-dice Conner, apenas conteniendo la risa mientras se deja caer en el sofá del salón, con un trozo de pan en la mano y esa sonrisa que ya anuncia desastre.
-No me arrodillé así-respondo, intentando sonar digno, aunque hasta Krypto parece juzgarme desde el suelo.
-¿Y lloraste?-pregunta, fingiendo inocencia mientras un brillo malicioso le baila en los ojos.
-Fue...un momento emocional-
Cruzo los brazos, intentando no recordar demasiado ese túnel ni el temblor de mi voz.
Conner asiente lentamente, masticando.
-Ah, sí, muy emocional. El príncipe heredero de Solaris, luz del sol, esperanza del reino... hecho un cachorrito llorón abrazado al vientre de su esposo asesino del norte. Muy romántico. Muy viril.
-¡Cállate!-gruño, lanzándole una servilleta. Él la esquiva con facilidad, claro.
-Y luego, según me cuenta cierta fuente de palacio, gemiste cuando te dijo que pararais-Su sonrisa es criminal-Literalmente gimoteaste, Jon. Como un cachorro al que le quitan su manta favorita.
-¡No lo hice!-protesto, rojo hasta las orejas.
-Lo hiciste. Yo lo escuche-Conner apoya la barbilla en una mano y suspira teatralmente-Nuestro pequeño Alfa, conquistado por un Omega con el autocontrol de una estatua-Luego me da una palmada en la espalda-Estoy orgulloso. Has heredado lo mejor de mamá: sensibilidad, lágrimas y buen gusto por los imposibles.
-¿Por los imposibles?
-Sí. Porque Damian Wayne es el imposible más bonito que ha pisado Solaris.
Me quedo sin palabras.
Krypto, traidor, le lame la mano a Conner como si lo aplaudiera.
-Voy a matarte-murmuro, pero él se levanta riendo.
-Tarde, hermanito. Ya estás muerto,de amor.
Y se va dejándome ahí, con la cara enterrada entre las manos, preguntándome si sería tan terrible volver a ser un cachorro...solo un poco.
Los siguientes días no sé cómo actuar exactamente.
Es como si el beso-ese beso- se hubiera quedado flotando entre nosotros, invisible pero presente, llenando el aire de algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar.
Intento hablarle con naturalidad, pero cada vez que lo miro me pongo nervioso.
Me tiemblan las manos, me muerdo el labio, digo cosas sin sentido. Y él...él actúa como si nada hubiera pasado, tan firme, tan imposible de descifrar,
aunque a veces creo ver en sus ojos ese mismo temblor que intento esconder.
A la hora de dormir, compartimos la misma cama-como esposos, como extraños-dándonos la espalda. Solo nos deseamos las buenas noches, en voz baja, casi como un ritual mecánico.
Y aun así, el silencio entre nosotros pesa más que cualquier palabra.
Cuatro noches así.
Cuatro noches de contener la respiración, de pensar demasiado, de querer girarme y no hacerlo.
Hasta que no aguanto más.
Hasta que la cuarta noche, con la luna filtrándose por las cortinas y el frío colándose entre las sábanas, me giro despacio hacia él.
Está despierto.
Lo sé porque su respiración no es la del sueño, sino la de quien espera. Me quedo mirándolo unos segundos. El brillo plateado de la luna acaricia su rostro, la curva de su cuello, la calma que siempre finge tener.
Y entonces, con la voz más valiente que encuentro,
la más sincera que he usado en toda mi vida,
le susurro:
-¿Puedo besarte?
Damián
Me giro hacia él, despacio, dejando que la sábana se deslice entre nosotros.
La luz de la luna le cae en el rostro, y por un momento me parece imposible que alguien pueda mirarme así, con tanta fe, con tanto miedo al mismo tiempo.
Sus ojos buscan los míos, y siento el temblor en su voz antes incluso de que hable.
-¿Puedo besarte?-susurra.
Exhalo.
No es un suspiro cansado, sino uno que nace del pecho, de esa mezcla de ternura y rendición que él siempre consigue provocarme.
-Deja de preguntármelo cada vez que quieras hacerlo.
Porque ya lo sabe.
Porque no necesita más permisos.
Porque si supiera lo que hace su voz cuando pronuncia mi nombre, entendería que el permiso fue suyo desde el primer beso.
Y entonces lo veo acercarse.
No hay dudas esta vez, ni titubeos. Solo el roce de su respiración mezclándose con la mía.
J
on me besa con cariño al principio, como si el aire entre nosotros fuera tan frágil que un movimiento brusco podría romperlo. Sus labios rozan los míos con la timidez del primer día de primavera, y aun así, el temblor que deja en mi pecho es más intenso que cualquier batalla que haya librado.
El beso sabe a contención, a deseo disfrazado de ternura,
y me obliga a cerrar los ojos, a dejar que mi cuerpo lo interprete por mí. Su respiración se mezcla con la mía, lenta al principio,
y poco a poco comienza a acelerarse, a volverse errática, humana.
Siento sus dedos subir por mi cuello, explorando con cuidado, mientras otra mano se aventura por mi espalda, tirando suavemente, como si quisiera hacerme comprender algo sin palabras. Yo cedo. Me dejo llevar por la corriente que se forma entre nuestros cuerpos, una corriente que no sé si es fuego o destino.
El beso, entonces, cambia.
Se hace más profundo, más urgente. Deja de ser un roce y se convierte en un reclamo.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente logre asimilarlo.
Paso una pierna por encima de su cadera, sintiendo el calor que emana de él, la firmeza de sus músculos tensos.
Su mano, que había quedado en mi cintura, desciende por instinto, hasta aferrarse a mi muslo, con una presión firme, casi reverente. Y cuando sus dedos se hunden en mi piel,
un estremecimiento me atraviesa entero, como si la tierra misma se abriera bajo nosotros.
Nuestros olores llenan la habitación.
Su primavera-sol, tierra húmeda, la dulzura de la hierba recién cortada-se entrelaza con mi invierno-pino, humo, el filo cortante del aire helado-Y lo que se forma es algo imposible de describir: un perfume nuevo, salvaje,
una ventisca arrastrando flores, una calma envuelta en deseo.
Su respiración choca contra mi cuello, y la mía responde, temblorosa. Cada beso, cada roce, me hunde más en él,
me roba el equilibrio, me roba la lógica.
Y por un instante, lo entiendo todo: por qué los poetas se vuelven locos, por qué los reyes pierden imperios,
por qué los dioses destruyen mundos.
Porque si este beso fuera una guerra, yo me rendiría sin luchar. Si fuera una plegaria, la rezaría cada noche.
Y si fuera un castigo, lo aceptaría gustoso, con tal de volver a sentir sus labios,
su calor,
su primavera,
mi invierno y el temblor exacto de lo que empieza a ser amor.
Jon
Y entonces Damián se me monta encima. No hay rapidez, ni busca de dominio solo esa forma suya de moverse, como si cada gesto estuviera pensado para desmontarme.
Lo miro y veo cómo la luz se posa sobre su piel, cómo el temblor en su cuello delata algo que jamás admitiría en voz alta.
Y entonces lo escucho.
Su corazón.
Golpeando fuerte, irregular, contra mi pecho, como si buscara acompasarse con el mío. Y en ese sonido encuentro algo que me deja sin defensas.
Es más que deseo.
Es...vida.
Es miedo, emoción, seguridad.
Cada latido suyo me recuerda que está aquí, conmigo, que no es el príncipe de hielo de Noctaris ni el heredero perfecto que todos esperan.
Es solo él.
El aire entre los dos se vuelve cálido, lleno de algo eléctrico, antiguo, inevitable. Y por un momento, me parece sentir que hasta los muros del castillo contienen la respiración, como si la noche entera nos estuviera observando, entendiendo que este instante-pequeño y infinito-marca el punto exacto donde dos mundos, el invierno y la primavera, por fin se encuentran.
Sus manos descansan sobre mi pecho, firmes, templadas, como si trataran de anclarme a la cama para que no me disuelva entre sus movimientos.
Sus caderas se mueven con la cadencia de un río, lentas al principio, luego un poco más profundas, como una corriente que encuentra su cauce y no necesita palabras para entender su destino.
El roce es un lenguaje.
Cada movimiento suyo que me arrastra un poco más, como si la gravedad misma hubiera decidido girar en torno a él.
Mis manos buscan su cuerpo casi sin pensarlo. Se detienen en sus caderas, justo donde el movimiento nace, donde la vida parece latir más fuerte.
El calor que desprende me quema las palmas, y aun así no me atrevo a soltarlo.
Solo las aprieto, apenas, con miedo a hacerlo demasiado.
Temo romper algo.
Temo romperlo a él.
-¿Sabes?-empiezo, con la voz ronca-Parecemos dos vírgenes.
Damián me mira tan seco que casi me hace reír más.
-Dos vírgenes-repite.
-En serio-digo, levantando las manos en defensa-Si alguien nos viera pensaría que esto es una tragedia romántica de esas que acaban con uno de los dos muriendo de amor.
Damián niega despacio, pero una sonrisa se le escapa, esa pequeña curva imposible que siempre intenta ocultar.
-Tal vez lo somos-dice.
-¿Trágicos o vírgenes?
-Idiotas-Responde sin dudar, y su voz suena tan tranquila que me hace reír otra vez.
Se pasa una mano por el pelo, suspira y añade-Deberíamos dejar de comportarnos como si no supiéramos lo que hacemos.
-Estoy completamente de acuerdo.
Damián
La noche cae sobre Solaris como un manto líquido, y por primera vez en mucho tiempo no hay distancia entre nosotros.Solo el calor suave de su piel, el murmullo de nuestras respiraciones buscando un mismo ritmo, la quietud antes de algo inevitable.
El roce de nuestras pieles es distinto esta vez. Ya no es casual, ni torpe, ni como dos vírgenes. Es lento, consciente, como si nuestras almas hubieran aprendido a hablar sin necesitar palabras.
Su calor me envuelve, y mi cuerpo responde, como si cada movimiento suyo despertara en mí algo dormido. El aire huele a nosotros-a invierno y primavera fundidos-una mezcla que llena la habitación, que se queda en las sábanas, en el suelo, en mi pecho. Y ese olor...me hace sentir que existo de verdad.
Sus dedos recorren mi espalda, y el mundo se disuelve. Todo se mueve con una suavidad que asusta. Como un rayo que no destruye, sino que ilumina. Como si el trueno no llegara a romper el cielo, sino a coserlo.
Su nombre se me escapa entre susurros, mezclado con el mío, como una plegaria sin templo.
A ese lugar donde dos almas se reconocen antes que los cuerpos.
Donde el tiempo no corre.
Donde todo lo que somos cabe en un solo instante, en un solo roce, en un solo suspiro compartido.
Y cuando al fin el silencio nos envuelve, cuando su respiración se calma sobre la mía, pienso que si existe algo parecido a la eternidad, debe sentirse exactamente así.
Eran dos criaturas peligrosamente enamoradas,
y lo único que hacía falta para condenarlas o salvarlas
era un beso más.
Tim
Acaricio la cabecita del cuervo que se posa en mi ventana.
Sus plumas son tan negras que parecen absorber la poca luz que queda del amanecer,
y cuando inclina la cabeza hacia mí, siento que me observa con una inteligencia que no pertenece del todo al reino animal.
Siempre ha sido así.
Los cuervos me encuentran.
Desde que tengo memoria.
En la escuela militar, cuando tenía doce años, eran mi única compañía. Aquel lugar no estaba hecho para los frágiles ni para los soñadores.
Los días se medían por el sonido del metal y el frío del mármol en los dormitorios.
Allí aprendimos a marchar antes de aprender a dormir, a obedecer antes de entender, a disparar antes de saber a quién apuntábamos.
Recuerdo el primer invierno allí.
El aire cortaba como cuchillas, tan frío que dolía al respirar.
Los uniformes eran negros, de cuello alto y tela gruesa,
bordados con costuras plateadas que brillaban a la luz de las antorchas. Las botas, altas y duras, se ajustaban como si quisieran recordarnos que el dolor formaba parte del uniforme. En el hombro derecho, un emblema de plata con la luna de Noctaris.
Recuerdo las palabras de mamá antes de que me dejara allí.
"No tengas miedo, Timothy.
Ya te he enseñado a pensar antes de golpear. Tu padre te enseñó a ganar cuando todos te creen vencido."
Su voz era calma, pero sus ojos sus ojos sabían más de dolor del que yo podría soportar.
Una corriente de aire me saca de esos pensamientos, fría y limpia, colándose entre los muros de piedra del patio. El cielo de Noctaris, teñido de azul oscuro y motas plateadas, parece mirarnos desde arriba,
como si las estrellas fueran testigos silenciosas de lo que éramos obligados a convertirnos.
El patio de la escuela militar no era un simple cuadrado de piedra: era un círculo perfecto, rodeado de columnas talladas con relieves antiguos-guerreros, lobos, lunas en cuarto creciente-y en el centro, una fuente seca que nunca volvió a funcionar,
pero que todos creíamos que guardaba los nombres de los caídos en sus grietas.
El suelo era de piedra negra, fría incluso bajo las botas.
Por las noches, el rocío se congelaba sobre ella, y cada paso dejaba una huella blanquecina. Era el único lugar donde el sonido se permitía existir. El eco de los
entrenamientos, los gritos de los instructores, los golpes secos de madera contra madera.
Ahí aprendíamos a obedecer... o a desaparecer.
Éramos ciento veinte.
Ciento veinte jóvenes bajo la misma luna. Y yo lo sabía: no todos íbamos a graduarnos.
Algunos no soportarían el frío,
otros no soportarían los entrenamientos, y unos pocos simplemente desaparecerían, como si el bosque los tragara.
Pero yo no.
Yo no podía permitirme caer.
No después de lo que prometí.
No después de las palabras de mamá y de papá.
Ellos eran los reyes.
Así que levanté la cabeza,
ajusté el cuello del uniforme,
y respiré hondo el aire helado de Noctaris, sabiendo que la luna me observaba y que, de alguna forma, me exigiría sobrevivir.
Dormíamos en habitaciones individuales, todas exactamente iguales, como si hubieran sido talladas por la misma mano en la misma piedra. Muros de granito oscuro, sin adornos.
Una cama estrecha, una mesa pequeña, un candelabro de hierro sujeto a la pared,
y una ventana tan alta que solo dejaba ver un fragmento del cielo-nunca la luna entera.
Esa era la broma cruel de Noctaris: vivir bajo la promesa de la luna y apenas verla.
La única diferencia entre nuestras habitaciones estaba en lo que traíamos con nosotros, en aquello que lográbamos rescatar de la vida antes del deber. Algunos colgaban medallas familiares,
otros escondían pequeños amuletos bajo la almohada,
una carta, armas, una piedra, una pluma, una fotografía.
Yo traía una libreta roja, plumas para escribir, algunos de mis libros favoritos y, por supuesto, mis armas: dagas en las vainas junto al muslo y la katana en la cintura.
La mañana siguiente nos despertaron los gritos de quien sería uno de nuestros comandantes; su voz rasgó el sueño como un estandarte en llamas. Me vestí en silencio, me aseguré las dagas en las fundas y deslicé la katana en su saya como un gesto de costumbre, luego salí al pasillo. Ya había movimiento.
Entre los que vi, cinco me vienen a la memoria con la nitidez de la hoja:
El primero era ancho de hombros, con la espalda como un muro. Llevaba una pica larga al hombro y un yelmo colgando de la correa; su lanza terminaba en una hoja ancha y bruñida, apta para romper formaciones. Tenía la mirada cortante de quien mide distancias y calcula trayectorias.
El segundo era delgado y parecía ágil, más pequeño que la media pero seguro rápido como un zorro. Colgaba de su cinturón un estoque corto y varias pequeñas hondas de combate; en la espalda llevaba un carcaj estrecho lleno de dardos. Sus dedos siempre jugueteaban con el mango de una cuchilla oculta, listo para aparecer en un soplo.
El tercero, marcado por una cicatriz que le cruzaba la mejilla, cargaba un hacha de guerra con doble filo que parecía demasiado pesada para un joven, pero él la manejaba con una precisión brutal. Tenía la voz grave y el andar de quien ha roto más de una puerta.
El cuarto era un arquero -hombros tensos, brazos largos- con un arco compuesto encorvado y una bolsa de flechas a medio llenar; su equipo olía a aceite y cuerdas nuevas. Sus ojos buscaban el horizonte como si ya midiera la trayectoria de cada flecha que dispararía.
El quinto era silencioso, envuelto en capas, con una bandolera de pequeñas bombas fumígenas y una especie de bastón corto con punta metálica. No hablaba mucho, pero sus manos estaban llenas de nudos de hilo y cinta; sus herramientas parecían pensadas para hacer ruido en la oscuridad más que en la luz.
Y una vez todos estuvimos listos nos bajaron am patio, el aire se volvió otro: más cortante, más expectante. Nos formaron en filas; las antorchas a los lados arrojaban sombras largas que se estiraban sobre la piedra negra. El comandante pasó losta, sus botas marcaron el mismo compás que el latido colectivo. Hubo órdenes cortas, frases que aprendimos a obedecer sin pensar: "Alinead", "Armas en ristre", "A mí, ahora".
El frío mordía las manos, pero la disciplina nos calentaba desde dentro.
Los entrenamientos empezaban antes del amanecer, cuando el cielo todavía era una fosa gris y el aliento salía en humo.
Nos hacían correr hasta que los pulmones dolían, cargar piedras más grandes que algunos de nosotros, sumergirnos en ríos helados y mantenernos quietos hasta que el cuerpo dejaba de temblar. Cada caída era una lección. Cada herida, una insignia que nadie quería ganar.
Los instructores eran sombras con voces de trueno.
Su forma de enseñar consistía en romperte hasta que olvidaras lo que eras y te reconstruyeras con lo poco que quedaba.
Algunos lo lograban.
Otros simplemente… se quedaban ahí, en mitad del campo de entrenamiento,
sin moverse.
Éramos jóvenes, pero no ingenuos. Sabíamos lo que significaba cuando alguien no aparecía al día siguiente.
Las literas vacías se volvían tumbas silenciosas, y el eco de sus nombres quedaba flotando entre los pasillos de piedra.
No había ceremonias, ni despedidas.
Solo el vacío.
Y aun así, competíamos.
Por orgullo, por miedo, por hambre. Por demostrar que valíamos algo más que los huesos helados del suelo.
Cada golpe era personal,
cada caída ajena, una victoria amarga. En Noctaris la empatía era un lujo, y yo no podía permitirme lujos.
Porque yo no era un alumno más.
Era el hijo de los reyes.
El que debía ser el primero en levantarse, el último en rendirse.
El que no podía llorar, ni fallar,
ni sangrar más de lo necesario.
Había noches en las que el cuerpo me ardía de dolor, y aun así escribía en mi libreta.
Anotaba cada táctica, cada error, cada pensamiento.
Era mi manera de no perderme entre tanto hielo.
Recuerdo una noche en particular.
Estábamos en el patio, de rodillas sobre la piedra mojada.
El comandante nos gritaba que el dolor era la única verdad.
Y mientras todos bajaban la cabeza,
yo miré al cielo.
La luna se alzaba entre las nubes,
fría, blanca, distante.
Y pensé que tal vez ahí, en su silencio, estaba la única comprensión posible.
Porque el hijo de los reyes no tenía permitido caer.
Les echaba mis sobras a los pájaros del patio. Migas de pan, la corteza dura del pan negro, algún trozo de queso que escondía de la ración; eran cosas pequeñas, pero suficientes para que esos ojos brillantes empezaran a fijarse en mí. Al principio se acercaban tímidos, picoteando entre las piedras; al tercer día ya me esperaban en el alféizar, en fila como si supieran que yo volvería.
Los cuervos—negros como carbones pulidos—empezaron a seguirme. No era superstición: había algo en su vuelo que me resultaba familiar, como si entendieran los senderos que mis botas todavía no conocían. En las prácticas en el bosque, cuando nos vendaban y nos lanzaban a la oscuridad como si fuéramos corderos a prueba de lobos, ellos eran una compañía insolente y necesaria. Sus graznidos marcaban direcciones; sus círculos sobre un claro señalaban agua, una roca para guarecerse, un paso seguro entre zarzas. Más de una vez, cuando las ramas me atrapaban y el mundo se volvía un laberinto sordo, seguí el llamado de un cuervo y acabé encontrando el camino de vuelta.
Nos tiraban en cualquier parte, con los ojos vendados, para enseñarnos a confiar en otros sentidos: el oído, el olfato, la memoria del tacto bajo las botas. Muchos se perdían en esos ejercicios; el bosque no perdona y enseñaba con golpes. Pero yo aprendí a escuchar las pequeñas cosas: el crujir de una rama a la distancia, el olor del pino cuando se vuelve húmedo, el ruido de un riachuelo escondido. Los cuervos, obstinados, aleteaban sobre mi cabeza como si quisieran decirme: “por aquí, idiota, por aquí”.
Una vez el ejercicio se complicó más de lo previsto. Una tormenta nos cerró los pasos y el humo de la leña se tragó las señales. Me vi separado del grupo mayor y, en lugar de desesperar, hice lo que mejor sabía: me concentré en seguir esos graznidos negros. Anduve hasta que la mañana ya era blanca otra vez. Cuando por fin salí del bosque, sucios, con las manos cortadas por las ramas, supe que había estado fuera dos días. Dos días tarde en volver al campamento.
Otros no llegaron.
Volver tarde me enseñó más que mil órdenes de los instructores. El miedo dejó de ser un monstruo a evitar y se convirtió en una brújula: si lo mirabas a los ojos, podías entender qué camino tomar. Y los cuervos, esos acompañantes negros, siguieron viniendo a mi ventana, esperando las sobras, esperando que yo siguiera aprendiendo a no perderme.
Seguí aprendiendo a ser más silencioso que una sombra.
Cuando no puedes vencer con fuerza, la única opción sensata es desvanecerte entre los pliegues del mundo y golpear en el momento exacto en que nadie te espera. Aprendí a pisar sin hacer ruido, a doblar la espalda como la rama de un pino para no romper la línea del horizonte, a medir los pasos de los demás por el eco que dejaban en la piedra.
No era el más fuerte, así que estudié a los fuertes como si fueran mapas abiertos.
Aprendí sus ritmos, sus respiraciones, las microtensiones en los cuerpos antes de lanza un golpe; memoricé dónde dolía su protección, qué parte de su coraza eraconde la carne, qué gesto pequeño anunciaba fatiga.
Conocer las debilidades ajenas se volvió una ventaja más segura que un acero nuevo.
En los talleres clandestinos de la escuela me enseñaron a distinguir venenos como quien reconoce notas en una canción: cuáles entumecen sin ruido, cuáles arden la lengua antes de matar, cuáles dejan un susurro de locura. Practiqué dosis en animales y en raíces, documenté tiempos de acción, aprendí a neutralizar un ataque químico con hierbas que encontré en los bordes del camino. No por crueldad, sino por supervivencia; en Noctaris la diferencia entre caer y alzarse pasa por saber qué se bebe además de qué se blande.
Aguanté hambre y sed hasta convertirlos en herramientas. Cerré la boca cuando el cuerpo pedía y dejé que la mente se agudizara: el estómago vacío enseña a escuchar mejor, la garganta seca hace que el calor del aliento ajeno se note antes. Resistir se volvió un ejercicio de voluntad y de cálculo; cuando el cuerpo se quejaba, yo contaba los segundos y ganaba margen.
Y sobre todo, aprendí a ser paciente.
La paciencia no es espera pasiva; es un arte activo. Es observar al enemigo dormir, es esperar la marea que barre el camino, es recolectar pequeñas ventajas hasta que el tiempo te regale la oportunidad perfecta. La paciencia me volvió afilado sin ruido: no preciso ser el primero en atacar si sé que puedo ser el último en levantarse.
Y con cada habilidad ganada, entendí una cosa más: en un mundo que premia al que ruge más fuerte, sobrevivir a veces significa aprender a susurrar para que nadie te oiga venir.
Damián
Jon me guía por los túneles. Sus pasos son firmes, pero el aire alrededor de él vibra con una tensión que reconoce cualquiera que haya vivido con miedo bajo la piel No decimos mucho mientras descendemos. La piedra se vuelve más antigua, más rugosa. El olor a humedad deja paso a un perfume casi sagrado.
Una memoria del mundo antes del mundo.
Seis plantas abajo.
Silencio.
Ecos de nuestras botas.
Un reino enterrado en otro.
Las antorchas se encienden con un crujido y las paredes cobran vida: figuras altas, coronas de sol, espadas llameantes, cuerpos que no son cuerpos humanos, sino mitos cincelados. Jon levanta la mano y los señala, como quien presenta familiares que llevan siglos observándolo respirar.
-Te presento a mis ancestros-dice.
Y su voz no es solemne. Es… vulnerable.
-Ah- Sí, brillante respuesta, Damian-Y…¿por qué estamos aquí?
Su pecho sube, baja. Traga saliva.
Ese segundo que tarda en responder es más revelador que cualquier palabra.
-Porque tengo miedo-admite.
No tiembla su voz, pero su olor lo delata: tristeza, presión, un leve rastro de vergüenza que no debería existir en alguien como él.
-¿Por qué?-pregunto, aunque creo que ya lo sé.
- he pensado en esto durante años -murmura-Aveces las guerras llegan antes de que podamos prepararnos…y yo…yo siento que no estoy a la altura de ninguno de ellos.
Miro los murales: guerreros, seres colosales, protectores de sol y fuego. Él baja la mirada.
-Puedo pelear, puedo proteger… pero ellos…ellos eran gigantes. Fundaron esto. Mantuvieron viva nuestra sangre. Respira hondo, y su aroma se vuelve más denso, como la tierra antes de romperse en tormenta.
-Demasiados quieren cazarnos por lo que somos-continúa-Por lo que llevo en mi sangre. Por lo que puedo llegar a ser. No nos ven como personas. Solo como armas.
Silencio otra vez.
La palabra arma queda suspendida entre nosotros como una cuerda tensada.
-Pero vosotros siempre tenéis ventaja-respondo, con mi frialdad de costumbre-Y si no tienen kryptonita, dudo que ganen.
Sus hombros caen un poco.
-Esa cosa ha matado a tantos de los nuestros…-su mano roza las paredes, los nombres grabados en roca-Nos ven como monstruos si usamos nuestro poder. Nos ven como trofeos si no lo hacemos.
Qué decir ante eso.
Mi reino me enseñó que el poder es cuchillo o escudo.
Solaris le enseñó a él que el poder puede ser una condena antes de ser una bendición.
Me quedo callado.
No porque no tenga palabras, sino porque por primera vez entiendo algo que antes solo adivinaba:
Ser temido es un privilegio en mi tierra.
Aquí ser temido es una sentencia.
Jon Kent, príncipe del Sol, hombre que brilla aunque odie hacerlo, teme no ser suficiente para un linaje de leyendas.
Y por una vez no sé qué postura tomar.
Solo lo miro.
Solo lo veo.
Y por dentro, sin decirlo, pienso:
Entiendo tu miedo, Jon.
Y no pienso dejar que te ahogues en él.
-Entonces-digo, sin apartar la vista de las figuras talladas-si vienen a por ti, que me vean como su castigo.
La frase cae entre nosotros como un filo recién desenvainado.
Silencio.
Eco.
Incluso los murales parecen guardar la respiración.
Jon me mira como si no supiera si debería reír o arrodillarse.
El brillo en sus ojos cambia; ya no es inseguridad pura es esa chispa temblorosa y peligrosa que aparece cuando alguien es visto, realmente visto.
-Wo…-su voz tiembla apenas, y sonríe con esa torpeza que solo tiene cuando no sabe dónde poner las manos-qué romántico.
Ladeo la cabeza.
-Sé que tú harías lo mismo por mí
Jon deja escapar una risa suave, casi rota.
-Claro que lo haría.
Hay algo valiente en sus palabras.
Algo tonto también.
Pero ese es Jon: valentía impulsiva envuelta en una sinceridad peligrosa.
Su olor cambia,
primavera después de la lluvia,
fuego suave sobre nieve.
Está nervioso. Espera mi reacción.
Y yo no soy bueno con esto.
Nunca lo he sido.
-Te quiero me dice.
Y mientras él sonríe como si hubiera encendido un sol en mitad de un templo subterráneo, yo miro los murales otra vez y pienso:
Que los dioses juzguen como quieran.
Si este es mi error no me arrepiento.
Jon
Después de aquel día en las entrañas del palacio, descendimos juntos a otro tipo de santuario: mi habitación.
El único lugar donde he sido niño, heredero, prisionero y ahora algo inesperadamente más humano.
Mis cuatro paredes, testigos silenciosas de sueños y soledades, nos recibieron sin protesta.
El olor que antes era solo mío —sol y polvo de libros viejos, madera y memoria—ahora se entrelaza con el suyo: invierno , acero, lluvia. Un olor que se instala en los huesos y parece decir: no estás solo, idiota.
Repartimos el armario como quien firma un pacto secreto.
Sus ropas oscuras, disciplinadas y elegantes; las mías, más claras, suaves, casi ingenuas a su lado.
El resultado es un océano donde la noche y el día cuelgan lado a lado, pretendiendo equilibrio cuando en verdad arden el uno por el otro.
Nos movemos en esa habitación como si el universo se hubiera encogido para caber entre sábanas revueltas. Dormimos como lo hacen los que al fin han encontrado descanso: él apoyado a veces sobre mi pecho, mi mano a menudo en su nuca; dos respiraciones buscando acordarse, por fin, de cómo respirar juntas. Rozamos las narices antes de besarnos, pequeños gestos que, si alguien los viera, podría confundir con inocencia.
Inocencia no es.
Pero tampoco es deseo.
Nos desnudamos como quien quita capas de miedo antes que tela, y en cada caricia hay un descubrimiento, una confesión que no necesita voz. Mis manos aprenden su espalda como quien estudia un mapa sagrado,
y su piel aprende mi nombre antes que mis labios lo pronuncien.
En los entrenamientos, somos los de siempre. principios vivos de reinos orgullosos. Yo contengo mi fuerza del sol como quien aprieta un secreto entre los dientes,
cuidando no romper la ficción de igualdad que nos protege.
Pero cuando estamos solos, cuando la tarde se derrite en oro y la sala queda vacía…basta un paso mal dado.
Un giro demasiado de cerca y un suspiro que roza la piel. Y se derrumba la solemnidad, cae un beso torpe o urgente, y él sonríe con ese brillo arrogante y maldito en los ojos.
Acto seguido, claro está, aprovecha mi distracción para darme un golpe limpio en las costillas.
Yo me quejo, él se burla.
Puedo continuar, pero lo mantendré en un registro poético y sensorial, sin detalles explícitos.
Vamos allá, con Jon narrando:
Hacer el amor con él es como convivir con dos estaciones que jamás deberían encontrarse,
y aun así lo hacen en mi cama, en mi cuerpo, en mi pecho.
Cuando estamos solos en la habitación, cuando el mundo se reduce al sonido lento de nuestras respiraciones y el silencio es una manta más sobre nosotros, todo es lento.
Sus manos recorren mi piel como si temiera que desapareciera si se apresura, y yo me derrito como nieve al sol bajo cada caricia, cada beso plantado cariño.
Nos movemos despacio, como si estuviéramos leyendo al otro en voz baja, descubriendo significados ocultos entre suspiros apenas audibles,
como si cada roce de su nariz contra mi mejilla fueran una pequeña chispa.
Es íntimo.
Devoto.
Casi peligroso, porque la calma que crea me hace pensar que podría vivir así toda la vida.
Pero luego está el otro lado.
Ese que aparece sin avisar.
Como ayer, cuando entrenábamos. Solo era un cruce de ataques, un choque de respiraciones. Hasta que…algo en la forma en que me miró, en la forma en que yo dije su nombre,
encendió el mundo.
Y terminamos en el suelo, el frío suelo contra mi espalda, mientras el se mueve sobre mi, el olor a sudor y acero mezclándose con su perfume propio helado, sus dedos agarrando mi ropa como si quisiera arrancar no la tela,
sino la minpiel para meterse debajo.
No hubo aviso. Solo necesidad,
cruda y temblorosa, como si hubiéramos esperado demasiado y por fin la cuerda que nos sujetaba cediera.
Sus labios contra los míos,
sus manos anclándome como si pudiera perderme en pleno combate, mi risa ahogada entre sus besos y su aliento escapando contra mi cuello, caliente, urgente, voraz.
Éramos dos tormentas chocando sin miedo a destruirlo todo,
dos espadas golpeando al unísono, fuego y hielo encendidos sin misericordia.
Damián
El agua está tibia, silenciosa.
Casi puedo escuchar el latido de las velas reflejándose contra la piedra, la respiración tranquila de Jon en el otro extremo de la tina, el murmullo del agua rozando las superficies como si no quisiera interrumpirnos.
Es paz.
Una que no debería inquietarme pero lo hace.
Porque hay momentos en los que la calma se vuelve insoportable,
como si mi piel recordara que no nací para la quietud,
sino para el filo, para la decisión, para el movimiento.
Y sin pensarlo—o quizá pensándolo demasiado—
me desplazo bajo el agua.
Su mirada me encuentra justo cuando me detengo sobre él,
mis rodillas a cada lado de su cintura, el agua corriendo suavemente entre nosotros.
Sus ojos se abren un segundo.
Sorpresa, ternura y algo más cálido detrás.
-Ey-susurra.
No le doy tiempo a decir nada más. Mi mano sube a su mejilla húmeda, y lo beso.
No con hambre.
No con urgencia.
Con esa suavidad que solo se usa cuando tocar algo más fuerte sería profanarlo.
Mis labios se deslizan sobre los suyos como si quisiera memorizar cada línea, como si su boca fuera un poema antiguo que solo se lee despacio, temiendo arruinarlo si se pronuncia mal.
Su mano sube a mi espalda,
calma, tibia, firme. Me sostiene como si temiera que el agua pudiera robarme de sus brazos
si no me mantiene lo bastante cerca.
El agua se mece con nosotros,
caricias líquidas sobre la piel,
discretos testigos de un momento que nadie entendería fuera de esta habitación.
Me separo apenas un instante,
lo justo para mirarlo,
para verlo.
-A veces-susurro, casi sin voz-creo que quiero esto más de lo que debería.
Porque nunca me gusta tanto el sexo, pero con el quiero a veces no parar nunca.
-¿A veces?-contesta él, con esa honestidad que me desarma-yo creo que tú lo quieres justo como debes.
Y entonces no puedo evitarlo:
apoyo mi frente contra la suya,
cierro los ojos, y lo beso otra vez.
Jon
Salimos temprano, y durante el camino hacia Noctaris noto cómo el clima cambia. El cielo, que al principio estaba despejado, se cubre poco a poco con nubes densas, como si la propia tierra quisiera apagar el sol antes de entrar al reino de Damian. No es una tempestad inminente; es una invitación silenciosa al frío, a la seriedad que domina estas tierras.
Y sí, estoy nervioso.
Cuando empezamos a acercarnos, las casas aparecen primero, robustas y oscuras, hechas para soportar inviernos crueles. Las paredes son de piedra gruesa, las ventanas pequeñas, las vigas enormes. Aquí todo parece construido para durar y proteger, no para agradar. Cada edificio parece tener más historia que vida.
Los árboles también son distintos. Altos, rígidos, fuertes como columnas antiguas. No hay delicadeza en ellos; hay resistencia. Crecen hacia arriba como lanzas, ramas retorcidas que parecen preparadas para romperse antes que rendirse. Todo este reino está hecho para enfrentar cosas que otros jamás imaginarían.
Y entonces lo veo: el palacio de Noctaris.
Es majestuoso, pero no de un modo vistoso.
Torres afiladas se elevan como flechas apuntando al cielo. Muros masivos que podrían resistir asedios durante siglos. No hay colores llamativos ni adornos excesivos. Solo piedra, escudos, lobos y lunas talladas. Se siente como si estuviera vivo… y esperando.
Dejo mi caballo en los establos. Resopla, inquieto, como si pudiera sentir la energía del lugar. Yo también la sientoby me enderezo, intentando parecer más digno de estar aquí.
Damian camina a mi lado con la seguridad de alguien que conoce cada piedra de este sitio.
Yo, mientras, intento no parecer un turista a punto de perder aire.
Cuando pasamos por el primer pasillo de guardias, estos se tensan, atentos. Llevan armaduras negras, capas de invierno y espadas al cinto. Podrían pasar por esculturas si no fuera porque sus ojos siguen cada movimiento.
Hasta que reconocen a Damian.
Entonces sus posturas cambian apenas: hombros más firmes, cabezas inclinadas, respiración contenida. Respeto—y un leve miedo.
Las puertas del palacio se abren, y el interior me recibe como una marea fría: pasillos amplios, columnas altas, antorchas encendidas que proyectan sombras que parecen respirarse.
Pieles y estandartes cuelgan en las paredes, y el suelo de piedra resuena con nuestros pasos.
Noctaris es hermoso, sí.
Pero no como Solaris, que te abraza.
Noctaris te evalúa.
Y caminar aquí, junto a Damian, sabiendo que este es el lugar que lo formó y que ahora me ve a mí… hace que cada músculo de mi cuerpo esté atento.
Y aun así, cuando miro de reojo a Damian, él me sonríe. Una sonrisa pequeña, pero real.
Eso basta para que mis pulmones vuelvan a funcionar.
Las grandes puertas dobles se abren, y el sonido de los guardias golpeando las lanzas contra el suelo anuncia nuestra entrada. La sala es enorme, fría y solemne, con vitrales que dejan pasar una luz pálida. En el centro, sobre una plataforma elevada, están los tronos de los reyes.
La reina nos mira primeros. Sus ojos—del mismo verde profundo que los de Damian—se iluminan apenas, y antes de que diga una palabra, puedo sentir su alivio.
-Me alegra veros sobre todo tu Damia sin protestas-dice..
Damian rueda los ojos, como si llevara toda la vida soportando ese mismo comentario.
-Vine porque era necesario-
responde él.
-No empecéis-Dice el rey
-Noctaris se fortalece cuando sus hijos vuelven a su hogar.
-Falta Tim-Dice Damián
-Desde luego-Habla ella.
-Me alegro de verte Jon-Me saluda el Rey
Tras el saludo protocolario, dos guardias avanzan y se inclinan.
-Acompañadnos. Prepararemos las estancias.
Siguen los pasillos, más estrechos y silenciosos ahora. Pasamos retratos y estandartes familiares, símbolos de victorias, nombres legendarios. Y entonces llegamos a una puerta alta, con una luna plateada grabada en el centro.
La habitación de Damian.
O mejor dicho, su antigua habitación.
Los guardias la abren y el aire frío del pasado sale a recibirnos.
El lugar es amplio pero sobrio. Las paredes son piedra oscura, el suelo cubierto por una alfombra gruesa de tonos grises y azul profundo. Hay una cama grande, rígida, perfectamente hecha con mantas pesadas. A un lado, un escritorio de madera oscura, gastado en los bordes por años de estudio disciplinado.
Lo que más destaca son las armas: espadas colgadas como trofeos, estantes con libros, un arco y un carcaj que parecen casi decorativos por lo impecables que están.
Y un maniquí a un lado con una vieja armadura juvenil de entrenamiento, más pequeña que la actual complexión de Damian.
El cuarto es pulcro, simétrico, eficiente.
Hermoso a su manera, pero frío.
Se siente como entrar en la habitación de alguien que no fue niño, sino un heredero desde que aprendió a caminar.
-Así vivías-murmuro.
Damian cierra la puerta detrás de nosotros. Lo veo mirar el lugar como si estuviera observando un fantasma de sí mismo. Su postura cambia apenas —no vulnerable, pero sí… humano.
-Sí.
Camino un poco por la habitación, rozando con los dedos el borde del escritorio, observando los estantes con libros sobre estrategia, guerra, disciplina, y algún escritor.
-Es…muy tú-digo, intentando sonar casual pero sincero.
Damian me mira.
Y sonríe apenas, esa sonrisa pequeña que solo me da a mí, como si fuera algo privado.
-Era yo antes de respirar aire de verdad-responde.
Sé lo que quiere decir.
Antes de Solaris.
Antes de nosotros.
Coloco mi mochila en un rincón y me siento en la cama, que es firme como una muralla.
-Creo que mi espalda ya te está odiando-comento, haciendo una mueca.
Damian suelta una risa suave, sincera, que llena más la habitación que toda la luz de las antorchas. Luego se acerca, sin prisas, como quien no teme a nada en su propio territorio.
-No te preocupes-murmura mientras se inclina y me roba un beso rápido, casi travieso-Yo me encargaré de que duermas bien.
Siento las mejillas calentarse.
Y también mi orgullo.
Si hay algo que siempre he creído…es que los castillos cuentan secretos a quien sabe escuchar.
Y Noctaris no es la excepción.
Después de dejar nuestras cosas, Damian decide enseñarme el palacio entero. No con la actitud fría y formal de un príncipe guiando a un invitado, sino con esa mezcla entre orgullo y algo parecido a ilusión que intenta ocultar bajo su expresión seria.
Caminamos por pasillos laberínticos iluminados con antorchas azules—sí, azules— que chisporrotean con una luz fría. Las paredes están llenas de tapices viejos, escenas de batallas bajo cielos nocturnos, lobos plateados, lunas en fases distintas… arte que parece respirar historia.
-Estos corredores se construyeron para confundir invasores-dice Damian, casi sin mirarme, como si estuviera recitando un recuerdo.
-¿Y funcionaron?-pregunto, tocando un grabado que muestra una luna quebrada.
-Sí-levanta apenas la comisura de los labios-Muchos enemigos se perdieron aquí dentro. Algunos siguen perdidos.
Me detengo un segundo.
-Espero que no te refieras a fantasmas.
-¿Qué crees?-arquea una ceja, y por un instante me parece verlo divertirse con mi incomodidad.
Seguimos.
Atravesamos patios interiores donde árboles oscuros crecen como si fuesen guardianes antiguos. Las hojas plateadas brillan bajo la luz tenue que atraviesa los ventanales. El clima parece distinto aquí; más frío, más contenido. Un reino que exhala disciplina.
Luego, cruzamos un pasillo de arco tras arco hasta que una puerta doble, enorme y cubierta de runas de plata, aparece frente a nosotros.
Damian la abre con ambas manos.
Y el aire cambia.
Entramos a la biblioteca.
No es una biblioteca.
Es un templo.
Una bóveda inmensa con estanterías que suben como murallas hasta perderse en sombras altas. Escaleras móviles, plataformas, mesas de lectura con lámparas de aceite. Libros encuadernados en cuero oscuro, pergaminos lacrados, mapas antiguos colgados como estandartes de conocimiento.
El aroma a tinta vieja, polvo, pergaminos y algo más. Magia antigua, quieta y dormida.
Mis pulmones se llenan como si hubiera estado respirando a medias todo este tiempo.
-¿Siempre ha sido así?-susurro.
Damian me mira de reojo, como si esta reacción fuera la que secretamente esperaba.
-Sí. Es el corazón del palacio-dice, sin ocultar el orgullo esta vez- Aquí estudian los herederos. Aquí aprendemos historia, diplomacia, estrategia y a no fallar.
Camino lentamente entre las mesas. Mis dedos rozan lomos de libros marcados con símbolos que no reconozco. Siento que estoy pisando siglos.
-Este lugar es…-no encuentro palabra suficiente.
-Peligroso-responde él, sin suavizarlo-La información también mata.
Me detengo y lo miro.
-Entonces es perfecto para ti-digo, soltándole una sonrisa.
Maravilloso.
Libros potencialmente homicidas.
Me doy vuelta para preguntarle más, pero antes de decir una palabra él ya está caminando hacia mí, lento, como si el eco supiera su nombre. Se detiene frente a mí, tan cerca que podría contar sus pestañas.
-Noctaris puede ser frío para quien viene de luz-dice.
-Yo lo puedo resistir-respondo, firme.;Sus ojos se suavizan un segundo. Apenas.
-No lo dudo.
Y entonces, sin una palabra más, toma mi mano. No con fragilidad, sino con una seguridad silenciosa que me deja sin aire.
Me guía entre estantes como si supiera que este lugar me marcará.
Y lo hará.
Estoy seguro.
Porque en ese instante me doy cuenta:
Noctaris no es solo piedra, sangre y sombras. No es un reino hecho para quebrantar o moldear.
Es un reino que exige ser comprendido.
Como él.
Y yo…
Yo quiero comprenderlo todo.
Tim
Conner es una contradicción hermosa.
Un comandante que sonríe como si el mundo fuera sencillo, un guerrero que se congela porque Noctaris tiene demasiadas nubes.
Y ahora mismo está escondiendo la cara en mi cuello como si yo fuera algún tipo de refugio sagrado.
-Eres un bebé solar-murmuro, pasándole una mano por la nuca.
-Soy un bebé enorme y fuerte, respeta mi imagen-gruñe contra mi piel.
-Claro, campeón del sol. Temido en batalla, derrotado por el clima frío.
-Dramático-me pellizca el muslo, suave, apenas un castigo.
Le doy un golpe flojo en el hombro y él se ríe, esa risa baja, feliz. En mi cama.
En mi cuello.
Con mi cuerpo contra el suyo.
-Sabes que iría contigo a donde sea, ¿no?-dice de repente-Hasta a ese maldito reino sombrío lleno de dagas, venenos y miradas que parecen juzgar tu alma.
-Estás hablando de mi hogar.
-Y lo digo con cariño-Se separa lo justo para mirarme. Sus ojos azules brillan como si guardaran el sol adentro-Pero también sé que ellos necesitan tiempo-añade-
Jon y Damian. Que todo esto es…nuevo. Y si yo estuviera allí, probablemente estaría intentando arrancarle la cabeza a cualquiera que mirase mal a mi hermano.
-Qué diplomático-susurro, besando su frente.
-Tu harias lo mismo por el tuyo-mueve las cejas.
-Eso totalmente verdadero.
Nos quedamos un segundo en silencio. Me doy cuenta de que mi mano todavía está en su pelo, jugando con él sin pensarlo.
Y él sigue agarrándome.
Fuerte. Como si el mundo temblara si me soltaba.
Ese es Conner.
Luz ruidosa.
Lealtad feroz.
Adorable.
Mi desastre de sol personal.
-Si quieres, cuando vuelvan, podemos ir-digo finalmente-Para que conozcas mi mundo.
-Tim Wayne-susurra, apretándome aún más contra él-Si voy a Noctaris, prométeme que no me vas a dejar solo con tu familia…no quiero morir trágicamente antes de pedirte matrimonio algún día.
Le doy un beso lento, profundo, como si pudiera sellar esa promesa en su boca.
-No vas a morir-respondo-Pero sí vas a sufrir un poco.
-Lo sabía-dice satisfecho-Qué forma tan romántica de decir que me amas.
-Cállate.
-Te amo también.
Y lo beso otra vez.
Porque no sabré hablar de sol ni de cielos despejadosPero sé amar en silencio.
Sé amar con paciencia.
Sé amar como se aferran las sombras a la luz.
Él al sol.
Yo a la noche.
Nunca pensé que sería capaz de amar a alguien. Mucho menos a alguien como Conner. Quizá porque el amor siempre me pareció un lujo para otros.
Algo frágil y peligroso.
Una distracción que podía costarme la vida.
Me enseñaron a sobrevivir. Solo yo, yo y yo.
A leer intenciones.
A atacar y no caricias.
Y, sin embargo llegó él.
Con sus manos grandes, su risa fácil, su corazón absurdamente noble. Con esa forma de mirarme como si fuera más que mi linaje, más que mi deber. Conner rompe todas mis defensas sin darse cuenta. Me mira y el mundo deja de ser tan peligroso. Me toca y recuerdo que tengo sangre caliente, no hielo en las venas.
Y ahora cuando despierto y él está respirando contra mi cuello, cuando me sonríe como si el universo le diera motivos,
cuando me llama “Tim” como si fuera su palabra favorito…
Me doy cuenta de algo simple, devastador, real:
No solo soy capaz de amar.
Estoy perdido.
Profundamente, inevitablemente perdido por él.
Lo primero que pensé cuando lo vi fue: vale, pon buena cara.
Luego pensé que no era el más listo. Que seguramente era comandante solo por su fuerza y evidenctemente su apellido. Un típico prodigio de la luz, guiado más por músculos que por estrategia.
Pero me bastaron dos horas.
Dos horas para darme cuenta de que Conner podía levantar la moral de cualquiera solo entrando en una habitación.
Que era capaz de detener una pelea con una mano y una risa, y luego curar la herida con palabras sinceras.
Dos horas para notar cómo observaba todo, incluso cuando parecía distraído. Cómo se colocaba siempre entre el peligro y los demás sin pensarlo. Kory lo miraba como alguien que sabía que tenía un gran destino por delante, como alguien leal de una forma que no había visto nunca.
Entendí que su fuerza no era solo física.
De ver esperanza donde yo veía estrategias.
Y ahí me atrapó.
Porque yo fui entrenado para ver amenazas.
Y aún así, lo vi a él y pensé:
Esto no es un peligro esto es un salvavidas.
Un mes después, Conner me tenía cegado.
No por una admiración absurda, sino porque cada día encontraba un nuevo motivo para respetarlo.
Para él, todos sus soldados eran iguales, y corregía a los más rebeldes sin humillar, sin hacerles morder el polvo.
Les daba dirección sin quitarles el orgullo. Eso en un comandante vale más que cien medallas.
Pero yo soy hijo de Noctaris.
La duda está grabada en mi sangre.nLa confianza, ganada, nunca regalada.
Así que, silenciosamente, viajé al reino de Kory y le pregunté qué sabía de Conner. Ella arqueó una ceja, esa sonrisa suya que parece conocer cosas que aún no existen.
-¿Kent comandante?-repitió, cruzando brazos, y yo asiento.
-Necesito información-respondí, serio.
-Sí, ya lo sé-Se inclinó hacia mí, divertida-Quieres asegurarte de que él no es alguien falso. ¿De que si es un sol con piernas? ¿Crees que es el idiota más noble que existe?
Ella rió bajo, un sonido cálido que rompía paredes.
-Escucha bien, estratega de las sombras-dijo, su voz sincera, sin adorno-Conner Kent no sabe mentir. No sabe manipular.
No sabe odiar con el corazón. Ni siquiera a sus enemigos, solo a los reyes que obligan a los suyos a luchar por poder-Hizo una pausa, suave, casi dulce-El único peligro con él…-añadió-es que puede hacerte creer que algún día llegara la paz.
La primera vez que quise besarlo fue en la biblioteca de Solaris.
Un lugar lleno de luz, ventanas enormes, estantes de madera clara. Muy distinto a nuestras bibliotecas en Noctaris, donde los libros huelen a hierro y secretos antiguos.
Yo estaba sentado, leyendo a un filósofo noctariano, reflexionando sobre moral, decisiones,
consecuencias.
Cosas densas, cosas mías.
Y entonces Conner apareció.
-¿Qué lees?-me preguntó inclinándose, como si pudiera absorber palabras solo acercándose.
Le dije el nombre del autor.
Un hombre al que veneramos en Noctaris. El tipo de escritor que disecciona el alma y la expone sin anestesia.
Conner frunció el ceño, pensativo.
-Suena aburrido.
Casi le clavé una daga en el cuello. Pero antes de que pudiera contestar con sarcasmo o desprecio, añadió:
-Pero si tú me lo cuentas como un cuento me quedo.
Y se sentó a mi lado.
Sin pedir permiso.
Como si estar conmigo fuera lo más natural del mundo. A su manera, era una confesión:
no entendía mi mundo, pero quería entrar igual.
Ahí supe algo que todavía me desarma:
Conner no quiere brillar solo.
Quiere que brillemos juntos.
Aunque sea a su modo, aunque sea con esa luz y hermosa inocencia.
Yo fingí que no me importaba.
Mentí con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciéndolo.
Pero la verdad fue simple y devastadora:
Ese día, mientras él apoyaba el codo sobre la mesa y se inclinaba para escucharme, mientras su ceja se levantaba con curiosidad genuinaby su hombro rozaba el mío por accidente…Fue la primera vez que quise besarlo.
No porque fuera perfecto.
No porque fuera fuerte.
Sino porque, sin saberlo, me ofrecía algo que nunca creí posible para alguien como yo:
Un lugar donde ser suave no era un peligro.
Donde no tenía que ganar para existir.
Donde mi silencio no era un arma, sino descanso.
Ese día, por primera vez, entendí que el sol no quema siempre.
A veces, también calienta.
Y yo sentí que quería quedarme en su luz.
Jon
Dos días han pasado en Noctaris y siento que llevo aquí una vida.
He aprendido que su noche nunca es completamente oscura siempre hay faroles encendidos, reflejos en los canales, sombras que parecen vivas. He aprendido que los puentes aquí no son solo caminos, sino guardianes: cada uno distinto, cada uno tallado con símbolos que cuentan historias.
Y he aprendido que necesito el sol más de lo que pensaba.
Pero también que me gusta cómo Damian me cubre con sus mantas antes de que pueda quejarme del frío.
Le encanta que huela a él.
Le encanta más de lo que admite.
Nunca creí que pudiera ser tan territorial de un modo tan silencioso tan orgulloso.
No grita que soy suyo.
No presume.
Solo me envuelve, me cubre, me mira.
Y eso ya grita todo.
He conocido a algunos de sus maestros—tres, para ser exactos.
Todos ellos iguales en algo: hablan poco, observan mucho.
Hay reverencia en sus ojos cuando miran a Damian.
Pero también una sombra que dice recuérdalo, príncipe, fuiste forjado aquí.
Y sus soldados…Esos son otra historia. Miradas inhumanas, manos siempre cerca de sus armas, palabras faciles.
Pero cuando Damian pasa, sus hombros se enderezan y sus bocas callan.
No por miedonsino por respeto.
Ahora estoy entre sus sábanas, las gruesas, con el aire frío colándose porndonde puede.
Jugamos a las preguntas.
Así, sin decidirlo.
Como si fuera natural.
Estoy sobre mi costado, cerca pero no demasiado, y lo miro con esa calma que solo tengo con él.
-¿Quién te entrenó más que nadie?-pregunto, curioso, genuino.
Damian piensa. Eso me gusta.
No responde por responder.
Nunca lo ha hecho.
-Mi madre para el veneno-dice al final, con un tono como cristal frío-Mi padre para el control.
Y el Maestro Kael…-sus dedos hacen un pequeño gesto, como si-recordara un golpe, o una caída. para enseñarme a no morir.
-¿Y Tim?
-El es aparte.
Sus respuestas siempre parecen un libro que nunca termina, y yo quiero leerlo entero.
Él me mira y es su turno.
-¿Qué te da más miedo en tu vida?-pregunta sin previo aviso.
Trago.
No porque no tenga respuesta… sino porque la tengo demasiado clara.
-Perder a quienes amo-respondo- O no estar a la altura de lo que se espera de mí. Eso ya lo sabes.
Solo asiente, como alguien que entiende.
Mi turno otra vez.
Sonrío.
-¿Cuál fue la primera cosa que pensaste de mí? Y no vale “solaryano molesto”. Ya lo sé.
Un brillo, casi imperceptible, cruza sus ojos.
-Pensé que eras tan cálido que ibas a quemarme.
El corazón me late con mas fuerza. Juro que la manta parece que pesa más, el cuarto se vuelve mas estrecho.
-Pero no lo hiciste-añade, bajando la voz.
-¿Y ahora?-susurro.
Él mira mis labios unos segundos.
-Ahora…todavía temo quemarme. Y aun así, me acerco.
Mis dedos se cierran en la tela.
Mi respiración se engancha un poco.
Y él, cruel, perfecto, añade:
-Te toca.
Maldito príncipe de hielo.
Lo amo.
Aunque no deba.
Aunque nadie escribiera nunca un mapa para esto.
Somos dos mundos. Dos mitades equivocadas.
-¿Me quieres?-lo pregunto sin pensarlo demasiado, como si la pregunta se hubiera escapado sola de mi boca.
Vergüenza
Damian se queda en silencio.
Ni parpadea. Solo me mira, fijamente, como si estuviera evaluándome, decidiendo si merezco la verdad, o si debo quedarme en la incertidumbre un poco más.
Por un segundo pienso que me va a contestar con una burla, o con algo críptico, como suele hacer.
Pero no dice nada.
En cambio, se acerca.
Sin prisa.
Sin dramatismo.
Solo acorta la distancia y me toma del mentón con dos dedos, suave, pero firme, como si necesitara asegurarse de que no voy a apartarme.
Y me besa.
No es un beso impulsivo ni hambriento como otras veces.
Este es lento.
Decidido.
Seguro.
Un beso que pesa más que cualquier palabra que pudiera haber dicho, un beso que responde, sí. Que dice cállate, ya lo sabes. Que graba la respuesta en mi boca, en mi pecho, en la parte de mí que no quiero mostrarle a nadie.
Cuando se separa, apenas unos centímetros, su frente se queda apoyada en la mía. Y aunque no habla, aunque sigue callado, siento la respuesta en su respiración contra mis labios.
Y yo sonrío.
Porque por fin lo sé.
Porque no necesitaba oírlo.
Así me responde él.
Un rato después, Damian decide que vamos a salir a montar.
No lo sugiere. No lo pregunta.
Solo dice:
-Nos vamos a dar una vuelta.
Y ya está. Es ley.
Me abrigo como si fuera a atravesar un invierno eterno: capa gruesa, bufanda, guantes, dos capas bajo la camisa.
Aun así, siento frío.
Y mi ropa azul y blanca parece un pájaro perdido en medio de un enjambre de cuervos.
Noctaris siempre viste como si el mundo fuera noche y filo.
En los establos, ambos caballos levantan la cabeza al vernos.
El mío—Galán— relincha, trotando en círculos, y el de Damian se acerca con elegancia casi felina, chocando el hocico contra el cuello del mío.
-Wooo....-murmuro-Ellos sí saben ser una pareja sin problemas.
Damian levanta una ceja, pero una comisura se le curva un poco.
Esa pequeña sonrisa que hace que sienta que he ganado una guerra.
Montamos.
El aire nos muerde apenas salimos. Las puertas traseras del palacio se abren hacia un sendero de piedra oscura, flanqueado por árboles altos y viejos, como centinelas. La luz es tenue, filtrada entre ramas; el bosque parece un lugar que respira por sí mismo.
El sonido de los cascos sobre la piedra es limpio, firme.
Cuando abandonamos la ruta principal y nos internamos en el bosque, la tierra absorbe el ruido, y sólo queda el crujido de ramas y el ritmo suave de nuestras monturas.
-Tim y yo solíamos escaparnos a este bosque.
-¿Para entrenar?-pregunto e imagino a dos hijos de Noctaris lanzándose cuchillos a distancia por diversión.
-Para buscar fantasmas.
-¿Fantasmas?
-Sí-No suena avergonzado en absoluto-Había rumores de que los antiguos reyes patrullaban estas tierras después de morir. Nos escapábamos por las noches, por esa puerta lateral-asiente hacia una ladera cubierta de musgo-y nos adentrábamos buscando señales.
-¿Y encontraron alguna?
-No-Pausa-Pero encontramos lobos...Y un ladrón que intentó robarnos.
-¿Sí?
-Sí.
-¿y que pasó?
-Tim lo convenció amablemente de entregar todas sus armas y dormir boca abajo en la nieve como penitencia-responde con total seriedad.
Me quedo en silencio, pestañeo y luego me río. Él no, pero la línea de su cuello se suaviza, como si esa memoria fuera un lugar calentito.
El bosque se abre un poco y el sol intenta filtrarse; intento absorber cada rayo como un reptil buscando vida. Damian me mira, y sé que nota cómo cierro los ojos para sentir calor.
-Eres ridículo-Dice.
-¡Oye! ¿¡Por qué!?
-Porque sí.
-Mal esposo.
-Y aquí estas.
-Me voy-El sonríe como si fuera el dueño del mundo.
-No puedes.
-Sí puedo.
-Ni aunque quisieras.
Seguimos avanzando.
Su caballo roza al mío.
-¿Sabes? Yo también me escapaba de casa-Damian me mira de reojo, como si intentara ocultar su curiosidad.
-¿Tú?
-Para volar-añado.
-¿Cuántos años tenías?
-Once.
-Eres un idiota.
-Lo sé-Sonrío-Pero era un idiota convencido de que podía volar del mundo sin ayuda de nadie. Me escapé por la noche, subí al techo de los establos…
-Te rompiste algo-Afirma.
-El brazo izquierdo. Y, bueno… también me estampé contra un montón de heno, rodé 6 metros y salí llorando como si me hubieran desollado.
Damian parpadea.
Y después ríe.
Joder, precioso.
-Pensé que si me concentraba mucho, si apretaba los puños y gritaba como un héroe de cuentos volaría. En mi cabeza sonaba lógico.
-Eso solo suena lógico en tus sueños-dice con suavidad.
-Gracias por tu apoyo, cariño.
-De nada.
-¿Tus padres te castigaron?
-Mi madre me gritó, mi padre me abrazó, Conner se rió y mi abuelo dijo que si volvía a tirarme desde algún tejado me dejaria ahí hasta que aprendiera a volar de verdad.
Damian asiente, y sus ojos brillan un segundo. Puedo ver que está imaginando al niño que fui, soñando con el cielo.
-¿Y tú?-le pregunto-¿Alguna vez hiciste una estupidez así?
-No-responde, serio como una lápida.
-Vamos, Damian.
-No la llamo estupidez-corrige-
Pero cuando tenía diez años, me escabullí del castillo para seguir a un escuadrón de patrulla. Decidí que quería capturar a mi primer intruso. Sin permiso. Sin aviso.
-Eso suena peor que mi salto del granero.
-Lo es. Terminé atrapado en una trampa-Estuve dos horas con el pie sangrando hasta que Tim me encontró.
Me imagino a un mini-Damian, lleno de rabia, dignidad y orgullo herido, atrapado en una trampa,.
-¿En serio?
-Sí.
-¿Y qué dijo?
-Que era el príncipe más idiota que había visto en su vida.
-¿Le diste las gracias por ser tu héroe?-bromeo.
-No. Pero nunca he confiado más en alguien que en él.
El bosque sigue delante, espeso y antiguo, respirando alrededor.
Yo siento el pecho extraño, caliente incluso en este frío eterno.
Tim
El estruendo me despierta antes de que el cristal del ventanal tiemble y el metal retumbe como un trueno atravesando piedra.
No hay duda.
No es entrenamiento.
No es simulacro.
Es guerra.
En un solo movimiento estoy fuera de la cama, los pies tocando el mármol frío. Me pongo la ropa casi sin pensar, mi camisón nocturno tirado por el suelo mientras ajusto la correa del peto, cierro los broches, me enfundo las dagas en las vainas internas del abrigo y tomo mi katana.
El pasillo ya está lleno de ruido.
Gritos.
Órdenes.
El metal chocando contra algo que…no reconozco del todo.
Salgo fuera de la habitación como si mi cuerpo hubiese entrenado toda la vida para despertar en la guerra—y así es.
En la escalera, dos intrusos me salen al paso. Parecen humanos, pero sus ojos brillan con un tono extraño, febril. Droga de combate. O magia. No importa.
Uno carga.
Lo esquivo y mi katana atraviesa su cuello antes de que su hoja roce mi ropa. Gira, cae, y su sangre mancha la piedra. El segundo grita algo en un idioma que no terminó de entender y viene directo a mí. La daga de mi muñeca sale disparada y se clava justo entre sus cejas, donde sé que perfora rápido y sin misericordia.
Cae.
Silencio de muerte dentro del caos.
Otra explosión sacude las paredes, y el polvo de piedra llueve del techo como ceniza.
Corro. Bajo las escaleras, esquivo cuerpos, escucho a los guardias dar órdenes entrecortadas. Alguien menciona “alas”. Alguien más dice “no son humanos”.
No dejo que el miedo entre.
No ahora.
Lo sentiré cuando todo termine. Ahora solo existe la precisión.
Llego al vestíbulo noble, las puertas ya rotas. El aire es frío —cruel—y un rugido sacude los vitrales laterales.
Me acerco al ventanal, katana lista, contengo la respiración.
Y entonces lo veo.
Sobre los jardines blancos de Solaris, bajo ese cielo abierto que siempre parecía infinito, hay cuerpos alados hundiendo garras y mandíbulas en armaduras doradas. Alas enormes, negras como la tinta de los cuervos que me eligieron. Garras que se desgarran en metal como si fuera papel mojado. Bocas que brillan con energía desconocida.
Pero los guardias…
Los nuestros…
No retroceden.
Lanzan lanzas, descuartizan, golpean con la luz del Sol como si cada uno fuera un fragmento de un dios cansado.
Aun así son muchos.
Demasiados.
El cielo parece hervir con plumas oscuras.
Un guardia de Solaris es arrojado contra la pared exterior del castillo y su cuerpo cae sin moverse. Una criatura cae detrás, con alas rotas, y la cruzan con dos lanzas, pero otra baja del cielo y atraviesa a uno de los nuestros con garras como cuchillas.
Por un instante, mi aliento se atasca.
La guerra siempre llega así.
Sin permiso.
Sin aviso.
Como la noche cerrándose sobre una vela.
Y entonces mi cuerpo se mueve antes que mi mente.
Corro hacia la batalla, hacia el caos, hacia las criaturas de alas negras y sangre fría, sin un segundo de duda.
No soy solo un príncipe.
No soy solo un soldado.
Hoy la muerte tendrá que usar mis huesos como puente si quiere atravesar esta puerta.
Agradezco que Damian y Jon estén ahora en Noctaris pero esa misma certeza me clava una espina en el pecho.
Si atacan Solaris ¿por qué no atacarían también Noctaris?
No pienso en eso ahora.
Pensar es morir.
Mi katana canta en el aire, corta una garganta, luego otra.
La sangre cae caliente en mis manos, en mi cuello. Los soldados que me rodean —leales al Sol— apenas notan que el príncipe de Noctaris pelea a su lado.
Esquivo un golpe.
Clavo una daga en un costado.
Atrapo una lanza y la uso para atravesar una criatura alada que cae desde el techo, sus plumas negras cayéndome encima como ceniza maldita.
Respiro hondo.
La criatura chilla.
Su sangre es oscura, espesa, casi oleosa.
Me salpica el rostro.
Me lanzo hacia un corredor lateral cuando otra explosión sacude la estructura.
El techo tiembla. El suelo se agrieta. Los cuadros de los antiguos reyes de Solaris caen al suelo hechos pedazos.
Donde piso, cadáveres.
Donde miro, devastación.
Quizás cuando Damian sepa lo que ha pasado esta noche ya estaré muerto.
Trago saliva.
Un pensamiento frío como la nieve de casa me atraviesa:
¿Y si este ataque es solo el comienzo?
¿Y si Noctaris está siendo arrasado también?
Bloqueo un espadazo.
Giro, corto tendones, clavo la daga bajo una costilla ajena.
Un enemigo más al suelo.
Mi mano arde.
Mi pecho también.
No por heridas, sino por rabia y miedo que no se me permite sentir.
¿Dónde está Conner?
A estas horas debería haber derribado un ejército entero, arrancado puertas, partido columnas, estar a mi lado.
Pero no está.
¿Dónde demonios estás, Conner?
Mi corazón late demasiado rápido. Un rugido sacude el cielo.
Las criaturas vuelven a descender.
Tres. No, cinco.
Si muero aquí, que sea con honor.
Que la luz del sol recuerde que la noche también protege.
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