Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

12

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Dicen que los cuervos anuncian la muerte. Los míos anuncian la guerra.- Tim.

Jon

Han pasado dos días.

Solo dos.

Y aun así siento que han pasado semanas.

El campamento ha cambiado desde que encontramos a Tim y a Conner. Antes todo giraba alrededor de la búsqueda. Había miedo, sí, pero era un miedo con dirección. Un miedo que te empujaba a seguir caminando, a revisar un sendero más, a abrir una puerta más, a mirar detrás de una roca más.

Ahora es distinto.

Ahora sabemos dónde están todos.

Y por eso el cansancio ha empezado a alcanzarnos.

Durante estos dos días apenas me he separado de la zona donde instalaron a los heridos más graves. No porque alguien me lo haya pedido, sino porque mi cuerpo parece empeñado en regresar allí cada pocas horas.

Y los soldados parecen agraceder a los dioses mi presencia. Confian en sus reyes y príncipes.

Confían.

Confían.

Mi padre ha despertado.

No durante mucho tiempo la primera vez. Apenas unos minutos antes de volver a dormirse. Pero despertó.

Recuerdo la forma en que mi madre se quedó inmóvil cuando abrió los ojos. Como si tuviera miedo de ver lo que había pasado en su reino.

Recuerdo haberme quedado mirando desde el otro lado de la tienda.

Y recuerdo haber pensado que nunca había visto a mi padre tan cansado.

No parecía un rey.

Parecía simplemente un hombre que había sobrevivido.

Pero tenía que ser un Rey.

Conner sigue siendo el que más me preocupa.

Los médicos dicen que mejora.

Lo dicen con cautela, pero lo dicen.

Su color ha vuelto poco a poco. Ya no parece una estatua abandonada bajo la lluvia. Su respiración es más regular y ya no necesitan vigilar cada uno de sus latidos como si fueran a desaparecer.

Pero sigue dormido la mayor parte del tiempo.

Y cuando está despierto apenas tiene energía para hablar.

La primera vez que abrió los ojos yo estaba allí.

Sentado junto a su cama.

No dijo nada durante unos segundos.

Solo me miró.

Después sonrió.

Y tuve que girar la cabeza porque casi me pongo a llorar delante de él.

Tim está mejor físicamente.

O al menos eso dicen todos.

Las heridas están cerrando.

Puede caminar.

Puede comer.

Puede discutir.

Eso último fue lo que realmente me convenció de que seguía siendo él.

Porque casi nadie discute como Tim. Nadie.

Ayer estuvo veinte minutos explicándole a un médico por qué podía levantarse solo y no necesitaba ayuda.

Luego intentó hacerlo.

Y casi se cae.

Damián tuvo que girarse para que no se notara que se estaba riendo.

Yo sí me reí.

Tim me lanzó una mirada que...Si no fuéramos familia me hubiese cagado encima.

Las noches siguen siendo difíciles.
Cuando oscurece y todo se calma, los pensamientos regresan.

Los muertos siguen muertos.

Las bolsas siguen existiendo.

Las familias siguen llorando.

Solarys sigue herido.

Hay tanta destrucción....

Campos quemados.

Calles que ya no son las mismas.
La guerra no desaparece porque rescates a las personas que amas.

Solo deja de ser tan personal.

Y quizá eso sea lo que más me cuesta aceptar.

Esta mañana he caminado por los restos de una de las plazas exteriores.

Los obreros ya estaban trabajando.

Había martillos.

Madera nueva.

Piedras siendo recolocadas.

Gente intentando reconstruir.

Me quedé observándolos un rato.

Y comprendí algo.

Solarys no va a volver a ser el mismo. Nunca. Hay heridas que no desaparecen.

Pero eso no significa que esté muerto.

Porque cada vez que alguien vuelve a levantar una pared...Cada vez que un niño vuelve a correr por una calle...Cada vez que escucho a un soldado reírse con otro...el reino respira.

Y mientras respire seguirá vivo.

Damián.

Estoy junto a mi madre cuando traen al rey de Ytzelan ante nosotros.

La habitación es fría. No por la temperatura, sino por la sensación que deja. Las paredes de piedra absorben el sonido y hacen que todo parezca más silencioso de lo que realmente es.

El hombre tiene las manos atadas y el orgullo herido.

Eso último parece dolerle más.

Mi madre permanece sentada, observándolo como una depredadora observa a una presa que todavía no comprende que la caza ya ha terminado.

Yo estoy a su lado.

De pie.

En silencio.

Porque no hemos venido aquí por venganza.

Hemos venido por respuestas.

-Habla-dice mi madre.

El rey muestra una sonrisa amarga.

-Ya habéis ganado.

-No-responde ella sin alterar el tono-Hemos ganado esta batalla. Son cosas distintas.

El hombre guarda silencio.

Yo observo.

Hay algo extraño en él.

No parece asustado.

No como debería.

Y eso me molesta.

-¿Quién creó las criaturas?-
pregunto.

Sus ojos se mueven hacia mí.

Durante un instante veo duda.

Solo un instante.

Luego desaparece.

-No lo entenderías.

Mi madre apoya los dedos sobre la mesa.

-Pruébame.

El rey ríe.

Una risa seca.

Cansada.

-Siempre creéis que sois los protagonistas de la historia.

La sonrisa desaparece de mi rostro.

-¿Y vosotros no?

-Nosotros solo vimos lo que se acercaba.

La respuesta me deja incómodo.
Porque no responde realmente.

Está esquivando.

Mi madre también se da cuenta.

-¿Qué se acerca?-pregunta.

El hombre vuelve a callar.

Y el silencio se alarga.

Fuera de la sala escucho el viento golpeando alguna ventana.

Dentro, solo respiraciones.

Finalmente el rey levanta la cabeza.

-Creéis que esto terminó en Solarys.

Silencio.

-Creéis que Ytzelan era el enemigo.

Mi madre entrecierra los ojos.

-¿Y no lo era?

-Lo éramos.

La respuesta llega demasiado rápido. Los hombres derrotados suelen aferrarse a cualquier mentira.

Pero los que ya no tienen nada que perder...a veces dicen la verdad.

-Entonces habla-digo-Porque si esto no termina con vosotros, necesito saber quién sigue ahí fuera.

El rey me mira.

Y por primera vez desde que entró en la habitación veo algo parecido al miedo.

No hacia nosotros.

Hacia otra cosa.

-Ojalá pudiera decir que habéis ganado. Pero solo habéis sobrevivido al primer golpe.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Mi madre lo siente también. Lo sé porque su expresión cambia apenas un segundo.

Y en ese instante comprendo que la guerra que acabamos de librar. quizá no era el final de nada.

Era el principio.

Mi madre se levanta. El movimiento es lento, como el de un depredador que estira las extremidades antes de saltar.

-Los nombres-dice-Quién está detrás. Dónde.

El rey aprieta la mandíbula. Las cadenas tintinean.

-No tengo nada más que decir.

Miadre dice el nombre de dos de nuestros soldados. Dos hombres entran. Visten de oscuro y traen un cofre de hierro. Lo abren. Dentro, herramientas de metal que brillan a la luz de las antorchas.

-Esto no cambiará nada-dice el rey, pero su voz ha perdido la seguridad.

-Lo veremos.

Lo llevan a la cámara inferior. Las paredes de piedra gotean humedad. Lo atan a una losa de madera con cuerdas de cáñamo gruesas.

Y porque pienso en Tim. En las marcas que tiene en las muñecas. En cómo ahora duerme con las velas encendidas.

El torturador tira de la manivela del potro.
Un chasquido seco.
El rey grita.

No de dolor aún; es el sonido de articulaciones que se separan más allá de lo que permiten. El cáñamo cruje. Los músculos se tensan hasta que parecen que van a romperse.

-Los nombres-repite mi madre.

El rey jadea, con la cara contra la madera.

-No...hay...nombres...

Mentira.

Sus ojos buscan un punto fijo en la pared. La técnica del guerrero: desconectar la mente del cuerpo.

Mi madre asiente.

Otra vuelta.

El hombro del rey hace un ruido que no debería hacer. Él muerde su labio hasta que la sangre corre. Pero no habla.

Traen las tenazas. El metal al rojo vivo ilumina la habitación.

El calor llega hasta donde estoy.
El rey las ve y su mandíbula se tensa. Pero mantiene los labios cerrados.

Las tenazas se acercan a su piel.
El olor a carne quemada llega antes que el grito.

Cuando termina, jadea contra la madera. El sudor mezclado con sangre. Pero cuando mi madre pregunta de nuevo, niega con la cabeza.

-No...lo sé...

Miente.

O tal vez no.

Pero no habla más.

Jon

Estoy sentado en el suelo de las catacumbas, mirando las paredes.

Las he visto millones de veces desde que era niño.

Cuando era pequeño me parecían gigantescas. Creía que aquellos corredores no tenían fin y que los héroes pintados en la piedra me observaban mientras corría entre las antorchas.

Ahora conozco cada rincón.

Cada grieta.

Cada curva del pasillo.

-¿Vosotros también tenías miedo?

Silencio.

-Supongo.

Pintados sobre la roca, inmóviles, eternos. Guardianes de Solarys.

Algunos aparecen sosteniendo lanzas bañadas por la luz del sol. Otros cabalgan criaturas que ya no existen. Algunos están cubiertos de cicatrices y otros sonríen como si la victoria hubiera sido fácil.

Nunca lo fue.

Ahora lo sé.

De niño pensaba que eran valientes porque no tenían miedo.

De adulto empiezo a sospechar que fueron valientes precisamente porque sí lo tenían.

-Yo estoy aterrado.

Observo una de las figuras más antiguas. Su pintura está desgastada por los siglos. Apenas se distinguen algunos rasgos de la cara.

Recuerdo haberle preguntado a mi padre quién era.

"Alguien que sobrevivió."

Eso fue lo que me respondió.

No un conquistador.

No un rey.

No un héroe legendario.

Solo alguien que sobrevivió.

En aquel momento me pareció una respuesta aburrida.

Ahora no.

Ahora entiendo que sobrevivir puede ser una hazaña mucho más difícil que ganar.

Bajo la mirada hacia mis manos.
Todavía puedo recordar el latido de Conner bajo mis dedos.

Cierro los ojos.

El eco de las catacumbas me rodea.


Y yo escucho a los sabios que me hablaban cuando era pequeño.

"Aquel que porta la luz no nació para ser adorado, sino para cargar con lo que otros no pueden."

Aquí están enterrados héroes.

"No todo lo que arde destruye: hay fuegos creados para guiar."

Reyes.

"El sol lloró sangre sobre Solarys. Y nosotros aprendimos a llorar fuego."

Generales.

"La próxima vez que nos encontremos, uno de los dos será una leyenda y el otro un cadáver"

Es lo que pone en una de las escrituras.

Personas que salvaron Solarys una y otra vez.

Pero por primera vez me pregunto cuántos de ellos se sintieron igual que yo.

Cuántos se sentaron en este mismo lugar pensando que no habían hecho suficiente.

Cuántos miraron estas paredes preguntándose por qué ellos habían sobrevivido cuando otros no.

No fuimos salvados por los dioses. Fuimos salvados por quienes se negaron a abandonarnos.

Abro los ojos otra vez.

Permanecen ahí.

Observando.

Esperando.

Quizá los héroes no son las personas que nunca caen.

Quizá son las que se levantan después.

Las que siguen adelante con el miedo pegado a la espalda.

Las que reconstruyen cuando todo parece perdido.

Las que vuelven a amar después del dolor.

Las que regresan a casa cuando la guerra termina.

Me apoyo contra la pared de piedra y dejo escapar un suspiro.

Cuando salgo de las catacumbas, el sol me golpea directamente en los ojos.

Wooo.

Parpadeo varias veces, levantando una mano para cubrirme la cara. Después de pasar tanto tiempo bajo tierra, entre piedra, antorchas y sombras, la luz parece más intensa de lo normal.

El calor me resulta taaaaaan agradable. Empiezo a caminar por el campamento.

A mi alrededor hay movimiento por todas partes. Soldados transportando suministros, curanderos entrando y saliendo de las tiendas, carpinteros reparando estructuras dañadas.

Y también escucho algo que hacía tiempo que no oía tanto.

Risas.

Un grupo de soldados me ve pasar.

-¡Buenas alteza!

Levanto una mano.

-¡Buenas chicos!

-¡Buenos días, mi señor!-Dice una sirvienta.

-Buenas Eleonora.

Algunos sonríen.

Otros simplemente inclinan la cabeza.

Les devuelvo el saludo a todos.
Hace unos días apenas podían mantenerse en pie.

Pero los Solorianos somos fuertes.

Ahora vuelven a parecer personas.
Sigo caminando hasta la tienda de mis padres.

Los guardias de la entrada me dejan pasar sin decir nada.

-Hola chicos

-Hola alteza-Responde a los dos a la vez.

En cuanto aparto la lona, el olor a hierbas medicinales me golpea de inmediato.

Pero esta vez también hay algo más.

Comida.

Mi padre está despierto.

Mi madre también.

Los dos están sentados sobre sus camas con unas bandejas delante.
La comida parece horrible. Un líquido espeso de color indefinido que seguramente sea alguna mezcla preparada por los curanderos.

Mi padre lo observa con la misma expresión con la que miraría una ejecución pública. Mi madre parece resignada.

-Eso tiene peor aspecto que una herida infectada-comento.

Los dos levantan la vista.

-¡Jon!-Dice mi madre con alegría.

Y durante un instante vuelvo a sentirme un niño. Porque sus expresiones cambian al mismo tiempo.

-Veo que está perfectamente-Dice mi padre después.

Mi madre me hace un gesto para que me siente. Obedezco. Durante unos segundos simplemente los observo.

Las ojeras.

Los vendajes.

El cansancio.

Pero también el hecho de que están aquí.

Vivos.

Los dos.

Mi madre insistiendo en que se la beba y mi padre intentando negociar con los curanderos como si estuviera firmando un tratado internacional.

Normalidad.

Una pequeña y preciosa normalidad.

-¿Cómo os encontráis?-pregunto finalmente.

Mi padre suspira.

-Como si me hubiera pisoteado una manada de bisontes.

-Llorica-corrige mi madre.

-Los bisontes eran pequeños.

Ella pone los ojos en blanco.

Yo vuelvo a reír.

-¿Como está Conner?

-Nada...-Digo sintiendo una punzada de tristeza.

-Tú hermano es fuerte.

-Lo sé...-murmuro, bajando la vista hacia mis manos-Casi no llegamos.
Casi lo perdemos.

La imagen de Conner tumbado en aquella cueva sigue apareciendo cada vez que cierro los ojos el color de su piel, la forma en la que respiraba, lo débil que sonaba su corazón.

-Pero los encontrasteis-dice mi madre con suavidad y yo asiento poco convencido-Jon, si hubiera pasado...no habría sido tu culpa.

-Yo....Siento que no estoy a la altura.

-¿Sabes cuál es el problema?-
pregunta.

-¿Cuál?...

-Que llevas toda la vida pensando que un buen príncipe es alguien que salva a todo el mundo-Mi madre deja el cuenco a un lado-Cuando eras pequeño llorabas si encontrabas un pájaro herido. Te pasabas horas intentando ayudarlo.

Una sonrisa involuntaria aparece en mis labios.

-Y casi provocas un incendio intentando salvar una ardilla.

-Solo una vez.

-Dos-corrige mi padre desde la cama.

-Gracias por el apoyo.

-Jon, escúchame. Un mal príncipe no se culpa por su pueblo, no pasa noches sin dormir preguntándose cómo proteger a los demás. Un mal príncipe se habría quedado sin hacer nada-Se inclina un poco hacia delante-Tú llevas días preocupándote por cada soldado, por cada sirviente, por cada persona que has perdido. Y eso es precisamente lo que te convierte en un buen príncipe-Siento que se me cierra la garganta

El nudo en mi garganta se vuelve insoportable.
Porque la miro.
Porque está herida.
Porque casi la pierdo.
Y aun así sigue aquí intentando cuidar de mí.

-Jon...-susurra. Aprieta mi mano-Yo no veo a un príncipe que ha fallado-Veo al hombre del que me siento orgullosa cada día.

-Las ruinas siempre recuerdan los nombres que los vivos intentan olvidar-

Damián

Las mesas están llenas de soldados de Solarys y Noctaris mezclados, compartiendo comida, historias y jarras que pasan de mano en mano.

Jon está sentado a mi lado.
Y es entonces cuando uno de los soldados de Solarys sonríe.

-¿Y recordáis el día del poema?

Jon se queda inmóvil.

-Deja de beber Caled.

-¡Fue un día genial!

-No lo fue.

-¿Qué poema?-Pregunto yo con curiosidad.

-Ninguno.

-¿Qué poema?-repito.

Veo cómo las orejas de Jon empiezan a ponerse rojas.

Interesante.

Muy interesante.

-¡El de la princesa Rose!-dice otro soldado.

Y toda la mesa empieza a reír.
Jon deja caer la cabeza contra sus manos.

-Ayyy...no...

-¿Jon?-Digo con esa sensación de que me van a contar algo que voy a disfrutar.

-No.

-Jon.

-No quiero hablar de ello.

-No puede ser tan malo.

Los soldados parecen encantados y yo los miro unos segundos.

-Teneis mi permiso para hablar-Digo haciendo un gesto con la mano.

-Cuando su alteza tenía unos trece años vino una princesa de visita al castillo.

-Era una visita diplomática-murmura Jon sin levantar la cabeza.

-Y el príncipe decidió escribirle un poema por su cumpleaños.

Jon. Princesa. Poema.

Me lo imagino como en los retratos dibujados en palacio.

-¿Tú escribiste un poema?

Jon emite un sonido que parece el de alguien deseando desaparecer.

-¿Tú?-insisto.

-Era joven.

-Sigues siendo joven.

-Era más joven. Y era su cumpleaños y yo quería que fuese algo original.

Las carcajadas aumentan. Pero se nota que es algo que recuerdan con cariño.

-Lo estuvo preparando durante semanas-dice un soldado.

-Wou

-Y escondía el papel porque le daba vergüenza que alguien lo leyera-Siento que no puedo dejar de sonreír.

-¿Y qué pasó?-Jon me mira como si acabara de traicionarlo personalmente.

-Nada.

-Se puso tan nervios que empezó a tartamudear y casi no puede terminarlo-dice alguien.

-¿Tartamudeaste?

-Mucho.

-¿Cuánto es mucho?

-Mucho.

-No podía terminar una frase-añade otro.

-¡Intenté terminarla!

-Tardó como veinte minutos.

-Pero a ella le encantó-Dice otro soldado.

-Cierto, luego ella lo leyó. Y era precioso.

-¿Y qué decía el poema?-pregunto.

-¡No!

-¿Qué decía?

-¡No me acuerdo!

-Se acuerda perfectamente-
responde toda la mesa al unísono.

-No.

-Sí.

-No.

-Sí.

-¡Caled!

-Vale, vale no te acuerdas.

Y durante unos segundos nos quedamos mirándonos a los ojos.
Él completamente rojo. Hasta que uno de los soldados añade:

-No debería avergonzarse de ese poema alteza-Los demás asienten.
-Fue muy bonito.

-Sí-Dice Darren-La princesa estuvo sonriendo todo el día.

-Os odio a todos.

-Mentira.

-Un poco.

Y la mesa vuelve a estallar en carcajadas mientras yo apoyo una mano en su espalda y pienso que probablemente pagaría dinero por escuchar ese poema.

Jon


Damián se inclina un poco hacia mí y pregunta con una tranquilidad que me hace sospechar inmediatamente.

-¿Algún día me escribirás a mí un poema?

El silencio dura exactamente medio segundo. Después los soldados empiezan a golpear la mesa.

-¡OHHHH!

-¡RESPONDE!

-¡PRÍNCIPE, NO HUYAS DE LA PREGUNTA!

Me tapo la cara con las manos.

-¿Por qué el destino está cruel conmigo?

-Eso no es una respuesta.

-Ni de lejos.

Damián sigue observándome.
Y lo peor es que parece que me lo ha preguntado totalmente en serio.

-No lo sé-murmuro.

-Sí lo sabes-dice él.

-No.

-Sí.

-No.

-Jon.

Tiene esa mirada. La que utiliza cuando ya sabe la respuesta y simplemente está esperando que la diga.

-Quizá.

La mesa vuelve a estallar.

-¡QUIZÁ!

-¡ESO ES UN SÍ!

-¡TENEMOS UN SÍ!

-¡Parecéis niños pequeños!

Quiero desaparecer.
Ahora mismo.

Damián, sin embargo, solo sonríe un poco.

-Entonces esperaré.

Mi corazón decide que es un momento excelente para dejar de funcionar correctamente.

-No prometo nada.

-No he pedido promesas.

Y por alguna razón eso me pone todavía más nervioso. No es que sea malo escribiendo poema ¿Pero a él? Me va a pasar como con la princesa.

-Además-continúa Damián mientras toma tranquilamente un poco de comida-creo que sería interesante.

-¿El qué?

-Ver cuántas veces tartamudeas al leerlo.

La mesa explota en risas.

-Ahora te odio.

-No.

-Un poco.

-Tampoco.

Damián.

Lo que he visto por la ventana no es algo que haya creado la naturaleza.

¿Estaré soñando? No. esto no podría ser un sueño si acaso una pesadilla.

Las criaturas se arrastran por los muros exteriores del castillo. Tienen alas translúcidas, y parecen duras como el caparazón de un escarabajo, patas múltiples que se clavan en la piedra con un sonido que puedo oír incluso desde aquí.
Es como si alguien hubiera tomado el insecto más repulsivo que existe y lo hubiera inflado con odio puro.

Cuando me quise dar cuenta ya me estaba poniendo el cinturón lleno de dagas. Los dedos actúan por sí solos. Cuchillo tras cuchillo encajando en sus fundas con precisión mecánica. No pienso. No puedo permitirme pensar todavía.

No sé dónde estaba Jon.

Lo dejé hace una hora en la cúpula de entrenamiento con otros de los soldados Solorianos. Espero que no esté solo enfrentándose a lo que parecen...unas cucarachas del tamaño de dos vacas.

Todo se había convertido en un campo de batalla en mitad de la tarde. Fuera, los gritos suben y bajan como olas. El sonido de la madera al romperse, el estruendo de algo pesado cayendo sobre el patio.

Que asco.

Me ato el cinturón de la katana y salgo de la habitación. El pasillo está oscuro y las antorchas de la pared se han apagado o han sido derribadas. Saco una daga, la giro en la muñeca y avanzo pegado a la pared.

¿Que clase de magia puede hacer esto? ¡Sabía que teníamos que haberlos torturado más!

Una sombra se mueve al final del corredor. No es humana. La criatura se gira antes de que pueda atacar. Tiene ojos compuestos, miles de facetas que reflejan la luz de la tarde entrando por una ventana rota. No tiene mandíbulas como los insectos normales. Tiene algo peor. Algo que se abre en cuatro partes, revelando dientes en espiral hacia dentro.

Lanzo la primera daga.

Acierto en uno de los ojos.

El chirrido que emite hace que los oídos me piten. Es un sonido que no debería existir. ¿Quién te ha creado?

Se abalanza.

Ruedo hacia un lado, sacando la katana en el movimiento. El filo corta una de las patas delanteras. El líquido que brota no es sangre. Es demasiado espeso, demasiado oscuro, con un olor a azufre y algo más antiguo.

La criatura se desploma, tambaleante, pero no muere.

Otro estruendo sacude el castillo. Esta vez más cerca. El suelo tiembla bajo mis pies y por un segundo pienso en el peor de los escenarios: que el edificio se derrumba sobre nosotros, que nos entierre vivos junto con estas abominaciones.

Corro.

No hay sigilo ahora, solo velocidad.
Doblo la esquina y encuentro el gran salón principal convertido en un caos de escombros y cuerpos. No todos son enemigos. Veo armaduras de Noctaris tiradas, vacías o peor, no vacías pero sin vida.

Una segunda criatura me detecta.

Y luego una tercera.

Me rodean.

Aprieto el puño alrededor de la empuñadura de la katana. ¿Que tal inteligente sois? Porque si voy a morir esta noche, al menos llevaré conmigo a estas malditas cosas al infierno.

Jon

Estábamos saliendo de la bóveda de entrenamiento, estaba escuchando a Peter diciendo algo de comerse un plato entero cuando se escucharon los gritos.

Nos miremos entre nosotros.

-¿Qué es eso?-Pregunto Peter.

-Nada bueno-Dijo tia Kara.

Y un sonido.

Un sonido asqueroso.

Salimos al exterior y el mundo se había vuelto un infierno.

-¡Joder!-Grito Peter.

-¿¡Que son estas cosas!?-Grita Kara y tarda según en lanzarse a la batalla.

Las criaturas están por todas partes y yo tampoco tengo mucho tiempo para pensar cuando me veo a los demás combatiendo contra esas cosas. En mis manos se desmontan y mueren como si fueran barro. Mis puñetazos atraviesan caparazones, mis golpes hacen que se retuerzan y chillen antes de quedar inmóviles en el suelo.

¿Qué son?

¿Y por qué nos a atacan?

¿De dónde salen tantas?

Pienso en Conner, mis padres y el corazón me late contra las costillas con tal fuerza que siento que se va a salir de entre ellas.

Una criatura se abalanza desde mi izquierda. La agarro por una de las patas-gruesa como mi muslo-y la estrello contra el suelo con fuerza suficiente para agrietar la piedra. El impacto resuena en mis huesos, pero no siento dolor.

¿Damián estará bien? El pensamiento me atraviesa como una espada fría.

Siento un pinchazo de ansiedad en el pecho, justo debajo de las costillas, y mi cuerpo me pide buscar los latidos de su corazón. Ese ritmo constante que he aprendido a reconocer, el tamborileo seguro que significa que está vivo, que está cerca, que está bien.

Pero con todo el jaleo no consigo encontrarlo.

Está peleando al igual que yo.

Lo sé.

Puedo sentirlo en algún lugar del castillo. Una me golpea en el hombro, no me caigo, pero el dolor es tan punzante. Giro y le arranco las mandíbulas de un tirón.

La voz viene de algún lugar a mi derecha. Peter, luchando con una espada que parece demasiado pequeña para lo que está enfrentando.

Damián

La primera criatura cae con la katana clavada en el ojo. No espero a que deje de moverse. Ya sé que no está muerta, estas cosas está claro que no mueren fácilmente. Pero está lo suficientemente incapacitada como para que yo pueda pasar.

La segunda me ataca desde arriba.

Usa las alas.

Genial.

El aire agitado me despeina, me nubla la visión por un segundo. Es enorme. El tamaño de un carro de guerra, pero con la velocidad de algo mucho más pequeño. Patas delanteras que terminan en ganchos curvos como hoces.

Ruedo hacia adelante, no hacia atrás. El error habría sido retroceder, me habría aplastado contra el suelo.
Así que avanzo, me meto debajo de ella, entre el calor repulsivo de su vientre y el suelo de piedra.

Huele a podrido.

Que asco.

Saco una daga y la clavo hacia arriba, buscando el punto donde las placas del caparazón se unen. Hay una línea blanda ahí, una sutura. La encuentro por instinto, por años de entrenamiento con mi madre.

La criatura chilla y se aleja, tambaleante, y yo salgo rodando de debajo antes de que me aplaste contra las baldosas.

Tres más. Uno a la izquierda y dos por el frente. Analizo en fracciones de segundo. El de la izquierda es más pequeño ¿Por qué? ¿Eres uno que salió mal? Da igual, es el más rápido. Los del frente son los pesados, los que absorben el daño mientras el pequeño ataca por los flancos.

Táctica de manada.

Estáis echos a conciencia.

Inteligencia.

Para cordinaros.

No son solo bestias son cerebro.

-Malditos sean todos-murmuro, y esquivo el primer golpe del pequeño.

Su pata raspa mi hombro, siento el ardor, el corte limpio en la tela y la piel. Au. Pierdo el equilibrio por un instante. Un instante es suficiente.
El grande de la izquierda carga, veo la sombra y me preparo para el impacto...Pero una daga en su ojo lateral lo desvía.

No es mi daga.

Mi madre aparece desde la puerta lateral, fluida como humo negro, con su propia espada desenvainada.

-Hola, madre.

-Me alegra ver lo bien que te desenvuelves tú solo.

-Me ofende que hayas pensado siquiera que caería tan rápido.

-No te ofendas. Se que aguantarias más que algunos solarianos.

Ella cubre mi espalda mientras yo avanzo. Giro, corto, giro de nuevo. Una criatura cae. Otra retrocede, tambaleante, perdiendo líquido verdoso por una herida en el abdomen.

-¿Los reyes de Ytzelan?-pregunta ella, entre golpes.

-Probablemente muertos-digo y escucho a mi madre maldecir en árabe.

Otra criatura se abalanza sobre nosotros, nos separamos, y cada uno por un lado, la bestia pasa entre nosotros, confundida, buscando un blanco que ya no está donde debería estar.

Yo estoy ya en el muro, trepando. Ella cubre mi ascenso con dos dagas más arrojadas a los ojos de otra criatura que intentaba seguirme.

Desde arriba veo el campo de batalla; La torre este sigue ardiendo, las llamas trepan por la piedra como raíces naranjas mientras fragmentos de madera y ceniza caen sobre el patio, el calor llega incluso hasta donde estoy, mezclándose con el olor repugnante de las criaturas, gritos, sangre, heridos, muertos.

Mi madre aterriza a mi lado después de saltar desde un muro derrumbado. Ni siquiera parece cansada. Una de las bestias intenta alcanzarla desde atrás, si arma atraviesa uno de sus ojos antes de que yo pueda advertirla.

-Deja de distraerte-dice ella.

-No estaba distraído.

-Mentira.

-Estaba miedo como están las cosas ahí fuera.

-La respuesta es obvia sin verlo.

Otra criatura emerge de una ventana rota. Esta vez es más pequeña y más rápida, corre por la pared como una araña y se lanza hacia nosotros.

Mi madre la esquiva y yo le corto dos patas con la katana. La bestia se estrella contra el suelo y ella le atraviesa la cabeza antes de que pueda levantarse.

Luchamos bien juntos.

Siempre lo hemos hecho.

No necesitamos hablar.

Yo sé dónde estará ella y ella sabe dónde estaré yo.

Un rugido sacude el patio. Las veo avanzar por los tejados, por las murallas, por los balcones. Algunas cargan cuerpos entre las patas. Otras simplemente matan todo lo que encuentran.

Y entonces...Lo veo unos segundos.

Jon.

Mío.

Pareja.

Proteger

Escucho esa voz. De omega que tanto odio retumbar en mi cabeza.

Está peleando junto a varios soldados. Uno de ellos cae.
No muerto, pero sí derribado y una de las criaturas se abalanza sobre él. El soldado intenta incorporarse, pero no le da tiempo.

A Jon sí. Lo veo agarrar una de las patas delanteras de la bestia justo cuando esta iba a atravesar al hombre y entonces tira.

Por los dioses.

La criatura pesa más que una vaca seguro. Y aun así Jon la arranca literalmente de encima del soldado.

La bestia chilla, se retuerce e intenta morderle. Pero Jon la golpea contra una columna.

Una vez.

Dos.

Tres.

Hasta que el caparazón se rompe.
El soldado al que acaba de salvar se queda mirándolo como si hubiera visto a un dios descender del cielo.

Probablemente es como lo vea.
Yo casi me río. Los solarianos son monstruosos. Llevo años escuchando que es mejor no entablar guerras contra ellos, aún así hay reinos que si se han atrevido y fracasado en el intento.

Jon ayuda al hombre a levantarse y entonces ambos vuelven al combate.

Está vivo.

Está peleando.

Y sigue siendo incapaz de ignorar a alguien en peligro incluso cuando el también está en peligro.

-Pelea bien-Dice mi madre.

-Sí-Una esquina de sus labios se mueve.

-Pero tiene un problema grave.

-Lo sé.

-Pero eso es lo que le hace fuerte. Querer salvar a los demás por encima de él.

Mi madre lanza una daga y yo sigo su trayectoria hasta que la hoja desaparece en la cabeza de una criatura que intentaba acercarse por mi espalda.

-Y a ti también te importa demasiado él.

-Es mi esposo.

-Antes no parecías siquiera querer respirar el mismo aire que él.

Jon

No existe un frente.

Eso es lo peor.

No hay una línea que defender ni un ejército al que empujar hacia atrás. El combate está repartido por todo el castillo. En los patios, en los tejados, en los pasillos, en los balcones, donde hace unos minutos había sirvientes corriendo con cubos de agua, ahora hay soldados luchando cuerpo a cuerpo contra aquellas abominaciones.

El aire huele a humo, piedra caliente y ese líquido oscuro que brota de las criaturas cada vez que caen. Es un olor espeso, desagradable, que se pega a la garganta.

Evelyn aparece a mi lado jadeando.

-¡Por la izquierda!

Ni siquiera respondo.

Una de aquellas cosas salta desde una estatua derrumbada. Sus alas vibran con un zumbido insoportable y las patas delanteras buscan mi cuello.

Levanto los brazos por puro instinto.
La atrapo antes de que llegue a tocarme. Su fuerza es enorme. Sus patas se cierran alrededor de mis antebrazos intentando abrirme la carne. Los ganchos arañan la piel, rompen parte de la tela de mi ropa y siento el escozor del primer corte.

Aprieto los dientes.

-No...pienso...dejarte...

Empujo con todas mis fuerzas.
Las placas de su caparazón empiezan a crujir.
Un sonido seco.
Luego otro.

Hasta que finalmente cede. La criatura lanza un chillido agudo antes de desplomarse a mis pies.

Ni siquiera tengo tiempo de recuperar el aliento.

Otra aparece.

Y otra.

Los soldados de Solarys forman un pequeño círculo a mi alrededor. Uno de ellos clava una lanza en el abdomen de una bestia mientras otro le corta dos patas para inmovilizarla.

-¿Está bien alteza?-Dice Liam

-Sí. Tranquilos.

Las criaturas parecen entenderlo.
Empiezan a usar las alas con más frecuencia.

Se lanzan desde los tejados, golpean con el peso del cuerpo y vuelven a elevarse antes de que podamos responder.

Una de ellas se dirige hacia un muchacho que apenas debe de tener dieciséis años. Lo veo tropezar con un cadáver, perder el equilibrio y levantar el escudo demasiado tarde.

Corro.

No llego a pensar.

Solo corro.

Golpeo a la criatura de lado con todo mi cuerpo y ambos rodamos varios metros por el suelo de piedra.
Siento cómo sus mandíbulas buscan mi hombro.

Las aparto con las dos manos.

Empujan.

Empujo.

Hasta que consigo girarla y estrellar su cabeza contra el suelo una y otra vez. Cuando deja de moverse me levanto jadeando.

El muchacho sigue vivo.
Me da las gracias.

Yo solo le digo que vuelva con los demás. No hay tiempo para nada más.

Entonces levanto la vista.

Y el mundo parece detenerse.
Mis padres.
Los dos.
Están luchando.

Mi padre sostiene una espada con la mano que aún puede mover con soltura. Cada golpe le cuesta. Lo noto incluso desde aquí. Sus movimientos ya no tienen la velocidad de antes, pero siguen siendo precisos.

Mi madre está a su lado.

Protegiéndolo.

Cubriendo cada hueco que él deja.

Luchan espalda con espalda.

Como siempre.

Pero no deberían estar ahí. Mi padre debería seguir recuperándose.
Debería estar descansando.
Protegido
No enfrentándose otra vez a estas cosas.

Siento cómo el alma se me cae a los pies. Todo el aire abandona mis pulmones.

-No...-No sé si lo digo en voz alta o solo lo pienso.

Los veo demasiado expuestos.
Demasiado cerca de aquellas criaturas. Mi corazón empieza a golpearme el pecho con tanta fuerza que apenas escucho el resto del combate.

Quiero correr hacia ellos.
Quiero apartarlos.
Pero antes de que pueda dar un paso, una criatura desciende entre nosotros.

-El miedo camina junto a todos los soldados. El cobarde lo sigue; el valiente lo adelanta-

Tim

Respiro con dificultad mientras esquivo otra embestida.

Las costillas protestan con cada movimiento. Los vendajes que hace apenas unas horas estaban limpios vuelven a empaparse poco a poco bajo la armadura ligera. Los curanderos me dijeron que necesitaba descansar varios días más.

Qué ironía.

Mi Katana choca contra una de las patas delanteras de la criatura. El impacto me hace retroceder un paso. No tengo la fuerza de antes, lo noto enseguida. Mis brazos pesan más. Mis reflejos llegan una fracción de segundo tarde.

Y esa fracción de segundo puede matarme.

Mi padre aparece a mi izquierda.

Su espada describe un arco limpio y la cabeza de la criatura golpea el suelo antes de que el resto del cuerpo termine de comprender que está muerto.

-¿Puedes seguir?-dice sin dejar de moverse.

Asiento.

No porque pueda hacerlo.

Porque debo hacerlo.

Otra de aquellas cosas cae desde una cornisa rota. Sus alas producen ese zumbido desagradable que ya empiezo a odiar. Se lanza directamente hacia mí.

Levanto el escudo.

El golpe me hace doblar una rodilla.

Es fuerte.

Muchísimo.

Sus patas arañan el metal buscando un hueco por el que atravesarme.
Mi padre le corta dos extremidades.
Yo aprovecho el instante. Empujo con todas mis fuerzas, apartándola lo suficiente para hundir la espada entre las placas de su cuello.

El líquido oscuro me salpica la cara.

Huele a azufre.

A tierra húmeda.

Asco.

Retrocedo respirando con dificultad.
No veo la tienda donde dejaron a Conner.

Ni siquiera sé si sigue en pie.

La parte racional de mi cabeza me dice que está protegido, que hay soldados custodiando la zona de los heridos, que los médicos sabrán qué hacer si algo ocurre.

La otra parte solo quiere correr a comprobar que sigue respirando.

Que sigue allí.

Que cuando todo termine podré volver a poner dos dedos sobre su cuello y encontrar ese pulso que tanto miedo me dio perder.

Pero ahora mismo no puedo.
Ahora solo tengo tiempo para preocuparme por mi propia vida.

Nos movemos casi por instinto.

Yo cubro su espalda.

Él cubre la mía.

No hacen falta órdenes.

Nunca las han hecho.

Otra criatura baja desde el cielo con las patas extendidas.

Mi padre levanta la espada.

Yo lanzo una daga. La hoja se clava en uno de los ojos compuestos y desvía su trayectoria apenas unos centímetros.

Los suficientes.

Mi padre termina el trabajo de un solo tajo. Nos quedamos espalda contra espalda durante un instante, recuperando el aire.

-Tú puntería es excelente.

-Gracias.

Alrededor de nosotros el campamento sigue convertido en un infierno.

Soldados gritando órdenes.
Curanderos arrastrando heridos.
Monstruos trepando por las empalizadas. El cielo cubierto de humo.

Aprieto con más fuerza la empuñadura de mi espada.

Todavía me tiemblan las piernas.
Todavía me duelen las heridas.
Todavía tengo miedo.

Conner

Muévete.

La orden retumba una y otra vez dentro de mi cabeza.

Muévete.

Pero mi cuerpo no responde.

Mi gente está sufriendo.

Intento incorporarme y un dolor insoportable me atraviesa desde el pecho hasta la espalda. Es como si alguien hubiera decidido romperme todos los huesos a la vez y luego volver a colocarlos donde no corresponden.

El aire entra a trompicones en mis pulmones.

Me cuesta respirar.

Me cuesta pensar.

Me cuesta incluso recordar dónde estoy durante unos segundos.

Entonces llegan los sonidos.

Gritos.

Acero chocando contra acero.

El rugido de aquellas criaturas.

Y, más lejos, las voces de los soldados dando órdenes.

La batalla.

Sigue.

No...

No puede seguir.

Intento mover una mano.

Los dedos apenas obedecen.

Tiembla.

Después el brazo.

Solo consigo levantarlo unos centímetros antes de que el dolor me obligue a dejarlo caer otra vez.

Siento como si me hubiera partido el hombro.

Muévete.

Vuelve a gritar mi cabeza.

Levántate.

Jon estará peleando.

Tim también.

Mis padres.

Todos.

Y yo...Yo estoy tumbado.

Inútil.

Aprieto los dientes con tanta fuerza que noto el sabor metálico de la sangre en la boca.

No.

No pienso quedarme aquí.

Respiro hondo y el pecho protesta con una violencia que me roba el aire. Miles de agujas parecen clavarse entre mis costillas, atravesando músculos, pulmones, hasta llegar directamente al cerebro.

Un gemido escapa de mi garganta antes de poder contenerlo.
Abro los ojos.
La luz me ciega.
Todo está borroso.

Las figuras entran y salen de foco como si el mundo estuviera bajo el agua.

Parpadeo varias veces.

Muévete.

Lo intento otra vez.

Esta vez apoyo una mano en el colchón improvisado y empujo.
Mis brazos tiemblan de inmediato, los músculos dejan de responder.
Aun así consigo incorporarme apenas unos centímetros.

El mundo gira.

La tienda parece inclinarse sobre mí y tengo que cerrar los ojos para no vomitar.

No.

Otra vez no.

Espero unos segundos.

Vuelvo a intentarlo.

Esta vez logro sentarme.

El simple hecho de mantener la espalda recta hace que todo mi cuerpo arda.

Respiro muy despacio. El vendaje que rodea mi pecho está húmedo.
No necesito mirarlo para saber que vuelve a sangrar.

Da igual.

Levanto la cabeza.

Escucho otra explosión fuera.

Después un rugido.

Después alguien gritando.

Mis piernas cuelgan del borde del lecho.

Las observo.

Parece absurdo que sean mías.

Tan pesadas.

Tan lejanas.

Vamos...

Damián

El combate dentro del palacio se vuelve imposible de sostener.

No porque estemos perdiendo.
Porque el propio lugar está dejando de ser un lugar seguro. Una columna se desploma a pocos metros de nosotros, la piedra golpea el suelo con un estruendo que hace temblar las paredes, el techo cruje sobre nuestras cabezas y una lluvia de polvo nos obliga a cubrirnos el rostro.

Mi madre mira hacia arriba una sola vez.

-Nos vamos.

No discuto. Retrocedemos mientras ella lanza dos dagas seguidas. Ambas desaparecen en los ojos de una criatura que intentaba cerrarnos el paso. Yo aprovecho el hueco y atravieso con la katana el cuello de otra que se abalanzaba desde un arco derrumbado.

Seguimos corriendo.

El humo apenas deja respirar.
Las llamas empiezan a trepar por las vigas del techo y el calor se vuelve insoportable.

Llegamos a una galería exterior.
Los ventanales ya no existen. Solo quedan los enormes huecos abiertos hacia los jardines del castillo.

Mi madre se asoma apenas un instante.

-Abajo hay demasiadas criaturas.

Por las escaleras tampoco podremos bajar.

Entonces levanta la vista.

Las enredaderas.

-Por ahí.

Se guarda una daga entre los dientes y, sin la menor vacilación, salta al borde del ventanal. Sus manos encuentran las gruesas enredaderas y empieza a descender con una rapidez que solo da una vida entera entrenando.

Yo la sigo. Las hojas me golpean la cara mientras busco apoyo con las botas en la piedra, debajo de nosotros, dos criaturas levantan la cabeza al escuchar el movimiento.
Nos han visto y una de ellas comienza a trepar directamente por el muro.

-¡Más deprisa!-grita mi madre.

No hace falta repetirlo, desciendo casi dejándome caer. La corteza húmeda resbala bajo los guantes y noto cómo algunas ramas se rompen con mi peso. La criatura está cada vez más cerca, escucho el golpeteo de sus patas contra la piedra.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada vez más rápido.

Mi madre llega primero al suelo.
En cuanto sus botas tocan la hierba, no pierde ni un segundo, saca otra daga y la lanza hacia arriba.

La hoja atraviesa entre los ojos de la criatura que me perseguía. El monstruo pierde el equilibrio.
Su peso arranca parte de las enredaderas.

-¡SALTA!

No espero, me impulso con todas mis fuerzas y salto los últimos metros. Aterrizo rodando sobre el césped y apenas tengo tiempo de incorporarme cuando el cuerpo de la criatura se estrella donde yo estaba un segundo antes. El impacto abre un pequeño cráter y levanta tierra, piedras y hojas por todas partes.

Tim


Solo sé que cada vez que el acero choca contra el caparazón de una de aquellas criaturas, la vibración me sube por los brazos hasta los hombros. Las heridas todavía no han terminado de cerrar y cada giro de muñeca vuelve a abrir un dolor distinto.

Aun así, sigo.

No tengo otra opción.

Una de las bestias se abalanza desde un tejado derrumbado, la espero con la hoja baja, respirando despacio. Cuando está a apenas unos metros de mí, doy un paso hacia un lado.

La criatura falla y su propio impulso la condena. La katana asciende en diagonal y encuentra el hueco entre dos placas del abdomen. El filo atraviesa carne, tendones y algo parecido a una columna antes de salir por el otro lado.

Deberías tomarte un descanso. Me dice mi cuerpo.

Tuerzo la espada con fuerza.
La hoja rompe el interior de la criatura y esta cae pesadamente contra el suelo, sacudiéndose unos segundos antes de quedarse inmóvil.

No me detengo y la saco de un tirón.
El líquido oscuro salpica la piedra y también mis botas. Escucho otro rugido a mi espalda, giro sobre mis talones preparado para recibir otro ataque. Pero no es un monstruo lo primero que veo.

Es una figura cruzando el aire.

Conner.

No.

No

No.

¿¡Qué hace!?

Vuela apenas unos metros por encima del suelo. No está haciendo esas grandes maniobras que tanto le gustan cuando entrena, apenas mantiene la altura suficiente para ganar velocidad, su respiración parece pesada incluso desde aquí, pero sus ojos sus ojos están completamente fijos en una criatura que intenta alcanzar a un grupo de soldados.

Su puño impacta de lleno contra la cabeza de la bestia. Brutal. Conner no es comandante por atacar con sutileza, he escuchado cosas de el, pero nunca pensé ver esa temeridad con mis propios ojos.

El caparazón estalla como si estuviera hecho de barro cocido, fragmentos negros salen despedidos en todas direcciones mientras el cuerpo del monstruo pierde toda la fuerza y se desploma sobre el patio.

Conner aterriza de rodillas, durante un segundo pienso que va a caerse. Apoya una mano en el suelo, respira con dificultad y vuelve a levantarse antes de que otra criatura pueda acercarse.

Protegiendo a los demás como si su propio cuerpo no estuviera que ser cuidado. Aprieto con más fuerza la empuñadura de la katana.

Y corro hacia él. No porque piense que no puede defenderse, porque sé perfectamente que puede. Conozco a Conner, quizás no desde toda la vida. Pero sí lo suficientemente y sé que está luchando por pura fuerza de voluntad.

Una criatura desciende desde un tejado justo cuando él termina de atravesar el pecho de otra con el puño.

-¡Conner!

No llega a girarse cuando la katana sale disparada antes de que pueda pensarlo. El filo atraviesa una de las alas translúcidas de la bestia y la desvía lo suficiente para que pase rozándolo.

Aprovecho el impulso.

Recupero la espada de un tirón y, antes de que el monstruo consiga incorporarse, le corto el cuello de lado a lado. El cuerpo cae pesadamente entre nosotros.

Conner me mira.

Está jadeando.

Tiene el pelo pegado a la frente por el sudor y la sangre. Respira como si cada inspiración le costara un mundo.

Aun así...Sonríe. ¡Me sonríe!

-Hola...

-¿¡Qué estás haciendo!?

-No te enfades. Sabes que iba a acabar luchando.

-¡No! ¡Tienes graves secuelas por la kriptonita!

Me coloco automáticamente a su espalda mientras otra criatura intenta acercarse por nuestra derecha. Él golpea primero y yo termino el trabajo con la katana.

-Tendrias que estar...

-Donde estoy.

Otra criatura intenta lanzarse sobre él. Le corto dos patas antes de que llegue y Conner ni siquiera deja de avanzar.

-Deberías estar descansando.

-Tú también.

-Yo no he pasado días encadenado a kriptonita.

Silencio. Le doy un codazo para que se aparte justo cuando una de aquellas cosas escupe un líquido oscuro hacia nosotros. La sustancia golpea el suelo y la piedra empieza a ennegrecerse.

Perfecto.

También escupen.

-Tim...

-No.

-Escúchame...

-Te escucho...

-Es lo que tengo que hacer...

-Conner..

-No puedo quedarme quieto.

-Estas herido.

-Estare bien.

-No si no te recuperas.

Conner deja escapar una risa entrecortada que termina convirtiéndose en una mueca de dolor.

-Puedo hacerlo...-Sin girarme siquiera, apoyo un poco más mi espalda contra la suya.

Lo suficiente para que parte de su peso descanse sobre mí durante apenas un segundo.

-¿Tienes que ser tan cabezon?

-Sí-Conner guarda silencio unos instantes-Hay gente sufriendo, muriemdo, que no puede defenderse...no iba a quedarme tumbado.

-Conner, no puedes salvar a todo el mundo.

-Lo sé.

-Y si no te recuperas correctamente ni siquiera podrás salvarte a ti mismo.

Damián

Los túneles exteriores de Solarys son más estrechos de lo que recordaba. La piedra húmeda amortigua el sonido de la batalla, pero no consigue hacerlo desaparecer.

Los rugidos de aquellas criaturas siguen llegando hasta nosotros mezclados con el choque del acero y los gritos de los soldados.

Mi madre avanza unos metros por delante y yo cubro la retaguardia.
Una salta desde arriba, la katana la recibe antes de que llegue a tocarme.

El impacto me obliga a dar un paso atrás. La hoja resbala sobre el caparazón hasta encontrar una de las juntas blandas. Giro la muñeca y el filo termina de abrirse paso.

La criatura cae a mis pies retorciéndose, no espero a verla morir otra ocupa inmediatamente su lugar.

Cada vez llegan más.

Mi respiración empieza a acelerarse. Noto el peso de las armas en el cinturón y el sudor resbalando por la nuca. Los músculos de los brazos arden por el esfuerzo continuo.

-¡Por la derecha!-grita mi madre.

Me giro justo a tiempo para cortar una pata que intentaba alcanzarme.

Sigo avanzando.

Un paso.

Otro.

Y entonces algo me golpea por la espalda. No llego a verlo. Solo siento cómo unos ganchos enormes se cierran alrededor de mi cintura y de uno de mis brazos.

El suelo desaparece bajo mis pies.
La criatura bate las alas con una fuerza brutal y me arrastra hacia arriba. La piedra del túnel queda cada vez más abajo. Intento clavar la katana en su cuerpo, pero el ángulo es imposible. Me balanceo violentamente con cada aleteo mientras aquellas patas aprietan cada vez más.

El aire me golpea la cara.

Respiro una sola vez.

Dos.

No puedo dejar que me saque del túnel.

Levanto la hoja todo lo que puedo.

Busco a ciegas la articulación.
Cuando el acero encuentra carne, empujo con todas mis fuerzas.
La pata se desprende y el monstruo lanza un chillido ensordecedor.

Y yo...Empiezo a caer. Durante una fracción de segundo no hay nada bajo mis pies.

Solo aire.

La roca del suelo se acerca demasiado deprisa. Entonces noto un tirón seco en la parte de atrás de la ropa. Mi caída se detiene de golpe. El cuello de la ropa me aprieta tanto que casi me deja sin respiración.

Me quedo unos segundos analizando lo que está pasando. Y reconozco inmediatamente aquel hocico húmedo sujetándome con un cuidado sorprendente.

-Hola, Krypto.

Mantiene la mandíbula cerrada únicamente sobre la tela, sin llegar a tocar mi piel. No puedo evitar soltar una pequeña risa entre el agotamiento.

-Gracias, amigo.

Después me deja en el suelo con cuidado, ni siquiera espera una caricia. En cuanto mis botas vuelven a tocar la piedra, levanta la cabeza.
Otra de aquellas criaturas desciende por el túnel.

Krypto enseña los dientes, un gruñido grave retumba por todo el pasadizo.

Y sale disparado hacia ella.

Lo veo abalanzarse con una velocidad increíble, chocando contra el monstruo con todo el peso de su cuerpo. Ambos desaparecen entre polvo, piedra y alas mientras el túnel vuelve a llenarse del estruendo del combate.

Suelto el aire lentamente.

Mi madre.

Tengo que encontrarla.

Echo a correr de nuevo por los túneles exteriores de Solarys. El humo se ha ido colando también allí abajo y obliga a respirar con más fuerza. A cada pocos metros encuentro vigas desprendidas, bloques de piedra que antes formaban parte del techo y grietas nuevas abiertas por los impactos.

Salto una viga atravesada en mitad del pasillo, apoyo una mano sobre un bloque de piedra para impulsarme por encima de otro montón de escombros.

No dejo de moverme.

Un soldado de Noctaris forcejea contra una de aquellas criaturas, que lo ha derribado y trata de inmovilizarlo con las patas delanteras.

Cambio de dirección sin pensarlo.

La katana entra por debajo del caparazón y atraviesa el costado del monstruo. La criatura lanza un chillido agudo y gira hacia mí, aprovecho ese instante para clavarle una daga en uno de los ojos compuestos.

El soldado consigue ponerse de pie.

-¡Gracias, alteza!

-No te quedes solo.

No espero respuesta y continúo corriendo.

Más adelante, una arquera intenta tensar el arco mientras retrocede. Dos criaturas la obligan a ceder terreno.

Lanzo una de mis últimas dagas.

La hoja se clava en la articulación de una de las patas delanteras de la primera bestia. La arquera entiende la oportunidad al instante y dispara una flecha que atraviesa el hueco que acabo de abrir.

La segunda criatura cambia de objetivo y carga contra mí. Nos cruzamos a toda velocidad.
Solo siento la resistencia del acero atravesando el cuello antes de seguir avanzando sin detenerme.

Cada paso me aleja de un combate y me acerca a otro.

Finalmente llego a otro de los túneles de servicio, un silencio extraño, roto únicamente por el eco lejano de la batalla.

Me apoyo un instante contra la pared de piedra. Necesito comprobar algo. Bajo la mirada y comienzo a recorrerme el cuerpo con rapidez. Los brazos, solo cortes superficiales, el hombro derecho, la tela está rasgada y la sangre ha empapado parte de la manga, pero la herida no parece profunda.

Las costillas.

Presiono con los dedos.

Duele.

Las piernas.

Varios arañazos.

Un corte en el muslo izquierdo.

Nada que impida seguir luchando.

Las manos...Las observo unos segundos. Están enrojecidas y dentro de una horas tendré un dolor insoportable nada más moverlas.

La mayor parte no.

Flexiono los dedos una vez y luego otra, todavía puedo sostener la espada. Respiro hondo. El cansancio empieza a instalarse en cada músculo, pero aún no puedo permitírmelo. Me incorporo, vuelvo a empuñar la katana y echo a correr otra vez hacia el estruendo de la batalla.

Jon

La batalla ya no tiene ningún sentido.

Hace rato que dejó de ser una sucesión de órdenes y estrategias. Ahora es resistencia. Es sobrevivir un minuto más, es impedir que el compañero que tienes al lado caiga antes que tú.

El patio principal de Solarys apenas se reconoce. Las fuentes están destrozadas, las estatuas de antiguos reyes y héroes yacen partidas sobre el suelo, mezcladas con piedras, armas rotas y el cuerpo de aquellas criaturas. El humo cubre parte del cielo y hace que el sol apenas consiga atravesar aquella nube gris.

Respiro hondo.

Error.

El olor a sangre, ceniza y ese líquido oscuro que desprenden los monstruos me llena los pulmones.

Aprieto los dientes.

No vomités.

No puedo permitirme detenerme.

-¡Príncipe! ¡Por aquí!

Un capitán señala el ala norte del patio. Corro junto a otros seis soldados, vamos hombro con hombro, uno lleva una lanza, otro un escudo casi partido por la mitad. Los demás empuñan espadas y hachas cubiertas por aquella sustancia negra.

En cuanto doblamos la esquina encontramos otra oleada.

Cinco criaturas.

No.

Siete.

Salen de entre los soportales como una marea de patas y alas.

El choque es inmediato.

Una embiste al lancero.

Otra intenta rodearnos.

Dos más trepan por las columnas buscando atacarnos desde arriba.
No pienso. Solo me muevo. Golpeo con el puño el costado de una de ellas, el caparazón se resquebraja bajo el impacto y aprovecho para rematarla con la espada que llevaba uno de los soldados.

Apenas tengo tiempo de devolver el arma, otra criatura ya está encima de nosotros. El capitán levanta el escudo, las mandíbulas lo atraviesan como si fuera madera húmeda.

-¡Atrás!-Tiro de él justo antes de que otra pata le alcance el cuello.

La criatura gira hacia mí. Sus ojos compuestos reflejan las llamas del castillo.

Carga.

Espero.

Un paso.

Dos.

En el último instante me aparto y utilizo toda su velocidad en su contra. Se estrella contra una columna y la piedra se agrieta.
Uno de los soldados aprovecha para hundirle una lanza entre las placas del abdomen.

Seguimos avanzando.

Cada metro cuesta una eternidad.
Cada criatura que cae parece sustituida inmediatamente por otra.
Escucho un grito a mi derecha.

Vera.

Una de las capitanas de Solarys.
Está luchando contra dos criaturas al mismo tiempo. Consigue mantenerlas a raya durante unos segundos, pero una tercera desciende desde un balcón derrumbado.

Ella no la ve. Está completamente concentrada en las otras dos.

-¡Vera!-Mi grito llega demasiado tarde.

La criatura cae sobre ella. Consigue levantar la espada a tiempo, pero el impacto la derriba de espaldas.
Las mandíbulas descienden directamente hacia su rostro.

Corro.

No llego.

Estoy demasiado lejos. Veo cómo Vera intenta empujar aquellas patas enormes, vómo sus brazos empiezan a ceder, cómo la criatura abre la boca.

Entonces me lanzo.

No pienso.

Golpeo a la bestia con todo mi peso antes de que pueda alcanzarla, los tres rodamos por el suelo. Consigo arrancarla de encima de Vera, pero el impulso me deja completamente expuesto.

Caigo boca arriba.

La espada se me escapa de la mano.

Intento incorporarme.

Demasiado lento.

La criatura ya está sobre mí.
Levanta una de aquellas patas terminadas en un gancho curvo.
Va directa a mi pecho.

No llego.

Lo sé.

Levanto los brazos por puro instinto.
Y, en ese mismo instante, una flecha atraviesa el ojo de la criatura. La bestia se sacude violentamente.

Otra flecha.

Y otra.

El monstruo cae hacia un lado, desplomándose a escasos centímetros de mí. Me quedo inmóvil durante un segundo.
Mi corazón golpea con tanta fuerza que apenas oigo nada más.

He estado...Así de cerca. Vera aparece sobre mí, respirando con dificultad. Y ella extiende su mano hacia a mí.

-Levántate.

La agarro.

Ella tira de mí con todas sus fuerzas y vuelvo a ponerme en pie. Nos miramos apenas un instante, no hacen falta palabras.

Los dos sabemos lo que acaba de pasar, los dos sabemos que, si esa flecha hubiera tardado un segundo más...Ahora mismo uno de nosotros estaría muerto.

-Ninguna noche es eterna, pero algunas exigen toda una vida para encontrar el amanecer-

Damián

Cuando todo acaba no me lo creo.

Simplemente deja de ocurrir.
No hay un último rugido.
No hay una señal que anuncie la victoria. Las criaturas...dejan de llegar.

Las pocas que siguen vivas intentan retroceder unos instantes antes de desplomarse sobre la piedra, como si algo invisible hubiera decido que ya no sirven.

Y entonces se hace el silencio.

Irreal.

Solo queda el crepitar de algunos incendios y los gemidos lejanos de los heridos.

Yo permanezco inmóvil. La katana sigue entre mis manos está completamente mellada de cortar esa dura piel.

No recuerdo cuánto tiempo paso así.

Segundos.

Quizá minutos.

Solo escucho un pitido constante dentro de mis oídos. Un sonido agudo que ahoga el resto del mundo.

Bajo lentamente la vista y hay una piedra delante de mí. Solo una piedra y me quedo observándola sin verla realmente.

Mi respiración sigue acelerada. Las manos me tiemblan. No sé si por el cansancio o por la adrenalina que todavía se niega a abandonar mi cuerpo.

Finalmente aflojo los dedos. La punta de la katana toca el suelo con un sonido metálico.

Mis piernas ceden.

Me dejo caer sobre uno de los grandes bloques de piedra desprendidos del castillo.

El cuerpo entero protesta. Ahora que ya no estoy luchando descubro heridas que ni siquiera había sentido.

Un corte en el muslo.
Otro en el hombro.
Las manos llenas de pequeñas incisiones. Golpes que mañana seguramente me impedirán moverme con normalidad.

Ni siquiera me molestan. No tanto como las imágenes que siguen pasando por mi cabeza.

Un soldado de Noctaris.
Las mandíbulas de una criatura cerrándose sobre su cabeza.
El sonido.

Otro intentando apartar a un compañero mientras aquellas patas le atravesaban el pecho, una arquera de Solarys que siguió disparando hasta quedarse sin flechas.

Después utilizó el arco como si fuera una lanza. No sé si sobrevivió,
no tuve tiempo de comprobarlo.

Los solarianos...

Han resistido mejor.

Sus cuerpos soportan golpes que habrían matado a cualquier otro hombre. He visto a algunos levantarse después de impactos imposibles, he visto huesos que deberían haberse roto mantenerse enteros.

Pero incluso ellos sangran.

Incluso ellos caen.

Incluso ellos gritan.

Y eso me resulta mucho más aterrador de lo que debería. Porque si algo puede herir a un solariano...

¿Qué clase de monstruos son estos?

No.

La pregunta correcta es otra.

¿Quién los ha creado? ¿Quién es capaz de mezclar magia con criaturas vivas hasta convertirlas en esto? ¿Quién posee un poder semejante? ¿Y por qué?

Escucho pasos acercándose.

-¿Príncipe?

No respondo.

-¿Se encuentra bien?

El pitido sigue llenando mis oídos.
Continúo mirando el mismo punto del suelo.

-¿Necesita un curandero?

No.

Sí.

No lo sé.

No soy capaz de responder. Mi cabeza sigue atrapada en la batalla.

Sigo viendo alas.

Mandíbulas.

Caparazones.

Sigo esperando que otra criatura aparezca de entre el humo. Pero no aparece ninguna. Uno de los soldados se arrodilla frente a mí.

Dice algo más.

No consigo entenderlo. Las palabras llegan amortiguadas, lejanas, como si estuviera escuchándolas desde el fondo de un lago.

Levanto lentamente la vista.

Alrededor de mí solo quedan ruinas.

Cuerpos.

Extremidades de cuerpos.

Muros derrumbados

Sangre.

Gritos.

Personas sufriendo.

Aprieto con fuerza la empuñadura de la katana una última vez.

Jon


Las criaturas habían desaparecido.

Las últimas cayeron sobre la piedra como marionetas a las que alguien hubiera cortado los hilos. Algunas seguían moviendo una pata durante unos segundos. Otras quedaron completamente inmóviles, con aquellos ojos compuestos mirando un cielo que empezaba a recuperar su color.

Mis piernas empezaron a caminar solas.

No tenía un destino.
Solo caminaba.

Pasé junto a un soldado sentado contra una pared, sujetándose un brazo que ya no estaba.

Pasé junto a dos curanderos que intentaban reanimar a un muchacho de mi edad.

Pasé junto a una madre que abrazaba el cadáver de su hija.

Y cuanto más veía más pequeño me sentía. Siempre pensé que un príncipe debía transmitir seguridad.
Esperanza.
Fortaleza.

Pero yo solo quería sentarme en el suelo y llorar.

Me detuve en mitad del patio, todo estaba roto, las escaleras por las que había corrido de niño, la fuente donde Conner y yo terminábamos empapados todos los veranos.

Los jardines.

Las vidrieras.

Las banderas de Solarys.

Todo parecía haber envejecido cien años en una tarde. Siento un nudo en la garganta. Porque empecé a reconocer rostros, algunos siguen vivos. Otros...No. Y eso era lo que más duele, no recordar que habían muerto, sino recordar cómo habían vivido.

Me llevé una mano a la cara.
Estaba llena de sangre seca.
No sabía cuánta era mía.
Cuánta era de las personas que había intentado salvar.
Entonces pensé en una cosa.

Mi madre.

Mi padre.

Conner.

Tim.

Damián.

¿Dónde están?

Estás personas que ahora yacen inmóviles también eran el mundo entero para alguien.

Ninguno era solo un soldado.
Ninguno era solo un sirviente.
Eran hijos.
Madres
Padres.
Hermanas.
Amigos.

Personas que esa misma mañana seguramente habían desayunado pensando que volverían a casa al anochecer.

Y no lo harían.

Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas. No eran lágrimas escandalosas.

Solo caían.

Una detrás de otra.

Mientras seguía mirando las ruinas de mi hogar.

-Lo siento...-susurré.

Después de ayudar a mis padres a llegar a la zona donde los curanderos han empezado a reunir a todos los heridos, siento que las piernas me pesan como si estuvieran hechas de piedra.

Han levantado un hospital improvisado en el patio interior. Las mesas de madera se han convertido en camillas. Las mantas cubren el suelo para los que ya no caben bajo techo, los curanderos van de un lado a otro con las manos teñidas de sangre, pidiendo agua, vendas y hierbas medicinales sin detenerse un solo instante.

Mi padre apenas se apoya en mí.
Lo hace lo justo para que yo sepa que realmente necesita ayuda, pero cualquiera que lo observe desde lejos diría que simplemente caminamos juntos.
La espalda recta.
La cabeza alta.
El rostro sereno.

Un rey.

Un rey que acaba de sobrevivir a un infierno y que aun así no permite que su pueblo vea cuánto le cuesta dar cada paso.

Mi madre hace exactamente lo mismo. Tiene una venda rodeándole el brazo y otra bajo la clavícula, pero mantiene la barbilla erguida mientras responde a los capitanes que se acercan para informarle de los daños.

Ni un gesto de debilidad.

Ni uno solo.

Porque ahora mismo Solarys necesita creer que sus reyes siguen siendo inquebrantables. Cuando por fin los dejamos junto a los médicos, mi mirada encuentra enseguida a Conner.

Está sentado sobre una de las camillas.

Pálido.

Agotado.

Pero despierto.

Tim permanece a su lado sujetándole la mano con tanta fuerza que parece negarse a soltarla nunca más. Un médico revisa el pecho de mi hermano mientras otro cambia algunos vendajes.

Conner levanta un momento la cabeza.

Nuestras miradas se cruzan.

Sonríe.

-Deberias haberte quedado en la retaguardia-Le digo.

-Sabes que eso es imposible.

-Eres un gran general pero te la has jugado...Tú....

-Estoy vivo.

Suspiro y entonces continúo caminando.

Y los veo.

Damián y a su lado Krypto. Que menea el rabo y se lanza hacia ai emcuanto me ve. Yo lo acaricio y saludo acariciándolo.

-Menos mal que está bien. Si no Kara se volvería loca.

El perro reconoce el nombre de mi tía y se va a buscarla rápido como el viento. Luego lo vuelvo a mirar a el....Está a unos diez pasos de mí.
También está cubierto de polvo, sangre y ceniza. La ropa tiene varios cortes, despeinado, y con el arma envainada.

Nos quedamos inmóviles.
Mirándonos.

Diez pasos.

Parece una distancia absurda después de todo lo que ha pasado.
Quiero preguntarle si está bien, quiero decirle que pensé que iba a perderlo, quiero contarle que durante toda la batalla no dejé de buscarlo con la mirada.

Pero ninguna palabra consigue salir.

Y entonces él rompe la distancia.

Camina hacia mí.

Una zancada.

Otra.

Hasta que, sin decir absolutamente nada, me rodea con los brazos. El impacto del abrazo casi me hace querer apretarlo hasta que nuestras costillas sean una.

Durante un segundo me quedo completamente quieto.

Y al siguiente...Lo abrazo yo también. Como si todavía necesitara convencerme de que realmente está aquí.

Siento su respiración contra mi cuello, el calor de su cuerpo, el ligero temblor que intenta esconder.

-Estás vivo...-susurra.

Su voz apenas existe. La escucho más con el pecho que con los oídos.

Cierro los ojos.

-Y tú...

Las palabras salen rotas.
Nos quedamos así unos segundos que parecen una vida entera.
No existe el ruido.
No existen los heridos.
No existen las ruinas.

Solo existe el alivio inmenso de seguir sintiendo su corazón latiendo tan cerca del mío.

Poco a poco me aparto unos centímetros.

Mis manos suben casi sin pensarlo hasta sus mejillas. Las acaricio con cuidado, apartando un poco de polvo y una pequeña mancha de sangre seca.

Levanto la vista.

Sus ojos.

Verdes.

Esperanza.

Vida.

Refugio.

En Solarys nos enseñan desde pequeños que el verde es el color con el que la naturaleza responde cuando el sol vuelve después de la tormenta. Que representa el renacer, la promesa de que incluso la tierra más castigada puede volver a florecer.

Encontrar esos ojos mirándome es exactamente eso. La prueba de que todavía queda algo hermoso en medio de tanta destrucción.

Siento cómo se me humedecen otra vez los ojos. No quiero llorar. Pero tampoco quiero seguir fingiendo que soy más fuerte de lo que realmente soy.

Me inclino despacio hasta que nuestros labios se encuentran en un beso breve. Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, apoyo mi frente contra la suya.

Cierro los ojos.

Respiro.

Su olor sigue ahí.

Invierno.

Madera.

Y esa calma que siempre consigue encontrar incluso en medio del caos.

Sé perfectamente que este no es el momento. A nuestro alrededor siguen llegando heridos, los curanderos continúan corriendo, los soldados siguen recogiendo a los muertos.

El reino entero intenta levantarse de una pesadilla.

Y, aun así...No puedo evitar pensar que sentir su frente apoyada contra la mía, que escuchar el latido de su corazón es lo más maravilloso que tengo ahora mismo.

Tim

Acaricio distraídamente la cabeza de Roy. Está completamente dormido, hecho una pequeña bola de pelo sobre mis piernas. Su respiración es tranquila y de vez en cuando una de sus orejas se mueve cuando escucha algún ruido del campamento, pero enseguida vuelve a relajarse.

Yo, en cambio, soy incapaz.

No puedo dejar de pensar.

¿Qué clase de reino tiene tanto poder?

No...

¿Qué clase de rey es capaz de preparar una guerra así durante años sin que nadie sospeche nada?

Porque esto no se improvisa.

Aquellas criaturas no nacieron hace unos días o meses. Alguien tuvo que estudiarlas, crearlas, alimentarlas, ocultarlas y entrenarlas.

Todo eso requiere tiempo. Muchísimo tiempo.
Y dinero, personas capaces de guardar un secreto tan grande.

Cierro los ojos un instante mientras intento recordar todos los mapas políticos que estudié cuando era pequeño.

Todos los reinos cercanos.
Todas las alianzas.
Todas las rivalidades.

Empiezo por el más sencillo.

Valmorra.

Lo descarto casi antes de terminar de pensarlo. Nosotros lo matemos.

Con él también desapareció gran parte de la estabilidad del reino. Su amante murió junto ale y los informes que recuerdo las hicimos arder.

No.

Un reino que apenas consigue mantenerse unido no organiza un ataque de semejante magnitud.

No tiene sentido.

Paso al siguiente nombre.

Asterfell.

La reina Kori.

Solo una hora de distancia.

Militarmente sería una posición perfecta para atacar Solarys. Precisamente por eso intento analizarla con cuidado.

Pero ella nos hizo de mediadora para la boda y llevo años escuchando hablar de ella.

Los embajadores siempre la describen como una mujer inteligente, fría cuando la situación lo exige, pero extremadamente diplomática.

Prefiere negociar antes que luchar.
Ha firmado más tratados que cualquier otro gobernante de su generación.

Sigo avanzando.

Thacnuok.

La reina viuda Morla.

Tres horas hacia el sur.

Un reino de clima cálido, casi desértico, donde los soldados entrenan soportando temperaturas que aquí resultarían insoportables.

Morla perdió a su marido hace años.

Desde entonces gobierna sola.
Dicen que es estricta.
Que exige disciplina absoluta.
Y que su ejército es uno de los más preparados del continente.

Eso me hace dudar.

Porque capacidad militar tiene.
Recursos también. Pero jamás ha mostrado interés por conquistar otros territorios.

Siempre ha preferido proteger sus rutas comerciales y mantener la estabilidad de sus fronteras.

No es imposible.

Pero tampoco parece la decisión más inteligente. La dejo en duda.

No la descarto del todo.

Pero tampoco consigo verla detrás de algo tan monstruoso.

Drahmor.

El rey viudo Thamir.

Cinco horas.

Costa.

Puertos.

Barcos.

Toda la riqueza de Drahmor depende del mar. Recuerdo haber leído que Thamir nunca toma decisiones impulsivas.

Es paciente.

Calculador.

Ese tipo de personas me preocupan más que los gobernantes temperamentales. Porque las guerras más peligrosas siempre las empiezan quienes saben esperar.

Aun así...Si destruye Solarys, también pone en peligro muchas rutas comerciales que benefician directamente a Drahmor.

Perdería demasiado. A menos que hubiera algo mucho mayor detrás.

Pero sin pruebas...Solo sería una sospecha.

Paso al siguiente.

Velonthar.

Gobernado por dos reyes.

Dras y Vianna.

Siempre me llamó la atención esa forma de gobernar. Mientras uno dirige el ejército, el otro administra el reino.

Dos cabezas.

Dos perspectivas.

Dos personas revisando cada decisión importante. Eso hace muy difícil cometer errores. También hace muy difícil ocultar secretos entre ellos.

Nunca los he visto.

Solo conozco informes.

Hablan de un reino reservado.

Muy organizado.

Con pocas relaciones diplomáticas.

No parecen agresivos.

Pero tampoco sabemos demasiado sobre lo que ocurre dentro de sus fronteras.

Y eso siempre me incomoda.

Finalmente llego al último nombre.

Velkari.

Kaedor y Lysenn.

Un reino rodeado por montañas.

Difícil de atravesar.

Difícil de observar.

Siempre han protegido muchísimo su territorio.

Sus minas.

Sus investigaciones.

Sus fortalezas.

Ese aislamiento...

Me hace pensar.

Porque un reino tan cerrado podría ocultar sus movimientos durante años sin que nadie los descubriera.

Podría mover materiales.
Podría criar monstruos.

Pero también podría no haber hecho absolutamente nada.

Resoplo.

Cierro el mapa.

Me llevo una mano a la frente.

Estoy haciendo exactamente lo que no debo.

Sospechar de personas únicamente porque tienen los medios para hacerlo. Eso no convierte a nadie en culpable.

Bajo la vista hacia Roy.

Sigue profundamente dormido.
Le acaricio otra vez el pelo. Ojalá todo fuera tan sencillo como seguir un rastro.

Pero esto es una partida de estrategia.

Damián

Cuando por fin nos permiten descansar, ya es completamente de noche.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que terminó la batalla.

Han sido horas moviendo escombros, ayudando a sacar heridos de entre las ruinas, organizando patrullas y asegurándome de que ninguna de aquellas criaturas volviera a aparecer.

Ahora ya no puedo más.

Del inmenso jardín de Solarys apenas queda una parte reconocible. Muchos árboles han perdido ramas, los caminos de piedra están levantados por los impactos y algunos macizos de flores han desaparecido bajo montones de escombros. Sin embargo, todavía queda un rincón donde el césped sigue vivo y las estrellas pueden verse entre las copas de los árboles.

Es allí donde nos tumbamos.

Jon se acerca sin decir nada.
Se tumba a mí lado y, casi por instinto, termina acurrucado entre mis brazos.

Yo deslizo uno de ellos por debajo de su cuello y el otro rodea lentamente su cintura, acercándolo un poco más hasta.

Suspira despacio y termina de acomodarse, buscando una postura en la que ninguno de los dos tenga que hacer esfuerzo para permanecer así.

Su cabeza descansa bajo mi barbilla. Noto cómo su respiración va perdiendo poco a poco el ritmo acelerado que ha tenido durante toda la jornada.

Permanezco inmóvil. Solo entonces me doy cuenta de lo cansado que estoy.

Aspiro profundamente.

Su olor llena mis pulmones.

Primavera.

Hierba recién nacida. Flores calentadas por el primer sol de la mañana.

Siempre me ha parecido un aroma imposible de describir con exactitud. No es una sola flor, ni un solo bosque. Y ahora, después de todo lo ocurrido, esa sensación me golpea con una intensidad inesperada.

Cierro los ojos.

Poco a poco dejan de distinguirse, como si las dos estaciones encontraran por un instante una forma de convivir sin imponerse la una a la otra.

Siento el calor de su cuerpo atravesando la ropa.

Mis dedos comienzan a acariciar distraídamente su espalda, muy despacio, recorriendo pequeños círculos sobre la tela, más para convencerme de que realmente está aquí que para otra cosa.

Durante toda la batalla tuve miedo.
Un miedo constante. Cada vez que escuchaba un grito pensaba que podía ser el suyo.

Nunca llegué a decirlo.

Ni lo diré.

Pero ahora, con él entre mis brazos, puedo admitirlo al menos para mí mismo.

Estuve aterrado.

Jon se mueve apenas unos centímetros y termina escondiendo un poco más el rostro contra mi cuello.

Su respiración cálida me roza la piel.

Yo apoyo la mejilla sobre su cabello.

-Descansa...-murmuro tan bajo que casi ni yo mismo me escucho.

No espero respuesta.

No la necesito.

Damián

Han pasado dos días desde el ataque.

Dos días en los que Solarys no ha descansado ni un solo instante.

El castillo sigue oliendo a humo. Los muros todavía conservan las marcas de las criaturas y los patios se han llenado de tiendas de campaña donde los curanderos trabajan sin apenas dormir.

Ya no existe la diferencia entre nobles, soldados o sirvientes.

Todos cargan agua.

Todos levantan piedra.

Todos sujetan vendas.

Todos intentan mantener con vida a alguien.

Yo tampoco he parado.

Paso las horas organizando turnos de guardia, enviando patrullas a revisar los alrededores y redistribuyendo guerreros allí donde hacen más falta. Dormir se ha convertido en algo secundario.

Hay algo, sin embargo, que pesa sobre todo el campamento.

Conner.

Los médicos se equivocaron.
Pensaban que mejoraría.

No lo está haciendo.

Cada pocas horas escucho que vuelve a tener fiebre, que las convulsiones regresan, que el dolor es tan intenso que ni las hierbas calmantes consiguen aliviarlo durante mucho tiempo.

Hoy lo he visto.

Su cuerpo entero se arqueaba sobre la camilla mientras varios curanderos intentaban sujetarlo para que no se hiciera más daño. El sudor le empapaba el pelo y respiraba como si cada bocanada de aire le desgarrara los pulmones.

No pude quedarme mucho tiempo.
No porque no quisiera. Porque sentí que estaba presenciando algo demasiado íntimo.

Tim permanecía a su lado.

No se apartó ni un solo momento.
Con el rostro completamente sereno. Acercándole agua, limpiándole la frente, hablándole en voz baja cuando las convulsiones parecían arrancarle cualquier atisbo de conciencia.

Desde fuera cualquiera diría que estaba tranquilo.

Yo no.

Yo soy su hermano.

Lo conozco demasiado bien.
Sé que por dentro está sufriendo.
Pero también sé que jamás permitirá que Conner lo vea.

Porque conner es un alfa que necesita sentir estabilidad y Tim está dispuesto a convertirse en esa estabilidad aunque le cueste hacerse pedazos por dentro.

Aparto esos pensamientos y continúo caminando por el campamento.

Hay demasiado trabajo.

Al llegar a la zona donde se clasifican los nuevos grupos de guerreros para las patrullas, una figura llama mi atención.

La duquesa de Kareth.

La misma mujer que hace meses insistía en recuperar a Jon. Durante un momento casi no la reconozco.
Su largo cabello rubio está recogido en una trenza deshecha, de la que escapan mechones por todas partes. Lleva las mangas remangadas, el delantal manchado de sangre y de infusiones medicinales.

No quedan vestidos de seda.
No quedan collares.
No quedan piedras preciosas.

Solo una mujer agotada que lleva horas inclinándose sobre los heridos.

Y, aun así...Cuando alguno de ellos abre los ojos, ella le sonríe.

Una sonrisa sincera.

He visto a más de un soldado tranquilizarse únicamente porque ella le ha sujetado la mano. Uno de ellos, antes de morir esta mañana, llegó a susurrar una sola palabra.

"Ángel."

Ella solo cerró sus ojos y siguió atendiendo al siguiente paciente.
Me acerco despacio. Está intentando mover sola a un hombre herido hacia otra camilla.

-¿Te ayudo?

Levanta la cabeza.
Me observa unos segundos.
Como si todavía le sorprendiera verme allí. Finalmente asiente.

-Sujetadlo por los hombros.

Obedezco. Entre los dos cambiamos al hombre de sitio con el mayor cuidado posible.

Después me entrega unas pinzas.

-Hay que sacar las astillas.

Lo hago.
Ella limpia la herida.
Después acerco las vendas.
Finalmente sujeto el brazo del paciente mientras ella comienza a coser la carne con una rapidez impresionante.

Sus manos apenas dudan, cada movimiento es preciso, seguro, como si hubiera hecho aquello toda la vida.

La observo trabajar unos segundos antes de hablar.

-No eres tan mala.

Ella deja escapar una risa muy breve. Ni siquiera levanta la vista.

-Soy como tengo que ser-Niego con la cabeza.

-Una mierda.

Ahora sí me mira.
Frunce ligeramente el ceño.

-Me enteré de cómo son tus padres después de vuestra visita-Su expresión cambia apenas un instante.

-Mis padres...

-Son una mierda-La aguja se detiene un segundo entre sus dedos.

-Te tienen como una moneda de cambio. Te utilizan para cerrar acuerdos, fortalecer alianzas y decidir con quién debes casarte.

No responde inmediatamente.
Termina la siguiente puntada antes de hablar.

-No sabéis nada de mi familia.

-Sé lo suficiente.

Continúo sujetando el brazo del herido mientras ella corta el hilo.

-Sé que eres inteligente-La veo bajar la mirada-Se ve que habrías preferido pasar la vida ayudando ha enfermos y curando heridos antes que aprendiendo a sonreír en banquetes a duques y marqueses.

El silencio dura varios segundos.
Solo se escucha la respiración del hombre al que acabamos de atender. Finalmente ella termina el último punto.

Ata el hilo.

Corta el sobrante.

Y solo entonces vuelve a mirarme.

En sus ojos hay sorpresa.

Y algo parecido al alivio.

-Nunca pensé recibir un elogio de usted, alteza.

Me encojo ligeramente de hombros.

-Las mereces.

Ella baja la vista hacia sus manos, todavía manchadas de sangre.
Después sonríe muy despacio.
No con la sonrisa impecable que utilizan los nobles.

-Gracias...

Jon

Han pasado tantos días rodeados de humo, sangre y gritos que casi había olvidado cómo sonaba el agua moviéndose con tranquilidad.

El lago permanece en silencio bajo la luz de la tarde. Los árboles se reflejan sobre la superficie como si nada hubiera ocurrido en el mundo.

Damián deja la katana apoyada contra una roca.

Después empieza a quitarse la ropa.

Yo ya estoy en el agua, hasta la cintura, sintiendo el frío contra mi piel desnuda. Intenté nadar, intenté distraerme, intenté no pensar en lo que significa estar completamente desnudo a metros de él.

Fracaso estrepitosamente.

Joder...tantos días sin tocarnos. Besarnos como antes.

Se que puedo dar asco porque en estos momentos es lo último en lo que debería pensarse.

Pero llevo días sin poder dormir a la vez que el.

Abrazarlo.

Aspirar su aroma hasta que me llene los pulmones.

Mis ojos vuelven una y otra vez hacia él.

Omega.

Damián

Mío.

El aire fresco mueve algunos mechones de su cabello oscuro mientras desata el cinturón de cuero y lo deja cuidadosamente doblado sobre una piedra. Después se quita la ropa llena de polvo, dejando al descubierto las cicatrices que la guerra y los años de entrenamiento han ido dibujando sobre su piel.

Mi respiración se vuelve más lenta.

Mío.

Más pesada.

Mío

No porque me avergüence.

Porque mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda detenerlo. Porque cada línea de su torso, cada sombra bajo sus costillas, cada cicatriz blanca sobre su piel morena me hace querer tocar, sentir, memorizar.

Damián termina de descalzarse.

Da dos pasos hacia el agua.

Y entonces habla sin girarse siquiera.

-Jon.

Trago saliva.

-¿Sí?

Una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.

-¿Quieres decirme algo?

Siento cómo el calor me sube inmediatamente a la cara y baja, más profundo, más intenso.

Por los dioses. ¡Respira!

-No...

Él arquea una ceja.

-¿No?

-Bueno...

-Te escucho.

Me rasco distraídamente la nuca, aunque el agua fría no hace nada para calmar la tensión creciente en mi vientre.

-No es algo que no sepas.

-Jon ¿que pasa?

-Que te amo.

Y la sonrisa que aparece en su rostro es completamente distinta.

Más relajada.

Más divertida.

Más...hambrienta.

Pues ya está que haga conmigo lo que quiera.

-Jon...-Cruza los brazos sobre su pecho desnudo-Eres bastante malo disimulando.

-Lo intento. Pero no estoy diciendo tampoco una mentira.

-Lo sé. Yo también te amo.

Da un paso hacia el agua. Otro. La superficie del lago empieza a cubrirle los tobillos, las rodillas, los muslos. Cada centímetro de piel que desaparece bajo la superficie me parece un desperdicio y un alivio simultáneamente.

Cuando está delante de mí, a centímetros, puedo sentir el calor de su cuerpo a pesar del agua fría.

-Eres mi esposo-dice y levanta una mano y me acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja. Los dedos se demoran, trazando el contorno de mi oreja, mi mandíbula, mi cuello-Puedes tocarme-susurra.

Y entonces lo hace.

Su mano desciende por mi pecho, lenta, deliberada, sintiendo cada músculo. Los dedos se detienen en mi estómago, trazando círculos que me hacen estremecer.

-Damián...

-Dime.

Sigue bajando.

El agua se arremolina entre nosotros mientras su mano se sumerge más profundo, más abajo, hasta que sus dedos encuentran mi miembro, ya duro, ya pulsando contra su palma.

-Dioses....-Jadeo. El sonido sale de mi garganta sin permiso, involuntario, vergonzoso.

Él sonríe contra mi cuello, sus labios rozando mi piel mientras empieza a mover la mano con un ritmo lento, tortuoso, perfecto.

-Deja a los dioses en su mierda de paraíso-murmura, y su aliento caliente contra mi oreja me hace estremecer más que el contacto mismo-A tí te cuido yo.

Mis manos encuentran sus caderas, sus costillas, su espalda. Me aferro a él como si pudiera ahogarme en este lago de cristal, aunque lo único que me hace perder el aliento es su tacto, su cercanía, el movimiento constante de su mano bajo el agua.

-Damián...

-Dime.

-No...no puedo...

-Puedes.

Aumenta el ritmo.

El agua chispea a nuestro alrededor, ignorante testigo de lo que ocurre bajo su superficie. Mi frente cae contra la suya y cierro los ojos.

-Quiero sentirte-dice él, y hay algo salvaje en su voz-Quiero saber que estás aquí. Conmigo.

Su otra mano se aferra a mi nuca, acercándome más, eliminando la distancia entre nuestros cuerpos. Puedo olerlo, y la idea de que me desea tanto como yo a él me vuelve loco.

-Siempre-jadeo-Siempre estoy contigo.

-Demuéstramelo-dice, y su voz es un susurro ronco que vibra contra mi cuello.

Yo, después de dejar que el placer me recorra unos segundos más, agarro su muñeca y lo pego contra mí. Su cuerpo es duro y suave al mismo tiempo, un contraste que me vuelve loco.

-Engánchate-ordeno, y mi voz suena más grave de lo que reconozco.

Obedece.

Se engancha a mí envolviendo sus brazos alrededor de mi cuello y sus piernas alrededor de mi cintura. Su miembro y el mío se rozan durante unos segundos, fricción húmeda y caliente que nos hace gemir a ambos. Lo sujeto por los músculos de sus muslos con seguridad, sintiendo la fuerza de sus piernas temblorosas contra mis caderas, y nos saco volando del agua.

Me acerco a la orilla a grandes zancadas, el agua salpicando a nuestro alrededor. Después de coger la toalla que dejamos sobre las rocas, nos alejo volando más del reino, caminando entre los árboles hasta una zona mucho más alejada, oculta por el bosque y la distancia.

No quiero que nos escuchen.
Lo que viene entre nosotros es solo nuestro.

El se suelta cuando llegamos a un claro cubierto de musgo. Extiendo la toalla sobre el suelo blando. Él se tumba sin que yo tenga que decirle nada, dejando sus piernas abiertas, expuesto, vulnerable, perfecto.

Me meto entre ellas.

Nos besamos con una desesperación que roza la violencia. Su lengua se enreda con la mía, saboreando, reclamando. Y entonces lo siento con claridad absoluta: el olor de invierno que irradia su piel se ha convertido en tormenta.

No es ya el bosque tranquilo, la madera serena, la nieve pacífica. Ahora es el viento cortante, nieve ciega, ramas quebrándose bajo el peso del hielo. Es peligroso, salvaje, la señal de un omega completamente dispuesto, completamente abierto para su alfa.

-Jon...-jadea contra mi boca, y sus uñas se clavan en mis hombros.

Mi mano desciende entre nosotros, encontrando su entrada sin necesidad de guiarme. Está tan húmedo que mis dedos se deslizan con facilidad, recogiendo esa lubricación que su cuerpo produce solo para mí. Es caliente, es viscoso, es perfecto.

-Wou...Ya estás listo-murmuro, maravillado como siempre por cómo su cuerpo me reconoce y me pide.

-Callate-confiesa, y sus mejillas se sonrojan a pesar de la audacia de sus palabra.

-Me parece adorable que yo te guste tanto que...

-Jon...

-No te enfades. A mí me pasa lo mismo.

-Lo sé.

Alineo nuestros cuerpos. Mi miembro presiona contra su entrada, sintiendo ese calor húmedo que me invita a entrar. Lo hago despacio, siempre despacio al principio, disfrutando de cómo sus ojos se cierran, cómo su boca se abre en una "o" silenciosa, cómo su cuello se arquea ofreciéndose.

El olor de tormenta se intensifica.

Cuando estoy completamente dentro, nos quedamos quietos un momento. Yo sunetandome sobre mis manos, mirándolo desde arriba, memorizando cada detalle: pero sobre todo la forma en que sus piernas se aferran a mis caderas instintivamente, pidiendo más.

-Muévete-susurra.

Y lo hago.

Empiezo con movimientos lentos, profundos, arrancándole gemidos que intenta contener mordiéndose el labio. Pero pronto la fricción se vuelve insoportable, el ritmo se acelera por sí solo, y ya no hay contención posible. El sonido de nuestras caderas chocando llena el claro. El olor de tormenta de invierno y sol de verano se mezcla en algo que huele a cataclismo, a fin del mundo, a renacimiento.

-Jon-grita, y es mi nombre pero también es un ruego, una bendición, una maldición.

Siento cómo su cuerpo se tensa alrededor de mí, esos músculos internos apretando con fuerza, succionando, pidiendo que me quede, que llene, que marque.

-Damián-jadeo contra su cuello, inhalando ese olor a tormenta que ahora es casi doloroso de intenso-Voy a...

-Sí-ordena, y sus piernas me aprietan más fuerte-Dentro. Quiero sentirte. Quiero...

Eso a sonado maravilloso

No deja terminar la frase porque yo ya exploto, empujando profundo, llenándolo, marcándolo por dentro como mi instinto exige y mi alma desea. Mi placer es largo, intenso, arrasador, y siento cómo él se une a mí, su propia liberación caliente entre nuestros estómagos presionados.

Damián

Siento la presión primero.

Una expansión insistente donde Jon está más profundo, y mi primer pensamiento-completamente inapropiado-es que esto explica por qué los omegas de las novelas siempre se desmayan. Porque, honestamente, ¿que dios podría ser tan cruel para darnos esta anatomía? ¿Un sadista?

-Jon-jadeo, y mi voz suena menos erótica.

El dolor llega inmediatamente. Esa sensación de estiramiento, de invasión total, de límite superado. Mis uñas se clavan en sus hombros, y después lo miro.

-¿Qué te pasa?

-Lo siento-gruñe él contra mi cuello, su voz temblando-El nudo...no he podido evitarlo...

Adorable y mío.

-Joder....No pidas perdón-Lo miro y no puedo evitarlo-No me acordaba de lo grande que se hacía.

Jon empieza a sonrojarse y mira para otro lado.

-¿Estás...quejándote de mi nudo?-Intenta no parecer avergonzado.

-Estoy haciendo una observación objetiva-respiro con dificultad+Es como intentar meter una calabaza en un...en un...

-¡Por todos los santos basta!

-No soy un poeta como tú.

-Te odio-Mi mano va hacia su barbilla y lo obligó a mirarme.

-A ver dilo ahora.

Y entonces, justo cuando el dolor se vuelve casi insoportable, cuando siento que el nudo ha alcanzado su tamaño completo, bloqueándonos juntos, el placer llega.

En cascadas.

Pero también...

Y ambos jadeamos.

-Espera-digo, y mi voz suena alarmada.

-¿Qué?

-Necesito...

-¿Qué necesitas?

-Estornudar.

Jon se queda completamente inmóvil sobre mí. Incluso dejo de sentir su respiración por un segundo.

-¿Estás bromeando?-susurra.

-No estoy bromeando.

-Me divorciare.

-Mientes.

El movimiento involuntario de mi cuerpo hace que el nudo se mueva dentro de mí, y ambos gemimos simultáneamente, aunque por razones completamente diferentes.

-Dioses-jadea Jon, y suena medio horrorizado, medio fascinado-
Miento

Tim

Veo el sufrimiento de Conner y me siento completamente impotente.

Es una sensación que odio.
Puedo resolver mapas.
Puedo memorizar rutas.
Puedo encontrar patrones donde otros solo ven caos. Puedo pasar noches enteras buscando una solución hasta dar con ella.

Pero esto...Esto no puedo resolverlo. Estoy sentado junto a su cama desde hace horas. Quizá más. He perdido la noción del tiempo. Los curanderos entran y salen continuamente de la tienda, cambiando paños, preparando infusiones, mezclando remedios que desprenden un fuerte olor a hierbas y resina.

Nada parece suficiente.

Conner vuelve a estremecerse.
Todo su cuerpo se tensa de golpe. Los músculos de sus brazos se contraen con tanta fuerza que los nudillos se vuelven blancos.

Después llegan las convulsiones.

Los médicos se acercan inmediatamente para evitar que se golpee contra la madera de la camilla.

Yo tengo que soltar su mano para que no me la destroce.

-¡No te vayas!-Me dice

-Tranquilo...Estoy aquí.

Su respiración vuelve a acelerarse.
La fiebre le ha dado un tono rojizo a la piel y pequeñas gotas de sudor le resbalan por la frente. Uno de los curanderos cambia el paño frío que descansa sobre ella mientras otro vuelve a revisar las heridas del pecho.

Hablan entre ellos en voz baja.
Creen que no los escucho.
Pero los escucho todos.
Cada duda.
Cada hipótesis.

Cada silencio cuando no encuentran una respuesta.

Y esos silencios...Esos son los que más miedo me dan. Bajo la mirada hacia nuestras manos juntas otra vez.

La suya, normalmente cálida, ahora arde y la mía está helada. Aprieto los dedos un poco más alrededor de los suyos.

Quisiera hacer algo.
Cualquier cosa.
Poder darle parte de mis fuerzas.
Quedarme yo con una parte de ese dolor. Cambiar los papeles.

Lo haría sin pensarlo.

Porque verlo así...Es peor que cualquier herida que me hayan hecho jamás.

Levanto la vista.

Conner vuelve a abrir los ojos apenas un instante.

No llega a enfocarme y sus labios se mueven como si quisiera decir algo. Me inclino enseguida.

-¿Conner?

No sale ninguna palabra.

Solo una respiración temblorosa.
Después vuelve a cerrar los ojos.
Siento un nudo tan fuerte en la garganta que tengo que apartar la vista unos segundos.

No puedo romperme.
No delante de él.
No ahora.
Respiro hondo.
Una vez.
Dos.
Tres.

Cuando vuelvo a mirarlo, acaricio lentamente su cabello, apartando algunos mechones húmedos de la frente.

Recuerdo la primera vez que me miro, que me sonrió. El primer beso.
Y me resulta imposible aceptar que esa misma persona esté luchando ahora simplemente por abrir los ojos.

-Vas a salir de esta...-murmuro.

No sé si intento convencerlo a él...O convencerme a mí mismo.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, todas las respuestas que suelo encontrar parecen haber desaparecido.

Y descubrir que hay problemas que no puedo solucionar...Duele más de lo que jamás imaginé.

-La primera vez que te vi...-la voz de Conner sale arrastrándose, áspera, como si cada palabra tuviera que atravesar un camino lleno de piedras antes de escapar de su garganta. La medicina parece haber conseguido aliviar un poco el dolor. Al menos ya no tiembla con la misma intensidad-En el reino de Kori...pensé...en que no podía bajar la guardia...Me habían dicho que... eras un gran estratega...

No puedo evitar sonreír. Le acaricio despacio el pelo, apartándole un mechón húmedo de la frente.

-Yo también iba bastante tenso. Eres un general del que todo el mundo habla.

Conner deja escapar una risa nasal que termina en una mueca de dolor.

-Dioses...qué dirán de nosotros...

-Pues cosas malas y buenas.

Él mueve apenas la cabeza.

-De vosotros...muchas malas... Escuché que mataste a Calenhad.

No aparto la mirada.

-Eso es verdad.

Conner vuelve a reír por lo bajo.

-Joder...

Durante unos segundos ninguno habla.

Solo se escucha el crepitar del brasero que mantiene caliente la tienda y el murmullo lejano de los curanderos atendiendo a otros heridos.

-Cuando yo te vi...-continúo-pensé que eras mucho más de lo que decían.

-¿Sí?

Asiento.

-Y pense: "Este es de los que se mete en líos y encima los disfruta aunque lo pillen."

Una sonrisa cansada aparece en sus labios.

-Y no te equivocabas...-Respira despacio antes de continuar-Supe que no eras un peligro...cuando dijiste que mi hermano era mono... y que parecía alguien bueno-Parpadeo sorprendido.

-¿En serio?

-Sí...-No puedo evitar bajar la vista unos segundos.

-Conner...no soy alguien bueno.

Él tarda un poco en responder.
La fiebre todavía le roba fuerzas.

-Lo sé...Sus palabras no llevan reproche-Pero pensé...que me gustaría...verte todos los...los días... porque parecías...alguien interesante.

Siento que el pecho se me encoge.
Conner cierra los ojos unos instantes, como si necesitara reunir fuerzas para seguir hablando.
Cuando vuelve a abrirlos, me mira directamente.

-¿Sabes...lo que me dijo Jon?

Sonrío y niego despacio con la cabeza. Conner intenta imitar la voz de su hermano.

-"Conner...no intentes jugar...con quien es el estratega...que venció a dos reinos...en menos de un año."
-Hace una pequeña pausa para recuperar el aire-"No lo subestimes...Ni a él...ni a su lealtad...a Damián."

No puedo evitar soltar una carcajada.

Una de verdad.

Corta.

Pero sincera.

Y, al mismo tiempo, siento cómo las lágrimas empiezan a picarme detrás de los ojos.

Y los recuerdos se empiezan a sacudir en mí cabeza.

-No me toques o mires como si fuera frágil. Sobreviví a mi propio destino-

Tim

Puedo recordarlo con un lujo de detalles que debería inquietarme, pero ya no lo hace.

Cuando Conner me sacó a bailar el día de la boda de mi hermano y la suya-Jon y Damián, unidos por fin, mientras todo el reino fingía que todos eramos super amigos-la música llenaba el salón de cristales y oro, y las velas iluminaban rostros.

Pero él sonreía.

Conner sonreía como si el mundo fuera un lugar sencillo, como si estoy no fuera más que un paripé, como si solo existieran sus manos sobre mi cintura y la promesa de una noche sin sangre.

Recuerdo perfectamente lo que pensé, con la arrogancia de quien ha ganado demasiadas batallas antes de los treinta:

Qué fácil va a ser tenerlo en la palma de mi mano.

Un general del reino de Solarys de mi lado siempre sería una ventaja. Un príncipe guerrero, famoso por su fuerza, por su lealtad ciega, por su capacidad para inspirar tropas con solo levantar la voz. Sí, sería útil. Un aliado. Una pieza en el tablero que podría mover a mi antojo.

Y, además, todo lo que había oído sobre él parecía jugar a mi favor.

"Rompecorazones" susurraban las sirvientas.

"Nunca quiere nada serio" confirmaban los embajadores.

"Coquetea con cualquiera que tenga pulso" bromeaban sus propios soldados en las tabernas, antes de darse cuenta de que yo escuchaba.

Así que sonreí. Esa sonrisa mía, la que había perfeccionado en salones de guerra donde una ceja mal movida podía costar cien vidas.

Acepté aquel baile.

Y empecé una partida que estaba convencido de poder ganar.

Ay...Si el supiera que años antes había matado a mi destinado.

Malachai Vance.

Todavía puedo pronunciar su nombre sin olvidar el peso que tiene. Cada sílaba es una losa. Cada letra, una herida que no sangra pero tampoco cierra.

Era un gran guerrero. Brillante e inteligente. De esos hombres capaces de leer un campo de batalla igual que otros leen un libro de poesía, encontrando metáforas en la disposición de las tropas, narrativas en los movimientos del enemigo.

Nos conocimos durante la guerra. Fue en las trincheras, entre el barro y el hedor de la pólvora, donde ambos sentimos por primera vez aquel vínculo imposible de ignorar.

El lazo.

El destinado.

Esa maldita verdad biológica que te dice que esta persona, este olor, esta combinación específica de alma y carne, es tuya antes de que tú decidas si la quieres.

Durante un tiempo pensé que la diosa Luna, por una vez en su existencia caprichosa, había acertado.

Porque era fácil hablar con él. Podíamos pasar horas discutiendo estrategias, reírnos de las mismas tonterías, entrenar hasta el anochecer sin cansarnos de la compañía del otro.

Lo quise.

Eso nunca lo negaré, ni siquiera ahora, ni siquiera después de todo. Era atractivo. Ingenioso. Y durante unos meses-unos meses que ahora parecen pertenecer a otra vida, a otro hombre-consiguió hacerme creer que el vínculo bastaba para sostener una relación. Que el destino era suficiente garantía de respeto.

Me equivoqué.

Porque poco a poco dejó de verme. Empezó a ver únicamente lo que yo era en el papel que él había decidido para mí: un omega.

No el estratega que dirigía ejércitos enteros cuando él apenas conseguía mantener una línea de suministro. No el príncipe de Noctaris, heredero de sangre. No el hombre que había salvado cientos de vidas con planes que él mismo había descartado como imposibles.

Solo un omega.

Alguien sobre quien levantar la voz cuando la cena no estaba a su gusto. Alguien a quien empujar contra la pared cuando se enfadaba por alguna derrota menor. Alguien cuya opinión dejaba de importar en cuanto cerrábamos la puerta de una habitación, como si mi inteligencia fuera una capa de ropa que podía quitarme a voluntad.

Las discusiones dejaron de ser discusiones. Se convirtieron en órdenes. Después en insultos -"omega de mierda" "¿por qué no puedes ser como los demás?", "nadie más te toleraría"-Y finalmente, inevitablemente, en golpes contra la pared.

Nunca en público.

Jamás donde alguien pudiera ver.

Siempre en privado, donde el dolor podía ser negado, donde las heridas podían esconderse bajo túnicas de seda.

Cada vez que intentaba plantarle cara, cada vez que recordaba quién era fuera de aquellas cuatro paredes, me recordaba exactamente cuál creía que era mi lugar.

No importaba cuántas batallas hubiera ganado, no importaba cuántos generales obedecieran mis órdenes en el campo. Para él siempre sería menos. Porque había nacido omega. Porque el destino le había entregado mi cuerdo, y con él, mi voluntad.

Durante meses me convencí de que cambiaría. Que solo estaba enfadado por la presión de la guerra. Que el estrés nos estaba rompiendo a los dos, que no era su culpa, que yo tenía que ser más paciente, más comprensivo, más...

Hasta que comprendí algo que debería haber sabido desde el principio.

No quería cambiar.

Porque nunca creyó estar haciendo nada malo.

Aquella noche-la última noche-ya no sentía miedo. Ni rabia. Solo un cansancio inmenso, profundo, como si hubiera estado cargando con un armadura de plomo durante años y finalmente decidiera soltarla.

Recuerdo sostener una pequeña ampolla de cristal entre los dedos. Un veneno silencioso. Difícil de detectar, imposible de rastrear, un regalo de mi hermano que nunca preguntó para qué lo quería.

Vertí unas pocas gotas en la copa de Malachai. Tan pocas que desaparecieron al mezclarse con el vino tinto, como lágrimas en el océano.

Sentí una punzada de ansiedad.

El es mío.

Mi destinado.

Y yo el suyo.

Él siguió hablando. Siguió riéndose de algún chiste que contaba sobre sus tropas. Brindó conmigo-"Por nosotros", dijo, y su sonrisa era genuina, cálida, la del hombre que yo había creído conocer-Y bebió.

Después solo tuve que esperar.

Vi cómo el color abandonaba poco a poco su rostro. Cómo la fuerza empezaba a escapársele de las manos, derramándose sobre la mesa como el vino que ya no podía sostener. Cómo me miraba sin comprender qué estaba ocurriendo, confundido, traicionado por su propio cuerpo.

Estuve allí hasta el final.

Sin apartar la vista.

Sin marcharme.

Sin ofrecer ayuda.

Y mientras veía apagarse la vida del hombre al que una vez amé-o al que creí amar, o al que amé en potencia, en la promesa de lo que podría haber sido-comprendí que la diosa Luna podía unir almas todo lo que quisiera. Podía tejer hilos de destino, de necesidad, de reconocimiento.

Pero ningún vínculo, por sagrado que fuera, estaba por encima de mi dignidad.

Ningún destino justificaba vivir siendo tratado como menos que una persona.

Como menos que un animal, incluso.

A veces todavía pienso en él.

No con amor. Eso se murió mucho antes que él, en algún momento entre el segundo y el tercer golpe.

No con odio tampoco. El odio requiere energía, y yo ya no tenía ninguna que darle.

Solo con la tristeza de saber que lo que pudo haber sido-lo que debería haber sido, si él hubiera sido un hombre mejor, si yo hubiera sido más fuerte-terminó convirtiéndose en aquello de lo que tuve que escapar. En la única forma de libertad que me quedaba.

Lo has matado.

Entonces algo dentro de mí se rompió.

Está muerto.

No fue un sonido audible. Fue una sensación, como cuando el hielo cede bajo tus pies y sabes que el agua fría viene, inevitable, helada, para llevarte. Sentí que la diosa Luna me estaba castigando. Como si hubiera decidido recordarme, una y otra vez, que desafiar el destino tenía un precio. Y ese precio era caminar entre la gente sintiéndome un fantasma, tocando cuerpos que no dejaban calor, buscando en ojos que no veían nada de mí.

Fui ceniza una vez. Mira lo que construí con eso.

Mentira. Construí nada. Solo aprendí a saltar de cama en cama con la eficiencia de un general moviendo tropas.

Siempre con discreción. Esa fue mi única regla. Un príncipe no podía permitirse que los rumores se extendieran demasiado, así que elegía con cuidado. Nunca era cualquiera. Buscaba personas inteligentes, atractivas, con las que pudiera mantener una conversación antes de compartir una noche. Embajadores de paso. Oficiales de otros regimientos.

Los llevaba a mi habitación. O a la suya. O a cualquier lugar oscuro donde el silencio no me molestará tanto. Y les dejaba tocar, les dejaba quitarme la ropa, poner sus manos donde Malachai había puesto las suyas, intentar llenar el espacio que él había vaciado.

Pero sus manos no eran las correctas. Demasiado suaves, o demasiado ásperas, o simplemente demasiado...ajenas. No importaba cuánto me besaran, cuánto me dijeran que era hermoso, deseado, perfecto.

Al amanecer el vacío seguía allí. Exactamente igual de profundo. Exactamente igual de frío.

Lo mataste.

Era tuyo.

Tuyo...

Pero nadie se quedaba. Yo no se lo pedía. Y ellos-tan cuidadosamente seleccionados-se iban antes de que el sol tocara el horizonte, dejándome con el olor de su piel en mis sábanas y la certeza de que había fallado otra vez.

Porque no estaba intentando olvidar a Malachai.

Estaba intentando olvidar la persona en la que me había convertido después de matarlo. Alguien capaz de sonreír mientras vertía veneno. Alguien que podía hacer el amor con desconocidos y sentirse más sola que nunca. Alguien que había aprendido que el destino era una trampa, el amor una mentira, y su propio cuerpo un territorio ocupado que nunca volvería a ser completamente suyo.

Dejé de contar los cuerpos, las noches, las veces que miré al techo sintiendo absolutamente nada mientras alguien gemía mi nombre.

Tim.
Príncipe.
Estratega.
Omega.

Ninguna de esas palabras me pertenecía. Eran máscaras que usaba para que nadie viera que debajo solo había cenizas, y que las cenizas, a veces, todavía ardían.

Y pensé que Conner sería una de esas noches.

Solo que con muchos más beneficios. Eso era lo que yo creía.

Seguíamos bailando cuando él me miró con esa sonrisa tan suya, de esas que parecen aparecer incluso cuando no las busca.

-¿Siempre tienes esa cara tan seria?

Lo observé sin perder el ritmo, pero mi atención ya no estaba en sus ojos. Estaba en mi nariz. En lo que estaba percibiendo con cada respiración que tomaba sin querer, cada vez que nos girábamos y el aire movía su olor hacia mí.

Verano.

No era metáfora.
No era poético.
Era físico, real, invasivo.

Trigo dorado bajo un sol que quema, el dulce espeso de la miel calentada en frascos de cristal, esa sensación específica de aire que vibra después de una tarde de calor intenso cuando finalmente cae la noche. Y debajo, algo más. Algo que olía a tierra fértil, a promesas cumplidas, a cosecha.

-Depende de con quién esté hablando-respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.

Se llevó una mano al pecho con dramatismo.

-¡Eso ha dolido!.

No respondí. Estaba ocupado intentando no inhalar profundamente, no cerrar los ojos, no dejar que mi frente cayera contra su hombro para tener esa fragancia más cerca.

Entonces cambio la música y cambio la posición. Estábamos demasiado cerca ya. Sus manos en mi cintura, las mías en sus hombros, y cada vez que girábamos sentía el calor de su cuerpo contra el mío, ese calor solariano que pareía irradiar de su piel incluso a través de la tela de seda.

Él soltó una pequeña risa.

-Bueno...al menos ya sé que sabes hacer bromas.

-No era una broma.

-Eso la hace todavía mejor.

Negué con la cabeza, pero el movimiento me acercó más a su cuello. Un error. El olor era más intenso ahí, donde el pulso latía bajo la piel.

-¿Siempre hablas tanto?-pregunté, y fue una defensa, una forma de alejarlo sin soltarlo.

-Cuando estoy nervioso, sí.

Lo miré sorprendido, distraído de mi batalla interna.

-¿Tú nervioso?

-Claro.

-No te creo.

-Pues deberías.

Se inclinó un poco hacia mí, como si fuera a contarme un gran secreto, y su aliento rozó mi mejilla.

Caliente. Dulce. Peligroso.

-La primera vez que tuve que dirigir a un grupo de soldados intenté dar un discurso increíble.

No pude evitar arquear una ceja, aunque mi atención estaba dividida entre sus palabras y la forma en que su pecho subía y bajaba contra el mío, casi tocándome, casi.

-¿Y?

-Duró exactamente veinte segundos.

-No parece tan malo.

-Después me tropecé con una piedra delante de todo el batallón.

-Eso no ocurrió.

-Te lo juro por la diosa Luna.

-No.

-Sí.

Sonrió de oreja a oreja, y el gesto iluminó algo en su rostro que hizo que mi estómago se contrajera. No era solo su olor. Era la forma en que sonreía, abierta, sin calcular, sin esperar nada a cambio.

-Intenté levantarme como si nada hubiera pasado...pero uno de mis capitanes empezó a reírse.

-¿Y qué hiciste?

-Le dije que era una prueba.

No pude evitarlo. Me empecé a reír.
Conner abrió mucho los ojos.

-¡Aha!

-¿Qué?-Dije sin poder dejar de sonreír.

-¡Sabía que podías reírte!-Rodé los ojos, pero la sonrisa quería persistir.

-Como todo el mundo. Exagerado

-No exagero. Llevas toda la noche con cara de querer salir de aquí.

-¿Tú no?

-Sí-admitió-Demasiado interesado y hipócrita aquí.

Seguimos girando, y el verano de Conner se intensifica cada vez que se inclina para hablarme, cada vez que su aliento caliente roza mi oreja.

Huele a cosecha bajo el sol, a campos de trigo infinitos, a esa promesa de abundancia que solo los que nacieron con luz propia pueden irradiar.

-Entonces-dice, y su mano se ajusta ligeramente en mi cintura, sus dedos rozando accidentalmente la curva inferior de mi espalda-si no te gustan los bailes, ¿qué te gusta?

-No he dicho que no me gustaran.

-No hace falta que lo digas. Tu cara lo grita.

-Mi cara no grita nada.

-Grita que preferirías estar en cualquier parte menos aquí-sonríe, y el gesto ilumina algo en sus ojos que me hace querer mirar hacia otro lado y no apartar la vista al mismo tiempo-¿Entrenar? ¿Estrategias militares? ¿Poesía oscura? ¿Contar los ladrillos del techo?

Aprieto ligeramente su hombro, sintiendo el músculo firme bajo la tela de seda.

-Estrategias-admito entrando al coqueteo-La poesía a veces me aburre.

-¿Y qué estrategia estás planeando ahora mismo?

-Sobrevivir esta conversación.

Se inclina más cerca, y su nariz casi roza mi mejilla. El gesto es atrevido, demasiado íntimo para una pista de baile pública, y siento que mi pulso se acelera en respuesta.

-¿Y cómo va esa estrategia?-
susurra.

-Mal estás demasiado cerca.

-¿Te molesta?

-No. Está en el límite de lo que tolero-Se ríe, y el sonido vibra contra mi pecho.

-Entonces me quedaré aquí-dice-En el límite de lo que toleras.

Seguimos girando, y ahora es él quien me guía, quien decide la dirección

-¿Qué te hace reír de verdad?-
pregunta, y la pregunta es tan inesperada-¿Las bromas o chistes?

-La gente que tropieza con piedras-
digo, y siento que mi sonrisa se estira.

-Sabes que cambio mi pregunta.¿Cuál es la mejor mentira que has dicho?

-Que estaba bien-respondo, y el otoño de mi olor se vuelve tormenta de verdad, viento entre árboles que se quiebran, hojas que caen en espiral-Que estaba bien cuando no lo estaba.

Conner deja de bailar.

Un segundo, solo un segundo, el tiempo suficiente para que sus ojos busquen los míos y vean algo que no deberían ver.

La grieta.
La herida que aún no existe pero que ya siento que viene.

-Yo también he dicho eso-dice finalmente, y su verano se vuelve tormenta, tierra caliente bajo lluvia repentina, algo más real, más vulnerable-Más veces de las que quiero admitir.

Y su frente cae contra la mía, solo un instante, solo un contacto de piel contra piel mientras la música sigue y el mundo desaparece.

-No me mientas esta noche-susurra, y su aliento es miel caliente contra mis labios.

-No estás pidiendo mucho para lo poco que nos conocemos?-le pregunto, y mi voz suena más áspera de lo que pretendía, raspada por la honestidad que acabo de soltar entre nosotros.

Conner no se aparta. Pero si aleja su cabeza de la mía para poder mirarme.

-Probablemente-admite, y su sonrisa es más pequeña ahora, más genuina, menos teatro-Pero he descubierto que la vida es demasiado corta para pedir las cosas en el orden correcto.

-¿El orden correcto?

-Primero el nombre, después la confianza, después la verdad-cuenta con los dedos, rozando mi hombro con cada número-Yo prefiero saltarme los pasos cuando...a alguien que necesita que le recuerden que puede reírse.

Mi mano, la que descansa en su hombro, se tensa.

-¿Eso es lo que crees que necesito?

-Es lo que creo que has olvidado. Y me gustaría recordártelo...Si me dejas.

La música está terminando. Lo sé porque los otros bailarines empiezan a aplaudir, a separarse, a volver a sus mesas. Pero nosotros seguimos quietos.

-Eres peligroso-Se me escapa en un susurro.

-Que va...-responde, y su mano finalmente se desliza desde mi cintura hasta mi mano, entrelazando nuestros dedos con un gesto que parece casual pero se siente como un ancla-¿Y tú, Tim de Noctaris? ¿Eres peligroso?

Pienso en todas las versiones de mí que podría ser. En el estratega, el que miente, mata, en el príncipe

-Más de lo que imaginas-respondo.

Y en lugar de asustarse, en lugar de soltar mi mano, Conner sonríe.

-Perfecto-dice-Me aburren las cosas fáciles.

-Qué es lo que quieres?-pregunto mientras la gente se está empezando a esparcir fuera de la pista de baile, dejándonos a nosotros en un rincón cada vez más vacío, más privado.

Conner no me suelta la mano. Si acaso, sus dedos se entrelazan más firmemente con los míos, anclándome cuando todo mi instinto me grita que debería irme con los demás, desaparecer entre las sombras, volver a ser invisible.

-Quiero...-dice, y su voz es baja, casi un murmullo que solo yo puedo escuchar entre el murmullo de los invitados que se alejan-lo que tú quieras. Una noche, una conversación, un silencio. Lo que tú decidas, Tim.

Mi pulso se acelera. El otoño de mi interior se agita, hojas que se preparan para caer o para volar, no estoy seguro de cuál.

-Eso es peligroso-digo-Darme el control.

-¿Por qué?

-Porque no sé qué voy a pedir. O hasta dónde...

Me detengo. Porque decirlo en voz alta lo haría real, y todavía no estoy seguro de querer que sea real.

Conner sonríe. No con picardia, sino con algo más suave, más ofrecido.

-No me asustas.

Trago saliva.

-¿Y si no sé qué quiero?

Entonces se inclina, tan cerca que su aliento caliente roza mi oreja, y susurra:

-Sí lo sabes.

Y suelta mi mano.

Da un paso atrás.

Y se queda quieto, esperando mi decisión, dándome el espacio para irme o....

-Vamos a mi habitación-digo, y me giro sin esperar respuesta porque sé que me va a seguir.

No miro atrás. No necesito hacerlo. Siento su presencia detrás de mí.
Subimos las escaleras en silencio. Mis pasos son ligeros, entrenados para no hacer ruido. Los suyos son más pesados, más seguros, el paso de alguien que no necesita ocultarse porque nunca ha tenido que hacerlo.

Pensé que controlaba la situación, que movía las piezas. He subestimado a Conner. La reflexión me golpea mientras giramos en el rellano de la segunda planta. No es solo que sea más persistente de lo que esperaba, o más directo. Es que ve a través de mí con una claridad que no debería ser posible.

-¿Siempre vas tan rápido?-pregunta, y hay diversión en su voz.

-Solo cuando no estoy seguro de lo que estoy haciendo-respondo, y la honestidad me sorprende a mí mismo.

-Entonces deberías ir más despacio.

Me detengo. Me giro. Está ahí, tres escalones más abajo, mirándome con esa sonrisa que ya empiezo a odiar y necesitar al mismo tiempo.

-¿Por qué?-pregunto.

-Porque si vas rápido-sube un escalón, luego otro, hasta que está a mi altura, hasta que su pecho casi toca el mío-puedes perderte cosas.

-¿Como qué?

-Como esto.

Y entonces lo hace. Me besa.

No es un beso suave, no es un beso de cortesanos en bailes. Es firme, insistente, como si estuviera reclamando algo que yo ni siquiera sabía que estaba ofreciendo. Siento el sabor a miel y vino en su lengua.

Cuando se separa, estamos los dos jadeando. Mis manos están en sus hombros, agarrándolo, anclándome para no caer.

-Tu habitación-dice.

Asiento.

No confío en mi voz.

Giro de nuevo y sigo caminando, más rápido esta vez, porque ahora sí que tengo miedo. No de él. De mí mismo.

Llegamos a mi puerta. La abro. Entro primero, dejando que él me siga al espacio que nunca he compartido con nadie. Mi santuario. Mi torre de vigilancia personal.

Conner entra y cierra la puerta detrás de él.

El clic de la cerradura resuena como una promesa.

Me quedo de espaldas a él por un segundo, respirando hondo, intentando recuperar el control que sé que ya he perdido.

He subestimado a Conner. piento de nuevo, y esta vez la verdad me duele más porque sé que no hay estrategia que me salve de lo que viene ahora.

-¿En qué piensas?-pregunta, acercándose.

Giro para mirarlo.

-En nada.

Se detiene frente a mí. Levanta una mano. Me acaricia la mejilla con una ternura que me duele más que cualquier golpe.

-Quiero conocerte.

Nunca me había sentido así.

Como si mi piel fuera un pergamino y él la llama que lo consume. Como si cada caricia fuera una firma, un pacto sellado en carne viva, irreversible, eterno.

Estoy encima de él con un brazo alrededor dor de su cuello, un siendo mi mano hundidas en su cabello dorado, besándolo con la desesperación de quien ha muerto de sed toda la vida y de repente encuentra el océano. Su verano me invade, cálido, implacable, trigo bajo el sol que se alza inclemente sobre campos que no pedían ser cosechados.

Pero entonces cambia.

Sus manos-esas manos de guerrero acostumbradas a la espada, a la guerra, a la conquista-encuentran mis caderas. Sus dedos se hunden con fuerza, con propósito, con la certeza de quien sabe exactamente qué territorio quiere reclamar.

Me empuja.

Caigo sobre el colchón con un jadeo que me averguenza, como el crujir de ramas que se doblan pero no se rompen. Y él está sobre mí, pesado, ineludible, una tormenta de calor que no da tregua.

No hablamos.

Las palabras serían una profanación. Solo existe el sonido de la tela rasgándose el chasquido de los cinturones al caer, la respiración entrecortada que llena la oscuridad de mi habitación como humo de incienso negro.

Sus manos recorren mi torso y siento que queman huellas invisibles, marcas de posesión que no se ven pero que persistirán. Cuando encuentra mi miembro, ya duro, ya desesperado, el tacto de su palma es una tortura y una salvación simultáneas.

Cierro los ojos.

Veo estrellas muertas, bosques quemados, cenizas que aún arden.

Me da la vuelta...O me la doy yo solito. Solo sé que ahora estoy boca abajo, con la mejilla contra el las sabanas arrugada, con su peso presionándome desde atrás, con su calor envolviéndome como una mortaja de seda y fuego.

-Saltemonos lo preliminares

-¿Qué?-Pregunta.

-Entra.

-Seguro.

-Completamente.

El dolor es blanco, es puro, es la primera nieve de invierno cayendo sobre tierra que creía estéril. Grito contra el colchón, mordiendo la tela, sintiendo cómo mi propio olor se mezcla con el suyo en una alquimia que no tiene nombre.

He de decir que me averguenza pensar lo excitado que estaba, como a pesar de su tamaño se ha deslizado como si mi cuerpo dijera: Camino despejado para tí.

Sus embestidas son salvajes.
Siento completitud. Siento que finalmente, después de años de ser ceniza, alguien ha decidido soplar sobre mí y ver si todavía ardía.

Y ardo.

Dioses, cómo ardo.

Cuando llegamos al clímax, cuando él se vacía dentro de mí con un gemido que suena como trueno lejano, cuando yo exploto contra el colchón con las uñas hundidas en la madera de la cabecera.

Se derrumba sobre mí, pesado, real, vivo.

Cierro los ojos. Las lágrimas que no derramo pesan como plomo en mis párpados cerrados.

No de dolor.

De alivio terrible, de gratitud profana, de miedo a querer volver a sentir esto mañana.

Y al siguiente día.

Y al otro.

Su mano encuentra la mía entre las sábanas destrozadas. Entrelaza nuestros dedos. Y por primera vez en años, no pienso en estrategias.

Porque ahora que sé que existe alguien capaz de hacerme sentir lleno ¿cómo podría conformarme con una sola vez?

A la mañana siguiente, antes de partir a Solarys, me levanto medio enfadado.

Conmigo mismo.

Con el recuerdo de la noche que aún persiste en mi piel como la sangre que no se limpia. Porque Conner me pareció una delicia que necesité saborear, sí, pero también una debilidad que no puedo permitirme. Siento que caí en tan poco que me averguenza. No puede ser que me excitara de esa manera, en la que mi cuerpo prácticamente lubricaba para que me estrozara...Dioses, deseaba que me destrozara. Que me consumiera. Que me convirtiera en algo irreconocible.

Pero niego pensar que él es el único que me hizo estar tan extasiado.

Así que esa mañana, antes de que el sol manche el horizonte con su luz traicionera, voy a ver al General de Vanguardia Thrum. "El Rompemurallas", lo llaman en las guerras. Un apodo que no se ganó por su sutileza.

Lo encuentro en sus aposentos, antes del amanecer, cuando la oscuridad aún es lo suficientemente densa como para ocultar vergüenzas. No se sorprende al verme. Sabe a lo que he venido. Su olor-piedra caliente, metal oxidado, sudor de caballería-llena la habitación antes de que cruce el umbral.

Thrum es imponente. Más de dos metros de altura, con una espalda ancha como la de un oso, brazos gruesos como troncos de roble arrancados de cuajo. Su piel está curtida, un mapa de cicatrices de quemaduras y cortes que narra batallas donde la muerte pasó rozando y decidió no llevarse al premio gordo. Es completamente calvo, y su barba negra cae trenzada con anillos de hierro que tintinean suavemente cuando mueve la cabeza.

Una máquina de guerra.
Un cuerpo construido para la destrucción.

Perfecto.

No hablamos. No hay música de baile aquí, no hay sonrisas insinuantes. Solo me mira con ojos pequeños y oscuros, y yo asiento una vez.

Se acerca. Sus manos son enormes, ásperas, capaces de estrangular un cuello o partir una espada con el puño desnudo. Me agarran con fuerza bruta, sin ternura, sin preguntas, y me empuja contra la pared de piedra fría.

Duele.

Eso es bueno.

Vamos destrozarme.

Quiero que duela.
Quiero que borre el recuerdo de Conmer, que lo sustituya por algo más simple, más básico, más animal.

Me voltea. Me quita la ropa con movimientos eficientes, sin ceremonia. Cuando entra-y es grande, es siempre grande con él- carne contra carne, el dolor agudo de la penetración sin preparación suficiente.

Eso es destrozarme.

Grito.

No de placer.

De resistencia.

Thrum no nota la diferencia. O no le importa. Embiste con la fuerza de un ariete, con el ritmo de un batallón marchando, regular, implacable, mecánico. Siento mis hombros rasparse contra la piedra. Siento mis manos buscar algo a lo que aferrarme y no encontrar nada.

Es salvaje, sí.

Es intenso, sí.

Pero no siento el cosquilleo en la columna.

No siento que mi cuerpo se abra, se ofrezca, se liquide de deseo. No siento que mi alma intente salirse de mi piel para mezclarse con la suya. Solo siento carne, solo siento fuerza, solo siento el golpeteo seco de caderas contra caderas.

Cuando termina. cuando se vacía dentro de mí con un gruñido me quedo quieto contra la pared.

Jadeando.

Vacío.

Thrum se separa. No me abraza. No pregunta si estoy bien. Me da una palmada en el muslo, casi afectuosa en su brutalidad.

-Siempre será un placer servirle alteza.

Me visto en silencio.

El olor a piedra caliente y metal permanece en mi piel.

Y cuando cierro la puerta de los aposentos de Thrum, cuando camino por los corredores de mi propio castillo estoy maldiciendo a la diosa luna.

Conner me desarmó de una manera que Thrum, con toda su fuerza, con toda su violencia legitimada por la guerra, nunca podrá alcanzar.

Desde la partida de Noctaris, Conner no deja de hablar.

Estamos en mitad del camino hacia Solarys y él sigue a mi lado en la caravana, montado en ese caballo enorme de pelaje dorado.

No menciona en ningún momento lo que pasó la noche anterior.

Supongo que porque los de su raza tienen ese oído capaz de escuchar a cientos de kilómetros. Quizás por eso evita el tema con la misma habilidad con la que yo evito mirarlo directamente a los ojos durante más de tres segundos seguidos.

Pero joder.

Es capaz de hacerme reír con sus conversaciones que le salen de manera tan natural que ni siquiera quiero que se calle, por estúpidas que sean.

-y entonces el cerdo escapó-está diciendo ahora, mientras nuestros caballos caminan paralelos por un sendero cubierto de hojas caídas-Con el uniforme del comandante puesto. Imagínate la escena: veinte soldados persiguiendo a un cerdo que llevaba una chaqueta con insignias de rango.

-¿Enserio?-pregunto, y mi voz suena más interesada de lo que pretendo.

-Te lo juro por la diosa Luna-evanta una mano, dramático-El comandante no nos habló durante tres días. Dijo que habíamos manchado el honor del regimiento. Con un cerdo.

Una risa escapa de mi garganta antes de que pueda detenerla.

Conner me mira y sonríe. Como si mi risa fuera un regalo que no esperaba pero que agradece.

-¿Sabías que en Solarys hay una planta que huele a queso podrido? La usamos para ahuyentar a los...

Y sigue. Hablando de plantas que huelen mal, de tácticas militares absurdas, de su hermano Jon, de sus amigos, de las veces que baja al pueblo a ayudar, de recetas que la cocinera de Solarys hace y son las mejores..

Cada palabra es una cuerda que me ata a él.

Te odio.

Y a través de todo, el silencio. El silencio sobre nosotros. Sobre su piel contra la mía. Sobre cómo grité su nombre como si fuera la única palabra que sabía pronunciar.

¿Lo escuchó?
¿Sabe lo de Thrum?

O simplemente...no le importa. Fue una noche. Una diversión. Y ahora vuelve a ser el general alegre, el rompecorazones de Solarys, el hombre que nunca quiere nada serio.

-y el águila le robó la carta al mensajero-termina Conner-El pobre hombre llegó al campamento solo con el sobre vacío en la mano, jurando que un ave de mal agüero...

-Conner-interrumpo.

-¿Sí?

Quiero preguntar. Quiero decir: ¿Lo sabes? ¿Escuchaste? ¿Por qué no dices nada? Pero en su lugar, mi cobardía habla por mí:

-Creo que algún dios te odia.

-Lo sé-dice, y luego espolea su caballo para adelantarse unos metros, dejándome con el eco de sus palabras y el polvo del camino.

Una vez en Solarys, decido que Conner y yo estamos hechos para una guerra de nervios. Una competencia silenciosa para ver quién aguanta más antes de saltar a los brazos del otro. Nos tiramos puyas en los pasillos del castillo, nos picamos, intercambiamos miradas.

Y acaba pasando.

Siempre acaba pasando.

Él suele ceder primero. Aparece en mi habitación con alguna excusa ridícula-Krypto se escapó y pensé que podría estar aquí-y entonces después de aguantar unos minutos su boca encuentra la mía.

Pero he de decir que yo también me siento al límite. Cada día un poco más cerca del precipicio.

Siento que se me eriza la piel cada vez que pasa por mi lado con sus compañeros. Cuando me roza la mano "accidentalmente" al entregarme algo. Cuando sus dedos recorren brevemente mi espalda bajo la excusa de guiarme entre la multitud en el comedor. Esos toques que duran un segundo de más, que nadie más nota pero que a mí me dejan sin aliento durante minutos enteros.

Y me doy cuenta de que Conner ama intensamente. No solo a las personas. Ama disfrutar, ama besar con esa boca que siempre sabe a algo dulce, ama reír con esa facilidad que me resulta extranjera y envidiable, ama susurrar cosas contra mi cuello que me hacen estremecer, ama tocar, todo lo que se refiere a lo físico lo vive con una intensidad que me resulta desconcertante.

Él no tiene vergüenza de querer.
No calcula el riesgo de desear.

Eso me propulsa a preguntárselo días después, cuando estamos entrenando solos en una de las cúpulas de cristal del castillo. El sol entra en ángulos oblicuos, iluminando el polvo en el aire entre nosotros.

-¿Me escuchaste?-digo mientras doy vueltas sobre mí mismo, mirándolo flotar en el aire, preparado para usar mi rokushakubō contra él. Es una barra de metal pesado, un arma que he manejado desde niño, pero que ahora siento torpe en mis manos por su sola presencia.

-¿Qué?-responde, y su voz viene desde arriba, distraída, juguetona. Está suspendido tres metros del suelo, su cuerpo relajado, confiado. Demasiado confiado.

-La mañana antes de salir de Noctaris.

Se queda quieto en el aire. Un segundo. Dos. Luego desciende lentamente, aterrizando con esa gracia que tiene, la que contradice su tamaño y su fuerza bruta.

-Sí

-¿Y?-Mi agarre en el bastón de metal se tensa hasta que siento los nudillos blancos, hasta que el frío del metal se imprime en mi piel sudorosa.

-¿Y qué?

-No te da asco tocar a alguien que...

-No, no, no-dice, cortándome rápidamente. Se acerca, y yo me pongo en guardia automáticamente, el bastón levantado entre nosotros como barrera invisible-Escúchame-
dice, y sus manos cubren las mías por encima del arma, sujetándolas con firmeza, y me acercan de un tirón que me deja a escasos centímetros de su pecho-No soy de los que piensan esas cosas. Pero lo que sí diré-continúa, y su voz baja, se vuelve íntima, peligrosa, segura-es que lo disfrutaste más conmigo.

Siento la vergüenza erupcionarme en la cara, caliente, traicionera, absoluta. Quiero negarlo. Quiero decir que no fue así, que Thrum fue...pero no puedo. Porque es verdad.

-Calla-murmuro, débil, derrotado.

-¿Por qué?-Sonríe, y es esa sonrisa suya, la que me vuelve loco, la que me hace querer golpearlo y besarlo simultáneamente-¿Porque es verdad?

Lo empujo con el bastón, pero no hay fuerza en el golpe. Él lo atrapa con una mano, fácilmente, y tira de mí otra vez, hasta que estoy prácticamente en sus brazos, hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo irradiando contra el mío.

También me doy cuenta-mientras lucho por respirar, por pensar, por mantener alguna distancia-de que le encanta disfrutar. De todo. De dormir en los jardines a la sombra de los sauces, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y una sonrisa perezosa en los labios. De tomar la limonada que hace la cocinera-esa anciana de que parece adorarlo como a un nieto-con esa expresión estúpida de placer que pone cuando el sabor ácido le eriza la lengua. De comerse el pan recién horneado con mantequilla derretida, de entrenar durante horas con los novatos, especialmente con Kara, que parece ser la única que puede seguirle el ritmo sin desmayarse. De reír con sus compañeros como si cada chiste fuera el primero que escucha. De jugar con Krypto, de tirarle palos y dejar que el perro lo tumbe al suelo con lamidas exuberantes.

-Puede ser que sea verdad.

-Vamos, dilo.

-¿El qué?.

-Que te gustó-Y en mis labios se dibuja una sonrisa.

-No me gusta mentir.

-Te he visto mirarme.

-¿Y?

-Admítelo-dice, y su voz se vuelve suave, seductora, implacable como el tiempo-Admites que te gusto, Que te gusta que te haga reír, que te toqué, que te bese.

-Lo mismo podría decir de tí hacia a mí.

-Claro que me gusta.

¿Pero este hombre que es? ¿Un castigo de la diosa luna?

-Venga, te toca-Dice mientras me quita mi propio basto y juguetea con el.

Lo mataste.

Era tuyo...

-Joder, Conner....

-¿Qué?

No lo mereces.

Solo dolor.

-Te odio.

No puede ser...

Dolor.

Que te traten como el monstruo que eres.

-Pense que no te gustaba mentir.

El no.

No puede...

-Me gustas. Y me odio por ello.

Y entonces, lento, deliberado, deja caer mi rokushakubō al suelo. El metal golpea el mármol con un sonido que resuena en la cúpula vacía, abandonado, olvidado.

Sus manos suben a mi rostro, sujetándome con ternura que duele más que cualquier golpe de entrenamiento.

-No te odies-dice, y su frente cae contra la mía, su aliento mezclándose con el mío-
No te odies por querer algo bueno.

Y cuando me besa, es suave. Es diferente. No es la voracidad de la noche de la boda.

Entonces decido dejar de castigarme a mí mismo.

Decido ignorar esa voz que lleva años en mi cabeza-la voz de Malachai, la voz del destino, la voz que susurraba que solo merecía amar a quien la diosa hubiera elegido para mí-diciéndome que jamás podría amar tan intensamente sin esa conexión. Que lo que siento por Conner es una falsedad, una segunda opción, un consuelo.

Que se vaya a la mierda al destino.

¿Por qué no puedo escoger yo a quién amar?

Dejo que Conner me enseñe qué es hacer el amor lentamente, hasta el punto de la desesperación. Hasta que las manos tiemblan y la piel arde y el tiempo se vuelve líquido, espeso, interminable.

Descubro que bañarnos juntos es de las cosas más íntimas que he hecho en mi vida. Más que el sexo, más que las confesiones en la oscuridad.

-¿En serio?-Me pregunta mientras me se acomoda mejor entro de la bañera.

-Sí. ¿Tú lo haces mucho?

-Bueno...Solo si la otra persona quiere bañarse conmigo.

-¿No es incómodo?

-Solo cuando la bañera es estrecha.

También nos bañamos en el río corriendo entre nosotros, su espalda contra mi pecho, mis manos limpiando el sudor de la batalla de su piel mientras él deja caer la cabeza hacia atrás, confiado, vulnerable. Esa entrega silenciosa me desarma más que cualquier nudo, más que cualquier marca.

-Veo que los novatos aprenden rápido.

-Sí. Y son duros.

Besarlo después, despacio, sintiendo cómo el agua nos une y separa simultáneamente, es un sentimiento que se me mete en la piel. Se me mete tan profundo que ya no sé dónde termino yo y dónde empieza él. No hay vínculo mágico que nos una, no hay destino escrito en las estrellas o en sangre. Solo hay esto: sus labios, mi aliento, el agua, el silencio.

-Vas a llegar tarde-Digo mientras siento los rayos del sol calentarme la espalda.

-Teniente Darian Cole me adora. No me regañara.

-¿Me preguntó por qué te adora?

-Tranquilo, no hace falta que te pongas celoso. Entre el y yo solo hay una amistad que sobrevivió a la batalla.

-No estoy celoso.

-Mejor...Porque no hace falta que lo estés.

Y deseo con fuerza que sus colmillos se claven en la piel de mi cuello.

Que me desgarren la piel.

Que me haga sangrar.

A pesar de que la voz dentro de mi cabeza me grite que eso no lo puede hacer. Que quien podía hacerlo-quien tenía el derecho, el destino, el lazo-está muerto. Que yo lo maté. Que no merezco que otro alfa me marque, que me reclame, que me llame suyo.

Conner no tiene derecho. Y sin embargo, cuando muerde-cuando sus dientes se hunden en mi carne con la fuerza justa, con la ternura salvaje que solo él sabe dar-siento que el derecho es una mentira.

Que el destino es una trampa.
Que yo elijo esto.
Que yo elijo a él.

Que me encanta estar encima de él y ver cómo llega a la cúspide de su orgasmo. Ver sus ojos perder el foco, ver su boca abrirse en un gemido que no tiene nombre, ver su cuerpo-de un hombre que ha conocido cien batallas-rendirse completamente bajo mis manos.

Ese poder.
Esa entrega.
Esa confianza.

Que me encanta que venga después de algún entrenamiento, sudoroso, agotado, todavía con el polvo de la arena en el cabello, a pedirme unas cuantas caricias. A dejarse caer en mi regazo como si fuera el único lugar donde descansa. A cerrar los ojos mientras yo acaricio el pelo.

Y después nos bañamos juntos. Siempre después. Como ritual. Como promesa.

Y yo, que creí que la capacidad de amar me había sido arrancada con la misma violencia con la que arranqué la vida de Malachai, descubro que estaba equivocado.

El amor no es un vínculo impuesto.

Es una elección.

Y elijo a Conner.

Cada mañana.

Cada noche.

Porque puedo.

Porque soy libre.

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