3
Damián
Convivo con él.
Respiro el mismo aire que él.
Duermo a tres metros exactos de su cuerpo todas las noches. Y sin embargo, nunca me he sentido tan solo en una habitación.
No es culpa suya, supongo.
O quizás sí. Pero me niego a asumir más culpa de la que ya cargo por este matrimonio.
Jon...él intenta. O intentaba.
Los primeros días hablaba más. Me preguntaba cosas, sobre el palacio, sobre mis hábitos.
Yo contestaba con frases breves.
Lo justo.
Lo necesario.
Él empezó a callar después de eso.
Y agradecí el silencio.
No estoy hecho para la convivencia. No quiero bromas. No quiero paseos por el jardín. No quiero desayunos compartidos mientras me cuenta qué soñó.
No quiero nada de eso.
Quiero distancia. Orden. Control.
Y si para eso tengo que levantar una muralla entre los dos, que así sea.
Pero entonces, pasa.
Se sienta demasiado cerca en el escritorio.
Se ríe con Tim en el almuerzo y su risa me taladra el oído.
Se pone esa camisa blanca que lo hace parecer aún más parte del cielo que gobierna.
Y mi calma se resquebraja.
Por dentro, no por fuera.
Porque si algo tengo claro es que no voy a dejar que este matrimonio, que esta farsa, se convierta en algo más.
Convivo con él.
Y no puedo evitar odiarlo un poco más cada vez que se esfuerza en agradarme.
Como si fuera tan sencillo quererme.
Como si lo mereciera.
Jon
Convivir con Damián es como intentar acariciar a un animal salvaje herido.
Te muerde si te acercas.
Y te odia si te alejas.
Los primeros días lo intenté.
Conversaciones casuales. Preguntas sin presión. Comentarios que busquen puntos en común.
Nada funcionó.
Sus respuestas eran breves. Mecánicas.
“Sí.”
“No.”
“Lo que quieras.”
“Pregunta a alguien más.”
Al principio pensé que era timidez, incomodidad, o que necesitaba tiempo.
Pero el tiempo pasó, y lo único que creció entre nosotros fue el hielo.
Así que lo dejé de intentar.
No porque me haya rendido.
Sino porque me di cuenta de que hablar con él es como empujar una piedra cuesta arriba.
Solo que la piedra me mira como si quisiera clavarme una daga en el cuello mientras lo hago.
Así que pasamos los días en una especie de coreografía silenciosa.
Comemos juntos, sin mirarnos.
Dormimos juntos, sin tocarnos.
Vivimos juntos, sin convivir.
A veces lo observo.
No lo puedo evitar.
Es hermoso.
Tan hermoso que duele.
Y tan frío que quema.
Nunca había querido hacerle tantas preguntas a alguien.
Ni había tenido tantas ganas de salir huyendo al mismo tiempo.
Pero lo cierto es que me casé con una muralla.
Y si Damián no piensa bajarla ni un solo centímetro, yo no pienso seguir golpeándome contra ella.
Porque por mucho que su olor me atraiga.
Por mucho que a veces piense en besarle solo para ver si eso lo derrite...
…yo también tengo orgullo.
Y si no quiere hablar, no hablaré.
Si no quiere convivir, no forzaré nada.
Pero cada vez que pasa cerca…cada vez que su mirada se cruza con la mía aunque sea un segundo…me pregunto si de verdad todo esto le da tan igual.
O si simplemente no sabe cómo pedir ayuda.
Damián
El agua caliente resbalaba por mi nuca, cayendo en cascada hasta mis omóplatos, recorriendo mi columna como si pudiera limpiar algo más que el sudor y el polvo del día. Cierro los ojos. Solo un instante. Solo para dejar que el vapor me envolviera como un velo, como una barrera entre yo y el resto del mundo.
El mármol de la ducha, frío y opulento, pertenecía a este palacio. A este reino. A esta gente que nos recibió con sonrisas amables, pero ojos que pesan.
He visto cómo nos miran.
A mí.
A Tim.
Sus sonrisas no siempre llegan a los ojos.
Y cuando lo hacen, es porque se creen superiores.
Porque nos ven como los forasteros. Los que han venido a aprovecharse. Los que solo están aquí por política.
Y tal vez no se equivoquen.
Pero aún así... me revuelve el estómago.
He escuchado sus comentarios.
"El pequeño heredero oscuro."
"El que juega con dagas y venenos."
"El Omega que se cree soldado."
A Tim no le dicen nada a la cara, claro. Pero lo observan. Lo analizan. Algunos lo desean.
Otros lo subestiman.
Y si hay algo que no tolero... es eso.
La peor parte es que Tim ni se inmuta. Se comporta con la calma de siempre. Sonríe. Responde con esa diplomacia educada que heredó de madre.
Y yo... yo quiero gritar.
Quiero hundir una daga en la mesa cada vez que veo a un noble ponerle la mano en el hombro como si fueran iguales.
No lo son.
Ni con Tim.
Ni conmigo.
Yo he sangrado por mi reino.
He visto morir a mis soldados.
He envenenado a reyes.
He sido el arma de mi padre.
He sido el escudo de mi hermano.
Y ahora estoy aquí.
Siendo observado como si fuera un adorno exótico.
El agua ya no calma.
Quema.
Abro los ojos.
La rabia no se va.
Pero por ahora, me visto.
Y salgo como si nada. Como si no estuviera contando los nombres de todos los que me miraron por encima del hombro esta semana.
Uno por uno.
Creen que solo sirvo para eso.
Para tener los cachorros de Jon.
Para dar un buen heredero.
Como si mi vientre fuera mi único valor. Como si por llevar mi sangre, la de mi padre, la de mi madre, la de siglos de historia, eso fuera... un defecto.
Y lo peor es que no lo dicen.
No abiertamente.
Pero lo piensan.
Lo veo en sus ojos cuando me saludan. Lo escucho en los silencios incómodos después de cada palabra educada.
Lo siento en la forma en que bajan la mirada al pasar... no por respeto, sino por desprecio disfrazado.
Yo no soy un adorno.
Ni una incubadora.
¿Creen que un Omega forzado a casarse solo sirve para eso?
¿Para criar?
Respiro hondo, pero no es para calmarme.
Es para resistir el impulso de romper algo más que muñecos.
Me pongo el cinturón de dagas.
Cada una afilada con paciencia.
Con odio.
Con precisión.
Cruzo el pasillo sin saludar a nadie. No hay guardias cerca. Nadie tiene que saber adónde voy.
Llego al área de entrenamiento.
Los muñecos están preparados. Madera con forma humana, reforzados con placas para aguantar los golpes. Algunos con sistemas mecánicos que los hacen moverse. Simuladores de combate.
Perfecto.
El primero se activa y corro hacia él. Daga en mano, giro sobre mi talón, esquivo el primer golpe, clavo en la clavícula, otro giro, rodillazo al torso, vuelco mi peso y lo derribo.
No descanso.
No pienso.
El siguiente.
Y el siguiente.
Mis movimientos fluyen, como fuego líquido.
Como rabia contenida que por fin encuentra salida.
grito mientras lanzo una daga con toda mi fuerza al centro del pecho del muñeco.
Acierta.
Una grieta se abre en la madera.
El siguiente se mueve hacia mí.
Rápido.
Giro sobre mi pierna izquierda, levanto la daga a la altura del corazón.
Estoy a punto de clavarla.
Pero me detengo.
Porque la figura delante de mí no es de madera.
Es carne.
Y ojos azules.
-Wo-dice Jon, con las manos en alto-Pareces...-mira a los muñecos destrozados a su alrededor, aún temblando con el eco de mis golpes-muy enfadado.
Estoy jadeando.
El sudor me corre por la frente.
El puño me tiembla.
-Sal de aquí, Jon-digo con odio-Antes de que se me olvide que no eres uno de ellos.
Él no se mueve.
Solo me mira.
Y por un momento, su mirada no tiene burla.
Ni pena.
Solo respeto.
Y algo más.
Jon
No me muevo.
No como me ha pedido.
No todavía.
Podría irme, claro.
Podría girarme y dejarlo solo, como parece que quiere.
Pero entonces todo seguiría igual.
El silencio.
La tensión.
El hielo entre nosotros que nadie se molesta en romper.
Y no quiero eso.
No con él.
Me paso una mano por el cuello, respiro hondo. El aire en esta sala está denso, cargado de sudor, de furia, de todo lo que Damián no dice.
-¿Vas a decirme qué te pasa o solo piensas matar a todos los muñecos del reino?-bromeo, con voz suave. No me acerco más, pero tampoco retrocedo.
Damián no responde. Aún tiene una daga en la mano. Los músculos de su brazo siguen tensos. Pero no ataca.
-No quiero que estemos así-
añado, más bajo esta vez-No me gusta. Esto de mirarnos solo para pelear o fingir que no existimos. Es agotador, ¿no crees?
Silencio.
Me trago las ganas de decir más. De decirle que me gusta.
Sí.
Que me gusta.
Un poco.
Más de lo que me gustaría admitir, más de lo que es cómodo en esta situación.
Porque no debería importarme si me mira o no, si habla o si me ignora.
Pero lo hace.
Y no sé cómo manejarlo.
-No tienes que contarme nada si no quieres, ¿vale?-agrego, esta vez dando un paso hacia un lado, lo suficientemente lejos para no invadir, pero lo bastante cerca para que sepa que estoy-Solo… no tienes porque estar solo todos los días o con Tim.
Me quedo quieto, esperando.
Escuchando su respiración entrecortada.
Mirando cómo se le mueve un mechón de pelo por la brisa que entra por la ventana rota.
Cómo las sombras se dibujan sobre su piel sudada.
Cómo, incluso en su peor momento, sigue siendo... hermoso.
Jodidamente hermoso.
Y letal.
Y quiero conocerlo.
De verdad.
No como el príncipe que me han entregado como un símbolo de paz.
Sino como Damián.
El que lanza dagas como si fueran extensiones de su cuerpo.
El que carga una rabia antigua en el pecho.
El que, por alguna razón que no comprendo, me tiene pensando en él más de lo que debería.
Así que no me voy.
No todavía.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que finalmente se mueva.
Sus dedos aprietan con más fuerza el mango de la daga. Sus hombros se alzan con una exhalación seca. Y entonces, se gira. Me mira.
Y es como si toda la furia del mundo se hubiese compactado en esos ojos verdes.
-¿Quieres saber qué me pasa? -dice con voz baja, contenida, pero cada palabra es un golpe-Me pasa que me han arrancado de mi casa, de mi vida, y me han puesto a sonreír como si esto fuera algo bonito. Me pasa que en este reino todos me miran como si solo sirviera para llevar en el vientre el heredero perfecto.
Me pasa que no soy un jodido trofeo. Ni un símbolo. Ni una mascota diplomática.
Su pecho sube y baja, el sudor mezclándose con la rabia. Sus labios temblorosos apenas pueden contener lo que sigue diciendo.
-Creen que por ser Omega estoy hecho para callar y abrir las piernas cuando tú me lo pidas. Que por casarme contigo ya no tengo nombre, ya no tengo causa. Que soy de tu propiedad. Y que encima debo dar las gracias.
Damián da un paso más cerca. Yo no me muevo. Ni puedo. Porque hay algo devastadoramente real en su voz. Algo que duele.
-¿Sabes lo que dicen de mí aquí? Que en mi reino envenené a mis propios consejeros para ganarme el respeto. Que fui entregado como última carta porque nadie me quería. Que soy un veneno envuelto en piel bonita.
Y quizás lo sea, ¿pero sabes qué es lo peor? Que ni siquiera me dejan demostrarlo.
Su voz se quiebra por un instante, aunque lo oculta bien.
Pero yo lo veo.
Y entonces me mira. De verdad.
Y por un segundo...
Su rabia ya no va dirigida a mí.
Va dirigida al mundo.
-Y tú… tú no haces nada por cambiar eso. Solo estás ahí. Mirándome como si quisieras entenderme, pero sin abrir la boca. ¿Qué quieres de mí, Jon? ¿Un compañero? ¿Un amante? ¿Un heredero?
Supe entonces que, por primera vez, me estaba dejando verlo de verdad.
Su soledad.
Su orgullo herido.
Su miedo a no ser más que un símbolo.
Su rabia por no haber tenido elección.
Tragué saliva.
Me ardía la garganta.
-Quiero conocerte-le dije en voz baja.
Y lo dije en serio.
Por primera vez.
Sin bromas.
Sin sonrisas.
Solo la verdad.
-A ti. No al rol que te pusieron. No al príncipe perfecto. A ti.
Damián desvió la mirada, como si no supiera qué hacer con eso.
Pero no se fue.
Y eso, para mí, ya era algo.
Damián
Me quedo quieto.
Apenas me he limpiado el sudor de la frente, el puño apretado aún alrededor del mango de la última daga que lancé. Me arde el pecho, la garganta, la lengua. Lo que acabo de decir… no era algo que pensara soltar. Pero se desbordó. Como todo lo que guardo.
Y él no se fue.
Jon sigue ahí.
-Yo no te veo así-dice con la voz grave, pero baja, casi como si temiera romper algo frágil.
-¿Así cómo?-pregunto con un deje ácido, sin mirarlo del todo, mi mandíbula tensa.
-Como un símbolo. O un objeto. O lo que sea que crees que ves en mis ojos. No.
Hace una pausa, como si pesara cada palabra antes de decirla-Eres impresionante. Incluso cuando me ignoras. Incluso cuando pareces odiarme.
Frunzo el ceño.
Me vuelve la rabia. No porque me moleste lo que dice, sino porque me confunde. Porque no sé cómo encajar esa mirada suya. No sé qué hacer con alguien que me escucha y no huye.
-No necesitas ser nadie más-continúa, más firme esta vez-Y no tienes que demostrarme nada, Damián. No estás aquí para complacerme. Lo que dijeron allá fuera…esa gente que te mira con superioridad o deseo o desdén…no son yo.
Me doy la vuelta, no quiero que vea el nudo en mi garganta.
-No digas eso como si fueras mejor-espeto, pero suena débil incluso para mí
-No soy mejor-responde, y se atreve a acercarse unos pasos más-Solo intento entenderte. Porque desde que llegaste no dejas que nadie lo haga.
Trago saliva. Siento cómo su olor me alcanza. Bosque húmedo y electricidad. No me daña. Me rodea. Me invita. Me enfurece.
-¿Y qué pasa si lo logras?-
pregunto al fin, con voz ronca, sin mirarlo-¿Qué vas a hacer conmigo si llegas a entenderme?
Silencio.
Solo nuestros latidos en esa pequeña pausa.
Y entonces su voz:
-Lo que tú quieras que haga.
Me doy la vuelta y lo miro. De frente. Por un instante, se me olvida todo. El matrimonio político. Las miradas. Las órdenes. Las promesas.
Porque él… no parece mentir.
Y eso me da aún más miedo.
Porque si no miente, entonces soy yo el que tendrá que bajar las defensas.
Y no sé si quiero.
No sé si puedo.
Así que me limito a decir, con voz seca:
-Vete. No quiero hablar más hoy.
Y él, sorprendentemente, asiente. No dice nada más.
No se enfada. No me presiona.
Solo se aleja.
Pero no de la forma que duele.
De la forma que espera.
Y eso es mucho peor.
Jon
Salgo al jardín por una de las puertas laterales, esas que pocos usan. El aire aquí siempre es más limpio, más tranquilo. Los árboles altos filtran la luz del sol y la convierten en hilos dorados que caen sobre la hierba como bendiciones silenciosas. Me dirijo a mi rincón favorito, una pequeña explanada entre arbustos, donde las flores aún crecen libres y el césped es tan suave que tumbarse ahí se siente como descansar sobre una nube.
Me dejo caer de espaldas, las manos tras la nuca, los ojos fijos en el cielo.
Respiro hondo.
Y entonces pienso en él.
Otra vez.
Damián.
No debería hacerlo. No de esta forma. No con esa especie de deseo afilado que no sé de dónde ha salido. No con esa sensación en el estómago que no me pertenece. Porque él es frío, orgulloso, feroz… y completamente inaccesible.
Pero algo en su forma de existir —en su silencio agresivo, en esa mirada que no pide permiso para atravesarte— se me ha metido muy dentro. Es tan distinto a todo lo que conozco. Incluso a mí. Sobre todo a mí.
Y sin embargo…
Cierro los ojos y me imagino que está aquí. Que aparece entre los árboles con su andar firme, su ropa de combate, esa expresión suya que nunca sabes si es aburrimiento o juicio. Me lo imagino acercándose con ese aroma suyo que se me ha quedado grabado, a pesar de que nunca lo admito en voz alta.
Me lo imagino tumbándose junto a mí, sin hablar, simplemente existiendo.
Y me gustaría que eso bastara.
Solo eso.
No sé qué tiene. No sé cómo lo hace.
Pero lo imposible puede ser… jodidamente atractivo.
Y en él todo parece imposible.
Y yo, estúpido de mí, quiero intentarlo igual.
Aunque me sangre las manos. Aunque me rompa el alma.
Porque aunque no diga una palabra…
aunque me rechace una y otra vez…
hay algo en Damián que me grita en silencio que aún está esperando que alguien no se rinda.
Y juro… que quiero ser ese alguien.
Damián
La noche ya había caído y el cielo sobre el palacio era una mezcla entre azul profundo y plata. Me cambié de ropa sin hablar, como de costumbre, de espaldas a Jon. Él hizo lo mismo. Ya era casi una costumbre esta coreografía silenciosa, fría, que habíamos adoptado como escudo.
Me metí en la cama del lado derecho, como siempre. Apagué la lámpara y me acomodé en la oscuridad. Sabía que no me dormiría de inmediato, no cuando mi cabeza seguía cargada de pensamientos, venenos y desconfianzas.
Y ahí, como cada noche, Jon se acomodó del otro lado. Se quedó en silencio unos segundos. Me atreví a pensar que, por fin, se rendiría.
Pero no.
-¿Sabes que cuando tenía diez años me caí de un caballo porque estaba intentando impresionar a una princesa?-
empezó, sin previo aviso.
Rodé los ojos en la oscuridad.
-Casi me rompo el cuello-
siguió-Y la princesa ni siquiera me miró. Estaba más interesada en el caballo que en mí. Me dijo que tenía más inteligencia el animal que yo.
-Acertada-solté, sin poder evitarlo.
Lo escuché sonreír, lo sentí. Luego hizo una pausa, como si midiera su siguiente tontería.
-Pero aprendí una valiosa lección ese día: si vas a caerte por alguien, que al menos valga la pena.
-¿Y tú crees que decir eso en voz alta te hace ver profundo? -pregunté, girando apenas la cabeza hacia él en la oscuridad.
-Un poco, sí.
No sé cómo ocurrió, ni por qué, pero una pequeña risa —seca, breve, contenida— escapó de mis labios. Lo suficientemente baja para que pudiera negarla si quería.
-Eso fue una risa. Lo escuché -dijo, victorioso.
-Fue un suspiro-mentí.
-Fue una risa disfrazada de suspiro. Es mi historia más ridícula, la reservo para emergencias.
-Deberías reservarla para cuando quieras espantar a alguien.
Lo escuché moverse, como si se acomodara más cerca. No dije nada. Su olor era más cálido que otras veces. O quizá… yo simplemente no lo rechazaba tanto como antes.
-Buenas noches, Damián.
-Silencio.
Pero no lo dije con rabia.
Ni con rechazo.
Solo...sin querer que se fuera.
Sin admitirlo.
Y por primera vez en semanas, el silencio en la habitación no fue una barrera.
Fue casi... paz.
Jon
El sol caía oblicuo sobre el campo de entrenamiento, dorando cada piedra, cada brizna de hierba. Conner y yo habíamos salido temprano, antes del desayuno incluso. A veces necesitaba sacar el exceso de energía, y entrenar con mi hermano siempre me ayudaba a centrarme. Especialmente ahora, que tenía la cabeza hecha un caos.
Chocamos los brazos al empezar la primera ronda. Él se movía con precisión, sin la intención de ganar, solo de probarme. Como siempre.
-Estás más lento-dijo, esquivando mi golpe con una sonrisa burlona.
-¿Ah, sí? ¿Y tú más arrogante? -respondí, lanzándome de nuevo con una patada que él bloqueó sin esfuerzo.
Entrenamos unos minutos más en silencio, el sudor marcando nuestras camisetas, los sonidos de nuestras respiraciones y pasos llenando el espacio. Hasta que ya no pude más con la curiosidad.
-¿Te gusta Tim?
Conner se detuvo en seco. No porque estuviera cansado. Se me quedó mirando con esa expresión entre sorpresa y algo más difícil de descifrar.
-¿Qué clase de pregunta es esa?
-Una honesta. Has estado... no sé, muy cerca de él. Ríes más. Hasta te arreglas más. Eres tú, pero distinto cuando estás con él.
Se quitó el sudor de la frente con el dorso del brazo. Luego me miró de frente. Ya no había burla en sus ojos, sino una calma profunda, seria.
-Tim es… complicado. Inteligente. Y sí, me gusta hablar con él. Mucho. Pero no sé si eso significa lo que tú crees. Él también es parte de un trato. Como tú.
-Sí, pero eso no lo ha detenido de sonreírte como si no le importara nada más.
Conner bajó la mirada por un momento. Me sorprendió ese gesto de vulnerabilidad. No duró mucho.
-¿Y tú?-preguntó, devolviéndome la pelota-¿Te gusta Damián?
Suspiré, agachándome a recoger una piedra y lanzarla lejos, solo para hacer algo con las manos.
-Es…más difícil que nadie que haya conocido. Es arrogante, frío, guarda todo para sí. Pero cuando se ríe, cuando me mira por error y baja la guardia, cuando pelea…-Me detuve. Suspiré-Es hermoso. Y me desconcierta.
-Entonces sí-dijo Conner, sonriendo-Te gusta.
No dije nada.
Pero no lo negué.
Y eso fue suficiente para los dos.
Damián
Tim me arrastró a esta pequeña reunión con algunas condesas del reino. Lo llamó “ser cordial”, lo cual, según él, “forma parte de tu deber como futuro regente, aunque estés aquí por un matrimonio político.”
-Después de todo-me susurró mientras tomábamos asiento en el jardín lateral, bajo toldos blancos-tendrás que aprender a tratar con invitados, porque será más tu trabajo que el de Jon.
Me limité a asentir. Tenía razón. Lo detesto, pero la tiene.
Las condesas eran todas sonrisas, abanicos de seda y comentarios dulces con doble filo. Me saludaron con reverencias suaves y ojos curiosos. Seguro pensaban en cuánto tardaría en quedar embarazado. O si tenía ya alguna preferencia por los platos locales. O si Jon me complacía por las noches.
-¿Y qué le ha parecido el palacio, su alteza?-preguntó una, con un tono suave que casi rozaba lo insultante.
-Grande-respondí, sin cambiar el gesto.
Tim casi me patea bajo la mesa. Rodó los ojos y forzó una sonrisa encantadora.
-Su alteza quiere decir que le impresiona la arquitectura, sobre todo la armonía con los jardines. ¿Verdad, Damián?
-Sí, eso-dije con una sonrisa vacía.
Otra condesa preguntó por la boda, otra por mis gustos en telas, y una más —una particularmente entrometida— hizo una alusión sutil sobre si ya había recibido “el calor del sur”.
Me tragué el té entero de un sorbo.
No me limito a poner mi mejor cara. Interpreto el papel. Me siento recto, cruzo las piernas con elegancia. Sonrío cuando Tim lo indica con una mirada, asiento cuando es necesario. Como si estuviera jugando a ser parte de esta corte, aunque por dentro no quiera tener nada que ver con ella.
Mientras Tim ríe con una condesa que le lanza miradas sugerentes, me doy cuenta de algo que nunca había dicho en voz alta.
Tim es mejor en esto. Lo disfruta, o al menos lo domina. Yo no. Yo sobrevivo.
Jon
Estamos comiendo.
Sin mis padres, que tenían una reunión diplomática con los embajadores del Reino de Vaxhilan, un pequeño pero estratégico territorio en la frontera este. Siempre hablan de rutas comerciales, recursos compartidos, alianzas que ya no se sostienen sobre la confianza sino sobre amenazas veladas. Nada nuevo.
Así que la mesa hoy es solo para nosotros.
Tim y Conner hablan como si llevaran años haciéndolo. Ríen, se interrumpen, se pasan trozos de pan y hacen chistes privados que incluso a mí se me escapan. Supongo que se entienden porque ambos tienen esa mezcla de paciencia y perspicacia que yo no siempre sé manejar.
Y luego estamos nosotros.
Yo. Y Damián.
Sentado a mi lado, con su espalda tan recta como si llevara una vara de hierro atada a la columna. Come en silencio. No me mira. No dice nada a menos que se le dirija directamente la palabra. Pero yo lo miro. Todo el rato. A veces disimuladamente. A veces no.
No sé si se da cuenta.
Sabe cómo usar los cubiertos con una elegancia precisa. No hay un movimiento de más, ni uno torpe. Y sin embargo, cada gesto suyo tiene la tensión de un campo de batalla. Como si incluso masticar fuera un acto de resistencia.
-¿Quieres más vino?-le pregunto con calma.
-No.
Seco. Cortante. Pero sin agresión. Solo... sin ganas. Sin mí.
Y no es que no lo intente. Bueno, quizá sí. Quizá a veces me cansa hablarle si siempre recibo el mismo muro. Pero me esfuerzo. Porque hay momentos en los que —juro— noto que se le suaviza la mirada. Solo por segundos. Y no sé si me los invento, pero cuando los veo, me aferro a ellos como un idiota.
-¿Está todo bien?-le pregunto en voz baja, esperando que esta vez... no lo sé, diga algo distinto.
-Sí-responde, sin apartar los ojos del plato.
Y ahí se queda la conversación. Muerta. Sepultada bajo el silencio.
Conner me mira de reojo y luego hace un gesto de “ánimo” con la ceja. Tim se aclara la garganta y cambia de tema, algo sobre lo bonito que están los jardines con las flores de primavera. Todos siguen comiendo.
Menos yo.
Yo me limito a mirar a Damián y preguntarme qué tan alto es el muro que ha construido… y si algún día me dejará escalarlo.
Damián
Estoy comiendo.
No hay padres reales hoy. Están reunidos con diplomáticos del Reino de Vaxhilan, y sinceramente, prefiero esto. Una mesa más pequeña. Menos formalidades. Menos miradas que pesan.
Pero eso no significa que sea cómodo.
A mi izquierda, Jon. A mi derecha, el silencio. Y al frente, Tim y Conner riendo como si esto fuera una cena entre amigos de toda la vida.
Tim parece completamente a gusto, y no puedo evitar pensar que debería haber sido él quien se casara con Jon. No es solo que se entiendan… es que parecen disfrutar del uno al otro. Hablan como si compartieran el mismo idioma. Yo los escucho y no digo nada. Porque si digo algo, lo arruino. Siempre lo arruino.
Y Jon... Jon lo intenta. Lo noto.
Me ofrece vino. Le digo que no.
Me pregunta si estoy bien. Le miento.
No quiero que crea que estoy enfadado con él —no exactamente—pero tampoco puedo fingir que esto me hace ilusión. Esta situación, esta unión, este castillo lleno de gente que me mira como si solo sirviera para criar futuros herederos con ojos de dios y sangre fuerte.
Estoy cansado de poner cara amable. De ser "cordial", como diría Tim. Estoy harto de actuar.
Me concentro en cortar la carne. En masticar con calma. En controlar cada uno de mis gestos para que nadie note que quiero salir de aquí, ir a entrenar, sudar hasta dejar de pensar. Pero entonces me doy cuenta de algo:
Jon me está mirando.
No me incomoda exactamente. No es como las miradas de los otros. La suya no juzga. Es más... curiosa. Casi suave. Me irrita. Porque si sigue mirándome así, voy a empezar a creerle.
Y no puedo.
No puedo permitirme eso.
Le devuelvo una mirada de advertencia. Solo por un segundo. Y luego bajo los ojos de nuevo al plato.
No digas nada, Damián. No le abras la puerta. Mantén el muro firme.
Porque si se cae…
no sé qué vas a hacer con todo lo que venga detrás.
Jon
Cuando entramos a la habitación, no digo nada al principio. Me quito la capa, dejo mis guantes sobre la cómoda. Lo de siempre. Silencio. Igual que cada noche.
Pero esta vez, Damián no se va directo al otro lado de la habitación. No se encierra en su burbuja de hielo como de costumbre. Esta vez, me habla.
-Hoy estuve con Tim-dice, mientras se desabrocha la parte superior de su túnica-Y unas condesas.
Lo miro de reojo, esperando la ironía, la burla, el clásico comentario afilado… pero no viene.
-Me obligó a ser “cordial”. A sonreír, a saludar como si me importara. Dice que tengo que aprender a tratar con invitados porque será más mi trabajo que el tuyo.
Su tono es neutro, pero sé leerle ya un poco mejor. No está quejándose, no del todo. Me está... compartiendo. Y aunque es un mínimo gesto, para él es como si me estuviera abriendo la puerta de su cuarto privado.
Me apoyo en el borde de la cama, girándome hacia él.
-¿Y fue muy terrible?
-Más o menos. Una condesa intentó preguntarme por nuestra cama-dice sin mirarme, quitándose los anillos de su mano con calma-Otra quiso saber si te acaricio el pelo por las noches.
Me río, no puedo evitarlo. Y por un segundo, lo juro, veo que se le curva un poco la comisura de los labios. Apenas.
-¿Y qué respondiste?
-Que a veces
-Manteniendo el papel-responde.
Es un momento corto. Íntimo, en su manera extraña. Damián no es como los demás. No se da fácilmente. No muestra ternura con palabras, ni se acerca como se espera. Pero cuando lo hace, incluso si es solo un comentario seco, se siente… diferente. Real.
Camina hacia su lado de la cama y se sienta, todavía vestido.
-¿Y tú?-pregunta, como si la pregunta le hubiera escapado sin querer-¿Tu día?
-Entrené con Conner-respondo-
Hablamos de ti.
Silencio. Lo miro.
-¿Y?
-No te preocupes-le digo, bajando la voz-Solo dije que eras interesante.
Damián me lanza una mirada fugaz, sin rastro de humor.
-Interesante no es lo que quiero ser.
-¿Entonces qué quieres ser?
No responde de inmediato. Solo se levanta, va hacia el baño. Pero antes de entrar, me mira por encima del hombro.
-Quiero ser algo que no puedas usar contra mí.
Y cierra la puerta. Dejándome solo con esa frase, que se me queda clavada en el pecho.
Damián
Cuando salgo del baño, el vapor aún se escapa por la puerta. Me paso una toalla por el cabello mientras camino de vuelta a la habitación. Las luces están más tenues ahora. Jon ya está en la cama, de lado, mirando al techo como si estuviera reflexionando sobre el universo entero… o simplemente esperando que yo llegue para hacer algún comentario estúpido.
Me meto en la cama sin decir nada. El colchón se hunde bajo mi peso, y las sábanas están frías del lado que aún no ha tocado nadie. Me acomodo de espaldas a él, como siempre.
Entonces escucho su voz. Baja, medio en broma:
-Podrías acariciarme el pelo de verdad.
Cierro los ojos, respiro hondo.
-Ni en tus sueños.
-Entonces tendré que soñarlo -dice, casi murmurando, con ese tono molesto de quien sabe que me ha ganado un milímetro de terreno.
-Intenta no roncar mientras lo haces-respondo, sin girarme.
El silencio vuelve por unos segundos. Pero ahora… se siente distinto. Menos tenso. Casi cómodo.
Casi.
Jon
Han pasado ya varios días desde que llegamos, y empiezo a notar ciertos patrones. Hay mañanas en las que Damián parece más tranquilo, menos a la defensiva. Me responde cuando le hablo, incluso se toma la molestia de lanzarme una que otra mirada que no parece de puro desprecio.
Pero luego hay días como hoy.
En los que apenas me dirige la palabra más allá de un gruñido, o un "hmpf", o directamente el silencio absoluto mientras desayunamos. Me empiezo a preguntar si estoy haciendo algo mal o si simplemente soy un maldito idiota por seguir esperando que esto se vuelva más fácil.
A veces me hace más caso. Otras, menos. Como si tuviera que estar descifrando un lenguaje secreto entre sus gestos, sus bufidos, y la forma en la que esquiva mis ojos cuando cree que no lo estoy mirando.
Damián
Cinco condesas y tres duquesas. Dos horas. Una conversación insoportable sobre modas regionales que jamás me pondría.
Tim los mira con encanto, como si cada palabra le pareciera fascinante. Yo asiento en silencio, como me enseñó, con la espalda recta, la copa en la mano y la lengua bien contenida.
No sé qué es peor, si fingir interés o imaginar a Jon revolcándose de la risa si me viera así. Me pregunto si él sabría manejar esto mejor que yo. A veces me hace pensar que sí.
Esa noche no hablamos. Otra vez. Me meto en la cama después de él. Otra vez. Me duermo mirando el techo, pensando que al menos ya no sueño con escapar.
Jon
Hoy sí. Hoy me habló. Caminamos por los pasillos del ala este y me preguntó qué tal había dormido. ¿Qué tal había dormido? Parece poco, pero viniendo de él fue casi como si me hubiera invitado a bailar.
Durante la cena, incluso me defendió con una frase cortante cuando uno de los duques sugirió que yo no entendía de tratados. El tono de su voz fue ácido, preciso. Como si cortara con una daga.
No sé si lo hizo por mí o por su propio orgullo, pero… lo hizo.
Y sí, hoy me hizo más caso.
Damián
Conner es insaciable cuando se trata de discutir estrategia. Se ha pasado la tarde repasando las defensas de los pasos del sur con mi hermano. Jon ha intentado unirse a la conversación, pero suelta preguntas demasiado suaves, demasiado “diplomáticas”.
No es que no aprecie su esfuerzo, solo que… se nota que esto no es lo suyo. Y no puedo evitar corregirlo cada vez que dice algo que, en mi opinión, es obvio.
Después me siento mal. Lo miro de reojo. Veo cómo se toca la nuca, incómodo.
Pero no sé cómo suavizarme. No sé cómo ser amable sin sentir que estoy actuando.
Jon
Otra noche más. Sin hablar. Pero hoy noté algo. Mientras cenábamos, su pie rozó el mío por accidente. Me pidió perdón. En voz baja. Sin sarcasmo. Sin miradas frías.
Solo “perdón”.
Y aunque fue un momento mínimo… fue real.
No sé si eso cuenta como “hacerme caso”, pero esta noche me acosté con una pequeña sonrisa. Porque a veces un gesto de él dice más que mil palabras. Y porque, aunque no lo diga, empieza a dejarme ver que no soy invisible para él.
Damián
La noche estaba en completo silencio, interrumpida solo por el leve susurro del viento colándose por alguna rendija de la ventana. Me desperté con una sensación extraña: calor.
Y no solo eso.
Jon me estaba abrazando.
Su brazo fuerte y pesado descansaba sobre mi cintura, y su pecho contra mi espalda se sentía… cómodo. Demasiado cómodo. Como si mi cuerpo, traidor, ya se hubiese acostumbrado a ese contacto. Sentí su respiración, lenta y profunda, rozando la parte trasera de mi cuello. Me tensé.
-Jon-murmuré en voz baja, aún adormecido pero firme.
No respondió.
-Jon, suéltame-dije, esta vez con más fuerza.
Se removió ligeramente, como si apenas despertara del todo.
-Mm... ¿qué?-su voz salió ronca, apenas un susurro cargado de sueño.
-Suéltame. Estás... abrazándome.
Unos segundos de silencio.
-Ah... perdón-murmuró, soltándome despacio, sin moverse demasiado.
Me giré en la cama, dándole la espalda por completo. No dije nada más. No era necesario.
Pero aún sentía el calor de su cuerpo donde me había tocado. Y, por alguna maldita razón, tardé mucho más en volver a dormirme.
Jon
No sé qué hora era exactamente, pero la habitación estaba envuelta en sombras. Aún así, todo en mí estaba en calma. O eso creía.
Me había despertado a medias, sin saber bien por qué, hasta que noté mi brazo extendido, rodeando algo cálido.
Damián.
Su espalda encajaba perfectamente contra mi pecho, y sin darme cuenta me había pegado más durante la noche. Su respiración era lenta, aunque ahora… había cambiado. Sentí cómo se tensaba. Y justo después, cómo su corazón se aceleraba. Lo oí, lo sentí. Ese ritmo que conozco desde que lo olí por primera vez.
Le latía rápido. Como si estuviera molesto. O nervioso. O ambas.
No respondí de inmediato. No porque no lo hubiera escuchado, sino porque… me gustaba. Sentirlo así de cerca. Incluso si no debía.
-Jon, suéltame-dijo, más serio.
Tuve que soltarlo, claro. A regañadientes.
-Ah… perdón-susurré, retirando el brazo lentamente.
Pero el ritmo de su corazón… aún lo escuchaba, más rápido de lo normal.
Y por mucho que intentara convencerme de que fue solo por incomodidad, algo en mí —algo instintivo y torpe— no pudo evitar sonreír, bajito, en la oscuridad. Porque por un segundo… había reaccionado. A mí. A nosotros.
Aunque me odie mañana por pensarlo.
Damián
Mi respiración marcaba el ritmo de los movimientos. Uno, dos, giro. Mis botas golpeaban la tierra seca mientras mis dagas cortaban el aire y se incrustaban en los muñecos de entrenamiento. El sol del mediodía me azotaba la nuca, pero no me molestaba. La incomodidad era bienvenida, me mantenía ocupado. Lejos de todo lo demás.
Extrañaba mi hogar. No tanto la estructura de piedra ni los jardines, sino el orden. Las rutinas. La forma en la que podía caminar sin sentir miradas sobre mí.
Aquí todo era demasiado cálido. Y no me refiero al clima. Me miraban como si fuera un capricho exótico. Como si estuvieran esperando que me rompiera.
Mis padres… los odio.
Por haberme criado como un soldado y luego haberme vendido como una joya política. Por disfrazar su ambición de deber. Por ponerme una correa con forma de alianza.
No había terminado aún el segundo bloque de repeticiones cuando un sirviente se acercó al borde del campo. No levanté la mirada hasta que habló.
-Mi lord… la duquesa de Kareth ha llegado. Solicita hablar con usted.
Me limpié el sudor con el antebrazo. No tenía intenciones de cambiarme ni de aparentar nada.
-Dile que venga. Aquí mismo-dije.
Minutos después, estaba sentado en uno de los bancos de piedra bajo una pérgola. La sombra no aliviaba el calor, pero tampoco me importaba.
Ella llegó como si todo el universo se acomodara a su voluntad.
Rubia. Larga melena que parecía una cascada dorada. Vestido rojo carmesí con escote generoso, joyas relucientes en el cuello y muñecas. Su andar era el de alguien que no teme hacer ruido con sus tacones. Su rostro tenía una belleza afilada, pero más afilada era la forma en la que me miraba. Con ese brillo de quien se cree por encima.
La duquesa de Kareth.
-Príncipe Damián-dijo, sentándose sin esperar a que se lo ofreciera. Sus ojos brillaban con diversión venenosa-Qué interesante encontrarte así de… natural.
-Estaba entrenando-respondí seco. No tenía nada que demostrarle.
-Y… ¿cómo te estás adaptando?
No quise dar detalles. No le debía esa clase de sinceridad.
-Todo bien.
Ella sonrió, esa sonrisa falsa que usan quienes saben que tienen información que creen que puede desestabilizarte.
-No te esfuerces por parecer cómodo. Se nota que no quieres estar aquí-añadió, cruzando la pierna con lentitud medida.
-¿A qué has venido realmente?
Entonces soltó la bomba, como quien deja caer una copa vacía en una fiesta solo para ver las reacciones.
-Sabes… Jon y yo tuvimos una aventura.
La miré con total indiferencia. Ni parpadeé.
-No me interesa.
Ella frunció apenas los labios, como si hubiera esperado algo más. Rabia, celos. No sabía que no era tan fácil.
-Debería interesarte-dijo con una voz más baja-Porque pienso recuperarlo.
-No hay problema-respondí- Siempre puedes ser la amante. Nosotros somos los que tenemos que mantener la imagen perfecta en público.
Su sonrisa se congeló. Un brillo de ira se le asomó detrás de las pestañas.
-Eso no me hace gracia-soltó.
-No era un chiste. Es la realidad. Tú no eres la imagen. Yo sí. Y aunque él te mire, aunque te busque-me incliné un poco hacia ella, sin perder la expresión neutra-tú siempre serás lo que pasa detrás del telón. Yo soy el escenario. Y lo sabes.
Guardó silencio por un segundo. Un segundo que fue puro veneno.
-¿tre crees muy listo?-murmuró.
-Tú eres muy predecible-me levanté del banco, sin ofrecerle ayuda-La próxima vez, avisa que vienes a jugar. Para no perder el tiempo.
Jon
El sol estaba alto, y el olor del pasto recién cortado mezclado con el sudor de los caballos llenaba el aire. Cabalgábamos a paso tranquilo bordeando los campos del sur del palacio, donde las cosechas comenzaban a tomar forma. El conde Anthony, un hombre de edad media con una barba perfectamente recortada y una voz cálida aunque inquisitiva, cabalgaba a mi lado. Llevaba puesta una capa ligera, con bordes dorados que brillaban bajo la luz del mediodía.
-Las lluvias han favorecido los cultivos-comentó mientras señalaba un campo de trigo-Si todo sigue así, este año superaremos las expectativas.
Asentí, sonriendo con cortesía.
-Eso espero. La estabilidad de los pueblos depende de eso. Y me gustaría asegurar un invierno sin hambrunas.
El conde me miró con aprobación, pero su tono cambió al cabo de unos segundos.
-Y dime, Alteza… ¿cómo va la vida conyugal? ¿Ya habéis… consumado?
Por un momento, tensé ligeramente los dedos sobre las riendas. No era una pregunta que me tomara por sorpresa, pero seguía siendo incómoda. En este reino, las cosas se esperaban rápidas. Concretas. El símbolo del matrimonio debía hacerse carne y sangre. Hijos. Herederos. Amor o no, era lo esperado.
Mantuve la sonrisa.
-Por supuesto-Mentí sin dudar- Las formalidades se cumplieron como era debido.
Mentira.
-Ah, excelente-El conde parecía satisfecho-¿Y ya hay planes de descendencia? Sabe que todo el reino espera a su heredero.
-Sí-mentí otra vez, esta vez más suavemente-Pero no queremos precipitarnos. Primero afianzar nuestra unión. Construir una base sólida.
Anthony asintió, complacido.
-Qué sabias palabras. Me alegra ver que vuestra Alteza toma su papel en serio. No como ciertos herederos que solo piensan en el placer.
Asentí, aunque por dentro las palabras me pesaban.
"Una base sólida." ¿Cómo? Si ni siquiera puedo tocarlo. Si me mira como si quisiera cortarme la garganta.
Y sin embargo… sigo esperándolo.
Una mirada más larga. Una palabra amable.
Un gesto.
Algo que me diga que hay un "nosotros" posible en todo esto.
Damián
He vuelto a la sala de entrenamiento. Necesitaba moverme, soltar la tensión acumulada tras aquella absurda conversación con la duquesa. ¿Quién demonios se presenta en un palacio, en plena tarde, a anunciar que quiere reconquistar a alguien? Ridículo.
Empujo las puertas de la sala con una mano, y el eco metálico del metal resuena apenas un segundo. Me detengo en la entrada.
Y ahí están.
Tim y Conner.
Combaten.
O… algo parecido.
Porque lo que están haciendo no es precisamente un duelo.
Conner lanza un ataque que Tim esquiva con demasiada gracia, y no puedo evitar notar la sonrisa en los labios de ambos. No de burla. No de provocación. Es ese tipo de sonrisa que uno solo ve cuando hay una conexión profunda entre dos personas, aunque lo estén disfrazando de otra cosa.
Una lanza a la cara. Una esquiva innecesariamente dramática. Un giro exagerado de caderas. Un comentario entre dientes seguido de una carcajada ahogada.
Ni se han dado cuenta de que estoy aquí.
Me recuesto contra la pared, cruzando los brazos.
Tim se lanza con una estocada que Conner bloquea con facilidad, y sus rostros quedan a escasos centímetros. Se quedan así, congelados por un segundo. Luego ambos se separan, como si el contacto visual hubiese durado demasiado.
Ritual de cortejo.
Definitivamente.
Me aclaro la garganta con intención. No demasiado fuerte, pero lo suficiente.
-¿Interrumpo una cita?-digo, seco, sin moverme del umbral.
Ambos se giran al instante. Tim se recompone primero, volviendo a la postura de combate, aunque con las mejillas ligeramente encendidas.
-No seas ridículo-dice, intentando sonar firme.
Conner, por su parte, solo se encoge de hombros.
-Si querías unirte, podías decirlo en vez de espiarnos como un gato en la ventana-responde, divertido.
-¿Unirme?-repito-¿A esto? No estoy de humor para coqueteos con espadas.
Tim gira los ojos, pero no dice nada más. Conner sonríe con esos aires de todo me resbala, pero yo sé bien que no es tan tonto como parece. Hay intención detrás de cada uno de sus movimientos, y eso me molesta más de lo que me gustaría admitir.
-Voy a por otro muñeco de entrenamiento. No os matéis entre arrumacos-añado mientras paso de largo.
Los dejo atrás, pero su risa —la de ambos— me sigue hasta el fondo de la sala.
Y no entiendo por qué me molesta tanto.
O sí lo entiendo.
Y no quiero admitirlo.
Jon
La cena transcurre con una calma casi coreografiada. Las velas iluminan la larga mesa con su brillo cálido y artificial, y todos los platos están perfectamente dispuestos, como si cada detalle hubiese sido calculado para transmitir armonía. Pero sé que no es así. No del todo.
Mis padres llegan apenas unos minutos antes, vestidos con sus túnicas diplomáticas. Mi madre me sonríe con calidez al sentarse a mi lado, y mi padre se limita a asentir, su rostro sereno y neutral como siempre en actos públicos. Conversan con los invitados, hacen preguntas amables, pero sus ojos me buscan de vez en cuando.
Y cuando los postres apenas han tocado la mesa, mi padre dice con tono firme, pero sin perder la sonrisa:
-Jon, acompáñanos un momento.
No hace falta que lo repita. Me levanto y los sigo en silencio a una de las salas privadas del ala este. Una vez que la puerta se cierra tras nosotros, la máscara se cae.
-¿Está todo en orden con Damián? -pregunta mi madre primero, aunque su voz es suave. Ella siempre intenta que parezca una consulta sincera, no un interrogatorio.
-Sí-respondo, porque es más fácil decirlo así. Porque no sabría por dónde empezar a explicar otra cosa.
Mi padre se cruza de brazos.
-Mañana viajaréis juntos al Reino de Velkaris-dice sin rodeos.
Parpadeo, confundido.
-¿Velkaris? ¿Por qué?
-Porque el tratado ha sido sellado. El intercambio de recursos ha comenzado. Ellos nos darán sus armas y nosotros nuestra protección. Quieren ver a los herederos juntos. Unidos. Sólidos -explica mi padre, con ese tono que no deja lugar a réplica.
-¿Vamos para mostrar… imagen?
-Y supervisar la primera entrega de armamento. Es un gesto simbólico. Pero también una muestra de poder.
-Dormiréis allí una noche, asistiréis a la ceremonia de entrega y luego volveréis.
Asiento despacio. No me molesta ir con Damián, al contrario. Pero Velkaris… es un reino frío en todos los sentidos. Y esa será nuestra primera salida oficial como pareja fuera del castillo.
-¿Algo más?-pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
-Sí-dice mi padre-No olvides quién eres. Ni lo que representas.
Y con eso, la conversación ha terminado.
Pero por dentro, algo empieza.
Una sensación extraña.
Como si este viaje pudiese cambiar muchas más cosas de las que imaginan.
Damián
Estoy tumbado boca arriba en la cama, con una pierna estirada y la otra ligeramente doblada, mirando el techo sin realmente verlo. El silencio en la habitación es espeso, apenas roto por el sonido del agua golpeando una de las fuentes del patio exterior. Me había quitado las botas, la chaqueta, incluso la paciencia.
Jon entra, se descalza sin hacer ruido y se sienta en el borde de la cama. No dice nada de inmediato, pero lo conozco. Está pensando en cómo soltar algo que no me guste.
-Tenemos que viajar a Velkaris -dice al fin, sin rodeos. Bien, al menos eso se lo reconozco: no da rodeos cuando quiere parecer maduro.
-¿Y eso?
-Ceremonia de entrega. Nos toca llevar las primeras armas del tratado-Hace una pausa breve antes de añadir-Juntos.
Lo miro de reojo. No me molesta ir a ese reino, ni escoltar armas. Me molesta que tenga que parecer que somos felices. Unidos. Casi enamorados.
-Y... ¿tenemos que cogernos de la mano también? ¿Dormir en la misma cama y sonreírle al público como si me llevara bien contigo?
Jon suspira.
-Tenemos que parecer unidos. Eso es todo.
Me incorporo un poco, apoyando los codos detrás de mí y arqueando una ceja con falsa solemnidad.
-¿Quieres que practiquemos nuestras miradas de amor ahora o cuando estemos ya sobre el caballo?
Jon resopla con una media sonrisa y se deja caer a mi lado. No responde a la broma, pero menos se queja
-Está bien-digo al fin-Haremos lo que hay que hacer. Pasearemos nuestras caritas sonrientes como buenos herederos. Hasta puedo ensayar mi tono amable.
Jon se ríe entre dientes.
-Idiota.
Nos quedamos en silencio un momento, pero no es incómodo. Es de esos raros silencios donde ni siquiera hace falta fingir.
Quizás fingir que somos una pareja perfecta sea más fácil de lo que pensé…
O tal vez solo me estoy acostumbrando demasiado a su voz.
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